El Enigma Diesel
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Copyright Oscar M. Valero 2010
PROLOGO
Paris, junio de 1910
Era su momento preferido del día, allí no tenía que hacer ver que era otra persona, no tenía que ocultar su pasado, no tenía que esforzarse por demostrar nada a nadie, y podía dedicarse a observar a los parisinos pasar por el puente, y a ver el agua pasar por debajo suyo. Durante aquellos primeros días de junio, el Pont de la Concorde ya empezaba a llenarse de gente. Muchos parisinos querían refrescarse, y allí la brisa que levantaba el paso del agua aliviaba las primeras señales de calor que traía el verano.
Madeleine lo sabía y por ello solía pasear hasta allí desde la rue d’Anjou, y no es que fuera el único puente de París que tuviese un ambiente fresco, pero estaba lo suficientemente lejos de su trabajo como para no encontrarse a nadie conocido, y lo suficientemente cerca como para permitirse ir y volver en la hora del almuerzo.
Se apoyó en el muro de piedra que la separaba del río, oculta del paso de la gente por una de las farolas de hierro que por la noche iluminaba aquel paso sobre el Sena, y sacó de su bolso una pieza de fruta y un trozo de pan con queso. Madeleine se entretenía contando los centímetros que distaban desde la superficie del agua hasta la marca de nivel máximo. Y también contaba, aunque más triste, los que quedaban hasta la marca que en enero había dejado el río a pocos centímetros bajo sus pies.
Y entonces, perdida en sus pensamientos, le vio. Era fornido y apuesto, pero sus andares no demostraban el señorío de los nobles parisinos, ni siquiera de los diputados provinciales o de algún empresario de la región. Por su forma de andar, el color de su piel y la forma de arrastrar el bastón, Madeleine hubiera apostado que era originario de Normandía o de la Bretaña francesa, quizás el hijo de algún agricultor adinerado. Definitivamente, necesitaba estirar el cuello un par de centímetros, mover el bastón con mejor soltura y ladear ligeramente el sombrero para ser un buen parisino. Incluso la forma de vestir era diferente, el corte recto de las solapas y la parte inferior de la chaqueta mostraban que, o el traje era antiguo, o exageradamente clásico, si es que la palabra clásico es contraria a exageración –pensó Madeleine.
En Inglaterra la mayoría de los hombres vestían así, sin la modernidad y la distinción de los parisinos. Pero aquel hombre era diferente, y por ello le había llamado tanto la atención. No cayó en la cuenta de que le estaba mirando casi sin pestañear, cuando el hombre levantó el bastón mientras le devolvía la mirada descaradamente, y con un gesto resuelto y una sonrisa agradable, se levantó la punta del ala del sombrero con el bastón e inclinó la cabeza en señal de saludo.
Madeleine no pudo sino bajar las pestañas tímidamente y recoger su barbilla entre el poblado cuello de su blusa, ocultando en el gesto la descortés mirada que acababa de realizarle en el último minuto.
Cuando finalmente pasó de largo, no quedó convencida de haber acertado con su predicción, algo fallaba en aquella imagen, el hombre era extremadamente cautivador.
Media hora más tarde, Madeleine ya estaba en la embajada. No escatimó metros para evitar pasar por Fauburg St. Honoré, donde seguro hubiera encontrado a las más estiradas esposas de diplomáticos de toda la zona, y donde hubiera sentido decenas de miradas sobre sus vestimentas, sobre su forma de andar y de moverse, y acerca del corte de pelo de su cabello, la falta de joyas, y aunque no se vieran, miradas despectivas sobre el hombro. Y es que ninguna de aquellas mujeres tenía necesidad de ir a trabajar.
Giró desde la Rue de Surene y se dirigió al edificio donde trabajaba desde hacía seis meses ya. Pasó por el ligero control de seguridad y subió al primer piso. Era la segunda de cuatro viejas mesas de haya colocadas una delante de la otra, donde se ubicaban las cuatro mecanógrafas de la embajada. Madeleine efectuaba labores de traducción y escritura, la mayoría para el agregado comercial, aunque de vez en cuando, cuando la mecanógrafa principal debía ausentarse, también efectuaba algún trabajo para Sir Francis Bertie.
Madeleine tuvo un sobresalto. Él estaba allí, en la embajada. Era el mismo francés de pueblo que había visto sobre el Pont de la Concorde, el mismo que no sabía vestir a lo parisino, y ahora pasaba por el pasillo anexo a la sala de mecanógrafas.
Henry también se dio cuenta de que la misma joven que había visto comiendo en el puente, estaba allí, era una de las mecanógrafas de la embajada.
Madeleine se dio cuenta entonces de que sus dotes de observación no habían sido muy acertadas, ahora ya sabía lo que fallaba: aquel caballero no era un adinerado de provincias tan poco moderno como los ingleses, era, simplemente, inglés. En ese momento pudo observar de nuevo aquella sonrisa, la misma que había visto en el puente mientras se tocaba el sombrero. En esta ocasión Henry, con el sombrero y el bastón ambos sujetos por la misma mano, se los llevó a la cabeza mientras inclinaba ésta en un gesto de saludo. De nuevo, con la misma sonrisa y esta vez más descarado.
Madeleine creyó morir en ese momento.
Aquel hombre pasó de largo y desapareció de su vista. Intentó ver hacia donde iba. Si giraba hacia la derecha al final del pasillo es que se dirigía al despacho del agregado comercial, aún tenía alguna posibilidad de ser el hijo de un agricultor o empresario, aunque fuera inglés. Si seguía recto iría al despacho de Sir Francis, el embajador, y ello significaría que era alguien importante.
Giró a la izquierda, la zona del agregado militar.
Madeleine se quedó triste por unos instantes.
No volvería a verle y no hablaría nunca con él, como ocurría con la mayoría de personajes que habían pasado por la embajada en los últimos meses y como ocurría con la mayoría de personajes del resto de París con quienes se cruzaba a diario. Y así acabaría otro tedioso día de trabajo lejos de casa.
A las cinco en punto, Madeleine golpeó la última tecla, estiró la hoja por el extremo saliente de la máquina, y la apilonó sobre las que la habían precedido. Era la hora de marcharse a casa. Como cada día, descolgó la chaqueta de lino y el sombrero, y acompañó a sus compañeras hacia la planta inferior, esperando que alguna de ellas le invitase a cenar, o le sugiriese una entretenida velada en alguno de los múltiples eventos que movían la ciudad. París era, en aquellos momentos, el centro del mundo, por el día, por la tarde y por la noche. Pero no, todas se iban a casa, con sus maridos y sus hijos, y todas se reían de su compañera, una soñadora día y noche, aunque en el fondo todas sentían lástima por la joven Madeleine.
-¿Vas a casa Madeleine? ¿O tienes alguna cita? –Comenzaba una de ellas, iniciando la burla diaria.
- ¡No nos explicas nunca nada, Madeleine! –Se quejaba otra.
- ¡Claro que no nos explica nada! –Seguía la tercera- nos daría envidia, ¿a quién no le gustaría ir a la ópera, al ballet o al teatro?
