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Excerpt for Las aventuras de Huckleberry Finn by , available in its entirety at Smashwords

Mark Twain

Las aventuras de Huckleberry Finn

Lectorum

Edición Smashwords





© Lectorum

Las aventuras de Huckleberry Finn

© Mark Twain

© Lectorum

D. R. © Editorial Lectorum, S. A. de C.V., 2018 Batalla de Casa Blanca, Manzana 147-A, Lote 1621 Col. Leyes de Reforma, 3a. Sección

C. P. 09310, Ciudad de México

Tel. 5581 3202

www.lectorum.com.mx

ventas@lectorum.com.mx

Primera edición: febrero 2018

ISBN: 978-607-457-687-0

D. R. © Portada: Angélica Irene Carmona Bistráin

D. R. © Imagen de portada: Shutterstock®

D. R. © Interiores y traducción: Laura Romo González

Características tipográficas aseguradas conforme a la ley.

Prohibida la reproducción parcial o total sin autorización escrita del editor.



Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo último



Capítulo 1

No sabrán quién soy yo si no han leído un libro titulado Las aventuras de Tom Sawyer, pero no importa. Ese libro lo escribió el señor Mark Twain y contó la verdad, casi siempre. Algunas cosas las exageró, pero casi siempre dijo la verdad. Eso no es nada. Nunca he visto a nadie que no mintiese alguna vez, menos la tía Polly, o la viuda, o quizá Mary. De la tía Polly —es la tía Polly de Tom— y de Mary y de la viuda Douglas se cuenta todo en ese libro, que es verdad en casi todo, con algunas exageraciones, como he dicho antes.

Bueno, el libro termina así: Tom y yo encontramos el dinero que los ladrones habían escondido en la cueva y nos hicimos ricos. Nos tocaron seis mil dólares a cada uno: todo en oro. La verdad es que impresionaba ver todo aquel dinero amontonado. Bueno, el juez Thatcher se encargó de él y lo colocó a interés y nos daba un dólar al día, y todo el año: tanto que no sabría uno en qué gastárselo. La viuda Douglas me adoptó como hijo y dijo que me iba a civilizar, pero resultaba difícil vivir en la casa todo el tiempo, porque la viuda era horriblemente normal y respetable en todo lo que hacía, así que cuando yo ya no lo pude aguantar más, volví a ponerme la ropa vieja y me llevé mi pellejo de azúcar y me sentí libre y contento. Pero Tom Sawyer me fue a buscar y dijo que iba a organizar una banda de ladrones y que yo podía ingresar si volvía con la viuda y era respetable. Así que volví.

La viuda se puso a llorar al verme y me dijo que era un pobre corderito y también me llamó otro montón de cosas, pero sin mala intención. Me volvió a poner la ropa nueva y yo no podía hacer más que sudar y sudar y sentirme apretado con ella. Entonces volvió a pasar lo mismo que antes. La viuda tocaba una campanilla a la hora de la cena y había que llegar a tiempo. Al llegar a la mesa no se podía poner uno a comer, sino que había que esperar a que la viuda bajara la cabeza y rezongase algo encima de la comida, aunque no tenía nada de malo; bueno, sólo que todo estaba cocinado por separado. Cuando se pone todo junto, las cosas se mezclan y los jugos se juntan y las cosas saben mejor.

Después de cenar sacaba el libro y me contaba la historia de Moisés y los juncos, y yo tenía ganas de enterarme de toda aquella historia, pero con el tiempo se le escapó que Moisés llevaba muerto muchísimos años, así que ya no me importó, porque a mí los muertos no me interesan.

Enseguida me daban ganas de fumar y le pedía permiso a la viuda. Pero no me lo daba. Decía que era una costumbre fea y sucia y que tenía que tratar de dejarlo. Eso es lo que le pasa a algunos. Le tienen manía a cosas de las que no saben nada. Lo que es ella bien que se interesaba por Moisés, que no era ni siquiera pariente suyo, y que maldito lo que le valía a nadie porque ya se había muerto, ¿no?, pero le parecía muy mal que yo hiciera algo que me gustaba. Y además ella tomaba rapé; claro que eso le parecía bien porque era ella quien se lo tomaba.

Su hermana, la señorita Watson, era una solterona más bien flaca, que llevaba gafas, acababa de ir a vivir con ella, y se le había metido en la cabeza enseñarme las letras. Me hacía trabajar bastante una hora y después la viuda le decía que ya bastaba. Yo ya no podía aguantar más. Entonces pasaba una hora mortalmente aburrida y yo me ponía nervioso. La señorita Watson decía: “No pongas los pies ahí, Huckleberry” y “No te pongas así de encogido, Huckleberry; siéntate derecho”, y después decía: “No bosteces y te estires así, Huckleberry; ¿por qué no tratas de comportarte?” Después me contaba todos los detalles del lugar malo y decía que ojalá estuviera yo en él. Era porque se enfadaba, pero yo no quería ofender. Lo único que quería yo era ir a alguna parte, cambiar de aires. No me importaba a dónde. Decía que lo que yo decía era malo; decía que ella no lo diría por nada del mundo; ella iba a vivir para ir al sitio bueno. Bueno, yo no veía ninguna ventaja en ir adonde estuviera ella, así que decidí ni intentarlo. Pero nunca lo dije porque no haría más que crear problemas y no valdría de nada.

Entonces ella se lanzaba a contarme todo lo del sitio bueno. Decía que lo único que se hacía allí era pasarse el día cantando con un arpa, siempre lo mismo. Así que no me pareció gran cosa. Pero no dije nada. Le pregunté si creía que Tom Sawyer iría allí y dijo que ni muchísimo menos, y yo me alegré, porque quería estar en el mismo sitio que él.

Un día la señorita Watson no paraba de meterse conmigo, y yo empecé a cansarme y a sentirme solo. Después llamaron a los negros para decir las oraciones y todo el mundo se fue a la cama. Yo me fui a mi habitación con un trozo de vela y lo puse en la mesa. Después me senté en una silla junto a la ventana y traté de pensar en algo animado, pero era inútil. Me sentía tan solo que casi me daban ganas de morirme. Las estrellas brillaban y las hojas de los árboles se rozaban con un ruido muy triste; allá lejos se oía un búho que ululaba porque se había muerto alguien y un chotacabras y un perro que gritaban que se iba a morir alguien más, y el viento trataba de decirme algo y yo no entendía lo que era, de forma que me daban escalofríos. Después, allá en el bosque, oí ese ruido que hacen los fantasmas cuando quieren decir algo que están pensando y no pueden hacerse entender, de forma que no pueden descansar en la tumba y tienen que pasarse toda la noche velando. Me sentí tan desanimado y con tanto miedo que tuve ganas de compañía. Luego se me subió una araña por el hombro y me la quité de encima y se cayó en la vela, y antes de que pudiera yo alargar la mano, ya estaba toda quemada. No hacía falta que me dijera nadie que aquello era muy mala señal y que me iba a traer mala suerte, así que tuve miedo y casi me quité la ropa de golpe. Me levanté y di tres vueltas santiguándome a cada vez, y después me até un rizo del pelo con un hilo para que no se me acercaran las brujas. Pero no estaba nada seguro. Eso es lo que se hace cuando ha perdido uno una herradura que se ha encontrado, en vez de clavarla encima de la puerta, pero nunca le había oído decir a nadie que fuese la forma de que no llegara la mala suerte cuando se había matado a una araña.

