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UN CASO POR RESOLVER

(MAGAZINE CRIMINAL. VOL. 1)

J. D. Lisbona

UN CASO POR RESOLVER

(MAGAZINE CRIMINAL. VOL. 1)

Título original: Un caso por resolver (Magazine criminal. Vol. 1)

Edición en formato digital: octubre de 2018

© 2018, Jorge Durán Lisbona

http://www.jdlisbona.com

Facebook: www.facebook.com/jdlisbona

Twitter e Instagram: @jdlisbona

Diseño de cubiertas: © J. D. Lisbona

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En recuerdo de Kika.

Sigues tan presente en mi memoria, en cada segundo de mi vida,

que me habría sido imposible dejar fuera de mis novelas tu bondad,

tu fidelidad, tu alegría o tu amor incondicional;

esos valores que me regalaste durante catorce años

y por los que te echo

(y echaré) tanto de menos.

Este homenaje no es sino mi torpe intención

de rellenar con palabras el hueco que me dejas;

el pretexto para darte las gracias

por haberme acompañado en este tramo del camino.

ÍNDICE

UNA BREVE NOTA AL LECTOR

PERSONAJES

UN CASO POR RESOLVER. (1ª ENTREGA). PORTADA

UN CASO POR RESOLVER. (1ª ENTREGA)

1. CAPÍTULO 1

2. CAPÍTULO 2

3. CAPÍTULO 3

4. CAPÍTULO 4

5. CAPÍTULO 5

6. CAPÍTULO 6

7. CAPÍTULO 7

8. CAPÍTULO 8

9. CAPÍTULO 9

10. CAPÍTULO 10

11. CAPÍTULO 11

12. CAPÍTULO 12

13. CAPÍTULO 13

14. CAPÍTULO 14

15. CAPÍTULO 15

16. CAPÍTULO 16

17. CAPÍTULO 17

18. CAPÍTULO 18

19. CAPÍTULO 19

20. CAPÍTULO 20

21. CAPÍTULO 21

22. CAPÍTULO 22

23. CAPÍTULO 23

24. CAPÍTULO 24

25. CAPÍTULO 25

26. CAPÍTULO 26

27. CAPÍTULO 27

28. CAPÍTULO 28

29. CAPÍTULO 29

EN LA ENCRUCIJADA. PORTADA

EN LA ENCRUCIJADA

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

EPÍLOGO

UN CASO POR RESOLVER. (2ª ENTREGA). PORTADA

UN CASO POR RESOLVER. (2ª ENTREGA)

30. CAPÍTULO 1

31. CAPÍTULO 2

32. CAPÍTULO 3

33. CAPÍTULO 4

34. CAPÍTULO 5

35. CAPÍTULO 6

36. CAPÍTULO 7

37. CAPÍTULO 8

38. CAPÍTULO 9

39. CAPÍTULO 10

TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN AL INFIERNO. PORTADA

TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN AL INFIERNO

UNO

DOS

TRES

CUATRO

CINCO

SEIS

SIETE

UN CASO POR RESOLVER. (3ª ENTREGA). PORTADA

UN CASO POR RESOLVER. (3ª ENTREGA)

40. CAPÍTULO 1

41. CAPÍTULO 2

42. CAPÍTULO 3

43. CAPÍTULO 4

44. CAPÍTULO 5

45. CAPÍTULO 6

46. CAPÍTULO 7

47. CAPÍTULO 8

48. CAPÍTULO 9

49. CAPÍTULO 10

50. CAPÍTULO 11

51. CAPÍTULO 12

52. CAPÍTULO 13

53. CAPÍTULO 14

54. EPÍLOGO

55. CAPÍTULO 1

56. CAPÍTULO 2

57. CAPÍTULO 3

58. CAPÍTULO 4

59. CAPÍTULO 5

60. CAPÍTULO 6

61. CAPÍTULO 7

62. CAPÍTULO 8

AUTOR

UNA BREVE NOTA AL LECTOR

Las historias que componen este volumen son independientes entre sí, pero, en conjunto, crean una trama común que convierte el libro en una novela coral. Los relatos pueden leerse aleatoriamente aunque, ¡cuidado!, ten en cuenta que del orden que elijas seguir dependerá la experiencia que te proporcione la lectura. Como sabes, el género negro está construido a base de enigmas, trampas y giros argumentales que, según el momento en el que los resuelvas, te pueden hacer disfrutar más o menos de la historia, de tal modo que tu decisión aquí va a ser muy importante. Por este motivo, me he permitido estructurar la novela de manera que, si la lees de principio a fin, puedas sacar el máximo provecho de ella.

¡Bienvenido a Magazine criminal!

PERSONAJES

Alba: Novia de Jonás Celaya. Empleada de la cadena Fashion Store, en Madrid.

Alcázar, Simón: Inspector de Asuntos Internos de la Policía Nacional.

Alteiro, Miguel: Médico forense de la ciudad de Rabdells.

Andrade, Carlos (alias Charlie): Exmilitar. Miembro de la banda Delta.

Andújar, Benito (alias el Judío): Joyero y pulidor de diamantes.

Austin: Propietario de la empresa proveedora de servicios de defensa TechCorp.

Basset, Martina: Empresaria. Copropietaria del club Manti’s. Pareja de Adolfo Guzmán.

Basset, Miquel: Padre de Martina Basset.

Celaya, Jonás (también nombrado como Ismael Toboso, también nombrado como Juan Nadie): Exmilitar. Miembro de la banda Delta.

Consejero (también nombrado como Juan Linares): Policía corrupto. Miembro de la banda Delta.

Diatlov, Bojan: Dueño del Grupo Terek. Promotor del proyecto Bulevar de Rabdells.

Ferrer, Cristóbal (Cris): Oficial de la Policía Judicial de la ciudad de Rabdells. Subordinado de Jimena Verino.

Gravina, Rubén: Abogado al servicio de la banda Delta.

Guzmán, Adolfo: Constructor y empresario. Dueño de la promotora-constructora Marblau y del club Manti’s. Pareja de Martina Basset.

Hurtado, Margot: Exmujer de Adolfo Guzmán y madre de sus dos hijos.

Johnson, Naomie: Subinspectora de la Policía Judicial de la ciudad de Rabdells. Subordinada de Jimena Verino.

Kika: Hija de cuatro patas de Jimena Verino.

Lagares, Gonzalo: Inspector adscrito provisionalmente al Grupo de Atracos de la Brigada Central de Delincuencia Especializada. Compañero de Víctor Oliver en la investigación de la Operación Comando, que persigue a los miembros de la banda Delta.

Larrea, Juan Antonio: Abogado de Martina Basset.

Lorena: Esposa de Gonzalo Lagares.

Lozano, Caty: Bailarina en el club Manti’s. Amiga íntima de Martina Basset.

Mimi: Esposa de Enrique Robles.

Nieto, Esther: Juez del Juzgado de Primera Instancia de la ciudad de Rabdells.

Oliver, Víctor: Inspector del Grupo de Atracos de la Brigada Central de Delincuencia Especializada. Sucesor de Enrique Robles. Responsable de la Operación Comando, que persigue a los miembros de la banda Delta.

Orbea, José: Comisario de la Policía Judicial de la ciudad de Rabdells. Jefe y amigo de Jimena Verino.

Robles, Enrique: Inspector del Grupo de Atracos de la Brigada Central de Delincuencia Especializada. Antecesor de Víctor Oliver. Amigo de Gonzalo Lagares. Asesinado por la banda Delta en el curso de la investigación de la Operación Comando.

