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América en Europa

Germán Arciniegas

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©Ediciones LAVP

Cel 9082426010

New York USA

ISBN: 9780463008096

Smashwords Inc

América en Europa

Prefacio

El continente presentido

Imago Mundi

La utopía como protesta y como ilusión

América en la duda y en el espíritu aventurero

Historia verdadera del buen salvaje

El invento de la independencia

Entre el ditirambo y la diatriba

La revolución española del XVIII

El risorgimiento italiano

La reconquista frustrada

Romanticismo

La mesa está servida

Bibliografía



Prefacio

Sobre la influencia en América del pensamiento europeo se han escrito muchos libros. No ocurre lo propio en sentido inverso, y por esto da la impresión de que éste es un libro pensado atreves. En uno y otro sentido se han movido las ideas, a partir del día en que se establecieron las primeras colonias, pero ya es superfino insistir en los aportes de Occidente al Nuevo Mundo. Tomando la dirección contraria, sorprende el papel decisivo que ha correspondido a América en cada nueva etapa del pensamiento europeo. Primero, como un hecho negativo que se extiende a los siglos más remotos.

Basta ver cómo antes de revelarse la existencia de un nuevo continente la ciencia no pudo llegar a ninguna conclusión positiva sobre la estructura del cosmos. Para que pudiera presentar Copérnico su sistema en forma comprobable fue necesaria la aparición real de América. Hasta entonces el sistema heliocéntrico no pasaba de ser una aventura del pensamiento.

De la revelación de América hacia atrás, todo, visto hoy, parece novela ficción, pintura de fábula. Con América se inicia el mundo moderno. Comienza el progreso de la ciencia. Lo mismo en el campo de la filosofía. Por América, Europa alcanza su nueva dimensión, sale de las tinieblas.

El vacío que pretende llenar este libro es una novedad en el sentido de que abarca todo el proceso histórico en ese gran fenómeno de la evolución de las ideas, las letras o las artes, sin pretender figurar como el primer trabajo en muchos campos concretos que han sido estudiados en forma monográfica por investigadores más calificados, en obras a veces exhaustivas.

Lo que el autor se propone ahora es seguir panorámicamente esta marcha del pensamiento europeo, destacando los ejemplos más salientes. No es posible, en este caso, ir más allá de la presentación de un muestrario que en ningún caso ni llegaría al fondo de la investigación, ni a la proyección de todas sus consecuencias.

Más que otra cosa se trata de un estímulo. De provocar a los curiosos invitándolos para que completen estos apuntes, en la seguridad, sí, de que tomando el punto de vista de esta obra hallarán comprobaciones muy notables y gratas.

No creo exagerar en el papel que lo americano ha jugado en el progreso de las ideas. No incurro en la ingenuidad de pensar que el origen mismo de cada nueva concepción del mundo haya que situarlo en América. Muchas de las novedades americanas han agitado antes el pensamiento en Europa. Lo notable está en que haya sido la experiencia americana causa determinante de que puedan realizarse.

Podría servir de ejemplo simbólico el caso de Colón. Toscanelli ya había dicho en Florencia que era posible llegar al oriente marchando siempre hacia occidente, y con estas palabras resumía una "experiencia imaginativa" que venía de tiempo atrás.

Pero fue necesario el viaje de Colón y la presencia física de América para hacer el paso de la ficción a la realidad. Podrá ocurrir que la descripción de la sociedad americana hecha por Amerigo Vespucci y considerada original por Tomás Moro, tuviera un ingrediente poético platónico, por haberse formado Vespucci en un hogar iluminado por el humanismo de Marsilio Ficino.

Más aún: podrían señalarse en el cuadro descriptivo que hizo el Inca Garcilaso de la sociedad incaica, toques de la misma fuente florentina. Pero en uno y otro caso la tierra firme americana ofrece la posibilidad inmediata para salir de la fantasía y entrar en la realidad.

De la misma manera, cuando en Filadelfia se echan las bases de la nueva democracia en el mundo, y se hace la invención de la república moderna, toman cuerpo ideas que aparecían ya expuestas por especuladores europeos. Lo admirable está en la transfiguración operada dentro del medio americano. En el hecho de que regresen las teorías convertidas en sustancia viva. Lo que se había exportado como invención imaginaria, produce, al retorno, el mayor fermento revolucionario en Europa.

Si América ha sido el crisol donde se han fundido las más grandes ilusiones del hombre, si de América han partido los fundamentos de la filosofía política que transformó al mundo, si con esos elementos .ve han cambiado las bases del pensamiento europeo, no queda implicado en estas afirmaciones la exclusión del aporte del hombre europeo.

El blanco trasladado al Nuevo Mundo cambia los fundamentos de su vida, es un europeo quizá mejorado que adquiere una nueva conciencia de su libertad, un espíritu de independencia que me atrevo a llamar americano. En este juego de correspondencias está la universalidad de los hechos —y de las causas— que eliminará en unos y otros la arrogancia de exclusividad con que suelen pronunciarse los portavoces de los continentes cuando se presentan en función de un macronacionalismo.

La objetividad de las observaciones que han originado este libro obliga a considerar el fenómeno americano en su totalidad. Aunque lo escribe un latinoamericano, no escapa a su reflexión el hecho de que todo el continente está integrado en el proceso. Hay casos como los que determinaron la formación ideológica en Copérnico, Descartes, Tomás Moro o los autores de la Revolución Francesa, cuya importancia surge de la idea de América continental, asilos puntos de referencia sean las Antillas, Brasil o Filadelfia.

Como este libro trata ante todo de fomentar la escogencia de un nuevo ángulo de observación, no agota —sería pueril pretenderlo— el estudio de una historia cuyas proyecciones son infinitas. Se reduce a formar un muestrario de ejemplos que apenas llegan a un cierto momento del siglo XIX. Lo que viene luego está a la vista de cualquier observador. Figurar el cuadro o los cuadros siguientes es muy sencillo.

Ya el mundo no se ve como una consecuencia de lo que Europa piensa y publica. Cada vez intervienen en el diálogo o la polémica más voces nuevas, y América ha llegado a ser un actor decisivo en la solución de las guerras mundiales o en los debates y forcejeos que comprometen la paz del mundo.

El respeto al más remoto pasado se ha extendido a la arqueología americana, incorporada hoy en el cuadro universal. La novela, la poesía, la música y el arte americanos influyen en forma creciente fuera de sus ambientes originales. Mil aspectos de todo esto ocuparían las páginas de un libro mucho más amplio y denso que este.

Por el momento, digamos que América existe, genera ideas y acontecimientos, e ilustra el hecho, en vía de desarrollo, de un planeta que al girar va bañándose de luz hasta en el último trozo de su esfera.

El continente presentido

La Nueva Europa y su Era Americana— Después del cristianismo, nada ha producido un cambio tan radical en el pensamiento europeo como la presencia de América. Hasta el día anterior a la revelación del nuevo continente, la tierra podía considerarse como obra de los dioses, pero era una obra manca, inconclusa; una máquina de maravilla... a la cual le faltaba una pieza esencial.

