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Excerpt for Quinto Evangelio by , available in its entirety at Smashwords

Cronología

  1. LA FIESTA – VIERNES 13 DICIEMBRE – Páginas 2 a 22

  1. - ENCUENTRO CON DANTE – SABADO 14 DIC. – Páginas 23 a 42

  1. - TEMPLANZA – DOMINGO 15 DICIEMBRE – Páginas 43 a 61

  1. - FORTALEZA – LUNES 16 Y MARTES 17 DE DICIEMBRE – Páginas

62 - 82

  1. - JUSTICIA - MIERCOLES 18 DICIEMBRE- Páginas 83 - 99

  1. - PRUDENCIA - JUEVES 19 Y VIERNES 20 DICIEMBRE – Páginas 100 –

120

  1. - FE, ESPERANZA, AMOR DE CARIDAD - VIERNES 20 DIC. – Pág.

121 - 151














CAPITULO 1:

LA FIESTA

Pablo miraba el periódico que había en la mesa de la cocina. Era viernes y estaba con la expectativa de aquello que podía ofrecerle un cálido fin de semana de primavera. Observaba con detenimiento los distintos titulares buscando alguna pista sobre lo que podía pasar en aquellas agitadas semanas. Mientras tanto se servía un poco de café americano con leche. Había terminado de leer el periódico. Decidió mirar la televisión un minuto y sintió hambre, revisó la heladera y viendo el pedazo de pizza de la noche anterior, tomó una porción y la comió. Siempre pensó que la pizza tenía mejor sabor al día siguiente.

El café se estaba acabando, lo preparaba tía Graciela porque era la primera en levantarse. Fué inútil seguir tomando más café con leche y ver televisión. Miró el reloj, ya era la hora. Antes de irse pensó que sería mejor revisar su agenda para verificar las citas previstas. Lo esperaba una reunión importante a media tarde y revisó su billetera para confirmar de cuánto dinero disponía. No tenía mucho, unos pocos pesos y algunas monedas. Al llegar tía Graciela a la cocina le preguntó.

-¿Tenés algo de plata para salir del paso?

Graciela llevaba una cartera enorme repleta de cosas, tanto era así que sólo ella podía encontrar algo en todo ese caos. El desorden de su cartera se asemejaba a los desórdenes que finalmente sobrevendrían en el país. El cuadro dantesco la obligó a improvisar. Tres presidentes se sucederían entre sí en pocas semanas.

Se tomó unos minutos buscando la plata.

-Tengo un billete de 100 patacones y 10 lecops - le contestó.

-¿100 patacones?, ¿lecops? , ¿Y eso?

Graciela le mostró.

-¿Pero con esto hago algo?

-Mirá, no sé, pero es lo único que tengo. Ayer me pagó un cliente con esos papeles. Pablo dudó, le parecía una cargada, como si fueran billetes del estanciero o del monopoly, pero después de unos segundos se dijo: “esto es mejor que nada”.

Y Graciela le acotó:

-Acordate de que está circulando cada vez menos efectivo en la calle, ahora tenés esto o la tarjeta de débito. Acostumbrate.

-¿Qué vas a hacer hoy? – le preguntó a Graciela.

-No sé, quizás me quede acá. ¿Sabés que hace unos días quisieron saquear el almacén chino que está cerca de Panamericana?

Pablo la miró con asombro.

-No te puedo creer.

Pablo era una persona de acción pese a los problemas, él sintió que no se podía quedar deprimido. El país y su vida parecían un enorme desorden.

Tomó sus cosas, las carpetas con los nuevos diseños de prendas para la siguiente temporada hechos por Giselle su prima y, en especial, el frente desmontable de su estéreo. Salió de la puerta de su casa ubicada en un elegante barrio de Olivos, que algunos, para darle mas corte, llamaban el barrio Golf y, como todas las mañanas, se despidió primero de sus hermosos y ágiles perros Weimaraner, que siempre cuidaban la entrada de la casa, y luego del garitero de la esquina, tras lo cual decidió dirigirse hacia su trabajo en la

capital.

Se había recibido hacía pocos meses de contador público y manejaba, con sus familiares más próximos, un pequeño emprendimiento textil.

Preocupado verificaba, obsesivamente, no olvidarse de nada, en especial el teléfono celular que lo perdía con bastante frecuencia. No terminaba de aprender a manejar uno que ya tenía que comprar otro, le decía a menudo su tía Graciela.

El sol tibio se filtraba por los plátanos mientras una brisa suave, que movía las hojas, provocaba un armonioso juego de sombras sobre su coche estacionado en la calle. La melodía de los pájaros preanunciaba un hermoso

día.

Se subió al Fiat Uno de color blanco, colocó un CD de música para distraerse, arrancó y, bajando las ventanillas, se dispuso a disfrutar lo que le daba esa mañana. Se dirigió hacia la Panamericana, apagó el CD y sintonizó música AM. Al poco rato empezó a escuchar los comentarios políticos del día. La tensión social crecía cada segundo durante la transmisión del programa, agresividad, odio y desconcierto parecían ser el eje temático de los periodistas y los interlocutores. Las noticias cabalgaban sobre los relatos de los periodistas como jinetes del Apocalipsis.

Era mediados de Diciembre de 2001 y, días antes, el ministro de economía Cavallo, había anunciado el corralito de los ahorros. Mientras conducía por el barrio de Belgrano observaba cómo la gente hacía interminables colas en los

Bancos esperando sacar sus magros ahorros o, en todo caso, obtener una tarjeta de débito para poder ir extrayendo, semanalmente, el dinero depositado. Pablo se angustió, decidió no escuchar más y apagó el equipo.

Miró el tablero del coche, observó que casi no tenía combustible por lo que decidió cargar nafta. Paró el vehículo y le preguntó a uno de los empleados de la gasolinera si aceptaba patacones.

Le señalo un cartel grande y muy visible y le contestó que sí, pero que tenía que pagar justo, y con un billete de 100 patacones no podía cargar…, le preguntó después si aceptaba lecops y le dijo que eso no, ni tampoco los bonos federales de Entre Ríos, ya un cliente había generado una discusión que casi termina a los golpes. Entonces juntó las monedas y billetes que tenía con los que apenas pudo cargar unos pocos litros de combustible.

El empleado lo miró mientras le aclaraba:

-No te preocupes pibe, no sos el único que tiene guita y que no dispone ni de un peso para vivir.

Pablo recibió una llamada de Gino, uno de sus amigos de la facultad que se había recibido hacía pocos días. Escuchó que lo invitaba a una reunión esa misma noche, en su departamento del distinguido barrio de Belgrano. El departamento se encontraba cerca del Paseo del Ángel, un conocido lugar de encuentro para ellos. El ágape era con motivo de su flamante título

-Tengo una fiesta, tía – se excusó él.! universitario. Se despidieron por teléfono y Pablo siguió viaje.

Esa noche volvió del trabajo como de costumbre y se encontró con Graciela y Giselle que estaban cenando. Ellas lo convidaron.

-¿Volvés temprano?

-No sé, ni idea, cualquier cosa te llamo.

-Tené cuidado - añadió Giselle.

Giselle era una joven que prometía. Era diseñadora de indumentaria, de baja estatura, simpática y de una personalidad muy despierta, además de coqueta. Le gustaban los piercing, en especial, uno que tenía al costado de la nariz y los llamativos peinados que se hacía con su pelo castaño, crespo y ondulado. Trabajaba con Pablo en la empresa y era muy compañera de él.

