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Excerpt for Los Últimos Vikingos del Orinoco by , available in its entirety at Smashwords

LOS ÚLTIMOS VIKINGOS DEL ORINOCO


By Juan A. Pons Server



Copyright Juan Andrés Pons Server 2018

Cover: José Luís Campillo Ruiz

Smashwords Edition

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ÍNDICE

PREFACIO

Capítulo 1

Isla Cangrejo, delta del Orinoco. Hacia el 1250 d.C. 11

Capítulo 2

Sevilla 1582

Capítulo 3

Cartagena de Indias (Tierra Firme)

Capítulo 4

Sevilla

Capítulo 5

Palacio Real de El Escorial

Capítulo 6

Sevilla

Capítulo 7

Cartagena de Indias (Tierra Firme)

Capítulo 8

Sevilla

Capítulo 9

Flota de Indias (Mar de las Yeguas)

Capítulo 10

Isla de La Gomera (Las Canarias)

Capítulo 11

Flota de Indias (Mar de las Damas)

Capítulo 12

Bahía de Cartagena de Indias (Tierra Firme)

Capítulo 13

Cartagena de Indias (Tierra Firme)

Capítulo 14

Cartagena de Indias (Tierra Firme)

Capítulo 15

Cartagena de Indias (Tierra Firme)

Capítulo 16

Cartagena de Indias (Tierra Firme)

Capítulo 17

Cartagena de Indias (Tierra Firme)

Capítulo 18

Aguas del Caribe y costa neogranadina

Capítulo 19

Poblado Caribe (inmediaciones del Lago Maracaibo)

Capítulo 20

Poblado Caribe (inmediaciones del Lago Maracaibo)

Capítulo 21

Tierra de Gracia (Golfo de Paria)

Capítulo 22

Isla de Trinidad (Golfo de Paria)

Capítulo 23

Isla Cangrejo (Delta del Orinoco)

Capítulo 24

Río Orinoco (Venezuela)

Capítulo 25

Delta del río Orinoco (Venezuela)

Capítulo 26

Bajo Orinoco (Venezuela)

Capítulo 27

Bajo Orinoco (Confluencia entre los ríos Caroní y Orinoco)

Capítulo 28

Bajo Orinoco

Capítulo 29

Medio Orinoco

Capítulo 30

Raudales de Atures (Medio Orinoco)

Capítulo 31

Río Guaviare (Medio Orinoco)

Capítulo 32

En algún lugar de la selva colombiana

Capítulo 33

Villa de Ullmanson (en algún lugar de la selva colombiana)

Capítulo 34

Villa de Ullmanson

Capítulo 35

Villa de Ullmanson

Capítulo 36

Villa de Ullmanson

Capítulo 37

Alrededores de la Villa de Ullmanson (selva colombiana)

Epílogo

NOTA HISTÓRICA

NOTA DEL AUTOR

AGRADECIMIENTOS





















A mi mujer y mis hijos, mi aventura de cada día.


























PREFACIO

No existe ningún documento escrito que atestigüe de la presencia de una civilización vikinga en el continente sudamericano.

La Corona Española puso todo su empeño en demostrar que Cristóbal Colón fue el primer descubridor del Nuevo Mundo.

En su afán por mantener los derechos de conquista y explotación, otorgados por el papado en las Indias, y mantener su hegemonía y monopolio en la zona, el Imperio Español eliminó todo vestigio del asentamiento nórdico, hasta convertir la presencia escandinava en simple leyenda.

Esta es la verdadera historia que se logró ocultar…hasta ahora.




















y allí hallé un poblado civilizado de raza blanca y abundante cabellera y barba blanca y de ojos azules y de iconografía rúnica”


Padre Gnuppa, el Pai Zumé en las leyendas indígenas

(Santo Tomás una vez cristianizado por los españoles)

Capítulo 1

Isla Cangrejo, delta del Orinoco. Hacia el 1250 d.C.

Jarl Ullman echó la vista atrás y observó cómo los otros seis snekkars vikingos le seguían. Los fabulosos barcos vikingos habían hecho honor a su fama y habían cubierto la ruta por el océano de manera eficaz.

La gigantesca isla se vislumbraba en la lejanía y pensó que sería un buen sitio para detenerse antes de embocar el gran río que asomaba a su espalda. El viaje había sido largo, demasiado largo, y aún no habían arribado. El rostro de aquellos aguerridos tripulantes mostraba signos de un cansancio extremo y, por un momento, se enorgulleció de ellos.

Su partida, no recordaba cuántos años habían pasado ya, había seguido las rutas establecidas por Erik el Rojo en dirección a Terranova y, una vez allí, había querido demostrar su audacia navegando mucho más al sur en busca de territorios más cálidos.

Jarl hizo una señal a sus hombres en dirección a las playas de arena y todos viraron casi al unísono, muestra de una compenetración muy trabajada.

Una vez hubieron desembarcado, se reunió con sus hombres de confianza para decidir la ruta a seguir. Tras una breve discusión, el jefe vikingo se levantó, profirió un gruñido de autoridad y, con el brazo que sujetaba su hacha, señaló hacia la enorme desembocadura del río que vertía sus aguas embravecidas en el océano. Los hombres miraron en la dirección indicada con evidentes signos de temor ocultos tras sus fríos ojos. La determinación que mostraba Jarl era inapelable, de manera que la decisión estaba tomada y sus destinos totalmente sellados.



Capítulo 2

Sevilla 1582

El puerto de Sevilla bullía con la algarabía de los cientos de personas que allí habitaban. Conocido como Puerto Universal, con la exclusividad de la carrera de Indias, tras el establecimiento en 1503 de la Casa de la Contratación, había sido elegido por su situación estratégica. Su emplazamiento fluvial a cien kilómetros de la costa y, por tanto, más protegido del contrabando y los ataques exteriores, lo convertían en una plaza difícil de asaltar.

Los únicos inconvenientes que presentaba el puerto era el sinuoso trazado del Guadalquivir hasta Sevilla, atravesando marismas con poca profundidad, que no permitía buques que excedieran las cuatrocientas toneladas, lo que obligaba a muchas naos provenientes del mar a transbordar las mercancías a naves más pequeñas antes de iniciar su cauce.

Así pues, el comercio con las Indias establecido en Sevilla provocaba un hervidero de agitación cuando se acercaba la fecha de emprender una de las dos rutas que se organizaban anualmente: una en abril hacia Nueva España (Veracruz: Méjico) y otra en agosto hacia el Virreinato del Perú en la Provincia de Tierra Firme (Cartagena de Indias y Nombre de Dios). Ambas pasaban el invierno en las Indias y en el mes de marzo se reunían en el puerto de La Habana para emprender juntas la travesía de vuelta a la península. La salida de las expediciones suponía trabajo para propios y extraños: la pequeña industria local, la reparación de los barcos, el transporte de las mercancías, la preparación de víveres... daba trabajo abundante.

Cuando faltaba poco más de tres meses para zarpar, el ilustrísimo Don Julián de Azcona y Saavedra caminaba por las calles sevillanas con dirección a la Catedral. Estaba hospedado en la posada “El Tabernero”, sita en la plaza de San Francisco. Esta, junto con la de La Laguna, era la plaza por antonomasia de Sevilla. Toda porticada, con una fuente en un extremo, llamada de Mercurio, estaba rodeada por edificios muy principales: Ayuntamiento, Audiencia, Convento de San Francisco y la Cárcel Real.

