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YO COMBATÍ EN EL EJÉRCITO ROJO

Dr. Dimitri Konstantinow

INDICE

Introducción

El primer día

En el comisariato

En la escuela de aspirantes

Entrando por el aro

En el frente de Leningrado

En la retaguardia lejana

Otra vez en la retaguardia

Etapas finales

El ejército soviético en la futura guerra


INTRODUCCIÓN

Vayan unas palabras iniciales acerca de este libro, el cual puede ser juzgado a través de diversos prismas: como un relato de dramáticos perfiles; como una serie de crónicas de extraordinarios contornos; a guisa de memorias fieles de un oficial en el ejército rojo en la segunda guerra mundial; a modo de producción literaria escrita con sangre y sudor de agonía, con lágrimas de niños, esposas y madres; y, por último, como una obra que describe situaciones imposibles de ser superadas por la más exuberante imaginación de un autor de novelas policiales.

A buen seguro no faltará gente “original” para la cual lo que aquí se escribe no carece de un “ameno interés”, digno de ser comentado durante un rato en rueda de amigos mientras se toma una copa. Tampoco dejará de haber ingenuos que con entera buena fe incurran en un error de apreciación, ni miserables que califiquen todo cuanto aquí se dice como un tejido de falsedades. Así acontece siempre y mucho nos sorprendería que no ocurriera ahora.

Nuestra respuesta a juicios tan dispares es bien simple: comiencen a leer este libro y si todavía no han perdido por completo todo sentido de la realidad, sentirán y comprenderán que cuanto en él se dice no es sino el reflejo de una verdad desnuda y horrenda, verdad que lleva ceñida una corona de espinas y es digna de ser meditada y comentada. Inventar este relato hubiera sido imposible: tras de verlo y vivirlo referir la vida y vivido no puede ser producto de una mentira.

***

Error fundamental sería juzgar este trabajo como una producción literaria más... El mundo está enfermo... Padece un mal grave y doloroso; muchos de los que, en este caso, pretenden asumir el papel de médicos, no siempre están, por desdicha, en condiciones de acertar en d diagnóstico.

Al hacer su aparición una nueva enfermedad infecciosa, los médicos suelen tratar de hallar, no solamente medicinas y procedimientos empíricos para combatirla, sino el medio de dar con el virus entre las cuatro paredes de un laboratorio, estudiando sus características, origen y desarrollo, la intensidad de su acción sobre el organismo humano y los riesgos de su propagación, a fin de que, sobre la base de tales datos, se puedan fijar los medios de lucha para atacar al mal en sus orígenes.

También este libro constituye, en cierto modo, una investigación científica de laboratorio acerca de las propiedades de un microbio que pone en peligro la vida normal del mundo entero. El autor, que por su vocación es esencialmente un hombre de ciencia, creyó de su deber investigar en el escenario de la segunda guerra mundial, ciertas particularidades de un virus que perturba en nuestros días el organismo de la sociedad civilizada.

No instaló su gabinete de trabajo en los cuarteles ni en las cómodas oficinas de la retaguardia, como tampoco la zona inmediata al frente o en la seguridad relativa de los estados mayores, sino en la línea de fuego del frente oriental.

En una forma u otra, consiguió ubicar su microscopio sobre el parapeto de una trinchera cubierta por el hielo, en las posiciones fortificadas de las primeras líneas, en los puestos de observación de la artillería, en los campamentos del ejército rojo, en las chozas y en los trenes militares, en suma, ahí donde estuviera a la vista la auténtica realidad en toda su impúdica desnudez.

Las conclusiones a las cuales arribó el autor al cabo de sus tareas de investigación y observación, que se prolongaron por espacio de treinta y tres largos meses, son espantosas, dominadas como están por el “terror sangriento”. La infección, de virulencia extraordinaria y fulminante desarrollo, que se propaga por el globo entero, puede llegar a ser fatal para la humanidad si no se presta oídos a aquellas voces que, una vez más, elevan sus clamores, conociendo como conocen el peligro sobre el cual se empeñan en prevenir al mundo.

