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Excerpt for Hombres maltratados by , available in its entirety at Smashwords

Hombres maltratados

Gabriela Torres

Lectorum

Edición Smaswords

Hombres maltratados © Lectorum

Gabriela Torres

Colección marea alta

© Lectorum

D. R. © Editorial Lectorum, S. A. de C. V., 2017

Batalla de Casa Blanca Manzana 147 A, Lote 1621

Col. Leyes de Reforma, 3a. Sección

C.P. 09310, Ciudad de México

Tel. 5581 3202

www.lectorum.com.mx

ventas@lectorum.com.mx

Primera edición: agosto 2017

ISBN edición impresa: 978-1981685998

D.R. © Interiores: Laura Romo González

D. R. © Portada: Angélica Irene Carmona Bistraín

Características tipográficas aseguradas conforme a la ley.

Prohibida la reproducción parcial o total sin autorización escrita del editor.



La piedra tiene razón en caer, si así la tierra la atrae; la hormiga oprimida tiene razón en protestar, si así la piedra la aplasta; el mosquito tiene razón en chupar la sangre del hombre, si así el hambre lo empuja a ello; el hombre tiene razón en aplastarlo, si aquél lo pica:

Cario Michelstaedter La persuasión y la retórica “De la equidad”

Índice

Esqueletos de pájaro

Barcos

Venas de árbol

Vestidos

Verde negro

Cristales

Un infierno llamado Candy

Mantis hoja muerta

Estereoscopio

El muñeco

Esbozos

De origen

Cortes

Dentelladas

Escarlata

Una córvida historia

Infancias

Crasi Lacea

Esqueletos de pájaro

Esa manera de hablar no es normal. Son tres o cuatro palabras. Inconexas. Tropezadas una en la otra. En el aire permanece, cuando escupe la última sílaba, una especie de vibración. El ambiente del cuarto se tensa. Es su enojo que flota en el aire: la rabia de no lograr comunicarse con la agilidad de antes, cuando leíamos en la cama por horas y aquello era un gallinero de opiniones en el que inevitablemente terminábamos montados uno en el otro. Ahora las fuerzas han mermado: el cuerpo de Ruly es otro; el mío ha vuelto a ser el mismo. Se talla las manos en la playera que usa a modo de piyama, con la intención frenética de un asesino que quiere borrarse las huellas digitales. Solo de reojo puedo verlo: sus ojos han cambiado tanto que me cuesta trabajo fijarme en ellos por más de unos segundos.

Los dos estamos en la cama, recargados en nuestras almohadas. Solemos leernos en voz alta en ese mueble bendito. La costumbre ha sido alternar el turno de la lectura. En los últimos tiempos la encomienda ha sido mía: le cuesta trabajo decir con el mismo aliento una oración completa. Recién terminamos de leer yo, de escuchar él, un tramo de El cochero extraordinario: la conversación en Soho entre creyentes absolutos o escépticos sin remedio. Uno de ellos blande con rabia una botella cual si fuera espada en el afán por defender su postura con respecto a lo imposible que resulta tener certidumbre de algo. Es en este punto donde Ruly intenta hacer un ademán, imitar al personaje: levanta el brazo con energía, vacila en una exposición sin fuerza. Eso lo rompe, lo hace añicos. Aparento indiferencia ante su rabia. El mínimo gesto puede delatarme. ¿Cómo decírselo?

Hace unos meses, Ruly y yo tomamos una decisión. Teníamos dos años de vivir juntos, aunque ahora parecen cien o mil. Nuestra relación era común a muchas otras que funcionan bien, sin aspavientos. Siempre dimos prioridad al diálogo; procuramos siempre abastecer de sangre suficiente a ese río. Hablar era nuestro verbo predilecto. Decidimos, pues. Y nos equivocamos. Cuando me di cuenta, decidí otra vez: salvarme. Era tarde para confesarlo y cada vez fue más tarde: los caminos se cerraron y entre nosotros mediaba un abismo. Quise confesar. Luego me arrepentí de querer hacerlo. Guardé silencio. Ahora no hay nada qué hacer.

Decidimos juntos. Nos comprometimos en algo trascendental. Ese trago espeso de saliva en el que uno decide seguir un rumbo distinto al mapa habitual, ocurrió en una reunión de camaradas. Nacidos todos entre los años sesentas y setentas, habitantes de una ciudad que sigue siendo un pueblo, ahora inmenso y descontrolado, coincidimos en anécdotas semejantes de nuestras infancias: la madre dando muerte a una gallina frente a nosotros para después convertirla en caldo, la troca de la leche bronca que llegaba a nuestras casas en enormes tambos metálicos y así, un recuento de imágenes casi mitológicas de esos niños gordos y felices, en absoluto enfermos por comer esto o aquello. El brinco en la cronología fue inminente. Ya con hijos grandes casi todos, salvo Ruly y yo, nos amargó pensar en las consecuencias sobre los jóvenes actuales versus la indiferencia de los viejos chavorucos esa noche de David Bowie deglutiendo jamón serrano y chorizo ibérico con sus debidas rondas de whiskies, tequilas y mezcales.

