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Excerpt for El Último Tren a Haifa by , available in its entirety at Smashwords

Roberto González Oliveira



El Último Tren a Haifa

Hay otros Dioses y están aquí



Smashwords 2018

Copyright © 2018 by Roberto González Oliveira

Todos los derechos reservados.

Este libro no puede reproducirse ni en parte ni en su totalidad, ni almacenarse en un sistema de recuperación, ni transmitirse de ninguna forma ni por medios electrónicos, mecánicos u otros sin la autorización escrita del editor, excepto por un revisor que puede citar pasajes breves en una revisión.

Índice

10.40 A.M. Hora del Meridiano Ciudad de Haifa. Norte de Israel

Dos horas 20 minutos después del suicidio

10.40 A.M. Hora del Meridiano Ciudad de Haifa

Dos horas y media después del suicidio

10.35 A.M. Hora del Meridiano Ciudad de Haifa

Dos horas 25 minutos después del suicidio

8.10 A.M. Hora del Meridiano Ciudad de Haifa

20 minutos antes del suicidio

10.39 A.M. Hora del Meridiano Ciudad de Haifa

Dos horas 32 minutos después del suicidio

Ciudad de Carmiel. Ha Zafon, Norte de Israel

60 Días antes del suicidio. Nota manuscrita dejada por el profesor Samuel Felman dos meses antes de suicidarse

10.40 A.M. Hora del Meridiano Ciudad de Haifa

Dos horas 40 minutos después del suicidio. Escena del crimen junto al cadáver de Samuel Felman

Ciudad de Carmiel. Ha Zafon, Norte de Israel

60 Días antes del suicidio

10.42 A.M. Hora del Meridiano Ciudad de Haifa

Dos horas 42 minutos después del suicidio

21.30 P.M. Hora del Meridiano Ciudad de Haifa

Doce horas 30 minutos después del suicidio

8.30 P.M. Aprox. 24 Horas después del Suicidio

Rumbo a la Ciudad de Carmiel. Ruta 85 cruce con la Ruta 70, Misgav Regional Council

1.30 P.M. Aprox. 30 Horas después del Suicidio

Jefatura de Policía de la Ciudad de Haifa

15.30 P.M. Aprox. 32 Horas después del Suicidio

Jefatura de Policía de la Ciudad de Haifa

16.00 P.M. Aprox. 32 Horas y media después del Suicidio

Jefatura de Policía de la Ciudad de Haifa

56 Horas después del Suicidio de Samuel Felman

Jefatura de Policía de la Ciudad de Haifa

Ciudad de Tel-Avid, Paseo Sarona

Cuatro días después del suicidio de Samuel Felman

Epílogo

Ciudad de Haifa Norte de Israel

Dos semanas después del suicidio



10.40 A.M. Hora del Meridiano
Ciudad de Haifa. Norte de Israel

Dos horas 20 minutos después del suicidio

“Nunca pensé que tendría la suficiente fuerza como para escribir esto antes de suicidarme”.

Intranquilo y bastante molesto, fue lo primero que leyó el inspector Jacob Lieberman de la policía Israelí. Lo leyó porque era imposible no verlo, era imposible no prestarle atención. La nota, salpicada de sangre, estaba primera entre la decena de papeles que aparecían a medias dentro del exclusivo portafolio de cuero marrón y sobre el escritorio del fallecido profesor Samuel Felman.

Era imposible no verlo, cada letra estaba remarcada, resaltada una y otra vez con inmensa furia, con violencia contenida, con rabia, con profunda irritación. Pero del mismo modo era tan extraño el mensaje que emanaba de todas y cada una de ellas una enorme impotencia, brotaba de su centro una sensación de inutilidad de la condición humana verdaderamente agobiante.

Cuando se leía toda la nota en su conjunto esta aparecía como la admisión, el reconocimiento de la formidable inutilidad, el convencimiento y la aceptación de la insignificancia de cualquier cosa que el hombre pretendiera interponer ante una inminente y tremendamente maligna desgracia desatada por fuerzas que nos miraban con infinito desprecio.

Con sumo cuidado el inspector había sacado la hoja de papel cuadriculado, arrancado tal vez de algún cuaderno de apuntes y pretendió extenderlo sobre el amplio escritorio.

Fue imposible, todo el lugar estaba ocupado por el cadáver del inmolado profesor y por su desparramada sangre o por lo menos así parecía.

Con la mano protegida por un guante de látex negro, la supuesta nota suicida la había tomado de adentro del maletín y trato de no mancharla más de lo que estaba con la abundante sangre esparcida por todo el escritorio. Era verdaderamente angustioso ver aquello, había sangre y trozos de masa encefálica por todos lados y sangre muchísima sangre. La roja marea, abundante e infamemente desparramada por todo el escritorio, trepaba por la blanca pared, salpicaba el pizarrón, manchaba el sillón, mancillaba las blancas cortinas del gran ventanal y también se desparramaba por buena parte del piso.

Toda aquella escena conformaba una imagen horrorosa, un cuadro que nadie que lo presenciara lo podría olvidar en su vida y el espanto no era por la visión de un cadáver de una persona que había fallecido con extrema violencia, sin dudas una visión siempre perturbadora, el espanto en realidad se producía por las circunstancias en que había ocurrido el hecho.

Hombre experimentado en este tipo de cosas, Avigor Lieberman había sido adiestrado en las mejores academias de policía del mundo. Condecorado en varias Academias de Europa y Estados Unidos, el Inspector General era un sabueso de raza, un policía de alma que seguía haciendo trabajos de campo como cualquier oficial de policía novato pero que “estaba para general” como decían sus superiores y varios políticos que revoloteaban a su alrededor con intención de captarlo para sus filas, pensando siempre en el respecto y la anuencia que tenía en la fuerza, que representaban en definitiva unos cuantos y nada despreciables votos.

El nunca hizo caso, sabía perfectamente que no se sentiría a gusto sentado en un escritorio, simplemente fingiendo sonrisas, no era lo suyo. Prefería la calle, entreverarse con la gente, sentir como palpitaba su ciudad, Haifa, la segunda en importancia de Israel.

