include_once("common_lab_header.php");
Excerpt for La muerte escucha a Mozart by , available in its entirety at Smashwords




LA MUERTE ESCUCHA A MOZART


Relatos







O. T. SOCAS




Publicaciones 1a1




© 2018, O. T. Socas

Cubierta: Foto de O. T. Socas

Todos los derechos reservados

Publicaciones 1a1@gmail.com




ÍNDICE



Un hogar apacible

Viaje

Conversar

La bicicleta

Los exiliados

El guante

No puedo escribir

El precio de la paz

El accidente

Luisa, la de los animales

Mudanza

La tintorería de Sandy o la puerta al caos

La hora de dormir

El camino más largo

Lentitud

El amor incondicional, Dios y las fresas

El héroe

Diario breve de un posible crimen pasional

El primer campamento de la escuela en el campo

Ático

En la luna

Sala de emergencias

Un asunto de tiempo

Por un papel oficial

La muerte escucha a Mozart

Una taza de chocolate

Los libros




Un hogar apacible


Un olor a química llenaba el aire de la noche, quizás era un presagio de tormenta. Cerré puertas y ventanas más temprano que de costumbre y me fui a la cama.

Mis viejos libros y yo nos mudamos a esa casa en medio del bosque cuando renuncié a la comunicación con el exterior. Ni siquiera tenía un animal en la casa. No iba al médico en el pueblo, a menos que estuviera muy mal por más de 7 días.

El olor continuó mareándome. No me asusté. Quienes vivimos solas por muchos años tenemos que perder los miedos o nos enloquecen. De pronto empecé a sudar, todo se nubló y no supe más.

Estoy inmóvil, con los ojos cerrados como quien busca en otra dimensión un hogar apacible.



Viaje


Era tarde, la reputación que me daba ese aire de mujer interesante, estaba arruinada. Jamás me parecieron tan largos los 35 minutos del viaje.

Quise recogerlas y esconderlas en el mismo lugar de donde escaparon. Ni siquiera huyeron en silencio. Un suspiro las delató.

Por la ventanilla pasaban películas de grafiti en paredes carcomidas de moho y hollín, mendigos con sus carros de supermercados y camas de cartones. Camiones y muchos puentes.

Lo escuché murmurar: “Vieja llorona”, y los esqueléticos árboles de diciembre formaron una enredadera negra que se apoderó de la vía en un segundo. Presionaba el acelerador y no avanzaba. Me uní a todo. Fui metal, humo, descenso y propulsión.

La voz decía: “volveré, lo prometo, pero contéstame por favor”. Sentí una gran felicidad, la de saber que por primera vez no esperaría por nadie, ni me sentía sola.



Conversar


No puedo seguir una conversación por mucho tiempo. Trato pero me canso. Si el tema pasa de no importarme a detestarlo me impaciento y corto. Es inevitable. Mi mente no puede procesar tantas palabras seguidas, prefiere el silencio. Me enseñaron a conversar con los demás porque era lo normal. Le huyo a la gente que habla sin parar, Siento que me asfixio envuelta en arena. Hasta me podrían meter en una columna de cemento como hacen los mafiosos en las películas cuando quieren desaparecer a alguien. Cemento de voces e historias estúpidas cotidianas.

¡Si existiera un botón para apagar los ruidos! Me gusta vivir en mi interior, sin reglas, ni obligaciones, y por supuesto sin órdenes que obedecer. Casi todos quieren ser escuchados, pero no escuchar. Cuando se dirigen a mí, es para decirme que debo o no hacer, según lo vean. Ni se percatan que ella no los escucha. Ojalá existiera también un botón para apagar la voz de los pensamientos cuando sólo consiguen preocupar o atemorizar. Igual de inútiles como esas conversaciones paralelas y ajenas a mi muerte.



La bicicleta


Jamás tuve una bicicleta. Es por eso que ahora cuando recogen dinero para cumplirles promesas de Navidad a los huérfanos, permanezco inmutable y ajena, vuelvo a ser niña y a esperar un milagro.

De adolescente se la pedía prestada a Eduardo. Aquel chico del que nadie quería ser amigo porque era afeminado. Hasta un día, en que al doblar por la calle principal del pueblo, mientras soñaba que volaba en una alfombra mágica a toda velocidad hacia otro lugar del mundo, casi caigo debajo de las ruedas de un enorme camión.