Pablo se preparó para ir a la reunión, se despidió de ellas y se subió al vehículo. En barrancas de Belgrano paró frente a la barrera donde un chico se acercó para limpiarle el parabrisas y de paso rogarle alguna moneda. Tanteó los bolsillos y sólo tenía un patacón y se lo dió. Entonces el pibe le gritó a otro:

- Mirá….tengo un patacón…y siguió su viaje.

Al llegar estacionó el vehículo en la vereda de enfrente del departamento, movió frenéticamente las manos sobre sus bolsillos verificando no olvidarse de nada, pensó en aquel momento lo que Giselle le solía decir: “estás obsesivo”. Pero después reflexionó y le adjudicó ese problema a que tenía, en esos días, demasiadas preocupaciones.

Tocó timbre en el departamento, lo atendieron por el portero y subió.

Lo recibió Gino, un muchacho de origen ítalo/peruano que se había radicado en Buenos Aires para estudiar. Se abrazaron y lo felicitó por su logro. El departamento estaba lleno de invitados, Pablo reconoció a algunos de ellos que permanecían en la entrada, no eran precisamente amigos, sino caras conocidas y pensó que no era muy conveniente mostrar descortesía.

Su grupo de viejos compañeros se encontraban en el living y estaban todos sentados en los sillones. No había ningún lugar vacío. El espacio era amplio y luminoso. El frente daba a la calle provisto de un hermoso balcón. Desde lejos los llamó y algunos lo saludaron haciéndole señas para que se acercara. Vio a varias de las chicas fumando como chimeneas y, como él detestaba el humo del cigarrillo, prefirió evitar el tumulto y se dirigió a la cocina que era contigua al living.

Había amplios canastos de embalaje, lo miró a Gino y le preguntó del porqué de la presunta mudanza. Le contestó que era el último hermano en recibirse y que ya no tenía sentido seguir viviendo en Buenos Aires. La multinacional italiana, para la cual trabajaba su padre, le había ofrecido un trabajo en Módena.

En la cocina, sobre una amplia mesa, estaban las bebidas y los vasos de plástico. Las bolsas de papas fritas y maníes se encontraban en forma desordenada sobre cada rincón de la cocina y era frecuente sentir el típico sonido de las papas cuando son pisadas.

Se encontró con su viejo amigo Nicolás y se pusieron a comentar sobre los días en que eran estudiantes de los primeros años de la carrera.

Él solía cargarlo a Pablo por el modo en que se había recibido.

-Te llevás siempre los exámenes a febrero y te la tenés que pasar todo el verano estudiando, pero este año te pusiste las pilas y aprobaste al toque todas las materias, sos un fenómeno - le acotaba.

Se podía observar una típica fiesta de jóvenes talentosos y de buen pasar económico, algo preocupados por la crisis que atravesaba el país, pero con el optimismo propio de la edad.

Mientras hablaban se dirigieron al lugar donde se encontraba la cerveza, alternando la charla con la bebida y los sanguchitos de miga. Al rato Nicolás giró la cabeza hacia la entrada y aclaró:

-Mirá llegó Helena y su grupito de amigas.

Hacía tiempo que Pablo sentía un fuerte deseo de estar con ella pero sabía que no era correspondido.

Ella era la típica joven de Barrio Norte, de mediana estatura, elegante, refinada, de pelo castaño y lacio, cejas finas, hermosos ojos marrones, nariz ancha, busto turgente, cara y pómulos redondos. Tenía por sobre todo una llamativa y armoniosa sonrisa que hacía juego con sus dientes grandes y blancos como el mármol.

No era una mujer muy delgada, pero insinuaba interesantes curvas.

Ella era, fundamentalmente, una persona intuitiva y con un intelecto sumamente desarrollado. Su carrera como estudiante, marcada por el esfuerzo y el éxito la convertía, en última instancia, en una mujer segura de sí misma, aunque algo presumida, superficial y vanidosa.

Parecía una diosa griega, como Afrodita, la hija de Zeus. Era en definitiva una joven que, con su belleza y su personalidad, inspiraba el amor que los antiguos filósofos griegos mencionaban.

Le gustaba usar un enorme crucifijo estilo Madonna y pollera con medias negras, bien opacas, para que se le notaran sus elegantes y formadas piernas. Alternaba su vida capitalina con algún country durante los fines de semana, que Pablo ignoraba. Se habían conocido en la Universidad.

-Quizás ésta sea la última fiesta de graduación, si hay problemas en los próximos meses, nadie va a querer hacer otra.

-Por eso, - añadió Nicolás - si querés hablar con Helena para arreglar algo, mejor que sea ahora.

Pablo se sintió triste pensando que quizás esa fuera la última vez que la vería, ella siempre le había esquivado cualquier charla.

Helena se acercó sola para tomar unos vasos sobre la mesa en la que estaban apoyados los chicos y Pablo la saludó:

-Hola Helena.

-¿Hola que tal? - le contestó fríamente y mirándolo de costado.

-¿Querés tomar algo con nosotros?

-No, mirá no me molestes, estoy con mis amigas - y sin dar más explicaciones con esa contestación seca, se fue.

-Es una chica muy linda Helena, pero tiene su carácter, qué le vas a hacer - le dijo Nicolás - la mina no tiene onda con vos, sacátela de la cabeza.

Con esa contestación Pablo se puso muy triste, ya que tenía una personalidad tímida e insegura.

Al rato se acercó Miguel, otro viejo compañero de estudios con una chica.

- Les presento a una amiga, se llama Alexandra - les informó.

Ella sonrió amablemente y les dio un beso en la mejilla. Su semblante fue para los chicos como un Sol en medio de la noche. Se notaba que era rubia natural, de rasgos nórdicos, delgada, de mediana estatura, poco busto y penetrantes ojos marrones, lo que la hacía sumamente llamativa. Tenía una nariz aguileña como extraída de un fresco, además de caracterizarse por simpática y verborrágica.

Vestía pantalones de mezclilla, bien ajustados con bordados llamativos. Las botitas y la blusa combinando tonos formaban un magnífico compossé que realzaba sus elegantes y finas piernas. Todo armonizaba para destacar la cola bien marcada típica de las chicas bien dotadas por la naturaleza y que, además, saben venderse bien.

Su personalidad era tan extrovertida que no sólo hablaba con las palabras sino también con sus manos y sus gestos corporales. Teatralizaba exagerando cualquier situación que se le presentase. Siempre buscaba la manera de manejar todo, cosa que normalmente lograba dada su perspicacia y gran

belleza.

Era una verdadera Valkyria, una auténtica hija de Odín. Como ellas, Alexandra parecía ser enviada por un ser superior para elegir los hombres que debían ser matados en el campo de batalla.

Los chicos notaron, súbitamente, que era un ser con mucho ángel y encanto.

-¿Hay varios en esta fiesta que se recibieron, no? - preguntó Alexandra. Pablo y Nicolás asintieron, ellos habían dado juntos su último examen de

Auditoría.

-Sí, nosotros, menos mal que nos recibimos - dijo Pablo.

-¿Por? - preguntó Alexandra.

-La Universidad es privada y no se sabe qué puede pasar, a ver si dolarizan las cuotas - continuó Pablo.

-Eso ya pasó hace varios años y se armó un quilombo bárbaro, hubo una sentada y todo - añadió Nicolás.

-Ésas son las ideas originales del Rector, lo único que le falta es inventar una tarjeta de crédito, las Universidades privadas son una máquina de hacer dinero - continuó Miguel.

-Pero te recibís, y no tenés que esperar siglos con el título - aclaró con certeza

Pablo.

-¿De qué se recibieron, perdón? - preguntó Alexandra.

-De contadores - informó Nicolás.

-¿Vos, Alexandra? - inquirió Pablo.

