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Sexo Sentido:
Historias de una generación en celo
por
Lizanne Aponte-Hudo
SMASHWORDS EDITION 1.1
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PUBLISHED BY
Lizanne Aponte-Hudo at Smashwords
Sexo Sentido
Copyright © 2010 Lizanne Aponte-Hudo. Todos los derechos reservados.
Prohibida toda reproducción, almacenaje, transmisión o duplicado total o parcial, en cualquier forma y medio (incluyendo pero no limitado a electrónicos, mecánicos, fotocopiadora, y grabación) sin el consentimiento escrito del autor y publicador de esta obra.
Sexo Sentido es una colección ecléctica de cuentos cortos para adultos. Es una creación original del género de ficción. Todo nombre, personaje, lugar, marca, medio, evento o situación es producto de la imaginación de la autora o, en casos excepcionales, empleado en un contexto ficticio.
Smashwords Edition License Notes (Versión oficial en inglés)
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Sexo Sentido
~~Contenido ~~
"ME CASÉ CON UN MONSTRUO"
CAZADOR DE PRIMERIZAS
SALUDO
ENCUENTRO DE ACROBATAS
PARA LA HISTORIA
CLEMENCIA
TRAGO MORTAL
POSICIÓN COMPROMETEDORA
EXPERTO
CARTA AL LECTOR
AGRADECIMIENTOS
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"ME CASÉ CON UN MONSTRUO"
Como cada lunes de los pasados tres años, Norma terminó el día con el ritual que la mantenía viva. Se sirvió una taza de té; se sentó frente al televisor y se puso a ver el vídeo de su boda. Revivir la ilusión con la que aceptó la condena de "hasta que las muerte los separe" era su forma de combatir el efecto eutanásico de soñar con su versión de "y fueron felices para siempre".
En sus días de soltería escuchó que el matrimonio no era fácil pero jamás pensó que el suyo sería un maratón de instantes inciertos estériles, sin romanticismo. Reconstruir la celebración de su boda era la manera de resucitar la felicidad necesaria para contrarrestar la toxicidad de los desaciertos de su relación conyugal.
Los desaciertos se iniciaron en la luna de miel, cuando se enteró que al pronunciar el codiciado "Sí, acepto", también aceptó las consecuencias de que su príncipe se convirtiera en su dueño. Su nuevo amo, se autoproclamó su patrono y le encomendó renunciar a su profesión para mantener en orden la parte del sueño que incluye "casa, patio, verja y perro". Mientras, él trabajaría de sol a luna para poner comida en la mesa. También estableció que la llegada de herederos quedaba aplazada indefinidamente, alegando que "no estaban listos".
Para Norma, su ritual de supervivencia matrimonial era el secreto que le permitía cumplir su parte del pacto nupcial. Creía firmemente que la noche que juró amor eterno, asumió la responsabilidad de impedir que el tedio matara la pasión que los unió. Según la posición de la luna, el rito no terminaba con el final del vídeo. Por alguna razón que desconocía, y que no se atrevía a preguntar, las fechas en que la luna era invisible para los humanos coincidían con las veces que por "algún imprevisto" su marido tenía que trabajar hasta tarde.
Como cualquier otro lunes sin luna, Norma se levantó a buscar otra taza de té para que la acompañara en la segunda parte del rito. Esta vez, no encontró té que la acompañara. Buscó un reemplazo que no alterara demasiado la fórmula y encontró una botella de vino. La abrió y llenó la taza confiando en que, como el vino también tenía fama de ser rica fuente de antioxidantes, no afectaría el efecto del ritual.
El primer sorbo le provocó nauseas. "Es un gusto adquirido", pensó. Con taza en mano se sentó en el sofá y abrió un álbum que visitaba para repasar los momentos más importantes de los 1,445 días que duró su noviazgo. Por lo general, las fotos la transportaban a las citas romantiquísimas que muchas veces fueron preámbulo al sismo habitual que sólo para él era placentero. Recordó que las primeras noches de intimidad con su actual marido, adjudicó en silencio su incapacidad para disfrutar a su falta de experiencia. Revivió con tristeza cómo se auto programó para llenar el vacío. Enfocarse en el potencial de que pronto desarrollaría las destrezas para disfrutar encuentros ardientes, fue suficiente para enamorarse y entregarse por completo.
Al cabo de veinte minutos, decenas de fotografías y media taza de vino, llegó a un retrato de su esposo, desnudo, en pose de luchador. La velada que precedió a la foto había sido difícil e inolvidable. Fueron a cenar con una amiga que acaba de encontrar a su prometido con otra mujer en la cama. El esposo de Norma acaparó la conversación eructando toda clase de especulaciones científicas que explicaban por qué todo hombre tiene en su vida, al menos, una mujer que es la estrella de su película pero para formar una familia escoge a la damisela del cuento. Al llegar el postre, la amiga no pudo contenerse; explotó y declaró que si todos los argumentos eran ciertos, entonces en cada hombre habitaba un monstruo de dos cabezas.
Norma se percató de que había terminado su taza de vino y se levantó a buscar más. La conclusión de su amiga sobre el monstruo de dos cabezas permanecía revoloteando en su mente. "Y si es verdad", pensó. Y cayó sentada. Tomó un sorbo de vino para matizar el sabor agridulce de contemplar la posibilidad.
Siempre creyó que se enamoró de un príncipe que se convirtió en su dueño por culpa del matrimonio. Por su fe en el amor se resignó a creer eso era normal. Sin embargo, un vestigio de certeza en la teoría del monstruo de dos cabezas sugería que no era ella la incapaz de disfrutar de una relación de pareja repleta de espontaneidad, planes y noches apasionadas. Su error pudo haber sido poner su felicidad en manos de un endiosado que sólo aparecía en las noches y se esfumaba al amanecer, un monstruo de dos cabezas que tomó la decisión de casarse usando la cabeza alterna. "Me casé con un monstruo", dijo.
Le parecía estar reviviendo la historia. La cabeza alterna de su marido había sido el director de la procesión que empezó en noviazgo y terminó en matrimonio. Era la que durante los primeros meses de cortejo, fingía armonía para convertirla en su presa; le dedicaba melodías y la exhortaba a la danza boba que terminaba en el colchón. Fue la que probó su elasticidad y le enseñó piruetas. Recordó cuánto se esforzó usando coquetería y encantos femeninos fabricados para ganar el maratón de la conquista. La cabeza alterna le seguía la pista. La tatuaba con sus dientes y repetía: “tú eres mía”. Cada noche, luego de elogiar sus destrezas de cama, desaparecía.
Al fin entendía por qué, en la noche de bodas, todo cambió. Ante las responsabilidades que conlleva un matrimonio, la cabeza alterna cedió el dominio. En ese instante Norma lo veía todo tan claro que le temblaban las manos. Para liberar sus emociones agarró una libreta y un lápiz y vistió el papel con escarmientos.