include_once("common_lab_header.php");
Excerpt for En torno al fuego by , available in its entirety at Smashwords

En torno al fuego



Antología

Compilado por: J. Daniel Abrego



Muñoz ∙ Ramírez ∙ Padilla ∙ Sarabia ∙ García ∙ Aramizael ∙ Flores

∙ Rangel ∙ Fernández ∙ Méndez ∙ Abrego ∙ Llanos ∙ Casarrubias



Edición Independiente

Todos los derechos reservados

2019

Había una vez una familia que compró un guajolote para Navidad. Y la Navidad llegó, pero el ave no…

Amadeus D. Méndez

En torno al fuego



Hace mucho tiempo, la mejor forma de narrar y escuchar cuentos era sentarse alrededor del fuego, justo en el centro de una pequeña aldea. No solo los viejos compartían sus relatos, sino también los viajeros, los cazadores, los curanderos e incluso los niños con una gran imaginación.

Hoy día, los contadores de historias no tienen porque vivir en la misma aldea para comunicar a otros sus crónicas; la tecnología ha logrado acercarnos de tal modo, que la distancia (por grande que sea) significa “nada” cuando las personas desean reunirse a escuchar nuevos cuentos en torno a una hoguera (aunque esta en particular, sea una virtual).

El libro frente a ti es una de esas curiosas reuniones alrededor del fuego. Reuní a 13 autores mexicanos (incluyéndome) para contarte su muy personal visión del mundo al calor de las llamas. Toma asiento junto a ellos, y déjate consumir por una flama de variopintos relatos, donde el horror se mezcla con los cuentos de hadas, la fantasía, los relatos Pulp, las historias de fantasmas e incluso, con las leyendas prehispánicas.

Ven, toma un lugar junto al fuego. Deja que el incendio de letras dé comienzo…



JD Abrego “Viento del Sur”









INDICE



Recuerdo aniquilado

Sagrado, el defensor enmascarado

El niño de la pelota roja

La historia del abuelo Jilo

La luna sonrisona

Herencia

La tierra donde no vivía nadie

Las tentaciones del caballo

El ladrón de voces

Verdugo de las sombras

Luceros

El primer vuelo del colibrí

Hermanas

La visita de medianoche





RECUERDO ANIQUILADO

Jonathan Muñoz Ovalle



Las aves cruzan un cielo lleno de gritos:

el miedo es el amo y el padre

y se devora lentamente a sus hijos.

Los niños olvidan sus juguetes y se vuelven sus propios héroes.

Los padres se olvidan de sí mismos y sólo protegen a los suyos.

La tragedia dirige a su orquesta

y suena la pieza definitiva:

muerde los oídos y derroca a la gente.

Los aviones se acercan y lanzan sus misiles,

la ciudad tiembla, se derrumba,

se vuelve capital de pólvora.

Brota la sangre y llega la muerte:

la ciudad destrozada, la gente en pedazos

y el caos entero.

Después reina la calma, domina el silencio,

ya nadie llora, ya nadie grita:

el presente se petrifica en un recuerdo aniquilado.



Sagrado, el defensor enmascarado

Paulo C. Ramírez Villaseñor





¡Lucharán a dos de tres caídas, sin límite de tiempo! —la voz del presentador se hizo escuchar, acallando a la multitud presente.

La arena estaba a reventar. La gente se desbordaba por aquel espectáculo que iban a presenciar. Aficionados de todas las edades y todos los géneros llenaban la plaza poniendo toda su atención a lo que acontecía sobre el ring. El presentador tomó aire y señaló a uno de los ángulos del cuadrilátero.

—En esta esquina, por el bando de los rudos, el orgullo de Villa de García, Nuevo León: ¡Belcebú Azur!

Gritos de apoyo y júbilo se mezclaron con chiflidos y pitorreos de desapruebo cuando el gladiador de la máscara y el traje azul fue anunciado. Dividía opiniones únicamente por pertenecer al bando rudo, pero su calidad luchística era indiscutible, razón por la cual el público que le seguía (y que no era poco) se entregaba al luchador de la máscara azul y vivos infernales en rojo.

—En la esquina técnica, el portador del escudo de la verdad, gladiador del bien y defensor enmascarado: ¡Sagrado!

Miles de gargantas gritaron al unísono enloquecidas de la emoción cuando su ídolo levantó los brazos poniéndose al centro del ring. El atleta que vitoreaban no era cualquier luchador, sino un verdadero héroe. Si bien su máscara podía cambiar de colores cada vez que se presentaba, su diseño era inconfundible. Con grecas distribuidas simétricamente por toda la tapa, recordaban los antiguos tallados de piedra de la cultura azteca, combinados de manera magistral con algunas plumas de águila como penacho sobre la cabeza y una Cruz de Santiago al centro del rostro de la máscara. No era desconocida la rivalidad existente entre los dos luchadores, por lo que cada enfrentamiento jamás decepcionaba a los aficionados.

La pelea dio inicio en cuanto el silbato oficial sonó. Un par de patadas de canguro fueron lo primero que recibieron al Sagrado por parte de Belcebú Azur. El ídolo de multitudes fue a dar a la lona, pero se levantó de inmediato como un resorte, demostrando gran agilidad. Una vez de pie, respondió arremetiendo contra su oponente con un tremendo golpe de mano abierta que fue a impactar sobre el pecho desnudo del enmascarado azul; éste respondió duplicando la dosis, primero con la derecha y después con la izquierda. Las tremendas manotas de su rival dejaron enrojecido el pecho del defensor encapuchado, que pareció huir de la zona de impacto, corriendo en dirección de las cuerdas. Tomó ventaja del impulso se arrojó, rebotando en una embestida en contra del luchador de la máscara azul y adornos rojos como demonio, que fue a dar a lona. Enseguida, Sagrado lo tomó del cuello aplicándole un candado, conduciéndolo después para que Belcebú Azur despegara sus rodillas del suelo, mientras le mantenía aplicando el incómodo placaje. Un tremendo pisotón propinado en el lugar adecuado por parte del luchador que emulaba al diablo azul obligó a su contrincante a soltarlo. Aprovechando el momento, Belcebú propinó dos sendos puntapiés en el estómago del Sagrado, dejándolo casi sin aire, tirándolo a ras de lona. Un bólido color cian se lanzó encima del cuerpo sofocado del luchador del bando técnico, únicamente para voltearlo de espaldas y que el árbitro contara los tres segundos reglamentarios.

¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! —contaron los fanáticos de Belcebú Azur coreando al árbitro, ante la mirada incrédula de los seguidores del Sagrado.

La primera caída era para el diablo azul.



***



No muy lejos de la arena, un hombre pelirrojo, vestido con un uniforme del servicio de limpieza, estaba a punto de llevar a cabo su maquiavélico plan: sacudiría a la ciudad gracias a su invento, el hipoquinetizador tectónico. Solo necesitaba colocar las últimas cargas de plutonio (bien resguardadas en sus cajas positrónicas) y dirigirse a su globo aerostático desde donde activaría el aparato. Entonces vería a todos temblar de miedo. Aquellos que se burlaban de él, sufrirían. Nadie nunca más se atrevería a llamarlo “zanahoria parlante”, “recoge mierda anaranjada” ni ningún otro ocurrente y ridículo apodo. Una sonrisa se dibujó en el rostro del pelirrojo cuando hubo dejado la última de las cajas. El hombre miró su reloj y dijo para sí:

—Justo a tiempo. Ahora a inflar el globo.



