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CARMEN RUBIO MARÍN

EL SECRETARIO



















































Historia magistra vitae”

Cicerón











A modo de introducción y dedicatoria



Mis padres no olvidaron la Guerra Civil. Los horrores que vivieron —sobre todo mi padre—, hicieron imposible el olvido.

Durante toda su vida rememoraron una y otra vez unos cuantos hechos puntuales de cuyo recuerdo no lograron desprenderse.

Alrededor de esas vivencias, oídas reiteradamente en mi niñez, he tejido esta novela, basada, como ahora se dice, en hechos reales, aunque gran parte de ella es fruto unicamente de mi imaginación.

Vaya, pues, por la memoria de mis padres y de todas aquellas personas de buena voluntad que sufrieron los desmanes de uno y otro bando. Y vaya también por mis hijos y por los más jóvenes que no han estudiado y no saben cómo y por qué se produjo una sinrazón que nos dejó tantos muertos, heridos, exiliados, presos, expedientados... En sus manos tienen los medios para que todo eso no vuelva a repetirse.

CAPÍTULO I



—Papá, cuéntame cosas de la guerra, anda. Cuéntame lo del general Miaja.

—Ah, pues verás: algunas noches, en el frente, los soldados de uno y otro bando estábamos muy cerca. Desde las trincheras, y en la oscuridad, les preguntábamos a gritos de qué pueblo eran por si podían darnos alguna noticia de nuestras familias. No faltaban tampoco las escaramuzas verbales. A nuestras bromas contestaban:

—Eh, vosotros, que no sabemos si tenéis un general Miaja o una miaja de general.

Mi padre y yo nos reíamos del retruécano.

Habíamos comido tranquilamente y nos dirigíamos ya al colegio dando un paseo.

Mi padre era el secretario del Ayuntamiento de Flix y tenía que ir a Tarragona cada quince o veinte días por cuestiones de trabajo. No sé cómo, pero siempre lograba convencer a la madre prefecta para que me dejara salir con él, aunque fuera en días laborables, a comer o a dar un paseo, siempre y cuando no perdiese ninguna clase.

Yo cursaba, entonces, 1.º de Bachiller en un internado. Para mis padres supuso un sacrificio económico que realizaron con gusto, pero para mí, representó un choque brutal con mi vida anterior. Fue el adiós a una infancia libre y feliz. De repente, me vi sola, sin el cariño de mi familia, dentro de una organización rígida y llena de normas que debían cumplirse a rajatabla.

El colegio era un edificio enorme de tres plantas, cerrado, cuya vida transcurría en dos niveles claramente diferenciados. Por una parte, las monjas vestidas con hábitos negros y tocas blancas, un conjunto de mujeres cuyo único contacto con el mundo éramos nosotras. Ni siquiera podían visitar a sus propias familias, ni aún en momentos especialmente duros o dolorosos. Con sus votos de obediencia, castidad y pobreza, renunciaban a cuantos deseos y anhelos encierra el alma humana. Su afán de perfección, su empeño en vencer a la naturaleza les hacía reprimir y soterrar todo lo que de bueno hay en el hombre. Porque vivían en un mundo de inquietudes espirituales, de oraciones y sacrificios, sin salvarse, por eso, de las pequeñas mezquindades de cada día. Habían renunciado de forma voluntaria a los placeres del mundo.

Y, por otra parte, estábamos nosotras, las niñas, también vestidas de negro, como pequeñas monjitas, y a las que se les exigía, de igual modo, una vida de comunidad regida por un horario inflexible, que dividía cada jornada en porciones de tiempo, en donde cada minuto estaba dedicado a alguna actividad, ya fuera intelectual o encaminada al fortalecimiento del espíritu.

Nos levantábamos a las seis y media de la mañana y, después de dedicar unos minutos al aseo personal y a un montón de oraciones que nunca llegué a aprender del todo, asistíamos a una misa interminable aderezada con nuevas oraciones antes y después.

A continuación, el desayuno, las clases, la comida, el recreo, oraciones en la capilla, más clases, merienda y recreo, el último estudio después de la cena y las oraciones finales antes de acostarnos a las diez de la noche. Y todo esto a base de continuos desplazamientos a lo largo y ancho del edificio y siempre mediante larguísimas filas, silenciosas y ondulantes que subían, bajaban, iban y venían.

Los días se hacían interminables, como si el tiempo se hubiera detenido. Echaba enormemente de menos mi vida anterior. Las vacaciones de Navidad parecían lejanas, muy lejanas, inalcanzables.

Tenía un cuadernito muy pequeño que dediqué a lo que me pareció una original contabilidad. Cada mañana, antes de comenzar las clases, anotaba cuidadosamente los días que faltaban para poder ir a casa y su correspondencia en horas, minutos y segundos: «81 días, 1.944 horas, 116.640 cuarenta minutos y 6.998.400 segundos». Para una niña, toda una eternidad. Me animaba un poco el comprobar que habían pasado tantos segundos desde el día anterior.

Por eso, las visitas de mi padre eran como un paréntesis que rompía la absurda monotonía de unas jornadas que parecían hechas con papel de calco. El domingo nos dejaban escribir una carta a nuestras familias que entregábamos a la monja encargada de la correspondencia. Era ella la que ponía un sello en el sobre y depositaba las cartas en el buzón de correos, previa lectura de todas ellas. A lo largo de la semana, nos iban llegando las contestaciones de casa, igualmente abiertas y leídas. Esto, que vulneraba todos los derechos más fundamentales de intimidad, les servía a las monjas para ejercer sobre nosotras un control absoluto. Nada de quejas sobre cualquier aspecto de nuestra vida en el colegio; todo era normal, no nos pasaba nada, estudiábamos mucho, comíamos bien...

Ciertos días, y de forma inesperada, la madre prefecta me llamaba para avisarme de que mi padre vendría a buscarme para comer, con lo que las clases se tornaban más livianas y el día se volvía más brillante y el cielo más azul.

Antes de salir, me lustraba los zapatos de nuevo —lo había hecho ya por la mañana— y me ponía el uniforme de calle y la capa, todo negro, eso sí.

Solíamos ir en el autobús a un restaurante que había en Reus, El Cisne. Se comía muy bien y era barato.

—Hoy hemos dado clase de política. La profesora nos ha dicho que los rojos mataron a José Antonio porque eran muy malos. ¿Quiénes eran los rojos, papá?

—Los rojos eran todos los de izquierdas, los que eran republicanos, los comunistas... A todos ellos se les llamaba rojos. Pero tanto en el bando de los rojos como en el de los nacionales había buenas y malas personas. Todos eran españoles; a veces, del mismo pueblo.

—Yo creía que eran rojos de verdad.

—Sí, te pasa como a un niño que vivía en mi pueblo y que sería de tu edad. Se corrió la voz de que llegaban los rojos y la gente se encerró en sus casas y dejaron las calles desiertas. Este chico sentía una fuerte curiosidad que pudo más que el miedo, y se asomó a la gatera de la puerta y los vio:

»—Madre —gritó alborozado—, salga, que no son rojos, que son como nosotros.

Cuánto me gustaban estas anécdotas y chascarrillos que me contaba mi padre. Lo explicaba mucho mejor que la profesora.

—Y si eran todos españoles, ¿por qué se peleaban? ¿Contra quién luchaban?