Una ciudad extraña, muy particular. Haifa está colgada del Monte Carmel, la urbe cae desde lo más alto del bíblico promontorio y se desparrama por una de sus laderas ocupando toda la Bahía del mismo nombre. Su extensa área metropolitana llega 30 kilómetros más al sur, hasta prácticamente la ciudad de Acre, Akko como la conocen los israelíes, Akka en árabe o San Juan de Acre como se la conoce en el mundo cristiano, la milenaria ciudad de los Templarios. Como todo en Tierra Santa, las cosas tienen varios nombres, y distintos significados, la mayoría, totalmente opuestos y absolutamente beligerantes con el resto. En esta franja de tierra todo es según la óptica religiosa con la que se lo mire.

Todos los grandes Imperios de la antigüedad pasaron y conquistaron esta bahía y la tierra que va desde el Mediterráneo hasta el Rio Jordán, La Galilea, una estrecha franja de tierra que contiene infinidad de colinas bellísimas y de apenas unos cincuenta kilómetros de ancho.

Todos los grandes Imperios y las civilizaciones que surgieron en los últimos 5000 años de historia de la humanidad, reclamaron su propiedad, todos la consideraron como su tesoro irrenunciable, imprescindible y por eso su pertenencia sigue acumulando, a pesar de los siglos, guerras, muerte y destrucción. La ciudad de Haifa acoge en su seno cosmopolita a más de tres cientos mil habitantes.

El puerto, corazón vibrante de la ciudad, está situado en el extremo más oriental del Mar Mediterráneo. En un punto que se puede ver, si trazáramos una línea recta, como exactamente opuesto a las Columnas de Hércules, la antípoda del estrecho de Gibraltar.

Esta bahía es un lugar donde siempre hubo gente, y no hablo solo de los pueblos hebreos o los fenicios, primeros habitantes conocidos históricamente de la zona hace más de cinco mil años. Me refiero a muchos miles de años antes, cuando los hombres todavía no habíamos salido de las cavernas y recién estábamos emprendiendo la aventura de navegar aferrados a un tronco flotante. Bueno, desde esa época, de cuando en Europa recién se estaban retirándolos los hielos de la última glaciación son los vestigios de asentamientos humanos encontrados en la bahía de Haifa, en Akko y en las increíbles cuevas que tachonan todo el Monte Carmel.

Lieberman estaba acostumbrado a lidiar con casos extraños, truculentos y siniestros, su día a día hubiera terminado definitivamente con la estabilidad psíquica de muchas personas en no más de un par de jornadas pero su salud mental era como una roca en la orilla del mar haciendo frente a una tormenta de verano, siempre permanecía firme e inalterable aunque el caos reinara a su alrededor.

El inspector nunca recordaba haber perdido los estribos, ni siquiera cuando estaba en el frente de batalla, cuando era apenas un soldado de elite del Ejército Israelí, ni cuando aun siendo un niño pequeño vio cómo los hombres de la KGB bielorrusa se llevaron preso y a los golpes delante de toda su familia a su padre Boris Lieberman, en la ciudad de Minsk, en su Bielorrusia natal, cuando aún esta república de Europa Oriental era una ínfima parte de la antigua Unión Soviética.

Por supuesto que se conmovía como cualquiera persona, en realidad era un tipo bastante emotivo y sumamente solidario con las personas que lo rodeaban, pero lo que nadie podía decir es “vi a Lieberman, lo note muy nervioso e indeciso”

Este caso era distinto, desde un principio, apenas comprendió en su totalidad la escena del hecho, algo le comenzó a incomodar sobremanera. Este suicidio no podía hacerlo encajar en ninguna categoría, no había punto de comparación con los suicidios comunes con los que lidiaba asiduamente y además por alguna razón que no podía explicar estaba muy disgustado, enfadado e inquieto desde que comenzó con este caso no hacía más de una hora.

Tampoco era que tuviera alguna duda con respecto a la autoría, a pesar de la categorización policial primaria de “muerte dudosa” que seguramente llevaría el informe, era un suicidio evidente. Había testigos presenciales, estaba el arma de la cual evidentemente había salido el disparo, el fallecido profesor aun la aferraba en su mano derecha, ahora a causa del aparente “rigor mortis”, estaba esa nota que el inspector trataba de leer y sin embargo su instinto se agitaba, lo tomaba por las solapas y le decía. No Avigor, no creas solo en lo que vez, algo está muy mal en todo esto, ten mucho cuidado.

Obviamente el muerto era un hombre zurdo o ambidiestro porque si se hubiera disparado en la cien, como se presentaban la mayoría de los suicidios por arma de fuego, lo hubiera hecho con una sola mano, la izquierda o la derecha y la pistola hubiera caído al suelo. Pero al tomarla con las dos manos e introducírsela profundamente en la boca, el arma había quedado aferrada al dedo índice, esto era de manual, no aceptaba ninguna discusión.

Lieberman estudiaba meticulosamente cada detalle del hecho, principalmente en la posición en que había quedado el cadáver. Al principio le pareció raro que hubiera quedado con la cabeza, o mejor dicho con lo que quedaba de ella, sobre el escritorio pero al analizar el sillón de respaldo alto y firme se dio cuenta que el mismo había obrado como una especie de colchón o muelle que primero contuvo el impulso hacia atrás que le dio el disparo y luego por efecto látigo, trajo el cuerpo hacia adelante dejándolo en la posición que estaba ahora.

Si todo esto hubiera acontecido en la soledad de un estudio, en la intimidad de la última decisión de un ser humano, la cosa hubiera requerido una cantidad de papeleo determinada por el protocolo, más tarde en el expediente, se adjuntaría el informe técnico del forense, un par de impresiones personales en la jerga policíaca, del tipo ´´Se encontró al occiso yaciendo de cubito dorsal´´ u otras aún peores expresiones de ese lenguaje que tanto les gusta a los oficiales superiores cuando leen los informes policiales tal y como lo exige la formalidad. Luego alguna impresión personal del investigador a cargo del caso, y todo listo, sello, firma, caso cerrado, archivado.

Pero esto no solo era diferente, era algo tan aberrante que Lieberman todavía seguía pasmado, le costaba acomodar su mente y mucho menos emplear algún procedimiento policíaco lógico, valerse como detective de alguna táctica establecida e instaurada para analizar los hechos.

