La preocupación
TUS PALABRAS TRAERÁN MI CALMA
JOSEPH JAIM ZONANA
PUBLISHED BY JOSEPH JAIM ZONANA AT SMASHWORDS
COPYRIGHT 2009 JOSEPH JAIM ZONANA
I. ¿Qué es la preocupación?
II. La preocupación: ¿defecto o virtud?
III. Preocupación en exceso
IV. Preocupaciones autocreadas
V. Cuestiones que dependen de otros
VI. Autoestima baja y preocupación
VII. La preocupación como medio de defensa
VIII. La imaginación, levadura para los problemas
IX. La preocupación en exceso es como un capataz
X. ¿Cuándo se siente la preocupación?
XI. ¡No te aferres a un solo medio de salvación, pues el Creador dispone de muchos mensajeros para salvarte!
XII ¡No dejes que la preocupación te desvíe de tu meta!
XIII ¿Cómo eliminar la preocupación?
¿Cómo regresarla a su lugar de origen?
XIV 1. Que la olvide
XV 2. ¡Que la platique!
XVI. Buscar consejo no es de tontos
XVII. ¿Con quién aconsejarse?
XVIII. No solo con dinero puedes ayudar al prójimo a resolver sus preocupaciones.
XIX. Yashjena veisamejena baTorá ¡Que la olvide y la alegre con la Torá!
XX. Dios regañará a quien ama
XXI. Apegarse a Dios
XXII La plegaria
XXIII. Aumentar en bienes
XXIV. “No te encierres en un callejón sin salida”
XXV. ¿Por dónde empezar?
XXVI. La preocupación por los pecados
XXVII. La preocupación y la angustia
XXVIII. Las 3 principales causas de preocupación
XXVIII. Las 3 principales causas de preocupación
XXX. Preocupaciones positivas
Resumen de conceptos acerca de la preocupación
La Epístola del Rambán
Cuando Yaacob Abinu fue a vivir a Egipto, se presentó con Par’ó (el faraón) y éste le preguntó su edad. Yaacob se veía muy viejo y acabado, y le contestó: “Los años de mi vida son 130, pocos y malos... y no se acercan a los días que vivieron mis padres”.
El Midrash dice que Yaacob no tenía por qué quejarse con Par’ó de que su vida no había sido buena. Le dijo Dios: Yo te salvé de Esav y de Labán, te regresé a Diná y a Yosef, tu hijo . . . ¿Y todavía te quejas de que tuviste una mala vida, diciendo que fue poca y mala? Ahora, por cada palabra que utilizaste para quejarte, te voy a descontar un año de vida.
La respuesta que dio Yaacob a Par’ó quejándose por su desdicha tenía 25 palabras. Itzjak vivió 180 años y Yaacob sólo 147; eso implica que vivió 33 años menos de lo que vivieron sus antepasados. La pregunta es: si Yaacob utilizó 25 palabras en su contestación al faraón, ¿entonces por qué le fueron descontados 33 años de vida? ¿Qué pasó con los otros ocho años que debía vivir?
Contestan los Jajamim que el castigo no fue sólo por las palabras de Yaacob, sino también por el hecho de que tenía una mala apariencia por las situaciones que había vivido y por eso el faraón le preguntó su edad. En la pregunta de Par’ó había ocho palabras y por ellas le fueron descontados ocho años de su vida.
Yaacob fue culpable de sus sufrimientos: no debió aparentar tanta edad ni haber sufrido tanto. Debió controlar su preocupación y demostrar una buena actitud hacia la vida, así como disposición para afrontar los problemas. Así no se habría visto tan acabado y el faraón no le hubiese preguntado su edad. Eso, al nivel espiritual de Yaacob, resultó un pecado grave por el cual fue castigado con tal dureza.
De aquí podemos aprender la obligación que tienen los hombres de estar alegres y saber afrontar los problemas y las preocupaciones de manera positiva, para no provocar la lástima de la gente.
Dijo el rey David: “Sirvan a Dios con alegría, vengan delante de Él con cánticos” (Salmos 100-2). Es una obligación de cada persona servir a Dios y estudiar su Torá con alegría. El Jojmá Umusar (vol. 2, pág. 172) dice que no hay comparación alguna entre hacer algo con entusiasmo y alegría y hacerlo sin ellos; dice que si hiciéramos todo con entusiasmo, no habría límites para expresar los elevados niveles de conocimiento y espiritualidad que podríamos alcanzar. El entusiasmo genera poder: una persona con entusiasmo puede vencer la pereza, buscar activamente la sabiduría y alcanzar niveles espirituales más elevados.
Rab Jaim Mivolollin, z”l, en su libro Rúaj Jaim (Abot 6-6) dijo: “Cuando sientas alegría podrás tener mayor provecho de una hora de estudio de Torá que de muchas horas de estudio estando triste”.
La Torá nos ordena servir a Dios con alegría y la misma Torá nos da las armas para tal misión. Con esas armas tenemos que prepararnos para vencer en la guerra interna contra nuestro mal instinto, que siempre trata de preocuparnos y deprimirnos para, así, interferir con nuestro servicio a Dios.
¡Que este libro te sirva como guía para poder encontrar esas poderosas armas!
En primer lugar, la mejor manera de vencer a cualquier enemigo es conocer sus debilidades. Por tanto, enfrentar la preocupación requiere saber qué es y para qué la creó Dios.
El Rambam, mejor conocido como Maimonides, dice que en todas las ideologías, cualidades y conductas siempre conviene más tomar el mejor camino, que es el del centro. Por ejemplo, no debemos ser muy avaros, pero tampoco es correcto derrochar el dinero; no hay que ser demasiado tímido, pero tampoco demasiado descarado, etc. No es correcto ser extremistas (Mishné Torá, Deot 1-1, 2 y 3).
Sin embargo, el camino del centro es muy relativo, pues depende de las costumbres particulares de una sociedad, es decir, de su cultura. Hay personas para las cuales el camino central es consumir drogas; hay incluso países en los que eso es normal y hasta legal. Para ellos ese es el camino central, mientras que en otros lugares es algo extremadamente prohibido. Hay también gente para la cual mentir es algo normal, mientras que para otros es un pecado capital. Para muchos fumar es algo fino y elegante; para otros es algo corriente.
