include_once("common_lab_header.php");
Excerpt for El doncel de la buena vida by , available in its entirety at Smashwords



EL DONCEL DE LA BUENA VIDA

Descubriendo el siguiente paso


Alfonso Mariblanca



Copyright2019Alfonso Mariblanca

Todos los derechos reservados

Published by Alfonso Mariblanca at Smashwords

Licencia de uso para la edición de Smashwords

La licencia de uso de este libro electrónico es para tu disfrute personal. Por lo tanto, no puedes revenderlo ni regalarlo a otras personas. Si deseas compartirlo, ten la amabilidad de adquirir una copia adicional para cada destinatario. Si lo estás leyendo y no lo compraste ni te fue obsequiado para tu uso exclusivo, haz el favor de dirigirte a Smashwords.com y descargar tu propia copia. Gracias por respetar el arduo trabajo del autor.

Smashwords Edition Licence Notes

This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each recipient. If you’re reading this book and did not purchase it, or it was not purchased for your use only, then please return to Smashwords.com and purchase your own copy. Thank you for respecting the hard work of this author.


****


A ti, Matilde.



****


EL ENCUENTRO

Momento actual. Año de 2019

Primera parte


I


—Sé que es duro, Mercedes.

Le expresa su amiga por teléfono, justo cuando van a despedirse.

—Gracias Miriam, siempre te has mostrado como una buena amiga, y has estado ahí; gracias por llamar.

—Cualquier cosa que necesites, sólo tienes que decírmelo, lo que sea —recalca.

—Lo sé Miriam; gracias, de veras.

—Adiós Mercedes, cuídate, te quiero. Un beso muy fuerte, y saluda a los tuyos de mi parte. Iremos al funeral, os veremos en la iglesia esta tarde.

—Adiós Miriam, gracias por llamar. Hasta luego.


Mercedes mantiene en su faz un perenne, serio, y agrio gesto; no lo tiene debido las sucesivas operaciones de estética a las que se ha sometido, ni por la erosión del paso de los más de cincuenta años de vida que lleva consumidos; su personalidad es así, y esto es algo que traspasa su piel, y se termina mostrando al exterior. Su aspecto, medio oculto tras una media melena enrubiada, repleta de tirabuzones, es enjuto, y algo ordinario. De joven, era más lozana y fina, en su físico; no así en su carácter, que siempre fue rudo. Ella no es persona de sonrisa fácil, pero sí es cuidadora con los que más quiere.


Tras finalizar su cercana conversación con Miriam, deposita el celular sobre la encimera de la cocina; al tiempo, Mauro, su mofletudo y moreno hijo, entra en la estancia y se dirige a ella.

—Buenos días, madre; ¿cómo está?

—Bien, estoy bien —le responde Mercedes, sin convencerle de que así es.

La educación, y las buenas maneras, siempre estuvieron presentes en el hogar, en cuanto al desarrollo de las relaciones entre matrimonio e hijos se refiere.

Los cónyuges, y los tres hijos habidos en su seno, habitan en un chalé, en una de las mejores zonas residenciales del norte de Madrid.

— ¡Buenos días mami! —Exclama Vanessa al acceder a la estancia, mientras rastrea con su mirada la larga encimera, en forma de ele, para distinguir qué cosas hay disponibles para el desayuno—. ¡Hola hermano! —añade, al percatarse de que él permanece, de pie, en la esquina del fondo.

—Hola, hermana; buenos días —le responde circunspecto, observando el animoso movimiento que ella manifiesta durante su husmeo.

Vanessa es una adolescente dicharachera, espigada; clarita de piel y rubia, fina en sus maneras, y de buen tipo.

—Hola hija, ¿cómo te encuentras? —le habla, viéndola por el rabillo del ojo, desde su posición sentada.

—Algo he dormido, mamá, no puedo quejarme —Vanessa abre la nevera al contestar, tratando de aportar normalidad en este delicado momento—; ¿y tú, mami?

—Apenas cerré los ojos un rato, en la noche —contesta Mercedes, desganada.

Mauro, también se ha puesto en marcha; sigue el ritmo marcado por su hermana.

— ¿Vas A hacer desayuno, hijo?

—Claro madre, algo habrá que tomar… —añade resignado; definitivamente, sumado a la proactividad que muestra Vanessa.

Ninguno de los dos hermanos quiere detenerse demasiado, para no tener tiempo de pensar sobre lo sucedido. Además, se sienten en el compromiso de alentar a su madre.

—Yo pongo la mesa —decide Vanessa, que camina rápidA hacia un cajón, y toma en mano uno de los manteles de lino guardados en él.

Intentan aportarse sensación mutua de continuidad, tras la tragedia.

El cabeza de familia, Adolfo, de elegante porte, desciende, garboso, la escalera de cerezo, que une las dos plantas del lujoso y bien amueblado chalé; deposita sobre el zapatero del pasillo una cuerda de tendal: a menudo, arregla algún desperfecto de la vivienda, por mero entretenimiento.

El notable esposo y padre, está enfundado en un precioso y aterciopelado pijama de color cian, sobre el que lleva atado, por la cintura, su batín azul marino, resaltando ambas prendas su canoso y abundante pelo, así como sus amplios ojos grisáceos.

Hombre ambicioso, y enérgico, seguro de sí mismo, desde hace un año, se siente decaído y venido a menos. Desde fuera nadie lo diría, pero él se nota cansado internamente, y mermado por la sucesión del tiempo; cree que su bajo estado anímico se debe al sentimiento de culpa que le abate, provocado, este, por la contrición que sufre al saberse culpable de las numerosas infidelidades que comete; lo asume: no le queda otra.

Adolfo, vive envuelto en una agridulce remembranza de tiempos pasados, más juveniles, contentándose, ahora, con las situaciones existentes, que le aportan cierto disfrute; nada más.

Entra en la cocina, sosegado e introspectivo, y se sienta; no cruza palabra con ninguno de los tres miembros de la familia presentes; lo que sí que hace, es mirar la silla vacía que antes ocupaba su hijo Héctor, asumiendo que será así como la verá a partir de ahora. Adolfo mantiene su actitud habitual, sabedor de que nadie espera conversación de él; ahora, menos que nunca. No se cree capaz de aportar el optimismo necesario en éste momento, por lo que prefiere quedarse entre bambalinas.

La finca donde residen es ajardinada, luminosa, y moderna; viven en ella desde hace veinte años; a partir del primer momento de estar instalados aquí, han cedido una de las habitaciones de la planta superior a cada confiable, y servicial persona que, como trabajadora interna, se ha encargado de atender a los hijos, y de realizar cumplida labor de las tareas domésticas; casi siempre, fue Angelita quien ocupó el puesto; hasta que lo dejó hace un año.


Es una cálida y otoñal mañana.

Adolfo permanece en su silla, mira a su mujer con mimo, le dan ganas de estirar su mano y posarla sobre la de ella, pero piensa que es preferible no mostrar gesto alguno, en este triste instante: Mercedes podría rechazarle, él lo tiene claro. La pareja lleva tiempo distanciada, y hoy no parece la mejor ocasión para intentar el reencuentro.

Adolfo se siente mal, pues el difícil trance que abate a todos no le afecta de igual manera a él; es más, aun con la decadencia citada de los últimos doce meses, hoy es el primer día, en mucho tiempo, que se levanta con más energía que nunca: algo que no acaba de comprender, ya que en su mente está muy presente su hijo Héctor.

