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Excerpt for Inquilinos by , available in its entirety at Smashwords

INQUILINOS

Amira Armenta


Published by Amira Armenta at Smashwords

Copyright © 2019 by Amira Armenta

Primera edición electrónica, febrero de 2019


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La imagen de la portada es una piezografía de una acuarela de Sipke Huismans titulada Superstition

Índice



Prólogo


INQUILINOS

1. Un cadáver en casa

2. Espíritus

3. Indagatoria

4. El cumpleaños

5. Robos

6. La señorita Loly

7. Disputas

8. Cosas de todos los días

9. Algunas hipótesis

10. Edith

11. El veneno está en la dosis: Paracelso


EL ESPACIO ENTRE A Y B

1. No es que nosotros perdamos el tiempo, es el tiempo el que nos pierde a nosotros

2. La Sonata de los Insectos

3. Suite para Contrabajo Solo

Prólogo



Este libro consta de dos novelas breves: Inquilinos, escrita en 1989, el año en que llegué a vivir a Ámsterdam; y El espacio entre A y B, escrita en 1996, cuando me mudé a los Estados Unidos, a la ciudad de Washington DC.

Desde entonces he cambiado repetidamente de ciudad y de país, pero siempre llevaba conmigo, guardados en una vieja carpeta, los dos manuscritos, con la vaga intención de, quizá algún día, sacarlos a la luz.

Hace algunos meses me decidí a desempolvar esa carpeta, a releer, revisar y corregir las dos novelas breves, y dárselas a leer a algunas personas que saben de literatura. Sus opiniones fueron decisivas para lanzarme en este pequeño proyecto. Aprovecho para agradecer al escritor cubano, Amir Valle, quien con sus detallados y puntillosos comentarios me hizo caer en cuenta de las debilidades y fortalezas del texto. También al escritor chileno en ciernes, y amigo, Rodrigo Bastías, con quien he pasado mucha horas hablando de libros. Y a la traductora holandesa, Mariolein Sabarte-Belacortu, especialista en literatura latinoamericana, persona con buen ojo para reconocer las calidades de un texto.

INQUILINOS

1. Un cadáver en casa



Hace cuatro días que murió el señor Espejo. Lo encontraron muerto en su cuarto, tirado en el suelo, junto a un vómito que ya comenzaba a secarse. Este crimen, porque Espejo murió envenenado, no le va del todo mal al ambiente raro que se vive en esta casa desde hace cosa de un año. Disgustos, disputas continuas entre los inquilinos. Al menos yo, que llevo casi cinco años viviendo aquí, puedo asegurarlo: la vida monótona y apacible que se hacía en la residencia de doña Leticia se acabó desde hace cierto tiempo, desde que empezaron a pasar cosas desagradables. La muerte del señor Espejo es, por lo pronto, el último hecho funesto.

La policía ha venido varias veces. Nos han interrogado a todos y a cada uno de los habitantes de esta residencia, y nada más por la mirada que pone el detective de la gabardina —ese que tiene un aire de teniente Columbo que seguramente ya le habrán hecho notar, y que él parece explotar haciéndose el desentendido— yo sé que ellos no saben nada. Que hasta el momento no tienen ni la más mínima pista. Nada. El único que sabe quién cometió el crimen es el propio asesino: yo, y no se lo pienso decir a nadie.

Dijeron que la dosis de cianuro que se encontró en la taza de chocolate instantáneo del señor Espejo era como para eliminar a diez caballos. Por eso se consideró la posibilidad de un suicidio. Después de todo, no habría sido el primero de la casa. Sin embargo, no fue tal. Espejo alcanzó a escribir en el margen de la página 117 de La Segunda Fundación de Asimov: “Creo que me han enven…”. Era el libro que estaba leyendo esa noche. Yo lo sabía y así se lo dije al teniente Columbo cuando me interrogó. Que no hacía ni ocho días, el señor Espejo me había mostrado los tres ejemplares de la trilogía de las Fundaciones de Asimov, comprados de segunda mano en el mercado de las pulgas. Era un apasionado de la ciencia ficción. Yo también, pero mucho menos que él que no leía sino esto, y casi a diario. En menos de una semana, ya había despachado los dos primeros volúmenes y, por lo visto, se encontraba en la página 117 del último. Leía y releía los libros cuando le gustaban mucho. Asimov le apasionaba. De Arthur C. Clarke lo tenía todo.

