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Excerpt for Los búhos de Ariel by , available in its entirety at Smashwords



LOS BÚHOS DE ARIEL

La mirada distinta


Alfonso Mariblanca



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A ti, Ruth.


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EL LIBRO DE ANIMALES

(Hace 32 años)


I


Le urge al sudoroso, angustiado, y joven marido, entrar en casa, es cuestión de vida o muerte, pero está desbordado por el estrés, y no es capaz de atinar con la llave exacta. Su histriónica esposa entró en crisis, avisándole hace diez minutos de ello a través del teléfono, mientras él conducía hacia el trabajo: le aseguró que esta vez sí mataría al pequeño a golpes; tras oírla, él tuvo que frenar en seco y casi se estrelló, al derrapar el coche cuando lo viraba en dirección al hogar, a toda velocidad.

Ahora, jadeante y con el rostro desencajado, se desespera por conseguir atravesar la puerta, cuanto antes; es posible que no llegue a tiempo, pues ya escucha desde el descansillo de la escalera los gritos endemoniados de su mujer, así como los tremendos golpes que estará recibiendo el niño, de tres años, por parte de ella:

— ¡¡…TE MATO… yo TE MATO!! —la mujer parece poner todo su empeño en conseguirlo, a tenor del tono y contenido que utiliza al expresar su diabólica determinación—. ¡TE MATO… QUE TE MATO —se debe estar afanando—… ¡TE JURO QUE EN ESTA YA ACABO CONTIGO…en esta te mato!


Él sabe muy bien que los alaridos proceden del cuarto de baño; los porrazos secos también. Imágenes de cuerpos de guerra, masacrados y embarrados, vienen a su mente; colgajos de carne, jirones de cortinas quemadas, y horribles daños, en la angelical cara de su niño, también. Está apabullado. De repente, se hace el silencio y a él le tiemblan las manos; espantado, moquea entre sollozos. No sabe si su hijo ha muerto ya, fruto de la enésima paliza que le acaba de propinar su madre, o podrá sobrevivir, una vez más. Al fin, logra introducir el llavín correcto y accede al pasillo de la vivienda.

— ¡¡No, no, no! —está desconsolado.

Avanza a trompicones, sin fuerzas, hacia ese baño que parece inalcanzable.

— ¡Por favor, cariño, no...!

Cuando llega al reservado, el pequeño yace inerte sobre el lavabo, con las extremidades colgando como trapos, cual piernas de endeble títere.

— ¡No, no, no…! —llora el hombre.

Impotente, no sabe por dónde asir el pequeño cuerpo para evitar causarle más daño; mira la figura inmóvil de su niño, que mantiene sus azules ojos abiertos, pero tornados en blanco.

La irascible y obsesionada mujer aprieta sus labios, en actitud de ahínco, e intenta coger al inocente, una última vez, para imprimirle la sacudida definitiva, por si acaso. El lloroso marido consigue evitarlo, bloqueándole el brazo que ella extiende para tomar al niño por una de sus piernas, y empujándola hacia atrás, para alejarla del pequeño lo más posible.


A trescientos metros de la vivienda, en la calle, en un colorido parque infantil irradiado por el sol, otros infantes de similar edad juegan y se divierten, ajenos a la tragedia.

Ariel, de tres años de edad, es una de las niñas que lo hace, bajo la supervisión de su madre, Amalia, que cuenta veinticuatro.


II


Amalia es madura y seria, sus ojos azules, y su expresión formal, de persona estricta, le dan una impronta de sobriedad y clasicismo. Es de estatura media. Viste un sencillo vestido, de una pieza, que le llega hasta la rodilla y que dejan sus hombros al aire.

Es primavera y no hace frio.

Amalia ha recibido una tradicional y severa educación, la misma que trata de impregnar en su hija.

— ¡Ariel, ten cuidado! —le avisa, mientras le ayuda a tirarse por el tobogán.

Sabe que su hija es despierta, vivaracha, y que a veces se acelera, terminando por caer o golpearse.

— ¿Cuántos años tienes, nena? —Pregunta, diccionando bastante mal, un niño que travesea por el recinto—. Yo —el pequeño se mira la mano y extiende sus dedos, sin esperar respuesta a su indagación—, ¡cinco!

— ¡Qué grande! —Le responde Amalia, por darle coba—. Ella tiene tres —le añade.

— ¡Ay, que enana! —expresa el querubín, mientras Ariel está sentada en lo alto de la rampa del tobogán y va a lo suyo—. Bueno, pues cuando seas mayor, ya irás sola a los columpios —concluye el mequetrefe, al tiempo que mira algo tirado en el suelo, por si lo coge.

— ¡¡Tres!! —responde Ariel, de repente, lanzándose de cabeza por la rampa. No le da tiempo a Amalia a reaccionar, pero por suerte la niña cae bien, aunque hizo la voltereta al llegar abajo y se manchó de tierra.


Es una niña avanzada para su edad, atenta, inquisitiva, y observadora en su forma de mirar. Es proporcionada en sus formas físicas, y posee unos vítreos ojos color miel, amplios, almendrados, y muy expresivos. Muestra imán y carisma, y se mueve con un especial gracejo.

— ¡Vámonos! —le ordena Amalia, aún con el susto en el cuerpo.

— ¡No! —responde Ariel, que sube los dos primeros peldaños del artilugio, por si le da tiempo a tirarse de nuevo.

— ¡Venga, que tenemos que ir a otras cosas! —Amalia le engancha al vuelo.


Una de ellas es visitar la guardería, en la que Amalia pretende inscribir a su hija. Quiere que se relacione más, y ella misma necesita organizarse mejor, pues trabaja como limpiadora. Argimira, su madre, abuela de Ariel, tiene serias dificultades de movilidad, que la impiden cuidar de la pequeña en condiciones: es por la artrosis que padece.

El parvulario se encuentra en el centro de la histórica ciudad de Segovia, que es donde viven ellas tres juntas.

Ariel y Amalia salen del parque, andan, pasan al lado del esbelto y vetusto acueducto romano, de dos alturas de arcadas; el monumento contiene una centena de espigados arcos. Ambas escuchan hablar a un guía turístico, que instruye a un nutrido grupo de japoneses que él tiene a cargo:

“Una de las particularidades, con las que cuenta este acueducto, es que las piedras que lo conforman se hallan colocadas unas sobre otras, sin mediar entre ellas material alguno que las una”.

Señala el guía con su índice.

“Toda la estructura se sustenta por la presión que ejercen los bloques de piedra entre sí”.

Concluye.

“¡Oh!, sore guá oñoñin, subara sisenú”.

Oyen ellas comentar a la simpática y educada tropa oriental.

Ariel se sorprende, buscando la expresión de su madre, que ríe al oírlo.

Las dos arriban a su objetivo, Amalia timbra el interfono.

