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Excerpt for El Quetzal Negro * The Black Quetzal by ,
,
& (illustrator), available in its entirety at Smashwords

El Quetzal Negro

*

The Black Quetzal

William Cahill & Gabriela Rangel


Ilustraciones * Illustrations

César Meléndez

Copyright © 2018

William Cahill Rangel and Gabriela Rangel Palm

Authors’ photograph, © Richard Cahill

Illustrations, © César Meléndez

All Rights Reserved.


ISBN 978-9962-57-024-0 (soft cover)

ISBN 978-9962-57-029-5 (hard cover)

ISBN 978-9962-57-030-1 (eBook)

Piggy Press Books


Smashwords Edition, License Notes

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Índice * Contents

El Quetzal Negro

Prólogo

Los personajes

Desafiando lo prohibido

La leyenda del volcán Barú

Aventura con un final desventurado

Los jóvenes desaparecidos

El Quetzalcóatl

Calle Camino de los Tulipanes

Un mundo por descubrir

Temas para reflexionar

¿Sabías que?

Glosario

El ilustrador

Los autores

Nota de los autores


The Black Quetzal

Prologue

The Characters

Defying the Forbidden

The Legend of Baru Volcano

Adventure with an Unhappy Ending

The Missing Youngsters

The Quetzalcoatl

Tulip Path Street

A world to Discover

Ideas to Think About

Did You Know?

Glossary

The Illustrator

The Authors

Note from the Authors

El Quetzal Negro

Prólogo

Un ave observada en los bosques nubosos de Boquete, Chiriquí en el año de 1856* propició que por primera vez se publicara un artículo científico de la distribución de los quetzales en Panamá. Su belleza ha logrado que, al paso de los años, se hayan multiplicado sus observaciones en las montañas de Chiriquí, Bocas del Toro y Veraguas, siendo el volcán Barú, un Parque Nacional y un Área Clave de Biodiversidad, el sitio más popular para encontrarlos.

Los quetzales del volcán Barú conviven entre Campaneros Tricarunculados, la muy rara Águila Crestada, la Clorofonia Cejidorada y muchas otras especies que encuentran su hogar en sus bosques húmedos, donde abundan las bromelias, orquídeas, musgos, helechos, robles y aguacatillos, entre una multiplicidad de colores, olores y sonidos.

La lectura de El Quetzal Negro nos transportó a abril de 1996 cuando aún siendo notada en el mundo de la observación de aves aceptamos el reto de vivir la aventura de ver un quetzal. Mochila a cuestas, la curiosidad nos llevó a caminar por largas horas el Sendero Los Quetzales, donde por primera vez nos adentramos a los bosques circundantes del volcán Barú y en un vuelo pausado y mágico el encuentro anhelado se hizo realidad.

La curiosidad en ocasiones y sin saberlo, nos sitúa entre los caminos del bien y el mal. El desarrollo de la historia El Quetzal Negro nos adentra a mundos paralelos, con personajes que nos permiten admirar la imaginación de William, un jovencito que junto con su madre Gabriela nos describen en la sencillez de una buena letra que, a pesar de las equivocaciones cometidas por alguno que otro personaje, el irremplazable conocimiento local tradicional y el amor incondicional de familiares y amigos ayudan a revertir cualquier adversidad.

El atractivo plumaje de los quetzales debe continuar siendo admirado en los siglos venideros y para ello estamos obligados gustosamente a sensibilizar en la importancia de cuidar y proteger los bosques y frágiles ecosistemas de los cuales dependen. Y la buena noticia es que en la tarea no estamos solos. William Cahill y Gabriela Rangel, a través de El Quetzal Negro serán el eco permanente que cualquier ambientalista sueña con sumar a sus filas.


Rosabel Miró

Directora Ejecutiva

Sociedad Audubon de Panamá

Los personajes

Carlos: Joven quetzal de doce años de edad. Va al colegio y cursa el séptimo grado. Pertenece a una familia de chamanes protectores de la naturaleza sin embargo no le da la importancia necesaria a la misma y vive como cualquier joven de este siglo metido entre aparatos electrónicos. Pronto se da cuenta que hay todo un mundo afuera de su casa y aprende a honrar a sus ancestros y cuidar el medio ambiente.


Anel: Compañero de Carlos en el colegio. Su tía lo cría sola tras la muerte de sus padres por medio de cazadores. Tiene problemas de comportamiento. El vacío de no tener a sus padres lo llena con ira y rebeldía.


