Excerpt for Drimeros I - En Tierras de Crocom by Al.Chust , available in its entirety at Smashwords


Drimeros-En Tierras de Crocom

Al.Chust

Smashwords Edition

© 2003, Al.Chust

www.drimeros.blogspot.com



A Sonia y a Carlos, por su apoyo y ayuda,

y a Patxi, un viejo amigo,

un compañero de viajes

que prefirió iniciar solo su último trayecto

a un camino sin retorno,

a un lugar desconocido.

Y a Manuel,

algo más que un amigo,

que me descubrió la ciudad de Nueva York.



LIBRO 1º


“Donde se da cuenta de cómo Sam York viaja a través del espacio y del tiempo, de cómo llega a un desconocido planeta, y de cómo se convierte en Samcroc, ciudadano de Crocom”


I


<<Ellos no me creyeron, no creyeron una sola de mis palabras. Me habían engañado, enviándome al exterior de nuestra galaxia, y, sin embargo, a mi inesperado regreso, no me creyeron. Se rieron cuando les hablé de mi estancia en Drimeros, un desconocido planeta, en una desconocida y nueva galaxia, Galaxia-25, enclavada a miles de años luz, en el amplio y desconocido universo. Sólo una cosa llamó su atención, no lo vi, pero lo leí en su interior, en sus mentes. Sólo cuando les hablé del cactus de la vida, algo oculto y desconocido para mis contemporáneos, manantial de la lovina y la drimina, las dos superdrogas de nuestra era, sólo entonces, descubrí en sus mentes que yo sabía demasiado>>.


Corría el año 2020, y digo corría porque, de aquéllas, el tiempo era demasiado rápido. Los segundos, los minutos, las horas, los días, los meses, los años, los siglos, incluso, ahora, los milenios pasaban a gran velocidad. Sam York se había cambiado el nombre, igual que lo habían hecho todos los habitantes de Laguna York. Unas décadas atrás, al inicio del actual milenio, la gran ciudad de Nueva York se vino abajo. Un ataque terrorista hizo desplomarse las dos inmensas torres, que por aquel entonces no eran más que unos simples bloques de hierro y piedra, lo que provocó una cadena de derrumbes acabando con la ciudad. Sólo quedó en pie el gran río Hudson. Era como una laguna en medio de montañas de escombros. Allí, sobre la desolada laguna, se comenzó a levantar la nueva ciudad, la ciudad de Laguna York. Sam, a pesar de su verdadero nombre, Samuel, no creía en nada ni en nadie. Sólo dejaba que los días pasaran, quería que el “Twenty-Twenty”, que era como comúnmente se llamaba al año en la ciudad, acabara llevándose su propia vida. Era un acabado, un desecho. Él lo sabía, pero no le preocupaba lo más mínimo. Había dejado de preocuparse horas, días, meses atrás, cuando perdió lo único que amaba.

Sam era un camionero del espacio, un transportista espacial, que alquilaba su pequeña nave para viajes a las nuevas colonias que se extendían cada vez más. Cereales, agua, tabaco, papel, madera, titalinio, jade, whisky, medicinas, todo era válido para transportar, siempre que le pagaran y no le dieran problemas. Laguna York se había convertido en el gran puerto de despegue y aterrizaje de las naves que salían y llegaban del mundo exterior.

Laguna York era la zona privilegiada, el barrio residencial por excelencia. Los alrededores seguían siendo un caos de ruinas y escombros, pero eran el único lugar donde podían vivir los miles, millones de don nadies que habían sobrevivido a la catástrofe. Los que tuvieron suerte y se habían adaptado al futuro se instalaron en las nuevas torres de la laguna. Era una inmensa ciudad de altas torres que superaban en tres veces a sus progenitoras del Trade Center; sin embargo, eran inmunes, toda la nueva ciudad lo era. El gran magnate de la ciudad, el poderoso y odiado Rob York, o como él se hacía llamar, Robert Boss. Jr, había conseguido un escudo protector que hacía inútil cualquier ataque enemigo, aunque éstos, de momento, ya habían desistido. En la ciudad, las carreteras de asfalto habían dado paso a las autopistas interespaciales, que era como se denominaba a cada subnivel de los más de doscientos en que se había dividido el espacio aéreo dentro de la cúpula protectora. Los coches seguían teniendo ruedas, pero solo se utilizaban cuando algún valiente, o un estúpido, se atrevía a perderse fuera de la ciudad, estúpido porque salir podía significar no entrar. Dentro de ésta no las necesitaban, ya que la propulsión eléctrica los hacia deslizarse sobre el aire. Laguna York era una ciudad hermética, cerrada a los extranjeros, y nadie podía salir ni entrar sin pasar un exhaustivo control de seguridad: huellas dactilares, comprobamientos de retina, análisis de sangre, incluso control de ADN; no obstante, existían la emigración e inmigración ilegal. La agobiante hermeticidad provocaba un asfixiante calor que llevaba a algunos ciudadanos a escaparse temporalmente de la ciudad-burbuja. El contrabando también estaba extendido, a pesar de que éste podía llevar al destierro o a la muerte. En la ciudad no había sitio para ciudadanos no dignos de la gran urbe. Las drogas y los libros en otros idiomas o pertenecientes a otra fe eran el mayor delito, y la pornografía conllevaba a una muerte segura, no obstante la gran demanda y el elevado precio que se pagaba por ella, la convertían en la reina de los productos prohibidos.

Rob York tenía la ciudad a sus pies, todas las empresas y fábricas eran suyas o tenía parte de ellas. Ahora, su mente estaba puesta en el exterior, en el inmenso mar de estrellas que se extendía fuera de nuestro planeta. Por eso su empresa más ambiciosa era la I.A.F., Investigaciones Aerospaciales del Futuro.


Navegar o volar entre estas estrellas era la gran pasión de Sam. Pasaba poco tiempo en casa; es más, no tenía casa, tenía su nave, eso era suficiente. Cuando volaba, su cara se iluminaba con las brillantes luces puntiagudas. Para él no había nada como ese inmenso oscuro y violáceo espacio. Sólo la belleza de Hanna York, su mujer, era comparable con aquella maravilla que él conocía como nadie. Ella siempre le acompañaba, siempre, desde que hacia unos meses le había dado la alegría de que esperaba un hijo. Él le pidió que dejara su trabajo en la I.BQ.F., Investigaciones Bioquímicas del Futuro, otra de las empresas del potentado Rob, y se empeñó en que siempre estuviera a su lado. Estaban hechos el uno para el otro y, además, ella también amaba aquel espacio libre y solitario tanto como le amaba a él, por eso aceptó encantada.

Durante el viaje por la autopista de regreso de la colonia de Delfos, habían hecho el amor montones de veces y no se cansaban de hacerlo. Los dos se habían abandonado a los efectos de la lovina, un nuevo elixir del amor y del bienestar, una de las drogas que sólo los ricos podían poseer. Sam la tenía gracias al regalo de un amigo que se había encontrado en la colonia, y de la que se tenía que deshacer antes de llegar a los rigurosos controles aéreos de Laguna York. La lovina era la causante de que hubiera tanta pornografía en el mercado negro. La droga les había hecho abandonarse en el deseo y el amor y perder la razón del tiempo. Cuando se dieron cuenta, una voz, que se oyó a través de la radio interespacial, les pedía identificarse. Habían entrado en el espacio aéreo de Laguna York, o lo que era lo mismo, en el terrestre. Dejaron su juego amoroso para otro momento y comenzaron a vestirse; mientras, Sam contestaba a la voz controladora.

