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Excerpt for El psiquiatra de sueños lúcidos (El juego de los videntes: Libro 2) by , available in its entirety at Smashwords





El psiquiatra de sueños lúcidos

Míriam Martínez


























































Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del autor. Todos los derechos reservados.

© Míriam Martínez. El psiquiatra de sueños lúcidos.

Primera edición en eBook: Barcelona, enero de 2017

Primera edición en papel: Barcelona, enero de 2019



© Todos los derechos reservados

Obra registrada en Safe Creative



Imagen de la portada: LoboStudioHamburg (Pixabay)

Diseño de la portada: Míriam Martínez

Revisión de la novela: José Losada Maestro (Twitter: @joselosada86)









«Considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo.»

Aristóteles



«Ves cosas y dices: ¿por qué? Pero yo sueño cosas que nunca fueron y digo: ¿por qué no?»

George Bernard Shaw



«El conocimiento es limitado, la imaginación circunda el mundo.»

Albert Einstein



«Si el loco persistiera en su locura, se volvería sabio.»

William Blake


























































ÍNDICE



Prólogo

PRIMERA PARTE La desaparición

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

SEGUNDA PARTE Incansable búsqueda. El parto.

Capítulo XXV

Capítulo XXVI

Capítulo XXVII

Capítulo XXVIII

Capítulo XXIX

Capítulo XXX

Capítulo XXXI

Capítulo XXXII

Capítulo XXXIII

Capítulo XXXIV

Capítulo XXXV

Capítulo XXXVI

Capítulo XXXVII

Capítulo XXXVIII

Capítulo XXXIX

TERCERA PARTE Todo tiene un porqué

Capítulo XL

Capítulo XLI

Capítulo XLII

Capítulo XLIII

Capítulo XLIV

Capítulo XLV

Capítulo XLVI

Capítulo XLVII

Capítulo L

Capítulo LI

Capítulo LII

Capítulo LIII

Capítulo LIV

Capítulo LV

Capítulo LVI

Capítulo LVII

Capítulo LVIII

Capítulo LIX

Capítulo LX

Capítulo LXI

Capítulo LXII

Capítulo LXIII

Capítulo LXIV

Capítulo LXV

Capítulo LXVI

Capítulo LXVII

Capítulo LXVIII

Capítulo LXIX

Capítulo LXX

Capítulo LXXI

Capítulo LXXII

Capítulo LXXIII

Capítulo LXXIV

Capítulo LXXV

Capítulo LXXVI

Capítulo LXXVII

Capítulo LXXVIII

Capítulo LXXIX

Capítulo LXXX

Capítulo LXXXI

Capítulo LXXXII

Capítulo LXXXIII

Capítulo LXXXIV

Capítulo LXXXV

Capítulo LXXXVI

Capítulo LXXXVII

NOTA DE AUTOR




















































El psiquiatra de sueños lúcidos versa sobre un evento acaecido en el desenlace de la novela El juego de los videntes, constituyendo así su secuela. Varios de los personajes principales y escenarios de El juego de los videntes aparecen en la presente novela. Asimismo, se han incluido una serie de pasajes descriptivos con el fin de poder seguir sin dificultad la correlación de sucesos aun sin haber leído previamente su predecesora (no obstante, supone una correcta opción, sino aconsejable, leerlas como una bilogía, en su debido orden).
























































Prólogo





Transcurrieron cuarentaiocho horas hasta recibir el segundo email mediante el cual Aarón Espinosa, cuyo nombre real resultó ser Jean-Baptiste Sartre, daba respuesta al entramado y desenlace de El juego de los videntes, amén de dejar entrever que Iván Vacchiani tenía intenciones de atentar contra Fausto. Una novela que, para infortunio de dos de sus protagonistas, cobró vida conforme se aproximaban al final. Desde el segundo email hasta recibir la carta donde se incluía una fotografía de Ana Alcobas, confirmando con ésta su desaparición, se sumaron setentaidós horas y la más terrible de las circunstancias.



*



Se cumplían cinco días desde la última y fructuosa sesión de hipnosis de Ana cuando Fausto recibió en su buzón la carta que iba dirigida tanto a él como a Iván Vacchiani, comisario en Roma. Para entonces, su esposa llevaba cerca de cuatro horas incomunicada desde que, a las diez de la mañana, la telefoneara desde el trabajo. El sobre, de una tonalidad marfil, al igual que el folio que contenía tan indecibles letras, carecía de matasellos y de remitente al dorso. La policía, alertada por él a las dos del mediodía, rastreaba la zona desde hacía tres horas en un radio de cien kilómetros, en busca de cualquier indicio que desvelase el paradero de Ana Alcobas, soslayando así el protocolo de dejar transcurrir cuarentaiocho horas a efectos de oficializar un caso de desaparición. Toda medida resultaba insuficiente. Cualquier pista pasada por alto podía devenir en una nefasta e irreparable consecuencia, así lo hizo saber Fausto Pietralunga al cuerpo de policía de Maiori y Salerno, quienes desde el aviso batían los alrededores de forma ininterrumpida. Las primeras horas eran cruciales.

Aun sin apetecerle la idea lo más mínimo, tal vez se vería compelido —con la peor de las circunstancias como objeto— a retomar sus antiguas funciones de detective privado y de colaborador de los servicios de inteligencia italianos, solo que con un hándicap que complicaba todavía más lo anterior: en esta ocasión no sería la mano derecha de Esteban Piera, su amigo y exjefe de dicho departamento, sino del mismísimo Iván Vacchiani, quien junto con el principal sospechoso, Aarón Espinosa, protagonizaba la dichosa novela El juego de los videntes. Una novela que desde que Fausto y Ana iniciaran su lectura no había hecho otra cosa que originarles toda suerte de contratiempos.

Pese a todo, lo más acertado era mantener la calma y focalizarse en la creencia de que, al igual que sucedió tras desaparecer en las inmediaciones del hospital de Salerno, Ana se pondría en contacto con él de un momento a otro, alegando haber sufrido un desmayo o devenido un inexplicable lapso de tiempo; una inusual pérdida de conciencia de cuyo transcurso era incapaz de recordar nada. Porque, mal que le pesara, acaso el supuesto trastorno de personalidad disociada que padecía su esposa, según el que fuera su psiquiatra en Barcelona, no era sino certero.












PRIMERA PARTE

La desaparición


Capítulo I





Diario de Ana



Desconozco la manera de comunicarme con Fausto. Ni tan siquiera sé dónde estoy ni el motivo que me ha traído aquí. Se trata de una cabaña ubicada en un extenso prado, donde hectáreas de árboles y decenas de caminos pedregosos y serpenteantes parecen dirigirse a ninguna parte. Tal es así que no alcanzo a ver ningún tendido eléctrico. Con todo, el interior está en armonía con la belleza del paisaje. Un purificador celeste reviste las paredes del dormitorio, el espacioso colchón descansa sobre un somier fabricado en lo que semeja madera de pino y del dintel de la ventana penden unas cortinas de una tonalidad verde esmeralda. Acostumbro a dejar la ventana de mi habitación abierta a fin de ventilar la estancia, puesto que además dispone de mosquitera. Lo cierto es que nada tiene que ver con el lúgubre cuarto que presenciaba durante mis constantes pesadillas, ya que además del amplio dormitorio la cabaña cuenta con todo lo necesario para disfrutar de una plácida estadía. Solo que no me hallo aquí con tal fin, más bien me limito a sobrevivir, y a esperar. Aun y con todo, estoy atemorizada a la par que tranquila, extrañamente tranquila. Me atrevería a afirmar que tal estado de tranquilidad no es sino consecuencia de la libertad que atenazo en mis sueños, sueños de una lucidez jamás experimentada.

