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KANSBAR

La locura está en el bosque



Alfonso Mariblanca


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A ti, Índigo.


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1ª Parte


0


Año de 1975.


El prestigioso psiquiatra entra en su despacho, acompañado de dos de sus colaboradores. El caso es complicado y han de acordar el diagnóstico exacto. El niño, que cuenta con cinco años, está acompañado de sus padres, quienes esperan, con anhelo y ansiedad, la respuesta a todas esas extrañas manifestaciones que viene mostrando su pequeño.

—Disculpen la demora —les comenta el avezado doctor, cuya imagen es impecable, mientras toma asiento en su imponente sillón de cuero negro con respaldo alto, secundado a sendos lados por sus dos colegas de bata blanca.

La mesa de oficina que utiliza es de madera noble. La decoración de la sala es austera pero distinguida; hay una pequeña y fina alfombra persa, colocada como elemento central de la estancia. De la pared cuelgan numerosos títulos académicos y reconocimientos, enmarcados en sobrias y gruesas molduras amaderadas. Hay un amplio ventanal, cubierto por una elegante cortina blanca.

“No se preocupe doctor”, expresan al unísono ambos progenitores.

Este coloca sobre la mesa una ordenada carpeta y, con gesto serio, comienza a escudriñar el gesto de madre y padre, para ir cotejando sus expresiones a medida que relata sus conclusiones.

—Tenemos el dictamen exacto —les avisa.

Ambos se inclinan hacia delante, sin moverse de sus respectivas sillas.

—Su hijo sufre psicosis —narra con tono sereno—, en concreto la que se conoce como parafrenia; es una enfermedad que cursa con una gran imaginación por parte del paciente que la sufre; mediante sus alucinaciones, este convierte en reales, hechos, situaciones, y personas, que no lo son.

Los ascendentes del pequeño se preocupan.

— ¿Es de por vida? —indaga la tensa y preocupada madre.

Los tres doctores clavan sus analíticas miradas sobre ella, y el director médico del departamento le contesta, moderado y pausado.

—Es crónico, aunque no causa deterioro físico, como lo hacen otros tipos de psicosis, por ejemplo, la esquizofrenia —trata de aliviarla.

— ¿Y cómo le va repercutir esto al niño, a la hora de relacionarse con los demás? —pregunta el padre, meditabundo.

—Su hijo puede vivir bien en sociedad, adaptándose a ella sin problemas —le calma—; pero la sintomatología será continua, siendo necesario tratamiento farmacológico de por vida —les advierte.

— ¿Es seguro que se trate de lo que usted nos está hablando? —Cuestiona el progenitor—, los niños tienen mucha imaginación, ¿no es posible confundir un exceso de esta, con una enfermedad mental?

—La parafrenia no tiene edad para hacer su aparición —le detalla el experto—, se puede dar en cualquier fase de la vida. No han de inquietarse ustedes en exceso, es algo que puede controlarse, no tienen por qué darse episodios violentos, o agresivos, ya que estos, precisamente, se dan más en el caso de la esquizofrenia, y en la paranoia; así que, dentro de la diagnosis, el pronóstico es leve, pueden ustedes estar tranquilos —les sosiega—; lo que tiene su hijo es una de las formas menos graves de psicosis —les resume el especialista.


Ambos padres, miran con cariño al querube, asumiendo el lance.



I


Año de 676.


Era rey, y aún lo es, pero parece que por poco tiempo, pues cinco jinetes contrarios le persiguen a gran velocidad por el tupido bosque nocturno, para matarlo; él, viejo y barbudo, sudoroso, por los escalofríos que siente, y enfundado en su gastada armadura medieval, huye en soledad a lomos de su rojizo caballo: es el último superviviente de la masacre, los demás ya fueron ejecutados, con saña y especial inquina.

Mirando a su frente, intenta adivinar el camino a seguir, pero infinidad de ramas de árboles, y telas de araña, sacuden su ojeroso y alterado rostro; no tiene forma material de girarse, para comprobar qué distancia le separa, exactamente, de sus cazadores pues, al hacerlo, podría caer; no obstante, es consciente de que no es demasiada, pues escucha el estruendoso crujir que, sobre las hojas secas del suelo, provocan los equinos de sus enemigos, al galopar; incluso, a momentos, le parece oír la respiración de las bestias, tras de sí.

El tiempo se le acaba y, en una brusca maniobra, su caballo tropieza con una enorme raíz que sobresale del suelo, se detiene en seco, y le descuelga del lomo, con una brutal sacudida que le hace volar por el aire, cayendo el regente a unos metros de distancia, más adelante, quedando aturdido; las robustas pezuñas de los voluminosos, y musculados, animales, que trataban de darle alcance, ya pasean a su lado; él las mira, espantado; respira hondo, le duele todo. Maltrecho, como está, no va a poder hacer frente a sus enemigos; ni siquiera estando bien podría, pues son más fuertes y jóvenes, le superan en número, y poseen un carácter sádico. Esos oscuros hombres, que le han dado alcance, descienden de las moles de carne y hueso que son sus corceles; la luz de la luna llena permite ver con claridad.

Los abedules, alcornoques, y fresnos, que pueblan el denso boscaje, van a ser los únicos testigos del agónico final.

Los cinco guerreros esgrimen sus afiladas armas, y ponen cara de disfrute, desean seccionarle. Le observan a él, con horribles sonrisas en sus caras; a alguno se le cae algo de baba por la comisura del labio. Sin saber cómo, el monarca se endereza, consigue dar unos torpes pasos hacia adelante, casi cae, pero esquiva, por un instante, a sus tétricos acechadores, liberándose del círculo que habían formado en torno a él; en lo que reaccionan, él saca un documento que lleva oculto, escrito sobre un pliego de piel de ternero; la inercia le lleva a topar contra un promontorio de piedras, y se arrastra tras él; introduce la misteriosa cédula en el hueco de un árbol; después, queda absorto y sin energías, presintiendo que se acercan a él; al igual que se trincha una carne asada, siente cómo hacen eso mismo en su propia espalda; los borbotones de sangre son tremendos, salpican por todos lados. Mientras le aniquilan, escucha risas, y sus ojos ven expresiones grotescas y de empeño; siente dolor, no tiene fuerzas ni para chillar, su vista se nubla. Al tiempo, escucha las ilegibles palabras que emiten por sus bocas los verdugos, notando que se entretienen con su cuerpo; y puede escuchar el extraño sonido de las frías dagas penetrar en sus músculos.