Cada persona tiene un concepto diferente de lo que es el camino central y, en lo que a las preocupaciones respecta, hay también muchas versiones. Todos conocemos a alguien que no se preocupa por nada; o alguien al que cualquier problema (o lo que considera problema) lo oprime y angustia; ¿cuántos hay a quienes un simple partido de fútbol los mantiene en tensión y preocupados todo un fin de semana?
La preocupación, así como los demás defectos y cualidades humanas que son muy relativos respecto al tipo de persona, no pone a nuestro alcance los parámetros correctos para definirla correctamente; se precisa de una opinión superior, y justamente esa es la opinión de nuestra Sagrada Torá, en la que humildemente trataremos de basar este libro (con la ayuda de Dios), con el fin de trasmitir al lector un mensaje auténtico y provechoso.
Tenemos que clasificar la preocupación únicamente con base en la Torá, ya que toda especulación de la conducta emocional dada por otras fuentes puede ser errónea y acarrear consecuencias peligrosas.
Al referirnos a las fuerzas o conductas emocionales nos referimos a características del alma; sin embargo, no tenemos los medios para analizar el alma, debido a que es algo que se encuentra en nuestro interior, y no hay forma de que cada uno analice su interior, ya que necesitaría de sus fuerzas internas, pero éstas ven hacia afuera y no hacia adentro. Para poder entenderlo, tomemos como ejemplo los ojos del ser humano: con ellos la persona puede ver los ojos de los demás, pero no puede ver sus propios ojos; es decir, la persona tiene intereses personales que la limitan en su autoanálisis. En resumen, a todos nos cuesta mucho trabajo aceptar que estamos equivocados.
A fin de señalar la diferencia entre ver las partes físicas internas y ver las partes espirituales, que también son internas, conviene utilizar este ejemplo: un doctor puede abrir un cuerpo muerto y analizar sus partes internas; sin embargo, no puede revisar el alma, ya que ésta no es material y, por tanto, no es palpable ni puede ser vista. Además, al morir el cuerpo el alma se va.
Es como si la persona fuera un robot que no sabe qué tipo de cables o programas tiene adentro. ¿Quién mejor que su creador para responder sus preguntas? ¿Qué mejor que leer el manual del robot para saber cómo está construido y poder así corregir sus fallas o cortocircuitos?
Aunque por medio de la sicología es posible analizar la mente humana, el alma posee características más profundas y complejas a las cuales el hombre por sí solo jamás tendrá acceso. Dijeron los Jajamim: “Inteligencia en gente vacía de espiritualidad encontrarás, pero Torá, no” (Ejá Rabá 2-13). Más allá de la inteligencia, existe algo con mayor profundidad llamado Torá, que obviamente es inteligencia sobrehumana, pues fue creada por Dios. La inteligencia y la ciencia se basan en teorías surgidas del análisis que se hace de la naturaleza; en cambio, Dios, por medio de la Torá, es quien maneja a la naturaleza.
Puesto que no podemos preguntar directamente a Quien nos creó qué tenemos dentro, Él se preocupó por escribirnos un manual: la Torá, en la cual podemos ver de qué forma se expresaron los profetas de cada cualidad del alma. Los profetas fueron el conducto por el cual se comunicaba Dios con nosotros; es lógico, por tanto, pensar que debemos estudiarlos para aprender acerca de las fuerzas o cualidades inherentes al alma.
Los profetas se expresan sobre la preocupación de la siguiente manera: “Miedo al rechazo” (Yehoshúa 22-24); “Miedo de perder la armonía familiar” (Shemuel I, 9-5); “Miedo a la sequía” (Irmeyahu 17-8); “Miedo a los enemigos” (Irmeyahu 38-19), “Miedo al hambre” (Irmeyahu 42-16); “Miedo a las guerras” (Irmeyahu 49-23; y Yejezquel 12-18,19); y “Miedo a los pecados” (Salmos 38-19).
Estas son las preocupaciones principales que acechan a la persona según la Torá y de aquí se puede sintetizar que el punto en común que tienen todas éstas es el miedo y la duda de perder cosas que son básicas para nosotros (Ver Rash”í sobre el versículo enYehoshúa 22:24).
En el diccionario, la palabra “preocupación” tiene la acepción de “ansiedad, inquietud, intranquilidad, desasosiego, desvelo, impaciencia, nerviosismo o ansia”.
Puede decirse que la preocupación provoca todas estas sensaciones y por ese motivo es que el diccionario así lo traduce; no obstante, la preocupación no es sino el miedo y la duda de perder algo que es básico para el ser humano.
De hoy en adelante, si nos preguntaran qué significa la preocupación podríamos definir esta palabra de otra manera.
En el Talmúd (Guitín 55b) dijeron los Jajamim: “Bienaventurada aquella persona que teme constantemente”. Explica Rash”í: “Que teme por el futuro, que se preocupa de no tener tropiezo alguno al hacer algo”.
La preocupación por sí misma no es un defecto o una virtud, no es positiva ni negativa; depende de la forma de encaminarla para que sea catalogada como buena o mala. Por ejemplo, cuando el Rey Shaúl fue a buscar un burro que se había escapado del establo de su padre, se alejó mucho de su casa y ya era tarde; se preocupó Shaúl y dijo al muchacho que lo acompañaba: “Ya hay que regresar. Tal vez a mi padre se le olvide (la preocupación que tiene) de que se le perdió su burro, por la preocupación que va a tener por nosotros si no regresamos (pronto)” (Shemuel I, 9-5). De aquí podemos ver cómo la preocupación es parte de la responsabilidad: el padre de Shaúl no era una persona tonta; al ver que ya se había hecho de noche y su hijo no llegaba de buscar al burro, se iba a preocupar y habría salido a buscarlos.
La preocupación provocaría que el padre de Shaúl saliera a buscarlos si no los veía regresar, y la preocupación de Shaúl por su padre fue la que lo hizo reflexionar y regresar pronto a su casa.
