Excerpt for Recopilatorio fantasía by ¡¡Ábrete libro!! , available in its entirety at Smashwords



I CONCURSO DE FANTASÍA

¡¡ÁBRETE LIBRO!!


VV.AA.




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Copyright 2009 ® Los autores respectivos

Primera edición: 2009

Imagen de portada: Orfalas © 2009

Edición a cargo de: Alberto Álvaro



Índice

LA ÚLTIMA PROFECÍA - Eva Pérez Rodríguez (Nelly)

LA JOYA ROBADA - Sabino Fernández (Ciro)

COMO EL PERRO Y EL GATO - Sebastián Roa (Lacedemonia)

EL DRAGÓN CAZA-PESADILLAS - Ana Mª Valls (Askat)

EL DRAGÓN DE LAS SIETE CABEZAS - Vicente Quijano Álvarez (Takeo)

EL DUENDE DEL BOSQUE - Joaquín Jover (Elcoleta)

EL ESPEJO - Ororo

EL MAGO - David Muñoz (0jo Poderoso)

EL OTRO ESPEJO – Sagan

EL SECRETO DE LA QUINTA COLINA - Rebeca Cerezuela Cabrera (Amanita)

EL TIEMPO DE LOS ELFOS - Marcos Domínguez (Merridew)

EMMA Y SARA - Zenaida Moratilla Pérez (Arwen_77)

EN EL SÓTANO - Vanessa B. Jaime (K.581)

LA BÚSQUEDA - Matías V. (Matu)

LA CONDENA - Rayco Cruz Fernández (Roland)

LA FRAGATA SARMIENTO - Gabi

LA RUEDA DE LA FORTUNA - José Luis Ávila García (Shardin)

LA SIRENA Y EL ÁNGEL DE LA NOCHE - Alejandro Diego (Desierto)

LA SOLUCIÓN - José Ángel Muriel (Jangel)

LUNARA Y ARIÁN - Mariluz Lozano (Katia)

ROBO EN LA TORRE LUZ - A.C. Aliaga (Atali)

SIGUIENDO LA LUZ - Alicia Prenda (Emperatriz Infantil)

UN CORAZÓN DE ARENA - Zelti

UN VIAJE INCREÍBLE - Indecisión (Isabelita)

TIEMPOS DE GUERRA - Milo

LA ÚLTIMA PROFECÍA

Eva Pérez Rodríguez (Nelly)

Ganadora del concurso de fantasía




Una bandada de aves migratorias surcaba el cielo carmesí en dirección a poniente, dibujando sombras fugaces sobre el camino que Arcadio recorría en silencio. Sus pasos le dirigían a la Cima de la Estrella de los Vientos, el lugar más elevado del
Monte del Olvido, que se recortaba en el horizonte cercano. El anciano caminaba encorvado luchando contra el viento, con mirada torva y bastón firmemente agarrado en la diestra, hacia el místico santuario de montaña al que nadie había logrado llegar. Se decía que en él habitaba un monje tan viejo como el mundo y tan sabio como el tiempo.

Arcadio, que había abandonado la escuela de magia tras discutir con otros eruditos sobre el motivo por el cual los dioses habían devuelto la palabra al Oráculo, avanzaba espoleado por cumplir una misión: preguntar al monje qué podían hacer al respecto. ¿Por qué, tras casi dos décadas de silencio, de repente el Oráculo había vuelto a hablar? ¿No escarmentaron los dioses con el caos en que había sumido al mundo años atrás? Los que entonces escucharon sus designios bañaron con la sangre de sus enemigos sus tierras, intentando en vano evitar su destino. Tal era el caso de Hannay, último príncipe de Colquihoun, que acudió al Oráculo en busca de sabiduría la víspera de su boda con Ayrshine, primogénita de su jefe-guerrero.

El hijo de tu enemigo se sentará en tu trono -le dijo el Oráculo-, y tú morirás antes de la octava luna nueva.

Ante semejante predicción, el príncipe volvió furioso a las llanuras donde habitaba y mandó llamar de inmediato a su prometida.

¡Traidora! —Dijo, arrojándola al suelo—, mañana al alba morirás.

Hicieron falta cinco hombres para sujetar al padre de Ayrshine, que fue testigo de la irracional sentencia.

Pero si no ha hecho nada, gran príncipe, ¡es inocente!

Todavía…

Hannay pensaba así evitar el cumplimiento de la profecía, pero las palabras del Oráculo era infalibles. Aquella noche, Dudoon, un guerrero imberbe apenas destetado en el arte de las armas, se apiadó de la joven y la liberó.

Ayrshine escapó a través de las llanuras y el desierto hasta la tierra de Baird, donde se escondió en el templo de Byod, diosa de la fertilidad y la cosecha. Allí fue donde la vio por vez primera el rey, que se enamoró de ella. Cuando Hannay, que no había dejado de buscar a su prometida desde su fuga, llegó a aquellos dominios descubrió boquiabierto que a quien perseguía era a la mujer del rey. Con las palabras del Oráculo resonando en sus oídos, aguardó el abrigo de la noche para colarse en la alcoba real dispuesto a sesgar la vida de la reina. Pero la fortuna hizo que en el último momento su daga atravesara sólo las sábanas y la almohada, salvándose la mujer.

Él huyó, pero el mal ya estaba hecho. Semanas después el ejército de Baird se lanzaba sobre sus tierras para vengar la afrenta. Cuando el jefe guerrero de Colquihun comprendió que no podían ganar la batalla, recomendó a Hannay negociar con el invasor, pero éste, ciego de ira y temor, tenía una única idea en la cabeza: matar a la reina. Planeó asesinarla durante la reunión del armisticio, y en cuanto Ayrshine dio un paso dentro de la tienda de lona en que ésta se celebraba, una cabeza rodó por el suelo.

La suya.

Hannay murió a manos de su jefe-guerrero, el padre de Ayrshine, que al reconocer a su hija comprendió el motivo de la lucha y firmo la paz poco después. Tal como el Oráculo había augurado, el príncipe cayó antes de la octava luna nueva, a pesar de sus esfuerzos por cambiar su destino.