Romero, Lourdes: Doctora del Hospital de la ciudad de Rabdells.

Ruzafa, Raquel: Periodista. Presentadora de informativos de Canal 8, redactora del diario Faro de Levante y copropietaria de una productora de televisión. Madre de dos hijos: Patricia y Marcos.

Sáez-Ortiz, Marisa: Alcaldesa de la ciudad de Rabdells.

Salmerón, Lope (alias Capitán): Exmilitar. Amigo y socio de Jonás Celaya. Miembro de la banda Delta.

Sanabria, Koldo: Inspector de la Policía Judicial de la ciudad de Rabdells. Subordinado de Jimena Verino.

Ulises: Traficante de droga en la ciudad de Rabdells.

Verino, Jimena: Inspectora jefe de la Policía Judicial de la ciudad de Rabdells.

UN CASO POR RESOLVER

Una novela en 3 entregas escrita por

J. D. LISBONA

(Primera Entrega)

1ª PARTE

CAPÍTULO 1

El timbre del teléfono despereza la conciencia de Jimena en plena noche. De un tirón, la rescata de una pesadilla recurrente de la que no es capaz de huir por sí misma. El sueño la ha arrastrado hasta un edificio de principios del siglo XX, una vieja construcción ante cuya fachada se eleva un andamio del que cuelgan grandes telas de protección que tremolan al compás de un vespertino viento, produciendo una sensación de abandono a la que se suman el silencio y la soledad de la angosta calle. Jimena accede al interior por el portal abierto, una boca de madera enorme y oscura que la conduce a un vestíbulo de paredes frías y suelo de baldosas mugrientas. Adentrándose unos pasos, llaman su atención unos buzones herrumbrosos atornillados a la pared que se entretiene en inspeccionar. La mayoría de ellos no están identificados, así que, a la vista de que no va a conseguir ninguna información sobre el propietario del piso que ha ido a registrar, encara la escalera y comienza a subir, intimidada por la mudez que domina aquel lugar sombrío y que amplifica el chirrido de cada escalón bajo las suelas de sus botas.

El reducido descansillo de la segunda planta cuenta con una ventana con vistas a un patio interior. La lluvia resbala por el cristal y una luz plomiza, que se hace insuficiente, se filtra a su través. Con sigilo, pega la oreja a la puerta identificada con la letra A, pero no capta más ruido que unos cánticos lejanos, semejantes a rezos de feligreses durante una misa, que penetran en su subconsciente como un goteo incesante. Con ellos formando parte de la banda sonora de su pesadilla, comprueba el marco que encuadra la hoja y tira del pomo, que una vez fue dorado y que está situado en el centro de la misma, para probar la resistencia de esta. Podría abrirla de una patada, estima, pero eso provocaría un escándalo que prefiere evitar; no quiere arriesgarse a que el inquilino se halle dentro y el estruendo lo prevenga, de modo que se vale de una ganzúa para trabajar sobre la cerradura. Dejar el paso libre es solo cuestión de voluntad en los sueños, por lo que la puerta cede sin mayor esfuerzo con un chirrido que sofoca empujándola con delicadeza.

Lo que se encuentra al otro lado es una pared forrada con un papel vetusto y deteriorado por las humedades, tan gris como el cielo de la tarde. El pasillo, en penumbras, se alarga hacia la derecha convirtiéndose en un distribuidor estrecho e interminable por el que se reparten diversas estancias. Jimena saca su pistola de la parte trasera de los tejanos y, con cautela, se adentra en él.

Tras la primera puerta, halla un dormitorio de paredes desnudas que comunica con el exterior por un balcón a través de cuyo cristal, a pesar de la suciedad que lo impregna, puede apreciarse el andamio y la red verde que lo protege, ahuecándose por el aire. La habitación precede a un cuarto de baño por cuya nimia abertura pegada al techo entra la luz necesaria como para distinguir la porquería que se ha posado sobre los sanitarios. A continuación se abre otra alcoba, de menor tamaño que la primera, también vacía, donde los rodapiés, que habían sido en origen de madera pintada, se ven descoloridos y deformados. En lugar de un balcón, posee una ventana doble de marco blanco y agrietado. Avanzando unos metros por el corredor, accede a una enorme cocina alicatada con azulejos que conservan aún las marcas de grasa que han quedado al retirar los armarios que una vez colgaron de ellos. Como del resto de piezas de la casa, emana de ella un hálito de abandono y soledad que a Jimena le provoca un irremediable escalofrío. Y es que todo el conjunto resulta tétrico, asfixiante; dominado por ese papel ceniza que viste las paredes del pasillo y que exhibe, aquí y allá, irregulares pentagramas trazados a mano que recuerdan la hermética iconografía satánica, frases indescifrables compuestas en latín y unas palabras que se repiten tortuosamente formando un extraño nombre: «Orthon».

Los últimos pasos la conducen hasta el salón; o lo que, cuando había estado habitada la vivienda, sirvió como tal. Ahora es una estancia como las anteriores, más grande pero igualmente desangelada, cúmulo de polvo y de fantasmas de generaciones que ya no están allí ni, quizá, en ninguna otra parte. Jimena, detenida al final del distribuidor, a escasos centímetros del umbral de la puerta, baja el arma. La observan, frente a ella, dos grandes balcones separados por un tramo de pared que se asemejan a unos ojos viejos y enfermos de cataratas. El lugar está muerto, y no parece haber albergado vida en años. Pero algo llama su atención; algo que provoca que una corriente surque su médula desde el coxis hasta la coronilla. Destaca entre la mugre de uno de los cristales por su color rojizo, y, a pesar de la distancia, su forma circular se manifiesta nítidamente como una certeza irrefutable: se trata de una huella dactilar impresa en sangre.

Al cruzar la carcomida jamba de madera detecta que, en uno de los laterales que ha permanecido fuera de su campo de visión, se abre una arcada que conecta el salón con otro pasillo. Es entonces cuando todas sus alarmas se disparan, obligándose a levantar la pistola. No contaba con que la casa tuviese más recovecos. Dirige el cañón del arma instintivamente hacia aquel lugar oscuro, aún más inquietante que la propia huella impresa en el balcón. Y, en ese momento, presiente que hay alguien más con ella. Al principio no puede distinguirlo, pero al escudriñar en la penumbra es capaz de apreciar la silueta de un hombre recortada en ella. La piel ajada y macilenta de su rostro se abre camino entre las sombras sobre el traje negro que viste, cobrando la solidez de un peligro flagrante.

El Devorador de Almas, le susurra la voz del subconsciente.

La clarividencia propia de los sueños le hace darse cuenta de que ha caído en una trampa y le transmite que, mientras actúe con normalidad, no le pasará nada, pero que si trata de huir, la presencia que se oculta en la oscuridad saldrá de ella para impedirle que escape. «¿Qué debería hacer?», se pregunta. Los extraños cánticos que escuchaba lejanos cobran mayor intensidad, y entre las voces acierta a distinguir un nombre que la hace estremecer: Satanás. Su invocación es lo que la empuja a optar por regresar junto a su hija; volver a su lado para protegerla del Mal encarnado que acecha en aquel pasillo. Es en ese instante cuando suena el primer timbrazo, que aunque proviene de un viejo teléfono ubicado sobre una mesa baja, en una esquina, le hace tomar consciencia de que todo aquello no es real. Está inmersa en un sueño; un sueño que ya ha tenido en otras ocasiones. Esa convicción le hace confiar al mismo tiempo en que puede escapar de él una vez más, como ya lo hiciera anteriormente. Así que llena sus pulmones de aire y sale corriendo.

