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Excerpt for El juego de los videntes (libro 1) by , available in its entirety at Smashwords









El juego de los videntes



Míriam Martínez









Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del autor. Todos los derechos reservados.


© M. Martínez, 2015


Primera edición en eBook: Barcelona, mayo 2015

Segunda edición en eBook: Barcelona, junio 2016


Primera edición en papel: Jaén, julio 2018

Segunda edición en papel: Barcelona, enero 2019


Licencia en Safe Creative

ISBN: 978-84-09-03227-3


Imagen portada: Free-Photos (Pixabay)

Diseño de la portada: Míriam Martínez

Revisión: Maribel Corregidor (Twitter: @MaribelDocente)















ÍNDICE



PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I El manuscrito

CAPÍTULO II Encuentro con el doctor Trovato

CAPÍTULO III La ópera

CAPÍTULO IV No mientras Fausto estuviese esperándola

CAPÍTULO V Quizá en otra vida te encuentre antes

CAPÍTULO VI Antigua finca de la familia Desvalls

CAPÍTULO VII Encuentro en la plaza Real

CAPÍTULO VIII Primer contratiempo

CAPÍTULO IX Cristales oscuros

CAPÍTULO X Cómo olvidarlo, me enamoré de ti nada más verte

CAPÍTULO XI Adiós, Ana... Adiós Barcelona

CAPÍTULO XII La distancia que mediaba entre nosotros

CAPÍTULO XIII Eclipse

CAPÍTULO XIV Ese nada más por su parte tampoco era verdad

CAPÍTULO XV Misma ópera

CAPÍTULO XV+I Ana Alcobas

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO XVII La carta

CAPÍTULO XVIII Pompeya

CAPÍTULO XIX No sé qué me ha pasado

CAPÍTULO XX Solo dispongo de tres ejemplares

CAPÍTULO XXI 28 de abril

CAPÍTULO XXII Un regalo para Espinosa

CAPÍTULO XXIII El teléfono daba señal

CAPÍTULO XXIV El bar de la Remedios

CAPÍTULO XXV Una visita con sorpresa

CAPÍTULO XXVI Otro motivo para celebrar

CAPÍTULO XXVII Espiritualidad

CAPÍTULO XXVIII «Llamen al timbre, por favor»

CAPÍTULO XXIX En vísperas de Semana Santa

CAPÍTULO XXX He dudado mucho en dar este paso

CAPÍTULO XXXI Me alegro de volver a verte

CAPÍTULO XXXII Hay personas que están destinadas a conocerse

CAPÍTULO XXXIII El satélite Kepler

CAPÍTULO XXXIV Pequeña Isabela

CAPÍTULO XXXV Descendió las escaleras

CAPÍTULO XXXVI En voz de Iván

CAPÍTULO XXXVII Nota de autor

CAPÍTULO XXXVIII Sesión de hipnosis

CAPÍTULO XXXIX Debía ser así y no de otro modo

LA CARTA

NOTA DE AUTORA



































Dedicada a ti, lector.

También a vosotros dos, Sara y Toni, mis primeros lectores. Mis amigos incondicionales: 1 diamante y 1 amarillo. A Rober, mi amigo, mi hermano, tal vez mi trozo de un mismo cristal. Y hasta ahora había preferido no dar las gracias “nominales” precisamente porque sabía que la lista podía llegar a ser casi infinita, porque “si nombro a fulanito, debería nombrar a menganito también” (doy gracias por lo primero). Agradecida estoy del encuentro con cada una de las personas que han significado algo para mí que son un buen puñado de decenas o cientos, de las que he aprendido y aprendo. 37 años vividos intensamente dan para muy mucho (porque, por si acaso éramos pocos, se inventaron las redes). Gracias a mi familia (de ella, ellos saben quiénes son), especialmente a mis padres y a mi hermano (y a mi preciosa cuñada, también lectora), a mis amigos, a mis conocidos, a los amigos de mis amigos, a mis exprofesores, a mis excompañeros de clase y del trabajo, etcétera. Gracias a ese azar de la vida que decidió que yo fuera escritora y que tuvo a bien “hacérmelo recordar”. Gracias a mis 21 amarillos más, a mis 12 perlas y a mis otros 2 diamantes (¿es así, verdad, Albert Espinosa?). Y de nuevo, gracias sobre todo a ti por decidir leer esta novela. Deseo de todo corazón que la disfrutes.


Míriam Martínez























































































«Las locuras que más se lamentan en la vida de un hombre son las que no se cometieron cuando se tuvo la oportunidad.»

Helen Rowland

«La ciencia no nos ha enseñado aún si la locura es o no lo más sublime de la inteligencia.»


«Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura.»

Edgar Allan Poe


Robert Frost dijo: «Dos caminos se abrieron ante mí, pero tomé el menos transitado y eso marcó la diferencia».



«Contigo tengo la impresión de que nada es imposible.»

1Q84 Haruki Murakami









PRIMERA PARTE










CAPÍTULO I

El manuscrito




Aunque mi amor por Ana permanecía intacto, casi más firme que nunca, una extraña sensación de desasosiego me acechaba desde hacía días. Lo cierto es que disponíamos de cuanto se puede desear: una hermosa casa en la Costa Amalfitana, un trabajo con el que ambos disfrutábamos y decenas de proyectos en vistas de realizar. Yo volví a trabajar por cuenta propia. Regento un negocio en el pueblo donde ofrezco servicios de impresión a bajo coste tanto a particulares como a editoriales. Amén de las funciones de imprenta, hace las veces de copistería y librería. Mantenemos contacto regular con Pere i Calabuig, anterior jefe de Ana y librero por devoción, con quien intercambiamos novelas e impresiones literarias a través del Mediterráneo. En caso de tratarse de un ejemplar descatalogado o de difícil adquisición, nos lo remitimos tras previa lectura. Ana finalizó sus estudios de Antropología hace ahora dos años, y a los dos meses de su regreso, en septiembre de dos mil nueve, se hizo con un puesto de profesora en prácticas en la Universidad de Salerno. En el día de hoy, es titular en la Facultad de Filosofía y Letras, lugar al que acude en coche desde que, al fin, obtuviera el permiso de conducir hace un año. Alrededor de treinta minutos separan Salerno de Maiori, pueblo donde residimos.

Aquella mañana se fue antes de lo previsto a trabajar. Debía pasar un examen a primera hora y quería llegar con tiempo suficiente. Por mi parte, abrí la tienda a las nueve, mismo horario de siempre. Era viernes, y el día anterior ya había ultimado los encargos del resto de la semana. Por lo general son días tranquilos, apenas unas cuantas fotocopias y algún que otro turista escudriñando el local desde el exterior. Diría que la confunden con una galería de arte o algo similar, pues, además de ubicada en pleno centro, el escaparate luce decorado con toda suerte de recortes literarios en diversos idiomas, cuidadosamente enmarcados.

Me encontraba junto al ordenador enviando un último pedido cuando entró un hombre que llamó mi atención ni bien cruzó la puerta. Vestía gabardina y sombrero, y unas oscuras gafas de sol, además de presentar los rasgos de medio rostro indefinidos a causa de lo que semejaba una quemadura de segundo grado o una operación quirúrgica. Era marzo y, como de costumbre, el cielo aparecía despejado: es una de las ventajas de residir en el Mediterráneo, el astro rey vierte generoso sus fulgurantes rayos durante tres cuartas partes del año. Al poco de entrar descubrió mi mirada, me saludó con unos insonoros buenos días elevándose el sombrero y, acto seguido, se afanó en ojear la estantería de «últimas novedades». Sujetaba una carpeta marrón bajo el brazo. Por el grosor de ésta, deduje que se trataba de un manuscrito.

Cuando hubo cesado de estudiar cada rincón con notable minuciosidad, se aproximó al mostrador.