Casos similares a éste, en la Historia, los había a cientos. Para que no se repitieran y llegar hasta el monje, Arcadio tenía que pasar tres pruebas.

La primera, no dormir durante todo el ascenso. La segunda, superar a las Wrens, y la tercera, por supuesto, caerle bien al erudito. Como la primera dependía de su voluntad férrea y sobre la última no tenía control alguno, lo más destacable de su viaje fue la segunda prueba.

¿No estáis cansado? —le preguntó una voz suave, con un ligero matiz metálico.

Venid —susurró otra—, acercaos…

Algo se movió en la enorme roca que Arcadio tenía al lado. Al fijarse más distinguió una silueta, una nariz, y un par de ojos de basalto que sonreían con malicia. La Wren se separó de su refugio mostrando un tentador cuerpo de mujer, que no obstante carecía del calor y tacto humanos.

Venid —repitió, melosa—, tengo agua fresca de los manantiales subterráneos y un lecho cálido como el suelo de un volcán.

Cualquier iluso habría sucumbido ante el ofrecimiento de la criatura sobrenatural, pero Arcadio no era ningún iluso. Sabía lo que aquellos seres hacían con quienes aceptaban sus ofrecimientos.

No en vano se había percatado ya de que todas las rocas que le rodeaban tenían un cierto aire vago, de figuras humanas.

¡Atrás!

El profesor extrajo un cincel de plata con el mango labrado del cinturón de su túnica. Al verlo, la Wren retrocedió espantada con la mirada prendida de odio. Reculó siseando como un felino herido hasta volver a fundirse con la roca de la que había salido. Y aunque los ofrecimientos no cesaron en su camino hacia la cumbre, Arcadio, con el cincel en alto, avanzó haciendo oídos sordos. Hasta que al fin…

¡La Cima! ¡He llegado!

Un enorme roble retorcido crecía afincado entre las ruinas de un templo.

¡Oh, gran monje erudito! —gritó Arcadio—. Tres días he caminado sin dormir, he superado a las Wrens y ahora solicito audiencia.

No ocurrió nada.

¡Gran sabio de la montaña!

Tampoco.

¡Quienquiera que me escuche!

Ni un trino de pájaro.

¡Esto es un fraude! —Arcadio arrojó su cincel contra un matorral—, ¡que necio he sido!

¡Ay!

¿Quién va?

Un hombrecillo enjuto de no más de treinta años, con mejillas sonrosadas y cabeza pelada como un huevo, salió de entre la maleza y se plantó con los brazos en jarras frente a él.

¡Ay! —repitió, palpándose el chichón.

¿Vos… sois el monje sabio de la montaña?

¿Qué queréis?

Vengo a pediros consejo —dijo Arcadio, recuperándose de la sorpresa—, durante tres días he caminado sin comer y sin dormir…

Bla, bla, bla, —dijo el monje—, al grano, al grano.

El Oráculo ha vuelto a hacer predicciones —contestó gravemente Arcadio.

Sí, lo sé.

¿Y qué podemos hacer?

El hombrecillo se rascó la barbilla y clavó sus ojos velados en el horizonte. Tras pensarlo unos instantes exclamó convencido:

¡Matar al Oráculo!

Pero ¿cómo? ¿Cómo matar a un ser inmortal?

Tan solo sé de una persona capaz de llevar a cabo esta misión —dijo el monje—, un elegido de los dioses de corazón y acero noble. Un héroe llamado Dunblane Arran.


*****************

El acero atravesó el cuerpo del hombre como si fuera mantequilla. Dunblane liberó la espada y contempló la hoja manchada de sangre bajo la luz de la luna, mientras el otro caía al suelo como un muñeco desmadejado, en medio de un charco granate. Una flecha rasgó el aire, silbando en su dirección. Dunblane interpuso el escudo atado a su antebrazo y espió los alrededores con sus ojos del color del cielo antes del amanecer. Después, sacó su daga y la lanzó certera contra un árbol de cuyas ramas cayó un campesino.

Este bosque da fruta verde —rió, contemplando el rostro del muchacho.

Dunblane montó en su corcel de guerra, tan negro como su armadura, y se fundió con las sombras de la noche. Cincuenta monedas de plata era lo convenido por aquel trabajo. Pero he aquí que al ir a cobrarlas, el mercenario encontró ciertas reticencias por parte del caballero que le había contratado, por lo que no le quedó otro remedio que pasarlo a él y a su séquito a espada.

Comadrejas viles y embaucadores —rezongó al abrir la puerta de la taberna—, ¿y vos quién sois?

Arcadio estaba parado en el umbral, interponiéndose en su camino.

Durante tres días y tres noches caminé sin descanso hacia a la Cima de la Estrella de los Vientos… —comenzó.

Quitaos del medio, anciano. No estoy de humor.

Superé las peores pruebas….

Enhorabuena.

No dormí, ni probé bocado…

Dunblane apuntó con el acero a su garganta.

Si queréis volver a hacerlo será mejor que os apartéis.

Arcadio tragó saliva.

Os imploro vuestra ayuda…

Al ver como el profesor se hincaba de rodillas en el suelo, el primer impulso del mercenario de asesinarle quedó relegado por la curiosidad.

A ver si lo he entendido bien —repitió el guerrero más tarde, frente a una jarra de cerveza—, queréis que viaje cuatrocientas millas para matar a una criatura sobrenatural cuyos vaticinios enfrentan a los reyes en batallas sangrientas. ¿Y qué gano yo con ello?

Honor y gloria, caballero.

Un amago de sonrisa torció los labios de su interlocutor.

Honor y gloria —repitió con sorna—, eso no paga las deudas.

El profesor le miró confundido. ¿Era aquel el héroe que debía salvarlos?, pensó. Dunblane, tras limpiarse los labios con la manga, le devolvió a la realidad:

¿Conocéis mi historia, viejo chiflado?

Él negó con la cabeza.

Yo servía al reino de Aberdeen, en Lisle. Seguro que habéis oído hablar de la deshonra del capitán de Lisle…

¿El capitán desterrado…?