Como es de esperar, el Devorador de Almas abandona su escondite. Sus zancadas retumban contra el suelo de madera, a sus espaldas. Cuando alcanza la escalera, Jimena baja a saltos los peldaños, segura de que no va a perder el equilibrio y caer. Son dos pisos que recorre con avidez para salir del edificio y esprintar por aquella calle estrecha, solitaria y oscura de un barrio céntrico de cualquier gran ciudad, que ahora le parece más cálida y segura. Sin embargo, el reconocimiento lúcido del sueño no parece influir en su perseguidor, que va recortando la distancia fugazmente.

El segundo timbrazo del teléfono es definitivo. Jimena siente que una garra atenaza su hombro. Ella grita, de dolor y de miedo, mientras el sueño se desvanece dejando una resaca de pesadez en sus párpados entreabiertos y cierto desasosiego en su corazón que, poco a poco, se irá aliviando al comprender que nada de aquello ha sido real.

La luz del móvil ilumina la mesilla de noche, acompañando al sonido de la llamada una vibración. Se gira hacia él y se topa con el cuerpo peludo de su perra, que ocupa el lado vacío de la cama. Estira el brazo por encima de la cabeza de esta y toma el aparato, acuciada por silenciarlo cuanto antes:

—¿Sí? —contesta en un murmullo.

—¿Inspectora Verino? —pregunta una voz masculina al otro lado.

—Sí, soy yo.

—Perdone que la moleste a estas horas, pero solicitan su presencia en Punta Racons.

Una idea abstracta del acantilado que delimita la ciudad se superpone a la última imagen residual de la pesadilla que ha quedado en su mente.

—¿Qué hora es? —balbucea, soñolienta.

—Las tres menos cinco, inspectora.

—¿Qué ha ocurrido?

—Hay un coche incendiado. Dos patrullas han llegado ya al lugar y los bomberos están en camino. Pero han informado de que hay algo más…

—¿El qué? —interrumpe antes de que el operador de emergencias pueda terminar.

—Un cadáver.

Jimena sale de debajo del edredón, entumecida, tras confirmar que acudirá de inmediato y colgar. Sentada al borde del colchón, busca en la agenda de su móvil el contacto de Koldo Sanabria, el inspector que trabaja con ella, y lo llama.

—Menudas horas, jefa. Creía que la gente de bien se acostaba pronto. —Su voz suena envuelta en bullicio. Jimena distingue comentarios y risotadas de, al menos, una mujer, con música de fondo.

—La gente de bien también madrugamos. ¿Interrumpo algo?

—He salido a tomar una copa. Los jueves hay buen ambiente en la ciudad. Deberías probarlo.

—Pues siento fastidiarte la noche, pero te necesito.

—¿Algún problema?

—Me han dado un aviso. Tenemos que ir a Punta Racons.

—¿Qué ha ocurrido? —se interesa Koldo, cambiando el tono por uno más grave.

—Hay un coche ardiendo y un cadáver. Es todo lo que sé.

—Está bien. Tardaré diez minutos. No estoy lejos.

—Nos vemos allí, entonces.

Cuando cuelga, estira la espalda y lanza un bostezo. Su perra se despereza con ella al encender la luz y dirigirse al armario. Elige un traje de chaqueta y pantalón oscuros, una camiseta de manga corta sobre la que se ajusta la funda sobaquera de la pistola, y entra al baño. Los primeros dos minutos son un tiempo de adaptación a la realidad que necesita después de haber sido arrancada del sueño con esa rudeza. Se mira en el espejo y ve a una cincuentona que una vez fue hermosa gracias a su físico estilizado de altura superior al metro setenta, pero a la que las bolsas bajo los ojos, las arrugas, la pérdida de tersura en ciertas zonas del cuerpo y el paso de los años sobre la piel, han convertido en un recuerdo ingrato de su juventud. Aun así, sigue conservando un atractivo al que no se esfuerza en sacar partido con deporte ni con maquillaje, casi nunca. No ve la necesidad. El olor a alcohol que desprende su aliento la lleva como una autómata a coger el cepillo de dientes y a hacerse una buena limpieza que rematará con un enjuague con el colutorio de menta que guarda dentro del armarito. Para terminar, un lavado de cara con agua fría le basta para espabilarse definitivamente. Con un cepillo de púas adecenta el cabello corto y gris que sustituye desde hace unos años a la melena teñida de castaño que solía lucir, casi siempre recogida en una coleta. Más cómodo ahora y adecuado a su edad; incluso con un estilo de corte que, siendo masculino, le favorece. Pero no piensa en nada de eso mientras se topa con su reflejo. En realidad, su mente aún bucea en la persecución que ha sufrido en el sueño; en la presencia amenazante de la que ha conseguido escapar. O no. No puede dejar de preguntarse por qué, precisamente ahora, ha vuelto a tener ese sueño; cuándo aquel episodio de su pasado, traumático pero teóricamente superado, abandonará su subconsciente para siempre.

Mientras se abrocha el abrigo, su perra sale hasta la puerta y la mira con curiosidad. El animal, una mestiza de tamaño mediano y pelaje negro, cuenta ya con catorce años. Jimena repara en que ella también ha perdido su juventud, a pesar de aparentar ser un cachorro cuando juega en la playa con otros perros. El tiempo ha pasado para ambas, reflexiona.

—Ahora no, Kika. Mamá tiene que ir a trabajar. Volveré para nuestro paseo de la mañana, te lo prometo.

Se agacha y le da un beso entre las cejas de color fuego que en alguna ocasión han hecho que la confundan con una pequeña Rottweiler. Luego abre la puerta y la deja al otro lado, tumbándose en el suelo.

CAPÍTULO 2

El coche es un Mercedes-Benz Clase S abandonado al final de un camino de tierra; el lugar más alejado al que se puede acceder con un vehículo en el acantilado bautizado como Punta Racons. Después de que los bomberos se apliquen sobre el fuego, lo que queda de él es un chasis ennegrecido, sin cristales, con el interior calcinado y chorreando agua. El inspector Koldo Sanabria ha llegado casi al mismo tiempo que la dotación de bomberos. Para entonces, ya había en el lugar un par de coches patrulla cuyos agentes protegían la zona de los pocos curiosos despiertos a esas horas que acudían atraídos por la magnitud del incendio. Un par de periodistas aparecen más tarde, alertados por una llamada a la redacción. Se presentan en una furgoneta, sacan una cámara de vídeo y graban a los bomberos retirándose del coche. Próximo a este, un árbol ha quedado chamuscado. Koldo puede entonces acercarse para anotar los números de la placa de matrícula en un papel que lleva en el bolsillo interior de su anorak acolchado. Luego le pide a su ayudante, la subinspectora Naomie Johnson, que se encargue de gestionar la consulta en el Fichero Informativo de Vehículos Asegurados para conocer los datos del automóvil y del dueño del mismo.

