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Excerpt for Deimarus (Spanish Edition) by , available in its entirety at Smashwords

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DEIMARUS

Kevin M. Weller

Deimarus

by Kevin M. Weller

Copyright 2018 Kevin M. Weller

Smashwords Edition

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Nota del autor

Deimarus” es una de las primeras historias en donde las cosas comienzan a tener sentido. Se sabe muy poco sobre la vida del personaje debido a la falta de fuentes por parte de los escribas que registraban los acontecimientos de la época. Debido a la falta de fiabilidad y a la naturaleza supersticiosa de los congéneres, hay muchas historias alegóricas que se inventaron sobre él con el objetivo de glorificar su osadía y meterles miedo a los enemigos. En otras historias, se hace alusión a la vida de Deimarus, pero con una solapa histórica que sólo resalta lo bueno y deja de lado lo malo. Lo mismo sucede con Aljokerus y Jarkarus, personajes históricos de los que se sabe muy poco debido a la falta de fuentes de información.

Inspirado en la asombrosa historia de muchos personajes ficticios conocidos, en algunos casos venerados hasta el día de hoy, el autor vuelca su cosmovisión en una novela ficticia repleta de acción, ironía y escepticismo. Construir la historia verídica de un personaje antiguo es a veces muy difícil, pero tergiversarla es muy fácil.

Para tener una idea más clara de los sucesos, se recomienda leer primero “Mitriaria”.

Índice

Prólogo

I. Una señal

II. La ceremonia bautismal

III. Infancia ennegrecida

IV. El destino de la Raza Pacifista

V. Hordas del Norte

VI. Es hora de hacer justicia

VII. El oráculo Rankosh

VIII. El desafío de los cien años

IX. Misiones especiales en las afueras

X. Unidos para matar

XI. La última batalla

XII. Inmortalización

Epílogo

Prólogo

Luego de la masiva fragmentación racial y la separación de la Trinidad de los dragones, las cosas cambiaron para siempre. Cada uno de los Hermanos Trinitarios se quedó en un continente distinto y, por una cuestión de orgullo y soberbia, decidió crear una imagen soberana de su persona a fin de demostrar su autoridad sobre los demás. Esto no se dio de manera pacífica ya que nadie deseaba estar bajo el dominio de una especie proveniente de otro lugar. Al darse la oportunidad, la Raza Suprema dio un paso adelante y se dispuso a tomar el control de cada continente. Como nadie aceptó la idea, tuvieron que tomar medidas drásticas. Apoyado por los principales monarcas del Monsismo, dio inicio un movimiento de exterminio, una limpieza étnica que acabó con un gran número de criaturas impuras.

Dégmon, quien había tomado el lugar del rey Éxion y se había autodeclarado el Mesías de Mön, aceptó que se exterminara a todos los herejes, todos aquellos que no aceptaban el Monsismo como la verdad absoluta e incuestionable. De esa manera, con el apoyo de una autoridad suprema, los Hermanos Trinitarios, quienes le tenían un profundo miedo al susodicho profeta, ordenaron que se limpiaran sus continentes. Todos los apóstatas debían ser eliminados antes de que se levantaran en su contra. Recurrir al diálogo ya no servía.

La monarquía del rey Cen-Dam, el más fuerte de todos, era absoluta mientras que la de Dáikron y la de Bork era constitucional. Los patriarcas sólo acataban las órdenes de los profetas y ayudaban a los reyes en todo lo que podían. Aunque la política sostenida en aquellos días era muy cambiante, siempre se tenía a Dégmon y a Vishne por encima de todo. Eran los más influyentes y los que más poder tenían en el mundo.

A fin de acabar con la amenaza, una especie hizo un vuelco en la historia y decidió oponerse a los tiranos. Eran conocidos por ser ágiles en las batallas, ideales para la guerra, y rígidos de corazón. Pero la oposición nunca tuvo la oportunidad de cumplir con su objetivo debido a que la Raza Suprema le superaba enormemente en número.

Quedó grabado en la historia cómo un pequeño grupo de valientes guerreros se enfrentaron a los tiranos y perecieron. No obstante, no se pudo borrar su osadía. Y fue esa actitud rebelde y audaz lo que moldearía, más adelante, a un nuevo personaje cuyo poderío pasaría a ser memorable.

I. Una señal

Málassia, una grifa de plumaje grisáceo y ojos verdes, caminaba rápidamente entre la muchedumbre porque deseaba ir a visitar a su hermana menor, Zárhia. Se enteró de que había quedado sola porque su esposo se había ido a trabajar a otra parte. Zámarus iba a estar ausente por un largo lapso de tiempo, por lo tanto, ella iba a encargarse de cuidar a su hermana.

Zárhia era de plumaje grisáceo con tintes azules en las alas. Sus ojos eran puramente celestes. Medía dos metros treinta. Era un poco más baja que su hermana mayor. Su figura esbelta era llamativa.

Zámarus, un robusto grifo de clase superior de más de tres metros sesenta, era de plumaje marrón claro con matices más oscuros en las alas, vibrisas y rémiges largas. Sus ojos eran azules. Su aspecto masculino era muy atractivo. Era un claro ejemplo de dimorfismo.

Los lugareños eran todos muy parecidos: tenían entre dos y tres metros de altura; plumaje blanco, marrón, gris, naranja y dorado; ojos castaños, verdes, celestes y amarillentos, colas largas y prensiles; prominentes picos curvos; y llevaban túnicas descoloridas. Los de clase superior no abundaban mucho en esa zona por una cuestión de comodidad. Sí había muchos de clase Alfha y clase Infhe que iban de un lugar a otro.

Los de clase Infhe se distinguían por su baja estatura, ojos naranjas, el plumaje rojizo, las inservibles alas pequeñas, picos cortos, uñas sin filo y una actitud extremadamente sumisa.

El recinto era como cualquier aldea común y corriente de la época. Había mucha tierra seca, colinas pedregosas y un gran número de árboles viejos en los alrededores. Solamente se diferenciaba de las demás aldeas porque tenía grifos de clase superior. Zámarus era, precisamente, uno de los pocos que había allí.

El sol se había ocultado en el horizonte y todo comenzó a quedar oscuro. El cielo estaba adornado con algunas luces resplandecientes. Málassia observó una estrella fugaz que cruzó de una punta a la otra del cielo. Supuso que esa era una señal divina: el acontecimiento de algo muy importante.

El nacimiento del Mesías Arus, y el de muchos otros, habían sido señalados con una estrella fugaz. La misma era enviada por los dioses y servía como evidencia de que ellos les habían otorgado un valioso obsequio a sus fieles seguidores.

Más tarde, cerca de la zona fronteriza de la aldea, una de las ayudantes recibió a Málassia y le dio la buena nueva. Le dijo que su sobrino había acabado de nacer. La grifa, de clase Infhe, había estado junto con Zárhia para proteger el huevo. Tenían un nido amplio a un costado de la sala principal, al lado del único habitáculo de la pequeña vivienda.

Málassia ingresó a la casa y encontró a su hermana sobre el nido. Se puso muy feliz de volver a verla. Hacía varios años que no la veía. Ya había empezado a echarla de menos.

La vivienda era de barro y argamasa, como todas las demás. Tenía un techo de paja con tacuaras y alambres, no poseía ventanas, la puerta era de madera y tenía muy poco espacio. En época de tormentas, goteaba desde el techo y todo quedaba húmedo.

—Hola, hermana mía. Es un verdadero placer verla de nuevo. ¿Cómo ha estado todo este tiempo? —Dijo Málassia. Su sonrisa proclamaba una gran alegría.

—Muy bien, querida hermana. He sido bendecida el día de hoy. Lo he deseado desde hace mucho tiempo y por fin obtuve lo que pedí —le respondió Zárhia con una notable sonrisa.