-Me recibí el año pasado de abogada – comentó como si nada.

Por varios minutos la joven dirigió la conversación y todos se quedaron mirándola como si estuvieran presenciando una obra de teatro y ella fuera el centro de la escena.

Lo observó a Pablo con detenimiento, como deseando adivinar su estado de ánimo.

-¿Te pasa algo?, te noto triste.

-Me siento remal.

Nicolás lo miró a Miguel.

- Vos sabés, es Helena.

-¿Quién? - preguntó Alexandra.

-La chica que está en la puerta - le contestó Pablo.

Alexandra se tomó su tiempo para mirarla con detenimiento.

-¡Ajá! – exclamó después.

-Uy, esa mina, dejate de joder, a mí me cae pésimo, el otro día se puso histérica no sé porqué historia. Es una chica llamativa, eso sí, pero no da para más, no seas boludo buscate otra, mirá todas las mujeres que hay, no te lo puedo creer – dijo Miguel.

-Los hombres se enamoran un par de veces en la vida, ¿no? - sentenció Pablo. -Ustedes se van a quedar siempre solteros - añadió Alexandra - son muy vuelteros, buscan personas demasiado especiales y nunca les viene bien nada. -Bueno che - añadió Nicolás - tomate algo y divertite, además la cosa en la calle está que explota.

-Pero esto es lo que siempre sucede en el país - agregó Pablo - , ¿por qué se extrañan?, siempre hay períodos cíclicos, como pasó en Malvinas, un período de súper euforia, un período de escepticismo, luego la depresión y finalmente la furia. Aparte yo siempre les comenté que este plan económico no era recto y que nos iba a llevar a la ruina.

-Uy Pablo, ahora nos hacés estos discursos che - continuó Nicolás - me voy a hablar con las chicas que están en el living.

Miguel lo miró para informarles:

-Los dejo un minuto.

Alexandra tomó un vaso.

-Tengo sed, - y mirando a Pablo con intriga dijo - ¿habrá algo para beber acá?

Pablo asintió y le ofreció lo que tenía a mano.

-Agua no, que oxida, ¿hay whisky?

Alexandra probó whisky y buscó un cigarrillo.

-¿Fumás?

-No.

-Es impresionante como corren los chismes por acá – afirmó Alexandra.

-Eso parece. ¿No?

Buscó en su jean marca Versace un encendedor. A ella le gustaba la ropa de marca, era una chica con estilo, odiaba la gente vulgar y de modales toscos.

Tomó su encendedor marca Zippo, de un hermoso color dorado y encendió lentamente el cigarrillo, como quien disfruta lentamente una conversación.

Aspiró, y eliminó el primer humo girando al costado.

-Parece que no tenés vicios.

-Todos tenemos alguno – le contestó Pablo.

Pablo sintió que la joven lo estaba seduciendo, se sintió halagado y quizás al final no fuera tan poca cosa pensó.

-Interesante observación la que hiciste con los chicos, tenés buenas ideas, pero parece que causan cierto efecto entre tus amigos, hay una enorme sensación de miedo en el ambiente - continuó ella - diría que no les gusta escuchar este tipo de comentarios.

-No sé, qué te puedo decir.

-Muchos están pensando en irse rápidamente a Montevideo, eso es lo que se fueron a discutir entre ellos – añadió Alexandra.

Pablo buscó un poco de bebida, tomó algo.

-Dicen que algunos abogados son como tiburones - afirmó Pablo.

Alexandra lo miró fijo, quizás estuviera por contestarle algo, bajó la vista.

-Lo mío es algo parecido, no precisamente eso.

Ella se movió hacia la mesa. Dejó el vaso y tomó una estatuilla de madera.

Era pequeña, de color negro, tenía un aspecto sombrío, con cabeza de león, torso y manos humanas y piernas de serpiente. Sostenía en una de sus manos una lanza.

Exhaló nuevamente el humo del cigarrillo, estudiando a su nuevo compañero, sonrió, le agradó ese objeto, y lo acercó hacia sí.

-¿Qué es ese objeto?

-Esta estatua representa un Súcubo, Pablo.

-¿Y eso que es?

-Para algunos maestros de la antigüedad, el infierno también está en este mundo. Los Súcubos según ellos son demonios femeninos. Ellas toman la energía vital de los hombres, que yace en el deseo, a través de la unión sexual, debilitándolos mental y físicamente. Pero ellas – continuó Alexandra con su relato luego de una pausa – tienen oponentes naturales, los hombres

espirituales, ellos son los elegidos y, a través de la gracia de Dios, están libres de la acción del pecado en este mundo y buscan en este mundo la semejanza y la unión con lo divino.

-Interesante tu relato – exclamó Pablo -. Yo no creo en esas cosas, pero por lo que está pasando ahora en el país, no parece ser idea equivocada, esto se parece cada vez más al infierno.

-Tenés mucha razón – afirmó Alexandra.

Los dos se rieron sarcásticamente, como aceptando que ya nada tenía arreglo y que, en definitiva, el bien consistía en pasarla lo mejor posible el breve tiempo que se estuviera en este mundo.

Las miradas se distendieron. El mundo pareció detenerse en aquel momento.

Ella dejó la estatuilla en su lugar y ambos bebieron lentamente.

-¿Conocés la historia de Fausto, Pablo?

-No para nada, ¿por? – contestó.

-Decime Pablo, ¿si pudieras cumplir un deseo que te hiciera feliz, cuánto serías capaz de pagar? - preguntó Alexandra.

-¿Un deseo dijiste?

Pablo dejó la bebida que estaba tomando y se miraron trató de acercarse más a la joven, quizás para besarla. Ella lo percibió y dio un paso hacia atrás.

Cerca de ellos había un concurrido grupo de jóvenes que competían entre sí, tomando abundante bebida alcohólica, “Fondo Blanco” era la consigna entre ellos. Nadie parecía echarse atrás.

Los muchachos que lo conocían vieron que hablaba con ella, murmuraron algunas palabras y, rápidamente, uno se acercó. Era la persona más alta y corpulenta de la reunión, se notaba que estaba algo excedido de bebida. Lo tomó del hombro y zamarreó a Pablo como bolsa de papas.

  • Vení, ponete a tomar con nosotros che…

Alexandra lo miró y le dio una vuelta de rostro al entrometido visitante, para no dar oportunidades.

  • Pablo, te conseguiste una compañía bárbara, los desahuciados de la fiesta, ahora sí me voy, un gusto haberte conocido que disfrutes la noche – y, con un gesto de desprecio mezclado con una sonrisa pérfida, Alexandra dejó su vaso y se dio media vuelta.

Mientras se iba, su hermoso y llamativo contorno era acompañado por una figura de humo espectral. Nada más frustrante, angustioso y desolador que una bella muchacha dejando a sus admiradores de turno con las ganas de seguir la noche con ella.

Varios se quedaron boquiabiertos.

Pablo se sintió algo molesto, agachó la cabeza y la sacudió negando la situación, otra vez lo mismo, siempre que aparecía una muchacha bonita nunca se le daba.

Pensó que tenía que hablar con Helena, quizás tendría una oportunidad. Se relajó y acomodando todo lo que tenía entre sus manos se movió dentro del salón para divisarla.

La vio con el chico que a ella le gustaba.

Él la tomaba del hombro y estaban en amena charla con otras personas de la fiesta, entre las cuales, ahora, se encontraba Alexandra. El muchacho era el favorito de todas las chicas, el típico “carilindo del grupo”. Alto, de ojos celestes y pelo rubio llamaba la atención inmediata de las jóvenes y siempre estaba bien acompañado.