-No les hagas caso, Madeleine, estos franceses no valen un penique. Si en seis meses no ha habido ni uno que se haya dado cuenta de lo que vales, es que no hay un francés que valga la pena. El problema son ellos, chica –seguía la primera.
-La verdad es que no me importaría que alguien se dignase a sacarme de esta rutina. De casa al trabajo, y del trabajo a casa –se lamentó Madeleine.
-Tú aún puedes soñar, Madeleine. El viernes todo el mundo estará en la ópera, incluso el embajador, y por mucho que yo quisiese, mi Jean Paul y mis hijos no me permiten ni siquiera soñar que un día aparezca en mi vida un apuesto príncipe y me invite a ir… se quedó meditando,… ¡aunque si quieres le digo que te invite a ti y os lleváis los niños con vosotros! –Todas se echaron a reír.
Madeleine dio unos pasos hacia atrás y se estiró la falda.
-¿Pero de verdad creéis que alguien va a invitarme a la ópera vestida todo el día de esta guisa?
El último paso hacia atrás fue fatal. Pisó a la mujer del agregado comercial, que en esos momentos también salía acompañada por varios de los altos miembros de la embajada, y algunos personajes nuevos, entre ellos Henry. ¿Habría oído él todas aquellas burlas?
Madeleine se disculpó ruborizada, y la mujer del diplomático hizo como si no la hubiese oído, esperando que su marido diese un empujón a aquella irrespetuosa joven.
Las cuatro funcionarias esperaron a que toda aquella comitiva bajase por las escaleras para hacerlo detrás de ellos, dejando, claro está, unos minutos de separación para enfriar el incidente que acababa de ocurrir.
Cuando finalmente se atrevieron a bajar, se dieron cuenta de que lo habían hecho demasiado pronto. En la puerta, el embajador se entretenía hablando con el grupo, creando un tapón que impedía salir con holgura. Una a una, las funcionarias empezaron a desfilar junto a aquellos hombres, oyendo la conversación que abiertamente mantenía el embajador con sus conciudadanos. Justo cuando pasaba Madeleine, el embajador hablaba con el caballero del Pont de la Concorde.
-En su caso, comandante Ward, como joven que es y recién llegado, no quisiéramos que por el hecho de no tener compañía se quedase en casa. Mi mujer y yo estaríamos encantados de que nos acompañase mañana a la Opera, claro está, si le apetece.
Henry en ese momento dio un paso hacia atrás, interponiéndose entre Madeleine y la salida, haciendo que ella casi se diera de bruces con él.
-De hecho, embajador, cuando antes he dado una vuelta por la embajada, le he pedido que me acompañe una de sus colaboradoras, claro está, si no le importa a usted.
Las caras de todo el mundo parecieron desfigurarse. Madeleine no entendía nada, y cuando en breves segundos de silencio pareció hacerlo, no sabía si oponerse, avergonzarse, alegrarse o esconderse. Simplemente abrió la boca y no dijo nada. El embajador se quedó parado, no sabía quien había tenido la iniciativa, y no se hubiera planteado nunca que un oficial del nivel del comandante hubiera sido la compañía de…
-..¿La señorita Kensington? –El embajador finalizó sus pensamientos en voz alta.
Madeleine miró a los ojos a Henry, afirmando con ello que el nombre era correcto, pero sin querer conceder con ello la cita.
-Sí, señor –respondió Henry- la señorita Kensington y yo iremos juntos a la ópera mañana, y, si no les importa, no sería educado dejar que se fuera sola, así que si me disculpan, señores… y con eso Henry se despidió de sus acompañantes y escoltó a Madeleine hasta la calle.
Madeleine no sabía qué decir ni qué hacer. Se hubiera opuesto a tan descarada invitación, y además delante de todo el mundo, pero por una vez alguien que valía la pena le estaba ofreciendo la posibilidad de acudir a un acto social importante, ¡y no una obra de teatro ni de ópera cualquiera, sino una a las que acudía todo París!
Al salir al exterior, Henry ofreció el brazo a Madeleine y ella lo aceptó porque con ello se alejaba honrosamente de sus boquiabiertas compañeras, que se habían quedado juntas en la puerta de la embajada pidiendo, con la mirada, una explicación.
Ninguno de los dos dijo nada hasta alejarse unos metros de allí, luego Madeleine fue la primera en hablar:
-¿Y puedo conocer qué acontecimiento es ese tan importante cuya invitación no puedo rechazar?
-Señorita Kensington –respondió Henry seguro de sí mismo- no es el acontecimiento lo que es difícil de rechazar- es su compañía de quien yo no quiero prescindir.
-Me parece usted muy atrevido, caballero, y espero que sea lo suficientemente ocurrente como para inventarse una buena excusa cuando usted acuda a esa ópera solo.
-¿Opera? En absoluto, señorita, es ballet lo que estrenan mañana, y uno que promete mucho.
-¿Ballet? –Dijo Madeleine decepcionada, siempre hubiera deseado que el primer gran acontecimiento que presenciase sería una gran ópera a la que acudiesen los personajes más importantes de la ciudad, y donde hubiese podido lucir un elegante vestido, aunque sabía que eso no era más que un sueño.
-¿Ballet? Dicho de esa forma parece que le decepcione, señorita Kensington.
-Madeleine –le interrumpió ella. Ahora que ya se había deshecho de las ilusiones ya no le importaba perder la compostura ante aquel desconocido. – Por cierto, todavía no sé quién es usted, pensaba que su interpretación en la puerta de la embajada no había sido más que un osado atrevimiento, pero veo que no era osadía, sino descortesía.
Henry se quedó parado, literalmente, ante tan duras palabras. Soltó el brazo para recogerlo de nuevo por la punta de los dedos de la mano, y en un elegante gesto recogió el cuerpo e hizo el gesto de besársela, ante el consiguiente rubor de Madeleine que no podía creer que aquel hombre la ponía en evidencia en medio de la Rue Rivoli.
-Comandante Henry Ward, de la Marina de Su Majestad el Rey Eduardo VII.
-Encantada, comandante pero,…-se precipitó a responderle rápidamente Madeleine para salir de aquella embarazosa situación.
-Henry, llámeme Henry.
-Pues bien, Henry, creo que aquí comienza y acaba nuestra presentación, y yo de usted aprovecharía lo que le queda de tarde para conseguir una acompañante para acudir a ese…ballet.
-Ese… ¿Ballet? –Respondió Henry arqueando las cejas- Ese ballet como dice usted en tono despectivo, es el estreno de la obra más esperada del año. El músico más de moda del momento, ¿no ha oído hablar usted de un ruso llamado Igor Stravinsky?
A Madeleine le sonaba el nombre, y con un gesto en su boca hizo las veces de apreciarlo.
Henry, más satisfecho ahora, siguió vendiendo la cita.
-Pues Monsieur Dyagilev, un empresario ruso, ha traído todo un ballet nuevo a Paris, con los mejores bailarines, músicos y decorados del momento. Acudirá a la Grand Opera lo más refinado de Paris, el alcalde, los políticos, empresarios, diplomáticos, nobles y las eminencias de la Iglesia, ¡todo París estará allí!
Madeleine no supo ahora como reaccionar, ¿cómo iba decir que no a aquello? ¡Pero ya lo había hecho! Miró a lo lejos, intentando evitar su mirada, y empezó a andar de nuevo en dirección a la Place de la Concorde.