Apenas unos metros más allá, casi al borde del acantilado, la inspectora jefe examina la zona que rodea el cuerpo inerte de un hombre tendido en el suelo y maniatado con una brida a la espalda, ayudada con una linterna que proyecta una luz azulada. Se trata de un tipo que no llega al metro ochenta, de complexión fuerte. Edad indeterminada; rondando los cincuenta, quizá. Pelo castaño ligeramente largo, nariz prominente, ojos pequeños. Luce una perilla y un bigote recortado a la altura de la comisura de los labios, lo que afila aún más su rostro anguloso. Viste chaqueta de cuero marrón, camiseta oscura, tejanos y botas camperas. Lo primero que ha advertido Jimena Verino, bajo la luz de esa luna enorme y anaranjada que dibuja una estela de sangre en la negrura del Mediterráneo, es el agujero de bala que ha atravesado su cabeza de manera frontal penetrando por el ojo izquierdo. Alrededor del amasijo oscuro en que se ha convertido este, la piel se torna ennegrecida y rugosa, fruto de la quemadura de un disparo efectuado a corta distancia. No sabe aún si la bala ha salido o sigue dentro, pues para eso tendría que girar el cuerpo, y no piensa hacerlo hasta que no llegue el forense. En cuclillas a su lado, su siguiente cometido ha sido identificar a la víctima, buscando en cada bolsillo de su chaqueta y de su pantalón. Necesita una cartera, un móvil, algo. Pero no ha encontrado nada. Tras ponerse en pie, ha hecho una seña a un agente cargado con una cámara, que solícito se ha aproximado y ha comenzado a tirar fotografías al cuerpo. Los flashes han recortado la escena durante varios minutos, ante la atenta mirada de ella.

Su búsqueda del casquillo y de cualquier otra pista alrededor del cadáver está siendo infructuosa. No se ve nada. En cuanto a huellas, supone que los de la Científica podrán sacar mucho más, pero le parece difícil que en un terreno pedregoso como aquel se pueda haber quedado grabada alguna pisada del asesino. Jimena hace una composición mental de los pasos que ha podido dar el homicida: presumiblemente, ha llegado hasta allí en el Mercedes, de ahí que lo haya prendido fuego después para eliminar cualquier pista que pueda conducirlos hasta él. La cuestión es: ¿cómo ha abandonado el lugar? ¿Habría otro coche esperándolo o habría caminado colina abajo por la carretera que serpentea hasta la ciudad? Anota mentalmente que tienen que preguntar puerta por puerta a los propietarios de los chalets que se reparten por dicha colina, por si alguno ha visto algo o a alguien que le haya resultado sospechoso. Le parece poco probable, pero prefiere cerciorarse.

El forense y la juez aparecen en ese momento, ambos con aspecto adormilado. Arrancados violentamente de la cama, como ha sido su caso, hasta que no se expongan al frío viento que sopla en aquella cima no conseguirán centrarse del todo en el mundo de la vigilia. Ella es una mujer que ronda los cuarenta, de pómulos altos, gesto duro y melena castaña recogida en una coleta. Unas gafas rectangulares de montura verde encuadran unos ojos del mismo color. Se llama Esther Nieto. Él es un hombre alto y muy delgado, de cabello entrecano y ojos pequeños. Se bajan de sus respectivos coches, que han estacionado junto al resto de vehículos, cruzan las cintas que Koldo ha mandado colocar y avanzan hasta la posición de la inspectora pasando por delante del Mercedes, alrededor del cual varios agentes trabajan tomando muestras y tratando de salvar el contenido de la guantera y del maletero. A una distancia prudencial, el inspector los supervisa mientras impide el paso de los periodistas. No le importa que hagan su trabajo, pero quiere evitar que alguien resulte herido y que interfieran en la labor policial, así que los mantiene tras las cintas amarillas dispuestas entre árboles y rocas que delimitan el perímetro. Al llegar junto a Jimena, la juez y el forense la saludan con la cordialidad de los viejos conocidos, y ella pasa a hacerles un resumen de lo que ha encontrado:

—Varón blanco, mediana edad. No hay rastro de quemaduras en la piel ni en las prendas. Le han disparado a quemarropa. No he movido el cuerpo, así que me interesaría saber si la bala ha salido, para buscarla.

Miguel Alteiro, el forense, asiente mientras se enfunda unos guantes y se agacha sobre el cuerpo. Ella y la juez Nieto lo contemplan hasta que una voz las alerta a sus espaldas:

—¡Jefa!

La inspectora se gira. Se trata de Koldo, que la reclama con mirada expectante. Lo de jefa suena informal, por eso se lo consiente. Alejándose de la juez, se aproxima hasta donde él se encuentra, a medio camino entre el cadáver y el vehículo calcinado.

—Da orden de que busquen huellas desde el coche hasta el precipicio —dispone Jimena Verino, señalando el camino abrupto de piedras y hierbajos bajo sus pies que acaba de recorrer—. Y trata de encontrar marcas de neumáticos por el camino de tierra desde aquí hasta donde comienza la zona asfaltada, aunque supongo que ya será muy difícil sacar algo —apunta, observando el trasiego de vehículos que iluminan el lugar con sus luces—. Pero hazlo de todas formas. ¿Tienes el nombre del propietario del coche?

—Sí —contesta él, apartándose con una mano los mechones de cabello oscuro que juguetean por sus mejillas a consecuencia del aire—. Adolfo Guzmán. Con un coche que debe de costar alrededor de ciento cincuenta mil euros, no podía vivir en otra zona que no fuera Nova Rabdells.

Nova Rabdells es una zona privada de kilómetro y medio con una parcela de playa propia junto al puerto deportivo. La conocen como la Villa de Oro.

—¿Has conseguido su teléfono?

—Tenemos fijo y móvil, pero no contesta en ninguno de los dos.

—¿Denuncia por robo?

—No.

Jimena desvía la mirada hacia el cadáver que está analizando el forense y piensa si será él Adolfo Guzmán. De ser así, sería extraño que contestase al teléfono.

—Está bien, elige a un par de agentes y vete a su casa. Si no es ese tipo que tenemos ahí, quiero que lo interrogues. Y si no te convence algo de lo que te diga, te lo llevas a comisaría. Ya me encargo yo de esto.

—¿Me llevo a Naomie?

La subinspectora Naomie Johnson se encuentra conversando con uno de los periodistas, ataviada con un vestido de falda muy corta, zapatos de tacón que estilizan aún más sus fibrosas piernas de ébano y una chaquetilla de cuero oscura que no impide que se esté muriendo de frío. Jimena le echa un vistazo y entonces repara por segunda vez en que, cuando ha llegado ella, Naomie ya estaba allí, junto a Koldo, lo que indica que, posiblemente, una de las voces y risas de mujer que escuchó por el teléfono, cuando lo llamó a este, correspondiera a la subinspectora.

—No. La necesito aquí.

A Jimena no le gustaría que entre ambos hubiera algo. No cree que en una ciudad tan pequeña, y en un departamento como el suyo, fuera beneficioso. Allí no hay lugar donde huir si la cosa no funciona, y eso iría en detrimento del trabajo.

—De acuerdo —acepta él—. Te mantendré informada.

Jimena lo sigue con la mirada mientras este camina hacia los vehículos. Un treintañero atlético, de rasgos varoniles, barba cerrada y cabello moreno que lleva largo por arriba y rapado por detrás, confiriéndole la apariencia de un surfista, que se ha mudado hace apenas unas semanas a la ciudad. Exfutbolista, según tiene entendido; tuvo que abandonar el deporte profesional por una rotura de rodilla. Recién ascendido a inspector, había elegido aquella comisaría para poder entrenar a los juveniles del equipo de la ciudad, donde le habían hecho una buena oferta. Soltero, sin hijos; cualquier otra información entraba dentro de la capacidad deductiva de la inspectora, como que le gustaba la noche y que no tenía intención de sentar la cabeza en los próximos años. No es capaz de juzgar si eso puede afectar a su trabajo de manera negativa, por lo que se limita a observarlo constantemente. Sus referencias son buenas hasta el momento, cuenta con un expediente impoluto y tiene un carácter extrovertido con el que se ha ganado en poco tiempo al personal de la comisaría. Además, el comisario parece confiar en él. Su último trabajo como infiltrado en un grupo radical de aficionados de un equipo de fútbol se saldó con una veintena de detenidos en la ciudad de Madrid. Es suficiente aval, aunque ella prefiera esperar a ver cómo se desenvuelve bajo su mando.

