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Si te vieras

La historia de Lucía



Carol Besada



Índice



Si te vieras

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Epílogo

Agradecimientos

Créditos

Contá conmigo- La historia de Belén



Prólogo



¡Hola! ¿Qué tal todo por ahí?

¿Ya te acomodaste?

Buenísimo.

No me conocés, así que tendría que empezar por presentarme y contarte algo de mí.

Me llamo Lucía y leo novelas románticas de forma… casi compulsiva.

Si estuviera en un grupo de autoayuda, saludaría y todos responderían «Hola, Lucía».

Como no es así, básicamente porque estoy en un café y pocas cosas me interesan menos que dejar de leer, no voy a empezar por ahí.

Retomando.

Mi nombre es Lucía, tengo treinta y varios (en unos meses voy a estar más cerca de la señora de cuatro décadas que de la de tres) y estoy soltera por decisión propia.

Nacida y criada en Buenos Aires, tengo una hermana menor y me gano la vida trabajando en lo que hace años era un local de revelado de fotos y se recicló en un estudio de comunicación visual. Entiéndase diseño gráfico, cartelería, tarjetas, estampados, souvenirs, impresiones y más.

A todo esto, ¿quién revela fotos en estos días? Ni siquiera con las promociones del estilo imprima cien y pague veinticinco la gente se tienta, ¿será que al saber de antemano qué fotos salieron o cómo lo hicieron el revelado perdió la magia? No lo sé, pero es una pena.

En cien años, si el mundo existe como mundo, nuestros descendientes van a tener en papel aproximadamente la misma cantidad de fotos que nosotros de nuestros antepasados.

¡Señor, señora! Imprima sus recuerdos.

Otra cosa sobre mí: me disperso. Podemos estar hablando del tiempo y eso me recuerda que abrimos la boca al aplicarnos rímel para evitar pestañear.



Se podría decir que formo parte de un aquelarre: soy un poco de bruja y no por el pelo cobrizo (todo mío, yo pagué la tintura), que sin el alisado con queratina sería de novela de terror, sino porque con mis amigas solemos percibirnos más allá del discurso, tenemos señas secretas y… para qué negarlo, mostramos un costado malvado con quien se atreva contra nosotras.

Nos conocemos desde la escuela y, si bien al día de hoy con la que perdimos en las garras del matrimonio nos vemos menos, el resto nos juntamos en cualquier momento y miércoles por medio sin excepción. De hecho, las estoy esperando porque serán muchas cosas, pero no precisamente puntuales.

¿Qué te estaba contando al principio? Ah sí, que leo novelas románticas cada vez que tengo un momento libre. Me gustan casi todas: las poéticas, las guarras, las graciosas, las dramáticas… excepto esas muy rosas o en las que alguno se pasa de mártir y suelo relacionar la vida diaria con ellas.

¿Te doy un ejemplo?

Creo que mis amigas encarnan los prototipos de las protagonistas del género.

Empecemos con la que vive en El Chaltén: Anabella, enfermera. Casada con Matías, madre de Lucas y Antonia. Desde su mudanza al sur acortamos las distancias por mail, después pasamos por distintos mensajeros y en estos días seguimos en contacto por Whatsapp y encontrándonos cuando viene de visita a Buenos Aires.

Ojos verdes, castaña, bajita. Calza con el perfil de la protagonista de novela del oeste. Es decidida y, aunque se la ve mínima, puede soportar más de lo que cualquiera supondría. Es resolutiva y práctica como poca gente que conozco.

Matías fue nuestro guía en unas vacaciones de verano y coincide con ella al decir que tuvieron un flechazo. Como en Buenos Aires no hay montañas, pero enfermeras se necesitan en todos lados, para abril ella se había mudado con él a una cabaña destartalada en el medio de la nada y ahí siguen: enamorados uno del otro, de su familia y de la naturaleza.

Después está Daniela. Es de las personas más cariñosas que alguien se puede cruzar en la vida. La maestra que recordás con una sonrisa… esa que siempre tenía una palabra de aliento y un gesto cálido. Tan cercana como insegura, se siente del montón; al punto de considerar que su cabello es su único rasgo destacable.

¿Viste esas novelas en las que «él» es un ser atormentado (generalmente famoso o millonario) y la protagonista le perdona las cagadas una y otra y otra vez, pero un poco la entendemos porque «él» tiene gestos conmovedores (además está buenísimo) y, aunque nos encanta, en nuestro interior sabemos que las chances de que esa historia funcione a largo plazo son mínimas?

Bueno, así es la historia de Dani y Víctor «el futbolista».

Se conocieron en una bailanta, ¿que qué hacíamos en una bailanta? No lo recuerdo. Debo aclarar que a ella le encanta bailar, él bailaba como nadie y en ese momento no era famoso.

Al tiempo de estar juntos lo transfirieron a un equipo de Ecuador. Él le pidió que lo acompañe y ella aceptó; de ahí viajaron a México, luego a Brasil y cuando logró el pase a un club de primera en España decidieron formar una familia. Volvieron a Buenos Aires para el nacimiento de su hijo Ian porque allá estaban solos y resolvi…¿eron? que ella se quede acá hasta adaptarse a la maternidad. Víctor regresó solo a España, salió campeón, botín, no sé qué más y si te he visto… mucho no me acuerdo. Nunca le pidió que fuera y sus visitas al país se hicieron cada vez más esporádicas, pero ella lo perdonaba y ahí vamos… Odiándolo un día sí y otro día también, para qué negarlo.

Marisol parece la protagonista de una novela de época: muchas curvas, cara de muñeca, rubia, ojazos azules y actitud de nunca haber roto un plato y soportar con filosofía todos los desplantes. En realidad es ácida y al entrar en confianza rompe mucho más que platos.

Es ingeniera en alimentos y si no querés mirar con aprensión cada cosa que ingerís no le preguntes cómo fue todo el proceso hasta llegar a la mesa. Nosotras ya lo superamos, pero nunca falta quién indaga y ella da más información de la que es necesaria para no perder las ganas de comer.

Quiere tener al menos dos hijos y estableció una fecha límite para cumplir su deseo (sola o acompañada). Hasta ahora no tuvo una pareja estable que la tome en serio y respete su inteligencia, lealtad y propensión a diagramarlo todo.

Por último; la que pidió que nos viéramos hoy domingo para el brunch… Y si siguen tardando va a ser para el postre (por lo menos para mí que ya picoteé mientras las espero) Belén, la protagonista chick lit. No tengo demasiada idea de marcas, estilos y todas esas cosas; pero si describiera cada uno de sus modelitos podría hacer que una historia de doscientas páginas ocupe cuatrocientas.

Antes no era así; viene de una familia muy conservadora y todo lo que usaba era soso y aburrido. Tan tradicionales, que se casó con su primer novio al terminar el colegio. Entre otros motivos, porque no iba a tener sexo sin haber pasado antes por la iglesia a dar el sí. El matrimonio duró cinco años hasta que el hartazgo por el destrato de su hoy ex marido, superó el miedo al qué dirán y el rechazo familiar. Entre vos y yo, creo que hubo algún detonante para que luego de soportar tanto lo dejara, pero no lo contó en su momento y después siempre fue un tema vedado.