Volví a sentarme, todo tiritando, y saqué la pipa para fumar, porque la casa estaba ya más silenciosa que una tumba, así que la viuda no se iba a enterar. Bueno, al cabo de mucho tiempo oí que el reloj del pueblo empezaba a sonar: bum... bum... bum... doce golpes y todo seguía igual de tranquilo, más en silencio que nunca. Poco después oí que una rama se partía en la oscuridad entre los árboles: algo se movía. Me enderecé y escuché. Enseguida escuché apenas un “¡miau! ¡miau!” allá abajo. ¡Estupendo!, y voy digo “¡miau! ¡miau!” lo más bajo que pude y después apagué la luz y me bajé por la ventana al cobertizo. Entonces me dejé caer al suelo y me fui arrastrando entre los árboles, y claro, allí estaba Tom Sawyer esperándome.



Capítulo 2

Fuimos de puntillas por un sendero entre los árboles que había hacia el final del jardín de la viuda, inclinándonos para que no nos dieran las ramas en la cabeza. Cuando pasábamos junto a la cocina me tropecé con una raíz e hice un ruido. Nos agachamos y nos quedamos callados. El negro grande de la señorita Watson, que se llamaba Jim, estaba sentado a la puerta de la cocina; lo veíamos muy claro porque tenía la luz de espaldas. Se levantó, alargó el cuello un minuto escuchando y después dijo:

— ¿Quién es?

Se quedó escuchando un rato; después salió de puntillas y se puso entre los dos; casi podríamos haberlo tocado. Bueno, apuesto a que pasaron minutos y minutos sin que se oyera un ruido, aunque estábamos muy juntos. Me empezó a picar un tobillo, pero no me atrevía a rascármelo, y después me empezó a picar una oreja, y después la espalda, justo entre los hombros. Creí que me iba a morir si no me rascaba. Desde entonces lo he notado muchas veces. Si está uno con gente fina, o en un funeral, o trata de dormirse cuando no tiene sueño, si está uno en cualquier parte en que no está bien rascarse, entonces le pica a uno por todas partes, en más de mil sitios. Y enseguida va Jim y dice:

—Eh, ¿Quién es? ¿Dónde estás? Que me muera si no he oído algo. Bueno, ya sé lo que voy a hacer: voy a quedarme aquí sentado escuchando a ver si lo vuelvo a oír.

Así que se sentó en el suelo entre Tom y yo. Se apoyó de espaldas en un árbol y estiró las piernas hasta que casi me tocó con una de ellas. Me empezó a picar la nariz. Me picaba tanto que se me saltaban las lágrimas. Pero no me atrevía a rascarme. Después me empezó a picar por dentro. Luego por abajo. No sabía cómo seguir sentado sin hacer nada. Aquella tortura duró por lo menos seis o siete minutos, pero pareció mucho más. Ahora ya me picaba en once sitios distintos. Pensé que no podía aguantar ni un minuto más, pero apreté los dientes y me preparé para intentarlo. Justo entonces Jim empezó a respirar de forma muy regular, y enseguida me sentí cómodo otra vez.

Tom me hizo una señal —una especie de ruidito con la boca— y nos fuimos arrastrando a gatas. Cuando estábamos a unos diez pies, Tom me susurró que sería divertido dejar atado a Jim al árbol. Pero le dije que no; podía despertarse y armar jaleo, y entonces verían que yo no estaba en casa. Tom dijo que no tenía suficientes velas y que iba a meterse en la cocina a buscar más. Yo no quería que lo intentase. Dije que Jim podría despertarse y entrar. Pero Tom prefería arriesgarse, así que entramos gateando y sacamos tres velas, y Tom dejó cinco centavos en la mesa para pagarlas. Después salimos, y yo estaba muerto de ganas de que no fuéramos, pero Tom estaba empeñado en que antes tenía que ir a gatas adonde estaba Jim y gastarle una broma. Esperé y me pareció que pasaba mucho rato, con todo aquello tan callado y tan solo.

En cuanto volvió Tom nos echamos a correr por el sendero, dimos la vuelta a la valla y por fin llegamos a la cima del cerro al otro lado de la casa. Tom dijo que le había quitado a Jim el sombrero y se lo había dejado colgado en una rama encima de la cabeza, y que Jim se había movido un poco, pero no se había despertado. Después Jim diría que las brujas lo habían hechizado y dejado en trance, y que le habían estado dando vueltas por todo el estado montadas en él y después le habían vuelto a colocar debajo de los árboles y le habían colgado el sombrero en una rama para indicar quién lo había hecho. Y la siguiente vez que lo contó, Jim dijo que lo habían llevado hasta Nueva Orleans y después cada vez que lo contaba alargaba más el viaje, hasta que al final decía que le habían hecho recorrer el mundo entero y casi le habían matado de cansancio y que le había quedado la espalda llena de forúnculos. Jim estaba tan orgulloso que casi ni hacía caso de los demás negros. Había negros que recorrían millas y millas para oír lo que contaba, y lo respetaban más que a ningún negro de la comarca. Había negros que llegaban de fuera y se quedaban con las bocas abiertas contemplándolo, como si fuera una maravilla. Los negros se pasan la vida hablando de brujas en la oscuridad, junto al fuego de la chimenea, pero cuando uno de ellos se ponía a hablar y sugería que él sabía mucho de esas cosas, llegaba Jim y decía: “¡Bueno! y tú qué sabes de brujas?”, y aquel negro estaba acabado y tenía que quedarse callado. Jim siempre llevaba aquella moneda de cinco centavos atada con una cuerda al cuello y decía que era un talismán que le había dado el diablo con sus propias manos diciéndole que podía curar a cualquiera con él y llamar a las brujas cuando quisiera si decía unas palabras, pero nunca contó lo que tenía que decir. Llegaban negros de todos los alrededores y le daban a Jim lo que tenían, sólo por ver aquella moneda de cinco centavos, pero no la querían tocar, porque el diablo la había tenido en sus manos. Jim prácticamente ya no valía para sirviente, porque estaba muy orgulloso de haber visto al diablo y de que las brujas se hubieran montado en él.