El moribundo gobernante exhala la última bocanada de aire; incluso, en este momento, masacran su cuerpo inerte, desfigurándole la cara con macabro detalle.



II


Año de 1980 Toledo.


— ¡Vital!

— ¡¿Eh?! —contesta el niño, de nueve años de edad, desde su pupitre, una vez despierta del profundo letargo en que estaba inmerso.

El crío levanta la cabeza, tras haberla tenido un buen rato apoyada sobre su antebrazo; tiene la mejilla marcada.

— ¡Señor, Vital Genovés! —insiste en reclamarle la profesora al verle ido.

El tímido, pero inteligente, chaval baja la mirada; toda la clase le observa. Es habitual en él mantener un alto nivel de distracción; le cuesta mucho centrarse en las lecciones, le aburren. Aún tiene presente la sangrienta escena de la disección del rey, con la que estaba soñando hace un instante.

Le encanta leer historias de castillos y príncipes; se recrea, siempre que puede, con los dibujos de los libros de caballería que tiene por casa.

Están en la recta final de curso, en el colegio Baberán, de Toledo; en dicha ciudad reside Vital, junto con sus padres, por lo que no le resulta difícil deleitarse, cada día, con los cientos de espadas y armaduras que exhiben a los turistas los numerosos comerciantes de la urbe, conocida, precisamente, por la maestría de sus herradores en la fabricación de estas armas, desde antiguo.

Por sus tiendas pasa él, cada vez que va y viene, de su centro de estudios a casa.


— ¡¿No te interesa lo que explico, verdad?! —ironiza la profesora.

Le gusta ponerle en evidencia pública, Vital le cae mal.

—No…—expresa él, ingenuo.

— ¡Pareces tonto! —exclama en alto la tutora, mientras se gira y continua escribiendo en la pizarra.

Está encantada con la situación, no le soporta, y le gusta que él lo pase mal; todos los integrantes del aula ríen, menos Martin, que es un niño sueco, recién llegado, con el que Vital ha establecido una estrecha relación de amistad.


El padre de Vital se llama Román; este es un alto, y fornido, conductor de camión en ruta internacional, que pasa poco tiempo en casa; se ha llevado de viaje a su hijo varias veces, por lo que el niño ha recorrido, por carretera, media Europa y parte del norte de África. Isabel, la madre de Vital, es ama de casa; aunque de origen sencillo, ambos, madre y padre, son personas cultivadas, que gustan de leer y escuchar buena música; mantienen una biblioteca casera, compuesta de un numeroso fondo de obras de los dos géneros, gracias a lo cual Vital accede a enciclopedias varias, y a algún que otro atlas repleto de mapas de todo el mundo, con suma facilidad; con dichas cartografías, Vital suele fantasear, imaginándose que vive en varios países diferentes, al tiempo, y creándose historias en su cabeza, cargadas de detalles.

Román se defiende bien con el idioma alemán, pues es al país germano donde viaja más asiduamente; Isabel es pulcra, educada, refinada y laboriosa; se ocupa de atender a Vital, primera mano, y es la que está más al tanto de la evolución del niño. Saben que su hijo no destaca como estudiante, pues suelen tacharle de vago, distraído, y de poco aplicado, obteniendo Vital, normalmente, unas notas ajustadas, que le permiten ir pasando de curso con aprobados raspados.

Vital se expresa poco, vive más en su rico mundo interior, del que se nutre, y que le hace sentirse bien con lo que le rodea, que orientado a lo externo; hace cuatro años que le apuntaron a clases de artes marciales, para que aprendiera la disciplina desde pequeño y, de alguna manera, que le anclara los pies a tierra; es una actividad que le encanta al niño.

Aun siendo parco en palabras, Vital es certero con ellas, y mantiene un acentuado sentido crítico, que le hace ver de distinto modo aquello que el resto de las personas ven de la manera como les han inculcado.


Toca la sirena del centro escolar, las clases terminan por hoy.

— ¡Vital, quédate un momento! —le ordena la maestra.

El chico asiente, recoge sus enseres, los guarda en la cajonera, bajo la mesa.

—Ven —le exige la docente.

El aula se vacía, él se le acerca. Varios compañeros le buscan con la mirada, para reírse y deleitarse: saben que le van a echar un severo rapapolvo, en breve.

— ¡Eres un desvergonzado! —le increpa ella—; aparte de no valer mucho como ser humano —le mira con desdén—, no haces bien tus tareas, y te comportas como un pasota, voy a llamar otra vez a tu madre.

Sereno, él mira hacia abajo.

— ¿No tienes nada que decir? —le exige ella, esgrimiéndole cara de repulsa.

El zagal niega con la cabeza, sin levantar la vista.

—Mírame cuando te hablo, ¡que me mires! —le indica con malos modos, cogiéndole de la barbilla—; ¿no te gusta lo que explico en clase, eh?

Vital niega con la cabeza, bajándola de nuevo.

— ¡Cómo!, ¿me estás provocando? —pregunta ella, irascible.

— ¡Manoli! —Le dice otro profesor, llamado Teo, que se asoma por la puerta, desde el pasillo—, vamos a cerrar ya —le sonríe.

—Sí, voy enseguida, gracias —ella le responde, poniendo un gesto agradable.

En cuanto desaparece él, ella retoma su gesto de desaire hacia el niño.

—Pareces tontito, pero yo sé que, en el fondo, eres más estúpido aún; no te hagas el listo conmigo, no vales un pimiento —le mira, sarcástica—; ¡que me mires, imbécil! —Se le escapa la risa a ella—, ¿cuántas veces te lo tengo que decir?, ¡subnormal!

A Vital le tiemblan las piernas, y parpadea; le aguanta la mirada a ella, como puede, siendo muy consciente de lo que está sucediendo.

— ¿No dices nada, no?, como siempre… ¡Lárgate de aquí, ya! —la docente se relaja, sonriente.

Se ha quedado a gusto, soltando sus improperios.