Mi padre no se cansaba nunca y el pescado que nos servían resultaba mucho más apetitoso.

—Luchaba un bando contra otro. Fue una guerra absurda, como todas, que nunca debió ocurrir. Había gente que quería vivir con más libertad y más justicia social; otros, sin embargo, defendían sus propiedades y sus beneficios, sin preocuparse de los que pasaban necesidades. ¿Entiendes?

Yo decía que sí, pero no estaba muy convencida porque había estudiado que Viriato luchaba contra Roma, o que en la Guerra de la Independencia —tan emocionante— luchábamos contra los franceses que nos invadían. Pero luchar los del mismo país unos contra otros era muy raro.

—¿Tú que eras, papá? ¿En qué bando luchabas?

—Yo no era nada, hija. No me gustaba la política. Como mucha gente, tuve que incorporarme al ejército republicano, porque la mamá y yo vivíamos en la zona que estaba ocupada por los rojos, como tú dices.

—Y entonces, ¿por qué mataron a José Antonio? La profesora ha dicho que era un héroe y que habían mandado su sentencia de muerte firmada desde Rusia.

—¡Qué tontería! Ni Primo de Rivera era un héroe ni les importaba en absoluto a los rusos su muerte. Los rojos lo cogieron prisionero y lo quisieron canjear por un hijo de Largo Caballero, pero los nacionales no aceptaron el trato, así que no les importaría mucho salvarlo.

De repente mi padre me miraba y comprendía que estaba hablando con una niña de diez años.

—Pero tú de esto ni media palabra, ¿oyes? Solo podemos hablarlo entre nosotros.

Eso sí lo entendía. En 1954 hubiera sido un suicidio decir públicamente, o en según qué sitios, lo que algunas personas creían realmente. Los niños —y yo no era una excepción— poseen un sexto sentido para estas cosas.

CAPÍTULO II



Hay que ver qué cosas les explican a las niñas éstas de la Sección Femenina. Poco les dicen que las tan cacareadas obras de José Antonio son una copia del fascio italiano; aunque es posible que ni ellas mismas lo sepan. La mayoría deben de tener una formación muy escasa. Lo que sí es cierto es que, como vulgarmente se dice, de una camisa vieja se han hecho un sostén para toda la vida.

Junto con la parte masculina de Falange, el Frente Juventudes o el Movimiento, la Sección Femenina se ha erigido en custodia de los valores eternos y ha reclamado el derecho de formar las mentes de las niñas y de todas las muchachas españolas que necesiten hacer el Servicio Social, algo indispensable para solicitar trabajo en una empresa, presentarse a oposiciones o sacarse el pasaporte.

En resumidas cuentas, que todos ellos han conseguido vivir del cuento. Franco ha pactado con la Falange para gobernar sin que nadie le haga sombra ni le lleve la contraria. Tanto es así que el Crucifijo que, durante la República, se mandó retirar por ser el Estado, aconfesional, ahora vuelve a presidir la vida pública de los españoles y, a ambos lados, como montando guardia perenne, se cuelgan también sendas fotografías del Caudillo y de José Antonio.

¿Alguien se ha dado cuenta de lo estrambótico de este extraño triunvirato?

La Iglesia española está encantada. Ha recuperado sus prebendas y detenta mayor poder, si cabe, que en épocas pasadas. Con la firma del Concordato con la Santa Sede, vuelven a cobrar del Estado, participan activamente en la vida pública imponiendo sus criterios de moralidad y buenas costumbres y han conseguido también, que la religión católica se considere como una asignatura de primer orden a lo largo del bachillerato y como maría en las universidades.

Si hasta Roma ha nombrado canónigo a Franco y le ha concedido el privilegio de entrar a las iglesias bajo palio, honor reservado únicamente a la Custodia que contiene la Hostia. Por eso, se dice que Franco puede entrar así porque es la rehostia.

En fin, ¡qué país! ¿Cómo les contarán a las generaciones venideras todos estos hechos ridículos que empiezan a parecernos normales? ¿Cómo se atreverán a justificar una guerra, a la que llaman Cruzada que sumió a toda la nación en el horror y la sangre? ¿Cómo explicarán las matanzas de uno y otro bando, los paseos nocturnos hasta las tapias del cementerio, los cadáveres aparecidos en las cunetas, el rencor y el odio de los que vieron asesinar a sus familias?

Claro que la Historia siempre la cuentan los vencedores, y lo que cuentan, poco o nada tiene que ver, como en este caso, con lo que ocurrió realmente. Espero y deseo de todo corazón que, como mi hija, muchos otros niños y niñas se hagan preguntas y no se conformen solo con lo que sus profesores les digan. Ahora es imposible que hallen respuestas. El dolor ha sido enterrado profundamente por el miedo. Los ganadores no se han conformado con la victoria; han aplastado, con sus duras botas militares, con crueldad y ensañamiento, toda posibilidad de pensamiento contrario a sus ideas, todo afán de libertad y crítica.

Personas que habían participado, poco o mucho, en el bando contrario, han sido asesinadas o encarceladas. Otros han tenido que relegarse al exilio. Niños nacidos en las cárceles han sido entregados en adopción a familias de un elevado sentido moral.

Yo tuve suerte. Muchos funcionarios, sobre todo maestros, fueron expedientados y sancionados. Algunos perdieron su forma de vida y en algunos casos la vida misma. Muchos, muchísimos intelectuales tuvieron que abandonar su casa, su trabajo, todo lo que tenían, y marcharse, como los antiguos emigrantes, a buscar en otros sitios lo que aquí se les negaba, México, Argentina, Estados Unidos, Francia...

En este último país, estos mismos refugiados, ayudaron a luchar contra el nazismo en el ejército y en la resistencia. Los demás países ganaron, con ellos, lo que aquí habíamos perdido.

1936 se inició para mí, como un año cuajado de promesas: había conseguido aprobar a la primera, en Madrid, las oposiciones al Cuerpo de Secretarios-Interventores de Administración Local de 2.ª categoría. Había estudiado mucho, por mi cuenta, mientras ocupaba una plaza como interino, y ya tenía el título firmado con fecha de 23 de enero. Era secretario de verdad, todo un señor secretario con mayúsculas.

A principios de año, había tomado posesión de la Secretaría del Ayuntamiento de Alforque. Allí también había desempeñado el mismo cargo, años antes, mi padre, así que ya conocía el pueblo, y sus gentes me conocían a mí.

El pueblo —un pueblecito de apenas 400 habitantes— estaba situado en el Bajo Aragón, a las orillas del Ebro, que en esa zona se remansa y forma meandros rodeando a los pueblos que halla a su paso en un abrazo protector y nutricio. La carretera para llegar al pueblo bordea la misma curva del río y el acceso tiene que realizarse en barca, una barca de titularidad municipal, lo suficientemente grande como para poder transportar a los labriegos con sus animales y carros.

Además, otro acontecimiento feliz iba a sumarse a mi éxito profesional, colmando mi vida de motivos irrenunciables para vivirla: iba a casarme con la muchacha de la que me había enamorado. Nos habíamos enamorado los dos, y los obstáculos que pudieran aparecer en nuestro futuro solo serían acicates para salvarlos. Adela estaba dispuesta a seguirme hasta aquel rinconcito baturro tan distinto a su pueblo del que apenas había salido.

