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Ojos de luna


Yolanda Arroyo Pizarro


Published by Terranova Editores, Inc. at Smashwords


Copyright© 2007 Yolanda Arroyo Pizarro

Copyright© 2007 Terranova Editores





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Dedicado a los amores boreales, a las pasiones australes, a las eternas estadías.

A mi Aurora de siempre.

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Los ojos de la luna

Hispaniola, 1493


Dos mujeres viejas se arquean sobre el pilón de mano y con un mortero de piedra al fondo, empujan una danza de músculos brillosos, de pieles tostadas en la playa, de sudores que se derraman como un gotero que late, que muele, que pulveriza. Empujan con la fuerza de sus muslos encuclillados, con la presión y el embate de sus torsos paridos en más de una ocasión, con la voluntad del deseo bélico como toda inspiración. Aceite, y una mezcla de briznas moradas que chapotean. Gotas que van a dar debajo a lo que se espolea; jamás sobre el pulso de la mano que palpita y machaca; siempre en los adentros del depositario rojo. Las tonalidades se crean como única consecuencia del polverío de las hojas mezcladas con los picantes filamentos.


Las mujeres llevan cubierta la nariz para no inhalar los ajíes. Sus ojos sollozan sin quererlo, sin pena ni sentimentalismo. No hacen ruido. Inevitablemente se les resbalan las aguas de las cuencas pestañosas, como una reacción lógica a la preparación militar allí gestada. Con el brazo separan de a poco el sudor de las frentes para atinarle mejor a la mole, para triturar hasta el infinito más diminuto los polvillos que ahora se adhieren al pilón en sus manos. El polvillo, destinado a provocar exageradas toses y desorientadores estornudos en el enemigo, no provoca nada en los dedos y narices inmunizadas de las viejas. No las irrita, ni pica. En las uñas se les almacena sin remedio ni daño. Si acaso cayera en los rieles de la piel oscurecida por el dios de soles, más allá de la muñeca, en algún espacio de la extremidad aceitunada, sería un infortunio. Las mujeres cuidan que no suceda. Esquivan el sahumerio rosado que se adhiere y cuando las nubes del molino de mano se levantan, las dos mujeres se levantan también y se alejan. Menean la cabeza y se retiran a esperar que se asiente el fragor. Entonces se colocan en la entrada de la choza y hablan algunas cosas propias; preguntan por la familia, mencionan el rito de las niñas, se cuentan los partos pendientes y enumeran los últimos sacrificios. Pacientemente, esperan a que baje el sedimento que ha subido por el aire del domicilio de hojas y cogollos.


Miran el techo tejido de yaguas y lo estudian con fervor litúrgico. No ha cambiado de color. Si el techo no cambia, están a salvo. Si las hojas de arriba de sus cabezas no se manchan, no se salpican, han hecho bien. Siguen siendo las maestras, las que saben. Son las expertas. El humentín se reduce y las viejas regresan al centro de la morada. Se acercan a los aparejos. Colocan los pilones de madera fuera de sus morteros y echan el polverío en los envases de hoja abierta, para luego cerrarlos. Los sellan con una mezcla de saliva, excreta licuada y la solución que han recolectado hasta entonces del rito de las niñas.


Después de pasados los días que dura el rito, las niñas regresan a sus labores cotidianas, que ahora incluyen los ejercicios militares. Inoa y Amina también vuelven a lo suyo con disciplina desmesurada. Practican día y noche. Una tarde en que corresponde el entrenamiento para el ataque de cercanías, Inoa se lo cuenta. Amina toma consigo la lanza como si hubiera nacido con ella entre los dedos. La baila, la mueve como en el areyto. Da un traspié, pica las rocas del suelo con la planta de su pierna izquierda, dobla las rodillas, y retira la espinilla con movimientos ágiles y rítmicos. La furia la carcome, pero acepta el asunto como quien sabe que Inoa ha sido un botín de bienvenida planificado. Sabían que aquello podía pasar. Ha pasado. Fue dada a los raros invasores apostados en la costa y resguardados en el anómalo cobijo hecho de las tablas de su recién destruida y peculiar embarcación. Desde allí esperan el regreso del que señalan Almirante, amigo de caciques sospechosos y de dioses desconfiados. Inoa cumple un propósito, mientras Amina se aprende el nombre de la aldea de los blancos, un yucayeque extraño al que ellos llaman Naotiribí, o Naitiví, o Natividá.