***

Los orificios de los ojos de la máscara, ubicados bajo los brazos de la Cruz de Santiago, mostraban una mirada que analizaba a su rival. La manaza de Belcebú Azur se estiró para tomar la muñeca del Sagrado asiéndose de ella con fuerza. El movimiento no fue una sorpresa para el poseedor del escudo de la verdad, que dejó que su oponente lo jalara para después aventarlo contra las cuerdas. La espalda del defensor enmascarado chocó contra las protecciones que rodeaban al ring, regresando con la inercia hasta donde el enmascarado azul lo recibió con un golpe de antebrazo en el cuello.

El público se dividía entre los gritos de apoyo para uno u otro luchador.

—¡Aplícale la steelson! —gritaban unos.

—¡Hazle unas tijeras! —sugerían otros.

—¡Levántate Sagrado, por Diosito! —susurraban unos más.

Como si hubiese podido escuchar las voces murmurando las plegarias elevadas a los cielos, el defensor enmascarado se puso de pie, pero solo para ser tomado del brazo por su rival que le aplicó su famosa llave “La estaca apache”, que consistía en tomar ambos brazos del oponente y clavarle la rodilla en la espalda. Castigo sumamente doloroso.

—¿Te rindes? —preguntó el hombre de la camisa blanca con rayas negras, mientras Belcebú Azur aplicaba su movimiento sobre Sagrado, que negaba con la cabeza quejándose del dolor.

Ambos luchadores sintieron entonces como la lona bajo sus pies se sacudió de repente, haciendo que Belcebú Azur casi perdiera el equilibrio. Para evitar caer, soltó la palanca que le aplicaba a su enemigo, quien permaneció hincado en la lona un tanto aturdido por el castigo recibido al grado que pensó que el mareo era debido al dolor. Tratando más de poner distancia de por medio que queriendo realizar un verdadero ataque, Sagrado, echó una machicuepa hacia atrás estirando los pies a modo defensivo, en aquel movimiento tan ágil como el de una pantera y que el portador del escudo de la verdad llamaba “el cáliz”.

—¿Sentiste eso? —cuestionó Belcebú Azur cuando volvió a percibir un ligero tremor. Sagrado afirmó en silencio, pero manteniéndose en guardia.

—Entonces tendré que despacharte rápido para que vayas a ver qué sucede —exclamó el diablo azul sonriendo debajo de su máscara.

Arremetió girando sobre su eje y soltando una patada filomena que se siguió de largo, pues Sagrado apoyó un pie en la primera cuerda, después el otro en la segunda, para finalmente evitar el golpe e impulsarse por los aires cayendo y rodando de manera grácil como un puma. Vio a su rival, que se encontraba con las piernas atoradas entre las cuerdas del cuadrilátero colgando cual si fuese un mosquito en una telaraña. No se lo pensó dos veces y corrió hacia él con ambos brazos extendidos, con el solo objetivo de alcanzar la cabeza de su oponente y estrellarla contra la lona.

El golpe sonó seco. La multitud guardó silencio, expectante. Sagrado había alcanzado su objetivo, aplicando uno de sus movimientos característicos conocido como “el sacrificio” y ahora arrastraba a Belcebú Azur, justo al centro del ring, para ponerlo espaldas planas.

¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! —gritó la audiencia emocionada y la arena se cimbró como en pocas ocasiones.

Sagrado notó que su rival se encontraba inconsciente, así que lo bajó lo más pronto que pudo del ring indicándole a los paramédicos que le dieran atención inmediata. Pero no regresó al cuadrilátero a que lo declararan ganador, sino que salió corriendo en dirección de contraria. Aquel retumbar que había sentido era mucho más que el rugir de los aficionados. Había un mal inherente que se estaba manifestando y que podía sentir del mismo modo que las serpientes perciben a sus presas, a través de las vibraciones.

***

En el cielo, un globo aerostático sobresalía gracias a su color. Su único pasajero había pretendido erigirse como el nuevo iluminado, por lo que de acuerdo con su pensar, debía simbolizar al sol. La improvisada aeronave era tan naranja como su uniforme de intendencia, que, curiosamente, aún conservaba puesto.

—¡Y ahora, la tercera y última palanca que moverá al mundo! —gritó enloquecido mientras activaba un extraño aparato lleno de botones de colores que chispeaban de manera estroboscópica.

El subsuelo de la ciudad se estremeció. La tierra se agitó como nunca antes se había percibido. Decenas, si no es que cientos de edificios se vinieron abajo ante aquel terremoto. Como pudo, Sagrado se movió esquivando los bloques de concreto que caían del cielo.

Hubo fallecidos a pesar de los esfuerzos del defensor enmascarado por salvarlos; fue imposible hacerlo. Aunque la máscara que calzaba sobre su rostro era portadora de varios atributos, a final de cuentas no dejaba de ser un hombre; ni toda la resistencia del caimán, ni la velocidad del puma, la fuerza del jaguar, la gracia del águila o la astucia de la serpiente, resultaban suficientes para poder salvar a las víctimas del terremoto.

Sagrado elevó su vista al cielo y notó el globo color naranja junto con su vistoso tripulante. Las sirenas de las ambulancias y las patrullas llenaron las calles. Cientos de heridos era el saldo claro, mientras que miles de personas que habían salido a las calles despavoridas, se miraban con miedo en el rostro sin comprender que estaba ocurriendo.

—¡Es el fin del mundo! —gritaban aterrados en pánico.

La tierra se agitó una segunda vez. «Una réplica» pensó la mayoría de los ciudadanos. El pelirrojo observó de inmediato su aparato sin entender que ocurría. Él no había activado el hipoquinetizador tectónico. No tenía por qué volver a temblar.

El concreto crujió. El asfalto fue partiéndose, resquebrajándose como si fuese una hojarasca. Pero lo que en verdad dejó aterrados a los presentes y convencidos de que el apocalipsis había llegado, fue la espantosa creatura que emergió del hueco debajo de la tierra.

Alcanzaba una altura descomunal, muy superior a la mayoría de los edificios. Su apariencia era similar a la de un batracio con múltiples bocas llenas de afilados dientes. Sobre su espalda sobresalía una cresta que recorría toda la columna, mostrando filosas protuberancias que semejaban las espinas de maguey. Aquel monstruo se paraba sobre sus dos gigantescas patas, mientras que las extremidades superiores eran dos tremendas garras de ocho dedos que terminaban con puntas de hueso expuesto y que lucían como una letal arma.

Múltiples ojos miraron en diversas direcciones a la vez, lanzando un rugido que brotó de sus varias bocas, haciendo que el globo naranja se agitara en el cielo como si fuera un juguete. El defensor enmascarado observaba a la creatura con atención. Aquella titánica bestia no podía ser otra cosa más que un quinametzin, los antiguos gigantes monstruosos y que Sagrado había aprendido en uno de sus múltiples viajes por el mundo, que la cuna antigua de estas extrañas creaturas era Japón, en donde eran llamados Kaijus.

Poco o nada podía hacer el poseedor del escudo de la verdad frente a aquel descomunal monstruo. La clara diferencia de tamaño haría fútil la lucha, eso sin mencionar la inminente destrucción total de la ciudad. Si el defensor enmascarado en verdad quería hacer algo, necesitaba encontrar una forma de reducir de tamaño al quinametzin o bien averiguar cómo podía apaciguar la ira de la bestia-dios.

El hombre del globo dio un salto, abandonando la canasta de su vehículo aerostático cuando el afilado hueso chocó con el punto naranja en el cielo. Tras una enorme llamarada sobrevino la explosión. Fue como si aquella bestia hubiese reventado el sol mismo señalando el fin de una era. Todo se oscureció en lo alto, excepto por la garra de la creatura que se mantuvo encendida, ardiendo tras la explosión.