Era el planeta a medias, y de esto estaban conscientes algunos sabios. Un planeta incomprensible a la razón, vecino a la fábula y al mito. Cuando Vespucci se dio cuenta de la existencia de un continente distinto de los tres ya conocidos y con la más natural de las sorpresas propuso que se lo llamara el Nuevo Mundo, se quedó corto en la expresión.

Nuevo iba a ser, desde entonces, no sólo ese enorme trozo de tierra que él anunciaba —equilibrio del otro hemisferio— sino el mundo entero. Nueva iba a ser Europa, nuevo el Occidente, nuevo el ámbito en que iba a moverse la imaginación del hombre.

Siendo incompleto el conocimiento de la esfera, todo terminaba para el Occidente frente a las columnas de Hércules. La ciencia tenía obstruido su camino esencial, se hallaba detenida. La era de la razón no hubiera podido ocurrir antes de Colón.

El filósofo antiguo, como hombre de ciencia, se movía dentro de los límites más estrechos. Su razón erraba en las tinieblas, y se veía forzado a trabajar con el instinto, a la aventura. Era poco menos que irracional. Con el viaje de 1492 el hombre de Occidente se realiza, entra a la realidad. El cambio geográfico que se produce está destinado a alterar la teoría del universo aceptada por los sabios. América libera el pensamiento europeo, lo redime.

Es la primera operación mágica que se desprende de su presencia en el horizonte occidental, desmesuradamente dilatado. América hace posible a Copérnico, Galileo, Descartes. Sin ese campo de experimentación, virgen hasta entonces, sin esa base física para el trabajo de la inducción fecunda, jamás hubieran podido comprobarse teorías que hoy nos son familiares y sin las cuales la ciencia continuaría siendo una bella durmiente. Los sabios no hubieran podido formularlas. En el destino de América, como nuevo personaje de la edad moderna, queda comprendido el haber hecho posible la aparición de esos grandes hombres, corona del Renacimiento, precursores de todos los tiempos que hoy vivimos.

Hasta dónde se aprovechó, en qué medida y en qué fechas, nuestro propio planeta entonces revelado, es asunto por explorar. No puede negarse esta evidencia: una vez que pudo dársele la vuelta al globo, todo lo demás se abrió camino.

El descubrimiento ha podido ocurrir un siglo antes o un siglo después. El Colón que tuviera coraje suficiente para poner el pie en la otra orilla del Atlántico ha podido aparecer en cualquier momento de la edad madura. Edad madura, porque cuanto se hizo antes, en tiempos de ninguna grande expectativa comercial —pensamos en los vikingos— quedó escrito en el agua, perdido en el silencio infinito de las edades cautivas. Si el Colón imaginario no hubiera sido el real de 1492, se habría corrido el meridiano de las ideas o cien años antes o cien años después y, o estaríamos más avanzados, o viviríamos con un siglo de retraso.

Bertrand Russell, con el orgulloso individualismo de su flema sajona, al trazar el esquema de la evolución científica, no vaciló al decir que hay hombres singulares —aventureros, aventurados, bienaventurados— que abren los caminos. "Si, para ser más exactos, borráramos de la historia del pensamiento europeo unos cien nombres, todavía andaríamos por los laberintos de la Edad Media".

¿Por qué fue posible Colón? ¿Por qué al abrir él la pista del Atlántico la convirtió en la más rendidora para las naves de Europa? Cuánto oro, plata, perlas, esclavos, tabaco, palo brasil.

—las riquezas de entonces— comenzaron a transportar, ahí mismo, las naves de España haciendo tráfico legítimo, y... las de Francia u Holanda', de contrabando. Cuánto las de Drake, Hawkins o Ralegh, precursoras del imperio británico. O las de Portugal, que al fundar en Brasil la América Lusitana duplicaron el tamaño de su imperio. Todo esto, y lo que vino luego, han sido la obra maestra de la burguesía. En 1500 ya estaba orientado el mundo por hombres de vocación mercantil.

Ellos habían capacitado a cada nación para aprovechar las exploraciones marítimas y ponerlas al servicio de la burguesía adulta, motor de las grandes expediciones. La presencia de América aceleró el proceso histórico. Europa pensó con mayor rapidez. Se introdujo un nuevo tiempo, un horario distinto, hasta donde lo permitió la inercia heredada de siglos. Ocurrió un despegarse de la economía universal... Comenzó en Europa lo que debería llamarse la Era Americana.

Como tantas otras veces, entonces la razón y la magia se enfrentaron. Ha sido la constante en el caso europeo. Filósofos, cosmógrafos, poetas, dialogadores peripatéticos, novelistas de la antigüedad, con ciencia y ficción lucharon por llenar el vacío sucular en que estaba envuelto el mundo predilecto de los dioses. Moviéndose en planos ideales formulaban ellos teorías contradictorias, fabricaban imágenes arbitrarias. Había ciencia, pero una ciencia montada en el aire. Veinte siglos antes de Colón, caldeos, egipcios, griegos, buscaron soluciones científicas... pero acabaron por rendirse ante la magia.

El mismo Bertrand Russell dice: "los griegos miraban al mundo más como poetas que como científicos, en parte porque toda actividad manual era para ellos impropia de un caballero, y así, todo estudio que requiere experimentación, les parecía un tanto vulgar. Quizá sería el caso de conectar este prejuicio con el hecho de que el departamento en que los griegos hicieron mayores progresos científicos fue la astronomía, que trata de cuerpos que sólo pueden ser vistos y no tocados".

En cuanto América aparece, cambian las dimensiones de la tierra, las posibilidades del experimento. La esfera que algunos presentían, materialmente se revela, y duplica su tamaño. Pero más que esta comprobación física, lo esencial es la progresión geométrica en que se desenvuelven los horizontes del pensamiento. La esfera intelectual no se multiplica por dos sino por ciento.

Lo que sigue de la historia —hoy la vemos con una perspectiva quinientos años— es fascinante. Europa y sus sabios entran vivir su nuevo mundo —el nuevo mundo europeo que existe p América. Tienen a la vista la totalidad de su planeta. ¡Magallan le da la vuelta! Y, sin embargo, son más los que dudan que los que reconocen. ¡Bienaventurados sean los cavilosos!

A la ciencia sigue deteniéndola, hasta más allá de la razón, lo de Santo Tomás. Mientras el sabio no mete el dedo en la herida, no cree. Así. magia no muere. Ni en el siglo de la razón. Es más porfiada sostenida que la duda. Quienes estaban por la ciencia tenían que a verlo todo. —Cook, La Condamine, Humboldt... Quienes estaban por la magia, manejaban en secreto, manejan hoy, ciencias ocultas. Fabricaban sus propias divinidades.

En la Enciclopedia de Diderot— En 1751 se inicia la publicación de la Enciclopedia —Summa del pensamiento del Siglo de 1 Luces, monumento erigido a la Razón, primer principio de Revolución Francesa, compendio de los conocimientos de Europa Ilustrada. Allí, a la palabra "América" se concedí cincuenta líneas —la cuarta parte de una página— y a Alsacia un espacio dieciocho veces mayor. América no valía un dieciochavo de Alsacia.

Las dos palabras están registradas en el primer volumen. A medida que la obra fue avanzando se reveló en t forma lo americano en palabras de geografía, historia, planta animales, ciudades... que al redactarse el Suplemento, años de pues, se ve la necesidad de revisar la información original, y presenta de nuevo la palabra "América" en un artículo que ocupa diecinueve páginas.