Esta obra ve la luz por vez primera en lengua española. De ese modo se rinde al idioma nacional de este país el homenaje de una primicia, aún desconocida por los lectores de otras lenguas, circunstancia que para el autor es motivo de singular complacencia, pites, por haber encontrado refugio y paz en la libre y hospitalaria República Argentina, considera de su deber referir al público argentino aquella orgía de sangre, cuya realidad viviente se cierne como una amenaza de muerte sobre toda la humanidad.

En mi lengua nativa escribí el original de este trabajo. Su versión española la debo a la gentileza de irnos amigos, a quienes expreso por estas líneas mi hondo reconocimiento por la ardua tarea realizada.

D. K.



CAPÍTULO I

EL PRIMER DÍA

Aquel domingo desperté ya muy entrado el día. El radiante sol de junio brillaba en todo su esplendor. Por la ventana abierta penetraba el múltiple y monótono estrépito de toda gran ciudad, destacándose a ratos las bocinas de los automóviles y las campanas de los tranvías.

Era aquél un día como cualquier otro; nada alteraba el ritmo normal de la vida, salvo cierta desusada regularidad con que cruzaban el espacio formaciones de aviones, cuyos motores ahogaban con su peculiar rugido monocorde las estridencias del diario trajín ciudadano.

Estábamos a 22 de junio de 1941. Ya pronto, dentro de un par de semanas a lo sumo, finalizarían los cursos en el instituto donde desempeñaba yo una cátedra de profesor suplente (en ejercicio, por ausencia del titular) y sería llegado el momento de tomarme un anhelado descanso; pero mientras llegara esa hora, me encontraba en la parte que correspondía a nuestra familia en uno de los clásicos departamentos “colectivos”.{1}

{1} Debido a la escasez de departamentos y a la crisis de la vivienda en general, cada departamento en la URSS es ocupado por varias familias. Dichos departamentos llevan el nombre de “colectivos”.

Los parientes que conmigo vivían habían marchado ya a sus vacaciones y hallábanse veraneando en una población suburbana, en tanto yo —tal acostumbraba hacer los domingos— disponíame a poner al día un cúmulo de papeles que, no obstante mi buena voluntad, no había logrado despachar en el curso de una semana de intenso trabajo. Por otra parte, tenía pensado ir esa noche con un amigo y su mujer a la Opera, donde a h sazón se estaba dando “El Barón Gitano”, pieza que venía' representándose con rotundo éxito en aquella temporada de primavera de 1941 en Leningrado.

Alrededor de las once me dispuse a salir; hasta ese momento no se me había ocurrido poner la radio ni fue mi soledad perturbada por ninguna visita. En eso sonó el timbre de la puerta de calle. Acudí a ver quién llamaba. Era mi amigo...

—No sé qué hacer —comenzó diciendo, luego de cambiados los saludos de práctica—. ¿Vamos o no al teatro esta noche? Porque yo estoy como abombado por la noticia.

—¿De qué noticia me está usted hablando? —dije yo, sin caer en ello.

—Pero, hombre, ¿de veras no está enterado?

—No sé nada. ¿Qué ha ocurrido?

—Pues, que estamos en guerra con Alemania.

—Pero ... ¿es posible?

—Y tan posible: ponga la radio y se convencerá usted. Deben estar por trasmitir un discurso de Molotov.

En pocas palabras, mi amigo me puso al corriente de los sucesos ocurridos en la noche del 21 al 22 de junio de 1941. Después de estallada la segunda guerra mundial, más de una vez había yo cavilado sobre la posibilidad de un conflicto armado entre la URSS y Alemania, de suerte que en realidad la noticia no podía sorprenderme mayormente. Sin embargo, la inesperada realización de mis suposiciones me dejó anonadado.

Cambiamos con mi amigo algunos comentarios triviales (ya que explayarse sobre el tema hubiese sido peligroso) y, conviniendo ir al teatro esa noche, acaso por última vez, nos despedimos.

Al quedarme solo puse la radio. Se estaba trasmitiendo el discurso de Molotov: sus palabras sonaban a hueco y percibíase en su tono ciertas inflexiones de marcado desconcierto. Los llamados a defender la patria contra un enemigo que en forma artera atacaba a la URSS y la confianza absoluta en la victoria final traducían cierta depresión de ánimo, ausente la habitual arrogancia, tan característica en los dirigentes del bolcheviquismo.