Mi padre —puntualizó Dunblane—, yo entonces sólo era una aspirante a caballero. Le vi morir en la plaza del pueblo entre los abucheos de las personas a las que había prometido proteger. Nadie le prestó ayuda, ni siquiera los que sabían que era inocente.

Arcadio sintió que las nauseas le revolvían el estómago. Conocía bien la historia.

Entonces, ¿vos…?

Pasé a espada a sus asesinos. Sí… —Dunblane sonrió al recordarlo. Terminó su jarra de cerveza y miró al profesor con descaro—. ¿Seguro que es a mí a quien os ha dicho ese monje que busquéis?

Sí, ¿por qué lo preguntáis?

Porque entonces no creo que sea tan sabio.

Durante el camino de regreso, Arcadio y Dunblane escucharon numerosos rumores de guerra. El Oráculo vaticinaba desastres y estos se cumplían precisamente porque los hombres escuchaban sus designios. Luchas entre reyes hermanos, familias divididas, aldeas arrasadas…

Allí está la entrada de la gruta del Oráculo —señaló el profesor.

El lugar no era lo que Dunblane había esperado: una oquedad oscura y tenebrosa que conducía al corazón del mismo infierno. En vez de eso, lo que vio fue una abertura semicircular perfectamente definida, que daba acceso a un amplio espacio con un techo salpicado de caprichosas estalactitas cuyos bordes brillaban por algún tipo de sortilegio.

¡Cuidado! —advirtió el guerrero.

Desnudó la espada y le indicó a Arcadio que se quedara detrás con un ademán. Avanzó él solo, cauto, y se diría incluso que su propia sombra era reticente a mezclarse con la misteriosa penumbra de la cueva que atravesaba.

Dad la cara —dijo, unos metros más adelante.

El suave gorgoteo del agua que arrancaba ecos en las paredes de la gruta se hizo más evidente. En medio de una laguna subterránea al final de la cueva, encontró al Oráculo, que se dio la vuelta para mirar directamente a los ojos del caballero.

Que Galway os guarde muchos años —dijo a modo de saludo—, aunque eso es algo que yo ya sé.

Los labios de Dunblane se movieron, pero él no articuló palabra.
Las gotas de agua surcaban la piel de la mujer que tenía frente a sí, desnuda hasta la cintura, sumergido el resto de su cuerpo. El cabello del color del cobre caía en finas ondas sobre sus hombros y sus pechos, tapando los contornos de su figura que se fundía con aquel espejo líquido. En sus ojos color miel se arremolinaba el saber de todos los tiempos.

Era increíblemente hermosa.

Vos… —balbució al fin Dunblane—, ¿quién sois?

El Oráculo.

Entonces sabéis que he venido a mataros.

Sé todo cuanto acontecerá.

¿Y por qué no habéis huido?

Porque no es a mí a quien debéis matar, Dunblane, sino a quien me obliga a hacer predicciones. Además, ninguna espada puede poner fin a mi existencia.

¿Cómo sé que no mentís?

El Oráculo levantó su mano derecha dejando ver una sencilla pulsera de oro.

El que colocó alrededor de mi muñeca la pulsera de Nesbutz, mientras me hallaba sumida en el sueño que me provocaron los dioses, me mantiene cautiva. Yo no puedo quitármela y estoy sujeta a sus deseos. Me pidió que volviera a hacer vaticinios, para ver como el mundo caía en la oscuridad—sus ojos se llenaron de lágrimas—. Yo sólo quería ayudar a los hombres, no empeorar su destino.

Dunblane guardó su espada.

¿Quién es el que os obliga?

Se llama Cavan, aunque ya nadie le conoce por su nombre.

Le encontraré y acabaré con él, pero si mentís ni la morada de los dioses os dará cobijo.

Y sin más, Dunblane partió.

Arcadio se mostró muy sorprendido ante su historia, pero antes de contradecirle, decidió aguardar para ver como se desarrollaban los acontecimientos. Preguntaron por los orígenes del nombre Cavan, y descubrieron que procedía del norte. Partieron hacia la capital de la región más septentrional del país y hallaron un censo con trescientos cavanes inscritos. No les quedó otro remedio que comprobar una a una todas las identidades.

Encontraron una veintena de campesinos, un mago, un trovador, tres jueces, doce carpinteros, nueve bibliotecarios e incluso un compañero de la escuela de magia de Arcadio. En total, doscientos noventa y nueve.

Nos falta uno.

Rastrearon su pista hasta el lugar de nacimiento del individuo, Rettray, ciudad cuya deidad patrona era Nesbutz, diosa cuya pulsera mantenía bajo yugo al Oráculo. Era la deidad del deseo, muy querida por sus devotos pero también muy peligrosa, pues no hay nada más voluble e imprevisible que el deseo. Las sacerdotisas de Nesbutz y sus monjes eran personas con un gran magnetismo, que a menudo hacían de las suyas atrayendo incautos hasta el templo para divertirse con ellos.

Sí, tuvimos un acólito llamado Cavan —dijo la suma sacerdotisa a Dunblane, observando su figura aventajada—, pero le perdimos hace tiempo.

¿Le perdisteis?

Era muy ambicioso… partió en busca de la sabiduría más grande y no volvimos a saber de él.

Arcadio se mesaba la barba con gesto reflexivo.

La sabiduría más grande… —repitió.

¿Cómo sabéis que no está vivo? —Preguntó Dunblane—, ¿acaso habéis encontrado su cuerpo?

No —contestó la suma sacerdotisa—, pero como ya le dijimos en su momento, alguien como él no podría alcanzar la Cima de la Estrella de los Vientos.

Arcadio dio un respingo.

¿Por qué no? —preguntó el mercenario.

El profesor se adelantó a su respuesta:

¡Porque era ciego!

****************

El monje otrora conocido como Cavan, descansaba al abrigo de una roca en la Cima de la Estrella de los Vientos, cuando sintió el frío acero de la espada de Dunblane acariciando su gaznate.

En pie —dijo él.

¡Pardiez! Se suponía que debíais matar al Oráculo, no a mí.

¿Eso os dijo ella?

Cavan asintió:

Dijo que sólo vos podríais hacerlo, y que yo decidiría el momento.