¿Y yo? Bueno, vivo en este siglo. Más allá de eso, soy una des-generada sin ninguna característica resaltable.

Ni estoy muy buena: estatura media, cabello desmechado, ojos marrones de los que salen rojos en todas las fotos; normalita de cara y de físico también… Ojo, con el corpiño adecuado puedo presumir de tetas. Tampoco tengo un pasado tormentoso, un talento oculto, millones o fama. Habría que preguntarle a alguien si se le ocurre algo para resaltar. ¿Que te tenga a vos como confidente cuenta? Como algo a mi favor, digo.







Capítulo 1



Ahí llegan Marisol y Daniela con cuarenta y cinco minutos de retraso.

Algo que decir a su favor: tienen récords peores.

—Hola Lucy, ¿cómo va todo? ¿Pudiste resolver el tema de la inspección o tenemos que ir ahorrando para un abogado que te saque de la cárcel? —me pregunta Marisol haciéndose la graciosa y aprovechando que Belén (que es contadora) no está para decirle que no tengo por qué saber todas las reglamentaciones. En realidad tendría… o podría haber consultado, pero no lo hice.

—No necesito un abogado. Con una colaboración para pagar la multa por mal uso del espacio público me alcanza —digo conteniendo las ganas de sacarle la lengua.

La cuestión es que mandé a instalar un toldo fijo divino por el que no se me ocurrió que debía pagar una tasa.

—Resulta increíble que por no pedir ayuda termines metida en líos —me amonesta Daniela sentándose a mi lado.

Creo que tiene intenciones de seguir castigándome, pero soy salvada por el mozo.

¡Y qué buen mozo! Morocho, con el cabello corto a los lados y un poco ondulado en la parte superior. Tiene orejas chiquitas (me encantan las orejas chiquitas) además de un hoyuelo en la barbilla, nariz recta, boca tentadora y ojos negros a juego con la ropa que viste. También despliega una actitud de sí, sé que estoy bueno. Sí, siéntanse libres de mirar…

¡Ay! Si yo tuviera diez años menos o él quince más cómo me haría la simpática… Porque todo muy lindo, pero los pañales no se los cambio a nadie.

—¿Ya saben qué quieren pedir? —pregunta solícito detallando las opciones disponibles. ¡Qué injusto! La chica que me atendió no fue tan amable.

—Un jugo exprimido y una omelette pero que no esté baveuse; por lo de la salmonella y esas cuestiones —aclara Marisol como si no lo hubiera dicho mil veces antes.

Daniela pide lo mismo y yo agrego otro agua, distrayéndolo en su ida a la barra.

Creo que por mi culpa se choca con Belén que farfulla unas disculpas aceleradas.

Tiene algo raro. No es el mono de estilo hippie chic que acompaña con borceguíes. ¿Borceguíes en esta época del año? Ella sabrá… Tampoco es el pelo; su media melena morocha y pesada (la envidia de las que tenemos frizz) está un poco despeinada. ¿Es la falta de maquillaje? ¡Ya sé! Es la cartera que tiene cruzada como si fuera una bandolera, cuando nos dijo mil y una vez que no se usa de ese modo: tiene que colgar del hombro y, si resulta incómoda… ajo y agua.

—¡Llegué! Cuánto tráfico para ser domingo, con la maratón la ciudad está imposible. ¿Qué pidieron? ¿Hace mucho que esperan? ¿Cómo le fue a Ian en el examen? ¿Algo qué hayas averiguado para que se me pasen las ganas de comer chocolate a cualquier hora? ¿Cómo no me avisaste de la inspección? Te dije mil veces que si no querés contratarme, puedo recomendarte a alguien —monologa Belén de un tirón sin respirar.

Eso es raro; porque muy verborrágica no es.

—Ian aprobó y lo felicitaron. La maestra y la psicopedagoga dijeron que se lo nota más enfocado y me hace feliz comprobar que el esfuerzo está dando resultados. La pregunta es cómo estás vos que tenías algo que contar y solamente escuché preguntas para que nosotras nos explayemos y no tengas que decirnos nada —contesta Daniela que también notó algo raro en Belén.

Con Marisol cruzamos miradas felicitándonos mutuamente por no haber dicho ni mu cuando se acerca el bomboncito con otra remera: azul esta vez que, dicho sea de paso, le queda mejor que la anterior. Definitivamente, todo le luce.

Ojo, abstenerse de probar no implica privarse de mirar el menú.

—Salvada por la campana —dice por lo bajo Belén antes de pedir como para alimentar a diez personas.

Sí, definitivamente pasa algo y no porque el bomboncito…

¡Madre del amor hermoso! No se cambió la remera, ¡sino que son dos! Mellizos o gemelos o con suerte para el género femenino, trillizos.

Escucho a Marisol riéndose por lo bajo mientras mira el muy buen irse que tiene el muchacho.

—¿Qué tan cerca de los veinticinco estará? Por tu regla de los diez años, digo.

—No muy cerca. Igual estoy recreándome la vista… por partida doble. —Así sean del tipo de hombre que me llama la atención (aunque si es por pedir les cambiaría el color de ojos), eso no significa que quiera romper las reglas—, ¿te imaginás uno así con quince o veinte años más? Y Belén, dejá de hacerte la tonta y decinos qué pasó tan importante.

Sí, me disperso pero suelo acordarme por donde iba.

—Tampoco tan importante. Salí el viernes a tomar algo y tenía ganas de verlas —responde girando un vaso vacío sin intenciones de agregar más nada.

Esta es la Belén que conozco, la que hay que sacarle las cosas con tirabuzón.

—¿El sábado te dieron ganas de vernos por haber salido el viernes? No es que me moleste improvisar, pero hay algo que no cierra. —Se sorprende Marisol «Lady tengo agendado cada momento de mi día».

Si te digo qué responde Belén te miento, porque «ten cuidado con lo que deseas», una versión mayor de los bomboncitos acaba de entrar por la puerta ¡OMG! Esto es lo que pedí: tiene algunas canitas en el cabello oscuro, labios mullidos y muy tentadores, mismo hoyuelo, gafas de aviador, camisa con rayas celestes, jeans lavados, zapatillas y el físico de alguien que está en forma sin la perfección del que vive obsesionado.

«Mirame, mirame, mirame, mirame» pido en silencio.

¿Le funcionó a alguien alguna vez?

Ni siquiera se me pasa por la cabeza que quizás no le guste.

¿Quién no se siente atraído por las normalitas que van de jean, musculosa, sin maquillaje (el rímel no cuenta como tal) y no se miraron al espejo en las últimas tres horas para chequear que todo siga en su lugar?

Es raro, pero todas las inseguridades que suelo tener se fueron por la ventana.

Haciendo un paneo de las mesas del café, se saca las gafas y fija en mí su mirada color gris. Me enamoré a primera vista, podrás decir… o me calenté a la ídem.

No sé qué cara de boba tendré, pero el teléfono de Daniela estaba sonando y al atender, su reacción atrae toda mi atención: Ian se cayó de la bicicleta y tuvieron que llevarlo a la clínica.

No podemos apurarnos más en juntar nuestras cosas, pagar e irnos. En los nervios del momento, creo ver en la billetera de Belén una tarjeta azul como las que diseñé para Cristian, el hermano de mi ex novio.