Desde el porche vislumbro un acantilado situado a pocos metros de distancia y la frondosa arboleda que flanquea vastos caminos de arenilla. Dispongo de un ordenador que me sirve para poco más que jugar al solitario, porque no cuento con conexión a internet. Dudo que llegue siquiera señal telefónica, a excepción del radiotransmisor que hay instalado en el salón. Hoy, Tomás me ha hecho entrega de leche, huevos, verduras frescas y pan, y de un neceser que contiene dos blocs, lápices, sobres y sellos. Al preguntarle si envían mis cartas me responde un escueto: «Oh, querida, la información de que dispongo es mínima, pero qué duda cabe de que las cartas llegan a su receptor». «¿Por qué no las envía usted, Tomás?» «Querida, mi tarea consiste en entregárselas al jefe, que tal como sospechará procede a su lectura previo a enviarlas.» «Dígame, Tomás, ¿sabe mi esposo que estoy bien?» «No me cabe la menor duda de que así es, señorita Ana. El jefe es extravagante en sus formas, qué duda cabe, sin embargo, es hombre de palabra. Puede estar segura de que, a menos que lo que crea estrictamente innecesario, mantiene informado a su esposo remitiéndole todas y cada una de sus cartas.» «¿Innecesario?» «Se habrá dado cuenta, señorita Ana, de que el jefe procura que no le falte a usted de nada, máxime en lo que a los cuidados de su embarazo se refiere. De modo que puede estar segura de que muy pronto regresará a su casa y lo sucedido hasta el día de hoy pasará a ser una historia más a recordar entre tantas.» «¿De veras lo cree así, Tomás? Entonces, ¿por qué estoy aquí?» «Forma parte del estudio, querida. Piénselo: ¿cree que estaría la puerta abierta si planease atentar contra su libertad?» «Pero ocurre que lo ha hecho desde el momento en que amanecí aquí, en contra de mi voluntad, aislada en medio de esta montaña y sin más contacto que el suyo y el del doctor. ¿No le parece?» «Visto así. Lo único que puedo decirle es que cuando todo esto termine, que terminará, y no tardando mucho, quizá entienda lo sucedido de otro modo, créame. Es más, estoy convencido de que cambiará completamente su percepción respecto al jefe.»





Horas después



Al despedirse, en los ojos de Tomás se reflectaba un intenso brillo, al punto de que por espacio de un breve instante semejaban estar bañados en lágrimas. Pese a la terrible situación en que me hallaba, de la que él de manera más o menos indirecta también debía de ser responsable, he de reconocer que le profesaba cierta estima. Se intuía en su trato para conmigo una suerte de cariño paternal, sus palabras me tranquilizaban, y abrigaba la extraña convicción de que mientras me visitara con regularidad nada empeoraría. Por la tarde me visitó el doctor Arenas. Tal como me temí al verle las noticias distaron mucho de ser las deseadas, y la poca tranquilidad de la que hice acopio tras conversar con Tomás se esfumó de un plumazo. No exagero al afirmar que fue uno de los momentos más aciagos de toda mi vida, tanto fue así que superaba con creces la sensación de angustia y desamparo que me sobrevino al reparar en dónde estaba y la sólida incertidumbre a la que me enfrentaba desde que amanecí en la cabaña.

—Hola, Ana. ¿Cómo te encuentras hoy?

—Bien. Doctor, me gustaría saber cuándo salgo de cuentas.

—De eso mismo quería hablarte. Traigo los resultados de las últimas pruebas. ¿Tomamos asiento?

Hube de sostenerme en el mármol de la cocina con celeridad, temerosa de caer de bruces al suelo luego de que un incipiente e intenso vahído me nublara por completo la vista. El doctor se aproximó raudo hacia mí, y alargó sus brazos en ademán de asirme.

—¿Ana?

—Solo ha sido un mareo. Estoy bien.

—Si quieres, preparo unas infusiones.

—¿No es molestia?

—En absoluto. Vamos, siéntate mientras hierve el agua.

—Doctor, primero dígame qué sucede —demandé. En un coordinado gesto, Arenas efectuó un par de pasos hacia atrás y arrastró una silla indicándome tomar asiento—. ¿Ocurre algo con mi bebé? Es eso, ¿verdad?

—De acuerdo, pero luego deja que prepare las infusiones —repuso, al tiempo que tomaba asiento delante de mí—. Verás, Ana, han surgido algunas complicaciones. De acuerdo con tu historial médico, los niveles de hierro en tu organismo descienden con relativa rapidez tras quedar en estado.

—¿Qué quiere decir? —pregunté alarmada.

—Lo que sucede es que todo apunta a que nos enfrentamos a un parto de alto riesgo, por lo que me veo en la obligación de trasladarte al hospital en que ejerzo como psiquiatra. Aun así… —enmudeció de pronto. Clavó su azulada mirada en la mía, para acto seguido, cabizbajo, detenerla en la mesa.

—Sé muy bien lo que sigue, doctor. Mucho me temía que más pronto que tarde cruzaría esa puerta con semejante noticia —dije entre dientes, desviando la mirada hacia la puerta de entrada, obnubilada en mis pensamientos.

—Sin embargo, voy a hacer todo cuanto esté en mis manos para que nada malo os ocurra ni a ti ni al bebé.

—¿Está mi marido informado?

—El jefe se ocupará. Ha sido él quien ha sugerido trasladarte antes de que se dé ningún contratiempo. Avisará a Fausto ni bien te hayamos ingresado.

—Fausto —repetí en un susurro—. Entonces, ¿cuándo me trasladan?

—Dada la gravedad, y que en cinco semanas se cumple la fecha prevista para el parto, no tenemos tiempo que perder. Por tanto, creemos oportuno proceder al ingreso mañana a primera hora.

Al término de la conversación me di de bruces contra la mesa. No atesoro ninguna imagen previa a amanecer en una amplia habitación de hospital, donde una joven me tomaba las constantes vitales. Pese a que el tiempo transcurría con pasmosa celeridad, mis recuerdos se remontaban a alrededor de tres semanas atrás, las mismas que llevaba sin ver a Fausto. Estábamos a mediados de julio de 2011.






Capítulo II





Se cumplía un mes de la desaparición de Ana cuando recibí el segundo correo electrónico. Las indicaciones finales eran tan precisas como sucintas: «Muelle del puerto de Salerno número ocho, a las doce del mediodía. Acudirás en solitario, desprovisto de teléfono móvil o similar, y en ningún caso alertarás a la policía». Cualquier incumplimiento de las citadas instrucciones conllevaría el desacato a su palabra de entregármela con vida. Eso rezaba al final del email. La procedencia me resultó imposible averiguarla. De igual forma sucedió con la llamada que recibí pocos días antes, cuyo interlocutor distorsionó su voz al punto de que sería incapaz de afirmar si se trataba de un hombre o de una mujer. Con todo, hubiera quien hubiese tras el aviso, lo único importante se resumía en que tal vez en unas horas me reuniría con ella, con Ana, con el amor de mi vida. Una suerte de presentimiento se orientaba hacia que, tras un mes de constantes tribulaciones y agonía, al fin recuperaría a mi esquimal. Si bien no dejaba de tener presente que desde que recibiéramos el manuscrito mi intuición había dejado de funcionar con la precisión de ordinario. Una intuición, un don, que pocos años atrás me granjeó el respeto y admiración de Esteban Piera, excomisario de los servicios de inteligencia italianos en la ciudad de Roma, de los cuales fui colaborador por unos meses y de los que hubo tomado el relevo al mando Iván Vacchiani, voz narradora del dichoso manuscrito, amén de mi mayor enemigo potencial.

