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LA

PROFECIA

COMO

MINISTERIO

DE LA

IGLESIA

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LA PROFECÍA COMO MINISTERIO DE LA IGLESIA


Copyright © 2011 por Joel Perdomo



Prohibida la reproducción total o parcial de este libro, sin el permiso escrito del autor. Los textos bíblicos han sido tomados de la versión Reina-Valera 1960.


Segunda edición revisada, enero 2014


Publicado en EUA por JOEL PERDOMO




























DEDICATORIA


Dedico este libro a todos los hermanos que han sido llamados a ejercer el ministerio profético dentro de la Iglesia de Jesucristo, a los que están atentos a escuchar la voz de Dios y dispuestos guiarse por la Biblia.

En especial, a Ricardo Castillo Stephen, quien dio siempre la gloria a Dios en su ministerio, demostrando con su ejemplo de humildad y sencillez que el ministerio y los dones espirituales, no hacen al profeta superior a nadie.

A Milagros Guzmán, profeta del Señor, quien desarrolló la mayor parte de su ministerio en el anonimato, pues los verdaderos profetas no buscan ser reconocidos: antes, prefieren pasar desapercibidos e ignorar los reconocimientos a fin de que Dios reciba toda la gloria.

A todos los verdaderos profetas del Señor Jesús, en cualquier parte que se encuentren ejerciendo su ministerio. ¡Bendiciones del Señor Jesús! Amén.


Joel Perdomo


CONTENIDO


Introducción…………………………………………………………………………………….9

Capítulo 1 - La Profecía

I – LA PROFECÍA BÍBLICA………………………………………………………………….13

a. Etimología y significado de la profecía bíblica

b. Origen del profetismo israelita

c. La misión del profeta

II – LA PROFECIA COMO MEDIO DE COMUNICACIÓN DIVINA……………………...17

a. Dios prometió hablar por medio de los profetas

b. Dios habló por sueños y visiones a sus profetas

c. La profecía como vía de comunicación divina

d. Dios desea comunicar sus planes a la humanidad

III. EL PROFETA COMO MENSAJERO DE DIOS………………………………………..21

a. El profeta como atalaya de Dios

b. En parte conocemos… Y en parte profetizamos…

Capítulo 2 - Breve reseña del profeta del Antiguo Testamento

I. USOS BÍBLICOS DEL TITULO DE PROFETA………………………………………….23

a. Abraham como profeta de Dios

b. La faceta profética de Moisés

c. Moisés reconoció su papel profético

d. Destellos de profetismo en los hombres de Dios

II. EL PROFETA Y SU REVELACIÓN DE DIOS…………………………………...……..29

a. El profeta y el conocimiento de Dios y su palabra

b. El profeta debe reconocer la autoridad delegada de Dios

c. El profeta debe conocer y hacer la voluntad de Dios

d. El reto de todo profeta es obedecer a Dios

III. LOS VERDADEROS Y FALSOS PROFETAS………………………………………....43

a. La señal bíblica del verdaderos y falso profeta

b. Espíritus de mentira en la boca de los profetas

c. Características del profeta bíblico

Capítulo 3 - El profetismo durante la monarquía israelita

I. DEL GOBIERNO TEOCRÁTICO A LA MONARQUÍA………………………………….49

a. En Samuel se fusionan el Sacerdote, el profeta y el juez

b. Israel pide rey

II. LA RELACIÓN ENTRE PROFETAS Y REYES………………………………………...52

a. Los profetas durante la monarquía israelita

b. La relación de David y Saúl con el profetismo

III. EL AUGE DEL PROFETISMO EN ISRAEL……………………………………...........55

a. El profeta resaltó ante la decadencia del sacerdote

b. Elías y Eliseo en la cumbre del profetismo israelita

c. Elías mostró que el verdadero profeta de Dios es un siervo obediente

d. El profeta sufre los efectos de sus propias profecías

IV LA MINISTRACIÓN DE LA PROFECÍA…………………………………………………61

a. La ministración de la profecía en la alabanza

b. La ministración de la profecía por medio de símbolos

Capítulo 4 – Los profetas escritores

I. EL ANUNCIO DEL MESÍAS……………………………………………………………….65

a. La esperanza de un Mesías

b. El cumplimiento de las profecías mesiánicas

c. La profecía canónica

Capítulo 5 - La profecía en el Nuevo Testamento

I. JESÚS COMO PROFETA………………………………………………………………….69

a. Jesús, el profeta anunciado

b. Jesús es más que un profeta

II. EL REINO DE DIOS BAJO EL NUEVO PACTO……………………………………….71

a. Israel y la Iglesia en el reino de Dios

b. El marco de acción del profeta en el reino de Dios

Capítulo 6 - El ministerio de la profecía en la Iglesia

I. LA PROFECIA COMO MINISTERIO DE LA IGLESIA…………………………………75

a. La profecía predictiva y futurista

b. La profecía como un don y ministerio de la Iglesia

c. Tiene vigencia la profecía predictiva y futurista como ministerio de la Iglesia

II. EL PROPOSITO DEL MINISTERIO PROFÉTICO EN LA IGLESIA…………………78

a. El propósito de la profecía como don de la Iglesia

b. Edificación

c. Exhortación

d. Consolación

e. El propósito evangelístico del don profético

III. EL ORDEN DE LA PROFECÍA EN LA IGLESIA………………………………………81

a. Ningún profeta puede contradecir la Biblia

b. El Espíritu Santo y la Biblia nunca se contradicen

c. La profecía puede y debe ser juzgada por la Iglesia

d. La blasfemia contra el Espíritu Santo

Capítulo 7 - Mandamientos acerca de la profecía

I. MINISTRACIÓN DE LA PROFECÍA EN LA IGLESIA………………………...……..…89

a. “No pude resistir al Espíritu”

b. Advertencia contra la soberbia

c. La presunción de ser profeta

d. Lo revelado es nuestro, lo secreto le pertenece a Dios

Capítulo 8 – Los profetas del Nuevo Testamento

I. LA DIFERENCIA ENTRE LA PREDICACION DEL EVANGELIO COMO PROFECIA, Y LA PROFECÍA PREDICTIVA Y FUTURISTA…………………………………………...95

a. La predicación como profecía

b. La profecía predictiva y futurista

II. EL MINISTERIO Y DON PROFÉTICO EN LA ERA DE LA IGLESIA…….………….99

a. Evidencia del profetismo de la Iglesia primitiva

b. El profeta Agabo

c. El profeta advierte; no obliga a creer

Conclusión…………………………………………………………………………………...105

ANEXO………………………………………………………………………………………..107

ABREVIATURAS:

AT….Antiguo Testamento - NT….Nuevo Testamento

Cp. Comparar


































PREFACIO


El ministerio profético es uno de los más complicados de ejercer en la Biblia y dentro de la Iglesia de Jesucristo no es la excepción, debido a sus implicaciones y extremos en los que se suele reincidir, lo que produce aversión al tema.

Silente, este ministerio nunca ha dejado de estar activo, pero ha sido menospreciado y atacado a todo nivel. Algo típico del profetismo bíblico. A veces basta reconocer a una persona como profeta para que se le vea con desprecio.