-Soy, Sam York, navegante interespacial número XX-2020-J –les dijo, mientras se ponía las botas y daba un último beso a Hanna.

Durante unos segundos se hizo el silencio. Los dos se miraron seguros de que no había problema. Aquello era una rutina que ya estaban hartos de hacer todos los días.

-¿Cuál es su procedencia y su cargamento? –preguntó nuevamente la voz.

-Venimos de la colonia de Delfos y traemos unas muestras de plantas y flores para el Instituto Botánico.

Nuevamente la nave se llenó de silencio, de un sucio silencio que dio mala espina a Sam. Aunque no llevara nada, las aduanas y controles siempre le ponían nervioso. Hanna, cogiéndole la mano, le animó para que no se preocupara, no tenían nada que ocultar y nada podía pasarles, o por lo menos eso creían ellos.

-¡Venimos! ¡Traemos…! ¿Viaja acompañado?

-Me acompaña mi mujer.

Resultaba extraño que un camionero espacial viajara acompañado, y más de una mujer. La gran mayoría eran hombres solitarios que preferían viajar solos para poder detenerse en alguna de las bases-clubes que se encontraban en las autopistas interespaciales.

-Detenga su nave y abra la puerta de su bodega –inquirió la, ahora, amenazante voz-. Si no lo hace, abriremos fuego.

Éste era el proceso habitual. Siempre que las patrullas aéreas hallaban una nave sospechosa, la inspeccionaban en pleno aire, nunca la dejaban descender hasta una base, y mucho menos adentrarse en el espacio ocupado por las autopistas interespaciales del interior de la cúpula. Tenían orden de hacerlo lejos de ésta, y si los ocupantes se resistían tenían permiso para abatirlos, a ellos y a la nave.

Sam obedeció y abrió la puerta de su bodega, no tenía nada que ocultar. Varios policías aéreos se deslizaron en su diminuta lanzadera, mientras sus compañeros vigilaban desde la gran nave de control.

En la bodega, cientos de cajas precintadas se amontonaban en pequeños grupos, pero todavía quedaba suficiente espacio para que los cuatro se movieran por ella. Los dos policías descendieron y se acercaron a Sam y Hanna. Sus modernas pistolas de ultrasonido láser podían dejar seco a cualquiera en un momento. Primero actuaba el inaudible pitido que paralizaba el cerebro y luego el mortífero rayo quemaba y abría brecha allí donde estuviera dirigido. Mientras uno les apuntaba, el otro comprobaba todas las cajas.

-¿Puedo? –dijo, señalando una de las cajas.

-Siempre que se haga cargo de los desperfectos –respondió Sam.

El policía se rió, era inútil lo que dijera Sam. Él tenía la orden de mirar el contenido de todas las cajas. Abrió una de las que le quedaban más cerca y no encontró nada más que unas pequeñas plantas azules y de extraña forma.

-Azulix lamperna –dijo para sí el controlador mientras veía la indiferente cara de Sam. Se acercó a otra de las cajas y rompió una de las tapas. Rápidamente retiró su mano. De uno de sus dedos brotaba un pequeño hilo de sangre.

-Rosa carnívora –se anticipó Hanna-. Le gusta que la traten con cuidado.

El policía no dijo nada, sólo se limitó a mirar intimidantemente a Hanna mientras se lamía su densa y roja sangre.

-No haga eso, el veneno podría extenderse –observó nuevamente Hanna-. Suerte que sólo ha sido un rasguño.

Las palabras de Hanna parecían ser suficientes para que el poli decidiera acabar con la búsqueda. Ya se retiraba hacía su embarcación cuando algo sobre el suelo llamó su atención. Unas gotas de un líquido, semejante al agua, resbalaban por el suelo de la bodega. Hanna y Sam también se miraron extrañados. El poli se agachó y untando su dedo en el pequeño chorro estancado se lo acercó a la nariz. Su cara se sobresaltó de repente, provocando que lo mismo sucediera con los demás. Tiró varias cajas al suelo y abrió la última. Unas pequeñas botellitas transparentes contenían el desconocido líquido. Sobre el cristal de éstas, grabadas en blanco, se podía leer.

-¡Lovina! –inquirió el policía, mirando hacia Sam-. Las cosas se le ponen feas, amigo.

-Desconocía que eso estuviera ahí –dijo Sam, exaltado ante la mirada de Hanna-. Me contrataron para un cargamento de plantas y flores. Alguien debió de meterlo, alguien relacionado con el Instituto Botánico.

-Yo no soy a quien debe convencer, guarde sus argumentos exculpatorios para el gran jefe.

El policía abrió otra de las cajas. Esta vez las pequeñas botellas contenían un líquido azul-verdoso. Sacó una de ellas y, mostrándoselas, les señaló las letras que se grababan sobre el delicado vidrio.

-La cosa se complica todavía más… ¿Sabe qué es esto? –dijo, levantando otra vez la botella turquesa.

Sam se limitó a mover la cabeza en una negativa. Quería no saber lo que era, pero, sin duda, sabía de qué se trataba. Todo el mundo había oído hablar del último boom en drogas. Era evidente que se trataba de drimina. Realmente, Sam y Hanna tenían un problema.

-¡Le aseguro que no tenemos nada que ver con esas botellas…! –gritó Sam, nervioso y viéndose perdido.

-Lo sé amigo, pero yo no puedo hacer otra cosa más que detenerle… -concluyó el policía mientras se acercaba a él-. Entréguenme sus tarjetas identificatorias.

-¿Por qué no llaman al Sr. Boss? Háblenle de mí, he trabajado junto a él durante varios años, me conoce y les dirá que estamos limpios.

-Lo siento, señorita. Las órdenes que recibo vienen directamente del propio Boss. Denme las tarjetas, no alarguemos más esta reunión.

-No las llevamos encima -dijo Sam-, están sobre el cuadro de mandos de la nave.

Los dos policías se miraron desconfiados, y la luz roja que indicaba el punto de impacto del rayo se dibujó en sus cuerpos.

-Está bien, ¡vamos a por ellas! –dijo el policía, dando la orden de comenzar a andar hacía la cabina de control.

Mientras avanzaban por el estrecho pasillo iluminado de neón verde, Sam miraba a su alrededor. A ambos lados, unas diminutas escotillas le mostraban el exterior, ese exterior misterioso y bello que él tanto amaba. Una estrella fugaz se cruzó en su camino. Su fuego rojo, azul y verde se reflejó en los ojos de Hanna simulando unas ardientes lágrimas que se desvanecían en aquel inmenso mar de oscuridad. No había ventanas, ni puertas, ni agujeros por donde escapar; tampoco quería hacerlo. Según avanzaban, el pasillo se iba apagando tras los dos policías. La cabina se sobre iluminó cuando Sam dijo “más luz”. Los puntos rojos de las armas láser no se despegaban de sus cuerpos, eran como un brillante tatuaje esculpido sobre sus espaldas. Al frente, un amplio parabrisas le permitía ver millones de estrellas que se asomaban fija y tintineantemente llenando de vida el infinito, a primera vista, desolado y muerto. Algunos metros, a un lado, recordándole su situación, estaba la nave de control policial. Sam se acercó a su asiento.

-Aquí está… tenga… -dijo, entregando su tarjeta al policía.

Los ojos de los policías se fueron en busca de Hanna, quien se movía junto a su silla, buscando su tarjeta.

-Creía haberla dejado aquí… -se excusó Hanna-. Se me habrá caído… -dijo, mirando a Sam, sabiendo que ella misma la había tirado antes, en esos locos momentos de desenfreno amoroso.

Todos se miraron.