Aprendemos así que la preocupación nos obliga a ser responsables y a procurar que las cosas salgan bien. Lo contrario, es decir, la falta de preocupación, es tan criticada por el Rey Salomón que cataloga a quien la sufre como carente de corazón. Tal sería el caso del hombre que no se preocupa por cuidar sus bienes materiales, por ejemplo, su campo, que, pues al descuidarlo se cae la barda, los animales entran y destrozan sus plantaciones y en lugar de frutas crecen espinas, se le arruina la tierra para seguir plantando, etc. Es fácil ver que esta persona, por descuidada, no solamente se quedó sin frutos sino que además ahora tendrá que sacar a los animales que entraron, reparar la barda, limpiar su campo de las espinas y plantas no deseadas que hayan crecido, volver a arar, así como plantar, regar o esperar a que lleguen las lluvias, para finalmente poder cosechar y obtener los frutos deseados. De no haber sido tan despreocupado y de haber tenido el cuidado mínimo necesario, hubiera obtenido desde un principio todos los beneficios esperados.
Pero esta no es la peor tragedia que puede suceder por no preocuparse. Por ejemplo, en el libro de Irmeyahu se nos cuenta como el Profeta advertía al pueblo de Israel que cuidara la Torá y se acercara a Dios por medio de la Teshubá (arrepentimiento); de lo contrario, Dios iba a destruir su templo. Los Yehudim no hicieron caso y por eso sufrimos en la Diáspora. Los yehudim no hicieron Teshubá porque no se preocuparon; decían: “Come y bebe, porque igual mañana moriremos [Vive el momento, no te preocupes por el mañana]” (Irmeyahu 22-13).
La Torá (Shemot 10–4 y 12–29, 33) cuenta cómo después de nueve plagas que Dios mandó a Egipto, Moshé advirtió al faraón que si no era liberado el pueblo de Israel de la esclavitud, como a medianoche morirían todos los primogénitos de los egipcios. El faraón despreocupadamente se fue a dormir. Pero al llegar la media noche lo despertaron gritos desesperados por todo el palacio; se levantó y se encontró con el hecho de que su hijo mayor había muerto, al igual que todos los primogénitos de Egipto. Al experimentar esta terrible tragedia quiso revocar su decisión y liberar a los yehudim (Judíos), pero ya era demasiado tarde. Sin vestir sus lujosas ropas salió en busca de Moshé y le pidió que se fueran de Egipto. Si el faraón se hubiese preocupado antes por la advertencia que le hicieron, habría evitado la muerte de su propio hijo, así como la de los primogénitos de su pueblo.
El hecho de no preocuparse por el mañana, no les permitió ver un buen futuro; por tanto, conviene que aprendamos la lección y que nos preocupemos por tener un mejor mañana en este mundo y un mejor futuro en el mundo venidero. Y eso sólo puede lograrse gracias a la preocupación
La preocupación en exceso puede causar a la persona depresión y amargura, puede hacerle perder el sabor de la vida, alejarlo de la felicidad y de Dios. Pero a la vez, puede servir como cuidado y prevención, o convertirse en ansiedad y frustración.
La Mishná dice: “Y no seas malvado delante de ti mismo” (Abot 2-13). Explica el Rambán, z”l, que si la persona se siente inferior no va a preocuparse por su conducta. Rab Jaim Mivolollin, en su libro Rúaj Jaim explica que el yétzer hará (instinto del mal) aprisiona a la persona que se siente inferior y le dice: “Tú de todos modos ya eres un malvado; estás ya dentro de los 49 grados de impureza. De nada te va a servir la teshubá (que te arrepientas de lo que haces y cambies) y todo esfuerzo será en vano. Mejor haz lo que quieras, vive la vida loca; reniega”.
Lo mismo pasa con la persona que se preocupa más de la cuenta: llegará a un punto en el que explote y deje de actuar para cambiar su conducta. Al preocuparse demasiado no va a ver la solución a su problema, ya que se sentirá miserable, preferirá rendirse; perderá la moral y lo llevará a alejarse de Dios, y a su vez Dios se alejará de él, ya que de una persona triste Dios se aleja.
“Odiarás a alguien que trate de destruir tu vida, pero si persistes en preocuparte constantemente serás tú mismo quien estará destruyendo tu propia vida” (Las puertas de la felicidad, pág. 197).
En muchas ocasiones, la persona misma es quien se busca las preocupaciones.
La Mishná, en el Tratado de Abot (2-7), dice que quien aumenta en bienes incrementa sus preocupaciones. Anteriormente explicamos que la preocupación es el miedo a perder algo que consideramos básico para nuestra vida. Quien se acostumbra a los lujos y a las riquezas se hace dependiente de ellos, por lo que se vuelven básicos para él y el miedo de perderlas le causa desvelos y toda clase de angustias.
El faraón de Egipto se acostumbró a tener esclavizado al pueblo de Israel y eso lo impulsó a endurecer su corazón, sufrir tremendas plagas y, más tarde, a salir con toda su gente en busca del pueblo que había ya liberado. Par’ó no pudo aceptar la idea de que ya no tenía el mismo poder que antes. Poseía muchas cosas, por eso constantemente lo invadía el miedo de perderlas.
Las cosas materiales que la persona posee y se acostumbra a tener, se convierten en básicas para ella. ¿No es obvio que mientras más dependa de lo material más preocupaciones tendrá que soportar?
Para vivir en armonía con lo que tenemos, sin acostumbrarnos a ello o sin hacerlo imprescindible para nuestra vida, podemos tomar como referencia lo que sucedió con Rabí Elazar.
El Talmud (Berajot 27b) cuenta que a Rabí Elazar ben Azariá le ofrecieron ser el presidente de la congregación. Él pidió aconsejarse con su mujer y ella le dijo lo siguiente: “Estas personas despidieron a su anterior presidente por un problema que hubo con él, pero pronto se contentarán con él y a ti te quitarán del puesto”. Él le dijo: “Tienes razón, pero si tienes una copa muy fina, ¿la usas o la dejas guardada porque es muy probable que se rompa? A fin de cuentas, mientras dure, la disfrutas. Igual yo; voy a ser un presidente hoy y no me importa lo que pase después”.
Lo material no es eterno y tal vez mañana no tengas lo que hoy. ¡Disfrútalo! Pero sé consiente de que en cualquier momento se puede acabar; no te acostumbres a ello ni lo conviertas en algo básico para ti. De esa manera no sufrirás al perderlo y tampoco sentirás preocupación porque se te vaya de las manos. Dios da y Dios quita; de Él es la tierra y todo lo que la llena. Si algo no te dio, pídelo. Pero pregúntate si tal vez no lo mereces o si no es lo bueno para ti. Si algo te dio, agradécele y trata de retribuirle el favor; y si algo te quitó, agradécele por el tiempo que lo tuviste...Tal vez algo mucho mejor está esperándote.
