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Sin

SANTIDAD

nadie verá al

sEÑOR


Copyright © 2016 por Joel Perdomo




Prohibida la reproducción total o parcial de este libro, sin el permiso escrito del autor. Al menos que se indique lo contrario, los textos bíblicos han sido extraídos de la versión Reina-Valera, 1960.































ÍNDICE

Introducción………………………………………………………………5

Capítulo - 1 - LA SANTIDAD

I. LA SANTIDAD DE DIOS ...................................................................................11

a. La palabra santidad

b. La santidad como atributo moral de Dios

II. LA SANTIDAD DIVINA Y EL PECADO HUMANO.................................................16

a. El pecado separa de Dios

b. El deber cristiano de vivir en santidad

c. La restauración de la santidad


Capítulo - 2 - LA SANTIDAD EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

I. UN REINO DE SACERDOTES Y GENTE SANTA…………………………….....23

a. Una tierra y un pueblo santos

b. Dios habita en la santidad

c. Santidad a Jehová

d. El voto de los nazareos

II. DIFRENCIA ENTRE LO SANTO Y LO PROFANO……………………………..33

a. Israel, una nación consagrada a Dios

b. Ministrando en santidad


Capítulo - 3 - LA SANTIDAD Y EL PECADO

I. SANTIDAD EN UN MUNDO DE PECADO……………………………………37

a. El deber de mantenerse en santidad

b. La santidad y la rebelión

c. La santidad en los ministros del altar


Capítulo - 4 - LA SANTIDAD EN EL NUEVO TESTAMENTO

I. LA SANTIDAD DE LOS CRISTIANOS……………………………………….47

a. La Iglesia es llamada a ser un reino de sacerdotes y un pueblo santo

b. Santos por medio de Cristo

II. SANTIDAD INTERNA Y EXTERNA DEL CRISTIANO………………………….53

a. Una vida santa

b. La santidad interna y externa del cristiano

c. Estamos en el mundo; pero no somos de este mundo


Capítulo - 5 - CAMINO DE SANTIDAD

I. CAMINANDO POR LAS SENDAS ANTIGUAS………………………………...61

a. La distorsión del mensaje bíblico de santidad

b. La silla de los escarnecedores

c. Santificados para participar de su santidad


Capítulo - 6 - EL TEMPLO DEL ESPÍRITU SANTO

I. UN CUERPO EN SANTIDAD………………………………………………67

a. El cuerpo como templo del Espíritu Santo

b. El pueblo santo de Dios

c. El cuerpo de los cristianos es santo

d. El decoro del cuerpo del cristiano

II. LA SANTIDAD INTERNA………………………………………………...76

a. Un corazón y una mente santos

b. Una lengua santa


Capítulo - 7 - EL ESPÍRITU SANTO Y LA SANTIFICACÍON DEL CRISTIANO

I. EL ESPÍRITU SANTIFICA AL CRISTIANO……………………………………81

a. El Espíritu Santo ayuda al cristiano a vivir en santidad

b. El Espíritu Santo produce frutos en el cristiano

II. LA SANTIDAD DE DIOS EN EL CIELO……………………………………...86

  1. Dios habita en la santidad

  2. El cielo es un lugar de santos

  3. La Iglesia como esposa del Cordero


ANEXO…………………………………………………………………..90

INTRODUCCIÓN


LA SANTIDAD DE LOS HIJOS DE DIOS


  • La santificación

La santidad es uno de los mandamientos olvidados de la Iglesia de los últimos tiempos. Siendo que Dios es santo, no se puede gozar de comunión íntima con él, sin vivir una vida santa.

La santificación es una obra que Cristo realiza en la vida del cristiano, al momento de su conversión; pero, una vez limpio de pecados, el cristiano comienza una vida nueva y de allí en adelante debe permanecer en santidad todos los días de su vida. La Biblia advierte que, sin santidad, nadie verá a Dios:

14 Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor (Hb. 12:14).

Implica que todos los santos que nos antecedieron y que han gozado el privilegio de ver el rostro de Dios, debieron vivir antes, una vida santa en la tierra.

La santificación es un mandato de Dios para sus hijos. La razón de este mandamiento es que el ser humano en su estado original, fue creado santo, pero su desobediencia o pecado le despojó de su santidad. Una vez redimidos del poder del pecado, Dios les exige a sus hijos una vida de santidad. Esa es una responsabilidad de cada cristiano. No en vano Jesús apela a la voluntad de sus hijos exigiéndoles que vivan una vida santa, diciendo:

11 El que es santo, santifíquese todavía (Ap. 22:11b.

Este pasaje señala que una vez convertidos a Cristo, y siendo santificados por medio de su sangre, tenemos el mandato divino de mantener la santidad del espíritu, alma y cuerpo, hasta que Él regrese a la tierra o nosotros partamos a su presencia. Amén.



  • Hombres santos en la Biblia

De Abraham, la Biblia señala que a causa de su comunión íntima con Dios, fue llamado amigo de Dios (Stg. 2:23).

Un amigo es alguien confidente, a quien le damos a conocer nuestros secretos. Jesús les llamó a sus discípulos amigos, porque les confió sus secretos (Jn. 15:15).

Enoc también fue un hombre que decidió vivir para Dios cuando estuvo en la tierra. Para resaltar su grado de comunión con Dios, la Biblia señala que Enoc caminó con Dios:

24 Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios (Gn. 5:24).

Enoc debió caminar de acuerdo a la voluntad de Dios, en obediencia a su voz, pues la Biblia señala que dos personas no pueden andar juntas, si no están de acuerdo (Am. 3:3).

Fue tan intensa la vida de comunión íntima de Enoc con Dios, que desapareció de la tierra. Dios se lo llevó para el cielo.

Enoc tipifica al cristiano santo, que se irá en el Arrebatamiento de la Iglesia. Jesús viene a buscar una Iglesia pura, santa; una novia sin mancha de pecado en sus vestiduras (Ef. 5:27).

Elías, también gozó de una comunión muy íntima con Dios, en medio de una generación perversa. Era tan grande el pecado de idolatría a los dioses paganos en Israel, que el profeta Elías llegó a creer que solo él quedaba de los profetas de Jehová en Israel (1 R. 19:14).

