De Profundis
por
Eduardo Acevedo
Smashwords Edition
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Contenido
Hay números clave
en la vida de los números.
El dos es el número del cisne
así como el seis pertenece al caracol,
mientras el tres querrá de grande
parecerse a un ocho
y el siete descansa mimetizado como uno.
El nueve y el seis
viven de equívoco en equívoco
sin molestar al cuatro navegante.
Descontando a ese de origen tardío
tratado como a un cero a la izquierda,
el cinco es el rey indiscutido:
equidistante de los extremos
y centro de todo teclado,
hasta los ciegos lo reconocen de inmediato.
Hay números clave
en la vida de los hombres.
Cuando comprueban que son hombres,
cuando fundan una nueva tribu,
cuando alcanzan su número cinco
y finalmente,
cuando comienzan a preguntarse
el verdadero lugar que ocupa el cero.
Sobre el estanque natural
van saltarinas
pequeñas piedras aceradas,
dejando en cada impulso
la estela del impacto
junto al chasquido acuático y discreto.
No se fabrican con ese perfil aerodinámico
como no se fabrica el estanque
o la desbandada de pájaros.
Hay que descubrirlas,
bautizarlas en su destino volador,
deslizarlas entre los dedos
sopesándolas a punta de caricias.
Como queriendo terminar de pulirlas,
convenciéndolas para el disparo náutico.
Hay que encontrar la adecuada,
la de uno,
la que danzará sobre el agua
cuando se produzca el latigazo.
La que será prolongación del lanzador.
¿Cuántos aterrizajes y despegues sucesivos?
Quién sabe…
No importa cuántos
de esos breves momentos infinitos.
La espigada piedra y su lanzador
tendrán otras oportunidades
en otras manos y otros filos.
Dentro de un mes
o en el próximo siglo.
No cuentan con las destrezas
del barquito de papel
para ir fluyendo suavemente
por el río.
¿Quién sabe hasta dónde llegarán?
¿Acaso importa?
I - Declaración de odios
Odio a los que no juegan.
A los que pierden
y se sienten románticos perdiendo.
A los que no juegan
si no tienen una buena mano.
A los tontos
notándoseles una buena mano.
A los incapaces de renunciar a una mano ganadora
además, los desprecio.
Odio a los que juegan lo mismo
hasta poder recuperarse.
A los que juegan hasta que yo pierda.
A los que juegan todo el día, todos los días.
Si usted siente simpatía
porque juega dados o naipes,
se equivoca mi querido amigo,
usted es un cretino igual a los demás.
Odio a los que dicen querer
a todos sus hijos por igual.
A los que efectivamente
quieren a sus hijos por igual,
sin ver las diferencias.
Odio a los lentos
y detesto a los rápidos.
A los altos que me hacen ver bajo.
A los de ojos claros
opacando mis ojos oscuros.
A los tipos con éxito.
A los que disimulan la envidia
de los tipos con éxito.
A los que siempre tienen mala suerte.
Odio a los que no tienen prejuicios.
A los orgullosos de su prejuicio favorito.
A los pacifistas predicantes
y a los guerreristas practicantes.
A los que viven ocupados.
A los que no se aburren.
A los que se sienten
con inmunidad celestial.
A los que pasaron el curso
de humildad avanzada.
Odio a los que tienen una causa.
A los que quieren convencerme de su causa.
A los que se sienten mejores que yo
por su causa.
A los que no sobrevivirían
fuera de su causa.
A los que ya no son sino su causa.
Odio a las parejas
que no pueden vivir el uno sin el otro.
A los hombres simbióticos
y a las mujeres mimetizadas
A las parejas felices que ya no pelean.
A las parejas que viven el uno sin el otro.
A las parejas tan parejas,
que se puede hablar con cualquiera
y da lo mismo.
A las parejas sándwich,
teniendo a alguien en medio.
Odio a los que saben
exactamente lo que quieren.
A los que ya están bien encaminados
y no se desvían.
A los que no tienen pereza
porque están apasionados.
A los que no tienen pereza
haciendo boludeces.
A los que no tienen pereza
y viven haciendo algo.
Odio a los que no se deprimen.
A los que mantienen la presencia de ánimo.
A los que miran con condescendencia
a los deprimidos.
A los que se sienten exentos
de aterrizar en la melancolía.
Odio a los que no han traicionado.
A los que mantienen la palabra empeñada
aunque ya no haga falta.
A los que son derechos y rígidos como un riel.