Rab Eliyahu Desler, en su libro Mijtab Meeliyahu (pág. 90, “La preocupación y su cura”) dijo: “El motivo verdadero de la preocupación constante es que la persona se da cuenta de que no tiene ninguna seguridad de que va a conseguir lo que desea, y eso se debe a que sus deseos son materiales y dependen de algo o alguien externo; y siendo así, se puede decir que la única persona que puede tener la seguridad de conseguir lo que desea, sin preocuparse, es quien anhela superarse como ser humano, dependiendo solamente de él mismo; siendo así, encontramos que todo aquel que desea factores externos, siente impotencia por la falta de control que tiene sobre estos factores externos que dependen de otra persona o un animal, o una máquina, o simplemente de la situación del momento, y por lo tanto va a encontrar que tendrá preocupación”.
Por lo general la gente piensa que el sabio es quien sabe más que los otros.; el fuerte, quien derrota a sus oponentes; el rico, quien más dinero tiene; el honrado, a quien la gente respeta y honra.
Según estas definiciones, quien quiera sabiduría, fortaleza, riqueza y honor deberá depender de un tercero: si no hay alguien menos inteligente, entonces no seremos inteligentes; si no hay alguien más débil, no seremos fuertes; de no haber alguien más pobre, no seríamos ricos y de no haber alguien que reciba menos honores, o alguien que nosde honor, no seríamos respetados. En fin, todas estas definiciones nos hacen ser dependientes de la debilidad de otro. No obstante, nuestros Jajamim nos enseñaron una definición diferente de estos conceptos, la cual no nos hace dependientes de un tercero.
Dijo Ben Zomá: “¿Quién es sabio? Quien aprende de todo ser humano. ¿Quién es fuerte? Quien domina sus impulsos. ¿Quién es rico? Quien es feliz con lo que tiene. ¿Quién es honrado? Quien honra a las criaturas” (Abot 4 – 1).
Según Ben Zomá, la persona no necesita depender de nadie para ser sabio: el sabio es quien aprende de todos; no es necesario que el otro le enseñe, sino que él quiere aprender; el que quiere aprender busca el mensaje contenido en cada persona, tanto de quien es inferior como superior a él. El que quiere aprender es un sabio no dependiendo cuánto sepa en proporción de los demás. El fuerte es quien domina sus impulsos y no hace falta que derrote a nadie externo a él. El rico es quien se siente feliz con lo que tiene, sin importar cuánto tengan otras personas. Para considerarte una persona honrada no debes depender de la opinión de los demás: el hombre honrado es simplemente quien honra a las criaturas que lo rodean.
Como ya mencionamos, aquel que depende menos de los demás, tendrá menos cosas de las cuales preocuparse. Por tanto, lo ideal para alejar la preocupación, es empezar a depender menos de factores externos y tratar de conseguir la felicidad alcanzando logros por propio esfuerzo.
Un gran sabio dijo: “Las inquietudes básicas fundamentales de la gente en su mayor parte residen en dos motivos: ya sea por temas financieros o por la necesidad del consenso de los demás. Una vez que aceptes restringirte en estas áreas, te liberarás de muchas preocupaciones” (Daat Jojmá Umusar, vol. 1, Introducción, Pág. 17). Nuevamente hallamos la misma idea: quien depende de más factores externos está propenso a sufrir más preocupaciones.
Es importante tener una autoestima sana, pues quien sufre de baja autoestima se torna inseguro ante lo que emprende y su miedo al fracaso es lo que le provoca fracasos posteriores.
El Doctor A. Twerski, en su libro titulado “Hagamos un hombre”, Cáp. 8. dijo lo siguiente:
“. . . Nadie disfruta cometiendo un error, y así debe ser. Todos se sienten turbados cuando fracasan en algo, y esto también es normal. Sin embargo, cuando el temor al fracaso y a cometer errores se torna tan abrumador que interfiere en el desempeño de una persona, ya no se trata de una situación normal.
Las personas que se dan cuenta de que son fundamentalmente capaces y competentes, no están amenazadas por la posibilidad de un error o de un fracaso. Saben que los seres humanos no pueden ser perfectos y que los errores o fracasos, aun que son muy desagradables, son una parte inevitable de la vida. En realidad, pueden convertirse en constructivas experiencias de aprendizaje. Nuestros sabios de bendita memoria nos dicen que una persona no puede captar plenamente una halajá hasta el momento en que le asigna un criterio erróneo (Guitín 63a). Estas personas tomarán precauciones razonables para evitar cometer errores, pero no se sentirán desoladas si incurren en ellos.
Probablemente no sea este el caso de las personas que tienen una autoimagen desvalorizada, cuya autoestima puede llegar a ser tan baja que cualquier fracaso o error le causarían efectos devastadores. Ellas sienten que tales contratiempos deben ser evitados a toda costa.
Hay dos métodos principales que estas personas utilizan para evitar la posibilidad de un error o de un fracaso. La primera técnica, y la más simple, es similar a la maniobra defensiva del solitario que evita el rechazo manteniéndose alejado de la gente. En forma semejante, el fracaso puede ser evitado intentando no hacer nada. La inacción elimina los errores, conforme a la regla: “Si no lo intentas, no puedes fallar”. El hecho de que la inacción pueda ser incluso un fracaso mayor no parece molestarlos, porque el fracaso pasivo parece ser más tolerable que el fracaso que resulta de la acción. Más aún, en la medida en que no han tratado de hacer algo, pueden conformarse con esta hipotética posibilidad: “Si yo hiciera el esfuerzo, tendría éxito”, y pueden invocar numerosas excusas para explicar por qué no lo intentan.
El segundo método principal que emplean algunas personas con autoimagen desvalorizada para evitar errores es el de ser excesivamente cautelosas y escrupulosas, tomando precauciones extraordinarias para asegurarse de que no se produzcan errores. Todos conocemos personas que son perfeccionistas, y si actúan con moderación, éste puede ser un rasgo constructivo. Sin embargo, cuando el perfeccionismo es llevado a un extremo absurdo, resulta paralizante y autofrustrante.