Mientras escuchaba, sensaciones contradictorias iban apoderándose de mi espíritu. Mi natural repulsión por la guerra; el espanto ante los horrorosos padecimientos y sacrificios que aguardaban al pueblo en la lucha; el mar de lágrimas y los infinitos dolores que a todos nos esperaban; la perspectiva de un empobrecimiento general de las masas, todo eso confundíase con la esperanza de que la guerra traería cambios fundamentales en el régimen político de la dictadura staliniana, librando al país de la oprobiosa férula material y espiritual que venía soportando de largos años atrás. ¿Obtendrían con la guerra su libertad los veinte millones de seres que se consumían en los campos de concentración soviéticos?

¿No señalaría este día el principio del renacimiento de Rusia? Me imaginé a mi patria de nuevo libre y nacional; otra vez Rusia, y no la URSS, y el pueblo, dueño ya de sus libertades, empeñado en los afanes de reconstruir una existencia normal y humana.

Más al propio tiempo asaltábanme dudas atroces: ¿sería así de verdad? ¿Acaso las guerras no son, con frecuencia, instrumentos de esclavitud antes que de liberación? Ninguno de nosotros había leído “Mein Kampf”. Del nazismo alemán y del fascismo italiano nada sabía el pueblo soviético en realidad, privado como estaba de toda fuente de información. Nuestras informaciones no tenían otro origen que los periódicos y libros soviéticos, o bien las películas filmadas en los estudios de Leningrado; conociendo la parcialidad y la tendencia unilateral de la propaganda soviética, no le prestábamos entera fe y más bien nos imaginábamos “todo lo contrario”.

Tal circunstancia planteaba un interrogante a la vez per turbador y angustioso: ¿sería ésta una guerra de liberación o de conquista? Si el enemigo venía en son de conquista y sin otro propósito que avasallar nuestra patria, había que defenderse por todos los medios, relegando para más tarde el arregla de cuentas con los amos del Soviet. Así pensaba la gran mayoría del pueblo y en torno de aquella incógnita giraba te el porvenir de la nación.

Reflexionando de ese modo sentí el espíritu agobiada porque conociendo la realidad soviética, no me forjaba muchas ilusiones con respecto a la capacidad combativa del ejército rojo y no dudaba de que los alemanes se abrirían paso rápidamente a través de nuestro territorio.

Preocupábame la suerte de parientes y amigos. ¿Qué sería de ellos? En cuanto a mi situación personal, podía estar tranquilo, dado mi carácter de hombre de ciencia especializado disciplinas nada comunes, aunque no sin relación con la guerra Por ello, sentíame seguro de que, en el peor de los casos, utilizarían mis servicios como especialista, pero jamás en calidad de combatiente en las filas del ejército.

Pero el sentido común y la lógica no son factores dominantes en la dictadura soviética, como ya tendrá sobrada oportunidad de comprobarlo el lector a través de estas páginas

Esa noche fuimos al teatro. El público llenaba apenas las dos terceras partes de la sala, no obstante haberse vendido todas las localidades. Las melodías familiares de “El Barón Gitano” sonaban a marcha fúnebre. En los entreactos, notose la ausencia de la acostumbrada animación entre la gente; el público parecía cohibido y todo el mundo conversaba a media voz.

Terminada la función, salimos a la calle. La noche estaba calurosa, “blanca”, estival... pero todas las luces habían sido apagadas. Obscurecimiento completo. Los automóviles llevaban faros con vidrios azules y del mismo color eran las luces que alumbraban la puerta de entrada de las casas particulares.

Nos largamos a pie. Acompañé a mis amigos hasta su casa. Por supuesto, comentamos la noticia del día. Mi amigo mostrose pesimista. Igual que yo, se sentía dominado por la incertidumbre. El comunicado de la noche, trasmitido por radio, daba a conocer la retirada del ejército rojo, realidad que se trataba de disfrazar con arranques declamatorios y las sutilezas de práctica en tales casos.

Llegamos al puente Trotski... En la media luz de aquella noche blanca, el hermoso Neva cimbreaba sus aguas a lo largo de los murallones de granito de la, populosa urbe. La aurora estival, de luz perpetua, reflejaba sus rayos sobre la cúpula de la catedral de San Isaac, dorando la aguja de la fortaleza de Pedro y Pablo.