El Oráculo no puede mentir —Arcadio, reflexivo, se mesaba la barba—. Lleva una pulsera de Nesbutz idéntica a la que Cavan esconde en su muñeca. De este modo está sujeta a sus deseos.

Aunque al principio el monje se mostró reacio a quitársela, en cuanto Dunblane amenazó con cortarle la mano se dio buena prisa en hacerlo.

Lo que no comprendo —dijo Arcadio al impostor—, es cómo conseguisteis superar las pruebas para llegar hasta aquí y suplantar al verdadero sabio.

El monje se echó a reír y señaló sus ojos velados.

¡Nunca hubo tal sabio! —exclamó—. ¡Y superé las pruebas porque soy ciego!

Claro, que necio he sido —comprendió el profesor—, pudisteis dormir sin que nadie se diera cuenta a causa de vuestra ceguera, y en cuanto a las Wrens…

Su tacto es áspero como el de la roca —dijo Cavan—, no había nada en ellas que fuera tentador para mí.

Pero, ¿por qué queríais ver el mundo sumido en guerras? —preguntó Dunblane.

Cavan adoptó una expresión resentida y respondió con vehemencia:

Los seres humanos no necesitan mucho para destruirse los unos a los otros. Basta un leve empujoncito y su avaricia hace el resto. Son egoístas y necios, ofréceles el conocimiento y se matarán por su causa. —Hizo una pausa y luego volvió a dirigirse al guerrero —Vuestro padre también murió por culpa del Oráculo, predijo al rey de Aberdeen que a su hijo le traicionaría su propia guardia. Por eso mandó que cuantos fueron ordenados en Lisle murieran para evitar esta traición. Los escasos supervivientes y sus hijos se organizaron capitaneados por un aspirante a caballero, cuya venganza quedó escrita en la historia debido a su crueldad. ¡Vos!

Dunblane asintió en silencio.

Por eso me elegisteis para matar al Oráculo.

Cavan negó con la cabeza:

Ella dijo que tan sólo vos podíais poner fin a su existencia y que yo decidiría cuando hacerlo; al ver aquí al profesor pensé que había llegado la hora, para no ser descubierto.

Pues en eso te equivocaste —dijo Arcadio, y tiró de la cuerda que maniataba Caván, poniendo rumbo a las mazmorras de Arith Dor, lugar en el que pasaría el resto de sus días.

A Dunblane sólo le quedaba una cosa por hacer. De regreso a la gruta no hacía más que darle vueltas a todo lo acontecido. Al parecer su destino había estado unido al del Oráculo desde hacía mucho, ya que antes de caer en el sueño de los dioses, su última profecía había condenado a su padre, cambiando su propia suerte. Por su causa había pasado de aspirante a caballero a mercenario sin señor.

Parado frente a ella, contemplando sus ojos insondables en los que se arremolinaba el saber de toda la Historia, Dunblane comprendió que había sido sincera al decir que su intención no era la de hacer daño a los hombres.

Habéis vuelto —dijo el Oráculo, con suave voz melodiosa.

Vos sabíais que lo haría.

Sí.

Tan sólo queda una cosa para que todo esto termine.

Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas, sin embargo, sonreía. Dunblane cerró la pulsera en torno a su muñeca. Ahora era él quien tenía bajo su control al Oráculo. El saber de cientos de generaciones, pasadas y futuras, sometido a sus deseos.

Sólo hay una manera de que el ser humano pueda ser feliz y es que ignore su propio destino.

Ella asintió en silencio.

Deseo que nunca más volváis a hacer una predicción.

Gracias —dijo el Oráculo.

Y frente a los ojos de Dunblane, lentamente, se desvaneció.

Desde entonces, los seres humanos viven su vida sin saber qué les acontecerá cada día, ya que es el único modo de que alimenten su esperanza y libren con entusiasmo las batallas que se les presentan.

LA JOYA ROBADA

Sabino Fernández (Ciro)

Ganador popular del concurso de fantasía



Móral tenía instalada su joyería al borde del precipicio. El precipicio no era rocoso, consistía en una interminable escalera de empinadísimos escalones que nadie sabía donde acababa. ¿Qué había en las profundidades? Quizá simplemente el propio infierno, o un campo de mullida hierba o cien mil bocas de dragones. Era difícil saberlo. Algunos de los que habían caído, también provistos de tren inferior rodante de madera como el propio Móral, por supuesto no habían regresado. No era de extrañar. El tren rodante de madera impedía subir escalones con lo que cualquiera que se deslizara por el precipicio con esa locomoción no podría subir sin ayuda. Lo malo es que tampoco los provistos de piernas normales, sin aquella horrible mutilación que sufría Móral, y que por un mal paso habían caído en el profundo abismo, habían regresado, cuando era muy posible que pudieran hacerlo simplemente subiendo los escalones. Claro, eso en el supuesto de que el enorme golpe sufrido en el descenso precipitado no les hubiese dejado completamente inconscientes.

La joyería de Móral contenía una amalgama de extraños objetos semipreciosos engarzados en una orfebrería trasnochada, de medallas de vírgenes que nadie conocía y de relicarios de santos que nadie veneraba. Junto con estos artículos, que ciertamente podían corresponder a una joyería, aunque algo sui géneris, se encontraban libros clásicos, que el propio Móral tenía ordenados de tal forma que sabía con exactitud en qué lugar de su joyería se encontraban. Desde su atalaya de cuatro ruedas que le permitía un movimiento limitado pero una visión privilegiada, el joyero vigilaba sobre todo sus libros. El expositor de joyas y libros daba directamente al precipicio, por lo que era arriesgado mirar ambos. Pero había quien no solo los había mirado, sino que había conseguido robar algunos de los preciosos objetos que Móral guardaba con recelo.

Claro, había que tener en cuenta que el bar, también con terraza al interminable descenso escaleril, lindaba con la joyería de nuestro protagonista. Allí se juntaban los desechos de aquella sociedad hedionda y entre los clientes habituales se encontraban el juntapalabras Roger, el quemado Minuto y Berta, la planchadora de gatos.