Bueno, cuando Tom y yo llegamos al borde del cerro miramos desde allí arriba hacia el pueblo y vimos tres o cuatro luces que parpadeaban, donde quizá había gente enferma, y por encima las estrellas brillaban estupendas, y al lado del pueblo pasaba el río, que medía toda una milla de ancho y que corría grandioso en silencio. Bajamos del cerro y nos reunimos con Joe Harper y Ben Rogers y dos o tres chicos más, que estaban escondidos en las viejas tenerías. Así que desamarramos un bote y bajamos dos millas y media por el río, donde estaba la gran hendidura entre los cerros, y desembarcamos.

Fuimos a una mata de arbustos y Tom hizo que todo el mundo jurase mantener el secreto, y después les enseñó un agujero en el cerro, justo en medio de la parte más espesa de los arbustos. Después, encendimos las velas y entramos a cuatro patas. Recorrimos unas doscientas yardas y después la cueva se abrió. Tom estudió los pasadizos y enseguida se metió debajo de una pared donde no se notaba que había un agujero. Pasamos por un sitio muy estrecho y salimos a una especie de sala, toda húmeda, sudorosa y fría, y allí nos paramos. Entonces va Tom y dice:

—Ahora vamos a fundar una banda de ladrones que se llamará la Banda de Tom Sawyer. Todo el que quiera ingresar tiene que hacer un juramento y escribir su nombre con sangre.

Todos querían. Entonces Tom sacó una hoja de papel en la que había escrito el juramento y lo leyó. Cada uno de los chicos juraba ser fiel a la banda y no contar nunca ninguno de sus secretos, y si alguien le hacía algo a algún chico de la banda, el chico al que se le ordenara matar a esa persona y su familia tenía que hacerlo, y no podía comer ni dormir hasta haberlos matado a todos y marcarles con el cuchillo una cruz en el pecho, que era la señal de la banda. Nadie que no perteneciese a la banda podía utilizar esa señal, y si lo hacía había que denunciarlo, y si volvía a hacerlo, había que matarlo. Y si alguien que pertenecía a la banda contaba los secretos, había que cortarle el cuello y después quemar su cadáver, tirar las cenizas por todas partes y borrar su nombre de la lista con sangre, y nadie de la banda podía volver a mencionar su nombre, sino que quedaba maldito y había que olvidarlo para siempre.

Todo el mundo dijo que era un juramento estupendo y le preguntó a Tom si se lo había sacado de la cabeza. Dijo que sólo una parte, pero que el resto lo había sacado de libros de piratas y de ladrones y que todas las bandas de buen tono tenían un juramento. Algunos pensaron que estaría bien matar a las familias de los chicos que contaran los secretos. Tom dijo que era una buena idea, así que sacó un lápiz y la escribió. Entonces va Ben Rogers y dice:

—Pero está Huck Finn, que no tiene familia; ¿qué haríamos con él?

—Bueno, ¿no tiene un padre? —preguntó Tom Sawyer.

—Sí, tiene padre, pero últimamente no lo encuentra nadie. Antes estaba siempre borracho con los cerdos en las tenerías, pero hace un año o más que no lo ve nadie. Siguieron hablando del tema, y me iban a dejar fuera de la banda, porque decían que cada chico tenía que tener una familia o alguien a quien matar, porque si no no sería justo para los demás. Bueno, a nadie se le ocurría nada que hacer; todos estaban callados y pensativos. Yo estaba por echarme a llorar, pero enseguida se me ocurrió una salida y les ofrecí a la señorita Watson: podían matarla a ella. Todos dijeron:

—Ah, estupendo. Eso está muy bien. Huck puede ingresar.

Después todos se clavaron un alfiler en un dedo para sacarse sangre para la firma y yo dejé mi señal en el papel.

—Bueno —va y dice Ben Rogers—, ¿a qué se va a dedicar esta banda?

—Nada más que a robos y asesinatos —dijo Tom.

—Pero, ¿qué vamos a robar? Casas o ganado, o...

— ¡Bah! Robar ganado y esas cosas no es robar de verdad; esos son cuatreros — dijo Tom Sawyer—. No somos cuatreros. Eso no resulta elegante. Somos salteadores de caminos. Paramos las diligencias y los coches en la carretera, con las máscaras puestas, y matamos a la gente y les quitamos los relojes y el dinero.

— ¿A la gente hay que matarla siempre?

—Pues claro. Es lo mejor. Algunas autoridades no están de acuerdo, pero en general se considera que lo mejor es matar a todos... salvo a algunos que se pueden traer aquí a la cueva y tenerlos hasta que queden rescatados.

— ¿Rescatados? ¿Qué es eso?

—No lo sé. Pero eso es lo que hacen. Lo he visto en los libros, así que desde luego es lo que tenemos que hacer nosotros.

—Pero, ¿cómo vamos a hacerlo si no sabemos lo que es?

—Bueno, maldita sea, tenemos que hacerlo. ¿No les he dicho que está en los libros? ¿Quieren hacerlo distinto de los libros y que salga todo al revés?

—Bueno, Tom Sawyer, eso está muy bien decirlo, pero, ¿cómo diablos van a quedar rescatados esos tipos si no sabemos cómo se hace? Eso es lo que me gustaría saber a mí. ¿Qué crees tú que es?

—Bueno, no sé. Pero a la mejor si nos quedamos con ellos hasta que queden rescatados significa que nos tenemos que quedar con ellos hasta que se hayan muerto.

—Bueno, algo es algo, es una respuesta. ¿Por qué no podías haberlo dicho antes? Nos los quedamos hasta que se queden muertos de un rescate, y vaya una pesadez que van a resultar: comiéndolo todo y tratando de escaparse todo el tiempo.

—Qué cosas dices, Ben Rogers. ¿Cómo van a escaparse cuando hay una guardia que los vigila dispuesta a pegarles un tiro si mueven un dedo?

— ¡Una guardia! Esa sí que es buena. O sea que alguien tiene que quedarse sentado toda la noche sin dormir nada, sólo para vigilarlos. Me parece una bobada. ¿Por qué no podemos darles un garrotazo y que se queden ahí en cuanto los traigamos?