Adolfo quisiera ser más empático, pero no surge de su fuero interno el brío necesario para que esto se dé. Él está pausado, como anestesiado; quizás es la reacción natural de su cuerpo, y de su mente, ante tal evento; la manera que tiene de defenderse del crudo, e inesperado, giro. El shock vivido ha hecho que cada cual canalice de modo distinto la repercusión vivenciada: eso piensa él. También, achaca su inesperada entereza de hoy a que siempre ha mantenido un ritmo de vida diferente del resto, que le mantiene ocupado con otras cosas. Se sabe duro y muy discreto, en la muestra de emociones que hace: siempre ha sido así; nadie va a exigirle, ahora, una respuesta contraria. Así pues, él decide que se mantendrá cercano, pero desde su postura independiente.

Mercedes, por su parte, permanece reflexiva, con la mirada ausente; se distrae, al fijar su atención en cómo Vanessa prepara los pequeños pocillos cerámicos de color naranja que poseen, y que suelen utilizar en las mañanas; la chica los rellena con mermelada, depositándolos, seguidamente, sobre la amplia mesa de pino, que ya se encuentra cubierta con el mantel que ella misma obtuvo hace un momento.

—Pon la de albaricoque, por favor, hija: otra no me va a entrar —solicita.

—Sí, mamá, he puesto esa —responde Vanessa, concentrada en lo que hace—; sé que es tu predilecta.

Aunque el ambiente general es apagado, como es lógico, por mucho que traten de superar la situación desde el minuto uno, Adolfo lo percibe muy familiar; incluso, cómodo: algo que, sumado a la agradable visión que del cuidado jardín tiene él, a través del amplio ventanal de la cocina, le resulta del todo apaciguador. Se siente pleno, aunque resulte contradictorio el tener dicha actitud, precisamente hoy. Mientras tanto, humea el pan recién tostado, que Mauro distribuye sobre la bonita fuente de porcelana para ser llevado a la mesa.


Mercedes es tres años menor que Adolfo, el cual tiene cincuenta y cuatro. Ella siente desazón interna porque, aunque lo oculta a sus hijos, duda de si hizo bien, o no, en apoyar a su marido en todas, y cada una, de las decisiones que él fue tomando por sí mismo y por los demás, y que terminaron por conformar el camino que todos ellos han transitado. Se consuela, pensando en el buen nivel de vida gozado, incluyente de habituales cenas fuera de casa, viajes de placer a lugares exóticos, caprichosas e innecesarias adquisiciones de ropa, mucha de la cual terminaba siendo devuelta sin usar, y con la etiqueta aún puesta…Pensar con ésta mira hace que su desazón se equilibre; ella se auto convence de que habiendo estado al lado de Adolfo, los hijos de ambos y ella misma, han tenido la mejor vida posible.

“He cumplido el papel que me correspondía”, se dice.

Mercedes es coqueta, aunque arisca en la distancia corta, y de carácter algo burdo en su trato social.

Adolfo, es un hombre alto, que no necesita llamar la atención de manera expresa, pues ésta le llega por sí sola, ya que él atrae miradas ajenas por su apariencia digna y caballerosa, cualidades que le han flanqueado muchas puertas. Incluso, cuando algún domingo se pone el chándal para correr por la urbanización, resulta ser elegante: es refinado.

Adolfo nació en la casa que sus abuelos legaron a los padres de él, en Santander; con dichos abuelos se crio; sus progenitores estaban demasiado ocupados con el trajín de un conocido negocio textil de la zona, de manera que, cuando él tuvo la edad necesaria, fue enviado a un internado para no distraerles demasiado. En dicho centro, Adolfo pasó la mayor parte de su tiempo, de aquella época, permitiéndoles, así, total libertad de acción a sus padres que, aunque ganaban mucho dinero, y vendían bien, ansiaban amasar mayor capital, para ahorrarlo o invertirlo, daba igual; nunca era suficiente.

Mercedes pertenece a una familia de origen humilde, que se esforzó siempre por aparentar ante los demás un nivel de vida superior al que tenía realmente. Su padre, trabajaba en la industria siderometalúrgica del País Vasco, y todos ellos residían en un sencillo piso del centro de la ciudad. Sus progenitores les inculcaron, a Mercedes y sus tres hermanas, la idea de encontrar maridos con buenos medios económicos, para que las mantuvieran. Fueron sus abuelos maternos los que insistieron en que ella cursara estudios universitarios, “para poder ser ella misma” —decían—, y no tener que depender de nadie. Ellos habían sido campesinos, y sabían que el acceso a la cultura, y a la educación, era la acción necesaria para tener más, y mejores, oportunidades de vida; querían que su nieta fuera una persona autónoma, que se abriera puertas por sí misma.

En aquella época, una mujer no se podía comprar un coche sin permiso del marido, por ejemplo; corrían los años setenta, en España, y no eran fáciles las cosas para las mujeres.

Los padres de Mercedes, finalmente, tomando en consideración lo que sus propios ascendentes les habían aconsejado, aceptaron matricularla en la universidad; eso sí: le impondrían a ella un férreo criterio a la hora de determinar qué es lo que Mercedes estudiaría.

Después, una vez que ya Mercedes se cultivaba en las aulas, sus padres imprimieron en ella una gran presión, para que destacara del resto, pudiendo así presumir de hija universitaria y, además, aplicada.


II


—Mauro, vente a la mesa —le solicita Vanessa—; ya está todo, vamos a desayunar.

—Ya voy, hermana; faltaba una cucharita —alega él, cubierto en mano, y caminando hacia su puesto.

Adolfo decide que no tomará nada y, tras mirar por segunda vez la silla desierta de su hijo Héctor, se levanta para marchar; como siempre, va a su aire, con sus horarios, y con su propio ritmo de vida. Hoy tiene una cita acordada, a la que no quiere llegar tarde.

“Ya me reencontraré con ellos tres en la iglesia, esta tarde”, piensa Adolfo para sí; “total, ellos estarán juntos en la mañana, haciéndose compañía mutua”, se convence de su opción.

No obstante, él recuerda que aún está enfundado en su ropa de estar por casa, así que antes de dedicarse a sus quehaceres cotidianos, necesita desperezarse y terminar de estar presentable. Se encuentra tan plácido y adormilado, que le cuesta concentrar la mente en el nuevo día.

Sus jornadas siempre son ajetreadas, y están llenas de actividades y compromisos.

Tiene la agenda personal en el despacho de casa, en la planta de arriba. Es raro, porque su secretaria no le ha contactado desde la oficina de la empresa, como es costumbre que lo haga sobre esta hora, confirmándole los asuntos pendientes del día. “Estará al tanto de lo sucedido ayer, por eso no quiere inmiscuirse en mi vida”, conjetura él. Así que, va a subir a su habitación, se estirará, se cambiará de ropa, y luego, se afeitará y terminará de espabilarse.

Entonces sí: marchará, ya acicalado; conduciendo, para acercarse al centro de la ciudad, alguno de los varios coches que hay guardados en el garaje, y que son de su propiedad.