De estos tres, fundamentalmente, sospechaba Móral. Sabía de sobra que la accesibilidad del bar daba muchas posibilidades a uno de sus clientes para acceder a su joyería. Por otro lado, los tres en ocasiones precedentes habían pululado entre los tesoros del joyero y alguno de ellos se había hecho con alguna de las joyas del celoso tendero en uno de sus descuidos. Y es que Móral se despistaba con asombrosa facilidad, en cuanto algún niño pasaba por la puerta de su establecimiento. Cuando el viejo oía alguna voz más aguda de lo normal, en seguida se arrastraba con su rodante de madera al exterior para ofrecerle al niño en cuestión los venenosos tubérculos que conseguían la felicidad eterna. Era cierto que los niños morían en pocas horas, pero tan felices, que ningún padre, si es que los tenían, podía objetar nada a tan altruista labor.

Por otro lado, la sociedad era tan extraordinariamente infeliz, sucia, desgraciada y desgarradora, que a nadie se le ocurría pensar que lo que Móral hacía era más que una encomiable obra de caridad. Además nadie conocía el secreto de los tubérculos de la felicidad eterna salvo el atribulado joyero.

Atribulado, en efecto, estaba nuestro viejo recoge tesoros, porque en uno de sus descuidos pueriles, faltaba en una de sus estanterías "1984", la calificada como mejor novela de su extensa colección de clásicos y, por supuesto, su mejor joya de la tienda.

Al primero que se dirigió fue al juntapalabras Roger. Era el más sospechoso, sin duda. Le gustaban los libros y no era rara la vez en que se le veía trasladarse desde el bar, deslizándose por el mismo escalón, a la joyería. El término juntapalabras no era el adecuado para describirlo, sino más bien el de inventapalabras, pues era esto lo que solía hacer más que juntarlas. Pero todo el mundo lo llamaba el juntapalabras Roger y para qué cambiarle el nombre a alguien destinado a lo que todos: a caer por el precipicio. Por eso se le mantenía el nombre, pues aquella sociedad sin otra finalidad ni otra aspiración que librarse de la caída, a la que indefectiblemente estaban destinados todos, tampoco tenía las fuerzas necesarias como para ir cambiando nombres.

¿Has sido tú, verdad?

No sé a qué te explossstas, Móral.

A qué me refiero. A que me voy a referir. Al robo, por supuesto.

¿Qué preddda?

¿Qué robo? ¡Y aún tienes la cara de decirlo! ¡A "1984" me refiero, lengua trabada de los cojones!

Yo no he robado jjjoro. Tú sabes que yo no lo hice. Además no tengo la rrma trabada sino que me invento palabras.

Yo solo sé que merodeas por mi tienda en mis descuidos y que te he pillado observando las medallas de las vírgenes en muchas ocasiones y una vez tenías "Los tres mosqueteros" en tu mano y lo ojeabas cuando te pillé con él entre las manos.

Pensaba comprarlo, lo que pasa es que no tenía mussla en ese momento.

Si no has sido tú, seguro que ha sido ese amigo tuyo, más rastrero que las ratas, de Minuto o la ramera de Berta.

Los calificativos de Móral no iban muy desencaminados. El quemado Minuto, que presentaba una horrible cabeza más parecida a una informe masa de carne putrefacta con un solo ojo y cuatro pelos chamuscados, se dedicaba a la matanza de los suicidas, que no eran otros que los que no soportaban la idea de caer por el precipicio y, ofreciéndose en sacrificio, eran chamuscados en el horno crematorio que el quemado Minuto regentaba. Su horrible desfiguración había surgido cuando en su celo por quemar hasta los últimos huesos de una desafortunada joven de clase alta, había tropezado con la pala de residuos y parte de su cabeza se había incendiado en el lastimoso accidente. Uno de sus ojos se había licuado literalmente en las altas temperaturas del horno y el otro apenas le permitía ver lo suficiente como para considerársele un vidente pleno. Por ello, aunque el calificativo de Móral era acertado en cuanto a su calaña moral, la acusación de robo del libro era bastante inverosímil, puesto que Minuto apenas podía ver el libro y mucho menos su contenido.

El número de mujeres suicidas era enorme y lo proporción con los hombres, mucho más acentuada que en otras prácticas, lo que hacía que apenas hubiera mujeres en la sociedad. Una de las pocas que había resistido la tentación del suicidio era Berta, la planchadora de gatos. Con su aspecto pocos hubieran dicho que se dedicaba a la prostitución, como había insinuado Móral. Rubia, con el pelo grasiento y greñudo, los ojos demasiado separados para pertenecer a la misma persona, los dientes escasos y desiguales y una cara mofletuda y con marcas de haber padecido una viruela, más parecía una monstruosa atracción de circo, que una damisela por la que pagar algún dinero a cambio de sus favores. Pero, la condición de especie escasa que las mujeres tenían, hacía que la planchadora de gatos tuviera cierto éxito con los hombres y, como su trabajo de planchar gatos apenas le daba para comer, hacía sus horas extras contentando a los desgraciados dueños de los gatos que ella misma planchaba. Ese dinero extra lo gastaba en beber junto con sus amigos Roger, el juntapalabras y el quemado Minuto, compañeros de farras en el bar de Indécem.

Pero tampoco la acusación de Móral parecía muy acertada en cuanto a Berta, la planchadora de gatos. Era cierto que también había ojeado los artículos de la joyería del robado, pero el interés de la ramera se centraba mas en las joyas que en los libros e incluso en una ocasión había conseguido sustraer una medalla de la Virgen Curza, que lucía con orgullo en su trabajo de planchar gatos. Nadie conocía a dicha Virgen, pero la medalla daba cierto empaque a la desafortunada prostituta y eso era lo que importaba. Por supuesto, Móral no se había enterado de aquel robo, pues al igual que controlaba con exactitud matemática qué libros y dónde los tenía, su control sobre las medallas y joyas era mucho más laxo.

Antes de que los dos acusados pudieran responder a la interpelación de Móral, para sorpresa de todos habló el propietario del bar, Indécem:

No acuses a nadie Móral, fui yo quien te robó el libro.

La sorpresa fue mayúscula. No por lo extraño del robo, sino porque Indécem llevaba más de 25 años sin hablar.

