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Excerpt for Antigüedades de la Nueva España El imperio azteca a la llegada de los españoles by , available in its entirety at Smashwords

Antigüedades de la Nueva España

Francisco Hernández

Ediciones LAVP

www.luisvillamarin.com

Cel 9082624010

New York USA

ISBN: 9780463470961

Smaashwords Inc.

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Antigüedades de la Nueva España

Proemio

Libro Primero

Descripción General de las Indias

Del parto de las mujeres mexicanas y el doble baño de los niños

Del baño de las niñas

De la casa Telchpocalli

De la casa Calmécac

De los monasterios de las mujeres

Matrimonio de los mexicanos

De las leyes del casamiento

De las mujeres y concubinas de Moctezuma

De los herederos

De los esclavos

De la vivienda de los mexicanos

De la institución Teuhyotl

De la consagración de los reyes de la Nueva España

De la muerte, de las almas, de la sepultura

De la sepultura de los reyes mexicanos

Con que discursos acostumbraban a hablar a los dioses

Del senado regio congregado entre los mexicanos

Castigos y castigados por las leyes

Razones para la guerra y forma de hacerla

Cómo era la ciudad de México a la llegada de los españoles

Del clima de la ciudad de México

De las cosas admirables de la Nueva España

De la naturaleza, costumbres y vestidos de los mexicanos

De los vestidos y ornamentos que usaban en la guerra

De los mercados

Del uso de las cosas conocidas en el antiguo continente

Libro Segundo

Que conocimiento tenían del cielo y de los astros

De los médicos que llaman Titici

De la comida privada del rey y de su recorrido por la ciudad

De la comida pública del rey

Con que lo deleitaban a la hora de comer

De Nototeliztli

De los aviarios, jaulas y arsenales de Moctezuma

De la guardia de Moctezuma y los tributos que se pagaban cada año

Del templo de los mexicanos y del xerolofo

De los sacerdotes mexicanos

Del origen de la gente de la Nueva España

De la ciudad y de los reyes de Tetzcoco

De los otros reyes de Tetzcoco y otras cosas de su ciudad

Ornamentos de la ciudad tetzcocoana

Del principio de los mexicanos

De los reyes mexicanos

De los reyes de Tlatelolco

De la fiesta de Quetzalcoatl

De los cinco soles o edades

De la escritura mexicana, de la numeración y de los meses

Libro III

De los dioses mexicanos

De otros dioses y diosas

Origen del mundo y buenas obras

Lo que debe tratarse después y el cúmulo de los años

De los signos genetliacos

De la fiesta del primer mes y del segundo

De la fiesta del tercer y cuarto mes

De la fiesta del quinto y sexto mes

Del séptimo y octavo mes

Del noveno, décimo y undécimo mes

De los meses duodécimo y decimotercero

De los meses decimocuarto y decimoquinto

De los tres meses restantes

De las fiestas movibles

De la astrología inventada por Quezacoatl

De otra muerte voluntaria de los sacerdotes

Del ayuno teoucanense

De la fiesta de Quetzalcoatl

De una gran fiesta de Texcalla

De la ciudad de Texcalla



Proemio

A Felipe II, óptimo máximo, rey de las Españas y de las Indias

Aun cuando me hayas comisionado tan sólo para la historia de las cosas naturales de este orbe, sacratísimo rey, y aunque el cargo de escribir sobre antigüedades, pueda considerarse como que no me pertenece, sin embargo, juzgo que no distan tanto de ella las costumbres y ritos de las gentes porque aun cuando en gran parte no deban atribuirse al cielo y a los astros, puesto que la voluntad humana es libre y no está obligada por nadie sino que espontáneamente ejecuta cualesquiera acciones, todavía los más doctos de los filósofos opinan que hay concordia entre el alma y el cuerpo y mutua correspondencia entre el cuerpo y los astros; de modo que muy a menudo haciendo a un lado lo honesto y lo justo, sigamos las afecciones del cielo y del cuerpo y rara vez se encuentran quienes en contra de esos impulsos y de esa fuerza resistan firmes y tranquilos.

