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EPIDEMIA






SERIE: NUNCA

DIGAS LA VERDAD

1



Autor: Luis Alberto Salinas Segura.





Géneros: Intriga, Ficción, Sugestión.


Published by Luis Alberto Salinas Segura at Smashwords.

Copyright 2013 Luis Alberto Salinas Segura.

INDICE



Capítulo 1 ¿Una vida óptima?

Capítulo 2 El doctor Genser.

Capítulo 3 Test neuro-lingüístico.

Capítulo 4 Sesión de hipnosis.

Capítulo 5 El Instituto Nacional de Estadística.

Capítulo 6 Extraño comportamiento.

Capítulo 7 Una nueva enfermedad.

Capítulo 8 Extraña propagación.

Capítulo 9 Procedimiento disciplinario.

Capítulo 10 Una vida diferente.




Nota aclaratoria: Los términos «enfermedad», «síndrome» y «síntoma» no se utilizan en esta obra de forma rigurosamente científica, a fin de poder combinarlos y no caer en la excesiva repetición de un solo término. La terminología médica en general tampoco guarda rigor académico ni científico, se ha realizado con un nivel de habla popular y comprensible para cualquier lector de cultura media.




Capítulo 1

¿Una vida óptima?



Marzo del 2010



Pedro Pérez. Hombre de 41 años, más bien de baja estatura, un poquito graso pero sin llegar a la obesidad, de cara redondeada, casi calvo y casado desde poco más de un año. Cobraba un sueldo mediocre como funcionario del Cuerpo Administrativo del Ministerio de Economía y Hacienda. Su especialidad era el área estadística, por eso estaba destinado en el INE (Instituto Nacional de Estadística). Estaba muy enamorado de su esposa, Eurídice Sánchez, doctora del Hospital Central de Madrid. Una vida sin hijos previos y sin planificar concebir ninguno les había privado de ciertas experiencias pero, a cambio, les había dado otros muchos placeres y compensaciones, como viajar por todos los continentes. Otro factor fundamental que hacía que Pedro se sintiera bien era su labor profesional. Pedro desempeñaba un trabajo dentro del área con la que siempre había soñado.


A pesar de esas circunstancias, a pesar de contar prácticamente con lo que un ciudadano medio podría soñar (dinero no abundante pero suficiente para una vida cómoda, un trabajo adecuado, una gran mujer a su lado, amigos entrañables y no grandes achaques de salud) algo había cambiado en los últimos meses. Hacía más de un año que Pedro notaba como si le faltara algo. Experimentaba un cansancio que, sin ser excesivamente grave, parecía exagerado para su condición, teniendo en cuenta que no era consciente de padecer ninguna enfermedad y su trabajo y demás actividades no eran especialmente agotadoras.


Ese nuevo estado anímico se manifestó en febrero de 2009, fecha en que había sufrido un grave accidente de circulación que le causó una fractura ósea. El hecho ocurrió poco después de su luna de miel y no mucho más tarde de haber conocido a quien sería su mujer, pues apenas transcurrieron unos meses desde su primera cita hasta su boda. Tras una operación quirúrgica con anestesia general, varios días de internamiento en el hospital y seis meses de fisioterapia, parecía haberse recuperado totalmente a nivel físico. Pero desde entonces le costaba mucho adquirir un aceptable tono vital durante las primeras horas de la mañana. Dejaba sonar el despertador medio minuto para poder levantarse y no empezaba a sentirse bien hasta mucho después de haberse levantado.


Años atrás, cualquier persona que observaba la forma de actuar del estadístico quedaba absorbida por su vitalidad y entusiasmo; el tono de sus palabras denotaba alegría de vivir. Su presencia contagiaba energía. Un año después del accidente, Pedro era consciente de su cambio de actitud, de su bajada de entusiasmo. Tal vez se trataba más de un cambio a nivel psicológico que, inevitablemente, influía en su menor motivación para ponerse en movimiento. De hecho, había empezado a caer (de forma moderada por el momento) en hábitos como los videojuegos y la navegación por Internet sin un fin concreto, algo insólito en él.


Eurídice le había advertido que la causa de esa dificultad para recuperar el tono vital después de levantarse podría radicar en los residuos que la anestesia general habría depositado en su cuerpo, si bien no tenía explicación para la sensación de cansancio. Un año después del accidente, Pedro había decidido emprender algún cambio en su vida con el fin de lograr una mejora en su estado vital y tomaba potentes complementos revitalizadores desde hacía tres semanas, como complejos vitamínicos, jalea real o ginseng. Era consciente de que su forma de caminar había cambiado sensiblemente en los últimos meses. Ahora parecía, en parte, como si arrastrara su cuerpo, como si sus andares no fueran totalmente armoniosos. También había cambiado de manera sutil su postura corporal. Ahora, en contra de lo habitual en él, se acostumbraba a la inercia de encorvar levemente su espalda y sus cervicales.


Eurídice Sánchez era dos años mayor que Pedro. Contaba con diez años de experiencia como doctora de medicina general en el Hospital Central de Madrid y complementaba muy bien sus ingresos con algunas horas semanales de consulta privada en una clínica en la zona más adinerada de la ciudad. Eurídice tenía una gran amplitud de miras y usaba una parte de su tiempo libre en la lectura o indagación de terapias alternativas, por un lado, y avances científicos por el otro.


Ella era de complexión robusta, con facciones suaves y relajadas. Denotaba serenidad y una actitud, en general, de paciente y calmado afrontamiento de la vida. Era morena, de ojos oscuros y mirada profunda. Le gustaba vestir ropa cómoda, guardando los vestidos llamativos para determinadas ocasiones.


Eurídice se debatía entre su amor por la ciencia médica oficial y la sabiduría de otras corrientes terapéuticas diferentes en el espacio (ayurveda de la India, medicina tradicional china...) y en el tiempo (sabiduría de los antiguos chamanes de distintas civilizaciones antiguas), era partidaria de indagar en la interconexión entre las distintas disciplinas, sobre todo de la medicina con la psicología.


En una jornada habitual, por la noche, en su apartamento de calidad mediana pero bien situado, al coincidir ambos en casa surgían conversaciones como esta:

―¿Te estás tomando el complejo vitamínico? ―preguntó Eurídice.

Sí, pero creo que lo voy a dejar porque llevo tres semanas tomándolo y no noto mejoría ―contestó su marido.

Ten paciencia, a veces es necesario un mes para que el cuerpo empiece a notar los efectos. Por otro lado, creo que necesitas un periodo de vacaciones. Como doctora te puedo decir que actualmente el estrés se extiende vertiginosamente por toda la población sin conocer muy bien el porqué.

¿Por qué crees que unas vacaciones me solucionarían el problema? No estoy nervioso por ninguna circunstancia en especial, tengo la vida que soñé: estoy contigo, una mujer maravillosa, hemos hecho muchos viajes juntos, mi trabajo me satisface y es el que siempre deseé y siento que también estás contenta con tu vida. Simplemente que algo me pasa, quizá no tenga nada que ver con mi vida en o con el estrés, quizá sea algo distinto, aunque la verdad es que no tengo la menor idea de qué pueda ser. Si lo supiera, tal vez estaría en condiciones de solucionarlo―declaró Pedro.