El ministerio profético, aunque evidenciado en la Biblia, es uno de los más conflictivos y difíciles de ejercer. Por una parte, debido a la incredulidad o formación teológica de cada comunidad cristiana. Por otro lado, debido al abuso constante que cometen los que dicen ser profetas de Dios y no lo son.

Lo más fácil sería cerrar los oídos, haciendo caso omiso al profetismo a fin de desembarazarse del tema; pero, es evidente que eso no ha funcionado. Al contrario, ha agravado la condición de la Iglesia y muchos han sido arrastrados por el error. ¿Sería correcto ignorar un tema que goza de tanto auge en la actualidad?

Lo correcto sería ahondar en las páginas de la misma Biblia, para poner el tema en perspectiva. Precisamente, este es el objetivo que se pretende con este libro y con la guía del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, queremos colaborar en esta divina misión.


Joel Perdomo Enero, 2014


































INTRODUCCIÓN


  • La profecía es víctima de los extremos

El estudio de la profecía, como ministerio activo de la Iglesia, es un tema escabroso y su interpretación dependerá de la formación teológica de cada individuo o comunidad de fe.

Por una parte, es difícil que el cristiano niegue la vigencia de los dones espirituales hoy día; si forman parte de su vivencia de fe cristiana, y al igual que los cristianos de la Iglesia primitiva pueden afirmar con certeza:

Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hch. 4:19-20).

La manifestación de los dones espirituales, ha sido evidente a través de toda la historia cristiana, como resultado de la fe de los que creen en el poder de Dios, según lo prometido por Jesús a sus discípulos (Hch. 1:8).

Uno de los sanos temores de quienes rechazan la profecía, como un ministerio vigente de la Iglesia, es que ven en este don una amenaza a las enseñanzas y doctrinas bíblicas. Obviando que la profecía como ministerio de la Iglesia es solo un don para edificación de los creyentes y que en su contenido debe apegarse a las sagradas Escrituras, sin añadirle o quitarle.

El repelillo a la profecía como don o ministerio activo de la Iglesia no es del todo infundado. El abuso de los dones espirituales en algunas comunidades de fe ha redundado a veces, en herejías. No obstante, la enseñanza bíblica del tema debe ser el antídoto para evitar estos errores, en vez de rechazar el don, como suele suceder.

Estos temores crean gran aversión hacia la profecía como un ministerio activo de la Iglesia; aunque eso tampoco niega su vigencia. Lo rescatable sería respetar las diferentes perspectivas, entendiendo que creer o no en la profecía como ministerio y don activo de la Iglesia no interfiere con la salvación cristiana. Nadie se salva o se pierde por creer o no en la profecía como un don o ministerio vigente de la iglesia; sino por creer o no en Jesús, como su Salvador.


  • La vigencia de los dones espirituales en la Iglesia

Las manifestaciones del Espíritu Santo fueron evidentes en la iglesia primitiva y en toda la historia del cristianismo; cuando la Iglesia primitiva recibió el bautismo de fuego del Espíritu Santo, hablaron nuevas lenguas por el Espíritu y profetizaron (Hch. 2:16-18, 19:6).

Los judíos no entendieron dicha manifestación divina y acusaron a los hermanos de borrachos. Pedro salió en defensa y explicó que esas señales eran el fiel cumplimiento de las promesas divinas dadas por medio del profeta Joel, acerca del derramamiento del Espíritu Santo en los postreros días:

Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán.” (Hch. 2:16-18).

Con los postreros días los judíos se referían a los eventos acaecidos después del Mesías, en contraste a los primeros días, antes del Mesías. Cp. Lacueva, 2001. 228. Esta manifestación fue confirmada por Jesús a sus discípulos (Hch. 1:4-5). Pedro confirma que esta manifestación del Espíritu Santo es para los cristianos de todas las épocas:

Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de pecados; y recibiréis el Don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hch. 2:38-39).

Los dones del Espíritu Santo manifestados en los primeros creyentes son para cuantos el Señor nuestro Dios llamare”, para los cristianos de todas las épocas.

La evidencia bíblica e histórica confirma que los dones del Espíritu Santo han estado vigentes en toda la era de la Iglesia, desde Pentecostés hasta nuestros días. La historia cristiana muestra grandes avivamientos y manifestaciones del poder del Espíritu Santo en la vida de personas entregadas al servicio divino en todo el mundo. Sería paradójico creer que el poder de Dios tomó unos días de descanso, la Biblia señala que: Dios Él es el mismo de ayer, de hoy y de siempre” (Hb. 13:8).

El debate acerca de la vigencia de la manifestación de los dones espirituales en la Iglesia de hoy, tal como sucedió en la iglesia primitiva, es algo histórico; pues la evidencia habla más que las palabras.

No cabe duda que Dios quiere que sus hijos gocen de todos los dones que le ha provisto a su amada Iglesia. El Señor exhorta a sus seguidores a creer en su poder, Mt. 21:22; Mr. 9:23; Lc. 11:13). No obstante, no se debiera señalar al cristiano por no creer en algunos dones espirituales en la era de la Iglesia, simplemente él se perderá esa bendición. Dios no obliga a nadie a creer en su poder. Eso no interfiere con la salvación. Nadie es salvo o condenado por creer o no en los milagros; sino por creer o no en Jesús como su salvador personal.


  • La enseñanza es el antídoto del error en la profecía

Este estudio pretende brindar luz bíblica acerca de un tema que generalmente se ha salido del control en ciertas comunidades de fe. La falta de conocimiento bíblico puede conducir a cometer errores muy graves para la fe cristiana. Hay cristianos que aman a Dios sinceramente, pero se ven enredados en doctrinas confusas porque carecen de formación teológica.

La Biblia señala que su pueblo perece por falta de conocimiento (Os. 4:6). Lo más fácil sería atrincherarse y ensañarse contra ellos, en vez de darles luz para que perseveren en la verdad del Evangelio. La Iglesia es llamada a edificar y a dar respuestas.

Si los dones espirituales se manifiestan en la Iglesia del Señor, quien los podrá detener como señala la Biblia:

Si el león ruge, ¿quién no temerá? Si habla Jehová el Señor, ¿quién no profetizará?” (Am. 3:8).

Este libro procura ubicar la profecía en su justa perspectiva, de acuerdo a lo que la Biblia revela con relación al tema con el fin de edificar la Iglesia.

El amor es el mayor que todos los dones e independientemente de la formación teológica de cada cristiano, el propósito de todo don y ministerio cristiano es edificar a la Iglesia de Cristo en el fundamento único que es la Biblia. Ese es el cometido de este libro.


Joel Perdomo







Capítulo – 1 –


LA PROFECÍA

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I – LA PROFECÍA BÍBLICA


a. Etimología y significado de la profecía bíblica

En la Biblia la palabra profecía procede del hebreo “nabí”, que deriva del verbo acádico “nabu”, y en español se traduce como llamar o anunciar1 con el significado de: El que es llamado, el que anuncia o pregona algo, el que es llamado o destinado para un puesto o propósito.

Otros títulos para el profeta en el AT son: Hombre de Dios, en hebreo “ish Elohim”, uno más antiguo utilizado en la Biblia es vidente, en hebreo “ro`eh” y “hozeh”2.

En el griego, el verbo está formado por la raíz “phe”, decir y el prefijo “pro”, previamente, de antemano que en español significa: el que predice, el que anuncia de antemano3.