Ellas, ni lentas ni perezosas, se esforzaban y competían entre sí por su compañía.

Pablo no se llevaba bien con la gente que estaba con Helena y advirtió que no sería bien recibido si se acercaba a ese grupo.

Se deprimió, se sintió mal, apenado. Su conversación con la joven había terminado sin concluir nada, estaba solo, “sin el pan y sin la torta”.

Quizás, al fin de cuentas, sería apropiado olvidarlas a las dos y tomar algo, lo haría soportar mejor la frustración. Sintió que era un perdedor.

Se acercó Gino.

-Pablo, ¿Qué onda con Alexandra?

-No nada, no pasó nada

-Lo siento, qué pena, es la chica más hermosa de la fiesta, todos preguntan por

ella.

Gino se apenó ya que lo tenía en buena estima a Pablo y siguió adelante ya que tenía asuntos que atender.

En la puerta Gino se despedía de algunos familiares que habían estado antes. Como buenos italianos, las reuniones familiares nunca eran cortas y las despedidas eran largas.

Al final se retiraron y quedaron sólo sus amigos.

Así Pablo continuó el resto de la reunión bebiendo junto a los otros borrachos: cerveza, whisky y quién sabe qué otros mejunjes, yerbas y demás experimentos químicos de la noche.

En plena madrugada, uno de los chicos fue a un dormitorio y se tiró inconsciente sobre una cama cubierta de sacos. Otro, que había tomado demasiado, vomitó todo en un inodoro.

La fiesta, al adentrarse en la madrugada, fue ingresando en un tremendo descontrol. En el medio del living, Gino, se encontró discutiendo con una de las amigas de Helena y, vociferando a todo lo que podía con su castellano italianizado, avisó que alguien había robado una billetera de una de las carteras de las chicas. Apenas se oía ya que la música estaba a gran volumen.

Gino se acercó donde estaban Miguel y Nicolás.

-¿Viste esa pareja que se fue hace unos minutos? - comentó Nicolás.

-Colados - les contestó Miguel - no me extrañaría que se hubieran afanado algo.

Gino se quedó sorprendido, no reaccionó, el problema lo había tomado por sorpresa, se asustó. Vio la puerta de la entrada semiabierta y con la angustia del susto la cerró.

-Bueno, se terminó la fiesta - gritó de los nervios - esto es un quibombo che, mi departamento no es un puterío - mascullaba mientras ponía fin a la música.

Así, y en forma más o menos ordenada, comenzaron a retirarse todos.

Pablo estaba algo mareado y fue uno de los últimos en salir.

Gino lo miró:

-¿Estás bien?, ¿vas para tu casa?

-Sí.

-Te noto remal, ¿es por la rubia?

-No, es por Helena, pensé que podía arreglar algo con ella esta noche y no fue así.

-Bueno pero pensá que si no se dio es por que ella no es para vos, a mí también me pasó algo así hace poco.

-Sí claro

- Pero decime, ¿así vas a salir?, apenas tenés abiertos los ojos ¿no hay nadie que te acompañe o te lleve?

-Pero ya se fueron todos, dejá…

Distraído se dirigió al ascensor y, al acercarse, Helena entró junto con su grupo de amigos y le cerró en la cara la puerta corrediza del ascensor. Él se dio por aludido, suspiró y apoyó la cabeza sobre la pared moviéndola levemente como haciendo un gesto de negación.

Estaban todos en la calle y el departamento quedó totalmente vacío, sucio y desordenado, como si hubieran pasado por ahí Atila y su ejército de Hunos.

Viendo ese espectáculo, solo, aliviado y triste, Gino, se sentó sobre el piso, se agarró la cabeza y acostó la espalda sobre una pared próxima a la puerta de entrada. Observaba el espectáculo que habían dejado sus amigotes. En la calle, Pablo, escuchaba que mientras un grupo discutía haciendo planes para seguir la noche en algún boliche de Recoleta, otros se subían a los autos. Tomó las llaves del suyo y Helena se introdujo en alguno. Ésa fue la última vez que vio a la joven.

Manejaba por las calles de Palermo, sintió que el camino que tomaba se hacía interminable, cada vez más largo, parecía una continuación de la fiesta en la que había estado. Con enorme tristeza sabía que no vería nunca más a aquella hermosa y brillante chica que había conocido en sus felices y divertidos años de universidad. Recordó cuando la conoció, su bello vestido y peinado y las primeras palabras que se dijeron. En estas cosas Pablo siempre tuvo una extraordinaria memoria, se la habían presentado por una amiga en común, pero ella siempre lo rechazó incluso como amigo.

Sabía que tenía que continuar y sintió una enorme tristeza y un gran vacío dentro de sí, quiso llorar, pero estaba ya seco de tanto dolor, al final ya se había acostumbrado a él.

Pensó también en aquella joven rubia y delgada que le hizo olvidar por un instante su amor por Helena, quizás el encuentro con Alexandra una mujer tan bella e interesante resultó ser un encuentro fortuito y finalmente le vino a la mente lo que le dijo Gino, que quizás ella, Alexandra, no era la chica para él. Meditó dentro de sí, y concluyó que la esperanza es lo último que se pierde y sintió en su corazón una alegría triste, mezcla de felicidad con amargura.

Apenas podía tener los ojos abiertos y debió ponerse alerta por un vehículo que se adelantaba por la derecha a alta velocidad. De líneas deportivas, color rojo y vidrios polarizados, pasó tan rápido que lo único que pudo sentir fue el ruido del motor y, para peor, los gases de escape que entraban por la ventanilla finalmente aterrizarían en sus pulmones. En cuanto el vehículo lo aventajó, se movió hacia la izquierda y le cerró el camino superándolo. Instintivamente movió el volante, perdió el control y chocó, a baja velocidad, contra un plátano. Por el ruido se acercó un patrullero que estaba en las cercanías, frenó, y bajaron algunos oficiales. Uno de ellos decidió revisar el estado del vehículo y su ocupante. Otro, observando la escena, tratando de buscar testigos percibió un sonido y la sombra de un gato deslizándose entre árboles y techos.

Pero la calle estaba totalmente vacía, no había personas ni vehículos, y un suave viento, inusualmente frío, comenzó a mover las hojas de los árboles provocando un extraño murmullo entre ellas, como si las ramas comenzaran a dialogar entre sí. Las luces de la iluminación pública empezaron a tintinear y a perder fuerza por alguna falla, lo que le confería un aspecto fantasmal a la escena.

-Esto no me gusta nada - dijo uno de ellos.

Otro aumentó las luces del vehículo para compensar la falta de luz, los oficiales sintieron un profundo escalofrío.

Llamaron enseguida a una ambulancia. Tardó unos minutos.

Los enfermeros observaron que no tenía pulso y lo colocaron enseguida en la camilla que pusieron en el suelo.

-Hizo un paro – afirmó con preocupación el médico.

Decidieron comenzar a hacerle resucitación cardio-pulmonar. Le acomodaron un paño sobre el mentón y le hicieron respiración boca a boca junto al masaje correspondiente. Uno de ellos sugirió que luego, si no daba resultado, le practicarían un shock eléctrico. Luego de unos minutos se dieron cuenta de que no hacía falta y recobró el pulso.

Las luces del alumbrado público habían dejado de tintinear y comenzaron a iluminar normalmente.

-Uno de los oficiales le dijo al otro:

-Qué extraño, ¿Qué estará pasando con las luces?

-No seas supersticioso, no hagas caso.

Le pusieron un cuello ortopédico y lo llevaron al hospital más próximo, inconsciente.

Revisaron el vehículo y con los datos fueron por su dueña, que era Graciela.

