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Excerpt for Alas Mortales by , available in its entirety at Smashwords


Francisco Antonio Soto



Alas Mortales



Smashwords 2018

© Copyright 2018 by Francisco Antonio Soto

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización expresa, positiva y precisa del autor la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo.

Aunque inspirados en la realidad del ambiente castrense, los hechos, los personajes y las historias están erigidos en la ficción.

El Autor.

“En las últimas décadas del siglo XX, inspirados en los principios que hicieron posible varios acuerdos internacionales, muchos países ordenaron a su Fuerza Aérea constituir bases internacionales juntando personal, sistemas de armas y equipos necesarios con el fin de combatir de forma coordinada los diferentes flagelos que afectaban a sus territorios, amenazando la paz y la convivencia, como el narcotráfico, el terrorismo, los ejércitos paramilitares y los grupos fanatizados y extremistas. Estas páginas contienen relatos de algunas de sus vivencias contados desde una óptica particular”.

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Acerca del Autor



Capítulo 1

Respirar profundo, la única manera de controlar la ansiedad es la respiración”. Se repite en su mente, sin perder de vista el espejo colgado en su habitación. Concibe su planeo corporal con vista precisa a la señal, a la diana. Idea su vuelo característico de curvas y parábolas sobre la órbita del ring, que es su ring.

Inspirar y exhalar… Y mirar el reflejo de mi semblante inerte en el espejo”. Ese modelo de lucha silente con su rostro inmutable es su posición íntima antes del combate. No es la muchacha en su sonrisa, no es la joven en su albergue interior. Es la mujer competidora que suspira anhelante, con hambre de calor.

Es también la equivalente al águila, que vuela y clava. Se abalanza sobre su trofeo, no se esconde, no huye, no suplica, solo rompe el cielo de su vida convertida en cuadrilátero, para aterrizarle en su centro con representación imponente. Se lo apropia, lo conquista, pero acechándolo primero desde el aire.

Es un ritual que no concluye nunca, que no termina de repetir con obcecación, cada vez que Katrina Acosta está cerca de subir a su encuentro boxístico. En una ilustración mental que no finaliza jamás, que retumba en sus huesos, en sus órganos y en su sangre, sin abandonar sus sienes luchadoras.

Observa su rostro frente al espejo por quince minutos exactos y se detiene en diferentes semblantes de su existencia.

Luego los desmonta para desdoblarlos en episodios, para inmovilizarlos en su mente con las cuerdas del ring, con los cordones de sus guantes, con las trenzas de sus botas.

Ellos se despojan y se introducen silenciosos en atajos, en senderos que silban en sus brechas especulativas, que suenan en sus ilusiones, que se cruzan en su mundo organizado en quimeras y puñetazos, y se bifurcan en su mente, para que a final de cuentas puedan encontrarse de nuevo en el mismo momento, su momento palpitante, en el que Katrina se extiende gallarda en su sable de aviadora militar. Devota de su textura tajante.

Recuerda su graduación, la ceremonia protocolar. Siendo la alférez más irreverente recibe su grado de subteniente y reafirma así su posición de arremetida.

Perpetúa su ofensiva enunciando una vez más sus imágenes, a través de su deporte convertido en vida, aquel que le permitió obtener una resonante victoria, triunfadora y campeona indiscutida. Derrotó a sus adversarias de los componentes armados de la tierra y del mar con notable facilidad.

“Honrosa victoria para la aviación, nunca antes vista, por vez primera alcanzada… Gracias a los puños de la nueva reina” proclamaron los generales.

Ese triunfo catapultó a Katrina -a despecho de sus compañeros masculinos-, a los puestos gloriosos de su promoción, pero acrecentó la división y con ello su calvario.

Desde que entró a la Escuela Aeronáutica, su carrera militar y el boxeo han marchado juntos por una calzada tortuosa, en la que esos momentos sempiternos, el espejo, su sable, su rostro, su tensión pasiva ante la victoria de sus puñetazos, son las claves que le permiten entrar en una especie de cónclave cerebral, de concentración intransferible, que la llevan al cuadrado salvaje, bautizada en una máquina templada de intimidación.

Consumado el tiempo -esos quince minutos de cohesión cerebral y espiritual- se aparta del espejo, realiza movimientos en los que el cuerpo y de nuevo la mente, abrazados en calistenia, reciben por treinta minutos la orden de prepararse para aplastar, exterminar… ganar.

Luego de ese período, predominantemente físico, se aquieta. Rebaja su intensidad. Se sienta en su cama, busca calma, se relaja con circunspección, para sacar de la funda de su almohada la única foto que guarda consigo, la única imagen que desea ver antes de cada duelo, antes de cada desafío.

Katrina se echa a ver la foto que le regaló su madre con la imagen de Simón el Mago, Simón de Gitta, que la coloca automáticamente en un vuelo subjetivo, místico y alterno.

Se remonta hasta la catedral de San Lázaro, en la comuna francesa de Autun, ubicada en el departamento de Saona y Loira, y fantasea despierta. Se aparece sobrevolando ante la imagen, y la acaricia con su sable de aviadora y con sus guantes alados. Acaricia la piedra de esa imagen, de aquel osado, “de aquel loco que desafió a todos y se atrevió a volar”.

La asume entre sus manos por unos minutos, la retoca con sus dedos y la besa con sumisión, como si fuese a absorberla con su aliento. Recuerda también las palabras de su madre: “La vida es un vuelo de locos”. Luego la esconde… Alojándola en la doblada y suave morada de su cabeza.

Entonces pasa a colocarse su pantaloncillo rojo, busca relajarse por cinco minutos, en los que pretende no pensar en nada ni en nadie, pero le viene a la cabeza el nombre de Raiser, su entrenador. Ausente esta vez, porque fue a la Comandancia General a cumplir trámites de su jubilación.

Sin embargo, hoy tiene que pensar en la mayor Sabrina Aguada, una fornida y atlética mujer de 90 kilogramos: su reto actual, su rival de elección, que se ha valido de las dos guardias nocturnas que le endilgaron los días precedentes, procurando cansarla, minar su resistencia, mermar su capacidad, achicar su aguante.

Cavila en la astucia de su contrincante, capaz de valerse de semejante manejo, colocando encima de sus hombros las dos últimas custodias noctámbulas, mientras dormía en paz y descansaba, se lamenta Katrina.

Piensa en el combate, en sus puños. Seguidamente se pone una bota, la derecha, poco a poco, para sujetarla con precisión. Luego la izquierda, siempre en ese mismo orden.

De inmediato, se coloca su peto dorado y encima su camiseta azul. Azul como el cielo, se serena.

A partir de ese momento, se puede dar una ojeada a sus guantes colorados, sus preferidos, los gemelos amigos del mundo secreto de la capitana.

Durante ese intervalo en el que remueve los guantes de su gaveta y los ciñe a su pecho -por primera vez dentro del ritual-. Debe y tiene que pensar en su oponente. Conjeturándola entre sus guantes y perfeccionando el estudio de la humanidad de su enemiga. Primero su cabeza, sus ojos, su nariz, su boca, sus orejas, su cabello; centímetro a centímetro. ¡Calcando su estirpe en la rambla de golpes que le largará!

Detallada su cabeza, Katrina pasa a acosar las manos contrarias y sin dedos visibles de la mayor Aguada. Le mira tambalear sus piernas. Observa su tórax vapuleado. Estanca la atención en su parte media, para imaginar dónde están situados su hígado, su páncreas, su bazo, su estómago… golpeados, sacudidos, molidos.