Como podemos ver, el preocuparse es algo positivo pues gracias a eso podemos tomar precauciones y ser cautelosos, no obstante, el tener una baja autoestima puede llevar nuestra preocupación a tal grado que lejos de evitar fracasos los producirá. Es importante tener una sana autoestima, pues quien se siente inferior y no se siente capaz de lograr hacer con éxito lo que se propuso, sentirá una gran preocupación por el fracaso y preferirá no realizar aquella cosa que le gustaría, o bien, por otro lado podría sí realizarlo pero tomando excesivas e innecesarias precauciones, las cuales solo tornarán pesada y difícil su tarea.
Indudablemente, para que la preocupación no se convierta en un dolor de cabeza o una carga, es importante saber que somos capaces de resolver los problemas que Dios nos manda, pues el Eterno no enfrenta a la persona con pruebas mayores a su capacidad, si Dios te la manda es porque la puedes pasar, y enel caso que te ponga una prueba fuera de tu alcance, te lo hace porque Su voluntad es justamente que no la pases, por lo tanto, si hiciste todo lo que estaba en tus manosy no te resultó como querías, sábete que Dios tuvo un buen motivo para mandarte ese aparente tropiezo y seguramente no debes sentirte mal por no lograr alcanzar algo fuera de tus posibilidades.
No dejes de hacer lo que tienes que hacer por miedo a que te salga mal, que tu preocupación para que salgan bien las cosas sea un arma a tu favor, no dejes que esa arma te destruya metiendo en ti miedos innecesarios, si tomaste las precauciones suficientes, enfrenta la situación con calma y seguridad, pues lo que no está en tus posibilidades lograr, es a Dios a quien corresponde.
La preocupación es un sentimiento natural, un instinto que nos ayuda a sobrevivir.
La preocupación también puede observarse en los animales. Como explicó el Rambam respecto a la mitzvá de “Shiluaj Hakén”, cuando una paloma vuela arriba de sus polluelos es para vigilar y prevenir que otros predadores los ataquen; la paloma se preocupa por sus hijos, por tanto los cuida y no se aleja de ellos. Sin este instinto, ni animales ni personas podrían sobrevivir.
Rash”í (Shabat 40-2) explica que cuando la persona toca algo caliente retira la mano, no por dolor sino por preocupación.
Es sabido que, cuando un niño toca por primera vez algo caliente, sigue sosteniéndolo y aun cuando está sufriendo no lo suelta; el niño llora desesperado, pero no reacciona, por lo que no deja de tocar el fuego; y es que el niño no sabe cómo reaccionar en un caso así. Sin embargo, la próxima vez que toque algo caliente su reflejo de preocupación va a hacerlo quitar la mano inmediatamente; la desagradable sensación que tuvo el niño la primera vez que se quemó, grabó en su mente un miedo, el cual va a provocar que, al momento de sentir algo caliente, se preocupe por no volver a sentir aquello que ya experimentó una vez.
Dado que la preocupación está en la mente del ser humano, suele ser natural que al ver algo que evoca una mala experiencia, sienta preocupación. Dice el Talmúd: “No se le muestra un pescado colgado a quien su familiar murió colgado” (Babá Metziá 59-2).
Alguien que fue mordido por una víbora, el hecho de que la preocupación esté en la mente (léase la imaginación) provoca que al ver una cuerda se imagine que es una serpiente. Eso también es lo que provoca que una persona que se quemó en alguna ocasión en su vida, al momento de sentir el calor, se aleje rápidamente, sin pensarlo, simplemente como un reflejo.
“Puso Dios la preocupación en la imaginación de la persona, en la parte baja del cerebro, que está conectada a los nervios; éstos actúan automáticamente, sin reflexionarlo, pues los nervios “no piensan”. De esta manera nos creó Dios, para proteger a la persona con un sistema de alarma rápido e instintivo. Si la preocupación tuviera que pasar por el filtro del pensamiento y la voluntad, éstos reflejos serían demasiado lentos y la persona no tendría tiempo de quitar la mano para no quemarse o de moverse para evitar un peligro. Por tanto, Dios conecto estas fuerzas del alma con partes físicas del cuerpo como los nervios ylos hizo depender de la imaginación” (Ver Sheelat Hasheelot, pág. 15).
También el hecho de que la preocupación esté en la imaginación provoca que cualquier pequeño tropiezo se convierta en un problema fatal.
El pensamiento y la imaginación son dos cosas distintas. El pensamiento analiza las cosas reales y que podemos ver; es limitado a lo que alcanzamos a conocer. En cambio, la imaginación no tiene límites: podemos llevarla a donde queramos; podemos agrandar, empequeñecer, cambiar de color o de forma todo lo que queramos.
Sin embargo, puesto que la preocupación está controlada por nuestra imaginación, el más insignificante detalle puede convertirse, gracias a ella, en un problema inmensamente grande. Hay personas que ante la mínima dificultad no le hallan sentido a la vida y se sienten desdichadas aun teniendo un estatus de vida alto; puede tener casas, coches, dinero, familia, respeto, etc., pero sólo algo que no le parece correcto o bueno es suficiente para hacerle creer que su vida carece de objetivos.
Un caso conocido fue el de Hamán Harrashá (Esther 6-13), quien al salir del palacio del Rey Ajashverosh, después de que la Reina Esther lo hizo sentirse como la máxima maravilla, vio en la entrada al único hombre que se atrevía a no inclinarse ante él: Mordejay. Cuando contó a su familia todos los honores que le otorgaron en el palacio, dijo: “Todo esto no me sirve estando Mordejay”. Hamán tenía todo; lo único que le molestaba era la actitud de Mordejay hacia él. Es decir, permitió que algo ajeno (externo) a él lo amargara; aun cuando era alguien temido y respetado en el reino, no le servía de nada porque tenía una preocupación llamada Mordejay.
Hamán, al igual que quienes se sienten desdichados por una pequeña preocupación, no entienden que la preocupación está única y exclusivamente en la imaginación (¡Y, por tanto, no existe!). Cuando ven lo que tienen, lo ven con el pensamiento: ven algo que es exactamente la realidad y, cuando ven sus desgracias, lo hacen con la imaginación. En consecuencia, por más pequeño que sea el problema, la imaginación se va a encargar de “inflarlo” y hacerlo parecer más grande que todo el bien que poseen.