Indécem, otrora hacendado prepotente, poseedor de más de 6000 gatos, deshizo toda su herencia y sólo se quedó con la exigua cantidad de 2 gatos, mínimo indispensable para seguir viviendo. Al mismo tiempo se hizo con la propiedad de la taberna o bar, como lo llamaban todos los asiduos a su establecimiento. Coincidiendo con su ascetismo económico comenzó un ascetismo parlamentario que acabó con no pronunciar ni una sola palabra en los 25 últimos años. Todos sabían la causa de lo uno y de lo otro, y era que tanto su mujer como sus dos hijas adolescentes, habían acudido al horno del quemado Minuto para suicidarse. Lo habían dejado solo en la vida y como auto castigo se había impuesto el observar continuamente el precipicio que amenazaba a aquella rota sociedad y al causante de su desgracia, que tenía barra libre en aquel desgraciado establecimiento. En compensación veía a miles de los apestosos borrachos, que él mismo fomentaba con sus precios ridículos, caerse sin remedio escaleras abajo. Era una alegría mínima, pero suficiente para seguir arrastrando su paupérrimo cuerpo.

No tan sorprendido como todos los demás, Moral en seguida le interpeló:

¿Dónde lo tienes maldito rutilado mental?

No lo tengo.

Entonces. ¿Qué has hecho con él?

Lo he tirado por las escaleras. Estará en el fondo del precipicio. No era un libro bueno. Describía una sociedad horrible. Estará mejor en el fondo.

¡Qué sabrás tú! Te crees que pasarte unos años sin hablar, y sólo escuchar a una panda de borrachos, y sabes más que los demás. Eres un imbécil. Mejor te hubieras quedado mudo para toda tu vida.

Y sorpresivamente Móral hizo rodar su carrito de madera y se precipitó hacia el abismo que era el destino de todos los habitantes de aquella sociedad destructiva.

Ni Roger el juntapalabras, ni el quemado Minuto, ni Berta la planchadora de gatos, ni siquiera el recién incorporado al mundo de los hablantes Indécem dijeron nada. Este último siguió limpiando sus vasos como si tal cosa, mientras los otros tres trasegaban su vaso de alcohol, quizás olvidados de que una vez hubo alguien llamado Móral que tuvo una joyería al lado del bar en que pasaban sus momentos de desespero.

Pero lo más extraño ocurrió cuando al día siguiente el propio Móral reapareció al frente de su peculiar joyería, con su carrito rodante, su bolsa de tubérculos de la felicidad y en el estante donde estaba el relicario de San Rofredo y junto a "Creación", estaba apoyado "1984".


COMO EL PERRO Y EL GATO

Sebastián Roa (Lacedemonia)



Gabriela Campoverde inspiró profundamente antes de abrir los ojos y, con un sutil movimiento de cuello, acercó sus labios al micrófono.

Empezó a hablar despacio, intentando modular la voz y tratando de encantar a todos con su sonrisa. Era su primera intervención en el congreso y no quería parecer inexperta. Pero Gabriela era audaz, y por eso olvidó pronto las precauciones y el miedo escénico para centrarse en su discurso. Tras una introducción neutral y una somera referencia a la epidemia que estaba diezmando a los gatos de todo el mundo, espetó:

­—Si no comprenden que todo gasto en el antídoto Bastet es estrictamente necesario, es que no han llegado a comprender ni una pizca de su oficio.

Aquella aseveración despertó un murmullo generalizado de protesta. Gabriela calló un momento concediendo tiempo a los asistentes al congreso para que el servicio de traducción hiciera llegar su última frase a todos. A la protesta inicial de españoles, chilenos, mejicanos y demás hispanoamericanos se unió un par de segundos después la de los veterinarios de habla inglesa, los francófonos, los alemanes, los japoneses...

Pedro Barquero, que encabezaba la delegación española, se puso en pie alzando la mano y con un gesto avieso pintado en la cara. Sabía que no estaba permitido interrumpir a los oradores, pero a Pedro le acababa de sacar de quicio aquella presuntuosa veterinaria argentina.

¿Quién es usted, doctora Campoverde, para dudar de nuestra profesionalidad? —Inquirió mezclando la ira y la sorna—. ¡Tal vez sea usted quien no entiende nada! ¡Lo que pretende es acabar con el presupuesto médico mundial! ¡Sintetizar el antídoto Bastet es tan caro que no quedaría dinero para un solo tratamiento más!

Una oleada de aplausos rubricó la airada intervención de Pedro Barquero, que abrió los brazos en cruz e hizo un histriónico giro sobre sí mismo mostrándose a todo el auditorio. La doctora Campoverde enrojeció y aferró el micrófono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

¡Doctor Barquero, Bastet no es tan cara como vos te empeñás en afirmar! —rugió Gabriela acentuando su deje argentino y señalando al doctor español. Luego cruzó ambas manos sobre su pecho y volvió a dirigirse al resto de los invitados al fórum—. ¡Los estudios que Barquero ha hecho sobre la viabilidad de Bastet están equivocados...! ¡Más aún, están manipulados!

Esta vez la protesta subió desde el murmullo hasta el escándalo. Algunos de los asistentes se arrancaron los auriculares de la cabeza y los arrojaron al suelo, y varios empezaron a abandonar la sala. Gabriela Campoverde bajó la vista y miró los zapatos de alto tacón negro que se había comprado para la ocasión. A pesar de la tormenta que acababa de provocar entre la comunidad veterinaria mundial, sonrió levemente. Recordó sus nervios al comprar el vestido negro y ampliamente escotado, dudando entre aprovechar su belleza natural o dar una imagen seria y austera a sus colegas del mundo entero. Había optado por jugar la baza de la atractiva científica rebelde.

Ahora ya todo daba igual. Su esposo se lo había advertido en la última conversación telefónica. «No te dejes llevar, Gabi, contrólate», le había dicho hablando desde Buenos Aires. Pero Gabriela se dejó llevar. Y de nada habían servido sus horas de preparación ante el espejo de cuerpo entero del hotel, ni el pronunciado escote del vestido negro, ni sus largas piernas realzadas por esos tacones de vértigo. Había llegado al XVII Congreso Mundial de Veterinaria preparada, decidida y guapísima.

