Una Temporada en el Deseo
por
Eduardo Acevedo
Smashwords Edition
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Contenido
Si te viera por la calle
del brazo con otro,
pensaría que soy yo.
Si además lo miraras
con la sonrisa del despertar,
cuando los ojos se te deciden
por el verde transparente,
el reflejo de tus pupilas
deberían ser las mías.
Miradas divertidas, apasionadas,
casuales,
son tan bellas y vivaces
como todo lo tuyo.
Cuando las entregás al mundo
soy un observador correspondido.
Pero a tus ojos enamorados
si los viera rondando por ahí,
sabría que brillan en dirección mía.
Tanto tiempo viajando juntos
ha vigorizado
la autonomía de nuestros contornos.
No nos conocemos de memoria;
nos sabemos de memoria
en el vértice que vale la pena.
Por eso tus sorpresas
no me lastiman.
Nuestro amor es tan largo
que no necesitamos
impresionarnos el uno al otro.
Y nos impresionamos nomás,
de tanto en tanto;
de puro gusto.
Juntos por la vida
como un par de zapatos,
yo con tu sombra
y la mía siguiéndote los pasos.
Juntos y revueltos en el deseo,
en los sobreentendidos,
en las complementariedades,
en los gustos aprendidos.
Si te ven por la calle
del brazo con alguien,
debo ser yo.
Incontables veces
he recorrido tu cuerpo.
A ojos cerrados identifico
cada valle y ondulación,
cada palmo de tu piel.
Como un estratega militar,
tengo un mapa de tus zonas de cosquillas.
De tus zonas que según cómo las explore
se vuelven cosquillosas
y debo tener cuidado.
Tu mapa térmico es también un arte
conocido y dominado.
Como a un saxofón
he aprendido a temperarte,
a conocer el calor que necesitas.
Tus olores y humedades
son señales tan primitivas
que leo bien un lenguaje desconocido.
La partitura mejor memorizada
son tus puntos de quiebre,
del abandono,
cuando te dejás ir.
El ritmo,
el tempo es fundamental.
Por eso consulto tus energías,
tu tono alborotado o romántico,
la hora del día,
la posición de los astros,
el flujo de la marea
y hasta el vuelo de un mosquito
queriendo sacar provecho.
Incontables veces
he recorrido tu cuerpo.
Los anuncios, los indicios, las señales
tienen tantas variaciones
como las aperturas en ajedrez.
Y nunca resulta igual.
Los lineamientos generales,
los juegos de posición
son más o menos limitados y conocidos.
Sin embargo nunca resulta igual.
Trato de reconocer
entre las sábanas
el factor,
la sustancia,
el elemento,
la vibración,
la fuente sin agotarse,
el material sin fatiga,
el viento soplando entre los dedos.
Incontables veces
he recorrido tu cuerpo
y no logro aburrirme.
Es como un milagro,
una gracia dada y bendita,
un don recibido y aceptado,
un regalo nuevo y renovado que me das.
Azules zafirinos,
azules de cascada son sus ojos.
Recuerdo su figura delicada
con andar resuelto,
sus cabellos rubios dejando
una estela luminosa de foto sobre expuesta.
Todo eso fue después.
Reconocerla y detallarla
fue una consecuencia
y no el comienzo del asombro,
del contacto inexpresable,
del primer toque colmado de dones.
¿Tan seguro del intercambio?
Convicción sin asomo de duda,
certeza;
como reconocer
un esquimal en Tánger.
Estaba sentándome
para escuchar la conferencia
cuando apareció por el corredor central
extendiéndome la mano
y desaprobando mi posición con la cabeza.
Titubeante tomé la suya,
yéndonos así hasta la primera fila.
Como si nos hubiéramos tomado
las manos toda la vida,
como si conociéramos de otras épocas
esa humedad y tersura,
esa presión y ajuste,
esa concavidad perfecta con su curvatura,
ese ritmo acoplando los latidos,
ese deslizar de dedos en la despedida.
Luego en el evento social
se dieron cercanías
en los grupos que se arman y desarman
entre saludos y despedidas.
Habiendo asimilado
la energía de su toque,
me pareció que un ángel
paseaba por el salón.
Mi mirada indolente
encuentra la medida de su desinterés
en unos ojos vagamente reconocidos,
acostumbrados a otros rostros.
Distrayendo la conversación
hago leves cambios en la postura,
intentando repetir con sigilo ceremonial
lo adivinado
a un par de mesas de distancia.
No hay persistencia ni audacia.
