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Lujuria







Louis Alexandre Forestier





Copyright © 2018. por Oscar Luis Rigiroli / Todos los derechos reservados. Ni este libro ni ninguna parte del mismo pueden ser reproducidos o usados en forma alguna sin el permiso expreso por escrito del editor excepto por el uso de breves citas en una reseña del libro.
Publicado en 2018 en los Estados Unidos de América.


  Se trata de una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, lugares, eventos e incidentes son o bien los productos de la imaginación del autor o se utilizan de una manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o eventos reales es pura coincidencia.





Índice



Dramatis personæ

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo12

Capítulo13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Epílogo

Del Autor

Sobre el Autor

Obras de L.A.Forestier

Coordenadas del Autor

Sobre el Editor







Dramatis personæ



Alejandro Bianchi (Alex): Hombre joven argentino, en su retorno a Nueva York.

Susana Rodríguez de Bianchi: esposa de Alejandro

Jorge Bianchi: Padre de Alejandro.

Laura Ludueña de Bianchi: Madre de Alejandro.

Esteban Bianchi: Hermano de Alex.

Marta Uriburu: Dama patricia, amante de Alex.

Rachel Lewin: Muchacha neoyorquina, antiguo amor de Alex.

Brenda Hill: Recepcionista en las oficinas donde trabaja Alex.

Tad Brickmann: Jefe de Alex.

Pamela Pavlosvsky: Secretaria de Brickmann.

Latoya Brown: Compañera de trabajo y amiga de Brenda.

Simon y Sarah Lewin: Padres de Rachel y Barbra

Michael Brown: afroamericano gay. Viejo conocido de Alex.

María Morales: Niñera boliviana, antiguo amor de Alex.

Julieta Marín Gutiérrez: Joven chilena perteneciente a una familia tradicional.

Clara Gutiérrez de Rojas: Tía de Julieta.

Vicente Rojas Funes: Tío de Julieta.

Ernesto y Cristina Marín: Padres de Julieta.

Lautaro y Celia Marín Gutiérrez: Hermanos de Julieta.

Beatriz Lemunao ( Sayen): Abuela de Julieta.



Prólogo



Alex



Ya estaba adormecido en el incómodo banco frente a la puerta correspondiente a su vuelo, luego de dos horas de deambular por el aeropuerto, primero para llevar a cabo las tareas de checking in que las líneas aéreas han delegado en los viajeros y luego con el despacho de la maleta. La tensión nerviosa que suele acompañar a esas actividades previas al embarque había cedido al completarlas dando lugar al gran cansancio acumulado durante la semana previa al viaje, en la que había debido preparar todo el material que debía presentar en la convención internacional de la empresa en que trabajaba y en la que debía exhibir los resultados de la misma en el año anterior. Sus jefes habían colocado grandes expectativas en él y lo habían cargado de recomendaciones sobre los puntos a enfatizar con el objeto de resaltar los esfuerzos para superar un año con un entorno económico desfavorable en el país. Sabía que había sido elegido para representar a Argentina debido a su conocimiento de las actividades de la empresa pero sobre todo por su manejo fluido del idioma inglés, adquirido en los años en que había vivido en Nueva York, trabajando en su empleo anterior.

Los altoparlantes lo despertaron de su letargo anunciando la partida de su vuelo y dando prioridad a los viajeros frecuentes, los pasajeros de primera clase y de la clase business, a las mujeres embarazadas y con niños pequeños y los ancianos. Resignadamente se levantó de su asiento y se ubicó en la fila que se estaba formando. Reflexionó que por suerte tenía asignado un asiento junto al pasillo del avión, ya que sus largas piernas no cabían en los estrechos asientos de ventanilla y del medio.