—Buenos días —abre directamente, sin contestación previa por él, una arreglada y agradable mujer, hablando en tono bajo y comedido.

Tiene pelo corto y moreno, gafas, más un leve maquillaje: es una señora de facciones redondas y pequeñas, de estatura baja.

—Hola, soy Amalia —se presenta, sonriente —, avisé de que vendríamos a conocer la guardería, hoy.

—Sí, les esperábamos —le sonríe la dama, vestida con pantalón de pinza gris y una bonita blusa blanca—. Soy la directora; pasar, por favor —les franquea el paso.

Dan dos zancadas y se adentran. La mujer se dirige a la niña.

—Hola, ¿cómo estás?, ¿cuál es tu nombre?

—Hola —Ariel le responde, formal, atravesando con su profunda mirada a la docente.

—Se llama Ariel —apunta la madre.

—Ja, ja, ja, encantada, Ariel, yo me llamo Olga —la profesora transmite bondad y serenidad, e intuye que tras la modosa pose que ofrece la cría se esconde una activa y espabilada criatura—. Entremos al despacho, por favor —propone, dejando que sean ellas quienes accedan primero a la pequeña oficina, decorada esta, en sus paredes, con papel pintado de motivos infantiles, y que contiene una pequeña mesa de oficina en su interior, que rebosa papeles y carpetas de colores sobre ella.

—Gracias; pasa hija —Amalia toca la espalda de Ariel para que avance.


“¡Puta!, ¡so golfa!”, grita un niño a otro mientras cruzan ambos de un aula a otra, atravesando el pasillo.

Llevan a una cuidadora tras ellos, tratando de corregirles y que se estén quietos.

—Cuando un niño está mal educado…—se excusa Olga.

—Ja, ja, ja, no se preocupe.

—De tú, por favor, si le parece —solicita la directora.

—Claro —acepta Amalia.

—Bueno —prosigue hablando Olga, con tono suave, como susurrando, permaneciendo las tres de pie, pues no hay espacio físico suficiente para que haya sillas en el cuarto—. Supongo que necesitarás saber los horarios, las normas…—tantea.

—Sí, por favor.

—Abrimos a las siete de la mañana, que es cuando comenzamos a recibir a los primeros niños —la profesora continua hablando en voz baja—; ofrecemos un servicio de recogida, por si hay padres que no puedan traerlos: de él se encarga mi marido, tiene una furgoneta, siempre va acompañado de una monitora.

—Muy bien —sonríe Amalia.

—En el centro, somos tres monitoras, dos profesoras, mi marido y yo.

—De acuerdo.

A Amalia le gusta la vocación que muestra esta señora, que ofrece la típica estampa de una profesora preocupada por sus alumnos.

—Soy docente, de formación —aclara, con sencillez, Olga—. Impartí clases muchos años, hasta que monté esto.

—Muy bien —sonríe Amalia.

—Organizamos a los pequeños por grupos, según sus edades y comportamiento, porque los hay rebeldes, lentos en su progreso...En fin, lo que tratamos es hacer los grupos lo más compactos y encajados posible.

—Entiendo.

— ¿La vais a traer, la mamá o el papá? —indaga, con prudencia.

—No —le responde Amalia, que preferiría no tener que explicarse más—, su papá no está, soy yo la que me encargo, junto con ayuda de mi madre.

— ¡Ah!, muy bien —sonríe, afable, Olga, que hace un premeditado silencio para obligar a Amalia a seguir hablando.

Quiere saber más acerca de la niña.

—Lo que sucede es que a mi madre le cuesta mucho ocuparse de Ariel.

Olga se agacha y, frente a la niña, a igual altura de ojos, adopta para hablarle la musicalidad de quien narra un cuento.

— ¡Anda!, si tienes una abuelita que te quiere, ¡qué bien! —toma a la pequeña de la manita, y se yergue—. ¿Quieres que te muestre los juguetes que hay y el sitio?

—Sí —le responde Ariel, concienzuda y afirmando con su cabeza.

—Ja, ja, ja, ¿te parece que os enseñe el centro? —solicita autorización a Amalia, para empezar a moverse con Ariel, de su mano.

—Sí, claro —Amalia está encantada. Olga es muy amable. El lugar está limpio y cuidado, solo hay cierto alboroto, provocado por algunas mochilas, y cuadernos de colorear, almacenados en un rincón, pero se entiende que es normal.

Olga sale del estudio guiando a Ariel, que va aferrada a ella, dejándose llevar dócilmente. Amalia camina tras ellas, el pasillo no tiene la anchura suficiente como para que lo hagan las tres en paralelo.

—Tenéis varias salas de juego —narra Olga, que se asoma por el quicio de una puerta—. ¿Ves a esos nenes jugando?

Ariel afirma con la cabeza, sin expresar palabra alguna.

—Cogen los juguetes que quieren —Olga mira a la niña con primor—. Tú podrás hacer lo mismo. Hay muchos niños y niñas de tu edad —entona con ternura, como si leyera una fábula—, son todos muy majos, os vais a llevar muy bien. Vamos a ver el comedor, ¿quieres?

—Sí —replica, formal, Ariel, con el ceño fruncido.

—Pues venga —Olga avanza, encandilada con la modosa atención que le dispensa la niña, mientras ella prosigue con su explicación—. La comida está muy rica, unos días hay macarrones con tomate, otros días hay pollito con patatas…

— ¡Anda, qué rico! —interviene Amalia, que le está haciendo gracia la acogida.

—La dieta —Olga mantiene asida la manita de Ariel, al tiempo que se dirige a Amalia con tono más sobrio— la elabora un gabinete de nutrición, son los mismos que elaboran los menús del centro de alto rendimiento de deportistas; es todo natural, calibrado, y pensado para la salud de los niños —retoma su tono saltarín y se agacha de nuevo—, ¡¿eh!? Así que vas a estar muy a gusto aquí.

—Vale —responde convencida la pequeña.

— ¿Quieres jugar un poquito —le propone la experimentada directora—, mientras mamá y yo hablamos más cositas?

La pensativa niña asiente, con dudas, y mira a su madre para confirmar si le deja o no.

—Aquí estará bien —le asevera Olga a Amalia—, estas niñas —se refiere a tres que juegan en el suelo— son muy buenas, no hay ningún problema.

—Perfecto —Amalia da su beneplácito—. Hija acércate a ellas si quieres.

Ariel baja la cabeza, tímida, le da cosa tomar la iniciativa de ir, pero las niñas han oído la propuesta y son las que vienen corriendo en su busca. Ariel cambia su rictus de retraimiento por uno de pillastre y empieza a saltar animosa, sumándose al corro que, sobre la impoluta moqueta, forman todas ellas.