Espejo me prestaba con frecuencia sus libros y me tenía prometidos los tres Asimov, y eso que yo le había dicho que por ahora no iba a tener tiempo, por lo ocupado que ando con mi tesis. Tengo que presentarla antes de julio del año próximo. Además, yo ya había leído la Segunda Fundación hace tiempo y no estaba seguro de querer leerla de nuevo. Pero cuando al viejo se le metía un tema…

Por otro lado, no me extraña en lo más mínimo que Espejo, en los últimos segundos que le quedaban de vida, hubiera comenzado a escribir una frase diciendo, “creo que…”. Si no hubiera escrito estas dos palabras, habría alcanzado a terminar la palabra ‘envenenado’. Claro que, de todos modos, este punto no tiene mucha importancia porque ‘enven…’ ya es lo suficientemente explícito. Pero de haberse ahorrado esas dos palabras —e incluso las dos siguientes, qué necesidad tenía de escribir “me han”, con la sola palabra ‘envenenado’ habría bastado— habría podido escribir el nombre del asesino. Mi nombre. A menos que sospechara de alguien más, pero no lo creo.

Y digo que no me extraña este gesto del viejo, porque yo sé bien la importancia que él le concedía a las cosas del lenguaje. Era gallego, y como buen español, a pesar de que hacía más de treinta años que no había vuelto a España, hablaba siempre en pasado compuesto y conservaba su acento como si no hubiera salido nunca de su tierra. Por eso para él, “me han envenenado” era la manera más corta de enunciar correctamente el hecho. Es casi seguro que ni siquiera tuvo que pensarlo, sino que le vino así, por costumbre.

Todo esto es material de mis propias deducciones. Se las comenté al detective de la gabardina, pues no creo que ese detalle de la personalidad de la víctima le ayude mucho a descubrir al culpable.

Por lo pronto, la vida parece seguir como si nada en esta residencia. Doña Leticia, la dueña, sigue haciendo el mismo ruido espantoso de puertas y ventanas que se abren y se cierran, y muebles que cambian de lugar todas las mañanas muy temprano, desde que se levanta. Parece que le da rabia que los otros duerman mientras ella ya está levantada. Su sobrina me contó una vez que su tía tenía la costumbre de jalarle los pies al marido y quitarle las mantas cuando ella se levantaba. No soportaba verlo dormido. Yo no lo conocí. El pobre hombre murió de un cáncer en el hígado poco antes de que yo viniera a vivir aquí. Ahora, a falta de marido, doña Leti la ha tomado con los inquilinos. A quien no le guste, que se vaya, le contestaba a Espejo cada vez que éste protestaba por el ruido. Hay mucho trabajo en una casa como esta, decía, y ella no podía esperar a que se despertara el último de nosotros para comenzar. ¡Cómo sería eso, por Dios! Ella siempre añade, “por Dios”, cuando le parece que las circunstancias son graves.

Blanca, la cocinera, es otra. Desde las seis se instala en la cocina con el transistor sintonizado en el primer radio-periódico de la mañana. Después viene el comentario de las noticias, la entrevista con el personaje del día, el programa sobre los problemas que afronta la familia de hoy, los adolescentes, las mujeres profesionales… Y así hasta que dan las doce, hora del segundo noticiero. Después, vienen los consejos médicos, que es su programa preferido, y las canciones. ¡Afortunadamente existen los programas deportivos! Durante esa hora y media, Blanca apaga el aparato. A las seis en punto de la tarde, el mismo locutor comienza el tercer informativo de la jornada. Y yo, que puedo perfectamente dormir con la bulla que monta doña Leticia con puertas y ventanas, en cambio soporto menos bien la radio de la cocinera. Porque, ¡cómo puede uno leer a Wittgenstein con un transistor chillándole a pocos metros de las orejas!

Ayer pensé proponerle a doña Leticia que me diera la habitación del señor Espejo, que está en el segundo piso, lejos de la cocina, pero no lo voy a hacer. Solo hace cuatro días que murió ese señor y ya ella puso un anuncio en el periódico anunciando el cuarto. Además, vi que está pidiendo bastante más de lo que el viejo le pagaba. Mejor ni intentarlo.

