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Excerpt for Los cuentos de Anselmo 2 by , available in its entirety at Smashwords

HERMENEGILDO



No recordaba Hermenegildo haber experimentado un cansancio tan grande y demoledor en su larga y durísima vida de campo. La acumulación de interminables y extenuantes vigilias hospitalarias dedicadas a su mujer le habían minado la resistencia al punto de tener que ser asistido, hecho una piltrafa, apoyado en hombros solidarios y arrastrando la punta de los pies, cuando al fin de tantas e infructuosas penurias terminó en su velatorio. «La irreparable pérdida lo hizo pelota… Como al Loro», concluyeron los que en el pueblo acostumbran a registrar comparativamente lo doloroso de cada entierro por los alaridos que profieren los deudos aferrándose al cajón cuando el rito impone bajar la tapa.

Otra cuestión se urdía en un apartado rincón de la sala mortuoria. Alicia, la psicopedagoga, sostenía que la crisis se desencadenó cuando Hermenegildo fue notificado sobre la presunción cierta del inminente fallecimiento de su esposa.

-Entonces, «hizo…»- enfatizó mirando significativamente al médico del pueblo -«…esa ambivalencia que pretende conservar al ser querido pero a la vez perderlo si es que con ello el pobre deja de sufrir.-

-¡Tonterías!- sentenció con su natural suficiencia el doctor von Staundenmaker.

-No somos inmortales… Ni párvulos que lo ignoremos…- explicitó, cortante como un escalpelo Solingen.

-Pero… ¿Si hablábamos del alma…?- Terció el hábito conciliar del cura de cara redonda, ojos saltones y piel turgentemente rosada como una manzanita flanqueada por colgantes orejas lombrosianas.

-Tal vez necesite elaborar el duelo- intentó tímidamente Deborath, esa lánguida maestrita jardinera, antes de que se le encendieran los cachetes al verse convertida, por algún nimio sobreentendido, en centro de implacables miradas siempre listas para reprimir lo que califican como obviedades.

Desentendiéndose de tan insustancial disputa, el médico se corrió como para encender la pipa. Exótico tabaco que al quemarse expandió un subyugante aroma ultramarino reafirmante de su pueblerina reputación de sabio galeno. Fama que mucho debía a la gravitación de tremendo e inusual apellido teutónico, extraño para la zona.

El comentarista de espectáculos de la radio local que, excluido el canto, alternaba con casi todas las tareas en esa unipersonal empresa radiofónica llamada «Viene clareando», elevó los suplementados tacos, estiró la garganta y con ello acopló el moñito a un vaivén solidario con el movimiento de la nuez. Todas mañas ortopédicas instrumentadas para compensar la baja estatura, usual preocupación en aquellos que apabullados por la escasez viven midiéndose absolutamente en todo con sus semejantes.

Al fin, decidida su participación, dijo en un engolado tono actoral que reclamaba ser apreciado:

-La realidad no es ilusión cinematográfica en la se sobrentiende que el galán sobrevivirá triunfante. Se sabe que todo lo vivo muere. Sólo que uno se resiste a que le cuenten el final, como muy profesionalmente y con las más idóneas y consoladoras palabras sabe hacer el estimadísimo y nunca bien ponderado doctor von Staundenmaker con sus pacientes terminales, quienes, aún a pesar de lo doloroso del trance agradecen su confortadora sabiduría- Y como cierre dirigió al médico una triunfal y cómplice sonrisa que no fue correspondida.

Contrariado, ya que hasta se había cuidado de pronunciar «fon» pegando los tacos, en un intento por superar el embrollo, continuó:

-La palabra Fin tiene connotaciones distintas según se la vea desde la butaca o desde la vida… No es lo mismo The End que Fin…- Pero a esta altura ya lo habían dejado hablando solo y con el tic del moñito descontrolado, por lo que, entre sorprendido y molesto, mascullando ese extravagante: «¡Pensar que viví a dos cuadras de la Facultad de Medicina…!». Se fue arrimando a Hermenegildo como buscando consuelo.

Le apoyó una mano en el hombro y lentamente empezó a moverla como si amasara, bronca tal vez, extraña situación que ninguno de los dos atinaba a dirimir. El comentarista continuaba frotando para no parecer que aflojaba en el afecto, o para no volver a quedarse solo, y Hermenegildo, ya dolorida la piel, no decidía sacar el hombro por miedo a desairarlo, a lo sumo lo corría un poquito para que no llagara. Al fin compulsivamente los destrabó Gastiasolo, ese grandote de aspecto fiero, al meter prepotentemente el brazo y así poder palmear al viudo.

-Se acompaña el sentimiento- dijo con esa luctuosa circunspección que cierta gente desempolva y vuelve a guardar en espera de otro velatorio. Dicho lo cual calzándose el negro chambergo, se marchó.

Ya el hedor de las flores agónicas se había vuelto espesamente agresivo destronando al aroma del café tozudamente recalentado, desalojándolo hasta de los rincones más irreverentes, ésos donde campea el cuento de velorio festejado en chabacana sordina.

Y ese aumentativo tufo floral le iba preanunciando a Hermenegildo que el tiempo de la dolorosa despedida estaba próximo. Lo iba despegando con piadosa lentitud de ese estado en que el sentido de confortadoras palabras, enervándose en las puertas mismas del sueño, se resiste a exceder el gesto o la inflexión. Un sueño que, cada vez que se acunaba en el cabeceo, era perturbado por alguien que le arrimaba compañía o un pésame tardío o reflexiones insubstanciales, como si todo se confabulara para impedirle el descanso o el reparador aunque brevísimo escape hacia el olvido. Desfile de rostros compungidos que a veces preguntaban cosas tan banales como la hora del fallecimiento.

-Siete y media- era en esos casos la respuesta maquinal del viudo.