Es mejor no dejar que esto vaya a más. Tuve un profesor que decía que en el mundo no hay nada estático, todo está en movimiento y este movimiento solo puede ser de dos tipos: hacia mejor o hacia peor. Creo que no tienes nada grave pero estás, claramente desde hace un año, yendo a peor poco a poco. ¿Por qué no visitas al doctor Genser? Domina tanto el terreno de la medicina como el de la psicología y es un gran especialista en Programación Neurolingüística. Es muy amigo mío y que es muy competente; además, siempre se pone al día en las últimas investigaciones científicas y está en continuo contacto con doctores de reconocido prestigio y científicos de Estados Unidos, Rusia, China y Japón ―respondió a su vez Eurídice.

―De acuerdo, así lo haré ―asumió Pedro.

Pedro concertó cita con Genser, un doctor de tal renombre que sus adinerados pacientes requerían reservar visita con varias semanas de antelación.


















Capítulo 2

El doctor Genser.



Abril de 2010



Pedro no solamente era un hombre poco chismoso, además era un hombre que tenía poca curiosidad por los demás en general. Eso podía tener su lado positivo, ya que el motivo de su poca curiosidad era que se solía centrar mucho en lo que a él le interesaba o en aquello que lo motivaba, aunque, como es lógico, también podía tener su aspecto negativo. Tampoco tuvo curiosidad por preguntar por qué su mujer conocía al doctor Genser, un doctor de renombre y origen extranjero, ni porqué su esposa, que era una buena doctora pero ni era catedrática ni ostentaba ningún cargo de poder, estaba en contacto con órganos ejecutivos en el ámbito sanitario tanto nacional como internacional.


Al igual que Pedro, el doctor Genser era un hombre parcialmente obeso además de no muy alto. El consultorio era discreto. Daba sensación de intimidad, en realidad, todos los detalles en el consultorio tenían su función, desde la distribución de las paredes y el mobiliario hasta los pequeños objetos y los colores. Todo estaba cuidadosamente medido para lograr un ambiente de relajación, nada estaba colocado al azar. El sofá era verdaderamente confortable. Había también una especie de cómoda camilla plegable apropiada para los procesos de hipnosis. Asimismo, se escuchaba una música de fondo, neutra y muy melódica, con un tono prácticamente inaudible pero que provocaba inevitablemente un estado de serenidad tras varios minutos de escucha. La hora de la visita había llegado:


―Buenas tardes, doctor Genser ―verbalizó el madrileño.

Buenas tardes, señor Pérez. Adelante, su mujer me ha hablado en rasgos generales de su caso, tome asiento. ¿Puedo ofrecerle algo de beber? ―inquirió el doctor.

―No, gracias, he tomado un té justo antes de llegar - respondió Pedro.

Tras una serie de cuestiones generales de rigor, el doctor Genser fue al grano.

La doctora Sánchez me ha explicado sus achaques. Por lo que parece, su sintomatología encajaría dentro del síndrome DATO, es decir, Déficit de percepción Auditiva, Táctil y Ocular, algo que todavía no ha salido a la luz pública, pero que se ha empezado a diagnosticar extraoficialmente en León. El déficit de los sentidos puede producir, aunque parezca contradictorio, cierto estrés, ya que la mente reacciona con cierta ansiedad a la propia incapacidad ―explicó el doctor―. En León se han registrado ocho casos con sintomatología parecida. Diversos doctores de Castilla-León han estudiado esos casos y han decidido etiquetarlos como síndrome DATO. Se trataría de una disminución en el rendimiento de los sentidos. Eso puede parecer no demasiado grave, pues no implica ninguna afección de órganos o vísceras ni supone una depresión o enfermedad mental grave; sin embargo, supone una merma importante en la capacidad de sentir y percibir, lo cual podría derivar en un envejecimiento prematuro y aún si no derivara en ello podría suponer una merma en la capacidad de gozar de la vida. Pero no nos anticipemos, aún no le he examinado, veremos tras las pruebas cuál puede ser el diagnóstico real. En primer lugar, voy a hacerle una serie de pruebas para evaluar sus sentidos; comprobaré la agudeza de su oído, su vista, su tacto, su gusto y su olfato. Si la agudeza combinada de sus sentidos es menor a lo normal podríamos encuadrar su sintomatología en algo parecido a los casos DATO, si no es así, pasaremos a otro tipo de pruebas ―concluyó Genser.


Al doctor le bastó con menos de diez minutos para evaluar los sentidos de Pedro. Tras las pruebas físicas, los resultados no mostraron una especial degradación de los sentidos físicos; evidentemente Pedro, como todo hombre de ciudad, no tenía la xima agudeza en ninguno de los sentidos, pero tampoco tenía ninguno de ellos especialmente mermado en relación con la agudeza normal de la mayoría de los hombres de su condición. Genser no lo iba a catalogar como síndrome DATO. Sin embargo, tampoco mostraba la lucidez y la rapidez de reacción de una persona sana y vital al cien por cien. Era notoria cierta atonía o difuminación en el estadístico. El suizo lo notaba en muchos gestos de su paciente, en su forma de moverse y en una cierta lentitud a la hora de contestar y de, en general, reaccionar. Era, por tanto, hora de pasar a otro tipo de pruebas que entraban más en el terreno de lo psicológico.

Voy a grabar nuestra conversación si usted está de acuerdo, lógicamente, así podré evaluar posteriormente sus respuestas, mientras escuche la grabación, si deseo comprobar algo.

De acuerdo, no tengo inconveniente en que grabe la conversación si el único fin es el tratamiento médico o psicológico ―respondió Pedro.

Voy a aplicar una técnica de exploración basada en la PNL. La PNL, o Programación Neurolingüística, es una forma de terapia basada en una teoría que pone el énfasis en la forma en la que percibimos; dicho de una forma sencilla, sería algo así como «dime cómo percibes y te diré quién eres» ―informó el doctor.

―Interesante. De acuerdo, estoy preparado ―contestó Pedro.















Capítulo 3

Test neurolingüístico.



El doctor Genser comenzó la prueba para conocer el estado real de los sentidos de Pedro y su forma de percibir:


Si cree que con los ojos cerrados va a recordar o visualizar algo con mayor facilidad, ciérrelos, en caso contrario, puede mantenerlos abiertos. Ahora quiero que recuerde algo, no importa lo que sea, lo primero que le venga a la memoria. Voy a ha hacerle una serie de preguntas para averiguar su forma de percibir, de construir la realidad. ¿Lo está recordando ya?

―preguntó el doctor Genser.

―Sí.

¿Cómo percibe la imagen de esa evocación o recuerdo, como en un paisaje o como si se tratara de un cuadro enmarcado?

―Enmarcado.

―¿Con mucha o poca luminosidad?

―Poca.

―¿La imagen tiene movimiento o es estática?

―Estática.

―¿Tiene color o es en blanco y negro?

―Tiene color, pero difuminado.

Ahora preste atención a los sonidos de ese mismo recuerdo, si los hay. ¿Puede oír algo?

―Sí.

―¿Cuál es su volumen?

―Bajo.

¿Qué cadencia tiene? Por ejemplo, ¿es continuo o discontinuo?

―Tiene interrupciones.

¿Qué ritmo tiene?

No lo detecto muy bien, es irregular. No identifico un ritmo concreto claramente.

―¿Velocidad del sonido?

―Irregular, pero normalmente lento.

Ahora vamos con otros sentidos. ¿Alguna sensación olfativa en el recuerdo o imagen evocada?

―No, no tengo ninguna sensación olfativa.

―¿Alguna sensación de movimiento dentro de su cuerpo mientras percibe o recuerda?

―No estoy seguro. Yo diría que no.

¿Ha notado alguna variación en la temperatura de alguna parte de su cuerpo?

―Sí, un cierto frío en las manos.

―¿Ha notado algún tipo de presión en alguna parte de su cuerpo?

―Sí, en el plexo solar.