Luego repite el nombre o el sobrenombre de su rival, al menos unas cuarenta veces, envolviéndolo en toda la clase de improperios que a “cualquiera” se le pueda ocurrir.

Ninguno, pero ninguno como el que le estacionó el distinguido Llorente, su asistente y feligrés en la guardia recorrida de anoche, que mantiene pisada la foto de Aguada con el talón derecho.

Sí, la foto de Aguada, la conserva azotada en su zapato derecho. Como si fuera escudero fiel de su capitana Katrina Acosta.

Llorente le asestó un apodo insuperable, que no voy a decir en voz alta, hasta que la vea noqueada en el ring -se dijo sonriendo con ironía.

De inmediato, Katrina inscribe en su mente: Respirar profundo, la única manera de controlar la agitación”. Por esta vez, continúa: Llorente me acompañó en mi ronda, la noche anterior, recitando en voz alta mis apuntes, que me entretienen, mis apuntes aeronáuticos, que me llevan a volar de aquí para allá, que me escoltan día a día, en todas mis guardias.

-¡A ver Llorente!…

-Sí… Mi capitana.

-18 de septiembre… A ver.

-Mi capitana, en 1928 Juan de la Cierva, piloteando su autogiro tipo C-8 II, predecesor del helicóptero actual, atraviesa el Canal de la Mancha, mi capitana.

-Muy bien, Llorente… ¿Y qué más pasó en esa fecha?

-En 1980, el primer cosmonauta latinoamericano, el cubano Arnaldo Tamayo Méndez, es lanzado al espacio en la nave Soyuz 38 de la Unión Soviética, mi capitana.

-Muy bien Llorente, muy bien…

Katrina recordó que así había transcurrido su guardia. Inspeccionando las garitas, interrogando a los soldados y otros recorridas de la noche, velando y resguardando los sectores militares asignados, con Llorente y sus apuntes voladores al lado. Hablando en voz alta para batallar contra el sueño.

-A ver Llorente, esta no la sabes: 2 de marzo.

Llorente vacila, sonríe, abre la boca, busca palabras que no le vienen. Mira su fusil de servicio, que lleva dominado con ambas manos en transversal, y este no le dice nada, sigue quieto, sin disparar palabras.

La capitana le exige:

-¡2 de marzo, Llorente…!

El inseparable ayudante accede a contestar a sabiendas de que no está seguro de nada.

-Cierto mi capitana. Me faltan más horas de guardia con usted, para aprender más.

Llorente observa el cuaderno de efemérides aeronáuticas… Pide autorización para viajar dentro de sus páginas. La obtiene con un gesto de la capitana. Pasa las hojas con rapidez… Y localiza el objetivo:

-En 1972… En 1972, el Satélite Pioneer X, lanzado al espacio por los Estados Unidos, es el primero que cruza la faja de asteroides y envía datos e imágenes de Júpiter, Saturno y sus satélites. ¡Mi capitana! -Exclama Llorente, en un grito sonoro, sacudiendo a los búhos merodeadores, que a esa hora empiezan a cabecear en el lugar.

Ay… la guardia de anoche… Ay, la guardia de anoche… Respirar profundo, la única manera de controlar la duda es la respiración.

Lo último que Katrina observa, con análisis de estudiante, antes de terminar su ritual, son sus manos, milímetro a milímetro, concretamente sus puños, sus nudillos. Los envuelve con sus ojos por largo rato. Los anima, los controla. Les da la orden rayana e incorregible de atacar.

Tocaron la puerta. Era la sargento técnico de primera Mary Méndez. Mi única sparring femenina. Mi amiga, mi esquina. Me vino a buscar. La hice pasar:

-¿Ya estás lista verdad?

Asentí con la cabeza. Le entregué los guantes. Sonreí apenas, para saludarla. Volví a mis puños rígidos, alzados y pegados a mi pecho. Caminamos unos pasos. Ella rauda detrás de mí. Yo, adelante, marcando la ruta al gimnasio. Trotando despacio.

La sargento Méndez, animó mi moral:

-Vamos, arriba… ¡Conseguí unas vendas que son de lo mejor! Te vendaré muy bien.

Yo seguía trotando. Ahora, a mayor velocidad. Tirando golpes al aura, asustando a las moscas, a los bichos del aire. Jabs y ganchos dejaba caer… Mis brazos iban y venían.

Llegamos al gimnasio superior. Lleno de gente, de gritos por doquier. Méndez me metió en el cuarto de espera, cerró la puerta, me dijo:

-Faltan diez minutos mi capitana, ok. ¡Concentrada, alerta, fuerza!

Me quité la bata y Méndez me sujetó el cabello, que luciría como una cola de caballo. Mientras untaba el ungüento aceitoso en mi cuerpo y en mi rostro, recordamos el plan trazado y repasado. Se puso muy seria, porque recogió mi silencio… Terminó de vendarme las manos con lentitud pasmosa, para sentarse a mi lado a esperar...

Entendí su silencio:

-¡Pase lo que pase no tires la toalla! -Le dictaminé: ¡Mis costillas estarán bien!

Abrieron la puerta, y alguien dijo:

-Es su turno mi capitana. Vamos…

La capitana Katrina Acosta había tenido una caída brusca en unos entrenamientos tácticos y ese incidente, extrañamente, pasó desapercibido, debido a que ella le dio poca importancia a esta lesión, deslizándose entre el olvido de todos, porque los sentidos se posaban en la semana de actos conmemorativos del aniversario de la Base Aérea. Además, el combate no admitía posposición, para la terquedad de Katrina.

Se había agrietado un par de costillas, cuestión únicamente sabida por Méndez y por su orgullo de combatiente, que le impidió el correcto socorro médico. Ese orgullo casi enfermizo, que le imposibilitaba reconocer que no estaba en las mejores condiciones para afrontar este choque entre boxeadoras femeninas de diferente categoría.

Que se hubiese suspendido. A pesar de constituir el banquete mayor, el espectáculo esperado. Ambas púgiles, invictas hasta esa noche. La pelea estelar de ese viernes de boxeo por la noche.

Si Raiser estuviera aquí, no me hubiese permitido pelear así, se decía Katrina. Esta vez, no hubo masaje activador en muslos, pantorrillas, espalda, hombros. Ni decir del músculo trapecio.

Su orgullo de fiera no le permitía retractarse. Debía luchar, dejar todo sobre el ring. Demostrar que era la más valiente, la más osada, al haber desafiado a la antipática Aguada un mes antes, durante la cena. Mientras el resto de la gente había detenido su comida… Para mirarlas resueltas, casi para entromparse allí mismo.

Aguada, aprovechando su estatura y su grado de oficial superior, le había reclamado a Katrina por unas vendas rojas que le prestó y que no devolvió. Increpándole su supuesto desorden, en uno de los guardarropas femeninos del gimnasio.

Aguada nunca había sido de su agrado. Por el contrario, eran enemigas potenciales en el ring, sin importar el tamaño y el peso de Aguada.

Ambas habían sido campeonas en sus respectivas competencias. La gente de la Base Aérea las especulaba en sus vaivenes, las enfrentaba en sus apuestas sobrentendidas. Katrina era más baja de peso, atlética y arriesgada... Aguada más grande y maciza.

Katrina no se quedó atrás. Le golpeó la cara con la mano abierta, lo que generó una revuelta en el comedor y la posterior amenaza de Aguada, respondida con el desafío que todos querían, el combate de hoy. Para demostrar quién es la mejor, asumió.

