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Excerpt for Sabrás perdonarme by , available in its entirety at Smashwords



Sabrás perdonarme



Míriam M. Ramírez





















































































Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del autor. Todos los derechos reservados.



© M. Martínez, 2014

© Míriam M. Ramírez, 2019

Todos los derechos reservados

Primera edición eBook: Barcelona, mayo del 2014

Segunda edición eBook: Barcelona, marzo del 2015

Primera edición papel: Barcelona, enero 2019

Imagen portada: Abirir (Pixabay)

Diseño portada: Míriam M. Ramírez

Licencia de registro en Safe Creative

Registro de la Propiedad Intelectual. Barcelona.


La presente novela se desarrolla en tercera persona, si bien el Prefacio y El Principio –alrededor de las siete primeras páginas– se suceden en primera.



























































ÍNDICE


PREFACIO

EL PRINCIPIO

Ana cuenta su historia

CAPÍTULO I Iván. Un programa en el ordenador

CAPÍTULO II La Piazza di Spagna

CAPÍTULO III El desmayo

CAPÍTULO IV Fausto y el silencio de Oliver

CAPÍTULO V Pensamiento positivo

CAPÍTULO VI Los Calabuig

CAPÍTULO VII El mensaje de móvil

CAPÍTULO VIII La visita de su abuelo

CAPÍTULO IX No puede ser verdad

CAPÍTULO X El email

CAPÍTULO XI La botella de vino

CAPÍTULO XII El puente de Sant’Angelo

CAPÍTULO XII+I El secreto

CAPÍTULO XIV La historia de Fausto

CAPÍTULO XV Primer encargo

CAPÍTULO XVI Recuerdos de una presencia

CAPÍTULO XVII La desaparición

CAPÍTULO XVIII Detective privado

CAPÍTULO XIX Baile en el parque

CAPÍTULO XX He pensado ponerle Iván

CAPÍTULO XXI Contratiempo

CAPÍTULO XXII Los sueños

CAPÍTULO XXIII Cansancio

CAPÍTULO XXIV Regreso a Barcelona

CAPÍTULO XXV La visita del doctor

CAPÍTULO XXVI Identidad oculta

CAPÍTULO XXVII Secreto de familia

CAPÍTULO XXVIII Encuentro con Gabriel

CAPÍTULO XXIX ¿Quién es el asesino?

CAPÍTULO XXX La preparación

CAPÍTULO XXXI El silencio de Antonia

CAPÍTULO XXXII La investigación llega a su fin

CAPÍTULO XXXIII Visita a Oliver

CAPÍTULO XXXIV Una obsesión

CAPÍTULO XXXV Caso cerrado

CAPÍTULO XXXVI Amor y secretos

CAPÍTULO XXXVII El parque de Bomarzo

CAPÍTULO XXXVIII El desenlace

CAPÍTULO XXXIX Isabela

El don de la rectificación (Seis meses después)

NOTA DE LA AUTORA



Existe en ti, como en mí,

cierta tendencia a equivocarte,

a enfrentarte a muros

que jamás derribas,

no al menos en tu admirable causa

que se forja en la penumbra

(«no hay más ciego que el que no quiere ver»),

porque en la penumbra estás sola;

y dolor el mío cuando

te dejo intentarlo una y otra vez.

Dolor el mío porque sé

que no debo pararte,

porque aprendí que libre es el tropiezo

libre y voluntario

como tu coraje desmedido—.

¡Cómo olvidarte!...

si por más que me esfuerzo

en restarle importancia,

alimentas sin veleidad este alma que florece,

a tu lado.

Intensa es mi lucha de seguirte,

intensa mi sangre.

Y empero a tu ceguera, aquí sigo

a modo de consuelo, intuyo.

Agarrado a la esperanza de que

un día sepas verme.

Soy uno más de tus tropiezos

en los que pareces obcecarte,

pero aprendí a borrar equivocaciones de mi piel.

Es por eso por lo que no me reconoces.

Mas no tengo prisa,

aunque duele tanto como alienta.

Sé que pronto me verás por dentro,

como ves mi sonrisa ahora y la compartes.

Tiemblas.

Ya no me miras, lo has entendido, ahora te beso.


Míriam Martínez















































Dedicada a ti, lector, por acompañarme en este viaje.


Gracias.


























































































































«Si has construido castillos en el aire tu trabajo no se pierde;

ahora coloca las bases debajo de ellos.»



Henry David Thoreau





«Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,

seguiremos besándonos en el hijo profundo.

Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,

se besan los primeros pobladores del mundo.»


Miguel Hernández



«Ama hasta convertirte en lo amado, es más, hasta convertirte en el amor.»



Facundo Cabral























































































PREFACIO






De haber sabido lo que estaba por llegar, tal vez todo habría cambiado mucho antes. Él, el viaje, los sueños. Ahora, cuando pienso en ello, reparo en lo joven que era entonces: caprichosa, inestable, rebelde. Sin embargo, descifré mis pasos con gran certeza, una certeza que siempre sobreviene tras un presentimiento, una intuición, un intrincado proceso de nuestra psique, a la par que espontáneo, cuya razón de ser forma parte del tan misterioso subconsciente.

¿Leer mentes ajenas, adelantarse al futuro o recibir señales mediante sueños? Se trataba de un asunto demasiado inverosímil, casi una cuestión de fe. Aun así, aposté.


«Han sido tantos los acontecimientos sucedidos en este último año que, a veces creo estar dormida y que él no pudo hacer nada para remediar mi muerte.

Una sola decisión puede marcar nuestra vida; esa decisión existe para todos.»




















































































EL PRINCIPIO

Ana cuenta su historia







Sonó el despertador y, aunque de buena gana hubiera permanecido en la cama, siempre he sido lo bastante responsable, de modo que me levanté, me aseé y me vestí con las prisas de siempre. El caso es que para entonces disfrutaba con mi trabajo, pero aun y con todo madrugar continuaba siendo un fastidio. Pocos minutos después cerraba tras de mí el robusto portalón de la Bonanova, una ingente casa –a la par que majestuosa–, propiedad de mis suegros, donde me mudara junto con mi pareja dos meses atrás.

Aquella mañana me encontraba más agitada que de costumbre. El descanso de la noche había resultado escaso, a suma de un mal sueño debido al cual no cesaba de elucubrar acerca de ciertas dudas que me acechaban desde hacía días. Fue entonces cuando, mientras esperaba el tranvía en dirección a la Librería Calabuig, resolví telefonear a Lucía sin más criterio que confiar en consejos que devuelven mi calma. A los tres tonos, retando a una ciencia en crisis empírica, descolgó el teléfono de su oficina esperando oír mi voz, tal como pude comprobar fracciones de segundo más tarde.

Buenos días, hija, no has dormido bien, ¿verdad? –sentenció, sin darme tiempo siquiera a saludar. A todas luces sabía que era yo, y no porque figurase mi nombre en una pantalla digital inexistente, sino porque se establece cierta conexión intuitiva entre una madre y su hija.

Mamá, ¿por qué decidiste tenerme? –solté a bocajarro, a lo que permaneció en silencio unos segundos. Tras un pequeño suspiro que se cuidó de disimular, pareció recobrar la voz con mayor vitalidad que antes.

Para serte sincera, antes de que tú nacieras me daba pánico la sola idea de ser madre. Pero cuando supe que estaba embarazada, que había un ser que crecía dentro de mí… Es difícil explicarlo con palabras, Ana. Tú y tu hermano llegasteis de rebote, pero ahora sois lo más grande que tengo, ya lo sabes.