Ella fue su tutora, ya que él había perdido, hacía muchos años, a sus padres. Era una mujer, de carácter bondadoso, se hizo cargo de él, ya que conocía todas las dificultades que había tenido en la vida.

Se acercó apresuradamente en un remis al hospital donde Pablo se encontraba internado. Averiguó en la mesa de entrada y fue hacia la sala de guardia.

Se cruzó con el jefe de ese área. Él la atendió y la condujo hasta la habitación donde estaba Pablo. Y allí le informó:

-Señora, el muchacho está inconsciente, pero estable. Tuvo un paro, tiene además algunos golpes en la cabeza. Su estado es delicado y lo tenemos bajo observación.

-¿Y qué van a hacer, entonces?

-Ahora lo vamos a derivar a alguna habitación o si usted prefiere a algún hospital privado. ¿Tiene obra social?

-Sí, - le contestó ella.

Los enfermeros lo llevaron a un cuarto privado y ella los acompañó.

El hospital parecía un laberinto entre árboles, los distintos edificios y la mala iluminación. Se sintió perdida, como si nunca fuera a encontrar la salida. Trató de no trastabillar ni chocarse con los tubos de oxígeno que estaban repartidos por doquier en los pasillos.

Decidió quedarse el resto de la noche y llamó a Giselle para contarle las novedades.

Ella, la prima de Pablo, vendría después y se encargaría de hacer los papeles para decidir su traslado o no.

Llegaron a la habitación. No tenía lugar para sentarse.

Buscó en otra parte una silla, cuando la encontró, volvió, estaba sucia y rota, pero bastaba para el uso que le daría. Acomodó su saco y cartera. El lugar estaba descuidado y no resultaba nada agradable estar en ese sitio. El frío y la mala luz daban una sensación misteriosa.

Se quedó unos minutos meditando, deteniéndose en las ventanas y se acongojó recordando que los padres de Pablo habían fallecido en un accidente automovilístico.

Quizás fuera una especie de karma que lo perseguía y quizás esta vez no saldría bien librado. Dudó qué hacer. Tocó su mano y se la apretó.

Ella devota de la Virgen, buscó un rosario que tenía en su cartera, lo recostó sobre su pecho, invocó el auxilio de la Virgen y rezó por la salud de Pablo.








CAPITULO 2:

EL ENCUENTRO CON DANTE

Pablo se fue incorporando lentamente del suelo y sintió que el cuerpo le pesaba. Trato de salir del sopor que percibía y de la molesta sensación de sueño que lo dominaba. Se iba apoderando de él una gran desorientación.

A su alrededor sólo divisó piedras, grandes rocas, y un suelo seco y desnudo, la semioscuridad lo cubría todo, ni el cielo ni la tierra mostraban colores sino sombras y distintos tonos de gris. Cercano a él un espeso bosque lo aguardaba.

Sólo podía escuchar el silencio, el aire era denso y frío, no había ni brisa ni viento alguno. La soledad y la falta de vida parecían omnipresentes. Vió su fino reloj de agujas y malla metálica, se sorprendió aun más, todos los indicadores estaban detenidos y misteriosamente marcaba las dos de la mañana, lo golpeó y sacudió su mano intentando ponerlo en marcha pero era inútil.

Pablo se movió a su alrededor buscando algo familiar en esa escena, trató de recordar donde había estado antes. Pensó en la fiesta.

“¿Qué hago acá, se dijo a sí mismo?, ¿el más allá quizás?, ¿el cielo?, ¿el infierno?, ¿o simplemente se trata de un sueño del que no puedo salir?”. No encontró respuestas dentro de sí. El lugar no tenía ningún sentido. Buscó con su vista un punto de referencia, algo que le permitiera orientarse, el sol o alguna estrella probablemente, pero no logró divisar nada en el cielo, el lugar era sombrío y monótono.

Empezó a preocuparse, se sintió abandonado, con miedo, confundido, nunca se había imaginado algo así, pero siendo él una persona activa no se desesperó. Se apoyó sobre un árbol y meditó. Finalmente cayó en la cuenta de que tenía que encontrar a alguien para que le respondiera dónde se encontraba y así decidió que lo mejor, en vez de quedarse lamentando, era elegir un camino, dónde sea que éste lo condujese.

Tomó un pequeño sendero que se abría entre la espesura que lo rodeaba, el único que había en ese inhóspito paisaje. Las horas pasaron, perdió la cuenta de ellas, quizás habría caminado durante toda la noche. No lo sabía con seguridad, no tenía respuestas. No sabía en qué dirección iba, todo daba igual, si era norte o sur, este u oeste.

Vio de lejos un monte.

Observó una tenue luz que lo cubría y se sentó sobre un enmohecido tronco a descansar para retomar fuerzas.

Tomó su tiempo y decidió que tenía que subirlo. Quizás desde allí tendría un panorama completo de lo que lo rodeaba. Si ese lugar era el cielo o el infierno sería lo menos importante, lo peor era la angustia a lo desconocido.

Con dificultad comenzó a subir, el terreno era difícil y accidentado. Vio árboles viejos, secos y algunos sin vida. Observaba con detenimiento por dónde caminaba. En medio de todo ese silencio, escuchó un ruido extraño.

Algo llamó su atención, no pudo observar con claridad, buscó un espacio para ver mejor. Inmediatamente divisó a un animal: un león lo observaba. Pabló se asustó, dominó su miedo y, con calma, se dio cuenta de que el animal no estaba al acecho por lo que decidió seguir su camino sin echarse a correr. La bestia que se hallaba en las cercanías se incorporó y, lentamente, comenzó a seguirlo.

Ya cerca de la cima, escuchó el ruido de una pequeña onza o pantera que se encontraba a lo lejos moviéndose entre unos troncos viejos. Lo atisbó y Pablo se dio cuenta. La mirada del animal fue amenazante, hizo el maullido propio de los felinos y se alejó con rapidez.

Pablo, que andaba ya con cuidado, se dio cuenta del peligro del lugar aunque los animales nunca le infundieron miedo y, si no estaba ya en el mundo de los vivos, menos que menos.

Al llegar al punto más alto de la colina divisó un lejano amanecer, el cielo despuntaba sus primeros colores, el amarillo y el celeste se mezclaban armoniosamente en el horizonte. Sintió los rayos del sol y algo de su calor en la piel lo reconfortó. Había logrado una pequeña victoria, y con ella también la esperanza. Cerró los ojos y disfrutó por un largo rato del baño de los primeros rayos de Febo.

Giró el cuerpo y vio a lo lejos, colina abajo, una figura que no podía distinguir nítidamente. Se dirigía hacia él, sintió alivio y esperanza, quedó quieto, relajado, quizás esa persona que se acercaba le podría ayudar a salir del extraño sitio en el que se encontraba.

Al acercarse se hizo más visible. El aspecto era alto y enjuto, de edad avanzada pero indefinida, de piel blanca, nariz grande y aguileña, con una mirada anciana y bondadosa. Llevaba una capucha que le caía por la espalda y le cubría las orejas. El atuendo, de color rojo, lo tapaba desde el cuello hasta los pies, dejando las mangas visibles. Debajo, en las piernas, llevaba unos pantalones parecidos a las calzas que eran del mismo tono, con zapatos lisos de madera y sin tacos. Además sostenía un libro entre sus manos, un libro abundante en hojas, parecía antiguo de color amarillento y tapa desgastada. El volumen no tenía hojas de papel ni estaba escrito por una imprenta sino por las manos de algún viejo escriba. Pablo descendió de la cima y se encontraron a medio camino.

