Excerpt for El pasajero by , available in its entirety at Smashwords

Página 226 de 226 El pasajero - Copyright @ 2018 J. J. García Cózar

El pasajero

Juan José García Cózar

Smashwords Edition

v 1.0

Copyright @ 2018 J. J. García Cózar


Rights reserved.

You can download the novel for free for personal use only from any authorized retailer, and even print it on paper if you prefer. If you want to recommend the novel to other readers, give them the link to the retailer's website from where they can download it; please do not send them copies of the original document. Distributions, modifications and commercial uses are prohibited. Copies of small fragments can be used in educational institutions only for educational purposes and always naming the author.

Smashwords Edition, License Notes

This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each recipient. If you’re reading this book and did not purchase it, or it was not purchased for your use only, then please return to Smashwords.com or your favorite retailer and purchase your own copy. Thank you for respecting the hard work of this author.


AUTHOR SUGGESTION:

Please, I would be very grateful if, after downloading the novel and reading it, you would log in Smashwords and rate it from one to five stars, adding some critical, constructive and sincere comment about your personal impressions regarding the story. This helps the author a lot, since it allows him to know the opinion of his readers and also gives him the possibility to learn from his own mistakes, allowing other people who might be interested to know more about the novel before opting for it.

Derechos reservados.

Puede descargar la novela gratuitamente solo para su uso personal desde cualquier minorista autorizado, e incluso imprimirla en papel si lo prefiere así. Si desea recomendar la novela a otros lectores, páseles el enlace a la página web del minorista desde donde puedan descargársela; por favor, no les envíe copias del documento original. Quedan prohibidas las distribuciones, modificaciones y los usos comerciales. Pueden usarse copias de pequeños fragmentos en instituciones de enseñanza solo con fines educativos y siempre nombrando al autor.

Edición Smashwords, Notas de la licencia

Este libro electrónico está licenciado para su disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede volver a ser vendido o regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor, compre una copia adicional para cada destinatario. Si está leyendo este libro y no lo compró, o no se compró para su uso solamente, entonces por favor regrese a Smashwords.com o su minorista favorito y compre su propia copia. Gracias por respetar el trabajo duro de este autor.


SUGERENCIA DEL AUTOR:

Por favor, le agradecería mucho que, tras bajarse la novela y leerla, iniciase sesión en Smashwords y la valorase de una a cinco estrellas, añadiendo algún comentario crítico, constructivo y sincero sobre sus impresiones personales con respecto al relato. Esto ayuda mucho al autor, ya que le permite conocer la opinión de sus lectores y además le da la posibilidad de aprender de sus propios errores, permitiendo a otras personas que pudiesen estar interesadas conocer más de cerca la novela antes de decantarse por ella.

DATOS DE LA OBRA:

Título/Title: El pasajero/The Passenger

Edición e-book/E-book edition

Autoría, maquetación, diseño de portada y edición/Author, layout, cover design and publishing: J. J. García Cózar.

Fotos e imágenes bajo licencia CC0 de Pixabay/Photos and pictures under CC0 license from Pixabay.

Fecha de publicación/Release date: Agosto de 2018/August 2016.

País/Country: España/Spain.

Idioma/Language: Español/Spanish.

Género literario/Literary genre: Novela/Novel. – Fantasía épica inspirada en un hecho histórico.

ISBN: 9780463267462 (issued by Smashwords for the EPUB version of the book only)


Enlaces a webs, redes sociales y blogs relacionados (Links to webs, social networks and related blogs):

Smashwords: https://www.smashwords.com/profile/view/JJGarciaCozar

Google+: https://plus.google.com/collection/cDJuME

Facebook: https://www.facebook.com/profile.php?id=100014386390780

Twitter: https://twitter.com/JJ_GarciaCozar (user: @JJ_GarciaCozar)

Email: jjgarciacozar@gmail.com


Número de caracteres (characters): 462.654

Número de palabras (words): 93.947


SINOPSIS:

Ishbiliya, tierra de hispanomusulmanes, mozárabes y judíos, y capital de una de las coras más importantes, prósperas y cultas de al-Ándalus, fue tomada por vikingos normandos de una manera sangrienta y cruel en el año 844. Su gran número, capacidad de combate y sus avanzados barcos ligeros de guerra eran tan arrolladores que se decía que no había fuerza en el mundo capaz de contener la amenaza nórdica que se cernía sobre todo el continente.

Esta es la historia de un humilde cazador hispanorromano de las afueras cuya vida se vio envuelta en mitad de una batalla que no entendía, en un mundo completamente desconocido, oscuro y aterrador, al que no tuvo más opción que adaptarse para poder sobrevivir entre invasores extranjeros y seres sobrenaturales de extraordinario poder y vileza; algo para lo que no estaba preparado, nadie lo estaba.

Y la vida de todos… cambió para siempre.


DEDICATORIA:

A mi mujer y a mi hija, las dos mujeres que hacen de mi vida, de cada día, de cada segundo...un regalo. Sin ellas no sería quién soy, ni me dedicaría a lo que me dedico. Una me enamoró cuando la conocí en la universidad y la otra se convirtió en mi mayor pasión cuando la vi por primera vez hace ya ocho años en el paritorio del hospital, delgadita y azulada, y era preciosa. Os quiero muchísimo, mi reina y mi princesita, sois… mi vida.


AGRADECIMIENTOS:

A mi familia, por su paciencia y comprensión durante tantísimos meses a la hora de brindarme la tranquilidad y el tiempo que necesitaba para escribir esta novela.

A mi hermanita, por ser la primera en leerse el borrador de mi relato y expresarme su opinión con honestidad. Siempre me animó mucho saber que se terminaba mis novelas en un tiempo récord porque todas consiguieron engancharla desde el principio.


BIBLIOGRAFÍA DE REFERENCIA HISTÓRICA:

Así vivían en al-Andalus” de Jesús Greus. Colección “Biblioteca básica de historia”. Edición especial “Biblioteca EL SOL” (ejemplar entregado con el diario El Sol). Grupo Anaya, S.A., 1988. ISBN: 84-7969-035-6

"Historia de Andalucía" (8 volúmenes). CUPSA Editorial y Editorial PLANETA, S.A., 1980. ISBN: 84-390-0136-3



Índice de capítulos

Capítulo 1. El hoyo

Capítulo 2. El pasajero

Capítulo 3. El campamento

Capítulo 4. El fulgor fugaz

Capítulo 5: El alimento

Capítulo 6: El hogar

Capítulo 7. El ingenuo

Capítulo 8. Los recuerdos malditos

Capítulo 9. La patrulla

Capítulo 10. La decisión

Capítulo 11. La bruja

Capítulo 12. El plano espectral

Capítulo 13. La fuga

Capítulo 14. Los indeseables

Capítulo 15. La amenaza

Capítulo 16. El segundo pendiente

Capítulo 17. La hija

Capítulo 18. La partida

Capítulo 19. La ciudad

Capítulo 20. Mig

Capítulo 21. La pesadilla

Capítulo 22. El desagradecido

Capítulo 23. La súcubo

Capítulo 24. La cena

Capítulo 25. La excursión

Capítulo 26. Cambio de destino

Capítulo 27. De vuelta en la ciénaga

Capítulo 28. La revelación

Capítulo 29. Una visita inesperada

Capítulo 30. Un paseo por los caminos

Capítulo 31. Los gritos

Capítulo 32. La posada de Quisco

Capítulo 33. Destellos de su familia

Capítulo 34. Los extranjeros

Capítulo 35. El pastorcillo

Capítulo 36. Alba

Capítulo 37. Los remordimientos

Capítulo 38. La huida

Capítulo 39. El almacén de hierbas

Capítulo 40. La vela

Capítulo 41. Cambio de bando

Capítulo 42. La recuperación

Capítulo 43. La invasión

Capítulo 44. El despertar

Capítulo 45. El don

Capítulo 46. La despedida

Capítulo 47. Una voz conocida

Capítulo 48. La casucha del leñador

Capítulo 49. El amuleto radiante

Capítulo 50. La humareda

Capítulo 51. Un reencuentro desafortunado

Capítulo 52. Los secretos

Capítulo 53. El pasadizo

Capítulo 54. En el interior

Capítulo 55. El retraso

Capítulo 56. El amigo fiel

Capítulo 57. Camino a Talyata

Capítulo 58. Hacia su destino

Capítulo 59. La batalla final

Capítulo 60. La mariposa

Capítulo 61. Juntos

Capítulo 62. Reminiscencias del pasado

Capítulo 63. El suicidio

Capítulo 64. Casualidades

Capítulo 1. El hoyo

Cuando despertó de la enorme caída en el foso apenas podía centrar la mirada, sus sentidos se negaban a reaccionar, no respondían, todo era muy confuso.