Vital camina rápido, constreñido, deseando irse del centro cuanto antes; anda por el pasillo, en dirección a la puerta de salida; pposee un sentido afinado de la justicia, gracias a los valores que le inculcan sus padres, en cuanto a no diferenciar ni hacer menosprecios a nadie; no obstante, como en otras ocasiones, él preferirá no contar lo sucedido.

— ¡Hasta mañana, Vital! —le saluda Teo, su joven profesor de Naturales.

El encantador pedagogo coge un café, de la máquina expendedora que hay pegada a la sala de profesores.

—Hasta mañana —le responde él, célere, sin detenerse demasiado, y con vergüenza de mirar.

—Espera, por favor, no corras —le solicita, al tiempo que hace un gesto de dolor, al quemarse cuando coge el vasito de plástico hirviendo.

Vital se detiene a un par de metros, cohibido.

—Tengo algo para ti, no te muevas —le dice Teo, que se adentra en el claustro para depositar la bebida sobre la gran mesa de reuniones, para que esta vaya templando, mientras él coge algo de su casillero privado.

Vital le aguarda.

—Te lo tenía reservado —asoma, sonriente, el profesor.

Le entrega un diente al niño.

— ¡¿Es de verdad?! —pregunta Vital, asombrado.

—Sí, ja, ja, ja, es un verdadero colmillo de lobo —le explica, emocionado—, lo tengo desde hace mucho tiempo, perteneció a un ejemplar fallecido de forma natural.

—Es muy bonito —comenta el niño.

—De pequeño, era tímido, como tú —le desvela el maestro, con tono afectivo—, pero listo, también, como tú; me pasaba las horas caminando por los alrededores de mi casa, en el campo —le narra—, mirando hormigas, lagartijas, grillos…; a veces, encontraba restos de ovejas, de cabras, o de burros; una vez, tuve la suerte de encontrarme los huesos de este lobo, y cogí parte de su osamenta; quiero regalártelo, sé que lo cuidarás —le sonríe.

—Gracias —atisba a decir Vital, con cortedad.

Al niño le encanta fantasear con la idea de vivir en un bosque, aislado de todo y de todos, y poder toparse con osos y lobos.

—De nada —le sonríe Teo, removiendo con una mano el castaño pelo del chico—. Aprieta un poquito —le aconseja—, ya os queda nada para terminar el año —le anima.

—Sí, lo haré, gracias —le sonríe el niño, retomando su ágil andar.

La idea de Vital es hacer lo justo para superar las materias; prefiere dedicarse a investigar los libros que tiene por casa, que los asociados a sus estudios.


De regreso al hogar, Vital callejea por las estrechas y angostas arterias, del casco viejo medieval de la ciudad; en él se ubica el hogar familiar.

Toledo es cuesta arriba y cuesta abajo, suelos empedrados, óleos clásicos de figuras alargadas, escaparates con damasquinados y mazapanes… La ciudad se construyó en un espacio pequeño, sobre una loma, rodeada de acantilados que penetran en el río; es una urbe histórica, en la que convivieron varias culturas al mismo tiempo, y en la que abundan muchos tesoros por descubrir en su subsuelo.

Vital atraviesa la plaza del Zoco Dover, llegando a donde vive. Su domicilio es una palaciega, y antigua, casa, con muros de piedra de más de un metro de ancho, y vigas de madera en su interior, rehabilitada como residencia, y que posee todas las comodidades, necesarias en la actualidad.

—Hola hijo, ¿qué tal la mañana? —le pregunta Isabel, su madre, que es quien le recibe.

—Bien —él le besa, se descuelga la mochila que porta a la espalda, y va a su habitación.

Necesita estar introspectivo, un rato.

—Comeremos pronto —avisa ella, que asume que él necesita su propio espacio.

—Vale, mamá.

Isabel cuenta con treinta y nueve años de edad, es de tez clara, tiene el pelo moreno, medio largo, y buen tipo; es femenina, honrada, y sistemática.

Vital baja la persiana, cierra la puerta de su alcoba, enciende el azulado y marrón globo terráqueo, que dispone de luz interior: lo suele tener apoyado sobre la mesita, haciendo las veces de lamparita mapamundi. Admira, pasmado, la tenue y colorida bola del mundo, que él mismo hace girar, mientras se relaja, sentado sobre su cama; lee, mentalmente, el nombre de los diferentes países, presuponiendo cómo será la vida en ellos.

“Yugoslavia”, se dice, ensimismado.

“Checoslovaquia”

“República democrática de Alemania”

“Túnez”

“Sudán”

“Argelia”

Le gustaría estar, a la vez, en todos ellos; a veces, se siente extraño, desubicado, tiene la sensación de que le ha tocado vivir una época que no le corresponde, y no comprende los modos de vida actuales, tan desligados de la naturaleza, y con las personas tan ajenas entre sí, tratándose tiranamente.

La puerta de la estancia se abre despacio.

—Vital, la comida ya está —le susurra su madre.

El niño apaga el redondo y evocador ingenio, da luz natural a la estancia, elevando la persiana, y guarda en un pequeño cofre granate el colmillo del lobezno. Acude al aseo, se lava las manos y la cara, con jabón de jazmín.

Román, su padre, no está; volverá en un par de días, de su actual tránsito con el tráiler; siempre que puede, les llama por teléfono, y hablan un rato; en ocasiones, les envía una postal desde la ciudad donde se halle, escribiendo en ella cariñosas letras para esposa e hijo, pero esta suele llegar más tarde a casa de lo que lo hace él, con lo que suele ser él quien la recoja del buzón, a su llegada.

— ¿Cómo ha ido la mañana, hijo? —le pregunta Isabel, mientras le sirve menestra de verduras con jamón.

—Bien.

—Hoy echan en la tele el festival de Eurovisión, ¿lo veremos juntos? —propone ella.

Vital asiente, comienzan a comer.


Una vez terminan, ayuda a su madre a recoger la mesa, y él vuelve a su cuarto, su personal santuario de paz; Vital está cansado de la obligación de estudiar, le disgusta permanecer tantas horas encerrado en clase. Obtura, de nuevo, la luz que entra por la ventana de su alcoba, se tumba sobre el impoluto y esponjado edredón, entrando en un profundo sueño…


III


Año de 676.


— ¡Se cumplió! —expresa un hombre sabio, de barba gris y melena plateada, que viste una jaspeada túnica de tonos oscuros, que le cubre el cuerpo hasta los pies, calzados estos con sandalias de cuero marrón.