A los que no les fallan a los amigos.
Por esta solemne declaración de odios
recónditos e irredimibles,
quedan todos ustedes conminados
a ponerse un cohete en el trasero
y salir volando a sus destinos naturales.
Ustedes:
zorras y virtuosas,
ángeles y depravados,
zopencos y astutos;
todos ustedes pueden elegir
la vista que les agrade
en el cielo o el infierno.
Y dejarnos al resto tranquilos
en esta tierra bendita
compartiendo nuestras miserias.
II - Confesiones de amor
Tengo enfrente a Pablo Picasso
agarrándose la cabeza.
Su mirada no me acusa ni me compadece
y es penetrante.
Lo suficientemente penetrante
para sostener la mía
un par de segundos nada más.
Nosotros podemos nombrarnos
en plural sin problemas.
Somos, nos queda bien, nos representa.
Somos como una fiesta sin resaca,
como una aceituna sin carozo,
como un kilo de pasta que no engorda,
como un perfume sin acabarse.
Sin el toma y daca,
sin pagar el precio.
¿Cuál es la mentira o la receta…?
Nos tenemos confianza.
Esa divina confianza
nos ha hecho dormir tan bien
desatando la libertad.
Las escenitas que alguna vez te hice,
forman parte de nuestro bestiario personal,
en la sección de burlas.
Hasta vos recientemente desempolvaste
esos pequeños diablillos en honor a mi torpeza:
sin avisar, sin llegar,
con el celular apagado... ¡eh!
La mala noticia amor mío,
es una bella que entró a mi corazón
tomando un atajo.
No la pude parar. No la quiero parar.
He recurrido a los trucos clásicos
para ver que no vale la pena.
Hasta me he sorprendido haciendo disquisiciones
entre lealtad y fidelidad.
No se ve tan mal desde el lado mío
y horrible desde el tuyo.
Al margen de tus recelos,
la sombra atenazadora de la bella
nos ha potenciado.
Somos más cómplices, más juntos,
más alocados, más apasionados.
Como si en cualquier momento te pudiera perder.
Y temo realmente
la posibilidad de perderte.
Porque te conozco y me conozco.
Somos tan íntegros
cuando se trata de nuestro amor
que sin importar lo que duela o destruya,
no queremos ningún sucedáneo,
ningún reflejo,
ningún arreglo distinto
a amarnos libremente,
porque sí,
porque nos da la gana.
No tengo remordimientos; tengo miedo.
Y he resuelto continuar
con mis irremediables mentiras.
III - Alquimia
Los ritmos de la naturaleza,
ballenas y pájaros
viajan todos los años lejos
sin perderse,
sin atrasos o adelantos.
Si se juntan algunas cosas,
puede haber resultados sorprendentes.
Por ejemplo,
intente poner sobre la mesa una selección
de quesos madurados,
pan francés abundante,
prosciutto y aceitunas negras.
Coloque a su amada a su izquierda,
espere unos segundos
y verá como hijos y suegra desaparecen,
la luz se atenúa
mientras suena la música de su gusto.
Si además descorcha un buen vino tinto
y dispone de cuatro copas,
el ambiente puede mejorar:
ese amigo del alma aparece así nomás,
tocando la puerta
o descendiendo por la chimenea.
Y la velada será estupenda.
Y usted se recuerda hacerlo
con más frecuencia.
Usted no quisiera volver a dejar
pasar tanto tiempo.
Pero en su interior hay algo nostálgico
-tal vez su riñón-
anunciándole que pasará tiempo.
Más del que quisiera.
Como le pasa con ese trabajo
del que debió irse hace años.
Como ese paso
que hará una diferencia en su vida,
pero todavía no da.
Como esa canilla que gotea
y todavía no arregla.
Como esa conversación espinosa
que deja para mañana.
La clave está en saber juntarlas
y entonces las cosas suceden.
No se fatigue,
no se castigue pensando
que no hace lo suficiente.
No hace falta
y además es inútil.
Lo que usted realmente necesita
es ser como las ballenas y los pájaros.
¿No tiene alas?
Ah, usted qué pretende entonces...
IV - Días camaleón
Estás cercana a mi deseo
y saliendo hacia el tuyo
sonriente y liviana.
Mariposa policroma revoloteando
las flores que perfuman
desde la distancia tu llegada.
Me llevás y me traés
al ritmo de tus olas,
de tus ojos y de tus pechos:
todo en vos danza en la punta de la vela.