Por eso ahora, había decidido dejar el análisis del cuerpo para más tarde y trato de centrarse únicamente en las hojas de papel que había sacado del portafolio del muerto. Algunas de ellas, la mayoría, eran manuscritas por el profesor, y se encontraban esparcidas en el escritorio y dentro del portafolio.

La mente del policía se agitaba bastante descontrolada, le costaba horrores examinar. Estaba casi superado por el espanto. Cuanto más avanzaba en la lectura de esas hojas dejadas por el profesor Samuel Felman.

Digámoslo de una vez por todas, antes de volarse la cabeza delante de toda su clase, unos treinta adolecentes ahora totalmente aterrorizados que difícilmente podrían recobrar el equilibrio emocional después de lo que habían visto, el inspector Lieberman cuanto más avanzaba en la investigación, más se daba cuenta que en este lugar y alrededor de este suicidio había algo muy anómalo, tremendamente extraño y que además estaba escondido a mucha profundidad.

Algo si era evidente. El profesor Samuel Felman ya había tomado su decisión de muerte mucho antes del suicidio, seguramente hace días que la idea era irrevocable, hacia muchos días que la pulsión de muerte, como una cortante navaja, había rayado su cerebro en forma definitiva, irreversible. Probablemente si no hubiera consumado el acto acá, en su aula, lo hubiera hecho esta noche en su casa, o mañana, o la semana que viene en algún otro lugar apartado, sin duda que era algo concluyente, pero lo hizo acá, en este sitio, de la peor manera imaginable y eso lo cambiaba todo.

¿Entonces? Que lo indujo a adelantar tan bruscamente el acontecimiento. ¿Que fue lo que Felman vio o escucho un minuto antes de morir?

La mente adiestrada del inspector Lieberman, ahora un poco más despejada, empezaba a “levantar revoluciones”, intentaba tomar velocidad.

Levanto la cabeza de la escritura del suicida y otra vez miraba y atendía cada detalle del cuerpo sobre el escritorio.

Suavemente alzo el lienzo blanco que apenas cubría la cabeza destrozada por el disparo pero no vio nada raro, algún detalle para consultar a los forenses tal vez, pero estaba seguro que de ahí no iba a sacar nada importante.

Estaba clarísimo, el suicido obviamente fue como un impulso no meditado, algo espontaneo que además lo llevo a cabo porque tenía en su portafolio y muy a mano la pistola, la tremenda Sig Sauer p220 Exelent, calibre 45, un arma pequeña de formato y no muy precisa pero de una potencia monstruosa y la prueba estaba a la vista, la mitad de su cabeza quedó esparcida en un radio de 5 metros.

Lieberman decidió una vez más dejar el cuerpo, no tocar nada más y esperar la llegada de los peritos forenses.

Levanto la vista y miro hacia el aula, no pudo imaginar aunque lo intento, el horror de esos chicos mirando este acto demencial, inaudito de su profesor volándose literalmente la cabeza delante de toda la clase.

Este espeluznante hecho, el del aula llena de adolecentes obligados a presenciar algo tan espantoso, por si solo ponía en evidencia que no estaba frente a un suicidio común. Era inverosímil, una aberración que seguramente escondía cosas muy pero muy raras.

Además no lo podía contener, algo le gritaba interiormente que debía alejarse lo más rápidamente que pudiera de ese lugar y particularmente de este caso, eso era la raíz de su disgusto, pero ya era demasiado tarde, al contestar la llamada de la Central Haifa había aceptado oficialmente el caso.

La particular nota suicida, después de la terrible introducción, continuaba serena y extrañamente descriptiva y si se analizaba fríamente no difería mucho de otras notas suicidas que hubiera visto antes.

Lieberman trato con gran esfuerzo de concentrarse en la lectura.

“Escribo esto simplemente con la esperanza de que alguien encuentre estas hojas y dotado con más coraje que el que yo tengo se vea obligado a develar la verdad de todo lo ocurrido en estos últimos meses”. Así continuaba la nota póstuma del profesor Samuel Felman.

“Que nadie se engañe, lo que voy hacer no será para nada una decisión sostenida por el valor o una muestra final de valentía, simplemente obedece a la necesidad de conseguir un alivio, escapar de algo espantoso que entreví hace apenas dos semanas y que hace que no tenga más ganas de vivir bajo estas circunstancias. Solo me mantiene vivo la cada vez más tenue esperanza de encontrar con vida a mi hijo Mariano”.

“Nuestra simple capacidad humana no tiene posibilidades de entender y mucho menos convivir con algo así y yo, estoy muy cansado como para hacerle frente”.

“Que nadie se llame a engaño ni tergiverse mis intenciones. La fuga desesperada es la única razón que me obliga a usar el mayor renunciamiento que puede experimentar un ser humano. El renunciamiento a la vida y lo utilizo como una puerta de escape para mi mente trastornada. Nunca debí haber mirado de frente la espantosa realidad que nos asedia, que nos tiene acorralados a todos, ceñidos por la garganta aunque no lo sepamos y pensemos que nuestra vida y todos nuestros actos son trascendentes y reflejan nuestra libertad de decisión”.

“Fui un tonto, mire con ingenuidad, cándidamente, sin saber. Lo hice sin proponérmelo pero después de haberlo hecho sin ningún amortiguador ni muelle que atemperara el golpe, después de apenas vislumbrar el aterrador abismo, después de descubrir la espantosa mentira en que vivimos, no veo otra salida que la muerte indulgente”.

“Guardo la ilusión que Mariano mi hijo, o tal vez otra generación de humanos, más preparados, menos vulnerables encuentren una forma de pelear contra el mal y lograr la libertad, es mi única ilusión y mi único consuelo.”

El inspector Lieberman esbozo una leve sonrisa de satisfacción, por primera vez encontraba algo a donde asirse, algo que el adiestrado sabueso policíaco podía morder.

Esta era la evidente confirmación de que Felman vio algo antes de suicidarse que lo obligó a tomar tan drástica decisión. Lo que había escrito el profesor. El principio de esta nota confirmaba plenamente la hipótesis de que el impulso suicida fue espontáneo motivado por algo que vio segundos antes de dispararse en la cabeza. Si había alguna duda, ya no la tenía, ¿pero que fue lo que este hombre vio o escuchó antes de disparase?.