-…y cuarto de la tarde-, invariablemente corregía una vieja de podridos dientes y olor a ajo que entre hipos se eternizaba acariciando, o acomodando, el ceniciento cabello de la finada. Y aquella rutina era como un lentificado reloj de arena humedecida que no terminaba de escurrir el tiempo…

Y al fin el cortejo y su mortuorio ritmo, entró en las callecitas encajonadas del cementerio entre lentos e incontables álamos que no acababan de pasar fondeando así un intransitivo cielo incólume…

Al fin el grupo se subsumió en el predio pletórico de cruces, búcaros y flores súbitamente reclinadas, amustiadas tal vez por la juventud de sus pasantes congéneres recién llegadas, entre bronces leprosos de reflejos avaros y querubines de alas rotas largamente llovidos desangelados por el deterioro de impasibles intemperies estratificadas.

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Al llegar a su casa se derrumbó sobre la cama deshecha, vestido nomás. Más que taparse, se enredó en las cobijas tratando de atenuar ese frío particular que se instala en alguna parte indeterminada del cuerpo, o quizá es el cuerpo quien resbala por un insondable glaciar, cuando el sueño se pasó de vueltas. Así fue cayendo en la inconsciencia, extrañándose con lentitud de la finada, tal vez como un repliegue defensivo, soltándola como vilano al viento para entrar él solo en un confortable sopor, en un beatífico viaje hacia alguna o ninguna parte, pero que en definitiva, aleja… ¿Aleja…? ¡Pero de qué…! Y esa duda lo fue adormitando…

Quizá empezó a despertarlo la voz mientras se escurría, o el crujido de la puerta al cerrarse tras ella, o cierto aroma empalagoso o algo de lo que dijo ese tono acatarrado pero campesinamente femenino percibido entre sueños, o todo eso junto… Algo desdibujado que le costaba traducir…

Juana, eso es, fue la voz de Juana, la mejor amiga de Crescencia, a la que despaciosamente y mientras despejaba la modorra, fue vinculando con la olla que sólo ella pudo haber dejado humeante sobre la mesada, expandiendo su entrador aroma a puchero de gallina. «Pero… claro que fue ella quien lo trajo, entre sueños escuchó el aviso» Sólo que él compaginó las partes algo después, cuando empezó a despabilarse, recobrándose paulatinamente y ordenando ese caos donde el presente y el pasado contendían para al fin darse el gusto de sacarlo de la cama a su pesar, pero decididamente luego, cuando aquello que excitaba a su olfato se fue integrando como aperitiva demanda.

Quizá, se dijo, probar un poco de aquella vianda le ayudara a entrar en calor, ahora que se sentía en parte relajado luego de haber dormido vaya a saber cuánto tiempo. Después de todo ayunar no reviviría a su mujer, se justificó así que lo que empezó a degustar no sin disfrazar algún escrúpulo, al rato había pasado totalmente de la vasija a su estómago, mientras ya lanzado se relamía repasando el fondo de la olla con migas que arrancaba de un voluminoso pan tibio aún que, envuelto en una servilleta de vivos colores, también le había arrimado la vecina. «Fiel amiga de Crescencia», definió a la Juana mientras hurgaba con infantil deleite, para descubrir en otro paquete una tira de longaniza casera que era un primor y un generoso corte de queso que con verlo nomás así traspirado, aguaba la boca. Goloso el hombre terminó empujando el bocado con el dedo para ubicarlo donde las muelas menos gastadas pudieran triturarlo mejor y condimentar al mismo tiempo la saliva. Llevó la gula al extremo de desincrustar trabajosamente con la uña y ayudándose con un huesito del ave, una remisa y flaca hebra de carne atascada en el intersticio de un diente y que, ya libre tragó con fruición exacerbada por el gusto entrador de una machacada semilla de anís aromatizante del embutido.

Ya era oscuro cuando se escanció lo que quedaba del tinto y ahí nomás, desparramado sobre la mesa, entre huesos pelados y pringosas sobras, siguió durmiendo con la paz de un bebé pletórico de teta.

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Y estaba alto el sol cuando entreabrió los ojos, cosa inusual en él que solía matear esperando que clareara. Trabajosamente fue como volviendo a la realidad, como separando prolijamente el ayer del hoy. Tanto y tan intensamente habría dormido, razonó, que no recordaba haber hecho la cama que lucía como cuando la finadita… «Pero… ¡si hasta la mesa donde se durmió parecía no haber sido usada…!» Y fue en ese instante que recordó que entre sueños acompañó el corrimiento de un brazo que delicadamente le apartaban para limpiar algunas sobras de la ingesta: «¿Y quién sino la Juana?» que, ahora apreciaba, hasta el cubierto había lavado.

«De todas formas», se dijo retomando un medio soñado proyecto, «Ya estaba decidido. Arrendaría el campo y con la renta viviría en el pueblo. Para él la tierra se acabó ¡No… Va…Más! Trabajar de sol a sol… Si lo hizo fue por la Crescencia. ¿Qué hubiera pensado ella si aflojaba? Tan luego él que se jactaba de no bajar los brazos ni aunque vinieran degollando. A más, cómo la iba a sacar de ahí. Si era un placer verla juntar huevitos en el ahuecado delantal y mandarse esos flanes y tortillas que tan contenta la ponían. ¿Y la mayonesa…? ¡Ese toquecito que le daba! !Caray! con la Crescencia. ¡Qué habilidosa la pobre cuando andaba bien…!»

«…Las primeras frutillas eran para ella… ‘cha que era golosa» Recordó sonriendo. «Y tenían que ser con crema y de la leche de la Rosita…» Y la vaca la seguía mugiendo como reclamándole la ración que le quitaba al ternero … «Parece mentira que uno se venga tan abajo… al final, se quedaba en los rincones en cuclillas, orinándose, mientras lo miraba a uno en silencio con esos ojos cavernosos que daban miedo… como si ya estuviera espiando desde la sepultura…» «Pa’ sufrir así es preferible que Dios se lo lleve a uno». Decía la Juana lloriqueando hasta los mocos al ver a la entrañable amiga en ese estado. Si al final hasta le arisqueaba cuando le alisaba el pelo… «¡Y eso que se habían querido como hermanas…!»