El avión carreteó y finalmente despegó con lo que la siguiente causa de tensión quedó también aliviada y la señora mayor que no había cesado de hablarle nerviosamente se tranquilizó y se concentró en leer la revista de a bordo con todas sus textos banales y magníficas fotos. Alex cerró los ojos y dio lugar a que comenzara el proceso inconsciente de reflexión que siempre tenía lugar en el comienzo de cada vuelo. Esta vez los pensamientos no se dirigieron a la tarea que debía desarrollar en la convención, que ya tenía suficientemente meditada y no le ofrecía resquemores, sino que se orientaron a revivir los acontecimientos ocurridos diez años atrás cuando había vivido en Nueva York durante veinte meses. La experiencia había sido muy fuerte para un joven que recién había cumplido veintitrés años en la escala de trabajo en Caracas, antes de viajar a Estados Unidos. El viajero reconoció que en aquel entonces el choque cultural para el muchacho nacido y criado en un barrio de clase media en Buenos Aires había sido muy fuerte y que de alguna forma habían modelado su carácter. En aquella oportunidad había sido visitado por su entonces novia acompañada por una tía de ella y esa visita de cuatro semanas había acortado su soledad. Fue al regresar ellas a la Argentina y quedarse solo nuevamente que la ciudad de Nueva York lo devoró y reconfiguró su personalidad con los rasgos que aún conservaba, mezcla de luces y sombras que aunaban la resiliencia y fortaleza de carácter con un cierto desencanto que sin embargo no caía en el cinismo.

Cuando regresó a Buenos Aires luego de aquel período de entrenamiento se había casado con Susana y habían vivido juntos siete años. El matrimonio había naufragado luego por infidelidades reiteradas de su parte que habían culminado con su amorío con una mujer treinta y cinco años mayor que él que lo había absorbido como una esponja. Finalmente Susana lo había echado de la casa y él había tenido que enviar sus pertenencias a casa de sus padres e irse a vivir con su nueva pareja. Marta era una dama perteneciente a una de las familias patricias de Buenos Aires a tal punto que había una calle en la ciudad portando su apellido, y le había impuesto una nueva vida basada en sus estrictas normas de etiqueta. La mujer tenía un apartamento en una zona exclusiva de la ciudad y gustaba de mostrar a su pareja joven entre sus amigas de similar extracción social; lo hacía con discreción y buen tino, eludiendo todo atisbo de escándalo. En la cama Marta se transfiguraba y se convertía en una amante exigente que deseaba probar todas las variantes eróticas que surgían de sus lecturas de artes amatorias orientales; ella le había prevenido de antemano que deseaba ver cumplidas todas sus fantasías sexuales y satisfacer también las de él. Ambos postulados se habían cumplido en exceso y el repertorio que llevaban a cabo ambos amantes parecía no tener límite y el tedio y la rutina no los habían alcanzado. A pesar de la impronta física de su relación, en un anticlímax Marta le había confesado que muy a su pesar se había terminado enamorando de él y vivía este sentimiento como un problema. Sin duda sería la mujer quien más sentiría el alejamiento temporal producido por el viaje del joven al exterior.

El pensamiento errante de Alex en su butaca de avión se dirigió a un hecho reciente que había sobrevenido en forma inesperada. Aunque no era un asiduo visitante de Facebook entraba en la red una o dos veces por semana. Unos quince días atrás lo había sorprendido una solicitud de amistad que le hizo dar un brinco en su silla; aun en la duda de si se trataba de la persona que él creía confirmó dicha solicitud y todo su pasado se desplegó frente a él. Rachel Lewin era una joven con quien había trabado una relación muy íntima en su primera estadía en Nueva York.

La muchacha, perteneciente a una familia judía acomodada de Manhattan, se había ido a vivir unas semanas antes del primer encuentro de ambos a Brooklyn Heights, frente a la isla de Manhattan y de la salida del East River al mar. En una de las salidas a caminar por la explanada ribereña llamada Promenade, Alex se había sentado en uno de los bancos del paseo. Ese sitio tenía para el joven un marcado recuerdo erótico, ya que varias de sus conquistas en Nueva York habían tenido lugar allí. Se había mudado a Brooklyn Heights luego de un par de semanas transcurridas en un hotel buscando tener un sitio propio y ahorrar costos.

Estaba con la mirada perdida en los rascacielos de Manhattan y el agua del río cuando notó que se acercaba una mujer joven y que sorprendentemente se sentaba a su lado a pesar de haber otros bancos vacíos en la explanada. La joven, un poco excedida de peso y rostro agraciado aunque un tanto vulgar inmediatamente comenzó una conversación, al principio un tanto forzada, para luego invitarlo a tomar un café en su apartamento, cercano al de Alex. Tal como el muchacho había presumido la visita terminó en la cama en una maratón amatoria en la cual se había debido emplear a fondo para satisfacer las necesidades aparentemente insaciables de la mujer. Rachel le confesó que lo había estado siguiendo desde que lo había visto en la calle una semana antes, que sabía de sus paseos por el Promenade y que había aprovechado el encuentro para forzar el contacto. A pesar de lo halagüeño de la confesión Alex fue sorprendido por la candidez con que la mujer había expuesto sus sentimientos hacia él, sin dudas teñidos un tanto por sus fantasías.