10.40 A.M. Hora del Meridiano
Ciudad de Haifa

Dos horas y media después del suicidio

Ansiosamente el inspector Lieberman comenzó a revisar todos los papeles dejados por el profesor Felman, los que había a la vista sobre el escritorio y los que estaban dentro del portafolio. En estas notas definitivamente estaba la clave del horrendo suicidio.

Miró el extraño sobre azul sin remitente, revolvió algunas hojas y se topó de lleno con dos fotografías que Felman había acomodado una al lado de la otra sobre el escritorio.

Al principio no entendía bien que eran esas fotos. En realidad las dos eran una secuencia de una misma escena, una tomada a unos treinta o cuarenta metros, tal vez un poco más y la otra a escasos dos o tres metros de distancia, casi un primer plano.

La mente de Lieberman surfeaba con escaso éxito una enorme ola de confusión, nada de lo que había en esta escena era normal y estas dos malditas fotografías no eran la excepción.

Cuando su lógica policíaca se repuso un poco, el inspector volvió a mirar otra vez con detenimiento las imágenes que habían desatado este terrible drama, y sin apartar sus ojos de ellas solo atinó a gritar con gran vehemencia. ¡Salo!, Salo! Ven aquí, ¡Rápido!

El sargento Salo Avidan estaba en el pasillo cerca de la puerta del salón de clases entrevistando a las encargadas de la limpieza de esa parte de la academia. Eran dos señoras mayores, dos matronas de uniforme azul oscuro, que lucían muy afectadas y no podían explicar mucho lo que había pasado.

—Es increíble— Repetían a coro.

—No puede ser. El profesor Felman, un verdadero caballero, siempre amable con todo el mundo, muy correcto con los chicos, hacía años que dictaba clases de Historia del Arte en este instituto, y también lo hacía en dos colegios más de Haifa. Además era consultor y profesor adjunto en el ORT Braude de Carmiel, sí, un señor muy trabajador—.

Los gritos desaforados de Lieberman resonaron una vez más por todo el pasillo aunque la puerta del aula estaba cerrada. El sargento Salomón Avidan dio un salto al escuchar los gritos intemperantes de su jefe. Avergonzado, se disculpó rápidamente con sus interlocuras.

(Shlija, Shlija), mis disculpas señoras— Dijo bajito y salió disparado hacia el aula donde aún estaba el cadáver del que fue en vida el profesor Samuel Felman y por la procedencia de los gritos desaforados, también el Inspector Lieberman.

— ¿Qué pasa señor, porqué grita así? Estaba afuera, en el pasillo interrogando a la gente de la limpieza—

— ¡Venga aquí sargento y dígame “qué coño” ve en estas fotografías!— Dijo Lieberman en tono bastante autoritario, cosa sumamente rara en él.

¿Qué es esto Salo? dime lo que vez en estas dos fotografías y sobre todo dime quien crees que es este tipo de la segunda foto?.

—Mientras señalaba con el dedo a una de las personas que aparecían en la imagen. —

El sargento Avidan miró con desconfianza las fotografías. No estaba acostumbrado a que le gritaran y tampoco entendía muy bien a que se debía todo este alboroto.

Empujo un poco de costado a Lieberman que continuaba estático junto al escritorio, posó su mirada sobre las dos fotografías y en primera instancia no le llamaron mucho la atención, eran dos imágenes tomadas de noche, iluminadas evidentemente con luz artificial, eran tomas bastante claras, totalmente nítidas hasta en el último detalle como si las hubiese realizado un profesional y con una cámara de gran definición.

—El hombre mayor de la segunda fotografía Salo. ¡Por favor! ¡Mira al hombre mayor de la segunda fotografía! ¿Quién te parece que es?, por Dios—

Dijo Lieberman en un tono bastante angustiado.

— ¡Mierda!, ¡Mierda! —

Comenzó a decir el sargento sin parar, mientras se apartaba asustado del escritorio.

—No puede ser, que carajo hace este tipo acá—.

10.35 A.M. Hora del Meridiano
Ciudad de Haifa

Dos horas 25 minutos después del suicidio

Cada vez más intrigado con la insistencia del fallecido profesor de que no debería haber visto lo que vio, el inspector Lieberman continuó con la lectura de la extensa nota manuscrita dejada por Felman como justificación del espantoso suicidio.

“Todo comenzó hace un año atrás, en pleno invierno, a mediados de febrero”.

Continuaba escribiendo semanas antes de su muerte el “Suicida de Haifa” como ya estaban llamando al caso de Samuel Felman varios oficiales de policía que intervenían en el mismo.

“Vivimos con mi familia en el norte de Israel, en la pacífica ciudad de Carmiel”.

Hicimos Alía desde Argentina hace muchos años, cuando Mariano era apenas un bebé y tanto yo como la familia nos adaptamos perfectamente y nos integramos rápidamente a la sociedad Israelí

Mi hijo menor Mariano, un jovencito ahora de 22 años, lleno de vida y proyectos, cumpliendo con su deber para el país, transitaba con gran alegría y bastante éxito su servicio militar obligatorio. Todo parecía indicar que estábamos asistiendo al nacimiento de una firme vocación por la carrera de las armas cosa que nos llenaba de orgullo a toda la familia.

No era simplemente una expresión de deseos. Me lo indicaron personalmente sus superiores. En la fiesta, cuando comenzó su tercer año de servicio militar, estaban todos los jefes muy satisfechos con su desempeñó, tenía muy buenas calificaciones y pretendían que continuara con la carrera como militar profesional, ya se lo habían propuesto y el chico estaba muy emocionado con la sugerencia.

Mariano desde un principio fue asignado a una sección de Doverzalt. Esta función le permitía viajar por todo el país visitando las bases y destacamentos más alejados de Zahal sirviendo muchas veces como fotógrafo oficial del ejército. La fotografía siempre despertó su entusiasmo, desde que era un niño.

El inspector Lieberman hacia esfuerzos sobrehumanos para entender las razones que tuvo este personaje para hacer lo que hizo.

Sin duda, su acto no admitía ninguna justificación. Destrozar en un segundo la psiquis de 30 indefensos jovencitos, haciéndoles ver la escena más horrorosa que podrían haber visto en su vida no tenía perdón. Además, hacerlo tan gratuitamente, sin la más mínima necesidad, sin excusa ni descargo.