Don Julián, hijo del barón Don Anselmo de Azcona, había llegado a ser secretario del Marqués de Cádiz, un grande de España, gracias a la amistad de su progenitor con el marqués y a sus estudios en la Universidad de Sevilla, a la que solo unos pocos elegidos podían acceder. De porte distinguido, le gustaba aparentar cierta actitud despreocupada que encandilaba a sus semejantes y que él gustaba de utilizar a su favor para conseguir de ellos aquello que deseaba. No en vano, su posición había sido labrada a fuerza de obtener pequeños triunfos que no habían pasado desapercibidos en un mundo tan reducido como la aristocracia sevillana.

Su carácter intuitivo le obligaba a prestar atención a todo lo que acontecía a su alrededor, más teniendo en cuenta la calaña de personajes que poblaba la ciudad. Se distraía observando las calles sevillanas, estrechas, llenas de viandantes, caballerías, basuras, escombros, tenderetes, etc.

Resultaba difícil transitar por las calles y plazas comerciales, llenas de puestos, tinglados y mostradores portátiles. No se necesitaban calles rectas pues apenas existía el tráfico rodado y su sinuosidad facilitaba la defensa ante un peligro interior. Las calles estrechas eran simples viales por donde pasar, en las que su angostura y los toldos evitaban que el sol estival castigase más a los habitantes. Allí se entrelazaban habitantes de diferente estatura moral: plebeyos o pecheros, pícaros y mendigos, nobles y clérigos, prostitutas y sodomitas, moriscos, esclavos, gitanos,…

Uno de los aspectos que le llamaba la atención a Don Julián era la basura acumulada en las calles y el hedor que desprendía toda la ciudad. La gente acostumbraba a arrojar los desperdicios a la vía pública, al igual que dejar los restos de materiales de construcción, hacer hoyos, volcar aguas sucias, etc. De ahí que el nombre de algunas calles fueran bastante evocadores: Calle Sucia, Calle Sumideros o Calle del Puerco eran ejemplos claros de aquellas que los transeúntes debían evitar.

El olor, pensó el hijo del barón, era insoportable. En las casas y patios se combatía con abundante vegetación, pero en las calles había que sufrirlo irremediablemente. De hecho, tanto hombres como mujeres acostumbraban a usar un abanico, no tanto por el calor imperante en verano, que también, si no para evitar los hedores que surgían de las calles, así como de las personas, pues a falta de agua corriente y calor en las habitaciones durante el invierno, no solían lavarse nada más que un par de veces al año, sobre todo en mayo. Curiosamente, durante el mes de junio era cuando se celebraban la mayoría de bodas, ya que el olor de las personas por entonces era todavía soportable y aun así, las novias acostumbraran a llevar ramos de flores para disfrazar el tufillo imperante en el ambiente.

–¿Me da su ilustrísima una moneda? –le pidió un zarrapastroso a Don Julián. Este hizo ademán de tocar su bolsa de monedas, pues consabida era la técnica de distracción que utilizaban los ladronzuelos para desplumar al menos precavido. Al sentirla en su sitio, se relajó y, apiadándose del estado en que se encontraba el muchacho, le ofreció una moneda de vellón. Este, al verla, no creyó su buena fortuna, pues seguramente llevaba horas mendingando sin suerte alguna, y echó a correr con su tesoro en las manos, mientras el noble le regalaba una sonrisa lastimera.

Anduvo el de Azcona en dirección a la catedral por la calle Tundidores, donde los sastres y artesanos se aprestaban a rematar la fabricación de paños de lana en sus tiendas construidas bajo soportales. Iba vestido de manera elegante, a la usanza de la clase noble, pero sin las ostentaciones coloristas que empezaban a imperar en ese momento en Europa. Portaba calzas blancas de seda y un jubón granate de terciopelo acabado en una discreta lechuguilla blanca que le rodeaba el cuello. Iba tocado con un escueto sombrero negro sin pluma y colgando de un solo hombro, llevaba una capa que le pasaba por un costado e iba anudada a la pechera. Por lo demás, no era amigo de la ostentación, y la única joya que llevaba era un anillo familiar legado por su padre el barón.

Transcurrido un trecho, llegó a la calle de la Alcaicería, llena de negocios de plateros y escultores, sederos y traperos, con toda la inmensa riqueza de artículos selectos de oro y plata, perlas, cristal, piedras preciosas, esmaltes, coral, sedas, brocados, telas riquísimas y paños muy finos. De suerte que el barrio se velaba de noche, cerrándose sus puertas con llave y siendo custodiado por el alcaide. A su vez, de Alcaicería partían, a ambos lados, una serie de callejones, conectados entre sí, repletos de pequeñas tiendas y que comunicaban con calles vecinas: por la izquierda el callejón de Perros, por la derecha el de los Sederos; así como el de Lencería de los Hombres, muy frecuentado por los más presumidos.

Estaba siendo un paseo realmente delicioso. La calzada era una de las pocas empedradas de la ciudad y Don Julián se preciaba mucho de no ensuciar sus zapatos apuntados de cordobán forrados de negra seda. Al llegar a la altura de la Calle Escobas, un hombre encapuchado salió a su encuentro. Don Julián no se amedrentó, pues todo el paseo despreocupado por las calles había sido ingeniado con el fin de ese encuentro casual con el personaje. Este vestía con jubón y calzas cortas y de sobre un coleto sobrio, además de la capa con la que cubría parte de su atuendo y un sombrero de fieltro de ala ancha, que dejaba solo al descubierto una mirada huidiza.

—¿Don Julián de Azcona? —inquirió el singular individuo.

El secretario del Marqués de Cádiz asintió y le hizo una señal para que le siguiera al interior del callejón, mucho más discreto y a salvo de miradas inquisitivas.

—Hace ya rato que deambulo a la espera de su llegada —contestó Don Julián a modo de saludo y en tono ligeramente irritado.

—Lamento la tardanza, pero debía asegurarme que nadie me seguía —dijo el hombre a modo de disculpa.

Inmediatamente, el tipo le hizo un gesto con el dedo para que guardara silencio y señaló el fondo oscuro del callejón. Le conminó a quedarse en su sitio y se acercó al lugar desde donde surgían unas respiraciones entrecortadas. A la luz de una candela de un portalón cercano observó a un hombre de espaldas y una mujer arrodillada a sus pies. Lamentó tener que interrumpir la felación, pero sacó su daga del cinto y la hizo brillar a la luz del velón. El hombre, sintiendo su presencia, se giró y viendo el arma, de seguida subió sus calzas y él y la puta se alejaron callejón adentro.

El individuo volvió donde se encontraba Don Julián y dijo:

—Como bien sabe su ilustrísima, vengo de Madrid, con el objetivo de transmitirle un mensaje de suma importancia.

—Lo único que sé, es que el marqués me urgió a venir aquí esta mañana y esperar que alguien se pusiera en contacto conmigo. Como comprenderá, no podía negarme a los deseos de mi protector —contestó adusto el de Azcona.