Abuelo Matusa: Chamán de la aldea, uno de los últimos. Los jóvenes ya no creen en sus historias. Es el abuelo de Carlos y conocedor de la maldición. Busca enseñarle a su nieto la importancia de las tradiciones y la energía que da la naturaleza a todo el que la escucha.


Isabella: Mejor amiga y confidente de Carlos. Lo apoya en las cosas que hace. Su naturaleza intrépida y atrevida compensa la naturaleza analítica y pasiva de Carlos.


Capítán Burrell: Capitán de la Estación de Seguridad Nacional Quetzal (ESNQ). Tiene como misión resolver el misterio de la desaparición de los

jóvenes quetzales.


Itzel: Reportera de la cadena televisiva más grande e importante del pueblo Quetzal la QNN.


Azor: Águila depredadora del quetzal. Ayuda a Anel a cumplir su plan porque conoce la verdad de la leyenda y quiere a todos los jóvenes para él.


Tía Adelaida: Tía de Anel. Una mujer dedicada a cuidar a su sobrino que tras la muerte de los padres de éste ha quedado solo y desorientado.

1

Desafiando lo prohibido

La selva del Barú, año 1550

Un grupo de chamanes quetzales discuten junto a un fuego.

—La amenaza es inminente —dice un chamán, con voz preocupada.

—No podemos hacer nada, hemos tenido meses de sequía, los animales se están muriendo, no tenemos nada que cosechar y ahora esto —dice otro.

—Gran sacerdote, el piso de la selva se ha movido. La gente está asustada y ya no tenemos el favor de los dioses. ¿Cómo podremos salvar a nuestra gente? —pregunta otro chamán.

Comienza una algarabía, todos los demás chamanes hablan a la vez y ya no se entiende nada lo que dicen. Sólo se escuchan gritos.

—¡Sacrificio, sacrificio!

—¡Hay que darle un ser puro! ¡Sólo eso calmará a los dioses!

Al fondo el chamán más viejo medita sin decir palabra.

***

Dentro del hueco de un viejo árbol una madre alista para dormir a su primogénito, un hermoso quetzal de vibrantes colores.

—¿Listo para dormir? ¿Ya te cepillaste las plumas? —pregunta la mamá quetzal.

—¡Sí, mamá! ¿Me puedes contar un cuento? ¿por favor? —pregunta el joven quetzal.

De repente, comienza a moverse el árbol, la tierra tiembla fuertemente y se escucha un rugido de la montaña más alta. Algo amarillo incandescente sube al cielo y puede verse desde el árbol del joven.

El joven corre y se abraza con su mamá.

—¡Mamá! ¡Tengo miedo! ¿Qué es lo que pasa? ¿Porqué sale humo de la montaña?

Su madre no sabe qué responderle, sólo se ve el volcán y la lava saliendo de su superficie.

***

Escuela El Trogón, año 2050

—Buenos días, jóvenes. Hoy vamos a estudiar erupciones volcánicas. Miren esta foto del volcán Barú. A ver, ¿quién me puede dar la fecha de la última erupción del volcán Barú? —dice el maestro con notable energía.

Un estudiante levanta su mano, pero el maestro mira alrededor para ver si alguien más tiene la respuesta.

—¿Nadie más conoce la respuesta? Bueno, Carlos, ¿cuándo fue la fecha de la última erupción del volcán Barú?

—La última erupción fue en 1550 y fue narrada por navegantes que viajaban hacia Centroamérica y documentaron en sus crónicas la actividad del volcán.

—Excelente respuesta como siempre, Carlos.

En eso, Anel interrumpe al maestro con una pregunta fuera de lugar: —Maestro, ¿por qué nos tienen prohibido subir al volcán? ¿será acaso que el sabiondo de la clase conoce la respuesta? —Y con una mirada burlesca mira en dirección de Carlos.

—¡Basta! —le responde el maestro—. Usted conoce muy bien que esa es una de nuestras leyes más antiguas. No está permitido a ningún joven subir a la cima del volcán por ninguna razón.

De repente, canta el pájaro campanero dando paso al recreo. El profesor suspira de alivio al no tener que dar más detalles.

—Te crees muy sabiondo ¿verdad, Carlos? Pronto les demostraré a todos quién soy yo y ya no me verán todos como el perdedor de la clase —y Anel le da un golpe con uno de sus libros.

En eso llega Isabella, la mejor amiga de Carlos.

—¿Qué pasa, Carlos? ¿Qué te dijo Anel? —pregunta con cara de desagrado.