Comienza así: "La historia del mundo no ofrece quizás acontecimiento más singular a los ojos de los filósofos que el descubrimiento del nuevo continente que, con los mares que lo rodean, forma todo un hemisferio de nuestro planeta, di cual los antiguos no conocieron sino 180 grados de longitud, que aun podrían reducirse a 130 por rigurosa deducción, pues tal es i error de Ptolomeo cuando sitúa la desembocadura del Ganges e el grado 148, y los astrónomos modernos la fijan alrededor d 108, es decir: que Ptolomeo lleva un exceso de 40 grados, n pareciendo haber tenido idea de lo que va más allá de Indochina término oriental del mundo entonces conocido".

No hay que sorprenderse de estas vacilaciones y contradicciones de la Enciclopedia. El hombre del siglo XVI descubre que con el continente americano y el mar Pacífico, el pequeño mundo que imaginaron los griegos —y en que Colón seguía pensando— se convierte en este globo inmenso que va a ser objeto de las más atrevidas exploraciones.

Y sin embargo, los ingleses demoran cien años antes de aventurarse a establecer —forzados por emergencias religiosas— sus primeras colonias en la América del Norte. Los enciclopedistas del primer momento, los de 1751, al despachar el tema en 50 líneas, no parecían haberse dado cuenta de lo que había ocurrido...

Aceptando que la ciencia de los griegos fuera sideral, era ciencia. Y quizá, más segura fue la anterior de egipcios y caldeos. En todo caso, las especulaciones de los filósofos griegos, partiendo de estudios tan penetrantes como los de Aristarco de Samos, Seleucos de Babilonia o Pitágoras, contrastan por su mayor aproximación a la realidad con las Summas Teológicas de la Edad Media.

Después de todo, los griegos inventaban y manejaban a sus dioses para ponerlos al servicio de su inteligencia, en tanto que en la Edad Media eran especulaciones metafísicas, arrulladas al nacer, y adormecidas por la sinfonía mística de la Revelación y de la Gracia. El apagón que se produce en Occidente a la caída del Imperio Romano precipita en las tinieblas las conquistas de la ciencia antigua.

Aristarco de Samos formuló, mil ochocientos años antes de Copérnico, la hipótesis de que la tierra es un planeta que gira dentro de un sistema de conjunto, moviéndose al mismo tiempo sobre su eje y alrededor del Sol. El tiempo que corre de Aristarco a Copérnico representa dieciocho siglos de silencio, y de miedo. El desperdicio es apenas concebible.

Las riquezas acumuladas por la ciencia de caldeos, egipcios, griegos, quedan congeladas en un paréntesis que viene a cerrarse el día en que Colón declara abierto el camino del mar de los Sargazos y Amerigo Vespucci anuncia la aparición del continente que se pensaba sumergido.

Todavía hay quienes se maravillan de que el mensaje de Vespucci produjera mayor efecto que el de Colón y se hubiera dado al Nuevo Mundo el nombre de América en vez de Colombia. La explicación no es difícil. Colón comprobó que el pequeño mundo de los griegos era, como muchos lo pensaban, esférico. Con una sola variante: que el temido mar tenebroso de escollos y lodo era limpio y navegable.

Salía valedero Toscanelli. Así, el genovés pudo decir: he llegado al Japón. El mensaje de Vespucci era muy distinto: se refería a otro continente. Con esto se agrandaba al doble el tamaño de la esfera. Esto sí era noticia y revolucionaba las ideas preconcebidas (1).

(1) . Las palabras de Vespucci dan la medida de su revelación: "En días pasados os escribí sobre mi vuelta de aquellos países, los cuales hemos buscado y descubierto con una armada hecha a expensas y por mandato del serenísimo rey de Portugal, los cuales me sea lícito llamar Nuevo Mundo... Conocimos que aquella tierra no era isla, sino continente, porque se extiende en larguísimas playas que no la circundan y está llena de innumerables habitantes... Yo he descubierto el continente habitado por más multitud de pueblos y animales que nuestra Europa o Asia o la misma África, y hallado que el aire es más templado y ameno que en otras regiones por nosotros conocidas... De este continente, una parte está en la zona tórrida más allá de la línea equinoccial, hacia el polo Antártico, ya que su principio comienza a los ocho grados más allá de ese equinoccial...".

Fueron mucho más sagaces y entendidos unos frailes o canónigos desconocidos, de la Abadía de Saint Dié, cuando realizaron la magnitud del anuncio e inventaron el nombre de América, que se impuso en seguida. Fue mucho más alerta el editor veneciano que dio el título de Mundus Novus a la carta de Vespucci. Ellos también se dieron cuenta de lo que significaba la noticia, y no quienes a lo largo de cuatrocientos años han arrojado ciegamente basura sobre el nombre de Vespucci(2).

(2) Muy agudamente, Stefan Zweig explica así el impacto producido por las noticias del Nuevo Mundo (En Amerigo, a comedy oferrors in history): "El éxito inmediato de la carta de Vespucci no consistió precisamente en la carta misma, sino en el título: Mundus Novus, dos palabras, cuatro sílabas que revolucionaron la concepción del cosmos como nada antes lo había hecho...

Hay palabras, pocas pero decisivas, que hacen del Mundus Novus un documento memorable: con la primera declaración de independencia de América. Colón, hasta la fecha de su muerte, quedó ciegamente envuelto en el error de que, habiendo descendido en Guanahaní y en Cuba, había puesto la planta en la India, y disminuyó con esta ilusión el tamaño del globo ante los ojos de sus contemporáneos. Sólo Vespucci, destruyendo la hipótesis de que este nuevo país fuera la India e insistiendo en que era un continente nuevo, dio las dimensiones que han quedado en pie hasta hoy...".

En contraste con estas líneas de Zweig, recordemos las de Emerson: "Extraña que toda América deba llevar el nombre de un ladrón, Amerigo Vespucio negociante de conservas en Sevilla, que salió en 1499 como subalterno de Ojeda y cuyo puesto más elevado en el escalafón naval fue de segundo contramaestre en una expedición que nunca se dio a la vela, pero quien se dio trazas para suplantar en este mundo mentiroso a Colón, y bautizar la mitad del globo con el propio nombre de embaucador...". Naturalmente, Emerson lo ignoraba todo en este punto, y en esa ignorancia hay que buscar la disculpa a cuanto dice en tan pocas líneas.

De la ciencia-ficción griega a la novela medieval— El poético encanto de la invención de Atlántida, y su espantable final, presentados por Platón en un libro precursor de la Ciencia Ficción, impresionaron por siglos a los navegantes griegos y a quienes les sucedieron. El realismo de las imágenes se impuso. En los diálogos de Timeo y Critias aparece la Atlántida como un continente fabuloso, primero formidable y prepotente, luego hundido en uno de los mayores cataclismos que hayan registrado la litera-tura o el periodismo universales.

En el espacio de un día y una noche el mar se tragó la Atlántida, y la dilatada isla se convirtió en un mar erizado de escollos, intransitable. Eso, y los bajos fondos cenagosos de que habla la novela platónica, cerraron todo intento de cruzar el Atlántico. El pavor duró veinte siglos.