El doctor Genser hacía ademanes de haber captado con gran rapidez el tipo de afección que padecía Pedro. Su gran seguridad y su rapidez de deducciones indicaban que no tenía demasiadas dudas al respecto. El tono grave y rítmico de su voz denotaba seguridad.

Bien, ya puede dejar de evocar esa imagen. Puede estirarse si lo desea y así irá recuperando su tono vital. No detecto ningún conflicto grave. Más bien todo apunta a que, por motivos que desconozco, usted está viviendo la vida a medio gas, por eso sus recuerdos o evocaciones no son vívidos, brillantes ni contundentes, sino más bien apagados e insonoros. En resumen, se trataría de una mini-depresión, una desgana o falta de motivación no preocupante por el momento. No obstante, es bueno afrontar el problema. Generalmente, este tipo de aminoración de la sensibilidad se debe a ciertas faltas de motivación por la vida. Se da cuando no hay fuertes impulsos que le lleven a uno a afrontar la vida con entusiasmo. Las causas de esto suelen ser psicológicas, pero en su caso, tal como me puso en antecedentes la doctora Sánchez, las causas podrían ser no estrictamente psicológicas sino combinadas con un factor físico-químico, ya que su actual estado podría estar impulsado por residuos que la anestesia general aplicada en la operación quirúrgica que tuvo hace meses haya podido dejar en su cuerpo ―continuaba el doctor suizo.

―¿Y qué puedo hacer para cambiar esa situación?

―inquirió Pedro.

Debería variar de actividades, hacer cosas lo más distintas posibles, cosas inusuales, tener una dieta muy variada, imponerse metas, por ejemplo, aprender un idioma, practicar un arte marcial o aprender un baile. En cuanto a su vida de pareja, también debe intentar hacer cosas distintas, por ejemplo, viajar, salir ambos de casa por separado y tener una cita con su mujer como si se tratase de recién conocidos, reservar tiempo para intercambiar masajes y cosas por el estilo. También es positivo pasar algo de tiempo separados para poder vivir parte del tiempo de forma diferente y a la vez que aumente la calidad y la pasión del tiempo que pasen juntos ―expuso Genser.

Pensaba que hacía cosas variadas, pero ahora que me comenta eso, le doy la razón. Por ejemplo, llevo muchos años sin hacer deporte y aunque mi relación de pareja siempre ha sido muy buena, comienzan a aparecer lapsos de monotonía. El caso es que siento que estoy entrando en un círculo vicioso, mi falta de motivación ha desembocado en una merma en mis percepciones y, a su vez, la merma en mis percepciones me ocasiona una disminución en la captación de detalles y de cosas distintas, lo cual ocasiona más monotonía, y así sucesivamente ―declaró Pedro.

Veo que lo ha comprendido. Si usted está de acuerdo, voy a someterle a hipnosis para fijar en su cerebro un instrumento que podrá utilizar cuando quiera ―afirmó el médico.

Bien. Nunca he estado en contra de la hipnosis, de hecho, siempre me he preguntado por qué, si se han comprobado efectos positivos, siempre usándola de forma racional, no se aplica más, sobre todo teniendo en cuenta que, al contrario de lo que sucede con muchos medicamentos, no tiene efectos secundarios ―respondió el estadístico.











Capítulo 4

Sesión de hipnosis.


Pedro se acomodó en un sillón plegable que adoptaba una posición extraña, como el cuerpo de un delfín nadando, ondulante.

Bien, comencemos entonces, pero quiero recalcar que deberá usted practicar los ejercicios que le voy a mostrar en esta sesión de hipnosis diariamente para obtener beneficios reales y contundentes, de lo contrario no le servirán de nada ―aseveró el doctor Genser.

―No hay nada que perder, así que… ¡adelante!

―Bien, póngase cómodo. Mire fijamente este péndulo.


El doctor colocó el péndulo un poco por encima de la altura del entrecejo de Pedro y comenzó a balancearlo. Al cabo de varios segundos, la mirada atenta de Pedro hacia el péndulo comena provocarle cansancio ocular.

Ahora sus ojos quieren cerrarse. Voy a contar de cinco a uno. Cuando llegue a uno, cerrará sus ojos y entrará en un estado de relajación. ¡Cinco… cuatro… tres… cuando llegue a uno cerrará sus ojos y entrará en un estado de relajación… dos… uno! ¡Cierre sus ojos! Ahora ha entrado en un estado profundo de relajación. ¿Cómo se encuentra?

―Bien ―contestó Pedro de forma somnolienta.

Ahora voy a contar de nuevo de cinco a uno. Cuando llegue a uno, entrará en un estado aún más profundo, sólo oirá mi voz y mis instrucciones quedarán hondamente grabadas en su subconsciente. ¡Cinco… cuatro… tres… dos… uno! ¡Ya está en un estado sumamente profundo de relajación!

El doctor Genser espaciaba más sus palabras en esta última fase, pero las dotaba de una mayor contundencia, al mismo tiempo que cambiaba deliberadamente el timbre de su voz a una mayor gravedad.

Va a hacer los siguientes ejercicios que yo le voy a decir a continuación, ahora y cada día. Va a unir los dedos índice y pulgar de su mano derecha con los mismos dedos de su mano izquierda formando un triángulo en el hueco creado entre los cuatro dedos. Va a hacerlo ahora como le he indicado, pero no lo va a hacer de forma física, lo va a imaginar, va a hacerlo mentalmente, aproximará ese triángulo a uno de sus ojos como si se tratara de un anteojo y recordará una imagen, comprobará que al hacer eso dicha imagen se hace más brillante o vívida, repetirá el proceso con el otro ojo. Imagine que lo está haciendo ahora, ¿cómo se siente?

―Bien ―respondió Pedro con voz relajada y grave.

―¿Nota la imagen más vívida o brillante? ―preguntó el doctor.

―Sí ―afirmó Pedro.

Posteriormente llevará las manos de la misma forma a su oído, evocará un sonido y notará cómo oye con más claridad, repetirá el proceso con el otro oído. ¡Hágalo ahora mentalmente para notarlo! ¿Nota la diferencia? ―inquirió el doctor.

―contestó Pedro de forma concisa. Su estado profundo de relajación le impedía ser más locuaz.

Llevará después de la misma forma el triángulo formado por sus manos a su nariz y evocará un olor o aroma, notará cómo se desarrolla su olfato. ¡Hágalo ahora! ¿Lo nota? ―preguntó el suizo.

―Sí.

Va a hacer lo mismo, pero esta vez llevando el triángulo a su boca, evoque un sabor y hágalo ahora. ¿Nota la diferencia de sabor?

―Sí.

Ahora una las palmas de las manos y acérquelas a su vientre de la misma forma que las anteriores veces, evoque un tacto muy ligero sobre su propio cuerpo y note cómo se incrementa la sensación de tacto. ¡Hágalo ahora! ¿Nota la diferencia en el tacto?

―Sí.

Para terminar, acerque sus manos de la misma forma a su entrecejo, note cómo se desarrolla su intuición. ¡Hágalo ahora y note que hay un cambio en su intuición, aunque no sepa exactamente qué tipo de intuición es! ¿Se siente bien haciéndolo?

―Sí.

Al cabo de un par de minutos, el doctor prosiguió.