Ajá. Ya. Vale, mamá, hablamos en otro momento, ¿sí? Te quiero –concluí, al tiempo que escogía asiento en el tranvía.

Por aquel entonces me costaba en exceso tomar decisiones sin ayuda de nadie y, después de la escueta e infructuosa conversación, lo único que se me ocurrió fue escribir. Quizá surtía efecto, acaso tales páginas lograran sofocar mis miedos y lapidarlos al fin. Tomé asiento junto a la ventana, extraje un bloc del interior de la mochila y, esquivando el vaivén en cada curva, me dispuse a redactar la batalla que se libraba en mi interior.

*



Un año y medio después, en noviembre de dos mil ocho, e ignorando que mi vida estaba a un paso de dar un giro de ciento ochenta grados, salía de la librería Calabuig tras cumplir con mi jornada laboral. Eran las dos del mediodía y había quedado a la tres en el Cafè de l’Òpera para verme con Claudia. Así pues, con intención de hacer tiempo, me acerqué hasta la calle Pelayo a fin de otear escaparates de tiendas de moda a las que rara vez entraba.

En tanto permanecía ensimismada en mis pensamientos, cual si nada de cuanto sucedía a mi alrededor fuese conmigo, me vi reflejada en uno de los escaparates, y lo que vi me resultó aburrido, monótono, un autómata carente de vida que intentaba hacerse hueco entre el gentío que atestaba las calles. Mi larga y oscura melena lisa de siempre, la misma mirada perdida, apocada, con aire melancólico. La misma boca de siempre, pequeña, sin maquillar y sin otro movimiento que el de una desganada y perezosa línea recta. La misma ropa, las mismas bambas, todo era lo mismo de siempre. Y sin más, a sólo veinte minutos de encontrarme con mi amiga, reparé en que tenía un mal día. De súbito, cuanto me rodeaba se hallaba sumido en un insondable túnel negro, una suerte de laberinto que me impedía vislumbrar la salida por grande que ésta fuera. Fue entonces cuando, llevada por un impulso irracional, atravesé la enorme entrada principal, de una tienda de ropa cualquiera, y malgasté lo que no había gastado en meses. «Perdona, Claudia, me he entretenido. Tardo diez minutos», le aclaré, mientras esperaba en la cola de tan anodino momento.

Cuando llegué a casa, entrada la noche, me dediqué a cortar el total de etiquetas de cada una de las prendas de ropa sin ni siquiera habérmela probado antes, vetando así la única posibilidad al predecible arrepentimiento. Acto seguido, mi pareja, Oliver, que permanecía tendido en la cama mientras presenciaba con asombro mi espectáculo textil, soltó la pregunta y coletilla de rigor: «Ana, ¿qué te pasa? Te noto rara». A lo que yo, una vez más, después de veinte nadas, terminé por contestarle que tenía un mal día, que no sabía qué hacer con mi vida y que a lo mejor deberíamos darnos un tiempo a fin de comprobar si nos echábamos de menos. Un tiempo, por otro lado, que ya nos habíamos dado en otras tantas ocasiones. Tragicomedia tal era recibida por el mismo novio al que hacía tan sólo unas horas había asegurado: «Hoy he amanecido extremadamente positiva e intuyo que haré grandes cosas en la vida». Y que él, el novio que ahora me escuchaba absorto, era el gran amor de mi vida. Claro que después de tres años de relación estaba harto acostumbrado a mis repentinos cambios de humor, aunque dicha particularidad no le ayudase a aceptar el porqué de los mismos.

La siguiente pregunta era de esperar: «¿Y qué te ha pasado si puede saberse?». A lo que le respondí un sinfín de motivos acerca del sentido de la vida, la metafísica, sobre lo absorbida que me tenían el trabajo y los estudios, sobre el caos que gobierna la humanidad. Pero ni en última instancia se me ocurrió afirmar, ni a él ni a mí misma, que me había dejado llevar por un repentino ataque de consumismo, y puesto que me había deshecho de todas las etiquetas, de todas las prendas de ropa, sin siquiera habérmela probado antes, el lugar para los arrepentimientos se reducía a cero, así, tal cual, sin mayor trascendentalismo.

Única autora de semejante teatro irracional, donde las emociones terminan venciendo a la protagonista, sucumbía a las delicias de todas mis inmaduras e insustanciales confusiones. Un autoengaño que extrapolaba a otras facetas de mi vida —por no decir todas—, convirtiendo así el día a día en una categórica confusión sin salida.



Lucía, mi madre, siempre ha sostenido que necesito crearme problemas insignificantes porque me niego a ver lo que realmente falla en mi vida. Y que tengo que tranquilizarme, que la vida es más sencilla de lo que parece, que soy yo quien se empeña en complicarla. Por aquel entonces creo que tenía razón. No obstante, a mí parecían gustarme tales estados nerviosos. Me consideraba una persona de inestables emociones, cuyo fin no debía ser sino una variable de distintos pormenores a sondear en mi intrincada carrera hacia la maduración tardía (maduración tardía que yo misma me negaba a aceptar); pues de sucederse cualquier nimiedad dentro un inquebrantable orden, un aburrimiento e incredulidad repentinos se apoderaban de mí. Era entonces cuando, a fin de superar dicho aburrimiento, daba rienda suelta a una serie de consecuencias erróneas en las que «hundirme en un pozo de agua para luego intentar salir» podía resultar tanto más beneficioso que, «que no pasara nada, ni bueno ni malo».

Sin ningún género de dudas, mi peor enemigo en aquella época era yo, yo y mi diálogo interno, mi diálogo interno y yo. Ese diálogo interno, junto con mi alto grado de imaginación, me hacía llevar cualquier situación, por simple que ésta fuera, a un cuadro clínico de análisis en el que, cada una de las cientos de hipótesis que atesoraba en mi enmarañada mente, podía significar la respuesta a un portentoso enigma universal.

Tenía entonces treinta años de edad, y cursaba el último semestre de Antropología tras haberme diplomado en Magisterio. De llegar mis propósitos a buen puerto, ese mismo año finalizaría mis estudios. Nos habíamos mudado hacía pocos meses a una casa de campo en Caldes de Montbuí, municipio conocido por sus termas romanas, y situado a unos cuarenta kilómetros de Barcelona. La llegada a tan idílico hogar resultó salir a pedir de boca. Nos apasionaba la idea de vivir rodeados de naturaleza, con varios animales a los que ofrecer el calor de una recién estrenada familia. Y lo cierto es que poco a poco el sueño fue tornándose realidad, si bien se dilató mucho menos de lo previsto. De primera opción, adoptamos a un perro macho y, a los pocos días, a una hembra. Al mes, llegaron los dos gatos. Sus nombres, respectivamente: Marte y Lilith, Miky y Burbuja.

Se habían cumplido cuatro meses de la mudanza, en diciembre de dos mil ocho, cuando mi jefe me sorprendía con dos semanas de vacaciones. Su hija les había regalado un viaje a Praga a gastos pagados a él y a su esposa, y al tratarse de un negocio familiar que funcionaba bien decidieron beneficiarse de tan merecido descanso.

Fue entonces cuando empezó todo.























































































CAPÍTULO I

Iván. Un programa en el ordenador







Una ciudad, cientos de miles de personas, dos desconocidos. A pocos metros, Ana se despide de Claudia y accede al metro en plaza Urquinaona. Por su lado, Iván se dirige a casa en tanto celebra que la maniobra ha salido según lo previsto. Minutos más tarde, él, en calle Aragón, abre la puerta de su apartamento y entra. Ella, en la Sagrera, espera el autobús destino Caldes de Montbuí con rostro pensativo.