En el Talmud (Julín 139b) se narra que Papunai preguntó a Rab Matnáh: “¿En qué parte de la Torá está escrito el nombre de Hamán?” Le contestó Rab Matnáh: “En el Capítulo 3, versículo 11, del libro de Bereshit. Allí está escrito Hamín Haetz”. (Hamín y Hamán se escriben igual; lo que varía es la puntuación, pues en el Tanaj original no tiene puntos.) Respecto a este pasaje Talmúdico cabe preguntar: ¿qué tiene que ver el nombre de Hamán con lo expresado en el versículo de la Torá? La respuesta se refiere a lo que aludía Rab Matnáh, que sin duda es lo expresado en el versículo de la Torá que dice así: “¿Acaso del árbol que te prohibí comer, comiste?”, es decir, las palabras que dirigió Dios a Adam después de que éste comiera del fruto prohibido. Dios puso delante de Adam el jardín más bello, con las frutas más sabrosas, y justamente del árbol al que no debía acercarse fue del que comió. Con tal expresión, Dios quiso enseñar a Adam cuál fue su error, y para enfatizarlo le dijo: Hamín Haetz, que podríamos traducir como: “¿Acaso (justamente) del árbol que te prohibí (fue del que) comiste? (Otra interpretación sería: “Hamín: pensaste como Hamán, te comportaste como él; así como él lo tenía todo y todo le parecía nada comparado con una sola cosa que le faltaba, igual tú, lo tenías todo y por aferrarte a lo que no tenías te quedaste sin nada”.)
El error de Adam fue dejarse llevar por su imaginación; tenía todo y todo lo veía en su tamaño real; es decir, lo veía con el pensamiento. Pero lo único que no poseía lo veía con la imaginación; por ello lo veía mucho más grande que todo el bien que Dios le había dado. Ese fue el mismo error en el que cayó Hamán y por eso en ese punto la Torá los comparó. Por tanto, el hombre debe estar consciente de que la imaginación agranda el valor de lo que a uno le falta y eso automáticamente resta valor a lo que posee. Por eso, la gente suele decir que “el campo del vecino es más verde”. Debemos aprender a controlar nuestra imaginación y a estar conscientes de la magnitud real de cada problema; al hacerlo, automáticamente nuestro nivel de preocupación descenderá.
La preocupación excesiva provoca debilidad y angustia; inmoviliza al hombre, lo amarra, no le permite reunir la fuerza necesaria para liberarse y salir adelante, lo mantiene ocupado pensando en sus problemas y sus miedos. En resumen, no lo deja poner manos a la obra.
La preocupación excesiva es comparada a la misma muerte, pues por una mala noticia que le dieron a Nabal, el profeta expresa su sentimiento con las siguientes palabras: “Y murió su corazón dentro de él” (Shemuel A. 25:37) Nabal no murió en ese momento, sólo se asustó y se preocupó; sin embargo, el profeta califico esa preocupación como una muerte, pues era excesiva.
En el libro Jojmá Umusar (vol. 2, pág. 99) dice que la verdadera libertad es la de la mente; sólo la persona cuya mente esté libre de preocupaciones podrá considerarse auténticamente libre (Las puertas de la felicidad, pág. 197).
Puede ser menos dañino tomar veneno que preocuparse en exceso.
Preocuparse es bueno, pero con medida; es como el abrazo: con cierta fuerza es placentero, ¡pero el abrazo de un oso puede asfixiar a una persona! La preocupación envuelve a la persona y la presiona para que se ocupe en hacer lo que necesita y salvar lo que puede llegar a perder. Pero si la preocupación intensifica su abrazo y ejerce más presión, puede ser sofocante y hasta peligrosa.
La preocupación en exceso es un capataz al que se le pasa la mano y con el látigo puede hacernos mucho daño. La única forma de ser libres es venciéndolo, porque este capataz es nuestra propia imaginación, que nos golpea por medio de su látigo de preocupaciones, con el único fin de que trabajemos, de que nos ocupemos. Pero si nosotros, en lugar de ocuparnos y ponernos a trabajar, damos más poder a nuestra imaginación dejándola volar libremente en la ociosidad, puede acabarnos, puede llevarnos hasta el manicomio.
En Rosh Hashaná tocamos el shofar; uno de los motivos es para revolver al yetzer hará (instinto del mal). Rash”í explica que cuando venga el Mashíaj sonará el Shofar en señal de que llegó; el Satán conoce el significado de esa señal: él será degollado; por eso se revuelve.
Vemos de aquí que el mismo yetzer hará, al tener una preocupación, no sepa qué está pasando y, gracias a que está preocupado, no presta atención a lo que los humanos estamos haciendo (el rezo): sin darse cuenta, deja que nuestras tefilot (rezos) lleguen hasta Dios y que nuestra teshubá sea aceptada; ello provoca que se acerque más la llegada del Mashíaj y, por consiguiente, la hora de morir del Satán.
La Torá (Shemot 6-2, 10) narra cómo Dios se presentó a Moshé y le dijo que estaba dispuesto a salvar al pueblo de Israel; le pidió que fuera a hablar con ellos y les dijera que iban a ser rescatados de Egipto, que les serían retiradas sus cargas y serían redimidos con el brazo en alto: “Y los llevaré a la tierra que prometí a sus padres...” La Torá indica que, cuando Moshé les dijo esto, la reacción de los yehudim (hebreos) fue contraria a lo esperado: “Y no escucharon a Moshé por su estrechez de espíritu y por el trabajo [que era] duro [sobre ellos]”. Resulta impresionante que Moshé les haya ofrecido liberarlos y ellos no quisieran escucharlo. La Torá misma explicó que no lo escucharon por “su estrechez de espíritu y por el trabajo duro”. El Targum (un comentarista) traduce: “Por la penuria (o tormento) de espíritu”. Rash”í interpreta “estrechez de espíritu” como cansancio y estrés.