Protegida bajo su tres cuartos de lana del aire frío de la madrugada, la inspectora jefe hunde las manos en los bolsillos y vuelve a girarse para contemplar la panorámica de edificios altos y permanentemente iluminados de la zona de la ciudad conocida como Costa Racons. Al final de esta, se levanta el pequeño y emblemático parque de atracciones de la playa, dominado por la noria que sirve de separación artificial de lo que se conoce como Playa Rabdells: cuatro kilómetros más de costa hasta la desembocadura del río del mismo nombre; un pueblo de playa donde los edificios no superan las cinco alturas y que dota a la ciudad de la tranquilidad que no se respira a este lado. Y allí, en el último kilómetro de aquellos cuatro, se extiende la Villa de Oro: el lugar al que el inspector Koldo Sanabria se dirige en busca del propietario del coche calcinado.

CAPÍTULO 3

El levantamiento del cuerpo se produce media hora después. Jimena decide que allí no tiene mucho más que hacer, aparte de dejar una patrulla de vigilancia en la escena del crimen a la espera de que amanezca y los de la Científica puedan volver para buscar más pruebas. Después, accede a contestar a los periodistas que han permanecido detrás de las cintas grabando de cuando en cuando. Tras despacharlos, se dispone a regresar a su casa; quizá, incluso, le dé tiempo a echar una cabezada antes de dar su paseo matutino con Kika por la playa. Sin embargo, su plan se trunca de inmediato. El móvil suena en el bolsillo de su abrigo y, al responder, la voz de Koldo la reclama:

—Tienes que venir a casa de Guzmán.


Apenas quince minutos más tarde, el coche de Jimena Verino rebasa la barrera que restringe el acceso a Nova Rabdells, después de que la inspectora se haya identificado ante un vigilante de seguridad privado. Él mismo le indica hacia dónde debe dirigirse, aunque los destellos azules de los coches patrulla se reflejan en algunas viviendas del fondo de la avenida. La Villa de Oro está compuesta por calles ajardinadas que surgen a partir de esa avenida principal. Las parcelas son extensas y los edificios (viviendas unifamiliares de tres plantas) mantienen una uniformidad estética: son chalets individuales de ladrillo visto en tono claro y tejados abuhardillados. Todas las parcelas están abiertas a la calle, sin muros que las separen de esta. Jimena estaciona cerca del utilitario de Koldo, que se encuentra conversando con unos agentes en la acera, al borde del acceso para vehículos que surca el jardín delantero de la finca y que desemboca en el garaje de la casa. Cuando este la ve, abandona el grupo y se dirige hacia ella.

—¿Qué tienes? —pregunta la inspectora, con gesto contrariado, mientras sale del coche.

—Nadie coge el teléfono. Tampoco abren la puerta. Pero la casa está encendida —señala, indicando con su mano las ventanas—, y el guardia de seguridad dice que Guzmán entró con su Mercedes antes de medianoche.

—¿El que está incendiado?

—El mismo. Eso asegura él. Aunque también dice que lo ha visto salir de nuevo sobre las doce y media.

—¿Y ha dejado encendidas las luces de su casa?

El inspector se encoge de hombros.

—¿Iba solo? —se interesa ella mientras abotona su tres cuartos y hunde las manos en los bolsillos. El aire que sopla allí es más leve pero igual de frío que el del acantilado.

—El guardia dice que no se fijó bien. Al ver el coche acercarse a la barrera, abrió para que este saliera y, según cuenta, Guzmán aceleró y salió a toda prisa.

—¿No vive nadie más en su casa? —interroga Jimena, mirando con curiosidad hacia las ventanas del piso superior.

—Su mujer.

—Su mujer —repite ella como si saboreara las palabras—. Pero no abre la puerta ni contesta al teléfono. Y, sin embargo, ahí dentro parece haber alguien...

—Es la sensación que da. Por eso te he llamado. Además, fíjate en el garaje.

La inspectora desvía la mirada hacia este, cuya puerta se encuentra completamente abierta. En su interior hay un vehículo aparcado: un Land Cruiser de color negro.

—¿Has comprobado si la puerta de entrada está abierta?

—Está cerrada. Y la que da a la parte de atrás, también.

Jimena observa a los cuatro agentes uniformados que los acompañan y valora la información en silencio antes de tomar una decisión.

—Vamos a entrar —ordena finalmente.

CAPÍTULO 4

Las puertas del todoterreno están bloqueadas. El motor, frío. Tras comprobarlo, Jimena desenfunda su reglamentaria y acompaña a Koldo hasta la puerta interior que, en lo alto de una escalera (apenas cinco escalones), da acceso a la vivienda. Cuando el inspector la abre cautelosamente y se asoma, se encuentra con un recibidor amplio. De él surgen unas escaleras pegadas a la pared que conducen al piso superior, y un distribuidor que se interna hacia el fondo de la casa y por el que se van intercalando las puertas de distintas estancias. Ambos policías cruzan el umbral acompañados por dos de los agentes uniformados. Los otros dos se han quedado vigilando cada una de las puertas que tienen acceso a la calle. Precavidos, van registrando las piezas de la primera planta para verificar que no hay nadie en ellas: un salón dividido en dos ambientes, una gran cocina, un cuarto de baño y una sala de estar convertida en biblioteca. La decoración es sobria, con muebles blancos y paredes pintadas en tonos claros. La sensación que desprende es de calidez y luminosidad.

Con una seña, Jimena ordena subir a la siguiente planta. Hay algo en el silencio de la casa que no le gusta; no le da buena espina. Quizá sea porque en su vida como policía ha escuchado ese silencio otras veces y lo que ha augurado no ha sido nada bueno. La escalera está enmoquetada, y hay un par de cuadros pequeños de arte abstracto colgados en la pared. Lo que encuentran arriba es un descansillo amplio y un distribuidor que se bifurca a izquierda y derecha. Frente a este se abre la puerta de un despacho. Jimena se asoma a su interior mientras sus tres acompañantes revisan, una por una, el resto de habitaciones. Hay una mesa robusta, frente a la ventana, tras la que descansa una silla reclinable de cuero. La iluminación proviene de dos lámparas de pie situadas en las esquinas. Una librería cubre por completo un lateral, y, enfrente, hay un televisor de plasma colgado. Sobre la mesa, considerablemente ordenada, puede ver un ordenador portátil apagado, un teléfono y material propio de oficina. Pero a Jimena no le interesa nada de eso; solo quiere encontrar a alguien. Cuando se dispone a salir para continuar el registro, una voz alerta:

—¡Inspectores!

Al asomarse al descansillo, encuentra a uno de los agentes ante la puerta de un dormitorio. Koldo aparece por el umbral de otra habitación.

—¡Aquí! —se limita a indicar el agente.