No, definitivamente este ser humano no tenía perdón, era una aberración inconmensurable lo que hizo. Pero, por esa misma razón debía averiguar qué lo impulso, porque este hombre decidió ser protagonista y único responsable de tan deplorable acto. Pero además estaban esas fotografías, que era todo esto, como se relacionaban dos hechos tan inverosímiles?

El inspector más experimentado y profesional de la Policía de Haifa, continuó, no sin esfuerzo, la lectura de la última nota del suicida.

Un día todo cambio. Tardé un tiempo en darme cuenta pero una luz de alarma se prendió en mi psiquis cuando una tarde lo vi. Mariano sentado en su cama, con su uniforme tirado en el suelo y la cabeza entre las manos en actitud de estar tremendamente deprimido.

Me senté a su lado bastante alarmado. Nunca lo había visto tan lúgubre y desanimado. Además, por naturaleza, Marianito no era para nada un chico de carácter melancólico ni tristón. Al contrario, siempre estaba alegre y de buen ánimo, a veces inclusive había que decirle que bajara las revoluciones porque cansaba a todo el mundo con tanto despliegue de energía.

Ese día era diferente. Solo recuerdo que me preocupe bastante al ver su semblante pálido, agotado como si no hubiera logrado dormir en toda la noche y pensé que estaba verdaderamente enfermo. Le toqué la frente para comprobar si tenía fiebre y me asuste aún más. Estaba helado, frio como un mármol y sus ojos parecían dos cavernas profundas.

¡Qué te pasa hijo!. Por favor dime que pasa, hace días que estás como soportando una fuerte gripe, todos te hemos notado mal, muy enfermo.

8.10 A.M. Hora del Meridiano
Ciudad de Haifa

20 minutos antes del suicidio

El salón de clases era un pandemonio. Gritos destemplados, alumnos sentados encima de los pupitres, groseros empujones, todos los Smartphone funcionando desaforadamente mandando mensajes de texto al compañero que tenían al lado, grupos de chicas gritando y riéndose como locas y cuatro o cinco alumnos varones jugando al futbol con una enorme bola de papel y tiras de goma en el fondo del salón. Un verdadero desquicio, como todas las aulas del mundo con adolecentes cuando el profesor se retrasa un poco.

Peligro, peligro!! Viene el profe. Grito una preciosa morochita de larga trenza hasta la mitad de la espalda y pollera cortísima sobre la rodilla mientras corría espantada empujando con increíble fuerza a todo el que se cruzaba en su camino sin importarle que fuera persona o mueble y de un salto procedió a sentarse muy arregladamente en su asiento, poniendo casi al instante cara de ángel sereno, sosegada como si hubiera estado tranquila y quieta todo el día en su lugar, sin moverse.

Cuando la puerta se abrió, hubo un gran silencio. En el acto entro un hombre de unos 50 años, alto, cabello muy bien cortado entre cano, de aspecto distinguido, vestido como profesor, con una chaqueta impecable de pana gris, suéter y corbata al tono pero a pesar de ser previsible para la profesión, todo el conjunto denotaba evidente elegancia, era algo bastante elaborado con muy buen gusto.

El hombre apenas saludó a su clase, por inercia dijo algo parecido a un saludo y movió la cabeza, se mostraba totalmente alejado, ajeno de la realidad y tan pálido que parecía que no tenía rostro, solo resaltaban en su cara los enormes ojos de color celeste profundo. Ojos raramente brillantes, resplandecientes, a pesar del generoso sol matutino de la bahía de la ciudad de Haifa que a esa hora de la mañana entraba a raudales por los enormes ventanales de la Academia de Artes Plásticas.

La Academia era una moderna construcción de dos pisos, un edificio todo vidriado, ubicado frente al Tecnion, la afamada universidad de la ciudad de Haifa emplazada en el lomo, en la parte más alta del bíblico monte Carmel.

Era muy extraño ver la cara de este hombre porque a pesar de la gran luminosidad de la mañana mediterránea, sus ojos parecían como si estuvieran encendidos, resaltaban sobre la claridad como si tuvieran luz propia.

El hombre ni siquiera miró a sus alumnos, tampoco se percató de la montaña de papeles, cuadernos y mochilas que había tiradas en el piso ni de la mesa dada vuelta patas arriba que aparecía acusadora en el fondo del aula.

El profesor respiro profundamente, puso su coqueto portafolio de cuero marrón sobre el escritorio y lo abrió. Sacó algunas notas manuscritas, las puso junto a todos los sobres y papeles que tenía en la otra mano, los que le habían entregado en la portería del Instituto cuando entró. Se sentó torpemente en su sillón y visiblemente temblando comenzó a abrir la correspondencia que había traído.

Con evidente nerviosismo rasgaba y rompía los sobres apenas leía su contenido, algunos ni siquiera los abría solo miraba su remitente y los desechaba, lo hacía casi con desprecio demostrando a las claras, que no le importaban en absoluto.

Cuando le tocó el turno a un sobre de papel, bastante grande y de un raro color azul, a diferencia de los otros, lo abrió con sumo cuidado, con grandes precauciones, con indisimulado nerviosismo.

Saco algo de su interior, eran dos chapitas de metal plateado, una con una cadenita del mismo material, y dos fotografías de tamaño bastante grande.

Acomodo las fotografías una al lado de la otra. Las miro con detenimiento, lo hizo también con las chapitas plateadas, parecía como que no podía entender que eran esos objetos de metal que había sacado del sobre y segundos después dio un salto en la silla, se irguió apoyando las manos en el escritorio sin apartar la mirada de lo que había sacado del sobre azul.

Su cara había cambiado drásticamente, ahora estaba como hinchada, inflada y de color rojo.

—Malditos! —Murmuró exaltado con un tono gutural, un tono de voz tan extraño e infrecuente que apenas fue entendido por los chicos de la primera fila.

—Pobre mi niño—. Repitió con el mismo tono.

—Hijos de puta!! Pero a mí no me tendrán, no les daré el gusto—

Toda la clase de primer año de Historia del Arte ahora tenía los ojos fijos en su profesor, los chicos ya se habían dado cuenta que algo no andaba bien.