Lo más notable del libro de Platón no es la idea de la Atlántida: es la ficción de otro continente, otro mundo, otro océano presentidos. Continente, mundo, océano en parte inventados sobre aproximaciones científicas de sabios antiguos, en parte tomados de la fábula.

Dice Platón que él consultó monumentos escritos en donde se daba cuenta de una potencia ultramarina cuyos ejércitos se dispusieron para ir a la conquista del Asia y de Europa, desafiando a la divina Grecia. Esos ejércitos, son sus palabras, vendrían del otro mundo (digamos: América), situado en el océano Atlántico.

De esa América —grande como Asia y Libia unidas— "se podía pasar entonces a otras islas y de éstas ganar el continente que se extiende delante de ellas y bordea el verdadero mar. Porque todo lo que está de este lado del estrecho semeja un puerto cuya entrada es estrecha, en tanto que lo que está del otro lado forma un verdadero mar y la tierra que lo rodea tiene en verdad títulos para que se la llame continente.,.". Para sorpresa de la sombra de Platón, todo esto vino a anunciarlo veinte siglos más tarde Amerigo Vespucci como una realidad.

Todo en Platón tiene algo de extraordinario. No de otra manera ha de calificarse el encuentro, también novelesco, en que describe el choque de su América con Europa, representada en ese momento por Grecia.

Es algo así como el deseado conflicto, ilusión de muchos de nuestros contemporáneos, que daría a Occidente el triunfo sobre un imperio colocado al otro lado del Atlántico. Cada vez que se leen esas páginas antiguas se les encuentran más y más filos... "En aquella Atlántida los reyes habían formado una potencia grande y admirable que extendía su dominio sobre toda la isla, sobre las islas vecinas y sobre algunas partes del continente. Del lado acá del estrecho, de nuestro lado, éramos la Libia hasta Egipto, y Europa hasta el Tirreno. Un día la potencia de la Atlántida reunió todas sus fuerzas, y se propuso de un golpe reducir a servidumbre a nuestro país —Europa— y a todos los pueblos de este lado del estrecho.

Solón entonces, con su poderío de Atenas, hizo brillar a los ojos del mundo su valor y su fuerza...". Europa, pues, bajo Solón, respondió al desafío americano en la primera guerra intercontinental, contuvo sus ejércitos y ganó en una sola batalla la libertad del Viejo Mundo. Poco después se hundió la Atlántida. Telón.

La mágica novela medieval Repitiendo las expresiones de la Enciclopedia, puede decirse que no hay espectáculo más singular en el mundo de las ideas que el apagón de Occidente al hundirse el Imperio Romano. Un cataclismo como el de la Atlántida, para que lo hubiera escrito Platón.

Llegaron los bárbaros, pusieron una lápida sobre Europa y los vencidos quedaron moviéndose al tanteo, no ya con la ayuda de las ciencias para explorar el mundo en torno, sino entregados al destino mágico... legado también por Platón en la parte fabulosa de la Atlántida.

Recorriendo hoy ruinas y museos, haciendo arqueología en lo que aún queda o se desentierra en las viejas ciudades —templos, acueductos, puentes, teatros, arenas, imágenes de dioses y emperadores, mausoleos de patricios y matronas romanas...— vemos cómo la antigüedad llegó a extremos de perfección en arquitectura, artes figurativas y abstractas, casi increíbles. De repente, vino el derrumbamiento total.

Las generaciones subsiguientes queda ron huérfanas, ciegas y esclavas. Hubo el regreso a las cavernas. Y cuando en el siglo XI o XII otra vez se comienza a levantar templos, esculpir estatuas, pintar imágenes de la Divina Matestad, el arte se hace primitivo, folklórico.

Las basílicas del año 1100 son elementales y toscos monumentos comparados con el Partenón o los templos de Pestum y Siracusa, las ruinas de Bal Bek, la imponente cascara del Coliseo o el Panteón romanos. Mil años —quinientos en el mejor de los casos— obligaron a los sobrevivientes de las invasiones a esperar... para comenzar de nuevo.

Quienes llegaron al final de esos siglos callados —desnudos e ignorantes—, o inventaban, o desentrañaban la historia de las civilizaciones perdidas para resucitarlas (renacerías). Rescataron el arco y la bóveda romanos, buscaron libros perdidos, metieron la mano en los basureros arqueológicos. Eran Colones que miraban hacia atrás y descubrían un mundo muy viejo para ellos. La historia tiene eso de bueno: anima, estimula, ambiciona. El recuerdo empuja.

Después de mil quinientos años se descubre a Ptolomeo —salvado por los árabes— y los descubridores tienen la emoción de hallarse de repente con la imagen de la ciencia olvidada. Platón resucita en la Florencia de los Médici, y forma una escuela de discípulos aún más entusiastas que quienes le escucharon de viva voz en sus días. Llega a su madurez el Renacimiento... pero continúa el forcejeo entre la razón que despierta y la magia que no cede. La idea de la tierra esférica preconizada por Eudoxio de Cnida en tiempos de Platón, cae bajo la duda en Salamanca mil novecientos años después.

El pobre Colón, a quien el sentido común hacía pensar en la esfericidad del planeta, abandona, en vísperas de su primer viaje, y para siempre, el contacto con una ciencia que España rechaza, y se encierra en la rebúsqueda de las Sagradas Escrituras y los libros de los Santos Padres para encontrar "razones" divinas o adivinatorias que le abran el camino en una sociedad puesta bajo el signo medieval. Si la ciencia no le sirve, que la novela le dé la mano.

Hemos visto cómo la novela puede influir en las grandes aventuras de la historia. Con una novela Platón detiene las naves por veinte siglos y Con la misma novela mantiene vivo el ideal. Grecia fue racional, científica y humana hasta donde pudo, y el resto lo hizo con la imaginación.

Así se hicieron diálogos, tratados, rapsodias, comedias, tragedias, que forman una literatura muy semejante a la de nuestro tiempo por los problemas que la intrigan, el espíritu curioso y desenvuelto que la anima, la humanización de lo divino, la divinización mitológica de lo humano.

Grecia acerca con poderosa lente de aumento a los Dioses del Olimpo hasta hacerlos convivir en la propia casa, en la vida diaria, en las salidas al campo de las doncellas, y al mismo tiempo proyecta figuras de héroes y reyes hasta llevarlos por las nubes a la cumbre del Olimpo.

Cuando se entra en la zona del Medioevo lo que domina de esa herencia fabulosa se resuelve en la novela mágica, diabólica y cristiana. Mejor que novela, linterna mágica. Desde el fondo tenebroso de la catedral, lo que se ve a través de los vitrales da una imagen fascinante de la teología, la demonología, los laberintos metafísicos. La ficción fantástica se convierte en vidas de santos y caballeros encantados, relatos milagrosos de las cruzadas y las peregrinaciones.

Aún hoy es difícil que la ficción llegue a producir imágenes tan vividas como las luchas medievales entre ángeles y demonios. Sus monstruos y sus paraísos convierten en retablo barroco la mitología griega. El paso de la transparencia azul del Mediterráneo a la Selva Negra de la Europa Central tenía que dar estos resultados. Ayudaba al buen suceso de romances y poesías la receptibilidad encantada de la humanidad crédula, cuyos ojos estaban puestos en el tremendo Juicio Final.