Henry prosiguió andando al lado de Madeleine, serio y meditabundo.
-No conozco a Monsieur Dyagilev, pero sí a un crítico amigo suyo que me presentaron un día, Monsieur Brussels –a Madeleine le parecía imposible que siguiese insistiendo- y claro, si todo París está allí y usted no puede acudir… deberé advertirle a tiempo, para que pueda suspender la función hasta que usted acepte una invitación para ver la obra –volvió a levantar una ceja mientras una mirada de reojo y una sonrisa intentaban convencer a Madeleine.
Ella no se pudo aguantar y dejó escapar una risa.
-¡Bien! Por fin avanzamos. Veo que mi puesto en la embajada no corre tanto peligro, estaba empezando a preocuparme si mañana el embajador descubría que mis dotes diplomáticas no habían bastado para convencer a una dama como usted a que aceptase una invitación para la Grand Opera.
Madeleine volvió a reír. Acababa de aceptar la invitación.
Por la noche empezarían los problemas, no tenía qué ponerse.
Hoboken, New Jersey. 22 de noviembre de 1910
El diminuto punto de luz en el horizonte no era mucho más brillante que la luz de una farola vista a distancia. Pero aquel fulgor era permanente, tenaz, y resaltaba sobre la nieve que cubría todo el llano hasta el horizonte. Su brillo parecía aumentar con cada segundo que pasaba, y los que lo observaban sabían que dentro de poco sería lo más brillante que viesen sus ojos.
Cualquiera que hubiera estado cerca de aquella luz hubiera observado cómo de ella salían diferentes destellos, como relámpagos insignificantes que desorientaban a quien la mirase. Si hubiese esperado algo más, hubiera oído el fuerte y discontinuo soplido de un enorme pulmón que hacía temblar la tierra, y cuando hubiera creído que aquel monstruo de brillante ojo se abalanzaba sobre él, hubiera notado como aquella oscura y fría noche de transparente cielo y blanco suelo, que permitía ver las estrellas como nunca, se hubiera enrarecido rápidamente por el vapor de agua que expulsaba una veloz caldera sobre ruedas.
Hubiese agradecido cómo aquella cálida nube de agua calmaba la cara aterida por el intenso frío, pero sólo el tiempo necesario para darse cuenta que tras la calidez de aquel manto venía la negrura de la carbonilla, y que el agua rápidamente cristalizaba sobre su piel haciendo que ésta se tensase de nuevo bajo la punzada de miles de cristales de hielo en que se convertía el vapor con la vuelta del incesante frío del invierno. Por un momento sus ojos hubieran visto como aquel punto de luz ahora cercano, se convertía en una difusa luz que iluminaba el interior de aquella nube artificial, para romperse en cien mil destellos a través de diminutas gotas de hielo, y desaparecer poco a poco cuando el monstruo hubiese pasado, y se hubiese llevado con él la luz, la nube y el calor.
Aquél era el último tren, y llegaba mucho más tarde que los demás. La estación estaba desierta, cierto que no se había utilizado mucho en los últimos meses, pero nunca había estado tan vacía, y al mismo tiempo tan llena, como lo estaba aquella noche. Los cuatro trenes habían llegado por separado. Cuatro máquinas que arrastraban uno o dos vagones como mucho. Cuatro trenes privados que habían llegado con el máximo secreto, y con la estación cerrada, oculta a miradas curiosas. La nieve se amontonaba a ambos lados de la vía, una nieve tan blanca como el vapor de agua que expulsaba el recién llegado por la chimenea. Los asistentes de los pasajeros bajaron y empezaron a limpiar de hielo y nieve el andén, y se extendió una fina alfombra para evitar que quien fuera a utilizarla resbalase o ensuciase sus zapatos.
El último tren llevaba también dos vagones, uno para los pasajeros, y otro para el servicio, pero además llevaba un tercero adicional, un lujoso y amplio furgón con el interior de madera, presidido por una larga mesa de caoba negra y antiguas sillas que en su día había construido por encargo el ebanista francés De La Croix. En la pared colgaban las lámparas eléctricas que brillaban de una forma poco constante, y que dejaban ver los valiosos cuadros que decoraban las paredes del vagón. El suelo, de madera incrustada del Canadá, estaba cubierto por una gruesa alfombra traída desde Cracovia y que había sido difícil de encontrar, porque tenía que coincidir con las medidas de la sala. En cada extremo del vagón, una estufa de hierro colado calentaba la estancia, y un mueble bar, lleno del mejor coñac y champagne francés que se podía encontrar en Nueva York, estaba listo para ser utilizado.
El tren paró lejos de la estación, en un andén de intercambio, detrás de los que habían llegado antes que él. A los pocos minutos, los pasajeros de los otros trenes, siete personas, subieron al vagón.
Los camareros eran nuevos, nunca habían servido en aquel tren, nunca lo habían hecho para su dueño, y tampoco lo volverían a hacer nunca más. En cuanto sonó la señal, el tren inició la marcha de nuevo, esta vez para no regresar a casa, sino hacia Jekyll Island, en Georgia. Era noche cerrada, y se veían pocas luces a lo largo de la vía. La nieve reflejaba la luna y convertía aquellas húmedas tierras en un paraje frío y desértico. Desde el exterior sólo se podía ver la luz frontal de la máquina tractora, y las diez ventanas del último vagón, que aunque tenían unas gruesas cortinas de seda y lino que protegían la discreción de su interior, dejaban ver que había luz y vida dentro de aquella gran caja con ruedas. El resto de vagones estaba a oscuras.
Las conversaciones se iniciaron durante el mismo viaje, en aquel vagón. La frialdad del momento se rompió con una copiosa cena, y poco a poco la tensión fue relajándose hasta el punto final, los licores. Al llegar a su destino, una lujosa mansión preparada para continuar la reunión, los principales puntos de debate ya se habían resuelto.
Valoraron el sistema que habían creado para conseguir que los bonos del Presidente Grover Cleveland fluctuasen a su voluntad e interés. Y se repartieron los beneficios de tal ingenioso convenio.
Debatieron sobre el reparto del mercado del ferrocarril, del petróleo, de los seguros y del acero, y discutieron cómo conseguir que fueran ellos mismos quienes defendieran el sistema financiero americano, y sobre todo hicieron especial énfasis sobre el control de la bolsa. Tenían que impedir que el gobierno impusiese un sistema de intervención y vigilancia. La solución fue fácil, uno de ellos sería el principal crítico del actual sistema, y propondría un mercado controlado por un árbitro, quizás por el estado, mientras que al mismo tiempo el resto de asistentes defenderían la libertad de mercado. Así tendrían controlados los dos lados, y permitirían que el actual sistema durase unos años más.
Pero la reunión no acabó ahí.
-No querría que finalizásemos esta reunión sin plantear un último tema –dijo el organizador.
Todos le miraron callados. Hasta ese momento todos los puntos estaban previstos en el orden del día, todos los asistentes se habían preparado la reunión a conciencia, se jugaban mucho en aquella mesa. No les gustó que apareciese un imprevisto.