Sin conocerse, están a pocos días de cruzarse en otra ciudad. Iván, feliz, Ana, caótica, pero en ocasiones el final no es sino el comienzo de nuevas glorias.



*



Iván también afirma aquello de «Yo no veo la televisión». Al llegar a casa, tras una dura jornada de trabajo, se tumba en el sofá del comedor y se fuma un cigarro, en tanto rememora cada secuencia de vital importancia ocurrida a lo largo del día. Una vez consumido, en un cenicero que se niega a vaciar hasta que disponga de espacio suficiente, se dirige a su cuarto y se viste con el pijama. Ataviado ya con ropa más cómoda, entra a su despacho. Toma asiento en la silla giratoria color verde manzana con asiento reclinable, y enciende el ordenador para buscar algún artículo de interés que cultive su mente. Pasados escasos minutos, mientras se da impulso de derecha a izquierda a fin de dar con la postura más cómoda, entiende que no está receptivo a nada de cuanto lee, y desiste en su intento de rendir culto a la inteligencia. Acto seguido, regresa a google y busca un pasatiempo de mayor amenidad que le ayude a conciliar el sueño. «Monólogos en castellano online», escribe.

Su jefe le ha dispuesto un apartamento en el corazón de Barcelona, en el Eixample Dret, al que se mudara hace tres semanas para cerrar el caso del que forma parte. Largos años combinando estudios y trabajo le han restado tiempo para preocuparse por asuntos del corazón, motivo por el que afirma no tener novia. Pero ese capricho del destino, en que en condiciones inverosímiles aparece alguien para retar en pulso al deseo, está a pocos días de llamar a su puerta.

Tras escasos minutos de búsqueda, se decide por uno con subtítulos en español con el propósito de practicar el idioma. El humorista dice ser un nuevo fichaje.



«(…) somos lo que comemos, somos lo que pensamos. ¿En qué quedamos? ¿Alguien sería tan amable de decirme quién soy yo? Por si acaso, mucho cuidado con lo que piensan, porque a veces puede serles concedido.

Recuerdo a mi madre: “No sabes más que decir payasadas, Federico. Como no te espabiles te veo haciendo el tonto en la puerta de un circo para poder comer”. Aquella frase me llegó tan hondo que le di forma hasta moldearla a mi manera. Y es que nuestra mente es poderosa, amigos, sino piensen en cuántas palabras terminan en mente. ¿Casualidad? Probablemente. Buenas noches.

Termina el monólogo e Iván se va a dormir. El gran día está cerca, el encuentro inesperado, también.



*



Paralelamente, en una casa de campo de Caldes de Montbuí, el sonido del teléfono retumba a lo ancho y largo de las cuatro paredes; a su vez, un cuervo negro se posa en el alféizar exterior de una de las ventanas. Su jefe, el señor Pere i Calabuig, al otro lado del aparato. Debe de tratarse de un asunto poco menos que trascendental para llamarle a esas horas. Disipando cualquier nefasta noticia, segundos más tarde éste le comunica que cuenta con quince días de vacaciones dado que cierran la librería un par de semanas.

Así que aprovecha estos días, querida. Ni qué decir tiene que te los mereces de buen grado. Disfruta tanto como puedas y nos vemos a la vuelta, que ya será Navidad.

Lo mismo digo, señor Pere. Les deseo un muy feliz viaje.

Oliver, por su parte, que trabaja como transportista en una empresa de plásticos próxima a Caldes, se encuentra en plena campaña navideña con más pedidos que el resto de meses, motivo por el que le resulta imposible pedir fiesta.

Estas vacaciones me cogen de improviso. Creo que aprovecharé para estar en casa con los animales y descansar.

Pues claro, ¡¿qué vas a hacer si no?! –espeta él–. Además, todavía no han terminado las clases. ¿Y los exámenes? –continúa cuestionándole, entretanto se dirige a la cocina a por un vaso de agua.

Ayer hicimos los últimos. Únicamente faltan las notas y entregar un trabajo de Historia… –resuelve ella pensativa, pero el titubeo de su voz no hace otra cosa que delatarle. Oliver, que la conoce demasiado, y ya de nuevo en el salón, opta por la directa.

No estarás pensando en irte tú sola a ningún sitio, ¿verdad?

¡Pero qué dices! ¿Adónde voy a ir? Me quedaré en casa. Mis amigas trabajan, tú trabajas, ¡todos trabajan estos días!

Tan pronto termina la conversación, Oliver deshace el camino hasta la cama y vuelve a tumbarse, el día amanece temprano para él. En cambio Ana no tiene sueño, y para su suerte él está más cansado que de costumbre, de lo contrario habría reclamado su presencia a fin de satisfacer sus deseos más primarios. Hecho el amor, aun sin ella tener ganas, se habría concluido la velada sin acontecerse lo que ciertamente sucedió luego.



***



Aterriza en Roma con poco equipaje. Entre las lecciones que ha aprendido en sus escasos vuelos, la de llevar únicamente lo necesario. En primer lugar, con el fin de evitar atestar la maleta de ropa que luego nunca utiliza; en segundo, porque detesta facturar el equipaje para que casualmente el suyo sea siempre el último en la cinta transportadora, con el consiguiente tiempo de espera que ello supone.

Dejando atrás el aeropuerto, se dirige a la estación de metro a fin de arribar al albergue, desprenderse de la mochila y organizar la estancia. Situado a ocho paradas del centro, cuenta con una buena relación calidad-precio. El metro de Roma se compone de dos únicas líneas, la A y la B, que cruzan la metrópolis en forma de aspa, así lo indica el mapa que luce en la entrada del subterráneo. Busca su parada, La Reppública, ha de hacer trasbordo. Ya en el apeadero, mientras espera los dos minutos que descuenta el marcador electrónico, extrae de su mochila la guía de conversación que ha adquirido en el Prat anticipándose así a cualquier tropiezo lingüístico (aunque más bien le sirve de distracción y para ojear algunas fotos, pues la diferencia de idioma no le supone demasiado reto: hablado de manera lenta, el italiano es un idioma que un hispano puede, sino hablar, descifrar con gran acierto). De pronto una sensación de euforia recorre su cuerpo, se halla en Roma, sola, habiéndose enfrentado a los chantajes de su novio, si bien su cabeza continúa en Barcelona.

Con ayuda del mapa y distintas anotaciones que tomase de internet, aterriza en el albergue sin grandes problemas, apenas dos calles lo separan de la boca del Metro. Resulta acogedor desde afuera. En el jardín delantero se alzan una decena de árboles, varios bancos de madera a un extremo, un aparcamiento para bicicletas y un cuarto indicado con la señal de lavandería; y contiguo a éste, el edificio principal, que está dispuesto en una única planta.

Una vez dentro, comprueba que es menos espacioso de lo que parecía en las imágenes de la web. Cinco habitaciones, la sala tipo comedor y otra pequeña terraza interior, aun así, le acompaña cierto aire familiar. Una pareja en la sala de ordenadores y otros dos jóvenes que almuerzan en la mesa central son los únicos viajantes que hacen uso de las zonas comunes en ese momento. Hecha la ojeada, aguarda en el mostrador a que el recepcionista cuelgue el teléfono, en tanto que éste no cesa de escrutarla con la mirada, sin mediar palabra con ella. Transcurridos unos minutos, que a Ana se le antojan en exceso largos, le indica cuál es su cuarto con un gesto de cabeza y sin despegarse el aparato de la oreja. «Vaya recibimiento», se dice azorada, a la vez que disimula su asombro con una mueca de sonrisa. Diligente, prende la mochila, que ha dejado apoyada en el mostrador, y entra.

