Excerpt for Cerré los Ojos y Otros Relatos de Ayer by , available in its entirety at Smashwords


Francisco Antonio Soto



Cerré los Ojos y

Otros Relatos de Ayer


Smashwords 2018

© Copyright 2018 by Francisco Antonio Soto

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización expresa, positiva y precisa del autor la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo.

Todo lo que se piensa está allí, activo, crece, se sustenta en este mundo de distintos espacios, de muchas dimensiones, de percepciones sensoriales y extrasensoriales en las que el tiempo solo nos ocupa por instantes, para corretear con nosotros en un ejercicio superior, en un viaje con retorno, en un encierro cíclico que parece demencial, pero que en realidad es atávicamente natural, en el que todo motiva, todo se figura, todo ocurre, todo se expresa. Algunos lo llaman escribir. Yo lo llamo existir.

Por eso, la mente es bombardeada constantemente con las mismas ideas, luego con otras variables, mudables, versátiles, en recorridos lineales, horizontales, verticales, que van y vienen engalanadas con otras más, que tercamente surcan la mente, atraviesan el rostro del corazón y se empeñan en prorrumpir a todo trance, en cuyo caso, la escritura es el único oficio que esclaviza tus emociones al lápiz y tus pensamientos al papel, para que el lápiz y el papel terminen subordinándose entre sí.

El Autor.

Índice

Cerré los Ojos

Daniela

La Foto de la Semana

La Mosca

Romina

Episodio de un Soldado

La Pasajera Vegetal

Las Barcas

Sin Escuchar

Benjamín

Seis chicas

De Piel Gruesa

Parroquia para un Niño

Una Gotita de Sangre

Él

Mi Primera Confidencia

Mi Vida, en las Manos de Chaplin

Elisio Despierto

Las Arrugas

Acerca del Autor



Cerré los Ojos

Supuse encontrarlo lleno de maleza, barro, escombros como siempre; repleto de roedores, cucarachas, topos salseros y gatos malolientes. Se trata del gran patio trasero de la casa Walter. La casa azul y gris de la última esquina del barrio. Un viejo fantasma, treinta ventanas, veinticinco cuartos y apenas una entrada inexpugnable.

Aquella casa permanece obstruida desde hace más de siete décadas. Ahora, ahora puedo consentirme con ese espacio inaccesible, secreto, incomprensible para todos nosotros, para los niños traviesos y sudorosos del lugar. A pesar de todo conseguí entrar pero no es el sitio que conjeturé. No sigue así. El turno de mis días ha cambiado las cosas.

En el cielo brillan juntos cuatro astros: el sol, la luna y dos asteroides diminutos y relucientes, chispeantes, prestados sin retorno por el buen Saturno antes de su cesión definitiva a un nuevo planetoide cercano a la constelación de Orión. El patio está repleto de plantas y árboles de diferentes espesores, colores y sabores. Antes era sombrío, tenebroso, ahora es bullicioso, vívido.

En el centro, un árbol de cedro muy grande, como de cincuenta metros, con un poco de nieve en su cima y sus ramas extendidas en sentido horizontal, tronco oloroso, con mil años de antigüedad, sirviendo de hotel a varias familias de pelícanos anaranjados y a unos cuantos pingüinos de color rosado con narices de apio manchado, que vinieron desde Ushuaia a vacacionar dentro de la estancia tropical.

En el lado derecho en correcta formación, uno detrás del otro, un bucare de treinta metros de altura con corteza musical y flores rojo escarlata; un pino muy chico con copa piramidal; un chaguaramo de cuarenta metros lleno de drupas cuidadas singularmente por una guacamaya de diez colores; un araguaney albino, que no acepta en ninguna de sus ramas el paso cortés y sabio de las hormigas gemelas.

A la par un apamate morado, gigante y puntiagudo que alcanza los ochenta metros, desde cuya sombra se observa el lado derecho del huerto poblado por muchas verduras, hortalizas, yerbas y varias plantas que nunca había visto tan cerca. Azaleas sonrientes, rosas con espinas de goma de mascar, cayenas con jugo de papelón, tulipanes de queso paisa, violetas que obsequian cotufas acarameladas, trinitarias de hojas dulces que no cesan de charlar, helechos acompañantes y palmas aceiteras que saltan de lado a lado.

Las raíces de todos los vegetales penetran libres y amistosamente con sumisión a la tierra húmeda que evoca ventura, y sus apéndices seguros y cómodos cruzan una gran distancia: kilómetros y kilómetros hasta llegar a otro continente, donde los hongos se columpian jadeantes durante las mañanas sinuosas y desiguales de los días con vida transparente.

Casi no siento la tierra, y al cabo de unos segundos parece más bien un abrazo imperceptible y enhiesto que busca apretar los pies, para que no me vaya sin probar de alguna manera aquello que está aguzando mis sentidos. Veo la grama brillante, suave y celeste; cuidada con esmero y regada constantemente por una nube pequeña con forma de cambur, que se coloca en lo más alto y se traslada de aquí para allá.