En conclusión, los yehudim no lo escucharon, ya que tenían preocupación por construir lo que les requerían los egipcios para que no les pegaran ni los hicieran sufrir. Esta preocupación causaba en ellos cansancio y estrés, y por eso no podían pensar en una solución o escuchar la propuesta que les presentó Moshé. Jajam Shaúl Maleh Shlit”a comparó esto con una persona que no ha comido durante muchos días y que, cuando le ofrecen de comer, dice que no tiene tiempo para ello, ¡porque primero tiene que resolver su problema de desnutrición! Suena chistoso, pero cuando la persona está muy preocupada por su “gran” problema, actúa de la misma manera. El verdadero problema es que, cuando le ofrecen una solución, pide que no le quiten el tiempo, que no puede hacer otra cosa, ¡ya que está (pre)ocupado en cómo resolver su problema!
Eso mismo pasó cuando Moshé ofreció a los yehudim la solución a su esclavitud: estaban tan preocupados por sus problemas que no tenían la libertad mental para buscar una solución o analizar un consejo, ya que la preocupación en exceso ciega a la persona.
Otro caso parecido se narra en el libro de Bereshit (21-14, 19): Abraham Abinu corrió a su hijo Ishmael de su casa; le dio comida y agua para el camino, pero a la mitad del viaje Ishmael (su hijo) se estaba deshidratando y a Agar se le había terminado el agua de la cantimplora. Ella estaba desesperada y dejó a su hijo tirado junto a los arbustos para no verlo morir. Después de un rato se presentó un ángel a Agar y le dijo: “No tengas miedo, Agar, pues escuchó Dios la voz del muchacho en su situación actual”. En ese momento se tranquilizó Agar; volteó y vio un manantial de agua. Ese manantial no lo creó Dios para salvar al niño; desde antes ya estaba allí, sólo que ella no lo vio hasta que no abrió Dios sus ojos para verlo, cuando se tranquilizó con lo que le dijo el ángel. Era tanta la preocupación por su hijo que no podía tener la libertad para buscar un manantial u otra solución; por tanto, tuvo antes que venir un ángel y tranquilizarla, para que levantara la vista y se diera cuenta de que la solución estaba muy cerca de ella.
El Malbim dice que todos nuestros sentimientos se guardan en el alma (el alma es la mente, ya que en la mente es donde radica el alma de la persona), los cuales pueden llegar al corazón: allí es donde la persona los siente. Está dentro de la capacidad de la persona regresarlos al lugar del que salieron; de la misma manera, la persona puede exteriorizarlos y volver a sentirlos (la preocupación está en la imaginación; sin embargo, no se siente sino hasta que pasa al corazón, a la parte sentimental del cuerpo). Entre estos sentimientos se encuentran la presunción, la humildad, el deseo, la codicia, etc., y entre ellos está también la preocupación. Este último sentimiento, cuando se hace presente, reprime a la persona y acaba con ella. Si, por ejemplo, se mete en el corazón de un rico y lo gobierna, puede hacerle sentir que perderá en un futuro sus riquezas, su casa, sus posesiones... Puede hacerle sentir que sus hijos van a morir o que lo van a gobernar sus enemigos. La preocupación puede hacer que una persona a la que no le falta nada, viva con amargura toda su vida. (De aquí vemos cómo la preocupación se siente sólo cuando se transporta del alma al corazón.)
La Torá nos previene de la preocupación catalogándola como un castigo en el siguiente versículo: “Tu vida penderá en la duda ante ti y sentirás miedo día y noche, y no tendrás seguridad para tu vida” (Debarim 28-66). El Talmud (Menajot 103b) explica esto indicando que se refiere al sufrimiento ocasionado por preocuparse acerca del futuro. La primera parte del texto, que dice: “Tu vida penderá en la duda ante ti”, se refiere a aquel que al no poseer su propia tierra debe comprar el suministro de granos para el año en curso y está preocupado por el año venidero. La segunda parte del versículo dice: “Sentirás miedo día y noche”, se refiere a alguien que compra granos una vez por semana y, por consiguiente, está en peor situación que el del caso anterior, ya que debe procurarse nuevos granos cada semana. El nivel más severo está contenido en la afirmación: “No tendrás seguridad para tu vida”, que se refiere a aquella persona que debe comprar el pan todos los días y realmente tendría un motivo por el cual preocuparse. Rab Jaim Shmulevitz frecuentemente citaba esta interpretación Talmúdica, destacando que muchas personas no tienen gran cantidad de alimentos en sus hogares, a pesar de lo cual están bastante tranquilos. Es la propia preocupación de una persona la que se convierte en una maldición para sí misma.
El castigo que se ve reflejado en este pasaje no es tener preocupación, sino el no poder controlarla, no poder regresarla a su lugar de origen. Cuando la persona no sabe cómo regresar este sentimiento al lugar del cual provino, puede destruir su vida.
La persona tiene el poder de controlar sus sentimientos y preocupaciones. ¿Cómo? Llenando su mente de pensamientos positivos y agradables.
No dejes que la preocupación te desvíe de tu meta. No te aferres sólo a una solución; la solución viene de donde menos te imaginas.
Es normal que la persona se obstine en encontrar una solución en donde no la hay; es muy frecuente que la persona siga cavando un pozo en el que no hay agua, en lugar de buscar otras opciones. Es normal que la persona deje la raíz de donde sale la berajá y se vaya a cavar pozos secos, testarudamente insistiendo en la idea de que sólo de allí puede venir su salvación. Es muy frecuente que la gente se equivoque y se aferre a su error; por ejemplo, para el conductor que lleva manejando mucho tiempo en la carretera y descubre que va en sentido contrario a donde tiene que llegar, le es difícil aceptar que todo lo que lleva de camino recorrido ha sido en vano, y que el lugar que buscaba está totalmente al otro lado.
La persona debe tener la seguridad de que a Dios no le faltan las soluciones, por lo que, si su voluntad es mandar a alguien la solución a un problema, ésta llegará por cualquier camino.
Debes saber que, si no puedes conseguir lo que necesitas de la manera que esperabas originalmente, el Todopoderoso tiene otras formas y medios por los cuales podrás adquirirlo, siempre y cuando Él lo quiera.