El olor a carne quemada inundó el ambiente. El horrible ente anfibio chilló de dolor. Era el fuego el que podía lastimarle.

Muchas ideas pasaron por la mente de Sagrado en ese momento. Era uno de los varios portadores que había llevado la máscara a lo largo de los años, y aunque conocía la capacidad y las habilidades imbuidas a través de los varios tributos colocados en aquel símbolo de grecas aztecas, plumas y la escarlata cruz del caballero apóstol, no gustaba de usarlas a la ligera, pues consideraba que depender de los dones místicos de la máscara lo podían convertir en un hombre ambicioso del poder.

Pero los momentos desesperados requieren medidas desesperadas. Levantando los brazos al cielo, puños en el aire, Sagrado invocó uno de los tributos de la máscara, gritándole al viento de occidente.

—¡Clamo a ti, viento! ¡Lleva mi orden hasta el valle de Atemajac y hasta más allá, a las tierras de la arena roja, para que hagan caer toda su furia y estruendo sobre mi enemigo!

Una ráfaga de viento, casi tan fuerte como un huracán, sopló levantando polvo y basura. Un relámpago iluminó el cielo y luego le siguió otro, tras el cual vino otro más. Tres golpes de rayo golpearon el cuerpo del quinametzin, sin que este supiera que estaba ocurriendo, causándole graves heridas que obligaron a la creatura a buscar refugio en el tremendo boquete del que había salido. Los ojos bajo los brazos de la Cruz de Santiago observaron atentos como el monstruo regresaba al corazón de la tierra al tiempo que Sagrado se desplomaba en el asfalto. Casi sin fuerzas, su mirada de águila alcanzó a percibir un movimiento naranja desplazándose entre los escombros. A pesar de encarnar todos los valores y las virtudes del bien y la justicia, Sagrado, sintió la sangre hervir. Sacando fuerzas de la propia máscara se puso de pie y le dio alcance al pelirrojo vestido con el traje de intendencia.

—¡Oye, tú, Sacudida Zanahoria! ¡Detente! —gritó el enmascarado.

Ante el mote emitido por el justiciero, el hombre enrojeció de cólera. Dándose la vuelta y pretendiendo activar uno de sus artilugios tecnológicos, pero un lance de Sagrado (su famoso “Vuelo de colibrí de Papantla”) detuvo cualquier acción que el genio loco intentaba. Sin mucho más que hacer y sin ser un verdadero rival en la lucha cuerpo a cuerpo, el defensor enmascarado no tuvo problema en vencer al responsable de aquella catástrofe que había causado tantas muertes en la ciudad.

El villano iría a parar tras las rejas y en adelante sería conocido como “Sacudida Zanahoria”, parte de la amplia galería de enemigos del Sagrado, el defensor enmascarado. Para la ciudad llevaría un tiempo en recuperarse, pero lo conseguiría gracias al corazón y fuerza de su pueblo, y no debido a la insignificante ayuda de sus gobernantes.

Además, ahora tenían de su lado a un héroe cuyo mérito iba más allá de ser un simple gladiador del cuadrilátero. Un campeón que no era solo una mítica estrella del pancracio, sino una autentica leyenda que soportaría indemne el paso de los años. Un ídolo imperecedero, un verdadero icono sagrado

Sobre el autor:



Paulo César Ramírez Villaseñor (Guadalajara, Jalisco). Autor y antólogo, cuya obra se ha visto publicada mayormente en España. Cuenta con varios relatos y un par de novelas. Está sumamente interesado en que el género fantástico en México crezca y se desarrolle.



Puedes conocer más de su obra en:



https://negrotipo.wixsite.com/autor



https://twitter.com/Negrotipo?s=07







EL NIÑO DE LA PELOTA ROJA

Jonathan Muñoz Ovalle





Ayer estuve hasta muy noche en el instituto donde doy clase de narrativa, con el propósito de terminar mi trabajo mensual. No obstante, me venció el sueño. No recuerdo cuánto tiempo pasó, tampoco qué hora era, lo único que recuerdo es que el portón del salón se abrió (imposible olvidar el llanto agudo de sus bisagras) y me desperté. No vi ni escuché a nadie, salvo al viento que se colaba por el oscuro rectángulo que brotaba del exterior. Me levanté, aún amodorrado, con la intención de atrancar la entrada. Caminé con lentitud y un momento antes de hacerlo, un murmullo me instó a asomarme al pasillo: en todas las bancas había gente sentada, adultos, ancianos en su mayoría y uno que otro niño. Retrocedí para alejarme, y entonces sentí que me tocaban el hombro.

Era un médico que me decía: "Por favor, retírese".

Ahí me percaté de que el salón ya no tenía escritorio ni butacas, sino una cama en la que yacía una persona acostada, con una enfermera a su lado. "Vamos, déjenos trabajar", insistió el médico. Salí trastabillando y, preso de la confusión y el miedo, no quise saber más. Me encaminé hacia la salida a paso acelerado; no obstante, durante el trayecto, al intentar comprender qué sucedía, recordé que el lugar había sido un hospital.

Un niño se paró frente a mí obligándome a detenerme en seco. Tenía unos seis años y llevaba una pelota roja entre las manos. Me miró y dijo:

—¿Ya nos vamos a casa?

—¿...? —No pude responder. Quedé anonadado. Pasmado.

—Por favor, ya es muy tarde y me quiero ir a casa —insistió.

—Discúlpame, pero tú y yo no nos conocemos —y volví a caminar, apresurado.

Pero apenas había dado dos pasos cuando sentí un pelotazo en mi espalda. Volteé. El niño me dijo:

—¿Por qué te aferras? Acepta la situación.

—¿Qué situación?

—La nuestra.

¿La NUESTRA?... su frase retumbó en mi mente.

Aceleré el paso para largarme a casa y, en cuanto llegué a la puerta, sentí angustia al verla cerrada. Giré buscando al niño, pero ya no estaba. Ya no había instituto; era un cementerio. Comencé a sentirme muy ligero y en total paz, mientras una fuerza ajena a mí me llevaba a una lápida.

Ahí estaba mi nombre y el epitafio rezaba: el niño de la pelota roja.

Sobre el autor



Jonathan Muñoz Ovalle (Ciudad de México, 1980), quien firma como J. Moz en redes sociales, es cuentista y poeta. En sus relatos el lector encontrará suspenso y crudeza; en su poesía, crítica social, realismo áspero y erotismo.

Gran parte de sus letras se pueden leer en:



http://www.jonathanmoz.blogspot.com



http://www.facebook.com/claroscuropoesia





LA HISTORIA DEL ABUELO JILO

Alfonso Padilla



Caía una gran lluvia de verano sobre el poblado de Tejunco. La gente aprovechaba los aguaceros para encerrarse en sus cabañas con el fin de disfrutar de exquisitas cenas caseras y amenas pláticas familiares. Los señores, exhaustos de la jornada en el campo, descansaban plácidamente en cómodos sillones mientras sus chiquillos jugueteaban en los alrededores de la sala.