—Ya me enteré de la novedad. Su sirvienta me lo contó. Estoy muy feliz de saber que por fin ha logrado concebir, hermana mía —dijo Málassia, se agachó y besó la mano de su hermana.

—Es una verdadera lástima que mi querido Zámarus no esté presente para verlo —dijo Zárhia.

—Cuando se entere, se pondrá muy contento. Ha soñado con ser padre desde hace mucho tiempo —dijo Málassia y se sentó en el suelo, al lado del nido.

Zárhia corrió las plumas de su pecho y sacó al polluelo recién nacido para que su hermana lo viera. A simple vista, parecía un engendro. Tenía algunos plumones que cubrían su arrugada piel. Mantenía los ojos cerrados. Piaba como cualquier polluelo.

Para una madre, su hijo siempre era lo más precioso que había, pese a la apariencia.

—Es un milagro. ¡Qué maravilloso deseo se te ha concedido, hermana mía! —Dijo Málassia haciendo uso de remilgos —. ¡Ioba Todopoderoso, gracias por concederle este hermoso deseo a mi querida hermana! —Agradeció mirando hacia arriba.

—No podría estar más agradecida. Él me ha dado su divina bendición —dijo Zárhia.

En aquellos tiempos, se pensaba que la esterilidad era un castigo divino. Si una grifa no podía concebir, era porque había, de alguna manera, pecado y por eso no recibía la bendición de Ioba para quedar fértil. Si la grifa se arrepentía de sus pecados, Ioba podía concederle su bendición.

—Esto hay que celebrarlo. Iré a buscar un purificador para que bendiga a su hijo. No podemos permitir que su alma quede aislada. Hay que dar gracias por el obsequio —dijo Málassia y abandonó la vivienda apresuradamente.

La sociedad de aquella época era completamente teocentrista, y por ello, ningún acto formal y jurídico se hacía sin intervención de una autoridad religiosa, que podía ser un sacerdote, un monje o un purificador.

Zárhia estaba muy contenta por lo que había sucedido. Extrañaba a su esposo porque hacía mucho tiempo que no lo veía. Pensaba en él cada noche, antes de irse a dormir. Su ausencia le generaba un vacío emocional. Lo que más deseaba en ese momento era tenerlo en casa de nuevo.

La sirvienta le trajo un tarro con espárragos y una jarra con agua. Zárhia prefería privarse de comer y dejar el alimento para su polluelo. Se había arrancado varias plumas del vientre para brindar más comodidad y calor a su hijo.

—Vendrán a bendecir la casa. Necesito que te quedes afuera. No quiero que estorbes mientras realizamos la bendición —Zárhia le dijo a su sirvienta.

A la sirvienta no se le permitía hablar sin permiso. Estaba obligada a cubrir su cuerpo con un una túnica oscura y un velo. Lo único que podía hacer era acatar las órdenes de sus dueños. La habían adquirido a buen precio en un mercado fronterizo de Xelenia.

Al cabo de una hora, Málassia regresó. Trajo un purificador del templo de Kronsia. Estaba vestido con una larga túnica blanca, hecha con una tela suave de alta calidad, tenía un tríxode en el pecho, una delgada cadena plateada en el cuello, una prominente mitra, guantes hechos con cuero de bélfi, una cinta roja en la frente y un jarro con agua bendita.

Los purificadores eran una clase de monjes de alto rango que servían en los templos. Eran subordinados de los sacerdotes y podían realizar cualquier tipo de acto religioso siempre que tuviesen el debido permiso. Pasaban la mayor parte del día orando en silencio y purificando los alrededores con agua o incienso, al igual que los nárikos del Monsismo. Estaban por encima de los acólitos, quienes protegían los harenes de los sacerdotes y se encargaban de realizar las tareas básicas: la limpieza y la preparación de alimentos.

—¡Bendita sea, hija de Ioba! ¡Y bendito sea el fruto de su vientre! Deje que vea la maravillosa bendición que nuestro Padre Celestial le ha otorgado —pronunció el purificador y se acercó a ella con parsimonia.

Zárhia sacó al polluelo y se lo mostró. El purificador tocó su cabeza y le otorgó su bendición. Lo alzó para verlo bien.

—Este polluelo será la gratitud de su fe. Benditos serán sus caminos y bendito será su destino —pronunció el purificador y lo colocó en el nido.

—¡Oremos! —Pidió el purificador y juntó las manos.

Las grifas inclinaron el rostro en señal de respeto y sumisión.

—¡Oh, querido Padre! Bendito sea tu nombre y benditos sean los que obran en tu honor. Glorificados sean tus profetas y alabadas sean tus enseñanzas que a través de sus bocas has puesto. ¡Bendito sea tu poder divino! ¡Bendita sea tu gracia!—pronunció el purificador con lentitud y en voz baja —. Te invocamos para darte las gracias por esta maravillosa bendición que nos has otorgado el día de hoy —profirió.

—¡Gracias por la bendición! —murmuraron las grifas al mismo tiempo.

—¡Que tu poder divino ampare a esta criatura y a su madre por el resto de su vida!—Pronunció el purificador y separó las manos.

—¡Gracias! —murmuraron las grifas.

—Ahora pasaré a bendecir la morada —dijo el purificador y recorrió los alrededores, echando agua bendita con una pluma dorada que había sido tomada del cuerpo del sacerdote Aminakus, quien estaba a cargo del templo de Kronsia.

Las casas se bendecían para evitar que cualquier pecado cometido allí manchara a la criatura recién nacida. Las criaturas no nacían pecadoras, pero podían ser influenciadas por pecados externos, cometidos por sus padres, familiares o sirvientes.

Una vez que el purificador finalizó el ritual, las grifas le agradecieron por su trabajo y lo despidieron. Él se marchó prontamente y regresó a su templo.

—Ahora sí ya puede estar tranquila, hermana mía. Su hijo ha sido bendecido. —Dijo Málassia y se puso en cuclillas —. Quisiera preguntarle, si se me permite el atrevimiento, ¿en qué lugar lo bautizará?

—Mi hijo será bautizado en el mismo lugar en el que fue bautizado mi esposo —le respondió.

—Disculpe mi mala memoria, hermana mía. ¿En qué lugar se dio el bautismo del señor Zámarus? —Dijo Málassia.

—El bautismo de mi esposo se llevó a cabo en el templo del sacerdote Ruyerus Grumentum, en las afueras de Intsumia —le respondió.

—Queda un poco lejos de aquí, pero no importa. Si ya lo ha decidido, respetaré su decisión. Prometo asistir al bautismo. Como Zámarus no está, yo la acompañaré —dijo Málassia.

—Estoy ansiosa por saber qué nombre le pondrán. El sacerdote me había dicho que tenía una amplia lista de nombres gloriosos —dijo Zárhia.

—Me pregunto qué clase de nombre glorioso tendrá disponible. Puede que sea el de algún profeta —dijo Málassia.

—Eso sería maravilloso. Me sentiría muy orgullosa de tener un hijo llevando el nombre de un profeta —dijo Zárhia.

Los polluelos eran bautizados en un templo por un sacerdote pasado los doce días de vida y se les otorgaba un nombre único. Por lo general, los nombres eran largos y se utilizaban en ámbitos formales. En una situación informal, se usaban apócopes o seudónimos. Los seudónimos podían ser otorgados por sacerdotes, frailes o clérigos especiales, de mayor rango que los purificadores. Todos ellos se encargaban de educar a los polluelos cuando cumplían tres años de vida.

—Me quedaré aquí para ayudarle en todo lo que necesite, hermana mía. Estoy a su completa disposición —dijo Málassia.