Su mano agarra un largo báculo de madera, que está apoyado sobre el terreno, y que está grabado con la inscripción Sapientiae, en su lado.

En el extremo superior de este cayado se halla una labrada cabeza de águila, de metal, y con afinado pico.

Es mago, y acaba de presenciar la cruel acción del asesinato del rey. Con cierto repelús, se aproxima a los restos del destrozado cuerpo del monarca, evita mirarlo directamente, y alarga su brazo izquierdo para tomar en mano el pergamino, que este escondió en el árbol; lo oculta bajo su manto, con discreción.

— ¡Kansbar! —exclama, agresivo, uno de los aguerridos cinco hombres que acaban de asesinar, ¡¿dónde diablos estás?! Puedo olerte, sé que eres tú, ¡siempre tú! —Expresa, entre dientes, y con gesto malévolo—. ¡Maldito bastardo!

Le encantaría rebanar la garganta del sabio y viejo hombre, si pudiera verle; pero el viejo hechicero tiene la capacidad de mostrarse solo cuando le conviene.

—Vámonos —expresa al primer energúmeno otro compañero de fechorías, que envaina su hierro ensangrentado, tras terminar de cortarle un tendón al rey muerto.

— ¡No lleva nada encima! —se alarma un tercero de ellos, tras registrar los restos humanos del monarca yacente, entrando en cólera por lo inútil de su ambicioso esfuerzo, y asestando repetidos golpes con el filo de su arma contra la calavera descarnada de este, crujiéndola por la mitad.

— ¡Lo pagarás, Kansbar! —amenaza al aire, el primero de los luchadores que hablaba.

—El manuscrito está a salvo —les dice, desde algún lugar, la plácida voz del experto anciano, de túnica, y semblante ajados—. El símbolo está oculto a vuestros ojos de hienas —les añade, apareciéndose entre ellos, de repente.

Al reaccionar con violencia, tratando de asestarle un machetazo definitivo al viejo, dos de los hombres se hieren entre sí; momento en que la imagen del ermitaño se esfuma.

— ¡¿Dónde estás, hijo de satanás?! —se expresa, enojado, un cuarto individuo, que gira, arma en mano, buscándole en todas direcciones.

— ¡Aquí! —le responde el mago, tranquilo, recostado sobre una gruesa rama, situada esta a dos metros de altura.

Los caballos se alteran, relinchan, se yerguen sobre sus dos patas traseras, muestran ojos asustados.

— ¡Kansbar! —vuelve a exclamar el más insistente de los guerreros, al ver disolverse, de nuevo, en el aire, la extraña presencia del chamán.

— ¡No está destinada a vosotros, hombres de las tinieblas! —vocea el hombre de poder, sin ofrecerse físicamente—, ¡a vosotros está previsto este final! —les amenaza, en el momento justo en que un rayo cae a plomo sobre las cabezas de los cinco, matándolos en el acto.

El mago, que apenas emplea dos segundos en observar sus cuerpos, inertes y chamuscados, toma las riendas de los enormes caballos con su mano, y les adentra en el oscuro bosque de penumbras; al soltarles les ve correr libres, y una voz femenina, que surge de la nada, le altera.

— ¡Vital! —exclama la fémina invisible.

— ¡¿Quién es?! —pregunta el viejo, que se gira atónito en su busca.

— ¡Vital! —repite la mujer.

— ¡¿Quién es, quién anda ahí?! —Kansbar retoma su posición, cerca de los cadáveres, mirando alertado en todas direcciones, báculo en mano.

— ¿Sí? —responde el crío somnoliento, tumbado en su cama.

— ¡¿Quién eres?!, ¡muéstrate! —ordena el mago, al oír la voz aniñada y otear a un lado y otro, sin hallar a nadie que se esté escondiendo por el paraje—; ¿dónde estáis?, ¡¿mujer?! —termina de preguntar el sabio, muy asustado.

—Vital —insiste ella.

Su propia respiración, renqueante, despierta del todo al niño.

— ¿Mamá?

—Vital, te has quedado adormecido, hijo —le indica Isabel—; son las siete de la tarde, has dormido, de seguido, más de tres horas.

—Ya voy, mamá —el niño se frota los ojos, apenas los puede abrir, le molesta la luz que entra, por la puerta que su madre mantiene entornada. ¿Kansbar? —pregunta Vital, aturdido, entre sueño y realidad.

— ¿Qué, hijo? —indaga Isabel.

—Nada, mamá —él se da cuenta de que está, todavía, enganchado a su fantasía onírica; seguramente, ese mago con el que soñaba le estará buscando aún—. Ya voy.

—Está bien; llamó tu tutora —le adelanta ella—, se ha quejado otra vez de ti; luego hablaremos.

—Vale, mamá.

—Levanta la persiana, y prepárate; hoy tienes clase de kárate.

— ¡¿Es hoy?! —el crío está totalmente despistado.

—Sí, vamos, desperézate.

El joven se levanta, anestesiado, abre las ventanas; coge el petate, y organiza su bolsa de entrenamiento, incluyendo en ella su quimono y un cinturón azul.


Al rato, Isabel le acompaña al cercano polideportivo donde imparten las clases extraescolares; allí, el delgado, y jorobado, conserje, les informa de novedades.

—Han quitado la actividad de kárate —les indica, a madre e hijo—: el profesor ya no va a venir más, le han sustituido por otro, temporal.

—Entonces, ¿harán otra cosa distinta? —pregunta ella.

—Otro arte marcial muy similar, Kajukembo —le aclara a ella el bedel—, ahora se lo explicará el profesor nuevo a los chicos; si usted se va a quedar, puede hablar con él.

—Sí, estaré por aquí —sonríe ella—, gracias.

—De nada, señora.

El encargado toma en mano una gran red, que contiene varios balones de baloncesto, y marcha con ella hacia una de las canchas polivalentes.

—Ves a cambiarte, si quieres —invita Isabel a Vital—, yo voy a ver si doy, mientras, con el nuevo instructor, así le conozco.

—Vale, mamá.

Vital marcha al vestuario masculino, y ella se aproxima a la sala con tatami, localizando al maestro en ella; el instructor, que está vestido con quimono y cinturón negros, prepara los elementos que le sirven para impartir su taller.

