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¿Con qué sueñan los unicornios?


David E. Placeres


¿Con qué sueñan los unicornios?



Publicado por:

David E. Placeres



Copyright 2019 David E. Placeres



Smashwords Edition

Edición Smashwords



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This is a work of fiction. Names, characters, places and events are the products of the author’s imagination. Any resemblance to actual persons, living or dead, or actual events is purely coincidental.



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Este libro es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y eventos que aquí aparecen son producto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con personas, vivas o muertas, eventos o lugares es pura coincidencia.



Este libro está dedicado a todas esas personas que a pesar de todo tienen la valentía para negarse a dejar morir la fantasía. Gracias por estar aquí y atreverte a soñar junto a mí.



Índice



Capítulo 1 - El impecable apellido Vowergolth


Capítulo 2 - Lo que él encontró


Capítulo 3 - Ojalá la tierra me tragase


Capítulo 4 - Los Juegos de Básil


Capítulo 5 - La obra de oro


Capítulo 6 - La muerte de un sueño


Capítulo 7 - El nacimiento de un deseo





CAPÍTULO 1


Domingo


El impecable apellido Vowergolth



El puño peludo del señor de la casa golpeó la mesa. Los platos llenos de comida salieron volando y cayeron alrededor de su esposa y su hijo. Él llevó sus ojos hacia la temblorosa figura delante de él y dijo:

—¡Tú eres mi hijo y tienes que hacer todo lo que yo diga! ¿¡Acaso no has tenido suficiente con hacernos esperar hasta la medianoche para poner la mesa!?

—No es mi culpa, he tenido que…

—¡No toleraré ni una sola palabra más que salga de tu boca! Vete a tu cuarto y no salgas hasta que así te lo ordene.

El joven se levantó de su asiento y pasó junto a su madre, quien lo miraba con ojos como puñales. No se atrevió a levantar la vista del suelo mientras cojeaba por los largos pasillos de la casa hasta que llegó a su habitación. Con su corazón apretado por los nervios, se acostó en su suave cama de sábanas aterciopeladas.

Con esta ya van cuarentaiuna noches en las que el muchacho tenía que enfrentarse al trozo de papel al lado de su cama. Cada vez que tenía la oportunidad trataba de convencer a sus padres de detener semejante locura. Pero para ellos adquirir servidumbre valía más que la felicidad de su propio hijo.

Petro era el nombre de su padre. Antiguo general al servicio del rey. Descendiente de una estirpe de guerreros que acabó en su hijo y su dichosa cojera. No había diferencia reconocible entre Petro y un hipopótamo peludo. Él era enorme y redondo, con brazos tan grandes como los cañones de un barco. Su tupida barba y melena solo dejaban ver un atisbo del brillo de sus oscuros ojos negros.

Su madre se llamaba Lady Trober. Tan alta como un pino y tan delgada como un lápiz. Sus facciones eran afiladas, hasta las orejas, incluso sus pupilas lo eran. Siempre paseando sus pieles de lujo y limpiando su colección de muñecas de marfil, su máximo orgullo. Aparte de criticar cualquier cosa que hiciese su hijo, no había nada que disfrutara más que hablar mal de sus amigas a sus espaldas.

El último miembro de la familia era Básil. De la mescla de triángulos y círculos que sus padres hicieron nació un muchacho alto y delgado de tez apagada y marcados huesos. Unas cuantas pecas hacían juego con sus ojos marrones. Su cabello negro estaba grasiento a todas horas. Pero si había algo por lo que todos lo conocían era por su cojera. De ahí su «original» apodo: Básil el cojo.

Toda su vida Básil se la ha pasado escuchando regaños de sus padres sin ningún motivo y recibiendo órdenes sin parar. Pero eso no le impedía disfrutar de las cosas que le gustaban. Básil preparaba la comida todos los días con una sonrisa. Dejaba su hogar para hacer la compra si era necesario y de ahí se iba a caminar por los bosques silbantes alrededor de la montaña. Allí veía pasar las horas; sentado bajo la sombra de un árbol sin molestar a nadie, lejos de sus padres y del agujero de ratas en donde vive. Luego volvía a casa y pasaba el resto del día leyendo sobre las aventuras de caballeros errantes, de los heroicos de verdad y no habladurías de impostores que visten armadura para conseguir cerveza gratis en las posadas.

Sin embargo, el próximo sábado, su vida como la conoce se desmoronará y él pasaría a tener responsabilidades públicas mayores. Precisamente: las responsabilidades del alcalde de la ciudad.

¿Qué diablos pintará un muchacho que solo sabe de especias y recetas escuchando los problemas de la gente del pueblo y firmando documentos detrás de un escritorio de roble? Veinticinco años y se sentía en el cénit de su vida. Si es que se podía llamar vida a ser la marioneta de todos.

«Debes ir allá, Básil». «Mientras vivas bajo mi techo harás lo que yo diga». «Tú no sabes nada, Básil; yo tomaré las decisiones». «Básil, tus padres solo quieren lo mejor para ti».

Quizás estos adagios le suenen familiares a más de a uno, pero no había un día en esta santa casa donde no le recordaran lo inútil que era, que no había diferencia entre él y cualquier muñeca de la colección de su madre.

Los nervios abandonaban a Básil mientras que la oscuridad lo arrullaba con sus frías melodías. Poco a poco el sueño se apoderó de él y cayó rendido en un profundo sopor. Pero ni el mundo onírico lo separaría de su cruel destino.