Durante toda la estadía del muchacho en Nueva York ambos habían tenido relaciones sexuales, aunque él le había hecho saber que no tenían carácter de exclusividad.


Luego del primer contacto por Facebook la mujer le había enviado mensajes casi a diario, no siempre respondidos por Alex, en los que le hacía saber sus deseos de volverlo a encontrar; incluso se había declarado dispuesta a viajar a Buenos Aires a tal fin, hasta que finalmente él le había hecho saber que se trasladaría a Nueva York por razones de trabajo, aunque no le había hecho saber la fecha, para evitar crearse una obligación tan pronto llegara a la ciudad. La respuesta de la mujer no se hizo esperar.

"Sigo viviendo en el apartamento de Willow Street que tú conoces. Allí te espero." Inmediatamente añadía la dirección exacta como un recordatorio, así como su número telefónico. Todo esto recordó a Alex sus sentimientos de sentirse abrumado por los requerimientos de la muchacha que había experimentado en su anterior estadía en Nueva York, con la consiguiente sensación de falta de un espacio propio; ahora tenía un mayor grado de madurez para analizar sus sentimientos y de decisión para poner frenos a la invasión de su ámbito vital.


Con todos esos recuerdos en su mente Alex quedó finalmente dormido al atenuarse las luces del avión.





Capítulo 1



Brenda



Cuando se presentó en el espacioso hall de entrada del edificio que su empresa ocupaba en Park Avenue Alex quedó impactado por el aspecto ultramoderno y hasta un poco ostentoso del sitio, muy diferente de las funcionales pero modestas oficinas de la filial en Buenos Aires, ubicadas en un edificio cercano a la Plaza San Martín, un vecindario céntrico y tradicional. Luego de orientarse se dirigió a la oficina de recepción atendida por una bella muchacha afroamericana.

-Buenos días, tengo una cita a las nueve horas con el señor Tad Brickmann.

-¿Su nombre, por favor?

-Alejandro Bianchi, de Argentina.

La joven consultó por teléfono en un susurro y expresó luego con una sonrisa.

-Es en el piso 11. Allí lo estará esperando la señorita Pavlovsky, secretaria del señor Brickmann.

Alex, experto en analizar lenguajes no verbales, especialmente los de mujeres jóvenes y bonitas, tuvo la sensación de que la mirada de la recepcionista se demoraba en él un instante más que lo estrictamente requerido por la cortesía y supo interpretar esa sensación. Dedicándole su mejor sonrisa y leyendo la pequeña credencial identificadora que la joven lucía en la solapa de su elegante solapa contestó.

-Gracias Brenda.

Luego se dirigió a los ascensores ubicados enfrente de la recepción y al entrar en uno de ellos y darse vuelta vio que la joven lo había seguido con la mirada. Al sentirse observada la mujer se sintió súbitamente turbada y realizó un ademán de ocuparse de unos papeles en su escritorio, pero luego volvió a cruzar su mirada con la de Alex, justo antes de que la puerta del ascensor se cerrara

"Brenda Hill". Pensó el hombre. "Y tengo el número de teléfono del conmutador."

Una mujer afroamericana encargada de distribuir la correspondencia en las oficinas que había seguido la escena desde cerca y había interpretado todos los códigos visuales y las conductas que implicaban, se acercó con total familiaridad y desparpajo a la recepción y dijo a la muchacha ubicada en ella.

- Bien Brenda. ¿Que ha sido eso? ¿Un flechazo?

La aludida se movió en su asiento, a la vez halagada y molesta por el comentario.

-No inventes cosas, Latoya, es sólo otro nuevo empleado que se presenta.

La aludida, sin hacer caso de las palabras de su interlocutora, siguió con su propio tema.

-Vi como te miraba desde el ascensor. Y también como lo mirabas tú. No puedes engañar a Latoya. Apenas lo oí hablar, pero noté su acento. ¿Qué es, francés?

-No, argentino, y tiene una apellido que suena italiano.

-Alto y delgado. Cabellos rojizos y ojos azules.

-Verdes.- respondió apresuradamente Brenda.

-No pretendas entonces que no te has fijado en él.

-Vete de aquí a repartir el correo.- Contestó con enojo fingido la muchacha.- Allí vienen otras personas que debo atender.