Como cabía esperar, esa noche no pegué ojo, acudiendo a mi mente un sinnúmero de recuerdos de una claridad desbordante. Recordé que al día siguiente de recibir el segundo email de Aarón Espinosa —tres días antes de la desaparición—, dando fin con éste al manuscrito, Ana amaneció con un mal presentimiento. Me comunicó que si bien las sesiones con Mateo —con objeto de combatir sus pesadillas— surtían efecto, temía por la vida de André, nuestro bebé. Y lo cierto es que ese recuerdo me atormentaba casi tanto como su desaparición. Ya no se trataba en exclusividad de su vida, sino también de velar por la del hijo que estaba en camino. En primera instancia barajé la posibilidad de investigar por cuenta propia, sirviéndome de cuantos contactos y recursos disponía a mi alcance, tal como llevé a cabo en mi labor de detective privado años atrás, pero enseguida comprendí que de querer encontrarla cuanto antes debía alertar a la policía, por mucho que ello implicara trabajar codo con codo con quien, a mi modo de verlo, no era sino uno de los principales sospechosos del ominoso caso al que me enfrentaba: Iván Vacchiani. Tanto daba que la nota firmada en nombre de Sartre (hasta hacía bien poco, Aarón Espinosa, autor de la dichosa novela) fuese dirigida a él y a mí sin diferencia, y cuyo contenido no era otro que: «Lamento que la fotografía (misma para ti, Fausto, que para ti, Iván) no sea de vuestro agrado. Es una pena, qué duda cabe. Tan bella y con un don que la hac todavía más especial. Vuestro eterno amigo: Baptiste Sartre». Una fotografía en la que aparecía Ana tendida en una cama, dormida, porque no albergaba ninguna duda de que continuaba con vida, por mucho que mi don hubiese errado en el transcurso de las últimas semanas. Por tanto, me sabía dispuesto a mover cielo y tierra y a pedir ayuda a cuantos ojos me sirvieran de guía para hallar sanos y salvos a Ana y a André.

Así fue como pocos minutos después de recoger el sobre en el buzón de casa contacté con los servicios de inteligencia italianos, dentro de los cuales cuento con más de un colega dado los meses en que presté mi colaboración. Telefoneé directamente a la central de Roma, donde me pasarían con el comisario Iván Vacchiani, hasta hacía bien poco, férreo y tenaz rival, y quien, según entreveía Aarón Espinosa en su novela, autor de querer perpetrar un atentado contra mi persona.

Cuando el agente le transfirió la llamada tras solicitar mi nombre completo y comprobar que, en efecto, hube prestado mis servicios de colaborador tiempo atrás, un gélido sudor me recorrió la espina dorsal.

—Fausto —se apresuró jadeante—. ¿También has recibido la carta?

—De modo que tú también. En ese caso, espero que tus hombres hayan alertado a la policía de Maiori y alrededores.

—Acabo de emitir una orden de búsqueda. He visto la carta al salir de casa, cuando me dirigía a comisaría. Lo siguiente era ponerme en contacto contigo. Digamos que te has adelantado por unos segundos.

—Lo mejor será que nos veamos —aduje, conteniendo por unos segundos la respiración.

—En poco menos de media hora salgo hacia Maiori. No te alejes de tu casa, ¿de acuerdo? Fausto, he de pedirte que guardes cierta discreción.

—Y yo quiero dejarte claro desde ya que no pienso acatar ninguna de tus órdenes. Y que de no haberse dado esta lamentable situación nunca me habría puesto en contacto contigo. Nunca —recalqué.

—Te veo en tres horas. Mantén cerca el teléfono. —Seguidamente, se interrumpió la comunicación.

Lo siguiente fue telefonear a Aarón Espinosa, cuyo nombre real resultó ser Jean-Baptiste Sartre. De las tres ocasiones en que lo intenté, en todas obtuve igual resultado: teléfono apagado o fuera de cobertura. Atribulado por mis incesantes pensamientos, y sin desprenderme del iPhone —y sin dejar de deambular a lo ancho y largo del salón—, contacté con el cuerpo de policía de Salerno y Maiori, siéndome informado en ambos casos que acababan de recibir una orden del comisario Iván Vacchiani al objeto de rastrear la zona hasta en un radio de cien kilómetros, amén de remitirles la fotografía de Ana adjunta con la nota, sus datos personales, lugar de trabajo y residencia, así como el nombre completo de Jean-Baptiste Sartre Fontaine, exagente de la inteligencia francesa en paradero desconocido y principal sospechoso. Sería el contenido de la nota y la fotografía, como pruebas indiciarias —además de mis contactos en el cuerpo—, lo que facilitó que dicho rastreo tuviese lugar fuera del margen de horas reglamentarias.

—En efecto. También disponemos de la carta firmada en nombre del exagente Sartre. El comisario Vacchiani nos la ha remitido junto con los demás datos.

—En cualquier caso, quiero hablar con su jefe para ponerle al día de los hechos —exigí al teléfono.

—Por supuesto, señor Pietralunga. Le alertaré para que se ponga en contacto con usted a la mayor brevedad posible.

Al cabo de pocos minutos, el comisario Filipo Rozas de la policía de Salerno telefoneaba a mi móvil personal. Tras advertir su intención de repetir de forma concienzuda la misma información que me había facilitado uno de sus hombres al teléfono, me apresuré a intervenir con el fin de agilizar la conversación. Transcurridos escasos segundos, en los que me limité a sugerir que debíamos hablar en persona, me informó que en menos de una hora se personaría en mi domicilio.

Eran las tres y once minutos cuando el coche patrulla estacionó frente al jardín de nuestra casa.




Capítulo III





Enfilé hacia el recibidor como alma que lleva el diablo, poniendo fin al incesante deambular por el salón, con el que traté, infructuosamente, de zafarme de mi estado de agitación en cada una de las zancadas efectuadas. Jadeante, abrí la puerta y me detuve bajo el umbral en tanto el comisario Rozas y uno de sus hombres atravesaban el jardín con paso decidido.

—Señor Pietralunga —saludó el comisario acompañándose de un gesto de cabeza.

—Adelante —le correspondí en un hilo de voz.

Al tiempo que accedían al interior de la vivienda, les indiqué pasar al salón y tomar asiento. Acomodados ya en uno de los sofás, les ofrecí algo de beber, a lo que ambos declinaron la oferta tras agradecerme el gesto. De modo que, sin más dilación, tomé asiento enfrente de ellos y me enzarcé en una atropellada explicación, iniciándome con los pormenores acaecidos durante la lectura del manuscrito, las sesiones de hipnosis y concluyendo con su reciente desaparición. En referencia a lo sucedido entre Iván Vacchiani y Ana en Barcelona, y las conjeturas de Aarón Espinosa referidas en el desenlace respecto a las funestas intenciones de Iván, por el momento omití tales datos. Después de mi aderezada exposición, el comisario Rozas dio inicio a su retahíla de preguntas.

—Conque asegura que un tal Aarón Espinosa, que más tarde resultó ser Jean-Baptiste Sartre, exagente especial de los servicios de inteligencia franceses, le entregó un manuscrito tras personarse en su imprenta de Maiori alrededor de tres meses atrás, cuyo argumento versaba, principalmente, sobre su encuentro con un desconocido en la plaza Real de Barcelona, quien horas después le confesaría estar obsesionado con Ana Alcobas, su mujer. ¿Es así?