Ordenadas junto a la pared, siete literas con taquilla enfrente y un aseo compartido conforman su interior. Dos literas, situadas en la esquina y pared opuesta a la puerta de entrada, son la únicas que parecen estar ocupadas: tres jóvenes, de unos veintitantos años de edad, se encuentran sentadas en una de las bajeras conversando de forma animada. Hasta que Ana cruza la puerta. Entonces dirigen apresuradas sus miradas hacia ella y enmudecen de inmediato.

Hola. Vengo de Caldes, Barcelona –acierta a decir y, con el comentario, cree advertir un casi inaudible: «Perfecto, se terminó la intimidad».

¡Qué casualidad, nosotras de Granollers! –contesta la que parece más amable. En cambio las otras dos mantienen sus miradas en ella, desafiantes, y sin articular palabra–. Qué pequeño es el mundo, ¿verdad? –continúa, a lo que Ana dibuja una abúlica sonrisa.

Nos vamos, chicas, se hace tarde –interviene otra poniéndose en pie. Y la orden se sucede con la sumisión de sus dos compañeras, incluyendo la que semeja más amable, quien ahora compone un gesto cabizbajo, y se despide con un adiós insonoro al tiempo que mira a Ana de soslayo.

Después del recibimiento, se decide por una litera lo suficientemente apartada de la de ellas y, atribulada, toma asiento en la cama de abajo. La descortesía de sus tres compañeras de habitación, la indiferencia del joven de recepción, y la soledad que impera a lo ancho y largo de tan desangeladas paredes, hacen que un sentimiento de culpa la suma en el desconcierto. Oliver no la ha apoyado en su decisión de viajar, y, ahora, lejos de su tierra, la acuciante soledad invita al arrepentimiento. Sin más calor que el de su mochila y un saco de dormir que continúa en el interior, accede al menú de últimas llamadas para decirle cuánto lo echa de menos.



***



Cuando Oliver se va a dormir, se tumba en el sofá del salón, al cabo, Miky busca espacio en su regazo para que lo acaricie. Va a encender el televisor, pero la falta de afición la echa para atrás. Tan solo un programa de sucesos paranormales que pasan los domingos en una cadena local resulta de su completo interés. Llaman su atención esas historias de casas encantadas, personas que mueven objetos con su mente o entes que se presentan para dar mensajes desde el más allá. Pero es miércoles, no domingo, conque se dirige al despacho y se acomoda frente al ordenador que, al parecer, Oliver ha olvidado encendido.

Para sorpresa suya, permanece inmóvil en la pantalla una imagen de Misterios del Milenio. Tal es el asombro que se dice resuelta a despertar a su chico para preguntarle cómo que ha visto un capítulo de ese programa que asegura aborrecer.



Sólo hablan de estupideces que ni siquiera demuestran. Juegan con el sensacionalismo, además de con la afinada retórica del presentador.

Bueno, también en ciencia y filosofía se dan una serie de axiomas exentos de demostración y no por eso se ponen en duda constantemente.

Yo solo digo que podrías interesarte por temas de actualidad. Ver las noticias, por ejemplo, no estupideces de ese tipo.

¿Con qué fin? Manipulan la información a su antojo, sólo hablan de lo que les conviene y cómo les conviene. Bah, paso de ver desgracias. –A sabiendas que dialogar con él no era ejercicio de mayéutica, precisamente, sino de perder fuerzas para nada, daba por zanjada la discusión.



Dejando de lado el recuerdo de esa discusión entre tantas, dirige el cursor hacia el volver a reproducir de la pantalla con curiosidad casi escéptica.



«Hoy hablaremos de un bosque, un bosque que algunos aseguran que está encantado. Un bosque en el que un príncipe de la Edad Media ordenó construir un parque para su amada. Un lugar insólito, poblado de figuras gigantescas, entre las cuales, dioses mitológicos y, a destacar, una casa de piedra inclinada que el joven ordenó construir así para que quien accediera a la planta superior pudiese experimentar el estado de aturdimiento que él sentía cuando veía a su amada. Hoy, nos adentramos en El Parque de los Monstruos, en Bomarzo.



Un parque próximo al corazón romano, reducto de una historia de amor de las de verdad. Un lugar misterioso poblado de leyendas. Ingredientes perfectos para conquistarla. Pensar en visitarlo se antoja una decisión precipitada, amén de alocada, pero, después de todo, cuenta con quince días de vacaciones por delante. «La locura siempre me seduce», se convence. Embriagada por las delicias de tan enigmático lugar, busca vuelos por internet, vuelos baratos a Roma. Casi puede oler la fragancia que envuelve el parque en tanto se imagina visitándolo, en solitario. Tanto es así que se presta como la ocasión perfecta a fin de sortear la tediosa rutina. Pensamientos que acuden a su mente en no pocas ocasiones. Ráfagas de ideas que la conminan a «dejarse llevar». Una señal del universo. De su universo.



***



Sentada en la cama, con la única compañía de unas cuantas literas y paredes que no hablan, y una llamada que da error debido a la ausencia de cobertura, se dispone a darse una ducha, tal vez el baño consiga calmarla.

Todavía desde afuera, enciende el agua, apoyándose en la mampara, entretanto aguarda a que alcance la temperatura adecuada.



Ana, como sigas yendo a la tuya esto no va a funcionar. Ya son muchas las oportunidades que te he dado, mientras que tú no haces nada por enmendar la situación.

No empieces con tus chantajes, ¿quieres? Son mis vacaciones y quiero aprovecharlas, no creo que sea para tanto. Así que no sigas.



Bajo el calor de la ducha, el único existente desde que ha pisado suelo romano, recuerda la conversación con Oliver cuestionándose si es cierto el egoísmo que éste siempre le critica. Haberse ido sin su aprobación, dejándose llevar únicamente por su propio deseo, fracciones de segundo en que toma una decisión sin apenas razonar para luego arrepentirse.



***



Al fin, excitada por la reciente idea y embriagada por cierto halo de misterio que acompaña a la noche, se decide a despertarle. Él, que ya duerme profundamente, murmura en tono in crecento:

¿Qué? ¿Cuándo? Ana, tengo que madrugar, estoy muy cansado… ¿Por qué no te acuestas y hablamos mañana?

Marte y Lilith, que duermen a los pies de la cama, hacen amago de despertarse. Lejos de poner fin a la conversación, Ana le pregunta cómo que ha visto un capítulo de ese programa que tanto dice aborrecer, a lo que él la mira absorto y sin mediar palabra. Pero ella continúa con su disertación, detallándole la historia del parque y las ganas que tiene de conocer Roma. Entretanto, él se limita a observarla sin dar crédito a nada de cuanto oye.

¿Cómo? ¿Pero de qué capítulo hablas? En serio, ¿no puedes esperar a mañana?

Resignado, se incorpora, recostando la espalda en la pared, y enciende la lámpara ubicada en la mesilla de noche. El reloj digital marca la una y treinta y cuatro minutos de la madrugada. Con la luz, ambos perros terminan despertando. Lilith acude a los brazos de su dueña y empieza a lamer sus manos; Marte emite un par de ladridos en ademán furioso porque lo han sacado de su plácido sueño. Oliver lo acerca a él, al tiempo que toma conciencia del escenario que tiene delante.