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«Si señor… el campo es duro.» Y uno se va quedando inexplicablemente, mientras advierte en cada crepúsculo que lo despojaron un poco más: Intermediarios y políticos se lo van comiendo vivo. Cuando no es el milico, que viene a llenar la bolsa mientras lo apura con aquello de: «Me manda el comesario…», es el edil que se carga un costillar «por esas camionadas de tierra que le tiró después de escamoteársela con camión y todo al municipio.» ¡Y así cada uno se lleva una tajada! …menos uno, que se va dejando…»

Acaso uno se queda porque no aprendió a hacer otra cosa «y de qué va a vivir fuera del pago» O porque es parte de la tierra que se le aquerenció en los poros. O porque nació laburante… y no le va a fallar al apellido. O porque es pavo… ¡Qué se yo! Pero seguir tirando del carro ya sin saber porqué... eso es otra cosa. Uno mira para atrás y no ve nada… y pa’ adelante menos… Y al fin la cuerda se acaba… «Y bien… ¡Hasta aquí llegué. Sin la Crescencia, vendo todo y ¡a la mierda!» Dijo golpeando la mesa. «No me embarro más, ni me cago de frío en invierno ni de calor en verano. Y pateando la silla: ¡A pituquear al pueblo! Lejos del pulguerío. Y si quiero comer lechón lo pago y que lo corra y lo achure otro… Que al fin es grupo eso de que «lo que se hace en casa es más sano…» eso lo decía mi agüelo que sin salir de la familia tuvo con varias una chorrera de hijos, entre gangosos y patizambos.»

«¡Pucha! Los animales…» Recordó de pronto y al asomarse, todavía deslumbrado por el sol del mediodía, la vio a la Juana regresar del campo con su sombrero grandote de paja amarilla… Si había hecho el trabajo por él! ¡Siempre fiel a la Crescencia la Juana!… ¡Y tan buenaza…! Y todo lo que hizo durante la enfermedad de la finada… si se da maña pa’ todo… ¡Fíjese! Que hasta el molino me arregló…

-Buen día don Herme- le gritó.

-Siempre bien dispuesta usted-

-Crescencia hubiera hecho lo mismo si Dios me hubiera llevado antes que al Felipe…- y se persignó por el finado -Que Dios lo tenga en su santa gloria.-

-…¡Ah!... Y por la ropa no se preocupe. Después paso y se la lavo.- Agregó como despidiéndose. Y se alejó despacio balanceándose por la huella despareja y por esa renguera, la quebradura que le soldó «el vasco», y que la mortificaba los días de humedad. «Mañana llueve» decía frunciendo la cara de dolor… ¡Y llovía nomás!

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-¿Así que se nos va, don Herme?- Le preguntó sin disimular el tono de contrariedad mientras metía en el tacho la ropa que se llevaba para lavar.

-Y… Si, doña Juana… ya no me queda ánimo…-

-«Piénselo… Mire lo que le pasó al Gerundio. Se fue para las casas y lo aplastó un auto. Que Dios lo tenga…- y se santiguó. -Como a un sapo lo aplastaron…

-Y… Cuestión de cuidarse al cruzar…doña-

-Si, pero es que andan como locos, me dijo la Terencia… Cuando va al hospital, por eso que se le metió en las tripas, en el pueblo camina pegada a la pared por miedo a los coches, y ¡fíjese! Que no le cruza la calle si no hay vigilante- me contó-

-…’cha con la Terencia…-

-Y eso no es nada. Dice que allí la verdura es mustia… como tristona… y un ojo de la cara que se la cobran…-

-¡Caray! que en las casas comen cualquier cosa, también-

-A mí la verdura me cae mal últimamente- arriesgó el hombre.

-Si es por eso le traigo ensalada de mi quinta… !Ah! Y ni piense que en el pueblo va a tener huevitos frescos. Allí son de frigorífico… Ya en el color se nota… y ni le digo del olor y el gusto... Al romperlos se da cuenta… vienen como entreverados. ¡Hágame caso, lléveselos de acá!-

-Si, pero ¿Cuántos voy a llevar?...-

-Si es por eso le doy la bataraza-.

-Menos que menos… Aparte, ya me siento cansado…-

-No se achique don Herme que usted es joven todavía-

-No crea doña… Para más la soledad.-

-Pero si lo queremos muy mucho, eso dicho con respeto. Mire don Herme, le cebo unos mates y después me llevo la ropa. Piénselo… En el pago no falta nada…P’al que sabe buscar, hay de todo como en la viña del Señor- Y después de matear un rato, se fue la Juana con el tacho sobre la cabeza y renqueando por la huella. Y Hermenegildo se quedó mirándola y hasta le pareció que cojeaba menos de lo habitual, o a lo mejor era ella que pisaba eligiendo para compensar lo desparejo.

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Durante semanas pasó la Juana casi diariamente, interesándose por las cosas de Hermenegildo y siempre con un «Buen día» y una sonrisa. Por eso le extrañó al hombre el mal humor que le advirtió esa mañana.

-¡Sí. Ya me llegó el chisme.- Rompió el fuego la Juana mirando el suelo. -Pero yo vengo de día y con las puertas abiertas.- Aclaró barriendo algo con la chancleta.

-Si…Juana… ya sé que usted lo hace por la memoria de la Crescencia… y se le agradece por el recuerdo…-

-Bueno, también a usted se le tiene afecto, dicho eso con respeto…-

-Usted sabe… Pueblo chico infierno grande…-

-Sí, ya lo sé. Pero no se puede ensuciar a gente de bien. Mire don Herme, si usted lo quiere yo aquí no piso más-

-Pero quién dice eso Juanita, permítame que la llame así-

-Y… si es su gusto.-

-Mire Juanita, yo creo que desde arriba la Crescencia…-

-Que Dios la tenga…- y se santiguó la Juana. -Le puse cáscara de naranja- y le alcanzó un mate al Hermenegildo. -¿Ta’ buena la naranja? Preguntó la cebadora y se miró las uñas, más negras que el tordo de tanto andar con la tierra.

E inesperadamente el hombre: -Buena está usted Juanita- le largó de un saque. Y sin poder contenerse, sentándose a su lado, le agarró la mano con fuerza mientras tosía atragantado por esa yerba «que ahora viene tan finita».