De vez en cuando se asoma, en lo alto de la menuda nube con forma de cambur, un ganso plateado con alas curvas que llora un poco para dejar caer sus lágrimas alegres, refrescando con tal irrigación la misma nubecita, los árboles y las plantas del lugar. Por las tardes, los gatos de tres narices y tres patas, ataviados con sombrero de copa estrecha, asidos con libreta y lápiz de apoyo, le prodigan al ganso plateado cuenta sumamente exacta de cada gota derramada con el fin de establecer la dimensión de aquel llanto frecuente.

En la corteza del pino, que es el árbol más bajo, existe una pequeña puerta tallada con un timbre que expide una onda sonora, fluctuante en los oídos como caricias de serafines. Una vez abierta la puertecilla, atendió un pájaro carpintero blanco en cuyas manos portaba un plato de arcilla que contenía una rara carne mechada, aliñada con laurel, escoltada con tostones de plátano pintón, desprendiendo una emanación que despierta el fisgoneo de los demás habitantes del lugar. El pájaro carpintero blanco terminó su comida y mostró un pañuelo pequeño con forma de pera, saludando a una ixora aragüeña con grandes flores amarillas y rojitas, posicionándose luego en un vuelo lento, justo en la puerta grande de entrada. Desde allí me miró por un santiamén sin pestañear.

Sí, claro que sí. Setenta años de ausencia cuando mi vida acaba, cuando el ímpetu juvenil no existe, cuando ninguno de mis amigos enredadores de esquina y barrio queda. Sin embargo, por fin logro conocer el vergel terrenal. De repente, un mochuelo de lomo negro batió sus alas redondeadas, me acoplé a su voluptuosa cintura e inmediatamente subí, elevándome para echar un último vistazo aerodinámico a este magnífico y sublime lugar. Luego del paseo por el cielo el mochuelo me bajó en la casa de al lado, la de mi amigo Santos, que también se fue del suburbio dejándome solo con mis andanzas y letargos incorpóreos de supervivencia. Entré en la gran sala para intentar conocer su afamada mesa azucarada, la mesa de dulces. El mochuelo se confesó diabético y se despidió saliendo por una ventana alterna, y llevando consigo lo que queda de mis lentes regordetes.

En el acto, vislumbré la mesa cuadrada de madera de samán elaborada en la población de Villa de Cura, color marrón oscuro y con un borde acanalado siempre amable con sus veinticuatro sillas bien colocadas en los diferentes puntos cardinales. Repleta de dulces desemejantes grandes, medianos y pequeños.

Chocolates trigonométricos y rectangulares, caramelos romboidales y masticables de coco y guanábana, gomitas corrugadas de color ladrillo, alfajores invisibles de menta y limón, rosquillas gordinflonas, barquillas nocturnas muy crujientes, panelitas con listones alargados, galletas de vainilla, de albahaca y de ron con pasas, una factura confitera como gran invitada. Frascos con golosinas esponjosas, envases con dulce de guayaba, recipientes con tortitas de zanahoria, vasos con jugo de manzana y como cincuenta botellitas de chicha, abiertamente dispuestas a ser cariñosas cuando vas a saborearlas frente a las playas de Aragua, sobre todo las de Choroní.

Al lado de la mesa se encuentra un ancho perchero traído hace dos siglos desde la población de Magdaleno. El perchero me enseñó un sombrero de oropel manchado con un borrón fucsia, y debajo de la mancha fucsia de este sombrero de oropel, se asomó aquel pájaro carpintero blanco vociferando, chillando sonoramente, para confinarse a exclamar con toda su autoridad:

-¡Abuelo, despierta!

Entonces... lamentablemente... abrí los ojos.

Daniela

Daniela llegó ese domingo a la iglesia. Miró a todos lados, pero se sentó en el último banco de madera con la intención de pensar y orar por un breve tiempo. Al cabo de unos minutos deslizó su mano derecha lenta y temerariamente, y consiguió la manita delgada y fría del niño solitario… Este chiquillo no dijo nada. Simplemente apretó la mano caliente de Daniela… Se miraron a los ojos, se levantaron y salieron a caminar.

Han pasado cincuenta años y continúan caminado, andando alrededor de todos; y por supuesto, sentándose en el último banco de la iglesia. Cada arruguita en el rostro de Daniela ha valido el esfuerzo en la formación del niño que se transformó adolescente, y que luego se hizo hombre.

Repaso en mi mente los pensamientos, y observo con admiración aquellos momentos cuando Daniela le enseñó al mocito, al joven, al adulto, a recorrer las aceras recortadas y angostas de la ciudad de Los Teques -amablemente enganchados-, bordeando él a su linda dama que se desplazaba siempre por el lado interno, con la cortesía propia de un caballero.

A pesar de los chiflidos y burlas de sus compañeros de escuela y de liceo, de sus amigos del barrio, de sus conocidos de juego y de oportunidad, retengo en mis pensamientos que Daniela fue la primera y la única en tomarlo decididamente del brazo, para conseguirlo en el buen sentido de la vida, para sacarlo del aislamiento del último banco, de la soledad de la calle, de la alucinación de la hierba adictiva, de las vías sin salidas, de las tendencias minúsculas y estériles, del tenso y aburrido equilibrio de la carne fresca y firme, pero sin acariciar.