Elías no quería vivir en esta tierra a causa del pecado (1 R. 19:4) y Dios se lo llevó vivo al cielo, porque le agradó cuando vivía en la tierra.

Moisés, también vivió una vida santa, ante Dios. La Biblia muestra que cuando el subió al monte para hablar cara a cara con Dios, su rostro le brillaba a causa de la gloria de Dios (Éx. 29-30).

Lot fue otro varón santo y justo que brilló en medio de una generación perversa y Dios lo libró de los juicios que derramó sobre su ciudad (2 P. 2:7).

Quizá se pueda pensar que estos hombres de Dios narrados en la Biblia, tenían algo especial y debido a eso vivían una vida santa; pero ese engaño le ha servido de excusa a muchos cristianos a la hora de procurar una vida santa demandada por Dios y terminan conformándose al pecado.

Santiago explica que estos hombres de Dios de la Biblia, eran personas comunes y débiles como todos los demás (Stg. 5:17), pero tomaron la firme decisión de agradar a Dios en la tierra y no conformarse al pecado de este mundo.

La demanda de santidad de Dios es para todos sus hijos: “Sin santidad; nadie verá a Dios”.

La Biblia señala que la comunión íntima de Dios, es con los justos (Pr. 3:32). Una vida de santidad nos conducirá a la presencia de Dios.

La Biblia muestra que Dios anhela que sus hijos estén con Él, gozando de su presencia por una eternidad en el cielo:

15 Estimada es a los ojos de Jehová, la muerte de sus santos (Sal. 116:15).

El cristiano debe anhelar vivir una vida santa, para poder ver el rostro de Dios y vivir con Él, por toda la eternidad.

El reto del cristiano en la tierra es mantenerse en santidad, alejado del pecado de este mundo. Santidad, significa separarse del pecado a fin de consagrarse a Dios.









































Capítulo – 1 –


LA SANTIDAD



I. LA SANTIDAD DE DIOS


a. La palabra santidad

La palabra santidad, del hebreo “qadosh”, procede de la raíz “qad”, que tiene el significado de cortar. En el caso de la santidad tiene el sentido de separar. La santidad es vivir separado para Dios, en medio de un mundo pecador:

15 Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo (Fil. 2:15).

El cristiano está en el mundo; pero, no es del mundo:

19 Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece (Jn. 15:19).

En la Biblia se encuentra la palabra santificación, con relación al cristiano y es uno de los beneficios de la salvación:

30 Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención (1 Co. 1:30).

La santidad es imputada por gracia de Dios a quien se arrepiente de sus pecados; pero al ser recibida, implica que hay que mantenerla porque se puede perder.

Nadie hace limpio algo para volverlo a ensuciar. Jesús mismo les decía a las personas que perdonaba, que no pecaran más para que no les viniera algo peor:

14 Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor (Jn. 5:14).

Entre las cosas que le pueden suceder a una persona que después de ser liberada regresa al pecado, es que los demonios buscan siete espíritus peores para que esta vez, la persona quede aún más atada al pecado:

24 Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo; y no hallándolo, dice: Volveré a mi casa de donde salí. 25 Y cuando llega, la halla barrida y adornada. 26 Entonces va, y toma otros siete espíritus peores que él; y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero (Lc. 11:24-26).

Pedro compara a la persona que vuelve al pecado, después de haber sido purificada, con el cerdo que una vez limpio, vuelve a enlodarse:

21 Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. 22 Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno (2 P. 2: 20-22).

El cristiano debe vivir en santidad, porque Dios es santo:

16 Porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo (1 P. 1:16).

b. La santidad como atributo moral de Dios

Dios posee diferentes atributos (naturales, morales, etc.). Sus atributos naturales: Espíritu, soberano, eterno, omnipotente, omnipresente, omnisciente y sabio.

La santidad es uno de los atributos morales de Dios, así como: Rectitud, justicia, bondad, gracia, misericordia y verdad. Al ser un atributo divino, implica que la santidad es inmanente a la naturaleza divina. Dios no se puede separar de su santidad. Como Dios es santo, nadie puede acercarse a Él, sin santidad. La Biblia señala:

14 Seguid la paz con todos, y la santidad,

sin la cual nadie verá al Señor (Hb. 12:14).

La naturaleza humana, después de la caída de la primera pareja, quedó bajo el pecado e inclinado constantemente al mal. Eso implica que la humanidad, en su estado pecaminoso, no puede gozar de comunión con Dios y su tendencia será al rechazo. La Biblia señala:

31 Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye (Jn. 9: 31).

La santidad divina contrasta con nuestra imperfección humana. La naturaleza pecaminosa del ser humano no le permite admirar la santidad de Dios, porque le es gravosa (Ro. 8:7).

La santidad de Dios es tan preciosa que es alabada de continuo en el cielo. No en vano los cuatro seres vivientes tienen una alabanza continua en sus labios que exalta la santidad de la Trinidad:

Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir (Ap. 4:8).

La santidad de Dios revela su perfección y debiéramos anhelarla, admirarla y amarla; pero, nuestro distanciamiento de Dios nos hace sentir que es una carga e incluso nos hace pensar que es difícil vivir una vida en santidad. Es hasta que veamos a Dios cara a cara cuando apreciaremos más, la hermosura de su santidad:

3 Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder, en la hermosura de la santidad (Sal. 110: 3ª).

La santidad se perfecciona en el andar cristiano, cuando se aprende a desechar las cosas que contaminan el espíritu y el cuerpo1, por medio de un temor reverente a la Palabra de Dios, basado en un conocimiento de la Biblia:

1Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios (2 Co. 7:1).






II. LA SANTIDAD DIVINA Y EL PECADO HUMANO


a. El pecado separa de Dios

El concepto bíblico de santidad, significa separado para Dios y está fundado en que los seres humanos nos separamos primero de Dios a causa del pecado original. Ahora Dios nos ha reconciliado con Él y nos separó del mundo para vivir una vida santa, ante de su presencia.

El pecado es la separación de Dios. En las principales raíces hebreas significa: Negligencia, rebelión, culpa o error2. Todo comienza con la orden divina dada a la primera pareja de no comer del árbol prohibido:

16 Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; 17 mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás (Gn. 2: 16-17).