III


Sentado al volante de su preferido, lujoso, robusto, y oscuro vehículo, Adolfo, vestido con traje azul marino, camisa blanca, y corbata azul claro, acciona el portón abatible de la cochera, con su mando a distancia, encontrándose dentro del perímetro de la vivienda, aún. Abierto este, él avanza hasta asomar medio coche fuera, frenándolo sobre la acera. Detenido, Adolfo observa una mágica, densa, dorada, y translúcida niebla vespertina, que envuelve la vacía y tranquila calle residencial que habitan. Mira a su derecha e izquierda: hay pocos vehículos estacionados. Como de costumbre, no coincide con ningún otro vecino. La estampa es de calma total, como refleja cualquiera de los cuadros de su pintor preferido, Sorolla.

No se escuchan ruidos. Adolfo acelera, sutilmente, en dirección al centro de Madrid; deja que dicho portón del garaje se cierre tras de sí; normalmente, lo vigila a través de los retrovisores, hasta asegurarse de que clausura bien; pero hoy no espera, confía en que no habrá ningún problema con el mecanismo, y él se larga rápido de la morada.

Adonde él se dirige, en el núcleo central de la ciudad, hay una cafetería llamada El doncel de la buena vida, en la que le esperan; es un local que Adolfo visita con frecuencia, debido a los encuentros de trabajo que él mismo propone celebrar en este establecimiento; resulta ser un espacio distinguido, del agrado de él, en el que, ocasionalmente, se luce con alguna de sus conquistas extramatrimoniales.

Es el lugar predilecto de Adolfo.

Él conduce distraído, retomando, por momentos, la atención a la carretera; mientras, va pensando en sus cosas. Accede a un parking subterráneo de la zona de Atocha, y estaciona su coche. Sale del mismo y, una vez en la acera, se deja embaucar por el aire evocador, y clásico, de lo que ve: edificios, neoclásicos y monumentales, palaciegos y señoriales, que se extienden ante él; frondosos y altos árboles, alineados a lo largo de los bulevares, y que se encargan de decorar con su verdosa presencia, descontaminando, además, el cargado ambiente. Se integra, en el paisaje, un vivaz y denso tráfico de vehículos rodados, que transitan con fugaz fluidez, de un lado a otro. La niebla levanta, y el cristalino, y vigoroso, cielo azul, adornado con preciosas y brillantes nubes blancas, comienza a asomar con nitidez. Son las diez de la mañana.

Adolfo, parado de pie en plena acera, y con gente alrededor corriendo estresada, exhala el oxígeno y cierra los ojos; recuerdos de infancia acuden a su mente, él los reconoce; en base a ellos, él pretende entender el paso de los años, y el porqué de cada situación vivida; pero no consigue darse respuestas convincentes. Tras esta somera reflexión, eleva sus párpados, retomando la panorámica, mediante sus grises ojos, y comenzando a caminar, algo absorto; durante su tránsito, Adolfo disfruta de cada recoveco del barrio, que asoma a cada paso que él da; es un punto de la ciudad muy emblemático para él.

Presente, frente a la puerta de la cafetería El doncel de la buena vida, que anuncia su nombre con letras doradas de rasgo afilado, Adolfo mira el iluminado letrero y, a continuación, avenida abajo hasta donde alcanza su mirada; al fondo, está la oronda glorieta de Carlos V, convertida en un arbolado círculo; surtido este, en su interior, de coquetas fuentes, hace las veces de distribuidor circular del tráfico rodado.

Adolfo rememora los años en que llegó a Madrid, allá por los ochenta.

“¡Sí!”, se dice a sí mismo, esbozando una plácida sonrisa.

En aquel entonces, una grisácea mole de cemento, conocida como el Escalextric, discurría elevada sobre el nivel del suelo, cegando con su presencia la amplitud visual de la zona, y asfixiando el panorama; tras su desmantelación años más tarde volvería a lucir, entre otras edificaciones antes ocultas por ella, la sede del ministerio de agricultura, sobre la que hoy día se asientan unas triunfales, y aladas, esculturas de bronce: son ángeles, con espada en mano, que se encargan de vigilar el cielo de cerca; lo tienen, justo, por encima de sus coronas; ellas son imponentes figuras de material macizo, que antes eran de mármol: la climatología las erosionaba, provocando su caída a trozos sobre la calzada, con el consiguiente peligro de dañar objetos y personas; por tal motivo, fueron sustituidas por las actuales réplicas metálicas. Adolfo, a cientos de metros de distancia, las observa atento, y ensueña con ellas; pues le embrujan, y le producen sensación de vértigo; él cree posible que alguna de ellas cobre vida, gire su robusto torso hacia él, y le mire con ira.

“¡Qué imaginación tengo!”, se dice él, que se sabe más bien terrenal y práctico.

Huele a ferrocarril el aire, y dichos efluvios le llegan: “¡qué gozada!”, exclama, al reconocer el evocador olor.

Se debe a la cercana, y gran, estación de trenes de Atocha, cuyas vías y andenes están techados, pero a la intemperie, estando sostenida la cubierta por gruesas columnas de cemento. En origen, esta terminal de trenes disponía de un coqueto apeadero subterráneo, que contaba con un modoso hall, y alguna sencilla taquilla acristalada, de venta de billetes; también, había algunas maquinitas colgadas de las paredes, que dispensaban minúsculas cajitas de cartón repletas de ositos de gelatina, coloreados; y existía un entubado, largo, y estrecho, túnel peatonal, que daba acceso a dos simples andenes; toda la decoración de la estación de entonces, consistía en un revestido de azulones baldosines, hasta media altura de muro.

La centenaria y vistosa estructura de hierro pudelado, que alberga la zona de los trenes de largo recorrido, protege bajo de si a un jardín tropical, que fue recreado con estanques habitados por batracios, tortugas, y nenúfares.

Adolfo construye en su psique imágenes de personas de hace 100 años, pululando por la estación y vestidas a la vieja usanza, portando sus maletas de viaje de correas, y llevando puestos sus zapatos cuarteados de piel lustrada.

“¿Qué habrá sido de todas ellas?”, añora él.

Donde antes estaba la consigna de objetos perdidos, y un almacén que guardaba en su seno paquetes de papel de estraza, ahora se encuentra un voluminoso casillero, de plástico duro y metal, cuyos compartimentos se cierran con llave. Todo convive en la terminal de Atocha, y los tiempos se entrecruzan, confundiéndose las diferentes generaciones que, con decenas de años de historia de por medio, caminaron un día por ella. Bocadillos de rodajas de chorizo, cafés descafeinados y tostadas, de antes, como de ahora: estos poco cambiaron; momentos y vivencias, de ayer y de hoy; versados, ambos, en reencuentros familiares, emociones, llantos y sonrisas… Personas que ya nos dejaron, y otras que viven, aún, en el vientre de sus madres, porque están por nacer. Todo enlazado en Atocha.

Quien estuvo aquí, aunque fuera durante un soplo, cruzó su existencia con la de otras muchas personas desconocidas; y cada cual siguió su camino después, sin tan siquiera mirarse.


Adolfo aparca su distracción a un lado, que ya es mucha; se plantea que es el momento oportuno de acceder al Doncel, pues le esperan dentro, y no tiene al uso llegar tarde; sin embargo, un flash, con la estampa del cercano y romántico Parque del retiro, le surge de la nada, haciéndole divagar un par de minutos más, sin que él pueda evitarlo.

“El Retiro…”, se susurra.