-PP-2020-R, informe de la situación… -dijo una voz proveniente del receptor que el policía llevaba colgado sobre su pecho. Éste bajó ligeramente su arma para contestar. Hanna vio su identificación en una esquina de la cabina, en el suelo. Se agachó a por ella y se volvió bruscamente. Lo hizo de forma rápida, tan rápida que sus movimientos engañaron a los dos policías. En décimas de un cerrar de ojos, su cerebro se había paralizado, su tatuaje rojo había desaparecido y en su lugar se había abierto una cicatrizada herida. Olía a quemado y la carne todavía desprendía una espesa y delicada hebra de humo plateado. Éstas eran las consecuencias de un disparo de las modernas armas de ultrasonido láser.

Silencio.

Los ojos acuosos de Hanna se dilataban mientras su cuerpo perdía rigidez y fuerza. De su mano caía el arma fatídica que había hecho disparar al policía segundón, al acompañante, al novato. Caía tan lentamente que todavía sobró tiempo después de que Sam la tomara entre sus brazos. Por un momento, el tiempo parecía inmóvil; las lágrimas de Sam corrían mientras su cuerpo avanzaba lentamente, el gran policía recriminaba a su acompañante con voces mudas, las estrellas parecieron envejecer repentinamente apagando su luz, todo mientras la tarjeta flotaba en el aire de la cabina. Por fin llegó al suelo.

El tiempo había recobrado su habitual velocidad. El policía se había retirado a un lado. En ningún momento había dudado de Sam y, ahora, las cosas también se complicaban para él. El novato lloraba pidiendo perdón, pero era inútil, ya nada ni nadie podría devolverle a Sam lo único que le quedaba. Ya nada le importaba, porque a pesar de lo sucedido, él era culpable de tráfico de drogas, lo que como mínimo significaba que su licencia de camionero aerospacial le sería retirada. Otra vez se escuchó la voz proveniente de la nave de control, pero, esta vez, el gran poli no quiso contestar y apagó su radio. No quería ensuciar aquel frágil y débil silencio…


II


El cerebro de Sam estaba limpio y despejado. Sus pensamientos corrían y fluían felizmente, deteniéndose en cada uno de los órganos que lo formaban. Los jugos y las sustancias segregadas por éste saltaban alegremente como no lo hacían desde que era niño, en su anhelado New York. Hanna estaba allí, junto a él, en esa incómoda cama, que apretando uno de los botones del control de mando descendía de la pared de la nave. Estaba desnuda, dejándole ver sus voluminosas curvas. Las manos de Sam apretaban fuertemente sus pechos, firmes y puntiagudos como las estrellas que los vigilaban desde el otro lado de la escotilla superior. Su pelo, moreno y rizado, caía sobre la cara de Sam haciéndole soplar y resoplar, una y otra vez. Sus negros y brillantes ojos se cerraban, hasta que los dos alcanzaban el orgasmo, cuando nuevamente se abrían como si despertaran de un dulce sueño.

En ese momento, Sam se despertó. La felicidad invadía su cuerpo. Se miró, se vio y se sintió sucio, húmedo, pero le daba igual, lo sentía siempre que tenía el mismo sueño, ese sueño que le recordaba su última noche con Hanna.

Sam llevaba algunos meses en su casa, porque, ahora, ya tenía casa, una pequeña habitación en un sencillo motel situado en el subnivel 101, a mitad de camino entre los suburbios de la ciudad y las partes altas, residencias de los grandes ejecutivos y de las familias ricas. El alquiler no era cosa suya, él ya no estaba para eso, sino que éste corría por cuenta de la P.I., la Policía Interespacial; por supuesto, bajo mando del propio Boss. Dado que ellos mataron sin motivo a Hanna, le perdonaron su castigo. Ni le enviaron a la cárcel, un lugar horrible situado bajo el agua de la laguna, ni le desterraron fuera de la cúpula, pero le fue negada su licencia de navegante espacial. Además, como siempre que cometían un error, algo que solía ser bastante habitual, le hicieron adicto a la lovina y la drimina, drogas que la propia P.I. se encargada de suministrarle diariamente.

Las dos drogas se servían en unas diminutas ampollas-jeringa que con una milimétrica punta se inyectaba en cualquier parte del cuerpo. Cuanto más cerca de las venas y la sangre, antes y más fuerte era su efecto. Los más adictos se la inyectaban en la yugular o las venas femorales. Sam había llegado a tal extremo que lo hacia en su propio corazón.

La lovina era la primera de las drogas, la que más tiempo llevaba en el mercado, y nadie conocía de dónde se extraía o cómo se obtenía, nadie excepto Sam, que por lo menos sabía que en la colonia de Delfos existía un laboratorio clandestino. Por eso ellos querían mantener su silencio. Podían haberle matado, pero de momento no les interesaba. Los efectos de la lovina eran una mezcla afrodisiaco-alucinógena. Al poco tiempo de inyectársela, comienzan las ilusiones visuales, se pierde la noción del tiempo y del espacio, cosa que se agradece, y los objetos potencian su colorido. Este pequeño viaje dura muy poco y precede a un sentimiento de placer y bienestar acompañado de una erección incontrolada. Aquí la prostitución jugaba un papel importante, y siempre el precio de la cita incluía una dosis para la persona que ofrecía su cuerpo, fuera mujer u hombre, porque también existía la homosexualidad. Las ilusiones visuales pueden aflorar en distintos momentos, lo que permite imaginarse estar frente a quien se quiera; es decir, hacer realidad las fantasías sexuales. Su efecto dura varias horas, que van a menos cuanto más uso se haga de ella.

La drimina era una droga distinta, y sus creadores le otorgaron un color turquesa para diferenciarla rápidamente de la lovina. Su forma de envasarla y de inyección es similar. Aquí no hay episodios alucinatorios, sino que el sueño nos invade lentamente. Hay que saber tomarla, porque depende de nuestros pensamientos en el momento de la inyección para que luego nuestros sueños sean los deseados; es decir, si queremos soñar con ser un héroe militar, eso debemos pensar mientras nos pinchamos; si queremos ser navegantes espaciales, entonces debemos abandonar nuestros pensamientos entre naves y estrellas; si queremos soñar con una mujer a la que amamos o deseamos, tenemos que acercar nuestras intenciones hasta ella. La drimina es parecida a la heroína del pasado, poco a poco nos sumerge en un mundo de éxtasis que, y aquí está la diferencia, nos traslada hasta el sueño, sumergiéndonos en una falsa realidad llena de realismo. Otra diferencia con la lovina es que la duración de sus efectos no varía con la adicción, sino que siempre se mantiene en unas cinco horas dependiendo del organismo de quien la consume.

Normalmente, Sam prefería la drimina a la lovina, pero algunas veces que los cargamentos de ésta sufrían algún retraso no tenía más remedio que hacer uso de ella. Cuando sucedía esto, la propia P.I. llevaba la prostituta. Tenían su propio ejército. Lo llamaban así porque también trabajaban para ellos. Algunas veces los “prisioneros del amor”, como los designaba la P.I., tenían “errores de conducta”, es decir que incontrolablemente contaban parte de las misiones que les habían arrastrado hasta su situación. Éstas tenían que ser secretas, por lo que no se arriesgaban, todo debía quedar bajo control. Claro está que en sus ilusiones ópticas allí estaba Hanna.


