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Juan Álvarez. I.S. Stabat Mater




MINISTRO DE CRISTO

Específica Espiritualidad Sacerdotal


Edita Instituto Secular Stabat Mater.

C. Fuerte de Navidad, 26. 28044- Madrid




INTRODUCCIÓN


En la conciencia de un sincero sacerdote siempre está de fondo la búsqueda de la Santidad que le exige su ministerio. Pero no siempre ha descubierto el camino espiritual más adecuado para su vocación. Los sacerdotes regulares que pertenecen a una orden o congregación religiosa, incluso los que pertenecen a un movimiento eclesial que tiene reconocido un determinado carisma, lo normal es que los inicios de subida espiritual, hayan comenzado dentro de ese carisma concreto donde se han encontrado con Dios. El Espíritu Santo ha ido enriqueciendo a la Iglesia a lo largo de los años con variadas sensibilidades espirituales y ascéticas peculiares que han ido dejando en la historia de la Iglesia abundantes y honrosos frutos de Santidad. Estos sacerdotes han ido descubriendo y discerniendo su peculiar vocación sacerdotal al mismo tiempo que iban avanzando por la espiritualidad de su peculiar carisma. Su ministerio ha sido enriquecido y fortalecido de un modo concreto bajo el cuidado de la Iglesia.


Los Sacerdotes seculares, los sacerdotes diocesanos que se han ido formando en los seminarios de cada diócesis, no parece que tengan asumido una específica espiritualidad diocesana. A veces los formadores han sido miembros de alguna institución concreta que, lógicamente han marcado a los seminaristas con aspectos propios de su carisma. En otras ocasiones, los formadores son sacerdotes diocesanos, pero que se han enriquecido con espiritualidades de diversos carismas. Da la impresión de que los sacerdotes recién ordenados, cuando Dios les llama a entrar más adentro en la espesura de su amistad… como que buscan la confesión y la dirección espiritual de algún sacerdote o religioso perteneciente al ámbito de un determinado carisma.


Si se le preguntara a un sacerdote recién ordenado que no estuviera vinculado espiritualmente a un determinado carisma, que nos describiera los rasgos de su espiritualidad, quizá no sabría muy bien cómo expresarla. Es posible que nos dijera que su espiritualidad está centrada en la Palabra de Dios, meditación diaria, quizá ¿lectio divina?…; su fidelidad a un cuidado rezo de la liturgia de las horas, la dignidad, el esmero y la devoción en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos, la fidelidad a lecturas magisteriales, pastorales, espirituales; además unas prácticas ascéticas y mortificaciones… clásicas, el Rosario y sus devociones personales con la Virgen, los retiros y ejercicios espirituales que les ofrece la propia diócesis; aparte de la confesión frecuente, etc.


Grandes y santos sacerdotes han resultado de estos dos grupos, sin duda. Y para nada es despreciable tomar este tipo de espiritualidades. La fidelidad a cualquiera de los carismas y prácticas espirituales y ascéticas que tienen el sello de la Santa Madre Iglesia, no acabarán en destinos errados.


En estas líneas nos lanzamos a despejar y descubrir el tesoro escondido de la espiritualidad de la misa. Con todo el respeto y agradecimiento al Señor por el don de sacerdotes santos y sabios que ha ido repartiendo durante los veinte siglos de Iglesia, nos permitimos colar estas palabras en la red, por si entre los tiempos de lectura de los seminaristas, diáconos o presbíteros que se topen con ellas, les agrada tomarlas en cuenta. Con los obispos, doy por hecho que tienen cartas y asuntos más urgentes para atender y que no tienen hueco para leer una carta para diáconos. Estamos convencidos que la celebración de la misa lo encierra todo. Por tanto, debe encerrar también la perfecta espiritualidad cristiana, cristificadora. Pensamos que la fidelidad a la celebración diaria de la Eucaristía tiene sobreabundancia de espiritualidad como para que, desde el puro centro del alma del sacerdote que la celebra a diario, se sienta empujado a recorrer los caminos de la mística más certera y segura, que llevan a la total identificación con Cristo; que es el único objetivo y fin de cualquier camino espiritual o ascético.