2. Espíritus



Como dije, hace cosa de un año se instaló en esta casa un ambiente desagradable. Exactamente, el día en que llegó Emperatriz Robles. ¡Emperatriz! ¡Vaya un nombre pretencioso! Fue lo que pensé la primera vez que lo oí. Llegó una mañana muy temprano, a una hora en la que, aparte de la dueña y la sirvienta, el único que está levantado es el profesor García, que tiene que estar en el colegio a las siete en punto. Es profesor de matemáticas en un colegio femenino del norte de la ciudad. Fue él quien me lo contó, porque en el momento en que ella llamó a la puerta y que entró con los dos enormes baúles que traía, además de varias cajas de todos los tamaños, el profe acababa de sentarse a la mesa y se disponía a desayunar. Con la llegada de la señora, tuvo que dejar enfriar el huevo cocido y el café con leche, que ya no estaba caliente, para ayudar a la nueva inquilina con el equipaje.

Una mujer en su cincuentena hace ratos comenzada, con bastante colorete en las mejillas y los labios. El cabello profundamente negro, teñido, por supuesto, para ocultar las canas que al cabo de cierto tiempo comienzan irrevocablemente a mostrarse en las raíces del pelo, y la tez del rostro muy blanca. Siendo justos, yo diría que bastante conservada para su edad. Esa mañana, el trajín de las maletas de Emperatriz Robles hasta la habitación que ocuparía en el tercer piso, añadió una nota más de estrépito al habitual alboroto matutino. Traía tantas cosas, que el profesor García dudaba de que le fueran a caber todas en el cuarto.

Por la tarde me encontré con Blanca que volvía del mercado. Me informó que la señora nueva era espiritista, una de esas personas que invocaba espíritus y se comunicaba con el más allá. Me lo dijo en voz baja, como con miedo de que alguien la fuera a oír. No me extrañaba que la sirvienta creyera en esas pendejadas.

No había pasado ni una semana cuando ya Emperatriz Robles había organizado, con el permiso de la dueña, por supuesto (quien, además, como el resto de las mujeres de la casa, estaba encantada con la idea), una sesión de espiritismo en la mesa del comedor. Edith, la sobrina de doña Leticia, vino a preguntarme si quería asistir, pero yo obviamente me negué. Para sorpresa mía, al otro día me enteré de que tanto el profesor García como el gordo Yepes habían asistido a la sesión. Según me contó este último precisamente, los había dejado bastante impresionados. De las mujeres de la residencia, la única que no estuvo presente fue Loly. Claro, ¡cómo iba a estar allí la señorita Loly, tan exquisita y refinada como es ella!

En la residencia de doña Leticia, el almuerzo se sirve entre doce y media y dos de la tarde, y la cena, entre siete y ocho y media. Quien no esté en casa a esas horas, se queda sin comer, a menos que le haya avisado a la cocinera con anticipación sobre el retraso. A excepción de los que por su trabajo no tienen tiempo de venir al mediodía a almorzar, como el profesor García y la Loly, que es representante de cosméticos de una casa importante, y Juan Pérez, que es corrector de pruebas en un periódico, los demás inquilinos solemos estar muy puntuales a la hora del almuerzo.

Al día siguiente de la tal sesión de espiritismo, sentados en el comedor mientras transcurría el almuerzo, Emperatriz Robles, pintarrajeada de colorado como se la ve a toda hora, me dirigió expresamente la palabra por primera vez:

—… y, dígame, Miguel, ¿a qué se dedica usted exactamente?

—¿Usted quiere saberlo e-x-a-c-t-a-m-e-n-t-e? —le contesté remedando de una manera exagerada la forma como ella había pronunciado la palabra ‘exactamente’.

—Bueno, es una manera de decir, ¿no?

—Miguel es filósofo. Está escribiendo una tesis para la universidad, —dijo enseguida Edith dándose cuenta de que no me había gustado la pregunta de la señora.

—¡Qué interesante! ¿Sobre qué es la tesis? —siguió preguntándome la Robles, como si hubiera sido yo, y no Edith, quien hubiera respondido antes.