—Nunca hemos tenido problemas —le explica Olga a Amalia—. Los niños que vienen son de la zona, funcionamos como una gran familia, los padres colaboran mucho, es algo muy importante y que valoramos mucho.

—Por mi parte, estaré disponible. Es un sitio cuidado y organizado, se ve.

—Hacemos lo posible —sonríe Olga, que entrelaza sus manos caídas, delante de sí—. Entonces, ¿el papá de Ariel no está? —Pregunta, juiciosa—. Debemos tenerlo en cuenta, por la niña.

—Lo entiendo. Justo antes de nacer la niña, él murió en un accidente de trabajo.

—Vale —expresa Olga con semblante maternal.

—Me ayuda mucho mi madre —Amalia se congoja al hablar—, es viuda y entre las dos nos apañamos con Ariel.

—Muy bien —Olga ofrece un lado cercano y reconfortante—, pues entonces estáis las tres generaciones juntas, eso es muy bonito —le sonríe.

— ¿Puedo preguntarte si tienes hijos? —indaga Amalia.

—Sí, claro —se alegra Olga, que cree que ha de ofrecer algo de sí misma a cambio de sus pesquisas—. Yo soy separada, hace muchos años, mi marido actual, que no es el padre de mis hijos, se ha hecho cargo de ellos, son seis.

— ¡Vaya!, ja, ja, ja.

—Mi primer marido me dejó, se fue con otra —se sincera—, lo pasé fatal viéndome sola con seis hijos a cargo, pero ahora me río de todo aquello.

Algo se tuerce en el gesto de Amalia.

—Tú tranquila, ya verás que felicidad con tu hija, con el tiempo reharás tu vida —le anima Olga, pensando que va por ahí la cosa.

—Sí, gracias —Amalia sonríe, comedida.

—No me hubiera importado tener más —reflexiona la profesora—, para mí son todos hijos —mira a Amalia, y se regocija en su sentimiento mientras lo cuenta—, los míos y los de los demás, ja, ja, ja. Es una labor maravillosa.

—Se ve que te gustan mucho los niños —expresa Amalia, que mantiene el toque agridulce surgido, en su interior.

— ¿Sois de Segovia? —le pregunta Olga, cambiando de asunto.

—Ariel y yo sí, mi madre es de fuera, conoció a mi padre cuando él trabajaba donde ella residía. Él era de aquí y por eso terminaron viniéndose a vivir a esta zona.

—Y aquí habéis hecho vuestra vida —resume la profesora, dando por concluida esta parte de la conversación—, muy bien —sonríe abiertamente.

— ¡Profe, Rubén me ha quitado el oso!

Acude a ella otro de los niños, que le tira de la pernera a ella.

—Quítate la costumbre de tirar de la ropa, Manuel —le responde Olga, firme pero serena.

— ¡Vale seño! —el chaval declina su acción y se queda expectante.

—Te he visto con el oso un buen rato, ¿a que sí?

—Sí.

—Los demás también tienen derecho a utilizarlo, es de todos. ¿Te lo ha pedido o te lo ha quitado?

—Lo dejé en la caja, seño, para poder coger otro juguete, y él ha aprovechado para irse a por el oso, ¡y eso no es! —se enfurruña, cruzándose de brazos y agriando el careto.

—No le puedo regañar, entonces, por habértelo quitado de malos modos, nadie te ha usurpado nada, y él lo ha cogido cuando nadie lo tenía, así que no tienes ningún motivo para reclamarle nada. Has de aprender a compartir —Olga le acaricia el carrillo—. Ahora él podrá estar con el oso, tanto tiempo como hayas estado tú, sin que le incordies; tienes muchos otros juguetes a tu alcance, coge otro y no seas egoísta.

—Vale seño —acata, de buen grado, el revoltoso.

—Dame un beso y vete a la sala, que estoy hablando y has interrumpido una conversación de adultos.

El crío le besa y se imagina otro juego.

“Seño, ¡voy a coger el coche ambulancia!”.

Sale corriendo, imitando las alas de un avión. Ambas mujeres ríen.

— ¿Tú eres de fuera, Olga? —Amalia siente curiosidad.

—Soy de Cuenca —le explica con agrado, aun riendo—. Mi carrera docente la empecé en esa ciudad, mi familia tenía una casa antiquísima, al lado de las famosas Casas Colgantes, allí me crie.

—Te has movido mucho entonces… —deduce Amalia, que atisba en Olga el porte y dignidad que aprecia en su propia madre, cada vez que la mira.

—Sí, y ahora, aquí me tienes, atrapada sin poder escapar, ja, ja, ja.

—Ja, ja, ja

—Bueno, Amalia, puedes venir cuando quieras, si te ha gustado nuestro centro.

—De acuerdo.

—Tienes una hija muy inteligente, se la ve.

—Olga, quisiera… —Amalia se apura—… preguntar por los precios.

—Va en función del horario y los servicios que se usen —Olga se da cuenta—, ¿qué horas necesitas que esté Ariel con nosotros?, ¿quieres que vayamos a por ella a casa y que coma aquí?

—Me están cambiando los horarios de trabajo, aún no lo tengo decidido, creo que la traería yo sobre las ocho de la mañana.

—Bien —sonríe amable.

—Pensaba hablar con mi madre, sobre lo de que la niña coma aquí o en casa, porque no lo tengo nada claro.

—Muy bien, no tienes que decirme nada ya mismo, lo sopesáis y te doy el teléfono; si quieres llamas antes, o vienes directamente, lo que prefieras.

—Vale.

—Nosotros cobramos diez mil pesetas al mes, por cuatro horas al día de lunes a viernes.

—Muy bien.

—Y adicionamos mil pesetas más al mes, por cada hora de más que se quede.

—Vale.

—Si comiera aquí, pagaría diez mil pesetas de suplemento al mes.

—Vale —Amalia está decepcionada pero lo disimula.

Difícilmente, con sus ingresos, aun sumados los de su madre, va a poder permitirse el lujo de traer a la niña aquí.

— ¿Qué te parece? —Olga pretende ayudarla en lo que esté en su mano.

—Son precios asequibles —le reconoce Amalia—, había preguntado antes en otras guarderías: cobran parecido, pero esta está mejor, la verdad; lo hablo con mi madre y decidimos algo —se muestra vaga.

—Tú exprésame, sin reparos, qué puedes pagar —se ofrece Olga, sonriente y dispuesta a facilitarle las cosas a esta joven madre viuda.

—Tengo que mirarlo mejor —sonríe prudente Amalia.

No desea comprometer a Olga.

—Claro —interviene, cariñosa, la directora—. No hace falta que me expliques, tranquila. Aquí vienen familias que pueden y otras que no, nosotros nos adaptamos, ¿qué tenías previsto? —Posa, suavemente, su mano sobre el brazo de Amalia—, cuéntame como si fuera tu madre —pone un gesto materno.