–Así que publican ustedes.

–Nosotros imprimimos, la publicación no corre de nuestra cuenta. Pero un buen amigo, agente literario, puede leer su obra si gusta. Es un experto en detectar talento.

–Conque la publicación no corre de su cuenta. Entiendo –replicó, componiendo cierta sonrisa sarcástica.

Tras introducir la mano izquierda en el bolsillo de su chaqueta, me alargó una caja de puros y me instó a hacerme con uno. Decliné la oferta negando con la cabeza, además de advertirle que en el interior de la tienda está prohibido fumar.

–Ya contaba con eso, hombre. Tan solo quería obsequiarle con uno de los buenos. Puro Habano –concretó, mientras se llevaba la caja hacia la nariz y la olfateaba para, acto seguido, regresarla al bolsillo–. En otra ocasión.

–Gracias de todos modos.

Aun sin haberse desprendido de las gafas de sol desde que entrase, pude advertir cómo me escrutaba a través de los oscuros cristales. El aura que envolvía a ese hombre era extraña, tal era así que su presencia se había dejado notar incluso antes de cruzar la puerta; una presencia que lograba incomodarme al punto de ser mi único deseo que se marchara cuanto antes.

De manera automática, recordé lo que me solicitó Ana al regresar a Italia, algo a lo que no pude negarme.


Fausto, lo he estado pensado detenidamente y… Se trata de nuestro don. Prométeme que solo haremos uso de él de ser estrictamente necesario.

¿A qué te refieres? –le cuestioné, aunque sabía muy bien a qué se refería; me ha resultado siempre tan sencillo apercibir sus intenciones.

Lo que quiero decir es que anhelo una vida normal. Todo lo que sucedió en Roma fue una aventura excitante, qué duda cabe, y gracias a ella nos conocimos. Pero, a partir de ahora, quiero que lo que tenga que pasar suceda de manera natural, que no seamos nosotros los que de alguna forma manipulemos el destino, ¿me comprendes?

Mi pequeña esquimal –aún la llamo así en nuestra intimidad–, ambos podemos adelantarnos al futuro en ciertas ocasiones, yo de acuerdo con lo que sienten y piensan otros, y tú por medio de los sueños. Es algo con lo que hemos nacido. Pero si lo que deseas es que aprendamos a sortearlo, entonces, tendremos que practicar –concluí.


Así pues, ella cesó en su búsqueda de señales mientras duerme y yo me esforcé en acallar pensamientos ajenos. Mi amor anhelaba una vida sencilla y no iba a ser yo quien se negara a ello. Pero cuando se posee un don de ese calibre no es tan sencillo aplacarlo, no es algo que se escoja tener o no tener. De manera que Ana continúa atesorando sueños premonitorios, pese a hacer lo imposible a fin de soslayarlos, y yo todavía me adelanto a las intenciones de otros.

Sin embargo, la visita de ese hombre me hizo temer lo peor. Fue como si su mente penetrara en la mía al tiempo que me instaba a averiguar lo que él pensaba. Jamás me había sucedido nada igual. Nunca se había dado el caso de que un desconocido me exhortara a conocer sus intenciones, y, lo que es más: nunca antes me había quedado tan en blanco. Fracciones de segundos después, distintos pensamientos tomaron forma en mi cabeza, pues no eran solo voces, sino imágenes que surgían, diría, a su antojo.

–Usted no ha venido aquí para imprimir su libro, ¿cierto? –cuestioné jadeante. Como respuesta, él, que sostenía su mirada en mí desde que empezáramos a conversar, al menos hasta donde pude intuir, parapetada ésta tras los oscuros cristales, rio de un modo que se me antojó maquiavélico. Irguiendo el rostro, se aproximó al mostrador, desafiante, apoyó sus robustas manos y, seguidamente, acomodó la carpeta sobre el mismo.

–Vamos a ver, esta de aquí –señaló, dirigiendo el semblante hacia el manuscrito con cierta expresión de lascivia– es mi ópera prima, así que tampoco espero colmarme de triunfos con ella. De modo que, si cree poder ayudarme, bien. En caso contrario, ¿sería tan amable de indicarme un lugar al que poder dirigirme? Huelga decir que le estaría hartamente agradecido.

Su presencia lograba crispar cada nervio de mi cuerpo, ponerme frenético. Me molestaba sobremanera que actuase como si obviara que yo podía verle. Él lo sabía y era más que evidente que no se había dejado caer en mi tienda por casualidad.

–Como le he dicho, nosotros nos limitamos a la impresión. Pero, si así lo desea, puedo hacérsela llegar a nuestro editor para que la estudie.

–¿Puede hacer eso por mí?

–Es parte de mi negocio. Si su obra gusta, y cuenta con una buena acogida, será un placer imprimir tantos ejemplares como sean necesarios –convine, con un rictus de falsa simpatía.

–En ese caso, ¡trato hecho! –terció, al tiempo que me sorprendía con un apretón de manos del que no pude zafarme–. Apuesto a que terminaremos por entendernos –prosiguió con convicción y una mueca por sonrisa–. Créame, si esta obra consigue ver la luz del día, le estaré eternamente agradecido. De modo que, tenga, toda suya. Dispone de mi tarjeta en el interior, grapada al sobre que contiene el manuscrito.

»Bien. Espero recibir respuesta lo antes posible, la paciencia nunca ha sido mi mayor virtud. Soy de letras, ya sabe.

–Descuide, en menos de tres semanas me pondré en contacto con usted. No obstante, sepa que resulta complicado que publiquen a un autor novel. Esperemos que la suerte le sonría.

–Lo sé. Pero ¿sabe usted una cosa?, la publicarán. No le quepa la menor duda –y calándose el sombrero, se dispuso a salir–. Tenga usted buenos días.

–Lo propio, señor Espinosa –respondí, en tanto extraía el sobre y leía su apellido en la tarjeta.

Cuando abandonó el local, una gélida bocanada de aire me sacudió en el rostro, aun sin correr una pizca de aire en el interior. Entonces supe que los días normales, como Ana los denomina, se esfumaban de un plumazo. Deseé tenerla entre mis brazos en ese preciso instante y decirle cuánto la amo. Después de tan meritorio esfuerzo, cuando por fin se acostumbraba a la rutina que tanto detestaba tiempo atrás, un desconocido irrumpía en nuestras vidas con la amenaza de socavar nuestra estabilidad. Con todo, me quedaba el consuelo de que Ana sigue siendo Ana, y Ana no ha nacido para la rutina, por mucho que ahora atribuya a la tranquilidad su estado natural. Como fuere, se sumaba un hecho de mayor envergadura: estaba embarazada de cuatro meses y me oponía en rotundo a que semejante contratiempo perjudicara al bebé.

A los pocos minutos de que Espinosa abandonara el local, timbró mi teléfono móvil.

–¿Qué tal la mañana? –pude advertir cierto malestar en su voz.

–Poca novedad, esquimal. Salvo que acaba de irse un hombre interesado en publicar una novela. Justo iba a telefonear a Salvador para enviársela. ¿Y tú? ¿qué tal el examen? ¿Han terminado?

–Ajá –murmuró, e hizo una pequeña pausa–. De hecho, hoy saldré antes. Quiero tenerlos corregidos para el lunes –y tras otro corto silencio, retomó–: Fausto, acaba de sucederme algo muy extraño, pero mejor lo hablamos en persona. ¿Paso a recogerte y comemos juntos?

–Te espero impaciente, mi amor.

Aposté a que todo estaba relacionado. Me daba en la nariz que mi esquimal aparecería con idéntico manuscrito en su cartera.