Ahí, flotando en una infinita oscuridad, brillaban como el fuego de una vela las palabras que lo atormentaban:


Los invitamos al enlace matrimonial de nuestros

hijos a acontecer el sábado 26 del próximo mes.


La oscuridad tomó la forma de la iglesia de la ciudad. Toda llena de flores y de monigotes sin cabeza que bailaban al ritmo de una música sin armonía alguna. Básil estaba en el altar junto a su futura esposa.

Frigda era su nombre, una de las muchachas más bellas de la ciudad, así como una de las más ricas; un detalle que los padres de Básil encontraban fascinante, casi tanto como el hecho de que ella era la hija del alcalde; y al casarse con Básil, se sellaría su destino ante los ojos de la descarriada ley como único candidato a la alcaldía.

La muchacha llevaba un simple vestido blanco ceñido a sus curvas. Tan apretado estaba su corsé que sus ojos verdes parecían que se le iban a salir.

Una voz estoica retumbó por las paredes de la iglesia.

—Básil Vowergolth, ¿aceptas a Frigdigarde Evangeline alla Fountaine como tu legítima esposa?

Las manos de Básil comenzaron a sudar. Su cara se había puesto más pálida que de costumbre.

—N-no… —susurró con voz entrecortada.

—¿¡Cómo que no!? —En lugar de Frigda ahora se encontraba Petro con una armadura de cuero, espada y escudo en mano—. ¡Mal hijo!

Petro acometió con la espada y atravesó el pecho de Básil para luego patearlo escaleras abajo. Básil rodó fulminado por unas escaleras que no tenían fin. Rodaba y rodaba mientras escuchaba el chirrido metálico en que la música se había vuelto.

Al fin se detuvo, había tocado suelo; el de su habitación. Básil había caído de su cama envuelto en sus sábanas. Había sido todo un sueño. O quizás una predicción…


Mientras los primeros rayos del sol dominical alumbraban la ciudad, las puertas de la iglesia se abrían de par en par. La campana, tan vieja como las montañas en donde se erguía la ciudad, daba inicio al día. Por cada campanada se caían alrededor de catorce tejas de las casuchas en los suburbios, pero a nadie parecía importarle, ni siquiera a los barrenderos, si es que quedaba alguno.

Varias casas sobresalían del resto, «casualmente» las casas de las personas más allegadas al alcalde, todas estas en lo más arriba de la ciudad; todas pintadas y bien cuidadas. La de Básil y sus padres era una de ellas, y hace ya tiempo era conocida por el suculento aroma que salía de su cocina. Atraía a niños, perros y ratas por igual. Básil siempre trataba de compartir un poco de comida con los niños que pasaban por ahí; le daba lástima verlos tan pequeños, frágiles y escuálidos. Pero cuando su padre se enteró de este «derroche de bienes» enrejó hasta la última ventana y se aseguró de que nadie se acercara a su casa.

El aroma de la cocina despertó a los padres de Básil. Ellos lo saludaron con una calurosa arqueada de desprecio. La familia se sentó en la mesa a desayunar; en silencio como siempre ya que Lady Trober no toleraba ningún ruido mientras se come. Para hablar tenían que anunciarse antes de empezar a comer. Incluso sin que dijeran nada, Básil podía ver lo que había en las mentes de sus padres como si fueran libros abiertos. Y acertó con su predicción:

En el momento justo en que acabaron de desayunar, sus padres mandaron a Básil directo a la iglesia.

El anciano padre Igor se detuvo un momento de pregonar que toda la ciudad ardería en el fuego eterno para llevar su decrépita figura hacia Básil.

—Niño estúpido —aulló el sacerdote sin dientes—, fueron tus padres los que sembraron la semilla de la cual has germinado. ¿Cómo osas afrentar contra ellos? ¡Mal hijo! ¡Desagradecido!

Básil suspiró y se mantuvo en silencio. Había aprendido que lo mejor que podía hacer era ignorar al sacerdote. Después de todo, él estaba tan sordo como Básil de cojo.

—¡En el nombre de todo lo divino te ordeno que nunca más caigas en las tentaciones del mal!

El padre Igor metió sus manos en la pila bautismal y le salpicó la cara a Básil con agua bendita. Básil se mantenía cayado y con un oído sordo a causa de los berridos del padre Igor. Aprovechó que estaba en la iglesia para pedir un poco de paciencia, porque si le pedía fuerza la ciudad necesitaría un nuevo párroco.

—¡Vete a ver a tu futura esposa! —le ordenó luego de un sermón que Básil no se dignó a escuchar.

Vaya a donde vaya todos trataban a Básil como una marioneta. Pero, al contrario que las marionetas, él no tenía intención de entretener a nadie.

Cuando el sacerdote no estaba mirando, Básil golpeó la pared de la iglesia y esperó un rato con su mano cerca de un agujero en el suelo. Una rata salió de ahí. Con un veloz movimiento de muñeca, Básil la atrapó entre sus dedos. Intentaba disimular su sonrisa mientras cojeaba hacia la pila bautismal; a donde fue a parar la rata. Lugar que no le pareció mal sitio al animalito para bañarse y retozar en el agua.

El pueblo estaba quieto, y ya llevaba así un montón de días. No había pasado nada desde el día que se anunció la boda de Básil. Y así seguiría hasta dicho día ya que el alcalde había prohibido toda fiesta o celebración. Había prohibido también que los niños jueguen en las calles, incluso prohibió la santa misa, motivo por el cual el padre Igor maldecía a todos los que no donaran dinero a la iglesia. No había nadie en la ciudad que no quisiera que llegara el día de la boda, excepto Básil por supuesto, o el día en que ese tirano que tienen de alcalde muera de sobredosis de afrodisíacos en un burdel.