Los pocos haces de luz que se filtraban desde el agujero superior a través de aquel hoyo inesperado del terreno, profundo y estrecho, mostraban tímidamente lo que tenía a su alrededor. Solo había oscuridad y humedad por todas partes.

Se incorporó a tientas, quedando sentado sobre algo extraño, como compuesto de fragmentos de huesos, tela raída y desgarrada, y unos objetos que no pudo identificar; su aturdimiento no le dejaba pensar con claridad.

Miró instintivamente hacia arriba buscando la escasa luminosidad. Tambaleándose, consiguió a duras penas ponerse de pie. Y agarrándose como podía a las raíces salientes que envolvían las paredes de aquella cavidad oscura y siniestra, intentó alcanzar la salida, ir hacia la luz; pero sus fuerzas estaban muy mermadas y el fuerte golpe le hizo mucho daño.

Un hilillo de sangre que le acariciaba el rostro brotaba desde su frente, a pocos milímetros sobre su ceja izquierda, buscando el camino hacia su barba de varios días. Quizás su aturdimiento era por ese golpe, aunque también sentía un dolor tremendo en su rodilla derecha, seguramente porque caería volcando todo su peso en ella al impactar contra el suelo. Sus manos, llenas de arañazos ensangrentados, sucios y empapados en sudor frío, no se aferraban con la firmeza necesaria y volvió a derrumbarse de nuevo agotado. Intentar salir en ese momento era casi imposible.

Se esforzaba en entender qué había pasado, pero los recuerdos no volvían con facilidad, solo secuencias desordenadas de su habitual rutina de caza para alimentar a su familia y nada más. Poco a poco empezó a recordar la persecución de un jabalí entre los matorrales, la carrera desesperada y fulgurante tras una presa escurridiza arco en mano, un suelo inestable y decrépito que se desplomó bajo sus pies... y el vacío.

Pero todo eso lo solía hacer de madrugada, y la intensidad del sol era la del mediodía, podía apreciarlo cuando miraba a la ansiada salida del foso. ¿Tanto tiempo estuvo inconsciente? Notaba que iba recuperando sus fuerzas, empezaba a pensar con mayor claridad.

Volvió a intentar salir de allí sin mirar otra cosa que no fuesen las oscuras y terrosas paredes de la cueva. Se agarraba a los raigones más gruesos y alargados que se extendían por ellas usando manos y pies, para enredarse y ganar firmeza en su ascenso, despacio, con seguridad, sin dejar de trepar hasta que consiguió por fin sacar la cabeza por el agujero y sentir la calidez del sol en su rostro.

Tras unos minutos eternos más de esfuerzo consiguió salir, quedándose tumbado en el suelo de la llanura junto a aquella excavación antinatural tan angosta y escondida, rodeado de plantas, flores y arbustos que ocultaban la fatídica zanja. Su agotamiento por extenuar las escasas fuerzas que le restaban le hizo volver a perder el conocimiento de nuevo, quedándose profundamente dormido.

Capítulo 2. El pasajero

¡Despierta! ¿Puedes oírme?

En su sueño, una voz susurrante, ronca y desagradable, entraba sin invitación, grosera e intrusiva.

¡¡¡He dicho que despiertes!!! ¡Maldito estúpido!

El joven cazador se incorporó muy sobresaltado. Algo le hablaba desde su interior, y seguía haciéndolo estando despierto. Quizás ese golpe fue demasiado fuerte, quizás aún estaba durmiendo.

—¿Hay alguien ahí? ¿Quién... quién me habla?

Miraba hacia todas partes desesperado, pero no veía a nadie..., algo no iba bien. Una extraña pero poderosa sensación envolvía todo su ser de manera caótica y difusa.

No me busques fuera..., estoy dentro.

—¿Quién eres? ¡¿Dentro de dónde?!

Dentro de ti.

—¡Estás... estás en mi mente! ¡¡¡Me estoy volviendo loco!!!

No digas estupideces, pareces idiota —respondió el susurro como gruñendo, como con asco.

—¿Tú eres... yo? ¿Eres un producto de mi mente?

No, soy otro.

—No puedo oír tu voz, pero... te escucho como a un susurro en mi cabeza, un murmullo, un pensamiento que no sale de mí. ¡Esto es una locura! ¡¿Qué me está pasandoooooo?!

¡No seas necio! Eres patético, y no me estás prestando atención... —dijo la voz interior con gran frialdad, como lanzando una advertencia inquietante—. Escúchame, no estás loco. Entré en ti porque necesito una forma física para cumplir mi cometido. No le des más vueltas. Acéptalo, es tu destino, para bien o para mal.

—No entiendo nada... Debo estar... alucinando por el golpe; oigo como un rumor oscuro y retorcido sin sentido en mi mente —se decía una y otra vez, intentando retomar la cordura, concentrándose para no desvariar—. Volveré al campamento a pedir ayuda; sí, eso es, con suerte habrá otros cazadores. Y después iré a ver a Jul, la vieja huraña de la ciénaga, he oído que es una bruja muy sabia que sabe curar cualquier cosa por un precio; sus remedios naturales me podrán bien, le pagaré lo que me pida. Es lo mejor, eso haré...

Me estás empezando a enfadar, y ese es un camino que es mejor que no cojas —añadió el susurro en un tono tan espeluznante que helaba la sangre—. ¡No me estás escuchando! ¡¡¡No estás loco ni enfermo!!! Yo existo..., y vivo en ti.

—Pero..., pero eso es... imposible. En mi cuerpo solo… solo puedo estar yo —respondió el cazador muy asustado y confuso, intentando razonar lo sucedido sin éxito—. No... no puede haber nadie más.

Yo no soy como tú, un simple mortal, inútil y débil. Yo soy... algo más.

—¿Pero cómo es que estás dentro de mí? ¡¿Cómo?!

Llévame al campamento de cazadores, ahora —dijo la voz interior con indiferencia y autoridad, tratándolo como a un sirviente por el que no sentía el más mínimo aprecio, como a un perro callejero sucio y sarnoso.

—¡No pienso seguir las órdenes de una voz insultante y grosera que me habla desde mi interior! —protestó el cazador rebelándose de manera tajante—. ¡Eres un pasajero no deseado! ¡¡¡Sal de mi meeeeeenteeeeee!!!

Como tenga que repetírtelo... vas a sufrir —añadió el susurro en un tono tan despótico y conminatorio que le hizo sentir escalofríos. Una sensación espantosa de maldad recorrió su interior de punta a punta.

—Pero... Pero dime al menos quién eres. Necesito saber con quién... estoy hablando. ¿Cómo te llamas?

No tengo nombre en tu idioma. Pero antes me llamaste pasajero; me gusta, puedes llamarme así.

—No iré al campamento... si no me das una buena razón para hacerlo —añadió resistiéndose a su soberanía.

Si no lo haces te haré daño, mucho... mucho daño. ¿Quieres sufrir?

—¡No puede ser! —volvió a repetirse, analizando de nuevo la situación dentro de tanto desconcierto, intentando autoconvencerse de que era inútil hablar consigo mismo—. ¿Qué estoy haciendo? Estoy... estoy discutiendo con... nadie, ¡pero eso es ridículo! Quizás estoy perdiendo el juicio y la sensatez... Es eso. El golpe en mi cabeza debió ser muy fuerte, llevo hablando solo un rato, no me lo puedo creer. ¡¿Qué me está pasando?!