Reposados, majestuosos y serenos alzábanse aquellos monumentos a modo de testigos mudos de la pasada grandeza de Rusia... Hacia el poniente cubrían el horizonte densos y negros nubarrones. Sucedíanse los relámpagos. Y a la distancia se percibían los primeros truenos de una tormenta que iba aproximándose a la ciudad.


CAPÍTULO II

EN EL COMISARIATO

1. JORNADAS INICIALES

A través de los comunicados del mando supremo del ejército rojo iba revelándose el avance uniforme y fulminante de las tropas alemanas en territorio ruso. Ya habían caído Smolensk y Pskov; no tardaron en ser ocupados los países bálticos. Los elementos avanzados del ejército alemán habían llegado a Luga, situado a 130 kilómetros de Leningrado. Se tenía la impresión de que el ejército rojo rehuía la batalla, replegándose en desorden hacia el interior del país, o se rendía en masa por regimientos, divisiones y aún cuerpos de ejército.

Diríase que el pueblo se negaba a defender al régimen, esperando que los alemanes vinieran a libertarlos de una esclavitud de largos años, dándoles a los rusos la oportunidad de constituir su gobierno propio, como medio de realizar sus anhelos. Pero tales esperanzas habían de frustrarse antes de mucho.

La aviación alemana incursionaba a diario sobre Leningrado, pero por una u otra razón, absteníase de arrojar bombas sobre la ciudad. Por la radio de la ciudad se trasmitía de continuo la nueva canción de los aviadores soviéticos, cuya quinta-esencia eran estas palabras: “¡La bienamada ciudad puede descansar tranquila!”.

Dentro de la ciudad, en todos los parques y plazas se cavaban unas trincheras a las que el pueblo no tardó en dar el nombre de “rendijas”; el cubrecabezas se construía con pedazos de tablas o troncos de árboles, cubiertos por una capa de tierra. Tales abrigos improvisados se transformaron con el tiempo en refugios antiaéreos. Aquí y allá construíanse casamatas destinadas a centros de apoyo y nidos de ametralladoras.

En plazas, jardines y parques fueron emplazadas baterías antiaéreas. Día y noche había una cortina de globos cautivos como defensa contra los aviones enemigos. Sobre los techos y en las buhardillas se instalaron puestos de vigías, constituidos por los inquilinos y moradores de las casas, con el objeto de combatir posibles incendios provocados por el bombardeo de la ciudad.

A la salida del trabajo, empleados y obreros, sin distinción de sexo, debían dirigirse formando columnas a los sitios designados con anticipación para cavar “rendijas”. Además, en las oficinas, fábricas y dependencias oficiales se movilizaba el personal para construir trincheras en los caminos de acceso a la ciudad. En dichas faenas se obligaba a colaborar, sin excepción alguna, a hombres, mujeres y adolescentes —los “exploradores”— sin excluir a los niños.

Todos ellos se trasladaban a las afueras de la ciudad donde pasaban todo el día construyendo anodinas obras de fortificación y abriendo fosos antitanques. Dormían en el suelo, a la intemperie y pasando hambre la mayor parte de ellos, pues dado el desorden que reinaba en la ciudad, no había tiempo para proveer de víveres a los trabajadores.

Entre aquella pobre gente muchos perdieron la vida y otros resultaron heridos, pues los aviones alemanes ametrallaban a mansalva y sin ninguna consideración a los trabajadores, en su afán de quebrar por todos los medios el espíritu de resistencia. Otros fueron llevados a cierta distancia de Leningrado —en las proximidades de Luga— donde al producirse el cerco de nuestras tropas en Gatchina, cayeron prisioneros del enemigo; es muy probable que en la citada ocasión hayan emigrado todos ellos.

2. MILICIA NACIONAL

Una de las más grandes tragedias de aquellos días fue la formación de una llamada “Milicia Nacional”. Me siento obligado a referirme al mencionado episodio, por cuanto aquel “bluff” político de Stalin costó al pueblo centenares de miles de víctimas sacrificadas estérilmente.

Calificada la lucha de “guerra nacional” propúsose el Kremlin dar al mundo la impresión de que ella en nada se diferenciaba de la librada en 1812, o de la guerra contra Polonia en el siglo XVII, en cuyas oportunidades se organizó la famosa milicia nacional de Minin y Posharsky.