—Mire, es un poco largo y complicado de explicar en este momento —le dije con un tono de desdén, mientras me metía un trozo grande de papa a la boca para impedirme hablar en los próximos segundos.

Tengo que confesar que lo que más me molestaba era tener que referirme una vez más al tema de mi tesis delante de Carlos, el bizco, que estaba también allí. Carlos es estudiante de último año de ingeniería electrónica y por eso se cree el gran hombre de ciencia que lo sabe todo y es capaz de explicarlo todo de manera racional. En realidad, solo es un gran imbécil que menosprecia, porque ignora, los asuntos de la filosofía. Varias veces nos hemos enredado en inútiles discusiones que solo sirven para ponerme de un humor de todos los demonios.

—Dígame al menos cómo se titula su tesis —insistió la mujer. —Porque tendrá título, ¿no? Es nada más por curiosidad.

—Teoría del conocimiento y epistemología. De Kant a Wittgenstein —respondí sin mirarla y me volví a meter otro trozo de papa en la boca.

—Suena complicado, en efecto. Tendrá que leer mucho para escribir sobre eso, me imagino.

—¡Hum! —hizo Blanca, que en ese momento entraba al comedor con otra bandeja de arroz. —No hace otra cosa.

¡Esa cocinera entrometida! Yo no soy precisamente santo de su devoción. Y todo porque le digo que, por favor, le baje el volumen al radio que no me deja trabajar. Pero se le ha metido en la cabeza que lo que yo hago no es trabajo, que no soy sino un vago que me paso el día encerrado en mi cuarto sin hacer nada.

—A mí me gusta mucho la filosofía, ¿sabe? He leído algunos libros —dijo la señora Robles como si estuviera buscando no perder el tema de la conversación.

—¡Ah, sí! ¿Cuáles? —me sorprendió oír la voz del bizco preguntando eso con un tono de perplejidad mal disimulado, como si fuese imposible que esa señora pudiese leer algo, y menos un libro de filosofía. Además, me pareció que Carlos me lanzaba de soslayo una mirada cómplice, pero no estoy seguro porque, como es bizco, con él nunca se sabe. En todo caso, esa habría sido la única vez que él y yo hubiéramos estado de acuerdo en algo.

—Oh, hace mucho tiempo… algo de Bertrand Russell, y de los otros ya ni me acuerdo. Eran libros de mi marido.

Es viuda. El marido, que era abogado, murió hace un par de años, y no tuvieron hijos, me informó sin que yo se lo hubiera preguntado.

—… así que ahora me encuentro sola y retirada del mundo, llevando como se dice, la vida de una señorita vieja.

Apenas dijo eso se arrepintió, porque en el momento en que terminaba la frase, dirigió la mirada de manera inconsciente hacia Edith, quien lo notó y desvió inmediatamente la vista hacia otro lado, como haciéndose la desentendida.

¡Edith! ¡La pobre Edith! No los aparenta, pero yo sé que el pasado mes de junio celebró sus cuarenta y un almanaques. ¡Pobre muchacha! Cuando pienso en ella no puedo evitar hacerlo con la palabra ‘muchacha’, y eso que yo soy seis años y medio menor que ella. Pero es que es tan frágil, tan desvalida, tan inocente, tan bajita de estatura, tan con ese aire de desprotección que a veces me hace pensar en un perrito abandonado, o en una pobre huerfanita. Lo que prácticamente es, pues todo el mundo sabe que vive a expensas de su tía Leticia, quien, cada vez que se le presenta la oportunidad, le echa en cara todo lo que le da sin importarle quién esté presente. Claro que no por huerfanita la sobrina de la dueña deja de tener su carácter. Yo bien sé que la indefensa Edith también tiene algo de lobo cubierto con piel de oveja.