En éste frondoso vergel, comparten espacio las rojizas y delicadas ardillas, que saltan de un abeto a otro; las acarameladas parejas de novios, cuyas espaldas permanecen apoyadas en sus troncos; los entregados artistas, que aceptan el pago voluntario de unas monedas a cambio de su trabajo; un mágico, y ornamentado, palacio de cristal; otro de ladrillo, más sencillo; muchos patos nadando en los arroyos; y el augusto, rectangular, y refrescante, estanque de color esmeralda, que tiene cuatro costados: tres cerrados, con muros de cemento y barandillas de forja encima, y otro, abierto, por el que asciende desde el agua, y hasta llegar a una explanada adoquinada, una granítica, señorial, y aplanada, escalinata.

“Alguien me contó —rememora Adolfo— que éste embalse fue construido para representar batallas navales”.

En la actualidad, son quienes se animan a alquilar una de las muchas barquitas a remo disponibles, quienes juegan a ser marineros, y disfrutar paleando un rato, en la artificial pero hermosa laguna.

Desbordado por tal número de sensaciones repentinas, Adolfo decide que es oportuno no demorar su acceso a la cafetería, así que sube los dos peldaños que separan acera y entrada, y empuja la robusta puerta doble, de madera sólida, que da acceso al interior del local.


El Doncel de la buena vida, es un sitio distinguido, muy acogedor, y alargado en su distribución; se perciben en su interior maderas nobles, por doquier, en mesas y sillas; hay mucho clasicismo en sus líneas, y también luces tenues, cuadros con marcos dorados, y coloridas vidrieras con motivos florales. Existen, en los laterales, pegados a las paredes, espacios conformados por mesas de madera noble y sillones almohadillados de dos plazas, tapizados en piel de color verde oliva. No hay ventanas al exterior, y sí varias columnas estilizadas de hierro, desde el suelo al techo, que están pintadas, igualmente, de tonalidad verde oliva, y que hacen las veces de pilares decorativos.

Todo combina a la perfección. Es un lugar, elegante, para todos, siendo exquisita la atención que su personal dispensa al público, pero sin llegar esta última a ser rimbombante. Todo aquel que entra se siente bien atendido, y los precios son populares; es un espacio de encuentro y confort, que refleja la fama hospitalaria de la ciudad.

Atienden, desde la barra, dos solícitos y bien uniformados camareros; tras ellos, a lo largo de la pared principal de espejo, se extiende una multicolor, acristalada, y atrayente, estantería de cristal, que sostiene copas y botellas multicolor; esta se halla iluminada desde su parte superior por unos tenues foquitos, que otorgan numerosos y brillantes reflejos, que recuerdan al efecto que producen las luces del árbol de navidad cuando se encienden y refractan sobre las bonitas bolas que cuelgan de él.

No hay bullicio porque hay poca gente; algo que invita A hablar en tono moderado. El Doncel es grande, y los clientes se reparten por la cafetería, separados unos de otros, y manteniendo la discreción de sus conversaciones.

Una persona sentada en solitario, al fondo del local, le espera. Adolfo siente un irrefrenable júbilo, a medida que avanzA hacia ella: se trata de una bella mujer, actual, de unos treinta años de edad, cuyo rubio, largo, y fino, pelo está trenzado. La dama viste un primaveral, y florido, vestido, de tonos pastel; ella alegra a Adolfo con su sola presencia. Esta atrayente mujer dirige su vista hacia una extensión del local, más allá de donde ella se encuentra acomodada, y que resulta ser un espacio más íntimo y privado, al que se accede tras superar un cortinaje cerrado que, aún así, deja entrever tras él mesas bajas y pufs.

Adolfo se aproxima a la mesa; antes de que se encuentre lo suficientemente cerca, la fémina le mira con dulzura, a través de unos llamativos ojos claros, sonriéndole, y transmitiéndole, con su gesto, cercanía. Está contenta con su llegada.

— ¿Querrá usted que la acompañe? —pregunta un bromista Adolfo, que da sus dos últimos pasos hacia la citada mesa.

—No espero menos de un caballero como usted —ríe ampliamente, mientras extiende su mano—; puntual como siempre —le añade.

Adolfo se inclina, besa la tersa extremidad.

—Se nota que me conoces bien, Luzmila.

— ¡Ni te imaginas hasta qué punto, Adolfo! Ni te lo imaginas.

Él toma asiento.

—A todo esto —agrega ella, con tono inquirente—, ¿le has comentado a tu mujer que venías?

—No —Adolfo se desorienta al contestar—; no —repite como un autómata—, ¿cómo le iba a comentar nada?

“¡Menuda forma de empezar!”, se dice él para sí.

—Era una opción: que se lo hubieras dicho —expresa ella.

Él lo deja estar.

— ¿Cómo te encuentras, Luzmila?

—Bien, Adolfo, muy bien; ¿y tú?

Se muestra cálida, pero expectante; lo que, unido a la inicial cuestión que ella acaba de plantearle, sobre si él le había referido a su esposa que venía a verla, le hace pensar a Adolfo que quizás Luzmila tenga la intención de ponerle las cosas en claro, hoy.

—Algo raro —le responde Adolfo a la pregunta—; se quedaban todos en casa, tristes, algo abatidos; pero yo estoy bien, se ve que soy más entero —conjetura y sonríe.

—Ya.

Ella, seria y ambigua, hace una pausa antes de preguntar:

— ¿Y no preferías haberte quedado con ellos?

—Sabía que tenía que venir a verte, Luzmila; cuando algo penoso sucede, lo mejor es no darle vueltas, y continuar con la rutina; amaba a mi hijo Héctor —se abate—, y tengo la noción de que si me paro a pensar, aunque sea por un instante, no podré superarlo jamás.

—Entiendo —ella escucha atenta.

—HA habido mucha presión, últimamente, en el trabajo; y creo que me he visto superado por la situación; no sé si voy muy a lo mío, porque creo estoy, realmente, desconectado de todos ellos —parece decepcionarse a sí mismo—; no me da igual —se justifica, sin que ella lo haya demandado—, pero en fin, todos tenemos días, y diferentes formas de encajar las cosas, ¿verdad? —la mira, dubitativo, buscando comprensión.

—Desde luego que sí, Adolfo. Alguno de esos días, a los que tú te refieres, especialmente importantes; de esos que marcan un antes y un después —expone, comedida.

Estas palabras retumban en Adolfo, que se relaja al deducir que ella no le juzga.

—Sí; los hay marcados, desde luego; si te soy sincero —ríe, desorientado—, no recordaba haber quedado contigo hoy —agita su mano al hablar, y la mira extrañado—: sabía que tenía que venir al Doncel, eso sí, pero hasta que no te he visto, ja, ja, ja, no recordé que era porque había quedado contigo.

Adolfo se reclina sobre su silla, se distiende.

—Así voy de acelerado, últimamente —añade—; discúlpame, Luzmila —baja la mirada a la mesa, tornándose serio—; como te decía, me levanté algo desconectado de todo, ésta mañana.

—No te preocupes, Adolfo; entiendo el momento —se muestra tolerante—, tranquilo —le dice, posando su mano sobre la de él.

Ambos se miran: él con ojos humedecidos, y ella penetrante, portadora de unas finísimas, preciosas, pero discretas, pestañas.

De repente, ríen espontáneamente.

—Seguro que hoy te levantaste sin cruzar palabra alguna con nadie, y saliste para venir hasta aquí, pensando en lo tuyo, ¿me equivoco?—pregunta ella, fraternal y aún sonriente.