Yo me dejo llevar distraído en vacaciones
hacia cualquier parte
que tus ojos y pechos decidan.
Yo soy el que debería saber un poco más,
el que debería compensar
tus fluctuaciones.
Pero con vos ando en una noche de campo
inundada de luciérnagas
señalando el camino:
quiero ir hacia todos lados,
inflándonos como un globo gigantesco.
Y en las alturas que el viento decida.
Y en las profundidades
que mi deseo se derrame sobre vos.
Porque en las zonas medias
donde la vida duerme
esa siesta sosa y desabrida de todos los días,
estás con tu música,
con lo que me da alegría
sin darme cuenta.
V - Suerte gitana
Usted y yo queremos las mismas cosas:
ser felices
sin tener que fastidiar a los demás.
Y vea en donde vamos...
tan fácil y tan difícil
al mismo tiempo.
El método,
las fórmulas,
cómo hacer las cosas,
cómo sentirlas y pensarlas.
Las once claves del éxito
no le funcionaron
porque el editor no resistió la tentación
y puso una demás.
Y sus finanzas claro, se resintieron.
Ya no pudo continuar adelgazando
con zarpas de oso manchuriano.
La depresión fue inevitable.
Debería leer a Cioran,
ese invasor fantástico de la desesperación.
Aunque bien mirado,
usted está solamente algo deprimido,
no muy deprimido,
no abrumadoramente deprimido,
no apasionadamente deprimido.
No quiere vivir la depresión
sino sacársela de encima de una vez.
Mejor no lea a Cioran.
En las librerías hay otras cosas...
Yo vivía preocupado
hasta que un día mi suerte cambió.
A las cinco en punto
una gitana leyó mi destino.
Mi esquiva felicidad era nomás,
el amor de una mujer:
me la describió tan bien esta bella cíngara,
con detalles tan precisos,
que levanté la vista
y la encontré.
Pero usted no tiene tanta suerte como yo.
Usted,
que a veces está del lado equivocado.
Usted es adorable e intenta,
se apasiona
y recibe ráfagas de felicidad.
Pero quiere más,
siempre quiere más…
Serenidad,
paz interior,
tranquilidad,
todo eso tendré de sobra
en el cementerio.
Mis queridas y conocidas
rutinas
se están llevando una sorpresa.
Ando a la caza de pasiones.
Tarde desasosegada.
Inquietud taladrante
detrás de propósitos inacabados.
Pesadez y opresión sin designio.
Desazón testaruda e inmisericorde.
Apatía inercial.
Angustia difusa y contenida.
Negro profundo solapado.
Por la mañana no fue así
y espero que mañana tampoco lo sea.
Estado de mierda como un lumbago,
detestable, agudo y sin aviso.
Y para completar
este conjuro de fatalidades
soporté la lectura inicial de Joyce,
el vino me cayó mal
y el cielo está tan plomizo
como el soporífero Ulises.
Quiero a cualquiera para distraerme
pero no a vos.
Quiero cualquier color
pero no el azul.
Hacia el norte,
hasta el círculo polar ártico
soplando cincuenta mil kilómetros
de motocicleta.
Hacia el sur,
hasta la Tierra del Fuego
caminando los caminos.
Varios meses de travesía
y muchos años de diferencia
con el mismo instinto
de animal cabalgador.
De uno ya vi las fotos
y escuché los encantadores relatos.
Del otro escucho su voz cada tanto.
A uno ya le noté esa postura felina
de animal enjaulado
y presiento del otro,
el mismo desencuentro
con un lugar inocente.
Alma de vagabundo,
espíritu errante, corazón gitano.
¿Cuál es la parte en la que trascurre la vida?
Yo sigo acurrucado con mi amor,
usted con su trabajo
y la tía Ernestina
con su telenovela favorita.
Nada más ayer
escuché el deseo de rodar por Europa
hasta que alcance la plata.
Y recordé mi fantasía
del velero caribeño
contrabandeando habanos de Cuba
y ron de Jamaica.
No sé si usted
quiera brindar conmigo,
pero al menos por hoy,
ellos son mis héroes.
¿Qué clase de vida quieres
después de conseguir una casa
y hacer un viaje?
¿Qué clase de vida quieres
entre tu proyecto favorito
y las caricias de tu perro?
¿Qué clase de vida quieres
despuntando el alba con tu amada
y soñando otros sueños?
¿Qué clase de vida quieres
entre la salida del trabajo
y el encuentro con los amigos?
¿Qué clase de vida quieres
entre el viernes por la tarde
y el lunes por la mañana?