La algarabía y el desbarajuste se habían apoderado del gimnasio cubierto. No se trataba de un simple combate, era la eterna huida del gato y el ratón. Superiores, subalternos, oficiales, suboficiales, soldados, civiles, otros desconocidos, invitados, asistentes, qué sé yo, se amontonaron al son de una música estridente.

Oía a todos y a ninguno. Veía a todos y a ninguno. Olía a sudor, a sangre en ebullición, a apuesta, a saturación.

Katrina había llegado al ring. Aguada se subía por el otro lado.

Detuvieron la algazara, el jolgorio, la música. Subí al ring. Me presentaron, dijeron mi nombre en voz alta. También nombraron a Aguada, y enseguida los aplausos, los gritos, los chiflidos, los latidos del corazón. El árbitro estrechó las manos de Aguada. A mí me saludó, con la frialdad del instante.

El réferi nos constató los protectores bucales, los protectores pélvicos y los petos. Verificó las vendas, los guantes de diez onzas, los botines, para recordarnos:

-Muchachas ya saben… Trabajen limpio. Nada de golpear la nuca, ni por detrás de sus cabezas, la espalda, ni debajo de la cintura de la contraria. Nada de morder a la oponente, de patearla ni de pisarla. No se pueden sujetar los brazos de la otra. La que incurra en eso está descalificada. Saluden y vuelvan a la esquina.

El réferi nos juntó la punta de los guantes porque vio que no queríamos saludarnos y así regresamos a nuestros costados. Serias, sin emitir palabra.

Esperamos en nuestras esquinas unos minutos, saltando, haciendo fintas, amagues, combinaciones… Y sonó la campana… Y la gente empezó a chillar de nuevo. Aplausos y chiflidos…

Es el momento. Respirar profundo, única manera de controlar el miedo, me dije.

Entiendo rápidamente que la clave es acostumbrar el cuerpo al sufrimiento, es intentar volverlo invisible al dolor. Trato de saltar en la punta de mis pies, pero parecen pegados a la lona. Pienso en Mohamed Alí, en Ray Sugar Leonard, en Mano e´ Piedra Durán, cómo con sus cuerpos compactos podían sobrevolar y pegar… Entonces la mole de la mayor Aguada se me vino arriba. Yo lancé dos golpes que se estrellaron en su cabeza, pude luego alcanzarla con otro golpe en su frente. La gente gritó y Aguada se encolerizó y como una avalancha se vino hacia mí. Golpe tras golpe a mi parte media, que no pude responder. Otros -que no conseguí contar ni obstaculizar- llovieron en mi rostro hasta envolverme en una burbuja avejigada, que se transformó en una trampa roja.

Mi altanería se cobra su precio. El ring parece encogerse y miro otra vez la mole que me talla la cara.

Una y otra vez con su derecha, me conecta la izquierda en gancho al hígado, desatan un volcán en mi costado, destroza las costillas sin que yo pueda hacer algo. El dolor me ataca y ya es aliado de Aguada… Mis costillas me duelen más que nunca… Trato de conectarle mi directo, que se pierde en el vacío.

Lanzo otro directo con mi mano izquierda y apenas llega sin contundencia a la cabeza de Aguada. Entonces, ella aprovecha y me castiga con dos uppercut a la altura del ombligo, debajo de mi cintura, que el réferi parece no ver, quitándome el aire. Muero poco a poco, mientras el dolor se adueña de mí; otros dos directos a mi cabeza quebrantan la poca estabilidad que me queda.

La belleza del boxeo reside en que retrata como ningún otro deporte la condición humana. No es un simple sacrificio del cuerpo, es la mente batallando. Es el único deporte donde golpear, herir o asesinar está permitido. El que mira no pide perfección, pide sangre. Una vez dentro del cuadrilátero, sabes, que lo único que importa es salir con vida… Y ganar.

El boxeo en verdad no es un deporte, es la vida misma en su forma más elemental y arrogante: la vida sin mentiras, sin perfumes elegantes y sin cortesías de comercial. Es el placer de un asesino que debe tener la agilidad de un mono, los reflejos de un leopardo y la sed de sangre de un depredador, como el águila que soy.

Hoy no soy aquella águila. Mis fuerzas no me acompañan. Mi destreza se ha ido. Mis brazos no son tan rápidos… El dolor de las costillas cuarteadas es demasiado…

Sentí un jab de Aguada muy fuerte en mi rostro y justo antes de que se me apagaran las luces, un sabor metálico de sangre me llegó a la garganta.

La voz del árbitro me trajo de vuelta, regresaron los colores y las formas, las luces. Los gritos de soldados y oficiales que le pedían a la mole que terminara de una vez con esa pendeja. Aquí no soy una oficial sino una mujer y ellos todos me quieren fuera, lo más ensangrentada posible.

El instante del golpe final es abstracto, es como si le pegaran a otro. El mío fue como una flecha envenenada y el golpe contra la lona me incrustó en el suelo del ring. El árbitro se iluminó, se enfocó en mis ojos casi taponados de moretones.

Aparte del dolor físico todo está vacío. Las ganas de matar a mi rival no se han ido, se esconden con lascivia en mi corazón. Pronto llegará el momento de la venganza… Por ahora, hago buches de agua salada para detener la sangre y oigo la campana que hay en mi mente. No siento absolutamente nada…

Sonó la campana y en la esquina Méndez me pide que deje todo ya, que me vaya del ring, que mi vida puede estar en peligro, que vendrá otra vez, y entonces sí le daré, sí ganaré. El descanso fue una relación de palabras que la sargento procuró que yo asimilara en consejos. Aunque no quería ni podía oír…

Suena la campana otra vez, me levanto para el segundo round, me le encimo a Aguada con los puños atajados. Esquiva un huidizo gancho mío y me propina uno al rostro que no detuve, que sonó en mi cabeza como si hubiese apretado un botón, luego repitió el golpe abajo a mis costillas, que dolió hasta en el alma… Y caí sin saber dónde estaba…

En el piso, con mis facciones hinchadas y mis costillas reventadas, veía la cara de Méndez, para tratar de inocularle en sus ojos la orden, la última orden que le había dado mientras esperábamos, que ninguna toalla. Pero no tuve éxito…

Los ojos de Méndez, llenos de lágrimas, no me permitieron más. Me fui o sentía que me había ido. No sé… Perdí el sentido, las palabras no salieron.

Méndez tiró la toalla. La toalla, mi toalla… En unos momentos se puso roja, ensangrentada con las averías de mi rostro, caído en su vuelo colapsado.

En la tribuna, Llorente… Buscaba a Llorente, porque sentía vergüenza. Nunca lo vi. Sabía que perdía su paga semanal apostada a mi nombre. Los demás ganaban y Méndez… Me bajaba con auxilio de los enfermeros. Los gritos taladraban el reducto, yo me había ido…

Volví en mí en el hospital. Los médicos y enfermeras me suturaron, inyectaron y suministraron los mejores cuidados. Mis costillas tenían que sanar.

La primera noche estuve en el área de emergencia, sola y triste, pero me resistí a llorar. Deseaba guardar mi encono para la pelea de revancha, para el futuro. El doctor Cortez, el cirujano de guardia, me regañó por haberme expuesto así, en un combate desigual, contra la mole Aguada y contra mis costillas. No me sedaron más de lo necesario.

Al día siguiente fui trasladada a una habitación compartida, cuya cama estaba sola, esperando a otra enferma que nunca llegó.

La única visita que aceptaba en el hospital era la de Llorente y a la sargento técnico Méndez. A regañadientes esta última por supuesto. La culpaba por haberme salvado, quizás mi vida merecía ese trato o mejor dicho, ese maltrato. Era un maltrato más, qué se puede hacer, solo seguir, solo luchar.