Es sabido que la primera pareja pecó al comer del árbol prohibido (Gn. 3: 6-7), el cual develó el conocimiento del mal en la humanidad, que antes era desconocido. Esa raíz pecaminosa desató el caos en la tierra y por ella toda la raza humana quedó expuesta al pecado, y ese pecado, es el que separa al ser humano de Dios:

12 Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron (Ro. 5: 12).

Jesús es el Cordero de Dios, quién con su sangre limpia de pecado. Él santifica al pecador que se arrepiente y le confiesa como su salvador personal. El convertido viene a formar parte de la Iglesia, que es la novia de Cristo, la cual debe presentarse a Él en santidad:

25Así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, 26 para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, 27 a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha (Ef. 5: 25-27).

La iglesia debe presentarse ante Cristo en santidad. La santidad es una demanda divina para sus hijos. Dios no tolera el pecado, porque se opone a su santidad y es ajeno a su naturaleza santa.


b. El deber cristiano de vivir en santidad

Una vez que el ser humano es santificado por la purificación de sus pecados por medio de la sangre de Cristo, debe vivir en santidad, separado del pecado y de las contaminaciones de este mundo. Jesús santifica, pero es deber de cada cristiano, mantenerse en santidad durante viva en esta tierra.

La Biblia enseña que el cristiano, una vez santificado, debe vivir una vida de santidad:

14 Seguid la paz con todos, y la santidad,

sin la cual nadie verá al Señor (Hb. 12:14).

Este pasaje está escrito para cristianos y al señalar que se debe seguir la santidad, habla de continuar en santidad, después de haber sido santificado.

Si la Biblia advierte que sigan la santidad, ya no depende solo de Dios; si no de voluntad de cada cristiano. Al advertir que, sin santidad, nadie verá al Señor, implica que:

  1. La santidad es una demanda divina para sus hijos.

  2. Es un requisito para entrar al cielo, donde no hay vestigios de pecado.

  3. El pasaje es categórico al señalar que: “Sin santidad nadie verá a Dios”.

Esta santidad es del espíritu, el alma y el cuerpo. Estas tres áreas del cristiano pueden ser contaminadas por el pecado, si se descuidan.

El espíritu se contamina con todo concepto que es ajeno a la voluntad de Dios, tal como: El odio, la envidia, el rencor, la mentira, herejías, etc. El alma, por su parte, es la que toma las decisiones y éstas pueden ser buenas o malas porque mientras el cristiano viva físicamente en la tierra, aun puede decidir entre el bien y el mal. El cristiano tiene libre voluntad. Dios no le obliga a obedecer, es voluntario.

El libre albedrio le permite aún al cristiano decidir entre lo bueno y lo malo. Así como seguir a Cristo es voluntario, también se puede decidir volver al pecado. Por eso, Dios demanda santidad, porque es una decisión del cristiano permanecer en santidad, después de haber sido santificado por la sangre de Cristo.

El cuerpo del cristiano, es templo del espíritu, y como tal, debe permanecer también en santidad. Eso incluye vestirlo decorosamente y no prestar los miembros para el pecado; sino reservarlos para toda buena obra:

12 No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; 13 ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia (Ro. 6: 12-13).




c. La restauración de la santidad

Cuando el ser humano pecó, al principio, quedó separado de Dios y expuesto al pecado. La primera pareja conocía solamente el bien y quizá no había una gran diferencia entre lo bueno y lo malo porque no conocían el mal.

Después que la primera pareja pecó, sus ojos fueron abiertos y conocieron la diferencia entre el bien y el mal:

Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales (Gn. 3:7).

Por un conocimiento natural, ellos entendieron que debían cubrir sus cuerpos, pues sentían vergüenza, cosa que antes no habían experimentado. Según el diseño humano, ellos cubrieron sus cuerpos con un delantal fabricado de hojas, pero Dios lo cambió y les vistió con túnicas:

21 Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió (Gn. 3: 21).

Dios incluso prohibió que la mujer vistiera ropa de hombre; y el hombre, ropa de mujer:

No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera que esto hace (Dt. 22: 5).

Algunos dirán que las mismas prendas se usan para varón y mujer, porque los hombres han impuestos sus modas, pero Dios dio el mandamiento porque sabe que hay ropa adecuada para mujer y para hombre. Por esa razón, Él hizo la diferencia al principio.

Este mandamiento es para los hijos de Dios y sus hijos no son contenciosos. Con relación a la santidad Pablo señala:

16 Con todo eso, si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios (1 Co. 11:16).

El cuerpo de los hijos de Dios (cristianos) es templo del Dios vivo y debe ser vestido decorosamente. Así lo estableció el diseño divino desde el principio.

Si a Dios no le hubiese importado lo externo, no habría vestido con decoro a la primera pareja. A Dios no le agradó el delantal que se hicieron, después de la caída (pecado) Dios cubrió todo el cuerpo de la primera pareja. Tanto el cuerpo, como el espíritu de los hijos de Dios, son santos:

19 ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? 20 Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios (1 Co. 6:19-20).

El cuerpo del cristiano ha sido redimido por la sangre de Jesús y no le pertenece a él, es de Dios. El cristiano vive para Dios en espíritu, alma y cuerpo. Una santidad integral, completa.


























Capítulo – 2 –


LA SANTIDAD EN EL ANTIGUO TESTAMENTO



I. UN REINO DE SACERDOTES Y GENTE SANTA


a. Una tierra y un pueblo santos

Dios separó al pueblo de Israel, de los demás pueblos de la tierra a fin de que fueran una nación de sacerdotes y gente santa:

Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel (Éx. 19:6).

La tierra que Israel conquistó, había sido contaminada por el pecado de sus antiguos moradores, quienes hacían continuos sacrificios a los ídolos paganos. Israel debía eliminar a los pecadores3 y borrar celosamente, todo vestigio de idolatría.

La razón por la cual, Dios despojó de su tierra a los moradores de Canaán y se la entregó a Israel, fue a causa del pecado de sus moradores. Dios le advirtió al pueblo de Israel, que ellos debían mantenerse en santidad, de lo contrario, también los vomitaría de la tierra que les había entregado:

26 Guardad, pues, vosotros mis estatutos y mis ordenanzas, y no hagáis ninguna de estas abominaciones, ni el natural ni el extranjero que mora entre vosotros 27 (porque todas estas abominaciones hicieron los hombres de aquella tierra que fueron antes de vosotros, y la tierra fue contaminada); 28 no sea que la tierra os vomite por haberla contaminado, como vomitó a la nación que la habitó antes de vosotros (Lv. 18:26-28).