Cuando las ponen en los portales de las tiendas a precio especial, las observo con nostalgia. Pienso en lo poco que cuesta un sueño a veces. La bicicleta ya no es un objeto, sino un símbolo. Es también un peligro, por eso lo piensan bien antes de comprarlas a sus hijos. Pero en aquel pueblo de campo, nunca pasaba nada, mucho menos accidentes. Yo no quería quedar enganchada de un poste de madera como un anuncio. Tampoco agrada ver a Eduardo volver cada año a la misma esquina, agarrado de un bastón, como si fuera a sostener su vida entera en aquel tubo de metal del color de su bicicleta roja.



Los exiliados


Se van al norte en busca de dinero. Trabajan y aguantan desprecios por un cheque. Respiran el aire contaminado y quieren pertenecer a la metrópolis. Compran en tiendas de descuento. Conducen automóviles de uso y si tienen suerte arriendan uno. Hasta aprenden a abandonar el lugar donde los obligaban a trabajar como esclavos sin beneficios.

Al cabo de algunos años regresan al pasado.

Hablan idiomas diferentes. Se bañan en las playas de la infancia. Buscan recuerditos, y parten otra vez al norte con una sensación incómoda en el estómago. Muy dentro saben que la libertad se esconde muchas veces en la pobreza y los árboles crecen incontrolables donde los ignoran. Eso no lo dicen a los que quedaron detrás, soñando con irse de allí algún día.



El guante


Ahora era otra mujer, caminaba sin saber exactamente dónde iba, quería huir de allí donde nadie me reconociera, quería desaparecer de mi propio yo, olvidar.

No hacía frío afuera, pero si debajo de mi piel. Un frío que no era posible aliviar con abrigos. La desolación invadía cada órgano de mi cuerpo. Desde el cerebro, lanzas eléctricas destruían las células. El peor era el corazón, porque el corazón sí duele, que me lo pregunten.

Una hora atrás me vestía y colocaba en la enorme cartera cuanto necesitaba para pasar la noche.

Mi mano izquierda se está poniendo roja. Busco en el abrigo, en la cartera, en todas partes pero no lo encuentro.

Detrás, en el pasado, al borde del tercer escalón que conducía al apartamento de donde acababa de salir, yacía inerte, con la forma de mi mano y mi olor. Los copos de nieve morían sobre él, endureciéndolo cada vez más.



No puedo escribir


Debo hacer cualquier cosa: abrir una gaveta, llenar de fotos la mesa, limpiar la pantalla de la computadora, ordenar los papeles... Cualquier trabajo para ellos; los que pagan y los que no pagan, pero necesitan verme trabajar como una hormiga, como una abeja, como una sirvienta, como una esclava. De lo contrario enfurecen y maquinan venganzas para arruinar mi estancia en el limbo.

No puedo escribir. No me dejan escribir.

Pendiente de la puerta de la oficina, abro un libro y leo un pedazo de página. Ése que huye hambriento durante días y noches, dejándome en la profundidad de un túnel fangoso habitado por monstruos.

No puedo escribir. Soy una esclava del tiempo. Me persigue succionándole segundos a mi visita en La Tierra. No me dejan escribir.

Los personajes están descontrolados. Se asoman entre mis cabellos, alguno ha caído dentro del cuello de la blusa. No tienen dirección, nada qué hacer, ni páginas en blanco donde vivir.



El precio de la paz


Esperé horas por su llamada. Cuando la ansiedad fue insoportable, tomé dos pastillas. A la media hora escuché el teléfono sonar. La voz no me produjo la más mínima emoción, no entendía la conversación, se escuchaba de muy lejos. Preguntó por qué sonaba rara, le dije que todo estaba bien. Esa noche descubrí cómo huir de los pensamientos obsesivos a través de la química. No sentir dolor o ansiedades puede ser adictivo.



El accidente


El 24 de septiembre de 1989 llegué a mi apartamento a las 4 de la tarde después de estudiar 6 horas. Llamé a una tienda que estaba aceptando empleados. Hice una cita.

No pensé que era la hora del peor tráfico de la tarde. Para poder llegar tuve que dar una vuelta en redondo por las entrecalles.

Me detuve en un Stop para entrar en el único tramo de la autopista que no podía evadir. Los automóviles pasaban a toda velocidad.

En la distancia vi un espacio frente a un camión enorme y me preparé. Cuando ya casi estaba frente, sentí un golpe detrás del auto. Me quedé muy quieta. Un intenso dolor comenzó a bajar desde mis caderas a la pierna derecha, la que aún presionaba el freno con fuerza.


Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-6 show above.)