Lo más difícil y que más me apartaba de este trabajo, es que sean los ritos de estas gentes tan varios e inconstantes, que apenas algo firme y continuo pueda trasmitirse y que esto mismo apenas pueda arrancarse a estos hombres, porque o cuidándose ellos mismos u odiándonos a nosotros, esconden en arcanos lo que tienen conocido e investigado, o porque olvidados de las cosas de sus mayores (tanta es su rudeza y desidia) nada puedan contar de notable.

Pero yo, considerando la historia para la cual trabajo con empeño por tu clemencia y liberalidad y que sin esta parte no puede ser considerada concluida en todos sus números y buscando la claridad y recreo para los nuestros que viven en este mundo, y lo que es más, el esplendor tuyo y la conveniencia de estos indios, para la cual consideraba de importancia que conocieras sus ritos y costumbres, me apliqué con cuanto esmero pude y cuidado para que no se considerase que había yo faltado completamente a esta parte y que no había echado algunos fundamentos a una fábrica que tal vez dilataré y aumentaré en los días futuros.

Entretanto, recibe, sacratísimo Felipe, esta semilla de historia, cualquiera que sea, trasmitida, sí no con la facundia que conviniera al menos con la que fue dada por mi fe y afecto no común hacia tu Majestad; cuyo amplísimo imperio en gracia de la república cristiana, Cristo Óptimo Máximo, Señor de todos, se digne proteger y conservar largos años.


Libro primero

Capítulo I

Descripción general de todas las Indias

Esta cuarta parte del orbe, desconocida de casi todos los antiguos y abierta por fin en nuestra edad bajo los auspicios de Carlos César, se divide en Indias Occidentales Superiores e Inferiores. Casi a la mitad se angosta de tal manera en un istmo, que poco falta para que esté partida en dos, y de allí se extiende a lo largo y a lo ancho por el sur y por el norte. El Istmo, no desemejante a un brazo, vuelto hacia el oriente y viendo por su lado oblicuo la parte superior del sur, avanza entre el Océano Ártico y el Austral.

En la parte en que empieza es muy ancho, pero más adelante, aproximando sus litorales, desciende suavemente hasta cierto punto hacia el sur. Enseguida, torciendo hacia el oriente equinoccial, casi con el mismo ancho, procede por un largo espacio. Después de un tracto más largo, durante el cual busca más bien el sol naciente, se hace más angosto y donde es más delgado se le adhieren las Indias Inferiores, semejantes a una pelta amazónica.

Dos, aun cuando pequeñas, sin embargo, celebérrimas ciudades, tienen allí su asiento mirando a mares diversos; "Nombre de Dios" al ártico, la cual puedes llamar y Panamá al Austral, distante entre ellas setenta y dos millas.

Esta es la anchura mínima del Istmo, pero la máxima es de mil millas desde Colima, la cual está a veinte grados de latitud, hasta el río de las Palmas, cuya desembocadura está a medio [grado] más remota de la línea equinoccial que lo que está de esta línea la línea estival. Las Indias Superiores, entre el oriente y el ocaso, se enfrentan a Asia y a Europa y tanto se extienden entre éstas cuanto el Promontorio Frígido de la región del Labrador dista de la Sierra Nevada de la Provincia de Quivira, a saber seis mil y novecientas millas según la opinión vulgar. Y la Sierra Nevada está a cuarenta grados del círculo equinoccial y el Promontorio Frígido sesenta y uno y cuarto más o menos.

Por donde más se inclinan al ocaso, por donde principia su lado occidental, proyectan al sur el promontorio de California, poco menor que Italia. La costa de éste no está dividida como la de aquélla por varios salientes, sino que acaba en un solo promontorio bajo el trópico estivo, opuesto al promontorio de Corrientes en la provincia de Jalisco.