Era menester demostrar al mundo entero que también en la URSS el pueblo se erguía como un solo hombre para combatir contra el enemigo común. Para dar forma exterior a ese movimiento se creyó necesario recurrir a la formación de la llamada “milicia nacional”.

En la práctica, el absurdo de aquella burda imitación quedaba al descubierto por el hecho de no tener nada en común con la “guardia nacional” organizada en el transcurso del siglo XVII.

En efecto, aquélla se debió a la circunstancia de no existir entonces un ejército nacional, o dado el escaso valor combativo de las unidades militares regulares; era aquél el único medio posible para prestar consistencia y cohesión a la defensa nacional.

Inclusive las milicias y los destacamentos de guerrilleros que actuaron en las guerras napoleónicas de 1812, constituían elementos que por una u otra razón no formaban parte orgánica del ejército regular. Esa fue la circunstancia que motivó la organización de las milicias, totalmente integradas por voluntarios. Quienes hayan leído “La guerra y la paz” de Tolstoi no ignoran en qué forma, basados en cuáles fundamentos y respondiendo a qué exigencias surgiere aquellos movimientos de carácter eminentemente popular nacional.

La “guardia nacional” soviética, como queda dicho, nada tenía de común con un legítimo movimiento nacional de carácter voluntario. Lo incongruente de aquella medida consistía en que la mencionada “guardia” estaba constituida, e gran parte, por contingentes afectados por la movilizado general al iniciarse la guerra. Los integrantes de la “Milicia Nacional” no comprendidos en el decreto de movilización representaban una ínfima proporción.

En aquella fecha, el proceso de la movilización general se desarrollaba con un retraso considerable a causa de que las respectivas oficinas da los comisariatos militares no daban abasto para encauzar el potencial humano llamado bajo banderas.

Gente era lo que sobraba y, por la tanto, no se percibía la necesidad de organizar una “Guardia Nacional”; pero los intereses políticos requerían dar un carácter voluntario a la lucha y la víctima de semejante farsa fue la dichosa “milicia”.

La iniciativa para la creación de tales contingentes no partió del seno del pueblo, sino que fue impuesta por los “de arriba”. Se desplegó una “campaña de impresionante envergadura”, análoga a las otras de carácter demagógico que suele organizar el régimen soviético. Fueron convocados cuantos eran capaces de portar un arma, fueran obreros, empleados o profesionales, quienes al presentarse a sus respectivos partidarios, recibían la invitación cortés de incorporarse a la nueva "milicia" en formación.

En los que demostraban escaso entusiasmo por hacerlo, se les ponía frente a un dilema de hierro: “si usted ama a su patria y es leal al partido de Lenin y Stalin, no cabe duda de que anhelará defender su tierra con las armas en la mano; si no es así, usted es un extranjero para nosotros, posiblemente, un enemigo en potencia”. De sobra sabían todas las consecuencias de una reiterada negativa en tales circunstancias y, por consiguiente, no fueron muchos los que se obstinaron en rechazar la invitación.

Por ese medio se llegaron a reclutar decenas de miles de hombres: mal armados, con muy escasa instrucción militar, fueron arrojados a la vorágine de la guerra sin otro objeto que el de servir los intereses políticos del gobierno, en el afán de dar la impresión de que todos los hijos del país se unían en defensa del régimen soviético.

En su mayor parte, aquellos desdichados perecieron ametrallados y aplastados por los tanques alemanes; muchos se rindieron al enemigo y el sobrante fue muy pronto disuelto y distribuido en las unidades regulares del ejército rajo. El “bluff” de la “Milicia Nacional”, que costó centenares de miles de vidas, terminó tan falto de gloria como el conocido “gobierno nacional de los cosacos del Don”, creado en Finlandia.

3. PRIMERA CITACIÓN AL COMISARIATO

Figurando en la reserva del ejército rojo en mi carácter de hombre de ciencia especializado, a ser utilizado oportunamente conforme a dicha especialidad, aguardaba yo mi destino sin mayores preocupaciones. El Instituto donde trabajaba realizaba sus preparativos para su evacuación a los Montes Urales y el director me había ofrecido que yo acompañara al personal del mismo; a ese fin, el citado director había iniciado las gestiones del caso, haciendo llegar al ministerio de Guerra una lista completa del personal a sus órdenes.