Ahora va a salir, poco a poco, de este estado de relajación profunda. Cuando llegue a cinco usted saldrá de este estado, se encontrará en su estado ordinario de vigilia, bien despierto, bien relajado y en buen estado de salud. ¡Uno… dos… tres! ―detuvo el conteo para repetir la frase―. Cuando llegue a cinco usted saldrá de este estado, se encontrará en su estado ordinario de vigilia, bien despierto, bien relajado y en buen estado de salud. ¡Cuatro… cinco! ¡Usted está despierto! Puede abrir los ojos. Estírese y tome conciencia de su cuerpo. ¿Cómo se encuentra?

Pedro necesitó una considerable cantidad de segundos para regresar a su estado ordinario de vigilia. Se estiró, bostezó y recompuso todo su cuerpo.

Creo que estoy demasiado relajado aún, no me importaría echarme a dormir.

Estírese más, voy a prepararle un café para que se despeje. No obstante, le sugiero que vuelva a mi consulta la semana que viene, así podremos hacer otra sesión y podré llevarle a un estado más profundo de hipnosis.

―¿Y por qué es necesario que yo entre en un estado más profundo?

Porque lo que se graba a una cierta profundidad solo puede ser borrado o modificado por un estado situado en esa misma o en una mayor profundidad.

―¿Y qué es lo que tengo grabado con tanta profundidad?

Lo mismo que todo el mundo: creencias limitativas, ideas impuestas por la sociedad y aceptadas sin comprobación, solo porque los humanos somos más débiles de lo que creemos y necesitamos creer cosas. Por eso triunfan los líderes religiosos, los líderes políticos y el marketing que nos vende productos no siempre necesarios. Por eso envejecemos prematuramente, por eso muchas veces nuestros sentidos se atrofian a los cuarenta años y empezamos a sentirnos cada vez menos motivados y menos capaces de hacer cosas, y muy probablemente esa sea la causa del síndrome DATO o, en el caso de usted, de su falta de ganas de vivir y de intensidad en la forma de percibir las cosas.

¿Y solo puede alcanzarse un estado profundo de relajación mediante la hipnosis?

No, hay muchas maneras de conseguirlo. Por ejemplo, con la meditación profunda. Algunas personas usan drogas, algo que yo nunca recomiendo, y otras personas lo alcanzan sin darse cuenta. Por ejemplo, las personas muy creativas, cuando están muy concentradas pintando o creando cualquier obra de arte, a veces alcanzan un estado muy profundo de relajación y de conciencia. Los corredores de maratones, principalmente aquellos que corren por placer y no por competición, alcanzan esos estados en algunas fases del entrenamiento. Otra forma de grabar órdenes o ideas a un nivel profundo es mediante la emoción, esa es la forma a la que la publicidad, sobre todo la televisiva, recurre en mayor número de ocasiones. Se trata de crear una emoción fuerte y asociarla al consumo de un producto ―concluyó el médico suizo.




Capítulo 5

El Instituto Nacional de Estadística.


Mayo del 2010




El sólido edificio que albergaba el Instituto Nacional de Estadística en Madrid era llamativo y extenso. En él trabajaban alrededor de quinientas personas. La sede medía más de cien metros de largo por setenta de ancho, la pintura en tonos marrón y crema era similar a la de las construcciones de otros organismos oficiales. La impresionante construcción, de antigua y sólida estructura, gozaba de varios accesos, todos ellos con los debidos mecanismos de seguridad. Era habitual el ajetreo en los largos pasillos del edificio, así como las cortas pero abundantes estancias en la cafetería. Sin embargo, el revuelo de ese día era especialmente intenso. Se sabía que se harían traslados de personal, pero lo que nadie podía imaginarse era que esos cambios fueran de tal calado. Un treinta por ciento de los trabajadores (lo que suponía en torno a ciento cincuenta efectivos) estaba en proceso de cambio de destino. Nadie entendía por qué, pero una cantidad considerable de funcionarios habían sido forzados a salir del Instituto para ingresar en otros organismos estatales, en ocasiones a más de cien kilómetros de su lugar de residencia. Al mismo tiempo, una cantidad similar de personas, desconocidas casi en su totalidad para los allí presentes, llegó en un intervalo de tiempo de apenas una semana al organismo. El misterio del masivo cambio permanecería durante mucho tiempo sin resolverse.


La transparencia del Instituto Nacional de Estadística era incuestionable, hasta tal punto que los datos se volcaban en una página web y cualquier persona podía consultarlos. Únicamente en contados casos, instrucciones procedentes de funcionarios de alto nivel obligaban a retrasar la publicación de los datos hasta estar seguros de su total exactitud. El funcionario sobre quien recayera la mínima sospecha de cometer cualquier manipulación de datos era sancionado de inmediato, y el peso de la ley caía sobre cualquier falta o delito con el mayor rigor. No debían responder los cambios, por tanto, a factores disciplinarios, sino a algún otro motivo como ahorro u optimización de la gestión, quizá debido a la crisis financiera internacional, que en el caso de España era muy dura.


Lo más misterioso del cambio de personal no era, sin embargo, la cuantía, sino la procedencia de esos nuevos empleados públicos, la mayoría de ellos muy discretos. La mayor parte de los recién llegados no rehusaban el saludo o el pequeño intercambio de palabras con los antiguos trabajadores del Instituto, pero se decantaban constantemente por hablar con sus otros compañeros recién llegados, ya que la mayoría se conocían, pues procedían casi todos ellos del mismo lugar.


La versión más frecuentemente aducida por los recién llegados era que pertenecían a una rama del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) que estaba en periodo de gran recorte y posible desaparición. Dicha rama tenía el nombre de CERTI (Cuerpo Especial de Recopilación y Tratamiento de la Información), centro que, siempre según los incorporados, no se trataba de ningún organismo extraño o conspirativo, sino simplemente de un organismo de estudio e investigación discreto y poco difundido.


El motivo de los traslados desde el CERTI, siempre según los recién llegados, obedecía a razones presupuestarias y de trabajo: presupuestarias por el mal momento que atravesaba España y Europa en su conjunto y que obligaba a hacer recortes y traslados de personal; de trabajo porque cada vez era más notorio que, debido a las nuevas tecnologías de la información, sobre todo al gran avance de la informática, ya no era necesario mantener a tantos trabajadores en el CERTI.


Un sector del edificio del INE estaba en remodelación. Eso obligó a que en diversas zonas, como la que usaba Pedro para trabajar, se diera una redistribución del espacio, de tal modo que algunos despachos tuvieron que dividirse en dos, aunque, por estar planeadas las obras de remodelación para pocos meses, lo que separaba a ambos despachos era una pared provisional, hueca, que en realidad se trataba más de una mampara que de una pared propiamente dicha, pudiendo escuchar cada integrante de uno de los dos nuevos despachos lo que acontecía en el despacho contiguo.


Al lado de la oficina de Pedro se hallaba uno de los nuevos trabajadores, Jairo. Sus funciones eran todavía desconocidas por Pedro. Se trataba de un individuo de unos cincuenta años, alto y delgado, con gafas y que casi siempre vestía con traje y corbata. Jairo actuaba con naturalidad, pero eludía mostrarse públicamente a los demás, ni siquiera preguntaba a los veteranos sobre el trabajo, era como si, a pesar de ser recién llegado, supiera lo que tenía que hacer.













Capítulo 6

Extraño comportamiento.


Junio del 2010



En el INE, durante el receso para el desayuno, lógicamente, el tema de conversación no podía ser otro que el de la anómala irrupción de decenas de nuevos trabajadores. Pedro departía con Felipe, compañero de trabajo y gran amigo suyo, pues les unían más de diez años de trabajo compartido. Felipe era un individuo de estatura y complexión medianas, quien gustaba de vestir traje y corbata, con gafas y bigote. Se trataba de una persona afable, nerviosa e inquieta pero conformista, tenía tendencia a asentir con la mayoría, a acatar las normas a rajatabla y a no contradecir los estamentos de poder ni a la jerarquía.