Me esperaban varios días sin poderme mover bien, con un mar de enormes moretones por todo el cuerpo. No sólo me venció, me castigó hasta el final con toda la crueldad. Me sentí despreciada pero no estoy devorada. ¡No hay lugar para la tregua!.

Sentí la cruel necesidad de Aguada. Su necesidad de violarme el alma. Era tal que la sentí en cada golpe. Ahora me siento en mi necesidad, mi necesidad de curarme, de salir de esta habitación de hospital, de comenzar a volar y continuar…

Estoy echando un vistazo por la ventana, procuro tocar con mi nariz la copa de los árboles del bosque, para colocarme sobre ésta y mirar todo allá abajo. Mis costillas adoloridas me hablan, me distraen en su tropiezo con el dolor.

La oscuridad de la noche acompaña mi anestesia. Se entreabrió la puerta del cuarto y no vi esos mismos ojos que me golpearon, eran unos distintos. Sonríe. Un sudor secuencialmente frío recorre mis extremidades. La anestesia no me permite ver con claridad. La puerta se cierra. Ya no está, se fueron los ojos.

Entró una enfermera, encendió la luz. Todavía semiinconsciente, logro ver que trae consigo una rosa roja colocada en un recipiente alargado de cristal con agua hasta la mitad, y lo colocó en la mesita amarilla que sostiene la lámpara. Apagó la luz de la habitación. Solo la observé, sin decir palabras. Afiancé mis ojos… Descansé con el dolor… No era una flor del cabo Llorente, mi fiel escudero... Dormirá sin su paga, pensé preocupada. Era una flor de la sargento Mary Méndez.

Capítulo 2

Intercepté sus ojos en el primer inning, en el cuarto, en el sexto y en el octavo. Sus ojos me siguieron en cada turno. Bateó de cuatro cero y el equipo perdió. Cometió dos errores al campo, fue la perdición.

Algunos pueden creer que yo fui la culpable mas no es así. A pesar del mal día, la fiesta no se hizo a un lado y todos los jugadores recibieron el saludo de los comandantes y de la gente.

El equipo de la Base Aérea había perdido una vez más. El beisbol no termina de gustar a esos aviadores, asesté a decir a un soldado, que en la salida se me acercó para ofrecerme un poco de jugo de naranja.

Dos copas de vino en la barra, a solas, bastaron para atraer su atención de nuevo. Lo noté a distancia, me miraba con curiosidad. Pensaría, qué hacía tan distraída aquella oficial, tan solitaria y escurridiza, que está al margen, no se acerca. Pero sí estaba cerca, muy cerca, en su aptitud, en sus ojos, en su mirada. Lo tenía nadando en cada vaso de vino que yo degustaba.

Entré por unos minutos al baño. Permanecí un tiempo más de lo necesario. Precisaba conmoverlo. Notaría mi ausencia.

Regresé a mi silla, sin corretear mi vista en el bar. Traía suelta mi cabellera, que no debía estar franca ni desprendida por encontrarme uniformada, pero me arriesgué en medio de la cacería, pues del recinto ya se habían retirado algunos superiores que siempre refutaban todo, que señalaban faltas a diestra y siniestra. El bar se había puesto más emocionante, más animado, aseguré.

Es cierto, era el más simpático de la fiesta. Al menos, el que más me atraía. En treinta segundos nos juntamos sin decir palabra. Sonreímos y me siguió, como quien codicia alcanzar a su presa. Sin saber que mi cabello era el cáliz del señuelo, porque de mi estatura de 1.78 metros, mi cabello cubre unos setenta y cinco centímetros. Eso se nota… Al menos lo nota el masculino, cuando lo dejo caer a merced de la fuerza gravitacional.

Dejamos a un lado nuestras copas, medio vacías, donándolas al sinsentido del tiempo relegado. Salimos del bar, caminamos por la vereda rumbo al norte. Saludó a unos amigos en la esquina del cine, luego invadimos los espacios de la plaza de La Tríada, con sus tres aviones en el centro. Nos detuvimos debajo del ala izquierda del segundo avión, sin decir palabra alguna. El avión había sido el culpable de más de una escaramuza licenciosa. Sobre todo, de parte de los enamorados más nuevos. Las quejas del coronel Picúa, jefe de Operaciones del Comando Central, no cesaban al respecto.

Paseamos por la plaza unos minutos mudos. La abandonamos oyendo a la distancia. Pero no era la distancia. Era el sonido del riachuelo que viene del bosque, con agua limpia, fresca, helada a esta hora de la noche… Se acercaba a invitarnos.

Nuestros ojos se juntaron de nuevo y caminamos en dirección a la frondosidad. Atravesamos el patio grande y los banquitos de madera que están dispuestos a su alrededor. Renunciamos al ruido, a las risas, a los gritos y nos adentramos en la noche espesa. Él no apartaba sus ojos de mi cabello:

-Me gusta tu cabello largo, gracioso. No lo ocultes más.

El cabello resultaba siempre. Es un arma infalible, calculadora. Una procesadora de utopías que se mostraba sin misericordia, sin indulgencia, desarropando a la corriente, deponiéndola como esclava de la tendencia descendente.

Me di vuelta, lo miré fijamente, y sin avisarle nada, lo tomé por los hombros y mediante una zancadilla lo derribé con mi poderío sobre la grama, que lo esperaba ansiosa de ser pisada.

Acudí a mi premura para saldar mis trances y el desnudo se volvió un reclamo tímido y luego la agitación, la apetencia, el reclamo hostil.

La luna se había escondido tres noches atrás, trenzando sus destellos en el discernimiento de otro cielo más brillante, estrellado, alejado de los estereotipos aéreos de la Base.

Intercepté sus paisajes varoniles, los acaricié un segundo, lo invité a rastrearme con su vista ávida de vértigo, por un breve momento. Mi cuerpo era mi aposento, la mirada del creador. Yacían en el suelo nuestros uniformes, impasibles. La yerba, la neblina, el ramaje, nadie se atrevía a mirar. Ni siquiera los pájaros melodiosos que se ciernen durante el día sobre toda la zona, para reinar en sus horas obedientes.

La calma de ese sector de la Base se convoca inalterable durante las horas nocturnas. Es mi secuaz ideal. Ninguno la sabe apreciar. El frío es mi esencia desde el cual habré de lidiar.

Provocados, acostados, incluidos en un lapso. Emancipados en la posesión de nuestros cuerpos, nos acopiamos en la ingenua conformidad de la perturbación carnal.

Apenas palpé sus labios con la frontera de mi lengua y acaricié su cabeza con suavidad para colocarla en lo más profundo… Entre mis piernas… Para indicarle que al final de la divergencia suave debía sentir mis labios lisos y capacitados, finos y educados para elevarse.

Que en ese instante de la vida y de su vida tenían el control de todo el aire y del espacio; inclusive de la impaciencia movida, de la manía de los sentidos y de la rabia delirante. Yo gobierno el ritmo, el balance de mi nave preciosa. Esta vez mi nave aguda dirige la oscuridad, la furia del viento en el lugar.

Le incité aún más, la osadía de sus labios sobre mis bordes y filos húmedos devolviendo fricciones delicadas a su cabellera simple, casi rasa. Mis dedos viajaban, tentaban, le abrían por donde ir.

Le insistí detenerse con sutileza y entrega entre el radar de mis piernas. Ese era su paraje, su quehacer, el lugar de encuentro en aquella noche nuestra. Le señalé mi lucidez, mi agilidad para establecer, para erguir, estimular y erigir.