Apesadumbrado, y con pulso tembloroso, despegué la solapa del sobre. Se leía en la portada: El juego de los videntes, por Aarón Espinosa. Parte I. Según rezaba el índice, lo constituían doscientas veinte páginas distribuidas en veintiún capítulos, sin embargo, el manuscrito con mucho comprendía cien. Me llamó la atención que el capítulo trece estuviera indicado con números romanos, a diferencia del resto, con arábigos. Asimismo era el único en que se prescindía del título. Cogí aire con la esperanza de no tener que alarmarme demasiado, pues algo me olía mal desde el principio. Decía la sinopsis:


Iván Vacchiani esconde sus ojos para evitar que puedan ser descifrados. Para un joven que conoce el amor por primera vez, la idea de darse por vencido desaparece de su razón. Lejos de cualquier resignación, se mantendrá firme en su cometido: conquistar el corazón de Ana Alcobas; y de ser necesario cruzar el umbral de la locura, así lo hará.

Entretanto, ella y su marido deberán presenciar cómo el pasado los introduce en una espiral de vicisitudes sin resolver. Vacchiani es miembro clave de un prestigioso equipo de inteligencia italiano, de manera que le resultará sencillo seguir los pasos de su presa. No obstante, solo procederá cuando su plan esté fraguado a la perfección. Un plan que trazará en solitario, ¿o puede que cuente con la ayuda de alguien? Sea como fuere, el viaje de Iván ha empezado, y con él, la partida vuelve a cobrar vida.



Ana hizo su entrada con el rostro pálido, a la vez que sonaba el tintineo de la puerta. Ella, como yo, sabe que entre nosotros sobran las palabras. Por lo que, nada más entrar, se echó a mis brazos y rompió a llorar. Ya no le cuesta hacerlo, ahora deja fluir con expresa determinación el conjunto de emociones que retuvo durante largo tiempo a causa de sus innumerables miedos.

–Mi amor, lo siento mucho. Es culpa mía, yo…

–En absoluto, esquimal. Tú no eres responsable de nada.

–Pero, Fausto, la sola idea de que pueda… –enmudeció.

–¿Pasarme algo? Olvídalo, esquimal. Todo va a salir bien.

–Solo fueron dos besos, tienes que creerme.

–Y te creo, siempre lo he hecho. –La rodeé con ambos brazos para, acto seguido, enjugar una generosa lágrima que rodaba por su mejilla.

–La noche que dormí con él… –el llanto apenas le permitía hablar. Me apresuré en volver a abrazarla, susurrándole que la amo al oído con el deseo de tranquilizarla–. Aquella noche reparé, como jamás lo había hecho, en que mi cuerpo es tu cuerpo y que te pertenece solo a ti. No sé qué me sucedió. Regresar a Barcelona, al lado de mis amigos, de mi familia. De algún modo fue como si lo nuestro hubiera sido un sueño del que debía despertar. Pero entonces recobré la entereza y supe que me perdonarías, que lo entenderías.

 »Lo siento, lo siento mucho. Vamos a ser padres y nada me hace más feliz que imaginar mi vida a tu lado, con nuestro bebé.

–Lo sé, mi amor. Nunca he dudado de tus palabras. La sinceridad es una de tus tantas virtudes, ¿recuerdas? –repuse, con una amplia sonrisa–. Y ahora, límpiate la cara y vayamos a comer –concluí, en tanto la soltaba de entre mis brazos y le daba otro beso.

Dejé el manuscrito sobre el mostrador. Sin ningún género de dudas Ana disponía de un segundo ejemplar. Y por mucho que ambos detestáramos la idea, teníamos que leerlo.

































CAPÍTULO II

Encuentro con el doctor Trovato




Nos desplazamos a pie hasta el restaurante de Matías, quien nos había acondicionado la mesa de siempre, con vistas al mar. A los pocos segundos de coger asiento, se aproximó a fin de tomar la comanda.

–Caramba, señora Ana, ya empieza a notársele la barriga. Luce usted preciosa, si me permite el cumplido.

–Gracias, Matías. Sí, lo cierto es que cada día crece más rápido.

–¡Ya lo creo! Y a partir del quinto mes será un visto y no visto –opinó entusiasmado. Ana y yo esbozamos una sonrisa, y acaricié su mano por encima de la mesa–. Bien, ¿qué será? ¿lo de siempre? ¿Agua con gas para la señora y vino rosado para el caballero?

–Correcto. Luego, lasaña vegetariana para ella; para mí, los espaguetis de la casa. Y una ensalada de queso fresco para compartir.

–Marchando, señor Pietralunga.

Me disponía a acudir al servicio cuando advertí que alguien bramaba mi nombre a unas mesas de distancia.

–¡Fausto!

–¡¡¿Pedro?!! –pronuncié sin dar crédito.

Era el mismísimo doctor Trovato en compañía de Matilde, su esposa. A decir verdad, tenía el mismo aspecto de siempre, y es que los años parecen no trascurrir para él. Sin dilación, prescindí de ir al servicio y me aproximé a saludarles.

–¡Pero bueno! ¿Tú por aquí? –Y desviando la vista hacia su mujer, añadí–: Señora Trovato, qué placer volver a verla.

–Háblame de tú, hijo, con el tiempo que hace que nos conocemos. No me hagas sentir más vieja, ¿quieres? –terció con una sonrisa de oreja a oreja y ademán de levantarse.

–No se moleste –me adelanté.

–Este Fausto. Ya veo que continúas siendo tan cortés como siempre. ¿Acaso no puedo darte un abrazo?

–Por favor –convine ahora yo con una amplia sonrisa.

Matilde siempre ha presumido de una belleza sin igual, y pese al transcurrir de los años, mantiene bien acentuado el reflejo de la misma. De media melena rubia, ojos verdes y constitución delgada, todavía continúa siendo el foco de muchas miradas. Pedro y ella llevan toda una vida juntos y forman una pareja ejemplar. Asimismo, el doctor Trovato ha sido y es un hombre de muy buen ver y de los que solo tiene ojos para su esposa.

–¡Pero qué agradable sorpresa! ¿A qué se debe este honor? –me interesé, sin salir todavía de mi asombro.

–Un arranque que me ha dado –adujo Pedro entre risas–. Oye, pidamos al camarero que junte las mesas, ¿os parece?

–Excelente idea. Ahora bien, exijo a Fausto que me tutee, de lo contrario las dejamos como están.

–Trato hecho, Matilde. Será un placer comer con vosotros –repuse, devolviéndole la sonrisa.

Ana se acercó a nosotros inmediatamente después, imagino que tras reconocer a Pedro, quien se afanó en saludarla.

–¡Querida, benditos los ojos! –Y mirándola de hito en hito, añadió–: ¿No irás a decirme que?...

–Así es, Pedro. De cuatro meses.

–¡Pero bueno! Mi más sincera enhorabuena. Y tú, Fausto, qué callado te lo tenías. Podrías haberme llamado, hombre.

–Sabía que nos encontraríamos –contesté picaresco.

–Muy agudo. En cualquier caso, ¡esto se merece una celebración por todo lo alto!

Mi esquimal y yo asentimos a la par. Entretanto, el camarero se apresuró en acomodar dos mesas y tomamos asiento.

–Hemos llegado hace una hora. Teníamos pensado acercarnos luego a la imprenta y daros una sorpresa, pero os habéis adelantado. ¡Y por partida doble!, ¡ya lo creo!

–La sorpresa ha sido la misma –opinó Ana, con tono dulce–. Espero que os alojéis en casa el fin de semana.

–Oh, querida, gracias, pero hemos reservado en un hotel, muy cerca de aquí. Ana, ella es mi mujer, Matilde.

–Encantada, señora Trovato.

–Ya veo que Fausto te ha contagiado su exceso de cordialidad –bromeó la mujer de mi amigo, y soltó una risotada–. Es un placer conocerte al fin, querida. Bellíssima, tanto más que en las fotos. Enhorabuena por el embarazo.