La Foto de la Semana

Mónica se puso un traje anaranjado, pensando que era el apropiado para el momento. Entró con seguridad, garbo y cabeza alta; muy bien maquillada, y sin sonreír comentó:

-Parece que va a llover.

Elián, un fotógrafo muy atareado: bajito, elegante y refunfuñón -al verla-, se puso las manos en la cabeza, y apenas atinó a decirle:

-Cámbiate el vestido, ¡Por favor!

Mónica se cambió el vestido en unos minutos, y se puso un traje que obtuvo la complacencia del fotógrafo, pues, según dijo: “su piel morena, su cabello castaño, sus ojos negros y el fino vestido, hacían juego con las nubes atornilladas en el cielo”, habiendo dejado en segundo plano el lindo paisaje verde oliva que brotaba con fuerza por la gran terraza abierta.

En verdad, aunque la situación mostraba un paisaje verde, repleto de montañas abultadas, no podía dejar de apreciarse la nutrida fila de nubes negras y grises que amenazaban el entorno, y que constituían el marco referencial de aquel instante que se fijaría en el futuro con ayuda de la cámara.

Pero esas nubes -fuertemente tristes-, que pretendían ser captadas por el lente del fotógrafo, también sirvieron de sustento emotivo para el corazón de la joven modelo, cuyo hermano se encontraba en ese mismo tiempo sometido a su mayor reto. Sí, Angelito, de nueve meses, estaba siendo operado de un quiste aparecido en su garganta, que impedía el paso normal del oxígeno. Los médicos recomendaron extirparlo… La tristeza venció a la chica… dejaba escapar unas lágrimas. En eso, se oyó el sonido testarudo del celular. La joven, después de exhalar un decidido aliento, lo atendió… Un rato después pidió disculpas a todos. Se trataba de su novio para excusarse también, “para saludarla, e informarle que iba a buscarla después del trabajo”.

Aquel novio, Enrique, era el mismo sujeto que la abandonó la noche anterior en el cumpleaños de Maite, su mejor amiga. Elián los había presentado hace tres años en un agasajo familiar. Elián y Enrique habían vivido juntos desde que llegaron a la ciudad buscando trabajo, y más que amigos parecían hermanos, “dedicándose demasiado tiempo juntos”, -según susurraba con enfado la familia de Mónica.

Allí habitaba todo esto, -indiviso y acumulado en la mente de Mónica-: el vestido, las nubes, el fotógrafo, el novio, su hermanito. Todo, inseparablemente junto en imágenes, “liadas convulsivamente” entre las mismas pautas preparatorias que dictaba el inapelable fotógrafo. Sin embargo, la foto salió… Era la primera.

Mónica sugirió ponerse nuevamente en la mira, buscando otro retrato. Se arregló y retocó un poco, en pos de un segundo intento. El artista, dispuesto a seguir cumpliendo su tarea, alzó su cámara, tratando de disponerla convenientemente, y en ese intervalo, en el que los minutos rodaron como segundos, se oyó un trueno desgarrador y comenzó a llover copiosamente…

Llovió tanto que la gente abandonó el balcón, corrió hacia el interior del departamento. La corriente eléctrica se eclipsó de golpe, -envió un aviso en sube y baja- que las bombillas acusaron con alarma, y pareció sucumbir la terraza. Los aparatos y las útiles provisiones tuvieron que ser rescatados en medio del agua que caía sin misericordia.

El fotógrafo no se amilanó, prefirió ordenar que nadie se moviera, “pues el trabajo estaba inconcluso, ya que requería tomar la foto siguiente… Aquella que sería la verdaderamente más auténtica… La mejor”. El timbre y los insistentes golpes en la puerta, lo molestaron lo suficiente como para distraerlo de su intención. Era el conserje del edificio, ordenando el desalojo inmediato de todos los departamentos, pues había una avería eléctrica grave, “un corto circuito en el cableado del edificio, y ya venían los bomberos, porque existía el peligro de un incendio. Era mejor prevenir”.

Mónica y Elián -a riesgo de empaparse- se asomaron por una ventana y observaron la calle, su gente, sus carros; sintieron la lluvia y el soplido fuerte en sus rostros. Luego se miraron a los ojos y comprendieron que el día no daba para más. No se podía más… Todo el mundo recogió sus cosas, equipos y enseres, y se marchó.

Aquella tarde sólo se tomó una foto:

Mónica aparecía con un lunar diminuto alojado en la mejilla derecha de su rostro; detrás de ella, las nubes melancólicas que iniciaban la caída de sus aguas sobre las montañas. Una leve sonrisa se delineaba en su cara estructuralmente perfecta; y a lo lejos se apreciaba, no tan reducida como podría haber sido, la figura de un oso perezoso muy bien trajeado con su espeso pelaje, con sus largas uñas, con su mirada conforme y abstraída, mientras bajaba por la corteza de un árbol. El oso perezoso había otorgado un preciso vistazo a la cámara, acompañando la cara Mónica. La foto salió editada en una revista de gran tiraje, “y fue la foto de la semana, del mes, del año”. Mónica y Elián todavía están muy contentos con los premios… ¡Aunque ninguno se acordó!