-Me ha llegado cierta información sobre una investigación que se está realizando en Europa.
- ¿Una investigación? ¿Sobre alguna de nuestras actividades?
-No, no –se apresuró a corregir el ponente- es un proyecto industrial, una especie de invento, algo que si tiene éxito nos podría hacer mucho daño.
- ¿Qué es? ¿Un arma?–Preguntó el mayor de todos, en un tono resuelto. A no ser que tuviese un uso militar, un invento era un simple aparato mecánico. Por muy bueno que fuese no podía ser muy importante.
El ponente explicó el proyecto, con el máximo detalle posible. Sobre todo hizo hincapié en quién era el investigador, ello era lo preocupante, porque le daba credibilidad.
-Sé que es difícil creer que un proyecto así tenga éxito –acabó explicando- pero mi informador estaba convencido de que ese ingeniero lo acabaría.
-¿Está investigando solo? –Preguntó un tercero.
-Hasta ahora no, tenia un ayudante, pero… ha tenido un... accidente, cuando regresaba a casa… después de informarnos. –Las pausas mientras hablaba no aclaraban nada, más bien convertían el asunto en algo turbio. En el fondo, era lo que quería decir. - Por eso sabemos que es algo serio.
-Si eso funciona nuestras acciones no valdrán un penique. –Dijo el banquero, él era quien más había invertido en el sector petrolífero, y no solo eso, muchos de sus clientes también lo habían hecho.
-No es sólo eso. Sé que hay países que quieren comprarlo, y pagarán lo que sea por ello. Si un país europeo se hace con la patente, no sólo estaremos en desventaja por el petróleo, sino en toda la industria, la banca, los transportes, las materias primas… todo.
-Incluso militarmente –murmulló un asistente, hundido en su sillón.
-¡Comprémoslo! –Dijo resueltamente otro de ellos.
-No es fácil, ni siquiera sé si está a nuestro alcance. Competimos contra la tesorería de los países más ricos del mundo.
-Pues robémoslo, o eliminemos a ese desgraciado. –Dijo otro, seria y despectivamente.
-No conseguiremos nada con eso –dijo el anterior- volverá a trabajar en ello si pierde su trabajo, y no podemos saber seguro si alguien más sabe algo de esa investigación. ¿No es así? –Dijo dirigiéndose al ponente.
-Así es. Pero no es una mala idea. Aunque lo mejor será esperar a ver si tiene éxito. No vale la pena hacer nada hasta entonces, ¿para qué arriesgarnos si no es necesario?
Todos estaban preocupados, y aunque siguieron varios comentarios tranquilizadores, sugiriendo calma y tiempo, la inseguridad de aquella noticia volvía abrumadoramente sobre sus cabezas, y con ella los nervios.
Discutieron sobre si era un peligro real o no, sobre cómo actuar, sobre si debían esperar o no. Pero después de mucho discutir, volvieron al punto de origen. No podían hacer otra cosa, debían esperar.
Esperarían hasta ver si ese proyecto se convertía en realidad, y si lo hacía, valorarían si para entonces seguía siendo una amenaza para sus negocios.
Pero si eso ocurría, tenían que actuar. ¿Y qué hacer en ese caso? Lo tenían que dejar claro desde el principio.
-Se me ocurre algo que nos permitirá hacernos con ese trabajo. –Dijo el más joven.
Todos le miraron. Habían discutido sobre muchos temas y siempre había aportado una solución imaginativa para cada uno de ellos. Era un hombre con recursos, y muchos contactos…
-Habéis discutido sobre la necesidad de crecer en Europa. De hacernos con algunas compañías en alguno de esos países, bancos, compañías de seguros, navieras, fundiciones... Y todos estáis de acuerdo que la frenética carrera de armamento en que está incurso todo el mundo, incluido nuestro país, nos está haciendo de oro.
Los demás asintieron haciendo que en la habitación sonase un murmullo, mientras agitaban pausada y rítmicamente sus anchas copas de coñac.
-Bien, pues hagamos que alguien solucione el tema por nosotros. Alguien de allí, alguien que sea capaz… digamos… de calentar aún más el ambiente de guerra. Eso nos arreglaría el problema, nos haría ganar más dinero, y nos ofrecería una estupenda ocasión para efectuar compras a precio de ganga.
-¿Cómo? –Preguntó el organizador.
-Ningún país puede robarlo para nosotros, pero sí algún grupo revolucionario, o en la oposición de cualquier gobierno. Tendríamos todo, el invento, por un lado, y el control sobre la situación en el otro.
-¿Control?
-¿No lo ve, caballero? –El joven se levantó, paseando por la sala sonriente, pavoneándose ante sus rivales, y compañeros- Con esa información conseguiríamos más tensión en Europa, y venderíamos mucho más. Pero lo mejor es que controlaríamos la tensión que se generaría, podemos decidir dónde y cuando crearla. En Inglaterra, Francia, Alemania, Austria... Podremos generar mayor necesidad de armamento y material allí donde tengamos mayor facilidad de introducirnos, y podremos generar mayor incertidumbre y tensión allí donde queramos comprar... y conseguiremos lo que queramos a precio de ganga, ¡Un país entero si nos lo proponemos!
-¿Y cómo encontramos algo... o alguien capaz de hacerlo?
-¡Y que sea de confianza! –Añadió otro.
El joven volvió sobre sus pasos hasta su sofá, se sentó lentamente y se reclinó en él, satisfecho, cruzando las piernas al estilo europeo, y aspirando orgullosamente el puro que ardía entre sus dedos, saboreando el placer de ver cómo las miradas de aquellos poderosos caballeros se deshacían en ganas por conocer lo que sólo él sabía.
Y se regodeó en su silencio, dejando que los demás se muriesen ahogados en sus ansias de poder.
-¿Conoce a alguien en el Departamento de Estado que haría eso por nosotros? –Preguntó asombrado uno de ellos. Tenía que ser eso, ¡ese silencio decía lo que no podía decir!
-Nuestro gobierno no tiene que enterarse de nada. –Se apresuró a decir con calma. –Será mejor para todos.
-¿Entonces?
Entonces se desinfló, empezando a hablar como quien ha probado un buen vino y da su opinión sobre el gusto que le dejó en el paladar.
-Conozco a un importante hombre de negocios del Oeste. Ha viajado mucho por Europa y estoy convencido que podrá hacerse con los servicios que necesitamos. De hecho, conozco a muchos de sus contactos, y sé que puede hacerlo.
-¿Quién es ese hombre? ¿Es de confianza? ¿Lo conocemos? –Preguntaron todos los asistentes al unísono.
-¡Caballeros! –Se apresuró a responder el joven – ¡estamos en familia! Por supuesto que le conocen todos ustedes, capaz de moverse en las más altas esferas… y en cualquier remoto lugar de la vieja Europa. ¿No lo adivinan? Pues es uno de nuestros socios del Oeste. Sólo hace falta que definamos en este momento... quienes van a ser nuestras presas. Del resto, ya me ocuparé yo.
Cuando acabó la reunión, todos tenían su tren esperándoles. Listo para llevarles de nuevo a sus casas, o preferiblemente a sus trabajos, su verdadero hogar.