¿Qué clase de vida quieres
regalar,
empeñar,
o comprar?
¿Qué clase de vida quieres
que te desborde
por encima de la tuya?
¿Qué clase de vida quieres
mientras vives
la que hoy tienes?
Qué clase de vida quieres
en las acrobacias del trapecio
si siempre pides
la red de seguridad…
Como un condenado a muerte
ando evitando lo inevitable.
Que el I Ching me dé alguna pista,
aunque sea tan vaga como mi decisión.
O el Tarot, acomodándose
a mi suerte de tahúr.
O la carta astral, para que el cielo
se encargue de mi destino.
O el tabaco, o las borras de té, de café,
la espuma del chocolate,
deshojar una margarita
o la pirueta de una moneda en el aire.
Acudir a los amigos
mientras no digan
lo que no deseo escuchar
y no me dejen más perplejo.
Después de todo,
¿cómo podrían sentir lo que yo siento
y no ver lo que claramente ignoro?
Pensar todo de nuevo cien veces.
Repasar los detalles descuidados
con curiosidad arqueológica.
Recrear diferente las situaciones
y prolongarlas por donde el deseo se antoje.
Buscar algo parecido en la memoria de éxitos
o en el prontuario de fracasos.
Pero en el centro finalmente están
mis dudas y temores
para rehusar la acción
o impulsarla en la dirección adecuada.
¿Qué me falta para salir del punto ciego?
¿Dos Martinis más con aceitunas,
tres nuevos datos reveladores,
cuatro decibeles más de angustia
o cinco codos de confianza?
En estas circunstancias
lo mejor será ir de compras.
Actividad frívola que me calma los nervios
y a menudo me permite encontrar
lo que no andaba buscando.
Heredero del mayo francés del 68
y del palito de Mafalda
para abollar ideologías.
Del Che, Woodstock, Mao y los Beatles.
Tiempos de la izquierda y la derecha
con los tibios al centro.
Poder ver el mundo
a través de los prejuicios favoritos.
Poder construirlos,
hasta quedar tranquilo
sintiéndolos propios.
Mirar distinto,
combustible que los dioses entregan
a los apasionados
en el altar de los sacrificios
y a los cobardes
en la carrera de los odios.
Gregarios.
Lobos en la manada.
Poder aborrecer a millones de un plumazo
o aprender a amar
lo que no surge naturalmente.
Actuar con conocimientos a medias
gracias a la patente de corso
que todo grupo provee.
Las denominaciones cambian,
pero aguantan todas las combinaciones
de malos y buenos.
Los malos
turbadoramente atractivos
y los buenos
escribiendo la historia
a su medida.
Si me obligan,
si me confrontan,
me declaro moderadamente de centro,
apasionadamente de izquierda
y tenazmente de derecha.
Si tengo que elegir,
si me intiman para algún ritual de rebaño,
escojo la senda solitaria
de perseguir el desamor de una muchacha.
Actividad más refrescante
que andar asediando ideas.
Los ciegos tienen un problema adicional,
pero nuestros ojos ocultan
más de lo que muestran.
Por nuestro bien.
Para nuestra tranquilidad.
Si tiene dudas,
ensaye caminar sin afán
por una calle concurrida.
Como no va a ningún lado,
camine con el andar y las pausas
de la marea.
Debe ir sintiendo que la calle lo pasea
y usted simplemente se deja.
Aunque no sea tema de la vista,
esto puede ser su primer obstáculo:
si usted controla su televisor
y se dirige hacia sus metas,
ir a ninguna parte
puede resultarle incómodo.
Imagínese entonces,
recorriendo alguna ciudad en vacaciones.
Allí se espera de usted, el abrir la boca
por la calle sin problemas.
Como buen novato,
debe aprender a engañar sus ojos
haciéndoles creer
que puede ver más de lo necesario.
No los abra demasiado,
porque ahí sí va a llamar la atención.
Una estratagema
es no concentrarse en las urgencias
de la belleza.
Tampoco trate de percibir
con visión periférica
las cadencias y el ritmo
de los pasos rítmicamente cadenciosos.
Es para más adelante
y sólo entorpecería su progreso.
Atención a los rostros.
A la expresión en los rostros
sin detalle,
evitando que una fealdad
lo desinterese
o un odio penetrante lo ahuyente.
Enfoque hacia la mirada
alternando con el gesto.
No buscar nada en especial
y recorrer todos los que desee.