—Gracias, hermana. Quiero dormir un poco en mi cama. ¿Podría tomar mi lugar? —Le dijo.

—Claro que sí, hermana mía. Yo me quedaré en el nido. Usted descanse nomás —le respondió Málassia.

Zárhia decidió volver a su cama y dejar que su hermana cuidara el nido. Por las noches, la temperatura descendía mucho y el polluelo no podía estar desprotegido. Necesitaba sí o sí de una fuente de calor. No había nada mejor que el vientre cálido de una grifa.

Esa noche fue muy larga. Málassia se quedó pensando en la estrella fugaz que había visto. Sabía que no era mera coincidencia que la estrella cruzara el cielo justo cuando había nacido su sobrino. Pensaba que la señal era más que una bendición de Ioba. Se trataba de un pacto con él. El polluelo iba a ser alguien especial, alguien diferente del resto.

II. La ceremonia bautismal

Luego de doce largos días, cuando la ansiedad se volvía insoportable, Zárhia se levantó muy temprano, preparó a su polluelo, lo metió en una canasta y realizó el viaje hacia Intsumia. Su hermana la acompañó, ansiosa por saber qué nombre iban a ponerle a su sobrino.

Volaron hacia el templo del sacerdote Ruyerus, el que señoreaba sobre las colinas del Norte, y las recibieron dos celadores. Les tomaron sus datos, para asegurarse de que eran de confianza, les dieron permiso de entrar y retomaron sus lugares.

Los celadores eran dos robustos grifos de clase superior, de plumaje marrón, con algunos matices en las alas y el pecho, y prominentes penachos coloridos. Tenían ojos verdes y picos corvos.

Las grifas ingresaron al ingente templo, cuyos bancos en ese momento estaban completamente vacíos, se metieron por un pasillo angosto y se encontraron con el sacerdote que estaba a cargo de la parroquia: Ruyerus Grumentum, quien había servido allí durante más de un siglo. Había dedicado toda su vida a la fe. Se negaba a vivir sin ella ya que era parte de su ser.

—¡Muy buenos días, estimado padre! ¡Bendito sea usted en nombre de Ioba Todopoderoso y bendito sea su santuario! —Le dijeron las grifas y se inclinaron ante él.

—¡Mis bendiciones a ustedes! ¿Qué las trae por aquí el día de hoy? —Preguntó el sacerdote.

El sacerdote Ruyerus se vestía con una larga túnica blanca que cubría desde su cuello hasta sus tobillos. Usaba guantes marrones y llevaba un collar dorado con un tríxode. Sus plumas eran blancas, con bordes dorados. Sus ojos eran puramente azules. Medía casi tres metros y medio. Era una de las autoridades más influyentes de ese lugar. Se había ganado el respeto de todos sus congéneres por su actitud amable y generosa. Era un ejemplo a seguir para muchos feligreses.

—Hemos venido a realizar una ceremonia bautismal. He recibido la bendición de nuestro Padre hace doce días y me gustaría que el alma de mi hijo sea reconocida por un nombre propio —dijo Zárhia y sacó el polluelo de la canasta para que el sacerdote lo viera.

—¡Vaya novedad! ¡Mis más gratas felicitaciones a usted, hija mía!—Tocó la cabeza del polluelo —. Déjeme decirle que estoy muy feliz de saber que Ioba la ha bendecido. Esta bella criatura será bendecida por mi arúspice. Avisaré a los acólitos para que preparen todo para la ceremonia —dijo, contento al enterarse de la buena nueva.

—¡Le agradezco mucho, querido padre! —Le dijo Zárhia.

—¿Vendrá su esposo a presenciar el bautismo? —Le preguntó el sacerdote.

—Me temo que él no podrá asistir a la ceremonia. Se ha ido a Ankoleria por una cuestión laboral y estará ausente por un largo período de tiempo —le respondió Zárhia, sintiéndose penosa por su ausencia.

—Es obligatorio que ambos padres estén presentes durante la ceremonia bautismal —le recordó el sacerdote.

—He traído a mi querida hermana para que me acompañe. Ella es quien me cuida ahora que estoy sola —le dijo Zárhia.

Al sacerdote Ruyerus no le agradó escuchar eso ya que iba en contra del reglamento eclesiástico establecido por el profeta Dárius. Debido a una situación de obligación, Zámarus debía permanecer en Ankoleria el tiempo necesario hasta que le reconocieran sus aportes laborales. Si abandonaba su trabajo antes de tiempo, no iban a pagarle nada.

—Haré una excepción esta vez y dejaré que se realice la ceremonia. No todos los días nace un polluelo de clase superior —dijo el sacerdote.

—¡Se lo agradezco mucho, su Eminencia! ¡Bendito sea usted! —Le dijo Zárhia.

El sacerdote se dio vuelta y se fue. Estaba entusiasmado por la noticia y no quería perder mucho tiempo.

Las grifas se quedaron esperando en la parte interna del templo, en la sala de espera, admirando la bella parafernalia religiosa y las relucientes acanaladuras de la columnata interna. Las barrocas paredes, blancas como la nieve, estaban adornadas con frases de los profetas que fueron talladas de manera sumamente prolija. De lejos, los textos grabados parecían algo farragosos. La parte de arriba estaba adornada con estalactitas artificiales de color plateado. Las puertas eran de madera de roble. En la parte de afuera, había dos torres de mármol con buganvillas y orquídeas de diferentes formas, colores y tamaños. Dos prolijas pérgolas con extravagantes plantas, originarias de Aloima, adornaban los costados de la puerta del fondo. Algunos pájaros endémicos cantaban en la zona árida, próxima a las afueras.

El polluelo estaba profundamente dormido. Apenas entraba en la canasta. Málassia admiraba su ternura desde arriba. Ese era el único sobrino que tenía. Su única hermana había sido muy afortunada de haber sido bendecida.

—Debe ser la criatura más hermosa que he visto —dijo Málassia.

—Al menos ahora tiene plumitas —dijo Zárhia.

—Se parece a su padre —dijo Málassia.

Las plumas del polluelo tenían el mismo color que las plumas de Zámarus. Era el mismo marrón. Su aspecto externo era idéntico.

—Estoy ansiosa por saber qué nombre le pondrán —dijo Zárhia.

—Cualquier nombre bello le quedaría bien —dijo Málassia.

—Tiene que ser distintivo —dijo Zárhia, quien deseaba que su hijo fuese único.

Varios minutos eran necesarios para hacer los preparativos para la ceremonia bautismal. Todo debía lucir perfecto.

El sacerdote llamó a un rapsoda para que le recomendara algunos nombres inherentes a la poesía trovadoresca del Bashí: libro sagrado del Iobismo.

Los rapsodas eran ayudantes que, junto con los copistas y los glosadores, narraban las historias épicas de los profetas, los patriarcas, los libertadores y sus aliados. Volcaban todos sus conocimientos en la literatura antigua y pulían sus manuscritos para que siempre estuviesen adaptados a la época. A veces tenían que cambiar frases enteras porque las originales quedaban caducas. Debían conocer en profundidad todas las lenguas antiguas de sus antecesores, dado que así, podían mantener una traducción confiable de las Sagradas Escrituras. Utilizaban palimpsestos para anotar cosas que iban descubriendo. Se vestían con caftanes grises y llevaban aros en las orejas. Se les tenía mucho respeto debido a su prosapia y su profundo conocimiento del Iobismo.

El Bashí era un libro extenso compuesto por doscientos veintiocho capítulos, escritos tanto en verso como en prosa. Cada capítulo tenía doscientos ochenta versículos: ciento cuarenta de ellos estaban escritos de manera poética y otro ciento cuarenta de manera prosaica. Se les daba mucha importancia a los números ya que se los consideraba símbolos trascendentales en la época en la que había sido escrito el Bashí, varios siglos atrás. De la misma manera, las constelaciones y los astros tenían una gran influencia en la cosmogonía antigua.