Básil tenía ganas de ir al bosque y refugiarse en su santuario personal, pero desde que anunciaron su boda, tenía que sacrificar varios minutos al día para visitar a su futuro suegro.

Básil tocó la puerta de madera preciosa de la imponente mansión del alcalde. La puerta era tan dura que le dolían los nudillos al pobre muchacho.

Nadie respondió.

«Habrán salido», pensó Básil.

Es extraño que el alcalde deje la casa vacía y se lleve a toda su servidumbre. Básil tocó otra vez, pero nadie contestó. Cuando estaba a punto de irse, a Básil le pareció escuchar algo. Acercó su oído al agujero de la cerradura y oyó claramente la voz de Frigda, su futura esposa, gritando y chillando.

Sin pensarlo dos veces, Básil cogió las llaves que el alcalde escondía en la fuente del jardín para cuando volvía borracho a casa y abrió la puerta. Subió las escaleras tan rápido como un perro de caza con tres patas tras un zorro y arremetió contra la puerta de la habitación de Frigda. Fue entonces cuando vio a su futura esposa retozando ensartada sobre un hombre.

Los gritos y chillidos no eran más que gemidos de placer producidos por su encuentro. Básil se quedó petrificado.

Ellos lo miraron como si una rata se hubiera colado en la habitación.

—Vaya, y yo que pensaba mantenerme pura hasta el día de la boda —dijo Frigda burlona.

Su brillante cabello rubio estaba pegado a su cara redonda por el sudor. Su maquillaje estaba corrido y su vestido dorado estaba totalmente desaliñado sobre sus prominentes curvas.

El hombre debajo de Frigda era Hugo, el mejor cazador del pueblo. Él movió uno de sus colosales brazos y se quitó a Frigda de encima como si fuera una almohada, se puso de pie y caminó hacia Básil mientras se ajustaba sus pantalones. El coloso estepario medía casi dos metros y sus ojos azules estaban apuntados hacia Básil.

Básil intentó decir algo, pero era tal el shock, que no podía ni mover sus párpados. El brazo de Hugo pasó junto a su cara y cerró la puerta de la habitación. Entonces se envolvió alrededor de su cuello.

—Lo siento mucho, Cojo, pero si la chica tiene ganas de un hombre de verdad, ¿qué le vamos a hacer?

—¿No vas a decir nada? ¿Eres mudo también? —dijo Frigda mientras se arreglaba su vestido.

Básil intentó hablar, pero las palabras no salían con fluidez.

—F-Frigda… ¿Qué haces?

—Por favor, Básil, tu problema es en las piernas no en la cabeza.

Hugo apretó con fuerza el cuello de Básil y dijo:

—Te la vas a pasar tú bien en la noche de boda, Cojo. Vaya bestia enjaulada es la princesita.

Hugo cogió sus cosas y se fue como si hubiera terminado un trabajo a domicilio.

—Qué puntería tienes: llevo dos semanas en cola esperando por Hugo y vienes tú y me lo espantas. Aunque debo decir que valió la pena esperar —dijo Frigda mientras se retocaba su maquillaje.

Básil todavía no se había recuperado completamente del shock.

—¿Cómo has podido acostarte con otro hombre? Vamos a casarnos.

—Precisamente, vamos a casarnos. Hasta el sábado soy libre de verme con quien quiera.

Básil sintió como el nudo en su garganta se pasaba a su estómago. Pero ella tenía razón: todavía no eran marido y mujer. No podía reclamarle nada. Es que ni quería hacerlo. Solo deseaba irse lejos y no tener que verla nunca más. Con los puños tan apretados que se encajaba sus propias uñas, Básil salió de la habitación dando tal portazo que hizo salir volando astillas del marco.

Las piernas del muchacho lo movían torpemente hacia adelante mientras que su cabeza se había quedado en la habitación de Frigda. No fue hasta que llegó a la taberna más frecuentada de la ciudad que dejó de darle vueltas al asunto.

Básil controlaba bien sus vicios; no solía emborracharse para poder escuchar mejor las historias de los aventureros y limitaba sus visitas a los burdeles a algunos fines de semana. Pero hoy pensaba gastarse hasta la última moneda de oro que llevaba encima en meretrices y en alcohol.

Las puertas de la taberna se abrieron y un grupo de caballeros con armaduras relucientes entraron al grito de una ronda gratis para todos. Llevaban consigo la cabeza de un troll y venían de cobrar la recompensa. Los bardos de la taberna comenzaron a tocar sus instrumentos al ritmo de la historia que contaban los cuatro valientes.

Básil se veía reflejado en sus armaduras y sentía un rayo de esperanza en su pecho. Lo que daría por unirse a ellos en busca de tesoros. Cuan emocionante sería rescatar a una doncella de las garras de un temible dragón. O surcar los mares en busca de nuevas aventuras más allá de la tierra de los hombres. Cualquier cosa que lo sacara de este lugar. Pero un muchacho cojo solo podía soñar.


La luna ya descendía detrás de las montañas, tiñendo el cielo de gris. Esta era la hora favorita de los cobradores de impuestos de Su Majestad para hacer su aparición. En esa mañana estaban sacando a palos de sus hogares a una o dos familias y golpeando a un viejo mendigo cuyo único pecado era no tener dinero. Un amanecer común y corriente en Letarburgo.