–Muchas gracias, Matilde.

–Todo un fichaje. Bella por fuera y hermosa por dentro, como mi santa esposa.

Desde que Pedro me asistiera en el posoperatorio en mi apartamento de Roma, hacía ahora dos años, pocos días después de Ana y yo conocernos, no habíamos vuelto a vernos. Tan solo habíamos mantenido contacto telefónico en contadas ocasiones.

El doctor Trovato y yo nos conocimos diez años atrás, al cabo de unas semanas de mudarme a Roma. Desde la fecha, se convirtió en mi médico particular además de en un excelente amigo. Conoce mi vida de principio a fin. Amén de un excelente amigo, es para mí como un padre. Él y su mujer residen en la capital, y hasta donde conozco, son poco de viajar, conque a todas luces la escapada a Maiori obedecía a un motivo para nada baladí. Máxime teniendo en cuenta que desconocían que Ana estuviera en estado, puesto que decidimos anunciarlo a nuestros allegados transcurridos cuatro meses, vencido ya el periodo de riesgo.

–Pronostican sol para el fin de semana. Así que preparaos, porque mañana nos esperan largas caminatas –tercié, visiblemente animado–. Y esta noche, si os parece, cenamos en casa.

–Estupendo –se apresuró en contestar Pedro–. Llevaremos un buen vino y unos postres. Pero, oídme, si teníais otros planes…

–¿A las nueve os va bien? –intervino Ana, sonriente.

–Fenomenal, así cenamos pronto –le correspondió Pedro.

Tras abonar la cuenta, nos despedimos a la salida del restaurante. Matilde y Pedro se dirigieron al hotel, mientras que Ana y yo nos desplazamos hasta la avenida principal, en donde había estacionado su coche. Como bien hube imaginado, disponía de idéntico ejemplar en el interior de su cartera, ubicada ésta en el asiento trasero.

–Alguien lo ha dejado sobre la mesa de mi despacho con la nota que hay dentro.

Sin apartar la vista de la carretera, de trayecto a casa, me incliné para cogerlo. Encontré la nota entre la primera y la segunda página.


«Para Ana. Será un placer que lo leas y me des tu opinión.»


–Cuando he leído la sinopsis se me han puesto los pelos de punta. Suerte que ya había terminado las clases, y que es viernes, porque me ha dejado incapacitada para lo que resta de día.

–Quiere asegurarse de que ambos estamos al corriente, que la historia no queda relegada al olvido –opiné pensativo–. Aunque, la verdad, dudo que sea obra suya.

–¿Qué quieres decir?

–Nada más entrar en la tienda he intuido algo extraño en él, así como que traía un encargo. Dado el contexto, apuesto que por orden de Iván. En cualquier caso, lo importante es el contenido, no su autor.

–Habrá que leerla. –Y mirándome con pesadez, añadió un nuevo–: Lo siento.

–Ya te he dicho que tú no tienes nada que ver con esto, esquimal.

Al traspasar la entrada del jardín, varios de nuestros gatos merodeaban entre los setos con intención de recibirnos. A su vez, Lilith se acercó rauda demandado caricias a su dueña. El jardín, decorado a gusto de Ana, luce espectacular. En un lateral, rodeada de diversas plantas y un sauce llorón, se alza una amplia mesa de piedra gris. De un robusto castaño, pende un columpio tallado en madera blanca. El porche, seguido de la entrada principal, resguarda dos hamacas y una mesa de cristal con sus respectivas butacas. Y en otro lateral, bordeando parte de la casa, se halla ubicada la piscina en forma de L. Sobre la extensa parcela se entremezclan un buen número de tonalidades que constituyen un despliegue de exquisita belleza.

Nada más entrar en casa, Ana retomó la palabra. Y nuestras mentes conectaron, si es que no lo hacen siempre.

–O puede…

–Que Iván no tenga nada que ver y sea obra exclusiva de él –me adelanté.

–Correcto.

–Como fuere, su autor está al día de lo ocurrido en Barcelona y trata de darnos un mensaje.

–Adiós a los días de tranquilidad –repuso con zozobra.



Mientras mi esquimal se preparaba para tomar un baño, me tendí en el sofá del salón, el mismo de que disponía en mi apartamento de Roma (fue ella quien me instó a trasladarlo a Maiori, pues asegura que guarda el aroma de nuestro primer beso). Por espacio de unos minutos me vi tentado a iniciar la lectura del manuscrito, pero me contuve, debíamos hacerlo juntos. Entonces me asaltó una idea: lo escanearía y lo pasaría al ordenador, y de éste, a la pantalla del televisor. Así pues, me puse manos a la obra.

La hora que empleó Ana en tomar su baño relajante, fue la misma que demoré yo en escanear cada una de las páginas y acomodar el salón.

–He pensado que para leerlo juntos podríamos… –dijo, mientras bajaba las escaleras que conducen al salón.

–¿Pasarlo al ordenador? ¡Todo listo, mi amor! –atajé.

Ana sonrió entrecerrando los ojos. Cómo me gusta verla sonreír, podría detener el tiempo en esos momentos.

–De veras, Fausto, cada día estamos más conectados. No me extrañaría nada que nuestro hijo nazca con superpoderes.

–Será un ser excepcional, mi dulce esquimal de Hollywood.

Había colgado en la entrada de la tienda el cartel de «Cerrado hasta mañana por motivos personales», de modo que gozábamos de toda la tarde para nosotros. El reloj de pared marcaba las cinco en punto, hora en que tuvieron lugar nuestras dos primeras citas tras coincidir en una terraza de Piazza Spagna, en Roma. Desde entonces, a esa hora, la denominamos nuestra hora.

Tendidos ya en el sofá, encendí el televisor. «El juego de los videntes, por Aarón Espinosa», apareció ante nosotros. La miré como preguntándole si estaba preparada, a lo que asintió depositando un beso en mis labios.


***


Desde el primer día que la vi deseé que fuera mía. Nunca antes había estado enamorado. Por lo mismo, enseguida supe que era amor. Fue cuando Fausto regresó a Italia que me aventajé de su soledad para acercarme a ella. Bien sabía que resultaría una empresa en extremo difícil. Incluso alguien que para entonces desconocía los entresijos del amor como yo, podía apercibir la pasión en sus ojos, advertir una brillante luz que iluminaba su dulce rostro.

Por aquel tiempo ya trabajaba en los servicios de la Inteligencia Italiana, amén de hallarme afincado en Barcelona a efectos de cerrar un caso de suma importancia. A pocos días de haber de regresar a Roma, tras dar captura al mafioso al que seguíamos la pista, logré que aplazaran por unas semanas mi reincorporación con la única idea de permanecer cerca de ella (en la Ciudad Condal, donde se hallaba terminando sus estudios). Su nombre es Ana. Una joven apasionada que conocí mientras dábamos seguimiento a una red de narcotraficantes que operaba de costa a costa, entre Italia y España. A puertas de cerrar el caso, se sumó una deleznable circunstancia: alguien había ordenado poner fin a su vida. Pero para suerte de ella, y más tarde también de la mía, llegamos a tiempo para impedirlo. No obstante, se añadía otro inconveniente: era la futura mujer de un amigo de mi jefe, un hombre contratado por la policía italiana a fin de ayudarnos a desmantelar la red. A saber: su colaboración obedecía al don del que está dotado. Fue también por mediación de ese caso que, ambos, Fausto y ella, se conocerían. No cabe duda de que Fausto es un poderoso rival, por lo que luchar para arrebatarle su amor iba a resultar complicado.

Cada mediodía me acercaba a la universidad, a la salida de sus clases, con el propósito de invitarla a salir. Tras muchas negaciones, un día logré que aceptara.