—Porque no es lo que dicen los libros, por eso. Vamos, Ben Rogers, ¿quieres hacer las cosas bien o no? De eso se trata. ¿No crees que la gente que ha escrito los libros sabe lo que está bien hacer? ¿Crees que tú vas a enseñarles algo? Ni mucho menos. No, señor, vamos a rescatarlos como está mandado.

—Bueno. Me da igual; pero de todas maneras digo que es una tontería. Oye, ¿matamos también a las mujeres?

—Mira, Ben Rogers, si yo fuera tan ignorante como tú trataría de disimularlo. ¿Matar a las mujeres? No; nadie habrá visto nada parecido en los libros. Las traes a la cueva y te portas con ellas de lo más fino del mundo, y poco a poco se enamoran de ti y ya no quieren volver a sus casas.

—Bueno, si es así, estoy de acuerdo, pero tampoco me dice mucho. Enseguida tendremos la cueva tan llena de mujeres y de tipos esperando al rescate que no quedará sitio para los ladrones. Pero adelante, no tengo nada que decir.

El pequeño Tommy Barnes ya se había dormido, y cuando lo despertaron tenía miedo, se echó a llorar y dijo que quería volver a su casa con su mamá y que ya no quería ser bandido.

Así que todos se rieron mucho de él, y cuando lo llamaron llorón él se enfadó y dijo que iba a contar todos los secretos. Pero Tom fue y le dio cinco centavos para que se callase y dijo que todos nos íbamos a casa y nos reuniríamos la semana que viene para robar a alguien y matar a alguna gente.

Ben Rogers dijo que no podía salir mucho, sólo los domingos, así que quería empezar el domingo que viene; pero todos los chicos dijeron que estaría muy mal hacerlo en domingo, y se acabó la discusión. Decidieron reunirse para determinar la fecha en cuanto pudieran y después elegimos a Tom Sawyer primer capitán y a Joe Harper segundo capitán de la banda y nos fuimos a casa.

Subí por el cobertizo a rastras hasta mi ventana justo antes del amanecer. Mi ropa nueva estaba toda llena de manchas de barro, y yo, cansado como un perro.



Capítulo 3

Bueno, por la mañana la vieja señorita Watson me echó una buena bronca por lo de la ropa, pero la viuda no me riñó, sino que limpió las manchas y el barro, y parecía estar tan triste que pensé que si podía, me portaría bien durante un tiempo. Después la señorita Watson me llevó al gabinete a rezar, pero no pasó nada. Me dijo que rezase todos los días y que todo lo que pidiera se me daría. Pero no era verdad. Lo intenté. Una vez conseguí un sedal para pescar, pero sin anzuelos. Sin anzuelos no me valía para nada. Probé a conseguir los anzuelos tres o cuatro veces, pero no sé por qué aquello no funcionaba. Así que un día le pedí a la señorita Watson que lo intentase por mí, pero me dijo que era tonto. Nunca me explicó por qué y yo nunca pude entenderlo.

Una vez fui a sentarme en el bosque a pensarlo con calma. Me dije: “Si uno puede conseguir todo lo que pide cuando reza, ¿por qué no le devuelven al diácono Winn el dinero que perdió con lo de los cerdos? ¿Por qué no le devuelven a la viuda la cajita de plata para el rapé que le robaron? ¿Por qué no puede engordar la señorita Watson? No, me dije, todo eso no tiene sentido”. Fui y se lo conté a la viuda, y me dijo que lo que podía conseguirse rezando eran los “bienes espirituales”. Aquello era demasiado para mí, pero me explicó lo que significaba: tenía que ayudar a otra gente y hacer todo lo que pudiera por ellos y cuidar siempre de los demás y no pensar nunca en mí mismo. Según me pareció, aquello incluía a la señorita Watson. Fui al bosque y me lo estuve pensando mucho tiempo, pero no le veía la ventaja, salvo para la otra gente; así que por fin calculé que no me iba a preocupar más, sino que lo olvidaría. A veces la viuda me llevaba con ella y me hablaba de la Providencia de forma que se le hacía a uno la boca agua, pero a lo mejor al día siguiente la señorita Watson lo volvía a deshacer todo. Me pareció que podía ser que hubiera dos Providencias y que a uno, pobrecillo, le iría muy bien la Providencia de la viuda, pero que si era la de la señorita Watson, no tenía nada que hacer. Me lo pensé todo y calculé que si ella quería, me iría con la de la viuda, aunque tampoco veía qué iba a sacar con tenerme de su lado que no tuviera antes, dado lo ignorante y lo poca cosa y corrientucho que era yo.

A padre hacía más de un año que nadie lo veía, y yo tan contento; no quería volver a verlo. Siempre me atizaba cuando estaba sereno y podía echarme mano, aunque cuando él andaba cerca yo solía largarme al bosque. Bueno, hacia entonces lo encontraron en el río ahogado, unas doce millas arriba del pueblo, decía la gente. Por lo menos, creían que era él; decían que aquel ahogado medía igual que él y estaba vestido de harapos y llevaba el pelo muy largo, todo igual que padre, pero por la cara no sabían nada, porque llevaba tanto tiempo en el agua que ya no parecía en absoluto una cara. Dijeron que flotaba de espaldas en el agua. Lo sacaron y lo enterraron en la ribera. Pero yo no me quedé tranquilo mucho tiempo, porque se me ocurrió una cosa. Sabía muy bien que un ahogado no flota de espaldas, sino de cara. Así que entonces comprendí que no era padre, sino una mujer vestida de hombre. Y volví a ponerme nervioso. Pensé que el viejo aparecería algún día, aunque por mí ojalá que no.