El día 9 de junio celebramos una boda civil y, al día siguiente, nos casamos en la Iglesia de San Juan de Rabanera, de Soria. Era lo que había que hacer en plena República, la cual había separado la Iglesia del Estado.

En nuestra luna de miel visitamos Valencia y Barcelona y en ningún momento notamos ningún tipo de nubarrones que enturbiasen nuestra felicidad.

Nada hacía presagiar que pronto cambiaría todo, para nosotros y para tantos españoles que se verían inmersos en los horrores y la sinrazón de una guerra civil.

Ajenos a todo, y una vez finalizado nuestro viaje, nos dirigimos al pueblo en el que trabajaba. Nos habían alquilado un piso y los dueños y vecinos nos esperaban con la cena hecha y caliente. Su atención y cariño, su acogida generosa y cordial, conquistaron inmediatamente el corazón de mi esposa.

CAPÍTULO III



Mi padre era un hombre culto. Había leído a los clásicos y entendía de Geografía e Historia, así como de Cálculo y, por supuesto, de Legislación, tanto de Administración Local, que era lo suyo, como de Civil, Penal o de cualquier otro tipo.

Y lo mejor de todo era que había aprobado a la primera, unas reñidas oposiciones para secretario de Administración Local de 2.ª categoría sin tener siquiera el título de bachiller. Suerte que entonces no exigían titulaciones, solo valoraban los conocimientos.

Había nacido en 1904 en La Cuenca, un pequeño pueblo situado entre Soria y El Burgo de Osma, al lado de Calatañazor. Debió de tener un buen maestro porque solo acudió a la escuela hasta los diez años. Su afán por leer todo lo que caía en sus manos, su inteligencia y su excelente memoria hicieron el resto.

A principios del Siglo XX, y teniendo en cuenta las características sociológicas y culturales de la zona en la que residía, su vida no fue fácil. Por supuesto, las comodidades no existían. Las casas construidas en piedra y sin apenas ventanas, conformaban una especie de castro celta, en donde se había parado el tiempo. Las calles escalonadas en paralelo permitían a todas las viviendas, orientadas al mediodía, disfrutar en invierno de unos tímidos rayos de sol. El suelo de la entrada era de tierra batida y, al fondo, se situaban las cuadras. Las cocinas, con chimeneas de campana, eran el centro de la vida familiar. En ellas se cocinaba, se comía y se podían resguardar de los crudos inviernos de la meseta castellana.

La prioridad de sus vecinos era gastar lo menos posible en todos los aspectos de la vida: la ropa, la comida, útiles del hogar... El pan, por ejemplo, se amasaba en casa y duraba un mes. Al cabo de diez días empezaba a endurecerse y, así, se comía menos. No resulta igual de apetecible una rebanada de una hogaza recién salida del horno crujiente y olorosa que una dura que parece que ha perdido su sabor a pan.

Para la ropa de los niños empleaban ropa vieja de los mayores, cortada y arreglada para su tamaño. Para los pies, el calzado de diario consistía en una especie de abarcas con suela de piel de vaca sin curtir. Cuando llovía o nevaba, se convertía en algo blando que apenas protegía de la humedad o del frío.

No hubieran tenido que vivir de aquella forma, pues todos los vecinos tenían sus fincas de cereal, huertos donde cultivaban legumbres y algunas verduras y los animales de corral: gallinas, conejos, un cerdo con el que hacían la matanza y una pareja de bueyes con los que labrar y trillar, amén de alguna caballería y alguna vaca. Estaba también el ganado lanar y la leña procedente de las sabinas y enebros del monte mancomunado.

Tenían lo suficiente para haber vivido con cierta holgura, pero sus costumbres atávicas y medievales les impedían cualquier mejora.

En otoño, las mujeres labraban la tierra, dura y aterronada, con arados romanos de madera y la yunta de bueyes, mientras los hombres, o una gran parte de ellos, marchaban con las ovejas a terrenos más cálidos.

Es comprensible que la tierra encerrase en sus capas más profundas la riqueza de sus nutrientes y evitase que el empuje romo y sin fuerzas del arado rasgase sus entrañas. Lo que debería convertirse en herida profunda, resultaba un simple arañazo. La cosecha, así cultivada, a ras de tierra, solía ser escasa, apenas suficiente para el consumo de los animales y de ellos mismos.

La familia de mi padre la componían el matrimonio y cuatro hijos. La mayor
—una chica— se ocupó enseguida de las tareas de la casa y del campo. A mi padre —el mayor de los tres chicos restantes— le tocó ganarse la vida desde muy pequeño. Aunque mis abuelos no lo necesitaban, con apenas seis años, lo empleaban durante las vacaciones de verano como acarreador con familias de pueblos vecinos. Así, mi abuelo se ahorraba su manutención y su cuidado. Su trabajo consistía en llevar, a falta de carros, los fajos de mies desde las fincas hasta la era en la mula o macho de la familia. A las tres de la mañana y después de un magro desayuno, salía con el dueño y los hijos a una de las fincas. A oscuras, bajo las estrellas, realizaba el primer viaje. Los hombres cargaban en la caballería ocho fajos de mies —cuatro a cada lado del lomo del animal— y después al niño que había de guiarlo hasta la era. El día transcurría en sucesivos y aburridos recorridos en un balanceo tranquilo que invitaba al sueño. Lo que podía haberse realizado en una semana, duraba un mes.

Luego venía la trilla, bajo el sol de agosto, con el movimiento pausado de los bueyes. El acarreador era el encargado de llenar el botijo en la fuente, de recoger la comida en la casa y de conducir algún rato a los animales que arrastraban el trillo en la era. Cada tarde, se aventaba la paja de lo trillado y se guardaba el grano en sacos y la paja en el pajar, que serviría de cama y alimento a los bueyes y a la caballería en el invierno.

Al final de la temporada, mi padre volvía tan contento, con sus alpargatas nuevas y dos duros y medio de paga, que entregaría en casa como partícipe generoso en los gastos de la familia. A él le servía de aliciente la esperanza de guisos mejores y más abundantes que los que comía en su casa. Aunque de todo había.

Cuando cumplió los diez años, sus padres lo vieron ya capaz de ganarse la vida y no perdieron el tiempo. Lo colocaron de botones en el Hotel Comercio de Soria, el único que había. Con su cuerpo menudo se veía obligado a cargar baúles y grandes maletas de cuero en donde los viajantes llevaban sus muestrarios. A veces, no siempre, le daban una propina; otras, algún que otro cigarrillo. Allí se acostumbró a fumar. Podría haberse convertido en un pilluelo de la calle, pero su natural sentido de la propia dignidad y decoro, así como una innata honestidad y decencia, le convertirían con el tiempo en un hombre de bien.

De mayor, no hizo nunca alarde de su cultura ni del esfuerzo que le había costado adquirirla. No nos machacaba ni a mi hermana ni a mí con la necesidad de esforzarnos en el trabajo o en el estudio. Cuando veía mis notas —sin suspensos, pero sin excesivos sobresalientes—, nunca me dijo que podían ser mejores, que tenía que estudiar más o que era necesario que aprovechara lo que tenía. Creo que estaba orgulloso de sus hijas, aunque a veces, se encontrara un poco agobiado económicamente por las facturas mensuales de las monjas. Nunca, tampoco, me miró los cuadernos del colegio, ni quiso tomarme la lección.

