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La vida en una ciudad del Norte











Pedro Hugo García Peláez



































Ambos tenían dieciséis años ha decir verdad era una edad difícil.


Se conocieron en una discoteca, él le pregunto a ella si estaba sola, y ella le dijo que había venido con unos amigos, de esta forma tan tonta empezó su relación.


Su vida a partir de entonces se reducía a pasar la noche en un reservado de una discoteca desde la salida del colegio hasta las diez u once de la noche.


Esas tardes-noches en el reservado de cualquiera de las discotecas que había en aquella pequeña ciudad te dejaban colocado, y no sé como ella conseguía hacer un esfuerzo para mantener vivo su sueño.


Ella quería ser médico y el tiempo que pasaba con él obviamente no lo dedicaba a estudiar. Ella se planteo hacer un esfuerzo y conseguir lo que anhelaba, aunque también anhelaba seguir con él.


Había noches en las que las discotecas donde iban estaban casi vacías, la gente de una pequeña ciudad suele ser austera, y además la gente de aquella ciudad tan convencional tenía que trabajar, no podían seguir el ritmo ocioso que ellos seguían, por eso estaban vacías, vacías como su futuro.


Había que reaccionar o aquella etapa de los dieciséis donde ya empiezan a exigirte obligaciones podía convertirse en una pesadilla en los meses siguientes.


La vida en una pequeña ciudad del Norte de España en los años ochenta era bastante peculiar, y a pesar de la templanza que aparentaba, no era oro todo lo que relucía y las desconfianzas surgían por cualquier esquina.


De una manera u otra todos se conocían y esa vieja ciudad los engullía a todos. Si querías salir de esa penumbra tenías que esforzarte.


Mónica sin embargo era transparente su sueño era ser médico, pero a su vez estaba enrollada con Nahuel con quien pasaba las tardes en aquella ciudad tranquila, donde parecía que los únicos que vivían la vida eran ellos.


Ella se complicaba buscando tener su tiempo y su espacio para estudiar y a la par seguir enrollada con él, sin embargo en el fondo tenía que decidir no podía seguir enganchada en esa ciudad.


Ella se daba cuenta que la gente cambiaba de cara tan rápido como el día daba paso a la noche. Pero se encontraba tan a gusto con su rollo que lo único que quería hacer era irse de juerga en juerga y de fiesta en fiesta con él.


Y es que en la pequeñas ciudades si te mueves en su ambiente nocturno te etiquetan rápidamente. Eres tratado como alguien que esta fuera de los convencionalismos sociales que reinan en las pequeñas ciudades.


Quizás por eso le dieron un toque a ella en el colegio. La envidia que desataba alguien tan joven viviendo la noche no pasaba desapercibida, y a la pobre le dijeron que mejor que podía hacer es que se cambiara de colegio.


A otro amigo de él casi le echan y Nahuel se había echado a él mismo.


A pesar de lo cruel de la criba por la que la pequeña ciudad te hacía pasar a veces, ella y su amigo remontaron el vuelo y con un gran esfuerzo consiguieron sortear ese primer escollo que la vida puso en su lugar.


Nada era lo que parecía aunque había un cierto aire de libertad en los años ochenta, bien cierto es que en la ciudad se seguían los convencionalismos que son los cimientos de las ciudades pequeñas, y sin en algunos momentos había tanta diversión como podías aguantar, otras veces parecía que estabas en una ciudad anclada en la Edad Media.


Un día pegándose el lote junto al edificio de telefónica, alguien les dijo algo, no se muy bien el qué, ni lo que farfullo. Ellos ajenos a los comentarios mantenían esa hoguera de rebeldía que estaba destinada a extinguirse, pero que ellos avivaban con toda la fuerza que podían.


Mientras tanto la mayoría de la gente se refugiaba en sus casas y en su trabajo como una norma que aun sin estar escrita era mayoritariamente aceptada.


Siempre quedaban los de siempre como si algo paranormal les incitase a saltarse las normas establecidas sin ninguna causa.


Algunos aparecían y otros desaparecían, unos se iban porque la ciudad les engullía mientras otros salían a atreverse a desafiar las antiguas murallas que alineaban la ciudad.


Se estaban haciendo mayores y sus sueños eran inmensamente más grandes que la realidad que vivían.


Se juntaba la rebeldía con el sonido de las campanas repicando para la misa de las cinco, se juntaba el hambre con las ganas de comer.


Había que ir al instituto era arriesgado no hacerlo ya que llamarían a tu familia. Pero los fines de semana el desenfreno llegaba a su apoteosis cuando los que tenían prohibido salir entre semana salían. Y todos se juntaban olvidando esa férrea disciplina que les imponía el colegio y su familia.