¡Uf! ¡Qué carácter tiene este perro! Al final va a ser cierto lo de que se parecen a sus dueños –sentencia con aspereza, y con mirada de rabia a los dos–. Le haces más caso a él que a...

¡¿Ana, puede saberse qué demonios te pasa?! Me despiertas para decirme que quieres ir a no sé dónde, que has visto un programa...

Mientras, Marte ya juega con el brazo de su dueño.

A Roma –se apresura a intervenir ella.

Sí, a visitar un parque encantado. ¿Has tomado algo o qué? –espeta él, mientras forcejea con el perro para recuperar la manga del pijama que éste, a modo de juego, se afana en morder.

¿Que si he tomado algo? Últimamente no te reconozco, Oliver, ya no eres el mismo. –Y con la sentencia, Oliver aparta a Marte y la mira de hito en hito frunciendo el ceño. Tal discurso gratuito, que interrumpe su descanso, por parte de una novia que le lanza una mirada acusadora, como si fuese él el peor de sus enemigos, definitivamente le coge por sorpresa. Ana permanece en silencio durante unos segundos, y volviendo en sí, aduce–: Lo siento, estabas aquí durmiendo y yo... Olvídalo, no voy a ir a ningún sitio. Ya sabes que a veces no pienso lo que digo. Lo mejor será que durmamos.

Son casi las dos de la madrugada –apostilla él, rascándose los ojos y mirando una vez más el reloj digital–. Estoy molido. Así que ya hablaremos de ese capítulo mañana, ¿sí?, porque ni he visto el programa ni he encendido el ordenador en toda la tarde. Buenas noches.

«¿Cómo?... Debe de estar dormido y no sabe lo que dice. O a lo mejor sí le gusta el programa pero no quiere reconocerlo. ¡Uf, consigue desquiciarme!»

Acto seguido, Ana da un respingo en la cama. Es Miky, franqueando la puerta, afanado, luego, en rascar la pintura con sus uñas.





















CAPÍTULO II

La Piazza di Spagna







Termina la ducha y se viste. El mismo modelo de vaqueros negros que usa de ordinario, unas botas provistas de forro polar, dos jerséis y un chaquetón de plumas aislante del frío: en pleno diciembre la temperatura rozará las mínimas.

Previo a abandonar el albergue, pregunta al chico de recepción, que ya parece estar disponible, si puede indicarle algunos lugares que visitar. Éste asiente sonriendo y, haciendo alarde de un perfecto español, prende un mapa de la ciudad y procede a explicarle con todo detalle.

Roma está plagada de lugares míticos que visitar. Las ruinas romanas son lo más común: en el centro das con una a cada paso, de manera que encontrarás bastantes sin necesidad de buscarlas. Algunas paradas de metro, como la Pyramide, llevan el nombre del monumento en cuestión, lo cual te facilitará el dar con ellos; cerca de dicha parada encontrarás el cementerio romano, te aseguro que es un lugar digno de visita; es más, en algunas épocas del año realizan obras de teatro en su interior. Luego, la famosa Bocca della Verità, tan aclamada por los turistas. El impenetrable Vaticano –sonríe– está muy cerca del castillo Sant’Angelo, si te decides a ir, también puedes pasear a la vista del río Tíber que cruza justo al lado. Aquí tienes el anfiteatro –indica, señalándolo en el mapa–, la Fontana di Trevi y, a muy pocos metros, la Piazza di Spagna. Seguro que no te pierdes por el centro, encontrarás muchos lugares cerca unos de otros.

»Y ya otro día si quieres tomar una copa pregúntame: te diré un par de sitios que merecen la pena. Con un poco de suerte te acompañará el buen tiempo, no hace tanto frío como otros años.

Muchísimas gracias. Por cierto, antes no me has hecho ninguna ficha ni...

¡Oh, mi scusi! –se disculpa, uniendo ambas manos en posición vertical–. Atendía una llamada muy importante. ¡Vaya recibimiento, ragazza! –«Eso mismo pensé yo», recuerda ella–. Si me lo permites, te la hago ahora mismo.

Claro. Ten, mi carné.

Hum… Así que de Barcelona. Tengo un amigo que vive allí con su pareja; ella es catalana, cómo tú. La verdad, me pierde vuestra ciudad –repone, esbozando una amplia sonrisa.

Sí, muchas personas se enamoran de ella, ¡de la ciudad, quiero decir! –Ahora sonríen los dos–. La mayoría acaba volviendo. A mí, en cambio, las ciudades grandes no me gustan demasiado.

¿Por eso has elegido Roma? –apunta irónico, y sin desdibujar la sonrisa.

Me refiero para vivir. Me resulta estresante el ritmo vertiginoso que se respira a todas horas.

Entiendo. Apuesto que eres de las que prefiere vivir cerca de la naturaleza, alejada del ruido, ¿cierto? En una casa, con varias mascotas. Y con tu chico, ¿puede ser? –cuestiona sin titubeo alguno, a lo que ella, asombrada por la correcta observación y eludiendo la última pregunta, entona un: «Sí, eso creo»–. Bien, ya estoy. Ten, Ana, tu carné. Se cobra a la salida. Si hubiese cualquier cambio en la estancia, comunícamelo con la mayor brevedad posible, ¿de acuerdo? ¡Buen turismo, has elegido una hermosa ciudad! –concluye, con un guiño de ojo.

La simpatía que el joven muestra ahora le deja un mejor sabor de boca en contraposición a la indiferencia de antes, y contribuye a que recupere parte de su alegría.



*



Aunque el día se presta soleado, el frío romano acomete sin tregua, conque opta por colocarse la bufanda encima del jersey de cuello alto junto con la capucha del plumas. El móvil marca las tres del mediodía cuando al fin deja atrás el albergue. Con los nervios del viaje, el desayuno se ha limitado a su necesario café con leche y un zumo de naranja, motivo por el que su estómago empieza a manifestarse. Cerca del Metro, un restaurante de comida rápida ofrece toda suerte de manjares y para todos los gustos: pizzas, pasta fresca, empanadillas caseras, ensaladas y una generosa variedad de postres. Luego de unas cuantas dudas más que razonables ante tanta delicia culinaria, se decide por dos raciones de pizza vegetal y una copa de vino. Su primera comida en soledad y extrañando el calor de su hogar, mas está tan hambrienta que la falta de compañía no resultará impedimento para disfrutar cada suculento bocado.

Ni bien termina las dos raciones de pizza, se lleva un cigarro a los labios, entretanto saborea el último trago de vino.

Perdón, ¿me presta un cenicero? –pregunta a un camarero que recoge la mesa de al lado, con el pitillo ya encendido.

Ma me temo no va a poder fumar, señorina. Non è consetito fumar all'interno de los establecimientos, scusa.

¡Disculpe, no lo sabía! Lo apago enseguida –resuelve, mientras improvisa, abrumada, un cenicero con el cartón en que le han servido la pizza.

Grazie mille.

A un paso de ponerse en pie y dejar su vergüenza sepultada en el local, le sorprenden las tres de Granollers cruzando la puerta.

¡Hola! –saluda con ímpetu la que parece más amable.

Qué casualidad, vosotras por aquí.

Nos lo ha recomendado el chico del albergue. Parece ser que sirven comidas a lo largo del día y que está bien de precio.

Sí, así es. La única pega es que no se puede fumar. Acabo de encender un cigarro y…

En Roma no se puede fumar dentro de ningún local, ¿no lo sabías? Salvo en la calle y en las terrazas acondicionadas para el uso, aunque con este frío... –interviene, orgullosa, la dirigente–. A menos que te sientes muy cerca de una estufa, te congelas. Bah, a mí el tabaco me produce nauseas con sólo olerlo –concluye con aspereza y un mohín de rechazo.