Dios sabe hacer la diferencia entre rechazar el pecado y no al pecador. Dios le había dado tiempo a los moradores de Canaán para que se arrepintieran, pero no lo hicieron.

Desde que Dios llamó a Abraham, hasta que el pueblo de Israel regresó de Egipto, pasaron cerca de 400 años y no se arrepintieron (Éx. 12:40-41). Además, Josué tenía orden divina de enviar banderas de paz a las ciudades que no estaban bajo el anatema4, para darles oportunidad de arrepentimiento (Dt. 20: 10-12).

Toda esta explicación sirva para hacer notar que Dios le dio la tierra a Israel, no porque fuera un pueblo mejor; sino a causa del gran pecado de los cananitas. Dios necesitaba un pueblo santo, que habitara una tierra santa.

Dios es el dueño y Señor de toda la tierra y tiene el derecho de dársela a quien él quiera, como le dijo a Israel:

Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra (Éx. 19:5).

Después de la caída del ser humano, Dios ha procurado la restauración de su comunión con la humanidad. Lo primero que debe ser limpio, es el ser humano; pero, Dios anhela que toda la tierra sea restaurada, y para eso, es necesario la santificación del pueblo.

Cuando Dios ha querido hablar con el ser humano, después de la caída, requiere que el pueblo se santifique. Lo primero que Dios le dijo a Moisés, cuando se le apareció en la zarza, fue que aquel lugar se había tornado santo a causa de su presencia (Éx. 3:5). Cada vez que Dios procuraba hablar al pueblo de Israel les exigía santificarse (Éx. 19:10).


b. Dios habita en la santidad

Dios habita en su santidad. Implica que alrededor de su trono y en su presencia, todo es santo. La Biblia señala que en el cielo no puede habitar nada inmundo:

27 No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero (Ap. 21:27).

Si bien, Dios es santo y sublime, y habita en las alturas, en el tercer cielo como señala el apóstol Pablo (2 Co. 12:2), también es cierto que Él habita en el corazón, de los que se humillan ante su presencia y tiemblan a su Palabra:

15 Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados (Is. 57:15).

Dios es santo, por eso no habita en templos hechos de manos de hombres:

Jehová dijo así: El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies; ¿dónde está la casa que me habréis de edificar, y dónde el lugar de mi reposo? Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice Jehová; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra (Is. 66:1-2).

El Señor pone en contraste su gloria desplegada en los cielos, con su presencia manifestada en el corazón de aquellos que voluntariamente se humillan en su presencia.

Su sola presencia hace santo el lugar de su habitación. Cuando Moisés se encontró con su presencia, ese lugar se convirtió en un lugar santo, a causa de la santidad de Dios:

Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es (Éx. 3:5).

Si alguien quiere buscar a Dios y encontrarle, debe buscarle en su santidad; pero el recipiente también tiene que ser santo. Debe vivir en santidad.

Cuando Dios le prometió a Moisés que descendería a hablar con él, en el Monte Sinaí, le mandó que santificara a todo el pueblo a causa de su gloria:

10 Y Jehová dijo a Moisés: Ve al pueblo, y santifícalos hoy y mañana; y laven sus vestidos (Éx. 19:10).

Nadie mas podía subir al monte, ni tocarlo; solo Moisés y el sacerdote Aarón. Ni los animales podían acercarse al monte o tocarlo porque morirían:

12 Y señalarás término al pueblo en derredor, diciendo: Guardaos, no subáis al monte, ni toquéis sus límites; cualquiera que tocare el monte, de seguro morirá. 13 No lo tocará mano, porque será apedreado o asaeteado; sea animal o sea hombre, no vivirá. Cuando suene largamente la bocina, subirán al monte (Ex. 19:12-13).

Todo lugar donde la gloria de Dios posa, se hace santo en ese momento por causa de su santidad.


c. Santidad a Jehová

Dios quiso que Israel fuera una nación de sacerdotes y gente santa. Así se lo ordenó a Moisés:

Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel (Lv. 19:1-2).

Los sacerdotes que ministraban en el culto, debían ser santos a Dios a causa de su servicio. Estos tenían más restricciones que el pueblo común, debido a lo sagrado de su ministerio en el templo. Estos no podían tener defectos físicos, ni estar en presencia de un muerto; salvo que fuera un familiar muy cercano. Incluso sus ropas eran santas y no las podían usar fuera del templo (Ez. 42:14).

La Biblia señala del ministerio sacerdotal:

Santos serán a su Dios, y no profanarán el nombre de su Dios, porque las ofrendas encendidas para Jehová y el pan de su Dios ofrecen; por tanto, serán santos (Lv. 21:6).

El sumo sacerdote, que a diferencia de los demás sacerdotes, era quien llevaba los pecados del pueblo ante Dios, y ofrecía sacrificios por ellos en el lugar santísimo una vez al año, tenía más restricciones todavía:

10 Y el sumo sacerdote entre sus hermanos, sobre cuya cabeza fue derramado el aceite de la unción, y que fue consagrado para llevar las vestiduras, no descubrirá su cabeza, ni rasgará sus vestidos, 11 ni entrará donde haya alguna persona muerta; ni por su padre ni por su madre se contaminará. 12 Ni saldrá del santuario, ni profanará el santuario de su Dios; porque la consagración por el aceite de la unción de su Dios está sobre él. Yo Jehová (Lv. 21:10-12).

El sumo sacerdote no podía salir del templo, tampoco podía contaminarse con un muerto, aunque fuese familiar. El sumo sacerdote tenía unas vestiduras sagradas y en su frente una lámina de oro con una inscripción de Santidad:

30 Hicieron asimismo la lámina de la diadema santa de oro puro, y escribieron en ella como grabado de sello: SANTIDAD A JEHOVÁ (Éx. 39:30).

La santidad es un sello en el pueblo de Dios, porque Dios es santo. El Señor dice:

15 Sino, como aquel que os llamó es Santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; 16 porque escrito está: Sed santos, porque yo soy Santo (1 P. 1:15-16).