Ese individuo, el que tienes al lado de tu oficina, Jairo, es un tanto extraño. No habla con nadie y siempre se le ve como si al mismo tiempo de trabajar estuviera pensando continuamente en algo. Se metió en su despacho desde el primer momento, como si supiera lo que tiene que hacer aun siendo nuevo en el organismo ―comentó Felipe.

¡Cierto! A personalmente no me ha preguntado nada ni le he visto recibir instrucciones de ninguno de nuestros compañeros. Pero lo que más me ha extrañado es la nueva norma que ha salido en el ministerio y que tiene que ver con el departamento donde trabaja Jairo ―respondió Pedro.

―¿A qué norma te refieres?

A partir de los cambios de personal, el Ministerio de Sanidad vuelca ciertos datos estadísticos en nuestro organismo, después nuestro organismo examina y rehace dichos datos y los vuelve a enviar a dicho ministerio para que este los haga públicos ―alegó Pedro.

¡¿Cómo?! ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? ¿Te has fumado algo? No existe ninguna instrucción nueva que diga eso, yo estoy al corriente de todos los cambios normativos y de procedimiento porque el letrado Jiménez, que es íntimo amigo mío, se encarga de las cuestiones jurídicas del INE y siempre me mantiene al corriente de todo. Si eso fuera cierto, yo me habría enterado. Debes de haber entendido algo mal ―declaró Felipe.

Soy el primer sorprendido, puesto que el Ministerio de Sanidad tiene sus propios estadísticos, pero te juro que oí eso. Como sabes, en nuestro sector se puede escuchar casi a la perfección lo que se habla en el despacho de al lado. Enrique Clemente, que se encarga ahora de la difusión al exterior de los datos estadísticos, estaba llamando por teléfono a Jairo, quien debía tenerlo en situación de altavoz, y le he oído decir «ahí van los datos de Sanidad para que los trabajes y me los devuelvas» ―expuso Pedro.

―¿Y qué le ha contestado Jairo?

No lo sé, no escuché nada más, quizás antes de contestar desconectó la función de manos libres y pasó a responderle de una forma discreta. Lo cierto es que Jairo, desde que llegó, actúa de una forma muy recatada ―continuaba Pedro.

Todo esto es muy raro. Como dices, el Ministerio de Sanidad tiene sus propios estadísticos y no necesita del INE para tratar sus propios datos. Al contrario, brinda todas las estadísticas ya hechas para que nuestro organismo las archive ―explicó Felipe.

―Sí, todo esto es muy extraño.


Pedro, que llevaba varios años trabajando en el INE y amaba su trabajo, no se tomaba a la ligera esa conversación que le había escuchado a Jairo. Pasó dos días preocupado por lo que había escuchado del despacho contiguo y tras barajar las consecuencias de las decisiones a tomar, decidió comunicar sus inquietudes al delegado sindical Jorge Camaño. Sentía esa necesidad, tal vez porque le ponía nervioso un cambio de tal magnitud en su lugar de trabajo, tal vez porque vio raro el secretismo de Jairo o quizá vio amenazada su seguridad, pues hechos como el gran cambio de trabajadores en el Instituto le demostraban que no podía sentirse completamente seguro en su puesto.


En los tiempos que corrían, pensó, si sus sospechas eran infundadas y él lo comunicaba no pasaría nada malo, pero si sus sospechas tenían fundamento, si algo ilegal se estaba tramando y él no comunicaba, tal vez ese asunto podría salpicarle. Indudablemente, estaba claro que Pedro compartía parcialmente el perfil de Felipe en el sentido de que era uno de los tipos de persona inmovilistas, de costumbres fijas, de los que se resisten a cualquier tipo de cambio, de los que defienden máximas como «más vale malo conocido que bueno por conocer».

«De cualquier manera ―pensó ―, si observo algo raro, tengo la obligación de comunicarlo.» Pero curiosamente no era prudente decirlo a sus superiores, que supuestamente estaban conformes o eran copartícipes de los cambios realizados, por eso había decidido contárselo a Jorge Camaño, que no era su jefe inmediato, pero gozaba de un cargo de responsabilidad en los mandos del Instituto. Pedro formuló sus sospechas por carta para quedarse con una copia sellada y tener así una prueba de que él había reaccionado ante algo que consideraba anómalo.







Capítulo 7

Una nueva enfermedad.


Julio del 2010





Pedro dedicaba varios minutos diarios a la práctica de los ejercicios recomendados por el doctor Genser y había asistido a un total de ocho sesiones de terapia con él, en las cuales el médico le sometía a hipnosis y aprovechaba para chequear la marcha de los ejercicios recomendados. Aquellos quince minutos diarios en los que Pedro practicaba sus ejercicios de percepción parecían ser cualitativamente muy importantes en su vida, de hecho, podría decirse que le permitían al estadístico cambiar en algo su estado de ánimo, de forma leve y paulatina, pero continuada.


Mientras tanto, y como el doctor Genser le había anticipado a Pedro, en los medios de comunicación comenzaban a proliferar noticias, siempre oficiosas, sobre un síndrome de estrés atípico, cuya sintomatología recordaba la del síndrome DATO, nombre que solo conocían algunas autoridades médicas y Pedro, pues no se había hecho público. El Ministerio de Sanidad había rehusado pronunciarse al respecto, alegando que se estaban todavía haciendo las investigaciones oportunas y que se darían las noticias respectivas solamente cuando el rigor científico lo permitiera. Estas eran algunas de las afirmaciones aparecidas en la prensa y en boletines radiofónicos y televisivos:

«Nuevo caso de estrés atípico en Castilla-León. En Valladolid, ha aparecido un nuevo caso de una extraña forma de estrés que afecta a alguno o a todos los sentidos. No está claro el origen de la enfermedad, aunque ciertas fuentes afirman que los primeros casos se dieron en Madrid y Lisboa hace dos meses.»

«Ya son trece las comunidades autónomas donde se han dado casos de una extraña enfermedad todavía sin nombre, que parece afectar al funcionamiento de los sentidos.»

«Según fuentes oficiosas, altos funcionarios del Gobierno han celebrado una reunión secreta motivados por su preocupación sobre una eventual propagación de una extraña afección que provocaría merma en los sentidos y, por tanto, en la capacidad de trabajo y producción de los ciudadanos.»

«Ante las últimas noticias sobre una forma hasta ahora desconocida de estrés, centenares de ciudadanos han acudido a diversos hospitales españoles y portugueses interesándose por el origen de su sintomatología.»



Pedro y Eurídice observaban con atención la noticia, esta vez ya oficial, en el telediario:

«El Ministerio de Sanidad ha confirmado la aparición de una nueva forma de estrés. Se trata del síndrome DATO, siglas que corresponden a Déficit Auditivo, Táctil y Ocular. Según las investigaciones, se ha detectado que en determinados pacientes dichos sentidos, por razones todavía desconocidas, sufren cierta merma en un espacio de tiempo mucho más corto de lo habitual o previsible. El resto de sentidos, gusto y olfato, hacen un sobreesfuerzo para intentar compensar el déficit de los otros.

»El sobreesfuerzo que realizan el gusto y el olfato conllevan un estrés que podría finalizar con el debilitamiento por exceso de tensión, asimismo, de estos dos sentidos. Si bien por el momento no parece una enfermedad grave, que se afirma que es más delicada que el estrés habitual y se sospecha que al cabo de un tiempo el agotamiento que provoque podría ser crónico. Por el momento no parece que se trate de un síndrome contagioso, ya que, en realidad, se desconoce el origen de este mal y hay todavía muchas incógnitas en torno a él. El Instituto Farmacológico Dademrefne está investigando algún tipo de medicamento que pueda paliar los efectos de dichos síntomas.»