Tiene todo el sentido del mundo: cada vez que alguien me atrae, algo suyo se hace presente.





Capítulo 2



«Si el inconsciente hablara» dijo una refiriéndose al ex.

Si el mío lo hiciera (y no hablo de mi ex) pediría un plus por desempeño.

Hoy, luego de levantarme a las corridas (las mañanas no se hicieron para mí y los lunes menos) mientras desayunaba revisando los mensajes que llegaron durante el fin de semana a la línea de teléfono del estudio, me atraganté con el jugo.

Puedo estar equivocada, pero el tono ronco, oscuro y grave avisándome que encontraron un pendrive con mis datos en el café La Esquina y que pase a buscarlo cuando quiera, es el de la voz que mi mente le asignó al bombón mayor.

La explicación más lógica es que en medio de la estampida hacia la clínica perdí un pendrive tarjeta de Ricordi.

No afirmo ni niego que escuché el mensaje tres veces antes de siquiera pensar cómo organizar el día para buscarlo.

Lo más práctico era ir en ese momento. Más tarde, con el tráfico, un viaje de veinte minutos podría convertirse en una odisea de una hora; además en el mensaje decía que abrían a las siete y estaban hasta las veinte treinta.

Me alisté rapidísimo: es uno de esos días en los que todo se soluciona con un vestido, un poco de rímel y brillo labial; pelo recogido y sandalias.





Capítulo 3



Al entrar al café, lo primero que veo delante de la barra es una espalda «abrazada» por un saco gris perla realzando su amplitud. Ni qué decir del pantalón que resalta un culo y unas piernas fuertes talladas para deleitar a un fetichista (realmente podría ponerme en plan poetisa guarra) y una nuca con canitas que invita a… lo describiría en modo guarro sin la parte del poema; así que lo dejo ahí.

Creo que ese portento tiene un perfil conocido.

Lo confirmo cuando unos ojos grises se giran al percibir que alguien se acerca.

¿Adivinaste? ¡Sí! Es el bombón.

—Hola, ¿cómo va? —Sonrío oliéndolo de pasada.

—Buenos días. ¿Qué necesitás? —saluda una chica desde atrás de la barra.

—Ayer estuve con unas amigas y se me cayó una memoria. Recibí un mensaje diciendo que podía pasar a buscarla en cualquier momento.

—Qué peligro si vas dejando la memoria por ahí —dice el bombón en el tono grave y oscuro que le había asignado sin conocerlo—. ¿Cómo hacés para invocar los buenos momentos que tuviste? ¡O peor! ¿Dónde guardás los nuevos recuerdos? —Sonríe apenas desmintiendo la seriedad de sus palabras.

—En el corazón o en la piel. Los recuerdos importantes se rememoran ahí.

Y así me sale la poeta cursi de un tirón.

Ya que estamos aclarando: si él va a estar en mis recuerdos nuevos, me pido llevarlos en la piel.

Editada soy más bonita y calculo que callada todavía más.

Sonríe. ¡Y cómo sonríe! Se le marca el hoyuelo y muestra una línea de dientes blancos y parejitos. No tiene una sonrisa confiable de pasta de dientes; es una sonrisa pícara que promete buenos momentos plagados de alientos agitados.

¡Por favor que no tengo quince! ¿De dónde salieron estas hormonas?

—Ahora la traigo. Vi una nota avisando que alguien iba a pasar a buscarla —dice la chica interruptora de momentos cursis y pensamientos calenturientos.

—¿Vos estabas ayer en la mesa que dejaron casi toda la comida sin probar? —me interpela el bombón.

—Nosotras nos fuimos rápido y no comimos demasiado. —Mis amigas, al menos—. Igual pudo haber alguna más.

—Fue una sola. ¿Puedo preguntarte algo?

—Decime.

—Nuestro cocinero quedó molesto porque no supo identificar qué estuvo mal en sus platos. ¿Qué no les gustó? Abrimos hace poco tiempo y buscamos que nuestros clientes tengan la mejor experiencia posible.

—A mí, lo que probé me encantó —contesto sin aclarar que él también y verlo sube la experiencia en un mil por ciento—. La comida estaba bien, pero una de mis amigas tuvo una emergencia familiar y por eso el apuro en irnos.

—¡Qué mal! Espero que no haya sido grave. Ojalá en otro momento puedan volver con tiempo. Soy uno de los dueños; mi nombre es Pedro.

—Hola Pedro, yo soy Lucía.

Y así como así, le planto un beso plenamente imbuida en el clima de presentación.

Se sorprende por la reacción inesperada y un poco me sorprendo yo también: suelo pasar por antipática ya que soy reacia al contacto físico con gente que no conozco.

¿Dale que ahora me tragaba la tierra?

Me río nerviosa y parezco tonta. Por suerte vuelve la chica con el pendrive y corta el clima.

—Gracias —le digo a la interruptora de toda clase de momentos intentando abrir la cartera sin lograrlo.

—Te pido disculpas por mirar los archivos, pero necesitábamos buscar algún dato que nos permitiera dar con el dueño —me comenta Pedro pasando por alto el saludo fuera de contexto.

Probablemente esté acostumbrado a que las mujeres se agarren de cualquier excusa para toquetearlo.

—Te agradezco la molestia, seguro en el momento menos esperado iba a necesitar algo de lo que tiene almacenado —respondo sin aclararle que no hay problemas con que mire y toque lo que quiera.

A vos te aclaro que no me arrepiento del beso (que fue en la mejilla, conste en actas) y que sí: tengo la edad mental de una adolescente de catorce años.

—No fue nada. Es la primera vez que veo un pendrive de ese estilo; es un buen regalo empresarial.

—Yo los vendo y tienen mucho éxito. Generan un impacto positivo y perdurable cada vez que los usás y más aún si te sacan de un apuro —digo haciendo gala del conocimiento que alguna que otra vez saco a pasear.

—Como publicista, yo no lo hubiera expresado mejor. Lo importante no es atraer el cliente, sino generar refuerzos positivos que...

—Así que sos publicista, ¿eh? Bien por vos. Gracias por todo. Chau, suerte.

Mirando a la chica, le digo gracias también.

Me doy media vuelta y me voy.

No alcanzo a llegar a la puerta que siento que me tocan el brazo y, al girar, tengo a Pedro enfrente. Con las sandalias de plataformas mis ojos quedan casi a la altura de los suyos. Si me abrazara podría arrimar la nariz a su cuello, olerlo hasta mañana y…

—¿Pasó algo y no me di cuenta? ¿Te ofendí con algo que hice? Te pido disculpas, no fue mi intención —dice con tono de no entender nada.

A su favor debo decir que el pedido de disculpas me sorprende. A priori esperaría una actitud más del tipo «ella se lo pierde» o «esta histérica qué se cree» pero no importa. Ni eso, ni el cosquilleo en el brazo, ni lo bien que calzaría mi cuerpo con el suyo.

Tampoco ese perfume con algo picante.

—Es que no soporto a los publicistas —respondo y me voy.

No miro hacia atrás para ver su reacción, pero sé que no le encuentra sentido.

Y, si vamos al caso, vos tampoco.

No es como si se dedicara a matar gente o algo así, pero tenés que entenderlo: NO soporto a los publicistas.