Amina va a extrañarla cuando su estado avance y tenga que quedarse en los bohíos de las parturientas. Va a extrañarla en los ejercicios y en la nueva batalla que se fragua contra los caribes del este. Inoa es como una heroína experta en las artes de las piedras amarradas. Les da vueltas y vueltas sobre su cabeza y las lanza con una ferocidad asfixiante, que incluso deja a su contrincante sin aire antes que la inconciencia por el golpe los ataque. Va a hacerles falta.


Se abrazan y mencionan el asunto a las viejas. Las viejas envían mensaje al Bojike y piden audiencia con la Cacica. Mientras esto sucede, Amina e Inoa se cansan ya al final de la tarde por tanto entrenamiento, lo mismo que el resto de las niñas, y cuando lo hacen, descansan una al lado de la otra. Se tiran sobre sus espaldas a contar los astros que penden del manto negro si les ha acaecido la noche, o a dibujar códices imaginarios con las formas espumosas que lo atraviesan si todavía permanece la luz clara del día.


Amina e Inoa se conocen desde pequeñas, y desde pequeñas han visto la merma de hombres en la tribu. Han aceptado los nuevos tiempos como quienes se preparan para la llegada de los vientos bravíos ante la sacudida de mares. Como cuando corren a esconderse de la furiosa ventolera a la vez que le hacen frente a la tormenta. Son tan iguales sin ser consanguíneas que encienden el fuego de manera particular. Van primero a la orilla y se llenan las manos del barro blanco que bordea la playa. Hacen una pasta pegajosa. Abren y cierran los puños, doblan y estiran los dedos, cierran la parte clara de las manos, la de adentro, la que tiene las rayas entrecruzadas que tanto se les parecen a las líneas de las cortezas de los árboles. Toman esa mezcla de arena parecida a la que usan para hacer los burenes llanos y redondos donde cocinan el casabe y la estiran. La extienden, juegan con ella y la colocan sobre sus cabellos. El pelo no es lo único que les chorrea ahora por el pegajoso cráneo. Chorrea también esa melcocha de caracoles pequeñitos, como del tamaño de las estrellas. La arena que vomita el dios del mar parece bendecirlas y se les coloca en cada pedazo de la melena, haciéndoles sentir el pelo largo más fuerte que el algodón que usan las naguas de las desposadas. Así, manchadas, polvorientas, y enseñando toda la boca en una risa igual de estruendosa que el sonido del Guasábara, hacen el fuego para luego prender las mechas de los alrededores.


A menudo traen enredados entre la arena, unos crustáceos diminutos que les caminan el rostro y les hacen cosquillas. Avivan el fuego mirándose confabuladas y esperando a que el resto comience a cantar. Y por ahí se inventa Inoa un juego. Consiste en tratar de no reírse, en tratar de detener el dolor que les azota la barriga por aguantar las ganas. Aguantar las ganas y las carcajadas. Aguantar los orines que se les salen viendo al fuego cambiar de colores; a oro amarillo, a oro caona, a formas de dioses. Pero casi nunca pueden aguantar la risa y siempre pierden. Son demasiado juguetonas, les dice Madre.


Cuando alguna se enferma, la otra la cuida mientras espera pacientemente a que llegue el Bojike. El brujo tarda varios días en llegar al yucayeke porque viene bajando de alguna de las montañas en donde habla con Yaya personalmente y en privado. Durante la espera, las mujeres viejas apaciguan los males. La espera también les hace retozar en el bohío, tanto que en ocasiones deshacen la paja de los ventanales y se enredan en las jamacas; las hace pintarse el cuerpo con los colores que ha traído el padre de su visita a la otra Isla; las hace inventar narraciones que algún día se versarán en otro areyto, en uno más flamante, más brioso, no en el de guerra que siempre festejan, si no en un areyto de celebraciones pacíficas en donde añoran ya no orarle a Yaya para pedir la victoria en contra de los caribes. Un areyto en donde a Inoa y a Amina las alaben por los triunfos bélicos pero también por los acontecimientos de justicia que sueñan algún día lograr en la vecindad. Lograrlos allá en los poblados de Boriken o acá en los de Quisqueya.


Con las narraciones inventadas se ríen a morir y Madre se cree también que inventan las enfermedades para pasarse el día acostadas en el bohío descansando de los ejercicios. Cree que no dicen la verdad, cuando la verdad es que desde que Inoa y Amina son hermanas, se quieren tanto que no desean estar separadas. Inoa sabe que ha sido una bendición recoger a Amina de la otra Isla. Supone que ha sido Yaya quien las ha juntado.