El hombre lo miró detenidamente y dijo: —deduzco que el marqués no le ha informado en absoluto acerca de su misión.

—¿Misión? –preguntó cada vez más desconcertado por el cariz que estaba tomando la conversación.

—Lamento no poder darle más datos —apuntó el sujeto —, aunque he de decirle que estará usted respaldado por la mayor autoridad de la Corona, y que las indicaciones respecto a que usted fuera la persona elegida fueron muy claras, dado los informes recibidos por su benefactor, el Marqués de Cádiz.

Dicho esto, sacó de su jubón una misiva lacrada que entregó a Don Julián. Este reparó en el símbolo que la cerraba y se sorprendió al observar el sello real.

El tipo miró a ambos lados de la calle para asegurarse que estaban lejos de oídos indiscretos y dijo: —deberá usted zarpar en la próxima flota a las Indias, a Cartagena de Indias, donde contactará con Don Jacinto Guzmán, secretario del gobernador de Nueva Granada de la Provincia de Tierra Firme. Así mismo, le hará entrega de esta carta y se pondrá usted a su disposición. Llegado el momento deberá seguir sus instrucciones hasta haberlas cumplido, llévele el tiempo que le lleve, de manera que pueda embarcar en la Habana y regresar a Sevilla en la siguiente flota disponible.

El de Azcona no salía de su asombro, hecho que disimuló sutilmente elevando una ceja y mirando fijamente a su interlocutor.

—¿A Tierra Firme?... ¿En la próxima flota?... Desde luego es una petición sumamente inusual –indicó a modo de respuesta—. Me temo que no estoy seguro de poder aceptar el encargo —sentenció volcando en su tono todas las dudas que la extraña petición le transmitía.

—Mis instrucciones al respecto son claras —se impacientó el encapuchado—. El marqués me aseguró que su predisposición a aceptar el encargo sería inmediata, máxime si provienen de tan alta alcurnia y, en su caso, por tratarse de persona tan distinguida, tiene reservada una grata recompensa a la consecución de la encomienda.

—No son ducados de lo que carecen mis arcas —contestó a modo de evasiva.

—No se preocupe –prosiguió de manera más calmada—, su gratificación tiene más que ver con su propia promoción. Conocemos la precaria situación dinástica en la que su padre el barón le ha dejado. Su hermano mayor heredará el título a la muerte de su progenitor y usted… bueno, digamos que quedará un tanto desamparado. Aunque es posible que, si esta empresa tiene éxito, pueda usted recibir un título en compensación por los servicios prestados a la Corona. Creemos que es una oferta generosa. ¿No le parece?

Promocionar en su escala nobiliaria no era una de sus aspiraciones. Es más, se alegraba de ser el segundo dinásticamente, pues aborrecía la vida en la corte y todo el vasallaje que acarreaba. Afortunadamente, su hermano sería el encargado de heredar y soportar esa responsabilidad y, dada la cordialidad que siempre había existido entre ellos, no pensaba que su situación futura se pudiera definir de “desamparo” —pensó Don Julián—. Aun así, volvió a mirar el sello real y viendo que era infructuosa, e incluso peligrosa, una negativa, accedió a regañadientes levantando el mentón y haciendo una ligera reverencia por el honor otorgado.

—De acuerdo pues –sonrió ligeramente el sujeto al tiempo que producía una leve respiración de alivio, viendo su parte de la empresa cumplida—. En Cartagena le espera Don Jacinto y le podrá indicar con más detalle los pormenores del encargo. Aquí tiene el documento que acredita su limpieza de sangre para poder embarcar junto con la licencia que deberá presentar al funcionario en la Casa de la Contratación. Además — prosiguió el individuo—, deberá usted proveerse de un esclavo que le acompañará durante su viaje para que le ofrezca servicio y protección.

—¿Protección? ¿A qué se refiere? —respondió Don Julián llevando instintivamente la mano a la empuñadura de su espada. No es que le preocupara en demasía, pues se consideraba bastante ducho en las lides con su espada ropera.

—Somos sabedores de su destreza con las armas —contestó el individuo en tono enigmático–, pero una ayuda nunca viene mal.

Don Julián no era amante de las peleas. De hecho, solía mostrarse calmado ante las ofensas, a diferencia de algunos de sus amigos a los que, en más de una ocasión, había tenido que sacar de algún apuro desenvainando su espada.

—Le recomiendo que se acerque al mercado de esclavos de la catedral. Es sin duda el mejor lugar para conseguir un buen ejemplar.

Y sin decir nada más, se sacó de la pernera una bolsa de dineros que depositó en las manos del hijo del barón.

—Para todos sus gastos— dijo haciendo una media reverencia y alejándose del lugar con la misma discreción con la que le había abordado.

El de Azcona se quedó pensativo durante un rato, sopesando las palabras que acababa de recibir y el futuro inmediato que le aguardaba: el sello real, el secretismo que envolvía toda la empresa,... No. No le gustaba nada en absoluto, y aun así, emitió un suspiro de resignación y encomendándose a Dios y al Rey, por este orden, encaminó sus pasos hacia la catedral sevillana, en la parte conocida como la Grada, lugar emblemático de venta de esclavos de procedencia singularmente dispar.



Capítulo 3

Cartagena de Indias (Tierra Firme)

El capitán Alonso Molina, oriundo de Puente de Génave, en la comarca de Sierra de Segura, Jaén, se hallaba muy lejos de su hogar oteando el vasto Mar Caribe desde la apenas iniciada muralla de la ciudad de Cartagena de Indias.

Su llegada allí, cuatro años antes, no había sido fácil. Aún se acordaba de todas las vicisitudes que tuvo que afrontar en su tierra natal para obtener la licencia con que embarcar y poder partir, junto con su mujer Inés, a Nueva Granada, en Tierra Firme.

Particularmente inquisitivo había sido obtener la información de limpieza de sangre que daba cuenta del parentesco hasta sus abuelos, indicando si todos ellos eran libres de delito relacionado con la fe, dando el nombre y los apellidos de los padres por parte de su mujer y los suyos propios, así como el de los abuelos tanto maternos como paternos. También, si estaban casados según mandaba la Santa Iglesia Católica, y los hijos fruto de dicho matrimonio, aunque en este sentido Nuestro Señor no había querido bendecirles con descendencia. Por último, había que añadir una descripción física del matrimonio y, lo más importante, testigos que dieran fe de la información aportada. De suerte que era bien conocido en su pueblo y María Alonso, viuda, Diego Alonso, el clérigo, y Alonso Hernández, el tejedor, habían firmado el documento para que el escribano del ayuntamiento, Alonso Rodríguez, ratificara toda la información.

Obtenida la documentación y con la licencia firmada en Madrid en 1578, tuvieron que presentarse en la Casa de Contratación de Indias en Sevilla y, allí, le fue aceptada y concedida definitivamente la licencia para pasar, según atestiguaba el documento del que no se separaba nunca y guardaba en su pechera como una segunda piel:


En Sevilla en la Casa de la Contratación de las Indias, a diez y ocho del mes de Mayo de mill e quinientos y setenta y ocho años, los señores juezes, officiales de su majestad en la dicha Cassa, dixieron que davan y dieron licencia a el dicho Alonso Molina para que pueda pasar y pase a Nueva España y llebar consigo a Inés Úrsula García, su muger, conforme a la licencia de su majestad que presentaron poniendo en la licencia que se le diere, la edad y señas de sus personas.”