Jugamos a los bandidos durante un mes, de vez en cuando, y después yo me salí. Todos los chicos hicieron lo mismo. No habíamos robado a nadie, no habíamos matado a nadie, no habíamos hecho más que fingir. Salíamos de un salto del bosque y cargábamos contra los porqueros y las mujeres que llevaban las cosas de sus huertos al mercado en carros, pero nunca les hacíamos nada. Tom Sawyer llamaba a los cerdos “lingotes” y a los nabos y eso “joyas”, y nos íbamos a la cueva y hablábamos de lo que habíamos hecho y de cuánta gente habíamos matado y marcado con nuestra señal. Pero yo no le veía ninguna ventaja. Una vez Tom mandó a un chico que fuera corriendo por el pueblo con un palo encendido que él decía que era una “consigna” (señal de que la banda tenía que reunirse) y después dijo que sus espías le habían mandado noticias secretas de que al día siguiente un montón de comerciantes españoles y árabes ricos iban a acampar en la Boca de la Cueva con doscientos elefantes y seiscientos camellos y más de mil mulas de carga, todas transportando diamantes, y que sólo llevaban una guardia de cuatrocientos soldados, así que teníamos que ponerles una emboscada y matarlos a todos. Dijo que debíamos preparar las espadas y las escopetas y estar listos. Nunca podía llevarse ni siquiera una carreta de nabos, pero se empeñaba en que las espadas y las escopetas estuvieran todas limpias, aunque, como no eran más que listones de madera y palos de escoba, podía uno limpiarlas hasta morirse del aburrimiento y no valían ni un centavo más que antes. Yo no creía que pudiéramos vencer a tantos españoles y árabes, pero quería ver los camellos y los elefantes, de forma que al día siguiente, que era sábado, me presenté a la emboscada, y cuando nos dio la orden salimos corriendo del bosque y bajamos el cerro. Pero no había españoles ni árabes ni camellos ni elefantes. No había más que una gira de la escuela dominical, y encima de los de primer curso. Los dispersamos y perseguimos a los niños por el cerro, pero no sacamos más que mermelada y unas rosquillas, aunque Ben Rogers se llevó una muñeca de trapo y Joe Harper un libro de himnos y un folleto de propaganda, y entonces llegó corriendo el maestro y nos hizo dejarlo todo y salir corriendo. No vi ningún diamante, y se lo dije a Tom Sawyer. Me contestó que de todos modos los había a montones y que también había árabes y elefantes y cosas. Entonces le dije que por qué no podíamos verlos. Me dijo que si no fuera tan ignorante y hubiera leído un libro que se llamaba Don Quijote, lo sabría sin preguntar. Dijo que todo lo hacían por arte de magia. Dijo que allí había cientos de soldados y elefantes y tesoros y todo eso, pero que teníamos enemigos que él llamaba magos y que lo habían convertido todo en una escuela dominical para niños, sólo por despecho. Entonces yo dije que bueno, que lo que teníamos que hacer era atacar a los magos. Tow Sawyer me llamó palurdo.

—Hombre —dijo—, un mago puede llamar a un montón de genios, que te podrían hacer picadillo en medio minuto. Son igual de altos que árboles y cuadrados como armarios de tres cuerpos.

—Bueno —digo yo—, y qué pasa si conseguimos que algunos de esos genios nos ayuden a nosotros? ¿No podríamos vencer entonces a los otros?

— ¿Cómo vas a conseguirlo?

—No sé. ¿Cómo lo consiguen ellos?

—Pues frotan una lámpara vieja de estaño o un anillo de hierro, y entonces llegan los genios, acompañados de truenos y rayos y de todo el humo del mundo y van y hacen todo lo que se les dice que hagan. Les resulta facilísimo arrancar de cuajo una torre y darle en la cabeza con ella a un superintendente de escuela dominical, o a cualquiera.

— ¿Quién les obliga a hacer todo eso?

—Hombre, el que frota la lámpara o el anillo. Pertenecen al que frota la lámpara o el anillo y tienen que hacer lo que les diga. Si les dice que construyan con diamantes un palacio de cuarenta millas de largo y lo llenen de chicle, o de lo que tú quieras, y que traigan a la hija de un emperador de la China para casarte con ella, tienen que hacerlo, y además antes de que amanezca el día siguiente. Y encima tienen que transportar ese palacio por todo el país siempre que se lo diga uno, ¿comprendes?

—Bueno —dije yo—, creo que son idiotas por no quedarse con el palacio, en lugar de hacer todas esas bobadas. Y además, lo que es yo, si fuera uno de ellos me iría al quinto pino antes de dejar lo que tuviera entre manos para hacer lo que me dijese un tipo que estaba frotando una lámpara vieja de estaño.

—Qué cosas dices, Huck Finn. Pero es que tendrías que ir cuando la frotase, quisieras o no.

— ¡Cómo! ¿Si yo fuera igual de alto que un árbol y cuadrado como un armario de tres cuerpos? Bueno, va; iría, pero te apuesto a que haría que ese hombre subiese al árbol más alto que hubiera en todo el país.

—Caray, es que no se puede hablar contigo, Huck Finn. Es como si no supieras nada de nada, como un perfecto idiota.

Me quedé pensando en todo aquello dos o tres días y después decidí probar, a ver si era verdad o no. Me llevé una lámpara vieja de estaño y un anillo de hierro al bosque y me puse a frotar hasta sudar como un indio, calculando que me construiría un palacio para venderlo; pero nada, no vino ningún genio. Entonces pensé que todo aquello no era más que una de las mentiras de Tow Sawyer. Supuse que él se creía lo de los árabes y los elefantes, pero yo no pienso igual que él. Aquello parecía cosa de la escuela dominical.



Capítulo 4

Bueno, pasaron tres o cuatro meses y ya estaba bien entrado el invierno. Había ido a la escuela casi todo el tiempo, me sabía las letras y leer y escribir un poco y me sabía la tabla de multiplicar hasta seis por siete treinta y cinco, y pensaba que nunca llegaría más allá aunque viviera eternamente. De todas formas, las matemáticas no me gustan mucho.

Al principio me fastidiaba la escuela, pero poco a poco aprendí a aguantarla. Cuando me cansaba demasiado hacía novillos, y la paliza que me daban al día siguiente me sentaba bien y me animaba. Así que cuanto más tiempo iba a la escuela, más fácil me resultaba. También me estaba empezando a acostumbrar a las cosas de la viuda, que ya no me molestaban tanto. El vivir en una casa y dormir en una cama me resultaba casi siempre molesto, pero antes de que empezara a hacer frío solía escaparme a dormir en el bosque, de forma que me valía de descanso. Me gustaban más las cosas de antes, pero también me estaban empezando a gustar las nuevas un poco. La viuda decía que yo progresaba lento pero seguro y que lo hacía muy bien. Dijo que no se sentía avergonzada de mí.

Una mañana por casualidad volqué el salero a la hora del desayuno. Pesqué un poco de sal en cuanto pude para tirarla por encima del hombro izquierdo y alejar la mala suerte, pero la señorita Watson se me adelantó para impedírmelo. Va y me dice: "Quita esas manos, Huckleberry; ¡te pasas la vida ensuciándolo todo!" La viuda trató de excusarme, pero aquello no iba a alejar la mala suerte, y yo lo sabía. Después de desayunar me fui, preocupado y temblando, preguntándome dónde me iba a caer y qué iba a hacer. Hay formas de escapar a algunos tipos de mala suerte, pero esta no era una de ellas, así que no traté de hacer nada, sino que seguí adelante, muy desanimado y alerta a lo que pasaba.