El rapsoda que apareció era Asálius. Tenía poco más de tres metros cuarenta. Era de plumaje grisáceo, tirando a verdoso, ojos marrones y espalda ancha. Pasaba la mayor parte del día en la biblioteca, leyendo y releyendo lo mismo hasta autoconvencerse de que su trabajo era merecedor de respeto. Se le exigía mucho ya que era uno de los más jóvenes y lúcidos que había en el templo. Tenía noventa y cuatro años.

Asálius acudió al llamado del sacerdote y aportó ideas respecto a la consulta hecha.

El cenotafio principal del cementerio de Ukures, en Sierbemia, una antigua aldea de Ashura que quedaba cerca de Bormepch, tenía grabado el nombre de uno de los grandes defensores de la virtud y la igualdad: Deimakuse Deseorin Amarus, quien acompañó y protegió a Ulisurus Raimekusen, uno de los caudillos del ejército de los hipogrifos, aliado al grupo de Sishurus y de Camus. Uno de los escribas anónimos, que empleaba Jesare en la escritura, hacía referencia a ese personaje, de procedencia desconocida, como “el último defensor”. En su idioma original, el Yordanio, se escribía “Deimarusen”. En poesía sérfica, se utilizaba mucho el término “Deimaru” y “Sen” que hacían referencia a la defensa y la virtud. El Yordanio y el Jesare eran lenguas, bastante parecidas, utilizadas en Ashura por los hipogrifos.

—Casi nadie sabe sobre la existencia de dicho defensor. El hijo de Zámarus merece un nombre digno —le dijo el sacerdote.

—Yo me sentiría más que orgulloso de tener un hijo con el nombre de uno de los defensores castrenses de Ulisurus. El mismo Camus lo bendijo y le dio su palabra de honor —dijo el rapsoda.

—Camus lo bendijo porque le preocupaba la salvación de su alma. Había violado el décimo sexto mandamiento. Ulisurus no era consciente de ello. Yo diría que fue más un hereje que un ser digno —dijo el sacerdote.

—De todas las cosas prohibidas del Iobismo, me parece que levantar falso testimonio es de lo más inocuo —dijo el rapsoda.

Deimakuse había levantado falso testimonio respecto a uno de sus allegados, pero lo había hecho para poder engañar a las tropas enemigas y tomar ventaja en el ataque.

—Claro está en las cartas de Viralus: “no levantarás falso testimonio de ninguno de tus congéneres porque eso es abominable”. Lo abominable se castiga con tortura. Toda forma de herejía está penalizada de alguna manera. Ese supuesto defensor del que hablas fue, además de calumniador, blasfemo —dijo el sacerdote.

—Ioba es misericordioso y perdona a todos aquellos que hayan pecado de alguna manera o hecho algo que vaya en contra de alguno de sus mandamientos —dijo el rapsoda. Había aprendido que retractarse no era lo ideal cuando se trataba de aportes importantes.

—Cederé a su consejo sólo porque hoy estoy de muy buen humor. No vuelva a mencionar nada sobre ese tal Deimarusen en mi templo o lo pondré a limpiar los salones —dijo el sacerdote, mirándolo de reojo.

—¿Por qué no le hace un breve cambio al nombre para que no manche de pecado a la criatura? —Aconsejó el rapsoda.

Llevar el nombre de un hereje era de mal augurio, de modo tal que las autoridades religiosas preferían evitar poner nombres de ese tipo a los polluelos.

—¿A qué se refiere? —Preguntó el sacerdote.

—Puede ponerle Deimarus Zen —respondió el rapsoda.

—¿Y qué significa eso exactamente? —Preguntó el sacerdote.

—Nada. Es sólo para que no suene mal. El polluelo jamás sabrá que su nombre está basado en el nombre de un hereje —dijo el rapsoda.

—Si el polluelo llega a rebelarse, haré que lo castiguen. Poner nombres de herejes es profano. Sabe bien lo que puede suceder si hacemos eso. ¡Qué la suerte esté de su lado, rapsoda de Ioba! —Dijo el sacerdote.

—¿Le agrada el nombre? —Le preguntó el rapsoda.

—Consultaré al arúspice para que me dé su opinión —afirmó el sacerdote con algo de incertidumbre.

—¿Desea que llame a los purificadores para que le ayuden a realizar los preparativos? —Le preguntó el rapsoda.

—Sí. El hijo de Zámarus merece un bautismo especial. Quiero ver mucha prolijidad —le respondió el sacerdote y se fue.

Mientras el rapsoda buscaba cuatro purificadores para que prepararan el aceite, el agua y el incienso para la ceremonia, el sacerdote Ruyerus salió del templo y fue a buscar a su arúspice, que se encontraba en una ermita aparte, en la parte externa.

Al verlo, sintió lástima por él. Cada día que pasaba, parecía estar más viejo. Había servido durante muchos años y no quería retirarse del cargo.

El arúspice, Senarus Aikezumen Nárius, había perdido mucho peso recientemente y le costaba mover las piernas debido a los continuos calambres. Estaba viejo, enteco y sus ojos casi no servían para ver. Sus grisáceas plumas se desprendían con facilidad, sus largas orejas estaban caídas, sus rémiges estaban dobladas y su cola se mantenía inmóvil. A pesar del deplorable estado físico, su memoria era sorprendente. Recordaba hasta los detalles más ínfimos de las primeras ceremonias que había llevado a cabo el sacerdote Ruyerus en su templo. Su trabajo era predecir el futuro de las criaturas que tocaba. Con el simple hecho de tocar la frente, ya podía decir sus palabras. Algunos rapsodas no lo querían porque pensaban que era un lunático.

—¡Mi estimado arúspice, bendito sea! Necesito hablar con usted. Una ceremonia bautismal se llevará a cabo el día de hoy. La esposa de Zámarus ha sido bendecida. Desea que su polluelo reciba la cálida bendición de mis allegados —dijo el sacerdote y se paró frente a él.

—¿El señor Zámarus se encuentra aquí? —Preguntó el arúspice.

—Él no se encuentra presente por una cuestión laboral. Espero que no le moleste el inconveniente. Zárhia trajo a su hermana para que la acompañe. Decidí aceptar realizar el bautismo sólo porque Zámarus es un fiel devoto —dijo el sacerdote.

—Zámarus es uno de los pocos creyentes que ha dedicado su vida a la fe. Los demás sólo vienen cuando se sienten mal. Prefieren pagar la multa por inasistencia —dijo el arúspice.

—Cerca de Mieresia hay un pequeño templo. Estoy seguro de que acude a él regularmente. Su fe es admirable. Casi me hace sentir mal —dijo el sacerdote.

—¿Desea que le dé mi bendición a su hijo? —Le preguntó el arúspice.

—Quiero que lo bendiga y que me diga qué le parece el nombre que el rapsoda Asálius aconsejó otorgarle —le respondió el sacerdote.

—¿Qué nombre propuso? —Le preguntó el arúspice.

—Deimarus —le respondió el sacerdote.

—¿Deimarus cuánto? —Preguntó el arúspice.

—Deimarus Zen Arus de Kronsia —respondió el sacerdote.

El sacerdote decidió ponerle el nombre del Mesías para que sonara mejor y no acabara siendo un desdicho hereje. Con el nombre de un ser bendito, era menos probable que el polluelo acabase siendo impío. Al no haber apellidos, se usaba la procedencia como referencia. Ese sistema se usaba en todas partes.

—Es un nombre original. Me agrada cómo suena —admitió el arúspice —. ¿Su seudónimo?