Solo animo al lector a comenzar a leer esta carta. Algunos que la comenzaron, no fueron capaces de dejar de leer hasta acabarla. No tiene por qué ocurrir siempre esto, pero es un regalo si esto se repitiera muchas veces. No es tan larga como para no poder con ella. En cualquier caso, a La Inmaculada encomiendo el fruto que puedan dar estas palabras, para la gloria de Dios, la salvación de los hombres, y la honda alegría de los llamados a ser sacerdotes.


Madrid 31 de Julio de 2018








Madrid, 10 mayo, 2018


Querido Diácono:


En unos días, semanas, meses… vas a recibir otro matiz del Sacramento del Orden. Vas a ser llamado por tu obispo al orden de los Presbíteros y ya estás listo para responder tu: “aquí estoy” y “Sí, quiero. Con la Gracia de Dios”.


El que ha llegado a este punto del camino no debe tener ningún miedo. El protagonista del momento; y el protagonista de todos los momentos futuros de tu existencia, no serás tú. Será Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. Se colocará en el centro y en la clave de tu vida, seas consciente o inconsciente de ello. Aprovechando que han aparecido escritas estas palabras, jugando con ellas te diré que, si no te afanas cada día por ser consciente de esta total centralidad de Cristo en tu vida, serás realmente un inconsciente, en el sentido más peyorativo que esta palabra tiene en el uso normal del lenguaje.


Pero no basta con ser consciente de esta centralidad de Cristo en tu vida, sino que ese Cristo, si es el verdadero y no un ídolo, tiene una … manía esencial: Desde que, en el seno de la Trinidad, la Segunda Persona, tomó la decisión de hacerse hombre con todas las consecuencias, nos vino con un sello divino, con un divino ADN esencial que, al hacerse humano, tomó la forma constitutiva de “exinanivit”.


Ya conoces esta palabra paulina, en el famoso texto de la carta a los Filipenses:

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil 2,11).


Las palabras resaltadas en letra negrita son la traducción de la palabra latina “exinanivit”, de la Biblia Vulgata. Se despojó de sí mismo. Se anonadó. Se rebajó. Se fue a lo más bajo. Se aniquiló. Fue hasta el extremo, etc. Llámalo como quieras, pero este verbo no indica un momento puntual que ocurrió en el momento de la Encarnación, al hacerse hombre en las entrañas de la única Virgen Inmaculada posible, que fue “la Esclava del Señor” (Lc 1,38); sino que ese momento puntual marcó, como tendencia irrenunciable, el modo de amar que tiene Dios en naturaleza humana; que es el mismo que tiene el amor Trinitario y que, lógicamente, siempre ha sido la esencia del Hijo, hecho Verbo de Dios para nosotros.


De modo que, si Cristo se sitúa en tu centro, no dejará de ser Él mismo y siempre tenderá desde ti, a ir hacia el anonadamiento o el despojamiento, porque esa tendencia es la que tiene el Verbo de Dios en su esencia divina, y en su modo de amar a los hombres. Tú no tendrás que hacer gran cosa, Él se encargará de llevarlo a cabo tarde o temprano, si permaneces fiel, perseverando en el Sacramento que te constituirá presbítero, sacerdote.


Si has ido caminando adecuadamente en tu formación y en tus estudios sacerdotales, recibiste el Rito de Admisión y el obispo te llamó a ser sacerdote, ya no debes temer. Eso indica que El Señor te ha escogido para ser su íntimo; tomará todo tu ser y desde el fondo de tu yo más personal te irá suavemente empujando hasta vivir el amor “hasta el extremo” (Jn 13,1). Pero literalmente, hasta el extremo de hacerte “Alter Christus”. Toda tu vida será una constante y maravillosa crisis de crecimiento, que consiste en el abajamiento, hasta desaparecer en el “ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Ésta será la gloria y el drama de tu vida: será necesario que aceptes que “conviene que yo mengüe para que Él crezca” (Jn 3,30). Pero no es tan complicada la cosa para Dios, aunque para nosotros sea una tarea objetivamente imposible.