Entre estos dos promontorios está comprendido, semejante al Adriático, el Mar Bermejo, más largo que él (como que desarrolla de costa trescientas veinte millas), pero un poco más angosto. En la parte más interior del Seno penetra el río Miraflores (mayor que el Po), llamado de los Estuarios, que descarga los ríos Axa, Tetonteac y Tigua. El lado que ve al sur se opone al Océano Ártico y al Austral.

Por donde la baña el Ártico y lleva sus litorales hacia el norte, opuestos a los litorales de las Indias Inferiores, no se adelanta más al Oriente que las Inferiores y están limitadas ambas casi por el mismo círculo meridiano.

Entre uno y otro litoral penetra el Océano Ártico, y mientras más se adelanta hasta el ocaso (porque los litorales poco a poco se juntan) se hace más estrecho y en la isla haitiana [sic] y Cuba estrechísimo; mayormente cuando llega a la proximidad del Seno Mexicano: aquí los litorales del Istmo y de las Indias Superiores, proyectándose en los promontorios Yucateco y Florido, y la Isla de Cuba, que cierra la embocadura del Seno, tanto lo estrechan, que se le abre una entrada por doscientas cuarenta millas al Seno (esta distancia hay entre el Yucateco y Cuba).

Y aunque haya otra vía entre la misma Isla y el Promontorio Florido, tan estrecha como quieras, [la corriente (?)] está ceñida a esta ley, que, hecho punto omiso de las mareas, fluye entre el Yucatán y Cuba perpetuamente al Seno Mexicano o de Cortés; arcano de la naturaleza todavía desconocido.

El Promontorio Florido está a veinticinco grados de latitud y el Yucateco llega casi hasta el veintiuno. Estos dos dan al Seno Mexicano su figura circular. La Nueva España ocupa las partes interiores de él por Fernando Cortés, de quien debe recibir el Seno su nombre, no de la gente derrotada por los soldados españoles.

El lado Oriental de las indias Superiores mira a Islandia y a las Islas Británicas, sus límites son los promontorios Raso y Frígido, éste dista de Islandia cuatrocientas ochenta millas, de Hiuernia seis mil seiscientas, y otras tantas del Promontorio de Thorcyrolandia. La Sierra Nevada y California presentan los últimos términos del lado occidental.

El espacio entre ellos es de dos mil cuatrocientas millas. Las Indias Inferiores se dirán más propiamente áureas que el Quersoneso asiático. ¿Qué lugar hay tan inerte donde no brote el oro? Casi toda su mole yace en línea recta más allá del Ecuador, hacia el austro.

Porque de esta parte queda una porción pequeña y a no ser por donde se adhieren al Istmo, están rodeadas por el Océano; al septentrión por el Ártico, por el Meridional al orto, al ocaso por el Austral, al cual el vulgo llama de [sic] sur. Del austro por cuatrocientas cuarenta millas, miran el Estrecho Magallánico; ésta es la longitud del Estrecho y a la misma se contraen las Indias.

Las cuales en un ancho frente, desde el Istmo hasta el promontorio que tiene por nombre Anegado, a ocho grados de este lado del círculo equinoccial, se oponen al bóreas y después, como avanzan al austro, poco a poco se alargan a diestra y siniestra entre uno y otro océano, hasta que al llegar al Ecuador prolongan sus litorales mirando al orto y al ocaso.

Después vueltas al septentrión, avanzan más hacia el sol oriente que al occidente, de modo que del Cabo Verde de Guinea, de la región de los Nigritas o Senegales, no distan sino dos mil millas. Pero desde donde más se extienden, excepto en la parte que mira a África, gradualmente retraen las costas (porque del Promontorio de San Agustín al otro Promontorio Frígido siguen un litoral casi recto) y después se acercan más una a la otra y se estrechan más suavemente, hasta que al llegar al Estrecho Magallánico, no disten del quinto orbe más o menos nueve millas (que es la anchura del Estrecho).