—Gracias —a Amalia le cuesta solicitar lo que realmente necesita—. Teníamos la idea de doce a quince mil pesetas al mes, máximo —expresa, cohibida.

—Muy bien —Olga acrecienta su gesto de agrado, pareciendo mostrar con el mismo que está de acuerdo—, ¿cuántas horas creéis que estará la niña aquí?

—La mañana; quizás quedarse a comer para que su abuela pueda descansar de cocinar…

—Si te parece —propone Olga, sin alardes, para que Amalia no tenga la sensación de que le regalan algo—, si se queda sólo por la mañana te cobramos ocho mil pesetas, en lugar de diez mil.

—Vale.

—Si se tuviera que quedarse alguna hora más algún día entra dentro, nos avisas de que vas a llegar tarde a recogerla y ya está, así evitamos tener preparada a Ariel antes de tiempo —sonríe candorosa.

—Gracias, Olga, muchísimas gracias —se alegra.

—No hay de qué. Y si quieres que se quede a comer, en lugar de veinte mil pesetas al mes, que es lo habitual, lo dejamos en quince mil y así no te sales de tu presupuesto, ¿qué te parece?

—Está muy bien —se emociona—, agradezco mucho las facilidades.

—Estamos para eso —Olga cambia de tema, retomando su mirada hacia el grupo de niñas—. Está muy grandecita tu hija, y es una nena muy lista, nos agrada mucho recibir niñas como ella.

—Gracias. Sí, es muy atenta, lo pregunta todo —Amalia se enternece por dentro debido al trato que Olga le está dispensando.

—Tiene una mirada muy especial, muy analítica. Ariel progresará bien, ya lo verás —insiste la docente—. Llevo vistos miles de niños y siempre hay algunos que destacan por algo.

—Gracias por todo, Olga— insiste en agradecerle.

—De nada —le mira con cara de contento.

—Estaba muy preocupada por resolver la situación y esto me ayuda mucho.

—Ja, ja, ja, tranquila.

Un espontáneo abrazo mutuo surge entre las dos mujeres.

— ¡Ariel!, te espera mamá para ir a casa —le reclama Olga.

“Adiós”, se despiden las niñas entre sí, muy encajadas. Han acogido bien a Ariel, son tres chiquillas agradables y educadas.

—Vamos hija —Amalia la recibe, viniendo Ariel ágil a abrazar sus piernas—. Gracias, Olga —insiste mientras arropa a Ariel entre sus manos.

—Gracias a vosotras por vuestra visita —les ofrece una amplia y generosa sonrisa—, nos vemos pronto entonces —Olga remueve el fino pelito castaño de Ariel y le habla—. Te esperamos Ariel.

La niña parece descubrir algo que llama su atención en el rostro de la profesora, y la atraviesa con una fija y ladeada mirada.

—Dile adiós —le solicita su madre.

—Adiós —expresa, circunspecta, Ariel.

Caminan hacia la salida y se despiden, definitivamente.

—En cuanto concrete los horarios de trabajo —dice Amalia— llamo por teléfono para avisar.

—No tienes que molestarte, puedes venir directamente a dejarla el día que empiece.

—Muy bien, gracias por todo —le reitera Amalia al salir del negocio.

—A vosotras —Olga mantiene la puerta de salida sujeta—, hasta pronto.


De regreso al hogar, Amalia quiere conocer la impresión de Ariel.

— ¿Qué te ha parecido, hija? Es muy bonito, ¿a que sí?

—Sí, es bonito, una se llama Esther.

— ¿Una de las nenas?

—Sí, no tiene papá, como yo.

— ¿Te ha contado eso?

—No.

— ¿Y por qué dices eso hija?

— ¿Vamos otra vez?

— ¿A la guarde? —indaga, descolocada, Amalia.

— ¡Columpios! —echa a reír Ariel.

—No podemos, hay que ir a casa, tenemos que comer y se hace tarde —le replica Amalia, que reflexiona sobre el inesperado comentario de Ariel.

—La profe tiene nenes pero no tienen papá, como yo —añade la niña.

—Ellas sí tienen papá, Ariel.

—Pero no es el suyo. La profe llora por el papá de ellos que no está.

— ¿Quién, hija? —Amalia está desorientada— ¿Nos has oído cuando hablábamos de sus hijitos y de ti? —Le pregunta—, dime, hija, ¿cómo sabes que tiene nenes y quién es su padre?

—Es buena.

Amalia se impacienta ante la desordenada exposición de la niña. Además, su atención ha de dirigirse a la carretera, pues tienen que cruzar, cerciorándose antes de que no circulen coches.

—Vamos —le dice, al tiempo que atraviesan la calzada e indaga más—. ¿Quién es buena, hija?

—La profe —la niña le contesta, dándose cuenta, al tiempo, de que hay unos columpios a la vista—. ¡Parque!

—No, Ariel, ya te he dicho que hay que ir a comer, no insistas. ¿Por qué es buena la profe?

—Lloraba mucho.

— ¿Cuándo, hija?

—Cuando estaba sola.

—Entonces, ¿nos has oído hablar?

Ariel no responde, se queda muda.

—Dime, hija, ¿no me quieres contestar?

No hay manera y Amalia desiste, quedándose con muchas dudas.


Regresan bajo el antiguo y pétreo acueducto, de casi dos mil años de antigüedad; han de hacerlo con prudencia, pues comparten calzada con coches, buses y camiones. Se habla de que el ayuntamiento tiene previsto peatonalizar la zona, para evitar que los gases que emiten los vehículos transformen en arenisca la sólida piedra. El acueducto se está convirtiendo en un icono turístico, y hay que hacerlo perdurar. Cada vez hay más trasiego en la mística, estrecha, y medieval ciudad. Habrá que reinventarla, adaptándola a los tiempos que se avecinan.


III


Han pasado un par de semanas desde que Amalia le mostró la guardería a Ariel, visitándola juntas.

Argimira, que tiene sesenta y dos años y un canoso, y áspero, pelo recogido, con un moño bien hecho, viste una falda clásica azul marino y una blusa crema, con botones colorados. Su aspecto es el de una señora de buen porte, a la antigua usanza. Es familiar pero de fuerte carácter, y anda encorvada debido a la doblez que va adquiriendo su columna a medida que los brotes de artrosis hacen su efecto.

—Mira abuela —Ariel le enseña una foto incluida en el libro de animales con que juega.

La niña está tumbada sobre la alfombra de la sala de estar mientras la sexagenaria mujer le teje un jersey de lana para el siguiente otoño.

—Es una lechuza —le aclara Argimira al ver la estampa impresa, tras haber desviado su vista al dibujo un ápice—, suelen estar por los bosques, de noche —le añade.