—Con Iván Vacchiani —apostillé.

—Vacchiani —repitió Rozas en voz queda.

—Reciente comisario de la oficina central de Roma, quien nos alertó sobre la desaparición de la señora Alcobas —intervino su ayudante.

—Gracias, subinspector Palacios. Si bien estoy al día de quién es Vacchiani y su participación en la investigación —replicó con cierto deje de asqueo el comisario—. De modo que el hombre que durante varios meses colaboró con el exagente Sartre en la creación del manuscrito, es ni más ni menos que el jefe de uno de los departamentos de la inteligencia italiana —sermoneó en tono de pregunta, a lo que me limité a afirmar en un gesto de cabeza haciendo acopio de la poca paciencia de que disponía—. ¿No considera, entonces, de vital importancia que nos reunamos con el comisario Vacchiani?

—Eso me temo —balbuceé—. Por lo mismo, ya me he puesto en contacto con él, e informarles que está de camino. Calculo que por carretera se encuentra a una hora de distancia de Maiori —aseveré oteando el reloj de pared, que marcaba las cuatro y diez minutos de la tarde.

—En dicho caso, conviene que nos haga un resumen más extenso del contenido del manuscrito entretanto el comisario hace su llegada, ¿le parece?

Medité por espacio de unos segundos mientras clavaba mi mirada a intervalos en uno y en otro hombre. Ana llevaba para mí seis horas desaparecida desde que la hube telefoneado a las diez de la mañana entretanto me hallaba cumpliendo con mi jornada laboral. Había llegado a casa a las dos en punto luego de cerrar la imprenta pasados treinta minutos de la una, como cada mediodía. Esa mañana, por más que le había insistido, declinó mi tentativa de acompañarme durante mi jornada, y puesto que me aseguró que se quedaría en casa descansando no hallé motivo para negarme. Además, Luca y Marcelo, ambos recomendados por Esteban Piera, custodiaban las inmediaciones de nuestra vivienda en turnos de ocho horas a ocultas de ella, las mismas durante las que yo me ausentaba en el trabajo. Pero para mi asombro y la peor de mis pesadillas, lo único con que me topé tras cruzar la puerta de entrada a las dos en punto fue con un sobre en el interior del buzón y ni rastro de su presencia. Un sobre que contenía la escueta nota firmada por Espinosa, o Sartre, y la fotografía en que aparecía Ana tendida en una cama. Sujetándolo temeroso entre mis manos y sin dar crédito, salí a toda prisa a la avenida principal, donde uno de los guardaespaldas debía de permanecer en el interior de su automóvil.

Abrí la puerta del conductor a la velocidad de un rayo. A semejante velocidad, Luca se apeó con el rostro desencajado.

¿Qué ocurre, señor Pietralunga?

Ana. ¿Dónde está?

Llevo de guardia desde las nueve de la mañana y no he detectado ningún movimiento sospechoso —aseguró.

¿Y Marcelo? ¿Tampoco ha visto nada desde la parte trasera?

Raudo, accionó el radiotransmisor a fin de comunicarse con su compañero, quien, tras serle preguntado si había visto a Ana o a alguien sospechoso merodeando por los alrededores, se limitó a negar con voz trémula. A toda prisa, regresé al interior de casa y, en busca de alguna otra nota o indicio pasado por alto, accedí al dormitorio subiendo de dos en dos las escaleras que presiden la sala de estar.

Pocos segundos después, Marcelo hizo su aparición hablando en nombre de los dos.

Lo lamento, Fausto. Desconocemos qué puede haber sucedido. Díganos, ¿rastreamos la zona?, ¿algún lugar en concreto?

Tú quédate aquí por si regresa, y mantente alerta ante cualquier movimiento sospechoso. Que Luca peine la zona: primero la urbanización, luego que conduzca hasta el pueblo. Lo que se le ocurra.

Pero deberíamos alertar a la policía.

Por el momento, haced lo que os ordeno.

Entendido.

Mientras Marcelo regresaba a su posición y Luca recibía órdenes de rastrear las inmediaciones, me puse al volante del Chevrolet con el fin de dirigirme, en primer lugar, a la imprenta, no sin antes marcar el número de Ana, que continuaba inoperativo.

Estacioné en doble fila y me apeé a pocos metros de la avenida peatonal donde está ubicado el local. La puerta permanecía cerrada con el cartel de horario, tal como la había dejado. De forma automática, oteé la terraza donde Iván hubo tomado café en dos ocasiones previo a franquear el muro que rodea nuestra casa, hacía ahora dos años, con la idea de espiar a Ana en tanto yo cumplía con mi jornada laboral, así quedaba narrado en El juego de los videntes. Ni rastro de ella ni de él, ni tampoco de Aarón Espinosa o Jean-Baptiste Sartre, o como demonios quisiera llamarse. De nuevo en el interior del Chevrolet, sopesé conducir hasta la Universidad de Salerno, lugar donde ejerce Ana de profesora, pero lo creí demasiado precipitado, amén de que suponía alejarme de nuestro hogar cuando ni tan siquiera había alertado a la policía todavía. Fue entonces cuando regresé a casa y contacté con la central de Roma, luego de que Marcelo me informara al teléfono que seguían sin hallar rastro de ella, a lo que le ordené que permanecieran en sus posiciones.

—De modo que el tal Marcelo custodia el perímetro de su vivienda mientras que el otro guardaespaldas, Luca, rastrea la zona —intervino Rozas.

—Correcto. O al menos, así debería ser.

—Señor Pietralunga, no seré yo quien juzgue su proceder. Está usted en pleno derecho de contar con cuanta ayuda estime necesaria, si bien, como comprenderá, mis hombres y yo encauzaremos la investigación de acuerdo a nuestros procedimientos. Sabrá que la investigación compete a las autoridades de Salerno por tratarse de nuestra jurisdicción, que junto con la policía de Maiori haremos cuanto esté en nuestras manos para dar con el paradero de su mujer.

—Así lo espero.

—Luego, dadas las pruebas preliminares, el testimonio del comisario Vacchinai cobra vital importancia.

—Me hago cargo.

—Por otro lado, deberá facilitarnos el ordenador de la señora Pietralunga para que los informáticos procedan a su análisis —solicitó con determinación, a lo que asentí en un gesto de cabeza. Sin demora, subí al dormitorio, me hice con él y descendí a toda prisa las escaleras de regreso al salón.

—Palacios, alerte al agente Cardona, quien se encuentra rastreando la zona, para que lo entregue a Informática.

—Enseguida, jefe —contestó solícito el ayudante, al tiempo que se ponía en pie y extraía un teléfono móvil del bolsillo de su pantalón.

Al transcurso de pocos minutos, llamaron a la puerta. Fue el subinspector Palacios quien recibió al agente, y quien, de inmediato, le hizo entrega del portátil. Hallándonos de nuevo los tres en el salón, Rozas retomó el interrogatorio.

—Y ahora, Fausto, volvamos al contenido del manuscrito.