El día 24 de julio recibí una citación que me ordenaba presentarme en el comisariato militar del distrito. En la misma fecha, muchos amigos y conocidos míos habían recibido la misma orden.

Al día siguiente, 25 de julio, me hice presente en el comisariato. Había un mundo de gente esperando. Se llamaba a la personas por su nombre. Al fin me tocó el turno y pasé a una oficina. Sentado ante una mesa escritorio vi un joven de unos 25 años, llevando un uniforme híbrido, a lo Stalin. Tras las preguntas preliminares de rigor en cuanto a nombre, edad profesión, etc., y después de haber inquirido si tenía yo parientes en el extranjero, el funcionario anotó en mi boleta “apto para el frente”.

Al preguntarle acerca del alcance de tal providencia y explicarle a renglón seguido que yo estaba en cierto modo, “amparado” por el Instituto, con cuyo per señal me disponía a partir con destino a los Urales, el joven me contestó que eso no era de su incumbencia, que “ya si aclararían las cosas” y, por último, que sus obligaciones se limitaban a elevar lo resuelto por él a una comisión especial adscrita al ministerio de Guerra.

Al término de la entrevista me hizo entrega de un paso especial para salir del local del comisariato y, provisto de mismo, me largué a la calle. Lo del “pase” merece comentan aparte, por constituir otra prueba elocuente del “entusiasmo” con que el pueblo respondía al llamado de las armas, según ni cesaba de martillar la prensa soviética.

En efecto, al ser citado al comisariato no había dificultad para entrar, pero para salí: era menester mostrar un permiso extendido por el funcionan encargado de tomar los datos, sin cuyo requisito el centinela apostado en la puerta no dejaba pasar a nadie.

Tan novedosa práctica se debió a la sencilla razón de que muchos de los citados, al enterarse del motivo del llamado, desaparecían sin dejar rastros. Se sabía que los comisariatos regionales, en cumplimiento de disposiciones superiores, convocaban a un determinado número de reservistas dentro de un plazo dado; en consecuencia, había muchos que se presentaban cuando ya la cuota estaba cubierta, alegando en su descargo haber estado ausente, u ocupado en cavar trincheras o cualquier otro pretexto, motivo por el cual no se presentaron a tiempo. Preciso es mencionar que muchos de ellos se hacían humo sin mayores contratiempos, pues en aquella época de caos indescriptible, nadie podía tomarse el trabajo de averiguar su paradero.

Andando el tiempo, los más avispados aparecían de pronto en algún lejano pueblecito de Siberia, emboscados en suculentas sinecuras y a cubierto de citaciones... Y en tales distantes zonas de la retaguardia se pasaron muy tranquilos toda la guerra, sin preocupaciones ni molestias.

Por aquellos tiempos no era yo lo suficientemente práctico en tales argucias, por haber dedicado la mayor parte de mi vida a trabajos científicos, sin haber tenido jamás nada que ver con el ejército rojo, salvo un curso obligatorio para el personal docente de todos los institutos superiores.

Sin pérdida de tiempo me trasladé al instituto con el objeto de poner la novedad en conocimiento de nuestro director, quien gozaba de bastante influencia en los círculos dirigentes del partido. Una vez que le hube referido los pormenores de la citación, le expresé mi desconcierto acerca de lo que correspondía hacer y de las medidas “profilácticas” a adoptar. El director me tranquilizó, asegurando que la citación respondía seguramente a la confusión reinante, agregando que podía yo estar seguro en mi puesto y desentenderme del asunto.

—No se aflija usted —concluyó— que si se atreven a tocarle ya les enseñaré yo cuántas son cinco. Y ¿quién lo reemplazaría en su cátedra? Ya está usted enterado de que han tenido el desparpajo de pedirme que prosiga con la formación de especialistas como en tiempos normales y a pesar de la guerra. Si vuelven a molestarlo, póngase de inmediato en comunicación conmigo —me dijo al separarme de él.