El sacerdote, por esencia, (a no ser que sea un inconsciente), siempre habrá de vivir en crisis. Y esto será debido a que nunca llegará a ser, por ascesis o conquista de virtudes, lo que realmente es por esencia, al recibir la gracia del Sacramento del Orden. Todo habrá de ser obra de la gracia, a la que hay que corresponder consintiendo con el fiat mariano; que es el sendero más accesible a la naturaleza humana para llegar a lo más íntimo del Misterio de Dios.


Con este contrato básico entre Dios y tú, Él ya sabe qué voluntades suyas te convendrán en cada momento del ejercicio de tu ministerio. Cuenta con tus despistes y tus resistencias propias de la debilidad humana y de las secuelas del Pecado Original que todos llevamos a cuestas. Pero si tu libertad permanece fiel en la decisión del fiat a lo que venga, con la fidelidad de tu misa diaria, Dios cumplirá su Palabra y te hará realmente otro Cristo. Pero lo hará Él. No serás muy consciente de ello; pero lo que celebras cada día te irá configurando con ese mismo Misterio que Dios ha puesto entre tus manos consagradas.


Vamos por partes.


Eres un ministro. Un administrador.


La gracia del Sacramento del Orden te concede una gracia singular para que seas administrador de los misterios de Dios. Lógicamente no eres su dueño. No tengas reparo en aceptar tu privilegiada vocación desde lo más bajo. Que no te asuste la palabra ministro; y esta otra, quizá más peyorativa para el que se sabe elegido de Dios: funcionario. Esta verdad la camuflamos con la palabra servidor; que es una palabra adecuada y justa, pero está ya tan humanizada y tan domesticada, que ya no conmueve a nadie. Quizá porque hoy día todo servicio se paga, se remunera, tiene su precio. Nos asusta la Palabra verdaderamente evangélica que es, esclavo: Esclava del Señor. Pero esta palabra, la cantamos demasiado, la poetizamos demasiado; la hemos rezado públicamente tantas veces, que ya nos parece un simple juguete espiritual y evangélico. Ya que si la tomáramos en serio…


De momento asumimos que nadie se lo toma así en el siglo XXI. La esclavitud quedó abolida ya y jamás debe tomarse en serio entre las personas; y mucho menos en nuestra relación con Dios…


Esto es cierto. En este tema ya nunca hay que dar pasos atrás. Pero el Evangelio es tan… Nuevo… tan Bueno… tan sorprendente… De hecho, las Bienaventuranzas van por esta línea de libertad espiritual para Jesucristo, aunque el mundo las entienda como camino de esclavitud… Pero realmente son totalmente evangélicas... Y otros dichos del Maestro que van en esta línea igualmente. Por ejemplo, aquello de “los últimos serán los primeros” (Mc 10,31; Mt 19,30). Y eso otro de lavar los pies a sus discípulos en la Última Cena, siendo ésta tarea propia de siervos y esclavos… Por estas cosas que chocan, yo, no despreciaría la idea de acercarme muy a menudo a La Esclava del Señor, por si el mundo en el que te toque vivir, necesitara aprender algo del espíritu de esta Mujer.


Decíamos que somos administradores, ministros de los misterios de Dios. Pero la teología nos dice que cuando ejercemos de ministros del ministerio de los ministerios específicamente sacerdotales, no somos ni siquiera eso; sencillamente, es Cristo quien bautiza, consagra, perdona, unge… Nosotros, teológicamente y espiritualmente, desaparecemos.