Una pareja de jóvenes adolescentes se revuelca por la espesa y verde hierba del parque. El sol, manso y sereno, deja caer sus rayos delicadamente sobre el pequeño lago que arrastra sus débiles olas hasta la orilla. Los pájaros de colores oscuros y brillantes cantan alegremente, alejándonos del mundanal ruido de la gran urbe que intenta asomarse sobre la espesa nube de verdes y amarillos, sobre el vapor de vida. De vez en cuando, arrastrados por una suave y delicada brisa, se oyen los gritos que los patinadores dejan escapar en sus carreras. Los aviones y helicópteros sobrevuelan a la pareja que, continuando con sus besos, los ignoran. Se oye una gran explosión. La pareja vuelve a la vida. Una gran columna de humo se eleva sobre los árboles, sobre las torres de la ciudad. Se ponen en pie y echan a correr. Entre la gente, que deambula y grita, terminan separándose. ¡Es el final…! El final de la más frecuente pesadilla de Sam, de ese “residuo emocional”, fruto de un pensamiento indeseado, que ha sido recuperado involuntariamente de la memoria oculta y lejana.

Cuando Sam se despertó bruscamente, su cuerpo era una esponja que derramaba sudor. Su respiración era fuerte y rápida. Se miró, siempre lo hacía, pero esta vez su sueño no había sido húmedo, excepto los litros de sudor que recorrían su cuerpo. Al recuperar la noción del tiempo y del espacio descubrió que no se encontraba en la habitación de su motel. El aire que respiraba no era el de siempre, sin lugar a duda, era más puro de lo normal. Eso le sugería estar en un subnivel elevado. Su cuerpo reposaba sobre un amplio sillón de cuero negro, y la habitación se extendía decenas de metros en todas las direcciones, nada que ver con su diminuto cuchitril del subnivel 101. Los suelos, de mármol oscuro, brillaban como las propias estrellas. La luz era muy tenue, y sobre una mesa forjada en titanio había un frutero repleto de todo tipo de frutas: manzanas, peras, uvas, plátanos, mangos, piñas, almendras… Sam se levantó y cogió una manzana. Una fuerte luz llegó hasta él y, tras un instante, nuevamente desapareció. Al fondo de la habitación, un amplio ventanal daba al exterior. Sam se acercó, era increíble, desde allí no se veía nada de la ciudad de Laguna York, pero en su lugar había una hermosa vista del espacio exterior. Sam quedó petrificado viendo la maravilla que se extendía ante él. Un cielo violáceo envolvía cientos, miles, millones de brillantes estrellas. Las naves espaciales surcaban aquel espacio, iluminando de vez en cuando su rostro.

-¿Lo echa de menos? –interrumpió una voz desde atrás.

Sam se volvió hacia el desconocido. No dijo nada y otra vez dirigió su mirada al exterior. Finalmente habló.

-¿En que subnivel estamos?

-En el 303.

-¿En el 303? –repitió Sam, sorprendido-. Por encima deben de quedar pocos subniveles.

-Se confunde, pero no anda lejos. Si se refiere a subniveles dentro de la cúpula protectora de Laguna York, no hay más, éste es el último; si hablamos de los subniveles que tenemos fuera, en el universo, lo desconozco, pero calculo que serán infinitos.

-Supongo que usted es el señor Boss, o debo decir Robert York –dijo Sam, frunciendo el ceño-. Creía que era usted mayor.

El señor Boss era un hombre de unos cincuenta años, de pelo canoso y bien vestido. Un impecable e impoluto traje negro, propio de un diseñador del año 2000, le hacía más delgado, y en su cara se podía ver el ansia de conocimiento y de poder.

-Dígame… ¿Cuál era su nombre? –preguntó el Sr. Boss, acercándose a la ventana.

-Sam se sorprendió-. ¿No lo sabe?

-Me refiero a su verdadero nombre, el que tenía en su “residuo emocional” –dijo Boss, mirándole fijamente y dejándole claro que allí dentro los sueños eran controlados por él mismo.

-¿Cómo consigue verlos? –preguntó Sam, exhaltado.

-Electromagnetismo… -respondió Boss-. Nuestros sueños y, sobre todo, nuestros “residuos emocionales” están saturados de energía, una energía que se desprende en forma de ondas electromagnéticas que un receptor capta y transmite a un monitor. Podemos ver lo que usted sueña.

-¡No…! ¡Pueden ver lo que todos soñamos!

-¡No! Todavía no hemos conseguido un receptor con suficiente alcance, éste no iría más allá de esta habitación –sonrió-, pero estamos cerca.

Los dos se miraron fijamente. Sam deseaba acabar con aquel despreciable ser que tenía delante.

-De todas formas, no ha hecho falta conectarlo –Sam le miró desconcertado-. Querido amigo, usted habla en sueños.

Silencio.

-Samuel Hofi –Sam rompió el silencio.

-¿Hofi? ¿de…? –preguntó Boss, sorprendido.

-Descendencia, solamente –aclaró Sam-. Yo no creo en nada –levantando la voz-, ni en nadie.

-Pero… Ella no… Su mujer… La chica del “residuo”.

Sam negó con la cabeza.

-¿Sus padres se lo permitían?

Sam calló.

-¡Ah…! Entiendo… Lo desconocían… -Boss comenzó a andar hacia el centro de la habitación-. Puede estar contento, su “residuo emocional” termina bien, después del desastre consiguió encontrarse con ella.

Sam se acercó a Boss. La furia había despertado en su interior.

-¡Sí…! Después de dieciocho años. Todo para que un mal nacido propiedad suya no controle su miedo y dispare su moderna e infalible arma.

-No se preocupe por ese desgraciado, ha sido enviado a los suburbios que están fuera de la cúpula.

Sam bajó su cabeza con desesperación. Miró fijamente a Boss.

-Usted los cría, los educa, los prepara, les enseña a ser desgraciados, y, luego, los envía al infierno por hacer lo que se les ha dicho que hagan. Es usted el ser más despreciable que he conocido, y, créame, he conocido muchos.

-Tenía que llegar –dijo Boss, acercándose nuevamente a la ventana-, todo imperio tiene su tiempo, tarde o temprano llega su fin.

-¡Y…, éste es su momento! –exclamó Sam, siguiendo los pasos de Boss.

-¿No lo cree así? Mire lo que hay ahí fuera –dijo Boss, señalando una de las naves que se perdía en el inmenso y deseado espacio exterior.

-¿Cuánto cree que durará su imperio?

-Confío en que mucho –respondió Boss, seguro de sí mismo-, y más con su ayuda.

Sam se rió. ¿Cree que voy a ayudar al hombre que arruinó mi vida?

-Vamos Sam, todavía no he arruinado su vida, aunque no tengo más que chasquear un dedo para hacerlo –respondió serio, Boss-. ¿Cree que le dejé vivo porque me daba lástima? Todavía queda pena y piedad en las partes bajas de la ciudad, pero a partir del nivel 250, que es donde comienzan las empresas y las relaciones de Boss, éstas no existen.

-¡Podría matarle aquí mismo! –dijo Sam, lleno de rabia.

-Usted no es ningún asesino, y si lo fuera, al menor grito mío de auxilio, este traje comenzaría a emitir un campo eléctrico que le convertiría en un pollo asado. ¡Mire…! -dijo, señalando nuevamente hacia el exterior, mientras una luz sacudía sus caras-. ¿Cuánto tiempo lleva sin navegar?

-Tres meses.

Boss le miró sin decir nada.

-Tres… creo –repitió Sam, dudando de ello.

-¿Le gustaría volver a hacerlo? –dijo Boss, clavando sus serios y fríos ojos en los de Sam.

-¿Tengo opción?