—Deimos —afirmó el sacerdote.

—¿Está todo listo para la ceremonia? —Preguntó el arúspice.

—Los ayudantes tendrán todo listo para la tarde. Le pediré que me acompañe al templo —le dijo el sacerdote.

—Estoy ansioso por conocer al hijo de Zámarus —dijo el arúspice.

Luego de esperar ansiosamente, un purificador le dijo a Zárhia que todo estaba listo y que podía pasar al salón de al lado. Las grifas ingresaron al salón y se arrodillaron ante la estatua de Dárius, que tenía pétalos de rosas en la base. Tomaron una vela y le rezaron una plegaria al profeta. Se levantaron y fueron hacia la parte del fondo, donde una cáfila ávida se acomodó, formando un círculo.

En la parte de en medio había un altar pequeño, sobre una peana, donde se colocaba al polluelo para bautizar. Se le colocaba agua en la frente y se lo bendecía varias veces. Luego, le otorgaban el nombre y le colocaban un collar con un medallón bendecido que tenía un tríxode en ambos lados. El arúspice hacía su parte y bendecía a la criatura, dicho procedimiento era optativo, y le deseaba suerte en el futuro.

En ese salón, a las grifas no se les permitía hablar sin permiso. Las autoridades religiosas estaban a cargo de todo. Una vez bautizado el polluelo, ya no les pertenecía a sus padres, sino que pasaba a ser una criatura de Ioba.

Los purificadores recorrieron el salón e impregnaron el ambiente con incienso, a fin de evitar que malos espíritus interviniesen durante la ceremonia. Dijeron sus plegarias y retornaron al área de encuentro. Los acólitos colocaron al polluelo sobre el altar y esperaron a que el sacerdote iniciara la ceremonia. El arúspice se encontraba en la parte de atrás, esperando a que la primera parte de la ceremonia finalizara para poder intervenir.

—Les agradezco a todos por haber venido. Hoy estamos aquí reunidos para glorificar la gracia divina de nuestro Padre Celestial y agradecerle por su preciada bendición. Ioba Todopoderoso ha otorgado este obsequio divino a una de sus hijas. Nosotros apreciamos mucho su acto y por ello hemos de bendecir a la criatura aquí presente. Daremos inicio a la ceremonia con una Plegaria de Iniciación —pronunció el sacerdote.

Las grifas, los dos acólitos y los cuatro purificadores juntaron las manos, cerraron los ojos e inclinaron la cabeza en señal de respeto y sumisión.

La Plegaria de Iniciación servía para invocar al Espíritu Puro de Ioba que, según se creía, descendía en forma invisible y atestiguaba que los rituales llevados a cabo en sus templos fuesen los apropiados. El salón se llenaba con la energía sobrenatural que el Espíritu Puro transmitía de manera discreta. Todos los presentes sentían la presencia divina del espíritu, reforzando su fe en el poder de Ioba.

—¡Ioba Todopoderoso, santificado sea tu nombre! ¡Bendita sea tu gracia y benditos sean tus actos divinos! Te invocamos desde uno de tus templos para que nos des tu iluminación y nos ayudes a llevar a cabo este memorable ritual. ¡Qué tu gloria ilumine este salón y que tu bendición se haga presente en todos nosotros! —Pronunció el sacerdote en voz alta.

—¡Bendito seas, Padre Celestial! —Pronunciaron los demás al unísono.

—Ahora, queridos allegados míos, pasaremos a la Plegaria de Alabanza —dijo el sacerdote —. Por favor, pónganse de rodillas —pidió cortésmente.

Todos se arrodillaron, cerraron los ojos y levantaron la cabeza. El sacerdote era el único que se quedaba de pie durante la Plegaria de Alabanza.

—¡Oh, poderoso Padre! ¡Alabado seas! ¡Llénanos de gloria y majestuosidad! Danos hoy tu bendición para que sigamos adelante en este mundo repleto de dificultades. No nos desampares ni hoy ni mañana. Acompáñanos hasta la muerte y guía nuestros actos para que podamos ser leales sirvientes como tus sabios profetas. Llena nuestros corazones de amor y fe. Mantennos lejos del pecado y del mal para que no quedemos fuera de tu gracia. ¡Alabados sean tus hijos y todos tus profetas! ¡Bendito seas, oh Señor Nuestro! —Pronunció el sacerdote en voz alta.

—¡Bendito seas, Señor! —Susurraron los demás al mismo tiempo.

Los presentes se pusieron de pie y abrieron los ojos.

—Ahora pasaremos a realizar, de manera prolija y silenciosa, el ritual de purificación —dijo el sacerdote.

Los purificadores tomaron un jarro con agua y mojaron la frente del polluelo aún durmiente. Le aceitaron las plumas de la cabeza con un aceite especial que se utilizaba únicamente en rituales religiosos. El sacerdote bendijo a la criatura en voz baja y usó una de sus plumas para transmitirle su pureza. Humedeció la pluma, tocó su cabeza e hizo la Señal de Fe, la cual consistía en dibujar una línea recta imaginaria desde el abdomen hasta la cabeza y luego hacia los hombros. Le otorgó el nombre que había sido escogido anteriormente.

—Esta criatura será llamada Deimarus Zen Arus de Kronsia y su seudónimo será Deimos —pronunció el sacerdote.

Los purificadores colocaron el collar en el cuello del polluelo y lo bendijeron.

—¡Qué este pacto llevado a cabo el día de hoy sirva para santificar a esta inocente criatura y limpiar su alma de cualquier pecado cometido por sus ancestros! —Dijo el sacerdote en voz alta —. Ahora pasaremos a realizar una Plegaria de Salvación.

Todos cerraron los ojos e inclinaron el rostro.

—¡Ioba Todopoderoso, creador de todas las cosas, promotor de la bondad y la esperanza, nos dirigimos a ti a fin de agradecerte por habernos ayudado a realizar este acto bautismal! ¡Bendito seas y bendito sea tu Mensaje Salvífico! ¡Qué tu gloria acompañe a esta criatura durante el resto de su vida! ¡Salvos serán aquellos que sigan tus mandamientos! En el nombre de tu hijo Arus, te damos las gracias por habernos acompañado durante esta ceremonia. ¡Bendito seas, Padre Nuestro! —Pronunció el sacerdote.

—¡Bendito seas! —Dijeron los demás.

—De esta manera, despedimos al Espíritu Puro y le agradecemos por habernos acompañado el día de hoy —dijo el sacerdote e hizo una pequeña pausa —. Ahora, pasaremos a la segunda parte —anunció y dio la señal —. Arúspice Senarus, por favor acérquese al altar para bendecir a la criatura —le pidió amablemente.

El arúspice se acercó al polluelo y tocó su cabeza a fin de socavar en lo más profundo de su mente y leer el futuro que le deparaba. Algo salió mal y la reacción del arúspice fue negativa. Se alejó en seguida. Se puso tenso porque vio algo que no le gustó nada. Alcanzó a ver una criatura feroz, malévola y sanguinaria que manchaba el mundo de pecado.

—¿Qué le sucede, arúspice Senarus? —Le preguntó el sacerdote, inquieto al ver que su arúspice reaccionara de esa manera inesperada.

—Algo no me gusta. Esta criatura no será buena. Su alma no está limpia —dijo, de manera preocupante.

Zárhia se sintió preocupada porque creía que su hijo estaba manchado de algún pecado grave. Si así era, no iba a poder criarlo.

—Su alma ya ha sido limpiada. No hay nada de qué preocuparse —le dijo el sacerdote.

—Tuve una epifanía. Esta criatura lleva consigo la Marca de la Bestia. No podemos permitir que viva —dijo el arúspice.