La figura se presentó:

-Mi nombre es Dante, de Italia soy y vengo en nombre de la Virgen para ayudarte…

Lo miró atónito, de arriba hacia abajo. Había visto cosas raras en su vida, pero nunca una persona vestida de esa manera. Al hablarle con un marcado acento italiano, le causó simpatía, algo de gracia y sonrió.

-Mi nombre es Pablo. ¿Dante dijiste? Me suena, pero no puedo acordarme de dónde, estoy desorientado, y tengo un buen dolor de cabeza, algún golpe quizás.

Hubo un momento de silencio, Pablo bajó la mirada y meditó las preguntas que deseaba hacerle:

-¿En nombre de la Virgen, dijiste?

-Sí, alguien invocó su ayuda, y ella me llamó para ser su intercesor y tu guía.

-Qué raro. ¿Dante, qué es este lugar?

- Es un lugar a medio camino entre el mundo terrenal y el infierno. ¿Te sentís bien?

-Más o menos, estoy como adormecido, no tengo muchas ganas de pensar y no termino de despertarme, en realidad, no entiendo nada de lo que está pasando. Estoy totalmente confundido, hace un momento, mientras manejaba creo que choqué con el vehículo y no recuerdo otra cosa. Este lugar sólo me causa escalofríos.

-No es para extrañarse.

-¿Sabés qué está pasando?, ¿Tenés alguna explicación?

-Me doy cuenta de que estás bilocado, no me esperaba esto.

-¿Y qué es eso?

-Estás involuntariamente en dos lugares al mismo tiempo, tu cuerpo y tu alma están en espacios distintos.

-¿Pero y cómo puede ser?

-Es lo que hay que averiguar.

-Aparte tengo un pequeño problema, divisé unos animales cerca y creo que me están siguiendo.

-Sí, ellos son tus vicios que te acosan. Y cuando se juntan se vuelven más peligrosos.

-¿Y qué puedo hacer entonces?

-Acompañame y quizás con ayuda de la Gracia podamos resolver este misterio, alguien que conozca mejor, desde otro ángulo, el don de ubicuidad o el fenómeno que te trajo hasta acá.

-Está bien, voy a tu lado donde sigas.

Ambos se pusieron en marcha.

Pablo vio otro animal, una loba. Estaba marcadamente flaca. Trastabilló con algunas rocas y cayó al suelo.

-Tené cuidado cuando camines, el lugar es peligroso.

Dejaron aquella selva oscura y fueron descendiendo. Los animales que Pablo había visto antes, que lo escoltaron durante un gran trecho, ahora iban quedando rezagados.

Comenzaron a aparecer enormes rocas y observó, cómo, de las grietas, salían vetas de distintos tonos de verde. Apoyó sus dedos sobre las rocas y, palpando, notó que eran de azufre.

-¿Dónde estamos, Dante?

-Cerca de Jerusalén, pero allí no tenemos que ir, la persona que buscamos está en otra parte. Allí en esa ciudad, anduvo hace mucho tiempo.

Pablo se quedó callado, presintió que era mejor no preguntar. Le dio frío y se tocaba los brazos para proporcionarse algo de calor. El camino se hizo largo y empezó a sentir el cansancio.

Llegaron a una puerta enorme hecha de madera que Pablo tocó. Debido a lo tenebroso del aspecto y el moho que tenía semejaba muy antigua, de una madera noble, pesada, incrustada en la roca. Tenía una enorme manija redonda y dorada, con un enorme anillo redondo que colgaba de ella, como los que se usan bien para entrar o golpear. El fuerte olor a humedad que generaba daba la sensación de aquellas puertas que guardan algo y que nunca hay que abrirlas…

-No golpees la puerta – le añadió Dante.

Luego observó en el dintel una enorme inscripción que decía:

PER ME SI VA NE LA CITTA DOLENTE, PER ME SI VA NE L’ ETTERNO DOLORE, PER ME SI VA TRA LA PERDUTA GENTE. GIUSTIZIA MOSSE IL MIO ALTO FATTORE: FACEMI LA DIVINA

PODESTATE, LA SOMMA SAPIENZA E ‘L PRIMO AMORE.

DINANZI A ME NON FUOR COSE CREATE SE NON ETTERNE, E IO

ETTERNO DURO. LASCIATE OGNE SPERANZA, VOI CH’ INTRATE”.

Miró, sintió miedo y preocupado balbuceó:

-¿Dante conocés este lugar?

-Si, claro, yo hace mucho tiempo pasé por esta puerta.

-¿Qué significa eso?

Y Dante le tradujo aquello que significaba la inscripción:

-“Por aquí entran en la ciudad del dolor, por mí se entra en el abismo, por mí se va con la gente que se perdió a sí misma, la justicia, el saber y el amor de mi autor fue severa y su poder a todos alcanza. Delante de mí las cosas eternas fueron creadas y yo eternamente duro. Los que por aquí pasen dejen toda esperanza”.

Después añadió:

-Aquí, entra la gente que se perdió en la vida, aquellos que sabiendo discernir claramente entre el Bien y el Mal, eligieron lo último. Los que aquí entran no tienen retorno, los que aquí purgan su pena son los hombres viciosos, éste es el lugar del Odio y el Sufrimiento. Es la puerta que conduce al Infierno, es un lugar peligroso…

-¿Tenemos que ir por acá?

-No, vamos por otro lado, tenemos que ir hacia el Purgatorio.

Tomaron otro camino y entraron por una caverna siguiendo un pequeño arroyo por donde bajaron.

Luego de un largo trecho, llegaron al hemisferio Sur, que es el hemisferio de las aguas. Vieron una claridad al final de la caverna.

El panorama lo dejó asombrado. Era de noche, casi de madrugada. Desde la altura en la que estaban, gracias a la luz de la Luna se veía completo el enorme espectáculo. Las estrellas brillaban a través del tapiz oscuro del cielo con una nitidez extraordinaria. Se divisaba el astro Venus y las cuatro estrellas que forman la constelación de la Cruz del Sur que también representan las virtudes cardinales enseñadas por el filósofo y sabio griego Aristóteles. A lo lejos, se desplegaba una larga playa con finas arenas blancas, dunas, pequeños arbustos y, finalmente, un mar que formaba una gran bajante.

El mar parecía un embudo. Y formaba en el centro una enorme isla que culminaba en un gigantesco Promontorio. La enorme montaña de forma cónica tenía círculos concéntricos, llamados también terrazas, y era tan alta que llegaba hasta las nubes. Se observaba sobre la superficie un sendero que subía por los anillos. La cúspide estaba trunca, y su cima albergaba nubes en forma de corona iluminadas por una misteriosa luz. Allí descansa el Paraíso y es asiento de la Divinidad.

Entre el mar y la tierra adyacente, un gigantesco puerto, dotado de un enorme faro, guiaba a los buques que accedían o salían de él. Una serie de diques de contención limitaban, como un semicírculo, el interior del puerto para protección de tormentas y marejadas. En él se encontraban numerosos buques amarrados y en el mar una nave antigua se acercaba, parsimoniosa, hacia la costa. Ambos sintieron la suave brisa que llegaba desde ese vasto mar. Pablo notó que Dante estaba pensativo.

-¿En qué pensás? – preguntó Pablo.

-Este lugar cambió mucho desde la última vez que estuve.

-Qué lugar tan raro – insistió el joven.

-Ya pasamos el Infierno, que es el lugar de los perdidos, de los viciosos y esa enorme montaña que ves es el Purgatorio, los que están allí son los penitentes y, a diferencia de los anteriores, no pedieron la esperanza, al final de la montaña se encuentran los elegidos, que son lo que están en las esferas celestes, – señaló con su mano Dante.