Ninguno le dio las gracias a aquel oportuno, pertinente, paciente oso perezoso, que hoy ha de seguir posando lenta y pausadamente en el intermedio de la nutrida vegetación -que se abre paso, que se arriesga, que se defiende del humano-. Son las espesas montañas del Parque Henri Pittier.

La Mosca

Abrí la puerta de la nevera para preparar mi desayuno, e inmediatamente salió una mosca con su cuerpo y alas casi congelados. Brotó caminando con dificultad, encogida, encorvada, tumbada por el frio. Me pidió un abrigo pero alcancé a suministrarle un pedazo de una servilleta, que prontamente se colgó como si fuera una bata de baño, abrazándola con apariencia de satisfacción. Suspiró unos segundos... Me agradeció con una sonrisa pequeña.

Yo pensé que se retiraba del lugar. Pues no, no fue así. Regresó a la nevera como pudo, tomó dos limones grandes; dos limones que anteayer había guardado en la gaveta de vegetales para completar mi jugo mañanero, pero ella ahora los traía rodando por el piso. Los reclamó para sí. De repente se detuvo, sentándose sobre una borona de pan registrada en su camino. Alzó su vista y me pidió que desnudara un limón para poder probarlo. Lo desvestí para ella, y comenzó a saborearlo. Luego, se sumergió en el limón absorbiendo inmediatamente todo su jugo. El limón quedó arrugado, todo contraído por la contundencia del ejercicio bucal de la mosca. Me miró a los ojos y volvió a sonreír… Luego se acomodó la servilleta y se marchó caminando… Me dejó el otro limón, no se llevó la borona de pan, y la puerta de la nevera la dejó totalmente abierta.

Me asomé al patio, procurando ver qué había pasado con la mosca y con lo que quedaba de su limón, pero únicamente alcancé a ver a la mosca y a cinco mosquitas más, -todas ellas muy chiquitas-, saboreando el manjar sobre la mesa redonda de concreto. Una de las chiquiticas, detuvo su angustiosa ingesta, se volteó hacia mí, levantó una de sus alitas y me saludó… Yo regresé a la cocina.

Tengo dos semanas asomándome al patio. No he visto a ninguna mosca caminar ni volar. Sin embargo, pegada a la pared perimetral de la casa, está empezando a levantarse una matica -muy decidida- que crece con extraña rapidez.

Cuando me acerqué a constatarla, mi vecina se acercó también, y rápidamente, con voz altanera y ronca –cual guardiana- me reprimió:

-¡Mosca, Pancho…! ¡Tenemos un arbolito de limón para el resfrío!

Romina

Romina, a sus noventa años y antes de perder la memoria, sintió la necesidad de descubrirle a Pablito, de noventa y tres, que le había sido infiel, -aunque apenas dos veces-: “Una con el vecino y otra con el mecánico”.

Romina no quería irse del mundo terrenal sin manifestarlo, creyendo que Pablito comprendería y aceptaría la confesión de “esos deslices sutiles, impensados, aleatorios, de poca importancia”.

Que por demás habían acaecido hacía mucho, en circunstancias distintas, en momentos disparejos, en situaciones desesperadas; mientras Pablito se ausentó durante nueve meses del año 1991, en un viaje de formación profesional por varios países de Europa.

Transcurridos unos días luego de la revelación, Romina enmudeció sobre el hecho, pues perdió la memoria totalmente. Pablito se sintió triste y ansioso. Entonces, preso de sus pensamientos y disquisiciones, cayó en una disyuntiva con fuerte tendencia a dilema vivencial, que lo aturdía. Así ha pasado el tiempo…

Romina sigue muda, no ha tocado más el tema y se encuentra alejada de la realidad, “únicamente cantando las canciones de antaño”, que tanto le gustan.

Pablito por su parte, –animado de su terquedad- sale a la calle todos los días, con el fin de encontrar a un vecino y a un mecánico de esta extensa ciudad jardín, “que algún día deseen confesar…”.

Episodio de un Soldado

El helicóptero del Ejército -que realizaba patrullaje fronterizo alrededor del río Arauca- se precipitó a tierra un domingo por la noche, aquel año 1997. “No pudo más con el sobrepeso y con la corta pericia del piloto”.

Singularmente, sobrevivió un joven soldado que tenía unos días de haber comenzado su faena militar… Con moretones, sangre, heridas en los brazos y una pierna rota se escabulló entre los cuerpos esparcidos, entre la maleza y los restos -que se quemaban- de la aeronave desecha, sabiendo que el río quedaba un poco lejos, percatándose de que se encontraba en territorio colombiano, en un sitio que los jefes habían catalogado como “zona guerrillera”.

Sabía también, que el estruendoso accidente había quebrado la aplacada tranquilidad selvática, despertando y avivando al adversario.