No sé en qué momento empezamos a hablar de la brutalidad con la que mataban a los animales para ser consumidos por las bestias humanas. Es en el punto donde uno empieza a despreciarse un poco. Los tragos tergiversaron la visión de las cosas; puedo verlo ahora a la luz de la nostalgia por aquellos que éramos. Nos estamos haciendo viejos, dijo alguien. Era cierto. A favor de una humanidad fresca y sana, por nuestros vejetes cuerpos y hasta como un tributo a los ancianos padres, decidimos, enarbolados en la bandera We can be heroes for ever and ever, dar el paso hacia una cultura alimenticia congruente con la realidad.

Así fue, tan fácil, la senda en que Ruly y yo nos trepamos de un solo salto, mortífero, de la existencia carnívora a la vegana, cuyo postulado forzoso es no consumir alimento alguno derivado de los animales. Llegamos a casa, ebrios y felices, a eso de las tres de la mañana. Puteamos contra la obtusa visión que habíamos tenido hasta entonces; excitados, metimos en bolsas el contenido casi íntegro del refrigerador y nos enfrascamos en la cama frente a la computadora casi hasta el amanecer, en múltiples artículos sobre el tema. La siniestra mano de la salud dio el primer apretón en nuestras gargantas. El daño estaba hecho.

Los primeros días fueron difíciles. Acostumbrados a consumir carne todos los días desde hacía décadas, de pronto redujimos la dieta a legumbres variadas y a combinaciones con soya y cereales. Cancelamos, según las estrictas reglas del veganismo, incluso lácteos, huevos, hasta la miel. La euforia de la primera noche se fue diluyendo en un persistente aroma vegetal agradable al principio, insoportable después. Todo era suave, fácil de digerir, sin embargo, nuestros estómagos quedaban a medias, nunca saciados.

Cuando iba a hacer las compras, no podía evitar el mirar con lujuria los sándwiches de jamón de pavo en los posters, y salivar al tiempo que gestaba una envidia profunda al ver a la gente con sus carritos a tope de productos cárnicos. Empecé a sentirme débil y estoy segura de que Ruly también; tal vez comprometidos con el acuerdo grupal, ni uno ni el otro se atrevió a levantar la voz en pro de un replanteamiento. Se trataba de algo así como de una cuestión de honor. Tan solo de imaginarme la cara de nuestros amigos si se nos ocurría recular, intentaba —una y otra vez— tomarle gusto al asunto ese del régimen.

Le busqué placer al hecho de nunca sentirme satisfecha. Lo comenté con Ruly. De chicos, a mis hermanos y a mí nos enseñaron a dejar siempre algo en el plato, por simple educación. Esa comida sobrante se le daba al perro, que igual devoraba huesos de pollo, arroz, croquetas, que dulces o panes con chocolate. Ruly comentó que un perro era más afortunado que nosotros. En qué momento nos metimos en esto, preguntó sin tono de pregunta, sin acentuaciones. Lo miré de una manera en la que no me atrevo a mirarlo ahora; en cierta medida recriminé su cobardía, misma que no era otra cosa que el efecto de la mía.

A los dos meses, previas llamadas y mensajes de aliento, se convocó a una reunión con la intención de compartir avances. Como si en el ambiente se respirara la sospecha de que alguno podía salirse del acuerdo, cada cual dio su testimonio de cómo se sentía. Aquello fue un velorio: hablamos bajo, casi en susurros, nos veíamos entre sí con desconfianza. No obstante, el grupo se manifestó congruente a los ideales; no hubo quien se atreviera a alzar la voz en contra. Con ojos afiebrados, elevamos cantos tomados de las manos: ¡Todos somos seres vivos! ¡El planeta tiene derecho a ser libre! Aunque Ruly se mostró optimista casi toda la noche, a mí me pareció que en general el grupo lucía bastante desmejorado, pero a nadie se le hubiese ocurrido aceptarlo. No podía ser que solo yo me diera cuenta de las ojeras en los rostros de los demás; tuve la impresión incluso de que los movimientos en general eran lentos, ya fuera para levantarse de la silla, ya para compartir la publicación de una revista especializada con un artículo de interés sobre el tema. Éramos otras personas. Fue esa noche cuando en el baño me enfrenté al espejo y me asusté de mi reflejo: los ojos hundidos al trasluz parecían reclamarme por la estupidez de seguir con la bandera del absurdo izada a pesar de la evidente decadencia. Sentí que se avecinaba el final, aunque también vi con claridad la imposibilidad de comunicarlo.