De suerte que la Corona prefería otorgar pasaje a matrimonios y no tanto a varones casados sin sus mujeres, los cuales quedaban obligados, pasado un cierto tiempo, a mandar por ellas. Tampoco a mujeres solteras, debido a que la travesía y las condiciones de viaje eran mucho más duras para la mujer que para el hombre.

Afortunadamente, su mujer Inés había obtenido permiso de travesía sin problemas. De familia importante, pues su padre era Don Pedro García, afamado cirujano de Trujillo, se habían conocido en un acuartelamiento del regimiento del capitán en esa ciudad.

La suerte había querido que uno de sus hombres sufriera un accidente practicando con la espada y mandaran llamar a Don Pedro para curar sus heridas. Doña Inés siempre acompañaba a su padre cuando tenía que atender a sus pacientes, pues su padre, como buen hombre de ciencia, alardeaba de tener un carácter adelantado para la época, y pensaba que las mujeres también debían instruirse en diferentes artes para poder disfrutar de una vida más práctica y gozosa. Su hija, por tanto, no iba a ser una excepción, máxime cuando había quedado huérfana de madre a edad muy temprana y su educación había recaído en una tía materna y él mismo.

De tal guisa se hallaban padre e hija atendiendo al herido cuando Alonso se presentó en la estancia inquiriendo por el herido. Al momento, quedó prendado de la muchacha, no tanto por poseer una gran belleza, pues esta era más bien serena y comedida, sino por su prestancia en el desempeño de las tareas que su padre le iba indicando. Asimismo, sus movimientos eran categóricos denotando un carácter fuerte que al instante dejó sin defensas al soldado, que rindió su corazón cual fortaleza tomada sin necesidad de iniciar el asalto.

Con el tiempo, y tras los permisos paternos oportunos, fueron conociéndose poco a poco, llegando a un entendimiento matrimonial que les había reportado enorme dicha, solo ensombrecida por la falta de descendencia.

Después de años de convivencia en Trujillo, el capitán Alonso recibió orden de partir hacia la bahía de Cartagena de Indias, donde debía formar parte del destacamento de la población costera por orden de su majestad el rey.

Tras un viaje lleno de penurias, se establecieron en la pequeña ciudad donde el comercio incipiente empezaba a dar signos de prosperidad y, meses más tarde, ambos disfrutaban de una vida plácida: él, como capitán del ejército y ella, como cirujana del asentamiento, pues, aunque era mujer, se le permitió atender a los heridos más pobres dada la falta de cirujanos con experiencia en la colonia.

—¡Capitán! –llamó el soldado que, guardando una discreta distancia, había estado observándolo pacientemente—. Doña Inés le manda aviso que Don Jacinto Guzmán desea hablar con usted.

Alonso miró al cielo y murmuró: ¡qué querrá ese hombre ahora! No le caía bien. Advertía en el secretario del gobernador un tono cainita y de más soberbio que repudiaba en demasía. Aun así, dio media vuelta y encaminó sus pasos hacia la ciudad, no sin antes girar la cabeza y despedir una última mirada al mar.





Judith Jacobs era una marrana. Así denominaban a los judeoconversos que seguían observando clandestinamente sus costumbres y su anterior religión. Por supuesto, ella se preciaba mucho de mostrar sus inclinaciones religiosas en público y, ante la comunidad, se descubría como una simple católica, máxime con la extrema vigilancia que la Santa Inquisición empezaba a ejercer en el Nuevo Mundo.

Su apellido oficial era Rodríguez, pues su abuelo fue Juan Rodríguez Bermejo, más conocido por Rodrigo de Triana, el primer español que avistó el nuevo continente desde su puesto de vigía en la carabela Pinta. Cuentan que el padre de este fue quemado en la hoguera por comerciar con judíos mientras el hijo realizaba el viaje del descubrimiento, por lo que al poco de llegar al Nuevo Mundo tornó su apellido Jacobs en Rodríguez Bermejo para evitar la misma suerte.

Marinero de profesión, Rodrigo anduvo por tierras americanas durante muchos años antes de embarcar en la expedición a las Molucas, en el sudeste asiático, en 1525 junto a García Jofre de Loaisa. En dicha expedición se encontraba Juan Sebastián el Cano, el cual había completado en 1522 la primera circunnavegación de la tierra, iniciada por Fernando de Magallanes.

Rodrigo nunca le perdonó a Colón que no le concediera la recompensa prometida por los Reyes de España de 10.000 maravedís al primero que avistara tierra, además de un jubón de seda ofrecido por el mismo almirante, argumentando que a las 10 de la noche del 11 de octubre, unas cuatro horas antes, Colón había visto por la ventana de su camarote luces que subían y bajaban en el horizonte y que él interpretó que podrían ser candelas en tierra.

Por ello, sus peripecias en las Indias fueron un cúmulo de ires y venires, enrolándose en las expediciones más desatinadas que cualquier hidalgo de baja estopa le quisiera proponer, con el ánimo de tornarse rico en el menor tiempo posible. Cansado de vivir en la miseria, decidió embarcarse en la única expedición sensata que le ofrecieron con rumbo al sudeste asiático, de donde no regresó jamás.

De lo único que se enorgullecía era de su religión, siempre en secreto, y de su marinería que le recorría las venas como el agua de un río surca su cauce. Había contraído nupcias muchos años después de su arribada a las Indias con la viuda joven de un marinero muerto en la travesía por unas malas fiebres. Fruto de su unión nació su hijo al que llamó también Rodrigo, siguiendo la tradición familiar, y al cual desamparó desde el mismo momento de su nacimiento.

El hijo llegó a la incipiente ciudad de Cartagena y a sus cuarenta y tantos años contrajo matrimonio con una hermosa muchacha española llegada a la ciudad con una de las primeras flotas armadas que cruzaron el océano. Fruto de esa unión nació Judith, y aunque su padre hubiese querido tener un barón, pronto se resignó, y enseñó a su hija la religión de sus ancestros y sus conocimientos navales. Con el tiempo, Rodrigo volcó en la niña todas las ilusiones y anhelos de un padre que no tuvo padre, y la amó con locura hasta el día aciago que no regresó, tras una tormenta tropical que lo engulló mientras pescaba con su chalupa en el mar.

Consecuentemente, la niña creció casi huérfana de padre y desarrolló una personalidad selvática e inquieta que gustaba de entretener en las boscosidades cercanas a la ciudad, a pesar de las advertencias de su madre que intentaba, infructuosamente, que ayudara en las tareas de casa y se mostrara más ejemplar dentro de una colonia tan reducida y dada a las habladurías.

Con el tiempo se convirtió en una mujer bellísima, de cuerpo atlético y tremendamente ágil. Solía llevar una larga melena cobriza que anudaba con un cordel de estopa, sobre todo en los días cuando el calor era excesivamente húmedo. En los días que hacía norte, rachas de viento propias de los meses de invierno, disfrutaba llevándolo suelto, admirándose en las formas particulares que modelaba el capricho de las ráfagas.