Sus manos fueron rendidas con precaución a cada uno de mis senos. Allí le esperé para acariciar sin desgano, cada prominencia suya, su saliente inquieta y su llanto que clama. Sus poros y mis poros se frotaban, se platicaban, hurgándose entre sí. Todo olía a herbaje fresco… Saboree la travesura torera de su sudor sin reivindicar su gracia. También escuché latir su corazón insaciable.

Mis venas se dilataban, mis arterias se suspendían, atentas al pulso que lisonjeaba mi plenitud. Mis gemidos apenas se oían pero se enteraban del tránsito de sus manos, de sus carnes firmes, vehementes.

Mi corazón se atrevió a pasear más y más rápido, inquiriendo más trato, más inmediación, más unión y empalme con el contacto enérgico. Me sometí a mis instintos… Suspirando… Y susurrando cada vez más.

Mis movimientos, mi postura, mis zonas erógenas perceptivas al más pequeño roce, al más nimio aliento, a la más invisible angustia, me pretendían y lo pretendían sin fenecer.

Mis pies se instalaron ardientes y recibieron el hormigueo cimbreante, que fue remontando palmo a palmo a través de mis piernas, a través de mis brazos, sin atajarlo… Hasta lograr situarse todavía convulsivo en mi comprimida y suplicante pelvis, que se meneaba a su antojo…Y continuaba allí su hostigo, sin ni siquiera parar.

Mi cuerpo se encontraba en tensión, mis músculos se calentaron más. Estremecimientos y alteraciones se revelaban circulando el escalofrío en todo mi cabello arriesgado al canal de la conjetura salvaje… Me tensé más y más. Lo tomé por su intimidad… Y lo friccioné con locura… Y llegó… ¡Sí! Al fin llegó mi espejismo…Se radicaba en mi aliento… Una delicada, tierna y susceptible exhalación. Un esparcimiento con paladar a centella, culminante, sagaz.

Sujetando con sus líneas del desenfreno mi lugar de ensoñación. Así estuve unos minutos… Sin decir palabra, solo caricias oscilantes, aunque sin otorgar libertad.

De pronto, consciente frente a su inconsciencia. Sabedora de su postración ante mí. Reflexiva del latido de mis sacudidas, ahora más fortalecidas frente a su rendimiento primitivo y terreno, lo aparté con brusquedad. Cayó en el piso cual reducido se había colocado ante mí. Me proveí humeante, candente.

En el acto me acrecenté, lo observé con nitidez y detenimiento. Decidí levantar también mi uniforme y continuar la noche, esperando mi verdadero y próximo momento con él. Había ensayado su paladar foráneo.

Permaneció dócil al abrazo de la grama. No emitió palabra ni gesto. Únicamente me miró al partir. El teniente Álvarez observó mi ida, hecho añicos, pues no sabía lo que pasaría después.

Todavía truncado en la misma circunstancia, en su cualidad, en su único tabique. Sé que su confianza está intacta. Yo continuaba ilesa. Nadie puede atreverse a dar una ojeada…

Su tramo de supervivencia se rindió dentro de mí. Percibí su esencia benigna, y mi efusión aún está excitada…

No fue un simple avío de mi vuelo radiante. No consiguió adivinar al bosque pero estuvo en su interior, recapacité.

Mi bosque. El bosque oscuro de la Base seguía intacto. Ahora mismo coexistía silente, inmune. Nuestra primera ocasión. Anhelosos estamos ambos de lo que seguirá... Entregada estoy.

Ya en mi refugio pude tocar a quien también soy. Desarropé mi cuerpo, mojé mi carne, relajé mi sangre, mi corazón latió a su ritmo… La noche había llegado de verdad. Mi uniforme fulguraba abandonado sobre el sofá verde oliva. Al lado, en la mesita marrón, otras flores y otros dulces que hoy también me regaló.

Capítulo 3

Cuando llegué a la Gran Base Aérea del Norte no era un oficial superior más de los asignados a su planta ordinaria de rutinas. Era el sexto cargo desempeñado durante mi carrera uniformada, con una función que nadie más podía cumplir… Hacer posible -aunque parezca fantasía- que cada quien tenga lo que se merece dentro de un mundo estrictamente vertical.

Lo cual es un reto faccioso por cierto, si tomamos en perspectiva que la existencia militar se desenvuelve bajo el dominio y designios del más poderoso, del más antiguo, del más laureado.

Vale decir, “lo que digan o propongan los que están por debajo, o sea, aquellos inferiores que lo miran hacia arriba en su cadena de mando -si contraviene sus órdenes-, no son fallos acatables”, solo meras opiniones con sus consecuencias correccionales.

Siempre he pensado que una instalación militar es lo más parecido a un estamento feudal, en el que el señor dicta sus normas, el vasallo las ejecuta y los siervos las cumplen.

Mi padre decía: “si quieres conocer a las personas, debes echar una mirada a lo que forman, a lo que establecen, a lo que constituyen”.

Me lo expresaba cuando, recibido de abogado, decidí juntar esa carrera con la de las armas. Me lo señalaba con tono de precaución, porque -afirmó siempre- que la labor de un abogado en un sitio donde se hace lo que dice uno solo, por encima de lo que piensa y siente la mayoría, es por naturaleza un lugar de injusticia, “que debía saber comprender, asimilar y manejar”, repetía.

Para mí siempre ha constituido un reto nada fácil, desigual, peligroso. Para mí, eso mismo lo convierte en atractivo…

La Base Aérea está situada a cierta distancia de dos ciudades capitales, en la región andina venezolana. Tiene una gran vida propia, es un mecanismo social intenso en el que el ruido del F-14 Tomcat, del F-16 Fighting Falcon, del Tucano brasileño, del IA-58 Pucará argentino, del T-35 Pillán chileno, del UH-60 Black Hawk, y de las demás aeronaves dispersadas en corriente trepidante, recorre sus espacios libremente en repetidos truenos que se sitúan dentro de los oídos de los seres vivos, durante todo el día y en gran parte de la noche.

Los sonidos de los motores aéreos despegando, navegando y aterrizando se registran en un lado y en otro. Desayunan, almuerzan, meriendan y cenan entre nosotros y no se acuestan a dormir la mayor parte del tiempo.

A pesar de todo esto, la Base posee una fisonomía de metrópoli. Al menos, eso es lo que yo tenía entendido cuando me transfirieron -a manera de ascenso-, a la más connotada Base de la Fuerza Aérea. Había dejado atrás a la vetusta y más chica, que me había captado algunos amigos y como siempre ha sucedido -cuando se busca la verdad- me traía en el saco legal también los nada sanos deseos de algunos enemigos.

Cercada en sus lados sur, este y oeste por un muro de concreto de cuatro metros de altura por dos de espesor. Se le ha anexado a la parte interna de ese muro, cada dos kilómetros, una garita con dos custodios. El lado norte está cercado también, pero por un inmenso bosque, que se antepone a una gruesa hilera de montañas, cerros, altozanos y montículos que hace casi inaccesible su acceso por vía terrestre. Ese lugar, alejado, salvaje, es el verdadero centro de maniobras y operaciones militares.

Después de la alcabala de la entrada principal, que siempre está resguardada por una férrea guardia de seis soldados a cargo de un sargento mayor, se distinguen varios edificios descomunales correctamente levantados a prudencial distancia, uno al lado del otro.

Allí en la entrada, luego de identificarme, hice lo que siempre hago al conquistar mi nuevo destino laboral. Estacioné mi vehículo, que traía el viejo remolque donde guardo toda mi existencia, bajé a Kubrick, mi perro labrador negro, que se me adhirió desde que era un cachorro. Fumé mi cigarrillo, tomándomelo con calma.