En algún momento
estará absorto en alguien
y se olvidará de usted.
Con la curiosidad acostumbrada
cuando ve sin ser visto.
Y observará esa cara adolescente
de preocupación
reconociendo una sensación familiar.
O aquel rostro huesudo y siniestro
de Quijote desencajado que suele repeler
pero hoy se le cuelan sus ojos
de resignación taciturna,
de bondad martirizada.
Y verá más… verá mucho más.
Hasta puede convertírsele en hábito.
Y tendrá miradas más fluidas, penetrantes,
delineando destinos y caracteres
como un ornitólogo
reconociendo pájaros en la selva.
Y le sorprenderá lo maravillosamente
parecidos que somos.
Y se lamentará que sólo amemos
lo conocido.
Usted, con ese grupo tan reducido
de relaciones significativas
mirando el océano circundante
de posibilidades,
deberá volver a sus ojos velados.
Por su bien.
Para su tranquilidad.
Para no astillar y trastornar
su pequeño mundo conocido.
Para no alterar seriamente
sus estados de conciencia
confundiendo a su mujer,
a su vecino y al gato.
En casos extremos,
cuando lo inusitado bordea la locura,
la naturaleza lo puede bendecir
con la ceguera.
Los chicos de tres años
se hurgan la nariz y no les queda mal.
Las adolescentes pasan la mitad del tiempo
enamorándose
y la otra mitad sufriendo desamores.
Los jóvenes descubren que todo está mal
y los demás son estúpidos.
Antes de los veinticinco,
riesgos y exploraciones
se aprecian y sienten bien.
Entre los veinticinco y los cincuenta
uno construye la vida:
(todo lo anterior era sólo preparación...)
un modo de ganarse la vida,
una familia, o dos, o tres, o ninguna.
Cuesta hacer nuevos amigos
y quitarse obligaciones de encima.
Hábitos, hobbies y rutinas
van llevándonos
de día en día, hasta los cincuenta.
De los cincuenta a los setenta y cinco
hay más variedad
y en mucho depende cómo nos fue antes:
los casos felices
prolongan la etapa anterior
con más kilos, viajes
y dolores al levantarse.
Los otros se deterioran mucho
ganándose la vida
en vez de disfrutarla.
Porque lo que se consiguió antes
era para disfrutar en estos años dorados.
Suelen cruzar por la cabeza
en ambos casos, preguntas como
¿quién es la persona durmiendo a mi lado?
o, ¿para qué estoy aquí?
Son crisis sin mayor importancia
-a esas alturas no quedan muchos ánimos
para cambios radicales.
De los setenta y cinco en adelante
se acabó la garantía.
Todo puede empezar a fallar seriamente,
incluyendo las ganas de seguir viviendo.
Son años extras
mirando de reojo la vida
y preparándonos para la próxima
(porque todo lo anterior
era sólo preparación...).
Nadie quiere envejecer,
salvo los menores
para comprar alcohol
o entrar donde no deben.
Cambiar de aspecto,
olvidar palabras,
marginarnos de actividades.
No quiero envejecer
pero me toca.
Siendo inevitable,
quiero envejecer
como me dé la gana.
Ganar años como los niños
celebrando los progresos:
¡cuánta mejoría en la cama
y en el modo de saludar!
¡qué maravilla no tomarse
tan en serio
y orinar sin salpicar!
Machismo y racismo
están desacreditados,
mientras del añismo
nadie dice ni mu.
Los de veintidós están en una onda
diferente a los de veintiocho.
Y las de veintiocho arrinconadas
contra ese espantoso treinta,
se visten y hablan
mitad como ellas
y mitad como lo que dejaron de ser.
Aunque no quieran,
se les nota los veinte largos
que quieren disimular.
Los de treinta y cinco pelean
con el cabello restante
pero se desquitan
trotando más que los de cuarenta.
Para ellas, los cuarenta no se celebran
y la siguiente década
entra en la dimensión desconocida.
Hasta los cincuenta y cinco
la tecnología del embellecimiento
se acerca a los milagros.
Después, comienzan las temporadas
de comedias y tragedias
con el certero latigazo de las fechas.
Jerarquía de castas por décadas
aparentando estar
en alguna más abajo.
Pero estoy y quiero seguir estando
con cualquiera de mi agrado
sin pedirle documento.
Me encanta Manuel de ochenta y cuatro
y Andrea de veintisiete.
Y adoro estar con vos,
de la década innombrable.
Quiero entremezclarme de años
por fuera de matrimonios y velorios.