La mayoría de los habitantes se dedicaba a la agricultura y contaban con amplios sembradíos entre vecino y vecino. La calidad y extensión de las hectáreas, así como la habilidad de sus propietarios para trabajar y vender sus frutos, marcaban la prosperidad de sus dueños. En general todos los pueblerinos poseían un nivel de vida aceptable que, comparado con el resto de los campesinos del país, le daba un buen prestigio a la zona, acudiendo con ello decenas de compradores ansiosos de realizar la mejor adquisición. Cuando las lluvias de verano caían en demasía, solían perder sus cultivos y pasar temporadas complicadas, aunque antes se prevenían con unas reservas económicas que los apoyaban en esos días difíciles. Además de tener siempre su despensa llena, almacenaban víveres extras en esa temporada, mientras esperaban ansiosos la llegada del otoño para reivindicar el camino y prepararse para el crudo invierno.

Ignacio, era un pequeño de once años que vivía en las últimas cabañas del pueblo. Éstas se encontraban más solas y distanciadas entre sí. Su casa era un lugar lujoso y pertenecía a las familias mejor acomodadas de Tejunco. En su hogar contaban con armoniosos muebles rústicos acompañados de una preciosa chimenea en el centro de la sala, los sillones estaban acolchonados y sobre el suelo yacía un suave tapete para que descansaran los pies descalzos. Su cocina estaba provista con una amplia despensa. Sobre las paredes se podían ver decenas de cuadros con fotografías de toda la familia, desde los bisabuelos muertos hasta los tataranietos recién nacidos. El pequeño Ignacio se encontraba en uno de los sillones acompañado por su hermana Lila. Ella tenía seis años y disfrutaba junto con su hermano ver arder la leña y platicar con su familia en las noches. Ese día esperaban la visita del abuelo Jilo.

— ¿Ya no va a venir verda’? —preguntó por cuarta vez Lila a María, su madre, quien preparaba la cena en la cocina.

—El aguacero está canijo —le respondió por cuarta ocasión— y demorarán más de lo habitual.

—Pero ya quiero que lleguen para oír otra de las historias…

—Del abuelo Jilo —completó su hermano levantando los ojos.

—La camioneta de su padre es buena en carretera —comentó María—, pero con todo mojado hay que ir mas despacito.

De repente se escuchó el claxon de la camioneta del jefe de la casa. Los niños se levantaron y acudieron corriendo a recibir a los recién llegados. Su madre intentó persuadirlos de que se taparan primero, pero fue inútil, salieron como “alma que lleva el diablo”. Regresaron enseguida con su el señor Ernesto y el abuelo Jilo.

—Bueno, todos a secarse —les dijo María dándoles toallas a todos—. Serviré chocolate y pan en lo que se secan y acomodan en la sala.

María puso en la mesa de centro los chocolates espumosos recién batidos y una bandeja llena de pan de pueblo, mientras su esposo le echaba más leña a la chimenea para reavivar el fuego. Una vez que estuvieron todos listos en sus asientos, el abuelo empezó a narrar:

—Esta vez la historia es tan buena que ni Ignacio se va a dormir del meyo —le guiño un ojo ante la sonrisa del chiquillo—. Se trata de algo que me pasó con la muerte mesma.

— ¿Con la muerte? —preguntó intrigada Lila—. ¿A poco ya te moriste?

—No tuvieran tanta suerte, aun no se han librado de mí y mis historias —respondió alegremente el abuelo. Sacó una foto y se la pasó a su nuera para que la viera y la pasara a los demás. —Esta foto es de cuando era joven y apuesto. Tenía 18 años y un gran camino por delante. Mi padre acababa de morir y me había heredado toda su inmensa fortuna.

— ¿Y qué tanto era? —preguntó Ignacio.

—Tanto que ahorita ustedes no estarían cultivando frutos, serían los futuros dirigentes de mis cadenas de supermercados. Mi padre había sido un importante hacendado que tenía costales de oro y muchas tierras.

— ¿Y entonces porque no estas nadando en oro? —le preguntó su hijo Ernesto.

—Esta historia ni tú te la sabes, de hecho, solo tu madrecita que en paz descanse —dijo santiguándose tres veces—. Bueno pues siendo un joven con tanto dinero me deslumbré y pronto empecé no solo a despilfarrar la fortuna, también comencé a hacer todo lo que no debía: me iba de fiesta en fiesta, de borrachera en borrachera, y de mujer en mujer —agregó sonrojado—, debo de confesarlo.

— ¡Padre! —exclamó Ernesto.

—Bueno, ¿qué jovenzuelo deslumbrado no haría eso? —se encogió de hombros viendo a todos. Sorbió de su chocolate y remojó un pan de moño para mordisquearlo antes de continuar, después continuó. —Un día acudí a una de esas tantas fiestas de los pueblos lejanos. Aquel pueblo, recuerdo, se llamaba “Pueblo viejo”. Eran de esos pueblos olvidados, tenía muy pocos pueblerinos y en los alrededores se rumoraban leyendas sobre aquel lugar de fantasmas, aparecidos y nahuales.

— ¿Na… cual? —preguntó Lila—. ¿Qué es eso?

Nahual, no nacual —corrigió el abuelo—. Son brujos y hechiceros que en la noche se convierten en animales que salen a molestar a los humanos. Pero después les contaré historias de ellos, ahorita estamos con la muerte. Aquel pueblo estaba lleno de historias y parecía que ahí rondaban todo tipo de seres de noche. Casi no hacían fiestas en ese lugar y los jóvenes de otros pueblos no iban para allá, tenían miedo. Solo unos cuantos que éramos aventados y no nos importaba nada, lo hacíamos. Fue como fui a la fiesta de Pueblo Viejo.

—Oiga suegro, ¿y no jaló a sus amigos?

—Eran hijos de familia aun y no los dejaron ir, aunque hubieran querido. —sonrió un instante al recordar esa anécdota—. Me advirtieron que la muerte, la huesuda, frecuentaba esas fiestas para jalarse a los borrachos al más allá. Pero claro, yo me creía bien “pistolas”. ¿Qué me iba a dar miedo a mí con mi juventud y mi gran fortuna?

—Pues total que llegó el día, la fiesta fue muy buena porque había mucha gente liberal, comida y pulque a reventar. A todos los que estábamos ahí nos gustaba divertirnos al límite. Lo curioso fue que esa vez no me emborraché pues quería retar a la muerte. La estuve buscando en todo aquel pueblo y no encontré nada. Y resulta que estaba yo tan loco que me salí solo al campo a gritar: “Santa muerte a que no me llevas, santa muerte… a que no me llevas”. Y no pasó nada, ni vi nada raro.

—Puros cuentos —dijo María.

—El caso es que me olvidé del asunto para fijarme en las mujeres de la fiesta. Ese día había damitas tan guapas, pero en especial había una mujer bella que se las llevaba de calle a todas. Vestía un precioso vestido negro pegado, muy parecido a los clásicos vestidos regionales de aquella época. Incluso varios muchachos murmuraban que era de la capital por sus ropas tan exóticas.

—Entonces era un encanto de mujer —dijo su hijo Ernesto, quien recibió un codazo de María y todos rieron de buena gana.

—Muchísimo. Tenía el cabello negro, negro y largo, largo. Sus ojos eran igualmente requetenegros y poseía una sonrisa preciosa. Era muy blanca, casi pálida diría yo. El caso es que me le acerqué muy envalentonado y empecé a platicar con ella —sonrió—. Pues platicamos y platicamos ante la envidia de todos los demás. Y llego el momento en que se tuvo que ir. Por supuesto que me ofrecí a llevarla, aceptó, nos salimos de la fiesta y partimos a su hogar. Caminamos un chorro hasta que por fin nos topamos con una humilde choza. Y de repente que se me echa a correr hacia la cabaña. La verdad me sorprendí mucho, pero pensé que sus padres la habían visto o algo así, entonces me esperé un rato y no salió ni ella ni ningún padre celoso. Dispuesto a no perderme a esa jovencita que me había deslumbrado desde que el primer momento que la vi, fui a por ella, la puerta estaba abierta así que entré y ¿qué creen que encontré?