Todo para nada.

Recogió sus papeles del atril y bajó lentamente los escalones forrados de moqueta verde. A su alrededor algunos delegados se carcajeaban y aplaudían a Barquero. Gabriela cruzó su mirada con el español un instante y le pareció vislumbrar un asomo de tristeza en el gesto de su odiado colega.


***

Gabriela Campoverde escuchaba la radio del taxi mientras el vehículo cruzaba la ciudad de Roma. La argentina dejó vagar sus bonitos ojos por el edificio del Coliseo y perdió su mirada entre los arcos de la fachada y por las semicolumnas que los flanqueaban. En aquel lugar, pensó, se había escarnecido a hombres y bestias muchos siglos atrás. Aquel día le había tocado a ella ser la escarnecida.

¿Está triste, señorita? —inquirió el taxista posando sus ojos en el retrovisor interior del coche.

Gabriela sonrió. Como muchos otros argentinos, tenía ascendencia italiana y las palabras del taxista no le eran extrañas.

Señora... —corrigió afablemente—. Y sí, estoy triste. Esta noche he hecho el ridículo.

Oh, qué pena —se lamentó el taxista mientras seguía girando a la izquierda para rodear el monumento romano—. Pero no la creo. Una mujer tan bonita no puede hacer el ridículo.

De repente una sombra gris pasó corriendo ante el taxi y el conductor dio un brusco volantazo para esquivarla. El italiano ahogó una maldición y recobró el control del vehículo sin problemas. Gabriela se inclinó a un lado para fijarse en aquella sombra y suspiró de alivio al ver al gato correr y ponerse a salvo en la acera.

Lo que le faltaba al pobre bicho —se quejó el taxista—. No es bastante con la epidemia, que aún vamos a atropellar a los que queden. Si al menos aprobaran el antídoto ese... ¿Cómo se llama? ¿Búster?

Bastet —aclaró Gabriela—. Es el nombre de una antigua diosa egipcia. ¿Ha oído hablar del antídoto?

Sí, claro. Yo tengo un gato en casa, ¿sabe? Nerón se llama, y lleva más de diez años conmigo. La gata de mis vecinos murió la semana pasada por la epidemia, y ahora mi esposa y yo estamos acobardados. Si a Nerón le pasara algo...

Le entiendo perfectamente —respondió Gabriela—. Yo tengo dos gatas también. El antídoto Bastet es la salvación para todos, pero por lo que parece no hay interés en que se reparta por el mundo.

Una pena. Supongo que tendremos que acostumbrarnos a vivir sin gatos...

Gabriela se apoyó en la mampara que separaba el habitáculo posterior del taxi y acercó la cara a la abertura que permitía la comunicación con el conductor.

¿Acostumbrarnos? La desaparición de los gatos es una tragedia que no podemos asumir. No se trata sólo de los gatos domésticos, lo que ya de por sí es una catástrofe. Los felinos todos se extinguirán. ¿No se da cuenta de lo que eso significa? Leones, pumas, linces... Muchos de esos animales son insustituibles en la cadena de la vida. Son los depredadores naturales de otros seres que... —Gabriela se interrumpió y suspiró con tristeza. Estaba soltando el rollo de siempre, y por muy auténtico que fuera no convencía. El taxista tenía razón: deberían acostumbrarse a vivir sin gatos.

El caso es que no lo entiendo —el conductor movió la cabeza a ambos lados—. ¿Por qué no puede suministrarse Bastet?

Gabriela se recostó de nuevo en el respaldo del asiento trasero del taxi.

La comunidad veterinaria dice que es muy caro sintetizarlo. Insisten en que elaborarlo supondría una inversión tan grande que no quedarían recursos para otras medicinas. Son unos boludos.

¿Tan caro es?

¡No! —Respondió Gabriela palmeándose las piernas—. No es caro en realidad, pero un grupo de veterinarios ha elaborado un informe que dice lo contrario. Hay un extraño interés en que Bastet no se sintetice. Hoy se debía decidir si finalmente se optaba por Bastet o no... Al final, la gente prescindirá de los gatos.

¿Qué daría usted, doctora Campoverde, por que el antídoto pudiera elaborarse en grandes cantidades?

Gabriela iba a responder que todo lo que estuviera en su mano, pero se detuvo antes de empezar a hablar. El taxista la había llamado «doctora Campoverde», aunque ella no recordaba haberle dicho su nombre. La mente de la argentina volvió atrás sin dar mucha importancia al detalle, pero recordó que se había limitado a llamar a un taxi desde el palacio de congresos sin identificarse. Sí, era cierto, cualquiera podía saber que esos días se estaba celebrando un congreso mundial de Veterinaria en Roma, pero de ahí a conocerla a ella...

¿Cómo sabe usted...? —empezó a preguntar.

No terminó de hablar. El taxista chascó la lengua y pulsó un interruptor junto al volante. La ventanita de la mampara se desplazó con un chasquido y aisló el compartimento posterior del vehículo. Gabriela frunció el ceño, sorprendida ante la reacción del taxista, cuando notó un aroma acre que subía desde el suelo del coche.

El gas era rápido y sólo ligeramente desagradable. Gabriela sintió el mareo adueñándose de su mente. Su cerebro se embotó y las luces de Roma desaparecieron tras un brillo desenfocado. Una agradable sensación de placidez la invadió antes de resbalar por el respaldo del asiento y quedar inconsciente.

Lo primero que vio al despertar fue un hermoso fresco pintado en el techo abovedado. En él, Adán se dedicaba a poner nombre a los animales del Paraíso, que formaban una enmarañada cola ante el primer hombre. Un enorme rinoceronte se inclinaba en ese momento en presencia de Adán, y tras aquél esperaban su turno un cocodrilo, un águila, un avestruz... Gabriela se fijó en la figura del hombre, pintada con maestría barroca. El padre de la Humanidad lucía desnudo un cuerpo escultural, y junto a él, como si fuera su lugarteniente, se hallaba sentado un enorme y elegante gato gris atigrado.