En el significado bíblico de profeta se sobreentiende que la inspiración del mensaje que portan proviene de Dios. El verdadero profeta habla en nombre de Dios.


b. Origen del profetismo israelita

No se puede determinar exactamente cómo y cuando surge el profetismo como un oficio ministerial especializado en Israel, pero se fundamenta sobre la base del ejemplo de los grandes líderes israelitas, quienes debido a su profunda comunión con Dios desarrollaron una faceta profética, por eso fueron llamados profetas.

Se sabe que la figura del profeta bíblico, tal como se conoce hoy día por medio de sus escritos, se desarrolló paulatinamente desde los principios de la fundación de la nación de Israel. Estos siguieron el legado de los primeros hombres de Dios (Enoc, Noé, Abraham, Moisés, etc.), que fueron reconocidos como profetas por el pueblo de Israel.

La alianza de Dios con Abraham es un punto de partida para ubicar el inicio del establecimiento de un nuevo puente de comunicación entre Dios y la humanidad. Esta alianza está representada en Abraham como profeta, a quien Dios le prometió bendecir no solo a Israel, sino a todas las naciones de la tierra (Gn. 12:3, 26:4, 28:14).

Con la alianza entre Abraham y Dios da inicio un nuevo período profético en la nación de Israel4. Pero el profetismo como un ministerio divino, se inicia en el corazón de Dios. Él prometió a Israel que hablaría por medio de profetas:

Y les dijo: Oíd ahora mis palabras. Cuando haya entre vosotros profeta de Jehová...” (Nm. 12: 6a). “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizaran vuestros hijos y vuestras hijas…” (Jl. 2:28).

Dios avaló el oficio profético en Israel y luego el pueblo reconoció el ministerio profético a la par del sacerdocio, respetando a los verdaderos profetas de Dios y teniendo sus profecías en gran estima y sus nombres en alto honor.

El profetismo (en el contexto del AT) se desarrolló dentro de un proceso que tomó algún tiempo hasta consumarse la figura del oficio del profeta per sé, tal como se conocen hoy día por medio de los escritos bíblicos.


c. La misión del profeta

La influencia de los profetas en Israel, durante todo el período del auge del profetismo, fue determinante para conocer la voluntad de Dios en momentos de crisis político-religiosa. Los profetas fueron los voceros e intérpretes de los oráculos divinos, que con celo exhortaban y alentaban al pueblo judío a obedecer a Dios.

El profetismo bíblico se desarrolla como una necesidad intrínseca de comunicación en la relación Dios-hombre. Dios desde el principio está interesado en comunicarse con Adán en el huerto (Gn. 3-9). Esta comunión íntima de Dios con el ser humano (aunque se rompió en su estado original a causa del pecado) ha estado latente en el corazón de Dios durante toda la existencia humana. Tal es el caso de Enoc (Gn. 5:22-24); Noé (Gn. 6:8-9); Abraham (Gn. 12); Moisés (Éx. 3), a quienes Dios se les reveló de forma personal, después de la caída.

La misión del profetismo en Israel, se origina en el deseo divino de comunicar su mensaje de amor a la humanidad. El profetismo judío no es una copia de la profecía pagana alrededor de las tierras bíblicas. Israel pudo haber influenciado a otras naciones con su propio concepto de profetismo5. Existe una marcada diferencia entre los profetas de Israel y los de otras culturas aledañas al tiempo en que se manifiesta la profecía bíblica. El profeta bíblico reprende el pecado y le atribuye el fracaso del pueblo al abandono de la Ley de Dios.

En los demás contextos culturales los profetas son mediadores e intérpretes de oráculos destinados a agradar o responder las inquietudes de los reyes; o los caprichos de dioses airados que sin razón, se ensañan contra la gente6.

El profeta judío es exclusivo para trasmitir el consejo y la buena voluntad de Dios para su pueblo, con carácter justo, profundo respeto por la vida humana y en estricto apego al cumplimiento de la Ley de Dios.

El culto pagano toma auge cuando el ser humano abandona la verdadera adoración a Dios, e irónicamente le tributa culto a las criaturas y no al Creador (Ro. 1:19-25). El profetismo judío en cambio está ínsitamente afincado al cumplimiento de la Ley. Esta revelación divina exclusiva le difiere de cualquier otro culto.

Schokel, de forma atinada y elegante comienza la introducción de su comentario a los profetas con las palabras de Agustín:

Por medio de hombres y al modo humano Dios nos habla, porque hablando así nos busca” (Schokel, 1980. 2).

El profetismo bíblico (como un ministerio divino) se origina en el corazón amoroso de Dios, en su deseo de comunicar su Palabra y voluntad al pueblo de Israel y que ellos a la vez lo trasmitieran al mundo entero.

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  • La misión del profetismo en Israel, se origina en el deseo divino de comunicar su mensaje de amor a la humanidad.

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II. LA PROFECÍA COMO MEDIO DE COMUNICACIÓN DIVINA


a. Dios prometió hablar por medio de los profetas

Dios ha usado lenguajes humanos para comunicar su mensaje al mundo. En el principio, la voz de Dios se escuchaba audiblemente en el huerto del Edén (Gn.3:8), eso significa que Dios habló en lenguajes comprensibles con los primeros humanos.

Dios conversó con Caín, a causa de su hermano (Gn. 4:6-15). Dios habló a Noé y le dio órdenes específicas de lo que debía hacer antes del diluvio universal (Gn. 7). También habló a Abraham que abandonara la tierra de sus padres; a fin de heredar una tierra que luego le mostraría (Gn.12: 1-3).

La Biblia señala que Dios hablaba a Moisés cara a cara:

No así a mi siervo Moisés, que es fiel en toda mi casa. Cara a cara hablaré con él, claramente, y no por figuras; y verá la apariencia de Jehová…” (Nm. 12: 7-8a). (Ver, Éx. 3:1:22, 33:11, 34:10).

Dios habló audiblemente a Moisés, desde una zarza que ardía en fuego y sostuvo una conversación muy extensa con él. Dios le habló a Moisés en el lenguaje que él entendía (Ex. 3:4). Dios también llamó audiblemente a Samuel por su nombre, mientras dormía en el templo de Jerusalén y le dio un mensaje acerca de Elí (1 S. 3).

Al hacer referencia a lenguajes humanos, está implícita la escritura, cuando es conocida. Tal es el caso de Moisés, quien escribió las palabras de Dios (Ex. 24:3-4). También están los escritos de los profetas de Israel (Jr. 36:1-2).

En cierta ocasión Dios le dijo a Jeremías que él sería como su boca. Un instrumento para dar su mensaje:

Por tanto, así dijo Jehová: Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca’’ (Jr. 15:19).

Dios ha usado la boca de sus profetas para comunicar su Palabra al mundo. Dios usó a Moisés como su mensajero para que hablara su palabra al pueblo de Israel (Ex. 7:1-2).


b. Dios habló por sueños y visiones a sus profetas

Dios habló por los profetas a través de sueños y visiones:

Y les dijo: Oíd ahora mis palabras. Cuando haya entre vosotros profeta de Jehová, le apareceré en visión, en sueños hablaré con él” (Nm. 12:6).