—Nada, Isabella, ya estoy acostumbrado a que me estén molestando. Al parecer no soy fruto de aguacatillo para caerle bien a todo el mundo.

—No le hagas caso, está celoso de ti y de lo que has logrado.

—Puede ser —dice Carlos, pero se queda pensando en lo que le había dicho sobre lo de demostrarle a todo el mundo. ¿Qué tendrá en mente?

2

La leyenda del volcán Barú

Año 1550

Se ve el volcán en plena erupción, todos en Ciudad Quetzal están fuera de sus árboles.

—¡Oh, por Dios! ¡Hijo, recoge tus cosas; nos tenemos que ir! —grita la madre.

—¿Qué pasa, mamá? —pregunta el joven quetzal.

—El volcán ha hecho erupción, pronto... no deben encontrarte, tenemos que irnos lejos, ¡YA!

Pero antes de que pudiesen decir palabra alguna, el chamán entra a su hueco de árbol y toma el pequeño entre sus brazos y lo separa de su madre.

—¡No se lo lleven! —grita. En eso, otro sacerdote la toma por un ala.

—No puedes hacer nada. El pequeño era el ave más perfecta de todas, pura e inmaculada. Sabías que esto iba a pasar si los dioses seguían disgustados. Es la única manera de apaciguar la ira de los dioses.

La madre llora desesperada y en ella nace un odio profundo y jura vengarse por ese sufrimiento.

***

Año 2050

Entre hojas y libros viejos, vemos al abuelo Matusa celebrando un ritual tradicional, una rutina que lleva años haciéndola y en la que ahora ha decidido incluir a su nieto Carlos.

—Dime, abuelo ¿porqué tengo que hacer esto? Me veo ridículo con esta cresta! Ya estamos en pleno siglo 21 y ¿tú aún crees que todo se resuelve con hojas y oraciones? Además estamos en medio del bosque nuboso y tengo frío. Pronto va a anochecer.

—Ay, Carlos, para de quejarte. La vida es mucho más que estar metido entre libros, conversaciones vacías y ser el sabelotodo de la clase. ¿Hace cuánto que no sales a tomar aire puro, corretear junto a las mariposas y darte un buen chapuzón con agua de lluvia? Relájate, nuestro mundo es un regalo. Cada día hay que dar gracias por lo que tenemos, bendecir a la madre Tierra y agradecerle sus frutos y cobijo. ¡No vaya a ser que se disguste y vivamos otra gran erupción del volcán!

Mientras el abuelo habla se le ve preparando el lugar donde va a realizar su oración diaria: un gran círculo en el piso hecho de arcilla, rodeado de bromelias, orquídeas y muchas otras flores de varios colores y fragancias además de elementos de la naturaleza como tierra, agua, semillas y un recipiente especial para prender fuego.

—¿Otra gran erupción del volcán? ¿Es por eso que no podemos ir allí? ¿Qué fue lo que ocurrió? —pregunta Carlos.

—Es una triste historia en los tiempos de oscuridad donde se celebraban sacrificios a los dioses. Nuestro pueblo por muchos años vivió en la ignorancia.

—¿Ignorancia?

—¡Sí, ignorancia! Como la que tú tienes ahora por no saber y darte cuenta de lo que verdaderamente importa —dice el abuelo y le entrega con fuerza la totuma que servirá como recipiente parar prender el fuego—. Ahora te lo cuento, ya tienes edad para saberlo, pero primero realicemos el ritual agradeciendo al creador por todas sus bendiciones.

El abuelo Matusa prende con fuego la totuma que tiene Carlos en sus manos. Juntos caminan al centro del círculo rodeado de las flores y semillas y le pide que lo levante y repita lo siguiente mientras a lo lejos el sol va dando sus últimos destellos: —Gran creador, tú nos formaste, corazón del cielo y de la tierra, te presento a Carlos. Te damos gracias por habernos creado, buscamos la paz y el amor en el mundo entero. Que haya tranquilidad y salud para todos.

Que terminen todo sufrimiento, toda pena o rencor como el día termina. Que tu luz ilumine nuestros pensamientos y nos dé fortaleza y nuestro canto llegue a tu corazón.

***

En su cuarto, Anel empaca su maleta con cuerda, fósforos y una brújula. Al fondo se escucha su tía llamándolo para la cena. Abre su gaveta y saca una foto de sus padres, tomada sólo un par de días antes que cazadores los mataran para obtener sus plumas.