Es de hacer notar que todo el pueblo debía ser santo. A los sacerdotes se les exigía unas vestiduras y restricciones mayores porque ellos ministraban dentro del templo, el lugar donde se hacían los sacrificios a Dios.


d. El voto de los nazareos

El voto del nazareato era voluntario y consistía en que los padres o una persona hacían el voto de consagrarse para Dios:

1 Habló Jehová a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: El hombre o la mujer que se apartare haciendo voto de nazareo, para dedicarse a Jehová (Nm. 6:1-2).

Este voto de separación para el servicio divino, implicaba cumplir con todas las demandas divinas, a causa de su vida de consagración y santidad. Entre otras cosas el nazareato exigía:

  1. No podía tomar vino.

  2. No podía cortar su cabello, durante el tiempo de su consagración.

  3. No se podía acercar a una persona muerta.

  4. Debía vivir en santidad.

En la Biblia se encuentra el caso de Sansón. Dios le dio una promesa a su madre (estéril) que concebiría un hijo, a quien debía consagrarlo a Dios, según el nazareato.

Sansón fue consagrado a Dios desde su nacimiento y fue lleno del Espíritu, quien depositó una fuerza sobrenatural sobre él, pero perdió el poder que Dios le había dado cuando quebrantó su pacto de Nazareo y su cabello le fue cortado (Jc. 16:19).

Una mujer llamada Ana, quién también era estéril, hizo voto a Dios que si le daba un hijo lo consagraría a él:

11 E hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza (1 S. 1:11).

Dios le concedió el hijo a Ana, a quien llamó Samuel. Este niño no solo fue consagrado a Dios, si no que ella prometió dedicarlo a Jehová para que sirviera en el templo.

El profeta Samuel, después llegó a ser sacerdote y juez de Israel. La Biblia señala que como profeta, Dios permitió que todas sus profecías se cumplieran:

19 Y Samuel creció, y Jehová estaba con él, y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras. 20 Y todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, conoció que Samuel era fiel profeta de Jehová (1 S. 3:19-20).

El nivel de consagración de nuestras vidas a Dios, determina que podamos ver la gloria de Dios en una dimensión mayor. A estos hombres consagrados al nazareato Dios les exigía más, pero experimentaron una gloria mayor que los demás a causa de su consagración.















II. DIFERENCIA ENTRE LO SANTO Y LO PROFANO


a. Israel, una nación consagrada a Dios

La vida del pueblo de Israel estaba consagrada a Dios. Ellos vivían bajo la ley divina, en un gobierno teocrático. Su vida religiosa no estaba separada de su vida política. Dios les había rescatado de la esclavitud egipcia; y eran pertenencia de Jehová. Ahora debían vivir como una nación santa y los levitas fueron la tribu escogida para ministrar en el templo:

12 He aquí, yo he tomado a los levitas de entre los hijos de Israel en lugar de todos los primogénitos, los primeros nacidos entre los hijos de Israel; serán, pues, míos los levitas. 13 Porque mío es todo primogénito; desde el día en que yo hice morir a todos los primogénitos en la tierra de Egipto, santifiqué para mí a todos los primogénitos en Israel, así de hombres como de animales; míos serán. Yo Jehová (Nm. 3:12-13).

En una ocasión, cuando David huía de la persecución de Saúl, llegó al lugar donde había un sacerdote y le pidió de comer, pero solo tenía el pan sagrado que comían los sacerdotes:

Ahora, pues, ¿qué tienes a mano? Dame cinco panes, o lo que tengas. El sacerdote respondió a David y dijo: No tengo pan común a la mano, solamente tengo pan sagrado; pero lo daré si los criados se han guardado a lo menos de mujeres. Y David respondió al sacerdote, y le dijo: En verdad las mujeres han estado lejos de nosotros ayer y anteayer; cuando yo salí, ya los vasos de los jóvenes eran santos, aunque el viaje es profano; ¿cuánto más no serán santos hoy sus vasos? Así el sacerdote le dio el pan sagrado, porque allí no había otro pan sino los panes de la proposición, los cuales habían sido quitados de la presencia de Jehová, para poner panes calientes el día que aquéllos fueron quitados (1 S. 21: 3-6).

El sacerdote les permitió comer del pan sagrado porque ellos se habían abstenido de estar con sus mujeres debido el viaje. Bajo la Ley, había muchas razones por la cuales una persona se contaminaba o hacía inmunda (menstruación, eyaculación, etc. (Lv. 15:2-19). El caso de David lo demuestra; pero también muestra que todo Israel debía ser santo, pues a David y sus hombres se les permitió comer del pan sagrado debido a las circunstancias, pero solo bajo las exigencias del sacerdote, quien tenía autoridad para juzgar cosas difíciles (Dt. 17:8-13).


b. Ministrando en santidad

Cuando David trató de trasladar el arca del pacto a su casa, los bueyes que la cargaban se tropezaban y un varón llamado Uza, trató de ayudar tocando el arca y murió:

Cuando llegaron a la era de Nacón, Uza extendió su mano al arca de Dios, y la sostuvo; porque los bueyes tropezaban. Y el furor de Jehová se encendió contra Uza, y lo hirió allí Dios por aquella temeridad, y cayó allí muerto junto al arca de Dios (2 S. 6:6-7).

En el caso de Uza, nadie lo autorizó a ayudar, si no que actuó precipitadamente, sin preguntar. El cuidado de las cosas sagradas se les había asignado estrictamente a los sacerdotes. En este caso, se cometió una imprudencia que le costó la vida a Uza.

En Dios no cuentan solo las buenas intenciones, cuando se trata de ministrar las cosas sagradas se debe hacer en el orden que Dios lo ha establecido. Dios es santo y los que ministran en su presencia deben ser santos. Además, deben estar seguros que han sido autorizados para realizar la labor ministerial.

En el caso del rey Saúl, cuando Dios le envió en una misión a los amalequitas, le dijo que no dejara nada vivo, pero Saúl perdonó lo mejor del ganado para agradar al pueblo, con la supuesta intención de ofrecerlo a Jehová:

15 Y Saúl respondió: De Amalec los han traído; porque el pueblo perdonó lo mejor de las ovejas y de las vacas, para sacrificarlas a Jehová tu Dios, pero lo demás lo destruimos. 22 Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. 23 Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey (1 S. 15:15, 22-23).