Ambos se aproximan y echan un vistazo al interior, casi al mismo tiempo. Se trata de un cuarto amplio, con una cama de matrimonio situada frente a un vestidor. Cortinas elegantes y pesadas ante la ventana, muebles caros, suelo enmoquetado..., y el cuerpo inerte de un hombre sobre el colchón, con sangre esparcida por la pared y las sábanas.

CAPÍTULO 5

Tres cuartos de hora después, los de la Científica están recogiendo muestras en el dormitorio y la juez de pelo castaño, gafas cuadradas y gesto duro vuelve a verse las caras con Jimena Verino y con el forense alto y delgado de ojos pequeños. Gracias a las fotografías que encuentran por la casa y a que a algunos de los presentes —juez Nieto incluida— les suena su rostro, son capaces de identificar el cadáver como el de Adolfo Guzmán, importante empresario de la ciudad y dueño de la constructora Marblau. Los comentarios que surgen delante de su cuerpo sin vida llevan a la inspectora a pensar que era un hombre con poder político y buenos contactos, y que su empresa ha seguido en la cresta de la ola incluso a pesar de la tremenda crisis económica que ha afectado, sobre todo, al sector inmobiliario. Pero, para Jimena, ahora no es más que un sujeto de edad próxima a los sesenta años, ligeramente sobrado de kilos, de pelo blanco y corto, barba recortada y facciones desfiguradas y cubiertas de sangre, al que dos balas en el pecho y otra en el rostro han arrancado la vida. Su aspecto es igual de sórdido que el de cualquier otro cadáver, a pesar de que el entorno y el albornoz que lleva puesto, levemente abierto sobre su cuerpo desnudo, lo doten de una apariencia más selecta. Y la primera pregunta que le viene a la cabeza es: ¿Quién es, entonces, el tipo del acantilado?

Mientras los funcionarios hacen su trabajo, ella se acerca a la garita de seguridad de la entrada y pide al vigilante que le dedique unos minutos. Antes de hacerle las preguntas que necesita, saca una libreta y se coloca sus gafas para poder ver de cerca.

—Le ha dicho usted a mi compañero que Guzmán entró en su Mercedes antes de las doce de la noche...

—Sí, señora.

—¿Iba solo?

—Creo que sí.

—¿Cree? ¿No está seguro?

—Bueno, al menos nadie iba en el asiento del acompañante. Creo que lo vi a él solo, pero no me fijé si llevaba a alguien en la parte de atrás.

—¿Hubo algo que llamara su atención?

El vigilante, un tipo joven de baja estatura y rechoncho, desvía los ojos hacia un lado tratando de recordar.

—No. Nada. Como siempre.

—¿Se saludaron?

—No lo hace nunca. El señor Guzmán no es de esos. Ni siquiera de los que levantan la mano desde el interior. —Su tono denota cierta antipatía.

—Y, según usted, el coche volvió a salir más tarde. ¿Recuerda la hora?

—Con exactitud, no. Quizá las doce y media, más o menos. Ya se lo he dicho a su compañero.

Jimena advierte que le molesta que dos policías le repitan las mismas preguntas, quizá porque el trato no está siendo el adecuado. Puede que, por ser vigilante, crea que no lo están tratando con el respeto debido. Es posible que espere que ella comparta información, en vez de dedicarse a interrogarlo como a un mero testigo.

—Lo sé. Gracias —constata, anotándolo—. ¿Y vio algo extraño en esa ocasión?

El vigilante vuelve a mover los ojos. Trata de ayudar pero se siente desubicado y la inspectora lo nota de nuevo. Quizá se haya topado con el típico aspirante a policía que se quedó en el camino; o con el que cree que por llevar uniforme, arma y esposas tiene derecho a equipararse con un policía. Al cabo, responde:

—Bueno... Cuando vi acercarse el coche por la avenida di al botón para subir la barrera. Entonces él aceleró y salió a bastante velocidad. Eso es inusual en el señor Guzmán. Casi nadie lo hace, si le digo la verdad. La gente tiene mucho cuidado al salir porque pueden venir coches por esta carretera —explica, señalando hacia el camino asfaltado de doble sentido que tienen a sus espaldas—, así que pasan con precaución. Es cierto que a esas horas esta carretera está solitaria, pero aun así...

—Y usted no se fijó en él...

—Pues... miré, sí, pero él ya había pasado cuando levanté la cabeza.

—¿Diría que era Guzmán quien conducía?

La pregunta termina con la paciencia del vigilante que, en lugar de responder, interroga:

—¿Qué ha pasado en su casa, inspectora?

—Guzmán ha sido asesinado —decide compartir la información Jimena—. Por eso, la persona que conducía el coche no podía ser él. Al menos que volviera a entrar...

—No. El coche no volvió. De hecho, el suyo ha sido el último vehículo que he visto hasta que han llegado ustedes.

—Bien, entonces trate de recordar: ¿Vio al conductor, aunque fuese de refilón?

—Bueno..., vi que... —duda. No está seguro de su memoria, quizá porque los detalles que le han resultado extraños dentro de la normalidad han pasado a justificarse al conocer que se ha cometido un crimen cuya víctima es, precisamente, el hombre que él creía haber visto salir en su Mercedes—. Creo que llevaba una gorra.

—Una gorra.

—Sí. De estas de visera calada. Oscura. Pero..., lo siento. No vi nada. Ya había pasado la garita cuando miré hacia el coche —se disculpa como si aquel gesto fuese determinante para resolver el caso.

—No se preocupe.

Jimena mete una mano en el bolsillo del abrigo y saca su móvil. Selecciona una carpeta de fotografías y elige una que amplía antes de mostrársela al vigilante.

—¿Ha visto a esta persona por aquí alguna vez?

El interrogado observa detenidamente el rostro lívido, con un agujero en el ojo izquierdo, del cadáver del acantilado al que la inspectora ha sacado algunas fotos. Al fin, después de estudiarlo concienzudamente, responde:

—No. No me suena de nada.

Ella asiente.

—Le agradezco la ayuda —dice, guardando el móvil y la libreta, antes de quitarse las gafas.

—Si me necesitan más adelante…

Jimena mueve la cabeza, tarda. Aspirante a policía que se quedó en el camino, confirma para sí.

—Claro —añade a modo de despedida.

CAPÍTULO 6

A las seis de la mañana, la inspectora regresa a su casa con los escenarios de ambos crímenes en mente; demasiado para una misma noche en una ciudad como Rabdells. Aunque habría tenido tiempo para echar una cabezada y descansar antes de afrontar lo que sin duda será un día horrible, decide llevarse a Kika a dar su paseo matutino para despejarse del horror de la muerte y, quizá, darse una oportunidad para atar cabos y establecer relaciones entre los dos asesinatos. Pero durante un buen rato, desde que accede a la arena —vive en una casa unifamiliar en primera línea de playa—, y ve a su perra trotar hacia la orilla, su cabeza se queda en blanco y solo se permite contemplar a su vieja amiga cuadrúpeda que camina varios metros por delante de ella, grácil, jovial, persiguiendo a veces pequeños pájaros de patas largas que corretean cerca, lo que hace que su elevada edad pase inadvertida. Hace catorce años que la recogió siendo un cachorro abandonado que perseguía a cualquiera mendigando compañía. Y Jimena siempre se ha preguntado quién salvó a quién. Por aquel entonces acababa de poner fin a una relación con un policía de la Judicial que había decidido largarse con una camarera más joven. Entonces sintió el peso de la soledad nuevamente, y el martilleo constante de sus viejos fantasmas. Pero apareció ella, a la que pronto bautizaría como Kika; aquel cachorro que requería su atención y su cuidado. Su nueva hija, a la que no podía fallar. No esta vez. No igual que había fallado hacía muchos años a su verdadera hija. Entonces la vida empezó a sonreírle de nuevo. Kika fue la respuesta a sus plegarias; la ayuda de un dios benévolo cansado de martirizarla. Sin embargo, ahora ve cómo los años han pasado por las dos y no puede evitar pensar en la muerte: un destino que prevé más próximo en la perra que en ella y que le hace experimentar una sensación de ahogo incontrolable. No puede imaginar su vida sin ella, piensa mientras la ve caminar, y unas lágrimas anegan sus ojos. No podría soportarlo.