No los soporto. No los quiero cerca. Me caen mal.

¿Que por qué tanta inquina? Hay algo que no te conté: casi me recibo de diseñadora gráfica. Me quedan unas pocas materias pendientes para obtener el título y, si abandoné, fue por mi experiencia con los publicistas de las agencias en las que trabajé mientras estudiaba.

No es porque se crean mil o buscan que elijamos sus productos haciéndonos sentir inadecuadas y necesitadas de aprobación. O que muestran a las mujeres como seres estúpidos, consumistas y demás (salvo excepciones). Sé que cualquier idea que llega a nosotros tuvo un proceso: luego de salir de la cabeza de alguien, pasó por varios filtros antes de ser aprobada por los responsables de la marca; así que el publicista no es el único responsable de hacernos sentir una porquería (situación que va a cambiar si compramos blablablá).

Lo mío es más mundano. En las agencias en las que tuve la desgracia de hacer mi experiencia laboral estábamos mal pagados, sobreexigidos, subestimados y más. Éramos los responsables cuando al cliente no le gustaba la idea y un engranaje del equipo cuando le encantaba. Eso sí, todo transcurría en unas oficinas con espacios monísimos y descontracturados para fomentar la creatividad (que en realidad de relajados tenían poco y nada). Todo lo querían para ya, total era hacer dibujos.

¿Qué existen otro tipo de agencias? Es absolutamente posible, pero no me dieron ganas de seguir probando. Mi enfoque estaba puesto en el diseño publicitario y no podía creer que tanto esfuerzo y dinero invertido tuviera como resultado pasar el tiempo de esa manera; así que renuncié y dejé de estudiar.

¿Qué podría haber ascendido? Quizás, pero eso no me libraba de lidiar con el karma personificado en cualquier publicista encargado de cuentas.

Fue una crisis muy grande que se allanó de forma inesperada. Al tiempo de abandonar la universidad, fui a un local a imprimir fotos y la persona que atendía (y resultó ser el dueño) no sabía manejar bien la computadora. No pude resistirlo y le mostré cómo funcionaba el programa que se le resistía. Me preguntó si quería trabajar para él, le dije que sí y al jubilarse me vendió el fondo de comercio.

Como de a poco había vuelto a amigarme con el diseño, ese local de revelado se convirtió en lo que hoy es Ricordi. Hice cursos y aprendí a usar los nuevos programas de edición. A tal punto me amigué, que voy a retomar la carrera para obtener mi título.

Eso sí, no se me pasó el rechazo por los publicistas. Ni siquiera por los publicistas bombones con canitas, ojos grises, sin anillo, que huelen a madera y algo picante y son lo suficientemente educados como para pedir disculpas aun cuando no entienden qué hicieron mal.





Capítulo 4



Faltan minutos para las diez y estoy metida en el tráfico infernal sin vistas a descongestionarse en manos de un colectivero que cree que la bocina es una extensión de su falange. Al menos me queda el consuelo de no ser quien está manejando en medio de este descontrol… pretendamos que es suficiente.

Tampoco quiero pensar en lo que pasó.

¿Es peor el beso de presentación, la no despedida o la cursilería de los recuerdos?

Al menos tengo un recuerdo suyo en mi piel…

¡Arrrg! La sensiblera ataca de nuevo.

El sonido del teléfono distrae mis pensamientos.

«¿Para qué me citás a las diez si no vas a dignarte a aparecer?» Dice el mensaje que me envió mi hermana.

«Hola, Bebé. Tuve una complicación pero ya estoy llegando. ¿Dale que no te enojás mucho?» Contesto.

Quiero darme cabezazos contra el asiento de adelante. Me olvidé de que Carina venía a elegir el diseño de las invitaciones para el babyshower de mi sobrina y eso es grave porque está un poco susceptible.

Apuro el paso al bajar del colectivo. Diez minutos de demora no es tanto, ¿no?

Si tengo suerte, mi hermanita se ofendió por la tardanza y se fue. Si la vida me trata como suele, se quedó para decirme en persona lo mala que soy.

Cuarenta y cinco minutos después entra una tromba llevándose todo a su paso. No es una manera de decir: está enorme y sin noción de su dimensión real.

—Bebé, te pido mil disculpas. Tuve que hacer un trámite y me fue imposible llegar a horario. Sé que tendría que haberte avisado, pero la verdad es que se me pasó. ¿Me perdonás? —Y tocándole la panza le hablo a Mía—. ¿Le pedís a tu mamá que me perdone, por favor? Sé que soy una persona horrible que no tuvo en consideración que te lleva a cuestas, encima con este calor, ¿dale que sí? —Levanto la mirada poniendo mi mejor cara de arrepentimiento.

Error. Craso error.

—Como nunca estuviste embarazada, no podés empatizar con mi situación. Pero soy yo la que paga las consecuencias al perder tiempo esperándote. ¡Me canso mucho! —Por el volumen y la velocidad en la que se queja no se nota demasiado, debo aclarar—. Es tu sobrina, carne de tu carne la que estoy gestando, ¿sabés? No podés ser tan desconsiderada. No todos tenemos libres horas y horas para que los demás dispongan cómo quieran. —El gesto hosco me hace sospechar que quiere más disculpas.

Si vamos al caso yo me atrasé diez minutos; fue ella la que decidió ir a desayunar.

Eso sí, me declaro culpable de haberle dado los argumentos para remarcar, una vez más, que todos somos inmunes a su sufrimiento. A su favor debo decir que no llora, quizás porque al fingir, de un ojo le caen las lágrimas divinamente y del otro una gota cada tanto. Considerando que la conozco desde que nació, hay trucos que no pasan.

—Lo siento mucho, realmente se me pasó. Vine lo más rápido que pude y ya que estamos acá, para que no pierdas más minutos de tu día conmigo, te cuento: seleccioné tres diseños y a partir del que elijas planeamos el resto. ¡Mirá las muestras! Mi preferido es el de mariposas —agrego evaluando su reacción—. Lo ideal sería usar el mismo motivo para decorar la habitación y seguir con esa idea para el libro del bebé y las tarjetas de agradecimiento por la visita. ¿Rodolfo va a ayudarnos a decidir?

—¿Tres modelos nada más? ¡Siempre preparás cinco! Pero lo entiendo, no somos tu prioridad. Y Rodolfo va a ayudarme a decidir, de eso no tengas dudas.

Respiro hondo reservándome la respuesta. Un poco porque es mi culpa al predisponerla mal antes de empezar y el resto porque ella es mi bebé que va a tener un bebé y la quiero desde el momento en que mi mamá dejó de lamentarse por la menopausia precoz y supe que venía Carina con C, como le gusta aclarar.

Al nacer, gran parte de su cuidado recayó en mí. Quizás la edad de mi mamá, su sobrepeso, la presión alta o la combinación de todos esos factores hizo que el parto fuera complicado y le llevara mucho tiempo recuperarse. Ocuparme de la bebé permitió que volviera a jugar a las muñecas con una muñeca real.

Tenía catorce años cuando ella nació y me hizo absolutamente feliz la idea de dejar de ser hija única y tener a alguien más a quien querer. Ni mis papás (y menos yo), supimos ponerle límites o inculcarle el sentido de la responsabilidad. Sé que no era mi función, pero igual me siento culpable.