Dios se manifestó a José a través de sueños y visiones (Gn. 37:5-11, 40, 41). Dios le reveló grandes enigmas y eventos futuros al profeta Daniel por medio de sueños y visiones (Dn. 2:16-49, 4:5). Dios prometió que en los postreros días hablaría por medio de sueños y visiones:

Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones” (Jl. 2:28). Otras citas: Gn. 20:3-6, 28:16, 31:11, 37:5-9, 40:9, 41:25-32; Nm. 12:6; Jue. 7:13-15; 1 R. 3:5; Dn. 1:17, 2:28; Job 33:14-16; Mt. 1:20, 2:22, 27:19; Hch. 2:17.

Estas manifestaciones del poder de Dios, se hicieron más patentes a partir de Pentecostés (Hch. 2) y continúan vigentes en toda la era de la Iglesia en los que creen (Hch. 2:39).

No obstante, hay que recordar que Dios se ha dado a conocer su voluntad a la humanidad a través de Jesús y Él, por medio de los Evangelios escritos por sus testigos oculares (apóstoles). Eso implica que ningún sueño, visión o manifestación espiritual puede contradecir o ir por encima de la autoridad de las Escrituras. La Biblia tiene toda autoridad, sobre cualquier experiencia espiritual. Los dones y manifestaciones espirituales deben remitirse a confirmar las Escrituras y después a edificar la vida del creyente.

Si una supuesta manifestación espiritual contradice la Biblia se debe desechar. Pablo incluso advierte, que quien contradice el Evangelio queda bajo el anatema divino, puesto bajo condenación, si no se arrepiente a tiempo (Gá. 1:9). No importa si reclama ser ministro o un supuesto ángel de Dios, si contradice la Biblia, el tal es mentiroso.


c. La profecía como vía de comunicación divina

Dios se comunicó por medio de profetas con Israel:

Y les dijo: Oíd ahora mis palabras. Cuando haya entre vosotros profeta de Jehová…” (Nm. 12: 6a).

Dios también habló que en los postreros días (Iglesia), hablaría por medio de profetas:

Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas…” (Jl. 2: 28a).

La manifestación del don de profecía se da tanto en el AT, como en el NT, cuando Dios quería comunicar un mensaje específico a una comunidad o individuo. Pero se debe hacer la justa diferencia entre la profecía canónica (la profecía bíblica), que tiene su cumplimiento en Cristo y la profecía como don de la Iglesia, dirigida a edificar la vida del creyente. La profecía bíblica apunta a Cristo y se puede resumir en la profecía de Moisés con relación a Jesús:

Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y Él les hablará todo lo que yo le mandare. Mas a cualquiera que no oyere mis palabras que Él hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta” (Ex. 18:18-19).

Moisés profetizó esto acerca de Jesús (el profeta por excelencia), a quien la Iglesia debe escuchar y obedecer por medio del testimonio de sus testigos revelado en los santos evangelios.


d. Dios desea comunicar sus planes a la humanidad

Dios hizo al ser humano a su imagen y semejanza (Gn. 1:26-27). Una de las características que comparte el ser humano con su Creador, es su eternidad y Dios está interesado en dar a conocer su plan eterno a sus criaturas:

Así dice Jehová, el Santo de Israel, y su Formador: Preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos. Yo hice la tierra, y creé sobre ella al hombre. Yo, mis manos, extendieron los cielos, y a todo su ejército mandé” (Is. 45:11-12).

Este plan divino está trazado en la Biblia y señala que hay dos destinos eternos para el ser humano, a saber: La vida eterna (cielo) y la condenación eterna (infierno), Dn. 12:2; Mt. 25:46. Dios, siendo omnisciente, ha revelado en la Biblia cosas pasadas, presentes y futuras por medio de sus profetas. Dios le reveló a Moisés el libro de la creación del universo (Génesis); también la Ley (el pacto de Dios con Israel) en su interés de comunicarse con la humanidad.

Daniel recibió revelaciones pasadas, presentes y futuras a su época (Dn. 12:4, 9). Lo mismo Juan (Ap. 1:19). Estas revelaciones fueron dadas por Dios a sus profetas porque Él está interesado en comunicarse con sus criaturas.






III. EL PROFETA COMO MENSAJERO DE DIOS


a. El profeta como atalaya de Dios

El profeta de Dios, tiene la misión de comunicar el mensaje divino, en apego a su voluntad revelada en las Escrituras. En Israel, el profetismo estaba ligado al cumplimiento de la Ley. La Biblia señala que el profeta hace la función de un atalaya. Este vigilante estaba apostado sobre el muro de las ciudades fortificadas para avizorar y advertir el peligro del enemigo, antes que llegase a atacar:

Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte” (Ez. 3:17).

Nadie puede hacer un buen trabajo, si no conoce bien su oficio. El profeta oye la palabra de Dios y la comunica, sin alterar su contenido. Aunque reprende el pecado, no hace riña con el pecador, porque su misión es solo advertir el peligro del pecado. Tampoco hace enemistad intencionada con el justo, porque su misión es exhortarle con amor.

La profecía que no se apegue a esta regla bíblica, estará fuera de la realidad profética y pasará a ser un asunto personal del profeta. Si el profeta desconoce que su función es comunicar el mensaje divino, que no es un juez, estará destinado a pasar más dolores de los que ya son comunes a este oficio. El profeta debe odiar el pecado, pero no al pecador. Se debe hacer la justa diferencia entre ambas cosas. Dios detesta el pecado, pero ama al pecador.


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  • El profeta debe odiar el pecado, pero no al pecador. Se debe hacer la justa diferencia entre ambas cosas. Dios detesta el pecado, pero ama al pecador.

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a. En parte conocemos… Y en parte profetizamos

Con esta aseveración, Pablo trata de demostrar que el ser humano no puede conocerlo todo y tal pretensión es necia, porque solo Dios es omnisciente. Por tanto, la profecía divina revela aquellas cosas que son importantes en el plan eterno de Dios para la humanidad y los individuos. El ser humano nunca conocerá todas las cosas que le depara el futuro y que Dios ha puesto en su sola potestad (Dt. 29:29).

Pablo, al señalar que: “En parte conocemos…Y en parte profetizamos” (1 Co. 13:9), se incluye el mismo, como lo confirman todos sus escritos, que la profecía es un don activo de la Iglesia. Pero, un día lo que conocemos en parte se acabará y vendrá lo perfecto:

Pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará” (1 Co. 13:8).

Se debe tener cuidado de no mal interpretar este verso. Porque lo perfecto aun no ha llegado y por eso profetizamos y conocemos solo en parte hasta hoy (lo que Dios nos permite conocer en su voluntad).

No obstante, cuando venga lo perfecto, lo que es en parte se acabará (1 Co. 13:10). Un día las profecías cesarán, nadie más hablará y la ciencia acabará. Pero, ese día aún no ha llegado, sino hasta que se manifieste Jesús por segunda vez y establezca su reino en la tierra (Jn. 16:23).

Hoy más que nuca la ciencia está en su apogeo, no se ha acabado, ni las lenguas dejan de hablar, ni los profetas dejan de proclamar la palabra de Dios al mundo. La profecía es un don y un ministerio activo de la Iglesia.


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  • La profecía es un don y un ministerio activo de la Iglesia.