- ¿Y qué es eso, el Purgatorio?

-A esa montaña llegan las almas que deben ser purificadas para acceder al Paraíso.

La playa era ancha y cerca de ella se levantaban altos y grandes acantilados y unas pocas rocas enormes surgían de entre la arena.

-Dante, ¿y esas estrellas?

-Son Venus, la constelación más importante del hemisferio sur, las cuatro estrellas pequeñas simbolizan las cuatro virtudes cardinales o Aristotélicas que significan la Templanza, la Fortaleza, la Justicia, la Prudencia.

Decidieron bajar del acantilado hacia la playa, Dante, que tenía ya un conocimiento del lugar, se movió por sobre algunas rocas y lo guió a Pablo. Le tendió una mano.

Y así ayudándose mutuamente y con un ágil salto llegaron hacia un angosto sendero que se encontraba entre los riscos. Arribaron seguros hasta la costa.

Al llegar, Pablo le pidió a Dante descansar sobre una de las rocas.

Al sentarse observaron el amplio y sereno mar y en el lado opuesto el enorme monte con anillos concéntricos. El mar, a Pablo, siempre le traía dulces recuerdos de su niñez. Para él, era signo de paz, infinitud y serenidad.

-El mar tiene forma de embudo, me llama la atención.

-Cuando el diablo cayó del cielo después de la revuelta contra Dios, se formó un enorme hoyo y las aguas que lo ocuparon formaron ese mar – enseñó Dante.

A Pablo le llamó la atención aquella extraña montaña, quiénes habitarían esa “terra incógnita”, pensó dentro de sí, y le preguntó a Dante qué era ese lugar, y él, con su mano, comenzó a describirle los anillos del monte y qué significaba cada uno.

-Mi libro – le añadió Dante- describe con exactitud ese increíble lugar, yo cuando tenía tu edad lo conocí. El Purgatorio tiene nueve anillos en total. El primero es el antipurgatorio, es para las almas de los justos que no fueron salvados, los que se convirtieron en el último momento. El segundo está reservado para los soberbios, el tercero es para los envidiosos, el cuarto para los iracundos, el quinto para los perezosos, el sexto para los avaros, el séptimo para los golosos, el octavo para los lujuriosos y, finalmente, el noveno es el último y allí comienza el Paraíso.

-¿Y es ahí donde está quien nos puede ayudar?

-Si, claro – respondió Dante.

Cuando terminó su explicación, le pidió, por curiosidad, el libro que llevaba. Lo tomó entre sus manos, miró las tapas, lo dio vuelta, lo ojeó, notó que era muy extraño, con dibujos, y grabados. Parecía manuscrito y muy antiguo.

-Es un incunable - explicó Dante.

-¿De qué se trata este libro?

-Es una comedia.

-Creo que algo sé pero la memoria me falla, ¿Qué es exactamente?

-Una comedia es una obra con un final feliz, a diferencia de la tragedia que termina mal.

-Entiendo, pero la verdad, por más que quiero, no estoy en condiciones de leerlo - y sintiéndose algo desorientado se lo devolvió.

Pasaron varias horas y recuperaron fuerzas. La marea comenzó lentamente a subir, el mar intentó, con sus olas, abrazar la gigantesca roca. Si permanecían allí, seguramente, quedarían rodeados por ese ignoto mar.

-No podemos perder tiempo, tenemos que ir hacia el Paraíso, donde está la

Gracia, pero antes debemos subir, forzosamente, por el Purgatorio, allí entre Dios y sus Ángeles encontraremos las respuestas a este misterio. Por la montaña hay un sendero, que comienza por la playa y termina en la cima, que es donde esta el Paraíso - añadió Dante.

Empezaba a amanecer, el sol comenzaba a despuntar detrás de la enorme montaña y, lentamente, el horizonte comenzó a tonarse de un leve color blanco y luego surgieron el color amarillo y el anaranjado.

Los colores de aquel lugar comenzaron a hacerse más nítidos, con el amanecer se hizo visible el camino señalado por Dante que, desde una parte de la playa, subía hacia el Promontorio.

Decidieron dirigirse allí luego de aquel momento de descanso.

La marea continuó subiendo y Pablo se acercó al agua para refrescarse y sentirse más relajado pensando que, tal vez, había pasado lo peor. Percibió que podía confiar en Dante.

Mientras se refrescaba pensó que sería una buena idea tener algún recuerdo de aquel lugar, quizás todo terminaría bien y sería muy útil contar con algún recuerdo para toda la vida.

Buscó algunos caracoles, pensó llevarse el murmullo de aquel misterioso mar, quizá en última instancia se haría un hermoso cenicero. Eligió los más bonitos, los que estaban enteros, los que tenían más linda forma, los de color más vivo, dudó, eligió un par y los limpió de sus adherencias. Los trató de secar con un pañuelo que llevaba. Llenó los bolsillos de ellos.

Dante que lo observaba preocupado lo llamó.

-¿Querés llevarte un recuerdo de este lugar?

-¿Tiene algo de malo?

Dante se rió y movió la cabeza, quizás él, supiera algo que Pablo ignoraba.

-No, para nada.

Y palmeando a Pablo en la espalda siguieron la marcha.

El camino se hizo largo, desde lo alto parecía corto y fácil. Al acercarse, de lejos, vieron una barca que transportaba gente, se aproximaba con serenidad. Las personas estaban vestidas de blanco de los pies a la cabeza. Detrás de todo, alguien manejaba el timón. Cuando Dante y Pablo se animaron, la barca encalló.

Las personas que bajaron de la nave observaron con curiosidad a Pablo. Eran muchos. Sus vestidos lucían totalmente blancos y los cubría desde la cabeza, donde el vestido les formaba una capucha, hasta los pies. Caminaban formando varias filas, despacio, en silencio y en forma sumamente ordenada.

Unos pocos tocaron a Pablo. Algunas miradas estaban totalmente perdidas.

Quedó asombrado y curioso. El sendero que era amplio sobre la playa, comenzó a hacerse mas angosto ya que, lentamente, comenzó a bordear las rocas de la montaña.

-¿Por dónde se sube? – preguntó con curiosidad Pablo a las almas que subían por el sendero.

No obtuvo respuesta, y se quedó mirando como continuaban en silencio.

-Dante, ¿Qué le pasa a esta gente?

-Es que vos estás todavía vivo, en cambio ellas, han dejado la vida terrenal y van camino al Purgatorio.

Siguieron detrás de las almas para subir por la montaña. A su pie, una figura vigilaba el ascenso de las almas. De repente los observó a ellos. Se les acercó.

-Marco Catón - dijo Dante a modo de saludo.

-¿Dante, viejo amigo, qué hay de nuevo acá? ¿En qué te puedo ayudar? Mientras ellos se daban la mano, Pablo dirigió su vista hacia el camino que habían hecho, y vio cómo la marea había cerrado el paso. No había retorno posible, advirtió entonces.

-Lo encontré al muchacho perdido, está involuntariamente bilocado, necesitamos subir por el Promontorio, en el Paraíso quizás tengamos una repuesta.

Catón, los observó extrañado.

-El muchacho se nota que todavía está vivo.

Pablo lo miró a Dante, le extrañó que le contestara de esa manera, como si supiera algo.

-¿Cómo lo sabe? – preguntó Pablo.

-Fijate que sos el único que tiene sombra. Las almas que ya dejaron esta vida no la tienen.

Pablo se dio cuenta de que Dante tenía razón y se quedó sorprendido. -Dante - dijo la figura lejana y añadió - Ustedes no pueden seguir este camino que los llevaría hasta la Gracia.