La Marca de la Bestia era un término que se utilizaba para describir a las criaturas impuras cuyos destinos eran oscuros. De ello hablaba el profeta Marustkus.

—¡Arúspice Senarus, por favor! Este no es el momento para hacer bromas de mal gusto. Este polluelo es el hijo de Zámarus —le dijo el sacerdote.

Ninguno de los presentes se sentía cómodo al ver cómo había reaccionado el arúspice. Sus predicciones siempre eran correctas. Cuando algo no le gustaba, se trataba de un tema serio.

—Me niego a bendecir a esa criatura. ¡Qué Ioba tenga piedad de su alma! —Dijo el arúspice y abandonó el salón lo más rápido que pudo.

Lo que había sucedido era que había visto la identidad oculta, el alter ego, de Deimarus. La imagen de la criatura era aterradora y no podía ser bendecida ya que de nada iba a servir. Su fatum ya estaba escrito.

El sacerdote y sus allegados se sintieron afrentados al ver semejante cosa. Tuvieron que dar por finalizada la ceremonia y abandonar el salón.

Zárhia y Málassia metieron al polluelo en la canasta y salieron del templo.

El sacerdote estaba muy avergonzado y le costaba expresarse. Trató de hacer como que no pasó nada. Pensó que el hecho de haber usado el nombre de un hereje como referencia para el nombre de la criatura era lo que incomodaba al arúspice. Le avisó a Asálius lo que había sucedido. El rapsoda dijo que el arúspice era un demente. Al ser tan viejo, ya no podía seguir haciendo predicciones. El sacerdote se sintió como un completo idiota y decidió que ya no iba a contar con el arúspice Senarus para futuras ceremonias bautismales ya que no quería volver a presenciar una situación embarazosa como esa nunca más.

—Hermana mía, no se sienta mal. El arúspice debe haberse equivocado. No puede juzgar a su hijo sin conocerlo —le dijo Málassia.

—Temo que el alma de mi hijo esté manchada con algún pecado imborrable. ¿Qué tal si alguno de sus ancestros cometió algún pecado muy grave? ¿Qué haré si mi hijo heredó ese pecado? —Le dijo Zárhia, preocupada por el futuro de su hijo.

—Ninguno de sus ancestros fue malo. Todos han sido fieles seguidores de Ioba —dijo Málassia.

—El abuelo Rámakus había sido castigado varias veces por blasfemo. ¿Qué haré si mi hijo sale como él? —Dijo Zárhia.

El sacerdote salió del templo y se encontró con las grifas en la parte de afuera. Tenía la esperanza de que aún podía cambiar el destino del polluelo.

—No desespere, hija mía. Si quiere que su hijo esté bien, me encargaré de educarlo yo mismo. Senarus a veces se pone así por cuestiones personales. Me disculpo por lo que sucedió en el salón de ceremonia. Estoy seguro de que Ioba protegerá a su hijo. Su alma no peligra. Con una educación sólida, verá que su hijo estará bien —le dijo el sacerdote para tranquilizarla —. Por favor, no vaya a decirle nada a Zámarus de lo que sucedió allí adentro. No quiero que piense que su hijo es un hereje. Cuando pueda, tráigamelo para que lo eduque. Me encargaré de que sea un fiel devoto, como su padre.

—Se lo agradezco mucho, querido padre —le dijo Zárhia —. Me asusté por la reacción del arúspice. Casi llegué a pensar que mi hijo había heredado algún pecado grave de sus ancestros.

—No hay de qué preocuparse. Aquí todos nuestros vástagos terminan siendo criaturas benévolas. Su hijo recibirá la mejor educación —afirmó el sacerdote, de manera optimista.

—Estoy dispuesta a pagar lo que sea para eso. Estoy segura de que Zámarus estará de acuerdo —dijo Zárhia.

—Yo contribuiré si es necesario —dijo Málassia.

—Muy bien. Espero poder verlo pronto. Ahora, si me disculpan, tengo algunas cosas que hacer —les dijo el sacerdote. —Ante cualquier inconveniente que tengan, pueden venir a mi templo.

—Claro, Padre. Gracias por todo. ¡Bendito sea usted! —Le dijo Zárhia y se volteó.

—¡Qué tenga un buen día! —Le deseó Málassia.

Las grifas partieron en seguida. Lo bueno era que el polluelo ya tenía nombre. No obstante, las palabras del arúspice mantenían intranquila a Zárhia. Si lo que había dicho era verdad, su hijo no iba a ser un fiel devoto. A los herejes y pecadores se los castigaba cruelmente. En el peor de los casos, se los condenaba a pena de muerte. Eso se aplicaba tanto a los adultos como a los jóvenes. Todos aquellos que negaban la santidad del Iobismo debían ser menospreciados por sus congéneres.

III. Infancia ennegrecida

Las últimas semanas habían sido maravillosas para Málassia, quien no podía despegarse del encanto de su sobrino. Deimarus era un polluelo muy simpático y juguetón. No llorisqueaba ni gimoteaba. Zárhia trató de olvidar lo sucedido en el templo y le dio una oportunidad a su hijo. Hizo como que no había pasado nada y le dio el afecto que se merecía. Aunque sus reticencias respecto a su situación jamás se desvanecieron. Deimarus era, hasta ese momento, un polluelo común y corriente. No presentaba ninguna distinción del resto. Málassia era como una segunda madre para él. La ausencia de Zámarus era compensada con su presencia.

La sirvienta había presenciado la alegría que generaba el polluelo en la casa. Ansiaba poder ser madre algún día, pero mientras estuviese bajo el dominio de Zárhia, no iba a poder hacer nada más que envidiar la felicidad de su ama. Ni siquiera se le permitía tener contacto alguno con los de su clase. La reprimían como una esclava y la regañaban frecuentemente por sus errores. Su miserable vida era esa y no podía hacer nada para cambiarla. Rezaba por las noches para que Ioba le diera una oportunidad de ser libre, aunque fuese por un corto lapso de tiempo. Zárhia era muy cruel con ella, la denigraba y le llamaba la atención todo el tiempo. No se atrevía a lastimar a su ama ya que eso podía repercutir negativamente en la vida del polluelo, pero podía hacer otras cosas a escondidas.

Málassia decidió sacar al pequeño Deimarus de casa y llevarlo a un lago cercano. Quería enseñarle a nadar y mostrarle que bañarse podía ser muy divertido.

Cerca de Arkania, había muchos lagos para bañarse. El lugar estaba repleto de cuevas, elevadas colinas y onagras. Los alrededores eran tranquilos. La brisa siempre mantenía los árboles en movimiento.

Un grupo numeroso de urogallos llegó y comenzó a cantar. Sus voces no eran muy agradables. El pequeño Deimarus los vio y le preguntó a su tía qué eran. Ella le respondió que eran criaturas de tierras extranjeras, a lo cual él preguntó de qué tierras provenían. Ella dijo que Arsunia, aunque no estaba del todo segura.

—¿Dónde queda ese lugar? —Le preguntó Deimarus.

—No muy lejos de aquí. En dirección al Sur —le respondió Málassia.

—¿Ha estado allí alguna vez? —Le preguntó Deimarus.

—Nunca he estado en ese lugar —le respondió a su sobrino.

—¿Cómo sabe entonces que son de allí y no de otra parte? —Le preguntó Deimarus.

—Me parece que alguien se volvió muy preguntón. Quizás algún día te lleve a ese lugar para que lo veas tú mismo —le dijo Málassia.

—¿De verdad puedo ir? —Preguntó emocionado.

—Tendríamos que preguntárselo a tu madre primero. No puedo llevarte sin permiso —le dijo de manera seria.

—Entiendo —asintió. Tenía deseos de explorar su entorno aun sin saber qué clase de criaturas yacían más allá de su hogar.