A veces se les acercaba alguna mujer que estaba limpiando las aceras la madrugada del Sábado y con una mezcla de ironía y a la vez de comprensión o tal vez no entendiendo como estaban ellos allí de madrugada les daba un poco de tema de conversación.


Y es que los fines de semana iban de bar en bar hasta que ya no encontraban ninguno abierto y se quedaban a retozar en cualquier parte.


Esta pequeña ciudad estaba rodeada de ríos, árboles centenarios y montañas, que a ellos no se les olvidaría ya que este entorno habían sido testigo e incluso partícipe de esta época donde estaba viviendo tan intensamente a ellos ya no se les olvidarían los paisajes de esta tierra.


Ella era la persona más dulce que he conocido no le cambiaba la cara a pesar de las asperezas a las que a veces te sometía esta pequeña ciudad y su entorno.


No se como aguantaba tener una relación que le absorbía tanto tiempo y a la vez mantener su sueño de ser médico, y es que ser médico no es nada fácil sino todo el mundo lo sería, aunque sólo fuese para curar sus propias heridas.


Una noche se sentaron en un bar junto a una pareja un poco mayor que se fijaba en ellos. Parecían tan distantes de la realidad que debían levantar interés.


Aquella noche algo cambio en ellos, la pequeña ciudad no les miro críticamente, quizás fue la primera vez o fue más intensa que las demás.


Estaban muy cerca de una plaza que había visto pasar diferentes reinados y toda clase de historias, y que ahora les mostraba su cara amable, la plaza era la historia viva de aquella ciudad y a pesar de haber sido testigo de innumerables historias ahora parecía sonreirles a ellos.


Mientras tanto ellos apuraban sus bebidas en el bar, que seguramente en el pasado habría sido una posada, que desde cientos de años atrás habría visto pasar incontables historias como las de ellos.



Aquel día algo meditaron; no sé si sería Lunes, Martes o Sábado. Daba igual el día... ellos tenían su reloj particular que adelantaban o atrasaban a su conveniencia, no había obstáculo sobre que hora debían verse si uno de los dos reclamaba la presencia del otro.


Se iban separando de los amigos comunes ya ni siquiera iban a jugar al billar o a las salas de videojuegos como los demás.


Ahora otros ocupaban su lugar en sus respectivas pandillas.


No eran muy conscientes de como vendrían los años venideros. Ellos la mayor parte del tiempo sólo vivían su presente.


Ellos al contrario que años antes, se encontraban más a gusto en la catedral de la ciudad que había visto pasar infinidad de reyes y reinas que vacilando en una sala de billares.


Eran muy vulnerables sin darse cuenta de ello.


Cualquier Lunes loco estresaba a la mayoría de la gente, y para ellos era sólo un día donde solo esperaban encontrarse un día más, sabiendo que cualquier desliz podía convertirse en el fin del sueño de ambos, ya que era un poco temeraria su actitud.


Les empezaba a acuciar de donde saldría el dinero para continuar su relación, ella era más lista y quería ser médico, él sin embargo no tenía ningún plan establecido. Otro martes o quizás otro sábado él lo dedicaría a pensar sobre eso.


El mundo despertaba mientras ellos seguían soñando y andando por esas milenarias calles ellos se juraron amor eterno mientras uno se dejaba llevar por el otro.


Llegó el verano con sus implacables rayos de sol que les recordaban que estaban a punto de salir sus notas del colegio.


A él le quedaron cuatro asignaturas y a ella dos si bien la situación era chunga tampoco era del todo desesperada.


Pero esos rayos de luz del verano que caían implacables sobre los dos no mentían al igual que el boletín de notas.


Ambos tenían que mejorar y hacer un esfuerzo, y por otra parte se iban a separar momentáneamente durante el verano, por lo que ambos se alegraron de tener un cierto tiempo para arreglar ese pequeño desaguisado, que en cierta manera era normal debido a la poca dedicación al estudio que tuvieron durante el largo invierno.


Estudiaron algo ese verano y cuando volvieron para examinarse él consiguió aprobar tres de cuatro y ella las dos que le quedaban. Milagrosamente habían salvado el escollo, ya que el verano es tiempo de cosecha, y es que si no tienes cosecha en el verano éste te aboca a irte a la puta calle.


Cuando volvieron a verse la alegría era inmensa y doble por haber pasado de curso y por haberse encontrado otra vez.


El bajo la guardia un poco sólo quería estar con ella y ella se había afianzado en su sueño de ser médico.


Nahuel quería ser físico pero con esas notas lo llevaba de culo, y además ese esfuerzo que hizo en verano no le incitó a ser más constante, más bien al contrario estaba convencido de sus propias capacidades que de alguna manera milagrosa le ayudarían a aprobar.