Para no estar toda la vida descentrados, más vale que nos situemos desde el primer momento en el puro centro de la gracia a la que se nos ha llamado y que vamos a aceptar.


En cierta ocasión tuve que dar una charla sobre “la participación de los laicos en la celebración de la Eucaristía”. El auditorio que tenía delante estaba acostumbrado a expresiones como: ministerio extraordinario de la Eucaristía, ministerio de los lectores, ministerios de orden, ministerio de ujieres, ministerio de acogida, ministerio de coro y alabanza, ministerio de acolitado, etc… ministerio de… todas las tareas posibles que un laico puede realizar en la celebración eucarística. En el ambiente de los asistentes estaba inconscientemente, la idea de que las personas que asumen una tarea de mayor responsabilidad en una celebración, y las que mejor, más perfecta y fervorosamente las realizan, esos serían los laicos que mejor participarían en la celebración de la Eucaristía.

Pero me llevé una gran sorpresa que iba en aumento, a medida que íbamos profundizando al hilo de mi exposición. Constaté igualmente en ellos una creciente perplejidad, que se iba extendiendo entre todos, cuando puse esta idea como criterio ideal, básico y evidente: la persona que mejor participa en la celebración de la Eucaristía es, sin duda, la que mejor comulga. Y la que mejor comulga con Cristo es aquella que se deja invadir de tal modo por la presencia divina, que se identifica con las palabras paulinas indicadas arriba, del “ya no vivo yo, sino que es Cristo el que vive en mí” (Gal 2,20).


Y para reforzar mi afirmación puse como aval de mi aseveración que, el sacerdote cuando celebra la Eucaristía, desaparece; ya no es él, es Cristo el que consagra. Es decir, que el sacerdote, cuando no hace, cuando es Alter Christus, cuando desaparece él mismo, es entonces cuando Cristo se hace real y verdaderamente presente en las especies eucarísticas. Hasta el punto de que, si no desaparece él, y no deja a Cristo ser el Único Sacerdote, no hay consagración, no hay misa, no hay presencia sacramental de Cristo.


A medida que iban escuchando la, para ellos, novedad de mis afirmaciones, iban dejando los bolígrafos sobre sus mesas y dejaban de tomar notas. Ante su reacción de atento asombro, yo notaba que querían que les dijera más de eso. Tanto es así que, al acabar la charla, varios me propusieron que les diera un curso completo sobre ese mismo tema: la participación del laico en la Eucaristía.


Constaté entonces algo que he ido aprendiendo a lo largo de mi ministerio sacerdotal: cuando la buena gente, cuando el sencillo pueblo de Dios escucha cosas verdaderamente evangélicas, realmente espirituales y cristianas…, no sé por qué, pero les pasa lo mismo que a la Samaritana de Sicar: “dame de esa agua” (Jn 4,15). Lo he comprobado en mis años de profesor de religión, en muchas homilías en las que El Señor me ha concedido acertar con algún matiz de La Verdad del Evangelio, en los cursos de novios que se imparten para preparar a los futuros esposos cristianos; y cuando en los cursos de formación de adultos, he visto brotar la inconfundible Alegría Cristiana en los rostros y en las palabras de ancianos que fueron bautizados en su niñez, han sido toda la vida católicos, pero que es ahora cuando han dispuesto de tiempo para acercarse a las fuentes de Agua Viva, y se hacen conscientes del inigualable sabor de esa agua.


El distintivo sacerdotal te delata.