Al llegar al piso 11 efectivamente una mujer de mediana edad lo estaba esperando y se presentó amablemente extendiéndole la mano.

-Soy Pamela Pavlovsky, secretaria del señor Brickmann. Sígame por favor.

Al recorrer el pasillo que conducía a la oficina de Brickmann Alex tuvo una primera impresión de la empresa en que iba a trabajar en los siguientes meses o años. Lo que vio fueron largas hileras de puestos de trabajo dotados de computadoras de escritorio obviamente de última generación y todo tipo de elementos tecnológicos. El ambiente era de trabajo intenso pero no había señales de ansiedad o stress, fácilmente detectables para un ojo avezado. El aspecto general le agradó.

La secretaria llegó finalmente a una puerta que lucía una placa con el nombre de Brickmann, la abrió y dijo al recién llegado.

-El señor Brickmann está en una teleconferencia con Londres, pero terminará en breve. Siéntese por favor. ¿Le traigo un café?

-No gracias, estoy bien.

Al estar por un momento solo la mente de Alex retornó a la recepcionista, no dejándole dudas de que el breve contacto había dejado una impronta en él. Desde su anterior estadía en Nueva York Alex había quedado impactado por algunas mujeres afroamericanas de gran belleza, pero diez años atrás aún permanecía en él y en la sociedad una barrera racial tenue pero tenaz. Su impresión en esas pocas horas que había estado en Estados Unidos es que esa barrera se había difuminado, y que a nadie le llamaría la atención verlo a él llevando del brazo a una mujer negra y bonita.


Tad Brickmann resultó ser un hombre de unos cuarenta años, jovial y expansivo. Le explicó en detalle las funciones que Alex debería desempeñar en la casa matriz, de las cuales el recién llegado había recibido una descripción somera en Buenos Aires.

-Tu anterior jefe me ha dado óptimas referencias sobre ti. Vas a reemplazar a uno de mis principales auxiliares quien va a hacerse cargo de una nueva oficina en Singapur. Espero que tu experiencia con filiales mas chicas nos ayude en las funciones de coordinación interregional. Tengo grandes expectativas puestas en ti. No va a ser fácil cubrir el hueco que deja Ian.

-¿Ian?

-Tu antecesor.

-Espero satisfacer sus expectativas.

-Lo harás. ¿Te das cuenta que este puesto te dará una visibilidad en la empresa que nunca hubieras conseguido en Buenos Aires?

-Por supuesto. Por eso acepté la oferta de venir.

-¿Sólo por eso?

Alex meditó unos instantes y contestó con franqueza.

-Deseaba regresar a Nueva York. Esta ciudad ha dejado una impronta muy fuerte en mí.

-Bien. Dime ¿estás registrado en un hotel?

-Si, en la zona de Gramercy Park, pero me pienso mudar a un apartamento lo antes posible.

-¿Tienes alguna zona en mente?

-Sí. Brooklyn Heights, donde viví en mi anterior estadía.

-¿Necesitas alguna ayuda para elegir una casa y mudarte?

-No, gracias, pienso que me puedo arreglar solo.

-Mañana es viernes. Comenzarás a trabajar con nosotros el lunes. Tómate estos días para encontrar una vivienda. ¿Tienes tarjetas de crédito?

-Sí, las que traje de Buenos Aires.

-¿Son válidas aquí?

-Sí, son internacionales.

-Bien, te abriremos una cuenta en el banco que está en la esquina. Pamela te acompañará pues tenemos contactos allí. Queremos que tu cuenta está habilitada de inmediato.

La reunión terminó amablemente y Pamela se les unió y recibió las órdenes del jefe.


-En primer lugar te mostraré el sitio donde vas a trabajar y te presentaré a tus nuevos compañeros. Estamos armando tu puesto de trabajo y estará listo para el lunes. ¿Hace mucho frio afuera?

-Bastante.

-Espérame en mi oficina. Voy a despachar unos correos electrónicos, tomo mi abrigo y te acompaño al banco.

Alex se sentó en una butaca situada frente a una pequeña mesita baja. Allí vio unos pequeños papeles para notas y una lapicera. Siguiendo un impulso tomó uno de los papeles y escribió una breve frase en el. En ese momento apareció Pamela.

-Vamos entonces.

Ambos descendieron en un ascensor y atravesaron el hall de recepción. Brenda estaba atendiendo a un visitante pero aún así levantó sus ojos al verlos pasar.


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