—Así es —reconoce él—; Mercedes y yo solíamos hablar por las mañanas, cuando yo estaba por casa y no de viaje, claro; desde hace tiempo, todo está más frío, nos mantenemos distanciados —él se carcome por dentro mientras habla—; es cierto, que hoy ni siquiera nos hemos dirigido la palabra; no sé si percibirán mis hijos todo esto —se abate—, pero supongo que lo notan, y que les resultará muy violento.

— ¿Te gustaría salir huyendo del momento actual?, ¿que todo empezara de nuevo?

— Sí, Luzmila ¡Sí! —Él parece reavivarse por un momento—; me avergüenzo de algunas cosas de mi comportamiento —se constriñe, mira para abajo—, de mi reacción de hoy: debería de estar allí, con ellos, y no aquí contigo, lo sé; sin embargo, necesitaba verte, estar frente a ti; luego, recapacito, y pienso que he de responsabilizarme y asumir mis propios errores; estar ahí, y afrontar el punto en el cual nos encontramos Mercedes y yo, en la actualidad. No he sido un marido ejemplar, ni mucho menos; supongo que ésta situación de frialdad mutua, en parte, es el resultado de ello; Mercedes siempre sospechó que algo sucedía, aunque nunca llegamos a tratar el tema de mis infidelidades; estoy tan arrepentido, ahora… —permanece cabizbajo y dolido—. Mi hijo Héctor se habrá ido con una imagen de mí que no me gusta, pero ya no puedo hacer nada por arreglarlo —suspira, mirando con languidez a Luzmila—; ¿es a este punto, donde querías llegar?

—No, exactamente, Adolfo; pero estás en el camino —se muestra evasiva—; ¿estás seguro de que ese es el motivo de que tu familia, hoy, se encuentre como se encuentra?: tus infidelidades, o la muerte de tu hijo Héctor…

—Supongo que sí —él vacila—, ¿qué otro motivo va A haber?, peor que estos dos juntos —Adolfo se contrae, entorna sus ojos—. Me desgasta mucho pensar en todo esto; me siento muy débil para pensar —se entristece—; no sé por qué te cuento tantas cosas sobre mí, Luzmila; no sé qué hago aquí, no me lo tomes a mal —la mira, herido—; y no sé qué imagen tienes de mí, Luzmila…

—Sabes que puedes hablar conmigo, de eso, y mucho más, Adolfo; eres tú quien decide si hacerlo o no; yo te escucho.

Ella se lo expresa, de manera tal que Adolfo se siente florecer, y fortalecer; como si Luzmila le hubiese aplicado una inyección de moral.

—Eres muy valiente al reconocer tus errores, Adolfo —le acaricia la cara mientras le habla—, quizás me comentes de todo ello porque te inspiro la confianza suficiente como para sincerarte conmigo —le sonríe, abiertamente—; porque sabes que no voy a juzgarte —le dice en tono cariñoso, al tiempo que apoya su mano sobre la que Adolfo conserva sobre la mesa—; está bien así, Adolfo, no temas —le reconforta, mirándole con mimo.

Dicha mesa es redonda, pequeña. Está numerada, como lo están todas las demás; su circular tablero tiene atornillada una filigrana de plata, representando el número treinta y tres. Todos los detalles se cuidan al máximo en El doncel.

—Me alegra oír eso, Luzmila —le expresa Adolfo, al hilo de la suave manera en que ella se acaba de dirigir a él.

Adolfo recupera el color sonrosado en su faz, tras haber palidecido un poco, y continúa hablando.

—Antes de entrar —comenta él—, echaba un vistazo por la zona; ¡me encanta! —Se motiva—; a un par de calles —explica—, justo aquí detrás —señala con el pulgar—, viven unos amigos míos, en un bloque de viviendas que tendrá unos trescientos años de antigüedad.

— ¡Caray! —sonríe ella, interesada.

—Entrar en ese portal es un deleite, Luzmila: el acceso es una gran puerta, de pesado y denso hierro, de las de antes.

— ¡Qué bonito! —le anima a seguir con su relato.

—Es artesonada —se refiere a dicha puerta—, no tiene cristales; se puede introducir la mano a través de ella, y sentir la temperatura del portal.

Luzmila sonríe con ilusión.

—Este es baldosado, y está decorado con maceteros redondos de color beige, que contienen cáñamos; en la pared izquierda hay un espejo —Adolfo dibuja con sus manos un rectángulo en el aire—, de marco fino, hecho de pan de oro; de frente —continúa la exposición—, se encuentra el ascensor de forja, que tiene un sillón rojo tapizado dentro: ¡es algo increíble!; puedes ascender en él, sentado como un gran marqués, ja, ja, ja.


Luzmila escucha, observante; con educada y formal atención. Adolfo no está del todo convencido de que no la esté aburriendo, pues ella no ríe.

—Rodeando dicho ascensor —sigue narrando él, a la espera de dilucidar si a ella le interesa, o no, que él alargue su relato arquitectónico—, se encuentra una antiquísima escalinata de madera, cuyos peldaños crujen al ser pisados; ¡es el Madrid clásico —expresa, poeta—, el de toda la vida!

—Da gusto oírte hablar, Adolfo —le piropea con sinceridad—; me estabas trasladando a ese portal tan pintoresco, créeme. Es importante saber valorar estos pequeños detalles que la vida nos ofrece, cada día —ella no varía un ápice su postura de piernas cruzadas—, y se nota que tú lo haces; siempre te gustó mucho ésta zona, lo sé.

—­Sí —él se lo reafirma, aunque no recuerda haberla hablado antes de ella—; sí que me gusta.

Adolfo trata de hacer memoria de sus encuentros anteriores con Luzmila, sin conseguir recordar ninguno; su mente parece bloquearse, al intentar dilucidar; se le queda en blanco.

—El centro de éste tipo de ciudades —apunta ella—, está diseñado con mucho gusto; antes, las cosas se hacían a conciencia; mucho más despacio, y con mayor mimo del que se emplea ahora en fabricarlas; se tardara lo que se tardara. No hay más que ver las catedrales medievales, los puentes romanos, o las pirámides egipcias —ejemplariza ella, gesticulando con sus cejas.

—Así es —Adolfo asiente con la cabeza—; nada de lo que se erige ahora, se mantendrá en pie por mucho tiempo; nada —recalca—; no se construye con tanta dedicación; sin ir tan atrás en el tiempo, ahí está el centro de Madrid, su Plaza mayor, la Puerta del sol, la Gran vía… Hay tantas cosas que disfrutar, ¡tanto arte y tanta arquitectura! Yo me enamoré de la ciudad —confiesa él— en cuanto llegué a ella, con poco más de veinte años de edad —sonríe él.

— ¿Tanto como de tu mujer al conocerla?

Le descoloca por completo.

— ¿Te refieres a enamorarme? —cuestiona, sorprendido.

—Sí —responde, firme y reservada.

— ¿De Mercedes? —quiere asegurarse, le ha cogido muy desprevenido la pregunta.

—Sí.

—Mercedes es un pilar fundamental en mi vida, si volviera a nacer quisiera encontrarme con ella, de nuevo; he viajado mucho, Luzmila, y me he relacionado con miles de personas, teniendo una absorbente actividad; pero mi refugio ha sido mi familia; es una vorágine de vida, que no te deja muchas veces ir por donde quieres —se auto compadece—; pero, cada vez que volvía a casa, ahí estaban ello; y ahí estaba ella —se contenta.