Poco a poco fueron bajando, preocupados pero satisfechos. Y nadie les reconoció.
El primero fue el Senador Nelson W. Aldrich, luego le siguieron Henry P. Davison, Charles D. Norton, y Benjamin Strong, de J.P.Morgan, tras ellos se marchó Paul M. Warburg , de Kuhn, Loeb & Company, y el último, acompañado de representantes de las familias Rothschild y Rockefeller, fue Frank A.Vanderlip, del National City Bank of New York. Quizás, en la sombra, las personas más influyentes del mundo.
Paris, mayo de 1911
Había pasado casi un año desde que Madeleine había aceptado aquella invitación para el ballet de Stravinsky, el estreno de El pájaro de fuego, y todavía recordaba con cariño aquella velada.
La obra había sido todo un éxito, los bailarines y los músicos fueron aplaudidos al final de la obra durante interminables minutos, la gente habló durante meses de la representación y de quien había asistido a la misma, y Madeleine estuvo exultante envuelta en un vestido de satén rojo que la había convertido en el centro de numerosas e indiscretas miradas.
Y tras aquel ballet vinieron Shumann, Borodin, Rimsky-Korsakov, vieron a Nijinsky interpretando Scherezade, fueron a ver juntos cuantos muesos encontraron en la ciudad de los monumentos, e incluso acudieron a algún acto político juntos. Eran la pareja siempre unida.
Henry le había dado todo lo que ella buscaba. Una vida en París llena de actos sociales, donde podía codearse con condesas y marquesas, con esposas de diplomáticos y con millonarias, y además no tenía que avergonzarse de ser una empleada diplomática, más bien lo contrario. Era una mujer moderna, que creaba controversia allí donde iba, y lo sabía, pero eso era lo que pretendía. Madeleine quería llegar alto, quería que todos la envidiasen y además quería hacerlo sola, sin necesidad de nadie ni tener que agradecérselo a nadie. Por eso Henry era una figura ambigua para ella.
Él la había enseñado a moverse por aquellos círculos, a sentirse no como una intrusa, sino como la reina del baile, porque ella era lo que quería ser. Siempre le repetía lo mismo.
“Tu no distingues a una condesa por su vestido ni su sombrero, ni tan siquiera por la forma en que se mueve ni como baila, ni por el coche que la lleva al baile, ni su casa. Una condesa será vista como quien es por todo el mundo, porque ella sabe que lo es, y solo con saberlo, ya lo transmite”.
Así que Madeleine debía creerse que era alguien, la estrella, la reina de las condesas y la persona con mayor futuro diplomático en la embajada británica.
Pero la realidad era otra. No dejaba de ser una funcionaria diplomática y de muy bajo nivel, y las posibilidades de salir de aquel agujero eran mínimas.
Podía haberle pedido a Henry que la sacase de allí, que la llevase con él a un nuevo destino y olvidarse de todo, pero ella quería hacerlo sola, y además Henry nunca le había insinuado nada sobre su futuro. Ni una sutil sugerencia, ni una declaración. Y sin embargo se querían.
Henry la adoraba, era la criatura más bonita, más viva y con mayor carácter de todas las que había conocido, y habían sido muchas. Acercándose a los cuarenta un hombre suele ser menos exigente en cuanto al tipo de mujer que busca, y además no busca el mismo tipo de mujer que buscaba a los treinta años. O al menos eso decían sus compañeros, pero el encontrar a Madeleine le había hecho rejuvenecer más de diez años, le había dado energía, le había dado fuerzas y ganas de disfrutar de la vida más allá del deber de su absorbente trabajo. La había cuidado como una niña, inocente al principio, y eso le había divertido. Era como enseñarle a una escolar que la ciudad no es sólo ir de casa al colegio y del colegio a casa, y aquello le divertía.
Era la joven más bonita de toda la ciudad. Ninguna otra se contorneaba como ella, ni tenía el pelo de color oro tan brillante y suelto, y ninguna tenía la piel tan fina, blanca y suave, ni unos ojos azules transparentes como el alma de un ángel. Madeleine hacía girar las cabezas de muchos parisinos, y lo sabía, y además le gustaba coquetear con aquellas miradas, y ser fría y dura con los hombres. Henry no se sentía inseguro ante aquella frialdad, Madeleine no conseguía reprimir continuas atenciones hacia él, y le transmitía, sin ella darse cuenta, un calor y una confianza que cada día les acercaba más.
Se preguntaba hasta cuando iba a durar aquello. El nuevo destino que tanto le habían prometido fuera del circuito diplomático estaba por llegar, y ya era hora de recibir un mando en el mar, y quizás con él un ascenso. Era lo que más deseaba, volver a sentirse útil en su trabajo, estar allí era perder el tiempo.
Pero no sabía qué hacer con Madeleine. Sabía que algo le impedía regresar a Inglaterra, que no aceptaría volver con él, que aun tenía que hacer algo, y sabía que el tiempo se les acababa.
Aquello no avanzaba, y Madeleine lo sabía. Las pocas tardes que se quedaba sola las dedicaba ahora a meditar sobre ella y Henry, y sobre cuales serian sus siguientes pasos, y para ello no hacía otra cosa sino pasear por la ciudad.
La primavera en París es algo inolvidable, Madeleine solía hacer siempre el mismo recorrido. Salía de la embajada e iba hasta el Louvre, donde alguna vez se detenía a entrar. Desde allí y tras pasar la Rue Rivoli subía por la Avenue de la Opera hasta el lugar que tan buenos recuerdos le traía, la Grand Opera. Y desde allí bajaba por el Boulevard des Capuchines y el Boulevard de la Madeleine hasta la plaza que llevaba su nombre. Allí se sentía a gusto.
Podía ver a lo lejos el edificio de la Opera, escondido entre los poblados y enormes árboles que floridos mostraban el brillante verde de sus hojas que no podía ocultar los blancos pétalos de sus flores.
Los tranvías de madera blanca y marrón se movían torpemente al son de los trompicones que sus caballos le daban, esquivando las farolas que surgían desde la empedrada calzada y asustados por la bocina de algún sonoro coche y de algún transeúnte que valientemente intentaba cruzar la avenida entre tanto y tan diverso vehículo.
Allí solía descansar en las escaleras de la Iglesia de la Madeleine, donde a menudo esperaba a Henry. El panorama desde allí de la Rue Róyale era espléndido. Justo delante suyo por encima de la verja que rodeaba el perímetro de la iglesia, se elevaba un pequeño reloj en un poste de forja que le servía de referencia sobre lo mucho que tardaría Henry, y mientras observaba cómo pasaban las parisinas, ataviadas con sus coquetos y pequeños sombreros de toca, incluso con alguna exótica pluma saliendo de ellos. Las pocas mujeres que se veían por la calle se desenvolvían con agilidad bajo las anchas faldas y los estrechos corsés de aquellos aparatosos vestidos eduardianos, aunque ya se veían muchas de ellas con vestidos mucho más rectos y sin corsés. Para ella, como para todas las mujeres, aquello significaba la liberalización definitiva, y no el poder ir a trabajar.