Capítulo IV





Durante una hora me vi relatándoles los insufribles capítulos de El juego de los videntes. Ana e Iván Vacchiani en Barcelona, hacía ahora dos años, tras mi regreso a Maiori, pocos días después de conocernos, en tanto ella finalizaba sus estudios en la Ciudad Condal; el beso que unió fugazmente sus labios junto a la estatua de Eros, en el Laberinto de Horta; la Traviata; la noche que estuvieron a un paso de dormir juntos; el regreso a Italia de ambos para mediados de 2009, si bien en fechas y por motivos distintos: Vacchiani en mayo para reincorporarse a su lugar de trabajo, en Roma, y Ana en julio para instalarse en nuestro recién estrenado hogar, en Maiori; las dos ocasiones en que Iván la espió desde el jardín; su plan de acudir a la Universidad de Salerno, el cual finalmente no llevó a cabo puesto que decidió poner fin a su colaboración literaria con Aarón Espinosa. Aquí hice una pausa cuando Rozas me preguntó por qué Vacchiani decidió abandonar la novela y la fecha en que había sucedido.

—Al parecer, tras varias semanas de lo que Ana y yo creímos era una peculiar colaboración literaria entre ambos, Iván decidió retomar su anterior vida, poner fin así su obsesión por ella, centrarse en su trabajo y olvidarse de Aarón y del manuscrito, o de lo que en realidad resultaron ser sus peculiares sesiones de psicoanálisis según refiere Aarón en el desenlace. Pero transcurridos ocho meses, en la primavera de 2010, Iván cambió de opinión y decidió contactar con él, siendo el siguiente encuentro entre ambos en la Ciudad Condal, un 28 de abril —concreté, sin mencionarme todavía acerca de las insinuaciones testimoniadas por Aarón Espinosa en el desenlace: la supuesta tentativa de Iván de sacarme de en medio.

—Entonces, si le he entendido bien, el comisario Vacchiani desconocía que Sartre estuviese escribiendo una novela acerca de, digamos, la obsesión que el primero sentía hacia su mujer. Por el contrario, se servía de la compañía del exagente francés para desahogarse podríamos decir. ¿Es así? —resumió Rozas.

—Más o menos. Lo cierto es que Iván sospechó casi desde un principio quién era en realidad Aarón Espinosa.

—Continúe, por favor —volvió a hablar el comisario, entretanto anotaba algo en su cuaderno de notas.

Procedí a detallarles dicho reencuentro, así como que fue Vacchiani quien se puso en contacto con Espinosa, ya que, según se refería en el manuscrito, echaba de menos la novela (o, como supimos tras sernos remitido el desenlace, las peculiares sesiones de psicoanálisis entre él y Aarón). Después de aquel día, se sucedieron ocho meses, hasta que, en diciembre de ese mismo año, 2010, Iván despertó de un largo coma tras ser arrollado por un coche en vía Layetana, Barcelona, y cómo, durante su ingreso, Aarón Espinosa decidía retomar El juego de los videntes en primera persona. El siguiente hecho se correspondía con el encuentro entre Ana e Iván en un café de Roma, en marzo del año en curso, 2011, donde viajamos en vísperas de Semana Santa con motivo de visitar a mi hijo Francesco y su familia. Desde entonces no habíamos vuelto a tener noticias de Vacchiani. En cambio, a Aarón decidimos telefonearlo puesto que Ana lo estimó necesario a efectos de poner fin a las pesadillas que sufría desde hacía semanas, las cuales atribuía a la lectura del manuscrito y los contratiempos, por entonces algunos sin resolver, acaecidos entretanto. Sería tras dicha llamada cuando Aarón Espinosa nos remitió por email el desenlace de la novela, hacía ahora cinco días.

—¿Qué tipo de pesadillas? —se interesó Rozas.

—Al regreso de nuestro viaje a Roma, hace ahora tres meses, empezó a sufrir una serie de pesadillas en las que permanecía retenida en una habitación, motivo por el que acudía a las sesiones de hipnosis de Mateo, terapeuta especializado en el tratamiento de múltiples fobias.

—¿Retenida, dice?

Sorteando un acuciante y repentino estado de exasperación, recordé que me había propuesto mantener la calma.

—Así es, en contra de su voluntad —dije exhalando un suspiro—. En un cuarto, sin apenas luz ni mobiliario.

—Señor Pietralunga —se pronunció nuevamente Rozas, retomando la formalidad en el trato—, al poco de empezar a relatarnos el contenido de la novela, el cual asegura que al menos en un noventa por ciento se ajusta a lo sucedido, ha hecho mención del don que tanto usted como su señora poseen. ¿Podría hablarnos al respecto?

—Tal como he declarado, poseo la capacidad de dilucidar ciertos acontecimientos futuros por mediación de pensamientos que me son ajenos, al igual que Ana, solo que ella mediante sus sueños.

—¿Premonitorios?

—Ajá —balbuceé hastiado.

—Y en su caso, quiero decir, ¿cómo logra usted…?

—¿Realmente cree necesario profundizar en datos tales, comisario Rozas?

—No estrictamente. Si bien de cuanta más información dispongamos, mejor.

—Digamos que en ocasiones puedo intuir lo que piensan o sienten otras personas, si es que ambas cosas no están proporcionalmente relacionadas.

Escrutando con fijeza a ambos hombres, me percaté de cómo el subinspector Palacios tragaba saliva al tiempo que repiqueteaba los pies en el enlosado, mientras que Rozas emitía un leve carraspeo y fruncía el ceño.

—Entiendo.

—Verá, no es mi intención que entiendan nada, tampoco demostrarles si estoy o no en lo cierto. Es más, tanto me da que me tomen por un chiflado, pero la realidad es que mi mujer ha desaparecido, y hasta donde he entendido, ustedes van a hacer cuanto esté en sus manos para dar con su paradero, ¿es correcto?

—Innegablemente, señor Pietralunga. Solo que antes de trazar posibles líneas de investigación conviene recabar una buena suma de información como comprenderá. Cualquier indicio, por nimio que pueda parecernos ahora, puede converger en una pista por demás crucial. Asimismo, le recuerdo que en otras circunstancias hasta transcurridas cuarentaiocho horas no habríamos oficializado la desaparición ni activado el protocolo establecido, si bien también es cierto que contamos con una nota y una fotografía que parecen evidenciar que nos enfrentamos a un caso de secuestro, además de haber sido alertados desde la central de Roma para proceder con la mayor celeridad posible, alerta emitida por el comisario Iván Vacchiani además. Aunque, y vuelvo a mencionarme, el caso se encuentra bajo mi jurisdicción y la de mis hombres.

—Estupendo, porque el señor Vacchiani debe de estar a punto de llegar —aduje, haciendo caso omiso a la reiteración de su potestad.

—¿Podría hablarnos ahora de los hombres que custodian su casa?

—Recomendados. Lo creí oportuno para la seguridad de mi esposa mientras atiendo la imprenta, al menos hasta transcurrido un tiempo prudencial a contar desde marzo de este año, mes en que terminamos de leer el tercer manuscrito y tres antes de recibir el desenlace por email, hace ahora cinco días, tal como ya les he informado.

—Hizo usted bien después de todo —apuntó Rozas pensativo. A todas luces el comisario de Salerno discurría acerca de la precisión de los sueños de Ana y mi obcecación por protegerla. Y con su respuesta, me disculpé para ir al servicio.

De regreso al salón, volví a ofrecerles algo de beber luego de comunicarles que me disponía a servirme un café. Rozas habló en nombre de los dos al decidirse por un vaso de agua. En el rato que demoré en calentar el café y verter agua fría en una jarra, timbró mi teléfono móvil. Era Iván, quien me informó que llegaría en poco más de diez minutos.














Capítulo V





—¿Dónde estoy? —cuestioné aun sin ver a nadie.