Bajé por el jardín delantero y salté la puertecita por donde se pasa la valla alta. Había en el suelo una pulgada de nieve recién caída y vi las huellas de alguien. Venían de la cantera, se detenían ante la portezuela y después le daban la vuelta a la valla del jardín. Era curioso que no hubieran pasado después de haberse quedado allí. No lo entendía. En todo caso, resultaba extraño. Iba a seguirlas, pero primero me paré a examinarlas. Al principio no vi nada; después sí. En el tacón de la bota izquierda había una cruz hecha con clavos para que no se acercara el diablo.

En un segundo me levanté y bajé corriendo el cerro. De vez en cuando miraba por encima del hombro, pero no vi a nadie. Llegué a casa del juez Thatcher en cuanto pude. Me dijo:

—Pero, chico, estás sin aliento. ¿Has venido a buscar los intereses?

—No, señor —respondí—; ¿me los tiene usted?

—Ah, sí, anoche llegaron los del semestre: más de ciento cincuenta dólares. Para ti, toda una fortuna. Más vale que me dejes invertirlos con tus seis mil, porque si te los doy te los vas a gastar.

—No, señor —dije—. No quiero gastármelos. No los quiero para nada; y tampoco los seis mil. Quiero que se los quede usted; quiero dárselos a usted: los seis mil y todo.

Pareció sorprenderse. Era como si no lo pudiera comprender. Va y dice:

—Pero, ¿qué quieres decir, muchacho?

Y voy y le digo:

—Por favor, no me pregunte nada. Se lo queda usted; ¿verdad?

Y va y dice:

—Bueno, no sé qué hacer. ¿Pasa algo?

—Por favor, quédeselo y no me pregunte nada... así no tendré que contar mentiras.

Se lo pensó un rato y después dijo:

— ¡Ah, ah! Creo que ya entiendo. Quieres venderme todos tus bienes; no dármelos. Eso es lo correcto.

Después escribió algo en un papel, que me leyó y que decía:

—Mira; verás que dice "por la suma convenida". Eso significa que te lo he comprado y te lo he pagado. Ten un dólar. Ahora fírmalo.

Así que lo firmé y me fui.

Jim, el negro de la señorita Watson, tenía una bola de pelo del tamaño de un puño que habían sacado del cuarto estómago de un buey, y hacía cosas de magia con ella. Decía que dentro había un espíritu que lo sabía todo. Así que aquella noche fui a verlo y le dije que había vuelto padre, porque había visto sus huellas en la nieve. Lo que quería saber yo era qué iba a hacer y dónde pensaba dormir. Jim sacó su bola de pelo y dijo algo por encima de ella, y después la levantó y la dejó caer al suelo. Cayó de un solo golpe y no rodó más que una pulgada. Jim volvió a probar una vez y otra vez, siempre lo mismo. Se arrodilló y acercó la oreja para escuchar. Pero nada; no quería hablar. Jim dijo que no hablaría si no le dábamos dinero. Le dije que tenía un viejo cuarto de dólar falso y liso que no valía nada porque se le veía un poco el cobre por debajo de la plata y nadie lo aceptaría, aunque no se le viera el cobre, porque estaba tan liso que se resbalaba y todo el mundo lo notaba (pensé no decirle nada del dólar que me había dado el juez). Le dije que era un dinero muy malo, pero que quizá la bola de pelo lo aceptaría, porque a lo mejor no entendía la diferencia. Jim lo olió, lo mordió, lo frotó y dijo que conseguiría que la bola de pelo creyese que era bueno porque iba a partir por la mitad una patata irlandesa cruda y a meter en medio la moneda y dejarla toda la noche, que a la mañana siguiente no se podría ver el cobre y ya no estaría tan resbaladiza, de forma que cualquiera del pueblo la aceptaría, conque más una bola de pelo. Bueno, yo ya sabía que las patatas valían para eso, pero se me había olvidado.

Jim colocó la moneda debajo de la bola de pelo, se agachó y volvió a escuchar. Esta vez dijo que la bola de pelo estaba bien. Dijo que me diría la buenaventura si yo quería. Voy y le digo que adelante. Entonces la bola de pelo le habló a Jim, y Jim me lo contó. Va y dice:

—Tu padre no sabe entodavía lo que va a hacer. A veces piensa que se va a ir y luego va y piensa que se queda. Lo mejor es dejar las cosas y que el viejo haga lo que quiera. Hay dos ángeles que le dan güeltas. Uno de ellos es blanco y resplandeciente y el otro es negro. El blanco le hace ir por el buen camino un rato y después viene el negro y lo fastidia to. No se puede saber cuál va a ser el último que lo coja. Pero a ti te irá bien. Vas a tener muchos problemas en la vida y muchas alegrías. A veces te lo vas a pasar mal y a veces te vas a poner malo, pero cada vez te vas a poner bueno. Hay dos hembras que importan en tu vida. Una es clara y la otra oscura. Una es rica y la otra es probe. Tú te vas a casar primero con la probe y luego con la rica. Tienes que tener mucho cuidiao con el agua y no tener aventuras, porque está escrito que te van a ahorcar.

Aquella noche, cuando encendí la vela y subí a mi habitación, allí estaba padre, ¡en persona!



Capítulo 5

Yo había cerrado la puerta. Entonces me di la vuelta y allí estaba. Antes le tenía miedo porque me pegaba todo el tiempo. Pensé que ahora también se lo tendría, pero al cabo de un minuto vi que me había equivocado, o sea, después del primer susto, como quien dice, cuando me quedé sin aliento, porque no me lo esperaba para nada; pero enseguida me di cuenta de que no le tenía tanto miedo.

Tenía casi cincuenta años y los aparentaba. Llevaba un pelo largo, enredado y grasiento que le colgaba hasta el cuello, y por el medio se le veían los ojos que le brillaban como si estuviera escondido detrás de una parra. Lo tenía todo negro, sin canas; igual que la barba larga y desordenada. No tenía nada de color en la cara, donde se le veía; estaba todo blanco, no como otros hombres, sino de un blanco que daba asco, un blanco que le daba a uno picores, un blanco de sapo de árbol, de vientre de pez. Y de ropa: harapos y nada más. Tenía apoyado un tobillo en la otra rodilla; la bota de aquel pie estaba rota y se le veían dos de los dedos, que movía de vez en cuando. Había dejado el sombrero en el piso: un viejo chambergo con la copa toda hundida, como una tapadera.

Me quedé mirándolo; él siguió sentado mirándome, con la silla echada un poco atrás. Dejé la vela en el suelo. Vi que la ventana estaba levantada, así que había subido por el cobertizo. No hacía más que mirarme. Al cabo de un rato va y dice:

—Buena ropa llevas, muy buena. Te debes creer un pez gordo, ¿no?