Pero todas estas ciudades, sus habitantes y animales estaban bajo el anatema o juicio divino, porque habían sido dedicados a los cultos e ídolos paganos o eran producto del latrocinio u otro pecado. A Dios no le agradaban estos sacrificios, porque solo se le puede ofrendar lo que es santo (Lv. 22:20).

Dios, en un juicio justo, había determinado que todo en Amalec debía ser erradicado a causa de su pecado. Bajo la Ley, el pecado se pagaba con la muerte inmediata (Hb. 10:28).

Además, estas ofrendas no eran producto de su trabajo. En una ocasión el rey David dijo que no ofrecería nada a Dios que no le costara (1 S. 24:24).



Capítulo – 3 –


LA SANTIDAD Y EL PECADO



I. SANTIDAD EN UN MUNDO DE PECADO


a. El deber de mantenerse en Santidad

La santidad separa al convertido a Cristo del pecado. No obstante, no le exime de la tentación. María, la hermana de Moisés era una mujer santa, llena del Espíritu y profetiza, pero cayó en el pecado de murmuración y rebeldía contra Moisés:

María y Aarón hablaron contra Moisés a causa de la mujer cusita que había tomado; porque él había tomado mujer cusita. Y dijeron: ¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros? Y lo oyó Jehová.

Entonces la ira de Jehová se encendió contra ellos; y se fue. 10 Y la nube se apartó del tabernáculo, y he aquí que María estaba leprosa como la nieve; y miró Aarón a María, y he aquí que estaba leprosa (Nm. 12:1-2, 9-10).

A María le entró un orgullo a causa de los dones espirituales que Dios había depositado en su vida. Aún los dones del Espíritu pueden conducir al fracaso y pueden ser motivo de condenación a quien no los sabe ministrar.

A María, los dones espirituales le condujeron a competir contra su hermano Moisés, y por esa razón, tuvo grandes pérdidas.

Aparentemente, María se arrepintió de su pecado al saber que, por su arrogancia y pretensiones de grandeza, Dios le había enjuiciado con una lepra, enfermedad que era considerada una maldición divina en el A.T.

Por buscar su propia honra, María fue avergonzada, delante de toda la congregación de Israel. Los leprosos debían ser sacados fuera del campamento; y allí fue enviada María por siete días, a causa de su inmundicia. No obstante, por las oraciones de su hermano Moisés, alcanzó misericordia de Dios, siendo sanada y restituida en el campamento de Israel.


b. La santidad y la rebelión

Satanás moraba en el cielo, donde todo es santo; pero, incluso allí el abandonó su santidad, y se rebeló contra Dios. Eso implica que la santidad no libra del pecado, porque permanecer o no en santidad es una decisión individual.

Puede ser que un cristiano no haya perfeccionado su vida de santidad por obviar obedecer todas las demandas de Dios en su Palabra. La Biblia señala que hay que perfeccionar la santidad en el temor de Dios (2 Co, 7:1). El temor de Dios, es el principio de la sabiduría (Pr. 9:10).

Una de las rebeliones mas grandes contra la autoridad en Israel, fue la dirigida por los sacerdotes levitas. Estos reclamaban que toda la congregación era santa, no solo Moisés y Aarón. En esta ocasión, la santidad fue la excusa utilizada como razón para justificar la rebelión:

Y se levantaron contra Moisés con doscientos cincuenta varones de los hijos de Israel, príncipes de la congregación, de los del consejo, varones de renombre. Y se juntaron contra Moisés y Aarón y les dijeron: !Basta ya de vosotros! Porque toda la congregación, todos ellos son santos, y en medio de ellos está Jehová; ¿por qué, pues, os levantáis vosotros sobre la congregación de Jehová? (Nm. 16:2-3).

En esta ocasión la rebelión fue dirigida por la casta sacerdotal (levitas) en Israel. Los levitas (descendientes de la tribu de Leví) habían sido escogidos por Dios para ministrar en todo lo relacionado al culto del templo (sacrificios, alabanzas, servicio, etc.).

Los levitas fueron escogidos por Dios para ministrar en su presencia a causa del celo que mostraron en una ocasión, al matar a los pecadores que se rebelaron contra Dios adorando el becerro de oro que fabricaron, mientras Moisés hablaba con Dios en el monte (Éx. 36:22-29).

Es cierto que todo el pueblo de Israel había sido santificado por Dios, pero esta rebelión fue más allá, porque los rebeldes eran ministros del altar. Los levitas eran los encargados de todo el servicio y la ministración de las ofrendas diarias en el templo. Pero solo el sumo sacerdote podía ministrar en el lugar santo una vez al año (Hb. 9:7) y los levitas querían tomar ese lugar:

Dijo más Moisés a Coré: Oíd ahora, hijos de Leví: ¿Os es poco que el Dios de Israel os haya apartado de la congregación de Israel, acercándoos a él para que ministréis en el servicio del tabernáculo de Jehová, y estéis delante de la congregación para ministrarles, 10 y que te hizo acercar a ti, y a todos tus hermanos los hijos de Leví contigo? ¿Procuráis también el sacerdocio? (Nm. 16:8-10).

La rebelión de Coré y su séquito, fue contra Moisés, el líder que Dios había elegido para sacar al pueblo de Egipto; y contra Aarón, el sumo sacerdote que ministraba en la presencia de Dios por todos los pecados del pueblo.

Los levitas creían que por ser igualmente santos, podían tomar la autoridad de Moisés o ministrar en el lugar santísimo, como hacía el sumo sacerdote. Eso les condujo a una destrucción nunca vista antes, fue tan grande el castigo y la ira de Dios, que la Biblia señala que descendieron vivos al infierno:

30 Mas si Jehová hiciere algo nuevo, y la tierra abriere su boca y los tragare con todas sus cosas, y descendieren vivos al Seol, entonces conoceréis que estos hombres irritaron a Jehová. 31 Y aconteció que cuando cesó él de hablar todas estas palabras, se abrió la tierra que estaba debajo de ellos. 32 Abrió la tierra su boca, y los tragó a ellos, a sus casas, a todos los hombres de Coré, y a todos sus bienes. 33 Y ellos, con todo lo que tenían, descendieron vivos al Seol, y los cubrió la tierra, y perecieron de en medio de la congregación (Nm. 16:30-33).