A la entrada de cada catedral se presentaba en escultórico realismo la escena de los muertos que levantando la losa de los sepulcros acuden al tribunal supremo requeridos por trompetas apocalípticas.

Dominándolo todo, la majestad, entre el óvalo de almendra flamígero cuya visión está reservada a los justos que suben al paraíso. Abajo, los forcejeos del diablo agarrando el platillo de la balanza donde se pesan las almas, y el empeño de San Miguel Dorado por defenderlas. Por un despeñadero, los reprobos certificados caen en garras de monstruos infernales.

Sobre la trama de estas invenciones, se movían los hombres contenidos por el santo temor de Dios. El miedo estaba adueñado de sus destinos. El novelista trabajaba con estas fantasías, sus personajes eran santos o demonios, y sus hazañas quiméricas.

De lo griego tomaron los autores tradiciones como las de las Amazonas o el reino de California. Luego vinieron las aventuras de caballería a insertarse en ellas. Todo esto influyó en los aventureros que salieron a descubrir y conquistar en América, así fueran analfabetos, pues quienes no habían leído los libros habían oído las historias.

Como estímulo, la novela mágica influía más que la filosofía, la historia, no sólo para el pueblo sino para los mejor preparados. Puede más en la mente de un soldado el relato de Amadís Gaula que un diálogo de Platón. El soldado eventualmente s un Hernán Cortés que tuvo su iniciación en Salamanca, o analfabeto puro y simple. La inmensa mayoría de los conquistadores, altos y bajos, no tuvieron escuela, lo cual no les impidió llegar, como Belalcázar, a ser grandes entre los más grandes. Pero todos sabían las historias, un poco a la manera griega, cuan oían cantar sus rapsodias al ciego Hornero, lo mismo el letrado que el analfabeto. El poder de la ciencia no fue más decisivo de Colón que las divagaciones de Pedro Aliaco.

Los elementos mágicos medievales acaban en un renacimiento de los sueños de Platón. Así comenzó a gestarse la novela ame cana.

Los varios descubrimientos— El tema de los descubrimientos muchísimo más viejo que Colón. Nace con las cruzadas. El Oriente —que era un desperdicio entregado al olvido— toma cuerpo de manera imprevista, y Jerusalén acaba por ser una cabeza de puente para llegar al Japón. Los caballeros que se encaminaron la liberación del Santo Sepulcro regresaron de su aventura cierta mente con una espina de la corona de Cristo, pero con perla canela, tapetes... o noticias de esos lujos.

La fascinación asiática comenzaba... La ambición mercantil crece entretejiendo los hilos de oro de la leyenda cristiana, con los de seda que vienen de Persia, la India, el Japón desconocidos. No hay que hablar de descubrimiento de América sino de una serie de descubrimiento que van sucediéndose desde entonces, y culminan con el de 1a Atlántida restaurada. Este eclipsa a todos los anteriores, y las proyecciones insospechadas que ofrece dan al europeo un papel nuevo en la historia universal.

Si muchos descubrimientos se escalonan a partir de las cruzadas, los dos mayores son, en su orden, el del Asia y el de América En las ideas religiosas, en el arte, en el comercio, la corriente oriental es una constante histórica que penetra en mil formas a Occidente.

Pero de 1492 para acá lo americano altera todo el proceso. ¿Por qué fueron tan distintas las razones que animaron los descubrimientos en Asia y en América? ¿Por qué sólo sobre América se derramó la corriente humana de los europeos emigrantes? ¿Por qué África es otro mundo —el tercero o el cuarto— que se reserva para una exploración tardía? ¿Por qué, por qué, por qué tantos interrogantes que no bien ha formulado el curioso cuando ya se le multiplican en proyección inacabable?

Lo serio para nosotros en el descubrimiento del Asia es la idea que deja de que América debe ser como Asia. Colón navega en busca de esa Asia y Europa trata de acercarse a esas otras Indias. Con sus monstruos y sus riquezas.

El Colón del descubrimiento del Asia fue otro italiano: Marco Polo. Con sus naturales diferencias: Colón de Génova, Marco Polo de Venecia. Y con sus naturales semejanzas: genoveses y venecianos, a cuál más mercader, con abundante participación en las cruzadas, y en la fundación de colonias para sistematizar el comercio.

El fulgurante Imperio Bizantino, el Oriente dorado, eran para venecianos y genoveses el imán que azoraba sus brújulos impulsos. Por orden lógico, Asia ocupa el primer término en la historia del comercio. Es el turno de Venecia que mira hacia el Oriente. Para explicarnos a Colón hay que partir de Marco Polo.

El descubrimiento del Asia tiene una anterioridad de dos siglos y medio. La distancia entre las fechas de los dos descubrimientos muestra la lentitud en el avance. Entre Marco Polo y Colón habría que considerar a don Enrique el Navegante. Portugal, con él, tiende el lazo sobre el África. Pero don Enrique seguía mirando hacia el Oriente, de espaldas a América.

Cuando nació Marco Polo, el Asia era un misterio, aunque nadie ignoraba su existencia. El comercio estaba sobre la pista de la pimienta, la canela, la nuez moscada, los marfiles, las perlas... Sólo que tanto el Asia como Europa se movían dentro de su propia esfera de acción. Eran dos mundos separados por una cortina que nadie tenía interés en levantar.

Había intercambio comercial, y aun hubo cismáticos cristianos, que siguieron a Néstor y formaron, detrás de la cortina, una izquierda de la Iglesia. Fue la avanzada cristiana sobre la China: el puente en potencia. Pero cada cual respetaba la frontera de siglos.

Tan neta era esta división de las dos esferas de poder que todo estímulo para un reconocimiento geográfico quedaba congelado. El Asia era para los asiáticos, cuya civilización era admirada por presentimientos más que por información segura. El descubrimiento empieza con los precursores de Marco Polo. Fray Giuliano de Hungría informó en el siglo XIII de una posible invasión a Europa y de concentraciones militares de los tártaros en la frontera, la noticia llegó a oídos del papa Inocencio IV.

Federico promovía entonces una guerra cuya consecuencia inmediata sería debilitar el poder temporal de la Iglesia. Inocencio convocó concilio extraordinario, excomulgó a Federico, propuso la unión europea para defenderse de los tártaros y envió a fray Giovanni de Perugia como embajador ante el soberano tártaro.

Fray Giovanni hizo un recorrido de los países detrás de la cortina y escribió en 1247 un libro —Historia Mongolarum. Es el antecedente directo del Millón de Marco Polo. Según Leonardo Olschki —erudito biógrafo de Marco Polo— es el libro de viajes que inaugura en Europa ese género literario.

El libro de fray Giovanni describe los monstruos que poblarán la geografía fantástica posterior. Habla él de los cinocéfalos (hombres con cabeza de perro) y de los monopiés "relegados como otros monstruos a las regiones del Ártico, más allá de toda experiencia personal y humana". Fray Giovanni se entera de ellos por los relatos que le hacen en la corte del emperador Kuyuc. Monstruos aparte, el libro abunda en informaciones precisas, realistas.