La noticia se extendió como aceite sobre suelo liso en cuestión de una semana. Hospitales de todo el país y de Portugal denunciaron la proliferación de casos DATO, cuyo número había aumentado en proporción geométrica. El tema pasó a ser uno de los más importantes en las conversaciones cotidianas populares, acaparando una atención ostensible, no por la gravedad de los síntomas, que no era excesiva, sino por la incertidumbre tanto del origen del mal como, principalmente, por las incógnitas acerca de su posible propagación e hipotético agravamiento.


Un portavoz de las autoridades sanitarias había declarado ante los medios de comunicación que, aunque el síndrome DATO contenía unas letras cuya significación era Déficit de rendimiento Auditivo, Táctil y Ocular, habían decidido ampliar el número de casos en el que se catalogaría con esa enfermedad a todos aquellos que presentaran déficit en dos o más sentidos, cualesquiera que fuesen. Por ejemplo, un déficit olfativo y ocular, acompañado de una sobrecarga o estrés en el sentido gustativo, podría ser calificado como de síndrome DATO. Esa sería la sintomatología oficial y la que se comunicaría a los hospitales y a todas las instituciones médicas de cara al diagnóstico definitivo.


Pero ¿cómo podían los potenciales pacientes sospechar que estaban padeciendo el síndrome? En el Hospital Central de Madrid, cinco días después de la aparición de la noticia, la doctora Eurídice Sánchez advertía un incremento de pacientes en la sala de espera. Era evidente que el nuevo síndrome despertaba la atención y el interés entre el personal médico del hospital, por preverse, al estar relacionado con el estrés, que podría tratarse de algo más extendido entre la población que lo conocido hasta ese momento. El número de pacientes había aumentado considerablemente, sin embargo, muchos de ellos no se encontraban peor que en los últimos tiempos, la principal razón por la que acudían en ese momento era porque tras escuchar el aluvión de noticias sobre la enfermedad, se habían planteado si tal vez ellos engrosarían la lista de afectados o, por el contrario, no sería así y podrían quedarse tranquilos.


En el descanso, antes de reanudar las visitas, la doctora Sánchez conversaba con su colega, la doctora Solís, en el bar del hospital, única zona del edificio donde se permitía cierto nivel de ruido y ajetreo.

He leído en la prensa que ya son más de mil los casos de síndrome DATO diagnosticados hasta la fecha si contabilizamos también los de Portugal. En este hospital contamos oficialmente con doce ―afirmó la doctora Solís.

¡Qué raro! Yo no me he topado todavía con ninguno. Si bien es cierto que hay potencialmente mucha gente a la que podría diagnosticársele de esa forma… ¿Tú has diagnosticado alguno? ―preguntó Eurídice.

Sí, ayer diagnostiqué uno, pero las cuentas no me salen, he hablado con todos los médicos internos y con los tres otorrinolaringólogos que conozco, ninguno de ellos conoce ningún otro caso diagnosticado en este hospital, aparte del que correspondió ayer al doctor Suárez. A también me parece muy raro. ¿No estarán exagerando los medios de comunicación? ―cuestionó la doctora Solís.


En ese momento se escuchaba la sintonía del diario de noticias y, como ya era habitual en los últimos días, arrancaba con datos sobre el síndrome.

«Según fuentes oficiosas, se están dando brotes por toda la península ibérica de lo que los médicos han dado en llamar el síndrome DATO. No se trataría, en principio, de ninguna disfunción a nivel de órganos o vísceras, sino de un déficit de atención en los sentidos. Sin embargo, dicho déficit podría afectar al rendimiento en el trabajo y en los quehaceres habituales, además de provocar en el sujeto una sensación de que “le falta algo”, aunque sin llegar, al menos en un primer momento, a provocar necesariamente una depresión. Aparentemente no se trataría de una afección grave, aunque…

»Las autoridades sanitarias sospechan que la extensión de la enfermedad, hasta el momento exclusiva de la península ibérica, podría deberse a alguna predisposición psicogenética propia del sudoeste europeo, o tal vez psicoambiental, motivada por alguna característica de la península. No obstante, las autoridades médicas de toda Europa, en especial, pero también otras del resto del mundo, permanecen expectantes…

























Capítulo 8

Extraña propagación.



Agosto del 2010



Las autoridades sanitarias empezaban a poner un fuerte interés en la investigación del síndrome DATO. Lo que en un principio parecía un simple estrés de extraña etiología se estaba manifestando como algo que amenazaba con convertirse en una importante epidemia, con el agravante de que desde el inicio de la aparición de casos, en marzo, ninguno de los pacientes que sufría el síndrome se había curado, lo cual podría ocasionar un incremento más rápido de lo habitual en el número de afectados.

En los inicios de la noticia, todavía de manera oficiosa, tanto la opinión pública en general como los estamentos encargados de la salud eran relativamente escépticos y en algunos editoriales de rotativos se dudaba de la veracidad y del rigor científico de afirmar que había aparecido una nueva enfermedad. Nunca había llegado a haber declaraciones científicas concretas al respecto ni se habían presentado pruebas concretas o explicaciones fehacientes que demostraran la aparición del síndrome. Pero con el transcurso de las semanas y los meses, por el hecho de que cada vez eran más numerosos los medios de comunicación que daban una importancia ostensible a la noticia y de que cada vez más estamentos oficiales y gubernamentales comenzaban a abordar públicamente el asunto, la opinión pública empezó a preocuparse con mayor énfasis por el síndrome DATO.


Por otro lado, la pretendida levedad inicial de los síntomas era cada vez más cuestionada, no solo por los cálculos de su incidencia en la economía, ya de por seriamente afectada por la crisis financiera internacional y los desórdenes inmobiliarios especulativos, así como por el consiguiente desplome del consumo, sino por la cantidad de incógnitas en torno a la posible evolución de la enfermedad, por tratarse de un tema de gran incidencia psicológica, por un lado, y desconocido en cuanto a las causas de su extensión y posible evolución por otro. Un prestigioso economista se atrevió a enarbolar un terrible símil: «El síndrome DATO se está convirtiendo en algo parecido a la crisis inmobiliaria, puesto que sus efectos, con dependencia de la percepción que la sociedad tenga de él y de cómo reaccione, pueden devaluarse, desplomarse como una burbuja o sobrevalorarse».


El síndrome DATO presentaba, además del misterio de la no curación de ningún paciente, otras incógnitas. Por ejemplo, su extraño ratio de propagación, pues según mostraba la primera estadística oficial ofrecida a la prensa, el ritmo de aumento o de extensión del síndrome era una constante de un 50 % mensual, es decir, cada mes el número de casos se había incrementado en un 50 % con respecto al mes anterior. Normalmente las epidemias presentan un ritmo de crecimiento sinuoso, ya sea globalmente en proporción geométrica, ya sea en aritmética, pero nunca hasta la fecha se había dado una epidemia cuyo factor de crecimiento parecía seguir un coeficiente exacto o casi exacto.


Sin embargo, el misterio más extraño de todos continuaba siendo el ámbito geográfico de extensión. Jamás hasta el momento se había visto una enfermedad que pareciera tener el carácter de «binacional». Al mismo tiempo, Europa se preguntaba qué sucedería si la epidemia se extendiese a todo el continente, cuáles serían las consecuencias sanitarias y cómo afectaría eso a los puestos de trabajo y a la economía.