Los litorales de éstas miden en circuito cerca de diez y seis mil y trescientas millas. De largo, desde el Promontorio de la Vela (el cual está a doce grados de este lado del Ecuador) hasta el Estrecho Magallánico, colocado a los cincuenta y dos y medio grados más allá del mismo, cuatro mil ochocientas.

La anchura máxima consta de cuatro mil millas y la misma hay entre los Promontorios de Santa Elena y de San Agustín, ambos en latitud austral, a dos grados aquél, a ocho y medio éste; y si de éstos las Inferiores no se proyectasen al septentrión, tuvieran la forma absoluta de la pelta amazónica.

El istmo, al occidente, toca el lado más alto a los ocho grados de esta parte del Ecuador con una cordillera transversal, y debe ser recordado por muchas cosas; porque aquí por cien millas separa los Senos de Viana y de San Miguel. Este, en el Océano Austral, famoso por la hazaña y por el nombre, dista seis grados del Ecuador.

El otro en el Ártico, más famoso, porque en él fue la primera derrota del continente y llevada la primera colonia de españoles y tomada la primera posesión de las Indias Inferiores en nombre de nuestro invictísimo rey católico; y la victoria ilustre de Martín Fernando Enciso y de sus fortísimos conmilitones a la orilla del Río de Darién que no fue de menor momento que la de Otumba en las superiores, y continuada por las hazañas de Vasco Núñez de Balboa en el Golfo de San Miguel, y sobre todo porque en él fue Carlos Panquiaco las primicias de los indios del continente, a Dios Óptimo Máximo.

Capítulo II

Del parto de las mujeres mexicanas y del doble baño de los niños

Cuando la nueva casada en su preñez llegaba al séptimo mes del embarazo, sus consanguíneos después de que habían comido y bebido, discutían acerca de elegir la partera, con cuyo arte y consejo diera a luz más segura y fácilmente. Iban por consiguiente a la que conocían como más perita en la ciudad y más diligente en ejercer su arte, para que cuidase de la salud de la grávida y la ayudase cuando pariera, y se lo rogaban con fervorosas preces.

Respondía ella con razones lenes y blandas que haría en el asunto cuanto pudiera con toda la diligencia y cuidado que comprendiera que fuera conveniente para ellos y para el mimo y salud de la embarazada. Y así después la visitaba con frecuencia y no sólo la llevaba a menudo al baño, que se llama Temazcal en la lengua patria y que se usa mucho entre ellos para las embarazadas y paridas y para los convalecientes de enfermedades, sino que también prescribía la regla de vida que debía observarse con gran cuidado y religiosidad al tiempo de parir; lo que pensaba que había de ser muy benéfico para su seguridad y fácil parto, y después, instante éste, la ayudaba activamente.

Si la primeriza debilitada por el parto como suele a veces suceder, acontecía que muriera, era considerada en el número de las diosas celícolas e inscrita en el catálogo de ellas, y después se la veneraba con el culto debido a las diosas y se la enterraba con solemnes funerales.

Pero si ocurría un parto feliz, la partera le hablaba al niño como si tuviera uso de razón y comprendiera lo que se le decía; procurando alcanzar en primer lugar de los dioses un feliz nacimiento para él y un acceso de buen agüero a esta luz, y preguntaba qué suerte o hado ingénito le tocaría desde el principio del mundo.

Cuando cortaba el ombligo, casi derramando lágrimas le predecía amenazadoras calamidades y le narraba de antemano qué infortunios y labores le estaban reservados. Lavaba al niño con algunas oracioncillas acostumbradas saludando a la diosa del mar y después se bromeaba dulce y agradablemente con la parida para consolarla de los dolores pasados.

Por otra parte los consanguíneos daban las gracias a la partera por su diligencia; congratulaban a la muchacha por la prole recibida y después se volvían a acariciar al niño. Pasados cuatro días del nacimiento y llegado el tiempo en que tenía que ser bañado por segunda vez, y en que debía dársele nombre, preparaban bebida y varios géneros de manjares según su costumbre y lo que fuese idóneo para celebrar la fiesta del lavado.