En ocasiones, los privilegios, dones y ministerios que Dios les concede a sus hijos les pueden servir de tropiezo, pues en vez de valorizar lo que Dios deposita en sus manos les causa la sensación de que pueden ir más allá de lo que se les ha confiado. Ese es un gran error en que han caído muchos líderes y que ha derribado a ministros bien intencionados, pero con falta de conocimiento.

La santificación puede engañar al cristiano, haciéndole pensar que los dones o ministerios les ubican en el mismo nivel de autoridad de aquellos que han sido puestos sobre ellos por Dios como autoridades delegadas.

Existe el peligro latente de creer que una vida de santificación e intimidad con Dios, nos avala para tomar la autoridad de aquellos, que han sido ungidos en sus cargos por Dios, aunque parezcan débiles o no muy capacitados.


c. La santidad en los ministros del altar

Dios les exige santidad a sus ministros. La Biblia narra el caso de los hijos de Elí, quienes corrompieron su llamado sagrado al sacerdocio en Israel. Estos debían ser santos:

Santos serán a su Dios, y no profanarán el nombre de su Dios, porque las ofrendas encendidas para Jehová y el pan de su Dios ofrecen; por tanto, serán santos (Lv. 21:6).

Si bien, La Biblia señala que todo el pueblo de Israel debía ser santo a Dios:

26 Habéis, pues, de serme santos, porque yo Jehová soy santo, y os he apartado de los pueblos para que seáis míos (Lv. 20:26).

Los sacerdotes tenían un conocimiento, aún más profundo del culto a Dios, ya que vivían dedicados a este servicio. Incluso, eran los encargados de enseñarle la ley al pueblo:

12 Y el hombre que procediere con soberbia, no obedeciendo al sacerdote que está para ministrar allí delante de Jehová tu Dios, o al juez, el tal morirá; y quitarás el mal de en medio de Israel (Dt. 17:12).

Pero los hijos del sumo sacerdote Elí, eran corruptos y desconocían la ley de Dios:

12 Los hijos de Elí eran hombres impíos, y no tenían conocimiento de Jehová (1 S. 2:12).

Elí los puso a ministrar porque, además de ser sus hijos, eran levitas y tenían el derecho; pero también tenían la responsabilidad de ser santos ante Dios.

El pecado de estos sacerdotes fue muy grande, ya que no solo corrompieron el sacerdocio al subestimar las ofrendas sagradas, sino que también se prostituyeron con mujeres y blasfemaron contra Dios. Dios le habló a Elí acerca de la conducta de sus hijos, pero no los apartó del sacerdocio, solo les exhortó:

22 Pero Elí era muy viejo; y oía de todo lo que sus hijos hacían con todo Israel, y cómo dormían con las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión. 23 Y les dijo: ¿Por qué hacéis cosas semejantes? Porque yo oigo de todo este pueblo vuestros malos procederes. 24 No, hijos míos, porque no es buena fama la que yo oigo; pues hacéis pecar al pueblo de Jehová. 25 Si pecare el hombre contra el hombre, los jueces le juzgarán; mas si alguno pecare contra Jehová, ¿quién rogará por él? Pero ellos no oyeron la voz de su padre, porque Jehová había resuelto hacerlos morir (1 S. 2:22-25).

Elí honró más sus hijos que a Dios, haciendo caso omiso a la voz del pueblo y a los profetas que Dios envió, para amonestarle del pecado de sus hijos:

29 ¿Por qué habéis hollado mis sacrificios y mis ofrendas, que yo mandé ofrecer en el tabernáculo; y has honrado a tus hijos más que a mí, engordándoos de lo principal de todas las ofrendas de mi pueblo Israel? (1 S. 2:29).

Dios le habló a Elí, que juzgaría su casa por ese gran pecado, que tuvo consecuencias extremas en el sacerdocio santo de Israel:

13 Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado (1 S. 3:13).

Como juicio, los dos hijos de Elí murieron un mismo día y cuando le dieron la noticia a Elí, murió del impacto:

16 Dijo, pues, aquel hombre a Elí: Yo vengo de la batalla, he escapado hoy del combate. Y Elí dijo: ¿Qué ha acontecido, hijo mío? 17 Y el mensajero respondió diciendo: Israel huyó delante de los filisteos, y también fue hecha gran mortandad en el pueblo; y también tus dos hijos, Ofni y Finees, fueron muertos, y el arca de Dios ha sido tomada. 18 Y aconteció que cuando él hizo mención del arca de Dios, Elí cayó hacia atrás de la silla al lado de la puerta, y se desnucó y murió; porque era hombre viejo y pesado. Y había juzgado a Israel cuarenta años (1 S. 4:16-18).

El juicio no terminó allí, pues Dios le había dado el sumo sacerdocio como herencia a la familia de Elí y le fue quitado y dado a otra familia de levitas:

30 Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; mas ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco.35 Y yo me suscitaré un sacerdote fiel, que haga conforme a mi corazón y a mi alma; y yo le edificaré casa firme, y andará delante de mi ungido todos los días (1 S. 2:30, 35).

Dios puede dar promesas maravillosas a sus hijos; pero estas están sujetas a que se cumpla con las demandas de Dios.

Los hijos de Elí no mantuvieron sus vidas en santidad, como Dios les exigía a los sacerdotes, y quedaron como un histórico monumento de advertencia y reflexión a los santos.

Elí, por su parte, cometió el gran pecado de la alcahuetería, pues no tomó la decisión de apartar a sus hijos del sacerdocio santo, solo les amonestó livianamente con sus palabras.
























Capítulo – 4 –

LA SANTIDAD EN EL NUEVO TESTAMENTO

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I. LA SANTIDAD DE LOS CRISTIANOS


a. La iglesia es llamada a ser un reino de sacerdotes y un pueblo santo

La iglesia, a través de Cristo, es ahora el pueblo elegido de Dios para anunciar las buenas nuevas del Evangelio:

Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 P. 2: 9).

Israel fue llamado a ser un pueblo santo en medio de la tierra, pero ellos no pudieron cumplir las demandas divinas a causa de sus continuas desobediencias:

Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel (Éx. 19:6).

Dios no exige una tierra santa para los cristianos, como a Israel. Él dijo que era necesario que el trigo creciera juntamente con la cizaña (Mt. 13:24-30); no obstante, el mismo cuerpo del cristiano es depósito y templo del Espíritu Santo:

19 ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? 20 Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios (1 Co. 6:19-20).