-Dejemos el pasado para nuestros “residuos emocionales”. Deshagámonos del rencor, olvide lo sucedido y comience una nueva vida. Sabe que ahora no es nadie, ni nada, sólo un “prisionero del amor” que necesita estar todo el día colocado de drimina y lovina. –Sam le miraba confundido, sabía que Boss tenía razón-. Vuelva a hacer lo que más le gusta, navegar en ese desconocido firmamento -Boss señaló al exterior-, descubra nuevas estrellas, nuevos planetas… No se culpe de lo sucedido. Sé que lo está deseando. No se haga daño, y acepte mi oferta. Le estoy ofreciendo nacer otra vez. Hace unas horas estaba echado sobre su diminuta, sucia y horrible cama, sufriendo un “residuo psicoemocional”, seguramente el peor de todos, ahora le ofrezco la posibilidad de cambiar su destino, su desesperada y perdida estrella. ¡Ni siquiera sabe cómo ha llegado hasta aquí!

-¿Por qué yo? –preguntó Sam.

-Usted conoce como nadie nuestro sistema solar y nuestra galaxia, ha viajado cientos de veces por ella y se ha perdido otras tantas, pero siempre ha conseguido regresar a salvo.

Los dos se miraron fijamente.

Boss tenía razón, Sam era el mejor navegante espacial que había en Laguna York, y el propio Sam lo sabía. ¿Qué podía hacer? No tenía otra alternativa. No quería ser un “prisionero del amor”. Siempre había sentido compasión por ellos, los consideraba enfermos de la propia sociedad y no estaba dispuesto a seguir formando parte de ese colectivo. Tampoco podía hacer nada por Hanna, no le devolvería la vida, y ofrecer la suya a la muerte tampoco solucionaba nada. La otra vida, la vida del más allá, era algo impensable e inexistente en las ideas de Sam. Además, Hanna no se lo hubiera perdonado, ella hubiera deseado que aceptara la oferta que el despreciable Boss le hacía.

Sus miradas seguían fijas. Los pensamientos de Sam habían sido rápidos.

-Acepto su oferta, pero…, me será difícil salir de esto.

-Feliz-. No se preocupe, yo me encargo de todo.

-Sólo hay una condición –Boss esperaba ansioso-. Necesito que me dé una dirección.

Boss dejó escapar el aire que había acumulado en su interior.

-No será un problema. Lo estaba esperando.



-¡Identifíquese! –dijo una voz que sonaba metálica.

-Navegante interespacial XX-2020-J –contestó Sam desde su pequeña lanzadera.

Sam esperó respuesta; el silencio le trajo malos recuerdos.

-Esa licencia se denegó hace cuatro meses, permanezca en esa posición, vamos a enviar una lanzadera de control.

-Lo siento –dijo Sam, sorprendido porque creía que sólo habían pasado tres meses-, pruebe con la licencia BB-2020-SS, me la han entregado hoy mismo.

Otra vez se hizo el incómodo silencio.

-Licencia aceptada Sr. York –contestó la voz-, bienvenido al subnivel 300. ¿Necesita ayuda, Sr. York?

-Sí… -Sam sacó una tarjeta de plástico de su bolsillo y comenzó a leer en ella-. La… York Avenue… O… 210 B

-Sí, eso está en el ala oeste, la avenida York, en el número diez, de la segunda cuadra, tiene que subir un sub-subnivel. Queda justo al otro lado, bordeando todo el complejo. Si quiere le mando una nave guía.

-No gracias, creo que llegaré –terminó diciendo Sam.

-Bien, como desee, señor York –concluyó la voz que seguía sonando a metal.

La lanzadera de Sam salió como un disparo hacia el complejo de viviendas de lujo que ocupaban el subnivel 300. El fuego rojo que desprendía su propulsión iba dejando una estela que poco a poco se desvanecía en el aire puro y limpio de las alturas.

Una moderna y elegante lanzadera de barrio rico se cruzó con la vieja y destartalada nave de Sam, dejando impactar su potente hiper-xenón en la cara de éste. Sus ojos se entornaron, esquivando sus cegadores hiper-rayos. Tras unos segundos, la potente luz se volvió ciega. La cara de Sam mostraba nerviosismo e inseguridad, no por el trabajo que Boss le había ofrecido, sino por el motivo de su actual destino. Él nunca había conocido a la familia de Hanna, ni siquiera cuando eran niños, y mucho menos desde que Hanna se había ido de casa para irse con él. Los padres de Hanna se lo habían prohibido, y desde su muerte el nombre de Sam era impronunciable en su casa. Después de perderla y de darla por muerta, Sam la encontró en uno de sus viajes como transportista a un laboratorio de la I.BQ.F. Ella dejó su trabajo y se olvidó de la acaudalada vida del subnivel 300 para vivir con él. Ahora Sam quería visitar su tumba, pero desconocía dónde se encontraba ésta. Cuando le retiraron la licencia de navegante, él no pudo visitarla, es más, ni siquiera podía salir de su subnivel 101.

El ala oeste era el ala de los más potentados, de los altos ejecutivos de las empresas de Boss; de los representantes del gobierno; de los diplomáticos de otros países, de los grandes narcotraficantes; de los turistas millonarios; y, cómo no, de los antiguos magnates del petróleo, los que vendieron a tiempo, antes que el valor de éste cayera por los desolados suelos. Éste último era el caso del padre de Hanna.

El jade y el titanio eran los dos materiales reinantes en las calles. Las lanzaderas de lujo esperaban suspendidas en el aire a las puertas de las casas. De algunas de las naves escapaba una vieja música psicodélica de fluido rosa del pasado siglo, mientras, en su interior las parejas de jóvenes, ocultas tras los oscuros cristales, se abandonaban a los efectos de la lovina. Los anticuados semáforos terrestres se habían convertido en infinitas líneas de neón multicolor que indicaban la dirección a seguir. Los árboles, suspendidos igual que las lanzaderas, inundaban las avenidas, absorbiendo los poderosos rayos del sol.


Una deslumbrante puerta de titanio se abrió. A los pocos segundos, llegó una mujer. No se le veía la cara, ya que ésta estaba oculta tras una delicado y suave velo negro, sólo los ojos escapaban de la distante y protectora piel de seda.

-¿Qué hace usted aquí? –dijo tímidamente la mujer-. ¡No debería haber venido!

-Lo siento –dijo Sam, ofreciendo su corazón-, necesito dejar limpia mi conciencia. Salgo en una misión y no sé cuándo volveré.

La mujer se acercó a Sam y, cogiéndole del brazo, le empujó hacia el interior de su casa.

-¡Rápido, entre y calle…! Tiene suerte que mi marido no está en casa.

Los dos entraron en un extenso salón. Era el salón más amplio que Sam había visto nunca, y los techos, altísimos, incluso podrían volar varias lanzaderas a la vez. Sobre la pared, proyectado sin saber de donde, se veían los números de un reloj digital: “19 45”. Sam miró el suyo: “11 45”. Las horas no coincidían. Se extrañó. Acababa de despertar de uno de sus profundos sueños y estaba algo desorientado; esa misma tarde, a las 20 00 horas, comenzaba su nueva misión.

-Es la hora de nuestro país, en Oriente –dijo la mujer-. ¡Hora Laguna York! –prosiguió alzando la voz.

Los dígitos dibujados sobre la pared cambiaron automáticamente apareciendo la actual hora de la Laguna. Sam se quedó más tranquilo.

-¿Qué quiere? Sabe que no es bien recibido en esta casa.

-Necesito verla. Usted sabe que ella lo era todo para mí, y sé que de haber sido por usted, nuestra relación hubiera sido distinta, pero su marido es un fanático y nunca me ha aceptado.