Se incorporó a medias y vio que estaba en una gran sala ricamente decorada. Tapices, cuadros, lujosos armarios recargadamente decorados, candelabros, arcones... Oro, plata, marfil y caoba se alternaban en aquel lujoso aposento en cuyo centro se hallaba ella, recostada en un diván rojo con patas sobredoradas que imitaban a cuatro leones. Se levantó y pasó la mano sobre el vestido negro para alisarlo. Poco a poco la modorra se iba, y recordó el acre olor del gas que había inundado el habitáculo del taxi.

Me secuestraron... —se dijo sintiendo una oleada de angustia.

Percibió el movimiento con el rabillo del ojo y giró la cabeza. Un gato negro pasaba junto a una cómoda arqueando el lomo con languidez al rozarlo con una de las patas de madera noble. El suave maullido del animal resonó en las paredes de la sala.

Gabriela se sobresaltó al oír la puerta abrirse al otro lado. Tres hombres entraron en el salón sonriendo; dos de ellos se colocaron a ambos lados de la puerta abierta y el tercero anduvo hacia ella y se paró a medio camino. Hizo una leve inclinación antes de hablar.

Doctora Campoverde, no sabe cuánto sentimos haberla hecho venir de este modo. Tardaremos muy poco, se lo aseguro. Enseguida la llevaremos a su hotel. Por favor, no tema absolutamente nada.

El hombre, que había hablado en un buenísimo español con ligero acento italiano, indicó a la puerta abierta y se retiró andando hacia atrás.

Un anciano delgado y de ojos hundidos entró en la estancia y arrastró sus largas y lujosas vestiduras hacia Gabriela. Ella dejó caer la mandíbula ante aquella escena que se le antojaba onírica. Reconoció de inmediato el rostro del recién llegado. Estaba harta de verlo en la televisión, y aunque la doctora no era creyente, aquel personaje era demasiado famoso como para no conocerlo.

Siéntese, doctora Campoverde... —invitó el Papa—, por favor.

El sumo pontífice del catolicismo había hablado en buen castellano, acompañando su invitación con un gesto de la mano. Él mismo tomó asiento en una silla Luis XVI que uno de los hombres acercó hasta él. Gabriela no daba crédito a lo que estaba viendo: El mismísimo Papa, que ahora alisaba sus hábitos, enredado en... ¿un secuestro? ¿Pero qué era todo aquello? ¿Por qué la habían llevado a ella allí?

La argentina se sentó de nuevo en el diván. Se sorprendió al notar que no tenía miedo, quizá porque la situación era tan surrealista que no dejaba lugar al temor. En un inexplicable arranque de pudor se estiró el borde del vestido para cubrir sus muslos.

Me hago cargo de que no entiende nada de esto, y le aseguro, doctora Campoverde, que las sorpresas no han terminado. Prepárese para abrir la mente y oír lo que tengo que decirle.

Gabriela estiró los labios en una tenue sonrisa. El máximo dirigente de la Iglesia Católica le pedía a ella, a una científica atea, que abriera la mente. Si sus antiguos y escépticos compañeros de facultad pudieran ver aquello...

Pues usted dirá, eh... Santidad.

El Papa sonrió afablemente antes de continuar.

Querida Gabriela, llevamos ya tiempo siguiendo su trabajo. Créame que no trato de adularla, pero sin duda es usted la mejor científica del mundo en su campo. Sus trabajos de investigación en Veterinaria son auténticas obras de arte comparables al fresco que domina este salón.

El Santo Padre lo había dicho señalando al techo.

Sigo sin comprender...

Ahora comprenderá, querida, ahora comprenderá —aseguró el Papa—. Bien, lo primero que tiene que saber es que nada es como usted piensa, y tampoco exactamente —se puso la mano en el pecho y cogió un enorme crucifijo dorado tachonado de rubíes y esmeraldas— como nosotros hemos hecho creer a la Humanidad con mayor o menor éxito.

»Hace tiempo, mucho tiempo, antes de que el ser humano aprendiera a pensar, a imaginar y a creer, se produjo una enorme batalla. La lucha más cruel y más importante de todos los tiempos y de todos los universos.

»Tras esa batalla, que tuvo como contendientes al Bien y al Mal, se produjo una tregua. Los dos ejércitos se separaron y, después de lamentar las bajas y curar a los heridos, se retiraron para descansar antes de la siguiente batalla. Estoy hablando de la guerra primordial, querida Gabriela, la guerra de las guerras. Una guerra que dura eones y que aún no ha terminado.

»Las fuerzas del mal se refugiaron aquí, entre nosotros, a la espera de que suenen las trompetas de nuevo. Durante los milenios que llevan en la Tierra no han dejado de reclutar nuevos soldados y de trabajar en la sombra destruyendo todo cuanto el Bien se esforzaba en crear.

»Precisamente por eso, y para no dejarnos a nosotros desamparados y a merced de las fuerzas del Mal, se nos envió a unos hábiles protectores. Unos seres celestiales que aún siguen entre nosotros, velando para que el Mal no se adueñe de la Tierra.
El gato negro que Gabriela había visto refrotarse contra una cómoda llegó caminando con su natural silencio y, de un ágil salto, se colocó en el regazo del Papa. El pontífice pasó la mano suavemente por el lomo oscuro del felino y este miró a la argentina con sus ojos amarillos y penetrantes.

Nosotros somos vuestros protectores, Gabi.

La doctora Campoverde dio un respingo y un gemido de sorpresa asomó a sus labios. Se puso en pie y se inclinó hacia delante entornando los ojos...

¿Era el gato quien había hablado?

Sí, he sido yo. Y te lo repito: nosotros somos los enviados por las fuerzas benignas. Llevamos miles de años entre vosotros, protegiéndoos de los enemigos del Bien y de la Humanidad.

Gabriela se restregó los ojos y pensó que el efecto del gas todavía le embotaba los sentidos. Podía ver a aquel gato mover los labios y modular la voz, esa voz aguda y agradable, con suave entonación y un completo lenguaje no verbal desplegado con guiños de ojos, inclinaciones de cabeza y movimientos de bigote. Pero si hasta le había parecido que aquel gato hablaba con acento bonaerense.


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