Además un pequeño escudo, un arco y cuatro flechas de tamaño que conviniera a esa edad y un pequeño manto de aquellos que hacen veces de capa entre los mexicanos. Pero si nacía una niña, hallaba dispuestos un huepilli y cueitl, vestidos peculiares a su sexo y además una petaquilla y la rueca y el huso, y todo lo que concierne al oficio de tejer.

Hecho lo cual y llegados los consanguíneos de los padres para que se celebrara el lavatorio, llamaban a la partera. Esta, salido el sol, colocaba un lebrillo lleno de agua cerca de la mitad del patio y teniendo con ambas manos al niño desnudo, y poniéndole junto los sobredichos armamentos, le decía: "Hijo mío, los dioses Ometeutli y Omecioatl, que ejercen su imperio en los cielos noveno y décimo, te han producido a esta luz y te han enviado a este mundo calamitoso y lleno de penas. Abraza por consiguiente las linfas que han de conservar tu vida o sea a la diosa Chalchiutlycue".

Al mismo tiempo, tomando agua con la mano derecha rociaba la cabeza del infante, agregando: "He aquí el elemento sin cuyo auxilio no puede conservarse ninguno de los mortales". Después con la misma agua regaba el pecho diciendo: "Recibe el agua celeste que lava la inmundicia del corazón", y echándola por segunda vez a la cabeza le decía:

"Hijo, recibe el agua divina fuera de cuya bebida a nadie se ha concedido vivir, para que lave y extermine tus infortunios, congénitos en ti desde el mismo principio del mundo: es en verdad peculiar a ella oponerse a la adversa fortuna"; al mismo tiempo lavaba completamente el cuerpecillo del infante clamando:

"¿En qué parte te escondes, infelicidad? o ¿en qué miembro te ocultas? Apártate del niño; hoy en verdad renace por las aguas saludables con que ha sido rociado bajo el imperio de Chalchiutlycue, diosa del mar", y al mismo tiempo levantaba al niño hacia el cielo agregando: "Gran Teuel y Omecioatl, creadores de las almas, os ofrezco este niño, que formasteis y arrojasteis a esta vida breve y llena de labores, para que lo recibais y para que le injirais vuestra fuerza".

Y levantándolo por segunda vez decía: "A ti también te invoco, Diosa Citlallatonac, y te conjunro que impartas tus fuerzas a este niño." Levantándolo por tercera vez decía: "A vosotros, oh dioses celestes, invoco e imploro vuestro numen. Soplad, os ruego, sobre este niño generando para él esa divina facultad que emana de vos para que goce de la vida celeste".

De nuevo, elevándolo por cuarta vez, decía al sol y a la tierra: "Óptimo Padre de todos, y tú Tierra, madre también de todos, ved aquí que os ofrezco este tierno niño. Recibidlo ambos y puesto que ha nacido para la vida militar, después de que haya dado muestras preclaras de valor, concededle morir entre las armas". Y luego tomaba con la mano derecha el escudo, el arco y las flechas, y elevando todo igualmente, hablaba de esta manera al sol, que es otro Marte entre esta gente:

"Óptimo sol, recibe estas armas bélicas dedicadas a ti con las cuales te deleitas sobre manera y permite que el niño equipado con ellas gane al fin la felicidad celeste, donde se concede a los militares que caen en la batalla, gozar de delicias increíbles". Mientras se hacen todas estas cosas, ante cuatro teas ardientes se le daba nombre, repitiéndolo tres veces y diciendo también tres veces: "Toma las armas, toma las armas, niño, con las cuales plazcas y sirvas al Luminar Máximo".