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Capítulo – 2 –


BREVE RESEÑA DEL PROFETA DEL

ANTIGUO TESTAMENTO

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I. USOS BÍBLICOS DEL TÍTULO DE PROFETA


Para entender el ministerio profético neotestamentario, es preciso hacer una reseña del profetismo del AT. La idea es contrastar el profeta del Antiguo y Nuevo Testamento para conocer paralelamente sus similitudes y diferencias.

Se prevé de esta manera evitar errores anacrónicos que afecten la interpretación bíblica y que conduzcan a creer que no existe diferencia entre los profetas del AT y NT en su función jerárquica en el reino de Dios. Estas dos ópticas se deben exponer con claridad para una mejor comprensión del profetismo bíblico en general.


a. Abraham como profeta de Dios

En el Antiguo Testamento, se menciona como profetas a personajes bíblicos importantes del pueblo de Israel; aunque la connotación del título dado a algunos de ellos no sea necesariamente aplicada en la manera que el cristianismo actual reconoce el título de profeta, por medio de sus escritos. Algunos señalan que este título fue asignado a personajes relevantes de la historia de Israel. Para el caso, Abraham fue llamado profeta:

Ahora, pues, devuelve la mujer a su marido; porque es profeta, y orará por ti, y vivirás” (Gn. 20:7).

El título de profeta asignado a Abraham, en este contexto bíblico, tiene que ver con alguien que goza de comunión íntima con Dios y no estrictamente a un profeta de oficio como se les conoce hoy día, a través de sus escritos.

Dios le dijo al rey Abimelec que: Abraham oraría por él y viviría; y si no le devolvía su mujer, moriría. Implica que la alusión de profeta a Abraham, se refiere a uno que por su comunión con Dios (Stg. 2:23), posee autoridad espiritual derivada de su fiel compromiso con Dios (pacto).

Por todo lo que encierra el relato de la vida de Abraham en la Biblia, es evidente que su misión en la tierra fue más que ser un profeta. Fue un líder destinado a fundar una nación santa, bajo un gobierno teocrático7.

Los grandes héroes de la fe en la Biblia, desarrollaron (generalmente) una faceta profética a causa de la unción en sus ministerios; pero el título de profeta que se les asigna a Abraham y otros líderes renombrados de Israel, debe entenderse como uno más representativo del grado de comunión que ellos mantenían con Dios. No obstante, esa relación íntima de los hombres de Dios con su Creador, posteriormente viene a ser característica y base del profetismo bíblico.


b. La faceta profética de Moisés

Dios nombró a Moisés con el título de profeta:

Jehová dijo a Moisés: Mira, yo te he constituido dios para Faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta” (Éx. 7:1).

En este verso se aprecia la función del profeta con relación a Dios. Dios da el mensaje y el profeta se remite a comunicarlo. De forma simbólica, Dios le dijo a Moisés que él sería como dios para Faraón y que Aarón sería como su profeta. Según este modelo de profetismo (metafóricamente representado en Moisés como dios y Aarón como su profeta), Aarón sería la voz de Moisés, hablaría lo que Moisés le dijera; así como en la misma realidad profética, Dios hablaría a través de Moisés lo que Él quisiera comunicar a su pueblo.

Moisés hablaría de parte de Dios y no intervendría en el contenido del mensaje, ni coaccionaría el cumplimiento de la palabra de Dios, porque sin duda, cuando Dios habla, se cumple. En este marco veterotestamentario se muestra claramente al profeta como uno que comunica el mensaje divino, sin polemizar, ni tratar de convencer a los demás para que le crean. Los resultados mismos de sus palabras testificarán la veracidad de su mansaje.

Faraón supo que Moisés hablaba de parte de Dios cuando vio cumplidas todas las profecías advertidas (Ex. 7). En otra ocasión, cuando Moisés confrontó a un grupo de Israelitas que se rebelaron contra su autoridad, expresó:

Y dijo Moisés: En esto conoceréis que Jehová me ha enviado para que hiciese todas estas cosas, y que no las hice de mi propia voluntad” (Nm. 16:28).

Moisés demostró que sus acciones estaban plenamente dirigidas por el Señor y no se dejaba guiar por sentimientos de odio personal al enfrentar a sus enemigos, demostrando que el verdadero profeta no obra independientemente y está sometido a la voluntad de Dios, remitiéndose a obedecer las órdenes divinas.


c. Moisés reconoció su papel profético

Moisés reconoció su faceta profética, pero era consciente que su misión era más que ser un profeta de oficio:

Entonces Jehová descendió en la nube, y le habló; y tomó del espíritu que estaba en él, y lo puso sobre los setenta varones ancianos; y cuando posó sobre ellos el espíritu, profetizaron y no cesaron. Y Moisés le respondió: ¿Tienes tú celos por mí? Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos” (Nm. 11: 25, 29).

Aquí Moisés hace alusión indirecta a sí mismo como profeta. En este marco del AT, se muestra la profecía como un don espiritual del que pueden participar las personas que Dios escoja dentro de una comunidad de fe. Pero, ante el pueblo, Moisés no era considerado un profeta de oficio; sino un líder con autoridad delegada en Israel.

Esto se nota en la actitud de celo de parte de sus más cercanos colaboradores, cuando otras personas fueron llenas del Espíritu Santo y profetizaron. Ellos creían que la profecía era un atributo exclusivo de Moisés y que si otros profetizaban le restaría autoridad o liderazgo.

Al manifestar su deseo de que todos fueran profetas, Moisés demostró que esa no era su misión específica. Moisés no confundió el derramamiento del Espíritu Santo, sobre otras personas en Israel como un acto de rebelión contra Dios o su autoridad. El anhelaba que todos fueran llenos del Espíritu y profetizaran para tener un pueblo más sensible a la voz de Dios. Él sabía que su autoridad le había sido dada por elección divina y no tenía que demostrarla en una competencia de milagros.

La Biblia mencionan a Moisés con el título de profeta, haciendo alusión a un líder que posee comunión íntima con Dios y constituye solo una faceta de su ministerio, íntimamente relacionada a su llamado de ser líder y juez en Israel, bajo un gobierno teocrático donde la comunión con Dios es determinante para ejercer autoridad.

La profecía fue solo un don en la vida de Moisés, pero liderar una nación era su llamado pleno, caracterizado por una comunión íntima con Dios como muestra la Biblia:

Y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quién haya conocido Jehová cara a cara” (Dt. 34:10).

El escritor resalta que Jehová conocía a Moisés cara a cara, enfatizando su grado de comunión con Dios, como característica principal y no sus profecías, que es más primordial en la vida de los profetas de oficio.

Desde el punto de vista etimológico y práctico, Moisés fue un gran profeta: a) Le advirtió a faraón todo lo que le sucedería en un futuro inmediato y se cumplió (Éx. 7, 10). b) profetizó que sucedería algo nuevo contra un grupo de rebeldes (Coré y sus seguidores, Nm. 16). c) profetizó acerca de Cristo, una de las grandes profecías que Israel esperaba su cumplimiento (Dt. 18:15 y 18). d) advirtió que Israel se apartaría de Dios (Dt. 31: 27-2) y todas se cumplieron a su debido tiempo.

El título de profeta se les da a Moisés y otros patriarcas para resaltar su comunión con Dios8. El profetismo fue una faceta en líderes de Israel, no su llamado específico como los profetas de oficio que posteriormente surgen en Israel.