Aquel día hacía calor. Plantada en medio de la espesura, con las piernas ligeramente separadas y la lanza preparada por encima de su cabeza, Judith cerró los ojos y sintió cómo su respiración se acompasaba con la leve brisa y los sonidos que la rodeaban. Ahí estaba el aleteo del chapulín, un saltamontes que su madre gustaba de preparar con chile y limón; a su derecha un búho llamado tecolote, cuyo canto nocturno espantaba a todos sus vecinos pues era señal de mal augurio; también escuchó tras ella un par de cenzontles, esas aves que eran capaces de imitar cualquier sonido de persona o animal, aunque a ella no la engañaban.

Sabía que no tardarían en aparecer. La muchacha había observado a cierta distancia una pareja de pavos, o guajolotes como llamaban por allí, en dirección a su posición. Se situó en contra de la brisa para que no detectaran su presencia y se preparó. Iría a por el macho, y ya se relamía pensando en el caldo que su madre iba a preparar con mole y arroz. La judía se había convertido en una experta lancera, primero por necesidad, para cazar algún animal con que alimentarse, y segundo por placer, pues en sus correrías por la selva había descubierto una pericia innata en atinar con la lanza a cualquier blanco que se propusiera, ya fuera estático o en movimiento. La lanza era corta, de madera de palo volador, un árbol muy resistente y maleable a la vez, que iba rematada con punta de hierro horadada de muescas, para producir un mayor desgarro en sus presas. Su maestría no había pasado desapercibida y, en alguna ocasión, había sido invitada a participar en las cacerías que el capitán Alonso organizaba por los alrededores.

Cuando estaba a punto de soltar la lanza notó la presencia de algo más humano. Abrió los ojos y adivinó una figura medio oculta tras unos ocotes, árboles con una corteza de color café rojizo y que a ella le gustaban especialmente por la resina aromática que desprendían. Al verse descubierto, el hombre apareció de entre los árboles y se acercó a Judith. Se trataba de Don Jacinto Guzmán, secretario del gobernador.

—¡Buenos días, Judith! —le dijo a la vez que le miraba de forma distraída—. Vestía de verde oscuro, con jubón de seda, gorgueras, calzas, pantalones anchos de bella factura y botas altas. Acompañaba su atuendo con su inseparable bastón, que en alguna ocasión lo había visto utilizar contra los indígenas. Se atusaba su largo bigote mientras no cejaba de contemplar a la muchacha de una manera que no se atrevería a hacerlo en público.

La muchacha lo observó detenidamente. Recientemente, veía al secretario con más frecuencia que la casualidad otorga y, sin llegar a preocuparse, empezaba a recelar de él. Esta vez, la ocasión no había sido producto de la fortuna. Raro era ver al secretario alejarse de la ciudad y, mucho menos en un paraje como en el que se encontraba, a tanta distancia de la misma. Probablemente, la había estado siguiendo, y maldijo su suerte por no haberse dado cuenta de ello antes.

Sin mediar palabra, el secretario se acercó caminando hasta quedar a menos de dos varas de ella. Ahora, sus ojos no dejaban de observarla intensamente. Judith vestía con una camisa larga blanca con mangas amplias y voladas que sujetaba a su cintura con una cincha de piel y que acentuaba el contorno de sus pechos. Llevaba unos pantalones de tela vasta que le llegaban hasta las pantorrillas y, como siempre, iba descalza.

—Tu madre te está llamando y no deberías hacerla esperar —señaló casualmente el secretario—. Además, tampoco deberías alejarte de la ciudad tú sola, más si cabe tras los últimos ataques de esos malnacidos corsarios —añadió lentamente sin dejar de observarla.

La joven no se amedrentó ante tales insinuaciones veladas y había aprendido que su cuerpo despertaba pasiones en los hombres que ella sabía manejar en su favor, aunque aquel tipo poderoso le resultaba ciertamente inquietante.

—¿Y ha venido siguiéndome sólo para decirme eso? —le dijo enarcando una ceja—. Pensaba que todo un señor secretario de la colonia tendría cosas más importantes que hacer que dar recados a una chica sin importancia.

—Yo me preocupo por la seguridad de toda la población. Aunque, he de admitir, que de unas más que de otras —contestó con una media sonrisa que mostraba sus dientes amarillentos.

—En tal caso, convendrá conmigo que no puedo hacer esperar más a mi madre –contestó a modo de despedida, le dio la espalda y se alejó unos pasos.

—Don Anselmo me ha dicho que no fuiste el domingo a misa – dijo Don Jacinto en tono casual.

Judith se detuvo en seco y se giró. Miró los ojos del hombre que le observaban con una mirada lasciva.

—Eso no está nada bien. El sacerdote está realmente preocupado. Le inquieta que, estando todo el día entre bosques y animales, tu alma pueda estar en peligro. Yo, por supuesto le he tranquilizado, y le he prometido que a partir de ahora te vigilaré más de cerca, y procuraré que no faltes más a la iglesia –y diciendo esto se alejó cruzando por su lado, momento que aprovechó para rozar con su mano el costado de la muchacha.

Al poco, Judith se giró para ver si había desaparecido y vio cómo se había detenido a cierta distancia y la observaba de manera intensa, con un destello lujurioso en sus ojos.

Capítulo 4

Sevilla

Don Julián se dirigió hacia el recinto de la iglesia mayor por la Calle de la Teta, al parecer llamada así por una pieza de mármol romano con forma de pecho femenino que sobresalía en la fachada de una casa. Después, torció por la Calle de los Vizcaínos, sede de la colonia de vascos erradicados en la ciudad y que se dedicaban principalmente al comercio de herramientas y armas de hierro, para, tras pasar por la Calle de Génova, colonia de mercaderes y banqueros de esta ciudad italiana, toparse con las gradas de la catedral.

El lugar era uno de los destinos más pintorescos y ajetreados que cualquier visitante de la ciudad pudiera encontrar. Lugar de tratos y negocios más concurrido de Sevilla, era la lonja abierta de comerciantes y banqueros, de los pregones, ventas de esclavos y subastas de toda clase de productos, retablo de maravillas de allende los mares y escaparate de la sociedad sevillana. Aunque en los últimos años había perdido parte de su poder comercial al estar casi finalizada la Lonja de Mercaderes, seguía siendo el epicentro de la mayoría de transacciones que se realizaban cada día.

Las gradas quedaban en un lateral de la catedral. Consistían en un zócalo con escalones jalonados por unas columnas con cadenas que delimitaban el dominio eclesiástico y, por tanto, los límites de la jurisdicción civil, para que los ciudadanos pudiesen acogerse al derecho de asilo frente a la dura justicia del siglo XVI. Pero principalmente era el lugar donde se exhibía el mercado humano de esclavos. En los días de mal tiempo, los comerciantes incluso accedían a la catedral por la Puerta del Perdón y mercadeaban en su interior, a pesar del relieve que remataba la puerta mostrando la escena de la expulsión de los mercaderes del templo: una clara alusión del rechazo de la iglesia a este tipo de prácticas y que era fruto de numerosas quejas al rey a este respecto.