Dentro de la idea del descubrimiento del Asia, no encontraba en los cálculos del papa su conquista, ni semejante ambición movió a los otros soberanos. Se trataba sólo de fortalecer la línea de defensa de los cristianos para prevenir cualquier invasión. Los mercaderes verían la posibilidad de algún intercambio y es ahí donde nace el interés de la familia veneciana de los Polo, cuyo miembro más destacado viene a ser Marco.

Marco Polo pasó veinticinco años en el interior de Asia sin haber llegado al Japón. Recibió honores del emperador de la China, a quien sirvió de embajador y gobernador. El gran Kan no vio en él un eventual espía, ni un enemigo. De regreso de esta experiencia sin precedentes, Marco Polo confía sus recuerdos a un compañero de prisión, de donde resulta El Millón, el reportaje más fascinante que jamás i se hubiera leído en Europa sobre el mundo oculto detrás de la cortina. El veneciano murió 168 años antes del primer viaje de Colón.

La literatura de viajes que inician fray Giovanni y Marco Polo no podía ser más estimulante. China e India, según Marco Polo, con sus grandes ciudades, papel moneda, imprenta... dejan la imagen de civilizaciones superiores. Hábil para aprender lenguas exóticas, de fácil trato, cortesano, Marco Polo conoció Chan-si, Setchuán, Tibet, Karakorum, Cochinchina, Sumatra, Ceilán...y muchedumbre de animales, plantas, piedras... sin contar príncipes, campesinos, comerciantes. En El Millón se da la primera noticia del petróleo de Bazú, notable como combustible y de propiedades medicinales. Del oro refiere su existencia a las minas del Japón, que no visitó. Ese Dorado lo buscó Colón.

Al Oriente por el Comercio, a América por la Conquista— La brecha abierta por Marco Polo fue aprovechada durante dos siglos por los más diversos exploradores. Casi contemporáneo con Marco Polo fue fray Giovanni de Mont-Corvin, italiano, que visitó Persia, India y China y acabó estableciendo iglesia cristiana en Pekín. Un franciscano, italiano también, Odorico de Persenone, llegó a China. Dice que bautizó ¡a 30.000 infieles!

El marroquí Ibn Batuta salió de Egipto y visitó Irak, India, Pekín. Tras estos evangelizadores y curiosos iban los comerciantes. Los italianos tuvieron agentes, cónsules, depósitos, flotas para atender la creciente demanda de canela, pimienta, clavos, nuez moscada, perlas, ámbar, azúcar que ávidamente solicitaba el comercio europeo.

Se empezó por la reconquista del Santo Sepulcro y se terminó vistiéndose las cortes y los grandes señores de sedas y brocados. Todo, manteniéndose en misterio de esos imperios fabulosos que se tuvieron por siglos a distancia respetable, como quien está en presencia de un tigre de Bengala.

Una ciudad como Florencia fue desarrollando el comercio concentrado en manos de la corporación de los médicos y traficantes en especias, con los ojos puestos en el Oriente. Desde antes de las cruzadas, la pimienta era, de antiguo, una de las bases de la medicina y el refinamiento de la comida.

"No sólo le daba prestigio a la mesa de los ricos y de los laicos distinguidos, como recuerda San Pier Damiani, sino que hasta los austeros monjes camaldulenses, según la constitución del año 1080, podían adquirir dos libras al año para darle gusto a la comida del convento.

Tan apreciada era la pimienta, que los florentinos no vacilaban en hacer con ella regalos al rey y a los embajadores, junto con otras especies... Se daba pimienta en pago de mercancías, como tributo y en pago de arrendamientos. Parte de la deuda contraída por Génova con los comerciantes florentinos en 1154 fue pagada con pimienta, palo brasil, algodón, añil, incienso y alumbre. El florentino Ghino de Ugolini Frescobaldi prometió dar una libra de pimienta al año para la fiesta de Todos los Santos en pago del canon de arrendamiento de unos terrenos.

Desde comienzos del siglo XIV, es decir desde la época a que remonta el más antiguo estatuto de la corporación de los médicos y especieros, encontramos adoptado el uso de ofrecer a los cónsules y otros oficiales de las corporaciones de artesanos florentinos, como indemnización por el cargo, pimienta, canela, azafrán y otras especias muy preciadas, costumbre válida aun para otras ciudades que las ofrecían a emperadores, príncipes, papas, monasterios, particulares y aun a los soldados victoriosos, como parte de su botín de guerra..." (3).

(3). Informaciones tomadas de L'Arte dei Medice e Speziali nelta swria e na comercio florentino, de Raffaele Ciasca (Firenze, Olschki, 1927), riquísimo estudio de la época.

Como se ve, desde antes de las cruzadas, las especies que venían de Oriente tenían un lugar prominente en el consumo local, y no sería extraño que quienes se enrolaban en la guerra santa, al lado de la empresa que les aseguraba el cielo, encontraran el complemento natural de acercarse a los lugares de dónde venían esos condimentos que mejoran la vida en la tierra.

Las cruzadas, en efecto, incrementaron el comercio, y cuando Marco Polo refiere cómo la pimienta se cultiva en toda la India, y la canela en el Ganges; que el mejor alcanfor del mundo venía de Sumatra (se vendía a precio de oro), y que la nuez moscada hacía las fortunas en Java... está indicando las rutas que tomaría el comercio medieval.

Buscando en América el palo brasil que llegaba antes de Oriente, Brasil vino a llamarse media América del Sur...

Florencia se adelantó en el desarrollo de la burguesía a muchas otras repúblicas, y sobre todo acabó por convertirse en el centro intelectual que sería la flor de los siglos, pero era una Florencia tierra adentro, sin flota propia, que transportaba sus mercancías en las naves de písanos, genoveses, venecianos, napolitanos, sicilianos, provenzales.

En Constantinopla los genoveses tenían su colonia en el centro de la ciudad, con depósitos, bancos, tiendas, y cuanto era necesario para los compradores, vendedores y transportadores. Pero donde difiere sustancialmente el trato con Oriente, del giro que se dio a la conquista de América, está en que allá no hubo conquista.

"El comercio entre Occidente y los países productores de especias, perfumes y aromas no se hacía directamente por los cristianos de Occidente —los cuales, salvo raras opciones, se reducían cuando más a hacer algunas jornadas de camino por las costas del Mediterráneo, el Mar Negro o el Mar Caspio— sino que lo hacían otros pueblos: los persas en tiempos del imperio bizantino, los árabes después de su expansión en los nos continentes entonces conocidos, los mongoles, sobre todo después de su conversión al cristianismo, y aun algunas tribus tártaras.

Los puertos de Trípoli, Beirut, Tiro y Acra eran cabeza de las numerosas entradas que partían a Jerusalén y Damasco. Jerusalén era estación obligada de todos los peregrinos que regresaban de la capital del mundo islámico, y vendían en aquella ciudad los productos que del Oriente llegaban a través del mar Rojo y el puerto de Dieddah...".

Casi cinco siglos duró este intercambio en que sin reserva alguna y juntándose en ciertas ciudades cristianos, mahometanos o lo que fuera, el negocio se hacía sin propósito de conquista. ¿Qué ocurre, en cambio, con el descubrimiento de América? No bien se abre la navegación del Atlántico, Europa se vuelca sobre el Nuevo Mundo.