Aquel año empezó con el sabor agridulce de tenerla a ella pero echaba de menos a sus amigo pandilleros.


Él empezó a fumar porros con sus colegas cuando no estaba con ella se colocaban y andaban por las calles de la vieja ciudad como si fuera su patio particular.


Ella estaba más centrada y mantenía viva la esperanza de entrar en la Universidad, y por supuesto también mantenía su relación con él ajena a los colocones de él.


El se refugiaba fumando porros con los colegas que le hacían evadirse del poco interés que tenía por seguir estudiando.


Aquello era un desafío para una ciudad pequeña. Sus actos chirriaban en la conciencia de las personas que guardaban los convencionalismos, y entre profesores y alumnos del instituto también.


Eso en parte era la gota que colmaba el vaso y poco a poco las notas iban siendo peores, incluso más que las del curso anterior.


Él se dio cuenta que no iba a remontar pero ¿qué mas da si solo se vive una vez? pensó


Después de colocarse por la callejuelas de la ciudad quedaba con ella casi todas las tardes y lo pasaban de lujo, cuando se besaban a los dos se les quitaban todos los problemas.


Cuando iba al colegio de ella para buscarla veía con sus ojos la seriedad del edificio. Aquel edificio que a pesar de ser solo un colegio impresionaba con solo mirarlo, y que dejaría a muchos fuera como una máquina perfectamente engrasada que sólo daría a unos pocos el aprobado.


El la recogía se tomaban algo en un bar cercano y el se iba luego con sus colegas a colocarse, pero la verdad es que se sentían muy a gusto ambos en esos momentos.


Los días pasaban y el ya ni se planteaba aprobar el curso... era feliz con ella, y ella también era feliz con él, mientras seguía preparándose para entrar en la Universidad.


Su pelo largo y su personalidad dulce y quebradiza pero a la vez llena de gracia le hacían olvidar a él los problemas donde se estaba metiendo.


En su pandilla la mayor parte controlaba, otros incluido él ya no controlaban nada. Él no tenía más remedio que seguir con esa mentira, que ya no sabía ni como esconderla.


En el colegio sus notas cada vez eran peores, pero en el fondo ese tipo de vida era lo que él quería, y cuando alguien está determinado en hacer algo no hay fuerza que se lo quite de su cabeza ni que le pueda parar.


Su familia tampoco sabía nada y el tenía que mantener el engaño en diferentes frentes aunque sabía que en algún momento le pillarían.


Incluso sus amigos de la pandilla estaban madurando.

Pero él en cierta manera creía que estaba haciendo historia a su manera en su propio mundo, que estaba fuera de los cánones de esta pequeña ciudad.


A fin de cuentas en todas partes del mundo todo el mundo hacía más o menos lo mismo que él que era divertirse.


Aquel comienzo de curso empezó muy intensamente, a pesar que mientras tanto la ciudad le vigilaba.


Llegó La Navidad y sin comérselo ni bebérselo se encontró sólo en su casa con unos cuantos porros, quizás la vida te da ciertos toques de atención en momentos señalados.


A los dos meses de La Navidad se planteó dejar esa vida pero era imposible aquella ahora era su vida no tenía ni fuerza ni ganas para cambiar.


Iba de un lado para otro más bien colocado que otra cosa.


El invierno acabó y lo único que quería era colocarse cada vez más fuerte. La verdad es que esta etapa era ya el apoteosis final y andaba demasiado colocado para pensar en su futuro inmediato.


Ese año debido a las continuas tensiones con su familia ya sabía que no iba a seguir en esa ciudad, quizás por eso se iba distanciando poco a poco de ella.


Así iba pasando el tiempo hasta que llegaron las notas de Junio ¡Qué eran para enmarcarlas! con seis asignaturas suspensas de un total de nueve.


Él ni siquiera le pregunto a ella por sus notas.


Aquel verano como en el verano pasado intento hacer un esfuerzo. Pero se quedaba absorto viendo la televisión, y eso le quitaba tiempo de estudio.


Cuando volvió a aquella ciudad lo primero que hizo es encontrarse con ella, y luego con sus colegas con los que se fumo unos porros sin poder dejar de reírse.


Cuando se examino no sonó la flauta, pero ella con todo aprobado se disponía a entrar en La Universidad.


En ese momento se separaron justo cuando empezaba a despuntar el amor entre ellos, ya que su su familia le cambió de ciudad, por otra parte él siguió fumando porros y acabó en un centro de desintoxicación.


En ese momento que empezaba a despuntar el amor, se produjo su ruptura y nunca se volvieron a ver, aunque no se olvidarían nunca... Ella acabó su carrera de medicina y él consiguió ser un matemático de cierto renombre y es que la vida da muchas vueltas.









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