Hacia allí se dirigió Don Julián en el momento que la muchedumbre se arremolinaba cerca de las gradas viendo que los esclavistas ya se aprestaban a sacar la mercancía. El primer grupo de esclavos mostraba un aspecto realmente deprimente: portaban marcas de hierro en ambos carrillos, una S y un clavo, es decir, la palabra “esclavo”, para que todo el mundo supiera que eran cautivos. Otros iban herrados en la frente con las letras DSA, “De SevillA”. Un par de ellos revelaban síntomas claros de tener la tisis, a otro le faltaba una oreja, además de ser cojo, y por último, había un tuerto. Claramente esta primera remesa era la de las gangas y su precio solía ser bastante barato. Los mercaderes de esclavos preferían deshacerse pronto de esta chusma y dejar los mejores especímenes para el final, donde los más pudientes compradores esperaban pacientemente hacer su negocio.

En el siguiente turno entraron unos diez o doce esclavos, la mayoría negros. Portaban argollas en los pies, en el cuello y en los brazos y algunos iban señalados con marcas y pinturas. El esclavista iba pregonando las virtudes de cada uno, pero también sus vicios, pues era de ley que en caso que faltara a la verdad debía retornar todos los dineros al comprador y recoger de nuevo al esclavo. De esta manera, se dedujo rápidamente que el grupo pertenecía al segundo escalafón de precios pues, aunque físicamente eran aptos para el trabajo, la mayoría eran tachados de conducta inmoral: violentos, borrachos, ladrones, fugitivos y prostitutas. Casi todos fueron vendidos por unos diez mil maravedíes.

El que hacía cuatro por la derecha era un hombre blanco, aunque tostado por el sol, de pronunciada estatura y complexión atlética. Aparentemente no tenía ninguna tara y Don Julián se aprestó a escuchar la descripción del esclavista cuando llegó su turno:

—¡Un esclavo blanco, de origen canario, de castellano hablador y de nombre Jonay!— gritó el mercader— ¡con mancha en el costado izquierdo y marcas de látigo en espalda!—. El de Azcona entendió enseguida porqué no estaba en el grupo de los más caros, pues además de ser canario, lo cual bajaba su cotización, las marcas en la espalda denotaban un carácter arisco y poco dado a la obediencia. Y aun así había algo en él que le llamaba poderosamente la atención: la forma en que lo miraba fijamente, medio retando al hijo del barón, medio evaluando si ese sería el amo que merecía que lo sirviera.

Dudó si pujar por él, dada la descripción que había hecho el mercader. Pero el esclavo, a pesar de lo concurrido de las gradas, seguía mirando a Don Julián intensamente: no era altivez; tampoco sumisión; más bien era como…curiosidad.

Alguien detrás de él gritó: —¡Siete mil maravedíes!—. A su derecha otro vociferó: —¡Ocho mil!—; y otro: —¡Ocho mil doscientos!—. La puja continuó un poco más y pareció finalizada a favor de un banquero en una cantidad que quedó suspensa en diez mil seiscientos cincuenta maravedíes, más de lo que el esclavista hubiera podido imaginar. En ese instante, el de Azcona, en contra de todos sus instintos, se sorprendió así mismo levantando su mano derecha y diciendo: —¡Once mil maravedíes!—, tras lo cual, ante ninguna otra oferta que la igualase, el mercader dio la puja por terminada: —¡Vendido al caballero del jubón granate!

La venta de esa remesa todavía continuó hasta acabar con todos los esclavos y, en todo ese tiempo, el canario no retiró la mirada de Don Julián ni una sola vez. Después, los esclavos fueron conducidos a parte para retirarles las argollas y redactar los documentos de sumisión que luego entregarían a sus amos.

Entretanto, el hijo del barón decidió esperar los pormenores de la transacción observando la venta del último grupo de esclavos. Estos fueron conducidos a las gradas en fila india, aunque no portaban ni marcas de hierro ni iban encadenados con argollas. Era el grupo de los caros: berberiscos, pues eran blancos y de excepcional resistencia física y gran capacidad de trabajo; también por la posibilidad de obtener por ellos un buen rescate. Además, por las hembras, tanto bereberes como negras, llegaban incluso a obtener un precio mayor. El encarecimiento de las mujeres se debía a su capacidad de procreación, a su mayor longevidad y a que, generalmente, eran más obedientes y se daban menos a la fuga que los varones. A ello había que añadir el hecho de que en muchos casos se convertían en concubinas del dueño, por lo que habría que suponer que su atractivo sexual podría aumentar su valor.

La que hacía dos por la izquierda era una joven esclava mulata. El de Azcona se fijó en ella, al igual que lo hicieron la mayoría de potentados que tenía a su alrededor. Portaba una camisa larga de hombre que le llegaba hasta las rodillas, probablemente la misma con la que la embarcarían en las playas africanas, pero ya muy raída y que dejaba entrever la esbeltez de su bello cuerpo. Llevaba el pelo corto de color negro azabache, que enmarcaba una frente altiva y un rostro de una belleza exótica. Su complexión fuerte no ocultaba la suavidad que desprendía su tez de almíbar, a pesar de los signos evidentes que el largo viaje había dejado en ella. La muchacha posaba erguida, intentando ocultar con sus brazos los incipientes senos que asomaban entre la tela rasgada. El efecto producido en los varones allí presentes fue absolutamente devastador. Don Julián observó el rostro de algunos de ellos y vio cómo se relamían en su interior. Pero lo que más llamó la atención de Don Julián fueron los ojos de la mulata, de un color verde oceánico, que taladraban el alma nada más rozarte con la mirada.

Cuando le llegó el turno, el esclavista portugués empezó a recitar: ¡Guineana, de nombre Ekatié, sin marcas en la piel, de carne joven y virgen por demás señas…!

Sin tiempo a que el mercader pudiera finalizar la descripción de la mercancía, una voz entre el público gritó: —¡Doce mil maravedíes!— A continuación, otro le secundó:

—¡Trece mil!, ¡trece mil quinientos!, ¡catorce mil doscientos maravedíes!—, y así durante dos minutos frenéticos en que la puja subió de forma desorbitada hasta los dieciocho mil trescientos maravedíes, para satisfacción del esclavista.

Don Julián se fijó particularmente en un hacendado que ocupaba la primera fila de la muchedumbre, muy cerca de donde Ekatié estaba siendo subastada. Había sido uno de los que no cejaba de subir insistentemente el precio, desbancando siempre a la puja anterior. Claramente se trataba de persona distinguida, pues llevaba un jubón acolchado rematado con ricos bordados a base de hilos de oro, aljófares, perlas y otras piedras preciosas que, lamentablemente, no disimulaban su más que prominente tripa. Por lo demás, llevaba el cuello blanco de lechuguilla, rematado con encaje de bolillos fuertemente almidonado, que sujetaba un rostro grueso fajado de arrugas. Iba rodeado de sirvientes que, vigilantes, ahuyentaban a cualquier rapaz harapiento que osaba importunar a su amo.

El potentado no dejaba de repasar con su mirada a la esclava y, desde luego, se veía que no era su intención comprarla para ingresarla en su servicio doméstico sino, más bien, en su alcoba. La muchacha, consciente de las intenciones de aquel libidinoso, intentaba alejarse de él dando pequeños pasos hacia atrás que, rápidamente, el esclavista corregía.