—A lo mejor sí y a lo mejor no —respondí.

—No te pongas chulo —va y dice—. Desde que me marché te das muchas ínfulas. Ya te voy a bajar yo los humos antes de terminar contigo. Y me han dicho que estás educado: que sabes leer y escribir. Te crees que ahora vales más que tu padre, ¿no?, sólo porque él no sabe. Ya te enseñaré yo. ¿Quién te ha dicho que fueras por ahí, dándote aires? ¿Quién te ha dado permiso?

—La viuda. Me lo dijo ella.

—La viuda, ¿eh? Y, ¿quién ha venido a darle a la viuda vela en este entierro?

—No se la ha dado nadie.

—Bueno, ya le voy a enseñar yo a meterse en sus cosas. Y mira lo que te digo: deja de ir a la escuela, ¿te enteras? Ya voy a enseñar yo a esos a educar a un chico para que se dé aires delante de su propio padre y haga como que vale más que él. Que no te vuelva a coger cerca de esa escuela, ¿te enteras? Tu madre no sabía leer, y tampoco sabía escribir y se murió tan tranquila. En la familia nadie aprendió a leer antes de morirse. Yo no sé, y ahí estás tú dándote aires. Y yo no soy hombre para aguantar eso, ¿te enteras? Oye, a ver cómo lees.

Saqué un libro y empecé a leer algo que hablaba del general Washington y de las guerras. Cuando llevaba leyendo aproximadamente medio minuto, me arrancó el libro de golpe y lo tiró al otro lado de la habitación. Y va y dice:

—Es verdad. Sí que sabes. Tenía mis dudas cuando me lo dijiste. Pues mira, déjate de ínfulas. No te lo voy a aguantar. Voy a estar muy atento, listillo, y si te pesco por esa escuela, te doy una paliza. Si sigues así, también te va a dar religiosa. Nunca he visto un chico igual.

Agarró un cromo azul y amarillo con unas vacas y un chico, y va y dice:

— ¿Qué es esto?

—Me lo han dado por saberme bien la lección.

Lo rompió y va y dice:

—Yo te voy a dar algo mejor: te voy a dar una buena tunda.

Se quedó sentado murmurando y gruñendo un rato y luego va y dice:

—Pero estás hecho todo un dandi, ¿no? Cama y sábanas, espejo y tu alfombra en el suelo, mientras que tu propio padre tiene que dormir con los cerdos en las tenerías. Nunca he visto un chico así. Seguro que tendrás menos ínfulas cuando acabe contigo. Pero si es que no paras de darte aires... Me han dicho que eres rico. ¿Eh?... ¿Cómo ha sido eso?

—Es mentira... así ha sido eso.

—Mira, ten cuidado cómo me hablas. Ya te estoy tolerando demasiado, así que no te pongas insolente. Llevo dos días en el pueblo y lo único que me han dicho todos es que eres rico. Y también lo he oído decir por el río. Por eso he venido. Mañana me traes ese dinero: lo quiero yo.

—No tengo dinero.

—Mentira. Lo tiene el juez Thatcher. Sí que lo tienes. Y yo lo quiero.

—No tengo nada de dinero. Te lo estoy diciendo. Pregúntaselo al juez Thatcher y te dirá lo mismo.

—Muy bien. Voy a preguntárselo y voy a hacer que apoquine, y si no ya me enteraré por qué. Oye, ¿cuánto llevas en el bolsillo? Dámelo.

—Sólo tengo un dólar y lo quiero para...

—No importa para qué lo quieras... Dámelo y basta.

Se lo di y lo mordió para ver si era bueno, y después dijo que iba a ir al centro del pueblo a tomarse un whisky; que no había bebido en todo el día. Cuando salió al cobertizo, volvió a meter la cabeza por la ventana y me maldijo por tener ínfulas y tratar de ser más que él, y cuando calculé que se había ido ya, volvió a meter la cabeza por la ventana y me dijo que cuidado con aquella escuela, porque iba a estar muy atento y me zurraría si no dejaba de ir.

Al día siguiente estaba borracho y fue a ver al juez Thatcher, a darle la lata tratando de hacer que le diese el dinero, pero no lo consiguió, y después juró que iba a hacer que la ley lo obligara.

El juez y la viuda fueron a la ley para que el tribunal le quitase la custodia y que uno de ellos fuera mi tutor, pero había llegado un juez nuevo y no conocía a mi viejo, así que dijo que los tribunales no debían intervenir para separar familias si podían evitarlo; dijo que prefería no separar a un hijo de su padre. Así que el juez Thatcher y la viuda tuvieron que renunciar al asunto.

El viejo estaba más contento que unas castañuelas. Dijo que me iba a estar zurrando hasta dejarme lleno de cardenales si no le conseguía algo de dinero. Le pedí prestados tres dólares al juez Thatcher, y padre se los llevó y se emborrachó y armó un lío por todas partes con sus palabrotas, sus gritos y sus escándalos, y así siguió por todo el pueblo, dándole a una cacerola hasta casi medianoche; entonces lo encarcelaron y al día siguiente lo llevaron al juzgado y lo volvieron a meter en la cárcel una semana. Pero dijo que estaba contento, que era quien mandaba en su hijo y que ya me arreglaría las cuentas.

Cuando salió, el nuevo juez dijo que iba a convertirlo en otro hombre. Así que se lo llevó a su casa, le dio ropa buena y limpia y lo invitó a desayunar y a comer y a cenar con la familia, y se portó como un hermano con él, como quien dice. Y después de cenar le habló de la templanza y cosas así hasta que el viejo se echó a llorar y dijo que había sido un idiota y que había desperdiciado su vida en idioteces, pero que ahora iba a cambiar totalmente y ser un hombre del que no se avergonzara nadie, y esperaba que el juez lo ayudara y no lo despreciara. El juez dijo que aquello le daba ganas de abrazarle y hasta él y su mujer se pusieron a llorar; padre dijo que había sido un hombre al que nadie había comprendido hasta entonces y el juez dijo que lo creía. El viejo dijo que lo que necesitaba un hombre caído era solidaridad, y el juez dijo que era cierto; así que se pusieron a llorar otra vez. Y cuando llegó la hora de acostarse el viejo se levantó y alargó la mano y va y dice:

—Mírenla, señoras y caballeros; tómenla en las suyas, dénselas. Esta mano era la de un cerdo, pero ya no lo es; es la de un hombre que ha empezado una nueva vida y que morirá antes que volver a la antigua. Recuerden estas palabras: no olviden que las he dicho yo. Ahora es una mano limpia; denme las suyas, no tengan miedo.