El pequeño Deimarus era extremadamente tierno y, al mismo tiempo, muy curioso. Preguntaba sobre cualquier cosa. No dejaba de hacer preguntas hasta recibir una respuesta satisfactoria.

Esa actitud le iba a traer problemas más adelante ya que a los polluelos, en el monasterio, no se les permitía cuestionar. Los maestros eran poseedores del conocimiento y sus alumnos eran un vaso vacío que debían llenar. En pocos meses, debía iniciar su trayectoria educativa en el monasterio. El sacerdote Ruyerus estaba ansioso por tenerlo de alumno.

Al sentir el agua fría, se sintió un poco incómodo. Ver cómo el agua se movía a su alrededor le generaba curiosidad. Su madre le había dicho que el agua era una fuente de vida otorgada por el mismísimo Ioba.

Según lo que enseñaba el Bashí, había una fuente gigantesca en el cielo que dejaba caer el agua con cierta frecuencia. Pero eso solamente era posible porque Ioba así lo deseaba. Todos los ríos, arroyos y océanos existían porque él los había creado. De las aguas del río Tánkurus, el que quedaba en alguna parte de Yukeistoh, en Ashura, Ioba había creado a las criaturas. Había creado una pareja de grifos de clase superior y los había colocado en un lugar especial llamado Edus. Tras haber probado un fruto prohibido, ambos tuvieron que ser expulsados de ese lugar. Debido a su soberbia, fueron enviados al mundo terrenal y se volvieron seres mortales, obligados a vivir en necesidad. Su acto de desobediencia los había condenado, y así como a ellos, todos sus descendientes debían pasar por lo mismo. La única manera de recibir el perdón y la gracia de Ioba era mediante la confianza en su hijo, quien fue humillado y empalado por dragones. Sólo a través de él estaba asegurada la salvación de la especie.

—Está bastante fría —dijo Deimarus.

—Es porque estamos bajo la sombra —le dijo Málassia y señaló los inmensos árboles de los alrededores.

—¿Qué produce la sombra? —Le preguntó Deimarus.

—Los árboles que están alrededor de nosotros —le respondió Málassia.

—¿El agua se enfría cuando hay sombra sobre ella? —Le preguntó a su tía.

—Así es —le respondió.

Málassia le enseñó cómo amoldarse al agua, cómo hacer para mantener el cuerpo a flote y cómo desplazarse. Deimarus no sabía que podía ahogarse. No era consciente de que eso podía suceder siendo que se encontraba en un lago con varios metros de profundidad. Málassia fue muy cuidadosa con él y le ayudó a mantener el equilibrio. Lo sostenía de la colita para que no se alejara demasiado. Al llegar al centro del lago, lo soltó y dejó que nadara libremente. Esa experiencia lo llenó de una inefable alegría. Le generaba una gran felicidad poder ver que podía dominar el agua. Fue un gran incentivo ver que podía dominar su entorno sin problemas.

Málassia lo sacó del agua, lo secó y lo llevó a la zona de los pomares para que eligiera algún fruto. Su madre nunca tenía los que a él le gustaban. Su tía le proveía más que su madre.

Al atardecer, Málassia regresó con su sobrino y lo condujo hacia su hogar. El pequeño Deimarus tuvo la oportunidad, aunque no fue algo positivo, de ver cómo su madre castigaba cruelmente a la sirvienta. La forma en que la humillaba y atormentaba era terrible. Málassia le pidió que dejara de golpearla. Tanta crueldad era innecesaria. Zárhia poco sabía de clemencia, y si de tratar a los de clase Infhe como basura se trataba, nadie lo hacía mejor que ella.

Ver lo brutal y salvaje que se ponía su madre cuando se enojaba le hizo pensar que, quizás, no era una madre ideal, digna de respeto.

Zárhia se tranquilizó y se metió en la vivienda. Deimarus le arrojó un fruto a la sirvienta para que lo tomara. No le dijo nada. Le pareció que su forma de ser castigada era injusta. Sus ojos habían presenciado algo negativo: la injusticia del sistema de castas sociales de su especie.

Con el paso del tiempo, Deimarus notó que la fe de su madre era firme. Ella les daba más importancia a sus creencias que a su hijo. Y eso era algo que él mismo le replicó un día mientras almorzaban.

—Deimarus, no quiero que me hables de esa manera. No vuelvas nunca a decir nada sobre mi fe. Sé más agradecido. Que tu padre no esté aquí, no te da derecho a hablarle así a tu madre. Tu educación no es gratis. Trabajo duro para darte futuro. No me cuestiones —le dijo su madre de forma autoritaria, a lo que él, inmediatamente, interpretó como una imagen negativa de ella. Y fue desde entonces que comenzó a pensar que su madre no era más respetable que la sirvienta. Su tía Málassia, en cambio, sí era digna de respeto.

Málassia, al no estar casada y no tener vástagos, aprovechó la oportunidad para criar a su sobrino como si fuera su propio hijo. Deimarus le dijo, durante un día lluvioso, que la quería más a ella que a su madre, quien lo único que hacía era regañarlo por todo, principalmente porque no dejaba de hacer preguntas en ningún momento. Además, insistía en que quería conocer a su padre. Zárhia le dijo que él iba a venir muy pronto, sólo había que esperar. Al no cumplirse lo dicho, Deimarus empezó a desconfiar de ella hasta tal punto que ya no le creía. Los meses pasaban y Zámarus no aparecía.

El tiempo pasó muy rápido, y llegó el día tan esperado. Fue durante una fresca mañana de otoño, antes de que saliera el sol, que Zárhia y Málassia tomaron a Deimarus y lo llevaron al monasterio, el cual quedaba a varios kilómetros de su hogar, en la zona Norte.

El famoso monasterio de Grelim quedaba en el centro de Xelenia, cerca de la costa, entre Albelmia y Makusaria.

Finalmente, el sacerdote Ruyerus tuvo la oportunidad de conocer al hijo de Zámarus. Había esperado ese día por mucho tiempo. Se sorprendió al verlo por segunda vez. Había crecido bastante desde la última vez que lo vio. Tenía más de un metro.

—¡Qué alegría me da saber que por fin podremos tenerlo bajo nuestra tutela! —Dijo el sacerdote Ruyerus de manera amable.

Lo acompañaba Joremus, un bréstimo proveniente de Libiasia. Era un poco más alto que él. Llevaba puesta una túnica gris y algunos adornos plateados. Tenía una cresta emplumada que resaltaba desde lejos. Sus plumas eran blancas y sus ojos verdes. Era un amigo cercano del sacerdote Aminakus.

Los bréstimos eran sacerdotes de alto rango que se encargaban de visitar e inspeccionar los monasterios y los templos para asegurarse de que todo estuviese en buenas condiciones. El ushur, que era el Sacerdote Supremo al que acudían únicamente los clérigos de alto rango, enviaba a los bréstimos para que hicieran su trabajo. Los que ocupaban el cargo de ushur siempre eran viejos. Debido a ello, duraban poco tiempo en el cargo. El sacerdote Ruyerus ansiaba ocupar ese puesto con mucho fervor. Pero aún le faltaban muchos años para que lo ascendieran. Tenía ciento ochenta y dos años. El ushur de ese entonces era Tráumus y tenía más de cuatrocientos años.

—Lo único malo, padre, es que es muy preguntón. Por favor, disculpe que se lo diga, pero no he podido hacer que cambie esa actitud. A veces me saca de quicio —le dijo Zárhia, creyendo que el escepticismo de su hijo era algo malo.