Se trataba de una espaciosa habitación amueblada con una cama individual, una mesilla de noche y un armario de doble puerta, y que disponía de un amplio ventanal, desde el que me resultó imposible, recostándome en el cabezal de la cama, reconocer el paisaje que se vislumbraba en el exterior. Entrecerrando los ojos, me concentré en los generosos rayos de sol que alumbraban la estancia, tamizados a través de las finas cortinas que pendían a ambos lados de la ventana uniéndose en el centro. Seguidamente miré en rededor, al tiempo que realizaba la «comprobación de la realidad». Ningún reloj de pulsera ni similar, asimismo, permanecía tumbada, de modo que estaba muy lejos de hallarme suspendida en el aire con mi cuerpo astral. Sin ningún género de dudas, estaba despierta. Reparé en una maleta acto seguido, situada junto al armario de doble puerta. Poniéndome en pie avancé hacia ella y me afané en abrir la cremallera, prendiendo el cuaderno de notas que descansaba en su interior, en cuyas páginas creí reconocer mi letra. Regresé a la cama y tomé asiento recostándome nuevamente en el cabezal. Estando ya acomodada, leí la última página.



Sueños en los que experimentamos situaciones extraordinarias, que pueden ejercer cambios considerables en nuestra psique. En ocasiones, la percepción sobre la realidad manifestada por medio de los sueños resulta crucial para nuestro patrimonio evolutivo: múltiples estudios demuestran que la voluntad de una persona se ve parcialmente alterada tras soñar repetidas veces con la ejecución de una misma tarea. Asimismo, un buen número de estudiosos afirma que albergamos alrededor de sesenta mil pensamientos diarios, y conviene recordar que dichos pensamientos inciden en nuestra mente inconsciente la cual supone un noventa por ciento del total de las acciones de nuestra mente y que ésta nunca duerme.

Sueños lúcidos: término que se atribuye al psiquiatra Frederik van Eeden, quien lo acuñaría en 1913 tras realizar un exhaustivo estudio en el que documentaba sus propias vivencias oníricas. Es la finalidad del soñador lúcido ejercer control sobre sus sueños teniendo plena conciencia de estos, es decir, mientras es consciente de que está soñando. Pese al conjunto de detractores existente en torno a la fiabilidad de dichos sueños quienes postulan que los sueños lúcidos como tal no tienen ninguna cabida empírica, y que el soñante se encuentra en un estado similar a la duermevela, recientes experimentos aseguran que la lucidez presente en estos puede llegar a reducir la frecuencia de nuestras pesadillas, así como combatir ciertas dolencias psicoemocionales. Pasos a seguir: adquirir un bloc de nuestro agrado donde anotar nuestros sueños con el firme deseo de recordarlos; redactarlos nada más despertar; «comprobar la realidad» varias veces al día con intencionalidad, esto es: constatar que estamos despiertos; también se recomienda tomar breves siestas con la firme voluntad de experimentar la lucidez en el sueño.

Si bien el sujeto puede desarrollar cierta adicción frente a su capacidad de manejar a voluntad el mundo onírico, en el peor de los casos pueden debilitarse las fronteras existentes entre consciente e inconsciente, fantasía y realidad, pudiendo ocasionar problemas de carácter disociativo: dificultad para distinguir un recuerdo real de uno onírico en el caso que nos ocupa.



Di un respingo cuando, inmersa en la lectura, escuché el estrépito de la puerta.

—Hola, Ana. Mi nombre es Alicia, y de ahora en adelante seré tu enfermera. He llamado a la puerta varias veces antes de entrar, pero no contest

En un gesto reflejo, guardé el cuaderno bajo la almohada.

—Disculpa —me apresuré—, acabo de despertarme y estoy un poco mareada.

—Eso es debido a la medicación, nada de lo que alarmarse. Al parecer sufriste una pequeña crisis de ansiedad instantes previos a que te trasladaran, motivo por el que el doctor decidió inyectarte un calmante de baja dosis, un relajante muscular. —Azorada, fijé la vista en mis antebrazos, al tiempo que Alicia retomaba la palabra. No portaba ninguna vía ni reparé en ninguna marca de pinchazo—. Dormir es altamente beneficioso para el organismo, de modo que te aconsejo que lo hagas tanto como te pida el cuerpo —completó con una sonrisa.

—¿Dónde está él?

—¿El doctor? Enseguida vendrá a verte. Si te parece, voy a comunicarle que has despertado. Estate tranquila, Ana. Tanto el bebé como tú os halláis fuera de peligro —concluyó con otra generosa sonrisa antes de abandonar la estancia. Su dulce y acompasada voz transmitía una suerte de paz tranquilizadora, y con su afirmación final, un largo suspiro escapó a mis labios.

El doctor hizo su aparición poco rato después. Al igual que el de Alicia, su rostro transmitía serenidad, lo cual contribuyó a que pudiera mantener el incipiente estado de calma en que me hallaba.

—Ana, qué gusto verte. Alicia me ha comunicado que te sientes un poco mareada.

—Sí, pero ya me encuentro mejor —anuncié entornando ambos ojos y sin dejar de mirarle. A la vez, acudieron a mi mente borrosas reminiscencias, y tras exhalar una bocanada de aire, referí expectante—: Me ha informado que el bebé está bien.

—Así es. Al parecer tenéis una salud de hierro, y no solo eso, sino que, como cosa de un milagro, la última analítica refleja unos niveles de hierro en sangre dentro de los parámetros normales.

—…

—Ana, ¿seguro que te encuentras bien?

—Arenas... —recordé súbitamente—. ¿Quiere decir eso que todo va a salir bien?

—Casi puedo afirmarlo. No obstante, conviene manteneros bajo observación. No te preocupes, mi última intención es que pases el día tumbada en la cama. En unas horas podrás levantarte y pasear por las instalaciones, o descansar en el salón comunitario.

—¿Dónde estamos, doctor? ¿Han avisado a mi marido?

—Tal como te informé, te hemos trasladado al hospital donde ejerzo como psiquiatra. Se trata de una institución privada, con varios pabellones de limitada ocupación, si bien cuenta con las mejores instalaciones de que podrías aventajarte, además de con tecnología punta —aclaró sonriente—. En un rato yo mismo te mostraré el edifico si así lo deseas y te ves con ganas de pasear.

—¿Y Fausto? —insistí.

—El jefe se ocupó de informarle que tanto tú como el bebé os encontráis bien.

—¿Y yo, doctor?, ¿cuándo podré hablar con él?

—Es cuestión de días, tal vez horas. Y no solo hablar, sino que muy pronto podrás verle. Ahora, despéjate. En un rato regreso, y si así lo deseas, damos juntos un paseo. Le diré a Alicia que te sirva la merienda.

Ni bien salió del cuarto mis ojos se cerraron de forma involuntaria presos del cansancio. De seguido, recordé una serie de ejercicios: visualizar el contenido de cuanto deseaba experimentar en mis sueños, así como formular preguntas cuyas respuestas me serían reveladas en la fase REM. Tomé el libro que permanecía en la mesilla, Cómo experimentar sueños lúcidos, e inicié su lectura.

Cuando desperté, el volumen descansaba sobre mi regazo, en tanto en la mesilla auxiliar había ahora depositada una sólida bandeja de acero que contenía la merienda. Tras desperezarme, me incorporé en la cama, resuelta a engullir el sándwich de queso y la manzana: de pronto un hambre voraz me atenazaba el estómago; y a continuación, ingerí el zumo de melocotón en apenas un par de sorbos. Al cabo de pocos minutos, cual si hubiese calculado el tiempo que demoraría en despertar y tomar la merienda, apareció el doctor recordándome su ofrecimiento de dar juntos un paseo.