Vestía un atavío blanco y una prenda con un ribete ancho de color púrpura cerca de las mangas, un pantalón corto a las rodillas y unas sandalias a modo de zapatos.

-¿Qué podemos hacer? – le preguntó Dante.

Catón quedó pensativo. Dudó.

-Quedarse acá no pueden, tengo curiosidad, ¿Pasaron por el infierno? – preguntó Catón.

-No, no fue necesario – afirmó Dante.

-Hay que tomar una decisión. Quédense acá, esto es muy raro, voy a pedir que venga otra persona que tenga autoridad en este asunto – contestó Catón. Catón se retiró algunos metros, se dirigió hacia un Ángel que estaba al pie del

Antepurgatorio, el Primer Anillo, y dialogaron entre sí.

Y el Ángel ascendió por la montaña.

- ¿Quién es?

-Él es el guardián de esta playa, vigila que todas las almas suban al Purgatorio, fue un antiguo pretor romano.

-¿A quién tenemos que esperar? - preguntó Pablo.

-No tengo una respuesta – pero vamos a tener que aguardar.

Pasó un largo tiempo. Los dos estaban sentados sobre la arena y hablaban entre sí. Al poco rato bajó un hombre que llevaba dos llaves en su vestido, una dorada, de oro, y una gris, de plata.

-Hola Dante – saludó el portador de las llaves.

-Pablo te presento a Simón Pedro – que así se llamaba.

-Hola mi nombre es Pablo, mucho gusto.

-Para mí también. Podés decirme Pedro.

-Pedro, el joven está bilocado – anunció Dante.

-Claro, es por eso que no pueden seguir por aquí, pero, ¿cómo llegaste entonces? – dijo esto dirigiéndose a Pablo.

-Tuve un accidente con el auto y de alguna manera me desperté en un bosque sombrío y después de caminar un trecho me encontré en este sitio nuevo para mí.

-La bilocación es involuntaria, le tuve que explicar lo que es y lo encontré perdido en un bosque del inframundo - continuó Dante.

-Entiendo, es preternatural entonces y la fuente que lo causó, probablemente, esté en la tierra - continuó diciendo Pedro - , aclarame, ¿pasó algo en especial antes de que tuvieras el accidente?

-No recuerdo nada en especial, todo normal, estuve con mis amigos en una fiesta de graduación. Reconozco que tomé bastantes bebidas pero no creo que el alcohol tenga estos efectos.

Hubo un largo silencio, Pedro colocó una de las manos debajo de su cabeza y meditó. Pablo sintió el calor de los primeros rayos de esa mañana, el sol salía detrás del enorme Promontorio.

-Qué misterio – dijo Dante.

-No – continuó Dante – esto es otra cosa.! -Es como un hechizo – afirmó Pablo.

-Es muy extraño, un misterio, pero algo es seguro, tenés que volver de algún modo al mundo terrenal para encontrar dónde está la fuente y retornar a la normalidad. Acá no podemos hacer nada por vos. Seguramente cuando estés ahí se te va a presentar con claridad el origen de la bilocación – respondió Pedro.

-Yo no puedo acompañarlo hasta el mundo terrenal de esta forma y solo, ¿qué va a hacer?, no está preparado, no está en estado de gracia, cuando lo encontré lo perseguían unas bestias quizás haya algún designio sobre él, acordate de que las bilocaciones son un presagio o implican un designio – dijo

Dante.

-Es cierto – confirmó Pedro.

Se hizo una pausa.

-Solo o acompañado, me voy, este lugar no me gusta para nada – dijo con voz decidida Pablo.

-Todo comienza con una elección – dijo Dante.

-Tal vez lo pueda ayudar yo. ¿Qué querés hacer Pablo?

-No sé qué camino tomar, pero si podés ayudarme con gusto lo aceptaré. -Entonces juntos vamos a averiguar cuál es la fuente de tu bilocación - añadió Pedro.

-Entonces está decidido - finalizó Dante - que tengas suerte, la vas a necesitar.

Y Dante apoyó su mano sobre el hombro de Pablo.

-Gracias – dijo éste.

-¿Vamos? - sugirió Pedro.

Ambos se dirigieron hacia el Puerto. Tenían que buscar una nave que saliera lo más pronto posible. Marco Catón se acercó a Dante y ambos comenzaron una charla.

-El destino del muchacho es incierto – dijo Catón.

-Así es, como el mío cuando fui joven, y ahora va a necesitar de toda la ayuda posible – respondió Dante.

Ambos se miraron como dejando entrever que ellos dos no estarían solos durante aquella misión.

Caminaron por el sendero, y luego por una serie de muelles y, mientras lo hacían, sentían el ruido de la madera vieja que pisaban. Pablo caminó con cuidado mirando cada lugar.

Vieron movimiento en una de las naves. Preguntaron. Tenían órdenes de partir. La barca era de madera, llevaba amplias velas y una llamativa decoración.

La nave se asemejaba a una antigua galera romana, con remos y amplias velas y con el símbolo del águila de ese tiempo en ellas. En la proa estaba dibujado un enorme ojo de Horus, antiguo Dios Egipcio, símbolo usado comúnmente en las naves de la antigüedad. En la mitología egipcia Horus era un símbolo de buena suerte.

Se acomodaron sobre la cubierta. Lo hicieron de modo tal de recibir los rayos de sol que iluminaban esa fresca mañana.

Miró el horizonte, pensó en lo que había dejado atrás y, por sobre todo, sintió el primer calor de la mañana. Con angustia se dio cuenta de que su vida no podía ir hacia el pasado por lo tanto sólo le restaba seguir adelante. “Huir hacia adelante”, quizás ésa era la frase que más sintetizaba ese momento, pensó.

Y se acordó de un momento especial, de aquello que le había dicho su amigo Gino sobre Helena, que quizás no se había dado nada con ella porque no eran el uno para el otro. Como sugiriendo que tendría que tener confianza en sí mismo y no pasarse la vida rememorando cosas que no tenían arreglo. Tomó conciencia de que no podía pasarse el resto de su vida añorando lo que nunca fue y ahora más que nunca debía tener la certeza de que tenía que sortear un enorme problema sea como sea. El amor añorado y la angustia a lo desconocido eran sus sentimientos más fuertes y los que seguramente lo acompañarían hasta el final de su camino.

Pedro le pidió a Eneas que los llevara al mundo terrenal.

Eneas lo miró y respondió:

-Esto va contra las reglas, nunca llevamos almas vivas hacia el otro plano.

-Lo sé - añadió Pedro.

-Vamos a dejarlos en algún lugar lo más cerca que podamos, es un riesgo.

-¿Por qué un riesgo? - dijo Pablo mirando a Eneas.

-¿Le dijiste, Pedro? - añadió el Conductor.

-No le dije nada.

Pablo observó extrañado la situación.

-Corrés el riesgo de quedar atrapado entre este mundo y el otro.

-Lo que sea pero esto es mejor que nada - añadió Pablo, quien se sintió muy angustiado, miró a los costados y dio un pequeño golpe a la madera, pero decidió que tenía que correr el riesgo.

-Todo va a salir bien - continuó Pedro - no creo que estés acá por casualidad.

Pablo movió la cabeza y asintió.

La barca estaba casi vacía. Eneas empezó a dar las órdenes para comenzar las maniobras.

La nave levó anclas, las velas se desplegaron. Los remos se extendieron, entonces, tomó impulso y, lentamente, comenzaron las maniobras para abandonar el Puerto.

Pablo sintió una fuerte brisa marina y apreció su frío. Trató de darse calor. Dante desde la playa, se quedó mirándolos. Catón se retiró para continuar con su trabajo.


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