Amina se pregunta si será lo mismo ahora que Inoa ya no participa del rito de las niñas. Ya no bota sangre lunar como ella y como el resto.


En el pasado, cuando alguna de ellas enfermaba muy seriamente, jugaban a pasarse las plumas caídas de las grandes aves verdes por la planta de los pies. Sus carcajadas despertaban a todo el yucayeque, a las diosas de la tierra y las del cielo, y a los dioses de la mar y los del fuego. Madre las regañaba y les juraba que cuando mejoraran de su enfermedad, les daría con la casa del maíz sobre las espaldas. Rogaban entre divertidas y consternadas oh, bibi, no nos golpee linda bibi, y Madre era tan buena que se olvidaba y a veces hasta recibía regaños de Padre por olvidarse. Y Padre hablaba en voz alta y las castigaba con estar sentadas haciendo casabe por dos lunas continuas sin sucumbir al sueño y sin ser observadas por la diosa del círculo del cielo oscuro. Ellas rogaban a Padre, oh lindo baba, perdónenos otra vez, y él vociferaba que no parecían jóvenes dignas guerreras, que no parecían futuras cacicas, que no parecían ni reinas ni amazonas. Gritaba colérico que la disciplina era lo primordial y que había que dejar atrás las travesuras y dejar de un lado el divertirse. Y ser mujeres serias, futuras jefas prudentes y futuras comandantes sensatas. Padre les decía siempre que Barahona nunca las aceptaría en su ejército si las veía reír así.


Lo que Padre no sabe es que Amina no quiere ser como Barahona. A esa Cacica la quiere imitar Inoa. Amina quiere imitar a Anacaona, la del norte, la de arriba, la de mayores yucayeques. Quiere ser como Anacaona pero en la otra Isla, en la que dejó por venir a ser hermana de Inoa y por venir a ser mujer militar en contra de los caribes. Quiere regresar algún día a Boriken, quiere trepar al Yuké, la tierra entre nieblas blancas y desde allí recitar un areyto, y desde allí gobernar Aymanio con las piernas abiertas, botando sangre, y que esa sangre caiga en las márgenes del río Cayniabón, y que esa sangre ya no sea parte del rito de las niñas. Quiere ser como la Gran Cacica.


Dicen que Anacaona vuela sobre las cabezas de los caribes y los mata de diez en diez, por más gente brava que éstos sean. Dicen que sopla el viento cuando ella escupe desde su garganta. Dicen que los caribes son gente que se pinta de rojo bija, de rojo achiote, gente que pica de tocarla porque se dibujan la cara con plantas venenosas y las pintan sobre los que matan cuando vienen a invadir. Pero también dicen que Anacaona no les teme, que toma venganza por tantos hombres muertos, que enfurece porque los caribes las han dejado sin maridos. Los cruza de pecho a espalda con su lanza hecha de oro luminoso, de oro gordo, de oro pesado del que se esconde, no como el oro ligero que han dado a los otros invasores blancos apostados en las márgenes de la playa.


En cada nueva emisión de sangre, parada frente a la luna durante el rito de las niñas, Amina le pide a la diosa brillante que la haga como ella, como Anacaona, la Gran Cacica.


Las yaguas crecen fuertes, impermeables y hebrosas. Cada mes lunar se produce una en lo alto de los palos. Nueve yaguas más tarde, cuando comienzan las noches calurosas y los vientos del dios Hurakán, Inoa da a luz. Las viejas la asisten mientras Amina y las guerreras pujan los coágulos y la sangre que va a depositarse en los utensilios de piedra y madera, y que luego se usarán como ungüento para sellar las armas. El Bojike llega a tiempo para hacerse cargo de ella y las viejas regresan a las portadoras de otros pujos lunares a recolectar sus líquidos morados. Los baten, los suavizan con las mezclas de siempre y le dan vueltas hasta verificar que formen los dos bultos. Los dos bultos son los coágulos sin deshacer que quedan después de que se ha mezclado todo. Si permanecen visibles, por encima de la superficie, se forman los ojos de la luna dentro del envase. Cuando éstos aparecen, se hace llamar a la Cacica. Ella entonces, con la ayuda del Bojike y de los dioses, decide qué acción tomar. Si el grito que sale de su garganta luego de verle las cuencas y los irises a la luna es de “Guasábara”, significa que irán a la guerra antes incluso de que se les termine la sangre a las militantes.


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