—Te estaba esperando su papá con tremendo machetote —respondió Ernesto provocando risas en todos. El abuelo rio y aprovechó para tomar otro pan de la canasta, esta vez una concha de chocolate, gustoso la remojó en el chocolate y tras morderla, prosiguió:

—No, no había nadie en la bendita choza, ni rastro de la preciosura, de hecho, estaba tan vacía que no tenía ni muebles. Compungido me di la vuelta pa’ retirarme, pero para mi sorpresa la muchacha estaba en la puerta totalmente desnuda.

—Y de seguro mi apa’ dijo: “A lo que te truje chencha”.

— Pus claro que me fascinó verla sin ropa. Me quedé sin habla, ella me sonrió y me dijo: << ¿Qué me darías por estar conmigo?>> Sin dudarlo y la verdad sin poder dejar de ver su preciosidad le contesté: << ¿Qué que daría por estar contigo? Si eres una diosa. Lo que me pidas, te puedo dar mucho oro, joyas, tierras>>. Entonces que rápido me contesta: <<Quiero entonces tu vida, Jilo>>.

— ¿Estaba loca la chica, verda’? —preguntó Ignacio.

—Ni me importó ni lo pensé en ese momento, yo solo acepté. El caso es que estuvimos toda la noche juntos. Por allí de las tres de la mañana me desperté por el canto de un búho, busqué a mi amada y no estaba. —Iba a sorber de su chocolate, mas vio la desesperación de sus oyentes por su historia así que continuó —. Rápido que me levanto a buscarla, pero en la choza no estaba. Al salir la vi, afuerita de espaldas, ya se había vestido y sin que me diese tiempo de pronunciar algo me dijo: <<Te estaba esperando Jilo, ahora te toca cumplir tu parte>>. Azorado por el sueño le pregunté que de qué hablaba, sin voltear a verme respondió: << De tu vida que me prometiste>>. Rápido que le preguntó que si había comido hongos alucinógenos o algo por el estilo. Pues que se enoja y que me da la cara. ¡Dios santo, era una calaca con quien yo hablaba!

— ¿Era la muerte? —preguntó Lila.

—La mismita huesuda. Me dijo: << ¿Qué no ves que soy la muerte, Jilo? Ahora cumple tu palabra y dame tu vida>>.

— ¿Y qué hizo, abue? —dijo Ignacio.

—Que me echo a correr, pero les juro que fue inútil, por más que le metía pata se me aparecía en todos lados, ni siquiera caminaba, ¡iba flotando! Después de un rato me cansé y vi que no tenía escapatoria, entonces me rendí y cuando llegó a cobrarse le pregunté: << ¿Existe algo por lo que pueda cambiarte mi vida?>>. La muerte pensó por unos instantes y viéndome con esos ojos huecos donde antes estaban los ojazos de la muchacha, me dijo: <<Tu vida porque repartas toda tu fortuna entre los necesitados y, a partir de hoy, reivindiques tu vida y seas un hombre de bien>>.

—Y así perdió su fortuna —comentó María.

—Así mero, no tenia de otra. Antes de irse me advirtió que estaba en deuda con la muerte y que debía de ser un hombre de bien por siempre, hasta el último de mis días.

Todos se quedaron callados por varios minutos mientras terminaban su cena. Por fin el abuelo rompió el silencio para concluir su anécdota:

—En cuanto me deshice de todo mi dinero, jamás volví a ver una belleza tan grande como la de la santa muerte que me sedujo ese día con sus encantos…

Sobre el autor:



Alfonso Padilla, creador de la serie de cuentos llamada “Fragmentos de terror” con más de 20,000 visitas mensuales. Es fundador y director de la Revista digital Letras y Demonios (con presencia en más de 10 países de habla hispana) y la revista digital Letras entre sábanas del género erótico. Sus cuentos han sido publicados en diferentes revistas digitales y antologías.



Puedes leer más de su obra en:



https://www.facebook.com/fragmentosdeterror/



https://www.facebook.com/alfonsopadillaescritor/



http://revistaletrasydemonios.blogspot.com/









LA LUNA SONRISONA

David Sarabia



Mariola abrió los ojos y fue recibida por el baño de luz de la luna menguante. Tirada, de espalda sobre la fría arena del desierto, movió sus brazos deslizándolos suavemente como si estuviera en ese momento en la comodidad de su cama, y protegida por la intimidad de su habitación. Al darse cuenta de su situación, entró en pánico.

Era como estar despierta dentro de un sueño, el cual estaba sumergido dentro de otro sueño. Su corazón latió con violencia. Su mente buscaba una respuesta lógica en base a un recuerdo inmediato. Trataba de evocar con desesperación en su memoria, con la esperanza de que su cerebro arrojase sobre ella una pantalla mental; que brindara claridad al asunto.

¿Por qué estaba allí?

Levantó su torso apoyándose con sus antebrazos hasta quedar sentada. Llevaba puesta una bata blanca, y sentía que su larga cabellera estaba hecha un desastre, igual que su cabeza, la cual internamente daba vueltas, como si hubiera recibido un golpe contundente con un mazo, dejándola desconectada de la realidad, para después aparecer allí en ese lugar inverosímil. Ahora, totalmente despierta, observó su entorno. Sus ojos apenas apreciaban los contornos de los chamizos que la rodeaban y que eran iluminados por la débil luz lunar. Eran arbustos medianos con ramas quebradizas y amenazantes, parecían seres que en cualquier momento despertarían para avanzar en pos de ella.

Asustada, se ladeó para apoyar su rodilla, después colocó amabas manos sobre la fría arena. Se incorporó con dificultad. Estaba descalza. El frio sacudió a su cuerpo como electricidad. Al estar de pie, miró al cielo y encaró a la luna, cual parecía sostenerle la mirada burlándose de ella desde el negro cielo.

Una ráfaga de aire llegó desde algún rincón del inmenso desierto, trajo consigo miles de diminutos granos que arañaron el rostro de Mariola, quien inútilmente se protegió de tal embestida de la naturaleza. Y así como vino, la ráfaga se fue, perdiéndose en la oscuridad infinita.

Aterrada, y con el corazón casi estallando, se giró a su derecha, y pudo ver en la lejanía los trazos que dibujaban unas montañas negras: era la sierra del pinacate. Después a su izquierda, adelante a varios kilómetros, se apreciaban unos puntos de luz que se deslizaban en línea recta; eran los autos que transitaban por la carretera federal. Por último, dio otro giró a su izquierda, y para su sorpresa, una constelación de lucecitas formaban una gruesa franja parecida a una vía láctea artificial.

Era la ciudad.

Con un miedo indescriptible, concluyó su situación: Había despertado en el desierto y lo primero que vio fue a la luna que le sonreía con su larga y delgada franja plateada terminada en punta en ambos lados. Detrás de esa enigmática sonrisa, se ocultaba un rostro sin ojos mediante un disco negro. Aunque desprovisto de ellos, la observaba.

<< LUNATICA…>>

Esa palabra apareció como chispa repentina dentro de su cabeza; junto con la imagen de un hombre de cráneo calvo, mechones a los lados, con ojos saltones llenos de lascivia y locura. El recuerdo de ese hombre fue mucho más aterrador que estar de pie en medio de la oscuridad y frio del desierto.