—Buenas tardes, ¿es usted el nuevo profesor? —le sonríe.

—Así es —se le acerca, agradable, un delgado y fibroso muchacho, de no más de veinticinco años de edad, para darle la mano—; encantado.

—Gracias, igualmente; soy la madre de Vital, uno de los chicos; él se está cambiando ahora. Me han dicho que ha cambiado todo...

—El anterior profesor se ha ido fuera de Toledo, por trabajo, y me han contratado a mí; yo imparto kajukembo.

— ¿Es como el kárate?

—Parecido; de hecho, es una mezcla de varias artes marciales, incluyendo esa.

— ¡Ah, bien! —sonríe ella.

—El nombre viene de, ka, de kárate, ju, de judo, kem, de kempo, y bo, de boxeo tailandés —le detalla él, con especial predisposición, demostrando pasión por lo suyo.

—Muy bien —sonríe ella, convencida.

—Es una técnica defensiva, creada en Hawái, en 1945 —se afana el monitor en explayarse—, tras la segunda guerra mundial, por cuatro expertos que analizaron puntos fuertes y débiles de cada disciplina, y crearon un arte con lo mejor de todas ellas.

—Entiendo, ¿y hará falta comprar nueva equipación?

—Para no obligar a hacer un gasto extra, a estas alturas, seguiremos utilizando la uniformidad habitual; quien siga, el curso que viene, tras el verano y el reinicio del año, tendrá que adquirir el nuevo, que es negro, en lugar de ser de color blanco, como en Kárate.

—Comprendo. ¡Ya está aquí mi hijo! —exclama ella, al verle aproximarse a ellos dos.

— ¡Hola, Vital! —le saluda, afable y cercano, el experto—; soy Conrado, tu nuevo profesor.

—Igualmente —responde, tímido, el chaval.

Automáticamente, se establece una especial conexión entre ambos, que se hace evidente por la forma, observante y cariñosa, con que se miran; Isabel se da cuenta, y se alegra, pues es consciente de que, a veces, le cuesta relacionarse al niño con sus congéneres.

El profesor le remueve el pelo al crío, y está contento de contar con él entre sus alumnos.

—Me quedo ya —le dice, motivado, Vital a su madre.

—Pasa, y ve corriendo para calentar —le invita Conrado.

—Yo estaré por aquí —se disculpa ella, para ausentarse y dejarles en solitario—; gracias.

—De nada —responde el instructor, que se dirige enseguida al niño, al quedarse a solas con él—; ¿te gusta entrenar? —le pregunta a Vital.

—Si —le responde este, corriendo, suavemente, y en forma de círculo, por el acolchado suelo.

—Esto te va a sorprender —le comenta Conrado, en referencia a la actividad, y mientras distribuye por el recinto conos de plástico de colores, que va a utilizar en el entrenamiento para hacerles correr en serpentín—. El Kajukembo es un ejercicio muy bueno, y completo —sonríe Conrado, captando la esencia del chico.

A Vital, que le encanta empaparse de nuevos conocimientos prácticos, escucha atento a su recién estrenado profesor.

—Eres tímido, ¿verdad? —le pregunta este, al tiempo que anuda unas combas para colgarlas en una escarpia.

—Sí —le contesta Vital, que corre marcha atrás, con garbo.

—Ja, ja, ja; yo era lo contrario, un zascandil, no paraba de hablar con todo el mundo —le expresa el maestro, sin dejar de hacer cosas—; ¿te gustaría aprender más, aparte de las técnicas habituales? —le pregunta.

—Sí —Vital anda despacio, en lugar de correr, para que no se le escape nada de lo que su monitor le va diciendo.

—Yo enseño armas filipinas, y espada japonesa, catana; más adelante, te podría entrenar en eso, ¿qué te parece?

—Me gustaría mucho —le indica el crío.

El maestro saca de un arcón unos nunchacos de madera, y le habla a Vital.

— ¿Sabes que se inventaron en la edad media?

—No lo sabía.

El profesor realiza unos velocísimos meneos con ellos: los domina a la perfección.

—Los filipinos usaban palos cortos de madera, para golpear el grano de los cereales —le explica Conrado al joven—; cuando fueron invadidos por los españoles, hace siglos, se les ocurrió unirlos de dos en dos, con cuerdas en los extremos, y aprendieron a percutir con ellos para defenderse; los golpes iban dirigidos al cuello, a los trapecios, y a las rodillas, porque los hispanos llevaban armaduras, y en estos puntos los armazones eran más endebles, pues tenían que permitir el movimiento de flexión de las articulaciones.

—Es curioso —dice el niño, algo más expresivo que de costumbre.

Conrado guarda el tradicional arma en el amplio baúl de mimbre, tomando en mano un kali.

—Este era para el mismo uso agrícola —explica—; los asiáticos lo convirtieron en su particular espada de madera.

El profesor efectúa una serie de acrobáticas acciones, que dejan claro su experimentado manejo del invento; no lo hace de forma presuntuosa, sino a modo de ejemplo, para captar el interés del niño sobre estas disciplinas.

Vital está encantado con la privada demostración.

—A mí me gustan mucho las espadas —expresa el pequeño.

— ¡Pues tienes todas las que quieras en Toledo!

Ambos ríen, al tiempo que comienzan a llegar otros chicos y chicas.

— ¡Pasad chavales, bienvenidos!, soy Conrado —les anima.



IV


Dos años más tarde. 1982. Toledo.


Román, padre de Vital, ha estacionado su camión en una explanada, a extramuros de la ciudad; está deseando abrazar a su hijo, y besar a su mujer.; alto, y bien formado, Román posee apariencia varonil y sensible, al tiempo; es un hombre familiar y hogareño, que cuenta con cuarenta y tres años, mientras que Isabel tiene cuarenta y uno, y Vital once.

El niño no acaba de superar su retraimiento, y suele permanecer a solas en los recreos del colegio; a su amigo Martín le cambiaron de clase, y salen al descanso en horarios diferentes; no obstante, coinciden a la entrada y salida de cada jornada, que es cuando aprovechan para compartir charla sobre lo que más les gusta a los dos: otras culturas, princesas, caballeros, espadas, y grandes hazañas.