Solo una vez, un lunes por la mañana, la madre prefecta me devolvió la carta que yo había escrito a casa el día anterior.

—Toma —me dijo—, pon la palabra bajar con be, que ya te la ha corregido tu padre tres veces.

¡Qué mala suerte! Ella quiso poner su granito de arena, pero podía habérmela dado para corregirla la misma tarde del domingo y enviarla con las cartas de las demás niñas. Así, se retrasó un día en llegar al correo y, por tanto, también se retrasó la contestación de mis padres. ¡Con la ilusión que me hacía recibir sus noticias!

CAPÍTULO IV



Llevábamos ya unos días en Alforque. Mientras yo cumplía con mis obligaciones en el ayuntamiento, Adela se dedicaba a arreglar la casa, a poner cortinas en las ventanas, que confeccionaba ella misma, a encerar los suelos, a colocar las sábanas bordadas en el armario, «¡qué bien se duerme con sábanas bordadas!», a guardar las toallas, todas nuevas y de la mejor calidad.

Lo que peor llevaba era hacer la comida, sobre todo porque la cocina económica —que funcionaba con carbón— no tiraba muy bien, o eso decía ella, y las lentejas terminaban socarradas o los garbanzos quedaban algo duros. Pero eso mejoraría y había que tener paciencia.

Nuestra vecina Felisa, siempre generosa y servicial, se portaba como una hermana mayor y le ayudaba a superar esas pequeñas y ridículas contrariedades: le indicaba como manejar la cocina para que tirase bien y le daba unas nociones elementales de recetas sencillas y sabrosas. Había que aprender y mi mujer se afanaba en conseguirlo.

Yo poco podía ayudarla, pues nunca he tenido habilidad para las tareas de la casa, pero apreciaba su buena voluntad y su esmero en la limpieza y el orden de la vivienda.

Habíamos comprado los muebles en Zaragoza: dos dormitorios prácticamente iguales, con camas niqueladas, armarios, cómodas, un lavabo y dos calzadoras; y un comedor con su mesa, trinchero y seis sillas. Todo muy convencional y sencillo, pero era nuestro. Había adquirido también un despacho, con una mesa de escritorio con su sillón y una librería, y me había permitido un capricho: una máquina de escribir portátil de factura americana, una Royal de teclas metálicas que compré a plazos mediante letras mensuales de 150 pesetas. Un carpintero me confeccionó una mesa de madera, apropiada para poder usarla.

Estábamos en pleno verano y hacía calor, mucho más calor que en los pueblos de Castilla. Al atardecer, aprovechando que la puesta de sol parecía refrescar un poco el ambiente, salíamos a dar un paseo por la zona en que comenzaban las huertas. A la orilla del Ebro, destacaba una gran noria que elevaba el agua primero para derramarla después y regar las tierras de cultivo. A su lado estaba el molino harinero y, más allá, el de aceite con los alguarines.

Mientras yo le explicaba todo lo que íbamos viendo, nos tropezábamos con huertanos que volvían con la mula o el burro, cargados de hortalizas y fruta. Todos ellos, al cruzarse con nosotros, nos saludaban cariñosos y amables. Algunos nos ofrecían alguna ciruela o algún albérchigo, que estaban jugosos y exquisitos.

Aquellas gentes, cordiales y sencillas, agradecían cualquier ayuda o cualquier servicio del ayuntamiento que pudiesen necesitar, regalándonos frutas y verduras de sus huertas y algún pollo o conejo de sus corrales. Porque yo procuraba atender a todos por igual; intentaba ayudarles, siempre desde el marco legal, en sus problemas, incluso en asuntos que excedían de mis responsabilidades de secretario del ayuntamiento: la redacción de una carta familiar, de una instancia oficial o el asesoramiento en cuestiones testamentarias, repartos de herencias, compraventas, lindes o servidumbres de fincas, etc., y siempre sin cobrarles un céntimo.

En nuestros recorridos, solíamos encontrar también al pastor que volvía con las ovejas. El perro las iba organizando para que entrasen al pueblo, mientras él se paraba un momento y se apoyaba en su garrote de fresno.

—Buenas tardes, don Tomás y señora.

—Hola, Gervasio ¿Cómo van las ovejas?

—Pues menos mal que están esquiladas, porque ha hecho una calor... Las pobres se tumban a la sombra en cuanto llegan las doce y no se levantarían ni para comer.

Y así, volvíamos también nosotros a casa.

A mediados de julio recibimos una invitación para comer y pasar el día con ellos. Nos la enviaba mi buen amigo y compañero Emilio, el secretario de Sástago. Estaba casado con Pilar, una joven montañesa de la provincia de Huesca y tenían tres niñas encantadoras. Recibieron a mi mujer con toda clase de atenciones y nos felicitaron por nuestra boda. Eran mayores que nosotros y querían brindarnos la amistad y compañía al estar unos y otros separados de nuestras familias.

—¡Qué niñas tan guapas! —exclamó Adela sonriente—. ¿Me dais un beso? Os he traído unos caramelos; no sé si os gustan...

—Sí —dijeron las tres a coro—, muchas gracias. Y gratificaron a Adela con sendos besos y abrazos. La timidez inicial pareció desvanecerse al contacto con los dulces.

—Guardadlos para luego —advirtió la madre—, ahora vamos a comer.

Pilar ya había puesto la mesa y había preparado unos platos que apreciamos con buen apetito: ensaladilla rusa, de primero; de segundo, un guiso de cordero con tomate y pimientos; de postre, sacó unos albérchigos y luego unas natillas deliciosas.

Por nuestra parte, no escatimamos en elogios a la cocinera y mi mujer añadió:

—Me tienes que dar alguna receta. Te ha salido todo muy rico.

—No te preocupes —se hizo cargo Pilar, que había intuido las carencias culinarias de mi esposa—. Yo tampoco sabía nada de guisos cuando me casé. En casa siempre cocinaba mi madre; es cuestión de tiempo y de poner empeño. Ahora, con este calor, lo que más apetece es una buena ensalada y algo de carne o de pescado. Aquí hay una buena pescadería y podéis venir cuando queráis de compras, que estamos muy cerca.

Sástago era ya un pueblo importante y rico. La central hidroeléctrica era la mayor de España en cuanto al caudal del agua que movían sus turbinas. Disponía de tiendas, servicios varios y hasta fabricaban cuchillos con mangos de nácar de los mejillones del Ebro.

—Luego, a la tarde, saldremos a dar un paseo para que Adela conozca el pueblo; ahora vamos a hacer café.

—Sí, yo te ayudo a recoger todo. —Y se fueron las dos como si se conocieran de toda la vida.

—Ahora que estamos solos, podemos hablar tranquilamente sin asustar a las mujeres. ¿Qué te parece esta situación que vivimos? He leído en el periódico que han asesinado en Madrid al teniente Castillo, de ideología socialista. Y se habla de que los autores han sido falangistas. Temo que sea el principio de algo nefasto.

—No, yo tampoco le comento nada de todo esto a mi mujer; bastante tiene con estar lejos de su familia. El Gobierno de la República ha intentado promulgar leyes más justas socialmente, pero los que se ven perjudicados no se van a conformar.