<< ¡ERES UNA MALITA LUNATICA, PERRA DESGRACIADA!>>

Los gritos de macho desquiciado retumbaron dentro de sus oídos como ondas lejanas que habían caído tal certero cañonazo activando miedos y terrores de un pasado reciente.

El frio aumentaba o eso parecía. Se abrazó a sí misma para protegerse del elemento natural y de la visión de aquel hombre que la amenazaba desde algún punto lejano. Alzó su rostro por segunda vez, miró de frente de nuevo a la luna, la cual le seguía sonriendo. En el acto, una especie complicidad cósmica fue trasmitida de una a la otra.

Mariola le regresó una sonrisa de niña.

Algo, la relajó, e hizo que su pánico se disipara lento, evaporándose por sus poros, ascendiendo hacia la atmosfera para ser filtrado y limpiado por la luna. Después, una enorme tranquilidad la envolvía metiéndola en una burbuja protectora. Tuvo la certeza, de que nada malo le fuera a suceder en medio de esa penumbra, y que la débil luz proveniente de la sonrisa lunar la guiaría sin contratiempo por un desierto poblado por serpientes que reptaban en medio de la noche. La luna era su amiga, quien la protegería de todo mal.

Bajó sus brazos y miró en dirección a la gruesa franja de luces que marcaban el límite de un desierto conquistado. Comenzó a caminar en tal dirección en línea recta dando pasos lentos, firmes, en ocasiones temblorosos por la irregularidad de la arena, que en algunas partes era blanda y en otras compacta. A cada paso, los millares de granos crujían bajo sus pies como si estuviera caminando sobre la superficie de otro mundo.

En la lejanía, escuchó el lúgubre aullido de un coyote. También el insólito aleteo de algún ave nocturna. Después, un soplo de aire a sus espaldas. Le daba la impresión de que su amiga la empujaba para que acelerara el paso y llegara a su destino. A su casa.

Mariola tuvo una sensación extraña, casi extracorpórea. Tocó su pecho con la palma de su mano y se asombró al no sentir el pulso con su tacto. Esa ambigüedad, donde minutos antes estuvo aterrada, con el corazón casi reventando. Y ahora, caminaba sin prisa con sus pies que parecían flotar sobre la alfombra del alivio. No encontraba alguna explicación. Sentía en su mente a su corazón latir, pero con el tacto no. Quizá era una locura. Su cabeza ya estaba desvariando desde el momento de recibir el mensaje sin voz de su amiga, quien la guiaba desde las alturas con su enigmática sonrisa.

Luna bella, luna misteriosa canturreo mientras caminaba ando bajo el hechizo de tu sonrisa, cuídame y guíame por este valle de sombras, y se carcajeo al recordar que estaba utilizando un sagrado Salmo, y prosiguió eufórica: Luna bella, tú quien me has despertado para meterme en este extraño sueño. Siento tu energía correr por mis frías venas, provocando el latir de un corazón que no siento. Voy para mi casa, con este andar raro, siento que me mueves, soy tu marioneta que se deja llevar.

Y la voz violenta se dejó oír por todos los rincones del desierto.

<<¡MALDITA LUNATICA, PERRA DESGRACIADA!>>

Una espeluznante visión apareció cargada de imágenes que la regresaban a un recuerdo aterrador: el calvo con un rictus de rabia sostenía un cinturón en alto, este caía sobre ella, quien desnuda en un rincón, se mantenía en posición fetal mientras el cuero tronaba abriendo su piel con cada azote.

<< ¡LUNATICA Y PUTA!>>

Un puño cerrado se estrelló en su boca. Dolor intenso, encía partida y dientes flojos: sabor a sangre, humillación inmensa, odio sublime. Impotencia recluida dentro de los barrotes de su propia alma.

<<Y APARTE DE PUTA, ESTUPIDA.>>

De nuevo, desnuda y en posición fetal en el rincón. El hombre violento le asestaba dos potentes puntapiés; el primero le rompió una costilla y el segundo le sacó el aire del estómago. Revolcada en dolor, tuvo un sentimiento malevolente: Deseaba su muerte.

<< ¡DI MI NOMBRE!>>

Wilder

<<NO TE ESCUCHOOOO…>>

Wiiiiildeeeer

<< ¡CON MAS OVARIOS ESTUPIDA!>>

Aunque hubiera intentado reunir las mermas de fuerza que le quedaban, no pudo gritar el nombre de su verdugo, quien lo exigía a voz alta. Una tercera patada en las piernas y una cuarta en la cara, la desconectaron de su nefasta existencia real.

Apresuró el paso hacia las luces que cada vez aumentaban de tamaño. Mientras avanzaba, sintió en ocasiones el rasguño de algún chamizo, y también, las patitas de un alacrán que reptó por su pie. El insecto caminó hasta el tobillo para después dar un salto de regreso a la arena. Ni los arañazos de la flora y las patitas de la fauna la distraían. Ella movía sus brazos hacia los costados y hacia enfrente como si fuera una momia de una película vieja. No tenía sentido su actuar, pero se lo atribuía a su dulce amiga quien la movía a distancia con su mágico poder.

El grosor de la constelación de luciérnagas aumentaba. Ya podía divisar los postes del alumbrado público; los cables, los transformadores, también las viviendas de los trabajadores: pequeñas, de una sola planta, una tras otra, sin barda que las dividiera, sin privacidad, expuestas a los vecinos de los lados y también al desierto.

Se tambaleo y movió sus brazos como muñeco con articulaciones rígidas cuando dejó atrás el Chamizal. Comenzó a caminar por un terreno compacto, sobre una arena que parecía piso. Enfocó su atención a una casa, la única que tenía la ventana de la cocina con la luz encendida. El resto de las casas mostraban total oscuridad. Sus habitantes dormían plácidamente para despertar al día siguiente en la monótona rutina de sus vidas, aunada a una jornada laboral en alguna fábrica mal pagada.

El hombre violento emergió como holograma dentro de su mente con la mirada enloquecida y empuñando un cuchillo en alto.

<<¡AHORA SI MALDITA, TE VOY A MATAR!.... ¡MUERE!>>

Y el cuchillo descendió con violencia asesina.

Mariola cruzó sus brazos por enfrente de su rostro intentando evitar el ataque mortal. Y en ese instante, la luna le bisbiseo desde el cielo desapareciendo a su agresor quien sólo intentaba dañarla por medio de un recuerdo.

Unos ojos amarillos la miraban desde el techo de la casa de al lado. Mariola se encontró con esos ojos, en el acto, el gato mostró sus colmillos y la punta de su lengua en medio de un chillido, a la vez que se erizaban los pelos de su lomo. El animal se dio la vuelta y huyó brincando al otro techo, donde corrió y se perdió en la oscuridad de algún patio.

Mariola miró la casa. Un paso, después otro; cinco metros, tres metros, uno. Agarró el picaporte. Con la luz de la cocina que salía por la ventana pudo ver la piel de su mano y antebrazo. Tenía un color extraño, se notaba áspera e hinchada; quizá algún alacrán la había picado cuando estuvo inconsciente y el veneno estaba surtiendo efecto.

Giró el picaporte, la puerta se abrió sin emitir chirrido alguno.

Al quedar la puerta pegada en la pared, entró. Dio un par de pasos arrastrados pero sigilosos. No quería delatarse y prevenir a Wilder de su presencia. La cocina estaba hecha un chiquero e iluminada por un foco de sesenta watts. El área donde se encontraba la sala-comedor estaba oscura. A su derecha comenzaba un pasillo corto que conectaba a la única habitación de aquella pocilga de casa.