Me tomé la pretensión de conocer a pie gran parte de la plataforma militar, ya que a Kubrick le haría muy bien el ejercicio. El trayecto había sido largo. Más de un día por carretera.

Sin embargo, no pudimos hacer el recorrido. Únicamente dimos un vistazo en la entrada y regresamos al vehículo porque el suboficial de guardia, el sargento Pincher me informó “que las veinte mil hectáreas se pueden conocer con detenimiento… Durante varios días”. Entonces asumí que conectarse a la Base, era una tarea de semanas.

El sargento Pincher me invitó a sentarme en la plazoleta contigua, donde se mostraba la figura en madera con tres metros de estatura de un aviador militar, con su casco colocado en la cabeza inmóvil, y con su rostro muy tenso, grave, que mira sin tartamudear al sur geográfico. A su lado, se descubría lo que parecía ser el borde del ala de un avión pequeño, que para la silueta no es tan importante. Pensé, puede ser cualquier avión. Lo que importa es el aviador…”.

Pincher me ofreció un vaso con agua, que me cedió un soldado bajo sus órdenes. Cuando lo bebí en su totalidad, sonrió y se acercó aun más, para accionar su dedo índice extendido al aire cual batuta de director de orquesta:

-A unos cien metros verá los hospitales. Seguidamente a la izquierda unos edificios apilonados uno al lado de otro. Son muchos… Allí trabaja el personal acreditado en las áreas de desarrollo logístico: Intendencia, Talleres estructurales, Comunicaciones, Meteorología, Abastecimiento, Transporte.

Pincher se detuvo un momento, para ordenar que llamaran a mi asistente. Luego se acercó de nuevo para continuar:

-Después verá los edificios del lado derecho, donde se concentran las áreas de operaciones. Detrás encontrará el polígono de tiro y el edificio del Apoyo de Armamento. Hacia el este, se concentran dos pistas aéreas pequeñas sin torre de control, con los grandes hangares de mecánica. Son los galpones del Apoyo de Mantenimiento Aéreo. Al oeste, las viviendas de guarnición, las piscinas, la biblioteca, las cabañas y edificios que corresponden a las familias de militares y civiles que trabajan en la Base, y otros edificios de dormitorios, los estadios, el gimnasio principal, las tres canchas de obstáculos. Las demás oficinas administrativas…

-¿Y en el norte? -pregunté alzando el brazo-.

-En el norte… Bueno, buscando el norte, hay seis grandes pistas aéreas con sus calles de rodaje, que permiten a la Base alcanzar el nivel de aeropuerto con sus terminales de carga y de pasajeros, una pista aérea circular, dos aeródromos reservados, la gran torre de control, numerosos hangares, depósitos, tinglados casi escondidos…

-Ya tendrá tiempo para conocer todo, me aclaró el sargento Pincher. De esta forma culminaron sus palabras y se despidió, porque ya veía a la joven oficial que se nos acercaba a paso apurado.

Agradecí al sargento Pincher y este regresó a la alcabala. En eso, se aproximó una oficial muy formal, que Kubrick advirtió. Llegó a paralizarse muy firme, a tres metros de distancia, y me saludó en voz alta:

-Mi mayor… Bienvenido. Mi nombre es Li Akame Espasí, seré su asistente.

Yo me levanté, le devolví el saludo marcial y luego me relajé. Le di la mano derecha y estreché una pequeña, dócil y fría... Será mi mano derecha, pensé.

Ella mantuvo su formalidad, sacudida un tanto al presentarle a Kubrick, que aprovechó para mover la cola aspirando a un toque femenino en su cabeza, que la oficial no rehuyó. Me invitó a pasar a la Base. Devolví el vaso a Pincher, la monté en mi carro… Seguí su dirección. Con el tiempo logré deducir que en esa Base Aérea trabajan unas dos mil personas, a las cuales habría de añadirse las familias que habitan sus viviendas.

En mi primera visita guiada descubrí una serie de canchas y campos deportivos más pequeños: dos de fútbol, dos de béisbol, tres de tenis, dos de basquetbol y otro de rugby. También varios hangares repartidos por toda la Base con aviones nuevos, de última generación, y otros un poco más viejos.

Vi algunos desactivados que sirven para repuestos. Noté que otros de esos viejos batalladores pasados a retiro han sido remendados y vueltos a pintar y sometidos a un pedestal de granito en su centro rodeados de árboles inmensos y densos, con bancos de madera distribuidos en forma organizada. Son las diversas plazas que se aparecen por todas partes.

Se dejaron ver unos patios simbólicos de la aviación militar, que exponen varios acontecimientos de la aeronáutica americana. Visité los calabozos y las prisiones militares que vería con regularidad.

Mas allá observé las aulas de clase, un economato colosal, salones de reunión, salas de conferencias, estatuas, extensos dormitorios de la tropa, de los suboficiales y de los oficiales, masculinos y femeninos.

Almacenes abultados de comida y pertrechos, la lavandería, el cine, un bar, la añorada cocina y el comedor principal. Supe que cada edificio y servicio tienen su propia cocina, y su comedor específico.

Como a la semana de haber llegado me presenté al verdadero norte, el extenso bosque inflamado, cerrado, y a “las montañas inverosímiles”, que las llaman así por su altura y extensión. Son parte de la Cordillera de los Andes, a las cuales se apela para mantenerse en forma y practicar las tareas de entrenamiento físico, pero a la vez de ejercicio táctico, de maniobras aéreas y terrestres.

Mi asistente, o como ella misma se mostró, la teniente Espasí, había alcanzado la Base las semanas anteriores, transferida desde otro país.

Me condujo hasta un cafetín. Allí desayunamos y hablamos lo indispensable. Procedí a ampararme en mi habitación, con aire acondicionado, que por el verano es una necesidad. Dormí una siesta.

En la tarde, saludé al comandante de la Base y me dirigí a mi nueva dependencia, al lado del Apoyo de Transporte Terrestre.

La teniente Espasí me informó que la había encontrado con muchos libros y repleta de telarañas y polvo. En los días anteriores pudo asear las paredes, los pisos, los baños y las bibliotecas con ayuda de unos soldados.

Una despensa gigante con algunos expedientes irresueltos me demostró que la salida del mayor Molina, mi antecesor en el cargo, había sido hace dos meses. Ya había oído de los problemas que se suscitaron y de la remoción de todo su personal, recordé. Molina no era de mis amigos. Habíamos tenido nuestras diferencias en el pasado, pero lo que le había acontecido no me agradaba. Tenía ese asunto como un precedente que me fastidiaba.

Tuvo un romance con la esposa de un coronel, el coronel Santángelo. Un oficial asignado ahora a otra Base de la Fuerza Aérea, que en esa época dejó a su familia “abandonada” -por decirlo de algún modo-, mientras se iba con una joven secretaria. Es de los más cercanos al general Ismael Travieso, comandante de la Gran Base Aérea del Norte. La esposa esperó al coronel un tiempo prudencial, con la anuencia del propio general Travieso, que al parecer la “visitaba” con frecuencia y esto no lo sabía mucha gente, pero el mayor Molina que la “asesoraba” en su divorcio, se cruzó en la trayectoria de esa crisis. Se cruzó… y tuvieron unas semanas tan intensas que llegaron a todos los oídos.

Travieso embravecido lo sacó de su cargo como también lo hizo con todo su personal. “Mediante informe detallado que tiene a Molina al filo de la expulsión”. Son cuestiones que por difíciles se mantienen en la mente de todos los consultores jurídicos.