Henry llegó puntual, como siempre. Se bajó del tranvía de un salto. Era un hombre si no elegante, por no ser parisino, de porte noble. Ni siquiera para el salto había abierto el brazo con el que sujetaba el ejemplar de La Gazzette de France que siempre llevaba consigo, y no tuvo que hacer ningún movimiento extraño para sujetar el bombín que le tapaba del sol.
Era un hombre atractivo. De aspecto fornido y de talla media, era un hombre que si quisiera pasaría desapercibido allí donde fuera. Llevaba un peinado vulgar, con el negro pelo aplastado hacia atrás en los laterales dejando ver las pequeñas entradas que acompañaban a su edad. El firme mentón y la cuadrada mandíbula no eran sino expresión de la rectitud y firmeza de su carácter, y sus ojos marrones podían ser tan duros e impenetrables como cálidos y fogosos.
En cuanto la vio, alegró su mirada, apretó el paso y en dos zancadas se subió a la acera, a tiempo para esquivar un pequeño Peugeot que intentaba demostrar que era más rápido que el carro de fruta que subía por la calle.
-Buenas tardes, princesa –Henry siempre la saludaba así, mientras le ofrecía una mano para ayudarla a levantarse y con la otra se levantaba el sombrero. Quizás fuera porque sabía que ése sería su gran sueño, o quizás porque él se sentía casi el rey del mundo con ella, y ella era su princesa.
-Buenas tardes Henry –le saludó ella. Tenía la sensación de que era otro día más, quizás un paseo y un té, quizás un museo y una cena, quizás solo leer un libro en casa. Pero eso no era ninguna desilusión para Madeleine, sorprendentemente, eso la hacía feliz.
-Había pensado en irnos a comer a algún lugar tranquilo, tengo ganas de no encontrarme a nadie ni recordar ningún problema, sólo estar contigo.
Algo pasaba.
Madeleine accedió contenta, sin preguntar. Estar al lado de aquel hombre la hacía feliz, y aunque sabía que no era todo lo que quería le había dado mucho en aquel último año. Fueron a uno de los modernos restaurantes con una gran cocina en la parte posterior, y se sentaron en la ventana ya desprovista de cristal para poder gozar de la brisa primaveral.
Pidieron sus platos y brindaron. Madeleine esperaba pacientemente que Henry le explicara algún problema en su trabajo, cosa que si lo hacía, es que no tenía importancia, y si no lo hacía, es que era confidencial e importante, y solía pasarse la comida, la misma que había preparado para hablar con ella, en silencio.
Sin embargo hablaron, hablaron del verano, de los planes que tenían en sus trabajos, y de si podían hacer algo juntos. Hablaron de pequeños chismorreos en la embajada, y también de algunos de los que corrían por París. Y de repente Henry se lo preguntó, sin dejar de mirar al plato.
-Nunca me has hablado de tu infancia en Inglaterra, es como si nunca hubieses vivido allí y no tuvieses familia. ¿Es que no deseas regresar nunca?
Madeleine siguió comiendo sin levantar la mirada.
Era verdad, nunca le había hablado de su pasado, ni de porqué estaba allí, ni lo que quería. Sin embargo Henry sí le había hablado de su pasado, de lo mucho que se había esforzado para entrar en la Academia Naval, y de sus primeros destinos sin importancia, de cada uno de sus ascensos y de sus ilusiones. Le había hablado de su sueño de llegar algún día a ser el comandante de un gran navío, o de hacer una gran misión para su país. Sin embargo ella no le había contado nada. Se habían limitado en aquellos meses a vivir con curiosidad la alegría de cada día, pero sin plantearse un futuro.
Tragó la última cucharada, apoyó la mano sobre la mesa y miró por la ventana.
-Tienes razón, Henry. Nunca te he contado nada.
Hizo una pausa, y él no la interrumpió.
-Nací en un pequeño pueblo del sur. Ya sabes, mucho sol, mucha tierra y poca gente.
Le costaba seguir hablando.
-Mis padres trabajaban para un potentado noble, -miró a Henry con una irónica sonrisa- con su mansión, sus tierras, su ganado y sus jardines. Y mi padre se encargaba de cuidarle todo aquello, era una especie de capataz, o jefe de jardineros, o cualquier cosa. Se encargaba de todo, y mi madre le ayudaba con las sirvientas, y la cocina. Casi no tenía tiempo para cuidarme a mí.
-¿No tienes hermanos? –Preguntó Henry, más por aliviarla que interesado en la respuesta.
Madeleine agitó la cabeza, luego dudó y levantó un hombro.
-No, pero no crecí sola. –Hizo una nueva pausa- cuando yo tenía seis años mi madre murió. Nunca me dijeron de qué. Entonces la familia de la casa decidió que mi padre no podía criarme solo, y además ellos necesitaban a alguien que jugase con su hija pequeña, que tenía más o menos mi edad.
Así que crecí con aquella niña, que fue casi mi hermana durante muchos años. Jugábamos y montábamos a caballo juntas, incluso teníamos la misma institutriz que nos enseñaba lo mismo. –Rió por un momento- de hecho me lo enseñaba a mí, porque ella era bastante distraída y yo se lo tenía que explicar todo de nuevo día tras día. Siempre he sabido que por eso el Conde dejaba que nos criásemos juntas y por eso aceptaba que yo tuviese la misma educación que su hija.
-Siento lo de tu madre, -dijo Henry- pero a parte de eso no parece una infancia muy infeliz.
Madeleine le miró por primera vez desde que había empezado a hablar.
-Pero aquella niña noble creció, y llegó la época en la que había que presentarla en sociedad, y a mí no. Y había que darle una educación de adolescente noble, ya sabes, bailes, cenas, música, cultura… y yo no podía… no debía tener la misma educación. El Conde me enviaba a casa con mi padre cada vez que tenía lugar un acontecimiento social, cuando su hija recibía un trato especial, y todo ello entre mis lloros y los de quien para mí era mi hermana. Y Padre no pudo aguantar tanto lloro y tristeza. No fui lo suficiente fuerte como para ocultar mis desgracias a padre.
Henry puso una mano sobre la de Madeleine.
-Y por eso padre pidió al Conde que me dejase viajar a la ciudad para recibir allí una educación, y el Conde no lo permitió, porque su hija seguía necesitando una acompañante, y ayuda. Y padre insistió, tanto que al final el Conde le amenazó que si lo hacía le despediría a él y no se podría llevar nada de allí.
Madeleine empezó a llorar.
-Padre era un esclavo de aquel hombre, y todo por mí. Yo sabía que no haría nada porque se arriesgaba a quedarse en la calle y conmigo a su cargo, y yo no podía permitirlo.
-¿Y qué hiciste?
Madeleine tomó de nuevo los cubiertos y volvió a introducirlos en el plato.
-Me escapé. Leí un anuncio en uno de los periódicos de casa del Conde en el que solicitaban gente para un puesto de mecanógrafa en el Foreign Office, y allí me fui. Supuse que escribir a máquina no sería mucho más complejo que tocar el piano, y de hecho así es.
Empezó a comer de nuevo.
-¿Y por eso no quieres volver?
-Me juré que cuando volviese sería alguien, que sacaría a mi padre de allí, que le demostraría a aquel carcamal de noble que no es nadie, que mi padre y yo sí lo somos porque nos lo hemos ganado.