—Entiendo, Adolfo.

—Y vives, ajeno a ti mismo —manifiesta él—; son muchas las ocasiones en las que me hubiera gustado disponer de más tiempo, para mi mujer y mis hijos; para el ocio, para mí mismo, para poder escaparme a la naturaleza y desconectar… ¡Mira como me haces hablar! —alega él en tono jocoso—. ¡¿Ves cómo eres buena psicóloga?! Ja, ja, ja.

—Ja, ja, ja, no creo —le responde, haciéndole un simpático y juvenil guiño con los ojos—. Puede que sea otra cosa, Adolfo, pero no psicóloga, ja, ja, ja.

Ella aminora la propia sonrisa, difuminando su sereno gesto, para pasarlo a grave. Se pausa. Los dos quedan en silencio, un instante, y Luzmila interviene.

— ¿Piensas que has estado demasiado centrado en lo material?, ¿tienes esa sensación?

Él reflexiona, parpadea.

—Creo que sí, Luzmila —le responde, tranquilo y juicioso.

—Nunca es tarde para corregir, ¿no crees Adolfo?

—Supongo…

Se torna profundo.

—Daría todo porque mi hijo Héctor estuviera aquí conmigo, ¡todo! —Se reafirma, entre dolido y enfadado—; a ti, en cambio, Luzmila —la mira, más calmado—, se te ve muy inspiradora; natural, filosófica, más espiritual. No creo que te estreses mucho.

— Ah, ¿sí? —ríe, sin confirmarle nada.

—Desde luego que sí —expresa él, recompuesto ya del bajón momentáneo—; se te ve tan aplacada; pareces una de esas personas capaces de sacar el máximo partido a cada instante de la vida; una de esas, que disfruta cada momento sin ambicionar grandes cosas.

Luzmila enmudece. Sosegada, someramente sonriente, le observa, sumamente analítica. Al tiempo, un nene rubito, de unos cuatro años de edad, que ocupa otra mesa, y al que acompañan dos adultos que charlan sin prestarle demasiado cuidado, se arrodilla sobre su silla, intentando trepar por el respaldo de esta; el chiquillo quiere alcanzar a tocar un cuadro colgado de la pared, y estira su brazo para tratar de conseguirlo. Viste pantalón burdeos, hasta la rodilla, camisita blanca, y zapatitos negros; y lleva un cinturón de cuero burdeos, de hebilla dorada y ancha. Es una monada de figurín, el nene.

“¿Dónde quedó el niño que fui?”, se pregunta Adolfo al ver la acción, mientras que Luzmila sigue con sus ojos clavados en él. Al percatarse, Adolfo se siente vulnerable bajo la cálida y penetrante mirada de ella, y no es capaz de dominarse; pero no quiere perder su imagen varonil ante Luzmila. “¡Ya me estoy sincerando lo suficiente con ella, como para mostrarme más sensible”, piensa él. Así que se esfuerza por recuperar la conversación con un tono, sobrio y equilibrado, que deje patente su masculinidad.

— ¡Qué guerreros son los niños, no paran! —comenta.

—Unos más que otros —replica ella al instante, robótica, y atravesándole con una extraña mirada.

Pareciera que tuviera la respuesta preparada, por lo rápido que ha reaccionado al comentario hecho por él. Adolfo tiene la sensación de que Luzmila quiere ponerle a prueba su lado más emocional, así que hace como que no le impresiona la especial observancia que ella le mantiene.

La realidad es que sí que está estremecido por dentro.

—Cierto —expresa él—; influyen, la educación que cada uno haya recibido, y sus circunstancias al nacer —se hace el filosófico.

— ¿Circunstancias al nacer? —Interpela Luzmila, de repente aniñada—; ¿crees que existe un destino, Adolfo? —le consulta, particularmente atractiva.

— ¡¿Ves?! Eres una idealista: como yo decía, ja, ja, ja.


Se queda solo, en su risa, pues ella permanece impasible y le ignora, centrando su atención en el niñito; con ello, le hace ver a Adolfo que espera una respuesta más profunda, de parte de él. Finalmente, se ve obligado a pronunciarse con mayor sobriedad.

—La verdad, Luzmila —ella retoma una avizora, seria, y misteriosa, mirada, hacia él—, es que nunca me he parado a reflexionar sobre estas cuestiones. ¿Un destino? —Pregunta él al aire—: supongo que algo de equipaje traemos al nacer, por decirlo de alguna manera…

Luzmila le escucha atenta, le sonríe; pero no añade nada, y vira su mirada hacia la zona de entrada de la cafetería. Adolfo cree que ella se fija en alguien que ha entrado, que debe de estar desplazándose por el bar, a tenor del movimiento de ojos que ella hace.

Él, necesita curiosear de quien se trata, así que se gira, levemente, para tomar perspectiva y poder ver, dado que se encuentra sentado de espaldas a la puerta de acceso: no consigue tornarse lo suficiente y, por orgullo, lo deja ahí; no quiere darse la vuelta descaradamente, demostrándola estar tan pendiente de ella. De todas formas, se trate de quien se trate, Adolfo percibe que se acerca hacia ellos. Así es, y un hombre trajeado, a quien Adolfo ve de refilón, y que les sobrepasa, deja un intenso olor a perfume caro mientras le lanza una mirada a Adolfo, que cruza la suya, de manera fugaz, con la de este señor de mediana edad, reconociéndose ambos. Adolfo no recuerda de qué.

Debido a la controvertida actividad laboral que Adolfo ejerce, él es discreto y precavido. Hace tiempo, dotó a su vivienda de múltiples medidas de seguridad, tras haberse sentido amenazado por circunstancias fuera de lo normal. Adolfo recuerda como, en una ocasión, un vehículo rondó su casa durante varios días; él avisó a la policía, y ésta se personó de inmediato, identificando dentro del mismo a dos viejos conocidos de ella; los agentes dedujeron que tales sujetos estarían a sueldo de alguna empresa de la competencia de la de Adolfo, y tendrían el encargo de acecharle, para pasar información sobre sus movimientos y los de su familia; quizás, para extorsionarle a posteriori: un asunto nada claro.

“¿De dónde le conozco?”, se pregunta Adolfo, pensando en el hombre trajeado que le acaba de mirar, y que ha terminado por apostarse en el final de la barra.

— ¿Cómo eras de niño, Adolfo? —surge, repentina, la voz de Luzmila—; estuviste en un internado, ¿verdad?

—Sí… —manifiesta él, aún absorto y atolondrado—; mis padres —hace un esfuerzo por reengancharse a la conversación—, me enviaron a un internado; lo regentaban sacerdotes, había sido seminario diocesano.

— ¿Querías ser sacerdote, tenías vocación?

—No; no, ja, ja, ja —consigue enfocarse de pleno en la charla—, nunca tuve vocación —niega con la mano—; cuando me enviaron allí ya había cambiado todo: la mitad de los profesores eran sacerdotes, y la otra mitad no; incluso, había profesoras.

— ¿Te resultó raro, Adolfo?: vivir sólo, lejos de tu familia.