Pero Samuel Felman, reconocido Profesor, Catedrático Universitario, Crítico de Arte, Periodista y escritor de relativo éxito, ni siquiera los veía, probablemente ni siquiera sabía que estaban ahí.

Temblando ostensiblemente y con gran dificultad introdujo la mano en su elegante portafolio francés de cuero marrón, sacó de su interior la pistola semiautomática, una poderosa Sig Sauer P220 Exelent, calibre 45 milímetros, la misma que lo acompañó constantemente durante la última semana.

Sin mirarla y sin dudarlo un instante, como si hubiera sacado del portafolio una lapicera, la tomo con las dos manos e introdujo profundamente el caño en su boca, apretó el gatillo con gran fuerza y se voló la tapa de los sesos.

10.39 A.M. Hora del Meridiano
Ciudad de Haifa

Dos horas 32 minutos después del suicidio

Lieberman se había quedado sin palabras, mejor dicho, dudaba entre varias y solo atinaba a mirar a su atribulado ayudante, el sargento Salomón Avidan.

— ¿Salo?... ¿Estaba toda la clase presente cuando… cuando este hombre hizo… hizo esto?—

Dijo con tono incrédulo.

— ¿Todos los chicos presenciaron algo tan espantoso? —

—Por favor, dime que me equivoco Salo—

—No inspector, no se equivoca. Toda la clase presencio el suicidio—

—Y como consecuencia directa le diré que ahora tenemos alrededor de treinta adolecentes internados en distintos hospitales de la ciudad, todos profundamente sedados y con un cuadro de angustia extrema—.

— Algunos de ellos están internados en el Ram Bam y otros, los que fueron salpicados por toda esa sangre que usted puede ver en los pupitres de las primeras filas. Estos pobres son los que cayeron en graves ataques de pánico. Los de peor diagnostico están ahora en el Bnai Zion, recluidos, bajo sedantes y en observación permanente—.

—Además inspector, permítame decirle que tenemos otra embarazosa complicación—

Lieberman miraba atónito a su ayudante sin dar mucho crédito aun a todo lo que este le contaba, mientras, el sargento le mencionaba diversos datos con la hora y minutos en que habían ocurrido, todos sacados de una libretita de apuntes que sostenía en sus manos.

El inspector cuando recibió la llamada de la Central de Policía informándole del hecho pensó que simplemente era un caso de suicidio, de los convencionales, ahora estaba arrepentido de haber contestado la llamada de Central Haifa.

—¿Una embarazosa complicación en este caso? No te creo Salo—

Dijo el inspector en un tono medio jocoso, y se arrepintió inmediatamente. Esto era cualquier cosa menos algo digno de risa.

—Si inspector, un tema bastante incómodo. El problema es con algunos padres de los chicos, con los primeros que llegaron, son los que además vieron directamente toda la escena, la sangre y escucharon el griterío de los chicos—.

—Llegaron aproximadamente. ¿ A ver?, ¿a ver? Si, si acá esta—.

Dijo el veterano policía, mostrándole a Lieberman una hoja de la clásica libretita.

—Ve usted—.

—Llegaron cuatro padres al instituto a las 9.30 PM, unos diez o quince minutos después de ocurrido el hecho—

—Supongo que estaban cerca—. Continúo el sargento. —Sus hijos les deben haber avisado por teléfono y llegaron antes que nosotros. El problema, señor, es que algunos de estos padres quisieron linchar al director del colegio. Le echaron la culpa de lo que paso, de lo que vieron sus hijos y de lo afectados que estaban los jóvenes. Hubo una reyerta cuando el director intentaba poner un poco de orden a todo este desgraciado asunto. Lo golpearon bastante fuerte con una silla y varios de ellos intentaron colgarlo del techo, de ese gancho que hay allí en la entrada—

—Tenemos a dos detenidos en la comisaria—

— (Balagan), ¡Que lío!. Lo único que nos faltaba. Un intento de linchamiento. Pero, pero, ¿qué clase de trastornado les hace presenciar una cosa así a unos indefensos jovencitos? ¿Pudiste hablar con alguno?—

—No inspector, fue imposible, hace una hora atrás, antes de que llegaran las ambulancias que trasladaron a los chicos a los hospitales este lugar era un pandemonio, un desquicio, lo único que pude hacer es preservar la escena, imposible de ordenar nada y mucho menos comenzar con algún interrogatorio—

—Tengo todas las direcciones y los teléfonos de los padres por si quiere hablar con ellos. —

—No, no, está bien Salo, no te preocupes, ya llegaremos a esa instancia, hiciste lo que tenías que hacer, lo que podías hacer en… en esta situación, gracias—.

A Lieberman le seguía rechinando los dientes todas los entornos que rodeaban a este caso. Primero era inconcebible que un profesor de tantos años de carrera, con tanta experiencia y prestigio docente, acostumbrado a tratar con adolecentes, evidentemente una persona con gran sensibilidad para con los chicos, hubiera hecho una cosa así delante de toda su clase. No, definitivamente era algo inaceptable, acá había algo más que un tenebroso y desquiciante suicidio.

Con muy pocas ganas se acomodó otros guantes de látex más gruesos porque debía tocar el cadáver, tal y como indicaba el protocolo, pero primero comenzó a revisar el contenido del portafolio.

— ¡Salo! Nadie toco nada del escritorio, ¿verdad? —

Le pregunto Lieberman al sargento Avidan que ya estaba saliendo del salón de clases.

—No señor, usted es el primero en acercarse al cadáver y subirse a esa tarima donde está el escritorio, me aseguré muy bien de ello—

—Bien, veamos si podemos deducir cómo fueron los últimos minutos de vida de este individuo—

Lieberman conocía perfectamente su oficio. Sabía por experiencia de tantos años en homicidios y de lidiar con tantos cadáveres, que los suicidas, los verdaderos, son muy discretos, sensatos si se puede decir esto de una persona que va a tomar la decisión irreversible de quitarse la vida. El que se quiere matar, generalmente lo hace solo, tal vez por vergüenza o lo que sea pero no quiere testigos, no quiere que su muerte sea un espectáculo, una representación para otros.