—Yo también lo creo. Mira, en estos pueblos se vive bien; casi todos los vecinos tienen su trocito de tierra, su ganado, su tienda o su jornal, pero también los hay que se aprovechan y los que han tenido mala suerte con las cosechas o enfermedades. Hoy día, si el hombre de la casa cae enfermo o muere, y los hijos son pequeños, puede suponer la ruina de la familia. Todo eso habría que arreglarlo.

—¿Ya estáis hablando de política? —Adela y Pilar volvían de la cocina con el café y más pastas.

Emilio acercó dos copas del aparador y una botella de Veterano. Durante unos minutos volvimos a comentar cosas de nuestras familias. Luego, ellas se fueron de nuevo a ver unos vestidos que Pilar estaba haciendo a las niñas.

—Parece que han hecho buenas migas. Bueno, a lo que estaba diciendo: creo que la República ha hecho cosas importantes. En cuestión de educación, por ejemplo, ha mejorado muchísimo la enseñanza primaria. Ha edificado un montón de escuelas y ha regulado un plan de estudios de magisterio que me parece excelente. Ahora ya no será aquello de «pasas más hambre que un maestro de escuela». Los de aquí están contentísimos, pero doña Amalia se negó a quitar el crucifijo de su clase, aconsejada quizá por el párroco...

»La ley de la reforma agraria ha levantado ampollas entre los latifundistas. En Caspe se realizaron gestiones para recuperar el inmueble de los franciscanos y convertirlo en escuelas, y para obtener del Conde de Sástago la cesión de ocho mil hectáreas de monte. ¿Estabas en Alforque el año pasado cuando mataron a José Latorre, el alcalde republicano de esta localidad que había destacado por llevar a cabo esas iniciativas? El asesino fue su primo, partícipe de la derecha local.

—Eso es lo malo, Emilio, que esto se convierta en una serie de venganzas y rencores. No, no estaba allí todavía en esas fechas, aunque me lo comentaron después. Seguía en Madrid con mis oposiciones. El asunto social es complicado, pero puede resumirse así: el que no tiene nada, quiere que le den cuanto más, mejor; y el que ya lo tiene, no está dispuesto a compartirlo. Es la eterna lucha de clases, que solo unos gobernantes inteligentes podrían solucionar. Estos que tenemos ahora lo son, pero también son demasiado idealistas y poco astutos. Los cambios que quieren realizar son demasiado ambiciosos para llevarlos a cabo sin educar primero a la población. Muchos, cuando se proclamó la República, creyeron que había llegado su hora y que todos íbamos ya a tener lo mismo. En Madrid se contaba la anécdota de un taxista que recogió a una joven de la alta sociedad con sombrero y abrigo de piel, y le espetó sin más preámbulos:

»—¿A dónde vamos, ciudadana?

»—Tú a la mierda, y yo a coger otro taxi.

—Sí, aquí también referían que una noche en que Fleta daba un recital de canciones en el Teatro Principal de Zaragoza, le dijo el portero:

»—Don Miguel, que dicen que ahora vamos a cobrar lo mismo usted y yo.

»—Bueno —le contesto Fleta—, me parece bien; esta noche cantas tú, que ya recogeré yo las entradas.

—Estos chascarrillos, sean reales o inventados, que todo puede ser, indican claramente la poca preparación que hay en las ciudades, no te digo nada en los pueblos. A mí me preguntan cuándo van al ayuntamiento, incluso el alcalde y los concejales y no sé qué decirles. No quiero que piensen que soy de una ideología u otra; nosotros somos funcionarios y nos debemos únicamente a la administración del municipio. No debemos significarnos en una u otra postura.

—Pienso lo mismo. Solo podemos aconsejar con ecuanimidad y tratar de templar los ánimos para que no llegue la sangre al río.

—¿Aún seguís con lo mismo? Venga, vámonos a dar un paseo, que no se os puede dejar solos.

Nuestras mujeres habían vuelto y estaban dispuestas a no dejarnos hacer más comentarios.

Ellas estaban tranquilas con sus labores mientras nosotros vislumbrábamos un futuro lleno de sombras.

Tres días más tarde, unos cuantos militares prendían la mecha de un polvorín que, al estallar, nos alcanzaría a todos. Ya nada volvería a ser igual.

CAPÍTULO V



La monja que nos daba Matemáticas nos dejó castigadas por no haber hecho los ejercicios del tema que nos tocaba. Los haríamos mientras comían las internas. Nosotras comeríamos después, cuando hubiésemos terminado la tarea que nos había puesto. Fue un castigo un tanto absurdo, pues siempre realizábamos con buena voluntad los cinco ejercicios que nos marcaba en el mismo libro. Además, supongo que a las encargadas del comedor, de la cocina y del fregadero les haría la pascua montar un segundo turno de comidas para atender a siete u ocho niñas.

El caso fue que, al salir de clase para ir a comer, me tropecé a la Madre prefecta que me detuvo un poco apenada.

—Ay, se me ha olvidado decirte que no comieras en el colegio, que iba a venir tu padre a buscarte, pero, en fin, aunque ya habéis comido, puedes estar un rato con él. Sube a arreglarte, que está esperándote en el recibidor. Ya le he pedido disculpas por mi despiste.

¡Qué contenta me puse! Las visitas de mi padre eran siempre una sorpresa maravillosa.

—Ya me ha dicho la monja que se había olvidado de avisarte para que no comieras, pero bueno, si quieres, puedes comer otra vez.

—No, no, papá, si no tengo hambre.

Y nos fuimos a Reus. Mi padre pidió un menú para él: sopa de pescado y merluza. ¡Qué bien olía! Los ojos se me iban detrás de las almejas y las gambas de la sopa... Mi padre comprendía que estaba deseando comer algo.

—Si quieres pido algo para ti. —Y me ofrecía una gamba de su plato que yo comía con evidente satisfacción.

—No, si ya hemos comido, no tengo hambre —repetía yo empeñada en mantener el tipo.

Eso sí, pude disfrutar del postre para mí sola: un flan con nata que, al fin, pidió al camarero porque dijo que, en el colegio, no nos habrían servido un postre tan bueno como aquel.

Cuando volvimos al colegio, la Madre prefecta estaba en su despacho del recibidor, al otro lado de la reja de clausura que dividía en dos partes el amplio salón en el que se recibían las visitas. Cuando abrió con llave la puerta de la verja, y delante aún de mi padre, comentó:

—Mira, me he alegrado de que aún no hubieses comido. Me ha dicho la madre Rovira que os había castigado. Así, has podido comer con tu padre.

—¿Pero es que no habías comido? Mira que eres boba, ¿por qué no me lo has dicho? Si ya me parecía a mí que tenías hambre.

Podía haberse callado la Madre prefecta. Mi padre se enteró de que nos habían castigado y, además, me quedé sin comer.

No sé por qué lo hice, yo creo que fue más por no llevar la contraria a las monjas que por el miedo a que mi padre me riñera, porque muy pocas veces lo hizo.

Es verdad que, tanto mi hermana como yo, nunca repetimos curso, ni dejamos asignaturas para septiembre, pero podía habernos exigido más esfuerzo en los estudios, como a él se lo exigieron en el trabajo.

Mis abuelos no se contentaron con tenerlo ganándose la vida desde muy pequeño. Con catorce años, decidieron enviarlo, a él solo, en un barco con rumbo a Argentina, no sé si con la intención de que se labrase allí un porvenir como otros emigrantes, o para que, como siempre, se aprovechasen de su trabajo para percibir unos ingresos.