Básil aún no sabía cómo llegó a su casa. Todo el mundo le daba vueltas. Apenas sabía si esta era su casa, pero fue la única de las doce en las que probó su llave que se abrió. No tenía nada de oro en sus pantalones; donde sea que los haya dejado. No recordaba nada de lo que había hecho, ni siquiera recordaba si se había llevado las botellas a la boca y se acostó con las mujeres o había hecho lo contrario. Aunque recordaba que alguien lo había pateado fuera al amanecer, así que venía, casi seguro, de un burdel.

Logró la increíble proeza de llegar a su habitación sin chocar con nada. Allí lo esperaba su cama, que se movía más que un cerdo en una matanza.

Su barriga se le apretó mientras rugía cual dragón. Pero luego de tanta cerveza, si metía algo sólido en su estómago lo vomitaría, y Básil tenía que estar en la mejor forma para hoy. Era lunes, y los lunes él y su primo se iban de cacería, también a decisión de sus padres, por supuesto. «Si no puede cruzar espadas, que lance flechas». Esa era la opinión de su padre.

Para Petro la nobleza de su apellido se medía con las habilidades militares y con los logros adquiridos en servicio. Pero Básil sabía que no había nada de glorioso detrás de su apellido, de hecho, todo lo contrario, así que no le importaba en lo más mínimo engordar la fama de un grupo de mentirosos.

Si la verdad sobre los Vowergolth salía a la luz, de seguro los colgarían a todos.

Un destello fuera de la ventana hizo a Básil abrir sus ojos enrojecidos. No había cerrado las cortinas y una luz se colaba por ella. La curiosidad, o la borrachera, lo llevó a pegar la cabeza a uno de los barrotes. Ahí pudo ver a un caballo blanco adentrándose en el pueblo. La luz provenía de su dirección.

De seguro era un caballero andante con una armadura mágica en busca de una princesa atrapada en una torre o un gigante al que matar. Eso si lograba abandonar Letarburgo con vida. Pero el caballo que cabalgaba le pareció un poco delicado para cargar con una armadura encantada…



CAPÍTULO 2


Lunes


Lo que él encontró



Las manazas de Petro sacudían la puerta de la habitación de Básil. El aletargado muchacho sentía cada golpe como si fuera un ariete contra su cerebro.

—¡Despierta ya, gandul! ¡Tienes que hacernos el desayuno! —gritó Petro del otro lado de la puerta.

Los golpes cesaron, pero no el dolor de cabeza de Básil. Los recuerdos de la noche anterior se enterraban en su cabeza como agujas afiladas. Tres botellas de hidromiel concentrada y cuatro meretrices, cada una de un burdel distinto. Básil no estaba seguro si lo había soñado o había sobrevivido a tal experiencia.

El dolor de cabeza y los mareos se negaban a abandonarlo mientras que Básil se aseaba, ni cuando hizo el desayuno ni al comerlo tampoco, pero gracias al cielo que nadie habló en toda la mañana.

Alguien tocó la puerta y Petro fue a abrir. Básil lavaba los platos, o eso hacía antes de quedarse dormido con la cabeza en una bandeja. Petro entró en la cocina, despertando a Básil, y le dio una noticia que le quitó el sueño de golpe.

—¿Que mi primo qué? —preguntó Básil estupefacto.

—¿Aparte de cojo, sordo? He dicho que tu primo fue asaltado hace dos noches cuando salía de un burdel y está en el hospital. Así que Hugo irá contigo para que aprendas a cazar como un hombre.

Hugo sonrió, mostrando su galería de dientes perfectos.

—Petro, no se atormente usted a primera hora de la mañana. Deja que el muchacho se prepare; ya le enseñaré yo a cazar un buen jabalí.

Básil no podía creer que tendría que pasar el resto del día con este energúmeno de ser humano. Pero prefería mil veces irse al bosque antes que quedarse en casa escuchando los regaños de su padre.

Básil dejó su casa junto con Hugo. Ya tenía todo listo para un buen día de caza: su traje verde de cazador, su cuchillo, un robusto arco de cedro, un buen montón de flechas y el ánimo por los suelos.

De camino al bosque, evitaban a los grupos de niños que perseguían ratas para desayunar. Básil hubiera preferido comerse hasta la última rata del pueblo cruda a ir a cazar con Hugo. Ya de por sí cazar lo hacía sentirse como un caracol en un salero, pero ir con Hugo sería el acabose.

Básil notaba como Hugo lo ojeaba cada vez que doblaban en una esquina. No decía nada, simplemente miraba hacia adelante y trataba de disimilar su expresión. No había nada que la infinidad de tontos que vivían en esta ciudad encontraran más gracioso que la forma de caminar de Básil. El camino al bosque estuvo acompañado por un horrible silencio y varios suspiros de mujeres que veían a Hugo pasar. Al menos el mastodonte respetaba la velocidad de Básil e iba a su paso.

—Primera lección: siempre atento a la dirección del viento —dijo Hugo mientras dejaba caer las bolsas que traía consigo. Acto seguido, se lamió el dedo y lo subió a la altura de sus ojos—. El viento sopla por el oeste, ten esto en cuenta a la hora de disparar. ¿Entendiste, Cojo?

Básil solo gruñó, agarró sus cosas y se adentró en el bosque. Hugo fue tras él, ambos atentos al menor movimiento. Pasaron un buen rato andando entre los árboles hasta que Básil vio una manada de venados bebiendo del rio. Los dos hombres tomaron posiciones elevadas y tensaron sus arcos.

—Tú dale al macho de la izquierda —susurró Hugo.