Mientras, tricota a buen ritmo y lleva la cuenta, tiene mucha práctica.

— ¡Qué bonita es, abuela!

—Recoge las cosas Ariel, te voy a hacer la comida.

Argimira deposita ambas agujas sobre el diván, y deja la madeja de lana gris sobre los cojines.

“Quiero una”, se dice la niña al mirar al tomo, tumbada boca abajo y con ambos codos apoyados en el piso.

— ¡Es muy bonita, abuela! —exclama.

—Venga, deja todo en tu habitación —le reitera Argimira, que se incorpora con suma dificultad.


Residen en un bloque de tres plantas, ocupando la segunda de ellas. Es un edificio de piedra y madera, algo cochambroso por fuera, y con aspecto exterior de estar abandonado, pero bien habilitado y vestido por dentro. Los pocos vecinos que hay se encargan de mantenerlo pulcro y vistoso en su interior. No dispone de ascensor. Aun lacónico, resulta habitable y confortable para vivir.

— ¡Hola! —saluda Amalia, a abuela y nieta, al llegar de trabajar.

Restriega sus zapatos contra el grueso felpudo que precede a la entrada.

—Hola hija —le responde Argimira, que está entrando en la cocina justo ahora, para organizar utensilios.

— ¿Qué tal se ha portado la niña? —le pregunta Amalia, dejando llaves y bolso sobre la leja del pequeño hall, tras cerrar la puerta.

Aún no ha establecido contacto visual con su madre, pues las separa el tabique que hay entre recibidor y cocina.

—Ha estado con el tren eléctrico, y luego con unos libros de animales —contesta Argimira mientras abre cajones y coge de ellos lo que necesita para preparar el menú de hoy.

—Lleva dos días obsesionada con los animales —le comenta Amalia entrando en la alacena, y aproximándose a besar a su madre por la espalda, mientras la anciana friega una espumadera en el obsoleto doble fregadero de mármol.

—Sí, con los búhos —sin girarse, Argimira ratifica el comentario y pone la cara para recibir el beso—. No sé qué les ve —frota con estropajo y jabón—, pero no hace caso a otra cosa, le monté el tren, a duras penas, y jugó sólo unos minutos con él, para irse enseguida a coger el libro, otra vez.

—Mamá, no tienes que agacharte —se preocupa Amalia—, dale cualquier otra cosa para que se entretenga.

—Bueno, hija, si veo que puedo, aunque sea a pocos, se lo monto —cierra el grifo y deposita los cacharros en el escurridor—, es lo único con lo que se entretiene, de otra manera no para, y me toca estar tras ella. ¡No sé de dónde saca tanta energía esta mocosa! —Se queja—. ¿Qué tal la mañana?

Argimira cierra un cajón, tras meter algo en él, y se dispone a encender uno de los fuegos de gas, cerilla en mano, mientras espera la respuesta de su hija.

—Me quedo sin uno de los portales, han contratado a una empresa de limpiezas. Voy a asearme y te ayudo —Amalia se dispone a salir cuando su madre interviene.

—Pero si tú trabajas muy bien, hija —se extraña, mientras pone en el fogón una sartén con abundante aceite de girasol.

—Me han dicho que lo sentían mucho, que están contentos conmigo —Amalia repasa los sobres de correspondencia que tiene en mano, al hablar—, pero que han contratado un administrador de fincas para que les lleve todo y va incluido en el precio el mantenimiento del portal —intenta irse de nuevo.

— ¿Y no le han hablado de ti para que te mantenga el puesto? —le pregunta Argimira, que comienza a pelar patatas.

—Se ve que no, mamá —Amalia se impacienta por ausentarse.

Parece que no va a poder salir nunca de la estancia.

— ¿Pero no lo sabes con seguridad?, ¿no has preguntado entonces?

— ¡Ay mamá!, bastante tengo, de verdad —se revuelve Amalia, girándose para irse, ahora sí que sí.

—Bueno hija, tranquila, ya te saldrá otra cosa; de momento, con lo del banco y la oficina de seguros te puedes ir bandeando —Argimira echa las patatas peladas a un bol y las remoja en agua—; es simplemente que no pasa nada por preguntar —las escurre—, es una desfachatez que te hayan pagado lo poco que te han pagado, trabajando bien como trabajas, y que no tengan la delicadeza de tenerlo en cuenta.

—No quiero saber nada de ellos ya —Amalia le responde desde el vestíbulo, al que ha salido para depositar los sobres abiertos sobre la leja, e ir huyendo de la inquisitiva charla—; voy a descalzarme —le indica—, no pienso suplicarles que me contraten —expresa, orgullosa.

—Bueno, ves a ver a tu hija, anda, estará deseando darte un beso.

Concluye Argimira, mientras trocea los tubérculos.

— ¡Mami! —Ariel corre hacia ella por el pasillo, libreto de animales en mano, arrugando el pasillero a su paso.

—Ven hija, dame un beso —Amalia la coge al vuelo—, ¿qué tal?

—Mira —Ariel señala al búho de su libro.

— ¡Qué bonito! —le deja en el suelo—, venga —le besa otra vez, dándola una palmadita en el culo—, ve a tu habitación mientras yo me pongo cómoda.

— ¡Haz lo que te dice tu madre! —refuerza Argimira, como si fuera necesario o alguien le hubiera solicitado hacerlo.

—Mamá, ya termino de cocinar yo.

Le contesta Amalia, aprovechando para dejarle claro a su progenitora que no quiere que permanezca más tiempo de pie, castigando su maltrecho esqueleto con malas posturas.

—Es igual hija, tú cámbiate de atuendo, ahora pones la mesa si acaso —remueve las patatas en el óleo hirviendo, graduando la intensidad de la flama.

—Me pondré las zapatillas de casa; no me desvisto porque iré a pagar la guardería nada más terminar de comer.

—Si te dijo la directora que no había problema, que ya iríais hablando, ¿no me dijiste eso?

—Sí mamá, pero prefiero ir con el dinero por delante, si voy a llevar mañana a la niña quiero que ya esté abonado de antemano, encima que nos hace un precio rebajado…

—Está bien, hija —acata Argimira, que extrae las primeras patatas fritas y las coloca en una fuente, sobre papel absorbente.

Amalia entra un momento a su alcoba, sale de ella, se asoma a la de la niña y comprobar si siguió sus instrucciones.

—Déjalo allí, hija —Amalia le señala con su índice a una esquina, mientras se propone ir al baño.

La niña aún tiene el libro de fauna por el suelo, y lo observa con dedicación.

—Hermano pequeñito —indica con su dedito, una y otra, vez sobre un búho impreso en él.

— ¿El búho tiene un hermanito?, qué bien mi amor, vamos, deja el libro allí y ven al baño a lavar tus manitas —Amalia le aguarda de pie en la puerta.