Anel en tono melancólico dice: —Me hacen mucha falta. Me siento tan solo. ¿Por qué les tuvo que pasar eso a ustedes?

Llora, pero de repente su rostro cambia a uno con más odio: —Estoy cansado que me digan que soy un perdedor. Me vengaré de todos los que se burlan de mí pensando que no sirvo para nada.

Coloca la foto en el espejo y se mira a sí mismo: —Les demostraré a todos quién soy. He decidido subir al volcán y nadie podrá impedirlo. Mañana es sábado, mi tía me deja dormir hasta tarde. Es un día perfecto. Esta noche me iré.

—¡Anel, apura que se enfría la comida! —se escucha a su tía a lo lejos.

—¡Ya voy!

***

Al recoger todo del ritual, el abuelo Matusa pregunta: —¿Qué te ha parecido el ritual? ¿Te espero el próximo viernes para dar gracias nuevamente?

—Está bien, abuelo, vendré el otro viernes —dice Carlos mientras se quita la cresta de plumas—. La verdad es que no estuvo tan mal, pero aún no me has contado del volcán.

—¿No se te olvida nada, verdad? —dice y ríe a modo de complicidad—. Te cuento, siéntate.

Y sentados junto al fuego, el abuelo Matusa inicia su historia: —Hace siglos atrás nuestro pueblo pasó por una gran hambruna, una gran sequía se extendió por todo el bosque acabando con cosechas enteras. En esa época los quetzales creían en muchos dioses distintos, el dios del sol, el dios de la lluvia, del trueno, de la cosecha. Pero al que más le temían era al dios del fuego ya que una vez toda una comunidad había sido aniquilada por él a través de la erupción del volcán Barú. Para saciar su poder los sacerdotes ofrecían sacrificios de jóvenes, cosa que ya no se hace porque no es correcto. Pero en esa época había nacido un pequeño quetzal con las plumas más brillantes y perfectas. Tan resplandecientes que todo el que lo veía quedaba impactado con su belleza.

Su madre sabía que él podría ser el próximo elegido así que huyó y se escondió en lo más profundo del bosque para que no lo encontraran y ahí vivieron unos años. Pero la sequía seguía en aumento y ya los otros quetzales comenzaron a preocuparse y dieron voz de alerta que en lo profundo del bosque vivía un joven con una luz brillante y resplandeciente.

Un día la tierra comenzó a temblar y del volcán salía ráfagas de cenizas negras que tapaban el cielo. Los sacerdotes se reunieron y cuando el volcán hizo erupción, fueron a buscar al pequeño Pharu Mocinno, para aplacar la ira del dios del fuego y se lo entregaron a él.

La madre al ver lo que le había pasado a su hijo se tiró también en el cráter del volcán y juró vengarse haciendo desaparecer a todos los jóvenes que venían al volcán. Y por un par de años muchos jóvenes desaparecieron. Decían que aquel que subiera se convertiría en el QUETZAL NEGRO y que con él vendría la destrucción de nuestros bosques. Es por eso que todos los jóvenes tienen prohibido subir al volcán Barú.

—Pero, abuelo, eso es algo que pasó hace aaññooss. ¿Por qué creer aún en esa leyenda? ¿QUETZAL NEGRO? ¿Cómo así?

—Se supone que las plumas de aquel que lo haga, al final de su recorrido, se volverán todas negras. Mira, Carlos, las leyendas son enseñanzas y siempre llevan algo de verdad en ellas, hijo. Debes escucharlas, aunque para serte sincero, pienso que no dejan ir a los chicos al volcán también por precaución. Es un lugar muy irregular lleno de grandes piedras, depredadores y fuertes vientos, no apto para pequeños quetzales. Ahora vamos que ya es tarde y tu mamá debe estar preocupada.

Y los dos salen volando.

***

En otra parte del bosque, Anel lucha contra el viento, tratando de escalar el volcán, pero su vuelo es lento y sus alas son débiles. Él ve una cueva y aterriza.

—Esto es mucho más difícil de lo que pensaba. Ya estoy cansado, y el cráter aún está muy lejos de aquí. Debo tener cuidado. Hay muchas rocas y el viento aumenta. Será mejor que pase la noche aquí y descanse y empiece de nuevo mañana por la mañana.

Anel saca un celular de su mochila.

—Ahora, Anel, tomémonos una foto para documentar esta gran aventura. ¡Sonríe! —se rompe el silencio con el sonido del clic.