—No demasiado, Luzmila. Años más tarde, sí me di cuenta de que el haber estado interno no dejó de significar una desconexión radical con mi entorno más cercano pero, mientras tanto, allí también viví experiencias muy constructivas, e interesantes, te lo aseguro; había muchas actividades, durante la semana; aunque, también, metíamos muchas horas de estudio al día; pero daba tiempo para todo.

— ¿Y lo de ser todo chicos? —curiosea Luzmila.

—Al estar allí, todo el tiempo, te desconectas del género femenino, es verdad, ja, ja, ja; pero bueno, luego recuperas el tiempo perdido, una vez sales del internado —dice un presuntuoso Adolfo.

—Ya.

—Recuerdo que estuve en aquel internado ocho años; al salir me costaba relacionarme con las chicas, no sabía cómo aproximarme a ellas, fue raro.

—Entiendo; lógico —expresa Luzmila—, la falta de costumbre; hombres y mujeres somos muy diferentes, en la forma de ver la vida y de entenderla.

—Tardé un tiempo en desenvolverme con soltura, con eso de las chicas, ja, ja, ja, sí… —Adolfo zarandea la cabeza, vergonzoso, recordándolo.

—Eres un hombre muy atractivo, Adolfo, seguro que te diste cuenta de ello pronto.

—Ja, ja, ja, bueno —responde orgulloso—, de bien joven ya hice mis pinitos con alguna lugareña —alardea.

—Entonces, ¿te gustó la vida en el internado? —insiste ella en saber más.

—Sí, mucho; algunos que viven la experiencia, me consta que lo llevan mal; pero, para mí, fue una buena época, no puedo decir otra cosa: mantengo bonitos recuerdos de aquella etapa. ¡Te voy a contar una anécdota! —Adolfo se reacomoda en su sillón entelado.

—A ver…

—Antes de lograr plaza en este colegio, tuve que superar un examen de acceso.

—A ha…

—Lo realicé un día que fui en compañía de mis padres; recuerdo ir todo el camino reprimiendo mis lágrimas.

— ¿Y eso? —ríe Luzmila.

—Tenía gravada en mi mente la imagen de esos reformatorios que salen en las películas: esos en los que maltratan a los niños, y les hacen pasar frío, obligándoles a dormir todos juntos.

— ¡Ah!, ja, ja, ja, ¿y pensabas que te sucedería lo mismo?

—Estaba convencido de ello, pensé que era uno de esos sitios horribles; pero nada parecido, ni por asomo. Al ver el centro, por primera, vez me llevé la impresión contraria; todo estaba muy cuidado, tuve muy buenas sensaciones; las habitaciones eran para cuatro personas —detalla—, resultaban confortables. Se trataba de varios edificios, ubicados en plena naturaleza; todo con un toque campestre, y monacal, muy agradable.

—Te quedaste más tranquilo al verlo —comprende ella.

—Sí. Una vez allí, todo mi afán fue aprobar aquel examen de acceso.

—Y lo conseguiste —le reconoce Luzmila el mérito.

—Así fue, sí.

La resonancia del hombre trajeado, que entró en el bar hace un rato, acude de nuevo a la mente de Adolfo, generándole desasosiego; tanto, que él otea el bar para intentar dar con el señor; pero es la presencia del nene chiquitín rubito, que se subía a la silla, la que se cruza en su camino: se preparan para irse en esa mesa, y le ponen una chaquetilla al crío, y se la abotonan; le toman de la mano, y comienzan a caminar para irse; y pasan por delante de la mesa que ocupan, él y Luzmila; por hacerse el chiquillero, Adolfo sonríe al mequetrefe que, con descaro desmedido, le señala con el dedo, espetándole:

— ¡Feo, toto!... ¡Estúpio, ibécil!

“¿Me ha llamado feo, tonto, estúpido e imbécil?”, se pregunta Adolfo, sin dar crédito.

En realidad, sabe que sí, pero no recriminan al mocoso; esas dos personas adultas, hacen como si no hubiera sucedido nada. Luzmila mira a Adolfo, a la espera de que este exprese, de palabra, lo que su enfurruñado gesto dice que está sintiendo por dentro.

— ¡Vaya con el nene! —se queja él.

Adolfo trata de que su voz llegue a oídos de los responsables del menor, para que tomen la iniciativa, aunque solo sea por vergüenza, de regañar al mocoso.

—Total, que entraste al final…—surge la de Luzmila.

Adolfo no sabe ni por dónde va la cosa, en un inicio; hasta que su cerebro retoma el hilo de la conversación, y le hace recordar que hablaban de su entrada en el internado.

—Sí, al final entré —le dan ganas de levantarse y regañar él mismo al pequeño, que ya se ausenta del local.

— ¡Qué bien! ¿Y cómo era el día a día?: has dicho que estaba repleto de actividades —se interesa ella, sonriente.

—Muchas —Adolfo trata de ser amable, aunque está indignado por los insultos recibidos—; por la mañana, estábamos ocupados con las clases lectivas.

—Sí…

—Parábamos a las dos de la tarde, para hacer cola en la puerta del comedor; el cura de turno, que organizaba la entrada al mismo, nos iba dando paso en grupos pequeños; al acceder, cogíamos una bandeja cada uno, los cubiertos, un vaso, y una servilleta.

— ¿Era tipo autoservicio?

—Eso es. Estábamos obligados a comer lo que hubiera de menú.

— ¡Qué gracioso! —exclama ella, ladeando la cabeza al hacerlo.

Parece pasárselo bien con el relato de Adolfo.

—Recuerdo un día —él amplía el anecdotario—, en el que el cura, encargado del comedor, me siguió por todo el colegio.

—Ja, ja, ja, ¡qué harías!

—Nada demasiado ilegal, ja, ja, ja: había terminado de comer, e iba camino de la videoteca, tranquilito —Adolfo pone un gesto infantil—; pero me siguió porque yo me había escondido en mi bolsillo un currusco de pan, para comérmelo más tarde; y me había visto; no estaba permitido sacar comida de allí.

— ¡Con lo serio que se te ve!, ja, ja, ja, no te imagino por ahí, correteando con el currusco de pan escondido en el bolsillo, ja, ja, ja.

Adolfo está ensimismado con la belleza y simpatía de ella; tanto, que continúa hablando, formal, como si no hubiera contado nada gracioso; mientras, se deleita con las finas, y femeninas, facciones de Luzmila.

—Me alcanzó —continúa narrando él—, y me dio un coscorrón tal, en la cabeza, que se me quitaron las ganas de robar más curruscos de por vida; ¡qué dolor!

Luzmila no puede reprimir la risa; el contraste de tener delante a un formal, y aguerrido, hombre de negocios, contándole esto…

— ¡Qué bueno!, ja, ja, ja. ¿Y no sientes rencor por haber vivido desconectado de tu familia, todos aquellos años? —indaga ella, como fuera de lugar y sin venir a cuento.

—Bueno, sí —tarda en reaccionar al cambio de tercio—, la verdad es que sí; crecí con falta de cariño —reconoce él—: cuando iba a casa, los fines de semana, mis padres estaban ocupados con el negocio; recuerdo que sentía rabia, porque apenas les veía y yo no parecía importarles; fueron mis abuelos quienes nos atendían, a mis hermanos y a mí.

—Ya.