—Sí, hermano —repite Ariel, señalando de nuevo al búho del ejemplar y sin mover un ápice su postura.

—Vale hija, déjalo allí, encima de los otros, para que quede recogido.

—Hermano —insiste la cría.

— ¡Ariel! —Amalia se enoja, necesita adecentarse y descansar.

—Hermanito —la pequeña parece absorta, no atiende.

—Ariel, te estoy llamando. ¡Vamos! —le reclama, agitando la mano para reforzar su orden.

—Hermano, el búho —insiste la niña, ignorándola por completo.

— ¡Ariel! —se molesta Amalia, que coge el volumen de mala gana y lo estrella donde tendría que haberlo ordenado la pequeña.

—Búho, hermanito —expresa Ariel otra vez, ya sin el libro a la vista y mirando a su madre.

—Ariel, cállate, ¡cállate de una vez! —la coge en brazos y van al servicio.

— ¡¿Qué pasa?! —vocifera la abuela de la niña desde la cocina.

Ha oído la conversación subir de tono.

—Nada, mamá —responde Amalia.

—Mami, no llores —le dice Ariel a su vez a ella.

— ¿Qué te pasa, hija? —Indaga Amalia —, ¿es que no me escuchas?, ¿qué es lo que te pasa? —trata de comprender el comportamiento de la chiquilla.

Ariel permanece impasible, observando a su madre con una profunda y desconfiada mirada.

—Perdona, hija —Amalia decide calmarse— lavémonos las manitas y vayamos a comer, pero la siguiente vez atiéndeme de inicio, ¿de acuerdo? —se seca un par de lágrimas mientras abre el grifo de hierro del lavabo.

— ¡A la mesa!

Se escucha llamar a Argimira, que se asoma al pasillo trapo secador en mano.

—Ya vamos, mamá —le contesta Amalia con voz rota, al tiempo que enjuaga las manitas de Ariel con jabón.

Argimira se acerca, quiere indagar.

— ¿Pasa algo? —pregunta al llegar y asomarse al baño.

—No mamá.

Amalia retrae su llanto pero está compungida.

—Ya te saldrán otras cosas, hija, no te lo tomes tan a pecho.

—No es eso, mamá —le responde Amalia, clausurando el caño y alcanzando la toalla de cara.

— ¿Se ha hecho algo la niña?, he oído un golpe —mira a Amalia con preocupación, pues la ve inquieta.

—No, ella está bien —seca a la cría—, he sido yo al dejar un libro, se me cayó.

—Pues hija…—Argimira no sabe qué más decir, la ve afligida pero no quiere presionarla.

—Hablaré contigo mamá —zanja Amalia, que desciende a la niña al suelo y mira a su madre mediante sus azules y llorosos ojos, con una expresión inaudita, e irreconocible, para Argimira.

—De acuerdo, hija —está impresionada por el raro gesto de su hija.

—No volveré a ese portal, mamá; no es por lo que te he dicho, no hay ningún administrador, hay otro motivo; pero te lo contaré después, no quiero que esté la niña delante —sentencia Amalia, que clava la mirada en su propia progenitora, quien se queda a la espera de averiguar qué sucede.


La comida transcurre en silencio.

Ariel es una niña, de tan solo tres años, pero es consciente de que, al contrario de lo que su madre y su abuela suelen hacer, otras veces, hoy, cada una mira a su plato y no se cruzan la mirada en ningún momento.

Al terminar recogen, y Amalia le manda a ella a jugar al pasillo, entornando la puerta de la cocina, que cuenta con un cristal translúcido en su parte superior. Ariel se sienta sobre el estrecho y largo alfombrado, abre su libro de animales por la página en la que aparece el búho, y lo deja frente a sí, tal cual, centrando su aniñada, e intensa, mirada en dicha puerta.

La cría observa las siluetas de esas dos mujeres que están de pie, frente a frente, hablando, al otro lado de ese difuso vidrio. El sonido de la conversación apenas sale por la rendija que quedó abierta. A momentos, las ve gesticular y alterarse, así como levantar sus voces. Ariel escucha palabras sueltas: “cómo, por qué, médicos, no sabía, capaz...”. Pero no atina a recepcionar alguna frase al completo.

De repente, ve sus figuras alargadas al trasluz; dejan de moverse, la que corresponde a su madre se echa las manos a la cara y llora; la puerta se abre, saliendo su abuela por la misma, con paso sereno, el rostro pálido, y la mirada ida.

— ¡Abuela! —le reclama desde su inocencia.

No la atiende, Argimira pasa de largo sin contestarle, parece un zombi deambulando por el largo pasillo; termina por introducirse en su habitación.

Amalia se asoma, desmoronada, mira a Ariel.

— ¡Mamá! —le exclama la niña.

Amalia rompe a llorar y Ariel se levanta hacia ella algo asustada.

—Mamá…

Amalia la abraza, sin decir nada.


****

CAMPAMENTO EN LA ALCARRIA

(Hace 20 años)


I


— ¿Has guardado la linterna? —pregunta Amalia, de treinta y seis años de edad y amplia, limpia, y azulada mirada.

—Sí, mamá —le responde Ariel, de quince, afanándose en aprovechar, al máximo, el espacio que le ofrece el enorme mochilón que rellena, y que tiene apoyado sobre la cama; se va de campamento, y está completando el petate con todo lo necesario.


Ariel se ha convertido en una atractiva y carismática adolescente; de liso y largo pelo castaño, bello tipo, y apariencia sofisticada, ella es muy independiente. Viste un vaquero jaspeado claro, y una camiseta blanca de manga corta. Su madre un sencillo vestido azul marino, de una pieza, que le llega hasta las rodillas, casi siempre se uniforma de igual modo.


Si no se dan prisa llegarán tarde al punto de encuentro, donde espera el bus que trasladará al grupo a Sigüenza.

—Toma, el bocadillo de hoy —entra Amalia en la estancia, proveniente de la vetusta cocina.

Siguen viviendo en el piso de Segovia.

—Gracias, mamá —comprueba que es una barra entera de pan, muy rellena—. ¡Es muy grande!, ja, ja, ja —a Ariel le cuesta sujetar el peso.

—Bueno hija, si te sobra te lo guardas para la cena, o lo compartes con alguien.

—Ja, ja, ja, anda, trae —le besa y coloca el elemento en un bolsillo exterior del mochilón, que está a reventar—. Ya tengo todo listo —dice Ariel, que se esfuerza para conseguir cerrar la cremallera.

— ¿Te ayudo? —Amalia se aproxima, oprimiendo los laterales del bolsón con ambas manos, antes de obtener respuesta.

—No mamá, ya lo tengo —Ariel es capaz de cerrarlo y se lo carga al hombro, dando otro beso a su progenitora—. ¡Venga!, me voy corriendo que no llego, voy a entrar un momento a besar a la abuela —anuncia.