Los ojos de la mujer se hicieron débiles y las lágrimas ablandaron el kohl, que los perfilaba, tiñendo su rostro del mismo color que su, ahora, desfallecido y desamparado caparazón.

-¡Prométame que sólo la visitará una vez! –dijo la mujer, conteniendo su llanto.

Sam lo pensó. Veía la debilidad en la mujer que tenía frente a él.

-Se lo prometo. Cuando salga por esa puerta no me volverá a ver.

La mujer se acercó a un pequeño arcón de piedra y sacó una cadena que había en un cajón.

-Tiene que volver al otra ala, al este, nuestro cementerio queda en aquel lado, junto al control de entrada a este subnivel, pero no puede ir así…

La mujer salió del salón y tras unos segundos regresó con una gabardina.

-¡Tome! –le entregó la gabardina-. La necesitará en el cementerio. Los cuerpos están al aire, expuestos a una continua lluvia de alcohol y formol que los mantiene en perfecto estado. Y hágame otro favor…

-Usted dirá –dijo Sam, amablemente.

-Póngale está cadena sobre su pecho, la protegerá del mal… Ahora váyase, no quiero que mi marido le encuentre aquí…

Sam comenzó a salir, pero se detuvo.

-Pero… ¿Por qué no lo ha hecho usted?

-No pregunte, por favor, y hágalo.

Sam obedeció a la mujer y salió sin decir nada más.

La mujer volvió a mirar el reloj y casi sin voz dijo:

-¡Hogar!

Otra vez cambiaron los dígitos a la hora de Oriente.


Una extensa y fina cortina de lluvia verde se abría sobre el deslumbrante cielo. La mezcla de alcohol y formol era iluminada por lámparas de argón, lo que le hacía tomar el color verdoso. Tanto el incesante goteo como los inextinguibles haces electromagnéticos parecían surgir de la nada, de una misteriosa e invisible fuente. Algunas naves permanecían detenidas junto al límite de la cortina embalsamadora. Desde lejos, los cadáveres parecían estar suspendidos en el aire, como si de satélites o planetas perfectamente alineados se tratara. No existían puertas de entrada, ni de salida, cualquier pasillo conducía hasta los cuerpos que, en posición semi-inclinada, se orientaban al este. Sam, oculto bajo la gabardina que lo protegía de la lluvia, también había tomado el pasillo este que rodeaba el cuerpo de Hanna. El sol se había hecho débil, todo el cementerio era un campo sombreado. Se arrodilló en el semitransparente suelo de delgadísimas láminas de jade. Él, triste, la miraba con lágrimas en su rostro y ella, con sus oscuros ojos cerrados, parecía devolverle la mirada. Su cuerpo parecía desnudo, sólo una delicada túnica blanca y permeable la cubría, permitiendo que su cuerpo absorbiera el purificante líquido. Las débiles corrientes que conseguían atravesar las invisibles puertas del sagrado recinto habían enredado su largo pelo negro. Sam lo desenredó y dejó que, otra vez, cayera libre.


En la plataforma de lanzamiento, el espacio se había sumergido en una densa nube de humo rojo. Los motores de la nave estaban encendidos manteniéndose calientes hasta el momento del despegue. Los operarios, protegidos por sus máscaras de oxigeno, corrían de un lado para otro ultimando las recientes instrucciones de Sam. Un pequeño grupo de tres hombres se despidió de sus familias y entró en la nave, iban a ser sus compañeros de viaje. En la cercana bóveda, las estrellas parecían brillar con más fuerza que nunca, parecían llamarle, parecían quererle, parecían necesitarle o por lo menos eso parecía suceder en la mente de Sam, quien, engullido en su nuevo y reluciente traje espacial, dirigía su emocionada mirada hacía ellas. Sam miró el reloj que se iluminaba en el panel de mandos; eran las 19 58, había llegado el momento de volver a perderse, de olvidar el subnivel 101, pero sobre todo, y las letras bordadas en los puños y el pecho: “I.A.F.” se lo recordaban, de perder de vista a Boss, quien, una vez más, le observaba desde su habitación. Éste levantó su mano deseándole buena suerte y Sam le devolvió el saludo, o el despido como prefería pensar él.

Los motores gritaron con más fuerza, el humo dobló su densidad y su volumen, Sam volvió a mirar hacía la habitación de Boss, pero la espesa niebla se lo prohibía, ya no había nadie a quien dirigir un último “adiós”; quizá en otro sitio hubiera alguien para decirle un primer “hola”. Las 20 00; Sam deslizó suavemente la palanca que tenía junto a él y la nave comenzó a elevarse hacia las estrellas. Al momento, la cúpula protectora se abrió, dejando salir a la nave, luego, otra vez, se cerró. A un lado, en la colonia lunar, el brillo plateado de antaño se había convertido en un rojo halógeno, y las naves que la recorrían de una ciudad a otra parecían diminutas luciérnagas que se movían lentamente por la parte oscura de su cara oculta. Si mantenían el rumbo marcado, pasarían cerca de Marte, pero antes entrarían en el espacio aéreo de Delfos. No obstante, para eso quedaban unos días.


III


La órbita lunar había quedado atrás, y con ella las buenas condiciones de la alta atmósfera terrestre. La fina y transparente lluvia, propia de la autopista interespacial que conducía a Marte, bañaba la cubierta de la nave desde hacía algunas noches. El caótico tráfico de las aeroautopistas terrestres se había vuelto mudo, vago, aburrido, solitario, y, cómo no, bello. No había sido así años atrás, cuando las macrocolonias de Marte y Urano estaban en pleno funcionamiento, entonces los buses-nave espaciales navegaban abarrotados de buscadores de fortuna; míseros, desafortunados y hambrientos hombres, casi siempre reclutados fuera de la cúpula de Laguna York, que se trasladaban a los nuevos planetas en busca de fortuna, y que para pagar las deudas de sus billetes, terminaban con sus vidas en las minas de titanio y jade. Ahora era raro cruzarse con otra nave que hiciera el recorrido contrario, o que surcara el espacio en nuestra misma dirección, sólo alguna pequeña nave de transporte se acercaba hasta la única base-colonia existente en esta aeroautopista, la colonia de Delfos. Cuando, algunas veces, dejaba de caer el manto húmedo, los residuos y el polvo espacial que contaminaban el conocido cosmos de la Vía Láctea desaparecían hasta que nuevas corrientes arrastraban una nueva basura. Durante esos inmaculados espacios, la perfección cósmica obligaba a contemplarla, a disfrutarla, a amarla.

En eso pasaba su tiempo Sam, en observarla, en saborearla, en adorarla. Desde su asiento de mandos, y ya libre del agobiante traje espacial, Sam perdía su vista y sus pensamientos en las estrellas que, una tras otra, pasaban y quedaban a un lado. La diferencia de sus lejanas formas y la variedad colorimétrica de las nebulosas que las rodeaban, hacía de cada una de ellas una visión única e irrepetible. Las había animadas, con forma de águila, de cigüeña, de lobo, de ballena, de toro, de escorpión, de delfín, de león, de puma, de serpiente, y un sin fin más; pero también inanimadas, semejantes a una montaña nevada, a un mar azul celeste, a un río verde selvático o a un puro oasis sahariano. Cuando el aire exterior lo permitía, Sam conectaba los micrófonos exteriores y el mudo silencio del infinito exterior inundaba la cabina. Unas breves y frágiles brisas hacían sonar las sensibles cuerdas vocales del universo. Cuando estas brisas se convertían en tempestades, Sam conectaba su canal preferido del hilo musical. No sólo era su favorito, sino que era casi el único que escuchaba de los diez de que disponía, una y otra vez, día tras día. Un canal de clásicos románticos: “Tristán e Isolda”, de Wagner; “Las cuatro últimas canciones”, de Strauss; “Noche transfigurada”, de Schoenberg; “Orfeo y Eurídice”, de Gluck, “La condenación de Fausto”, de Berlioz; y sus tres preferidos: “El concierto Nº 2”, de Rachmaninov, “Las tres Gymnopédies” de Satie, y “Las variaciones Goldberg”, de Bach, interpretadas por Glenn Gould. Todos ellos, autores anteriores al gran desastre, componían su selecto menú musical.