Mi abuela tenía un hermano en Buenos Aires, que había emigrado varios años antes y algún otro primo que tenía un comercio en la capital argentina. Lo enviaban para que trabajara con ellos. Fue el único de los tres hermanos varones que tuvo que salir de casa para aportar una pequeña contribución económica. ¿Fue por ser el mayor? ¿Sus padres le hicieron responsabilizarse, a sus pocos años, de sus hermanos?

Su tío le esperaba en Buenos Aires, después de una travesía de cuarenta días y le llevó a su casa. No tenía hijos, aunque sí estaba casado, y llevaba una vida laboriosa y austera.

Al día siguiente, le enseñó la tienda y le indicó sus obligaciones. Lo tendría como chico para todo: haría los recados, ordenaría el almacén, barrería los suelos, guardaría los géneros en las estanterías, colocaría las piezas de tela en su sitio, ah, y recogería las cuerdas y papeles de los envíos; podrían hacer falta en cualquier momento y había que aprovechar todo. Allí aprendió a hacer paquetes y envolver las compras a los clientes; su tío lo tenía horas interminables en el comercio por poco más que la comida. Luego iría ganando más dinero.

Los domingos los tenía libres y se dedicaba a recorrer, asombrado, aquella gran ciudad de más de un millón de habitantes, con sus hermosos edificios y sus largas avenidas, que debieron de parecerle un mundo nuevo y maravilloso.

Argentina era entonces un país rico y lleno de posibilidades. Su tierra era fértil y generosa, y producía todo tipo de alimentos: cítricos, patatas, cereales, etc. Además, disponían de industrias de tejidos, productos químicos, papel y madera, maquinaria... En las amplísimas praderas de la Pampa se alimentaban miles de cabezas de ganado, sobre todo vacas y ovejas, de las cuales se extraían también, además de la carne, leche, cuero, lana, etc.

Algunos emigrantes volvieron ricos. Mi padre pensó que, ya que estaba tan lejos de casa, no debía sacrificarse tanto como sus tíos estaban haciendo. Después de mandar parte de su sueldo al pueblo, le gustaba vivir sin estrecheces y comer bien, y vestir lo mejor que pudiera. Creo que el sueño de mis abuelos quedó frustrado.

Volvió un par de veces a España. Algunas veces el barco hacía escala en Río de Janeiro, la ciudad que, a mi padre, le pareció la más bonita del mundo. La primera vez que volvió, paró un par de horas en Canarias. Allí compró una manta de piel de camello y un kilo de plátanos. Le encantaba esta fruta y se los comió todos de una sentada. Ya no los volvió a probar en toda su vida.

Cuando regresó a Argentina, se trasladó a vivir a Milagro, una población de la provincia de La Rioja en donde, dada su experiencia, se colocó enseguida en un buen comercio que regentaba un amigo de sus tíos.

La pensión en la que se alojaba era de una señora italiana que les preparaba unos excelentes y variados platos de pasta. Desde entonces, se aficionó a esta comida que, en España, era poco frecuente.

En Milagro debió de pasarlo muy bien. Se compró un reloj de bolsillo de plata, un Longines, con su leontina para llevarlo en el bolsillo del chaleco y un revólver, cuya posesión era libre.

A lo mejor se hubiera quedado allí a vivir y yo hubiera sido argentina, pero se volvió a España huyendo de una mujer; mejor dicho, de una boda.

Nunca quiso contarnos exactamente lo que pasó. Solo sabemos que se había hecho amigo del sheriff de Milagro y que este tenía una hermana. Terminaron enamorándose y haciéndose novios. Quizá la soledad de su condición de emigrante le hizo acercarse más a aquella familia que le había acogido con su amistad desinteresada. Prepararon la boda, y mi padre, con el traje de novio ya confeccionado, de repente, debió de darse cuenta de que ni estaba tan enamorado, ni le apetecía pasar allí el resto de su vida.

En el primer barco que zarpó de Buenos Aires se vino a España, dejando a la pobre muchacha compuesta y sin novio. Ella le mandó un cable al barco en cuanto averiguó en cuál de ellos había embarcado.

—Creí que era usted más hombre —le decía.

Pero mi padre, que hubiera sido hombre para explicarle a ella sus dudas o su deseo de romper el compromiso, no se atrevió a enfrentarse al hermano que posiblemente le hubiese obligado a casarse o le hubiese metido una bala en el cuerpo.

Sea como fuere, se vino a España definitivamente. Se trajo el mismo baúl con el que se fue, con su ropa, entre la que llevaba el traje de novio que conservó siempre, aunque nunca se lo puso. Llevaba también su reloj y su revólver. Un pasajero con el que charlaba y al que se lo enseñó, le advirtió seriamente:

—En España están absolutamente prohibidas las armas. —Gobernaba entonces Primo de Rivera—. Si te la ven en la aduana, te pueden meter en la cárcel. Mejor harías tirándolo al mar.

Pero mi padre le tenía cariño. Lo metió en un bolsillo del abrigo que llevaba al brazo y pasó con él sin ninguna dificultad. Después, lo perdería en la guerra.

Los diez años que permaneció fuera de España le hicieron conocer otras culturas y otras gentes, otras ciudades y otros pueblos. En Argentina pudo ver a los gauchos con sus boleadoras y sus cinturones ornados de monedas, a los últimos indios que terminaron siendo aniquilados y exterminados, a una variopinta sociedad producto de emigraciones de españoles e italianos, sobre todo, aunque también de muchos otros puntos de Europa. Conoció las pulperías, los boliches, en donde se bebía y se cantaban tangos, los teatros y las bibliotecas.

Todo esto moldeó de alguna forma su carácter, haciéndole más liberal, más sabio y menos fanático que los españoles que le rodearon.

CAPÍTULO VI



El día 22 de julio ya sabíamos que se había producido una sublevación militar contra la República. El General Franco, comandante militar de canarias, de acuerdo con Mola, Sanjurjo y otros, o quizá empujado por ellos, había decidido hacerse cargo del ejército de Marruecos. Había desembarcado en la península y avanzaba, por Despeñaperros, hacia Madrid.

El hecho me preocupaba; nos preocupaba a todos, pero nunca creímos que iba a desembocar en una Guerra Civil tan larga y cruenta como la que estábamos a punto de sufrir. Yo procuraba hacer de tripas corazón cuando iba a casa por no inquietar más a mi mujer.

—Escucha —me dijo a la hora de la cena—, ¿por qué no pides unas vacaciones en el Ayuntamiento y nos vamos con mi madre, que estará preocupada? Hoy, en la tienda, unas mujeres estaban hablando de que iba a pasar algo gordo, que habían oído que en Caspe estaban preparándose para defender la ciudad. Me ha dado hasta miedo.

—No hagas caso. La gente dice muchas cosas, pero en realidad, no saben nada. Lo único cierto es que algunos militares quieren cambiar el gobierno, dar un golpe de estado, pero eso ya ha ocurrido otras veces. A nosotros no tiene por qué afectarnos. Pero marcharnos ahora es imposible. No es nada fácil viajar hasta tu pueblo, ni por tren ni por carretera. Además, parecería una huida. En cuanto se apacigüen las cosas, iremos. Verás cómo es pronto.