Sólo borrosamente manifiesto
la tenue separación con lo casual.
Parecido al deseo
desperezándose en la curiosidad.
Pequeños juegos de identificaciones
escudriñando coincidencias
y disponibilidades
para alcanzar lo desconocido,
lo que todavía no tiene nombre.
Muchacha angelical
me vienes a buscar
sin saber bien
lo que quieres.
Ten cuidado,
porque la próxima vez
ilustraré la naturaleza de tu deseo
y cómo provoca el mío.
Quizá termine espantándote.
Salvo que me sorprendas
y sea yo el espantado.
Tus pasos van por un sendero
sin prisa de hallarme.
Distraídos,
no les despierto la atención.
Similar a los míos,
no tienen expectativas
ni nada perturbador para disimular.
No ha llegado el tiempo aún
para que cambies
la temperatura de mi mundo.
O que algo comience a doler.
Lo único perturbador
es desconocer cómo surgiste.
Tanta anticipación de la felicidad
se me hace sospechosa.
Eres la elegida
para que mis sueños te sigan
y la alegría funde un nuevo suelo
con tu nombre.
No lo sabes aún,
pero las miradas se deciden
por la complicidad.
Todavía no reconozco
tu figura de improviso
o tus gestos
inconfundibles.
Pero te he elegido
para que decidas hacer conmigo
lo que quieras.
No tienes idea del reluciente poder,
ni yo por qué te lo doy.
Todavía no te preguntas
por mi ausencia
y ya aposté los dados
a tu suerte.
Mis jugos gástricos descansarán
y los que me quieren
agradecerán el cambio de estación,
la buena racha en el trabajo,
o esa fruta nueva que me hace tanto bien.
Con la sonoridad
desacostumbrada de tu nombre
sonrío sin motivo
una vez más.
Mi sonrisa franca
atravesó la conversación
como una jirafa en plena calle.
Lejos de molestarme
la mirada curiosa de los demás,
disfruté tu intromisión en mi cabeza.
Mi sonrisa llena de sonidos y aromas,
es una cascada de malos pensamientos
recorriéndote el escote,
para luego subir con tibieza
hasta rozarte el cuello
y atrapar tu fragancia esquiva.
Hacía tiempo no tenía
un leve quiebre en el tono de voz,
un suave jadeo a destiempo
en las charlas diarias.
Pero en frente
están tus ojos atentos.
Yo busco una asimetría,
una imperfección,
un defecto,
un pequeño bizco tranquilizador.
Pero tu bizco
o tu ojo izquierdo más cerrado,
resulta fatalmente
atractivo y perturbador.
También estoy manejando más rápido;
tomando riesgos innecesarios y estúpidos.
Y me encanta.
Mis amores y lealtades
se fueron de vacaciones.
No reniego de ellos,
no los hago a un lado,
no los olvido.
Pero estoy en estado de gracia
atado a tu nombre
como un comodín a la baraja
y como una llave maestra
a las cerraduras.
Tus amores en cambio,
te hacen pensar más de la cuenta.
Y te encadenan las anticipaciones,
las consecuencias.
Toda tu frescura y espontaneidad
no logran disimular
la flojera para hacerle caso al corazón.
Soy un hombre del sur,
del sur de este continente,
de esta tierra,
de esta galaxia.
Visceralmente del sur.
Obstinadamente del sur en este espacio
de direcciones arbitrarias.
Y a ratos me pregunto qué hago
en este cálido trópico.
Y también a ratos me pregunto
qué carajos hago en este mundo.
Tal vez te suene exagerado.
Tal vez te suene conmovedoramente
desmesurado.
Pero creo haber venido a conocerte
y alborotar tu existencia.
En una tarde lluviosa como ésta,
me asaltan presagios de náufrago,
de pérdidas y lejanías.
Por eso tengo el firme propósito
de comprarte una brújula
para que me podás encontrar.
Para que apuntando la aguja al norte
me busqués por el sur.
Por el camino del corazón.
Los ojos bien cerrados
a tus defectos accesorios
porque a los importantes
tampoco los vería.
Cercando el horizonte de mis latidos
a los ecos que refleja tu figura,
ando como un ciego
adivinando tu próxima sorpresa
y mi nueva desilusión.
Criatura deliciosa y terrible
me hacés tomar el aire de la vida
en caída libre.
Mis reservas de cordura
están húmedas de lágrimas
que me causas
y que a veces te tomo prestado.