Y volviendo a la Robles, no sé qué es lo que más me molesta de esa señora. Yo creo que todo, en definitiva. Pero hay algo que me desagrada en particular —en realidad, nos desagrada a todos—, es esa mala costumbre que tiene de servirse ella de primero y sin pensar en que los otros también tienen que comer. En esta residencia, por lo general a cada cual se le trae servido su plato desde la cocina. Pero hay cosas, como la ensalada o el arroz, y a veces la fruta, que Blanca trae en bandejas que pone en el centro de la mesa para que cada cual se sirva. Como es de imaginar, con lo tacaña que es doña Leti, nunca sobra nada. Y peor que eso, a los últimos en servirse casi siempre les va mal. Pues bien, desde el primer día que puso los pies en esta casa, la Emperatriz cogió el hábito de agarrar las bandejas, ella de primera, y de arrasar con una buena parte de la porción de los otros. Un día, todavía recién llegada, había albaricoques en miel como postre. Contando los albaricoques que se veían en la fuente, salíamos a tres por persona. Sin embargo, la dama se puso cuatro en el plato, y varias cucharadas de miel, dejando así a alguien con solamente dos albaricoques, el cual, afortunadamente, no fui yo, ni más faltaba. ¡Es el colmo! Y lo peor es que nadie le dice nada. Es decir, nadie a excepción del bizco, del viejo Espejo y de mi propia persona. Los demás no se atreven, tienen hacia ella una mezcla de miedo y de respeto que no logro explicarme. Las broncas que le montaba el viejo por tal motivo no eran cualquier cosa. Por eso, anoche, aprovechándome de la circunstancia de que entre ella y Espejo el trato no fue nunca precisamente cordial, se me ocurrió decirle con el único propósito de molestarla:

—Oiga, Emperatriz, ¿no tendrá usted algo que ver con el veneno en el chocolate del señor Espejo? Ganas no le habrían faltado, en todo caso, de ponerle un poquito, ¿no es cierto? Pero, no se preocupe que usted no es la única —le dije, fingiendo que lo decía en broma a pesar de mi risita malintencionada.

—No diga ridiculeces, Miguel. Y más le vale no andar metiendo las narices en donde no le concierne, no vaya a ser que usted mismo salga chamuscado.

¡Cómo así que yo mismo podía salir chamuscado! ¡Qué habrá querido decir! Bueno, no hay que olvidar que Emperatriz Robles es una mujer muy hábil e inteligente. Seguramente pretendía confundirme.

Después de aquella primera vez, las sesiones de espiritismo se volvieron una costumbre en la casa. Se hacían todos los martes a las diez y media de la noche, es decir, después de la telenovela, que no se puede perder la mayor parte de los habitantes de esta residencia. En todo caso, la telenovela de las diez que pasaban aquellos días en la televisión, la veían todos los fieles a las sesiones de Emperatriz Robles. Incluso el profesor García. No entiendo cómo un hombre de su condición puede ser tan novelero, porque el mariquetas de Elmo Yepes vaya y pase, pero ¡el profesor García! Yo, de vez en cuando, veo alguna que otra, no digo que no, pero siempre con un espíritu crítico, y ellos parecen no comprenderlo porque se ríen cuando lo digo y me hacen cada comentario estúpido.

Se encerraban en el comedor con el Ouija de la Robles extendido en la mesa, las luces apagadas y solo la llama de una vela en el centro. También un pocillo blanco, pero no uno cualquiera de la cocina, sino uno especial de porcelana china al cual nuestra médium le atribuía una fuerza sobrenatural. Después, ella se concentraba y hacía venir un espíritu al que cada uno de los participantes podía hacer mentalmente una pregunta, que era respondida por los desplazamientos de la taza sobre el tablero de letras.

Edith estaba cada vez más convencida. Todas las preguntas que había hecho le habían sido bien contestadas. ¿Cómo iba a saber Emperatriz lo que ella quería saber?

—¿Qué has preguntado?

—Ah, no, eso no se puede decir.

Las preguntas no podían ser complicadas. Al principio la respuesta no parecía muy clara, pero todo se iba entendiendo con un poco de interpretación.

Otro que estaba muy entusiasmado con las sesiones era el gordo Yepes.

—Hacía días que no sabía nada de mi mamá y quería llamarla a ver cómo estaba, pero no me atrevía porque todavía le estoy debiendo a doña Leti unas llamadas del mes pasado. Así que le pregunté al espíritu e inmediatamente me contestó con la palabra “bien”. Al otro día me llamó mi mamá y, en efecto, la voz le sonaba mejor que nunca.