En el Universo, fuera de la eclipsión de cualquier planeta, los días eran ilimitados y las noches no existían. Según tomábamos la aeroautopista de Marte, en sentido centrífugo, es decir, en dirección al nuevo planeta, ya abandonado, la fuerza del sol decaía y el frío se iba haciendo más intenso. Sucedía lo mismo si tomábamos las otras grandes aeroautopistas, la más larga de todas, la que conducía a los planetas de Neptuno y Plutón, y la más corta, la que nos llevaba hasta Júpiter y Saturno. En el otro caso se encontraba la única aeroautopista en desuso y de sentido centrípeto, la de los planetas muertos de Venus y Mercurio. Allí, debido al gran calor reinante, no existía la vida animal, lo que conllevó a que estos planetas fueran los únicos libres de la colonización terrestre. Cuando se iba a viajar a uno de los planetas colonizados había que elegir muy bien el momento de hacerlo, y era importantísimo buscar el punto en el que éste y la Tierra se encontraban cercanos en sus movimientos de revolución sobre el sol. Cuanto más cercanos, el tiempo de viaje disminuía considerablemente. Eso marcaba la dirección de las aeroautopistas.

La expedición de Sam había coincidido con el invierno terrestre, lo que también significaba que era temporada de frío y lluvias espaciales en todo su itinerario. Cuando, tras varias semanas, la nave se acercó a la colonia-base de Delfos, las nubes espaciales la cubrían por completo, sumergiéndola en un denso abismo de impenetrable acceso. El sucio sonido cósmico que recogían los micrófonos exteriores obligaba a no conectarlos y la comunicación con la base resultaba imposible. Sam lo agradeció enormemente, ya que él, al contrario que sus acompañantes, no tenía ningún interés en visitar la colonia. A él no se le había perdido nada allí, y ni siquiera su amigo se encontraba en la base, pero los científicos que iban con él, pensaban de otra forma, querían aprovechar su exilio doméstico para pasarse por alguno de los ilegales y archiconocidos clubes de lujo del amor, embriagarse ferozmente de lovina y descargar su adrenalina con alguna de las prostitutas que se entregaban a todo, todo, por un módico precio. Delfos era algo así como un paraíso sexual. Dada la densidad de la nube, la experiencia de Sam le dijo que en varios días no podrían aterrizar, lo que inevitablemente retrasaría demasiado la expedición. Los científicos no estaban de acuerdo en continuar viaje, pero las órdenes de Boss eran inviolables. Por una vez, Sam agradeció las órdenes del jefe supremo, lo que contribuyó a que su relación con sus compañeros de viaje fuera todavía más desastrosa. Hablaban lo justo, comían separados, ellos siempre estaban estudiando en su reservado y Sam no se levantaba de su sillón de mando excepto para hacer sus necesidades. Ellos buscaban esa antisociabilidad y Sam no hacía nada por evitarla, no se fiaba de alguien tan cercano a Boss, él se limitaba a hacer su trabajo, pilotar la nave.

Que Sam no tuviera interés en los clubes del amor de Delfos no quería decir que él no diera rienda suelta a sus fantasías sexuales. Todo lo contrario, lo hacía. Estaba intentando dejar la lovina y la drimina, pero este desenganche debía ser lento. Ahora limitaba sus viajes psicosexuales a una toma por día. El propio Boss se había encargado de proporcionarle las ampollas de drimina necesarias para el viaje de ida y vuelta. Además tenía que asegurarse antes de ceder al sueño, debía hacerlo en un campo abierto, sin posibles choques con meteoritos, ni con bruscos vaivenes producidos por una fuerte tormenta eléctrica. Naturalmente, Hanna seguía en sus sueños y sus últimos pensamientos, antes de pincharse, siempre eran para ella.


La mente de Sam estaba confusa. Los recuerdos de una loca noche de amor con Hanna se intercalaban con la última conversación que había mantenido con Boss. Los diálogos de unos y otros se entremezclaban, provocando en su cerebro lo que comúnmente se conocía como un “residuo psicoemocional”, donde algo agradable produce cierta psicosis debido a indeseadas interferencias.

-¡Bésame! –le decía Hanna.

Sam obedecía encantado, y al separar sus labios y abrir sus ojos, era el rostro de Boss el que estaba junto a él. Sam le empujaba, pero ella no entendía su actitud.

-¡Quiero que me traigas muestras de ese planeta! –decía ella en su mente.


Sam no conseguía entender su sueño. Sus pensamientos y sus imágenes iban de un lado a otro dentro de su mente.

-¡Nadie conoce su existencia…! Pero… ¡Bésame otra vez…! Hasta el momento sólo es gas… ¡Bésame…! ¡Bésame…!

Sam la besaba con todas sus fuerzas, pero ahora era ella quien se alejaba de él…

-¿Por qué huyes de mí? –le preguntaba Sam, preocupado.

-¡No huyo…! ¡Quiero muestras…! ¡Debemos ser los primeros…!

-¡Házmelo…! ¡Más allá de la órbita de Plutón…! ¡Sigue…! ¡Sigue…! ¡Atravesando el límite de la aeroautopista de Marte…!

Sam apretaba su cuerpo contra el de Hanna. Boss trataba de separarlos.

-¡Aparta de aquí, desgraciado! –gritaba la mente de Sam.

-¡No…! ¡No…! Es extraño… ¡Un planeta…! ¡Distancia…! ¡Tómame…! ¡Tómame…! ¿Gas…? ¡Ahora…! ¡Ahora…!


Su mente no conseguía concentrarse en su acto amoroso, sus fuertes excitaciones eran bruscamente demolidas por las interferencias de Boss. Quería terminar su sueño a gusto, lo necesitaba, quería sentirse sucio, húmedo, pero, como sucedía con todos los “residuos psicoemocionales”, no lo consiguió, sino que se despertó violentamente, enfadado y sí, húmedo, pero de rabia y sudor.

El “residuo psicoemocional” había dejado huella en la mente de Sam, llevaba semanas sin poder salir de la misma pesadilla, incluso se había convertido en un pensamiento constante y real. Su miedo había llegado a tal extremo que algunos días había decido no inyectarse. Estaba desesperado y de mal humor. Hubiera dado su vida a cambio de una dosis de lovina y una mujer a quien convertir en Hanna, pero eso, en el perdido espacio, a unos días de llegar a la desolada colonia de Marte, resultaba imposible. Además, Marte, significaba llegar al punto final de la aeroautopista, al límite de lo conocido. Nadie había ido más allá. Sam deseaba adentrarse en ese inexplorado mar estelar, pero tenía sus prejuicios. Estaba claro que allí no habría ninguna otra nave. Si se perdían, dependerían de ellos mismos, nadie les iba a encontrar, nadie les iba a rescatar. Sam había ido más lejos, mucho más lejos, conocía todos los planetas, desde el ardiente Mercurio hasta el helado Plutón, pero cada uno de éstos tenía su propia aeroautopista, que quedaba en otra dirección y, lo que era lo mismo, en otra estación climatológica. Por ejemplo, Plutón, el más lejano, el último de nuestro Sistema Solar, el viaje siempre, durante muchos años, se realizaba en verano, cuando, tras el viaje de acercamiento, los dos planetas se encontraban más cercanos.