-Ay Herme- susurró la otra sin quitar la mano pero entornando los ojos como con vergüenza. -Tal vez convenga formalizar… Y secretamente se alegró de que los «trabajos» que le encargó a la Críspula resultaran eficaces para retener al Herme en el campo.

Y como dice el Génesis: Fue la tarde y la mañana un día.

Y Hablando del Génesis… Ya se lo había dicho el señor cura cuando la Juana maliciando lo que se venía, le pidió consejo: «No es bueno que el hombre esté solo.» Bíblicamente le había tartamudeado el padre Morcillo con ese relámpago vicioso que a veces se le colaba en la huidiza mirada desencadenador de un tic, como si cabeceara porfiadamente una invisible pelota. Y ella, como buena cristiana apreció y reservó el consejo por si la ocasión… Y la ocasión llegó.

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Desde la cama la oyó cojear trayéndole un mate que chupó con gusto hasta el rezongo, mientras ella se entretenía enredándole los dedos en el pelo roñoso, deseo irrealizable con el finado Felipe… ¡De puro pelado que era! A su vez Hermenegildo regodeándose mimosamente: «Zalamera la Juana» caviló mientras sin quererlo recordaba que, últimamente, él le llevaba a la finada el mate que se le escurría entre los labios.

Y ella. «Si es la voluntad de Dios…Él sabrá por qué lo hace.» musitaba mirando hacia lo alto como pidiendo indulgencia a la entrañable amiga, mientras le pasaba el fardo al Señor.

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Los domingos Hermenegildo la llevaba a misa y la esperaba en el boliche… en lo de Arévalo, que en vida de la Crescencia sólo visitaba muy de cuando en cuando para aprovisionarse de cartuchos y tabaco, y que ahora le tentaba frecuentar.

Entre ginebra y truco la esperaba…«Por ahora me espera… pero… quién sabe…a lo mejor…» se ilusionaba la Juana… imaginando a su marido hincado y rezando con pilchas domingueras. «Como el Ulogio de la Dominga… Santo varón Ulogio…Siempre con una herramienta en la mano y a Dios mentando… ¿Y su mujer? Tan servicial la Dominga… y tan limpita…» los evocó como si conformaran una réplica de la sagrada familia de imposible emulación, por lo menos para ella.

«A lo mejor se da… tiempo al tiempo… Dios mediante…» se ilusionaba alimentando la esperanza de ver algún día a su impiadoso hombre persignándose. Mientras tanto, a través de las letras de «Ramos Generales» del ventanal del boliche, se desesperaba por indicarle con gestos, que él no advertía de divertido que estaba, que ya era hora de regresar porque el culto había terminado y un montón de obligaciones esperaban… por lo menos a ella.

-En domingo no se trabaja- se justificaba Hermenegildo reconviniendo a su mujer mientras le alcanzaba la escoba y se corría para que barriera. Todo un aporte para la sobrecargada tarea dominical de Juanita. Y sumisa ella musitaba: «¿Y qué hay del resto de la semana…?»

Antes de salir, Hermenegildo le pagó lo consumido a la Dorita, la hermana solterona del Arévalo. Ésa, tan atractiva por la mirada, y que ahora caía en la cuenta, también por lo pechugona. Y con el vuelto le llegó algo de esa fragancia que liberó el pródigo escote cuando la mujer, acompañando el peso de los senos, se inclinó demasiado al arrimar las monedas… Tal vez el hombre se entretuvo disfrutando de la profunda hondonada plena de tentadoras promesas o fue ella quien demoró más de la cuenta tanta lujuria rodándola intencionadamente por ese pecaminoso tobogán. ¡Vaya a saber! Eso lo tenía ocupado y, hasta donde veía, también las pecas del pecho y el color del corpiño que asomaba lo funcionalmente necesario cuando. Y tan abstraído estaba que al levantarse tropezó con la silla.

-Será la giniebra bromeó-. Y la Rosita le devolvió lo que a él le pareció una sonrisa fundadora de alguna expectativa. Y el hombre, antes de saludar se alisó con la mano el descuidado pelo, algo que no recordaba haber hecho nunca…

…Y como si las hubiera oído, Hermenegildo repitió para su coleto las mismas palabras de su mujer al decir: «A lo mejor se da… tiempo al tiempo…» concluyendo con ese inadvertido: «¡…Dios mediante!» que por salir inimaginablemente de sus infieles labios, de haberlo oído fuera de contexto, hubiese colmado de felicidad a la Juana.





INTERPOSICION

Entre el ocre incipiente de los pastos, avanzada del siempre tórrido verano en ciernes, la mujer depositó el cesto con su bebé de pocos días.

Aun cuando apenas empezaba a clarear le procuró el mejor recodo, el sitio que estimó más resguardado y divisable dentro del secano de monótona vastedad.

Tras amamantarlo cubrió con un cendal a Pablito, así lo llamó mientras lo arrullaba. Lo depositó bajo el sauce llorón, al amparo del fresco verdor y de aquello que se mantendría como umbrosa oquedad. A espaldas del lactante, un superficial curso de agua escasamente perceptible corría cantarín, escamoteado a ratos en algún trecho de impedida claridad. Suave corriente que olvidada del tiempo peinaba el musgo de las piedras y bañaba con esmero al berro joven.

La precaución maternal no era excesiva ya que en un breve tiempo, cuando el sol ascendiera lo suficiente, deshidrataría cuanto organismo quieto se le atreviese. Por otra parte, y por esa razón, el refugio sería compartido por irritantes insectos de la época, controlados ahora por el previsor tul.

Satisfecha con los arreglos, la mujer se reunió con sus compañeras que, a unos quinientos metros se aprontaban para las rutinarias y bastas obligaciones rurales, único conchabo posible, y a la vez sanción domesticadora, para quienes no optaran por prostituirse a cambio de las más cómodas e íntimas tareas de la finca. Caminaba y volvía la vista de tanto en tanto, acaso por algún impreciso recelo o simplemente para referenciar entre tanta similitud el remanso escogido para estancia del hijo.