—¿Qué tiene de especial que tu mamá esté bien?

—Claro que sí. Cada vez que me llama por teléfono es para contarme que está enferma de algo. Esa vez fue todo lo contrario. No puede ser una coincidencia, ¿no crees?

Una que estaba menos contenta con los resultados de las sesiones era Marina, nuestra inquilina más joven. Estudia Derecho en la universidad, o, mejor dicho, dice que estudia porque nunca se la ve en tal actividad. Empezando porque Marina rara vez se levanta antes del mediodía. Casi todas las noches sale con amigos y regresa a las tantas. ¡Quién sabe en las que andará!

—Le pregunté que si iba a ganar el semestre —dijo Marina —y me contestó con la palabra “bien”. Para estar más segura, la segunda vez volví a hacer la misma pregunta, entonces me contestó, “nada”. ¡Cómo así! ¿Qué me estaba queriendo decir? A la tercera vez hice nuevamente la misma pregunta. ¿Sabes lo que me respondió? “Hay que esperar”. Qué raro ¿no? Ya me está pareciendo que todo eso no son sino carajadas de la señora Emperatriz.

—¿Quiénes se supone que son los espíritus?

—Bueno, eso depende, por lo general son desconocidos. Ellos comienzan por dar su nombre pero ninguno de nosotros los conoce. Aunque una vez vino el propio marido de la señora Emperatriz.

—Y doña Leti, ¿no le gustaría a ella que invocaran el ánima de su difunto esposo?

—No, no, le tiene horror a la idea. Me contó que cada vez que está en una sesión se pone a temblar de pánico ante la posibilidad de que el marido se le aparezca.

—Entonces, ¿para qué asiste?

La Marinita se encogió de hombros.

Al día siguiente de una sesión no se hablaba de otra cosa en el almuerzo. Cada uno quería explicarle a los demás su propia experiencia con el más allá. Al principio, el viejo Espejo, el bizco Carlos y yo, los únicos que no participábamos del contacto con lo ultraterreno, permanecíamos en silencio, escuchando lo que narraban. Y al cabo de un rato, los tres nos poníamos a hacer comentarios sardónicos a todo lo que decían. Emperatriz Robles se quedaba impertérrita. No hacía la menor alusión a nuestros comentarios, como si no hubiéramos dicho nada o ella no lo hubiera oído. En cambio, el que se enfadaba mucho era el gordo. Se ponía colorado y parecía que los ojos se le iban a estallar. Una vez se emocionó tanto que Blanca le trajo otro vaso de jugo de mora, pues según ella, tuvo miedo de que al pobre gordito le fuera a dar una congestión o un ataque cardíaco, y la mora es buena para bajar la presión arterial. Mucho debió asustarse, en efecto, la cocinera para que hubiera tenido tal gesto, con lo estricta que es esa mujer con las porciones de cada comensal. Marina se divertía bastante con las discusiones.

Como a la quinta o sexta sesión, le expresé a Emperatriz Robles mis deseos de participar en la próxima reunión. Me miró con cara de sorpresa.

—Es por curiosidad solamente, se lo confieso.

¡Estúpido que fui! Ese día aprendí que la curiosidad mata. La Robles me jugó una mala pasada que no hizo sino empeorar mi indisposición hacia ella. Me pidió que me sentara a su lado, a su izquierda, en donde, según ella, había una mayor concentración de energía. La sesión se inició como de costumbre, con la vela encendida en la mitad y las manos abiertas sobre la mesa, unidas por los extremos de los dedos meñiques. Al cabo de algunos minutos, Emperatriz, que era la única que tenía los ojos cerrados, dirigió una mano hacia la taza para iniciar el movimiento. Esa era la señal de que el espíritu ya se había hecho presente. En algún momento, se sintió como una leve corriente de aire que apagó súbitamente la vela (sin duda, un soplido discreto de la espiritista) dejándonos en una completa oscuridad. Fue entonces cuando sentí que alguien me oprimía con fuerza el hombro derecho. Por eso me levanté precipitadamente de la mesa pegando un grito y jalando involuntariamente el mantel, que casi echa por tierra el Ouija y la preciosa taza de porcelana de la médium.


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