El dulce martilleo del piano de Glen Gould acompañaba los oídos de los cuatro ocupantes de la nave. Ahora estaban todos juntos en la cabina. Sus ojos y sus manos parecían extenderse para alcanzar Fobos, el más grande y más cercano de los dos satélites, o lunas, de Marte. Sus profundos cráteres se hundían hacía su interior, provocando misteriosos y oscuros abismos. Tras atravesar un negro nubarrón de polvo, apareció Marte. Desde lo alto de su atmósfera la visión era clara. Un tono rojizo dominaba todo el planeta, y una muestra de su aire señaló un alto contenido en CO2, lo que significaba que su enrarecido aire no había cambiado tras su abandono. Lo primero que vieron Sam y sus acompañantes fue la cordillera de Tharsis, y en su punto norte el monte Olimpus, cuya altitud era de veintisiete kilómetros de altura, casi veinte más que el Everest terrestre. Era sabido que el Olimpus marciano era el más alto de nuestro Sistema Solar.

Las órdenes de Boss no permitían detenerse en Marte, pero no decían nada de descender hasta su atmósfera y poder contemplar los desastres que los terrícolas y, concretamente, sus compañías, habían llevado a cabo. Las grandes llanuras y las bajas montañas estaban repletas de pequeñas ruinas de casas y chabolas de madera. La rojiza tierra compartía color con el ladrillo que levantaba las casas semiderruidas por los fuertes vientos que asolaban el planeta. Viejas y destartaladas máquinas excavadoras habían sido abandonadas junto a las puertas de las minas. La escasa vegetación que subsistía había sido cortada para apuntalar los túneles. Las bellas montañas ahora eran canteras agujereadas de forma rectangular gracias a los explosivos terrestres. No se veía un solo río, ni lago, ni embalse, ni mar, ni una sola gota de agua, ni siquiera el hielo que antaño cubría sus casquetes polares. El único líquido existente era el derramado petróleo de los oxidados y perforados barriles de elaboración terrestre. El titanio y el jade fueron los causantes de la colonización marciana. El aire enrarecido del planeta no era un aliciente para vivir, pero la alta demanda del duro metal y de la rojiza piedra marciana, lo convirtieron en una colonia de obligada explotación.

El frió exterior llegó hasta Sam y le hizo sentir rabia y pena por aquel planeta que, no muchos años atrás, él había conocido con algo de vida y en el que ahora, tras el paso terrícola, no quedaba nada. No quiso ver más, ya había tenido suficiente, no quería seguir viendo cómo sus acompañantes disfrutaban glorificándose por la conquista de las grandes riquezas que habían encontrado en el devastado Marte. Lo mismo había sucedido en el resto de los planetas: en Urano, en Júpiter, en Saturno, y seguramente lo mismo sucedería en los que se descubrieran en el futuro.

Sam ocupó su sillón de mando y reactivando los motores de la nave la impulsó hacía la aduana interespacial que marcaba el final de la aeroautopista. Una nueva preocupación se había asentado en su cabeza. ¿Sería él como los hombres que le acompañaban? ¿Era él como el propio Boss? Tenía claro que no era como él, pero entonces ¿por qué estaba allí? ¿Por qué buscaba un nuevo planeta? ¿Realmente quería encontrarlo? ¿Para qué?, ¿O sólo quería volver a nacer y perderse en su verdadero hogar, el gran Cosmos? Las intensas luces rojas que flotaban en el espacio indicaban el final de la pista espacial. Un gran cartel de neones decía que adentrarse más allá era sumergirse en lo desconocido, que traspasar esa barrera podía significar tener que enfrentarse con fuerzas extrañas y ocultas, con fuertes tormentas eléctricas, con agujeros sin retorno o, curiosamente, con extrañas razas marcianas. Sin embargo, a los tres acompañantes de Sam aquella advertencia no parecía preocuparles lo más mínimo. Esa tranquilidad le dio qué pensar. Seguramente, de aquellos peligros no existía ninguno, y sólo se trataba de ocultar y mantener lejos a posibles curiosos. El miedo también era una táctica habitual en Laguna York. Estaba claro que sus acompañantes sabían algo que él desconocía.


El cruce con las desiertas órbitas de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno había quedado atrás. Ni siquiera quedaban estelas de su paso. Júpiter hacía unos años que había pasado por allí, a Saturno le quedaban más de diez para hacerlo, y mientras que Urano tardaría más de cincuenta, Neptuno se demoraría más de cien en llegar a la inexistente intersección con la imaginaria, ahora real, continuación de la aeroautopista de Marte. Durante estos últimos diez meses, el paisaje espacial era semejante al que se habían encontrado antes de sobrepasar el confín de la subyugación estelar: infinidad de estrellas, coloridas nebulosas, lluvias y vientos espaciales, tormentas eléctricas… La única diferencia fue el gran número de pequeños asteroides que tuvieron que esquivar en el espacio comprendido entre las órbitas de Marte y Júpiter. Por lo demás, aquel desconocido y temido espacio no era nada más que un abandonado, inactivo e intrascendente bello mar de estrellas.

Los cuatro tripulantes de la nave ya mostraban un aspecto de cansancio y dejadez, sobre todo Sam. La barba había poblado su rostro, y el pelo largo empezaba a caer por su espalda. Los demás se cuidaban más, incluso comenzaron a mimar su conducta con él. Continuamente abandonaban su habitación y pasaban más tiempo en la cabina de mandos. La conversación, inexistente hasta entonces, pasó a formar parte de sus vidas. El largo tiempo y el abandono lo cambia todo, pensaba Sam. Tenía que dar una oportunidad a aquellos hombres, y lo más importante, tenía que darse una oportunidad a sí mismo. Nadie puede aguantar tanto tiempo encerrado en sus pensamientos: después de todo, ellos eran tres y él estaba solo. Incluso, por primera vez, dejaron ver sus intimidades.

-¿Tienes familia? –preguntó Jim a Sam, quien volvió su vista hacía él en silencio-. ¡Oh…! Perdona, lo había olvidado.

-Dime Jim, ¿cuál es tu misión aquí? –le devolvió la pregunta Sam.

-¿A qué te refieres? –preguntó éste, algo confuso, respondiendo a su pregunta.

-Tu función, tu cargo. Ellos –dijo Sam, señalando hacia los otros dos acompañantes que se encontraban en su habitación- tienen un cometido, estudiar las posibles muestras que encontremos durante el viaje. Son químicos, físicos nucleares, médicos, astrónomos y no sé que más, pero…

-Me encargo de la seguridad. Si nos encontramos con problemas, yo estoy aquí para solucionarlos.

-¡Eres un policía de seguridad! –dijo Sam, alarmado.

-Llámalo como quieras –Sam le miraba sorprendido-, pero…, a mí nunca me hubiera pasado, llevo mucho tiempo en esto y siempre he sabido controlar mi pánico.

-Entiendo –dijo Sam, apoyando su mano sobre el hombro de su compañero. Sabía que se refería a la muerte de Hanna-. Entonces…, llevamos armas a bordo.

-No leíste el cartel luminoso de la aduana interespacial. ¿Crees que me iba a enfrentar a otras razas con mis propias manos?

-Pero… Ahí… yo tenía miedo, y en tu cara no vi… -Sam hizo una pausa y sonrió-. ¿De dónde eres? El color de tu piel…


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