El distintivo sacerdotal que ya te viste desde el momento de tu ordenación de diácono, ya le indica al pueblo de Dios que has sido elegido para ser consagrado al servicio total de Dios y del prójimo. Es tu uniforme de trabajo, que recuerda que has de estar siempre disponible para que Dios se sirva de ti en cualquier momento y circunstancia; bien para iluminar con su palabra una situación (enseñar-maestro), para hacer de ello una oblación a Dios (santificar-sacerdote) y para gestionar el modo de orientar todo ello hacia la Salvación (gobernar-realeza). Harás en gran medida el ridículo, si lo que aportas a la historia de los hombres, está al margen de estas tres capacidades que debes asimilar en tu persona, hasta que las desarrolles como una cualidad coesencial a tu yo personal. El Sacramento del Orden te conforma ministerialmente con el triple poder de Cristo: Sacerdocio, Profecía y Realeza. En estas claves has de interpretar tu vida; sin olvidar jamás tu “servidumbre”, no tu señorío desde ellas. Señorío… solo el de Cristo.


Ya pasaron los tiempos en que se impuso en el ambiente del Pueblo de Dios, que el sacerdote debía ser uno más; y que no debía distinguirse-distanciarse de los demás. Creo que la santidad y la sabiduría de la Iglesia, ya tiene totalmente claro el equilibrio teológico y espiritual que afirma que el presbítero, es un cristiano más con ellos, pero un sacerdote para todos.


Al salir de casa vestido de esa manera que te indica la Iglesia, te hace consciente de que todos tus pasos son sacerdotales. El pueblo de Dios te lo va suplicar desde el fondo de su alma de hijos de Dios, aunque no te lo diga explícitamente. Va a esperar de ti, que tu destino en la vida, no sea sino caminar hacia el Padre, con Cristo, por Él y en Él, bajo la acción del Espíritu Santo; y no tengas otro afán que llevar todo lo suyo, y a todos, hasta el Altar donde celebrarás cada día tu misa.


La Misa. Tu centro y tu “yo”.


No eres nadie, no eres nada sin la Misa. Los religiosos consagrados al Señor con votos, lo que son, consagra lo que hacen, sea esto grande o pequeño, sencillo o importante. Los sacerdotes, sin embargo, lo que hacen ministerialmente, configura su yo, va configurando el propio ser, y el ser de la Iglesia y de los hijos de Dios.


Por eso, no creo que tenga mucho sentido esa habitual polémica sobre la mejor espiritualidad sacerdotal. Siempre está la discusión sobre si la santidad sacerdotal debe alimentarse de la espiritualidad de los religiosos, o de los carismas de las instituciones religiosas o bien de las ricas corrientes espirituales: eremita, monacal, benedictina, franciscana, carmelitana, ignaciana, carismática, secular… La espiritualidad que se desprende de la celebración eucarística, integra todo lo valioso y provechoso espiritual que necesita el alma para identificarse con Cristo, hasta llegar al mayor grado de Comunión de amor con Él.


El sacerdote, sin despreciar ninguna de las grandes riquezas y corrientes espirituales de la historia de la Iglesia, tiene en la Misa el itinerario específico para su santidad sacerdotal. Y podríamos decir, sin miedo a equivocarnos, que en la misa está el germen y la plenitud de cualquier espiritualidad verdadera que el Espíritu Santo quiera suscitar en la Iglesia a lo largo de todos los siglos. Si se vive la espiritualidad de la celebración eucarística, se entiende y se conecta con todos los carismas y con todas las corrientes espirituales que se han dado y se darán en la Iglesia Católica. Y, de hecho, todo carisma y toda corriente espiritual que no confluya y tenga como centro la celebración de la Eucaristía, sencillamente daña el alma de los bautizados y retrasa su crecimiento cristiano.


Por lo tanto, la Misa, ha de constituirse en tu centro, hasta la invasión total de tu yo. Y lo he dicho claramente: la Misa ha de invadir tu yo hasta el completo olvido de ti mismo. El “ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20), será el faro que marque el camino de tu sana vida interior.


Si hay un lugar y un momento donde se deben cumplir literalmente en ti, aquellas palabras del Maestro: “si el grano de trigo no cae en tierra y se pudre, no da fruto” (Jn 12,24), ese lugar y ese momento, habrá de ser tu celebración diaria de la Misa.