Básil asintió.

Dos flechas volaron en dirección a los venados. La de Básil atravesó ambos pulmones del animal, fulminándolo en el acto. La flecha de Hugo no solo le dio al venado, sino que lo atravesó de cuajo y también le dio a un pato que nadaba en el rio. Los otros venados se dispersaron como una cuadrilla de locos.

Ambos cazadores bajaron a por sus presas, quienes no pudieron dar más de tres pasos antes de desfallecer.

—Creo que nunca había cazado un ejemplar tan grande —dijo Básil mientras que una sonrisa se dibujaba en su cara.

—Estás cazando con el mejor cazador de la ciudad, ¿qué esperabas?

Básil miró a Hugo con el ceño fruncido.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Por favor, Cojo, solo un experto cazador como yo puede encontrar este tipo de presas —dijo Hugo mientras metía a todos los animales en su bolsa gigantesca, la cual, incluso llena, seguía cargando con una sola mano.

—¿En serio, pues qué te parece una apuesta? El que cace primero un jabalí cargará con todo de vuelta a la ciudad.

Hugo se encogió de hombros.

—Si tanta ilusión te hace perder… Nos veremos aquí dentro de hora y media. Mejor dicho: estate aquí en hora y media mismamente para que cargues las cosas.

Básil chocó la palma llena de callos de Hugo. El desafío había comenzado.

Ambos hombres se fueron por caminos distintos. Pero Básil no pensaba ir a buscar ningún jabalí: se había quitado de encima al pesado de Hugo por hora y media; eso había que aprovecharlo. Al perder fingiría no poder con las bolsas y haría al zopenco cargar con todo.

Básil se escabulló entre la maleza hasta llegar donde se alzaban las montañas. Oculto entre los árboles había un pequeño agujero tapado por piedras que el mismo Básil había puesto ahí. Él las apartó y se escabulló por un angosto túnel, pero que para él no significaba ningún tipo de problema.

Delante de él se encontraba un estanque que refulgía con el brillo del sol, su agua era tan cristalina que se podía ver perfectamente a los peces que en ella nadaban al compás del trinar de las aves. Las flores y árboles que crecían alrededor del estanque eran más verdes que el resto del bosque. Las coloridas mariposas danzaban alrededor de la fragancia de las flores. Preferían el olor de estas flores en vez del hedor característico a pie sudado y huevo podrido de Letarburgo.

Básil se sentó en una roca lisa y cómoda; donde se sentaba cada vez que venía aquí. La mejor parte era que solo él conocía este sitio, y así seguiría siendo ya que si lo iba contando por ahí sería el fin de su idílico santuario, aparte de la extinción de las familias de ardillas y aves que aquí viven a manos de los niños hambrientos de Letarburgo.

Como todas las veces que traía consigo su carcaj a su santuario, Básil sacó una flecha dorada. Flecha que perteneció a su abuelo, mejor soldado que ha tenido el ejército del rey y uno de los mejores cazadores del reino. Eso es lo que todos creían, pero en realidad él robaba méritos y sobornaba por los títulos. Su trayectoria militar acabó el día en que recibió un flechazo en la rodilla. No tuvo más remedio que dejar atrás las aventuras.

Solía decirle a Básil que con esta flecha mató jabalíes y ciervos, patos y codornices, minotauros y harpías. Decía que esta flecha nunca falla un objetivo; eso fue lo que le dijo el mago al que mató para robársela.

Había algo en esa flecha que lograba calmar a Básil, pero ese efecto misterioso iba menguado a medida que su boda se acercaba.

Básil reposó su cabeza en la roca para echarse una siesta. Pero no podía quedarse dormido por mucho sueño que tuviera. Estar aquí le hacía creer a Básil que todo seguía estando igual que siempre. Pero su adolorida cabeza le recordaba a cada segundo que el próximo sábado contraería matrimonio en contra de su voluntad.

«Esto no puede estar pasando», pensó Básil mientras envolvía sus manos en su cara. «No quiero que nada cambie».

Lo único que hacía Básil para subsistir era cocinar para sus padres. ¿Cómo podría pasar a dirigir toda una ciudad?

Sus puños se iban cerrando poco a poco.

—¡Suficiente! —gritó.

Con los dientes apretados, Básil agarró el arco y lanzó una flecha a un árbol al otro lado del estanque. Flechas y más flechas volaron hacia el árbol. Unas le daban mientras que otras ni siquiera se acercaban. Al vaciarse el carcaj, Básil tomó en sus manos la flecha dorada. Sus ojos se quedaron pegados a su resplandor.

Básil respiró profundamente hasta calmar su respiración y apuntó al árbol. Justo cuando iba a liberar la flecha, la punta brilló con fuerza y Básil sintió como si una fuerza invisible girara su cuerpo. La flecha salió volando y se adentró en unos arbustos.

Un chillido perturbó la calma del santuario. Básil nunca había oído algo similar. Sonaba fuerte como un toro, pero a la vez era fino y cristalino como el canto de un canario. Básil corrió tan rápido como sus piernas le dejaban. Su corazón latía más rápido que las alas de un abejorro. ¿Sería una gacela, o quizás una cría de hipogrifo?

Básil apartó los arbustos, ebrio de emoción. Pero lo que vio hizo que lo de Frigda pareciera solo un chiste sin gracia. Incluso pensó que era una alucinación provocada por el alcohol y la falta de sueño.

¡Un unicornio!