Iba a dar un paso hacia el pasillo, pero por su rabillo del ojo miró un destello plateado. Se giró hacia la cocina y allí, a un costado de la encimera, estaba un hacha con la hoja sobre el piso con el mango recargado en el panel de madera. ¿Qué hacía allí? En realidad, le daba igual si llegara a saber o no la respuesta.

Dio un par de pasos. Se detuvo y tomó el hacha con ambas manos sujetándola por el mango. Giró la hoja hacia arriba. El hacha le habló en un idioma mudo comunicándole que era su amiga; que estaba allí para cobrar los golpes y humillaciones. Después, la alzó a la altura de su rostro para contemplar con fascinación el curvo filo. También vio como la luz del foco se reflejaba en el acero donde un destello brillaba por la orilla de la hoja, marcando una sonrisa de punta a punta: era la luna sonrisona.

Dentro de ella, una mujer feliz comenzaba a bailar. Alzó los brazos moviendo las caderas frenéticamente. Estaba poseída por un éxtasis de euforia y placer. La luna, el hacha y ella eran un grupo de amigas, que unidas entre sí, derrotarían al monstruo que vivía en esa casa de mala muerte: ¡vivan las mujeres, que mueran los hombres!... Mariola sintió una especie de cosquilleo similar al que sentía en el momento de tener sexo con alguien que le gustaba. Tal como si en ese momento estuviera en los brazos de un hombre atractivo, y no con el cerdo de Wilder.

Avanzó por el pasillo como espectro.

La puerta de la recámara estaba entreabierta y dejaba escapar por su abertura una luz de interior de cine.

Sin hacer ruido, empujó la puerta con la cabeza del hacha y esta se abrió desplazándose con parsimonia. Allí se encontraba el hombre violento, sentado en un sillón dando la espalda a la puerta. Ajeno al asecho miraba embelesado a la pantalla de 42 pulgadas, la cual le mostraba el enorme y redondo trasero blanco de una mujer, donde su ano y vagina eran penetrados salvajemente por dos sementales negros. El volumen era discreto y los gemidos de la actriz porno apenas se escuchaban. A un costado estaba la cama desordenada y la ventana cerrada.

Wilder salió de su trance cuando una franja de luz que provenía de la cocina se anchó mostrando una sombra humana que se proyectaba por encima del monitor, con los brazos en alto sosteniendo…

Giró su rostro hacia atrás. Lo que vio lo dejó paralizado; ante sus ojos un espectro de rostro oscuro con una luna menguante que brillaba como sonrisa, tenía el cabello y el cuerpo de Mariola enfundado en la bata blanca. Miró también como un arco descendente caía sobre su entre pierna partiendo su pene y testículos en dos. Cuando el dolor indescriptible e inhumano se apodero de su entrepierna, se dio cuenta que había llegado la hora de su inminente e inexorable fin.

Wilder gritó y chilló. Se levantó por instinto de supervivencia impulsándose hacia la pantalla, la cual se derrumbaba junto con él. En el suelo, con sus manos apretando el tajo, intentando inútilmente apaciguar el dolor y detener la fuga de sangre con semen. Quiso pensar que era una pesadilla. Que cuando estuvo a punto de masturbarse, se había quedado dormido: Es imposible, pensó, está muerta, yo la maté, la tire en el desierto. Le decía su mente enloquecida por su cercanía a la muerte.

El filo de la hoja atacó de nuevo rebanando su hombro, dejando escapar un chorro de sangre a presión que salpicó el rostro de una Mariola enloquecida que se relamía los labios. El brazo cayó inerte a su lado como un pedazo de él ya sin vida. Wilder dejó de tratar de entender una lógica surrealista, y chilló con más fuerza.

Miró impotente y con horror como la mujer con cara de luna alzaba el hacha y la dejaba caer por tercera vez sobre su cuerpo, partiendo en dos su tórax.

¡Soy Lunática! ¡Soy Lunática! — gritaba desquiciada, alzando y descargando la hoja por cada Lunática que pronunciaba. Cuando los miembros cercenados de Wilder dejaron de temblar, Mariola arrojó el hacha sobre la cama. Danzó alrededor del cuerpo mutilado festejando su venganza. Después, embarró sus manos con los girones de carne y vísceras que estaban desparramados por toda la habitación. Comió un poco y se carcajeo.

Los vecinos despertaron sobresaltados al escuchar los gritos, golpes y carcajadas. Las luces de las ventanas se encendieron y algunos se asomaron para ver qué sucedía. En el acto, la risotada de bruja enloquecida se detuvo. Era normal que Wilder y Mariola pelearan. Pero ahora, era diferente. Los alaridos desgarradores eran de él.

De súbito el silencio fue total, volvieron a dormir.

Al salir el sol, ya para irse a trabajar, un raro olor a rancio comenzó a emanar por la puerta de la cocina la cual estaba abierta invitándolos a entrar. Una amiga de Mariola se envalentó y entró a buscarla, debido a qué hacía tres días que no tenía razón de ella. Y lo que encontró la dejó marcada de por vida.

Cuando llegaron los ministeriales con los peritos y los del servicio forense, acordonaron la casa, tomaron fotos en su interior, metieron los cuerpos en bolsas. Algún imprudente las subió a la red y estas circularon viralizándose en el acto.

Un hacha con sangre seca. Un cuerpo descuartizado al parecer de un hombre, y el cadáver de una mujer hinchada por los gases de la putrefacción quien mostraba en su rostro mortuorio una sonrisa feliz.

Un mes después. A la misma hora de la madrugada. En el oscuro cielo, la sonrisa de la luna menguante brillaba con una intensidad maligna.

Paula Cristina abrió sus ojos y se levantó torpemente entre los escombros de una casa en ruinas. Laura Patricia emergió de un montículo de basura en el vertedero municipal. La mano descarnada de Antonia Manuela se asomaba por la superficie de las aguas del canal en cementado, intentando asirse de cualquier cosa para salir. Liliana, de diecisiete años, totalmente desnuda, se levantaba de la plancha de la morgue.

Todas despertaron bajo el hechizo de la luna sonrisona. Y comenzaron a andar en pos de sus verdugos, y también, del descanso eterno.

Sobre el autor:



David Sarabia compagina su labor de escritor junto con la de gerente administrativo en una importante constructora. Además, es docente universitario y miembro de la Asociación de Escritores y Promotores Culturales de San Luis A.C. Sus relatos han sido publicados en las revistas digitales Letras y Demonios (México), The Wax (Argentina), y en la antología física “Algo Llamado Horror” de Escritores de Baja California. Actualmente radica en San Luis Río Colorado, Sonora.



Síguelo en Facebook:



https://www.facebook.com/david.sarabia.7902564



Herencia

Dora García Araico



Los hombres lobo no existen. Y, sin embargo, la gente sigue creando cuentos al respecto, pues nos causa fascinación la historia que nos relatan. Hombres que, estando malditos por alguna u otra razón, pierden su humanidad y capacidad de razonamiento en luna llena, transformándose y atacando a todo lo que esté en su camino durante la noche; solo los puedes matar con una bala de plata o arrancándoles la cabeza, por lo que la gente corre peligro de muerte a su alrededor. ¿Quién inventó esta información? Quisiera saberlo, pero dicen que la primera crónica escrita de hombres lobo data en un poema del siglo XI. ¿Qué historia era? Un poema de amor llamado Guillaume de Palerme o en español, Guillermo de Palermo.