Así que todos le dieron la mano, uno tras otro, y lloraron. La mujer del juez se la besó. Después el viejo firmó una promesa: hizo su señal. El juez dijo que era el momento más sacrosanto que recordaba, o algo parecido. Después hicieron acostarse al viejo en una habitación muy bonita, que era la de los invitados, y aquella misma noche, un rato después, le dio una gran sed y se bajó por el tejado del porche, por una de las columnas, y cambió su chaqueta nueva por una jarra de whisky matarratas y volvió a la habitación y se lo pasó estupendamente, y hacia el amanecer volvió a salir, más borracho que una cuba, y se cayó rodando por el tejado del porche y se rompió el brazo izquierdo por dos sitios, y casi había muerto de congelación cuando alguien lo encontró después de salir el sol. Y cuando entraron a ver lo que había en aquella habitación para los invitados, tuvieron que buscar un piloto para que les indicara el camino.

El juez se sintió un poco amargado. Dijo que calculaba que alguien podría reformar al viejo con una escopeta, a lo mejor, pero que no sabía ninguna otra forma.



Capítulo 6

Bueno, el viejo no tardó en curarse y entonces se metió con el juez Thatcher en los tribunales para obligarle a que le diese aquel dinero, y luego conmigo por no dejar de ir a la escuela. Me agarró un par de veces y me zurró, pero de todos modos yo iba a la escuela y casi todas las veces me escondía de él o corría más. Antes no tenía tantas ganas de ir a la escuela. Pero ahora pensé que iría para fastidiar a padre. Lo del juicio iba muy despacio: parecía que nunca iba a empezar; de forma que de vez en cuando le pedía prestados dos o tres dólares al juez para dárselos y librarme de una paliza. Cada vez que tenía dinero se emborrachaba, y cada vez que se emborrachaba armaba un jaleo en el pueblo, y cada vez que armaba un jaleo le metían en la cárcel. Y él tan contento: ese tipo de vida era el que le gustaba.

Empezó a pasar demasiado tiempo rondando por casa de la viuda, así que ella por fin le dijo que si no dejaba de rondar por ahí le iba a buscar algún problema. Diablo cómo se puso. Dijo que iba a demostrar quién mandaba en Huck Finn. Así que un día me estuvo esperando en la fuente, me agarró y me llevó río arriba tres millas en un bote y cruzó al lado de Illinois, donde había bosques y no había más casas que una vieja cabaña de troncos en un sitio con tantos árboles que no se podía encontrar si no se sabía el camino ya antes.

Me llevaba siempre con él y nunca tuve la oportunidad de escaparme. Vivimos en aquella cabaña y siempre cerraba la puerta con llave; por las noches se acostaba con ella debajo de la almohada.

Tenía una escopeta que creo que había robado y me llevaba de pesca y de caza, que era de lo que vivíamos. De vez en cuando me dejaba encerrado y se iba a la tienda, que estaba a tres millas, donde pasaba el transbordador, y cambiaba pescado y caza por whisky, y se lo llevaba a casa y se emborrachaba, se lo pasaba muy bien y me daba una paliza. La viuda se enteró de dónde estaba y al cabo de un tiempo envió a un hombre para tratar de que me llevara, pero padre lo echó con la escopeta y no tardé mucho en acostumbrarme a estar donde estaba, y me gustaba... salvo la parte de las palizas.

Todo era muy tranquilo y se pasaba bien, tumbado todo el día, fumando y pescando, sin libros ni estudios. Pasaron dos meses o más y toda la ropa se me hizo jirones y se me puso sucia, y no entendía cómo me había gustado estar en casa de la viuda, donde había que lavarse y comer en un plato y peinarse e irse a la cama y levantarse a horas fijas y pasarse la vida con un tostón de libro mientras la vieja señorita Watson se metía con uno todo el tiempo. Ya no quería volver. Había dejado de decir palabrotas porque a la viuda no le gustaban, pero ahora volvía a decirlas porque padre no le veía nada de malo. Lo pasé bastante bien allí en el bosque, si se tiene todo en cuenta.

Pero poco a poco padre empezó a aficionarse demasiado a darme de palos y yo no podía aguantarlo. Estaba lleno de cardenales. También empezó a pasar mucho tiempo fuera, y me dejaba encerrado. Una vez me encerró y desapareció tres días seguidos. Me sentí horriblemente solo. Pensé que se había ahogado y que yo ya no iba a salir de allí nunca más. Tuve miedo. Decidí buscar alguna forma de marcharme. Había tratado de irme de aquella cabaña muchas veces, pero no encontraba la forma. No había una ventana lo bastante grande para que pasara ni un perro. No podía salir por la chimenea porque era demasiado estrecha. La puerta era gruesa, de planchas de roble macizo. Padre tenía mucho cuidado y nunca dejaba un cuchillo ni nada en la cabaña cuando se iba; supongo que yo había registrado por allí lo menos cien veces; bueno, la verdad era que me pasaba buscando todo el tiempo, porque era la única forma de entretenerse. Pero una vez, por fin encontré algo; encontré un viejo serrucho oxidado y sin mango; estaba metido entre una viga y las tejas de arriba. Lo limpié y me puse al trabajo. Había una manta de caballo clavada en los troncos a un extremo de la cabaña, detrás de la mesa, para que el viento no entrase por las ranuras y apagase la vela. Me metí debajo de la mesa, levanté la manta y me puse a aserrar una sección del gran tronco de abajo, lo bastante grande para que cupiera yo. Bueno, me llevó mucho tiempo pero ya estaba llegando al final cuando oí en el bosque la escopeta de padre. Escondí las huellas de mi trabajo, dejé caer la manta y el serrucho y enseguida llegó padre.

Padre no estaba de buen humor, o sea, que estaba como de costumbre. Dijo que había ido al centro del pueblo y que todo le iba mal. Su abogado le había dicho que calculaba que ganaría el pleito y conseguiría el dinero si el juicio empezaba alguna vez, pero que siempre había formas de irlo aplazando, y el juez Thatcher se las sabía todas. Dijo que según la gente iba a haber otro juicio para separarme de él y hacer que la viuda fuera mi tutora, y calculaban que esta vez ganaría ella. Aquello me puso muy nervioso, porque ya no quería volver a casa de la viuda y a tanta disciplina y civilización, como la llamaban. Entonces el viejo se puso a maldecir todas las cosas y a la gente que se le ocurría, y después volvió a maldecirlos otra vez para estar seguro de que no se le había olvidado nadie, y terminó con una especie de maldición general contra todos, hasta un montón de gente que no sabía cómo se llamaba, así que cuando llegaba a ellos decía como se llame, y seguía maldiciendo.


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