—¿Vamos? —propuso sonriente, parándose en medio de la estancia al tiempo que lanzaba una fugaz mirada a su brazo puesto en jarra. Efectué un gesto de asentimiento y me calcé las zapatillas ubicadas a los pies de la cama.

Situada ya ante él, me coloqué la bata que me tendió componiendo un rictus de complicidad, acto seguido, dejamos atrás la habitación. Accedimos a un largo y angosto pasillo que, según calculé, albergaba cerca de diez habitaciones, las cuales permanecían con sus respectivas puertas cerradas a cal y canto. Asimismo, advertí la presencia de una única persona: un joven ataviado con una bata blanca que prescindió de voltearse al intuir nuestra presencia tras él. Para ser exactos, el estrecho y desangelado corredor se asemejaba más al de un laboratorio o similar, porque además de ofrecer una escasa iluminación, en los hospitales las puertas de las habitaciones por lo general permanecen entornadas sino abiertas, y con independencia de la hora auxiliares o visitantes recorren el conjunto de sus dependencias casi sin interrupción (a suma de que las dimensiones superan con creces las del lugar en que nos hallábamos).

Arenas me indicó torcer a la derecha luego de avanzar unos pocos metros. Fue entonces cuando desdibujó su hasta el momento improrrogable sonrisa, avistada por el rabillo de mis ojos, y me facilitó una serie de indicaciones.

—El edificio en que nos hallamos se compone de dos únicas plantas, estando tu habitación ubicada en la segunda, si bien contamos con otros tres pabellones situados a varios metros de distancia de éste. Es muy probable que mañana te traslademos a uno de dichos pabellones dado que éste es el de menores dimensiones. No obstante, dispone de una azotea con unas vistas espectaculares, donde, si así lo deseas, podemos subir más tarde. Y ahora, vayamos al jardín. Apuesto a que quedarás maravillada —opinó risueño. Seguidamente extendió el brazo y me indicó pasar, entretanto cedían ambas láminas del ascensor que se alzaba ante nosotros.

Y volvieron a ceder sin darme tiempo a cuestionar nada.

Se abrió paso un vestíbulo de reducidas dimensiones a nuestra derecha, amueblado con un sofá de piel blanca y un velador de cristal. Sentada tras un pequeño y corto mostrador, una joven, de espaldas a nosotros, atendía una llamada mediante un pinganillo. Una joven que, a juzgar por su figura y melena, guardaba un asombroso parecido con Alicia, la enfermera. Por último, calentado silla al lado de ella, un hombre de constitución fuerte, quien debía ser un guarda de seguridad dado el uniforme que vestía, permanecía reclinado en la silla, acodado con ambos brazos sobre el mostrador. Al igual que el pasillo, y aun asemejándose a la entrada de cualquier clínica, carecía del tráfico de personas que recorren tales instalaciones.

—Salgamos por la puerta de servicio —sugirió, avanzando en dirección opuesta al vestíbulo.

Sin objetar nada, accedimos a otro pasillo, al final del cual se alzaba una robusta puerta cortafuegos.

—Doctor, ¿acaso soy la única paciente del hospital? —cuestioné mientras él se afanaba en empuñar la cerradura.

—No, claro que no —sonrió—. Pero los horarios están debidamente estipulados, estando restringidas las visitas de familiares a los domingos, y hoy es martes. ¿Qué, sorprendida? —me preguntó de pronto, y un generoso rayo de luz natural penetró en mis sentidos.

Tras desenfocar mi abrumada mirada de la suya, torcí el rostro posando la vista en el jardín. Tal como conjeturó, quedé maravillada. Pero de seguido me dije que, aunque mi bebé y yo estábamos bien, lo cual por el momento era lo único de vital importancia, no me hallaba en la institución a fin de maravillarme o de disfrutar de sus instalaciones, aun por muy cómodas y espectaculares que éstas fueran.






Capítulo VI





Quince fueron los minutos que demoró Iván en llegar. Catorce y treintaisiete segundos para ser exactos. Lejos de desarrollar una repentina afición por contar segundos, lo que sucedía era que mi pulso se aceleró de tal forma al recibir su llamada que no hallé otra ocurrencia mejor que activar el cronómetro de mi iPhone. Tras comunicar a Rozas y a su ayudante que aparecería de un momento a otro, por algún motivo que desconozco, el comisario me recordó que mis hombres custodiaban la casa. «En realidad, solo uno de ellos. El otro sigue peinando la zona», me limité a corregir. Catorce minutos y treintaisiete segundos durante los cuales los allí presentes nos limitamos a llevarnos nuestras respectivas bebidas a la boca y poner en orden el conjunto de información facilitada por mí hasta el momento. Dos minutos conté al fin. Regresé la taza de café a la mesa de centro y me concentré en sublimar mis impulsos caminando de un lado hacia el otro del salón. Entretanto, Rozas y su ayudante repasaban sus notas a media voz. En más de una ocasión advertí la mirada inquisitiva del de Salerno. Lejos de importunarme, mi atención estaba puesta en el cronómetro del iPhone.

El timbre sonó y yo palidecí de golpe. Me encaminé veloz hacia el recibidor con el corazón en un puño. Y sin preguntar quién era, me afané en abrir la puerta con dedos temblorosos. De la manera que fuera debía poner fin al acuciante nerviosismo y sudoración que me originaba el solo hecho de recibir a Vacchiani en casa. En nuestra casa. Ofuscado, inhalé una generosa bocanada de aire.

—Fausto. —Hubiese jurado que su mirada estaba inyectada en sangre. No obstante, la oscuridad de los cristales impidió que dejasen de ser meras especulaciones.

—Iván —correspondí, con una mano asida al pomo todavía y con la otra indicándole que pasara y tomase asiento. Ningún apretón de manos, ningún gesto de complicidad.

Rozas y su ayudante se pusieron de pie en el acto. Al tiempo, Iván se aproximó con decisión hacia ellos extendiendo el brazo en un claro gesto de estrecharles la mano. Tardé fracciones de segundo en reaccionar, en encajar la puerta y reunirme con los tres en el salón; en digerir la escena que tenía lugar en nuestra casa en ausencia de ella, en la lacerante ausencia de mi esquimal. Para mi falta de asombro, Iván mantenía intacta su sibilina costumbre de portar cristales oscuros, afianzada al lado de Aarón Espinosa, su particular escribano. «Absurdas gafas...», renegué en silencio. «Maldito Aarón.»

En tanto Rozas y su ayudante volvían a tomar asiento, Iván se aproximó a mí y me susurró tan rápida como claramente un imperioso: «Tenemos que hablar, a solas. Y cuanto antes». En un gesto de brazo, me cedió el paso a fin de acomodarme en el sofá que quedaba libre, para acto seguido hacer él lo propio a escasos centímetros de mí.

—Imagino que el señor Pietralunga les habrá puesto al día —empezó, mientras que yo aún diseccionaba en mi mente su escueta misiva informada al oído.

—En efecto, comisario Vacchiani, y con todo lujo de detalles —articuló Rozas sin mostrar un ápice de simpatía hacia él.

—De modo que les ha hablado de la novela.

—Correcto.

—En ese caso, ¿qué línea piensan seguir en la investigación?

—Creemos primordial dar con el paradero de Jean-Baptiste Sartre, exagente de los…

—Perdone que le contradiga, comisario Rozas —le interrumpió Iván—, pero más importante que dar con el paradero de Sartre, es seguir el rastro de Ana Alcobas.

—Por lo mismo —retomó el de Salerno, quien compuso un gesto de disconformidad frunciendo el ceño—, estimamos conveniente dar captura cuanto antes a Sartre. A juzgar por la nota y la fotografía que usted mismo nos ha remetido desde Roma, lo situamos como el principal sospechoso.