Asumido el puesto, bebió largo del refrescante botijo dejándose seducir mientras lo hacía, era su evasora tendencia, por el insondable cielo que a esa hora se le ofrecía bien saturado de colores cárdenos, rosados y amarillos, contra un azul en ciertos sectores profundísimo, o en aquél más claro donde una desvaída luna no cesaba de naufragar. Recorrer esa inabarcable cúpula, tal vez la ilusión de volar inducida por la pasante escuadra de nómades cuervillos la vinculó, como invariablemente lo hacían tantas cosas ocasionales, a territorios liberadores, sorprendentes por lo inédito y por su perpetua condición de inalcanzables. Ésos con los que su imaginación solía regalarse.

Acostumbraba a soñar despierta, en realidad constituía su único descanso, su irredenta zona, su incompartible refugio al que volvía cada vez que algún detalle sugerente la tentaba o el duro acontecer la golpeaba en demasía. Entonces le bastaba una tornadiza mancha de humedad, una peregrina nube inestable, el sónico pujar de una paloma como pariendo la mañana en la hondura del ramaje o un atajo habitual que dejaba de serlo rarificado por la bruma… Así se transportaba a paisajes exóticos donde la naturaleza se prodiga sin costo ni culpa.

Bebía, refrescaba desde el porrón su boca, como estableciendo un fluido nexo entre lo imaginado y lo tangible, cuando en la altura un pequeño fulgor captó su atención primero, fue instalando un funesto presagio después, para terminar perturbándola en plenitud.

Sin motivo aparente se vio impelida a volver hacia el niño como si algo la advirtiera de que ese indiscernible incidente de supuesta intrascendencia o ajenidad, ocultaba para él algo avieso y acechante.

Pese a su empeño, la ansiedad le hacía evaluar como lenta e ineficaz lo que se iba volviendo desatada premura. Por añadidura los duros y filosos pastos laceraban sus curtidas piernas y, cosa extraña, el vivo ardor ocasionado lejos de amedrentarla, la acicateaba. Tenía que adelantarse a esa cosa y aún llegar antes que el cansancio mellara su ya exigida resistencia. Era ése un objetivo primordial, excluyente aun cuando no manifestara claramente el porqué.

Ya atemorizaba a la mujer la sensación de que ese brillo pulsátil estaba descendiendo helicoidalmente, como en acción de reconocimiento, sobrevolando a su bebé con pertinaz prudencia. Gradualmente, en la configuración que se le iba consolidando, creía ya vislumbrar la poderosa imagen de esas aves de rapiña de gran porte, forasteras que alguna vez por extraviar el derrotero de la especie terminaron afincándose en acogedores confines del territorio. Desde allí solían lanzar sus corsarias incursiones expoliando camadas de cabritos y hasta, se dice, pillando con sus poderosas garras desguarnecidas criaturas, cosa que recordó con pavor.

El inusual y sostenido esfuerzo, incrementado por la opuesta maleza y agregado a la creciente tensión, la iba agotando, malestar que intensificaba la insólita multiplicación del tiempo y del espacio dilatando ficticiamente la concreción del auxilio emprendido. Eso, potenciado por una insana y creciente predisposición infausta terminó por persuadirla de que el ave carnicera, lo que ya daba por cierto, por algún avieso motivo a ratos se suspendía en el aire demorando el ataque; tal vez por ajustes prolijos en la precisión de la picada o quizá, la más esperanzadora hipótesis, porque alguna indulgencia infusa decidiera premiar el amor materno si es que lograba sostenerse con perseverancia. El hado estaría así posponiendo el luctuoso desenlace, lentificando mágicamente su tiempo y el del ave, por ver si algún imponderable atinara a interpolar un incruento armisticio.

Una y otra vez caía trabada por el bravo pastizal para levantarse con renovados bríos, confiada ya en que aquello que iba reputando como intrigante reto bien podía ser conjurado por los ruegos que elevaba, sin saber exactamente a quien, pero al menos eficaces para revitalizar sus drenadas fuerzas y alcanzar el protector objetivo.

No obstante, una difusa angustia aún le hacía temer el colapso de esas piernas cuyo entumecimiento aumentaba sutilmente como un ominoso cronómetro recordatorio de que tal vez no pudiera llegar a tiempo. La inquietaba en especial esa puntada en su vientre que no cesaba de crecer como una dolorosa y pulsátil expansión. Era como si algo se hubiese activado desde un remoto y olvidado ayer, algo inconcreto, como el despertar de una metástasis indiferenciada parecida a un expansivo y doloroso recuerdo en pos de una condensación que lo hiciera entendible…

Quizá para atenuar tanta molestia, o por devoción, aumentó el fervor de sus preces hasta concentrarse casi totalmente en ellas, atribuyendo al poder de la oración que el ave comenzara a desdibujarse en la altura, como si una fuerza poderosa la chupara hacia la inoperancia o la impulsara a disgregarse parsimoniosamente, tras haber inactivado su capacidad maléfica.

Como por inercia o ingravidez, la mujer pareció liberarse de algo y ya a pocos metros de su crío fue como catapultada hacia él, justo cuando sus fuerzas claudicaban.

Entonces, con reconquistada alegría, olvidada de sus dolores, asió el cesto que levantó como un triunfo.

Si suponemos otra perspectiva, un observador ocasional sólo hubiera visto a una mujer en accidentada e inexplicable carrera hacia un curso de agua para al fin recoger algo del suelo y elevarlo eufóricamente.

Tal vez, por una tendencia a comprender, de haber resultado su perspectiva suficientemente inclusiva, el curioso incorporara a la escena un débil ribete de luz figurando descender en cascada por el moroso desvanecimiento de los cirros desmadejados por la apática brisa. El fenómeno, vuelto equivoco por la refracción iridiscente, habría inducido, podemos arriesgar, alguna de esas fantasías que pródigamente ilustran las leyendas locales producto, se especula, de la curiosa conjunción del aire cálido ascendente, más cierta sedentaria nubosidad rutinariamente remansada, encajonándose cuando el indicio de un sol aún invisible torna dubitativa toda visión.