Pero no fue pronto.

Dos días después, por la mañana, ya me estaban esperando en la puerta del ayuntamiento, Agustín Ferrer, el alcalde y Cosme, el Alguacil.

—Buenos días —saludé un tanto sorprendido.

A estas horas, el alcalde solía estar ya en el campo, con sus verduras y sus frutales.

—Don Tomás, tenemos que hablar enseguida. He recibido noticias que no sé cómo calificar. En todo caso, no son buenas.

El cura, que salía de la iglesia de decir misa, se acercó a nosotros. Era joven y bien parecido. Vestía de paisano, un sencillo pantalón y una camisa oscura de manga corta. Calzaba sandalias sin calcetines para paliar un poco el calor excesivo del verano.

—Buenos días, señores.

No tuvimos tiempo de contestarle. Un vecino del pueblo, también joven, atravesó la plaza y poniéndole la mano en el hombro, le dijo sonriendo:

—¡Qué poco te queda, pardal!

Y se marchó, dejándonos sin saber qué hacer ni qué decir, ante una amenaza tan explícita y brutal.

—¿Ve? A esto me refería, entre otras cosas. Han llegado milicianos de Barcelona y de Lérida. Unos han venido en tren con cañones incluso; otros vienen en camiones y están ocupando todo el Bajo Aragón. En Caspe les han hecho frente los falangistas y la Guardia Civil, y eso nos ha salvado de momento, porque se han detenido a conquistar la ciudad. Pero en cuanto lo consigan, y no les costará mucho, porque viene una columna entera, llegarán también aquí. Son, en su mayoría, según me han dicho, voluntarios incontrolados y violentos, que odian toda autoridad y todo lo que huela a religión.

—Los de la manta a cuadros, vamos —contesté yo, queriendo quitar hierro al asunto.

—Bueno, no creo que con este calor, traigan la manta —respondió el alcalde haciéndose eco, como a remolque, de mi buen humor—. Usted, mosen, váyase, porque lo van a matar —dijo volviendo a su seriedad—. Ese que ha pasado antes es un mal elemento, siempre buscando hacer daño a quien no le cae bien y queriendo imponer sus ideas. Está afiliado a la CNT o a la FAI, no estoy seguro, pero se jacta de ser comunista. Puede denunciarle a los que vengan de fuera, aunque él no se atreva a ponerle las manos encima. Si se va de noche por el monte, en unos días puede estar en Zaragoza. Allí estará a salvo.

El cura estaba pálido.

—Sí, yo quizá podría irme, pero mi madre ya es mayor y está delicada de salud. Sería incapaz de seguirme, y no voy a dejarla sola. Además, ¿por qué iban a querer matarme? Nunca he hablado mal de la República ni me he metido en política. Porque Octavio me haya amenazado, no es motivo para tener miedo; lo conozco y siempre ha sido un bocazas. Señor alcalde, agradezco el consejo y la buena voluntad de todos ustedes, pero está decidido, me quedo.

Y se fue a su casa a desayunar con su madre y a tranquilizarla por si acaso había oído algo.

Nosotros subimos al ayuntamiento a seguir nuestra conversación lejos de oídos indiscretos.

—Parece ser —-continuó el alcalde— que son anarquistas en su mayor parte y se dirigen a conquistar Zaragoza, y en el camino estamos nosotros. No sé lo que piensan hacer, pero no van a dejarnos tranquilos. Desde luego, no podemos hacerles frente, pero procuraremos, al menos, estar prevenidos. Tú, Cosme, elige dos o tres voluntarios en el pueblo para que os turnéis en la torre de la iglesia. Pídele las llaves al mosen y vigilad desde el campanario día y noche. Al menor movimiento que veáis en la carretera o gente desconocida en la barca, avisadnos inmediatamente a mí o a don Tomás. Ah, y no se os ocurra tocar las campanas, eso asustaría a la gente y les alertaría a ellos.

El alguacil se marchó a cumplir la orden y nosotros nos quedamos un rato callados, cada uno intentando digerir todo lo que se nos venía encima.

—Además —prosiguió el alcalde—, hay cortes en las vías de tren y en los cables de teléfono y del telégrafo. No podemos recurrir a nadie pidiendo ayuda, aunque tampoco creo que sirviera de nada. Estamos aislados, don Tomás. El Ebro nos defiende y nos aprisiona a la vez. Lo siento por ustedes que están lejos de la familia, pero cuenten con nosotros para lo que necesiten. Ya sabe que les apreciamos de verdad.

—Lo mismo le digo. He trabajado muy a gusto teniéndole como alcalde de este ayuntamiento.

Aunque lo intentábamos, no había motivos para tranquilizarse. Ninguno. Nos sentíamos impotentes, encerrados en el pueblo, prisioneros de unos exaltados que aparecerían en cualquier momento. ¡Pobre Adela! iba a darse cuenta enseguida de la realidad de la situación, pero había cosas que hacer, y pronto.

Cuando llegué a casa a la hora de comer, llamé a los vecinos y nos sentamos en la cocina.

—En cuanto comamos, mientras la niña se echa la siesta, tenemos que recoger todo lo que tengamos de tipo religioso y de valor. No corren buenos tiempos para la Iglesia y no quiero que todas esas cosas nos pongan en peligro.

Me miraron sin comprender del todo, pero asintieron en silencio.

En la memoria de todos estaban las escenas de violencia anticlerical que se habían producido en la República, pero ahora ese odio iba a estallar con mucha más virulencia.

No teníamos mucha hambre, costaba tragar la carne y las patatas, pero había que comer y reparar fuerzas. Las íbamos a necesitar.

Cuando terminamos, fuimos colocando encima de la mesa lo de menor tamaño. Casi todo era de Adela: su libro de misa, el rosario que conservaba desde jovencilla, adornado con medallitas de plata en cada misterio, una medalla de la Virgen, de nácar con filete de oro y su cadena, que le había regalado en la petición de mano, las alianzas, un par de anillos, mi sello y mi reloj de plata, y hasta el velo de ir a la iglesia. Envolvimos cada cosa en papel de seda, del que Adela tenía para dibujar patrones de vestidos, y luego, lo metimos todo en una caja de galletas, de metal, bien envuelta también con un trozo de lona impermeable.

Felisa hizo otro tanto con sus cosas. Después, su marido y yo escondimos las cajas en la cuadra, en un hueco que había debajo del pesebre. A continuación, lo taponamos lo mejor posible con piedras pequeñas y un poco de cemento y lo frotamos con paja del suelo. Nadie notaría que la pared no estaba como siempre.

Nos tocó también decidir que hacíamos con los objetos de mayor tamaño. En cada dormitorio, sobre la cabecera de la cama, colgaba un crucifijo de madera oscura y en el comedor, presidía la mesa un cuadro de la Cena. Por si fuera poco, en el dormitorio de Felisa, sobre su mesilla destacaba una hornacina de madera, en cuyo interior, protegida por un cristal, una imagen de la Sagrada Familia parecía bendecir la casa. Al pie de esta capillita que iba pasando por todos los hogares del pueblo, flotaba una lamparilla en un vaso de aceite. Su luz era muestra permanente de devoción popular.

—La Sagrada Familia, los crucifijos y los cuadros de la Cena son demasiado grandes para esconderlos; mejor los tiramos al río —opinó sensatamente Adolfo, el marido de Felisa.