4. OTRA VEZ EN EL COMISARIATO

Pasaron unos días. A las tres de la madrugada del 3 de agosto sonó el timbre. Abrí la puerta. En el umbral vi al portero de turno y a un militar desconocido, quien me entregó contra mi firma una nueva citación, en virtud de la cual debía comparecer ante el comisariato militar a las nueve de aquel día. Las citaciones eran entregadas siempre en horas de la noche, como medio más o menos seguro de sorprender al interesado en su domicilio.

En las primeras horas de la mañana llamé por teléfono a casa del director del instituto; me atendió amablemente su esposa, informando que mi jefe había salido esa madrugada en avión con destino a Moscú, adonde fue llamado con urgencia por el ministerio correspondiente (en aquel entonces, el Comisariato del Pueblo). En vista de ello, llamé más tarde a su reemplazante, pero no pude encontrarlo en su casa ni en el instituto. Mi situación era poco envidiable.

Atenerme a las indicaciones del director y desobedecer la citación habría sido imposible, ya que el enviado del comisariato me había encontrado en casa; tampoco había tiempo para dar con alguna excusa que pudiera justificar mi ausencia. Sin una autorización oficial del instituto y la intervención del director no se podía faltar a la citación

Me decidí por lo más lógico, es decir, lo que hubiera parecido lógico a cualquiera que presumiese tener que habérselas con personas normales. Resolví cumplir la orden y explicar mi situación personal, en la ingenua presunción de que los funcionarios militares de la URSS obrarían conforme al más elemental sentido común.

Pero estaba equivocado. En el comisariato, como siempre, había mucha gente. No logré poner en claro el objeto de mi citación. Entregué mis papeles y me dispuse a esperar. No pasó mucho tiempo... Mi hicieron pasa...

En una espaciosa oficina, bañada de sol, vi a un grupo de militares sentados ante una mesa escritorio; presidía la mesa un mayor, con dos condecoraciones sobre el pecho, que le fue-ron otorgadas, según supe después, por la campaña de Finlandia. Me indicaron un asiento. El mayor echó una ojeada a mis papeles y, dirigiéndome la palabra, dijo:

—Camarada Konstantinow: veo que usted no ha prestado servicios en el ejército. Aquí figura como hombre de ciencia especializado, es verdad, pero de momento no existen posibilidades de utilizar sus servicios en ese sentido. Necesitamos oficiales combatientes, motivo por el cual vamos a destinarle a un curso de tres meses, al cabo de los cuales se habrá convertido usted en oficial combatiente.

—¿Con qué grado? —pregunté, intrigado. —Con el de comandante de pelotón de infantería. Se me subió la sangre a la cabeza.

—Camarada mayor —le dije— ¿es que acaso andamos tan sobrados de hombres de ciencia especializados para hacer de ellos simples comandantes de pelotón? No olvide usted que mi especialidad tiene su aplicación en la guerra. En todo Leningrado no hay sino tres personas de mi especialidad y de mis aptitudes. No hace mucho destinaron ustedes a dos de mis alumnos a las filas para trabajar dentro de su especialidad, y a mí me envían a “instruirme” con miras a graduarme como jefe de un pelotón de infantería.

—¿Qué le vamos a hacer? —replicó el mayor— tal como están las cosas, no necesitamos hombres de ciencia, sino com-batientes.

—Pero eso es juzgar las cosas con un criterio muy estrecho. —Usted no es quién para criticar las resoluciones y opiniones de la autoridad militar —respondió airado el mayor.

—Camarada mayor, permítaseme hacer una pregunta al interesado—interpuso un joven capitán con cara de hombre inteligente, que se hallaba sentado a un extremo de la mesa y que había sido testigo de la escena, sin ocultar su simpatía por mi situación.

—Cómo no...

—Camarada Konstantinow: ha cumplido usted los 35 años ¿no es verdad?

—Sí.

—¿Practica algún deporte?

—Ninguno, o muy poco, ahora, pero cuando joven era aficionado a ellos.

—¿Qué deporte era el suyo?

—La natación.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—Camarada mayor —dijo el capitán dirigiéndose al presidente de la mesa— yo creo que esto podría tener una solución.

—Ya se verá más adelante —masculló el otro.

—Camarada mayor —insistí por mi parte— me encuentro amparado por el Instituto.

Y a continuación le expuse en pocas palabras mi posición personal.