—Comprendo. No obstante, dudo mucho que la desaparición de Ana Alcobas tenga algo que ver con Aarón, Jean-Baptiste Sartre para ustedes.

—Le ruego que se explique, comisario Vacchiani —solicitó Rozas volviendo a fruncir el ceño.

—Entenderán que conocí de primera mano los métodos de Aarón, los cuales me llevan a descartar su posible autoría de los hechos acaecidos.

—¿Y bien?

—No es que disponga de información confidencial, pues temo informarles que mi última conversación con Aarón Espinosa se remonta a hace más de tres meses. Pero hasta donde llega mi conocimiento resulta evidente que el verdadero responsable solo trata de incriminarle, alguien que está al día del asesinato de su esposa. Dicho de otra forma, ¿a qué clase de perturbado mental se le ocurriría firmar una carta de secuestro con su nombre?

—Tal vez al tipo de perturbado que trata de despistarnos —aventuró Rozas.

De inmediato, Iván enfocó su oscura mirada de cristal en mí, entretanto yo lo hice en el comisario de Salerno.

—Habiéndose cumplido poco más de tres horas desde que remití la carta a la Científica —prosiguió Vacchiani—, me han sido informados los resultados del análisis al teléfono: ningún rastro de huellas, ni de fibras u otros materiales que revelen su autoría y procedencia. Les recuerdo que el sobre no cuenta con matasellos, lo que nos lleva a concluir que alguien depositó personalmente dichas cartas en el buzón de Fausto y en el de mi apartamento, en Roma. Teniendo en cuenta que separan casi trescientos kilómetros de distancia a ambas ciudades, y que nadie en su sano juicio se molestaría en tomar un avión, o lo que fuere, para personarse en las mencionadas viviendas con un tiempo máximo de diferencia de cuatro horas, dado que ambas cartas fueron depositadas entre las nueve de la mañana y la una del mediodía aproximadamente, debemos partir de la premisa de más de un implicado. Por lo que, a mi modo de verlo, Aarón Espinosa deja de ser el principal sospechoso. Nunca, en un caso de semejante naturaleza, por no decir en ninguno, contaría con la ayuda de nadie.

—Dígame, comisario Vacchiani, ¿también le ha sido informada la hora en que el señor Pietralunga miró el buzón de su casa por última vez previo a hallar la carta?

El silencio que atenazó el salón fue inquietante a la par que molesto. Tanto fue así que me jugué resuelto a tomar partido en la conversación si ninguno de los presentes articulaba una sola palabra en los siguientes segundos.

—Save Our Souls —musitó entonces el ayudante de Rozas, dando claras muestras de desconcierto. Y por si el ambiente no fue ya lo suficientemente violento, me atrevería a afirmar que tal aportación turbó todavía más nuestras acorazadas mentes, seguido del rápido gesto del autor de semejante desvarío, que agachó la mirada ipso facto.

—Muy agudo, comisario Rozas. Sin embargo, no se apresure en sus conjeturas. De la misma forma que el autor de un secuestro nunca firmaría una carta incriminatoria con su nombre a menos que quiera que le atrapemos o trate de despistarnos, tal como usted ha sugerido, tampoco se arriesgaría a remitirla previo a cometer el delito, ¿no le parece? Lo cual, como decía, dado que la señora Alcobas ha desaparecido esta mañana, sugiere la presencia de más de un implicado a efectos de depositar ambas cartas en ambos buzones en el mencionado espacio de tiempo.

—Reconozco que su argumentación no carece de fundamento, pero aun así para nosotros el exagente Jean-Baptiste Sartre sigue siendo el principal sospechoso —se defendió Rozas mirando brevemente a Palacios, quien asintió cabizbajo, al modo en que se ruega ser redimido de un pecado—. Tampoco debemos descartar la posibilidad de que haya alterado su modus operandi intencionadamente, habida cuenta de que es especialista en análisis de la conducta criminal, y que conoce de primera mano las líneas de acción que emplearemos a lo largo de la investigación.

—Veo que va a resultarnos difícil entendernos —sentenció Iván con aspereza—, pero como comprenderá no estamos para perder el tiempo. Me hago cargo de que le ha sido asignado el caso por tratarse de su jurisdicción, asimismo, porque cuenta con una holgada experiencia. No obstante, me niego a quedarme de brazos cruzados. Sepa que no tengo ningún interés en convertirme en uno más de sus sospechosos, de modo que le pido que termine cuanto antes con las preguntas que crea a bien hacerme, puesto que mis hombres y yo, así como los suyos, tenemos mucho trabajo por delante. Así pues, le ofrezco trabajar en equipo. De lo contrario, mi tiempo en este salón empieza a escasear.

—¿Dice que hace más de tres meses que no mantiene ningún tipo de comunicación con Jean-Baptiste Sartre? —retomó, impertérrito, el de Salerno.

—Comisario Rozas, me gustaría saber en calidad de qué me interroga: ¿de testigo, o acaso de presunto sospechoso?

—Dados los hechos, entenderá que es usted una pieza clave del rompecabezas.

Vacchiani negó con la cabeza repetidamente a la vez que un nuevo y espeso silencio contaminaba el ambiente, el mismo en el que yo permanecía enmudecido desde que hube tomado asiento pocos segundos antes que él. Pero entonces la desesperación hizo presa en mí viéndome en la necesidad de intervenir.

—Les recuerdo que mi mujer ha desaparecido, y que cualquier minuto malgastado constituye una soberana imprudencia. ¿Piensan perder mucho más el tiempo en el salón de mi casa tratando de averiguar quién de los dos tiene razón? Porque en lo que a mí respecta, me niego a perder un solo segundo más.

Ni bien terminé de articular la última frase calibré hasta qué punto para el equipo de investigación de Salerno era yo inocente, aun por mucho que hubiese jurado que el ojo clínico de Rozas apuntaba a cualquier persona antes que a mí.

—Tiene usted razón, señor Pietralunga —opinó el de Salerno condescendiente—. Por lo que el subinspector Palacios y yo procedemos a reunirnos con nuestros agentes a fin de interesarnos por cómo marcha la búsqueda. Ante cualquier nuevo indicio, ruego nos lo comunique sin demora. En cuanto a su oferta, comisario Vacchiani, estaré encantado de contar con la colaboración de sus hombres. No cabe ninguna duda de que pueden sernos de gran ayuda.

—En ese caso, informarle que cuatro de mis agentes ya trabajan en los alrededores, dos baten la zona mientras que los otros dos interrogan a los vecinos. No se alarme, previamente les he ordenado cuadrarse con sus hombres.

—Comisario Vacchiani, tendré a bien que colabore en el caso. No obstante, tenga usted presente quién está al mando de la investigación.

—Desde luego, comisario Rozas —adujo Vacchiani lacónico.

—Bien, señores, tenemos trabajo que hacer —dijo caminando hacia el centro del salón, al tiempo que un enmudecido Palacios hizo lo propio. A su vez, me puse en pie y los acompañé hasta el vestíbulo.

Previo a abandonar la estancia, Rozas me facilitó su número de móvil personal impreso en una tarjeta de visita.

El tiempo que demoré en encajar la puerta fue ridículamente largo, al punto de petrificar la escena de ambos hombres atravesando el jardín. Lo que me esperaba en el salón lograba helarme la sangre: Iván y yo a solas, en nuestra casa de Maiori, de Ana y mía. Pero sin ella. Sin su presencia.

«Esquimal…»





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