Pero, volviendo a la mujer. Corrió el tul del cesto y acarició y besó profusamente con trémula emoción a su bebé. Gracias a su tenacidad, pensó, y a la intercesión divina musitó santiguándose, el niño no fue trizado vivo por el indiferente estilete, pico de otra madre que en pro de la desalmada supervivencia de su especie lo hubiera ofrendado aún palpitante, como sanguinolento y necesario bocado, al insaciable reclamo de sus polluelos.

«Pablito... pero no… Pablito no…» Aclaró con un extraño dejo, perdida en lo inactual, presa de una rara incoherencia, como si no hablara ella sino a su través una primitiva e intrusa localización abriéndose paso vindicativamente.

Susurró vaguedades, como si se dirigiera a alguien, acaso a una perturbadora y recóndita latencia larga y penosamente impedida. Lo hizo trayendo desde el tiempo pasado, desde un expectante deseo, al interpuesto y por siempre acusatorio Pablito. Lo exhumó como si se empeñara en forzar una fusión redimidora entre ese acuciante demandador al que impidió encontrarse con su escogido nombre y este otro tierno lactante, que extrañamente un lapsus le impedía nombrar.

Ése, que ajeno a todo berreaba, exigente y contemporáneo, reclamando vivamente el adelanto de su ración por haber reconocido, pese a todo, el amigable rostro de su madre.









LA CHOLITA

«Siempre lo mismo. Estos recovecos oscuros que me dan miedo. Los pasillos tenebrosos, encajonados entre herméticos departamentos tapiados por infranqueables puertas enterizas, horadadas apenas por una mirilla cicatera. Burletes que no dejan pasar resquicio de luz, ni aún el mínimo susurro de lo que acontece adentro. Sólo extraños olores en el desván perdido de esos corredores que acumulan pacientemente un vaho plural e indefinido, eternizado como sumatoria de fermentos colectivos malsanamente aportados para lo innecesario… Verdaderos columbarios, lúgubre progresión de nichos…» Pero de ahí a desencadenar esa angustia, ese temblor difuso que parece provenirle más del interior que del exterior del cuerpo, tal vez resulte excesivo y no explique realmente por qué la Cholita caminaba apegándose al Lolo de tal manera.

Y aún faltaba subir la escalera, disfuncional, tortuosa, tan mezquina de luz que sólo se la podía ascender de memoria. Esos peldaños que desembocan en la terraza para esfumarse como chupados por un lóbrego y premonitorio cielo surcado por súbitos murciélagos, sólo reverberados un instante por su interposición ante luminarias mercuriales, para terminar engullidos por la depredadora vastedad de la negrura espacial… Y al fin, como colgada en el vacío por esa enigmática mansarda tristemente iluminada, la inquietante estación, el cubil de los caseros, los Manti, esa deleznable pareja, sedimento de sucesivos matrimonios consanguíneos, como muestra de un infamante experimento genético tramado por maléficos poderes: Todo un corolario de atávicos estigmas que de tanto en tanto triunfal y chocarreramente afloran en un rictus de sus fachas estrambóticas, en sus esmirriadas siluetas y en esa forma particular de expresarse, recesiva hasta el origen mismo del gesto y de lo gutural, se diría que inmediatamente anterior a la palabra: ¡Tan decididamente neandertales ellos!

Los Manti, primos entre sí, descendientes a su vez de cruzamientos entre incontables primos en agobiadora retroactividad de inmemorial inicio, padres de La Cholita, la misma que se aprestaba a trasponer la puerta, ingresar al cobijo de la buhardilla y entregarse temblorosa a la protección perentoria del desván, a pesar del pavor tan marcado en su carita resentidamente núbil a los veinticinco años, tercamente empañada por esa recriminación hacia el contumaz y críptico fatalismo de familia aún no consumado en ella: Una cierta ilusionada y a la vez intolerable espera de algo innominado y por eso generador de un frustrante e invasivo inconformismo… Vagamente lo expresaba una lábil contracción de la boca, como una escurridiza matadura, o una ingénita y velada traza, curiosamente y por primera vez sosegándose ahora, cuando iba trasponiendo en plenitud e incólume lo que invariablemente la aterrorizaba, todo ese intimidatorio trayecto vuelto inocuo por la presencia protectora del Lolo, primo algo menor que ella y ocasional amuleto, regresado al país un año atrás para casarse, luego de ser expatriado (puesto en un avión dijeron) en la adolescencia por decisión familiar para sustraerlo del riesgo subversivo que padeció su generación y formarse de paso en extramuros como idóneo dirigente apto para capitanear emprendimientos familiares «cuando la paz y la seguridad jurídica se consolidaran una vez agotada la iletrada euforia populista».

Hoy debió él abandonar perentoriamente la fiesta para acompañar a esta parienta algo tocada, que en medio de las reuniones aplacaba así su repentina obsesión de retornar, siempre con masculina escolta y por un rato a su vivienda, para verificar que no había dejado la espita del gas abierta o la manguera borboteando en el balde o simplemente el llavero olvidado en la puerta o el gato encerrado en el retrete. Mañas de la Cholita que ya no sorprendían a nadie y que puede decirse que se habían incorporado a la liturgia de estas periódicas reuniones donde consorcio y familia se confundían, aunque no estamentalmente. Así las desdorosas tareas correspondían naturalmente a los Manti conforme a individuales aptitudes y por simple reclamo circunstancial del jerarquizado grupo y como tal mandante, todo como ajustado a reglamento de consorcio. En cuanto a la Cholita, eludía obligaciones manuales, con la especulativa permisividad paterna dócil al comercio de favores, acaso por una inclinación natural al menor esfuerzo, de forma tal que una vez repartidas las tareas, con la excusa de un presunto olvido, manoteaba al hombre que más cerca tenía convirtiéndolo en fetiche para el pavoroso trayecto que hasta su cubil debía trasponer de ida y vuelta, ya que sólo imaginar que podía emprenderlo sola, la inhibía.