–Solo será un paseo, acompañarte hasta la puerta de tu casa. ¿Qué tiene de malo?

–¿Eso? nada. Pero, Iván, ambos sabemos lo que buscas, algo que nunca sucederá, puesto que yo ya he elegido. Dentro de tres meses terminaré mis estudios y me iré para siempre. Mi lugar está en Maiori, al lado de él.

–Lo sé, y no pretendo confundirte. Pero mi residencia se encuentra en la capital, por lo que tampoco estaremos tan lejos cuando regreses. Podemos ser amigos.

–No me importaría si fuese mi amistad lo que buscas. Sin embargo, llevas un mes esperándome a la salida de mis clases. ¿Acaso crees que no sé cómo se conquista a una mujer?

Haciendo caso omiso a su pregunta, así como quien hace oídos sordos a cualquier idea que lo aleje de su cometido, volví a preguntarle:

–Entonces, ¿puedo acompañarte? Prometo no pasar del portal.

Aunque dudó unos segundos, su expresión iba acompañada de un: «Está bien. Pero solo hasta el portal».

No soy el prototipo de hombre que embelesa a cualquier mujer, o también puede que jamás me hubiera preocupado al respecto. De estatura media-alta, más bien delgado, de semblante común, facciones simétricas y cabello castaño, ningún rasgo destaca por su especial atractivo. Claro que describirse uno mismo resulta del todo subjetivo. De naturaleza seria, sumamente responsable en mi trabajo y dotado de una gran inteligencia según afirman. Algo ermitaño y de talante reflexivo, propio de alguien de mayor edad (esto último, mi madurez, supe que podía agradarle). Tenía entonces treintainueve años, ocho más que ella.

En el trayecto a pie hasta su apartamento, le anuncié:

–Ana, cuando te miro, siento como si te conociera de tiempo atrás.

–Quizá mi cara te resulte familiar –contestó tajante.


*


En este punto, Ana apartó la mirada del televisor para buscar la mía.

–Leer esta novela va a resultar duro, esquimal. Si bien no tenemos más opción. Y yo confío en ti –apunté condescendiente, cuando en realidad me hervía la sangre por haber de recordar tales episodios pasados–. Detesto verte sufrir, mi amor. Pero tenemos que hacerlo.

Me alcanzó para advertir que estaba a un paso de romper a llorar. Asiéndola de una mano, apostillé:

–Confía tú en mí.

–Está bien. Aunque preferiría no tener que pasar por esto.


*


–No es eso. Sé que te he visto antes en algún lugar, previo a conocernos en comisaría. Y por cómo me miras ahora, mejor dicho, por cómo no me miras, sé que te sucede lo mismo. Ana, hace un mes que debería haber regresado a Roma, y dudo que pueda alargar por mucho más tiempo mi estancia aquí. Pero ocurre que no quiero separarme de ti.

»Nunca he tenido novia formal, parecían importarme más bien poco los entresijos del amor. Hasta que te vi. Desde entonces, no he dejado de pensar en ti a todas horas. Lo cual, entiendo, significa estar enamorado. Y, créeme, no puedo obviar lo que siento. Sé que estás comprometida con Fausto, y lo respeto, ese hombre se merece toda mi admiración. No obstante, siento como si yo te perteneciera antes que él. No sé cómo explicarlo. Es como si el destino se hubiera truncado en algún punto de nuestras vidas e hizo que te enamoraras de él antes que de mí. Sé que suena a cosa de locos, pero algo me dice que yo soy la persona a quien estabas destinada.

Más tarde supe que sabía a qué me refería. En el transcurso de su viaje a Roma, realizado en solitario dos años atrás, sufrió un desmayo en las escaleras de Piazza Spagna. Al parecer, minutos después, alguien acudió a su rescate. Ese alguien era yo. Solo que dicho rescate tuvo lugar únicamente en su imaginación. Demoró en contármelo, pero, cuando lo hizo, las ganas de hacerla mía se intensificaron más todavía. Cuando la conocí en persona, uno de los días que acompañó a Fausto a citarse con mi jefe, Esteban Piera, tras dar carpetazo al caso del que ambos formábamos parte, vislumbré la sorpresa en su rostro. Ahora, sé por qué.

Avanzábamos por la Gran Vía en dirección a su casa. Mi reloj de pulsera marcaba las ocho en punto de la tarde; la luz era ya artificial. El frío golpeaba con vehemencia aquel inicio de marzo. Los últimos minutos de nuestro paseo, hasta alcanzar el portal, se dieron en absoluto silencio. Unos minutos durante los que no dio respuesta alguna a mis palabras.

–Gracias por acompañarme, Iván. Ahora, he de irme. Tengo que estudiar para un examen de mañana.

Era poco lo que decía. Pero sucede que, en ocasiones, el silencio expresa más que las palabras.

–Tranquila, me he comprometido a no pasar de la puerta. Pero, dime, ¿podré acompañarte otro día? No tengo nada qué hacer salvo estudiar español por las mañanas. Mi tiempo sería en exclusividad para ti si así lo desearas.

Luego de clavar su mirada en la mía por espacio de unos segundos, respondió:

–Está bien, siempre y cuando no confundamos las cosas. Iván, estoy…

–Comprometida con Fausto. Lo sé. Y aunque lo respeto, ello no excluye que luche por lo que siento.

Deduje que, con mi respuesta, dudó entre darme un beso en la mejilla o subir sin más dilación. Finalmente abrió la puerta y se despidió.

–Buenas noches.

Buona notte, Ana. Mañana estaré donde siempre, a la hora de siempre. Suerte con tu examen.







CAPÍTULO III

La ópera




Ambos leíamos a la par y en silencio. Solo de vez en cuando Ana detenía la lectura para mirarme sin pronunciar palabra. Al igual que a mí, la situación debía resultarle excesivamente incómoda.

–¿Sucedió así?

–Por el momento sí.

–Un chico tenaz.

–Fausto…

–Confío en ti.

–Sí, pero esto es complicado, mucho. Es como robar mi intimidad, una intimidad que me compromete contigo, la cual ya tengo olvidada. Detesto que hayas de imaginar esos momentos ya que no significan nada para mí, solo un error.

–Esquimal, tengo fe ciega en ti, y sé que estamos hechos el uno para el otro. No obstante, siempre supe que sucedería algo. ¿Recuerdas la historia que te conté en el parque?

–¿La que le explicó su abuela a tu amigo? Sí, la recuerdo. «Cuando una mujer es rescatada en sueños tras un desmayo, su salvador terminará encontrándola, puesto que están destinados a estar juntos.» Pero ya te dije que, aunque durante aquel lapso en la plaza pude ver a Iván, a ti te vi mucho antes en un sueño, durante un ingreso en el hospital. De modo que mi salvador eres tú, Fausto, no él.

–Aun así, por lo visto Iván debía tropezar en tu camino y ahora él también lo sabe –argüí, no sin cierto reparo, a lo que Ana exhaló una generosa bocanada de aire.

–Habíamos bebido. No recuerdo por qué se lo expliqué –apuntó indefensa–. Cuando aseguró conocerme de antes, sabía muy bien a qué se refería. Si bien no entraba en mis planes, bajo ningún concepto, explicarle lo del desmayo. Lo siento, Fausto, de veras que lo siento.

–Va a resultarnos duro leer esta novela, esquimal, pero me ratifico en lo dicho –aduje, mientras me aproximaba a ella y enjugaba copiosas lágrimas que, una vez más, deslizaban prestas por sus mejillas.

–Y tú, ¿recuerdas lo que te dije cuando me confiaste esa historia?

–¿Que a veces las leyendas no surgen igual para todos?