¡Maldito estúpido! ¡No me estás prestando atención! ¡Tú lo has querido! ¡¡¡Me has conseguido enfurecer!!!

Dan no entendió a qué se refería el pasajero con esa amenaza, aunque al menos dejó de hablarle desde su mente; quizás su mal se había acabado por fin.

Hasta que sus manos empezaron a no responderle, se movían solas de forma extraña, sus dedos hacían movimientos bruscos, antinaturales, muy rápidos, abriendo y cerrando la mano, al igual que su cuello, hasta que una de ellas empuñó el cuchillo de desollar que tenía en la funda de su cinturón, lo dirigió a su mejilla derecha y lo clavó sutilmente abriendo una herida curva y ancha desde la sien hasta la altura de su pómulo, desplazándolo lentamente y girándolo mientras lo hacía, abriendo su carne con precisión y saña, separando su piel, para después marcar tres líneas verticales muy pequeñas pero profundas que parecían que brotaban desde la abertura más larga inicial.

¡¡¡Esto te recordará a quién sirves a partir de ahora!!! O te haré pasar un tormento inhumano, una pesadilla en vida. Esta herida nunca cerrará... ¡Nunca!

El pobre cazador estaba petrificado de miedo, soportaba a duras penas ese dolor tan intenso y cruel, de los lentos y profundos cortes. Pero su cuerpo seguía sin responderle, no podía soltar el arma ni mover las manos, y su mejilla se mantenía quieta sin poder retirarla de la hoja del cuchillo; podía ver y sentir, pero no podía controlar sus extremidades ni su cuello. El grito estridente que lanzó por la tortura le salió desde el fondo de su ser.

—¡Aaaaaah! ¡¡¡Paraaaaaa!!! ¡Aaaaaah! —chillaba desesperado destrozándose la garganta—. ¡¡¡Ya basta!!! ¡No me hagas más daño! ¡Devuélveme mis brazos y mi cuello! ¡¡¡Me estás asustando muchoooooo!!! —le gritaba intentando detener el tormento, ya casi sin voz—. ¡De acuerdo! ¡De acuerdoooooo! ¡Haré lo que quieras!

De pronto, sus brazos se desplomaron y el sucio cuchillo ensangrentado cayó al suelo. Su cuello se relajó, al igual que su cabeza, quedando extrañamente inclinada hacia adelante, como suelta. Y no se oía nada más, ni un leve suspiro; la voz interior ya no se manifestaba de ninguna manera. El joven cazador pudo retomar de nuevo el control de su cuerpo con cierto alivio.

Segundos después, se llevó aterrado sus manos a la herida ardiente, desesperado. Sus dedos intentaban parar la hemorragia pero el tacto sobre la carne abierta le asustó muchísimo. Esa herida fue hecha a propósito como una señal, creada para permanecer imborrable en el tiempo.

—¡Me has marcado! ¿Por qué? —preguntó sollozando entre lágrimas.

No obtenía respuesta. El miedo ahora era mayor. La herida no dejaba de sangrar, mucho más que la de la frente que se hizo al caer al foso. Sacó lo que parecía un pañuelo de su morral para limpiarse las heridas, e inmediatamente corrió desesperado hacia el campamento avanzado de cazadores.

Durante la huida fulgurante se cayó varias veces al suelo, su pánico interior creció y no prestaba atención a las irregularidades del terreno. Miraba hacia atrás mientras avanzaba apresuradamente intentando ver algo persiguiéndole; pero no había nada, no entendía nada, solo sabía que quería salir de allí cuanto antes y que no quería volver a oír ese susurro espeluznante y cruel. Tropezaba con rocas, chocaba con árboles, entraba en barrizales descuidadamente... Nada importaba, solo quería llegar a su refugio, donde podría encontrar a alguien que pudiese ayudarle.

Capítulo 3. El campamento

Ya estaba atardeciendo, y el cazador se sentía muy cansado de tanta carrera desesperada y tantas sensaciones desagradables. Al menos su herida dejó de sangrar con tanta intensidad, y tampoco oía más el susurro inquietante en su mente; parecía que todo se iba arreglando por sí mismo.

A lo lejos ya veía las tres casuchas del asentamiento de caza. Pero la leña seca apilada en el centro del campamento estaba prendida, con varias personas sentadas a su alrededor, algo que no esperaba realmente; pensaba que estaría solo cazando por esa zona.

Ver gente allí era una buena noticia, porque siempre gustaba encontrar a otro cazador con quien compartir comida y lumbre; en esos parajes, tan solitarios y salvajes, la compañía siempre se agradecía. Y como era habitual cada noche, se contarían historias antiguas y leyendas del bosque mientras compartiesen algo de bebida para pasar el rato.

Aún con un largo trecho por recorrer, se sentó unos minutos sobre una roca a un lado del camino sin dejar de mirar el fuego lejano del campamento; necesitaba descansar, estaba completamente agotado. Observaba a los que estaban a su alrededor, no los reconocía a tanta distancia, parecía que eran tres. Estaba deseando ir con ellos y contarles todo lo que le había pasado.

Tras sentirse recuperado de tanta fatiga, continuó andando hacia sus compañeros de oficio algo más tranquilo y aliviado. Conforme se iba acercando los oía reírse exageradamente y gritarse unos a otros como bromeando. Sin duda se lo debían estar pasando muy bien contando las viejas historias de los antiguos.

Cuando ya estaba lo bastante cerca se dio cuenta que ciertamente no conocía a ninguno, eran extraños, y tampoco vestían los miméticos atuendos de cuero con capucha típicos de los cazadores. Sus vestiduras eran parecidas entre ellos, nunca vio ninguna igual antes. Sonrió ampliamente y siguió acercándose, deseando compartir el calor del fuego y algo de comida y bebida.

¡¡¡Mátalos!!!

—¡¿Qué?! ¿Sigues... sigues dentro de mí? —preguntó el joven cazador incrédulo, temeroso y muy preocupado.

Esos de ahí delante tienen la maldad en su interior. Mátalos, o ellos te matarán a ti.

—Tú no sabes sus intenciones, hablas sin saber.

Puedo sentir la maldad a gran distancia, es como si pudiese olerla. Si no acabas con ellos, ellos lo harán contigo.

—¡Soy un maldito perturbado! ¡¡¡Déjame en paaaaaaz!!! —gritó desesperadamente mientras se tapaba inútilmente los oídos con sus manos y salía corriendo como un loco hacia el campamento.

Cuando los tres hombres calentándose en el fuego oyeron el grito y sus pasos apresurados, giraron rápidamente la cabeza buscando el origen de ese estruendo y dejaron de hablar y reír. Se quedaron mirando a Dan jadeando por la gran carrera, ya junto a ellos, con sus ojos asustados y ojerosos, exhausto, aún tapándose los oídos con sus manos.

—¿Y quién eres tú? ¿De dónde sales? —le preguntó el más grande de los tres extraños.

—Soy Dan, un cazador. Tuve… un accidente en el bosque y decidí volver al campamento para buscar ayuda. Me hice varias heridas, en la rodilla, la frente y la mejilla. Necesito… algo para desinfectarlas —le respondió mientras intentaba recuperar el aliento—. ¿Quiénes sois? No... no os conozco.

—Y dime, Dan, ¿estás solo o hay alguien más contigo?

—Solo. Siempre suelo venir solo, conozco el terreno. Vengo a cazar para alimentar a mi familia; es mi oficio y nuestro principal sustento. Vivo a las afueras de la ciudad.

¡Idiota! ¡Esos hombres son criminales, ladrones y asesinos, puedo verlo en sus ojos a través de los tuyos! ¡Corre o te matarán!

—¿Qué es esa mancha blancuzca que tienes ahí? ¡Qué asco!

—Es un defecto de nacimiento. Clareó la zona derecha de mi cara y me dejó casi ciego de ese ojo.