Don Julián sintió pena por ella. En los tiempos que corrían lamentaba profusamente que la belleza fuera de aquella manera ultrajada. No se imaginaba una suerte mayor que la gracia con que la esclava había sido bendecida y, a su vez, la desdicha que el destino le tenía reservado. Por ello, atacado por un repentino sentimiento de ira gritó: —¡Diecinueve mil maravedíes!

Todos los presentes se giraron al unísono para ver quién había osado desafiar al hacendado. Ekatié miró a Don Julián y le lanzó una mirada de súplica que el secretario agradeció de inmediato. El potentado, lejos de amilanarse, prosiguió con la puja.

—¡Diecinueve mil doscientos! —profirió sensiblemente enojado.

—¡Diecinueve mil quinientos maravedíes! —contestó al instante el de Azcona.

—¡Veinte mil! —prosiguió indignado el otro.

El viejo lascivo, consciente que le había salido un duro rival, hizo una seña a un gañán que se encontraba cerca de él que este entendió enseguida. El hombre se deslizó sigilosamente entre la muchedumbre hasta quedar justo detrás de Don Julián. A continuación, desenvainó una pequeña daga que situó sobre el costado del secretario del marqués teniendo mucho cuidado que no se percibiera a simple vista y, acercando su boca al oído del de Azcona le dijo: —¡Por su propio bien ilustrísima, le recomiendo no vuelva a pujar por la hembra! —al tiempo que con la punta de la daga hacía presión disimuladamente sobre su costado.

Don Julián, sintiendo el hierro presionar sus ropas, miró al hacendado y comprendió al punto la calaña de aquel bribón, a pesar de su distinguida presencia. A continuación, el secretario, notando la cercanía del gañán gritó: —¡Veintiún mil maravedíes! —al tiempo que descargaba sin girarse un puñetazo con su mano derecha cerrada que golpeó al desprevenido sujeto en todo el mentón, haciéndole trastabillar unos cuantos pasos, momento que aprovechó Don Julián para encararle con su espada presta al ataque. El individuo, sorprendido ante la reacción de aquel hombre, comprendió al instante la desventaja de la lidia y, con su boca chorreando sangre, se alejó corriendo entre la muchedumbre.

En aquel instante, dos matones ocuparon el lugar del cobarde y desenvainando sus espadas rodearon al de Azcona. Este suspiró levemente y, concentrándose, esquivó el primer envite que le profesaron por su flanco izquierdo. Sabía que su mejor arma era la velocidad y su paciencia. Normalmente bastaba con eludir unos cuantos estoques para desgastar a su rival y sorprenderlo con la guardia baja, pero en aquella ocasión no le daban cuartel. Tan pronto como detenía un envite, el otro bravucón le lanzaba su espada. Así estuvieron durante unos minutos: lanzando, esquivando, retrocediendo, avanzando y siempre pendiente de su retaguardia. La muchedumbre había hecho un círculo grande que se había convertido en el campo de justas y del que no se podía escapar. Don Julián se empezaba a agotar, pero sus adversarios también: sus respiraciones se asemejaban a un fuelle quebrado y sudaban profusamente. El de Azcona advirtió que uno de ellos, el que tenía una cicatriz que le rajaba toda la cara, mostraba síntomas de mayor cansancio y, mientras mantenía al otro a raya con su daga estirada, produjo una secuencia de lances rápidos y cortos que chocaron con la espada del malcarado hasta que este descuidó su guardia, momento que aprovechó Don Julián para tirarse a fondo y herir en un costado a su contrincante, el cual, soltando la espada, echó mano a su herida rodando por el suelo hasta quedar inmóvil.

Lamentablemente, este último movimiento había obligado al hijo del barón a desguarnecerse, y se revolvió al tiempo de ver al otro matón, con la espada en alto, presto a descargar inevitablemente toda su furia sobre el de Azcona. De repente, una mano enorme apareció de la nada y le propinó un golpe demoledor al rufián que lo dejó inerte en el suelo embarrado. Don Julián alzó la vista y vio a Jonay que, con una leve sonrisa, le miraba sereno.

El alguacil, seguido de cuatro soldados, hizo acto de presencia en el tumulto y viendo al esclavo todavía con la mano medio alzada, dio orden de apresarlo. Al tiempo, el notario del mercado de esclavos detuvo a los soldados y profirió el documento que daba fe de la pertenencia del esclavo a Don Julián y, por tanto, como fiel servidor de este, quedaba excusado por salir en defensa de su amo. Tras unos breves murmullos de asentimiento entre el público y viendo que no había falta de ley en la justa, el alguacil se retiró junto con sus soldados.

Don Julián permaneció rato mirando a Jonay mientras recuperaba el resuello. Este le tendió la mano para levantarse y, en el silencio de las palabras, sin agradecimientos, ni promesas, ni demandas, quedó sellado el contrato de fidelidad mutua que no necesitaría de papeles para verse cumplido.

Al poco, apareció el esclavista con Ekatié junto con los documentos de sumisión a su nuevo amo, pues tras la trifulca ocurrida, su puja había sido la última pronunciada y, por tanto, le pertenecía al de Azcona por derecho.

Jonay se giró y vio a la esclava. Se miraron curiosos y, bajando la mirada, se sonrieron levemente. El de Azcona los observó de arriba abajo lentamente y, posteriormente, les hizo una señal para que le siguieran. Echaron a andar en dirección a la posada, Don Julián delante y los dos esclavos detrás, muy juntos, como si la proximidad de sus cuerpos pudiera hacer el camino menos incierto de lo que se les presentaba.

Capítulo 5

Palacio Real de El Escorial

El individuo, a la sazón Jerónimo Márquez, hidalgo y mercenario a la par, caminaba precedido de un guardia que le guiaba por los vericuetos del palacio real. Tras un sinfín de largos pasillos se detuvieron delante de una estancia donde, haciéndole una señal con la mano, le indicó que aguardara. El soldado golpeó suavemente en la puerta y, tras escuchar un murmullo, entró dejando al sujeto a la espera. Al poco la puerta se abrió de nuevo y el guardia volvió a aparecer flanqueándole la entrada e indicándole con un gesto que pasara, tras lo cual volvió a cerrarla.

Jerónimo se encontró en una estancia ricamente decorada: a diferencia del resto del casi finalizado palacio, pudo observar que la sobriedad no imperaba en aquella alcoba. Estaba decorada con impresionantes obras pictóricas de la escuela veneciana, un par de relojes dorados sobre la chimenea, varios jarrones bellamente decorados de la época Ming y, en el centro, una gran mesa con marquetería e incrustaciones de marfil. ¡Qué pensaría el austero Felipe II si viera esta estancia!, pensó el hidalgo.

El secretario del Consejo de Estado del Rey y Marqués de Comillas, Don Antonio Pérez del Hierro, se encontraba sentado en un diván y, a su izquierda de pie, se hallaba el Inquisidor General del Reino, el Cardenal Quiroga. Ambos miraban ceñudos al mercenario esperando pacientemente que finalizara su observación meticulosa de la estancia.

—¿Le gusta? —preguntó el secretario del rey.

Jerónimo se encogió de hombros dando la callada por respuesta, sabiendo de antemano que su opinión al respecto no era relevante.