Mientras esto sucedía, la doctora Sánchez era consciente de que su continuidad en el hospital público en el que trabajaba era cuestión de semanas, si no de días. Su actitud laboral chocaba frontalmente con la dirección del centro y había recibido serias advertencias disciplinarias. La situación había llegado a un grado de máxima tirantez, por lo que Eurídice decidió comenzar a anticiparse a las potenciales situaciones desfavorables y a considerar alternativas a lo que consideraba como un ineludible despido, o al menos traslado disciplinario. Tras barajar una serie de alternativas, Eurídice pensó en proponer al doctor Genser un trabajo de colaboración. El suizo era director de una clínica privada, la cual además de tener una gran consulta de psicología, contaba con consulta de medicina general y de algunas especialidades. Aún no sabía cómo reaccionaría el médico helvético, pero valía la pena intentarlo.

Por su parte, Pedro continuaba con su sentimiento de mejoría constante. Ahora practicaba los ejercicios recomendados por el doctor Genser dos veces al día y además, después de probar varias clases, se había apuntado de manera definitiva a un curso de formación de instructores de tai-chi. Finalmente se decidió, asimismo, a practicar jogging tres veces por semana, aprovechando la cercanía del parque en el cual entrenaban decenas de corredores cada día. Cada vez se sentía mejor haciendo ejercicio, en especial notaba una alegría serena inenarrable al sentir la amplitud y alcance de su respiración y la compaginación de esta con su movimiento corporal, y llegó a pensar: «¿Por qué no lo he hecho antes? ¿Por qué he dejado pasar tantos años de mi vida sin disfrutarla realmente?».

Pedro comenzaba a sentirse físicamente bien y eso influía también, al menos en parte, en una mejora en su bienestar psíquico. Cada vez que hacía deporte o cualquier clase de ejercicio era más consciente de su cuerpo y de sus capacidades. Comenzó a perder algunos kilos y empezó a notar un mayor tono muscular, así como un aumento de su flexibilidad. La sensación que Pedro tenía era la de haber caído en los pasados años en una especie de mal sueño, del cual, precisamente por tratarse de pseudo-sueño, no había sido consciente y solamente ahora que estaba despertando, comenzaba a tomar conciencia del tiempo perdido.












Capítulo 9

Procedimiento disciplinario


Septiembre del 2010




En el Hospital Central de Madrid existía un procedimiento destinado a obtener un control de calidad. Los médicos debían entrevistarse individualmente cada mes con el director, previa presentación de su informe mensual de consultas. El director, Francisco Jiménez, era un hombre un tanto misterioso, a excepción del día de los informes, jamás se le veía pasear por el hospital, siempre permanecía en su despacho o acudía a reuniones en otros lugares. El señor Jiménez era un hombre grueso, de proporciones disparejas, que solía llevar barba. Pero lo que más llamaba la atención de él era el poco cuidado que tenía sobre su propia salud: casi siempre cargaba con algún achaque (tos, dolor de cabeza o ardor de estómago), algo que parecía resultar contradictorio con su profesión. Al señor Jiménez le eran suministrados todo tipo de datos, tanto relativos al funcionamiento del hospital como a las características, pormenores y datos personales del personal, incluyendo no solo personal médico y propiamente sanitario, sino también los encargados de seguridad, de la limpieza y demás servicios. Nadie sabía por qué el doctor Jiménez era tan reacio al contacto humano ni por qué rehusaba pasear por el lugar de trabajo que dirigía. ¿Sería para que no se comentase que a pesar de ser un doctor de renombre mundial, un hombre teóricamente muy cuidadoso con su salud, era un fumador empedernido y parcialmente alcohólico? ¿O sería para que no se comentase sobre el mismo tipo de paradoja por su gran obesidad y sus apretadas y tensas facciones?


Era el turno mensual de entrevistas. En esa ocasión, la entrevista con la doctora Sánchez revestía un cariz especial. Las relaciones entre ambos se habían enrarecido tras el rumor de que el director pretendía trasladar de su hospital a otro centro considerado más duro (por la acumulación de pacientes) y desagradable a cinco médicos, basándose oficialmente en datos estadísticos, y para ello echaría mano de los datos sobre visitas diarias por dico. Los trasladados serían los que menos pacientes atendieran, entre ellos la doctora Sánchez, la cual anteponía la calidad de su trato y de su diagnóstico a la cantidad de pacientes tratados, por ello la doctora despachaba algunas visitas con rapidez cuando el diagnóstico era muy claro y evidente, pero en otros casos no le importaba estar más de media hora con un paciente si lo consideraba necesario. Incluso llegó a usar más de cuarenta minutos por persona en varias de sus visitas de la última semana.


La doctora se aproximaba al despacho del director, despacho cuya disposición de elementos parecía estar estudiada de forma que quedara clara la jerarquía existente. La mayor parte del despacho estaba ocupado por una mesa inmensa con, valga la redundancia, inmensos complementos y una muy cómoda silla; evidentemente se trataba de la mesa del director, fabricada en madera de boj y esmaltada con adornos ajedrezados. En la pequeña parte que quedaba libre había cuatro sillas ridículamente pequeñas, tan solo ligeramente más grandes que las que disponían las escuelas públicas de enseñanza primaria para los niños. Eurídice se sentó en uno de esos diminutos pupitres, no sin la sensación de ser tratada de forma despectiva, por la diferencia abismal entre ambos tipos de mobiliario (el inmenso y extremadamente cómodo sillón del director en contraste con las esperpénticas sillas para los visitantes). El director rehusaba mirar de frente a la doctora y mantenía la mirada perdida y, en todo caso, siempre enfocada fuera de la trayectoria recta hacia la tez de Eurídice.


La doctora Sánchez había accedido a la entrevista sabiendo lo que le esperaba e intentando controlar su estado de ánimo, ya que estaba realmente enojada. Llovía sobre mojado. Tras varios meses de amenazas e injurias del director sobre una forma de hacer su trabajo que ella consideraba como de las más correctas del hospital, siendo además evidente para ella que otros colegiados se comportaban como insensibles con los pacientes y cuyo interés principal parecía ser atender a un determinado número de ellos al día y recetar una serie de medicamentos «preferidos» y, sin embargo, estos eran premiados por el director. El ritmo cardiaco de la doctora comenzaba a alterarse, sin embargo, se armó de valor y afrontó la situación que, por otro lado, sabía que era inevitable y tenía que encarar. De hecho, ambos sabían que se trataba de un mero trámite y que la suerte estaba echada. El «esperado» sermón había dado comienzo:

He leído, como de costumbre, su informe y sus resultados mensuales: veintidós días ordinarios de trabajo y dos guardias realizadas en este mes, con un total de trescientas setenta y ocho visitas. Eso le deja bastante por debajo de la media que hacen los doctores en este hospital, que rebasa las quinientas visitas

―observó el señor Jiménez.

Ante la directa pegada del director, hecha sin ningún tipo de prolegómenos ni pudor, Eurídice, que había accedido a la sala con mucha tensión y carga emocional, comenzó a perder el control antes de lo previsto y soltó una impertinencia sin pensarlo, de forma totalmente espontánea.

Si quiere llame a mi marido, que es estadístico. Él le echará una mano con el tema de los números ―respondió la doctora con un tono impertinente que no pudo controlar.


El director enrojeció y tensó aún más su ancha y redonda cara, ya de por apretada. Su mirada se llenó de odio y sus dientes llegaron a moverse tan abruptamente que hicieron un ruido leve pero estridente. Seguidamente cerró su puño derecho y lo golpeó con violencia contra su inmensa mesa.