Un aspecto importante del profetismo israelita es como se asocia con la realeza9, como el caso de Moisés, quien fue gobernador y profeta a la vez. También a su sucesor Josué, a quién Dios le prometió que así como estuvo con Moisés, estaría con él (Js. 1: 5), siguiendo con esa figura de líder y profeta que después pasaría a otro plano con la institución de la monarquía oficial en Israel, donde el profeta desarrolla su ministerio a la par del rey.


d. Destellos de profetismo en los hombres de Dios

Al igual que en el ministerio de Jesús, la faceta de la profecía es una característica de los hombres de Dios de la Biblia. Para corroborar este hecho basta mencionar algunos casos: a) Enoc profetizó la segunda venida de Cristo: “he aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares” (Jd. 1:14b); b) Noé profetizó a su generación acerca de un diluvio universal (Gn. 6:13-22); c) Abraham fue profeta (Gn. 20:7); d) Isaac profetizó a su hijo Jacob (Gn. 27:27-29); e) Jacob profetizó el destino de cada uno de sus hijos (Gn. 49); f) Moisés advirtió a faraón lo que le sucedería en un futuro inmediato (Ex. 7 al 10), profetizó que sucedería algo nuevo contra los que se rebelaron contra él (Coré y sus seguidores, Nm. 16), profetizó acerca de Cristo, una de las profecías mesiánicas más esperadas por Israel (Dt. 18:15 y 18), advirtió que Israel se apartaría de Dios (Dt. 31: 27-29); g) Josué profetizó al pueblo de Israel (Gn. 3, 6, 7); g) Samuel fue fiel profeta de Jehová (1 S. 3:20); h) Jesús dio testimonio de que David era profeta (Lc. 24:44).

La profecía fue una faceta característica de los hombres de Dios en la Biblia, porque ejercían sus ministerios bajo un gobierno teocrático que les exigía una vida santa y de comunión íntima con Dios.









II. EL PROFETA Y SU REVELACIÓN DE DIOS


a. El profeta y el conocimiento de Dios y su Palabra

El triunfo de un verdadero profeta de Dios estriba, en gran medida, en el nivel de conocimiento que posea de Dios (Os. 4:6). Este conocimiento no se refiere solo a la experiencia de conocer la voz de Dios por medio del Espíritu Santo; sino al fundamento sólido del conocimiento divino revelado en la Biblia, que tiene como objetivo supremo (en su aplicación práctica) revelar el carácter y la voluntad de Dios a la humanidad en general. Sobre la base de la Biblia debe girar toda experiencia cristiana (Ro. 15:4).

Tampoco implica que por conocer la palabra de Dios y su voluntad está garantizada la victoria de un profeta. La victoria depende de la aplicación correcta de ese conocimiento bíblico en la vida diaria. El descuido en la aplicación correcta de la palabra de Dios le causó gran pérdida y aun la muerte a más de un profeta en la Biblia.

Existe una tendencia marcada en los profetas a manejar las circunstancias de la vida diaria solamente por medio del Espíritu, dejando de lado la aplicación de la Biblia. Si la misión primordial del profeta bíblico es revelar la voluntad de Dios, es imperativo que primero conozca a profundidad la voluntad de Dios revelada en la Biblia y que sin ambages haga su aplicación correcta, para después moverse en el ámbito espiritual.

Otro de los escollos difíciles de sortear para el profeta de todos los tiempos, es el conocimiento de la autoridad divina, a veces representada en débiles humanos como autoridades delegadas de Dios (2 Co. 4:7). Del conocimiento de Dios basado en su Palabra emana consecuentemente la revelación de su autoridad, que está íntimamente ligada al carácter divino.

Si el profeta no obedece humildemente la revelación de Dios en su Palabra, desconocerá su carácter y voluntad, consecuentemente estará destinado a confrontar o desconocer a la autoridad delegada de Dios, a veces representada en personas humildes y eso le conducirá al fracaso. No basta que un profeta conozca la manifestación de los dones espirituales, debe reconocer al dador de todas las cosas (no se deben confundir ambas cosas). Hay profetas que conocen más el poder de Dios, que al Dios de poder.

Profetas bíblicos disfrutaron la manifestación del poder de Dios en sus vidas; pero, a la vez ignoraron el carácter y la voluntad divina y su final no fue el mejor. Balaam profetizó en nombre de Jehová por un tiempo, sus profecías se cumplieron, pero sus acciones demostraron que desconocía el carácter y la voluntad de Dios que finalmente le condujeron a un desenlace fatal (Nm. 23, 24; 31:8). Existe una tendencia en los profetas a excusarse en que conocen la voz de Dios, para no sujetarse a las autoridades delegadas e irrespetar la Biblia.


b. El profeta debe reconocer la autoridad delegada de Dios

No basta que el profeta conozca el poder y la voz de Dios, también debe aprender a reconocer y respetar su autoridad delegada. María (hermana de Moisés) era profetisa, pero desconocía la autoridad de Dios delegada en Moisés:

Y María profetisa, hermana de Aarón, tomó un pandero en su mano, y todas las mujeres salieron en pos de ella con panderos y danzas” (Éx. 15: 20).

En éste relato a María se le llama profetisa. Implica que el profetismo existía desde los inicios de la nación de Israel como un ministerio divino paralelo al sacerdocio y al juez.

María se inspiraba como profeta a través de la alabanza para declarar las grandezas de Dios. Desde aquí se comienza a notar en la Biblia a los profetas relacionados con la alabanza y el regocijo en grupo, que es más evidente posteriormente en las narraciones proféticas.

El caso de María es aleccionador para quienes deseen entender cómo se debe ejercer la profecía dentro del contexto bíblico. Así como a Moisés, también a su hermana María se le denominó profetisa, pero no significa que ambos poseían igual autoridad en el reino de Israel.

Si la alusión de profeta a Moisés, en este contexto bíblico, se refiriera solamente a un profeta de oficio, entonces su nivel de autoridad habría sido igual al de María; ya que ésta gozaba del mismo título de profeta. María también fue profetisa, pero la autoridad de Moisés era mayor. Eso quedó demostrado cuando María trató de resistir la autoridad de Moisés por causas que ella consideraba justificables:

María y Aarón hablaron contra Moisés a causa de la mujer cusita que había tomado; porque él había tomado mujer cusita. Y dijeron: ¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros? Y lo oyó Jehová. Entonces la ira de Jehová se encendió contra ellos; y se fue. Y la nube se apartó del tabernáculo y he aquí que María estaba leprosa como la nieve; y miró Aarón a María, y he aquí que estaba leprosa” (Nm. 12:1-2, 9:10).

María creyó que por ser profetisa y ministrar con los mismos dones espirituales que Moisés, poseía tanta autoridad como él. Ese error le hizo merecedora de la corrección divina y enfermó de lepra, una enfermedad considerada inmunda en Israel10. María creyó que por ser santa y gozar del título de profetisa le daba suficiente autoridad para desafiar la autoridad de Moisés. Pero esa pretensión le duró muy poco tiempo, siendo avergonzada ante todo el pueblo, retirada de la comunión de los santos, sacada fuera del campamento por siete días, conforme establecía la Ley con relación a los leprosos (Lv. 13: 3).