Tampoco sé en qué momento creció (o algo así) y a los veinte años va a ser madre.

¿Que qué pienso del padre de la criatura? No voy a describirlo con adjetivos, sino con hechos concretos. Treinta años, vendedor de autos usados. Tiene tres hijos más y creo que ni él recuerda cuantas ex.

Empezaron la relación hace un año y pico. Cuando nos lo presentó, no podíamos creer que nuestra Bebé (sí, su apodo es Bebé) se hubiera fijado en alguien así y en ese momento ni siquiera teníamos conocimiento de sus tres hijos de distintas madres con los que casi no tiene contacto. Creo que ella está convencida de que lo puede cambiar y que con su hija no va a actuar de la misma manera que con los demás.

De repente eso tendría sentido si lo dijera la madre de su segundo hijo… o del tercero si fuera lo suficientemente ilusa… ¿Pero la del cuarto?

Por el bien de todos, espero que puedan construir una relación sana.

—Son tres porque dijiste que querías elegir entre bailarinas, princesas o mariposas. ¿Se te ocurrió algo más?

—No, está bien. Me los llevo y, ni bien decidamos algo, te aviso para que me muestres los tonos de rosa. Ni sueñes con que vuelvo otro día a esperarte una hora. —Me da un beso, agarra sus cosas y se encamina hacia la puerta.

—De nada, me alegra que te hayan gustado. Re bien mi vida, gracias por preguntar —refunfuño en voz baja.

Antes de llegar a la puerta se detiene y gira para decirme… ¿Gracias? Frío, frío.

Me avisa que tengo que ir a la esquina a pagar el desayuno que tomó mientras me esperaba.

Y después algunos se preguntan por qué no quiero tener hijos. Si para muestra basta un botón, se ve lo bien educada que salió la que ayudé a criar.

Miro el reloj. Todavía no son las doce.

Valor que ya casi voy por la mitad del día.





Capítulo 5



Estoy orgullosa de mí misma. A pesar del descalabro de hace dos días, la semana está resultando productiva.

Carina confirmó que eligieron el diseño de princesas.

¡Oh, qué sorpresa! No, realmente no. Le pasé las composiciones con las opciones de rosa y… con suerte me contestará algún día, pero estoy mirando el vaso medio lleno.

Le recordé a Julián, mi compañero de banco en la escuela secundaria, nuestra cita para pintar un mural en la habitación de Mía. Es mi regalo sorpresa; sé que a Carina le gusta su estilo y un poco él, así que estoy casi segura de que va a funcionar.

Siempre y cuando Julián aparezca el día que quedamos, a la hora que quedamos, no se rebele cuando le diga de qué va el mural y Rodolfo cumpla con su parte, que es llevar a mi hermana a la playa durante el feriado puente.

Entre nos, le tengo más fe a Rodolfo que a Julián (lo que no habla bien de Julián, precisamente).

Terminé dos encargos grandes y me los pagaron. Parece una obviedad, pero te juro que no lo es; además pasé tres presupuestos con buenas perspectivas.

Fui a Pilates sin que Belén me lo recuerde y en el día de frutas y verduras no hice trampas.

Tuve tiempo para leer.

¿Te diste cuenta de que en los libros de una saga algún detalle de los acercamientos íntimos entre los protagonistas suele repetirse? Un juego de manos particular, de lenguas o de lengua y… (vos me entendés) vuelve a aparecer en todos los libros.

Perdón, me distraje.

Como te contaba; hoy es miércoles, son casi las siete y voy a dar por finalizado mi día laboral así tengo tiempo de pasar por casa a ducharme ya que toca cena con las chicas.

Si te cuento más, te diré que en estos días no fantaseé más de diez veces con Pedro.

Me gusta sobre todo la fantasía en la que es un millonario griego. Qué, ¿te parece muy cursi?

No me importa. Es mi fantasía y yo imagino lo que quiero.



Llego puntual al departamento de Daniela.

Generalmente en nuestras noches de chicas solemos cenar por ahí pero, después de la caída, pesó más la necesidad de no perder de vista a Ian que el temor de exponer sus tiernos oídos a cualquier barbaridad que pueda surgir.

—Mirá mi venda. Es azul como la camiseta de mi papá. Yo quería un yeso para que todos lo firmen pero el doctor dijo que no hacía falta. —Es lo primero que escucho cuando cruzo la puerta.

—¡Hola campeón! Qué alto estás, ¿te estiran de las patas mientras dormís? —contesto haciéndole cosquillas.

Es un nene muy especial. Cariñoso, hiperactivo y fantasioso, todo rodillas y codos. Tiene los ojos marrones y la nariz respingada de Daniela, el cabello rubio y la sonrisa como si la hubieran calcado de Víctor.

Riendo, se suelta y va a abrir la puerta: es Marisol que vive en el mismo edificio pero necesita mudarse a un lugar más grande si quiere concretar sus planes. Está buscando una casa (porque el patio es imprescindible) y ninguna termina de convencerla. A su favor hay que decir que es tan exigente y puntillosa con el resto como lo es consigo misma.

—¡Hola, enanito!

—La tía Lucy dijo que estoy re alto, ya no soy más un enanito. —Salta a su alrededor sin parar—. Soy un supercampeón de básquet que usa su poder para hacer miles de millones de puntos.

Como te decía: muy fantasioso y acelerado.

—Bueno, supercampeón. Vas a hacer millones de puntos al básquet porque sos muy capaz y habilidoso pero recordá usar el superpoder de la palabra; antes de abrir la puerta siempre preguntá quién es.

—Pero tía, sabía que eras vos. Siempre tocás el timbre dos veces cortitas.

Como te decía: muy quisquillosa.

Se acerca Daniela desde la cocina para saludar y avisarnos que Belén está abajo.

Suena el timbre y el portero oficial con toda intención y mirando a Marisol pregunta quién es antes de abrir la puerta.

Nos sentamos a la mesa porque en esta casa se cena más tardar a las nueve menos cuarto; Ian tiene que acostarse como máximo a las diez.

La cena, como todo lo que prepara Dani, es a partir de productos naturales con la menor cantidad de aditivos posibles. La comida procesada es pésima para los que padecen hiperactividad.

Lomo de Bonito al horno con papas al natural y espinacas salteadas conforman el menú de hoy.

Si me presionás, te diría que probamos casi todos los pescados disponibles del mercado (en mi caso, la mayoría de ellos por primera vez) mientras Daniela y Marisol investigaban las mejores opciones teniendo en cuenta nutrientes, tenor graso, sabor, textura, escamas, espinas, etcétera.

Sé que es una vergüenza mi falta de conocimiento al respecto considerando que alrededor de un tercio del territorio continental argentino limita con el mar, pero es así: en general, no pasamos de las rabas, la merluza y lo que sea que le pongan al sushi. Trucha si estamos de vacaciones en el sur o la sierra; algún salmón… o marisco, sobre todo si vamos a la playa.

Oops, me dispersé.

La cena transcurre entre risas y comentarios aptos todo público con Ian como estrella principal.

De postre tomamos yogurt con frutas… casero, faltaba más; Daniela debe ser de las pocas personas menores de cincuenta años que tienen su propia yogurtera (y la usan seguido).