–Exacto. Y así ha sido y seguirá siendo en nuestro caso. Poco importa que viera a Iván tras el desmayo cuando mucho antes ya te había visto a ti. Algún día seré yo quien explique esa misma leyenda a nuestros nietos, pero prescindiendo de matices sin importancia.

Deposité un beso en su frente, al tiempo que asía su cintura. Seguidamente, en su cuello; por último, en sus labios. «Te amo», le dije. «¿Cómo a nada ni nadie en este mundo?», se interesó ella. «Sí, por el momento», añadí, en tanto deslizaba mi mano hacia su vientre. Tras esbozar una dulce sonrisa, concluyó: «Bien, sigamos entonces».


*


Tal como le aseguré, fui a buscarla al día siguiente. Parado ante una floristería, resuelto a comprar un ramo de flores, cambié de idea en el último momento. Una suerte de presentimiento me hizo sospechar que no le agradaría. Tras preguntarle, corroboré estar en lo cierto. «No me gustan las flores cortadas», respondió.

Ana posee un sinfín de esas pequeñas singularidades. Y cuando se está enamorado no suponen sino objeto de admiración. Sus compañeras de clase, reparando cada tarde en mi presencia, solían decirse algo entre ellas. Entretanto, yo esperaba paciente a que saliera. En más de una ocasión, advertí cómo Ana negaba repetidamente con la cabeza y las mandaba callar. Era evidente lo que debían decirle. En especial una de ellas, afanada en sonreír y en enfocar su fija mirada en la mía. «Si no hay suerte con ella, acuérdate de mí», algo así expresaban sus gestos.

Esa tarde se me antojó su belleza más acentuada de lo habitual. Sus ojos lucían diferentes, un intenso brillo los encendía en su totalidad. Un paseo hasta su casa me había allanado el terreno, es cuanto pude leer en ellos. A diferencia de los demás días, ése, cuando nuestras miradas se cruzaban, esbozaba una trémula sonrisa. Deduje que el descanso de la noche había resultado escaso, y no solo por el examen que habría de realizar al día siguiente.


*


–Lo he intentado, Fausto, pero es imposible. Nadie en su sano juicio lo soportaría.

Una vez más medité si era buena idea leer juntos la novela. La entendía, me ponía en su piel y la entendía. Debía de resultarle en extremo peliagudo revivir esos episodios conmigo, sucedidos hacía apenas dos años. De hallarme en su lugar, habría supuesto un auténtico calvario. La diferencia radicaba en que yo era incapaz de imaginarme con alguien que no fuera ella. Pero no la culpaba. Nunca lo hice.

–A menos que la otra parte implicada, es decir, yo, entienda que nada tienes que ver tú en que hayamos recibido este manuscrito. Conversamos acerca de lo sucedido en su momento. Regresaste a tu ciudad al término de tu viaje a Roma. Mientras tanto, yo aguardaba aquí, cuando debería haber permanecido a tu lado. Si alguien ha de sentirse culpable, sin duda, ése soy yo. Aun así, comprendo cuán incómodo debe de resultarte leerlo juntos. De modo que, si lo prefieres, hagámoslo por separado. Tal vez te sientas menos violenta.

–Mejor sigamos lo que queda de tarde juntos. Si luego alguno cree conveniente proseguir por separado, que lo diga. Aunque, por otro lado, te necesito cerca más que nunca.

–Como prefieras. –Y la besé. Nunca me cansaré de hacerlo.


*


–¿Cómo te ha ido el examen?

–Lo cierto es que muy bien. Ha sido mucho más sencillo de lo que pensaba. Creo que por fin aprobaré la asignatura.

–Seguro que sí. Enhorabuena.

Nunca he sido una persona impulsiva, pero con Ana cualquier cosa que hiciera o dijese me resultaba familiar. Para mí no era alguien a quien empezaba a conocer. Y en ese preciso instante la habría cogido de la mano, para seguidamente asirla por la cintura y reanudar abrazados la marcha. Por mucho que me esforzara, no podía evitar pensar en ella como en una novia, ni imaginarme cientos de situaciones juntos.

En defecto de las flores, le había preparado otra sorpresa, aun a riesgo de recibir una negativa por respuesta.

–He reservado mesa en el Óleum de Montjuïc. Después me gustaría llevarte a un lugar donde te aguarda una sorpresa. Así celebramos nuestra amistad y el éxito de tu examen. Estaba seguro de que te iría bien –aduje convincente–. Pasaría a recogerte por tu apartamento a las nueve. ¿Qué me dices? ¿Aceptarías mi invitación?

–¿Hoy no me acompañas a casa? –preguntó, componiendo cierto rictus de seriedad.

–Será un placer si así lo deseas.

–¡Estaba bromeando! Además, he de hacer unos recados. Te espero en mi portería a las nueve.

–¡Gracias! –exclamé–. No te arrepentirás. Va a ser una noche inolvidable.

–Pero recuerda nuestro trato: solo amigos.

–Si es lo que deseas.

–Sé puntual.

–¿Lo dudas?

Me dirigí a mi apartamento para ultimar los detalles de la velada, ansioso por que llegara la hora. Sabía que, esa noche, podía ser la noche.



A las nueve en punto estacionaba junto a su portal. Transcurridos diez minutos de espera, llamé al interfono.

–Perdona el retraso, ya bajo.

–Ana, ¿puedo subir? Solo quiero darte algo.

–Está bien. Sube –anunció, tras un corto silencio.

Aguardé la llegada del ascensor que instantes después me condujo hasta la quinta planta. La puerta de su apartamento cedió ante mí y yo articulé un «buah» sin dejar de mirarla. Portaba un largo vestido negro conjuntado con un abrigo de terciopelo, y unos tacones que resaltaban todavía más su ya de por sí esbelta figura. Un sutil maquillaje encendía el contorno de sus facciones, y finos mechones de pelo caían en cascada, llevando el resto de la melena recogida en una elegante coleta. Sin ningún género de dudas, estaba loco por ella.

–Ana, de veras, estás increíble. Yo… No sé qué decir.

–Tú también estás muy elegante.

Me había ataviado para la ocasión con un esmoquin gris estilo chaqué, una camisa negra, y unos zapatos y un abrigo también negros.

–Quería darte esto –dije al fin, y le hice entrega de dos bolsas sin salir todavía de mi asombro–. Aunque creo que no va a hacerte falta.

Había comprado un vestido de noche con un abrigo a juego, unos zapatos de tacón fino, y alquilado un collar como parte de la sorpresa.

–Quizá solo te falte un pequeño detalle. ¿Me permites? –pregunté, e hice ademán de buscar algo en el interior de una de las bolsas–. Ten, ábrelo tú misma –completé, entregándole un estuche.

–¡Pero, Iván, esto cuesta una fortuna! ¿En serio era necesario?

–Por ti sí, principessa. Aunque te tranquilizará saber que es alquilado. Así que espero que no lo pierdas –apostillé con una sonrisa–. ¿Puedo?

Se trataba de una gargantilla de oro blanco con un pequeño diamante incrustado en el centro de una de las argollas. Parado tras ella, hube de disimular el temblor de mis manos al contacto con su piel; por su parte, advertí cómo se le erizaba el vello de la nuca al aproximarme para cerrar el broche.

–Ahora estás más perfecta todavía. Puedes guardar el resto si quieres. Hoy no va a hacerte falta.

–Iván, esto no lo hacen los amigos.

–Los amigos que están enamorados, sí. Además, la ocasión lo merece. ¿Vamos?

–Espérame abajo, no tardo nada.

Demoró cerca de diez minutos. Cuando la vi aparecer, inhalé aire por la nariz hasta llenar mis pulmones. En efecto, quedé maravillado.

–Habría sido de mala educación no ponérmelo –dijo, mientras se acomodaba la falda del vestido–. ¿Y esta precisión? Parece hecho a medida. Hasta los zapatos son de mi talla.