En cuarenta años se explora desde el Labrador hasta el estrecho de Magallanes; los conquistadores ignoran las civilizaciones indígenas, afirman el derecho de conquista, queman templos e ídolos, imponen la religión de Cristo.

Tras las naves de bandera castellana llegan las de Portugal, Inglaterra, Francia, Holanda, Dinamarca. En las expediciones se encuentran italianos, griegos, alemanes, polacos... Se penetra por los grandes ríos al interior, en el norte o en el sur: Amazonas, Mississippi, Orinoco, el Plata, el Magdalena...

Se escalan los Andes, se contornea el Pacífico, se cruzan selvas y desiertos, se catalogan cientos, miles de islas, se desafían las soledades de las pampas, los páramos, la jungla. Movidos por frenesí aventurero no van los exploradores solitarios, sino muchedumbres de europeos embrujados por la huidiza tentación de los Dorados. Acabaron por seguirlos las mujeres.

Entre todos, los españoles superaron en audacia a los demás: ¡ellos, que hasta la víspera parecían los menos andariegos de Europa! No se habló más de descubrimiento sino de conquista.

En el Nuevo Mundo podían estar tan bien plantados aztecas o incas como los chinos en sus capitales. No importaba. Los arrollaron. Los sometieron. Un deseo de apropiar se de la tierra, el agua, el aire, despertó no se sabe qué ambiciones dormidas. Balboa entró al Pacífico hasta que el agua le llegó a las rodillas, y tomó posesión del mar a nombre del rey de España. Había que europeizar, cristianizar, culturizar —a la manera bárbara de cada cual— las diversas comarcas que fueron colocándose, una a una, bajo las banderas de España, Portugal (con la bendición del papa); Inglaterra, Francia. La empresa fue tan espectacular, que ya no volvió a hablarse de los descubrimientos, sino del descubrimiento.

El de América hace que el del Asia se pierda en la bruma como un cuento chino, árabe, hindú... Se perdió, en el fondo, la esencia de lo que es descubrir (conocer, revelar, saber del otro) para tomar la actitud del conquistador. El resultado apenas sí lo vemos, siendo tan claro, deslumbrante, resplandeciente. Hoy hay más descendientes de europeos en América que en la propia. Europa. Más hijos de españoles que en España, de portugueses que en Portugal, de italianos que en Italia, de ingleses que en Gran Bretaña, de irlandeses que en Irlanda.

Habría que verificar si lo mismo podría decirse de israelíes, polacos, griegos, alemanes, noruegos, suecos, daneses, holandeses, árabes, finlandeses. Tres lenguas, cuando menos, han encontrado en el hemisferio americano su mayor ámbito de difusión: español, portugués, inglés.

Las capitales modernas del español y el portugués se han trasladado a América, y el del Webster y la Enciclopedia Británica en adelante, el idioma inglés se desenvuelve con mayor velocidad y riqueza de palabras y conocimientos en América que en Inglaterra.

No ha sido sólo el traslado físico de muchedumbres de gentes para ocupar las tierras del Nuevo Mundo el resultado esencial del cambio. Con ellos han caminado, como productos de la cultura europea, idiomas, religión, leyes, ideas. No en vano, desde el comienzo, se acuñó una geografía de renacimiento con nombres como éstos: Nueva España, Nueva Inglaterra, Nueva Francia, Nueva Escocia, Nueva Suecia, Nueva Ámsterdam, Nueva Granada, Nueva Galicia, Nueva Andalucía, Nueva York, Nueva Orleáns, ¡Castilla de Oro! Y ciudades que se duplican en el Atlas: Cambridge, Granada, Trujillo, Mérida, Córdoba, Valencia, Harlem, Santiago, Sevilla, Roma, Itaca, Atenas, Segovia, Salamanca...

Lo más notorio de esta evolución es el cambio de velocidad. Lo que no se hizo en cinco siglos sobre el Asia, en medio se consumó en América. Un mundo que estaba quieto, contenido, se anima de repente. España necesitó siete siglos para conquistar las tierras que los árabes habían ocupado en la península, y entre 1492 y 1542 devoró tierras varias veces más extensas que las de Europa. Lenta ha sido Europa para aceptar ciertas ideas (Copérnico, Galileo, Descartes...) dentro de su territorio. La velocidad ocurrió del otro lado del Atlántico.

Pero los hechos, los hechos populares, fueron más decisivos que las ideas, hubo un cambio de horizonte, se movilizó la masa y sólo faltó hablar de una Nueva Europa, dentro de Europa misma. Si no se dijo, fue notoria la transformación que por América tuvo Occidente. Podría preguntarse dónde, de veras, ocurrió la del Nuevo Mundo que surgió en el XVI. ¿Del lado occidental del Atlántico, o en una Europa que despertaba a otra vida y otro destino, y que hasta la víspera no era sino un Viejo Mundo?

Imago Mundi

Los fantasmas del mundo desconocido— Cuando Colón enrumba sus tres carabelas hacia Occidente, no va tras lo absolutamente desconocido. Se mueve hacia la realidad mágica. Va al encuentro otra tierra ya ocupada. Son tierras conquistadas y pobladas por la fábula. El hombre medieval, de cuya sociedad forma parte si almirante, cree más en lo imaginariamente elaborado que en lo real y tangible.

Los gigantes y pigmeos de la selva novelada existen para sabios e ignorantes con la misma certeza que la gente con que ellos se codean en el mercado y la plaza, en la iglesia, en caminos que van del burgo a la campaña. En las islas o en la tierra firme del otro hemisferio han de existir cíclopes, orejones, caras de perro, amazonas. Se sabe que allá hay oro y piedras preciosas como en ningún otro lugar de la tierra. Europa de 1500 piensa a través de la fábula.

Es la novela. No otra cosa fue cinco siglos atrás y sigue siéndolo dentro de la misma Italia tocada por las luces del Humanismo. Todos: filósofos, teólogos, poetas, geógrafos, astrólogos y astrónomos, místicos, maestros, brujos, y el fraile predicador y el caballero y el escudero y la doncella y el ama y la ventera y el príncipe y la princesa, no hay quien no se haya mirado alguna vez en el espejo adivino.

Quienes adoctrinan y enseñan, se mueven con linternas mágicas proyectando imágenes a todo color del infierno o el paraíso. Vitrales... Hacen periodismo, reportajes, historias "verdaderas", romanceros que todos repiten. Papas, reyes, banqueros, mercaderes enriquecidos, no comienzan la construcción de un palacio, no inician un viaje, ni emprenden, no actúan sin consultar antes a su astrólogo de cabecera. De los libros, y más de la poesía —en un tiempo en que lo poético está en el aire y todo lo encanta y embellece o ensombrece—, sabe una muchedumbre de fantasmas encaminados a rellenar los vacíos del hemisferio que nadie ha visitado, pero qua realmente existe como escenario o pantalla de la gran comedia imaginaria.