Como descalabramos la rutina, Belén se ofrece a leer con Ian para bajar las revoluciones e intentar que no se pase mucho de la hora de dormir.

—Sé que lo adora, pero lo de Belén me sonó a huida… otra vez —dice Marisol.

Nos reímos en complicidad sabiendo que ni bien vuelva vamos a interrogarla.

—¿Cómo llevan lo del brazo? —le pregunto a Dani cuando se sienta con desgano ante la barra.

—Por suerte es la muñeca izquierda y faltan pocos días para que terminen las clases. —Suspira—. Igual se complica porque no puede ir a nadar y es la única actividad que lo desgasta sin sobreestimularlo. Me consuelo sabiendo que no tiene que usar la venda mucho tiempo más.

Cada una queda sumida en sus pensamientos mientras Marisol y yo ordenamos la cocina.

Nací un treinta de junio, así que empecé primer grado con cinco años. Recuerdo a mi mamá diciendo que era muy bueno que no hubiera nacido el primero de julio porque de esta manera adelantaba un año. Pasé todo primer grado queriendo jugar y que me devuelvan al jardín de infantes; obviamente repetí y no adelanté nada.

Durante el primer año de la secundaria faltaba cada vez que podía. En consecuencia quedé libre y ese «nuevo atraso» me trajo a esta casa, con estas amigas y entendiendo perfectamente, aun sin ninguna patología diagnosticada, que Ian sienta que hay mil planes mejores que pasar el rato quieto en una silla.

—Lo logré, se durmió. —Festeja Belén al volver y, abrazando a Daniela, le dice que está haciendo un muy buen trabajo.

—Gracias, realmente trato. Este año su concentración mejoró mucho. Va a pasar de grado y estoy orgullosa de nosotros porque fue un gran esfuerzo. A veces quisiera conocer la opinión de Víctor o contarle los progresos. Sé que no tiene sentido porque no está en el día a día, pero no lo puedo evitar.

—¿Hablaron últimamente? —pregunta Belén sin querer meter el dedo en la llaga, pero dándole a Daniela la chance de desahogarse si así lo desea.

—Le escribí el domingo para avisarle del esguince y evitar que digan que lo mantengo al margen a propósito… Habló con Ian dos minutos el lunes a la noche. Ni siquiera sé si viene para las fiestas —agrega con la voz un poco quebrada.

Lo creas o no, que se mensajeen es un gran avance. Durante años el contacto fue solo por medio de abogados. Él no se tomó muy bien que Daniela le pidiera poner por escrito los arreglos respecto a Ian cuando quedó claro que no iba a volver y tampoco iba a llevarlos con él.

—Si viene, viene. Y si no, él se lo pierde. Ya va a pagar terapia para entender por qué no ocupa un rol importante en la vida de su hijo. Me duele por Ian, pero con el tío y el abuelo como figuras paternas es suficiente. —Marisol retuerce un repasador como si quisiera destruirlo.

—Nos estamos desviando la cuestión principal. Esa, que no pudimos tocar el domingo y tampoco hoy porque fuiste taaan amable de ir a acostar a mi amado vástago —pica Daniela a Belén buscando cambiar de tema.

—No fue nada, ya les dije… Además, con los días que pasaron casi ni me acuerdo.

Si nos hubiera contado por mensaje (tal cual le sugerimos) quizás ahora tendría menos que recordar...

—Esto no se queda así. ¡Hacé memoria, querida! Y Daniela, entregá el helado que vamos al living.

No tenemos que movernos demasiado. El departamento es un tres ambientes con cocina integrada y ubicado en una esquina hay un sillón de tres cuerpos con dos butacas materas enfrentadas. Ni que nos hubiéramos puesto de acuerdo, nos sentamos las tres en el sillón y dejamos a Belén sola.

—Bueno, ufff, si… —balbucea Belén con nuestros ojos clavados en ella—. El viernes tenía un día difícil en el trabajo, así que fui al shopping y estee… Bueno… También había quedado en encontrarme con Néstor a la noche en un bar. —Sigue con la atención puesta en el helado—. Cuando llegué pedí un gin-tonic y esteeee, el celular no tenía batería y lo pusieron a cargar. —El helado está a punto de convertirse en un batido de las vueltas que le da—, yyyy saben que odio estar sola en lugares así yyyy cuando me lo devolvieron me fijé y tenía un mensaje de Néstor diciendo que lo nuestro no iba a ningún lado y que no lo espere porque no iba a venir. —Se desinfla.

—Ah, como Mirtha pero al revés. ¡Qué forro! —acoto ganándome una mirada de desconcierto generalizada—. Por eso de «no me llamen porque no voy a…» En verdad no importa. ¿Entonces?

—Ya llevaba dos gin-tonics… y no había comido casi nada en todo el día… —Sigue sin mirarnos demasiado—, y me sentía horrible porque pensé que podía funcionar y y y... Eso es todo.

Todos los «y» y los «este» dejan lagunas en el relato que (por el momento) vamos a pasar por alto.

—¿Cómo te va a dejar por mensaje? Si se atrevió a eso es porque no te merecía, ya vas a conocer a alguien mejor. —Se enoja Daniela que al parecer manejaba más información que nosotras.

—No me acuerdo de ningún Néstor —dice Marisol como quien no quiere la cosa.

—Es Nevo, el auditor que me había invitado a tomar un café.

—¡Ah! El pelado. Pero casi no lo nombraste después. ¿Salieron muchas veces?

—Esa vez era la cuarta.

—¿Lo pasaron bien? ¿Te gustaba? ¿Esperabas algo así? —pregunta Marisol en seguidilla.

—Sí, qué sé yo; estábamos bien. Creo que me gustaba. —Deja lo que queda del helado en la mesita—.Y la verdad es que un poco lo esperaba porque me dio a entender que quería acostarse conmigo y yo me hice la tonta. No me parecía que fuera el momento todavía y no se lo tomó muy bien.

—¿Te hizo sentir mal? ¿Pasó algo más? ¿Estás muy decepcionada? —pregunta Marisol con sus engranajes maquinando maneras de flagelarlo.

Comparto el sentimiento. Con lo que le cuesta a Belén darle a alguien la oportunidad de conocerla; que malgastara el esfuerzo con semejante boludo es una mierda.

—No. Aunque estuvo un poco desagradable. Cuando nos despedimos hizo comentarios que se suponían graciosos, como que «me iba a quedar con el pescado sin vender» y eso. Después nos escribimos algunas veces, pero no esperaba que me dejara plantada. Igual, decepcionada no estoy. No, para nada —afirma vehemente.

Acá hay algo más. Lo sé, pero no se lo vamos a sacar hoy.

Seguimos charlando de todo un poco, pero no les hablo del bombón y lo que sentí.

Si ellas no cuentan yo tampoco, me consuelo sin querer enfrentar que sé que me pasé y si se los digo van a machacarme.





Capítulo 6



Es viernes y estoy en la AGC para pagar la multa, asesorarme y evitar más problemas.

Bajé al e-Reader una de mis novelas favoritas de regencia. No es que sienta vergüenza de mi gusto literario, pero tampoco es un lugar como para andar con un libro que en la portada tiene una mujer medio desnuda acompañada de un caballero en actitud complaciente, creo yo.