Algo había oído, pero desconocía que era en todos los locales –se defiende Ana en un hilo de voz, y mirándola de reojo.

Hay que estar bien informado previo a viajar, ¿no te parece?

Ahora no contesta, sólo se indigna. «Debe de ser el vino y que estás molesta porque no te han invitado a salir con ellas, intenta ser simpática», se obliga.

Eli, vamos a pedir. ¿Tú qué quieres? –interviene nuevamente la que parece más amable en un intento de poner paz de por medio. Luego mira a Ana con gesto conciliador como exculpándose por la antipatía de su amiga.

Ana toma el último trago de vino y, finalmente, se pone en pie para cederles la mesa, a la vez que articula un «toda vuestra». Al mismo tiempo, dedica una fugaz sonrisa a Eli, la dirigente. Ésta le responde con cierto visaje de arrogancia y, abriendo la boca apenas dos centímetros, murmura un «gracias» sin siquiera mirarla.

Voy al servicio primero. Puedes ponerte en la cola mientras tanto –sugiere sino ordena Eli a la que parece más amable. La otra, que aún no ha articulado palabra, la sigue como perro a su amo.

¡Qué fastidio! Yo también fumo de vez en cuando –concede la que parece más amable, sirviéndose de la ausencia de sus compañeras, y componiendo un rictus de complicidad.

Bueno, siempre nos quedarán las estufas –contesta Ana, guiñándole un ojo. Y posando brevemente una mano en el hombro de la joven, se dispone a salir de local.



Antes de acceder a la estación de metro envía un mensaje de texto a Oliver. La sensibilidad se manifiesta a flor de piel. Al parecer, el vino y la disputa se afanan en hacer efecto.



E comido mi 1a. pizza italiana y dgustado mi 1er. vino de la región. T exo d -. M gustaría k estuvieses aquí conmigo… Ti amo mil. Besa a nuestros pekeñajos de mi parte. Ablamos a la noxe: ants t e yamado xro no lo cogías.



A escasos metros, él estudia cada uno de sus movimientos. Sin duda, se trata de la misma persona. Larga melena lacia, mirada perdida, misma altura. Camuflado entre la marea que abarrota los pasillos del subterráneo, copia sus pasos. Resulta sencillo pasar inadvertido para alguien que no te conoce y que ni tan siquiera sabe de tu existencia. Por un momento juraría haberla visto antes en algún lugar, si bien no alcanza a recordar dónde. «Demasiado bella, tanto más que en la foto.»

Al tiempo que toma asiento, Ana repara en cómo dos hombres la observan de arriba a abajo y se dicen algo entre ellos. Ruborizada, echa una ojeada en rededor, siempre le ha agradado el conjunto de culturas que atesora los vagones del Metro.

El trayecto transcurre rápido. Piazza di Spagna, se lee en el cartel, y la avista a lo lejos. A su vez, él tuerce la esquina, atento a cada uno de sus pasos, unos pasos que Ana ignora puedan significar tanto para alguien.









































































CAPÍTULO III

El desmayo







Pasan por una crisis de pareja desde hace más de un año, cuando por un infortunio del destino ella se sintiera responsable de algo que no fue culpa suya. Tampoco de él. A los pocos meses de tan terrible suceso, decidían darse un tiempo, pero sus tiempos, aun de semblanza definitiva, se desvanecen ni bien transcurre la primera semana. Por algún extraño motivo, Ana los cree necesarios con el objeto de recuperar la pasión perdida, aunque ello implique poner en peligro la relación. El último había tenido lugar en plena búsqueda de hogar. Cierto día resolvería que la relación ya no funcionaba de ninguna de las maneras, pero aun así él continuó buscando una casa de campo. A las dos semanas, la encontró, y a los dos días ella creyó que debían volver a intentarlo, pues ahora Oliver le parecía un hombre con mayor iniciativa, que además podía fijarse en otra y, de ese modo, perderle para siempre.



Oliver trabaja doce horas al día, y Ana toma cada mañana un autobús en trayecto de una hora con destino a Barcelona. De lunes a viernes, asiste a la universidad en horario de tarde y, por las mañanas, trabaja en la librería, sábado incluido. Ese día, festivo para él, la acompaña hasta el local con el Patrol.

La librería se encuentra en el carrer Canuda, en pleno corazón barcelonés, a pocos metros de las Ramblas. Se trata de un comercio familiar, propiedad de un señor de cincuenta y cuatro años de edad y su mujer. Éste la heredaría de su padre, un distinguido burgués conocido por su espíritu emprendedor en los años veinte. El señor Calabuig, librero de primera, hace honor a la profesión. Entre sus joyas más preciadas, libros datados en hace más de trescientos años, de diversos géneros y autores. Cualquier coleccionista de novelas que se precie puede hallar sus obras más fetiche en la librería Calabuig, sino entre los clasificados de las estanterías, bien por encargo.

El matrimonio tiene una sola hija, de nombre Josefina, pero dado que no es de su agrado se hace llamar Josephine, al estilo francés. Es de la edad de Ana e irradia encantos por doquier. De tez dorada, larga y lacia melena oscura, ojos verdes, cuerpo esbelto y piel delicada, despierta las pasiones de unos cuantos. Sus gestos frágiles y elegantes, y su voz dulce y melódica aumentan todavía más su ya de por sí deslumbrante belleza. Algunas mañanas ayuda en la tienda familiar y, por las tardes, asiste a clases de Bellas Artes en la pública de Barcelona. Cursa el tercer año de carrera, y ya elabora unas pinturas al óleo que nada tienen que envidiar a las de más de un reputado artista. Su padre, el señor Pere i Calabuig, luce con orgullo algunas en la librería, otorgándole un aire casi de museo al establecimiento. Josephine reside en un estudio del Borne, dispuesto en la calle Montcada, a pocos metros del Museo Picasso. Se trata de un estudio de pequeñas dimensiones, con todo, le concede la intimidad necesaria a fin de crear sus obras.

En sus ratos libres, Josephine, que no tiene novio, gusta de leer las últimas y novedosas adquisiciones de su padre. Según explica a Ana, nunca ha conocido a nadie que le haga perder el sentido, menos aún su libertad, como para regalarle su tiempo. Para ella el tiempo supone su bien más preciado, y se niega a malgastarlo con relaciones esporádicas sin sentido que le resten energía y concentración en asuntos de interés. Ana siente admiración por la entereza que muestra la joven, pues, muy por el contrario, ella siempre termina enfrascada en una relación.

Oliver y ella se conocieron una noche de copas ocho años atrás, por unos amigos en común. En un primer momento, a diferencia de Oliver, Ana no se fijó en él, pero transcurridos diez meses surgió la chispa y terminó enamorándose locamente. Tras varios escarceos amorosos, de poco menos de un año, Oliver desapareció de su vida sin dejar rastro. Desde entonces, ninguna relación había devenido satisfactoria. De los pretendientes que tuvo, sólo Carlos le hizo creer que lo olvidaría, si bien terminó por no funcionar.

Al fin, rendida ante diversos fracasos amorosos, concluyó esperar a Oliver, convencida de que tarde o temprano regresaría.