—Pero si tienes... —añadió el extraño mirándolo muy de cerca con cierta repulsión—, media ceja canosa y el ojo gris... Y esa herida tan fea debajo… ¡Uf! ¡Das grima!

—Es posible.

—Bueno, vayamos a lo que importa de verdad… ¿Tienes dinero en tu morral?

¡Acaba con ellos o lárgate a toda velocidad, pero no te quedes sin hacer nada! ¡¡¡Inútil!!! ¡Eres patético!

—¡¡¡Cállate y déjame en paz!!! —chilló desesperado Dan al susurro.

—¡¿Qué me has dicho?! —gritó envalentonándose el grandullón, como sintiéndose ofendido.

—No, perdón. No... no era a ti. Es que el golpe me está creando como... alucinaciones, me hacen... oír susurros extraños, como voces en mi mente que me atormentan, groseras y terroríficas.

—Este bribón es un demente, seguro que por eso está solo —dijo otro de los tres hombres, uno que fumaba una especie de pipa casera—. Mirad sus ojos, parece que ha visto un fantasma... No es más que un perturbado sin suerte.

—Entonces seguro que nadie lo echará de menos si desaparece, ¿no creéis, chicos? —preguntó sarcásticamente el enorme extraño riéndose de manera poco elegante—. ¿Cuánto dinero tienes en ese morral? ¿Tienes además comida y bebida ahí?

—¡¿Qué?! Vosotros... no sois cazadores. Sois unos criminales, ladrones y asesinos; el pasajero tenía razón... —dijo Dan muy sorprendido y asustado.

—¡¿Qué nos has llamado?! ¿Y quién es ese pasajero? ¡Dijiste que estabas solo! ¡Grrrrrr! —gruñó el grandullón del grupo.

—¿Sabes? Ni yo mismo nos habría definido mejor —añadió el tercer extraño, uno muy desaliñado con una enorme barba muy sucia y descuidada, carcajeándose burlonamente mientras se ponía de pie y desenfundaba una brillante espada con su mano derecha.

Alzó lentamente la hoja reluciente de su arma acercándola al cuello de Dan, como para amedrentarlo, riéndose groseramente, mientras no dejaba de mirarlo a los ojos con cierta desfachatez y altanería. Los otros dos lo azuzaban para que lo liquidara por parecer un desequilibrado inútil y cobarde.

—¡Dibújale un bonito collar rojo en su cuello! —gritó el de la pipa partiéndose de risa.

—¡Síííííí! ¡Libremos al mundo de este patético lunático! —añadió el espadachín—. ¡Les haremos un favor a todos!

Dan no reaccionaba, su pánico se disparó terriblemente al sentir el frío del acero rozando su yugular; sabía que estaba perdido. Su agotamiento no le dejaría correr con garantías, lo cazarían en pocos segundos y lo matarían salvajemente. Además, con su arco era muy bueno, pero no a cortas distancias, y jamás podría matar a una persona, nunca lo hizo antes.

Repasó con la mirada su equipo, y vio que no estaba su arco colgado a su espalda, solo su carcaj con unas pocas flechas; seguramente se le caería en el foso donde encontró al pasajero sin que se diera cuenta, o quizás por el tortuoso camino hacia el campamento de cazadores, no lo recordaba; el aturdimiento por la caída y el miedo al susurro en su mente no le permitieron reparar en nada más durante la huida.

Solo tenía su pequeña hacha mellada para despiezar animales cazados y poder cortar sus huesos de un tajo, y su viejo cuchillo de desollar, del tamaño de un puñal, tremendamente afilado para poder retirar las pieles con precisión, pero también inútil contra una espada por su mayor longitud y firmeza. Su única opción era intentar convencerlos para que no lo mataran.

—¡Espera! ¡Por favor! —dijo muy nervioso y visiblemente alterado, intentando disuadir al asesino—. Tengo una familia que depende de mí, no me mates, por piedad. Os daré las tres monedas que tengo y la poca comida que me queda en mi morral. Tomadlas, no tengo nada más.

Dan se soltó muy lentamente el viejo zurrón de caza dejándolo caer en el suelo. Los tres extraños reían sin parar viendo lo fácil que les resultó someter al joven cazador, pero parecía que la entrega de sus pertenencias no era suficiente pago por su vida.

El asesino no alejaba la espada de su cuello. Dan estaba a punto de desfallecer, tanta tensión era demasiado para él y empezaban a temblarle las piernas.

¡Mátalos!

—¡No puedo hacerlo! ¡No soy un asesino!

¡Maldito idiota! Eso no es asesinar, es defenderse. ¿No ves la diferencia? ¡Que te van a matar, inútil! ¡¡¡Haz algo!!!

—Este loco está otra vez hablando solo —dijo burlonamente el bandido que fumaba en pipa—. ¡Qué pena tener que deshacernos de él! Realmente entretiene mucho verlo desvariar tanto, es divertido.

El espadachín retiró lentamente su espada del cuello de Dan alzándola en el aire, como tomando una posición ejecutora para poder cortarle la cabeza de un solo tajo. Los demás, que veían el gesto, se preparaban para presenciar el macabro espectáculo; no le quitaban los ojos de encima a su arma, que ya se quedó esperando las instrucciones finales.

El verdugo miró al grandullón, como si fuera el jefe, y este asintió con su cabeza, como dando su consentimiento; seguramente era la firma de una sentencia de muerte.

¡Idiota! ¡¡¡Idiota!!! ¡No eres más que un maldito inútil! ¡Grrrrrr! —gruñía desesperado el pasajero en la mente de Dan, viendo que no podía hacer nada para que reaccionara—. ¡Está bien! ¡Yo lo haré por ti! ¡¡¡Estos aficionados me han enfurecido!!! Además..., son del tipo que necesito.

—¡Noooooo! ¡No me poseas de nuevo! ¡Déjame en paaaaaaz! ¡Aaaaaah!

El grito de Dan sobresaltó por unos segundos al espadachín, haciendo que parase su intención de asestarle el golpe de gracia. Su desconcierto le dio al pasajero el tiempo que necesitaba para acomodarse en el cuerpo de Dan, para tomar las riendas, provocándole espasmos por todo su cuerpo; parecía que esta vez no solo tomaría sus brazos y su cuello, esta vez sería una posesión completa.

—¡¡¡Mirad!!! ¡Mirad como se retuerce ese imbécil! ¡Se va a partir en dos el desgraciado!

—¡Uf! Nunca vi a nadie moverse así, y... ¡tan rápido! Eso no es natural... No, no lo es. ¿Realmente estará poseído?

Hasta que al final se quedó inmóvil, con la cabeza agachada y los ojos cerrados. La capucha le tapaba casi todo el rostro, quedó como dormido de pie. No movía ni una ceja, solo se le veía respirar violentamente como una bestia en mitad de una pesadilla; aunque poco a poco se iba relajando hasta bajar el ritmo de sus jadeos, volviéndose suave y casi imperceptible.

El espadachín volvió a mirar al jefe de la banda de criminales, pero el enorme asesino no respondía; se quedó impresionado por los movimientos bruscos de cada pequeño trozo del cuerpo de Dan hasta quedarse como en trance. A los pocos segundos dirigió su mirada de nuevo al verdugo y volvió a asentir con la mirada.

—¡Mata a esa aberración! —afirmó con contundencia—. Ver lo que he visto me ha dado escalofríos... ¡No merece vivir!

—¡Acaba con él! —añadió asustado y muy nervioso el de la pipa, que no le quitaba los ojos de encima.

—Adiós, rarito, te liberaré de tu pena... Nos veremos en la tierra de los muertos —dijo el espadachín volviendo a alzar la espada hasta la posición inicial de ejecución.

Ni se imagina el imbécil ese la razón que tiene... —añadió la voz susurrante dentro de Dan con un cierto toque de ironía, para que los demás no lo oyeran—. Ciertamente allí nos veríamos de nuevo, si no fuese porque abandoné mi hogar para no volver jamás.