El majestuoso ejemplar llevó sus profundos ojos, tan azules como el mar, hacia los de Básil, quien se quedó atrapado en ellos como un marinero perdido en el océano, abrazado a una tabla. La blanca crin del unicornio parecía espuma que decoraba su delicada cara, lustrosa y elegante, mientras que el viento mecía su exuberante cola como si fueran olas de una playa con arena de marfil. Sobre su frente se erguía un gran cuerno en espiral que centellaba luceros de luz del color de las estrellas. Su cuerpo era tan blanco como el color blanco podía alcanzar a ser. Sus patas parecían delicadas como las de los ciervos, adornadas con brillantes cascos lustrados, pero se podían apreciar unos músculos marcados. De una de ellas asomaba la flecha dorada de la cual brotaba una sangre de intenso brillo rojizo.

Ante la belleza de esta criatura no existía el tiempo ni las palabras ni los sonidos. No había nada que pudiera separar los ojos de Básil del unicornio. Ante su presencia los arbustos desaparecían, los árboles caían y la hierba ardía ante su presencia. No había nada más que luz.

—U-u-un unicornio… —balbuceó Básil.

El unicornio tocó la flecha con su cuerno y esta se deslizó fuera de la piel manchada, respetándola de tal manera que la herida no se abrió ni un ápice. El cuerno resplandecía con un potente brillo dorado que hacía que la sangre volviera a las venas al mismo tiempo que la herida se cerraba; dejando la piel tan impoluta como el resto de la fantasía viviente frente a él.

Básil se quedó embobado al ver semejante prodigio mágico. ¿Cómo se atrevían los sucios mortales a autoproclamarse magos y pregonar su domino sobre lo arcano cuando compartían el aire que respiraban con criaturas como esta?

El unicornio miró a Básil, a su arco más precisamente.

—¿Has sido tú quién lanzó esta flecha?

Su voz era aterciopelada, más suave que las nubes, pero a la vez directa y con autoridad. Por el tono de su voz parecía ser una hembra.

Básil balbuceó toda letra en el alfabeto hasta que logró componer el sí.

—A lo largo del tiempo, miles de hombres han intentado darme caza, desde los más hábiles arqueros contratados por los más ricos reyes hasta simples aprendices, pero ninguna flecha me había tocado nunca. Hasta hoy. —La voz de la unicornio no reflejaba ni una gota de enojo—. ¿Por qué me has hecho esto? ¿También quieres apoderarte de mi cuerno, o acaso planeas hacerme tu prisionera?

—¡Por supuesto que no! Yo solo lancé la flecha y te dio por casualidad. Lo siento mucho, no quería hacerte daño. —Básil no podía creer que estaba hablando con un unicornio. No importaba cuanto se frotaba los ojos, la bella unicornio aún seguía ahí.

—Alguien que usa un arco y flechas solo pretende hacer daño. Todas hieren y la última mata. —La unicornio apartó la flecha dorada con su hocico hacia Básil—. Si son ciertas tus palabras, tira esta flecha y todas las que lanzaste a esos árboles al fondo del agua.

Básil se agachó y cogió la flecha de su abuelo. ¿Cómo podría deshacerse de su tesoro? Pero entonces miraba a los ojos de la unicornio y todas las cosas de este mundo perdían su valor. Él cerró los ojos mientras liberaba todo el aire en sus pulmones. Lanzó la flecha al estanque. Detrás fue el arco y, por último, Básil fue a donde había lanzado el resto de flechas, las metió en el carcaj y lo lanzó al agua también.

El agua cristalina engulló todo lo que Básil lanzó.

—He hecho lo que me pediste. Te pido disculpas, de verdad. Si hay algo que pueda hacer por ti, solo dilo.

La unicornio se levantó del suelo para ir al estanque, en donde comenzó a beber. El agua a su alrededor bailaba agradecida de que la unicornio estuviera tan cerca. Ella alzó su mirada y la llevó hacia Básil.

—¿Eres de la ciudad al norte de aquí, la que está entre las montañas?

—De Letarburgo, sí. Pero te recomiendo que ni siquiera te acerques; nada bueno hay ni habrá allá. Todos son unos avariciosos y malhechores. Todos.

—¿Te incluyes tú en esa lista?

Esa pregunta se le encajó a Básil en el corazón como una flecha.

—Sí… Yo tampoco soy bueno… Soy un mal hijo, mal cazador, mal amante, mal amigo. No sirvo para hacer nada.

Los ojos de la unicornio recorrieron a Básil de arriba a abajo.

—Seas bueno o no, me has mostrado tu arrepentimiento. Por lo que cuentas, si fuera otra persona de esa ciudad, no hubiera dudado en rematarme.

—¿¡Matar a un unicornio!? Solo un monstruo con el corazón más negro que la oscuridad podría matar a un unicornio.

A Básil le pareció ver a la unicornio forzar una sonrisa. Ella dio media vuelta y se alejó lentamente del estanque.

—Me llamo Básil Vowergolth. ¿Tú tienes nombre?

—Cuando nací mi madre me llamó Perla por mi pelaje. Me gustó, y, a día de hoy, sigo respondiendo a ese nombre.

—Es muy bonito —dijo Básil con una sonrisa mientras volvía a su roca.

La unicornio no podía dejar de mirar la peculiar manera de caminar de Básil.

—¿Estás bien? —preguntó con la cabeza ligeramente inclinada—. Pareces herido. Puedo curarte si deseas. —Su voz estaba llena de ternura, como si fuera una madre hablando con un hijo enfermo.

—Oh, ¿esto? No te preocupes, nací así. Ni siquiera la magia puede arreglar algo que no está roto.