***



Es grande, blanca y espaciosa. Le agrada que los edificios colindantes se alcen con generosa distancia unos de otros, pues aporta sensación de amplitud y convivencia con el cielo romano. Parece una ciudad de mármol, antiguo, pero majestuoso en todo caso. Se dispone a subir las escaleras de la plaza con el fin de tener una vista más panorámica. Parecen no terminar. El astro rey irradia su luz con fuerza ahora. Como mediterránea, su estado anímico llega a variar en función de la claridad del paisaje, tal es así, que los días nublados le resultan perniciosos para sus crisis de tristeza involuntaria. Definitivamente, funciona con el sol, cual placa solar o las plantas en su fotosíntesis.

Habiendo tomado asiento en el último peldaño, se dispone a observar a los numerosos turistas que cruzan la plaza, la elegancia de los edificios, las terrazas de los bares atestadas de gente, las fuentes de piedra, niños corriendo dejando atrás a sus madres; parejas que pasean abrazadas. Durante fracciones de minuto se desprende de la nostalgia, de la culpa por haber dejado solo a Oliver, y se abandona a la belleza desplegada ante sus ojos. «Roma, te he encontrado. El amor y yo parecemos no entendernos» medita, mientras observa a las parejas lucir el suyo alegremente.

Signorina, va bene? –le despierta una voz.

¿Por qué a mí? –susurra ella.

Perdono, ragazza. ¿Española? No hablo bien español. ¿Está usted bene?

¡Mi mochila! ¡Ah, aquí está! ¿Qué me ha pasado? ¿Quién es usted?

Me llamo Iván. Usted se ha mareado. Diría que hay sangre en el piso, por debajo de su cintura.

¡¿Qué?! Estaba mirando el paisaje cuando... No lo recuerdo bien. Me duele muchísimo el vientre. ¡Cielo santo! ¡He perdido a mi hijo!

Incinta?, ¿está usted incinta, signorina?

¿Embarazada? ¡No! Quiero decir que yo…

Señorina, he de irme, pero no querría dejarla así. Llamo a una ambulancia, ¿giusto? Mejor que no se mueva molto.

Gracias, pero no es necesario. Estoy bien.

¿Seguro? Vediamo, le dejo el número de una ambulancia anotado en este papel. Si se encuentra peor, llame. ¿Tiene usted mobile?

Sí… claro…

Bien, tome. No dude en llamar si se trova mal. De todas formas, este es un lugar fácil para pedir una ayuda. Ahora, he de irme, scusa.

Durante el transcurso de unos minutos permanece sentada en las escaleras, en tanto que una repentina excitación recorre su cuerpo. Ese joven, Iván, habiéndola rescatado de un sueño inocente, forma parte ahora de una fantasía en la cual, a plena luz del día, se deja amar por él. Lentamente, él introduce una mano por debajo de su cintura, transportándola a un estado de suprema relajación. Sensualidad y atracción a partes iguales, protagonizan un fortuito encuentro que a todas luces se antoja prohibido. Luego se despiden sin efectuar ninguna promesa de volver a verse, y cada uno, sin más, retoma su camino en la capital que, al revés, se pronuncia amor.






CAPÍTULO IV

Fausto y el silencio de Oliver







Una luz cegadora apunta hacia su rostro. Debe de ser el sol, que vierte uno de sus rayos con furia, casi violento. Trata de abrir los ojos, y en el intento, distingue a una pareja pasando cerca de ella. Probablemente sean turistas. Otra mirada furtiva, casi sin separar los párpados, que parecen pesar más que nunca, dos persianas de plomo. Y le busca. Ni rastro de Iván.

Aquí, házmela aquí –solicita la joven a su acompañante, mientras éste encuadra el objetivo.

Otra vez la luz, flash. Y acompañada del destello, Ana regresa al túnel que separa pasado y presente. Un recuerdo la visita apremiante, transportándola a una edad temprana, una edad en la cual su razón ya palpitaba con sed de curiosidad. Unos tiempos en que la creyeron amante de la locura. ¡Flash! La plaza se convierte en un estudio fotográfico, una pasarela Cibeles, un festival de Cannes. Gente, más gente. Y ella, entre el tumulto, sentada en el peldaño más alto de la escalinata, sin saberse dormida o despierta, implora que nadie haya presenciado el desmayo, cuando menos, que hayan pasado de largo. «¿Iván? ¡La sangre!», recuerda. Y con el recuerdo, aparece otro sueño, restándole tiempo para comprobar la gravedad de la herida.



¿Mamá, existen los extraterrestres? Porque el espacio es muy grande y hay sitio para muchas personas. Una noche miré por el balcón de casa y vi una luz gigante que...

¡Ana, por Dios, siempre con tus fantasías! ¿No puedes comportarte como una niña de siete años que juega con muñecas? ¿Quién te enseña esas cosas?

A veces las sueño…

¡¿A veces las sueñas?! –resoplaba Lucía–. Mira, como sigas haciéndote esas preguntas te volverás loca, porque hay preguntas que no tienen respuesta, y, por lo tanto, no tiene sentido que te las hagas.

Pero, mamá. Y la cámara de vídeo, ¿cómo graba las imágenes? ¡No lo entiendo!

Hija –proseguía Lucía aguardando paciencia–, no lo sé, para eso están los inventores que las fabrican. A ti no te hace falta saber cómo las hacen, sólo tienes que saber cómo funcionan.

Pero yo quiero saber cómo las fabrican además de saber utilizarlas –replicaba Ana con desánimo, y dando muestras de un grado de madurez impropio de su edad–. ¿Sabes qué?, me gustaría tener una, así si un día veo un ovni podré grabarlo. –La madre se daba por vencida.



Una bocanada de aire fresco parece revivirla. Continúa en las escaleras, aturdida, no termina de entender qué ha pasado, de dónde ha salido ese chico, Iván. Y los sueños.

Recuperada del desmayo, y de vuelta al presente, se dirige a la terraza de un bar con la idea de tomar un expresso con mucho azúcar a fin de reponer fuerzas y elucubrar acerca de lo sucedido. «Subí las escaleras de la plaza, me puse a observar a la gente y ya sólo recuerdo a ese amable chico... ¡La sangre, mi pantalón!» Con pulso tembloroso, examina su entrepierna, que para sorpresa suya luce seca e impoluta.

Q vogliono prendere, signorina? –la distrae el camarero.

Un expreso, por favor.

Spagnola! Spagna è bella. Presto!

Tras hacer el pedido, copia los pasos del joven resuelta a salir de dudas. Una vez dentro del servicio, advierte que no existen restos de herida ni de mancha alguna. «¡No puede ser! Yo misma vi la sangre cuando desperté. Iván también la vio.» De manera automática, recuerda el papel con el número de la ambulancia y lo busca entre sus bolsillos. Para mayor infortunio, comprueba incrédula que tampoco existe ningún papel. «No lo he soñado, ¡mierda! Me he desmayado en esas escaleras.»

En la mesa, el camarero ya le ha servido el café. Lo bebe de un trago, y tras liarse un cigarro, se afana en revolver el interior de la mochila en busca del encendedor.

¿Me permite? –la intercepta un hombre, que la observa desde la mesa de al lado, y extiende el brazo para prestarle un mechero.

Gracias –corresponde ella, al tiempo que inhala la primera calada y se lo devuelve.

¿Viaja usted sola?

Así es, viajo sola.

¿Tal vez es la primera vez que viaja a Roma?

De hecho, es la primera vez que viajo a Italia, ¿qué le parece?