Los suicidas que hacen lo que hizo este hombre son la mayoría de la veces delincuentes acorralados, gente totalmente desesperada que se guardan la última bala para ellos mismos y se matan delante de los demás sin importarles nada.

Lo hacen porque no quieren ir presos o por no poder soportar la tortura o lo que sea. Pero la gran mayoría de los verdaderos suicidas siempre trata de evitar la presencia de otras personas.

Este no, este no trato de ocultar nada. Al contrario, este maldito individuo trato de que todo el mundo lo viera, como si quisiera a último momento y de la peor manera potenciar su macabro postrimero mensaje.

Pero que le hizo cambiar la ubicación del acto, que lo obligó? En el principio de la nota que dejó, señala claramente que no pretendía hacerlo todavía, era una decisión ya tomada, sin duda pero la ejecución permanecía en stand-by, quedaba para otro momento, como esperando algo, no pretendía que fuera hoy y supongo que mucho menos en este lugar. Algo pasó o vio que lo trastorno todo, principalmente a él.

Ciudad de Carmiel. Ha Zafon, Norte de Israel

60 Días antes del suicidio. Nota manuscrita dejada por el profesor Samuel Felman dos meses antes de suicidarse

—Mariano, por favor, cuéntame que te sucede, hijo—

Así continuaba la nota póstuma del profesor Felman, la que había sacado el inspector del portafolio junto a su cadáver y que había dejado de lado para hablar con su ayudante.

—Recuerdo ahora como se puso a llorar desconsoladamente, como puso sus manos sobre su cara tratando de apartar unos pensamientos evidentemente demasiado lúgubres, desagradables—.

Continuaba la nota póstuma del profesor.

—Yo seguía sin tener muy en claro lo que le pasaba pero desde ese momento decidí no abandonarlo ni un minuto, me asusté muchísimo

—¡Basta Mariano!. No quiero verte mas así, junto con tu madre te educamos para que enfrentes los problemas y no para que te dejes llevar por la desolación y el pesimismo como un mequetrefe sin voluntad ni cerebro. ¡Basta de llantos! Y dime de una vez qué te está pasando—.

10.40 A.M. Hora del Meridiano
Ciudad de Haifa

Dos horas 40 minutos después del suicidio. Escena del crimen junto al cadáver de Samuel Felman

—Inspector, inspector, por favor señor—.

Era la voz del médico forense de la Policía de Haifa.

—Señor, ¿le pasa algo…?. Inspector—

Avigor Lieberman, muy alterado por lo que mostraban las fotografías que había descubierto entre los papeles del profesor Felman, parado delante del cadáver, extático, sin apartarse del escritorio, no escuchaba nada y su mente viajaba a toda velocidad por otras realidades, tal vez mas lógicas que esta.

Cuando pudo reaccionar, pidió disculpas al médico y a sus ayudantes, apartándose del camino se dirigió al sargento Salo Avidan que era el que había hecho pasar a los técnicos para que examinaran el cadáver, muy alterado porque también él había visto las extrañas fotografías.

—Salo, por favor, ayúdame con los papeles y con el portafolio del occiso, debemos preservar estas pruebas ante cualquier contaminación, son muy importantes. Llevémonos todo esto con mucho cuidado a la comisaria y dejemos trabajar al Dr. Rami y a su gente—.

—Discúlpeme doctor, después hablamos cuando tenga un informe preliminar de todo esto. Por favor le pido que tenga mucho cuidado con el arma cuando la saque de la mano del occiso, el sargento Avidan la tiene que llevar a balística—.

El médico forense y sus dos ayudantes a pesar de su profesión y de lo que estaban acostumbrados a ver todos los días, tampoco se veían muy cómodos con todo este horror que se desplegaba ante sus ojos. El Dr. Rami, viejo conocido de Lieberman con más de quince años de médico y otro tanto de director del Laboratorio Forense de la Policía de Haifa, asentía con la cabeza a todo lo que le decía Lieberman.

—Avigor, por favor, dime que paso acá, explícame un poco lo que estoy viendo. —

Dijo el forense tan afectado como cualquiera otra persona que viera ese cadáver sobre un enorme charco de sangre, casi sin cabeza, desparramado sobre un escritorio en un aula de un colegio de la ciudad de Haifa.

—No lo sé Rami, te juro que no lo sé. Quiero alejarme un poco de todo esto, poner un poco de distancia frente a este desquicio, desde el medio del horror no puedo pensar muy bien—.

—Podrás creer que este inmoral se suicidó delante de toda su clase, treinta jovencitos que ahora están internados víctimas de ataques de pánico por lo que este anormal les hizo presenciar—.

—Por favor Rami, has bien tu trabajo, no dejes ningún resquicio ni ningún cabo suelto, quiero cerrar esta aberración lo antes posible—.

—Te encargo especialmente lo de la pistola, no debe quedar la más mínima duda con respecto a quien disparo esa calibre 45—

—Además quiero saber porque quedó con la pistola atrapada en la mano si el “rigor mortis” aparecerá recién dentro de un par de horas—.

—Si— Dijo el médico.

—Por lo que veo supongo que pasaron un poco más de dos horas del deceso—.

—Lo del arma es algo común en este tipo de muertes Jacob y por la forma y posición en la que se disparó, sería muy difícil que no lo hiciera, que soltara la pistola. Los que se disparan en la boca con trayectoria ascendente del proyectil casi nunca sueltan el arma, no lo pueden hacer—.

—En realidad tiene sujeta el arma por una especie de calambre o rigidez muscular instantánea ocasionada por el shock, pero no es “rigor mortis”, aun—

—No te preocupes, me voy a encargar personalmente de este asunto, no lo voy a delegar en nadie y esta noche, a última hora tendrás la mayoría de los resultados de la autopsia y en un par de días el resto—

—Toda rava Rami, toda rava, muchas gracias. Es tan fuera de lugar todo este asunto que me alegra mucho que tú te encargues de la parte técnica, me deja más tranquilo. Saquémonos de arriba rápidamente toda esta mierda—.

Lieberman, con sumo cuidado, comenzó a reunir los papeles que tenía en su poder el profesor antes de su inaudita muerte. Puso todo con mucha atención dentro del portafolio marrón y fue cuando vio entre los papeles, el extraño sobre color azul y sobre el las malditas fotografías.