–Soy buen observador cuando algo me interesa.

Aun significando mucho para mí que decidiera cambiarse de ropa, casi habría preferido que se dejara la suya: la imagen de cuando abrió la puerta quedará grabada a fuego en mi memoria. Del negro pasó al granate. Tanto de una manera como de otra, imposible imaginar tanta belleza. Definitivamente, estaba loco por ella.

–Espero que te gusten las motos –dije, entretanto dejábamos atrás el portal.

–La verdad es que me encantan.

–Perfecto. Aquí tienes, un casco y otra chaqueta.

Era una Honda 600. La había adquirido a mi llegada a Barcelona a fin de evitar el metro en la medida de lo posible. Quería sorprenderla, y sabía que lo de ir en moto no se lo esperaría, en caso contrario habría optado por un taxi. Para mi suerte, acerté otra vez.

Entre las pocas costumbres que conocía de ella, estaba la de seguir una dieta vegetariana. Por lo que antes de hacer la reserva me aseguré de que dispusieran en carta de platos de su agrado. De hecho, al final ninguno de los dos probó bocado de carne; y de beber, vino blanco. Al llegar el turno de los postres, le aconsejé pedir café. La noche prometía ser larga y, ciertamente, no había hecho más que empezar.

–Ana, me gustaría saber algo, y te ruego que seas sincera.

–Intento serlo siempre.

La miré fijamente. Qué clase de hechizo era aquél. Que alguien mantuviera tu mente atenazada a todas horas; sentir su esencia en el esófago, al respirar; que con solo imaginar su rostro escapara de mi boca un suspiro, ahogado. Y sí, es cierto que existen las mariposas, cientos de ellas. Tal era así que me juzgaba incapaz de alejarme de ella.

–¿Crees que existe alguna posibilidad, por remota que sea, de que podamos ser pareja? Lo que quiero decir es, ¿de no estar comprometida con Fausto, podrías enamorarte de mí?

–Sí, podría –su dulce rostro, siempre cincelado con cierto aire dubitativo, mudó por uno bañado de férrea seguridad. Su respuesta fue tan rápida como tajante–. Eres un hombre inteligente, atento, sabes cortejar a una mujer, además de hacerla sentir el ser más especial sobre la faz de la tierra. Y ésta última no es sino una de las claves de la conquista: que ella se sienta especial. Pero, Iván, Fausto existe y estoy con él; y lo amo como nunca he amado a nadie. Así que no tiene sentido seguir intentándolo. Nunca lo abandonaré, no al menos por otro hombre. Tendría que darse el caso de que él cometiera un acto imperdonable y eso no va a suceder. Fausto nunca me traicionaría.

–Entonces, ¿sí que existe alguna posibilidad?

–En la vida puede suceder de todo. Por tanto, si te dijera que no existe ni la más remota posibilidad, estaría mintiendo, y me has pedido sinceridad. Pero dejando a un lado las suposiciones y los matices la respuesta más correcta a tu pregunta es: no, no la hay.

Aquella afirmación no era un no, porque un no dicho en contexto tal se articula de manera directa, sin matices de ningún tipo; aunque, por otro lado, Ana gusta de argumentar todo cuanto expresa. Más allá de eso, abrigaba el convencimiento de que no se trataba de un no. Del mismo modo que sabía que, de persistir, podría conquistarla. Desconocía si solo por una noche. Aun así, ése entrañaría un gran comienzo.

Al abandonar el restaurante, parados junto a la moto, le pedí algo más.

–Te he hecho cenar con algo de prisa porque tenemos una cita a las once. ¿Puedo vendarte los ojos?

Si bien su gesto fue una mezcla de sorpresa y desconcierto, al fin aceptó. Le anudé el pañuelo de seda negra y, acto seguido, le ayudé a ponerse el casco. Ascendimos hasta el mirador de Montjuïc, próximo al castillo, en apenas diez minutos. Nos hallábamos a escasos metros de donde quería llevarla. De manera que le acomodé de nuevo la venda en los ojos, que se había deslizado al desprenderse del casco, y le ofrecí instrucciones a fin de que se dejara guiar por mí, a lo que se mostró algo inquieta. «Ana es sumamente desconfiada», recuerdo haber pensado. La así con firmeza para que no tropezase, pero a la vez con delicadeza para evitar incomodarla. Aunque el terreno por el que avanzábamos estaba adoquinado, contaba con ciertos desniveles poco apropiados para caminar con tacones.

–Mira bien por donde pisas.

–Ya hemos llegado. Puedes sacarte la venda.

Su expresión fue una mezcolanza de fascinación y disgusto. Imagino que resultaba excesivo viniendo de alguien que dice ser solo un amigo, por más que muestre sus sentimientos sin ningún tipo de tapujos. El caso era que no daba crédito a cuanto tenía frente a sus ojos. A escasos metros, el castillo iluminado entre luces anaranjadas; sobre nuestras cabezas, la luna llena, bañada en su esplendoroso fulgor blanquecino; a la derecha, unas espectaculares vistas de Barcelona; y, ante nosotros, un escenario de ensueño.

–Puedes tomar asiento.

–Pero... ¡esto es una maravilla! ¿Cómo lo has hecho?

Había ordenado construir para escasas dos horas un pequeño escenario de cristal tras conseguir la licencia requerida. Dos butacas aterciopeladas presidían la estructura, y a nuestro servicio, tres aclamados tenores de la ciudad de Venecia. La Traviata en exclusividad para ella, en primera fila, iluminada con el reverberar de la luna y la esencia de un amor que quería transmitirle sin reservas.

La obra tuvo lugar durante hora y media, y me atrevería a afirmar que le supo a poco. En más de una ocasión advertí que estaba a un paso de echarse a llorar, y no solo por la emoción que le infundía la ópera. Lo que no logró refrenar fue que su cuerpo se estremeciera al inicio y final de cada uno de los tres actos, así como con cada solemne entonación plagada de fuerza, durante las que cerraba por un momento ambos ojos, como si la ópera se sucediera en su interior y no enfrente de ella. Y yo, más que presenciar el arte de mis tres colegas, admiraba, sin un ápice de pudor, su exquisita belleza.


















CAPÍTULO IV

No mientras Fausto estuviese esperándola




Pese a haberme explicado el episodio de la ópera a su regreso a Maiori, si bien con menos detalles, para mi suerte timbró mi teléfono móvil desviándome de toda clase de pensamientos. Era Salvador, mi editor. Mucho me temí cuál era el motivo de su llamada.

Ciao.

Pronto. Salvador, amigo.

–Fausto, hace unas horas he recibido un manuscrito. Quería terminar de hojearlo antes de ponerme en contacto contigo. El caso es que… Deberíamos reunirnos.

–¿Trabajo de imprenta? –dije, tratando de simular neutralidad.

–Lo que quiero es hablarte de su contenido.

–Está bien. ¿Acaso se trata de un posible best seller?

–Nada de eso. Tenemos que vernos, amigo.

–¿Cuándo?

–¿El lunes a primera hora? –sugirió.

–De acuerdo. Te espero a partir de las nueve en la imprenta.

–Si te parece, te lo remito por email ahora mismo. Hablamos de unas cien páginas. ¿Tendrás tiempo de leerlo?

–Cuenta con ello.

–Perfecto. Nos vemos entonces.

Me disponía a colgar cuando habló de nuevo.

–Fausto…

–¿Sí?

–Algo no me huele bien. Creo que hay un mensaje oculto en sus páginas.

–Salvador, nos vemos el lunes sin falta y me explicas mejor. De qué preocuparse, amigo, solo es una novela.

Sin darle tiempo a prolongar la conversación, interrumpí raudo la llamada.

–¿Qué quería? No se la habrás enviado, ¿verdad? –preguntó Ana inmediatamente después.