3

Aventura con un final desventurado

Amanece en el bosque nuboso y canta la Chlorophonia con los primeros rayos del sol, mientras Anel sigue aún en la cueva junto a un fuego ya apagado. Se despierta y estira sus alas.

—Uf, tengo hambre —comienza a sacar aguacatillos de su mochila—. Tengo que apurarme, mi tía pronto se dará cuenta que no estoy.

Anel recoge sus cosas y continúa su viaje hasta la cima del volcán sin percatarse que el viento iba a ser su principal problema.

En las alturas del cielo una vieja águila baja en picada para posarse sobre un árbol de cenizo cercano al chico. El pequeño quetzal podría ser un delicioso desayuno.

—Hola, muchacho, ¿qué te trae por estas frías tierras del volcán? ¿No estás un poco lejos de tu casa? —pregunta Azor.

—Hola. Es que quiero llegar a la cima del volcán, ¿sabes qué camino es más rápido? —Anel no tiene idea del riesgo que se encuentra.

—¿A la cima del volcán? Pero eso es una aventura un poco peligrosa para un chico tan joven como tú —dice Azor.

—De eso se trata precisamente... demostrarles a todos que sí puedo llegar. ¿Tú puedes creer? En mi pueblo nos tienen prohibido subirlo, ¡qué tontería! Una tradición que dice que los jóvenes quetzales no pueden ir al volcán. Dizque que hay una maldición, pero yo les demostraré a todos que eso es puro cuento y me ganaré su respeto.

Azor sí conoce la maldición, y se le comienza a hacer agua la boca de sólo pensar la gran cantidad de comida que tendrá en los próximos meses.

—¿Que los jóvenes quetzales no pueden subir a la cima del volcán? ¡Pero qué tradición más absurda! y con toda la tecnología que hay, Internet, celular. ¿En pleno siglo 21?

—Sí, eso mismo pienso yo. ¿Crees que me puedas ayudar a llegar más rápido?

—¡Seguro, chico! ¡Cómo no ayudar a un joven tan valiente y aventurero como tú! Tengo un atajo, ya verás que en menos de una hora estarás viendo los dos océanos y tomándote fotos. ¡Vamos!

Anel no puede creer la buena suerte que tiene y sin pensar vuela junto a Azor hacia la cima del volcán.

***

En la casa de Carlos, el ambiente se llena de un delicioso olor a panqueques con higuerón, aguacatillo molido y semillas de laurel asadas, un aroma tan delicioso que Carlos comienza a soñar que está comiendo un festín de ellos.

En su sueño, Carlos llega frente a una montaña de panqueques llenos de sirope y mantequilla que se chorrean a través de ella.

Mmm, qué rico panqueques con higuerón… tengo que tenerlos… —pero por alguna razón trata de alcanzarlos y no puede...

De repente, aparece su maestro de matemáticas y le entrega un papel que dice: ‘Señor Carlos, esta es la prueba final, si desea alcanzar su premio, necesita resolver 50 problemas de multiplicación y fracciones. Tiene un minuto’.

Aparece un reloj gigante con boca malvada y ojos en forma de manecillas que se movían descontroladamente y con voz de trueno comienza a contar hacia atrás…

60, 59, 58, 57…

¿Qué? —Trata con todas sus fuerzas de terminar los problemas matemáticos, pero los mismos aparecen bailando y poniéndoles caras feas.

20, 19, 18, 17, 16… —retumba el reloj.

¡Números, quédense quietos! —grita Carlos, pero los números provistos de pies y manos no le hacen caso y se mueven sin cesar dentro de la hoja de papel.

10, 9, 8, 7…

Carlos logra agarrar un número y otro y ponerlo en su lugar pero ya es demasiado tarde, la montaña de panqueques comienza a desmoronarse.

5, 4, 3…

¡Nooooooooo! —grita Carlos con todas sus fuerzas y de repente todo se detiene y siente que comienza a caer dentro del cero de los números, en una caída oscura y profunda…

¡Y en eso se despierta!

—¡Oh, por Dios! Sólo era una pesadilla —suspira. Cansado se sienta en la cama aún jadeando. Entonces su panza comienza a hacer ruidos raros—. Ay no, me muero de hambre.

En eso su mamá abre la puerta de su cuarto y nuevamente entra ese delicioso aroma.

—Carlos, levántate, ya está listo el desayuno. Hice tus panqueques favoritos con higuerón.

Carlos brinca de la cama gritando de alegría: —¡Sí, tome, maestro Pavoninus!

—¿Te sientes bien, Carlos? —pregunta su mamá.