Los dientes le crujían al apretar las mandíbulas de rabia.
-¿Has vuelto a ver a tu padre?
Madeleine dejó de comer de nuevo por un instante, luego siguió.
-No desde entonces, de vez en cuando le escribo para que sepa que estoy bien, pero no le digo donde estoy.
-Tu padre se sentiría orgulloso de ti –le reconfortó Henry.
-¿Porqué? ¿Por ser una mecanógrafa en Paris? Tanto da donde esté, Henry, no te engañes. No soy una diplomática, soy una mecanógrafa de pueblo con la cultura de una niña rica, y por mucho que me esfuerzo no salgo de aquí, y tengo que salir… sola.
Henry lamentó habérselo preguntado. Acababa de darse cuenta que él no pintaba nada en su vida.
Durante la semana siguiente se vieron con mucha menos frecuencia. Madeleine no sabía si como consecuencia de aquella comida, o porque Henry estaba ocupado. De cualquier forma no le venía mal, porque el baile de verano de la embajada se avecinaba, y necesitaba tiempo para prepararse su propio vestido, porque para vestir de forma adecuada en cada uno de los acontecimientos a los que acudía, debía arreglarse ella misma los vestidos que quería ponerse.
El baile fue en la sala de actos de la embajada. En el jardín se instalaron unas carpas con músicos y bebidas, mientras que la banda principal y la sala de baile se situaron en la misma sala.
El acto era uno de los más importantes del año, y allí acudía todo el mundo que valiera la pena en la ciudad, sobre todo para los ingleses. Era la primera vez que Madeleine acudía, de nuevo, gracias al hecho de ser la acompañante de Henry, aunque no fuera su prometida.
El vestido era un largo vestido negro y ceñido, medio transparente sobre todo en los brazos y hombros, y adornado con dibujos de plantas y flores orientales, y un largo collar de perlas blancas que hacía juego con la blanca pluma que salía del turbante que adornaba su cabeza. Estaba fantástica.
Henry llevaba su uniforme de gala, orgulloso de todas las medallas o marcas que tenía en su pecho, y que Madeleine no sabía qué significaban.
Bailaron y rieron con los amigos de Henry de la embajada, y también con los conocidos que habían hecho durante tantos eventos en la ciudad. Pero Henry estaba distante, y a menudo debía ausentarse para hablar con Sir Francis, el embajador.
Entonces tocaron su canción preferida, y Henry supo que era el momento. Se disculpó y fue a buscarla, y allí estaba ella, esperándole. Henry estiró el brazo invitándola a bailar, y ella aceptó. Bailaron el vals con soltura, con cariño y muy compenetrados, y Henry supo que aquél era el momento en que debía pedírselo. O se lo pedía entonces, o sino sería demasiado tarde, porque le acababan de destinar a Londres. Apretó la mano en el bolsillo de la chaqueta y pudo comprobar que la caja con el anillo de compromiso seguía allí.
Pero no podía, sabía que si se lo pedía y ella accedía, rompería todas sus ilusiones, y además no podía pedirle que renunciase a todo para seguirle a él. ¿Y qué vida podía ofrecerle? ¿Tenerla en casa esperando tras cada viaje?
Además estaba seguro que ella no aceptaría, su orgullo le impediría volver a casa sin ser nadie.
Minutos más tarde el vals se acabó. Todos aplaudieron y Henry acompañó a Madeleine hasta el jardín.
-No me andaré con rodeos, Madeleine. Me han destinado a Londres.
Aquello fue el fin. Madeleine supo que él no se lo iba a pedir, pero también sabía que ella no hubiera accedido, y él lo sabía. Y allí se iba el amor de su vida.
Pasaron los meses en París, y Madeleine volvió a su rutina diaria. Henry se había ido, pero le había dejado un gran amor por sí misma, no volvería a ser aquella mecanógrafa de pueblo escondida en su habitación y su mesa.
Salía con más amigas, y con esposas de diplomáticos. Acudía a otros eventos sociales, al teatro a comidas.
Pero no era lo mismo, no había alegría, no había ilusión, nada de aquello la llenaba, y aquello no la llevaba a ningún sitio.
Aquello era otro agujero, uno con mucho glamour, pero lejos de casa. Sin Henry, sin proyecto, y sin futuro, se encontró sola y triste, y sabía que tenía que hacer algo.
Y fue entonces. Fue entonces cuando se le acercó aquel amable diplomático alemán que en muchas ocasiones les había acompañado a aquellos conciertos, y fue él quien le sugirió que pidiese un destino en San Petersburgo, de donde venían todos aquellos músicos, bailarines y pintores. Porque era allí donde los alemanes le podían pagar una buena suma cada mes si les mantenía informados sobre todo lo que pasase por las manos de la embajada británica.
Y Madeleine, llena de rabia hacia los que no eran de su clase, hacia los que oprimían a su padre y se divertían en fiestas, y le negaban a ella su acceso, y hacia quienes la habían apartado de su amor, dijo que sí.
CAPITULO 1
A pesar de que las aguas del estrecho no estaban del todo en calma, el Dresden se movía bastante rápido. La noche era agitada, aunque el cielo estaba bastante despejado y se podían ver algunas estrellas, el viento del norte convertía la noche en fría y desagradable, y aquel vendaval agitaba el barco mientras luchaba por correr sobre olas de más de dos metros. Tampoco es que la velocidad del barco le importase mucho al profesor, no había ninguna prisa en llegar. A ese ritmo, llegaría a puerto en menos de tres horas, y allí le esperaba un día de descanso y compras, lejos de los problemas de casa. Pero hubiera agradecido un viaje mucho más rápido que le evitase tener que pasar la noche en el barco y evitar aquella tortuosa noche.
El profesor meditaba en la popa, apoyado en una columna y sujetando la pipa con la otra mano.
Gavrilo, que le observaba desde el balcón de la cubierta superior, sabía en qué pensaba el científico. Menos de tres horas para saltar a tierra firme, menos de tres horas para estar a salvo de sus acreedores y de quienes persiguiesen su nuevo invento, si es que de verdad lo tenía. En ese tiempo Gavrilo tenía que hacerse con lo que fuera que había encontrado aquel hombre, sino, él se quedaría sin nada, la oportunidad que le habían dado los suyos desaparecería, y los británicos se lo quedarían para siempre.
Efectivamente, el profesor pensaba que le quedaba poco tiempo para estar a salvo, él y su idea.
Cinco días en Londres era todo lo que necesitaba para solucionar sus problemas. Su ayudante Groener le había organizado la visita principal al almirantazgo, pero ni el mismo Groener sabía que allí seguramente se vería con el mismísimo Primer Lord del Mar. De hecho estaba convencido que había sido Churchill, a través de aquel mequetrefe enviado por el almirantazgo a Augsburgo quien había sugerido la reunión, y no precisamente para equipar los barcos de la marina con su motor de combustión interna, sino para descubrir y comprar su nueva invención. Había hecho descubrimientos ingeniosos, otros fantásticos, y el motor de combustión interna le había triunfar. Pero no había sido suficiente. Este último sería el que le retiraría para siempre, iba a exigir una única licencia millonaria, y nada de construir fábricas propias, nada de aguantar peleas con ingenieros simplones que siempre querían aportar alguna idea inútil, y siempre querían modificar toda la fábrica apenas comenzada la producción del nuevo desarrollo. Quería dinero, dinero y tiempo para vivir en paz el resto de sus días.