En el presente caso, al andar, ella se había ido abroquelando en el Lolo como un trémulo caracol en su concha, creyéndose justificada por ese casi inaudible ronroneo que emitía con mimoso y garduño estilo. En fin, que éstas, sumadas a otras tenues señales terminaron por instalar en el joven una progresiva y tibia laxitud que exigía imperiosa resolución, de manera que una vez transpuesta y cerrada con un golpe de taco la puerta, sin solución de continuidad, como cumpliendo un rito, fueron entregándose frenéticamente a una lujuriosa ceremonia que los fue empujando hacia la alcoba. En realidad él la llevaba en vilo, como calzada, con tal espontánea seguridad que, para una chismosa mirada, aquello bien podría reputarse habitual o teleguiado por algún esotérico designio imanador de furtivos lechos.

Como en una telenovela, la damita se derrumbó muellemente sobre la cama, entreabierta la boca como sofocada, dejando hacer. Él en tanto desmadradamente se abrió paso entre ese embrollo de ropa tan adverso al ímpetu como pródigo en excitantes y prometedores efluvios en estado salvaje y, también al rozar su textura, doblemente enardecedora en lo táctil y en lo sónico, mientras ella como si tuviera algo que preservar aún, intentaba una postrer y dudosa resistencia que, sumada al débil gimoteo que libidinosamente le instilaba en la oreja, calentó más y más al macho elemental hasta que imparablemente terminó por enajenarlo. Ya sin retorno, el Lolo dejó conducir su enhiesto propósito por la mano sorprendentemente experta de la mujer y, sin mayores formalidades, afirmándose como pudo la penetró sin guardarse nada, empeñado en llegar al inaccesible fondo de la cosa misma, se diría, con la ilusoria intención de alcanzar algo sin uso todavía no ya para inseminarlo, sino para injuriarlo, iba advirtiendo, o rasgarlo de ser posible dolorosamente. El acto fue profundo pero rápido, al estilo aviar, como cuadra a lo que se practica a hurtadillas; simplemente eyaculó relativizando el eventual e inevitable episodio ya mientras sacaba. Sólo esas tenazas que sus manos aplicaron a las nalgas, tracción golosa ejercida para que ni el aire mediara en el acople, persistió como un antojadizo malestar, un obsesionado reproche por no haberla accedido también por detrás ya que impulso le quedaba. Reprobación que sumada a la extemporánea ocurrencia que, ante el súbito recuerdo de su mujer, hizo que le apartara la cabeza para consultar la hora, cuando esos labios perversamente delineados y de sensual roce en su relieve sobrepasaban voluptuosos el ombligo en un dionisíaco descenso migratorio… En fin, fantasías que al fauno le parecían vedadas o, en el mejor de los casos, de introducción prematura en su matrimonio, pero que bien podía perfeccionar de ahí en más con esta primita que empezaba a descubrirse tan condescendiente, tan cautivante como docente en esas prácticas que alguna vez paulatinamente empezará a trasvasar al lecho conyugal, se relamía, aunque más no fuera para exaltar su pasión avasallando hasta doblegar con sensualidad finalista el recato de su candorosa Deolinda.

Volvieron a la fiesta, aplacada ella en sus fóbicos temores, transfiriéndole a la brisa, a lo que iba quedando atrás, esa persistencia espermática como una bocanada de ligustros. En tanto él, atrapado en una confusa ambivalencia no cesaba de preocuparse por la demora incurrida cuya responsabilidad atribuía a la liviandad de esa supletoria tentación que por algún motivo empezaba a fastidiarle un poco. Ya se permitía exigirle, y ella lo consentía, con inédita y mandona relación de propiedad redoblar el paso mientras consultaba nerviosa y repetidamente el reloj, acercándolo incluso al oído para constatar que funcionaba, sin poder recordar, y eso aumentaba su rigor, a qué hora exactamente se habían ausentado de la reunión.

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Hay actitudes, indicios, que inconscientemente uno instala como acertijo para ávidos fisgones, ésos que, como los invitados que los vieron llegar, exigen una paráfrasis conclusiva, demanda expresada por la impávida e insistente redondez de unos ojos de mirar desfachatado, por el súbito y expectante silencio sobrevenido en el grupo bullicioso, o por el largo de la ceniza olvidada en el absorto cigarrillo de alguien que parece estar esperando exigentemente una respuesta que se le debe. Algo que sin ser una explicación sumaria, satisfaga sinópticamente el interrogante permitiendo retomar laxamente la actividad interrumpida. Entonces, haciendo su metafórico aporte, tal vez por simplicidad, habitualidad, o como subliminal mensaje a quienes, por iniciados, estaban en disposición de inferir lo que ella acababa de consumar con otro, a la dama no le importó entrar tironeándose sin pudor el vestido, con una presión e insistencia que más parecía aplicar a cierta rebeldía de la ropa interior apremiadamente mal acomodada. Pero a él, al hombre, lo mortificó haberse repasado negligentemente la bragueta como tratando de quitar una renuente pelusa o verificar que no la había olvidado abierta, pueril fastidio demandando comprensiva indulgencia mediante un inexpresado: «no es lo que están pensando», o pérfida figura de una fanfarronada machista: Como si les refregara la subyacente obviedad: «Bueno… me la hice… ¡Y qué!»

Darse cuenta de la futilidad de ese acto, cuya inexistencia no hubiera modificado la presunción de nadie, fue el impulsivo disparador de una extraña conducta. Cruzó el Lolo en diagonal la sala y sin que se lo pidieran destapó el piano, se derrumbó sobre el escabel haciéndolo trastabillar y, agarrándose del instrumento para no caer, atacó con rabia al teclado arrancándole una imparable tempestad de sonidos. Nada conocido, simplemente improvisó una violencia inacabable, agonal. A su manera construía un evanescente relato que trepaba retorciéndose hasta los caireles de la araña para bajar desperdigándose sobre la cabeza sorprendida de los presentes que se vieron súbitamente involucrados en la interpretación de ese sonoro acertijo, evocativo de tanta canita tirada al aire como incontinentes había en el salón. Por su parte, cuanto más tocaba más se transformaba el Lolo sin poder resolver esa tensa disyunción entre lo que se quiere y lo que se puede decir y, fundamentalmente, la manera posible de transmitirlo a fin de acabar con ese suspensivo y ya incómodo silencio de los otros.