—Sí, mamá, todo bien —responde, feliz porque su sueño se hizo realidad, sin tener que ver nada con números bailarines y problemas matemáticos.

***

Azor y Anel aterrizan en la cima del volcán. Es una mañana radiante de domingo y desde ahí pueden verse el mar Caribe al norte y el Pacífico al sur.

—Qué te dije, muchacho, ya llegamos al punto más alto. ¿No es espectacular la vista?

Anel se siente maravillado por la grandiosidad del lugar, desde ahí puede ver todo el valle, inclusive su escuela y hogar.

—Ahora todos sabrán quién soy, no se van a burlar más de mí y demostraré que esa boba leyenda es puro cuento —dice y saca su celular de la mochila—. Vamos a tomarnos una foto, Azor.

Pero Azor lo detiene: —Un momento, chico. No vayas tan de prisa. ¿Acaso no quieres hacer realmente historia? Llegar aquí no es nada. Todo el mundo lo hace. Si buscas en el Internet hay millones de fotos de gente subiendo esta montaña, pero lo que realmente haría historia es bañarse en las cenizas del volcán. Eso, muchacho, no lo ha hecho nadie – ¡JAMÁS!

—¿Jamás? No sé. Suena como peligroso.

—¿Escuché la palabra peligroso? Peligroso fue atravesar el bosque y llegar hasta aquí. Un par de aleteos más no van a hacer la diferencia. ¿O es que tienes miedo?

—¡Yo no tengo miedo! —grita Anel y agarra su mochila y comienza a volar hacia el cráter.

Azor se ríe viendo a sus espaldas porque su plan va de maravilla, pronto cientos de jóvenes quetzales vendrán a formar parte de su dieta cotidiana.

***

Carlos termina de arreglarse y ve con recelo el reloj de su mesita. Son las siete y media de la mañana. Lo pone boca abajo y sale hacia la sala.

—Buenos días, familia. ¿Y qué estamos celebrando?

La mamá de Carlos lo ve y le da un golpe en su pata: —No se te ocurra tomar nada. Estamos esperando a que el abuelo Matusa se siente a desayunar.

—¿El abuelo está en casa? Qué bien.

En eso el abuelo sale del baño y se sienta en la cabecera de la mesa: —Buenos días, Carlos, ¿cómo dormiste?

—Mejor no hablemos de eso, abuelo. Puedo decirte que mejor estuvo cuando desperté, ¿y eso que vienes por acá?

—Tu abuelo pasó a visitarnos y tuvimos una larga plática. Él quiere que comiences a aprender todo sobre nuestras tradiciones y yo creo que ya es buen momento. Tienes doce años —dice su mamá.

—Así es, Carlos. Nuestra familia desciende de un noble linaje de chamanes que han tenido por siglos la función de proteger, sanar y cuidar nuestra raza y nuestros bosques —dice el abuelo, mientras toma un par de panqueques, le sirve a Carlos y toma otros dos para él—. Para explicarte un poco mejor, el chamán tiene una versión distinta de la realidad, entiende que todo en el universo tiene energía y lo ve como algo vivo y vibrante. De esta forma, el chamán al ver una flor, no sólo percibe un tallo con sus hojas y sus pétalos, sino que puede ver la energía o espíritu que habita en su interior.

—¿Energía? ¿Espíritu? ¿Cómo así? —pregunta Carlos.

—Para el chamán, todo lo que existe está vivo, es igual una roca que un animal, la lluvia o el viento que sopla. Todo tiene energía y está sujeto a fuerzas que se relacionan entre sí. Cuando las energías en su interior están mal, él las puede cambiar para bien.

Nosotros somos como el puente entre el mundo físico, que es el que están acostumbrados todas las personas y el mundo de las energías o seres espirituales que nos acompañan.

—Vaya, abuelo, pareces un libro de ciencias, eso parece un poco complicado ¿no?

—Ja ja ja. Nunca me habían dicho algo así. Yo también pensaba lo mismo a tu edad, pero sabes cuándo descubres que hay un mundo lleno de vida allá afuera, las cosas materiales ya no son importantes y aprendes a darle valor a lo que realmente importa: la naturaleza y por ende a nuestros bosques.

—Bueno, abuelito, todo suena muy bonito, pero quedé con Isabella que haríamos juntos la tarea de matemáticas, ¡que ya hasta pesadillas me está dando! Así que, este..., me tengo que ir —dice y raudo y veloz toma su mochila, le da un beso a su mamá y sale de la casa.


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