Ahora, si hay alguien leyendo detrás de mi hombro… quizás saque algunas ideas inspiradoras.

Llevo bien la espera. Llegué hace dos horas solamente y voy boyando de un lado a otro con la paciencia como estandarte.

No tenía a nadie citado para hoy y avisé en las redes sociales que el estudio estaría abierto por la tarde. Imagino que a alguno de los casi novecientos que dieron me gusta a la página le servirá la información, por lo pronto mi mamá ya escribió para preguntar por qué no iba a estar.

De más está decir que no le conté que me multaron. Tampoco daba que inventara una visita al médico y preocuparla; así que le dije que iba a trabajar en casa porque había un problema eléctrico.

Sí, tengo más de treinta y sigo inventando excusas… ¿Y qué?

Parada en la puerta de la agencia; estoy evaluando qué hacer, cuando llega un mensaje inesperado al grupo de Whatsapp del aquelarre.

¡Anabella viene a pasar Navidad a Buenos Aires!

Eso reduce la lista de posibles. Aunque es algo temprano, voy a buscar un lugar para almorzar así puedo usar el teléfono sin tantas chances de que me lo arrebaten.

No presto atención a la decoración del local al que decido entrar. Simplemente lo elijo porque está en la esquina de la AGC; tampoco observo los detalles en la mesa o la cartelería.

Estoy ocupada expresando por escrito mi felicidad cuando escucho que se acerca alguien y, al levantar la vista, encuentro unos ojos negros que acompañan la versión más joven del hoyuelo con el que (no) fantaseo desde hace días.

Deja una carta con la que quiero golpearme la cabeza. Ahora que miro alrededor, es como si hubiera entrado al ídem del que estuvimos el domingo.

Ídem por lo de iguales. Los cafés, (y los mozos también).

No importa.

El teléfono suena y da saltitos en la mesa reclamando atención mientras yo quisiera levantarme y huir.

¿Qué si me fijé si estaba Pedro cuando caí en la cuenta de que era otra sucursal de La Esquina?

Obvio, ¿por quién me tomás?

No está.

¿Te imaginás si estuviera y me dijera: «de todos los cafés de todos los barrios de esta ciudad elegiste uno mío otra vez»?

Terminemos con el delirio. Pido la ensalada de la casa, porque… ¿A quién quiero engañar? Todavía no es la una y a las cinco voy a tener hambre de vuelta no importa qué almuerce y mi elección va a ser cualquier cosa que no se parezca a algo sano y nutritivo.

Cuarenta y cinco mensajes en… ¿Diez minutos? La mayoría de alegría y alguno que otro pidiendo detalles.

Pasaron varios meses desde que estuvimos todas juntas. Anabella vino con sus hijos, Lucas y Antonia, durante las vacaciones de invierno: Matías había subido a Bariloche a guiar y, si bien ella dice que puede sobrevivir sin enloquecer alejada de todos con temperaturas bajo cero y menos de diez horas diarias de luz solar; el resultado no está tan claro si suma niños a la ecuación.

Vienen los cuatro. Llegan el veintitrés. Se quedan hasta el veintinueve y tenemos que decidir ya cuándo vamos a encontrarnos.

El bomboncito trae la ensalada con las nueces y el aliño separados, es una buena idea porque hay más gente alérgica a esos productos de la que se cree. Como sé que Marisol ama estos detalles, le mando una foto.

A todo esto, el aliño está buenísimo.

Como veinte mensajes después quedamos en pasar juntas el veintiséis, con preferencia al aire libre. Si podemos vernos otra vez, mejor; pero ya reservamos ese día. Terminamos de ponernos de acuerdo y llega al grupo la foto que le mandé a Marisol en el otro chat dando a entender que volví al café a «recrearme la vista».

«No es el mismo», respondo envidiándole la perspicacia. Una foto en la que se ve parte de la mesa, el extremo de la carta y se da cuenta de que son iguales a los del café en el que hace unos días estuvo... ¿Veinte minutos?

Empiezan a llover los audios. Les recuerdo mi política de no escucharlos en público, así que: o ponen sus pensamientos por escrito o esperan que llegue al estudio para conocer mi respuesta.

Mandan más audios. Varios audios. Audios largos. Cuando hacen estas chiquilinadas casi que no las quiero tanto.



Con la intención de buscar la billetera para pagar la cuenta, tiro de la cartera que dejé apoyada a un lado y noto que está enganchada a la pata de la silla de atrás. Girando para soltar la correa, encuentro a unos metros de mí una mirada gris que no esperaba.

Sí. Pedro y yo volvemos a encontrarnos.

En este microsegundo analicemos mis opciones: fingir que no lo reconozco está descartado, por la forma en la que enarcó las cejas al verme queda claro que él sí me recuerda.

Asentir con la cabeza a modo de saludo.

Levantar la mano y saludarlo de lejos.

Obviamente todas las opciones van acompañadas de pagar y huir.

También puedo acercarme, decir hola y… ¿Y?

Por lo pronto, pasó más de un microsegundo, porque estaba mirándolo de lejos y ahora está a dos pasos de mí.

Su mirada sigue tan tormentosa como la recordaba o imaginé; a esta altura no distingo la diferencia.

Tiene un poco de barbita, como quien se va relajando a sabiendas que el fin de semana está a un paso y usa una camisa gris un poco holgada que, dicho sea de paso, prefiero a las ajustadas.

Terminemos con el mito: el estilo entallado no es para todo el mundo.

—Hola… —Duda tratando de asociar un nombre con esta cara. Una, entre todas las caras que seguramente babean cuando lo ven.

—Hola, ¿cómo estás? —respondo cortada sin saber qué hacer.

Aclaremos algo: es cierto que estoy en sequía desde hace tiempo y eso baja el listón. Pero… lo vi. Me gustó. Lo miré. Me gustó más. Lo escuché. Me encantó. Me dijo su profesión. Me desinflé.

Y ni siquiera eso evitó que siguiera pareciéndome muy lindo.

—Disculpá, ¿decías? —Mientras «hablaba» con vos, dijo algo que no retuve.

—Que tenés nombre de canción...

—Lucía —aclaro estirándome para darle un beso como la otra vez.

Sonríe un poco de costado y no se sorprende.

Sí, reaccioné igual. Totalmente ajena de la gente alrededor, los ruidos de platos y conversaciones. Como si estuviéramos en una burbuja… una que huele muy bien.

—Lucía la que odia a los publicistas sin molestarse en dar detalles del porqué.

—Te pido disculpas por eso, aunque no es odio…

—¿Me lo contás mientras tomamos un café?

Quiero aceptar pero no se tiran por la borda años de rechazo acumulado por un hoyuelo, una voz ronca y el resto del paquete, ¿no?

—Tuve malas experiencias con esa profesión y mi reacción primitiva es el rechazo. Sé que fue de mala educación decir eso e irme así. Te pido disculpas.

—Te acepto las disculpas si me aceptás el café. —¿Es necesario que me mire así?—. Daaale, permitime elevar la imagen de quienes ejercen tan imprescindible profesión —dice en tono zalamero.