Perla rio suavemente.

—¿Estás seguro de que eres de esa ciudad?

—Sí, desde el día en que nací. Y tú, ¿de dónde eres? ¿Qué haces aquí?

—Yo no soy de ningún lugar. Y vine aquí para descansar —respondió ella—. Estaré aquí hasta que recupere fuerzas para seguir andando.

—¿Vas a algún lugar?

—Hacia adelante, como siempre —dijo con indiferencia.

Básil la entendía. Ella era inmortal, sin miedo a la vejez ni a la muerte. Podía ir donde quisiera y hacer lo que le diera la gana. La de cosas que podría contar…

Una idea se deslizó dentro de la cabeza de Básil, aunque más que una idea era una excusa para estar cerca de la unicornio.

—Oye, Perla, ¿qué te parece si me aseguro que nadie venga a molestarte mientras descansas? Ya sabes, como disculpa por haberte disparado.

—No es necesario, pero lo agradeceré si decides hacerlo.


Perla caminaba por cada rincón del pequeño claro buscando siempre algo nuevo. En el rato que Básil se mantuvo junto a ella la vio perseguir mariposas hasta que se paraban para que ella pudiera contemplar sus colores. Seguía a las ardillas para verlas saltar de un árbol a otro. Escuchaba las melodías de las aves y les deba consejos sobre la sucesión de acordes. Olía cada flor, por muy espinosa que fuera.

Parecía una niña pequeña en un parque sin la supervisión de sus padres. Ella se mantuvo buscando cosas que hacer hasta que dio un bostezo y se echó a dormir bajo la sombra de un árbol.

Ya había pasado una hora desde que Básil se encontró con la unicornio. Seguía sentado en su roca y ella no se había despertado de su siesta. El sol se había movido y la sombra del árbol solo cubría su cabeza. A su alrededor se amontonaban las aves y las ardillas, que se quedaban enamoradas por su magnificencia, incluso el viento la acariciaba con la misma suavidad con lo que lo haría un amante. Desde que se sentó, Básil solo la miraba a ella como el resto de los animales. Ante su presencia se sentía libre, feliz, aunque indigno de poder compartir siquiera el paisaje con ella. Gracias a Perla logró olvidar su boda y todos sus demás problemas. Perla era como un rayo de luz en medio de la pesadilla de su vida.

Pero ella tampoco lo despertaría.

«Esto no puede estar pasando», se dijo Básil a él mismo por vigésima vez.

La unicornio se dio la vuelta y Básil pudo ver su gentil rostro una vez más. Y una vez más, sintió un pleno alivio. Era difícil creer que los unicornios tenían la fuerza para matar a un dragón de una cornada. Parecía tan pura y delicada.

Una sonrisa apareció en su angelical rostro.

¿Estaría soñando?

Ella es un unicornio: la suma de los ensueños, ilusiones y fantasías de todo hombre. ¿Con qué soñaría ella? ¿Cuáles son los anhelos de la personificación de la fantasía?

Pasados diez minutos, los ojos de Perla se abrieron. No le molestó que todo el bosque posara sus ojos en ella, incluso parecía acostumbrada. A lo lejos notó la figura de Básil, encogido sobre la roca, todavía dándole vueltas a las posibles ensoñaciones de Perla. Ella se levantó y fue hacia él, quien no se dio cuenta de su presencia hasta que ya la tenía delante.

—¿Aceptarías el consejo de un unicornio? —le dijo. Básil asintió sin dudarlo—. No deberías saturar tanto tu corazón. Ustedes los humanos tienen esa mala costumbre y no es algo que recomiende.

Básil puso una mano sobre su corazón para sentir sus latidos. Desde que anunciaron su boda sentía que su corazón pesaba al menos el triple que antes, pero él no podía hacer nada al respecto.

—Si solamente niegas acerca de lo que te rodea, tu corazón se marchitara. Tienes que aprender a fluir con la vida. Dime, ¿qué te preocupa?

Básil no tuvo el valor de decirle.

—No lo entenderías; cosas de humanos —le contestó sin verla a los ojos.

Perla pasó junto a él y se sentó a su lado.

—Yo no entiendo a los humanos, pero sí a los corazones, y el tuyo está muy enfermo.

—Supongo que será porque se siente atrapado, digo yo. ¿Cómo te sentirías tú atada contra tu voluntad y llena de riendas? —Básil ocultó su cabeza entre sus brazos y rodillas.

La unicornio se mantuvo en silencio con sus ojos posados en Básil como si viera su mismísima alma.

—Te envidio, ¿sabes? —confesó Básil—. Eres libre como el viento y recorres el mundo a tu propio paso.

—Lo dices como si tú no lo fueras. Tú eres tan libre como yo, pero tienes la mala costumbre que tienen los todos humanos de poner barrotes alrededor de sus corazones.

—Claro, para ti es muy fácil decirlo —dijo Básil mirándola a los ojos—, no tienes que preocuparte por el oro, el estatus, un buen trabajo, formar una familia, mantener una buena imagen.

Perla se levantó y se alejó de Básil mientras contemplaba las mansas aguas.

—Tienes toda la razón; yo no estoy interesada en ninguno de esos grilletes. Ni permito que otros me los pongan.

Sin decir más nada, ella arremetió hacia el agua. Corría tan rápido que Básil solo vio un rayo de luz que cabalgó sobre el agua como un lucero.

—¡Espera, no te vayas! —El grito de Básil se difuminó en el aire a medida que el lucero corría entre las montañas que protegían el santuario en el bosque.