Tal vez lo hubiera descomprimido, de atreverse a mirarla, receptar el gesto indulgente de Deolinda que lo observaba con suma atención, quizá en parte para desviar o alivianarse compartiendo con él chismosas y ávidas miradas en busca de algún furtivo indicio revelador de inconfesables entripados que la pareja dirimiría en violenta soledad luego que despidieran al último invitado, descontando que alguno con seguridad se demoraría en los alrededores en espera de llevarse la presea de una carrada de insospechados insultos proferidos a los gritos, insólitos entre gente de buenas costumbres.

Siguió un rato más el Lolo flagelando las teclas, curvado el cuerpo como un arco tenso, rojas las orejas e hinchado el cuello, abonando testarudamente las condiciones para el inminente estallido de alguna vena a menos que lo impidiera algo providencial. Pero es tan cierto que todo lo que sube cae, que al fin la presión comenzó a ceder y cada vez con mayor soltura la gente fue pasando, del oblicuo cateo a la picaresca mordacidad, cuando no a la desembozada chanza. Así fue destrabándose el atascamiento del grupo hasta que al fin el cotorreo contendiendo con el piano, como si fuera un controvertido acompañamiento o un socarrón contrapunto, terminó suplantando eficazmente al instrumento. Acaso el ingrediente superador encontró un aliado en cada uno de los que asumieron, y no se presumen exclusiones, haber asistido algún día a la Cholita en esos trances que la eclipsaban, sumiéndola en temores enfermizos sedientos de solícitos y varoniles consuelos.

Quizá las esposas hicieron también su parte, en este caso Deolinda la flamante mujer del Lolo, cada vez que convinieron restar vuelo a estos eventos, «minestrones que no pasan de la cocina» al decir de la tía Eduviges, con sólo consentir que aventuritas de ese rango, si no se da por el pito más de lo que el pito vale, no sólo no contaminan la fidelidad sino que «la lubrican», caracterizaba sonriendo con agria picarda. «Si hasta resultan funcionales para la fluidez y plenitud de las relaciones matrimoniales…» y agregaba enfáticamente: «…las únicas legalmente sustentables y por lo tanto social y contractualmente relevantes».

Palabra más, palabra menos, al oírla recordaba Deolinda, las reflexiones de su beata madre al explicarse deslices de su putañero esposo: «Los maridos», sentenciaba la buena mujer, traduciendo como virtud su dócil condicionamiento al hombre, «hacen ciertas cosas con las putas, que para eso están, para no viciar el matrimonio», opinión compartida, afirmaba, por el padre Poncio su consejero espiritual. En realidad el sacerdote, mediante la aséptica elaboración gestual de levantar los hombros y expeler algo que pretendía parecer una interjección sólo hacía tiempo esperando una divina ayudita convencido de que callando él hablaría el espíritu santo. Pero como este seguía mudo y, ya incómodo, «…En el hijo pródigo…», a lo sumo intentaba antes que algún acceso de tos u otro providencial efugio de inspiración celestial terminara discontinuando la parábola.

Así Deolinda se distrajo pensando cómo removería con eficacia y discreción esa mancha de resplandeciente rouge que la prima había estampado, quién sino, en el níveo cuello de la camisa de su marido, esa mácula que más se evidenciaba a medida que el enrojecimiento del Lolo iba cediendo. Si hasta pensó «y le pareció fashion», que aplacada la más perentoria necesidad en esa incidental aventurita, cuando el último invitado abandonara la casa, quizá pudiera su hombre emplearse con menos ansiedad o contención que la habitual y, en una de ésas soltándose, inaugurara el comienzo de una maestría conducente al ansiado orgasmo… como se lo dispensaba en otro tiempo aquel encantador Dany, cuyo fantasma recurrente suele meterse en la frígida actualidad de su lecho… Aquel voluptuoso e inolvidable pillo del que nunca supo su familia, ya que entre otras exquisiteces el irresistible seductor también la inició en el arte del disimulo… ¡Si hasta complacientemente le hizo costear el aborto con ahorros que le birló a la madre…!

Un exultante brindis por la novel pareja terminó de romper el hielo. Fue lo que apartó de sus cavilaciones a la homenajeada Deolinda, que se apresuró a besar sin mayor prejuicio al Lolo, con una afiebrada intensidad tan desusada que hizo que súbitamente él notara a los demás como advenedizos. Incluso a la prima, que desde un rincón pispaba sonriente la escena, como una ladronzuela disfrutando del botín que acababa de obtener. O acaso, y es lo más probable, por sentirse cumplida en la balsámica seguridad de que ahora sí, por la mesiánica confluencia con el genuino emisario, la cabal simiente había encontrado su homóloga concavidad.

Latía ya el germen, lo percibía prematuramente, fijándose en la oquedad propicia donde otras fuerzas comandarían el curso de la gestación. Inicio de un feliz nacimiento continuador de la perseverante serie que habrá de coronar al fin el propósito sostenido desde tiempos inescrutables: Ese cifrada tarea, paciente e intergeneracional pacto de aquelarre concebido para perpetuar, ya depurado, el atávico mandato. Todo un acto infinita, encadenadamente repetido con el fin de proyectar, trasvasando a través del tiempo de protagonista a protagonista escogidos como ellos, el perfeccionamiento de la consanguinidad pacientemente destilado hasta volverlo tan eficaz como inocuo.

Alcanzará así en su momento el finalista propósito de alguna increada mutación cuya armónica funcionalidad encarnándose redima el modo. Entonces lo interpolará su esotérico culto en la redundancia, se regodeaba la Cholita, para que el estigma, dejando de ser tal, se revele y establezca por superior mandato como una construcción cimera.

Podría inferirse que en ese momento Deolinda ingresó, como en su oportunidad las otras habían hecho, en ciertos códigos que chabacanamente solía expresar sin tapujos Encarnación, la decana consorte, cada vez que la Cholita, por esos rutinarios olvidos que la asediaban, se ausentaba momentáneamente de una reunión colgada del brazo de algún providencial marido ajeno: «Que bien podía ser el suyo» acotaba. «Dado que el forrito» como la motejaba y esta vez con voz desenfadadamente alta, «ya ni siquiera respeta a la tercera edad».


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