Su mente busca, inconscientemente, una salida a ese momento y lleva a primer plano de sus pensamientos la imagen de los dos cadáveres. El Mercedes ardiendo en el acantilado, el mismo Mercedes saliendo de la zona residencial ante la garita del vigilante, acelerando y encarando la carretera de doble sentido con un tipo al volante que lleva una gorra de visera calada. Y, bajo la gorra, el rostro de la víctima anónima encontrada con un disparo en un ojo en Punta Racons. Es solo una hipótesis, claro. También puede que el asesino de Guzmán sea otra persona, que saliera con su coche del lugar del primer crimen y fuera a encontrarse con su segunda víctima, la del acantilado, la llevara hasta allí y cometiera el segundo homicidio de la noche. Es pronto aún para sacar conclusiones. Faltan pistas y pruebas. Jimena llena los pulmones con el aire fresco del amanecer mientras el cielo comienza a clarear y sus lágrimas se secan sobre las mejillas. El mar, a su derecha, empieza a tomar color y se mueve en calma. Frente a ella, la noria se eleva, estática, como un gigante que lo ve todo; que los domina a todos. Un testigo omnipresente y silencioso de lo que ocurre en la ciudad y que, como ella, tiene algo claro: el crimen de alguien importante siempre levanta mucho ruido.

Y no se equivoca.

Cuando llega a casa, se mete bajo una ducha en la que pasa más tiempo del que se concede habitualmente, segura de que es lo que necesita para afrontar el día. Luego prepara el desayuno y enciende el televisor mientras unta con tomate las porciones de pan que acaba de tostar. En el noticiario local de las ocho de la mañana, como entrada, lo hacen público: Adolfo Guzmán, dueño de la constructora Marblau, ha sido hallado muerto en su casa de Rabdells esta noche. Varios disparos han acabo con su vida. A la voz del presentador acompañan imágenes de la entrada de la casa, precintada, tomadas apenas una hora antes, cuando ya no quedaba un solo coche de policía en el lugar. Hablan de un crimen, pero está claro que no saben nada de manera oficial. Acto seguido, dan la noticia del cuerpo hallado en el acantilado. Jimena aparece siendo entrevistada con un rótulo debajo donde se indica su nombre y su cargo. Cuando termina de aclarar que se desconoce la identidad de la víctima, su imagen cambia por una foto fija y ampliada del rostro del cadáver. No es capaz de adivinar cómo han conseguido esa imagen, aunque sospecha que, en algún momento, el cámara se ha escabullido de los agentes y ha logrado acercarse lo suficiente como para tomarla en un descuido.

En ese instante suena su móvil. En pantalla aparece el nombre del comisario, que ella tiene registrado como Pepe. Su voz suena grave al otro lado:

—¿Qué ha ocurrido?

Jimena le hace un resumen pormenorizado. El comisario admite que le suena el nombre de Guzmán, pero no lo conoce personalmente. En cuanto a que hayan emitido la imagen de la otra víctima, se manifiesta preocupado. «Por el momento —ordena—, evita a la prensa». Para terminar, la emplaza a verse en su despacho a las nueve.

CAPÍTULO 7

Cuando la inspectora jefe llega a comisaría, una hora después, encuentra la entrada atestada de periodistas de distintos Medios en busca de declaraciones oficiales sobre lo que ha sucedido esa noche. Por si dos crímenes en una noche no fueran suficiente cebo para ellos, hay que añadir que una de las víctimas parece ser un personaje suficientemente notable. Así que le toca aparcar su coche dentro del aparcamiento para no exponerse a ellos.

Al llegar a la planta que ocupa el grupo de la Policía Judicial, los tres miembros de su equipo están trabajando ya en sus respectivas mesas. Además del inspector Sanabria y de la subinspectora Johnson, el grupo lo completa Cristóbal Ferrer (al que todos llaman Cris), un oficial de metro ochenta, treinta y dos años, pelo rubio con largos mechones que caen hasta sus mejillas, cara de niño bueno y un cuerpo esculpido en el gimnasio entre pesas y su afición favorita, las artes marciales.

Koldo se pone en pie cuando ella da los buenos días pasando por delante, y la acompaña al despacho. Tiene cara de haber dormido algo desde que abandonaron Nova Rabdells, aunque las bolsas bajo los ojos no pueden ocultar el cansancio.

—¿Has descansado? —le pregunta, torciendo el gesto en una media sonrisa.

—Ni lo he intentado —responde ella, colgando su abrigo en el perchero.

—¿Quieres un café?

—No, gracias. Me he tomado dos antes de salir. Tenemos audiencia esta mañana, por lo que parece —comenta refiriéndose a los periodistas de la puerta, y pone en marcha el ordenador. Su mesa está repleta de carpetas con expedientes sin aparente orden.

—¿Qué esperabas? —responde con retintín—. Te he dejado ahí el informe que pediste sobre los sospechosos fichados por tráfico de estupefacientes en nuestra base —le informa, señalando su carpeta colocada sobre el teclado.

—Luego le echaré un vistazo. ¿Has leído ya lo que nos han enviado los de la UDYCO sobre la Operación Sava?

—Estoy en ello.

—Bien. Antes de irte esta tarde, déjamelo en mi mesa. Tendré que echar horas en casa…

—Por cierto, el comisario quiere verte.

Ella revuelve los papeles como si buscase alguno en particular. Se detiene, levanta la cabeza y suelta con ironía:

—¿Qué esperabas?


El comisario se encuentra hablando por teléfono cuando ella asoma la cabeza por la puerta. Con un gesto de su mano, y sin cambiar la expresión taciturna de su rostro, este le indica que pase. José Orbea (comisario Orbea para quienes son ajenos a su grupo, don José para lo que trabajan bajo su mando y Pepe para los que ya han estrechado lazos traspasando la línea de lo personal) es un hombre menudo, de esos a los que el traje les queda amplio; de pelo ceniza, rostro alargado al que los años han hecho perder tersura y ganar arrugas, concienzudamente afeitado, cuyos modales se ajustan más a los años del viejo siglo que a los tiempos modernos. No es, por tanto, un jefe cercano, y su mal carácter le precede entre los nuevos. Sin embargo, Jimena sabe que, en el fondo, Pepe es un hombre que, cuando abandona su papel de comisario, hace gala de un corazón de oro. Los años y la cercana jubilación lo han ablandado también, aunque la mirada que le clava desde el otro lado del escritorio en este momento parece haberlo devuelto a los años pretéritos. Con otro gesto de su mano la invita a sentarse frente a él, mientras continúa contestando con monosílabos y frases escuetas a su interlocutor:

—Sí... Sí... Descuide... Sí... No tiene de qué preocuparse... No, desde luego... Así se hará...

Finalmente, cuelga el teléfono y observa a Jimena por encima de sus gafas rectangulares de pasta antes de quitárselas con una mano y sostenerlas sobre los expedientes que tiene ante él.