La vela que iluminó la vida de Básil se había apagado. Y se llevó consigo el único tesoro que valoraba; el cual ahora reposaba en el fondo del estanque. Pero ella tenía razón: Básil solo negaba. Tenía miedo de que su vida se volviera aún más negra de lo que ya era. Pero al menos le quedaban cuatro días para disfrutar antes de la boda.

Básil se fue de su santuario y ocultó la entrada.

Perla no podía escapar de su cabeza. Incluso luego de que la hiriera, ella no intentó hacerle ningún mal. Posiblemente sea la única persona que lo haya tratado así en su vida. Solo que ella no era una persona, sino un unicornio.

Básil volvió al rio donde estaba Hugo no con uno, sino que con tres jabalíes. Al ver eso, Básil sintió como si le hubiesen dado una patada en el estómago. Pero Hugo estaba tan orgulloso de sí mismo que había olvidado por completo la apuesta. Se fueron llevando las cosas entre los dos mientras que Hugo contaba las historias de cómo atrapó a sus presas. Básil lo ignoraba, por supuesto; sabía de sobra que ninguna de esas historias sería la mitad de increíble que la que él podía contar.


La idea de que Básil dejara sus cosas en el bosque no les hizo nada de gracia a sus padres, pero cuando Hugo se apareció con los tres jabalíes tan grandes como elefantes, se olvidaron de todo asunto y obligaron a Básil a cocinarlos a todos. Después de todo, eso es lo único que sabe hacer bien.

Hugo fue a la casa de Básil a cenar. Él y su padre cenaron sentados delante de la chimenea mientras hablaban de sus grandes hazañas de caza, mientras que Básil comía en silencio en compañía de su madre. Pero no le importaba, no hoy.

La luna llena iluminaba las calles de Letarburgo; húmedas y cubiertas de moho todo el año. Las esposas cocinaban la poca comida que sus esposos traían a casa, mientras estos gastaban sus sueldos en bares y burdeles.

Básil no dejó escapar la imagen de Perla hasta que se quedó dormido en su cama, e incluso en sus sueños se vio a lomos de la noble criatura cabalgando sobre un prado verde y frondoso, con el viento en contra, sin ataduras, libre. Se veía con una sonrisa en su cara mientras reía, había recordado como era. Como se sentían los músculos de la cara. Como brillaban los dientes. Incluso sintió humedecerse sus ojos.

Pero al cantar el gallo todo desapareció. Una vez más estaba en su cama de terciopelo rodeado de cuadros famosos, adornos de lujo y piezas de madera preciosa. Se asomó por los barrotes de su ventana para ver a la gente. Ninguno de ellos reía. Nadie recordaba cómo hacerlo, ni siquiera Básil.



CAPÍTULO 3


Martes


Ojalá la tierra me tragase



Los preparativos para la boda era lo único que ocupaba la cabeza del alcalde de la ciudad. Todos los días inspeccionaba el menú del banquete, las partituras que tocarían los músicos, la cantidad de mesas que habrá en la ceremonia y la calidad de las flores. Aunque en Letarburgo las flores eran todas negras, secas y con un olor a queso rancio que se te metía en lo más profundo de la nariz.

Hoy era un día muy especial para la pareja porque era hoy cuando comenzaban los ensayos para la boda; hoy y hasta el viernes, al mediodía.

Básil acompañaba al alcalde, algo que detestaba porque juntos parecían como una lanza y un escudo debido al diminuto tamaño del alcalde que, aparte de enano, era más redondo que una pelota, con una nariz escachada, ojos rasgados sobre bolsas negras y una cabeza calva oculta por solo cuatro pelos grises que el viento levantaba continuamente. Siempre usando los más caros y finos ropajes y obligando a Básil a hacer lo mismo desde que se reveló la noticia de que él sería su sucesor.

—Ustedes estarán aquí frente al altar. —Los diminutos pies del alcalde corrieron hacia una esquina de la iglesia—. Y aquí tocará la orquesta. El padre Igor celebrará la ceremonia y cuando acabe nos iremos todos a comer. Coordina bien tus patas, Básil. No queremos ningún accidente.

Esa era otra de sus costumbres; tratar a todos como animales de su pertenencia.

Básil no se enteraba de nada de lo que decía el alcalde. Su mente cabalgaba detrás de la hermosa Perla. Él daría ahora mismo toda la deshonesta fortuna de su familia por poder volver a verla. Pero ahora a quien tenía al lado era a Frigda, quien vestía un vestido blanco que, según ella, era tan puro como ella… De tal palo, tal astilla.

—¿Me estás escuchando, Básil?

La aguda voz del alcalde bajó a Básil de la nube en la que flotaba.

—Sí, señor —respondió de inmediato.

—Más te vale, Básil, más te vale. Porque si la boda de mi monedita de oro no sale bien, te colgaré de tus partes, Básil. Y tú no quieres eso, ¿verdad, Básil?

Básil no sabía que le gustaba menos de este tipo, si su horrible peste a rata muerta o que repitiera su nombre constantemente.

—No, señor —dijo Básil mientras rodaba sus ojos.

Luego del interminable ensayo, el alcalde obligó a Frigda a pasar el día con Básil. Justo al salir de la iglesia, ella obligó a Básil a que la llevara en brazos para así no mancharse de barro sus tacones con incrustaciones de perlas. El muchacho la tomó en brazos y fue cojeando con ella hasta llegar a los barrios adinerados, para que así pudiera caminar la niña por las calles adoquinadas.


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