Capítulo 4. El fulgor fugaz

Tras decir eso el cruel criminal, lanzó con todas sus fuerzas un golpe decapitador de espada hacia el cuello oculto por la capucha de camuflaje de Dan... Pero un movimiento fugaz de su mano derecha le hizo desenfundar el cuchillo de desollar de su cinto y anteponerlo en la trayectoria ejecutora de la espada, parándola en seco en el aire, sin esfuerzo. Los tres asesinos se quedaron impresionados, la expresión de sus rostros lo decía todo; su miedo creció exponencialmente. Seguramente nunca vieron antes nada igual.

—¡Pero...! ¡¿Cómo has hecho eso?! ¡Eso es... imposible! —exclamó muy asustado el verdugo.

—¡¡¡¿Qué?!!! ¡Visteis lo rápido que fue! ¡Eso no es normal! ¡¡¡No es normal!!! —le gritó el de la pipa mientras la escupía al suelo de la tensión que sentía—. ¡Mátalo! ¡¡¡Mátalo yaaaaaa!!!

—¡Estás muerto, engendro! —amenazó el espadachín mientras su rostro mostraba una ira descontrolada.

De pronto, el cuchillo que refrenaba la espada, y en solo una fracción de segundo, dejaba su posición y acaba hundido hasta la empuñadura en la garganta del contrincante. Apenas pudo verse su trayectoria, solo un efímero fulgor de su hoja brillante por el fuego del campamento casi imperceptible.

El pasajero retiró su cuchillo del cuerpo del asesino sin prisas, como si supiese que no había necesidad de ella, mientras un enorme reguero de sangre salía a borbotones de su cuello bañando el rostro de Dan.

A los pocos segundos, el infame verdugo se hincó de rodillas mientras soltaba su espada y se llevaba lentamente las manos hacia la enorme herida abierta e hirviente, hasta caer fulminado al suelo sin dejar de anegar el terreno polvoriento bajo su cuerpo, intentando respirar con gran dificultad por la acumulación de sangre que entraba a chorros en sus pulmones, luchando por aferrarse a una vida que lo abandonaba con rapidez.

—¡Hijo de perra! ¡Ni he visto ese movimiento letal! —Gritó aterrado el jefe de los asesinos—. ¡Matémoslo o nos matará a nosotros dos también! ¡¡¡Es una aberración de la naturaleza!!!

—¡Debe ser algún tipo de brujo de los bosques! —asintió el otro—. ¡Seamos rápidos! ¡A por él!

Los dos asesinos se colocaron a ambos lados de Dan, estratégicamente, uno a su izquierda y el otro a su derecha. El pasajero seguía con la cabeza agachada, impertérrito, como concentrado en oír lo que tenía a su alrededor. De pronto, empezó a alzarla haciendo visible su rostro inanimado y frío, lentamente, mientras iba abriendo los ojos con calma y una sutil luminiscencia rojiza brotaba desde la herida aún abierta de su mejilla.

Esos ojos eran los de Dan, pero esa mirada no era la suya, tan inquietante y oscura, llena de maldad y espeluznante hasta el límite. Su boca se retorcía de manera antinatural mostrando los colmillos, como revelando una furia animal imposible de controlar, como si hubiese entrado en un estado de frenesí imparable, como... un lobo rabioso.

—¡Mira sus ojos! ¡Son los de un asesino sanguinario! —dijo el grandullón—. ¡¡¡Mátalo!!!

—¡Y mira la cicatriz de su cara! Se está... ¡Se está iluminando! ¿Lo ves? ¡Es como si llevase dentro el fuego de una forja! ¡Fíjate! Me está... asustando.

—¡¡¡No sois más que ganado!!! —gritó el pasajero con repulsión en su voz, agria y desafiante—. Pensar siquiera que podíais enfrentaros a mí fue una estupidez que pagaréis cara, y ahora sabréis… por qué —añadió furioso, como sediento de venganza.

El fumador intentó ensartarlo en su espada con un rápido y preciso movimiento, lanzando un golpe con ella directo al corazón, intentando punzarlo con fuerza apresuradamente. Pero el pasajero se apartó hacia un lado unos centímetros con un reflejo felino, dejando que la espada acariciase su costado sin lesionarlo lo más mínimo con gran destreza, aprovechando la cercanía del enemigo para rebanarle el cuello con su cuchillo, abriéndole una boca de riego rojiza que lo hizo lanzar un alarido de dolor chirriante y estremecedor.

—¡Aaaaaah! —chilló el infeliz mientras intentaba inútilmente taponarse la enorme herida que le abrió en dos la garganta marcando su fatal destino.

El otro criminal, viendo que el pasajero estaba ocupado ejecutando al de su derecha, intentó atacarle por la espalda buscando asestarle un golpe mortal en la cabeza con su hacha de guerra. Pero el pasajero abrió los ojos de manera sobrenatural, frunciendo el ceño como si previese ese movimiento por algún presentimiento antinatural, y a la velocidad del rayo levantó en el aire el cuerpo del otro asesino interponiéndolo en el recorrido de su hacha, haciendo que recibiera el golpe por él, cayendo al suelo con el arma incrustada en su hombro.

Soltó el cuchillo que aún tenía en la otra mano, y dándose una vuelta sobre sí mismo se colocó a la espalda del grandullón clavando sus dientes en su cuello descubierto bajo su oreja, arrancándole un trozo de carne enorme de un solo mordisco que lo hizo gritar de dolor, para luego escupir lo mordido y agarrarlo de los hombros mientras le propinaba un fuerte golpe con su rodilla que le lesionó la columna vertebral con dureza, haciéndole desplomarse en el suelo paralizado, vencido.

De pronto, los ojos del pasajero se centraron en la oreja derecha del jefe de la banda que agonizaba en el suelo; algo llamó su atención de forma particular.

—Bonito pendiente llevas. Ese grabado en su superficie es... especial. Tiene... algo, lo presiento. Creo que me lo voy a quedar —dijo el pasajero con una voz terrorífica mientras se lo arrancaba violentamente al grandullón y se lo guardaba en la faltriquera que llevaba atada a su cinto y oculta bajo su pantalón, provocando que gritara por el intenso dolor del desgarro en su oreja.

El joven cazador pudo contemplar horrorizado toda la escena, desde el fatídico momento en el que el pasajero abrió sus ojos fue testigo de la matanza. Vio cómo disfrutaba ajusticiando a esos miserables, y la sensación fue terrorífica. Realmente no fueron rivales porque eran como insectos para él, nunca tuvieron una oportunidad.

Los tres vencidos se revolcaban retorciéndose por el suelo, lanzando gritos lastimosos de dolor, de desesperación, de auténtico miedo. Veían su final muy cerca, pero ninguno estaba muerto, aunque la sentencia estaba firmada con sangre y acero. Seguramente sentían cómo su vida se les escapaba de entre los dedos sin poder hacer nada para evitarlo.

El pasajero se acercó a uno de ellos, se arrodilló junto a él y le colocó las manos alrededor de su cabeza de forma extraña mientras cerraba los ojos, quizás para que Dan no pudiese ver lo que le iba a hacer. Hasta que tras unos pocos segundos volvió a abrirlos. La expresión en el rostro del criminal no podía describirse con palabras, era como si hubiese visto al auténtico monstruo de su interior en su último segundo de vida, la de un pánico extremo, no era natural.

Soltó su cabeza como con asco, con repulsión. Se levantó e hizo lo mismo con los otros dos asesinos, inexplicable. Luego se sentó en el suelo junto a un árbol, cerró de nuevo los ojos y liberó su dominio sobre el cuerpo de Dan.

Cuando el joven cazador pudo por fin retomar el control de sus extremidades sintió un gran alivio entre tanta brutalidad y terror; lo que había visto era una carnicería cruel y desproporcionada, nunca vio antes nada igual. Se miró las manos y estaban manchadas de sangre, como toda la ropa. Notaba su sabor a metal salado en los labios y la lengua, eso lo horrorizó mucho más.