Después lo rodeaban de sus juguetes y entonces los muchachos se precipitaban hacia los manjares puestos junto al lugar donde había sido lavado el niño para que fueran arrebatados, y huyendo y tragando durante la misma fuga clamaban: "Te importa, oh niño recién nacido, ir a la guerra y morir en la batalla misma, para que al fin seas llevado al cielo, sirvas al sol y pases una vida tranquila y feliz entre sus familiares, varones fortísimos, mientras tuvieron vida, y después, echados de menos en el combate".

Con las cuales palabras indicaban que todos los niños nacían dedicados a hacer la guerra en obsequio del sol. Acabadas estas cosas, la partera volvía a llevar al niño a casa de sus padres, precediéndoles las teas, las cuales se dejaban arder hasta que consumidas se extinguían completamente.

Capítulo III

Del baño de las niñas

No de otra manera acostumbraban bañar a las niñas recién nacidas, aun cuando además de las enumeradas, la partera usaba también otras oraciones. Tomando, pues, agua en la mano, se la instilaba en los labios y decía: "Hija, abre la boca para que puedas recibir a la diosa Chalchiutlycue, esto es, adornada con esmeraldas, bajo cuya guardia se concede gozar de esta luz". Bañando el pecho con la misma mano murmuraba deprisa:

"Recibe el agua que refrigera, limpia y fortalece". Llevaba la misma mano a la cabeza y agregaba: "Recibe a Chalchiutlycue, diosa helada de las aguas, y perpetuamente móvil como a quien nunca pudo vencer el sueño. Que se deslice hasta sus entrañas y se adhiera a ti, para que perseveres vigilante y no te invada el mal sopor". Lavándole las manos añadía:

"Hurto, apártate de la niña". Después poniendo debajo [del agua] las ingles, en voz baja: "¿Adónde te escondes, adversa fortuna? Aléjate de la niña expulsada por las fuerzas del [agua] frígida". Terminadas estas cosas, llevaba a la infante al interior de la casa y la ponía en la cuna diciendo las siguientes preces: "Oalticitl, madre de todos, el dios del nono cielo creó esta niña y la echó a este mundo calamitoso, te pido (puesto que a ninguna otra de las diosas le concierne el deber de custodiar y sostener a los niños recién nacidos) que la admitas en aquel tu seno.

A ti también, dios de la noche, Yohoalteuhtli, al cual es dado conceder el sueño, te ruego que estés presente y que hagas que duerma plácida y tranquila". Después hablaba en alta voz a la cuna diciendo: "Madre de los infantes y guardián de los niños, recibe a esta recién nacida en tu seno y protégela".

Era costumbre de todas las paridas, cuando se ponía por primera vez a los recién nacidos en la cuna, saludarla y llamarla madre universal de todos los mortales, y rogarle que recibiera benignamente al niño y celebrar el día con gran alegría e hilaridad.

Capítulo IV

De la casa Telpochcalli

Despachado esto, los padres no olvidados de la educación de los hijos ni de sus vidas que debían proteger y dilatar, lo que pensaban que no podría alcanzarse en manera alguna más que educándolos muy bien e instruyéndolos en costumbres honestas, los dedicaban a alguno de los colegios en los cuales se instruía a los niños y a las niñas.

De éstos había cuatro géneros en cualquiera ciudad importante, dos para los varones y dos para las mujeres, consagrados al Dios Quetzalcóatl. En uno de éstos la regla prescrita de vida era más suave e indulgente, en el otro era más acerba y severa, para que se eligiera congruentemente a la naturaleza de cada uno. Llegado por consiguiente el tiempo oportuno para cumplir el voto, se reunían los consanguíneos y los afines en casa de los padres, y recordaban a la memoria del niño o de la niña el voto de los progenitores, el lugar donde debían ser educados y el género de vida que debían observar.

Los persuadían de que esto sería grato a los Dioses y para ellos muy útil en lo futuro, tanto para pasar y conservar la vida más cómoda y alegremente, cuanto para pedir a los Dioses y obtener de ellos amplísima fortuna de familia; como que ahí podían aprender el modo de placer a los Dioses y de qué manera los asuntos públicos y privados deberían ser manejados por ellos.


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