—Esa distancia emocional me irritaba, me hacía enfadar; me recuerdo más tenso de lo normal en casa; pero quedó superado hace tiempo —se distiende—. Soy duro, y frío, Luzmila —con voz profusa, se sincera—; quizás, es algo que venga de aquellos años —conjetura—, no lo sé —se abate—; mis padres eran muy fríos, también: con todos mis hermanos, no sólo conmigo; no trato de parecer una víctima, no les culpo, no quiero parecer un llorón.

—Sólo te quedaba asumir, y aprovechar ese momento de tu vida, tal y como te lo presentaron —determina Luzmila.

—Desde luego. Éramos cuatro hermanos —le explica Adolfo—. Mis padres sólo vivían para el dinero —se abre del todo a ella—, eso pienso; es algo que un adolescente no comprende, pero cuando maduras llegas a entenderlo, y a disculparlo; yo mismo, me doy cuenta de que paso poco tiempo con mis hijos y mi esposa, me he perdido muchas cosas —se consterna—; así que no puedo culpar a mis padres; es el ritmo de vida —asume—. Creo que he terminado cometiendo el mismo error que cometieron ellos, pero es así —se resigna.

—Los hijos son un regalo —comenta ella, sin más.

—Desde luego que sí, Luzmila. Pienso igual.

—No me lo tomes a mal, Adolfo, pero ¿merece la pena dedicarles poco tiempo, a cambio de más trabajo y dinero?

—No, no es eso, no lo justifico; pero, ¿qué puede hacerse?: nada —se contesta a sí mismo—. Sería una de las cosas que cambiaría, si volviera atrás: dedicar más tiempo a mis hijos; pero ha sido como ha sido. Reconozco que siempre fui ambicioso.

—Tú lo has elegido así, ¿no?

—Por supuesto; mi trabajo es el que me ocupa la mayor parte del tiempo, lo he elegido yo así, sí —se reafirma, siendo consecuente—. Lo que haría, sería conciliar trabajo y familia, de mejor manera. Está establecido como está, Luzmila, es el ritmo de vida, es así —lo da por imposible de modificar.

— ¿Viene por destino, también?: como ese equipaje del que hablábamos antes.

— ¡Hombre!, no lo sé —ríe él—. ¿Tú crees que existe el destino?, hablando en serio… —se muestra curioso de saber qué piensa ella.

— ¿Tú crees que no? —le obliga a pronunciarse.

—Yo soy muy escéptico, con respecto a éstas cosas; para mí, sólo existe ésta vida y, cuando uno muere, se acabó; así que lo del destino… —sonríe irónico—; nacemos, vivimos, morimos, eso es todo, ya está —concluye—. No creo en pamplinas de esas que se oyen por ahí sobre el destino —Adolfo habla con franqueza.

—Y sin embargo, estás hablando de ello.

—Sí.

—Pero lo niegas.

—Sí, lo niego.

— ¿Cómo negar algo que no existe?

—Bueno, tú sacaste el tema; por corrección, te contesto, ja, ja, ja.

— ¿Quién elije perder a un hijo, quién tener un accidente? —ella no ríe.

Adolfo niega con su cabeza, sin pronunciar palabra alguna. Le nota empeñada a ella en tantear esta dirección.

—Pero todas estas son cosas que, a veces, pasan: tú ya lo has vivenciado, con tu hijo Héctor —se ofrece severa.

— ¡Qué drástica te pones! —exclama él, sin entender el brusco giro de conversación.

—Son cosas que suceden, Adolfo; aunque nadie las escoja, ni espere que le pasen nunca. ¿Y obtener un premio de la lotería? —indaga.

—Será casualidad —él espera mayor demostración por parte de ella.

—A unos les sucede, y a otros no… ¿y ya está? —Cuestiona Luzmila—; un destino, marcado a modo de línea maestra, más la posibilidad de la libre elección, es compatible; ¿no crees?

—Se eligen muchas cosas durante la vida, Luzmila, pero esas que tú dices desde luego que no, está claro —le reconoce un pensativo Adolfo.

—Continuamente se dice no a algo —afirma ella.

—No tanto, no se trata de decir no a algo, sino de seleccionar una opción.

—Cada vez que dices sí a una opción, estás diciendo no a otra —expresa ella, firme.

—Visto así… —Adolfo hace una pausa—; yo soy muy escéptico, Luzmila: sólo creo en lo que veo —se reafirma en su idea—; en lo que toco, lo que oigo, lo que puedo oler.

— ¿Y los sueños?

—Son algo curioso. Será la imaginación, haciendo su papel; ¿cómo lo ves tú?

—Cada noche, soñamos —menta ella—, entrando en un mundo, desconocido e incontrolable; nos vemos volar, escalar, viajar; somos un tigre, o un jilguero; vemos a gente desconocida, que en lo onírico es familiar para nosotros.

—Dicen que los sueños son un reflejo de la vida real —agrega él—; aunque los hay tan abstractos, y absurdos…—divaga.

— ¿Cuál es la vida real, Adolfo: la que vivimos de día o la que vivimos de noche? ¿No me negarás que cuando uno despierta todo aquello que ha soñado le ha parecido veraz?

—Si se pone uno a pensar demasiado —admite él—, es complicado; para muchas cosas no hay respuesta —reflexiona.

— ¿Fumas? —pregunta ella, sorpresivamente.

—Sí —Adolfo se extraña—, ¿quieres un pitillo?

—No, ja, ja, ja, no gracias —ella recupera su cara más sutil y femínea—: no podría fumármelo, aunque quisiera.

— ¿Por algún problema de salud? —se interesa él.

—No precisamente —ríe Luzmila, sin aclararle a qué se refiere—. Sólo te pediré, Adolfo, que pienses por un instante en tu mechero.

—Vale —él entra al juego.

— ¿Cómo es?

— ¿Quieres que te lo describa? —él no acaba de entender adónde quiere llegar ella.

—Sí —ríe, divertida.

—Es sólido, de color granate —Adolfo se palpa el bolsillo en su busca.

—La partícula más pequeña que existe es el átomo —expone ella.

—Así es, sí —lo extrae mientras contesta.

—Y cada átomo se une a otros para formar la materia.

—Efectivamente, sí —lo frota.

—Pero los átomos que forman los objetos, no están pegados, ni se tocan entre ellos: se atraen por magnetismo.

—Sí.

—En realidad, flotan juntos.

—Sí, eso es así —asiente él con la cabeza, expectante.

—Podemos decir, entonces, que tu encendedor es un objeto dúctil y blando.

—Visto así, sí.

—Pero tus ojos lo ven como un elemento sólido y duro.

—Sí, lo es.

—Este es el quid: ¿el mechero es rígido, como lo ven tus ojos, o liviano, como es en sí mismo?

—Ja, ja, ja, ¡es bueno!, ja, ja, ja, sí, es todo tal cual —sigue dándole vueltas al planteamiento—; es contradictorio, sí —sonríe algo más.

— ¿Y el color?

— ¿Del mechero? —Adolfo lo mira.

—Sí.

—Es granate —lo analiza—; cromado, para más señas —le mira a ella con pillería—; ¿con esto también hay truco?

—Ninguno; pero la ciencia dice que vemos el color que el objeto no tiene.

—Sí.

—Algo que vemos de color verde, en realidad contiene todos los colores menos ese, que se encuentra ausente.

—Ya. Algo me suena del negro y el blanco… —Adolfo deja la cuestión en el aire.


Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-29 show above.)