—Eso sería un pecado gordísimo —rebatió Adela, juntando las manos con ademán implorante—, una blasfemia. El cuadro me lo regaló una amiga a la que quiero mucho y los crucifijos me los dio mi madre.

—Sí, cariño —no sabía cómo convencerla—, pero ahora suponen un peligro. No podemos quedarnos ninguno de estos objetos. Si los encontraran en algún sitio de la casa, perjudicaríamos también a nuestros vecinos. Te prometo que compraremos otro cuadro y otros crucifijos cuando todo esto termine.

—Vamos, doña Adela, don Tomás tiene razón. —Felisa siempre sabía cómo animarla, era una mujer fuerte y alegre—. Al fin y al cabo solo, son cosas que no necesitamos para demostrar que somos creyentes. La fe la llevamos en el corazón y allí no la ve ni nos la puede quitar nadie. Yo lo siento por la Sagrada Familia, que no es nuestra, pero no puedo entregársela a nadie y ponerlo en un compromiso, y abulta demasiado para ocultarla. Como dice don Tomás, ya compraremos otra. Que Dios me perdone, pero creo que tenemos que hacer lo que dice Adolfo.

Adela depositó un beso en cada uno de los crucifijos y en el cuadro de la Cena y Felisa hizo lo mismo con los suyos; ambas besaron también el cristal sobre la imagen de la capillita y se abrazaron llorando.

Nosotros metimos todo en un par de sacos con dos piedras en cada uno para que pesaran más y los cerramos. De noche, cargamos con ellos y nos encaminamos al río. Desde la orilla, los lanzamos al agua. El Ebro aceptó nuestra ofrenda y la ocultó para siempre.

Algunos días después, supimos que muchas familias habían hecho lo mismo.

CAPÍTULO VII



El tiempo, más que transcurrir, parecía arrastrarse como los pies de un viejo reumático por las habitaciones del colegio, por sus aulas, sus patios, sus rincones. Los días se sucedían monótonos y largos, sobre todo largos, muy largos.

Cada mañana, antes de la primera clase, sacaba mi cuadernito de contabilidad: «42 días, 1.008 horas, 60.480 minutos, 3.628.800 segundos».

Cuando nos acostábamos, entre las sábanas de mi cama y a oscuras, me acordaba con más intensidad de mi familia; menos mal que me dormía enseguida.

Los estudios no se me daban mal. Lo peor era la Geografía. Dábamos en 1.º Geografía Universal, y su estudio consistía en memorizar un sin fin de nombres de países, capitales, montañas, ríos, cabos, golfos, penínsulas, mares y océanos, y luego había que señalarlos en el atlas. Lo de señalarlos en el mapa era más problemático que aprenderme todos aquellos nombres, porque nunca he tenido buena memoria visual. Sacaba un aprobado o un notable muy justo.

Sin embargo, me gustaba la Historia Sagrada con sus relatos fabulosos y magníficos, y las Matemáticas no me parecían difíciles.

Pero mi asignatura preferida era la Gramática. Me sabía la conjugación de los verbos, estudiaba sin dificultad las lecciones y realizaba bastante bien los ejercicios que nos mandaba la profesora. Además, era la que mejor leía del curso. Faltaría más. Con la de libros de todo tipo que había devorado. Siempre sacaba notable o sobresaliente.

También teníamos clase de Labores, de Política y de Gimnasia. La única que me gustaba era la de Costura o Labores porque, desde pequeña, había aprendido con mi madre a realizar vainicas, pespuntes y puntos varios. Además, en esa clase podíamos hablar unas con otras, aunque siempre de forma comedida.

Después de los primeros días, ya había hecho unas cuantas amigas entre las internas y también alguna entre las externas que eran las que tenían una vida completa y feliz. Se podía decir que todas las compañeras del curso habían acogido y aceptado a la niña castellana que, no obstante, hablaba con ellas en catalán en el patio del recreo.

Algunas veces, me decían:

—A ver si sabes pronunciar esto: setze jutges d'un jutjat mengen fetge d'un penjat.

Yo lo repetía perfectamente, aunque sin acento catalán y nos reíamos todas.

Incluso se dio el caso de que el padre de una de ellas le compró un cuento en catalán, y la niña, que no estaba acostumbrada a su lengua escrita, me dijo:

—Léemelo.

Y yo se lo leí y se lo traduje al castellano, por eso que dicen que no hay cosa más atrevida que la ignorancia. Si no sabía alguna palabra o algún giro, me lo inventaba y las dos nos quedábamos tan contentas.

En el recreo de la noche, cuando hacía frío, bajábamos a una sala multiusos y jugábamos o bailábamos sardanas.

Los domingos, con más tiempo libre y menos vigilancia, discurríamos travesuras tan infantiles como nosotras mismas. En una ocasión, hicimos la petaca en la cama de varias internas de nuestro dormitorio y estuvieron a punto de castigarnos.

Todavía por entonces, después de 15 años de posguerra, había restricciones de luz y, de seis a siete, todas las tardes nos quedábamos a oscuras en el estudio. La monja que nos cuidaba tenía ya preparada una palmatoria encima de la mesa y, a la luz de la vela, nos leía la vida de María Estuardo, la reina mártir, al decir de la obra. Yo no me enteraba de nada, porque aprovechaba para recostarme sobre un brazo apoyado en el pupitre y dormir un rato.

Porque, para las más pequeñas, las horas destinadas al sueño no parecían suficientes. En el estudio de las nueve hasta las diez, estábamos deseando irnos a la cama y alguna noche, incluso llegábamos a quedarnos dormidas.

Y no solo nosotras. Solía quedarse a cuidarnos o vigilarnos una monja viejecita que, para ocupar su tiempo, se llevaba unos cuantos pares de medias para coser.

Se colocaba sus gafas de costura, introducía en la media un huevo de madera para tensar el agujero o la carrera y después de enhebrar la aguja con hartas dificultades, se disponía a zurcirla.

Nosotras —mi vecinita de pupitre y yo—, que estábamos en la primera fila, contemplábamos fascinadas la escena. A la pobre mujer se le cerraban los ojos a la vez que intentaba pasar la aguja por el tejido. Al dar una cabezada sobre la labor, se pinchaba en el dedo, despertándose sobresaltada. Nosotras intentábamos disimular nuestro regocijo para que no se diera cuenta de que la estábamos mirando.

Cuando se le acababa el hilo, una u otra nos acercábamos con falsa inocencia:

—Madre, ¿quiere que le enhebre la aguja?

Ella nos lo agradecía de todo corazón y nos decía al ver la facilidad con que lo hacíamos:

—Que Santa Lucía te conserve la vista.

Las dificultades de la monja nos servían a nosotras para distraernos y permanecer despiertas hasta la hora de recoger y rezar las últimas oraciones antes de acostarnos.

Las monjas se ocupaban también, y principalmente, de nuestra formación religiosa. Nos hablaban de Santo Dominguito de Val, el infante del Pilar al que unos judíos raptaron y crucificaron como a Jesucristo, o de las maldades que cometían los masones que apuñalaban hostias consagradas de las que salía sangre. Menos mal que cada dos o tres semanas venía mi padre. Sus visitas suponían un soplo de vida fresca y de normalidad.


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