Ella consideraba la ignorancia como una bendición, y en verdad lo era, puesto que el conocimiento no estaba a su alcance, y aunque lo estuviese, no iba a aceptarlo porque consideraba que sólo el sexo opuesto tenía derecho a educarse. Ella, como madre, no se daba cuenta de lo equivocada que estaba al pensar así. Si hubiese tenido una hija, se habría lamentado. Creía que era inferior sólo por su género.

—No pasa nada. Todas las preguntas que tenga, con gusto me encargaré de responderle. Cuando usted vuelva a verlo de nuevo, habrá cambiado totalmente. Será un fiel siervo de Ioba, como su padre. Estoy seguro de que le fascinará nuestra biblioteca. Tenemos muchos libros para enseñarle a entender las Escrituras. Usted tenga paciencia, hija mía. Verá que su hijo estará muy bien con nosotros —le dijo el sacerdote Ruyerus.

—Se lo agradezco mucho, padre. ¡Bendito sea usted! —Le dijo Zárhia.

El sacerdote se puso en cuclillas y le dio la bienvenida a Deimarus, que aún estaba medio dormido. Sacudió la cabeza y se despabiló un poco.

—Por petición de tu madre, yo seré tu tutor en el monasterio hasta que cumplas la edad suficiente para irte. Después de eso, podrás hacer lo que quieras. Aunque, debo decirte que todos los que vienen aquí, no quieren irse. Al final, terminan encariñándose con el lugar —le dijo el sacerdote Ruyerus.

—¿Tienen historias entretenidas para contar? Las que me cuenta mi tía son asombrosas. Quiero saber más acerca de esos profetas de los que ella tanto habla, ¿me puede contar más sobre eso? ¿Quiénes eran realmente y cómo se sabe en qué momento exacto de la historia vivieron? ¿Fueron realmente tan sabios como dicen? ¿Merecían realmente la bendición de Ioba? —Dijo Deimarus.

El bréstimo se rio al escuchar eso. Tanta curiosidad a esa edad le generaba admiración. Pocos polluelos eran tan avivados a su edad.

—Disculpe, padre —dijo Zárhia.

—No hay de qué disculparse, hija. Su hijo es encantador. Apuesto a que con esa actitud curiosa será un gran rapsoda en el futuro. Hay que usar su curiosidad para algo bueno. Véalo del lado positivo. ¿No es acaso el curioso quien más descubre? —Le respondió el sacerdote Ruyerus.

—Creo que sí —dijo Zárhia y se quedó pensando en que, talvez, la curiosidad de su hijo no era tan mala después de todo.

En el fondo de su corazón, ella no tenía confianza en su hijo y eso se debía a lo que había dicho el arúspice Senarus durante su bautismo. La única manera de que Deimarus se ganara su confianza era demostrando el mismo fervor por la fe que tenía ella. Zámarus la había convencido de que con fe todo se lograba. Fue gracias a él, y a su insistente proselitismo, que la persuadió para seguir el camino correcto hacia la verdad.

—Su hijo estará en buenas manos. Nos encargaremos de que reciba la mejor atención y el mejor cuidado. Nuestro monasterio se compromete en darle lo mejor de su servicio —le prometió el bréstimo. Su voz era gruesa.

Aunque él no tenía nada que ver con ese monasterio, siempre debía mostrar optimismo a la hora de incluir nuevos alumnos en un bendito recinto. De allí, los polluelos salían educados y con un objetivo claro: cumplir la Palabra de Ioba.

Una de las misiones que realizaban los fieles predicadores, una vez finalizada la etapa formativa, era enseñar las Escrituras a sus allegados de todas partes. A los de clase Alfha no siempre era fácil convencer ya que eran desatentos. Algunos de ellos eran libertinos desenfrenados que preferían vivir aislados de sus familiares. Se convencían con el prosaísmo temporal y los placeres terrenales.

—Se lo agradezco mucho. Espero que les agrade tenerlo aquí —le respondió Zárhia.

—Muy bien, creo que es hora de despedirse —dijo el sacerdote Ruyerus.

Málassia abrazó a su sobrino con mucho cariño y le susurró que lo iba a extrañar mucho. Le prometió que iba a cuidar a su madre hasta que su padre regresara. Una vez que Zámarus volviera, ella iba a regresar a su hogar. Pero él podía ir a visitarla cuando quisiera.

Zárhia ya había pagado por adelantado la fortuna que le salía la educación de su hijo. No estaba feliz de pagar tanto, pero lo hacía por el bien de él.

—Deimarus —Zárhia se agachó para hablarle —, pórtate bien y haz todo lo que te digan. Estarás aquí hasta que cumplas la mayoría de edad. Cuando vuelvas a casa, prepararé algo especial para ti.

—Quiero ver a mi padre primero —le respondió con una mirada seria y fría.

Esa respuesta no le agradó nada a Zárhia. Su hijo no le respondía con el debido respeto. Demostraba irrespetuosidad con ella aun diciéndole las cosas bien.

—No hay problema. Cuando Zámarus vuelva, puede venir a ver a su hijo. Le daré permiso de verlo un rato. No es bueno que este polluelo pase su vida sin conocer a su padre —dijo el sacerdote Ruyerus. Sabía que la imagen paterna era muy importante para un polluelo.

—Bien, creo que es hora de irnos. Tenemos muchas cosas que hacer —dijo Málassia.

—Estaré sirviendo en el templo de Kronsia durante los próximos tres meses así que seguramente las veré allí —les dijo el sacerdote Ruyerus.

—Claro que sí, padre —dijo Zárhia.

Al ver a su tía irse, Deimarus le dijo que la quería mucho. Deseaba volver a verla muy pronto. Ella era lo más valioso que había en su vida. El hecho de saber que no iba a tenerla cerca, le generaba una gran congoja. Su cariño era admirable.

Las grifas se despidieron de ellos y se fueron. Alzaron vuelo en seguida. Sus figuras se perdieron en poco tiempo.

Desde ese momento en adelante, Deimarus pasó a ser miembro del monasterio. El sacerdote Ruyerus estaba ansioso por enseñarle, y más sabiendo lo curioso que era.

—Ahora, te asignaremos una habitación que compartirás que otros polluelos de tu edad. Te mostraremos el edificio para que conozcas bien cada lugar. Te acostumbrarás mucho antes de lo que crees —le dijo el sacerdote.

Debido a su actitud amable y sincera, el sacerdote se ganó su confianza en seguida. Es más, él iba a ser una figura putativa ante la ausencia de Zámarus.

—El lugar parece grande. ¿Tienen estanques para bañarse? —Le preguntó.

—Tenemos de todo. Esté será tu nuevo hogar así que espero que disfrutes tu estadía aquí, pequeño —le dijo el sacerdote Ruyerus y lo cargó entre sus brazos.

Dejó al bréstimo atrás y llevó a Deimarus a la parte interna y le enseñó los diferentes lugares del monasterio. Era muchísimo más grande de lo que parecía. Era casi tan grande como el castillo de un oráculo, sólo que no tenía tantas torres.

El monasterio de Grelim, llamado así por su fundador, el ushur Asarus Akusare Grelim de Xelenia, un maestro apasionado por las Escrituras y la enseñanza del Iobismo a las mentes jóvenes, poseía una compleja infraestructura, amplias galerías, bellos patios con jardín, salones cómodos, una gigantesca biblioteca con una gran variedad de libros para estudiar, extensos paraninfos; y en la parte de atrás, que ya era la zona externa, tenían lujosos templos y una fastuosa cocina tradicional donde trabajaban algunos acólitos.

A primera vista, Deimarus se fascinó con el lugar. Le parecía muy bello y tranquilo. Se sintió feliz de saber que no iba a aburrirse en un lugar tan grande. En comparación con su casa, ese sitio era una mansión.

—Este lugar es muy agradable —dijo Deimarus.


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