El general Travieso siguió viendo a la esposa del coronel Santángelo. Y este último aún no ha regresado.

Me llamó poderosamente la atención, que la teniente Espasí colocara sobre un gran mesón de fina madera numerosas figuras alusivas, una especie de monumentos pequeños, armados en maqueta, de cartón endurecido con sustentáculo de plástico, encargados por la oficial a un minucioso artesano.

Eso significa que estaríamos acompañados en la oficina, por el Obelisco de la 9 de Julio bonaerense, por la Estatua de la Libertad, por la Virgen de la Paz, por el Machu Picchu, por el Cristo de Corcovado, por algunos geoglifos de las líneas de Nazca y por otros bloques más.

-¡Solo son muestras de lo que estamos protegiendo mi mayor! -Acotó Espasí, para responder a mis ojos maravillados.

También llamó mi curiosidad que la teniente me pidiera autorización para colocar en las mañanas de la oficina un séquito de resinas aromáticas a las cuales le añadía aceites de origen vegetal. El olor era aceptable y a Kubrick le gustaba.

La teniente, y un soldado que le acompaña están terminando de acomodar algunas de mis pertenencias en la Oficina de Asesoría Jurídica (OAJ). Yo los ayudaré mañana, me comprometí.

-Me llevaré algunas piezas de este expediente. Las miraré con interés en mi habitación, mientras atraigo el sueño… ¡Al fin he llegado a la Base! -Indicó el mayor Gabriel Mirabal a la teniente Espasí y al soldado que le obedecía, con un trapo mojado en las manos que restregaba en todas partes.

Mirabal se sentía tranquilo. Acostado en su cama, con Kubrick observándolo desde la alfombra mudada en colchón. Pensativo, en la primera noche, en su nueva habitación, en su nuevo desafío.

Capítulo 4

El sargento técnico de segunda Tomás Trincado fue colocado en la lista de custodios castrenses encargados de la seguridad nocturna de esta parte de la Base Aérea, con la finalidad de resguardar las diferentes divisiones y secciones del que será pronto el nuevo edificio del Apoyo de Armamento. Faltan varias semanas para que esté terminada la obra. Por esta razón no cuenta con electricidad, y con ningún otro servicio.

Ahora mismo, se halla en un apretado proceso de acomodo, adaptación y mudanzas, y con pocos muebles y objetos en su interior. También se presenta libre de personas. A excepción del sargento Trincado, que es el único asignado para la guardia que comenzó a las 0300 horas y que debe finalizar a las 0600 en punto.

La estructura de nueve pisos fue cimentada por los lados del polígono de tiro. Es el único inmueble de ese tipo que no cuenta con ascensor.

El sargento Trincado, en lucha contra el sueño, acaba de despedir al sargento Morales, quien le entregó el libro de novedades y la lámpara y se fue a dormir con apresuramiento.

De esta manera se encuentra el centinela haciendo un primer recorrido de abajo hacia arriba -escalón por escalón, oficina por oficina, área por área, salón por salón-. Cuando lo ordenando por el manual de servicio del Apoyo de Armamento es pasar revista antes de la ausencia de la guardia que se va.

Comenzando desde los pisos más altos, para descender con lentitud hasta llegar al piso inferior. Apostándose en la entrada abierta de par en par. Estrictamente vigilante, hasta el momento de ceder la guardia al turno siguiente.

Trincado subió a la azotea del inmueble, casi jadeante. Y sintiendo el deseo de aminorar el cansancio, por esa ronda inaugural en subida sostenida, se detuvo a observar la noche con su cama de estrellas.

Caminó entre herramientas y se acercó al límite de la azotea. Bajó la mirada. Desde allí podría contemplar los inescudriñables terrenos enmontados que rodean el edificio, en 360 grados.

De pronto, su cuerpo perdió el equilibrio… Se desprendió desde lo alto al vacío, impactó contra el empedrado. Nadie oyó su grito de pavor mientras caía. No sobrevivió. La sangre fluyó inmediatamente…

Capítulo 5

Los golpes en la puerta lo levantaron de un impulso y tratando de caminar con rapidez tropezó con las varias piezas del expediente, que lo habían adormecido a la una de la madrugada, regadas por todo el piso de su habitación. Las recogió con avidez apilándolas sobre su mesa de trabajo.

Se vistió con lo que pudo encontrar. Le ordenó a Kubrick que lo esperara allí, quieto, sobre la alfombra, podía seguir soñando.

Al salir sintió que todas las miradas que se asomaban en las diferentes recámaras le apuntaban al rostro.

Bajó las escalinatas del dormitorio de oficiales superiores, lo esperaba el jeep. Las luces encendidas, las sirenas en movimiento y la cara de espanto del cabo Guerra le indicaron que la situación era escandalosa. El hecho había ocurrido al otro extremo de la Base, en el comienzo del bosque, que constituye su lado norte. Tardaron unos quince minutos o más en llegar al sitio del suceso. No podría asegurar cuánto tiempo.

En medio del campo, casi tapado con la hojarasca, reposaba un cuerpo inerte. Los perros ladraban sin parar. El mayor Mirabal hizo un gesto para que los apartaran mientras miraba con atención. Permaneció callado por unos instantes.

En eso, el cabo Gámez lo interrumpió: “Orden cumplida”. Había trasladado en una camioneta rústica a su asistente y al fotógrafo.

Dio instrucciones para proteger y fijar el área en un radio de cien metros cuadrados aproximadamente. Estableció un camino de paso exclusivo, para evitar que la gente alterara lo que parecía ser la escena del suceso.

Mirabal ahuyentó a los muchos curiosos. “Debían retirarse con celeridad”. Gritó a la tropa para que no dejasen pasar a más personas y no estorbaran la averiguación:

-¡No mover ni tocar nada!

Los funcionarios de Criminalística Aérea (CA), una oficina técnica encargada de investigar los hechos delictivos ocurridos dentro de la instalación militar, le oyeron decir con esmero:

-¡Trabajemos en equipo de forma organizada! Debemos ser muy cuidadosos.

Mirabal manoseó en voz alta el contenido del maletín del sargento Morris, un funcionario de Criminalística Aérea, que se encontraba en el sitio:

-¡Plancha, tintero con rodillo, reactivos, brochas, lupas, tijeras, brújula, guantes de polietileno, lápices, bolígrafos, libretas!

Ante el personal todavía reunido instruyó nuevamente:

-Señores, este es un hecho muy grave… y como ocurre en todo hecho debemos ser muy minuciosos. Este es un sitio abierto, expuesto al medio ambiente. De forma que vamos a seguir los pasos concretos para investigar. Los sentidos deben estar muy sensibles a los detalles…

Los funcionarios no lo conocían. Habían oído hablar de él. Sabían que era un hombre de trayectoria. Estaban informados de su llegada. Volvió a dirigirles la palabra:

-Vamos a proteger el lugar, a observar todo, a abordar el área sin estorbarnos y sin pisar o estropear algo que podamos usar en la investigación. Tenemos que colectar las evidencias que consigamos… Ya saben, las más comunes: huellas, manchas, rastros de fluidos, objetos, fragmentos de fibras y de telas, de zapatos, de camisas o de ropa suelta. Debemos manipularlas… y con cuidado extremo embalarlas y rotularlas debidamente, para que puedan ser exhibidas a la justicia. ¡Estamos claros señores! ¡Ahora a dispersarse y a tener los ojos bien abiertos!

Allí se encontró a sí mismo Mirabal, transpirando, conmovido, frente a un crimen que lucía sombrío, acertijo incomprensible que le daba la bienvenida, que lo instigaba a observar.