–No, claro que no. Pero al parecer Espinosa se ha encargado de hacerlo él mismo. Por lo visto, le ha hecho llegar un ejemplar hace unas horas, solo que en ése ha debido de omitir nuestros nombres.

–Qué extraño es todo esto, Fausto.

–Trata de asegurarse que lo leemos. No hay de qué preocuparse, esquimal.

Algo intuía Salvador. Si no era que sospechaba en torno a quién giraba la historia, debía de ser que el autor dejaba claras sus intenciones de proceder en algo que Ana y yo aún desconocíamos. Aunque, a juzgar por el temple de mi socio y colega, a buen seguro se trataba de un asunto trivial, o acaso no había recibido la misma novela, no al menos en su totalidad. Y así como a nosotros, dado el número de páginas, tal vez solo le había remitido una parte.

–Prefiero no darle mayor importancia. De ser un asunto de suma urgencia, ten por seguro que Salvador se habría citado conmigo no el lunes, sino hoy mismo. Además, va a enviármela por email. Así que pronto saldremos de dudas.

–Espero que estés en lo cierto.


***


Al término de la ópera, Ana se acercó entusiasmada a saludar a los tres tenores. Marcelo, quien interpretaba a Giorgio Germont; María, como Violetta Valery, y Lucas, dando vida al joven Alfredo. Estaban alojados en el Hotel Palace de plaza España, y regresaban a Italia al día siguiente, en el vuelo de las veinte horas. Fui yo quien propuso tomar una copa siempre y cuando Ana no quisiera dar por concluida la velada; lejos de ello, aceptó encantada. Sin duda, deseaba conversar con mis tres colegas, pero también supe que una parte de su ser anhelaba seguir a mi lado. Nada de despedidas, no todavía.

Nos decidimos por un local de la plaza Real, ubicado en el primer piso del portal número diez. Ya en el interior, tomamos asiento en torno a una de las mesas redondas que había disponibles. Ana, a mi lado, mientras que a su izquierda se sentó Marcelo; seguido de éste, Lucas, y a mi derecha, María. María y Lucas son pareja, se conocieron en el conservatorio, y yo los conocía a ellos por mediación de Marcelo, quien fue uno de mis mejores amigos en la facultad.

–¿Sabías que la primera vez que se interpretó la Traviata fue un auténtico fracaso?

–¿Bromeas? –preguntó Ana a María, componiendo un rictus de sorpresa.

–La gente no cesaba de burlarse. El teatro se inundó de risas ofensivas y abucheos, principalmente, durante el segundo y tercer acto. Transcurrieron pocas horas cuando varios entendidos de ópera se hicieron eco del fiasco, concluyendo que la soprano que interpretaba a Violetta no era la adecuada. Al día siguiente de tan bochornoso estreno, Verdi escribió una carta a su socio exponiendo su preocupación. Sin embargo, puesta en escena por segunda vez, las críticas no dejaron de alabar su grandeza. La vida es una caja de sorpresas, ¿no te parece? Cuando crees que está todo perdido, sucede lo inimaginable.

Ana permaneció pensativa unos segundos. Esperanzado, me figuré que Fausto y yo protagonizábamos un duelo en su mente, una batalla de titanes enfrentados contra el férreo destino.

–De haberse estrenado hoy, Verdi se habría ahorrado una noche de sufrimiento. Habéis estado absolutamente maravillosos.

–Muchas gracias, Ana, la ópera es nuestra vida –añadió Lucas.

–No, muchísimas gracias a vosotros por tan valioso regalo.

–Mejor dáselas a Iván, que es el responsable –convino Marcelo sonriente–. Hasta hoy, desconocía que alguien fuera capaz de hacer cruzar el Mediterráneo a tres tenores y ordenar construir un escenario de cristal, nada más ni nada menos que en los jardines de un castillo. Desde luego, puedes sentirte especial.

–La verdad es que sí –contestó ruborizada, y mirándome de soslayo.

Era la una de la madrugada cuando abandonamos el local. De pie frente al portal, nos despedimos de mis tres colegas, que daban claras muestras de cansancio debido al trajín del viaje y la ópera, amén de que querían amanecer temprano para visitar la ciudad.

–Un placer, Ana. Espero te decidas a visitarnos una vez instalada en Italia –ofreció María.

–Contad con ello.

Enmudecidos, los observamos sortear los grupos de personas que cruzaban la plaza. Al cabo, Ana me expresó su deseo de regresar a casa.

–Estoy exhausta. Ha sido un día plagado de emociones –dijo, mientras mis amigos se adentraban en las Ramblas. A buen seguro, su intención no era otra que la de evitar estar a solas conmigo, y lo entendí. Después de una sorpresa tal debía de resultarle harto complicado dilatar la velada a mi lado, como si nada.

Durante el trayecto de regreso, rogué en silencio que me ofreciera tomar una última copa en su apartamento con la sola esperanza de soslayar tan pronta despedida. Mi único deseo no era sino contemplarla unos minutos más, sentirla cerca de mí, en tanto permanecíamos sentados en el sofá, aun sin conversar, aun sin rozar nuestras manos siquiera.

Tras apearnos, nos desprendimos del casco y la acompañé hasta el portal.

–Iván, de haberte conocido en otro momento... sería inevitable dejarme seducir por ti. Lo que has hecho esta noche es… –pero entonces enmudeció y agachó la mirada. Juraría que por respeto a Fausto demudó «lo más especial que han hecho nunca por mí» por–: poco menos que impensable, algo que solo ocurre en las películas. Pero bien sabes que mi corazón le pertenece a él, y que nunca le…

–Abandonarás, salvo que se dieran diferencias irreconciliables. Lo sé. Pero, Ana, te mereces éste y cientos de regalos más. Y si estuvieras conmigo haría lo imposible por sorprenderte a diario. No obstante, respeto tu decisión. Lo de esta noche, lo he hecho de corazón, así que no debes sentirte en obligación de nada. Buenas noches, principessa –me despedí, depositando un beso en su mano.

Al tiempo que le daba la espalda, entorné ambos ojos e inhalé aire, procurando contener la tristeza. Instantes después, su voz resonó en mi oído cual susurro.

–Iván.

–¿Sí? –raudo, volví la vista hacia ella.

Avanzó en dirección a mí, sin dejar de mirarme. Teniéndonos frente a frente, besó mi mejilla.

–Que tengas buenas noches tú también. Y gracias. Por todo.

–Descansa, bella.

Sin dilación, prendí el motor y me alejé a toda prisa. Si bien la tristeza hizo presa en mí, supe que el calor de ese beso no sería el último.



Al día siguiente acudí de nuevo en su busca, pero no esperé donde siempre. Permanecí sentado en el interior de un bar, desde el que alcanzaba a otear la entrada y salida de la universidad. Cuando reparé en su presencia –alerta por espacio de varios minutos en tanto se despedía de sus compañeras, mirando de izquierda a derecha de soslayo–, se me hizo un nudo en el estómago. Entretanto éstas se alejaban, Ana prolongó su desazón por unos minutos más, hasta perderse calle arriba; unos minutos que me bastaron para vislumbrar en su rostro la decepción de no verme. ¿Cómo podía amarla tanto sin apenas conocernos? Aunque, por otro lado, era como si la conociera de toda la vida. Habría salido corriendo tras ella a fin de evitar que caminase sola hasta su casa, para decirle que nunca me cansaría de ir a buscarla fuera dónde fuese. Sin embargo, era necesario que me echase de menos. Lo acaecido por la noche cumplía con creces mi propósito. Ahora, había de experimentar la desazón que pudiese llegar a generarle mi ausencia, pese a detestar la sola idea de que cualquier nadería la hiciese sufrir. Con todo, debía ser así.


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