Como mencionamos anteriormente, los yehudim cuando estaban en Egipto, no escucharon a Moshé y eso también se debe a que ellos estaban muy sumergidos en la costumbre; sus padres y sus abuelos ya eran esclavos; ellos desde niños no conocieron la libertad, nacieron siendo esclavos. Por ello, jamás pasó por sus mentes que la manera en que su trabajo sería menos pesado era escapándose; y es que no conocían la palabra LIBERTAD. Cuando Moshé se las dijo por primera vez les fue difícil asimilarla y aceptarla; su reacción natural fue rechazarla, porque no pudieron entender que la solución a todos sus problemas estaba escondida en una palabra que no conocían: “escape”. Es seguro que cuando vieron que tenían esa posibilidad, sintieron contrariedad y hasta enojo por no haberlo hecho antes. (Por otro lado, la idea de “escape”, que implicaba la voluntad de huir cuando ellos quisieran, en realidad no tiene base, pues aunque hubiesen querido hacerlo no lo habrían logrado, ya que aún no era el tiempo en que Dios quería que se diera. Lo mismo pasa respecto al conductor que manejó en sentido contrario a donde tenía que llegar, que seguramente sintió coraje porque entendió que le dieron mal la dirección y él se dio cuenta después de mucho tiempo; no obstante, Dios, que tiene una razón para hacer las cosas, quería que llegara a su destino después. Igual ocurrió a Shaúl, quien de acuerdo con una opinión, cuando preguntó por Shemuel, le contaron toda una historia para hacerle perder tiempo, ya que no había llegado su tiempo de reinar.)
La persona muchas veces está concentrada buscando la solución en un lado y de pronto ésta llega de donde menos imagina.
Recordemos brevemente el caso de Agar: cuando estaba a la mitad del desierto, se le terminó el agua de la cantimplora y su hijo Ishmael iba a morir; ella se desesperó y lo dejó tirado detrás de los arbustos para no verlo, hasta que vino un ángel a ella, la tranquilizó e inmediatamente después vio un manantial. Agar tenía depositada toda su confianza en ese recipiente de agua (es decir, algo material) y, al terminarse el vital líquido (del cual dependía la vida de su hijo y la suya propia), se desesperó y no buscó otra solución; el ángel le hizo ver que hay un Dios (el ángel le dijo que el Todopoderoso escuchó la voz del muchacho; lo que implico que a Dios no le faltan recursos para mandar la salvación). Inmediatamente después volteó Agar y notó que hay más soluciones aparte de esa a la que ella estaba aferrada.
Al Eterno no le faltan caminos por los cuales mandarte lo que mereces,pues para El cualquier camino es igual.
“Tomemos por ejemplo dos líquidos: vinagre y aceite. En el aceite una mecha puede prender mientras que en el vinagre la mecha “nunca” podrá prender. ¿Por qué uno es combustible y el otro no? La respuesta de un químico sería: “puesto que la estructura atómica del aceite difiere de la del vinagre, el potencial de oxigenación respectivo es distinto.” Sin embargo, si abrimos el Talmud observaremos que las cosas van más lejos: en el tratado de Taanit (25a) se relata que una vez, a la hora de entrada de Shabat, Rabí Janiná Ben Dosá observó que su hija estaba triste y le dijo: “¿Por qué estás triste, hija mía?” La hija le explicó que a la hora de encender la vela de Shabat, por error, había puesto vinagre en lugar de aceite en el vaso con la mecha y ya no le quedaba nada con que prender, ese era el motivo de su tristeza. Le dijo entonces su padre: “¿Y qué importa? ¡Quién ordenó al aceite prender ordenará también al vinagre y prenderá!”.
El Talmud cuenta que, efectivamente aquel Shabat el vinagre ardió y no sólo eso, sino que la mecha permaneció encendida hasta la salida del Shabat. Para este sabio con su nivel de perfección espiritual enorme estaba claro que la verdadera causa de la combustión del aceite no era su estructura atómica, sino la voluntad del Creador; y que la estructura material del aceite no es más que la expresión de la voluntad de Dios. En el corazón de Rabí Janiná estaba profundamente enraizada la idea de que todo fenómeno de la naturaleza es ocasionado, a cada instante, por el Creador. Por tanto para este sabio, lo natural y lo milagroso vienen a ser lo mismo: ¡Quién ordenó al aceite prender ordenará también al vinagre y prenderá!” (Yo Creo p. 26).
En ocasiones pensamos que sin dinero no podremos solucionar nuestros problemas, pero eso no es verdad, pues “quien le dijo al dinero que consiga el pan, le dirá también aotra cosa que lo haga”, para Dios no hay imposibles, solo hace falta lograr que El quiera hacerlo.
Cuando los yehudim (hebreos) estaban frente al Mar Rojo, los rodeaban por un lado animales feroces, por el otro serpientes y alacranes, y detrás de ellos venían los egipcios armados y deseosos de matarlos. Los yehudim esperaban que Dios hiciera un milagro y matara a las serpientes, o que las fieras se atacaran entre sí, o tal vez que, providencialmente, los egipcios se retiraran. Sin embargo, la salvación vino de donde menos la imaginaban: ¡nadie pensó que el mar fuera a abrirse!
La montaña no se quitará de tu camino jamás; pero puedes escalarla o rodearla. Nunca pienses que la única solución es dejarla allí e irte a otro lado.
Rab Mijael Peretz Shlit”a contó en una ocasión que estaba en un coche con unos alumnos y del otro lado de la calle, en dirección opuesta, había mucho tráfico. Él preguntó a sus discípulos: “¿Por qué los coches que están del otro lado no se pasan mejor a éste, en el que hay menos tráfico?” Respondieron los alumnos: “La respuesta es muy sencilla: los coches que están del otro lado se dirigen a otro lugar, y si se pasan a éste jamás llegarían a su destino”. Les dijo el Jajam (Rabino): “Lo mismo pasa en la vida: el camino de la superación es complicado, lento y pesado, ya que es hacia arriba; el camino al fracaso es muy sencillo y va hacia abajo, y siendo que bajar es mucho más fácil, ¿por qué no mejor bajamos? Obviamente porque nuestro destino no está hacia allá, y aunque el camino por el que nosotros vamos sea complicado, cansado y en él haya mucho tráfico [es decir, hay muchos obstáculos], de todas maneras no por eso podemos desviarnos de nuestra meta. Además, podemos buscar otros posibles caminos, siempre y cuando esos caminos no nos desvíen de nuestro objetivo”.