Se sentía sucio por fuera y por dentro, desgraciado y sin suerte. Como un loco gritó sin medida de rabia, de miedo, estaba aterrado, desesperado. Aún no sabía lo que llevaba dentro, pero sin duda era algo terrible y sombrío.

Empezó a repasar lo que había ocurrido, muy acobardado y confuso, le costaba pensar. Se dio cuenta que el pasajero no quiso matarlos, solo herirlos de muerte; seguramente para luego hacerles algo que los mataría definitivamente haciéndoles pasar un horrible tormento en sus últimos segundos de vida, podía verlo en la expresión de sus rostros muertos tan deformados, no tenía otro sentido.

Un ser de su especie seguro que sabía dónde y cómo lesionar un cuerpo humano para dejarlo casi muerto e inútil, con el que poder saciarse después haciéndolo sufrir hasta la muerte mientras aún le latía el corazón, justo como vio que ocurría mientras el pasajero lo controlaba. Ya no había lugar para las dudas, fue exactamente así.

De pronto empezó a notar un fuerte dolor en sus articulaciones y músculos. Seguramente los movimientos ultrarrápidos y los golpes tan poderosos y antinaturales del pasajero forzaron demasiado su cuerpo mortal, no entrenado ni preparado para ese frenesí asesino, quizás demasiado débil para desplegar esa rabia destructora.

Dan nunca fue un hombre especialmente fuerte o rápido, aunque sí era bastante tenaz y muy paciente, como lo era casi cualquier cazador para poder perseguir presas y abatirlas. Necesitaban de esas habilidades para poder comer, al igual que un atuendo de camuflaje ceñido, generalmente de cuero, con capucha amplia y cerrada, y un pañuelo desde el cuello hasta la nariz buscando ocultar su rostro lo más posible dejando apenas visibles los ojos, para así poder pasar desapercibido y sorprenderlas cuando menos lo esperasen desde una posición cómoda.

A pesar de la ceguera casi total en su ojo derecho desde su nacimiento, que debía cerrar para ganar precisión en su puntería, era bastante buen tirador, aunque no muy buen rastreador; nunca destacó en esa destreza. Pero esos movimientos sobrehumanos que hacía cuando el pasajero tomaba el control de su cuerpo eran otra cosa. Nunca pudo ni siquiera imaginar que podría realizarlos a tal velocidad y con tanta fuerza, o al menos no de forma natural.

Súbitamente empezó a sentir unas náuseas angustiosas por la ansiedad. Vomitó lo poco que comió antes de ir a cazar, y unos mareos empezaron a oscurecer su mente mientras un sutil hilillo de sangre manaba tímido por su nariz. A los pocos segundos perdió el conocimiento de nuevo y se desplomó en el suelo, quedándose profundamente dormido.

Capítulo 5. El alimento

El sol de la mañana ya iluminaba sus párpados, haciendo que despertase de un profundo e inquietante sueño, empapado en sudor, temblando. Miró a su alrededor muy asustado comprobando que no era una pesadilla. Los criminales seguían yaciendo muertos con esas expresiones de miedo inexplicable en sus rostros, con sus armas esparcidas por el suelo y el fuego ya consumido en el centro del campamento.

Se tomó su tiempo para enterrarlos bajo un árbol a unos metros del asentamiento avanzado de cazadores, con varias piedras amontonadas marcando la localización de las tumbas. Dan siempre fue un hombre que no guardaba rencor a nadie, cordial, honesto, honrado y servicial..., quizás demasiado.

—Siento lo que ha ocurrido, no debió pasar nunca.

Eres patético, los enterraste dignamente sabiendo que querían trincharte como a un pavo.

—Estaban perdidos. Tiraron su vida; el odio y la codicia los corroían por dentro. Ojalá que, de alguna manera, puedan tener otra oportunidad. No sé cómo, pero... todo el mundo merece disfrutar de una vida digna y placentera. El sentido de la vida es la felicidad. Nadie debería morir sin haber… vivido.

Debí dejar que te mataran y tomar el cuerpo de uno de ellos; tu santurronería me da asco.

—Ciertamente, quizás debiste hacerlo; ellos son más de tu clase. Y ahora solo habría muerto un hombre y no tres. ¿Por qué no lo hiciste?

Aunque no lo creas, tú eres perfecto para mí; prefiero estar en ti.

—No lo entiendo, no tiene sentido. Ni tampoco comprendo lo que le hiciste a esos infelices. Cerraste los ojos para que no pudiese verlo, ¿verdad?

Créeme, era mejor que no lo vieras, tendrías pesadillas.

—Tarde. Ya las tengo contigo dentro.

¿En serio? Eso me halaga.

—Por favor, dime por qué yo soy perfecto para ti, necesito saberlo. Dame eso al menos.

Es difícil de explicar. Quizás con un ejemplo lo entiendas.

—Adelante.

Imagina que tienes mucha hambre, un hambre animal, descontrolada. Cuando te ocurre, tus sentidos se agudizan, tu olfato es capaz de oler un asado a gran distancia, tu vista se centra en frutas pequeñas en árboles y arbustos...

—Cierto.

Ahora imagina que tienes justo delante de ti una comida deliciosa que no puedes tocar. Eso te crearía confusión, no te dejaría detectar la comida a distancia porque tus sentidos se centrarían en la más cercana.

—Creo que lo entiendo.

Puedo detectar la maldad de los humanos a gran distancia, incluso saber lo que traman si es cruel o retorcido y estoy lo bastante cerca; mis sentidos se agudizan aún más cuando hace tiempo que no lo percibo y nada cercano me distrae.

—Tus instintos me dan escalofríos. Son los de un asesino cruel sediento de sangre.

¡Y tú eres un maldito santurrón! Eres tan buenazo que no interfieres ni lo más mínimo en mis percepciones, me haces más preciso. Si fueras un hombre cruel y sin escrúpulos mis sentidos se centrarían en ti y me confundirían, no me dejarían sentir lo que tengo a mi alrededor con la claridad y la agudeza que tengo cuando estoy en tu interior.

—¿Te alimentas de la maldad de las personas? ¿Es eso?

Algo así. Pero no culpes a un predador de cruel por matar a su presa, porque es su alimento, necesita hacerlo para sobrevivir, no tiene elección. Al igual que tú tampoco lo eres si sacrificas a un animal para dar de comer a tu familia, porque no lo haces por placer de manera retorcida, sino por necesidad.

—Entonces…, estoy a salvo de ti; no podrías consumirme como hiciste con los tres bandidos.

Ciertamente tú no eres tentación para mí, no me hueles a alimento. Pero podría matarte sin esfuerzo cuando quisiera si es lo que preguntas; quizás parándote el corazón o haciéndolo reventar, dejándote completamente ciego, corrompiéndote los pulmones, destruyendo tus extremidades... Domino tu mente, y ella controla todo tu cuerpo. Aunque nada de eso no me sería de ninguna utilidad ahora, me sirves bien como estás.

—Es por eso que no te escucho a través de mi oído realmente, sino que siento como un susurro en mi mente que se comunica conmigo. Ahora todo tiene sentido.

Exacto. Vuestro cerebro es muy simple, fácil de manipular. Puedo hacer desde dentro que tengas esa sensación, similar a la que percibes cuando tu oído le envía lo que escucha a tu cerebro, sé cómo transmitírselo; como también podría hacer que sintieses un dolor terrible e insoportable, por ejemplo.

—¿Cuándo te alojaste en mi cuerpo? ¿Por qué a veces no me hablas?

Cuando entré en ti en aquel agujero putrefacto tuve que usar mucho poder y quedé agotado, porque no es una habilidad que tenga muy entrenada, aún soy torpe cuando la uso; y eso hace que tenga que descansar después.

—Ya veo.

Aproveché parte de ese tiempo de inactividad para estudiar tu idioma, tu cultura y tus costumbres.

—Usar tu poder… te agota.

Eso es.

—¿Y cómo aprendiste tanto en tan poco tiempo? ¿Quién… te enseñó?