Tantas veces he pospuesto
mi despedida
y cada vez
me siento regresando
a pasar una temporada
en el abismo junto a vos.
En solidaridad con los farsantes,
te juro por la perilla de mi puerta
que esta vez
no te dejo entrar.
Y por la ventana va a ser difícil
porque la pienso dejar entreabierta.
Vivir con vos
sería un completo desastre,
aunque no vea otro modo
de alcanzar la felicidad.
La poca, escasa sabiduría
acumulada con los años,
apunta como una brújula perfecta
hacia donde no estés,
mientras mis instantes más lúcidos
te portan como único artículo de fe.
No hay razones ni examen que resistan
mi obstinación para quererte.
No puedo decir nada aceptable
en mi defensa
y tampoco nada memorable en la tuya.
Nos cayó del cielo
un amor extraviado,
un meteorito
con exceso de velocidad
atravesando las capas superiores
hasta quedar atrapado
en dos corazones mediocres.
Unos coleccionan
posiciones de poder
y otros estampillas.
Hay quienes coleccionan
experiencias sensuales
o tranquilidades bancarias.
Tampoco es raro coleccionar
trivialidades y alegrías
para olvidarse un poco
de quién es uno.
Yo querida mía
colecciono defectos,
sucumbiendo a miedos y bajezas
que me van tocando en suerte
y me creí inmune alguna vez.
Sobre todo busco coleccionar
momentos de intimidad,
toques delicados
y cercanías inexpresables.
En esto,
vos y yo nos parecemos
al resto del mundo.
En esto,
el resto del mundo
nos tuvo envidia por algún tiempo.
Cuando cesen las expectativas
nada me dará consuelo.
No tendré el impulso del odio
ni esperanza próxima o remota.
Al día le saldrá el sol
por el mismo lado
pero será un día
desconocido y ajeno,
amnésico,
resignado de deseo.
No aspirar a nada.
No soñar con nada.
Hoy tengo la tristeza
de los que renuncian
a lo que quieren.
Atrapé la voluntad desencajada
de los suicidas
para saber que mañana,
es el primero
del resto de días
sin vos.
Tendré que olvidarte
y seguir viviendo
como antes de conocerte.
Pasar debajo de una escalera,
alquilar un gato negro
y confiar en que me caiga
un ladrillo en la cabeza.
Tendré que cambiar
el latido de mi corazón,
comprar perfumes que engañen
el recuerdo de tu aroma
y desacostumbrarme a pensar en vos.
A pensar en vos de cualquier forma
porque todas las formas
siguen reteniendo tu ausencia dolorosa.
Un escudo a prueba tuya,
una lobotomía temporal,
una pérdida irreparable,
un nuevo amor,
¡qué sé yo...!
Algo que desate del lado mío
el nudo que ya no está.
Tendré que olvidarte
y no sé cómo.
Tendré que olvidarte
y seguir viviendo.
No fue casualidad hallarnos
saliendo a nuestras galaxias.
Pronto lo olvidaremos todo,
salvo acaso la traza
con que te reconoceré
no importa dónde ni cuándo.
El tejedor de destinos revisó
la galería de mis sucesos,
procurando enhebrar las tramas
en el nuevo mundo
que den más chances a mi factor humano.
Fue inevitable que al llegar a vos
levantara la vista
y con una sonrisa compasiva
me invitara a hablar.
¿Cómo explicarle querida mía
nuestra habilidad para complicar lo simple?
¿Cómo decirle amor mío
nuestras incompatibilidades esenciales?
¿Cómo contarle de nuestro amor
acomodado al uno sin el otro?
Que somos tomadores de riesgos
moderados,
muy moderados.
Pero no necesité contarle
de las noches imprevistas,
desveladas,
con lágrimas calentando mis mejillas.
O los momentos alterados
cuando repito tu nombre
en una plegaria apaciguadora.
Y él sabe que adivino,
que intuyo
nuestro destino remoto.
Que te quiero desde siempre,
desde las primeras horas infructuosas
cuando mi deseo te buscaba.
Que te quiero a pesar de todo,
sin razones,
con las probabilidades en contra,
a como dé lugar,
como el primer día.
Y él también sabe amor mío,
que no deseo esperar otros mil años
para volverte a ver.
Por eso fue compasiva su sonrisa
al oprimir mi botón de largada
hacia alfa centauro.
Te vas, te vas
y bien poco me dejás.
Te vas y te vas
y las horas alargan sus suspiros
y las nubes empañan los días
con melancolía.
Te vas sin yo haber domado
tu ausencia todavía.