María gozaba de los mismos dones espirituales que Moisés, pero no había sido elegida para ejercer autoridad sobre el pueblo, no porque no tuviera la capacidad, fue simplemente porque Dios no la había autorizado.

Este relato ilustra un ejemplo del orden de jerarquía de los ministerios en el reino de Dios. La autoridad en el reino de Dios no se relaciona con el tipo de milagros o dones que puedan manifestarse en los ministros. La autoridad en el reino de Dios se adquiere por una elección divina.

No significa que una persona que es elegida por Dios para ejercer autoridad necesariamente no deba tener manifestación de milagros, ni señales de esa autoridad en su ministerio; pero su autoridad no depende de las señales, sino de la elección que Dios le haya hecho para ejercer su ministerio. Muchos profetas fracasan al no comprender la dimensión de esta verdad escritural y se tornan soberbios contra las autoridades delegadas en los ministros de Dios.

Aunque el Espíritu Santo se manifieste con poder en un profeta, eso no lo autoriza para desconocer las autoridades establecidas por Dios. Ese fue el error de María y esa lección le fue dada a ella como ejemplo para que no se cometan los mismos errores (Ro. 15: 4).

Dios deposita su autoridad en la persona que Él quiere para la función que desee realizar en su reino, no importando las limitaciones o virtudes de quien es llamado. Los profetas deben tener claro el concepto de autoridad en el reino de Dios, pues la actitud arrogante ante las autoridades delegadas por Dios es uno de los errores más comunes que conduce al fracaso de los profetas.11 El profeta debe ser valiente para dar su mensaje tal como lo recibe de Dios, pero siempre con amor.

María creyó que por ser profeta poseía igual autoridad que Moisés y Dios debió intervenir para demostrarle su error, confirmando la autoridad con que estaba investido Moisés, quien debió interceder por su hermana para que Dios la sanara. La autoridad en el reino se debe respetar, aunque parezca débil o sencilla a nuestro propio juicio.

Estas manifestaciones de autoridad en la vida de Moisés, muestran que la alusión de profeta hacia él se queda corta en comparación a su misión (ministerio), si se compara con el ministerio de los profetas bíblicos, como el caso de su hermana. La diferencia entre la autoridad de Moisés y la de María, a pesar de que a los dos se les asigna el título de profetas en el mismo contexto, confirma que el título de profeta se les dio a los primeros líderes de Israel para resaltar su comunión con Dios y no porque fuesen profetas de oficio.


c. El profeta debe conocer y hacer de la voluntad de Dios

El caso del profeta Balaam es aleccionador a quienes desean extraer de la Biblia una aplicación práctica del profetismo bíblico a fin de aprender, aun de las situaciones adversas de algunos de sus personajes. Balaam, aparte de todos los conflictos aparentemente contradictorios que presenta el relato de su vida en el marco bíblico, envuelve un manojo de enseñanzas acerca de la fragilidad del carácter humano, versus la infalibilidad de Dios.

Si se tiene un poco de perspicacia para adentrar en el carácter de Balaam (reflejado en sus acciones) se podrá entender porque actuaba de manera tan controversial y errática. Irónicamente, Balaam a veces parece ser un verdadero profeta de Dios y luego un perverso adivino que corrompe a Israel. Indudablemente, la Biblia narra que Balaam gozó de comunión con Jehová por algún tiempo12:

Él les dijo: Reposad aquí esta noche, y yo os daré respuesta según Jehová me hablare. Y vino Dios a Balaam y le dijo: ¿Qué varones son estos que están contigo? Y Balaam respondió a Dios Balac hijo de Zipor, rey de Moab, ha enviado a decirme: He aquí, este pueblo que ha salido de Egipto cubre la faz de la tierra; ven pues, ahora, y maldícemelo; quizá podré pelear contra él y echarlo. Entonces dijo Dios a Balaam: No vayas con ellos, ni maldigas al pueblo, porque bendito es” (Nm. 22:8-12).

Balaam fue un profeta que sirvió a Jehová durante un tiempo y tenía fama de que Dios, oía sus peticiones. Por eso Balac, un rey pagano, le buscó para que maldijera a Israel. Balaam, les respondió a los enviados del rey Balac, que volvieran a su tierra, ya que Dios no le permitía maldecir al pueblo de Israel. Pero Balaam no demuestra por sí mismo el deseo de no ir para agradar a Dios. La razón que él expone es: Porque Jehová no me quiere dejar ir con vosotros”. Al parecer no era que él estuviera de acuerdo con Dios, sino que Dios se lo impedía. Eso da indicios para entender que en su corazón, Balaam no fue fiel a Dios. El rey Balac, envió nuevamente gente más honorable y con ofertas más tentadoras que le prometían grandes honorarios a Balaam, si maldecía a Israel:

Volvió Balac a enviar otra vez más príncipes, y más honorables que los otros; los cuales vinieron a Balaam, y le dijeron: Así dice Balac, hijo de Zipor: Te ruego que no dejes de venir a mí; porque sin duda te honraré mucho, y haré lo que me digas…” (Nm. 22:15-17a).

Esta segunda vez los enviados del rey Balac, le prometían dones más codiciables a Balaam si maldecía a Israel. Con eso pretendían que Balaam no les negara su petición. Balaam respondió que sí el rey Balac le diese aun su casa llena de oro y plata, no traspasaría la palabra de Jehová. Pero esta expresión parece contradictoria a su respuesta final:

Os ruego, por tanto, ahora, que reposéis aquí ésta noche, para que yo sepa qué me vuelve a decir Jehová” (v. 19).

Estas palabras de Balaam muestran la ambición de su corazón, ambivalencia y falta de conocimiento de Dios, al creer que podía manipular la voluntad divina para lograr sus ambiciones personales. El corazón de Balaam se estaba inclinando hacia las enormes dádivas que le prometía el rey Balac. En una actitud perversa con el fin de no dejar ir aquella oportunidad de agenciarse tal riqueza trató de chantajear a Dios, preguntándole de nuevo, lo que Dios ya le había respondido (que no fuera). Tal necedad revela su avaricia y desconocimiento del carácter divino (Dios no cambia, Mal. 3:6).

Dios, viendo su necedad, le dijo a Balaam que fuera con ellos. Pero es evidente por el relato que Dios no cambió su respuesta inicial, sino que quería darle una gran lección en el camino al perverso profeta. La Biblia señala: “y la ira de Dios se encendió porque él iba; y el ángel de Jehová se puso en el camino por adversario suyo” (22a).

Este verso muestra que Dios no aprobó la intención malvada de Balaam para maldecir a Israel (sin razón); sino que ante la insistencia del profeta, Dios le permitió ir para avergonzarle y hacerle recapacitar acerca de la maldad de su corazón, a fin de que se arrepintiera.

La ambición de Balaam se vio frustrada, ya que Dios nuevamente no le permitió maldecir a Israel, perdiendo la oportunidad de que Balac lo recompensara. Mientras, Dios bendecía por sus mismos labios a quienes el profeta deseaba maldecir para obtener ganancias.