Puedo explorar cualquier recuerdo almacenado en tu cerebro, y aprender de ellos porque estoy alojado en él. Ya examiné algunos, los que me dio tiempo, por lo que conozco bastante de tu vida, aunque no todo; y es muy humilde y sencilla, patética y aburrida… Está claro que no tienes nada de maldad en tus acciones, fuiste muy bien educado; en lo que revisé solo pude encontrar un par de travesuras de pequeño muy inocentes. Eras perfecto para ser mi carcasa.

—¡Mis recuerdos son míos! No deberías husmear en ellos, eso es como… ¡robar! Y ahora lo entiendo todo; por eso cuando me posees dejas de hablarme durante un tiempo, que usas para… fisgar en mi intimidad.

Eso es. En la primera posesión parcial de brazos y cuello primero tuve que aprender a usarlos, por eso viste esos espasmos, tenía que asegurarme que dominaba cada músculo y articulación. En la segunda fue más complicado, poseí todo tu cuerpo, por eso tardé unos segundos más en hacerme con su control. Pero ya he aprendido a usarlo completamente, no tendrás más espasmos, ya sé qué puedes hacer y cuáles son tus límites físicos.

—Supongo que fue para ti como lo es para mí ponerme ropa nueva, que la primera vez tengo que ajustarlo a mí, hasta que ya se adapta a mi cuerpo y entra más fácilmente.

Eso es muy ingenioso, pero sí, es algo así. Poseerte consume mucho de mi poder, por eso intento evitarlo, me hace débil, y me obliga a descansar para recuperarme del cansancio.

—¿Descansando te recuperas completamente?

Solo de mi agotamiento, pero no recupero mi poder perdido. Para recargarlo necesito alimentarme, y si lo hago en exceso además aumenta mi poder total máximo y me permite desarrollar nuevas habilidades; aunque en cierta manera es... arriesgado para mí. Perfeccionar habilidades también me obliga a descansar, porque es extenuante. Es como cuando tú haces un gran esfuerzo físico y necesitas descansar para recuperar el aliento, pero eso no regenera tus reservas de energía, para eso debes alimentarte.

—Con alimentarte te refieres a matar, ¿verdad?

Creo que lo entendiste muy bien.

—Es terrorífico. ¿Ahora estás completamente recuperado?

Sí, porque me alimenté de tres humanos despreciables, pura escoria. Aunque necesito muchísima más maldad infligida para alcanzar todo mi potencial, esos solo eran gotitas en un lago; pero ciertamente aumentaron mi poder bastante. Ahora soy más poderoso que antes y adquirí nuevas habilidades durante mi descanso. Te aseguro que esos hombres eran de lo peor de tu raza, pude apreciarlo claramente en sus recuerdos mientras los absorbía; si supieras lo que he visto en ellos, no dormirías en mucho tiempo.

—Cuanto más conozco de ti, más miedo me das.

Es una respuesta correcta, debes temerme; si no lo hicieras serías un estúpido. Mi control sobre tu mente es total. Podría incluso poseer tu cuerpo sin que te dieras cuenta, anulando la conexión de tu esencia con tu cerebro, dejándola como dormida; y cuando acabase podría reestablecerla sin que te percatases lo más mínimo.

—Ni se te ocurra hacerme eso nunca. Si tienes que poseerme, déjame al menos saber qué haces con mi cuerpo. Por lo menos, me debes eso.

No te debo nada. Y te aconsejo que no me amenaces, no estás en disposición de hacerlo y no te conviene.

—¡Me lo debes! Has leído mis recuerdos, incluso algunos que probablemente ni recordaba yo mismo. Ni siquiera sé cómo lo haces.

Tu cerebro recoge todas tus vivencias, ya sean imágenes, sonidos, el tacto de las cosas... Todo lo que tus cinco sentidos le ofrecen a través de sus conexiones internas con él. Pero tú no los lees de él, sino de tu esencia, ella es el auténtico tú, la que te hace recordar, decidir, amar u odiar...

—Siempre creí que mis pensamientos los generaba mi cerebro. No sabía nada de las esencias, nunca escuché ni leí sobre ellas en ninguna parte. ¡Eso es... imposible!

Tu esencia eres tú, la que piensa, y es eterna. Ella manipula tu cerebro, le hace que ordene al resto de tu cuerpo que haga cosas y recoge todas las sensaciones que percibe. Aunque todo queda almacenado en tu mente, tu esencia solo retiene parte, los recuerdos más valiosos o importantes generalmente eliminando al resto de ella, pero nunca de tu cerebro, porque siempre permanece todo ahí.

—Entiendo, aunque es difícil de digerir eso que dices.

Cuando un cuerpo muere, todos los registros almacenados en su cerebro pútrido se pierden, pero prevalecen los de su esencia, porque es eterna. De ellos, los más crueles serán mi alimento, y los más bondadosos el de los radiantes.

—Eso explicaría por qué a veces olvido cosas que más tarde vuelvo a recordar, quizás porque mi esencia decidió ignorarlas por algún motivo en aquel momento, pero luego prefirió recuperarlas de nuevo del cerebro, ¿no?

Algo así. Como estoy en tu cerebro, puedo conocer cualquier cosa, incluso las que ni siquiera recuerdas de tu niñez porque solo puedes acceder a las que están actualmente en tu esencia. Pero yo sí puedo, porque para mí es como un libro abierto, que puedo leer desde su inicio con las primeras sensaciones de un cerebro en desarrollo dentro del útero de tu madre hasta la última escrita en este mismo momento.

—Fascinante.

Eso me ayudó a aprender tu idioma, tus costumbres, los sucesos de tu época... En cambio, de otros humanos solo puedo percibir los recuerdos malvados alojados en su esencia mientras los absorbo, y nada más; para conocer todos los que tienen en su cerebro debería poseerlos primero y alojarme allí.

—Es extraordinario lo que me cuentas. Me cuesta creerlo.

Es la verdad. Y creo que es bueno que la conozcas. He devorado muchos recuerdos malditos en el Inframundo, pero solo los que llevaban las esencias consigo, que casi siempre son los peores o los mejores de su vida, los más importantes para ese ser, dejando a todos los demás atrás, que acaban borrados en su cerebro físico y putrefacto.

—¿Por qué me has contado todo eso? Hablarme de ti te hace más… vulnerable.

Eres muy listo, Dan. Pensé que tienes que saber algunas cosas sobre mi naturaleza. Ahora funcionamos juntos como uno solo, somos un equipo. El desastre sobre uno de los dos afectará negativamente al otro. Tenemos que cuidarnos mutuamente, o caeremos los dos.

—Yo no te necesito, pero tú a mi sí. Necesitas una carcasa perfecta, un cuerpo físico de alguien sin maldad.

Sí me necesitas, créeme, pero aún es pronto para que lo entiendas. Por ahora, solo piensa que si por tu culpa sufro daños, pagarás caro tu error. Así que procura que esté contento con tu actitud, quédate con eso por el momento. Si me eres útil, no tendrás que temer nada.

—Siempre amenazándome...

Te guste o no, es la realidad; y cuanto antes te resignes..., mejor.

—¿Hay más como tú en mi mundo?

Sí. Basta de preguntas, y no digas nada a nadie sobre mí ni sobre el pendiente extraño que guardé en tu faltriquera. Déjalo ahí, no lo cambies de sitio.

—No eres más que un parásito, un ser despreciable.

Ódiame si lo necesitas para sobrevivir, pero ni se te ocurra desobedecerme o hacerme enfadar, o te aseguro que lo pagarás muy caro. Sé cómo hacer daño, la maldad me ha rodeado durante toda mi existencia por todas partes, es mi forma de vida. He bebido de los más crueles y sanguinarios asesinos de la historia de vuestra humanidad, y aprendido mucho de ellos; los recuerdos de sus fechorías eran manuales de instrucciones para mí, muy… ilustrativos. Así que no me provoques.

—No lo haré, me das demasiado miedo.