—Todo lo que ve pertenece a la Corona —prosiguió Don Antonio —y es gracias a los tesoros del Nuevo Mundo que este país se engalana con las riquezas que lo convierten en el más importante de Europa. Estas —siguió el marqués dirigiéndose ya a nadie en particular —nos encumbran y nos engrandecen. Nuestros rivales nos temen y nuestros aliados nos respetan. Todo gracias al oro y la plata de las Indias, por los derechos de explotación otorgados, como descubridores, por la Santa Sede —dijo mirando en esta ocasión al cardenal.

—Y con la obligación de expandir la religión católica a los pueblos salvajes allá encontrados —añadió el cardenal Quiroga.

—Sin duda, sin duda —ratificó el secretario –y por ello es necesario que esas riquezas sigan desembarcando en el puerto de Sevilla.

Siguieron así los dos hombres departiendo un rato y, cuando parecía que ambos ya se habían olvidado de Jerónimo, el cardenal preguntó: —¿Cómo fue su encuentro con Don Julián de Azcona?

El mercenario, cogido de improvisto balbuceó: —Creo que seguirá sus instrucciones, su eminencia, aunque mostró ciertas reservas a realizar la empresa.

—¿Reservas? ¿Acaso no le mencionó la recompensa? —inquirió el marqués.

—Desde luego que sí —respondió el sujeto —e incluso le di la bolsa de dineros que me facilitaron pero, insisto, no sé si mordió el anzuelo.

—¿Me imagino que no mencionaría nuestros nombres tampoco? — preguntó el cardenal Quiroga mirando de reojo al secretario del rey, aunque ya conocía la respuesta pues sus instrucciones al respecto habían sido tajantes.

—¡En ningún momento, eminencia! Solo le dejé entrever que las instrucciones provenían de la Corona para mejor lograr el consentimiento de Don Julián.

El cardenal quedó pensativo un instante y haciendo un leve gesto con los dedos añadió mirando al mercenario: —¡No tiene de qué preocuparse! Don Jacinto Guzmán, el secretario del gobernador de Cartagena de Indias es un hombre muy persuasivo y no dudo que, una vez el de Azcona llegue allí, logrará convencerlo para emprender la expedición. Además —prosiguió su eminencia —, en la misma flota viajará Don Diego de Vargas y Carvajal, caballero de la orden de Alcántara y sacerdote por la gracia de Dios. Él velará para que nuestro proyecto llegue a buen puerto—. Y al instante esbozó una siniestra sonrisa en su rostro.

—Está bien —dijo Don Antonio Pérez —, eso es todo señor Márquez. Puede retirarse—. Y diciendo esto, se giró hacia el cardenal y ambos continuaron su plática como si nadie estuviera ya en la estancia.

Jerónimo Márquez tocó a la puerta para que el soldado la abriera y lo que se encontró al flanquearla fueron dos dagas clavadas en su propio pecho. El mercenario miró al unísono al secretario y al cardenal con ojos desconcertados, quienes observaban la escena de forma condescendiente. Quiso gritarles ¿por qué?, pero el guarda no le permitió ni tan siquiera emitir un leve quejido de despedida pues, extrayendo una de las dagas clavadas, le rajó el cuello de parte a parte.

Ambos consejeros del rey miraron despreocupados al soldado de guardia, el cual, tras retirar el cadáver, cerró la puerta haciendo una reverencia.

Capítulo 6

Sevilla

Don Julián, a los pocos días de la trifulca en el mercado, decidió abandonar la posada “El Tabernero” en la plaza de San Francisco y establecerse en el palacio privado del Marqués de Cádiz, mientras este se encontraba en la corte madrileña, pues tal era el constante bullicio reinante en la plaza, que se percibía el aroma de sudor de caballo, calzas usadas, bostas y paja fermentada, aire de corrales, vino macerado de tabernas, afeites sobre pieles grasientas y basquiñas sudadas. Además del trajín incesante de canteros que producían una densa humareda de polvo por toda la plaza. Eran las piedras calizas de Morón que estaban siendo levantadas para lo que sería el nuevo edificio de las Casas Consistoriales.

Tras la adquisición de Jonay y Ekatié era mejor empezar los preparativos del viaje a Tierra Firme en un lugar más tranquilo alejado de esa obstinada algarabía, así que se mudaron a la residencia del marqués, el Palacio Ordóñez.

Este era una combinación del estilo renacentista italiano con el mudéjar español. A él se accedía a través de un magnífico portal de mármol rematado por una crestería gótica y dando la sensación de que se viajaba en el tiempo cuando se entraba al patio principal. Era un típico patio andaluz, donde una fuente hacía de centro y lo guardaba con celo la diosa griega Palas, representada en dos estatuas situadas en ambos ángulos. A su vez, todo era observado por veinticuatro bustos entre emperadores romanos y españoles y otros personajes relevantes que se distribuían a lo largo de las galerías bajas del patio. Desde este patio, se llegaba a un jardín maravilloso que estaba engalanado con artesonados, zócalos de azulejos y rejas de estilo plateresco. La espléndida escalera por la que se subía al piso superior estaba rematada con una cúpula de madera apoyada con trompas de mocárabes, cual estalactitas colgantes. Desde el rellano de la escalera partían a ambos lados pasillos que conducían a las diferentes salas y salones.

La dependencia privada del de Azcona se encontraba en la planta superior. En ella, como detalle de lujo, habían construido una balconada porticada con una balaustrada de mármol que daba al exuberante jardín interior, donde Don Julián se sentaba en las soleadas tardes primaverales. Allí se hallaba observando a la pareja de esclavos, Jonay y Ekatié, ocupados en atender las plantas y matorrales del jardín.

Desde su adquisición en el mercado, había un tema que preocupaba especialmente al secretario del marqués: la muchacha mulata. Tenía decidido mandarla junto con su padre el barón, pues estaba claro que no podía acompañarlos a las Indias y, aun así, le aguijoneaba el alma tener que separarlos, pues los dos habían congeniado estupendamente. Agudizando el oído escuchó intrigado la conversación de la pareja.

—¿Qué es un guanche? —le preguntaba Ekatié a Jonay.

—No sé —respondió este—. Así nos llaman a los de mi tierra.

—¿Y qué tierra es esa? —preguntó curiosa la esclava.

—Tenerife.

—¿Tenerife? ¿Dónde está Tenerife? —insistió la muchacha mientras lo miraba desde la profundidad de sus negros ojos.

El guanche la miraba distraído y respondió escueto, poco acostumbrado a hablar tanto: —En el mar, lejos.

—Yo nunca había visto el mar, hasta que me trajeron aquí, encadenada —dijo la esclava sin dejar de mirar a Jonay—. Recuerdo que, a pesar de los hierros y la fatiga tras tantos kilómetros andando, se me llenó el corazón de paz cuando lo vi, pero también de inquietud al ver tanta inmensidad.

Tras unos breves segundos de silencio, Ekatié preguntó: —Jonay, ¿por qué te llamas así?

Los ojos del canario se llenaron de luz y, por primera vez, sonrió ligeramente: —Por mi abuelo, fue un príncipe guanche de la tierra del fuego en la isla de Tenerife —respondió orgulloso.


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