Sin lamentaciones de ningún tipo, maldice en silencio a ese completo desconocido que pretende entablar conversación cuando lo único que a ella le interesa es recapitular acerca de lo sucedido. Pero su inoportuna timidez le impide desviar la atención y ponerse en pie alegando tener prisa, después de todo, ¿por qué motivo iba a tener prisa una turista que viaja sola? Aunque también podría inventar cualquier excusa, que ha quedado con alguien, por ejemplo.

Bravo. Una española que visita Roma por primera vez y en solitario. Soy Fausto Pietralunga. Encantado –dice, alargando el brazo de nuevo, esta vez para estrechar su mano. Rápidamente, Ana repara en sus manos, que son grandes y están bien cuidadas, sin duda, subordinadas del intelecto, claro que la vestimenta también lo delata.

«¡Genial, ya no me lo saco de encima! ¿Por qué tendré que dar siempre explicaciones a gente que no conozco de nada? Ahora lo próximo será decirme en qué trabaja, que está divorciado, y que aprovecha sus momentos de tiempo libre, que son pocos, puesto que la multinacional que dirige se los resta demasiado, para tomar café en las terrazas de la ciudad mientras observa a la gente, no sin antes pedirme permiso para sentarse a mi mesa. Qué bien, ya no hay quien lo pare. Vale, dile que muchas gracias por su amabilidad, pero que tienes que irte.»

Encantada, yo Ana –resuelve, haciendo caso omiso a su soliloquio interno.

Ana, un piacere. La estaba observando desde aquí cuando subió las escaleras de la plaza, para avistar la panorámica deduzco. Espero que no le moleste que hiciese tal cosa. Me gusta observar cuanto tengo delante, y he de confesar que usted llamó mi atención enseguida. Sucede que trabajo en una empresa de gran envergadura internacional que me obliga a permanecer demasiado tiempo fuera de casa, y cuando viajo aprovecho para visitar el lugar. El caso es que, como le decía, de pronto la vi y despertó mi curiosidad. Y lo que es más, intuí que era usted española.

Vaya, sí que es usted buen observador. Y no, no se preocupe, ¿por qué iba a molestarme que estuviese mirándome? –expone sarcástica e ignorando el sucinto resumen de su vida. Claro que le molesta que estuviese mirándola, aún más que tenga la osadía de reconocérselo con semejante descaro. «¡Habrá visto mi desmayo! –resuelve de pronto–. Por eso se dirige a mí, para interesarse por cómo estoy. ¡Claro!»–. Lo cierto es que no sé qué me ha pasado –continúa, dando por válida su teoría–. Sólo recuerdo cuando desperté, y a ese chico tan amable que me ha prestado ayuda.

Perdón, pero no sé de qué me habla. Reparé en su presencia ni bien empezó a ascender las escaleras. A decir verdad, me resultó curiosa su indumentaria, parece usted una actriz de la Antártida –repone con una sonrisa–. Discúlpeme, no quisiera importunar con mi abuso de confianza, me temo que tengo un sentido del humor un tanto ágil. Viste usted muy bella, si me lo permite. El caso es que, como le decía, enseguida intuí que era usted una turista, y española. No sabría decirle, por su aspecto tal vez. Aunque me resultó extraño verla sola. Las personas observadoras como yo y que hemos viajado tanto reparamos en cualquier detalle, ¿sabe? ¿Es usted observadora?

Ana, me llamo Ana. Y sí, soy observadora, y mucho. Pero el caso no es ése, el caso es que...

El caso es que, como le estaba diciendo, me la he quedado mirando todo el tiempo y, disculpe que le diga, pero usted no ha sufrido ningún desmayo. Se la veía espléndida mientras observaba su alrededor. Hasta que de pronto se detuvo, alzó el rostro, y se puso a mirar el cielo. El sol, diría yo. Sí, eso mismo, retó a la luz del sol. Es más, aunque desde esta terraza no podía verla del todo bien, añadiría que pasados unos segundos cerró los ojos y sonrió. Acto seguido, se sentó en uno de los peldaños de la escalera y, por unos instantes, permaneció inmóvil, como recargándose de energía, al igual que hacen las plantas, ¿comprende? Espléndida, parecía usted un ángel.

Pero, señor...

«Juraría que antes de desmayarme estaba pensando en la energía solar y en cómo parece recargarme al igual que a las plantas. ¿De dónde diablos ha salido este hombre?»

Fausto –la corrige con educada sonrisa–. Mi nombre es Fausto.

Fausto, se habrá usted confundido de persona, porque yo acabo de sufrir un desmayo, y ese chico tan amable, Iván, ha estado a punto de pedir una ambulancia. Aunque no consigo entender por qué mi pantalón está limpio si me lo he manchado de sangre, ¡y por qué demonios no encuentro el papel con el número de teléfono que me ha facilitado! –exclama, mientras revuelve nuevamente el interior de la mochila, en busca de éste.

Tranquilícese, ¿quiere? Lo importante es que está usted bien. Además, son pocas las chicas ataviadas, cómo diría, como una esquimal de Hollywood. Eso mismo. Así que no la confundo. Y puesto que no he dejado de mirarla ni un solo instante, me atrevo a afirmarle, con toda seguridad, que ni se ha caído ni ha sufrido desmayado alguno. Sólo permaneció sentada afablemente. Esto es cuanto pude ver desde aquí. ¿Por qué iba a engañarle en algo así? No tiene sentido. Hummm, quizá sueñe usted despierta. ¡No, ya lo sé! Es usted actriz, una distinguida actriz que ha venido a rodar a Roma y está improvisando conmigo, ¿cierto? Aunque bien pensado muy famosa no puede ser porque no la reconozco.

La conversación con ese estúpido hombre empieza a exasperarla. En primer lugar, la interrumpe cuando se dispone a tomar un café a solas para recapitular sobre lo sucedido, luego, pone en duda que hace tan sólo unos minutos ha caído desplomada en las escaleras de la plaza a causa de un repentino desmayo pudiendo haberse herido de gravedad. Su humor extravagante y atrevido empieza antojársele totalmente fuera de contexto y de un poco gusto desmesurado.

¿Me toma usted el pelo? Oiga, podría haber rodado por esas escaleras ¿y a usted sólo se le ocurre bromear con mi absurdo parecido a un esquimal de Hollywood, además de insinuar que no sé ni lo que digo? –inquiere, elevando el tono de voz de forma abrupta–. Muchas gracias por el fuego. Deseo que le vaya bien con sus observaciones, pero he de irme, quiero aprovechar la tarde y la luz que resta para seguir visitando la ciudad. Así que, arrivederci! –concluye, al tiempo que se pone en pie y extrae el monedero del interior de la mochila.

Fausto, señorita Ana. Mi nombre es Fausto Pietralunga, y lamento haberla importunado. Por favor, déjeme invitarla por las molestias.

No se moleste, señor Pietralunga –aduce, con la cartera ya entre las manos. Lanzándole una inquisitiva mirada, deposita una moneda de dos euros sobre la mesa y abandona el lugar.

De acuerdo, otra vez será –masculla él, entretanto la observa alejarse.

Ese tal Fausto y sus aclaraciones la han sacado de quicio, junto con el café, que más que colmarla de energía, parece subir y bajar por el esófago interceptando las bocanadas de aire que entran y salen aceleradas por la boca. Necesita hablar con alguien, una opinión objetiva que le ayude a desgranar lo sucedido. «Si estuviese en mi ciudad pediría a cualquier desconocido conversar unos minutos. La opinión de alguien completamente ajeno a ti suele ser la más sincera, sin duda. Quizá el chico del albergue. No, ya deben de haber cambiado de turno.» Al cabo, prende su teléfono móvil.


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