Recoge lo que te pueda ser útil del campamento. No olvides registrar las pertenencias de esos imbéciles; revisa lo que tienen en esos sacos también y llévate sus armas, podrás sacar muchas monedas y comida para tu gente. Después vuelve a casa, tu madre y tu sobrina te llevan esperando desde hace tiempo en esa destartalada casucha tan horrible que tienes a las afueras de la ciudad.

—¡¿Cómo sabes eso?!

Como te dije, puedo acceder a tus recuerdos al estar en tu mente. Estuve revisando algunos de tu infancia y otros de acontecimientos recientes, pero nada más; leerlos todos sería muy pesado y me llevaría demasiado tiempo.

—Por favor, no los leas. Son parte de mi intimidad.

Tengo que hacerlo, aprendo de ellos... No pierdas más tiempo, coge lo que te sirva o puedas vender, y sé discreto con respecto a mí, no cuentes nada a nadie. Vámonos ya de aquí.

—Lo haré porque no tengo más remedio. Pero si le haces daño a mi familia..., nunca te lo perdonaré.

Te hice la herida curva con tres marcas verticales como advertencia para que recuerdes que no debes contrariarme, para que la contemples cada vez que veas reflejado tu rostro, porque define tu debilidad en la Superficie.

—Como recordatorio de… ¿qué? No entiendo nada.

De las tres personas que destruiré si me traicionas. Esa marca es un símbolo, un ojo cerrado y triste que llora tres lágrimas… Pero, tranquilo, mientras no me enfades, no correrán peligro. Ve.

—Ya voy.

Capítulo 6. El hogar

Por el camino paró en la taberna de trueques, donde habitualmente los cazadores intercambiaban las piezas que pudieron conseguir o las vendían por monedas si hubiese; era una parada obligada para ellos, un punto de negocio. El sitio lo regentaba un liberto musulmán amigo suyo llamado Rashid, que consiguió su ansiada libertad luchando por su antiguo amo y venciendo en sangrientas batallas cuando era joven. Pudo comprarla tras varios años de trabajo intenso y muy duro en la construcción de la mezquita de la capital como jefe de obras. Debido a la escasez de dinero acuñado en circulación, la costumbre era pagar en especie más que en metálico.

Allí consiguió vender las armas de los incautos criminales junto con otros objetos que portaban que podrían valer algo. Como Dan siempre fue un hombre honesto, nadie le preguntó demasiado de dónde había sacado esas mercancías, todos confiaban en él; simplemente les dijo que las encontró escondidas en lo que parecía un hoyo antiguo donde cayó, lleno de huesos muy antiguos, y no tenían dueño.

Compró abundante comida y bebida por trueque, más unas monedas adicionales que pudo obtener de las ventas. Las armas de guerra de segunda mano a precios de saldo siempre se vendieron muy bien en esos lugares. Pero no iba contento, sino muy preocupado y tembloroso.

Realmente no sabía si podía confiar en la palabra del pasajero, pero sí que tenía que llegar pronto a su casa, no quería preocupar más a su familia, estarían muy angustiadas, como siempre que se retrasaba cuando volvía con la caza. Todos sabían que ese era un oficio peligroso que entrañaba sus riesgos, como podía verse claramente en las cicatrices antiguas de sus manos o su rostro.

Estaba entrando la tarde cuando Dan ya veía su casa en la distancia, situada a las afueras, lejos de la protección de las enormes murallas de la ciudad. No pudo pagarse algo mejor y más seguro, aunque disponía de un estrecho pozo con agua potable, un pequeño trozo de terreno vallado que cultivaban su madre y su sobrina con algunas verduras ya crecidas y frescas, un par de árboles frutales, un humilde establo para su fiel yegua, y un sencillo redil con varios animales de granja para conseguir algo de leche y huevos.

Por fin cruzó la puerta de entrada a su casa con un saco lleno de compras colgando de su mano derecha. Vio a su sobrina cosiendo en la mesa central del salón, que se sorprendió gratamente por volver a verlo.

—¡Tío Dan! ¡Has llegado! —exclamó la pequeña cuando lo vio aparecer por la entrada, soltando rápidamente lo que tenía en las manos y empezando a correr hacia él hasta saltarle encima, agarrándose a su cuello en un abrazo cariñoso y efusivo riéndose loca de contenta, tanto que le hizo dejar caer con cuidado el saco en el suelo para poder abrazarla mejor, en una escena muy emotiva.

—¡Hola, preciosa! ¿Me echaste de menos? Ya estoy en casa —dijo Dan con una sonrisa abierta, encantado de acoger entre sus brazos a su más preciado tesoro, mientras le acariciaba su cabello apretando suavemente su cabecita contra su pecho.

—Tío, tienes una herida sangrante en la cara muy grande —dijo muy suavemente con ojos de angustia.

—Tranquila, cielo, que es mucho menos de lo que parece.

—¿Te duele? —preguntó sutilmente su sobrina sin dejar de apartar la mirada de la larguísima brecha sanguinolenta.

—Ya no —le respondió el cazador sonriéndole, como para quitarle importancia.

—¡Hijo mío! ¡Nos tenías preocupadas! ¿Dónde estabas? —le preguntó su anciana madre con cierto nerviosismo en la voz, mientras aparecía por la puerta de la cocina limpiándose las manos con un viejo trapo.

—Me retrasé, madre. Y no te preocupes por este enorme arañazo de mi cara, es poca cosa. Ya se cerrará y sanará.

—Pues parece serio, y profundo. ¿Quieres que te lo limpie y te lo cure con ungüento?

—No, en serio, no es nada. He tenido heridas peores, ya lo sabes. Olvídala.

La madre lo miraba recelosa, se notaba que conocía muy bien a su propio hijo, tanto como para saber que algo le ocultaba. Pero también intuiría que sería así por una buena razón, aquí que respetó su intimidad y no volvió a sacar el tema de nuevo. Siempre lo consideró una persona juiciosa y honesta; su confianza en él a través de los años solo crecía.

—Por cierto, vendí mucho en la taberna de trueques, muchísimo —añadió el cazador en un intento de cambiar rápidamente de tema—. Pude comprar abundante comida, bebida y otras cosas. ¡Hoy nos daremos un banquete de reyes!

—¡Eso! Estoy deseando ver lo que nos has traído. ¡Enséñamelo! ¡No seas malo! —exclamó su sobrina muy ilusionada, riéndose sin parar, disfrutando del momento.

Muy listo, joven cazador —volvió a decir el pasajero, reapareciendo su voz de manera inesperada y tosca en su mente, eligiendo el peor momento—. Es mejor no decirles nada sobre lo que vendiste y cómo lo conseguiste, que eran piezas robadas de unos criminales asesinados a sangre fría por tus propias manos sin piedad, toda una obra de arte. Si se enterasen, ¿qué pensarían de su querido y bondadoso Dan? Fuiste muy hábil.

Dan se puso pálido en un segundo cuando oyó en su mente de nuevo al pasajero. Seguía sin fiarse de él. Tenía muy claro que su punto más débil era su familia y no la pondría en peligro bajo ninguna circunstancia. No quería enfadarlo pasase lo que pasase.

He visto que las quieres mucho, y parece que ellas también a ti. Esperemos que eso siga así por mucho tiempo.

El cazador no sabía muy bien cómo tomarse ese comentario tan intencionado. Pensó que quizás era una advertencia del pasajero para que lo mantuviera todo en secreto, para que fuese sumiso y discreto.

—Tío, ¿te pasa algo? Te has puesto blanco y muy serio. ¿Estás bien? —preguntó su sobrina algo alarmada.

—Tranquila, cielo, que no me pasa nada. Es que estoy muy cansado —respondió Dan con rapidez, diciéndole una mentira piadosa, medio cerrando los ojos para parecer creíble.

—Hijo, siéntate en tu sillón mientras te preparo algo para cenar. Y cuando acabes te vas a dormir, necesitas descansar —añadió su madre, visiblemente inquieta por el cambio tan brusco en la expresión de su rostro.


Continue reading this ebook at Smashwords.
Download this book for your ebook reader.
(Pages 1-35 show above.)