He aquí el relato de la locura del profeta:

Iba, pues, él montado sobre su asna, y con él dos criados suyos. Y el asna vio al ángel de Jehová, que estaba en el camino con su espada desnuda en su mano; y se apartó el asna del camino, e iba por el campo. Entonces azotó Balaam al asna para hacerla volver al camino. Pero el ángel de Jehová se puso en una senda de viñas que tenía pared a un lado y pared al otro. Y viendo el asna al ángel de Jehová, se pegó a la pared, y apretó contra la pared el pie de Balaam y él volvió a azotarla. Entonces Jehová abrió la boca al asna, la cual dijo a Balaam: ¿Que te he hecho, que me has azotado estas tres veces? Entonces Jehová abrió los ojos de Balaam, y vio al ángel de Jehová que estaba en el camino, y tenía su espada desnuda en su mano. Y Balaam hizo reverencia, y se inclinó sobre su rostro. Y el ángel de Jehová le dijo: ¿Por qué has azotado tu asna estas tres veces? He aquí yo he salido para resistirte, porque tu camino es perverso delante de mí” (v. 22b-25, 28, 31,32).

Dios, en su misericordia y conociendo las intenciones de avaricia del corazón de Balaam, le dio la oportunidad de verse reflejado en el espejo de su propia maldad a fin de que se arrepintiera. El corazón de Balaam estaba emocionado, creyendo que Dios le concedería por fin la oportunidad de maldecir a Israel para obtener ganancias materiales. Es posible que la avaricia fuese una de las debilidades del profeta y su corazón fue seducido por lo material hasta sucumbir a la tentación.

Hay ministerios que comienzan bien, pero en el camino las tentaciones les doblegan al punto de pervertir los caminos de Dios. Ese fue el caso de Balaam. Dios le dio la oportunidad de restaurarse y él reconoció su pecado, por eso Dios le permitió bendecir y profetizar acerca de Israel; pero finalmente, Balaam sucumbió a la tentación y su pecado le arrastró a la muerte. Posteriormente, Balaam se vendió por avaricia a los madianitas, abandonó su ministerio profético y terminó siendo un perverso adivino que pervertía al pueblo de Israel:

Y les dijo Moisés: ¿Por qué habéis dejado con vida todas las mujeres? He aquí, por consejo de Balaam ellas fueron causa de que los hijos de Israel prevaricasen contra Jehová en lo tocante a Baal-peor, por lo que hubo mortandad en la congregación de Jehová” (Nm. 31:15-16).

Balaam fue muerto por la espada de Jehová, cuando los israelitas atacaron Madián:

También a Balaam hijo de Beor mataron a espada”… (Nm. 31:8b).

En el relato de Josué, ya no se menciona a Balaam como un profeta de Dios, sino como un adivino:

También mataron a espada los hijos de Israel a Balaam el adivino, hijo de Beor, entre los demás que mataron” (Js. 13:22).

Dios le dio la oportunidad a Balaam de ser su profeta, pero este no supo retener su ministerio y finalmente sucumbió a la tentación de los cultos paganos por su ambición al poder y el amor al dinero (Judas 11).

La Biblia no explica si Balaam había sido adivino antes de servir a Dios, para luego regresar de nuevo a sus prácticas. Lo cierto es que su final fue en extremo pecaminoso y su ejemplo es aleccionador para entender que Dios es grande en misericordia, pero hay que permanecer fiel al llamado.

Balaam no afirmó sus convicciones en Jehová, y el tiempo en que sirvió a Dios lo hizo sin una entrega total. Al no encontrar lo que buscaba y después de ser usado por Jehová, la ambición por los bienes materiales le llevó a abandonar a Dios y a envolverse en la adivinación pagada y en todo tipo de perversión, muriendo en esa condición.

Todo profeta debe aprender de Balaam, que se puede conocer la voz de Dios e incluso su poder, pero a la vez se puede desconocer quien verdaderamente es Dios. No basta conocer el poder y la voluntad de Dios, hay que hacerla.

El pecado de Balaam, fue tan grande que marcó un precedente de advertencia para los profetas de Dios de todos los tiempos. En Apocalipsis (2:14) se menciona el pecado de Balaam como la Doctrina de Balaam, un espíritu de confusión que mezcla lo sacro con lo profano y pervierte por avaricia los caminos rectos de Dios.

En un caso diferente, cuando Nahamán (general Sirio) trajo gran riqueza para recompensar al profeta Eliseo, este no quiso aceptar nada de su mano, ni le recibió personalmente, quizá por orden divina para no ser tentado por aquellas riquezas. Su criado (Giezi) cayó en la tentación material, su corazón se fue detrás de las dadivas y como castigo recibió la lepra de Nahamán (2 R. 5). La Biblia señala que las dadivas corrompen al justo (Ec. 7:7). El profeta de Dios debe cuidarse de no comprometer su mensaje por las dadivas.

d. El reto del profeta es obedecer a Dios

El profeta debe confrontar grandes retos que pondrán a prueba su carácter y obediencia total a la voluntad de Dios. Jeroboam (uno de los reyes más perversos que gobernó a Israel) en su desobediencia a Dios edificó dos becerros de oro para que el pueblo los adorara y enseñaba que estos eran los dioses que habían sacado a Israel de Egipto, blasfemando contra el verdadero Dios de Israel.

Cierto día, Jeroboam disponía hacer un sacrificio a estos ídolos y descendió de Judá a Betel un profeta, que por orden de Jehová confrontó a Jeroboam por su pecado:

Aquel clamó contra el altar por palabra de Jehová y dijo: Altar, altar, así ha dicho Jehová: He aquí que a la casa de David nacerá un hijo llamado Josías, el cual sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los lugares altos que queman sobre ti incienso, y sobre ti quemarán huesos de hombres” (1 R. 13:2).

Esta profecía se cumplió cerca de 300 años después, durante el reinado de Josías en Judá (2 R. 23:15-16). El profeta de Judá (la Biblia no menciona su nombre) solo había obedecido a Dios al dar esta palabra profética, por eso no tuvo temor de dar una señal para confirmar que era un verdadero profeta de Dios13:

Y aquel mismo día dio una señal, diciendo: Esta es la señal de que Jehová ha hablado: He aquí que el altar se quebrará, y la ceniza que sobre el está se derramará” (1 R. 13:3).

El rey Jeroboam, al oír las palabras del juicio divino contra su culto pagano, extendió su mano sobre el profeta en señal de orden para que fuese capturado y muerto:

Extendiendo su mano desde el altar dijo: ¡Prendedle! Mas la mano que había extendido contra él, se le secó y no la pudo enderezar. Y el altar se rompió, y se derramó la ceniza del altar, conforme a la señal que el varón de Dios había dado por palabra de Jehová” (1 R. 13:4b, 5).

Dos señales inmediatas habían sido dadas por éste profeta, como evidencia de la veracidad de su ministerio. La mano del rey se había secado y el altar se había deshecho inmediatamente, como advirtió. Además, el profeta oró y la mano del rey fue restaurada y sanada (1 R. 13:6)

La Biblia señala que este profeta hizo todo bajo obediencia a Dios: “Vino de Judá por palabra de Jehová”. También, dio señal “por palabra de Jehová. Todo lo había hecho en obediencia a Dios. Este profeta tenía orden divina de no comer, ni beber en Betel, ni regresar por el mismo camino que había transitado (1 R. 13:9). Quizá era una orden específica para este viaje, como rechazo a la idolatría y en protesta al pecado de Betel. Pero un viejo profeta radicado en Betel, habló al joven profeta de Judá diciendo:


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