Siempre fui una niña curiosa. Y no me refiero al comportamiento, sino más bien a la apariencia; yo lucía curiosa a la vista de otros niños. Mi cabello, tan oscuro y negro (que a la vista del sol parecía gris por el brillo) hacía que grandes y pequeños fuera lo primero que mirasen. Después seguían la tez rosada, los ojos redondos de color café oscuro, y la nariz larga y ancha; motivo por el cual me dieron el apodo de “Lechuza”.

La mayoría de mis descansos escolares los pasé en la granja de mi abuela. Tenía un sembradío de manzanos por el cual podía correr libremente y perderme durante horas. Además de tres vacas, seis borregos, cuatro perros, un gato (y se podría decir que también patos, aunque esos eran silvestres) créanme cuando les digo que, aunque era la única nieta de la familia no me faltaba qué hacer o con quién jugar. Que mejor lugar para “una lechuza”, ¿no creen?

A mi padre no le encantaba la idea de que yo estuviese cerca de mi abuela; una señora que, aunque era fuerte y dueña de excelente salud física, no podía entender el nuevo mundo y la revolución tecnológica que se avecinaba. Ni ella ni los pocos habitantes del pueblo donde vivía, que seguían creyendo en curaciones alternativas para males comunes. Supongo que tenía miedo de que llenara mi cabeza de ideas contrarias a las que él tenía. Pero, pese a las diferencias que mi padre tuviese con mi abuela, él reconocía que las vacaciones en el campo me ayudaban a sacar toda mi energía y ellos podían estar tranquilos por días enteros.

Lo único que se me pedía mientras estuviese en la granja, era no salir más allá de las parcelas, porque el terreno de mi abuela se extendía por kilómetros siendo la mayoría de éste un bosque, por lo que lo más seguro era quedarse en el espacio cerca de la casa donde rara vez se avistaba un visitante que no fuese humano. Mi abuela y mi madre eran unas “aguerridas protectoras hippies de la naturaleza”, mientras que mi padre sólo quería que su única hija no terminara perdida.

Mi abuela era flexible con las reglas de mi padre y me dejaba salir a deambular por las orillas del bosque siempre bajo su supervisión, enseñándome el nombre y cualidades de cada arbusto, flor, insecto, u otro animal. Mi madre, aunque pensaba que mi padre exageraba al respecto, también deseaba que yo siguiera las reglas por lo menos hasta que tuviera mayor edad y aprendiese los peligros y como cuidarme.

Pueden imaginarse lo que un niño haría en un lugar así. Pocos límites para una gran creatividad e imaginación.

***

No recuerdo muy bien cómo sucedieron las cosas. Uno de los vecinos de mi abuela, un señor avanzado en edad, pero más joven que ella (a los ocho años todos son personas grandes, aunque unos mucho más grandes que otros) fue a la granja y estuvo ayudándole a trasquilar a las ovejas, creo que también le estaba ayudando a cortar un poco de leña para la cocina.

–Llevamos dos años y medio sin caza y la gente está empezando a preguntarse porque la insistencia de no hacerlo.

–Nadie los detiene para ir a cazar a otro lado.

–Elva, sabes tan bien como yo que tu tierra es de los pocos espacios en los que se pueden encontrar faisanes, zorzales o ratas de bosque.

–Entonces que esperen. Si les digo que aún no es tiempo, es porque aún no lo es. Estoy cuidando nuestro futuro, nuestro ecosistema. Solo hay que tomar lo necesario y dejar que la vida perdure.

–Pides paciencia, algo difícil para nosotros.

– ¡Hola Lechuza! ¿Por qué no saludas?

Se giraron al verme en el dintel. Era notorio que mi abuela llevaba tiempo sabiendo que yo estaba escuchándolos, pero había decidido ignorarme hasta que yo terminara de aprender la lección o hasta que ella lo considerara conveniente.

–Buenas tardes, señor Cruz.

–Buenas tardes Lechuza. ¿Estás lista para la noche?

–Sí. Naná dice que puedo tomar chocolate con pan mientras vemos el cielo.

–Será todo un espectáculo. Lástima que mi vieja cámara de fotografías no funcione para que tomes fotos.

Me quede quieta y en silencio, observando a los dos adultos que estaban terminando de arreglar los leños en el viejo horno de mi abuela. El señor Cruz volteó de reojo mientras acomodaba los troncos, se quedó estático mirándome directamente y yo simplemente me le quedé viendo de regreso.

Brianne, ya te he dicho que no debes de mirar así a las personas.

–Lo siento, naná.

Mi mirada penetrante. Dicen que las mujeres en esta familia la tenemos, pero que la mía es sorprendentemente más fuerte. No lo sé. Tal vez tú me lo puedas decir…

Después de lo que me dijo mi abuela, salí a jugar con los perros que se asomaban desde el patio. La noche era agradable y recuerdo estar atenta al cielo esperando a ver las primeras estrellas cayendo. Mi madre me decía cómo se llamaban científicamente, pero yo siempre confundía los nombres, después de todo eran simples estrellas fugaces para una niña. Siempre fue me fue más fácil recordar el nombre con el que los hombres del pueblo las conocían y en esa ocasión eran: Las lágrimas de San Lorenzo.

Empezaron a mostrarse en el infinito y estaba extasiada y contemplándolas cuando sonó el teléfono de la abuela. Me quedé ahí echada con los audífonos que me había dado mi madre y el walkman escuchando música de U2.

Cayeron cientos de ellas antes de que pudiera escucharlo. Pensé que era mi abuela, hasta que sentí sus guantes sobre mi nariz y mi boca. Salados. Recuerdo la confusión. No entendí qué pasaba hasta mucho después. Carnaza. Movió su mano a mi rostro y me jaló por la cintura hacia el bosque.

–¡Naná!

Sentí su mano mucho más apretada a mi cara. Era difícil respirar, ver. Estoy segura de que algo nos empujó porque yo salí rodando por la tierra y algo me golpeó la cabeza.

–¡Aaaaah!

No podía ver claramente con la oscuridad, mi cabello en la cara, la tierra, el mareo. Solo recuerdo escuchar al hombre en dolor, y ver como algo lo arrastraba por las sombras del bosque.

Me cargaron, y me abrazaron. Recuerdo el calor del cuerpo que me sujetaba y el olor del líquido en mi cara. Era sangre.

Lo siguiente que recuerdo es a mamá y papá en la cama de un hospital a ochenta kilómetros del pueblo. Ese fue el último verano que pasé con mi abuela en la granja.



Terminé de crecer en la ciudad con mis padres, o algo así. Las cosas nunca volvieron a ser igual. Mi padre estaba enojado todo el tiempo, especialmente con la abuela. Si se me ocurría decir o preguntar algo de la granja o de ella, su mirada atravesaba la mía y se acababan mis permisos para ver la tele, jugar Nintendo o siquiera salir en bicicleta. Aprendí que había preguntas que no debía hacer.

Después de cuatro años pude ver nuevamente a mi abuela; en un ataúd. El señor Cruz me dijo que estaba seguro de que había muerto de tristeza.

Nunca le digas eso a un niño. A la fecha todavía me siento culpable, aun y cuando insisten en que no soy responsable de lo que pasó y que no podía haber hecho nada al respecto. Supongo que no lo hizo pensando en que me sentiría así.

Mi madre heredó la granja de la abuela y debido a que decidió quedarse con ella, los problemas en casa se hicieron más fuertes. El divorcio duró poco, relativamente hablando y nosotras nos mudamos a la casa de mi abuela.

Lechuza, tengo que hablar contigo.


Continue reading this ebook at Smashwords.
Download this book for your ebook reader.
(Pages 1-38 show above.)