Vital ha superado con éxito sus dos cursos últimos, aunque ha sido apercibido, varias veces, por esa profesora que le mantiene un especial ahínco, y que siente aversión hacia él; aun con todo, esta docente, exigente y estricta, ha visto puesto en duda su método, ya que, en dichos dos años previos, solo un par de sus alumnos ha conseguido aprobar, y con nota ajustada; al disponer, ella, de plaza fija, nada se puede hacer, pero el descontento general entre padres y alumnos ha ido in crescendo con respecto a ella.

Román camina, en sentido ascendente al núcleo central de la ciudad, pasando bajo el arco de la pétrea, y monumental, Puerta Nueva de Bisagra, que es una sólida, gruesa, y antigua, entrada a la urbe, que impresiona por su robustez; sobre ella se dibuja, en relieve, un fenomenal escudo de armas que incluye las cabezas, alas, y patas, de dos águilas.

Le restan a él unos minutos para llegar al acogedor domicilio, próximo al edificio del alcázar; este último es una amplia edificación militar, de planta casi cuadrada, con una altura importante, y cuyo emplazamiento tiene origen en un palacio romano del siglo III, erigido sobre esta colina; desde aquella lejana centuria, mandatarios, culturas, y sociedades, lo fueron modificando: perfeccionándolo, ampliándolo, o destruyéndolo, tal y como sucedió en la guerra civil española; reconstruido después, es uno de los símbolos arquitectónicos principales de la capital castellana, dado que en su interior se han sucedido miles de acontecimientos, habiéndose impregnado sus paredes de los sentimientos, y sensaciones colectivas, generados; en los bajos de esta sobria construcción operaban sin anestesia, en épocas no muy lejanas, a los lisiados en las batallas: les tumbaban sobre camastros, de listones de madera y paja, les emborrachaban, para asfixiar el dolor que iban a padecer durante la intervención, les sujetaban entre varios, y les serraban las piernas, en vivo, cuando era necesario amputárselas para su supervivencia.

Román entra en casa, y saluda. Son las seis de la tarde, de un soleado jueves del mes de mayo.

Lleva algunos bártulos en mano.

— ¡Hola!

Nadie le responde, aunque él escucha la ducha en funcionamiento, de fondo; piensa que estará en ella Isabel, así que se asoma antes por la habitación de Vital, cuya puerta está cerrada, y está previa a la del baño; Román acciona el picaporte y abre, está oscuro.

—Vital, hijo —pronuncia, liviano.

— ¡¿Qué?! —un hombre maduro responde desde el interior de la alcoba, pero solo Vital, que permanece dormido, puede oírle.

—Vital, soy tu padre, ya estoy aquí —quiere darle la sorpresa.

— ¡¿No ves que está durmiendo?! —alega esa voz masculina de ultratumba, sin que Román la perciba—, ¡deja de incordiar! —gruñe el ser—, la preparación del chico es más importante que tu presencia aquí, ahora.

—Él no sabe nada —masculla, en respuesta al ente, un dormido Vital.

— ¿Qué hijo? —sonríe el padre, al notar que Vital habla solo.

Finalmente, Román accede, elevando la persiana.

— ¡Qué insistencia! —se lamenta la voz, que solo Vital es capaz de seguir percibiendo.

Román se sienta sobre la cama, al lado de su hijo.

— ¡Ah, qué molesto!, ¡cierra ese endiablado invento! —se queja la voz madura, por la cantidad de luz que entra.

—Vital —le nombra Román, acariciándole el pelo—, ya estoy aquí, hijo, despierta.

—No les olvidaré —musita el crío, que cambia de postura, y se regocija en su profundo letargo.

—Ja, ja, ja, hijo —Román se entretiene mirándole, en su modorra parlante—, venga, despierta, ja, ja, ja —le hace cosquillas.

— ¡Quieres dejar de incordiar con tu absurda risa! —se irrita Kansbar, que es el dueño de la citada, e irreverente, voz que interfiere entre las de padre e hijo—; está bien, me marcho —el antiguo mago se sacude las vestiduras, para que mantengan su caída natural—, tu padre no nos va a dejar seguir hoy —reconoce, protestando—, puedes regresar.

Vital frunce el ceño, aún algo sonámbulo, abre los ojos, se voltea, encontrándose con el rostro de su progenitor.

— ¡Papá! —el niño da un respingo, y se lanza a abrazarle fuerte.

—Hijo, ja, ja, ja, ¿cómo estás? —le besa con mimo.

—Bien, te quiero —le expresa, tierno, el crío.

—Y yo a ti. Te he traído esto de Alemania —el padre le enseña un pellejo de piel de cordero, blanco, marrón, y beige, sin mangas y con botones; es un chalequito hecho a mano.

Vital lo recibe con gusto, y lo mira con agradecimiento.

— ¡Ven aquí, campeón! —Román le achucha—, ¿te gusta, hijo? —le sonríe.

—Sí, padre —le contesta, modoso.

Román le pellizca un moflete, con amor.

—Voy a acomodarme —expresa el hombre—; cuando te espabiles, y tu madre salga del baño, nos reunimos en el salón para charlar; tenemos muchas cosas que contarnos.

—Sí, papá.

— ¡Te tenías que haber ido antes! —se queja Kansbar, tremendo báculo en mano, para hacer, a continuación, una pausa, y reconocer—: creo que me estoy volviendo un cascarrabias, con el paso del tiempo.

Nadie le escucha, ni tan siquiera el niño, en esta ocasión.


Pasado un rato, y acoplados en el confortable tresillo de la sala de estar, que hace las veces de biblioteca, padres e hijo dialogan, con luz de lamparitas; es una estancia sin ventana al exterior, lo que la hace resultar íntima, y muy placentera, pareciendo el pequeño, y lujoso, camarote de un barco, por su escueto espacio, y por la decoración náutica que aplicaron, Isabel y Román, cuando decidieron su estilo, a la hora de acometer la reforma en ella.

—Me cogeré unos días libres, el próximo mes —les dice Román—, hay menos carga de trabajo, y quiero aprovechar para estar con vosotros.

—Así podréis ver juntos el mundial de fútbol, que empieza pronto —indica Isabel, feliz.

— ¿Sigue sin gustarte el fútbol, hijo? —le pregunta él al niño.

—Sí —le responde Vital, mientras revisa un gran atlas abierto, que tiene apoyado sobre las piernas.