—Difícil, pero… —Quiero decirle que sí. A todo él. Y Quiero decirle que no, para mantener mi autorespeto en niveles aceptables. Cruzo los brazos, lo que me destaca el escote. Aunque se le van los ojos por un segundo, automáticamente vuelven a mi cara—. Acepto. —Al fin de al cabo, el cuerpo quiere lo que quiere.

—No esperaba verte otra vez —comenta sentándose enfrente de mí.

—Yo tampoco, ni siquiera sabía que hubiera más de un café La Esquina.

Cuando pasa cerca una camarera, pide café para él y me pregunta qué quiero tomar.

«Concentrate Lucía te lo pido. Actuá digna, no te atropelles, no babees y no te mandes alguna», me digo a mí misma (aunque ya sabemos el caso que me hago).

Chequeo la hora y descubro que todavía tengo tiempo.

Recordemos que soy una persona responsable que se arenga en tercera persona.

Definitivamente no estoy bien.

Pasado el impacto me revuelvo en el asiento, porque… ¿A quién quiero engañar? ¿De qué hablo con alguien que no conozco y me atrae? ¿Cuántos detalles son demasiados detalles? Tuve una relación importante con más idas que vueltas y el resto fueron encuentros casuales (que tampoco fueron tantos). Odio esta situación. No por nada cada tanto recaigo y vuelvo a acostarme con mi ex.

Para no pasar por esto, seguramente.

Tiene que repetir la pregunta porque me dispersé. Doy re tarada, lo sé.

—Te preguntaba si querés irte porque odias a los publicistas.

—No es eso. —Estoy odiando la situación, nada más—. A las tres tengo que estar de vuelta en el trabajo y lo del desagrado… ¿querés la idea general o algo concreto?

—La general la supongo. No te gusta el enfoque de las publicidades, ¿o me equivoco?

Sonrío un poco porque expone un punto del modo en que lo escuchó mil veces… y otro poco porque sus ojos se iluminan con picardía.

—Eso es demasiado simplista, sé que hay más partes involucradas para que llegue a nosotros lo que llega del modo en que lo hace. Es un tema personal: tuve malas experiencias laborales. —Me gusta cómo me mira, pero me pone nerviosa su atención completa. No hay gente, ni ruidos, ni apuros. Solo él y yo—. La gota que colmó el vaso sucedió cuando me faltaba poco para terminar la licenciatura en diseño gráfico: a un cliente le encantó mi concepto y el encargado de cuenta llevó las cosas de tal manera que convenció al cliente y a los socios del estudio de que la idea había sido suya. La mayoría sabía que no era así porque me habían visto bocetar durante días. No era la primera vez que pasaba, pero decidí que fuera la última; así que renuncié y dejé la carrera.

Su mirada expresa comprensión y sorpresa, aunque no me conoce lo suficiente como para saber que acabo de describirle en tono liviano el momento que marcó un antes y un después en mi vida.

—No todos somos iguales. ¿Suma que diga que yo no soy así y que soy consciente de que los diseñadores suelen ser menospreciados y eso me parece muy mal? —No termina de decirlo que le clavo la vista sin creer que esa sea toda la defensa—. ¿Y que desde hace años estoy casi retirado como publicista?

—¿Casi retirado? —pregunto sin que se note ni un poquito que la idea me gusta.

—Mi familia siempre se dedicó al rubro gastronómico y yo lo detestaba. Elegí estudiar publicidad porque me encantaba ser responsable de que alguien prefiera una cosa sobre otra —dice sonriendo de costado—. Trabajé en agencias durante años hasta que tuve que hacerme cargo del negocio familiar y me di cuenta de que lo disfrutaba. Ahora solamente uso mis dotes de manipulación para que la gente quiera probar los platos… y repetir.

—Bueno, creo que puedo tolerar a un publicista casi retirado —contesto mirando de reojo el reloj que cuelga de la pared y lamentando que el tiempo a veces pase tan rápido—. Tengo que ir a trabajar.

—¿Creerías que tomo ventaja si te pido que nos veamos otro día? De paso aprovecho para armar mejor mis argumentos.

—Para nada.

Busco mi billetera para pagar la cuenta intentando que disimular que por dentro estoy aplaudiendo.

—Tranquila. Invito yo —dice tomando la cuenta.

—¿Estás seguro? —Hace un gesto de conformidad—. Gracias por el almuerzo, entonces.

—Te llamo y arreglamos.

—Te doy mi número y…

—Lo tengo de la vez que dejaste la memoria en la otra Esquina.

Ya me había olvidado de eso.

Nos paramos y me da un beso en la mejilla. Huele rico, a madera y algo picante.

Algo que quiero probar.

—Hasta luego Lucía, me alegro que de todos los cafés hayas elegido uno mío... Otra vez.

Camino a la salida, me miro al pasar delante un espejo. Tengo una sonrisa que no me entra en la cara.





Capítulo 7



Ayer recibí un mensaje de… No, de Pedro no. Llegó un mensaje de Julián preguntando el tamaño de la pared y el motivo del mural para empezar con el bosquejo.

Temí ese momento desde que supe que Carina quería princesas. Julián es un artista increíble que trabaja como ilustrador y siempre fue muy cuidadoso respecto a qué historias darles vida.

Hace un par de años junto a Rosalina, su ex pareja, crearon una serie de libros infantiles en la que el protagonista quería ser cocinero y la protagonista skater profesional. Contaban historias que fomentaban la igualdad, la tolerancia, la solidaridad, el respeto, el cuidado de la tierra y de todos sus habitantes.

Como tenían bastante éxito, estaban negociando el lanzamiento de los libros al resto del mercado de habla hispana y una línea de juguetes sin género, en colores unisex, desterrando los estereotipos.

¿Que por qué hablo en pasado?

Rosalina fue a España para reunirse con representantes de la editorial. Conoció a un conde, se enamoraron y en mayo seguramente salga en las revistas del jet set porque se casan.

Su historia se truncó, el proyecto también y de ahí en adelante él dibuja para terceros sin involucrarse demasiado.

No tenés idea de la felicidad que me causó poder explicar por escrito el motivo del mural. Por teléfono nunca hubiera aceptado y probablemente me hubiera mandado a la mierda. Tenemos la suficiente confianza para hacerlo sin resentimientos.

Entre nosotros siempre hubo un cariño especial: en el colegio nos unió el gusto por el dibujo y continuamos juntos en la universidad. Aunque él quería estudiar en la escuela de Bellas Artes, sus papás lo convencieron de que Diseño Gráfico tenía una mejor proyección laboral. Nuestra amistad sobrevivió a la adolescencia, parejas, ex, crisis, celos y todo lo que se nos cruzó por el camino. El tema de la química nunca fue problema entre nosotros porque no tenemos ninguna y nos conocemos hasta al revés.

Le mandé un texto eterno que se resume básicamente en que sabemos cómo es mi hermana, la queremos así, (la conoce desde que se sentaba con nosotros mientras dibujábamos y balanceaba las piernas debajo de la mesa pateando las patas) y ella quiere una habitación con princesas para su princesa. Que el motivo podría ser un castillo con un jardín, y en ese jardín dos princesas jugando a las escondidas: ni siquiera tendría que dibujar las caras, con que una esté contando y de la otra se viera el vestido asomando detrás de un árbol… suficiente.

Cumple con la temática, pero sin ser de princesas «haciendo» cosas de princesas.


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