De las parejas disparejas apiádate Señor,
en especial cuando ella es la mayor.
Consuela Señor a los de ochenta,
que desean y se enamoran
como cualquier hijo de vecino.
Permíteles el descanso
a los que tienen temporadas
de hacer el amor como conejos
y pasan los cuarenta.
Ilumina a los empleadores Señor,
para que encuentren productividad
por encima de los treinta.
Ayuda Señor a las separadas y solteras,
para que en bares y discos
encuentren los años deseados
-y el portero no les recomiende otros lugares.
Bendice Señor
las piernas largas con faldas cortas
y las cabezas estrechas con tolerancias amplias.
Guía las afinidades cara a cara,
con la misma despreocupación
para chatear en la red.
Impártenos la gracia de entender Señor,
que la pasión y el asombro
son dones dados por siempre
y toda la eternidad.
Y que a algunos,
en tu insondable sabiduría
niegas por la misma duración.
Amén.
No he aprendido
a sacudirme los reveses
con la gracia de los toreros
eludiendo al toro.
Un estilo gentleman
para las emociones dolientes
irrumpiendo precipitadas
demandando lo que falta.
Pero ayer pensé
en los que quiero.
En todas las que quise
recordando el momento
más dulce y generoso.
Y les envié por turno
algo mío,
con la gentileza desconocida
de regalar lo que demando.
Instante ausente de dolor
en el choque violento,
en el calor de la bala penetrando
o en el hueso astillándose.
Instante de agudeza inusual
para comprender
de un modo nuevo lo viejo.
Maravilla de no aceptar
o rechazar nada.
Como naipes de prestidigitador,
cada quien va cambiando su valor
y cada valor encontrando su sitio.
Los tiempos cambian las duraciones
y las importancias relativas
sufren la metamorfosis
hacia lo superfluo.
Instante que según muestre
la magnitud del impacto,
le seguirán otros tentativos,
vacilantes de las diferencias.
Y comenzará a doler
como un choque violento,
una bala penetrada
o un hueso astillado.
El rostro exquisito del poder.
Con los talentos naturales
y algunos hallazgos fortuitos,
las coincidencias tejerán sucesivas
refinaciones del candidato
a perseguir miradas distraídas.
Un juego entretenido
desplegándose en las rondas cotidianas.
Anzuelos cálidos y vibrantes
pescando debilidades.
Una fascinación creciente
teniendo control sobre lo ajeno
con levísimos ajustes.
Placer manejando los hilos,
absorbiendo atenciones,
recibiendo más de lo que se da.
Placer demandando más placer.
Según la adicción,
resistir una mirada indiferente
se parecerá a Alejandro Magno
resistiendo un territorio.
La escala de virtuosismo
suele ir desde
lo obvio y manifiesto
hasta la intención desapercibida.
No ha visto el mar
ni ha corrido
salpicando de espuma sus orejas.
No hay una ola todavía
para revolcarla
buscando la pelota.
Sólo imagino
su sacudida en el agua
y el revolcón en la arena.
Antes de ir al cielo de los perritos,
quiero que vea el mar
y mirar sus huellas
sobre la arena mojada.
Si fuera mi último deseo,
no quisiera nada distinto
a jugar con ella
en un día soleado junto al mar.
Sería lo mínimo,
ya que sólo pide mi atención
y no ha llegado el día
sin alegrarse de verme.
Somos socios
para comer almendras
y caernos mal las mismas personas.
Si fuera mi última hora sobre la tierra,
mis amores y recuerdos
golpearían duro.
Por eso no quisiera
nada distinto a ella
para sentir el aire fresco en las mejillas
mientras le voy tirando la pelota.
El espejo es buen comienzo
para mirarse y averiguar.
Pero son los mismos ojos
observándose
en las comisuras del ayer.
Los enamorados vislumbran
el máximo potencial
que acaso nadie llegue a dar
y por rara transposición
lo sitúan en presente.
En tanto las madres comprenden
las explicaciones necesarias
hacia la benevolencia.
Distorsiones perfectas,
anticipatorias,
en potencia,
amorosas.
Los amigos aceptan los defectos
como las madres
y alteran lo necesario para darnos gusto.
Los amores pasados
se recuerdan como los enemigos o amigos
que no llegaron a ser.
Se requiere una mirada inocente.
Mejor juez un portero,
la vendedora de algún plan
o el barman de ocasión.
Sin querer,
nos movemos justo
cuando nos toman la placa.