Te vas inoportuna
sin avisarle a mi indiferencia.
Te vas ligera de deseo
y el mío enlazado a tu cintura.
Te vas asimilando a tu destino
sin yo desprenderme de tu piel.
Te vas llevando mi mirada.
Te vas en avión,
pero a los aviones no les pasa nada
cuando bendigo tu nombre.
Debieras tomar un barco náufrago
que te recueste sobre la arena
y en una botella de ron
enviarme tu nota de rescate.
No me olvidés,
que sos el último rastro
de mi andar por este mundo.
Me desdibujo
fuera de tu corazón y tu memoria.
No me olvidés
como olvidamos a todos los amores.
Grabame junto a los recuerdos
de la infancia,
reservando un espacio para mi sonrisa.
Tenés que aprender
dónde está el sur en tu cama,
para que en la somnolencia del despertar
mi amor no te llegue de costado.
Y apagar las velas soplando con suavidad,
para que el humo contra la noche clara
avise mi presencia.
Y si ves que la cosa se pone difícil,
que a pesar de tu esfuerzo
me vas perdiendo,
frotá una lámpara con aceite y esencias
pidiendo como deseo
mi imposibilidad de olvidarte.
Recordando a los antiguos,
he invocado a los dioses del Olimpo
y no me han respondido.
Por la vieja Asiria
y el inmemorial Ganges
he retrocedido con idéntico resultado.
No he insistido
con armoniosas formas geométricas
purificando los colores,
o con precisas constelaciones
adornando el firmamento.
No he insistido
en interesarme en este mundo
o aventurar otros más remotos,
con el fervor
que tú me inspiras.
Allá en el Olimpo
lo notan de inmediato.
Ante cada nueva exploración
me detengo a tiempo
sin una vocecita interior
que me controle.
No sé con qué termómetro
mido por anticipado
que aún yéndome muy bien,
no será suficiente.
Hasta pienso
si habré desarrollado
alguna sensibilidad nueva
para no lastimar.
Como de esas bondades mías
repentinas desconfío,
sospecho mas bien
de una lealtad a tu recuerdo,
donde ya nada
parece suficiente.
Ella ya piensa en otro,
yo sigo pensando en ella
y vos pensás en mí.
Vos siempre pensás en mí,
yo todavía la pienso a ella
más que a vos
y ella me piensa a veces. Creo.
Nadie le da instrucciones
al corazón,
pero a tu amor
más límpido y profundo
que el mío,
no lo cambiaría por nada.
Ni por ella.
No sos la más linda de este planeta
pero andás cerca.
No hay nada en vos que desentone
o te quisiera cambiar.
Y lo digo por los dos,
para que mi superficialidad
entone con tu picardía.
No sos la más brillante del barrio
pero tus pálpitos para lo esencial
me hacen pensar
que cabalgás sobre una escoba.
Además, la sabiduría
no le sentaría nada bien
a tu candor distraído.
No sos la más comprensiva
cuando amanecés con el pié izquierdo,
pero igual te echás al hombro
la bolsa de mis defectos.
Y es una bolsa grande.
No soñás todos mis sueños
ni lográs penetrar
la nostalgia de mis silencios,
pero sos el mejor remedio
para enturbiar mi melancolía
diluyéndola en ternura.
No lográs convertir todos mis días
en una fiesta,
tal vez para que note la diferencia
entre tu ausencia
y el resplandor indiferente que suscito
en mis días de pelota cuadrada.
No sos la mejor compañera
de este mundo
pero a veces creo que andás cerca.
Yo con mis boludeces a cuesta,
siento una dicha inmensa
teniéndote a mi lado.
Aunque intente explicártelo
no lo creerías.
Y te comprendo,
porque sería como buscar
la corte del Rey Arturo
por los alrededores de Camelot.
Son sólo pequeños detalles
esparcidos en el tiempo.
Como transpirar verde
y quedar la evidencia
en el cuello de mi camisa.
O aquel sobrehueso
que un cirujano descubre
arreglando otra cosa.
O confundir delante con atrás
e izquierda por derecha.
Pequeñas desviaciones
que se encubren mejor
fijando mi origen en las tierras
bien al sur de este planeta.
Sin parientes
directamente conocidos,
ni compañeros de infancia,
ni hora cierta de nacimiento,
ni hospital que lo certifique.
Y te sorprende
que podás perdonarme
lo que en otros no has perdonado
Y te sorprende
seguirme necesitando.
Y te sorprende
verme adorable sin motivo.