—Nunca le ha gustado —comenta ella, sonriendo mientras observa a su hijo.

—La verdad es que se está convirtiendo en algo tan puramente comercial que hasta yo le voy perdiendo el interés —reconoce Román.

—En tu caso, con tanto viaje, tampoco tienes la opción de ver tele, ni de engancharte a nada —razona Isabel.

—Sí, es cierto que, como ni siquiera sigo la liga de fútbol cada semana, llega un punto en que me es indiferente enterarme de los resultados. ¿Y qué han dicho en la tele estos días sobre el mundial?, ¿ya está todo preparado?

—Han creado una mascota que se llama Naranjito: es una naranja con vida propia —le detalla Isabel.

—Al menos, se sale del estereotipo de toros y flamenco, con el que nos conocen por ahí fuera —se alegra Román.

—Yo pienso igual; hay cierta polémica por el diseño del logo, cada cual opina en un sentido —apunta ella.

— ¿Cómo vas en tus cosas, hijo? —le pregunta Román.

—Bien, papá —Vital deja de mirar el libro para atender a su padre.

— ¿Crees que sacarás todo bien este año, en el colegio?

—Sí papá.

—Y lo de la competición de artes marciales, ¿te apetece de veras?

—Sí.

—Hay que confirmar que va a participar, antes del miércoles próximo —comenta Isabel—. ¿Estás decidido, Vital?

—Sí mamá —vuelve a mirar a su libro de mapas.

—Me parece fenomenal que te animes, hijo —le alienta el padre—, es algo bonito, y así podremos verte en acción —sonríe.

— ¿Quiénes eran los normandos? —les pregunta Vital, al hilo de algo que lee mientras les escucha.

—Personas originarias de la zona de tu amigo, Martin, en el norte de Europa —le aclara Román, interesado, de siempre, al igual que su hijo, por la historia—; si no recuerdo mal, creo que de Dinamarca, aunque luego colonizaron otros países, y cobraron mucha importancia en Inglaterra.

Vital se abstrae, concentrándose en el bonito dibujo de un caballero armado de la época.

—Así es, Vital —comenta Kansbar, a quien solo el niño oye—; continúa investigando, todo conocimiento es poco, y te será necesario para tu misión —le arenga.

El niño aparta la vista del voluminoso tomo y frunce el ceño, quedando extrañado de percibir tal voz.

Isabel ve el gesto, y llama su atención.

— ¿Qué miras, hijo, que te sorprende? —le pregunta.

Vital retoma su concentración en el libro al contestarla.

—Nada.

— ¿Por qué siempre ha habido guerras? —reflexiona el chaval, sin despegar la vista de las páginas.

—Es una buena pregunta, hijo —trata de responderle Román—; supongo que es algo intrínseco a la propia naturaleza humana.

— ¡El hombre es un lobo para el hombre! —opina Kansbar.

Únicamente, Vital escucha tal frase, al tiempo que le surge un cuestionamiento interno, que no airea:

“¿cómo conseguir la paz mundial?”.

—No por imposición, pues así solo se conseguiría otra guerra más —le responde Kansbar, con voz segura, como si le hubiera leído la mente.

Recepcionando la apreciación hecha por el sabio, Vital se queda pensativo.

— ¡Vital!—le llama su padre, que ríe junto con Isabel.

El niño le mira.

— ¿Qué, papá?

— ¿No has descansado lo suficiente, después de comer, hijo?

—Sí —le contesta, algo despistado.

—Te estabas quedando dormido otra vez, hijo —le informa su madre—; ves a lavarte la cara con agua fría, para refrescarte —le invita.

—Vale.

Vital deposita el compendio sobre el suelo, y marcha al aseo con la intención de seguir el consejo de su madre.


V


Mismo año.1982


—El niño, por lo que veo en su ficha, tiene ahora doce años.

—Así es, doctor —le confirma la madre al psiquiatra que revisa al crío.

— ¿Cómo es que no ha venido en esta ocasión su marido? —indaga el especialista en salud mental.

—Está de viaje de trabajo, en este momento, y no hemos podido cambiar la cita a tiempo —sonríe ella.

—Bien, no se preocupe, es suficiente con que venga uno de ustedes dos con él, es solo que, como normalmente vienen los tres, me extrañaba no verle por aquí a él también —sonríe el médico analista.

—Es por este motivo —acepta ella de buen grado la apreciación.

— ¿Cómo estás? —le pregunta el facultativo al niño, con una ladeada sonrisa.

—Bien.

— ¿Te siguen gustando los castillos, y las historias de caballos y caballeros?

El joven se encoge de hombros; sabe por dónde van los tiros, y no puede decirse que disfrute demasiado de sus visitas al terapeuta.

Tras veinte minutos de charla, el titular del departamento da por concluida la sesión de hoy.

—Bueno, está todo en orden —informa a la madre—, hoy no vamos a hacer nada más, esperaremos a que el niño termine su curso y, después, nos encontraremos de nuevo, ¿de acuerdo?

—Muy bien, doctor —le expresa ella.

Los tres se levantan, despidiéndose con un par de apretones de manos.



VI


Un año más tarde.1983 Toledo.


Ahora, Vital está a punto de cumplir los trece años.

Hoy no tiene clases, sino que han sustituido estas por una salida cultural a la catedral de Toledo; el grupo excursionista lo componen treinta estudiantes, y cuatro docentes.

Camino a la iglesia, mientras el montón atraviesa un estrecho pasadizo, una avejentada puerta de madera, con remaches de hierro, descolgada de las bisagras, y algo descuadrada del marco, llama la atención de Vital; hay perfectas telas de araña en los recovecos de esta vetusta entrada. Se ha quedado rezagado, al tiempo que la caterva avanza y él se queda atrás.

—Ven —le llama la voz de Kansbar.

El chico mira hacia delante de la calle, y hacia atrás, cerciorándose de que nadie ve lo que él hace. Incluso, su amigo Martín, integrado en la comparsa, ha seguido el ritmo de esta, y ya todos han doblado la esquina, dejando de estar visibles para Vital. El angosto callejón está desierto, así que decide empujar, levemente, la puerta; nadie le vigila; ante su sorpresa, esta se abre, sin más, aunque parecía estar atrancada a simple vista; él se queda plantado, indeciso.