Si, eran las perversas fotos que le había mostrado minutos antes a su ayudante, que si no resultaban falsas o trucadas con algún programa de edición de imágenes, convertirían este caso en algo aún mucho más extraño y descabellado de lo que ya aparecía a simple vista.

Pero no debería preocuparse ahora. Había decidido junto a su ayudante no mencionar aun las dos fotos a nadie, estaba seguro que si hablaba antes de asegurarse fehacientemente de su autenticidad y tuviera para respaldarse el informe afirmativo de varios técnicos reconocidos, se transformaría en el hazmerreír de toda la policía de Israel.

Guardo cuidadosamente las dos imágenes en una bolsa de plástico y en ese momento, debajo de una de las fotografías encontró las chapitas.

Eran dos chapitas de metal con inscripciones en bajo relieve estampadas. Sin duda eran las clásicas chapas identificadoras del ejército Israelí, las chapas que llevan colgadas al cuello todos los soldados regulares del mundo. Las dos piezas estaban evidentemente manchadas de sangre, pero sin duda con sangre muy diferente a la del profesor Felman porque esta sangre era de color marrón oscuro como el óxido. Evidentemente las chapitas y la cadena de una de ellas estaba manchada con sangre derramada por lo menos dos o tres días atrás.

Las placas eran muy conocidas por el inspector Lieberman, como soldado veterano de dos décadas en el ejército Israelí sabía perfectamente que eran y para que servían.

Una, la que tenía la cadenita, iba sujeta al cuello del soldado con todos sus datos filiatorios y tenía estampado un número de seis cifras. Ese número era la clave para lograr rápidamente información importante al momento de identificar un cadáver en el campo de batalla.

La otra, iba sujeta a una de las botas del soldado. Mentalidad y razonamiento militar clásico, simplemente estaba ahí en la bota por si un pie era lo único que quedaba del soldado para identificarlo.

Ciudad de Carmiel. Ha Zafon, Norte de Israel

60 Días antes del suicidio

Así continuaba la nota póstuma dejada por el fallecido profesor Samuel Felman encontrada por el Inspector Jacob Lieberman junto al cadáver

“Al desamparado chico, mi pobre niño, le costó un buen rato reponerse. Recuerdo que le traje un té y una aspirina para reanimarlo un poco. Pensé llamar a su madre que en ese momento estaba en Tel-Aviv, en tratamiento médico y se lo propuse concretamente pero no quiso de ninguna manera que la alarmara.

Espere unos minutos a que él té caliente y la aspirina hicieran efecto y después lo obligué a que me contara absolutamente todo. Tal vez fui un poco brusco, reconozco que cuando me siento amenazado o amenazan a alguien de mi familia no tengo ningún tacto ni buenos modales, pero si quería ayudar a mi hijo no podía ignorar ningún detalle de lo que le estaba sucediendo y cada vez me convencía más que Mariano se sentía verdaderamente intimidado por algo que yo ignoraba totalmente. No había lugar para urbanidades o cortesías.

Cuando note que estaba cayendo otra vez en el desánimo, lo tome de un brazo y lo sacudí fuertemente.

— ¡Hey… amigo! Me vas a decir todo lo que te pasa. ¡Me oíste!, déjate de majaderías—.

El chico asintió con la cabeza y se paró. Comenzó a caminar muy nervioso de un lado al otro del cuarto y me dijo.

—Papá, te aseguro que no estoy loco, que no perdí los estribos ni nada que se le parezca y además sabes bien que no me interesan las drogas de ninguna especie, nunca me gustaron, es más, una vez que probé uno o dos porros de marihuana en una fiesta en Tel-Aviv, estuve enfermo una semana entera—.

—Te acuerdas el año pasado que mama me quería llevar al médico y yo no quería, que le iba a decir, que fumé un par de porros y me cayeron mal. Bueno, me sentí tan enfermo que me jure a mí mismo nunca más hacerlo y no lo he hecho—.

—No, Papi puedes estar seguro que no uso drogas. También puedes estar muy seguro que estoy perfectamente en mis cabales, que lo que voy a contarte no es producto de ninguna alucinación y aunque te suene increíble y fantástico, es la nada más que la pura realidad—.

Yo estaba cada vez más intrigado y molesto con esta conversación. Mariano estaba muy alterado y decía cosas ininteligibles, confusas o se detenía y le daba mucha importancia a detalles estúpidos e irrelevantes sobre cosas que no hacían a la cuestión de fondo. Pero igual decidí armarme de paciencia, quería llegar al fondo de este oscuro asunto.

—Por favor hijo, ¡habla ya—!

Mi hijo dio un respingo y como saliendo de un letargo me dijo

—Papá, el 6 de febrero. Salí de casa normalmente como todos los motsei sabat, los sábados a la tarde en que debía viajar a la base de Eilat. Salíamos muy temprano al otro día, de madrugada, en el primer vuelo desde el Namal HaTe'ufa, el aeropuerto de Haifa y por eso me quedaba en la ciudad.

—No tenía otra opción, debía tomar el sábado el último tren a Haifa, el que pasa por Akko a las 9.30 de la noche—.

—Llegué temprano a la estación y me encontré con el señor Beni Sokolof, el padre de Joshi mi amigo de Akko, el que tú conoces—.

—El señor Beni es maquinista del Raquevet de la Central Haifa de Israel Railways. Abordamos el tren y el señor Beni se subió en la locomotora porque tomaba servicio en no sé dónde, te dije que él conduce las locomotoras—.

—Había poca gente para tomar el tren a Haifa y hacia un frio de muerte, además lloviznaba—.

—En el segundo vagón éramos diez o doce personas, casi todos soldados que íbamos a tomar servicio—.

—Unos minutos después de haber salido de Ako ya íbamos a bastante velocidad, y la lluvia comenzaba a ser muy fuerte, yo miraba por la ventanilla pensando que lo único que quería en ese momento era estar en mi casa con mi computadora chateando con mis amigos—.

—Cinco minutos después, un poco antes de llegar a la planta de Rafael Advanced System el tren frenó de golpe. Fue una frenada muy fuerte, tremenda, tan enérgica y brusca que muchos de los bolsos que iban en el portaequipaje cayeron encima de nosotros y algunas personas volaron de sus asientos—.


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