Gavrilo sabía que el viaje no iba a ser una simple venta, no se vende una idea importante, aunque él no sabía cual era, y se deja sobre la mesa a cambio de un cheque en blanco. Gavrilo sabía que el profesor iba a quedarse en Inglaterra, y dadas las circunstancias, por mucho tiempo. En los días anteriores al viaje aquel industrial había visitado varios notarios, habían salido varios paquetes importantes desde su casa en Augsburgo hacia el piso que todavía mantenía en París, cerca de donde había vivido con sus padres de niño. Todo indicaba una huida, y, o bien se iba a vender todo su patrimonio, por las deudas, o bien tenia algo preparado.
Belgrado le había enviado para actuar. Sus compañeros habían detectado todos esos movimientos, y él era el encargado de hacer algo ahora. No era normal realizar todos esos preparativos y de inmediato partir a cerrar un trato comercial importante, se hubiera esperado a la vuelta. Iba a vender el invento.
La confirmación de la acción le había llegado del mismísimo jefe del departamento de inteligencia serbio, Dragutin Dimitrijevic, a través de un enviado proveniente de Austria. Gavrilo tenía la orden por escrito, cosa extraña en este tipo de acciones, pero el sello no era el departamento de inteligencia, sino del propio Dimitrijevic y con el sello de su organización personal, la mano negra. A Gavrilo le había costado quemar aquella carta. Le dolía quemar el sello de la organización a la que tanto anhelaba acceder. Era
La confirmación de la promesa que le habían hecho: Si ejecutaba la acción tal como le habían ordenado, sería miembro con todos los honores, incluso con acceso a la escuela de inteligencia, todo un cadete militar.
Miró a su objetivo, apoyado fuertemente en la barandilla, posiblemente mareado...
El barco se zarandeó de nuevo hacia babor. Dos movimientos más así y vomitaría la cena por la borda. El profesor se aferró a la barandilla y fue deslizándose hacia proa, donde estaba la cubierta de pasajeros. No había sido una buena idea escoger un buque correo para ir a Inglaterra, podía haber tomado un tren desde su casa en Augsburgo y luego un lujoso buque de pasajeros francés que cruzase el canal desde Caláis. Pero ya le había parecido ver gente rara rondando por su barrio como para hacer este viaje a la luz de todo el mundo.
Oyó un ruido en la escalera que ascendía desde la cubierta inferior. Se giró y miró desde arriba. Nadie. Ese viejo transporte de correo crujía por todas partes, y no parecía cumplir con su anuncio en la taquilla del puerto, en el que se había podido leer que “transportaba con seguridad el correo y llevaba pasajeros con todo tipo de comodidades.”
Aun así, estaba convencido que le seguían.
Quien quisiera que le estuviese siguiendo debía saber que estaba huyendo de Alemania para vender su secreto. Un secreto muy bien guardado. ¿Quién lo podía haber descubierto? Fuera del laboratorio nadie lo podía ni siquiera sospechar, y dentro de él lo había conocido su antiguo ayudante, y ya hacía más de dos años que había muerto. Aquella extraña muerte le había hecho ser aún más cauto en sus investigaciones.
En la fábrica podrían llegar a imaginar que había evolucionado algún diseño, pero nunca nada tan importante como lo que traía consigo. En la universidad también podrían haber imaginado algún invento basado en sus continuos devaneos teóricos, pero ni el más aventajado de sus alumnos sospechaba lo más mínimo. ¿Quizás sería alguien del gobierno, alguien enterado de su marcha a Inglaterra? ¿O quizás algún inglés, precisamente para protegerle? O quizás alguien de la competencia... Pero no, estaba seguro que nadie se había enterado de sus planes. Tenía que relajarse, nadie le estaba siguiendo, y si había alguien, debía ser para asegurarse que todo iba bien.
La idea, en cambio, no le tranquilizó en absoluto.
Tenia que llegar al camarote lo antes posible, empezaba a encontrarse mal, estaba ya cansado de pasear entre tanto balanceo, y se sentía incómodamente inseguro. La barandilla estaba oxidada en alguno de sus tramos, y la pintura levantada se le adhería pegajosamente en la mano, dejándosela llena de un polvo metálico y muy húmedo. Se levantó el cuello del abrigo, mientras se sujetaba fuertemente con la otra mano. De repente una ráfaga de viento hizo que se soltara para sujetar el sombrero antes de que saliese volando, y al mismo tiempo un movimiento del barco casi le hizo caer. Se apoyó como pudo en la mura, y se animó a seguir avanzando.
Subió por unas escaleras metálicas y siguió aferrado al riel soldado a la pared, mirando hacia el suelo, poniendo mucho cuidado en no resbalar. De nuevo, otro zarandeo del barco que le hizo arquearse, anticipando un vómito.
Gavrilo esperaba el momento de encontrarse a solas con el profesor. Había llegado justo a tiempo para observarle fumando en la popa, y fue entonces cuando vio que el profesor se daba la vuelta e iniciaba el regreso a su camarote. Gavrilo no dudó. El profesor no podía volver allí, lo encontraría totalmente desordenado, con todos los cajones y las puertas de los armarios abiertos, se daría cuenta de que le habían intentado robar y daría la alarma.
No podía permitirlo, había tenido un descuido y ahora tenía que evitar sus consecuencias. Después de organizar la cena para conseguir sentarse en la misma mesa que el profesor, y tras no haber conseguido nada de información en ella, Gavrilo había ido al camarote del investigador alemán en busca de los planos o lo que fuera que guardase allí. Había abierto y buscado hasta el último rincón de todos los cajones, todos los armarios, maletas y bolsillos que había a su alrededor, incluso en los fondos de cada mueble, tras el lavabo y en cada estantería. Y no encontró ningún documento secreto, ningún sobre con planos técnicos, nada.
Le quedaban menos de cinco horas de viaje, pero sólo podría encontrarse con el profesor a solas en dos momentos: o en ese preciso instante, o después, entrando en su camarote a la fuerza, con él dentro. Pero en la cubierta del camarote habían demasiados ayudantes, demasiados marineros, camareros y seguro que algún agente inglés dando vueltas alrededor del profesor. Definitivamente, aquel era el momento, ahora tocaba acabar el trabajo. Bajó a la cubierta inferior por las escaleras exteriores, en dirección a popa, con el ánimo de encontrarse de frente con su objetivo.
-Buenas noches. ¿Todo va bien? – Inquirió una voz con acento profundo, de erres rasgadas, desde la oscuridad del barco poco iluminado.
El profesor se sobresaltó ante la inesperada voz, luego se tranquilizó al ver que no estaba solo y que alguien le ofrecía ayuda con una sonrisa.
-Buenas noches –tosió tras el susto- peor de lo que me gustaría- respondió el profesor- ¿Voy bien para la cubierta de pasajeros? Llevo ya diez minutos caminando desde popa y no me gustaría tener que dar otra vuelta en estas condiciones.