Dios tiene el derecho sobre el cuerpo del cristiano porque fue comprado a precio de la sangre de Cristo. Por eso la Escritura señala que nuestro cuerpo no nos pertenece; sino que es propiedad de Dios.

Dios ha hecho que el cuerpo del cristiano sea el templo del Espíritu Santo, y Él nos anhela celosamente:

¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente? (Stg. 4:5).

El cristiano debe amar a Dios por encima de las cosas temporales de este mundo que compiten con lo eterno:

15 No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. 16 Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. 17 Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Jn. 2:15-17).

El cristiano que camina en armonía con las cosas del mundo, se constituye en enemigo de Dios:

!Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios (Stg. 4:4).

No hay término medio para el cristiano; o ama a Dios o las cosas de este mundo, sus vicios, modas y placeres.

Santidad es separación del mundo, para vivir vidas consagradas a Dios, pero tampoco es rechazar a las personas por su condición de pecado. Es peligroso practicar una santidad mezquina y sin misericordia esa que rechaza al pecador; en vez de rechazar el pecado:

Que dicen: Estate en tu lugar, no te acerques a mí, porque soy más santo que tú; éstos son humo en mi furor, fuego que arde todo el día (Is. 65:5).

La Biblia señala que debemos tener misericordia de los pecadores, teniendo cuidado, aún de sus ropas contaminadas por el pecado que mora en sus cuerpos:

23 A otros salvad, arrebatándolos del fuego; y de otros tened misericordia con temor, aborreciendo aun la ropa contaminada por su carne (Judas 1:23).


b. Santos por medio de Cristo

El pecado despojó al ser humano de sus vestiduras de santidad. En el A.T., para la santificación del pueblo de Dios era requerido hacer ciertos sacrificios de animales, cuya sangre derramada ante Dios, se usaba para el perdón de los pecados.

En la purificación del pecado y la santificación del pecador, Jesús, como el Cordero de Dios, limpia el pecado de la humanidad por medio de su sangre derramada en la cruz, en los que se arrepienten de corazón:

29 El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn. 1:29).

La santificación es obra de la sangre de Cristo en la vida del pecador:

22 Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna (Ro. 6:22).

No obstante, el nuevo convertido debe permanecer en santidad, a través de la obediencia a la Palabra de Dios:

2 Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios (2 Co. 7:1).

La santificación o limpieza del pecado del ser humano, es obra de la sangre de Cristo; pero todo cristiano debe mantenerse en santidad, hasta la venida de Cristo:

13 Para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos (1 Ts. 3:13).

La santificación del pecador es atribuida gratuitamente, en el momento que se arrepiente de sus pecados, pero debe mantenerse.

Para permanecer en santidad, después de recibir a Jesús como salvador personal, se debe renunciar voluntariamente a la práctica del pecado y comprometerse a vivir una vida santa, separada para Dios:

¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, 10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. 11 Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Co. 6:9-11).

La santificación conduce al cristiano a vivir una vida santa, de consagración y verdadera adoración al servicio de Dios:

14 Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; 15 sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; 16 porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo (1 P. 1: 14-16).

Dios exige que sus hijos sean santos, en toda su manera de vivir; no solo en ciertas circunstancias. La razón es que nuestra nueva naturaleza, nos demanda esa santidad, porque Dios es santo.














II. SANTIDAD INTERNA Y EXTERNA DEL CRISTIANO


a. Una vida Santa

La santidad es un beneficio de la salvación y es imputado al pecador al momento de su arrepentimiento y confesión de Jesús como salvador. Pero la santidad hay que mantenerla, ésta se perfecciona en el ejercicio de nuestra fe en la vida diaria por medio de un temor reverente a Dios, que conduce a una vida de obediencia a la Biblia y de sometimiento a la autoridad y voluntad divina:

1 Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios (2 Co. 7:1).

El recién convertido a Cristo, tiene que acoplarse a las demandas divinas de santidad que le exige su nueva vida, pues ha nacido del Espíritu:

Habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, 10 y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno (Col. 3:9b-10).

El cristiano se va ajustando al carácter santo de Dios para desarrollar una vida de comunión íntima:

22 En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, 23 y renovaos en el espíritu de vuestra mente, 24 y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Ef. 4:22-24).

El crecimiento espiritual del cristiano se desarrolla cada día por medio del conocimiento de Dios, que le conducirá hacia lo perfecto:

18 Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto (Pr. 4:18).

La santidad cristiana se perfecciona por medio de un temor reverente a Dios. El recién convertido va abandonando todo vestigio de pecado que le pueda contaminar su espíritu, alma y cuerpo. Esto se logra por medio del conocimiento de la Biblia.


b. La santidad interna y externa del cristiano

Muchos cristianos se cuestionan si la santidad se debe llevar por dentro (alma), o si lo de afuera (el cuerpo) debe ser igualmente de importancia.

La Biblia enseña claramente que tanto el alma, como el cuerpo del cristiano se deben mantener en santidad hasta la venida del Señor:

23 Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Ts. 5:23).

En el diseño original de Dios, después del pecado original, Él vistió a la primera pareja con túnicas:

21 Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió (Gn. 3:21).

Se puede argüir que este tipo de ropa ya no se usa, pero Dios vistió con decoro a la primera pareja y ordenó que la mujer no vistiera traje de hombre; ni el hombre, traje de mujer:

No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera que esto hace (Dt. 22:5).

Todas estas exigencias de Dios para su pueblo son dadas porque el cuerpo del cristiano es templo del Espíritu Santo. El cuerpo de una cristiana y un cristiano no puede exhibirse y servir de codicia para los demás. Ese es un pecado contra Dios.

La Biblia señala que no presentemos nuestros cuerpos para servir de tentación a otros:

12 No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; 13 ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. 19 Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia (Ro. 6:12-13).

La Biblia exhorta a la mujer, a abandonar la vanidad externa:

Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios (1 P. 3:3-4).

A Dios le interesa lo externo, aunque él también conoce el corazón. Es cierto que Dios conoce el corazón humano, pero eso no implica que a Dios no le interesa el cuerpo del cristiano. Quizá este concepto es extraído de algunos versos mal interpretados de la Biblia.


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