—No paro de recibir llamadas. Ahora, al parecer, acaba de salir la cara de la víctima del acantilado en la televisión nacional.

Jimena trata de disculparse.

—No se puede controlar a la prensa, Pepe. Pero puedo asegurarte que no se acercaron al cuerpo. Yo estaba allí y no les dejamos cruzar las cintas de protección.

—Pues de algún modo lo han hecho. He salido al paso diciendo que lo hemos autorizado porque necesitamos conocer la identidad del cadáver. Con dos crímenes en una misma noche, hay que tratar de evitar la histeria colectiva, así que pon más cuidado a partir de ahora. Imágenes de esa índole hieren a la opinión pública. ¿Sospechas cuál ha podido ser el móvil del crimen?

—No. La casa estaba en orden. Aparentemente no han robado, pero eso solo lo podremos confirmar cuando venga la mujer de Guzmán y revise todo. La llamamos tras el levantamiento del cadáver. Se encuentra en Madrid. Supongo que llegará a lo largo de la mañana y podremos hacer una inspección con ella. Por lo demás, he conseguido que la juez autorice un registro de llamadas del teléfono de la casa y del móvil de Guzmán. Habrá que esperar los resultados del análisis de huellas y comenzaremos la investigación interrogando a la gente más cercana a la víctima.

El comisario asiente con gesto lánguido antes de anunciar con su voz profunda y pausada:

—Me ha llamado la alcaldesa cuando se ha enterado por televisión de lo ocurrido. Parece que Adolfo Guzmán era amigo suyo. «Un gran empresario de esta ciudad y excelente persona», han sido sus palabras. Me ha pedido que resuelva este caso a la mayor brevedad, con carácter de urgencia y de la manera más discreta posible —matiza estas últimas palabras poniéndole énfasis—. Que no se filtre información confidencial ni de carácter personal ni empresarial del señor Guzmán. Y que cualquier noticia que deba salir a la luz pública pase primero por sus manos. Quiere que andemos con pies de plomo, Jimena.

—Entiendo.

—Pues no hace falta que te diga que se acabaron los fallos con la prensa. Yo me encargaré de atenderlos más tarde y les daré la información que necesitan conocer. Si os veis en la obligación de hablar con ellos, te pido que seáis prudentes pero no os neguéis a contestar. Si sospechan que les ocultamos información, darán más relevancia al caso. Ceñíos a dar datos probados; nada de conjeturas ni habléis de líneas de investigación. Y nada de filtrar nombres de sospechosos, cuando los haya.

Jimena asiente en silencio. El comisario aún tiene una instrucción más que dar:

—Dedícate en cuerpo y alma a resolver este asunto. Prioridad absoluta.

—Haré lo que pueda, Pepe —acepta ella, imprimiendo un tono de confianza a la frase.

—Espero que hagas algo más que eso. Nos jugamos mucho. Y ahora, a trabajar. Ve informándome puntualmente.

CAPÍTULO 8

El Instituto Anatómico Forense ocupa un edificio anexo al hospital público, en la parte alta de la ciudad. En su interior, el corredor del primer sótano, por el que avanza Jimena Verino junto a Koldo Sanabria, resulta frío y desangelado. Al llegar al final de este acceden a la sala de autopsias, un lugar iluminado con una luz blanca deshumanizada que alumbra seis mesas de acero inoxidable dispuestas en dos filas. Sobre un par de ellas descansan dos cuerpos cubiertos por sábanas. Los policías se dirigen hacia el hombre alto y delgado, de cabello entrecano y ojos pequeños que trabaja en ese momento en la mesa del fondo sobre otro cuerpo.

—Buenos días, inspectora y compañía —saluda el patólogo forense sin desviar la vista de la báscula, que pesa en ese momento el corazón del cadáver.

—Buenos días, Alteiro —responde ella. Está acostumbrada a ese tipo de escenas, pero Koldo no, de modo que este vuelve la cabeza hacia el otro lado de la sala—. ¿Has terminado con los de anoche?

Miguel Alteiro repara en el inspector y sonríe.

Sí. He terminado. Si me das un minuto... —pide, quitándose los guantes de plástico y tirándolos a una papelera de pedal próxima a la mesa. Luego, se dirige a la puerta del fondo y abandona la sala.

Al cabo de unos minutos, el forense regresa con una carpeta marrón. Los tres se aproximan a los cuerpos cubiertos por sábanas y Alteiro le pasa la carpeta a Jimena. Esta saca sus gafas y se las coloca antes de abrir el informe.

—Empezamos con el sujeto sin identidad. Si os parece, lo llamaremos Juan Nadie. —Tira de la sábana y descubre el cuerpo del acantilado.

Al observarlo bajo aquella luz, advierten que le han practicado una incisión con el bisturí en forma de Y. Ahora está remendada con hilo negro. Juan Nadie tiene un cuerpo musculado y varios tatuajes en los brazos. También se aprecian cicatrices antiguas, algunas de forma redondeada que sugieren la penetración de balas, en el torso y en las piernas.

—Varón de aproximadamente cincuenta años —describe el forense—, en aparente buen estado de forma. No ha habido sorpresas: el disparo en el ojo izquierdo es el causante de su muerte. Bala de nueve milímetros, magnum, según me han informado los de la Científica, con salida por la parte posterior. El disparo se hizo casi a bocajarro, por las quemaduras que se aprecian alrededor de la entrada —explica, señalando las proximidades del agujero, donde ha quedado un hueco en el lugar que ocupaba el ojo—. Hora del fallecimiento: alrededor de las dos y media de la madrugada. Sus órganos están sanos, a excepción del hígado y de los pulmones. El primero es el de un bebedor habitual. También es fumador. En sangre, hemos encontrado restos de Sildenafilo. El principio activo de la Viagra —aclara, levantando la vista hacia Jimena—. Es lo único destacable. Comió por última vez sobre las diez de la noche. Y bebió. Bebió mucho.

—Pero no hay restos de droga en su sangre.

—No.

—Solo Viagra.

—En efecto.

La inspectora asiente.

—¿Lo golpearon antes de dispararle?

—No. No hay contusiones. —Koldo Sanabria observa en silencio mientras el forense continúa resumiendo el informe que ha escrito y que ella ojea ahora—. Lo que veis en la piel son cicatrices de hace siete años o más. Yo diría que este hombre ha estado en la guerra. Además de por uno de sus tatuajes, el del cuchillo enmarcado por las hojas de roble que luce en su hombro izquierdo, tiene viejas quemaduras en el pecho y en la espalda. Fracturas en diversos huesos soldadas, y también restos de metralla. Entre sus recuerdos, podéis fijaros en que le faltan dos dedos de la mano izquierda: meñique y anular.

Ambos policías dirigen la mirada hacia esa parte de su anatomía y reparan en el detalle.

—¿Acaso conoces ese emblema? —le pregunta Koldo a Alteiro refiriéndose al tatuaje que acaba de mencionar.

Es el de los grupos de Operaciones Especiales del Ejército de Tierra.

—Ya tenemos una pista que seguir —apunta Jimena, haciendo un repaso visual del resto de tatuajes, entre los que resalta en su bíceps derecho una cobra encerrada en un triángulo que dibuja la letra S enroscando su parte inferior—. ¿Algo más que destacar?

El patólogo mira de nuevo el cuerpo tratando de recabar toda la información que le ha resultado reseñable. Pero, al momento, responde:


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