A unos quince metros del cuerpo hay una mancha, que en medio de la noche parece aceite quemado. El rastro va describiendo una huella en zigzag hasta el cuerpo. Lo acomodaron en posición fetal, como si durmiera sobre una manta de terciopelo rojo. No hay remedio, al teniente coronel Roca le toca esperar a que el médico forense militar y su auxiliar técnico, se encarguen de sus restos, se dijo Mirabal.

Llegaron con el equipo media hora después que Mirabal. El cuerpo sin vida fue encontrado a las tres de la mañana, cuando el perro de la Policía Militar olisqueó que cerca de su recorrido había “algo” sobre la grama. Habían acordonado con cinta amarilla todo el perímetro, en una franja vegetal ancha, como a cinco kilómetros de distancia de unos hangares de mecánica aérea del Apoyo de Mantenimiento.

El mayor Mirabal viste de civil porque lo han sacado de su cama en volandas, pero lo delatan su cabello cortado a cepillo, sus modales altaneros de grado superior y una mirada que impone sin palabras. Su asistente, la teniente Espasí, recorre con una linterna cada centímetro cuadrado de los alrededores, buscando evidencias que los lleven hacia alguna parte.

Cada vez se suman más militares de alta graduación. El cuerpo no es un desconocido en la Base Aérea. Es de mediana edad y está rapado. En el centro del cráneo tiene grabada a fuego una cicatriz, unas alas de aviador. Marcado como una vaca, con señales de tortura. Le toman fotos, hacen un estudio completo de la zona y del cuerpo. Luego, con cuidado, le recubren las manos con papel y las envuelven en bolsas.

Está desnudo como un muñeco recién nacido. El rigor mortis ya estaba comenzando. Suele comenzar a las seis horas de la muerte, a las doce horas se extiende a las extremidades, a las veinticuatro está ya tan rígido que parece una figurilla. Tiene los ojos abiertos como si quisiera gritar algo o decir el nombre de su asesino.

El mayor Gabriel Mirabal encendió un cigarrillo y se preparó para el lío que se le venía encima. A su cabeza llegaron las preguntas obligadas: ¿Qué, por qué, dónde, cuándo, cómo, con qué, quién o quiénes?

El oficial observó todo eso y alzó la vista al cielo desde su 1:85 metros, para buscar ideas. Es un abogado con suficiente experiencia. Egresado de un curso de asimilación militar de la Fuerza Aérea. Jamás ha sido sancionado, posee postgrados en Derecho Penal, en Legislación Militar y en Criminología. Ha actuado como juez y fiscal militar en diferentes casos.

Había sido asignado a la Base para aconsejar a los diferentes niveles de autoridad castrense… Ahora, aun cansado por el viaje, le veía la cara al misterio. Debía desentrañarlo.

Así estuvo en el lugar por varias horas, meditando y apreciando toda la escena. Esperó la llegada del sol, que encandiló las pupilas de los sabuesos, y con ello convirtió el sitio en un acontecimiento más manejable. Impartió órdenes a su asistente y al resto de sus subalternos. Se marchó.

Más tarde, una vez levantado y trasladado el cadáver, Mirabal, confundido aun por lo acaecido, se acercó a la morgue para hablar con el médico forense, el doctor Farfán; y este, apenas verlo, le apuntó:

-Voy a revisar primero al sargento Trincado. Murió anoche. Parece un suicidio.

-Muy bien doctor, replicó Mirabal. Ese caso también me toca averiguarlo.

El forense tomó por el brazo al mayor Mirabal para llevarlo frente al cadáver del teniente coronel Roca. A todo evento, conjeturó:

-Voy a hacer la autopsia hoy mismo, sin embargo, puedo adelantarle… No creo que los golpes en la cabeza lo hayan matado. Yo presumo, -porque no puedo hacer otra cosa, no puedo asegurar nada- que el teniente coronel Roca sufrió una presión perpendicular a lo largo del cuello, desde la periferia hacia el centro. Parece que fue con una faja de plástico o de cuero, como una correa. Debió sentir que las vías respiratorias, las venas, las arterias y los nervios eran comprimidos con fuerza.

El médico paró su presunción. Observaba el cadáver. En segundos continuó:

-De ser esto así, los pulmones presentarán bloqueos respiratorios, y claro, isquemia cerebral. Hay marcas irregulares en el cuello, pero parece no haber opuesto tanta resistencia como se pensaría y esto es raro. Mi informe probablemente arrojará equimosis por la presión de la faja que usaron, pero sin erosiones causadas por las uñas del agresor. Lo que indica que quien lo hizo, lo supo hacer. Quizás se come las uñas y por eso no las marcó o quizás se ocupó con cuidado. Aunque, a primera vista, se ven hematomas a la altura de las cuerdas vocales y algunos rastros de hemorragia en el espacio laríngeo. Se observa una leve reacción inflamatoria, lógicamente. Que indica a las claras el cierre de la vía respiratoria, lo que hace suponer el colapso. Es un vistazo preliminar mayor Mirabal. ¡Debemos hacer más!

-¿Y la marca en la cabeza?

-Eso, eso se lo dejo a usted. Eso es una burla, una violación a su honor. Desnudo y marcado.

-¿Y tiene algún corte visible?

-En mi opinión no. No hay corte alguno.

-¿Y los hematomas en la cabeza?

-Son señales de golpes, con un objeto macizo, contundente. Ocasionados mientras estaba vivo, para desmayarlo o someterlo acaso. ¡Pero no causaron la muerte!

-Pero lo raparon…

-Sí, lo raparon un poco. Se nota que Roca se rapaba. De todas formas, parece que lo raparon un poco más, para facilitar el marcaje con el hierro.

Es un trabajo pulcro. Sin otros rastros. Es un victimario que sabe buscárselas y que tuvo tiempo suficiente para hacerlo.

-¿Qué clase de persona le hace esto a otro y además lo expone al público?

El forense no le responde pero agrega:

-Repasando, mayor Mirabal. En principio… A pesar de los golpes en la cabeza, me parece muy raro que no haya opuesto resistencia. Y tengo mis reservas. Todo esto lo digo por mi experiencia. Por eso, por mis dudas, voy a realizar muchos exámenes para determinar la causa específica de la muerte.

-Por lo contado, no parece estar muy seguro doctor Farfán. Pero, de ser estrangulación, como se piensa ahorita. ¿Qué sintió Roca, antes de morir?

-Debió estar desesperado, defendiéndose y todo indica que no se defendió. Seguramente sintió insuficiencia respiratoria, luego vino el bloqueo de los vasos sanguíneos que van al cerebro, compresión del nervio vago. La adrenalina le produjo taquicardia. La estimulación del nervio vago a su vez redujo el ritmo cardiaco, restringió la ventilación, causó la hipoxia cerebral y con ello la muerte. Eso es agonía… Pero no parece haberse resistido, insisto mayor Mirabal. Eso es muy poco usual.

-¿Será que estaba drogado o bajo los efectos de alguna sustancia alucinógena?

-Eso lo sabremos en los próximos días, con los análisis. Haremos todas las pruebas posibles. Hay interrogantes por responder.

Mirabal agradeció el tiempo del forense. Se retiró pensando en la información recibida en la morgue.

El mayor Mirabal debía reportarse con el comandante de la Base, era su obligación institucional. No era su jefe investigativo pero era su jefe jerárquico militar y las reglas le imponían informar las características de semejante contingencia a la autoridad máxima, por razones básicas de seguridad y orden interno.


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