En medio de la noche, sin poder dormir, corrió con ponderación y luego con desesperación; oyó escaramuzas y balaceras, gritos de operaciones. Todo aquello lo aferró a su fusil, -pretendiendo recordar las instrucciones del sabio sargento que había dejado en el cuartel-. Su objetivo era subsistir, prolongarse, ajustar las pocas municiones que le acompañaban…

Quedó resguardado en una especie de pequeña colina; luego anduvo entre el matorral, circuló entre los árboles y la maraña tupida, buscando esconderse de algún frente guerrillero, pensando que lo rodeaban.

Trotó como un lisiado lo hace, huyendo con apurada dificultad, esquivando los promontorios y nudos que se hacían enemigos en la nocturnidad. Luego, caminó muchas horas a rastras sin detenerse, más cansado que nunca… A la mañana siguiente, se asomó el día y pudo llegar a un acantilado, una especie de derrocadero… Vaciló un instante y luego se decidió… Se abalanzó por ese despeñadero -pensando, en medio de su zozobra-, “que lo abreviaban de no hacerlo, que no tenía otra opción”.

Rodando como otra roca más, cayó a la larga pendiente. Todo aturdido y mallugado se levantó como pudo, miró a todas partes con susto renovado, agarró su fusil con más fuerza y corrió hacia adelante, sin saber su destino. Fue a frenar a la puerta de una casucha tan flaca como él mismo. “Una casucha mágicamente escondida, ínfima y solitaria”.

La comisión militar llegó al sitio del accidente el lunes al mediodía, y los cuerpos sin vida, la desconfianza por la cercanía del enemigo y el destrozo de la aeronave, llenaron su quehacer lo suficiente para olvidarse del enclenque alistado de dieciocho años y nueve meses de edad, que se había enrolado en la vida marcial “para cumplir su sueño comer varias veces al día y manejar un poderoso tanque de guerra”. De esos grandes aparatos con orugas de acero que únicamente había visto en las películas del cine. “De esos que se llevan por delante a los malos y transportan la libertad a los buenos”, se repetía desde que era un niño.

Esa ilusión -de pequeño desnutrido e inocente-, complicado siempre en algunas peleas de calle y de mocerío, lo movió a cubrirse con vestimenta verde de guerrero al arribar a la mayoría de edad.

Pero esa vez del accidente, “alguien del cuartel” había olvidado –extrañamente- colocarlo en la lista de pasajeros y tripulantes de la aeronave, que cumplía la misión táctica de rondar la zona apestada de partisanos.

Era demasiado nuevo, impalpable y frágil para que “alguien” lo recordase en ese convulsionado campamento castrense, ocupado en verdad por importantes acontecimientos institucionales. Había recibido la orden de abordar el helicóptero en el último momento, sin pasar por los controles. Y ése, que le había ordenado subir, ya no estaba vivo.

En la casita de la selva fue atendido por dos viejitos simples y cariñosos, que luego de escucharlo pacientemente le cambiaron el nombre, el lugar de nacimiento, el uniforme, el fusil y las balas que traía por comida, albergue, pantalón y camisa de combatiente, “porque debía conservar la vida comenzando otra vida”, le explicaron esa mañana con imperturbable insistencia.

De la noche a la mañana se transformó, sin buscarlo ni ambicionarlo, en un “luchador del pueblo”; olvidando a sus amigos, las notas del himno nacional, el orden cerrado que lo fastidiaba en las mañanas, el reglamento de castigos disciplinarios con el que lo amenazaban en el cuartel, las chicas maracayeras -que se arremolinaban con sus sonrisas- en las afueras del acuartelamiento.

En lugar de estas formas, oyó unas historias que decían de Fidel, de Mao, del Che”, que contaban los guerrilleros, que según decían “eran todas gloriosas”… Aprendió a tomar café paisano, a oír cumbia y vallenato, a oler esa otra naturaleza tricolor…

Escuchó –precavidamente callado y sin estar convencido- toda clase de consignas: “que los movimientos de liberación son los verdaderos hacedores de leyendas”; “que liberar la tierra de la constante embestida imperialista es el máximo honor”; “que las balas y las bombas revolucionarias no son violencia, sino que son los sólidos propulsores de los cambios sociales”.

Y allí se enamoró de verdad… Conoció a Magdalena y se olvidó por un buen tiempo de la tierra que yace; que yace y crece al otro lado del Arauca. Su corazón combatió, y luchó vestido de otra manera, y lo hizo con vigor… Pero su alma buscaba… Buscaba despertar…

Un día se despertó afectado, inquieto, con aspavientos, con un meneo en el organismo, pensando en la familia, en sus amigos, “en su tanque de guerra que se había quedado por allá…”. Sentía inmensa curiosidad. Se cansó de consignas y de historias ajenas, que finalmente no le llenaban…

Entonces se escapó. Logró volarse con mucho aguante y habilidad. Cruzó el Arauca, escabullándose con el miedo a cuestas… Esta vez por tierra, sin alas, en sentido contrario. A los días llegó a Maracay, a su ciudad, donde efectivamente había venido al mundo por primera vez…