Pasaron unos días más, tal vez diez o veinte o cien. Si uno se está cayendo a pedazos, es muy difícil precisar el tiempo. En seguimiento a la rutina inicial, seguí haciendo las compras en el supermercado, mientras Ruly se encargaba de los suplementos orgánicos en una tienda especializada que le quedaba de paso al regresar de su trabajo. Fue el pasillo de vinos y licores, adonde acudí a regresar una botella de vino tinto dada la sospecha de que en su elaboración se incluían claras de huevo y gelatina de huesos, el territorio de la tentación.

Estaba por soltar el Merlot —ese momento en que el objeto deja de pertenecer a la mano y se reintegra con su espacio— con la intención de correr a casa para preparar una de nuestras cada vez más frugales comidas, cuando mis ojos se detuvieron en un empaque hermosísimo de chicharrones, rojo para llamar la atención de los consumidores hambrientos, con un cerdo de noble expresión y una ventana transparente para admirar el producto en su interior. Cogí la botella con fuerza, la puse en mi regazo como si fuera una criatura, y avancé con vacilación hacia el Hades.

Mis pasos, a esas alturas, eran inciertos. Presentía que se trataba de algo malo en mi oído izquierdo, lo que a todas luces impedía un equilibrio congruente con mi estatura y mi peso: este último, en franco declive. Avancé con cuidado, reproduciendo primero cada pisada en la mente. Debo decir que no fue el hambre lo que me hizo caer, sino cierta pulsación en mis papilas gustativas. El reconocimiento de ese sabor salado y picante, ofuscó mi sentido de alianza. Me acerqué, botella en mano, hasta quedar a un paso de la infame criatura. Acaricié mi carga por un largo rato, en absoluta contemplación con esa tentación en bolsa lista para llevar; por segundos, eso me protegió de mayores pecados, preservó la distancia entre el deseo y la mordida fatal.

No pude más. Solté la botella, me lancé sobre la bolsa, intenté memorizar su tabla nutrimental como mero ejercicio de entretención: Calorías, 282. Sodio, 989 miligramos. Y así con el colesterol, los porcentajes en cero de las vitaminas... al final, con letras grandes: 100% cerdo natural. Le di la vuelta, vi al cerdo con su sonrisa benévola diciendo: “Trágame. Esta es tu oportunidad”. Como si me lanzara a morder los labios de mi amante, rasgué la bolsa con los dientes: el aroma a cochino procesado penetró en mi nariz, dando la última estocada a mi entereza. Devoré un chicharrón, dos...al final llegué a la caja registradora con la bolsa de la deslealtad completamente vacía. No iba a delinquir sobre mis pecados; la cajera terminó de registrar la mercancía y me preguntó si podía tirar el empaque a la basura.

Llegué a casa con los sentidos en estado de alerta; los chillidos del animal sacrificado para la ocasión resonaban en mis vísceras. Ruly portaba un suéter, aun cuando estábamos en pleno verano; se acercó a darme un beso de pájaros, de los que apenas enriquecían nuestro contacto desde la noche de nuestro mal. En lo que cocinábamos una tortilla de habas, alternamos comentarios insulsos acerca del clima y de las últimas noticias de salud en un par de revistas electrónicas a las que nos habíamos inscrito. En una cocina tan pequeña, es difícil la maniobra de más de una persona. Nos rozábamos, estábamos tan cerca que pude sentir su aliento: me aterrorizó que descubriera mi falta.

Comimos en silencio, pretexté cualquier estupidez y me escurrí a sestear veinte minutos antes de regresar a la oficina. En duermevela, sentí su cuerpo escurrirse en la cama y lo escuché decir: “Que los asesinos paguen por sus faltas”. Al despertar, Ruly estaba literalmente crucificado sobre la cama. Con los brazos en cruz y la mirada fija en el techo, decía cosas incoherentes. Le di un beso en la frente. Corrí a la oficina.

De regreso en la noche, acudí a un famoso sitio en el que las madres platican mientras sus hijos juegan a ensalivar pelotas de colores. Pedí un combo de hamburguesa de res con una malteada de vainilla. La charola se veía hermosa con sus contenedores de cartón y los sobrecitos de los condimentos. Mi observación fue casi mística: quería tener conciencia de lo que estaba a punto de hacer.