—Voy contigo —Amalia corre a calzarse.

La verdad es que Ariel no esperaba ir acompañada de su madre.

—Como quieras, mamá, pero tendremos que ir a buen paso, puede que te cueste andar a mi ritmo.

—Sí hija, voy, no pasa nada —determina Amalia, que se calza sus negros zapatos de tacón medio.

Ariel accede a la alcoba en la que, desde hace ocho años, permanece encamada su abuela, Argimira, tras sufrir un daño cerebral irreversible.

—Te quiero, abuela —le expresa suave, mientras se inclina para besarla en la frente y se emociona—. Pronto regreso —le dice, tomando asiento a su lado, y posando su mano sobre la de ella.

Se lleva la otra al rostro, para sentir su caricia.

— ¡Ya estoy! —exclama Amalia desde la entrada.

— ¡Voy, mamá! —Ariel acelera su acción y regala un último beso a la inerte e inexpresiva anciana.



Un avanzado autocar se encuentra estacionado en la plaza del acueducto de Segovia, acogiendo equipajes, tiendas de campaña, provisiones, y personas.

— ¡Buenos días! —saluda Ariel al llegar, a uno de los monitores.

— ¡Hola! —El chico echa un somero vistazo al rebosante maletero, del que sobresalen correas y esterillas —, mételo por dónde puedas —le indica.

El ómnibus está que explota pero se consiguen incluir en él a todo y a todos. Al no haber asientos asignados cada cual viajará donde guste.

Ariel se abraza con su madre, quien le desea una feliz vivencia, y le pide que le llame cuando le sea posible. Después, Ariel sube al autocar y observa el alboroto, la gente se mueve de un lado a otro en el reducido espacio, y ella escoge sentarse en una butaca de la parte central, que da al pasillo. Avanza como puede, llega a una que permanece vacía; no se ha fijado en nada más, pues ha centrado la atención en asegurarse de que no estuviera ocupada con algún bolso o chaqueta, reservada por alguien. Toma asiento y ve que a su lado, junto al tintado y oscurecido ventanal, se sienta un apuesto joven, de pelo castaño claro y bien parecido, con aspecto despejado y sano, y portador de una pequeña perilla, que le afina el rostro.

— ¡Hola! —le saluda él, al verla ocupar el puesto.

—Hola, ¿qué tal? —Le responde ella, sonriente—, encantada, soy Ariel.

—Igualmente, yo soy Juan. ¿Quieres? —le ofrece una bolsita de gominolas, abierta.

—No, gracias, no me van.

— ¡Están buenísimas!

—Seguro que sí, ja, ja, ja.

— ¡Ahí os quedáis! —Expresa él, saludando con la mano a quienes divisa a través del amplio ventanal—, ¿quiénes son los tuyos? —cotillea con desfachatez.

Aunque ella se lo piensa, lo encuentra divertido y decide responderle.

—La señora con vestido azul marino.

Él hace por divisarla.

— ¿Es tu madre?—se sorprende una vez la localiza.

—Sí —le corrobora Ariel, expectante ante lo que pueda añadir él.

— ¡Es muy joven!, pensé que sería mayor. ¡Hola, señora, mucho gusto! —le saluda, cómico, agitando la mano.

Por supuesto, la madre de Ariel no puede oírle, pero sí le ve el ademán y le devuelve el saludo de igual manera: agitando su mano.

— ¡Qué maja, si me dice hola!, ja, ja, ja —él le saluda, más aún, y torna su mirada, color marrón claro, hacia Ariel, para preguntar—. ¿Sólo ha venido ella?

—Sí —a Ariel le parece que él se toma demasiadas confianzas, pero le sigue el juego a ver hasta dónde llega.

—Los míos son esos —el chico señala a tres personas—, son mis padres y mi tía —explica—. ¿Seguro que no quieres? — le vuelve a ofrecer goloseo—, son de jugo natural de frutas —especifica—, ¡están riquísimas! —se relame.

—No, gracias, seguro.

Ariel parece abstraerse al responder. Pierde la visión por un instante, y escucha su propia respiración y el pálpito de su corazón. Se asusta un poco por la sensación de pérdida de noción e inestabilidad que siente.

—Como quieras —él sigue a lo suyo—, ¡mira!, ja, ja, ja —se mofa porque ve a su propia madre, la de él, tirándole besos al aire—, ¡me siento niño pequeño!, ja, ja, ja —se recrea.

Ariel ya no le oye, está encerrada en sí misma, hay mutismo total, y deja de percibir todo atisbo de realidad, solo ve negrura. No está segura de si tiene los ojos cerrados o abiertos pero, sea como sea, no ve imagen alguna a través de ellos. De repente, hay algo que comienza a cobrar luminosidad, y Ariel quiere ver de qué se trata; pero tiene que esperar unos segundos a que la imagen se le presente más nítida. Es una cara difuminada que se va aclarando: es de un chico. Desaparece la nebulosa y el rostro misterioso se muestra exacto, es el del inquieto chico, el que le habla a ella sin parar, desde el asiento de al lado; está sereno pero avejentado, y la mira amoroso. Ariel, ahora, siente que algo se mueve en un nivel inferior al de su ángulo de visión, es como si ella mirara realmente, aunque lo cierto es que continúa en trance; baja su mirada y ve la mano de él extendida hacia la de ella. Ariel la ase, caminan juntos por un sendero, entre verdes y extensas praderas. No hay nadie más, en muchos kilómetros a la redonda, y brilla el sol: no quema, ni es incipiente. Ariel presiente que alguien va tras ellos, justo en el instante en que surgen, de la nada, unas inocentes risas. Al girarse sobre sí un poco ve que les siguen dos preciosos pequeños, de unos cuatro o cinco años de edad, un niño y una niña; se pasan una florecilla entre ellos y disfrutan. Al fijarse en sus facciones, Ariel observa que él se parece al chico que camina junto a ella, y la pequeña a ella misma. Vuelve a mirar hacia delante; una tranquila, y bien adoquinada, ciudad se aparece ante ella. Hay una plaza, y en ella una silueta al trasluz, de un hombre antiguo con pluma de ave en su mano, que se muestra erguido. Parece llevar una lechuguilla al cuello, y una malla en las piernas. Se diría que es medieval.


¡¡¡SSSSHHHH!!!


Ariel da un respingo sobre su asiento y toma un chorro de aire.

— ¿Qué te pasa? —pregunta el simpático chaval, sentado al lado suyo.

Ariel está mareada, aturdida, despertándose aún del letargo.

Ha sido el sonido del aire a presión, generado por las puertas del bus al cerrar.

Inician camino. Ella se siente desubicada.

— ¿Qué ha sucedido?, se pregunta. ¿Qué son esas imágenes?