¡Todo estaba cambiado y desconocido! “Alguien” había transformado la Carta Fundamental, afanando para sí los Poderes del Estado, -convirtiéndolos en su amasijo-, modificando las instituciones y oficinas públicas de toda índole. Había mudado a capricho la bandera, el escudo, la cara, la moneda, las mentes, la vida y los misterios patrios; los signos, los símbolos, las vallas, las aceras, las playas y los pueblos. Había transmutado los nombres, el rayado y el sentido de las avenidas; los coliseos, los edificios, los hábitos sociales, los actos culturales y hasta el saludo cotidiano, suprimiendo la Navidad y la forma de bañarse, dividiendo a sus ciudadanos en amigos o enemigos, según lo siguieran o no; según aplaudieran o no sus epopeyas.

“Alguien” había asegurado al mundo mismo; sí, al mundo mismo, “que no sabe nada de nada, y que jamás sabrá nada de nada”, que “él”: el ser más alumbrado, más galáctico y omnipotente, “él solito” había descubierto el paraíso; sí, el paraíso perdido, el paraíso verdadero y perpetuo. Por aquí cerquita, debidamente amurallado en el Caribe, a pocas millas náuticas de distancia.

Y como paraíso que es, tenía el derecho de dictar sus normas a los súbditos; sí, a los más tontos, a los ilógicamente inexpertos del sur, a los improvisadores de oficio, a los nuevos ricos gafamente dotados, a los más ignorantes e inacabados del planeta, a los mequetrefes de un país entregado con ironía.

Entonces, “antes de visitar a su familia y a los chicos de su barrio” fue al cuartel buscando auxilio. Procurando reclamar libertad, y por ende, a requerir su tanque de guerra. Y esta vez “alguien” se acordó de él. Esta vez, “alguien” con algunas canas, con carácter y rango de comandante se acordó de él…

Lo apresaron por desertor, sin interesar cómo se había alejado de su servicio militar, sin desentrañar cómo lo había abandonado, -llevándose además, para el concepto de la autoridad, un fusil automático liviano y otros efectos y pertenencias militares-. En fin, en compendiadas cuentas, había deshonrado su obligación constitucional. “Era un desertor y un ladrón”.

No importaron las explicaciones ni los esclarecimientos, que los mandos calificaron como fantásticos y mentirosos. No prestaron atención a sus lesiones y heridas de ataque. Creyeron que lo del helicóptero había sido un cuento para escapar. No le dieron crédito por el relato de sus andanzas, “ayudando –sin quererlo- a los desquiciados camaradas del Che, de Mao de Fidel”.

El tribunal penal militar lo consideró una verdadera afrenta institucional y lo condenó... Allí estaba sentado en su pedacito de vida sin libertad, pensando en las quimeras, en Magdalena, en los padres de aquí y en los padres de allá, en las ofuscaciones, en las risas sin muecas, en las balas de cada bando, que para el soldado son las mismas… En las sonrisas con lágrimas, en las mañanas sin sol…

Rumiando en las tardes calientes sus lances y peripecias al otro lado del Arauca, en su otra existencia, donde alguna vez estuvo durmiendo y sintiendo los sonidos de su otra emancipación personal.

En las noches, luego que se cerraba el sol, sus oídos atravesaban los barrotes gruesos y oxidados para atraer las narraciones del viejo compañero, un sujeto de ascendencia turca, que desde la otra celda le voceaba “que el soldado se parecía a su ciudad natal, Estambul, porque era una mezcla confusa, -incesantemente sorprendente- como el pasado y el presente del soldado enclaustrado injustamente…”.

En las noches, el soldado oía los dichos del turco y se acurrucaba en su nicho frio… Pero también observaba… Observaba la pequeñita tuerca del helicóptero que lo despidió de su vida normal, que es lo único que conservaba de aquel acontecimiento imprevisible, de aquel siniestro aéreo que lo catapultó hasta este calabozo. La tuerca que guardaba para sí.

Mientras tanto, los familiares que visitaban a los otros presos traían noticias angustiantes:

“El régimen está quemando las ideas por ser adversas…”. “Las lágrimas no alcanzan para parir tierra fértil…”. “El gobierno toma lo ajeno, se agarra lo ganado y lo sudado por otros, cerrando empresas”. “La electricidad, el internet, el agua, la telefonía y los demás servicios no existen, y de existir están limitados y controlados”. “Se liquidan trabajos y trabajadores a expensas de un Estado inclemente, botando a empleados y subalternos por pensar distinto o por firmar en contra”. “Las veredas están manchadas con la sangre de quienes luchan contra la hegemonía”. “Se taponan las fronteras so pretexto de proteger a la población de elementos fascistas”. “Para tener patria debes sacarte un multiservilísimo carnet”. “Se enarbola dentro de un establecimiento oficial y dentro de las instalaciones militares una bandera de otro país”. “Se devalúa la moneda nacional más del tres mil por ciento, pasando a tener más valor las barajitas del monopolio”. “Los presos políticos son una realidad, y constituyen un trofeo efectivo contra el mundo civilizado de los derechos humanos”. “Las balas, los cascos y los perdigones militares atraviesan la carne de los valientes estudiantes”. “Los jóvenes buscan oportunidades y no las encuentran”. “El narcotraficante, el malevo y el criminal cuentan con seguridad y garantías para actuar”. “Se persigue y se aniquila a la gente sin investigación conveniente”. “El educador y el escolar mendigan para comer, quedando sus sentidos a merced del Poder”. “Desde el Ministerio de Educación también se ansía tergiversar la casaca de la historia para pintarla de un único color”. “No hay pan ni harina, y el papel higiénico y los cubitos pasan a ser un tesoro”. “Las medicinas, los remedios y los medicamentos se ausentan por años, pasando a ser ideas sin devolución”. “Los niños, los ancianos, las mujeres y los enfermos mueren de mengua”. “El hambre se hace fuerte e invencible en las calles, para que los ciudadanos permanezcamos dormidos y aniquilados en etapas pretéritas”. “Las madres fallecen en las colas buscando alimentos”. “El Vaticano disfrazado de rojo —sin el menor tropiezo— se ofrece a buscar un diálogo benigno con los enviados del diablo”. “La cédula no es suficiente pues lo que se busca es desdibujar tu identidad para que seas instrumento del económico esqueleto de unos pocos”. “Las damas y los hombres desfilan por los pocos comercios abiertos sin conseguir lo que anhelan, mirando únicamente al cielo, a la Vía Láctea, en procura de alivio…”.

“Que en medio de tanto dolor, en medio del desastre del siglo 21, ha surgido un grupo de jóvenes de todos los colores y de todas las edades… Han brotado de lo mejor de todas nuestras partes… Recorren todos los continentes de la Tierra, denunciando... Son jóvenes que marchan, que exigen, que migran, que van y vienen, que deambulan las calles tricolores cantando su sabor a arepa, pidiendo libertad… Son niños alados que persiguen los días futuros. Quieren llenarse de esperanza y no permiten que se las arrebaten… No desean perder la confianza en el hombre. Son los ángeles de carne y hueso, paridos con el polvo de los liberadores verdaderos, que sufren las bombas del régimen, que vierten su linaje, que viajan, que estudian, que trabajan, que escudriñan, que rezan, que jamás se acuestan, solo descansan a ratos; que no se amilanan, que gritan en todas las calles del norte, del sur, del este, del oeste, porque no conocen fronteras… Están pisando todos los territorios del mundo con su ejemplo hecho mirada… Claman por sus días, por sus horas, por sus minutos sustraídos, por sus tiempos avaramente asaltados. Saben que lejos o cerca, donde quiera que se encuentren, en sus noches de reflexión y de llanto, en sus mentes y en sus corazones alegres, son irremisiblemente libres... ¡Son los auténticos héroes de sus vidas! ¡Son los indiscutibles héroes de esta noble patria... mortalmente herida!.

La tuerca también escuchaba, y en medio de la angustia, insistía en que el soldado le hiciera una experticia, que la sometiera a un estudio técnico en manos del forense, que la entregase a la justicia militar, que la confiriera como evidencia primordial a cambio de su libertad.

Pero el soldado, aunque rogaba y añoraba su libertad, había decidido no pedirla ni implorarla. Meditaba y pensaba durante largas horas… Al concluir, al repasar con terquedad sus pensamientos rotos, la tuerca le respiraba en la cara, le respiraba a ambos lados del Arauca, le respiraba a sus viejitos colombianos que lo parieron de nuevo, le respiraba a Magdalena; y, de igual forma, la tuerca le sabía a su familia de acá, a su barrio original de Maracay, a sus amigos y emociones de su Venecia herida, “tan inmensa como única”.

No deseaba distanciarse de la tuerca, -perderla ni disiparla- entre papeles y citas jurídicas. No quería despilfarrarla en el manoseo de funcionarios, legajos de expedientes, audiencias infructuosas, enjundiosos análisis y alegatos que luego resultaban estériles, sentencias sujetas a la eventualidad del superior.

Prefería mantenerla aislada como estaba él, “pero en sus manos”, decidía en su interior. No la imaginaba encerrada en un cuarto corporativo de elementos legales e investigativos por el resto de sus días. Lo había acompañado siempre. Era parte de su vida.

La tuerca, esa pequeña cosa tiesa, ese pedacito de hierro tratado, que había sido testigo paralizado de su aventura, era lo único verdaderamente suyo, era lo único que le permitía conectarse con todo lo que le pasaba, con todo lo que ha sido, con todo lo que vivió. Esa tuerca, igualmente se vio obligada a abandonar su servicio militar, al desprenderse –también sin quererlo- del helicóptero…

Y era su parecida, era su semejante. “Era una presa a conveniencia del interés institucional”, y es una equivalente al soldado, por lo que esa tuerca le lee, le entiende, le comprende a plenitud.