¡No consiento que me falte al respeto de esa manera! Se cree muy graciosa, ¿verdad? Soy doctor en medicina y catedrático y, lo más importante, soy el director de este hospital, así que, ¡limítese a contestar a mis preguntas! ―le espetó el señor Jiménez.


La doctora Sánchez se dio cuenta de que había cruzado un límite que no debía y se apresuró a pedir perdón.


―Perdone, señor director, no era mi intención ofenderle. Aunque mis palabras no tenían tono irónico no debí, de todas formas, decirlas, ya que se trata de una frase ambigua ―respondió la doctora.

El director seguía enfurecido pero contuvo su comportamiento para proseguir con la que se preveía como breve entrevista.


De las trescientas setenta y ocho visitas que ha tenido, solo ha derivado diecisiete a los especialistas, la cifra más baja de todo el hospital. Explíqueme por qué es tan reticente a derivar sus casos ―demandó el director de forma desafiante.

Cuando un paciente me visita no me fijo en estadísticas, tampoco tengo un plan predeterminado para tratarlo. Lo primero que hago es escucharlo, ver cuáles son sus inquietudes y su sufrimiento, después lo examino con los medios que tengo a mi alcance, usando mis conocimientos. Si considero que debo derivar el paciente a algún especialista, así lo hago, pero si considero que no es así, prefiero tratarlo yo misma ―alegó Eurídice.

El director dejaba a Eurídice el tiempo justo para contestar, pero no mostraba ningún interés en lo que ella decía. Su actitud carecía por completo de empatía, era como si ya hubiera tomado una decisión y la entrevista fuera para él un mero trámite.

El resto de los doctores han diagnosticado una media de siete casos de síndrome DATO cada uno. Usted, a fecha de hoy, no ha diagnosticado ninguno. Demasiada casualidad, ¿no le parece? ¿Tiene usted algún prejuicio especial con esa enfermedad? ―se jactaba el director.

No tengo ningún prejuicio, simplemente no he detectado ningún caso de síndrome DATO, a veces se dan estas casualidades ―contestó Eurídice tratando de aparentar un estado de ánimo equilibrado y cierta coherencia en su postura.

Puede marcharse, seguiré evaluando los resultados de más doctores, después tomaré algunas decisiones, ya tendrá noticias.

El tono seco del director Jiménez, que casi rozaba la mala educación, hacía presagiar que este había tomado alguna decisión drástica. La doctora Sánchez se marchó sin más dilación, con la sensación de que era cuestión de tiempo que el director le comunicara su traslado obligatorio al Hospital de Cruces Rodadas, el hospital más temido por todos los médicos, por tratarse de una edificación situada en la zona más marginal de Madrid, con insuficiencia de médicos y un exceso creciente de pacientes desesperados; hospital que además contaba con escasa seguridad y estaba envuelto por unos alrededores ruidosos, contaminados y llenos de delincuentes y criminales. Por si esto fuera poco, estaba alejado de cualquier parada de metro, autobús o tren, haciéndose necesario llegar en coche por una colapsada, larga, serpenteante y peligrosa carretera.


En otro ámbito, el laboratorio Dademrefne había organizado una rueda de prensa para dar a conocer un producto que probablemente sería paliativo del síndrome DATO. Se trataba de la píldora Preventestever, cuyos principios activos provocarían un aumento del riego sanguíneo, lo cual podría ayudar a estar más despierto, siendo contraindicado para hipertensos. El laboratorio había realizado numerosos ensayos con diversas especies de primates, entre ellas el chimpancé (uno de los considerados más similares al hombre por su genética), que ingirieron la píldora. El resultado parecía ser esperanzador. El tratamiento duraba ocho días y el único efecto secundario de importancia, aparte de las contraindicaciones habituales, era que provocaba somnolencia durante las tres horas siguientes a cada toma.

Previamente a la presentación del medicamento en sí, para fundamentar la necesidad del fármaco, el portavoz del laboratorio había mostrado una proyección de crecimiento de casos DATO durante el semestre que comenzaba en ese mes, teniendo en cuenta los parámetros del crecimiento de la enfermedad en el semestre anterior. El resultado era una estimación cercana a los cuarenta mil enfermos en febrero del 2011.


El doctor Salomon Garfield dirigía el laboratorio. Se trataba de un doctor que años atrás había tenido un gran reconocimiento internacional en su labor. El doctor Garfield era un hombre adinerado y ambicioso, que aprovechaba las circunstancias que se le presentaban para hacer más dinero, por eso estaba muy pendiente de todas las enfermedades que se producían en el mundo y valoraba cuáles eran las opciones de crear vacunas, píldoras o cualquier tipo de antídoto. El doctor Garfield había dado la orden de parar los demás proyectos y centrarse exclusivamente en las investigaciones para conseguir un remedio contra el síndrome DATO.


El director del laboratorio era un hombre delgado, que siempre vestía traje y corbata y llevaba un amplio y arqueado bigote. Salomon Garfield afirmaba que tenía el convencimiento de que el fármaco en el cual estaba trabajando su laboratorio paliaría la sintomatología DATO en el 75 % de los casos, para el resto habría que recurrir a una terapia intensiva de descanso, la toma de sol moderado y la asistencia asidua a lugares adecuados para reposar, como las playas o los balnearios. A este último recurso deberían acudir también, siempre según el doctor Garfield, los pacientes del síndrome que también fueran hipertensos. Los que no lo fueran podrían combinar ambas terapias.


El doctor afirmaba que, dado que se desconocía hasta el momento el factor de contagio o propagación, sería necesario que la totalidad de los ciudadanos afectados (a excepción de los grupos de riesgo en cuanto a su ingestión, esto es, los alérgicos a algunos de sus componentes, los menores de 6 años, los hipertensos y las mujeres embarazadas) tomase la medicina. El doctor recomendaba la ingestión generalizada del fármaco a toda la población como medida preventiva, salvo a los grupos de riesgo mencionados.


El rotativo La Prensa Contemporánea fue el primer medio gráfico en publicar la noticia: «Un laboratorio farmacológico prepara un remedio que podría curar parcialmente el llamado síndrome DATO». El impacto visual de la noticia atrajo compulsivamente no solo a los lectores habituales de periódicos, sino a los lectores ocasionales e incluso a muchos que casi nunca leían la prensa. La esperanza comenzó a cundir gracias a la rápida difusión de la novedad farmacológica. La prensa se hacía eco también de la extrañeza que expresaba una parte de la población: si, hasta el momento, no se había descubierto ninguna prueba de que el síndrome DATO fuese contagioso, ¿por qué, entonces, se había extendido dicho síndrome y por qué el laboratorio Dademrefne preveía que se expandiría más?


En un debate televisivo sobre el tema, al objeto de aclarar conceptos y de erradicar falsas conclusiones, uno de los máximos responsables sanitarios afirmaba que solo había una verdad probada hasta el momento: el síndrome DATO se estaba propagando, ahora bien, la propagación no tenía por qué ser debida a un contagio entre personas, podría ser debida, por ejemplo, al sometimiento físico o mental de los mismos factores psico-ambientales, químicos o fisiológicos de los primeros pacientes. A continuación, añadía el ejemplo a pequeña escala, de unos escolares que tomasen alimentos en mal estado: desarrollarían los síntomas de la intoxicación en diferentes tiempos; unos lo harían de inmediato, otros tardarían horas e incluso algunos un día, pero ninguno se habría contagiado de otro alumno.


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