Realmente no ha escuchado la pregunta que el chico le acaba de hacer.

— ¡Ala, a más ver! —expresa él, mientras otea a todos los que quedan en tierra.

Ariel le mira de perfil, seria e introspectiva. Él está ajeno a la intensa atención que ella le presta, cuando se gira hacia ella para preguntarle.

— ¿Has estado alguna vez en Guadalajara?

—No —contesta reflexiva, perdiendo su mirada en el horizonte, a través de la cristalera, más allá de él.

— ¡Ya no hay!

— ¿El qué?

—Caramelos —él arruga la pequeña bolsa vacía y le mira a ella con gesto sonriente—, me tenía que haber comprado dos —añade—. ¿Por qué saltaste sobre el asiento?

— ¿Lo he hecho?

—Sí, has dado un respingo, ¿no te has dado cuenta?

Ariel no le contesta, sino que reflexiona acerca de su propia visión. Él no insiste, al ver que ella prefiere no hablarle, así que recupera su interés en el panorama que ve desde su puesto.

“Lo mismo la estoy incordiando”, se dice.


Tras tres horas de viaje, llegan a Sigüenza, así lo anuncia la prominente estampa del castillo que domina la loma más elevada de la ciudad. Han hecho una parada, para estirar las piernas en Guadalajara, visitando el renacentista Palacio del Infantado, en cuyo interior se encuentra el artesonado, evocador, y señorial, patio de los leones.

Ahora toca comer, tienen hambre. Los integrantes de la excursión portan tarteras y bocadillos. Hasta la noche no estará montado el barracón de cocina, y han de ingerir lo que llevan a mano. Por la tarde, tras comer y descansar un poco, será cuando instalen las letrinas y la zona de tiendas de campaña, en la campa junto al río, bajo los sauces llorones que la pueblan.

Están a cinco minutos a pie del empedrado, celtibero, y desnivelado, casco viejo de la rojiza ciudad. Las arcillas son abundantes en los alrededores, así que los horneados ladrillos, que utilizaron para construir la puebla, imprimen a esta un carácter bermellón.

— ¡Chicos, venid! —Reclama uno de los monitores, uniformado con pantalón corto multibolsillos, camiseta de manga corta, y una gorra—. Iros colocando en círculo —les señala la forma, para que se distribuyan en corro las más de cincuenta personas que son.


Una vez en formación, tal y como les requería, les instruye.

—Vamos a descargar el equipaje, después nos sentaremos donde queramos y comeremos. Descansaremos media hora y nos constituiremos, tras ello, en grupos más pequeños para montar el campamento, ¿vale?

“¡Vale!”, le responden todos, entusiasmados con la aventura.


Para cuando las campanas de la cobriza torre de la catedral anuncian las ocho de la tarde, han terminado la ardua labor de instalación y montaje de lonas, carpas, y postes de sujeción. Otro monitor pita, silbato en mano, y les aglutina, nuevamente. Forman un nuevo círculo, igual que el de antes.

—Permaneced de pie —indica el instructor—, vamos a realizar un juego para relajarnos, después cenaremos. Las cocineras ya están preparando el menú —anuncia—, ¡ñam, ñam! —bromea—; antes —explica mirando, cómplice, al resto de monitores que ya empiezan a reírse—, voy a acercarme a vosotros para deciros al oído el nombre de un animal, recordadlo bien porque, cuando todos lo tengáis asignado, indicaré, en voz alta, uno de ellos; quien lo sea tendrá que sentarse, y los demás se tirarán encima; el último pierde, ¿me habéis entendido, gentuza? —se le escapa la risa, y vuelve a mirar a sus compañeros instructores.

“Sí”, le responden todos, encantados.

— ¡Pues venga!, voy a deciros el animal que sois, ¡bestias, que sois unas bestias! —les anima.

El simpático chico comienza a recorrer el corrillo, susurrando a cada cual el animal que le corresponde, en privado y en voz baja, para que los demás no le oigan.

—Tigre —le dice al primero.

—Tigre —le dice al segundo.

—Tigre —le dice al tercero.

Tigre, les ha dicho a todos.

Cuando ha completado el redondel, se suma a él.

—Ya tenéis cada uno un animal, ahora atentos —les previene, y levanta su brazo.

Se hace el silencio, recayendo la plena atención en él.

— ¡Va! —les avisa por última vez.

Algunos se inclinan para estar más próximos al suelo, por si es a alguno de ellos que le toque caer a él lo antes posible, al oír de boca del monitor el nombre del animal que le asignó.

—Y el animal es…¡¡tigre!! —chilla, desgañitándose, mientras una multitudinaria culotada tiene lugar. Tras un mutis, todos se miran entre sí con caras de despiste, sin saber muy bien qué pensar. Gradualmente, reaccionan a la broma.

— ¡¿Nos ha dicho a todos el mismo animal?! Se preguntan.

—Muy bien, ja, ja, ja —habla como puede el chico, que llora de la risa—, pues ya estáis todos sentados que es donde os quería tener, ja, ja, ja —no para de carcajear.

Los otros seis instructores se desternillan de la risa, flexionando el tronco y sujetando su estómago, que ya les duele de tanto reír.

— ¿Explicas tú lo siguiente? —el chico pregunta a otra de las monitoras, que le mira con cara de guasa.

—Sí —le responde esta, intentando recomponerse—, ja, ja, ja, a ver chicos, ¡un momento, por favor! —trata de recuperar la atención—, quedaros sentados como estáis; os voy a repartir papelitos y lápiz, para que anotéis vuestro nombre y vuestro primer apellido en ellos —mira a los otros monitores reír y cae—, ja, ja, ja —se le escapa—, después, lo vamos a meter en un saquito, y os iréis acercando para sacar uno a ciegas: seréis el amigo invisible de esa persona cuyo nombre hayáis obtenido, ¿vale?, ja, ja, ja —se ríe otra vez porque le viene la imagen de la sentada colectiva—. ¡Voy! —comienza a distribuir bolis.

Tras quedar establecidas las parejas, sabiendo quién es el amigo invisible de quién, la monitora termina de exponer.

—Ya tenéis cada uno un amigo invisible, cuya identidad desconocéis, y a su vez sois el amigo invisible de alguien; la cosa consiste en preocuparos por esa persona y en cuidarla con detalles; le podéis regalar cosas, o enviarle mensajes, pero siempre anónimos y a través de otras personas, ¡¿está entendido?!

“¡Sí!”, se oye.

Se lo pasan bomba.

—El último día de acampada nos reuniremos, desvelando quien es cada amigo invisible, ¿vale?

“¡Vale!”, gritan.

Tras esta nueva propuesta de juego, todos disponen de un tiempo de asueto. Después, cenan en el barracón portátil, y terminan por acostarse rendidos, dado el cansancio.


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