Por eso, en las noches, el soldado le prestaba atención a la angustia que registraba la tuerca amontonada en esa celda como el soldado, “porque desde aquel accidente aéreo también tiene el derecho de opinión…”, aceptaba el soldado.

La tuerca le hablaba, le recordaba que son sobrevivientes errantes de ambos territorios, que es uno mismo. La tuerca le pedía que no se desviara, pretendiendo descifrar si era camarada o guerrero, que oyera lo que decían los otros presos del centro de reclusión, ¡ya que todo está revuelto en al calle!

Otro recluso le sugería y le imploraba que no regresase a Colombia, pues allá lo tendrán como traidor, y con la vida lo pondrán a pagar.

Pero el último recluso del lugar, el encarcelado más viejo, el presidiario más encerrado, el más introvertido, y por tanto el que más ha tenido tiempo de escuchar y de deliberar, le proclamaba:

“¡No importa amigo! Deja que el tiempo pase... Al fin y al cabo somos todos iguales, somos una gran ambigüedad, paridos por unos mismos padres… Somos unos hijos pobres, pobres de la rica y abundante Gran Colombia…”.

Y allí se encontraba el simple muchacho, con su contradicción. Sin uniforme, sin cantimplora, sin órdenes por ejecutar, sin su tanque de guerra. Enclaustrado, encerrado y solo, aferrado a su estrechez sobrepuesta.

Por ello, infortunado, sin defensa, casi invisible para todos como sus compañeros de galera, pernoctaba en esa cárcel de rapapolvo, sujeto al maltrato del superior, con su corazón triste y dividido entre Magdalena y el mundo, sin resolver si era venezolano o colombiano, sin descifrar, por más que trataba, si era combatiente o soldado.

Todas las mañanas cuando salía el sol, la mortificada tuerca se despedía del soldado, y éste la empotraba nuevamente en la pared, sometiéndola a un hueco muy pequeñito que le servía de rara y oculta morada. Era un alojamiento encubierto.

Del mismo modo, la tuerca había aceptado su verdadera ocupación, su empleo cómplice y escondido... Estaba al corriente de que su rosca valía de enlace, servía de acoplamiento y de ensamblado, en una soldadura existencial inevitable que jamás será resuelta, “porque el Arauca no es un muro, es simplemente una extremidad que atornilla ambos lados del mapa”, precisaba el soldado en sus reflexiones.

Pero antes de ayer, vinieron los padres colombianos y los padres venezolanos del soldado. Vinieron juntos… Vinieron con Magdalena, su hijito que no conoce, y se acompañaron de un abogado particular. Vinieron a reclamar lo suyo, a convencerlo de que a pesar del jaleo, del desorden, de la complicación, el soldado tiene sobradas razones para vivir en libertad...

Se encontraron con una realidad distinta… “El soldado se escapó hace dos noches de la cárcel militar”. Se fue del encierro, se evadió con otros presos militares, sin paradero definido, con su esperanza intacta…

Y ayer, luego del almuerzo, encendí el televisor, ¡y las imágenes fueron tan contundentes que no paro de llorar! La masa inmensa seguía batallando en las calles… No pude hablar más… Me limité a ver –estupefacto- lo que se transmitía:

En una de las avenidas de Caracas, un grupo de muchachos flacos luchando con valentía, con ojos bañados de emoción se enfrentaban al fuego y a las armas del régimen. Sonrientes, con cascos de hojalatas, algunos con zapatos de goma y otros descalzos, apenas protegidos con escudos de cartón, estaban cantando el himno nacional, gritando que combatían por la independencia, “por su brillante futuro apremiado y perdido en el presente. En contra del comunismo, de la corrupción y de la humillación…”.

Un periodista, -entre cables y sacudidas, entre balas y perdigones- se acercó al tumulto, y logró captar a un joven inmerso dentro del humo de bombas lacrimógenas y el resoplido de las metrallas y disparos de perdigón; con hilillos de sangre que derramaba su espalda desnuda... Estaba en el frente de batalla… El periodista lo rodeó, le buscó la cara. A todo riesgo, le colocó el micrófono en la boca, inquirió con arrojo la opinión de ese joven, que traía a su vez una tuerca colgada a un cordón que parecía de cuero, cual collar enlazado a su cuello descubierto al aire, y le preguntó a gritos directamente: “¿por qué te arriesgas?, ¿por qué luchas?”.

Este joven, se detuvo un instante, en medio de los disparos que se oían, entre la bulla y la agitación, entre exclamaciones y ruidos de gente y de todo tipo, y se acercó al micrófono más y más… Se limpió la sangre sobre la frente, luego miró con resolución infinita a la cámara, sonrió ampliamente, y gritó con voz alegre:

-¡Hoy me siento un verdadero soldado! ¡Lucho con los míos, con mi ejército de chicos enclenques, de niños flacos, de arrojados adolescentes…! ¡Estamos vestidos de libertad!... ¡Lucho contra el tanque de guerra que alguna vez nos libertó, y que hoy está al lado del usurpador, que nos pretende aplastar!... ¡Nunca podrán vencer nuestra alma!


Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-20 show above.)