— ¡Ven!

Le reclama, de nuevo, la pausada y profusa dicción del anciano, desde dentro; Vital no le ve. Está oscuro. El piso está a menor altura que la acera de la calle, y se compone de baldosas de barro rojo, descolorido y resquebrajado; Vital mira a los dos lados de la estrecha calleja, otra vez, con su respiración algo acelerada.

—Ven —le insiste el anciano, que sigue sin mostrarse.


Hace muchos lustros que el lugar fue abandonado para siempre, quedando los roídos visillos colgados de las finas varillas, y el lúgubre mobiliario carcomido por la humedad, y habitado por algunas arañas blancas. Temeroso, Vital se adentra, desciende los tres peldaños que le plantan en lo que era el salón; al frente, hay dos puertas, y a la izquierda está la que facilita el paso a la antigua cocina.

Se produce un portazo, tras Vital; está negro, se asusta: se ha cerrado la entrada principal, la que él acaba de utilizar para acceder. Aunque desde el exterior no veía bien las interioridades de la arcaica vivienda, ahora, sus ojos se acostumbran a la pobre luz, que llega desde los ventanales de las salas de enfrente. Vital toma aire, avanza despacio hacia ellas, pisando con cuidado, pues teme que pueda hacerse un hueco bajo sus pies, al ceder el firme; hay restos de latas oxidadas, algunos papeles de periódico mojados y arrugados, y numerosos cristales rotos por el embarrado suelo. Desde su posición, mira a esa puerta y ya puede ver lo que era la cocinilla, con un horno de leña y, apenas, un par de desvencijados armarios bajos; no hay más. Vital da tres pasos más, hacia delante, penetrando en una de las salitas, la del lado izquierdo, según el mira; en ella hay un colchón, sucísimo, tirado en el suelo, un somier con los muelles rotos y retorcidos, un pequeño cuadro del sagrado corazón de Jesús, medio torcido, y una esbelta, y endeble, silla de madera, con base acolchada roja, cuya espuma asoma por una raja. Vital recula un poco, sale de espaldas, y enfila la otra portezuela, a su diestra: aquí la cama está montada, aunque igualmente deteriorada, y no hay nada más, salvo una trampilla de madera con argolla de hierro fundido, en el suelo, justo bajo la ventana; curiosamente, es lo único que no parece estar tan polvoriento y estropeado como el resto de la casa.

—Baja —escucha que le dicen.

Vital se pone tenso, mira despacio, alrededor suyo; se la está jugando, nadie sabe que está aquí, el grupo con el que iba ya andará a cierta distancia; desde fuera, ninguna persona supone que alguien permanece al otro lado de esa añeja puerta de entrada, tan decrépita.

—Baja —le repite.

Con sensación extraña, da un primer paso, seguido de otros dos, hasta estar posicionado a unos centímetros de dicha claraboya; mira hacia el suelo, la observa, algo nervioso y con dudas; se inclina, traga saliva, y ase el pesado aro de metal para abrirla: no le resulta costoso elevar la tapa y voltearla, dejándose el paso libre; una escalinata desciende al intrigante, solitario, y penumbroso, sótano; Vital queda absorto, mirando cada uno de los peldaños.

—Ven —le reclaman, nuevamente.

Vital respira profundo, tratando de estar sereno.

“¿Qué hay ahí?, se pregunta.

Tras pensar unos segundos, coloca su pie derecho sobre el primero de dichos peldaños, que cruje, retumbando el sonido provocado en el hueco de esta planta inferior, supuestamente vacía; comienza a bajar hasta que, faltándole tres para completar el descenso, intenta descubrir qué se esconde en esta fracción de la tenebrosa casa; solo parte de lo que existe en el subsuelo es visible a sus ojos, pues la única luminosidad que entra es escueta, y llega a través de la escalerilla que él tapa con su cuerpo. El silencio es total. Vital divisa en el suelo, justo en el punto donde la sucinta luz se transforma en obscuridad total, un cajón de madera que contiene pliegos, y documentos, enrollados.

—Acércate, coge uno; sabrás atinar con el correcto —le dice la voz.

Vital centra su atención en uno de estos papeles, y se aproxima, lentamente, a él; lo extrae, desplegándolo con mucha curiosidad: es de color beige, huele a piel, y tiene dibujada en cada esquina una flor de lis. Vital pretende leer su contenido, pero está escrito en latín, así que no puede descifrarlo.

De repente, le ha parecido que unos finos hilos blancos se movían tras el documento; “¿telas de araña, o las patas de alguna de ellas?”, se dice él, tirando el papel al suelo de una sacudida; al hacerlo, se lleva un susto tremendo, se le corta la respiración, y sus ojos se abren como platos, quedando bloqueado por el miedo; tiene, delante de sí, a una persona que le mira; no eran telarañas, sino los finos pelos de la melena gris del barbudo hombre mayor que le observa con penetrante mirada.

Un escalofrío recorre el cuerpo de Vital.

—Soy Kansbar —le indica al chico el hombre, vestido con túnica oscura y sandalias—, ¿no me recuerdas de tus sueños?

Vital está paralizado, solo es capaz de desviar su mirada, un ápice, al enorme cayado con cabeza de águila que agarra el desconocido.

—La que tienes entre manos es tu misión —le señala el sabio, indicando con su vista al pergamino.

Vital, petrificado, permanece en silencio.

—Descubrirás que hay escrito en él, más adelante —afirma el longevo hombre.

Vital no parpadea, y no sabe si salir corriendo o esperar.

— ¡Vamos!, pregúntame, no pasa nada, ¿crees que no te voy a responder, que soy irreal?

Vital traga de nuevo saliva, mientras observa las proporcionadas facciones del extraño, ser antes de atreverse a hablar.

— ¿Quién eres? —pregunta, temeroso.

—Soy mago, y guía; nos conocimos hace mucho tiempo, ¿recuerdas el bosque?

El niño rememora alguna de sus pesadillas más sangrientas.

—Yo no estaba —expresa, tímido, el crío.

— ¡Claro que sí!, ja, ja, ja.

Kansbar camina tres pasos, a un lado, se detiene, encarado hacia Vital, momento en el que, tras él, se hace visible una tupida masa de árboles, que Vital puede ver con asombro; es de noche; parece un espejismo.


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