La inercia conspira a que la nueva historia, la que comienza en 1492, sea, de entrada, epopeya fabulosa. Europa encantada desde niña, lo sigue siendo. Inventó como primea ensayo, el Asia legendaria. Asia de monstruos estupendos y seres híbridos, en que hay que creer, como los griegos creyeron en sus dioses, como los cristianos creen en sus santos y demonios ¿Quién es el valiente, quién el incrédulo atrevido, capaz de sus traerse a la presión del ambiente, que por otra parte es fascinante'

Colón y la esfera encantada— Los libros que conoce Colón —muy pocos, fuera de las Sagradas Escrituras y textos fragmentarios de los Santos Padres— le trastornan quijotescamente la cabeza. Preparando en sus desvelos su viaje, vive el desdobla-miento maravilloso de la novela mágica. Mira hacia el otro, mundo a través de ese espejismo.

Los viajeros que de veras han explorado el Asia, dan cuenta de lo que han visto y lo que no han visto, y al lado de lo real hacen aparecer una fauna, una flora y un-reino mineral imaginarios que, siendo lo verdaderamente nuevo de sus experiencias, se reproduce en Bestiarios, Espejos, Florestas y jardines y Lapidarios. Mandeville, el preste Juan, Marco Polo dan paso a leyendas que por cientos de años circularon por cortes, monasterios, universidades, y nunca mueren. De todos estos libros, el que más impresiona a Colón y pone en alerta su imaginación italiana o hebrea es Imago Mundi del cardenal Pierre d'Ailly, conocido como Pedro Aliaco (castellanizado por el fraile y el almirante —Las Casas y Colón— según la costumbre) (1).

1. En el capítulo XI de su Historia de las Indias, Bartolomé de las Casas "trae autoridad de Pedro de Aliaco, cardenal, gran teólogo, filósofo, matemático, astrólogo, cosmógrafo, la cual mucho movió a Colón con eficacia y lo confirmó en todo lo pasado". Dice: "Este docor creo cierto que a Cristóbal Colón más entre los pasados movió a su negocio; el libro... fue tan familiar al Cristóbal Colón, que todo lo tenía por las márgenes anotado y rubricado, poniendo allí muchas cosas que de otros leía y recogía. Este libro muy viejo tuve yo muchas veces en mis manos, de donde saqué algunas cosas escritas en latín por el dicho almirante...".

En las márgenes de su ejemplar de Imago Mundi, Colón escribió de su puño y letra 898 notas. Hay páginas en que esta glosa manuscrita ahoga el texto. Colón casi nunca discute lo que escribe el cardenal: es su Biblia, lo subraya. Se apoya en él para convencerse a sí mismo y fundamentar sus proyectos en sus tratos con los reyes.

D'Ailly es el mago que le da la mano y lo empuja para que se embarque. Es hermoso ver a Colón, antes del gran viaje, como un pensador sentado sobre la piedra filosofal, sosteniendo en la mano una esfera transparente que mira hipnotizado. No es la de la tierra. Es la varias veces celestial que D'Ailly ha tomado de los astrólogos.

En los libros más antiguos aparecen representadas siete o más esferas transparentes, metidas una dentro de otra a la manera de juguete chino. Sus colores corresponden a los siete cielos. Son bóvedas que giran y sobre las cuales se mueven luna, cometas, sol, estrellas... En el centro, la Tierra. Quien mira desde la tierra hacia las esferas, verá pasar sobre su cabeza el jardín zoológico del cielo: el cabro, el escorpión, sagitario... y la osa, las siete cabrillas... Colón mira en este juguete su predestinación y piensa en un poder divino que hará caminar los acontecimientos, fuera de la razón, por medios sobrenaturales. ¿Y si él fuera —piensa— el brazo de la Divina Providencia? ¿Por qué no? Se codearía con reinas y reyes... Acabaría informando de sus trabajos, directamente, al Creador (2).

2. Siguiendo las notas escritas por Colón al margen de su ejemplar de Imago Mundi se ve que resumía la ciencia del cardenal como si tratara de memorizarla. Decía D'Ailly: "Hay una parte de la Tierra menos pesada que la otra, y por esto está más en alto y alejada del centro de la Tierra. El resto, fuera de las islas, está todo cubierto por el agua según la común opinión de los filósofos; siendo la tierra el elemento más pesado se encuentra en el centro del mundo, donde constituye, en efecto, el centro de la Tierra o el centro de gravedad. Según otros autores el centro de gravedad de la Tierra y el agua está en el centro mismo del globo. Bien que la Tierra esté cubierta de montañas y valles, causa de su imperfecta redondez, podemos sin embargo considerarla como redonda...". Tolón reducía al margen, así: "El agua y la tierra forman en conjunto un cuerpo redondo... El centro de gravedad de la tierra y el agua es el centro del mundo...".

Siguiendo sus notas como texto continuo, en una página cualquiera, va desnudándose la idea de la Tierra tal como Colón la sacaba del libro de D'Ailly: (Habla de la India): "Entre sus montañas se encuentra un número incalculable de islas catre las cuales hay las que están llenas de perlas y piedras preciosas.

La de Trapobana encierra gemas y elefantes. Chryse y Argire encierran oro y plata. Hay los ríos Ganges, Indus e Id. La India encierra muchas clases de especies aromáticas, muchas piedras preciosas y montañas de oro. Es la tercera parte del mundo habitable. Se compone de 118 naciones.

Su frontera se extiende hasta el trópico de Capricornio. Hay hombres de dos codos de estatura que pelean con las grúas. Gastan tres años en concebir y mueren al octavo. Hay pimienta blanca. Los macrobíes, de doce codos de estatura, combaten contra los grifos. Tienen la costumbre de matar a los padres cuando llegan a viejos y preparan su carne para comérsela. Las mujeres no dan a luz sino una vez y crían hijos blancos se vuelven negros con la edad...".

D'Ailly es un personaje de cien años atrás. Político y universitario combatió la magia como filósofo de la nueva ola, y al propio tiempo la buscó. Libró la primera gran batalla por la reforma del calendario y si hubiera triunfado se recordaría hoy como recordamos al papa Gregorio. Salió a la defensa del dogma de la Inmaculada Concepción de María. Razonaba y soñaba. Sacaba mayor provecho espiritual de sus sueños y mayor lucro de sus raciocinios. A Colón, estas cualidades —si las supo— le arrobarían: era el conquistador conquistado.

Con el juguete de D'Ailly en la mano —¡nada de melancolía!— asistió al descubrimiento de sí mismo y de las potencias que iban a ser el instrumento de su ambición. Había en él una mezcla incontenible del deseo de riquezas —muy hebreo— y de la fantasía desatada.

También D'Ailly, como hombre práctico, era un formidable acaparador de malezas y un soñador que rompía lanzas por la unidad de la iglesia. Como político idealista preconizaba el poder democrático la Iglesia, representado en los concilios, para enfrentarlo a la autoridad monárquica del papa. Cuando hablaba, se hacía pagar...

En una página de Imago Mundi presenta D'Ailly su esfera en esta forma, que hay que leer como modelo de la poesía medieval:

"En esta figura se reproducen sólo las nueve esferas celestes que conforman hoy las teorías de los astrólogos. Aristóteles sólo admitió ocho. Saturno, naturalmente frío, tiene efectos sobre las sequías: su esfera es blanca y su influencia maligna. Júpiter es cálido y húmedo: su esfera clara y pura atempera el carácter maligno de Saturno. Marte, cálido y seco, es a la vez ígneo y radiante: esfera nociva y de influencia belicosa.


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