Iba a traicionar a Ruly. Otra vez. Y a todos. Eliminé la palabra de mi pensamiento, en su lugar elegí la frase: “Es de sabios.”; luego la enlacé con un eslogan que recordé justo en ese instante decisivo: “Escucha a tu cuerpo: sabe lo que hace”. Los bocados de carne cayeron en mi estómago como maná enviado por Dios y la malteada fue lluvia en el desierto de mi alma y de mis convicciones; pude sentir el beneficio de inmediato.

Entré a la casa de buen humor, con el ánimo avispado, dispuesta a hacer algo diferente que zarandeara el marasmo de los últimos tiempos. Ruly horneaba muffins de centeno: estaba muy orgulloso de la nueva receta. Dijo que la compartiría, so riesgo de que a ellos les quedara mejor, con nuestros amigos en el siguiente encuentro. Mientras él hablaba, yo imaginaba el manjar con el que satisfaría mis deseos carnales al día siguiente: tal vez hot-dog, o chuletas. Me excitaba tan solo de pensarlo. Ruly siguió con su receta. Cambié el tema; le propuse una película. No me respondió, aunque estoy segura de que escuchó lo que le dije; tal vez se debatía entre la difícil tarea de responder sí o no.

De algún cavernoso lugar de mí misma salió la provocación: “Nos hemos vuelto unos zombis. Mírate”. Siguió en lo suyo, sin inmutarse. Insistí. Me encontraba tan restablecida que busqué guerra, un pequeño pleito, un fogonazo para alborotar las ganas. Tuve deseos de contrariarlo, de provocar en él una reacción bélica. Me sedujo la idea de unos aguijonazos en mi conciencia, para aplacar la culpa de haberlo traicionado, y lo que es peor, de estar disfrutando a la par que ejercía una y otra vez mi derecho a traicionar. Traté de llamar su atención sobre el filme, pero su concentración era escasa. Parecía tener todo el sueño del mundo. Le pregunté si le pesaban los párpados y se quedó viéndome como en un intento de reconocerme: “Cuánto has cambiado. Antes no preguntabas esas cosas”.

A sabiendas de que eso podía molestarlo, lo arrastré y nos instalamos frente a la pantalla ante Only Lovers Left Alive: dos vampiros contemporáneos superan la ancestral costumbre de matar para comer y se han amado por cientos de años. Estaba tan frágil que se dejó llevar sin replicar. Antes miró con angustia hacia la cocina. Le dije con sorna: “El horno nos avisará cuando estén listos”. Mal se presentó, casi al inicio, la proeza del protagonista por conseguir sangre no contaminada para sobrevivir, Ruly recargó su cabeza en mi hombro para caer, desbarrancarse, en un adormecimiento inquieto. Varias veces escuché el esfuerzo con el que jalaba aire; fue la primera ocasión en que percibí ese sonido agudo, un pitido que parecía venir del viento pero que emergía de su pecho acelerado. Decidí dejar la película para después. Aceptó que mejor leyéramos en la cama, como en los viejos tiempos en que nos daban ganas de analizar las palabras y de hacer el amor entre una disertación y otra. Fue cuando el manoteo, el coraje por no lograr armar una oración digna, mucho menos defender una postura.

El narrador de Chesterton diserta sobre lo fatuo en el hecho de intentar convencer a alguien de algo “Si yo no he experimentado nunca la certeza, no puedo ni aun decir que nada es cierto”. Me gusta la cita y la remarco con lápiz; por instinto le tomo la mano y la siento helada debajo de las sábanas mientras subo el volumen de mi voz. Su mano en la mía es un trozo de hielo que empieza a deshacerse. Está tan enflaquecido que podría ver, si me lo propusiera, cómo se le hunden los pómulos con cada resuello. En el fondo sabe de lo incomprensible de su diatriba, más la vanidad le impide aceptarlo. Con una mueca de anciano, parece que lucha por aprisionar las palabras. Mira al techo con minuciosidad, escudriña cada rincón, las grietas, una mancha antigua; busca respuestas. Después, inclina hacia la barbilla su cara de muñeco y me mira con angustia: no puede creer que ahora seamos tan distintos, si apenas hace una semana moríamos los dos a un mismo ritmo.

La suspicacia en la neblina de sus ojos me confronta, hurga en mí, me corta en finas tiras. Se gira, se pone de lado, deja caer su mano en mi estómago, y se queda dormido casi de inmediato. Con el movimiento, siento que la cama es una embarcación con más peso de un lado y que se ladea en un mar impetuoso. Si naufragamos, yo caeré primero al agua. Me distraigo con esas estupideces. En el fondo de mi mente sé que él y todos cada vez se atascan más en el error, mientras su sentido de la realidad, “aunque agrietado por unos instantes, permanece incólume”. Al verlo desvalido, quiero decir que me he salvado a sus espaldas; me acobardo, ¿cómo confesar lo inconfesable?


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