—Puede que sea como usted dice —manifestó el mayor— pero se trata de lo siguiente: esta comisión no está autorizada para proceder por su cuenta y, además, en este momento no tengo a mano los comprobantes del caso. No los hemos recibido todavía.

Dentro de una semana tiene usted que presentarse en la escuela y, acaso para entonces, pueda el director dilucidar su situación. Pero en resumidas cuentas, todos tienen que ir a pelear, y basta. Entregue sus papeles; aquí tiene su ficha de movilización, destinándolo a un curso de comandantes de pelotón. Preséntese allá el 10 de agosto. Nada más.

La entrevista había terminado. Salí a la calle. Quedaba la esperanza de que mi situación pudiera acaso quedar en claro en el transcurso de las próximas semanas, para salir de aquel enredo inexplicable. Pero en lo hondo de mi espíritu iban tomando cuerpo los presentimientos de una desgracia irreparable.



CAPÍTULOIII

EN LA ESCUELA DE ASPIRANTES

1. LOS "FAVORES" DEL MAYOR

Llegué a casa deprimido y extenuado. De vuelta en aquel ambiente familiar, recorrí con la vista los objetos queridos: los estantes llenos de libros y, sobre una mesa, las pruebas de imprenta de mi último libro que no había alcanzado a editarse antes de que estallara la guerra; el armario con mis conferencias y clases manuscritas; los papeles archivados...

Ambiente familiar, habitual, acogedor y, a la vez, ambiente de trabajo como el de los que dedican su vida a una intensa labor mental. Más de 50 libros y artículos llevaba escritos en aquella habitación y, a pesar de la guerra, el porvenir me ofrecía vastas posibilidades de proseguir con mis tareas. Nunca he sentido ansias de poder, por ser ello contrario a mi temperamento, pero amaba mi trabajo, estado de ánimo que comprenderán todos cuantos se dedican a trabajos científicos. Por otro lado, mi labor constituía el único consuelo en aquella existencia esclavizada de un habitante de la URSS.

Tenía por delante una semana para resolver mi situación, brevísimo plazo en que decidí no escatimar esfuerzos para conseguir que se dejara sin efecto aquella disposición absurda de la omnipotente “comisión especial”.

Pero muy poco duraron mis esperanzas. En la noche día de mi visita al comisariato de guerra, volvió a sonar timbre y de nuevo me entregaron una citación para presentarme a las ocho de la mañana del día siguiente.

Cuando llegué, el local estaba casi vacío. El centinela luego de examinar mis papeles, me informó:

—De ayer a hoy las cosas han cambiado: a usted se le destina a una escuela ubicada en otra localidad y tiene que presentarse en su destino, no el 4 de agosto como dice aquí, sino hoy mismo, a las 10 de la mañana. Si no lo hace, responderá de ello ante un tribunal militar.

Estaba claro lo que había ocurrido y no tuve que devanarme mucho los sesos para comprender a quién debía el gran favor: por lo visto, mi actitud no le había caído en gracia al presidente de la comisión especial, el que de ese modo se desquitaba de mi persona.

2. VIDA NUEVA

Éramos unos 300 reclutas convocados para el curso de teniente segundo. Hombres de ciencia, artistas, abogados, economistas, profesores, intelectuales .de las más diversas especialidades y una proporción considerable de universitarios constituían el contingente de futuros oficiales.

La instrucción consistía en marchas interminables y desfiles por las calles de la ciudad, estudio de las armas portátiles y ejercicios de tiro; luego, teoría y práctica de la esgrima de bayoneta, elementos de táctica en lo referente a la compañía y al pelotón, topografía y, desde luego, prolongadas clases de educación política en todos los sitios y a todas horas.

El día estaba distribuido en forma a no dejar un solo momento libre a las reflexiones y meditaciones. A las 6:30, toque de diana; a las 7:15, desayuno; a las 8:30, instrucción; a las 12, almuerzo; tras una hora de descanso, otra vez instrucción hasta las 6 de la tarde; en seguida, rancho; después, horas enteras de la llamada “auto-instrucción”, a saber, preparación de los trabajos del día siguiente; por fin, a las 10:30, retreta y silencio. Y así todos los días. En el referido horario se intercalaban, a veces, marchas nocturnas y servicios de guardia en los barrios de la ciudad cercanos a la escuela.


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