El riesgo de interpretar mal esto sería tener tal cantidad y tal calidad de “yo”, que “te montes la Misa a tu modo”. Y que, al tener tanta abundancia y riqueza de “yo”, la adaptes a tu maravilloso, inteligente, simpático, creativo, fervoroso, espiritual, litúrgico, teológico, afectivo, sensato, cercano, popular, noble, erudito, juvenil, maduro, ético, legal, discernidor, misericordioso, estricto, moral, virtuoso… y hasta místico yo personal. O bien servirte de ella para agrandar en cantidad, y en aparente calidad incluso, tu propio ego personal.


Entonces… sí. No le des más vueltas. Es imposible vivir esto por nuestras propias cualidades o fuerzas. La Misa es un misterio donde lo Divino está implicado realmente. Es un exceso de verdad divina y humana, que nunca acabaremos de controlar. Siempre habremos de vivirlo al revés: nosotros no somos la medida de lo que celebramos; es la Eucaristía, el Misterio Pascual celebrado, el que debe invadirnos misericordiosamente hasta que solo queden estas realidades: la mayor gloria del Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo; y la comunión en el amor con todos los llamados por Dios a la Redención. Y entonces, como fruto y regalo, los hombres seremos más y mejor amadores los unos con los otros en esta tierra; y, tras la muerte, definitivamente plenificados en amor eterno por Dios Trinidad.


Desde la Sacristía.


Al entrar en la sacristía te haces consciente de que tú no eres ni debes ser el centro de tu misión. Se te pide haber ayunado al menos una hora, antes de comulgar con el Misterio Pascual de Cristo. Una hora como signo de que tu alimento espiritual, y el alimento del Pueblo de Dios, ha de ser cumplir esta Voluntad del Padre: celebrar la Eucaristía (cf. Jn 4,32).


En la sacristía, entonces, la Iglesia te dice cómo debes revestirte, qué libros debes usar, qué ornamentos debes utilizar, hacia dónde te tienes que dirigir, qué camino debes recorrer, en qué puesto lo has de recorrer, dónde debes parar, hacer genuflexión, dónde debes colocar tu beso, en qué lugar debes situarte y luego sentarte, dónde tienes que hablar, dónde tienes que leer… En fin, no eres dueño, sino servidor de un plan ya preestablecido. Un plan trazado desde antiguo, en palabras de San Pablo (cf. Ef 1,3-10). Un Plan que, en la medida en que te adaptas a él con todo tu ser, en esa misma medida se te concede la certeza de que es un plan que no falla, encierra victoria segura; y que está concebido por mente divina para “restaurar todas las cosas en Cristo” (Ef 1,10). Es antiguo y Nuevo; y sabemos que es muy bueno. Como que es sencillamente, La Buena Nueva.


Si en el fondo de tu alma no está bien clara la idea de que serás ministro del Señor y de la Iglesia; y que Dios y la Iglesia son más sabios y más expertos que tú en felicidad y bien, incluso en experiencia de pecado y de pecadores, es mejor que te lo pienses mejor antes de dar el paso. O bien, prepárate para chocar con casi todo. Estarás dislocado, descolocado. Y si te empeñas en creerte más fuerte que Dios y más sabio que la Iglesia… eso indicará que efectivamente eres… muy humilde; ¡pero que muy humilde!... seguro que serás la pura humildad encarnada… Pero si no eres tan humilde, para creerte tan superior, tan santo, tan sabio y más maestro que la Iglesia, demos por hecho que acabarás, o roto o rompiendo algo.


Pero no creo que seas tan perfecto como para ser más santo y sabio que Dios y más santo y sabio que la Iglesia; y no creo que llegues nunca a tener tanta experiencia del pecado como la Iglesia y como el que “se hizo pecado por nosotros” (2Cor 5,21). Por tanto, seamos sensatos y dejemos que la Iglesia nos diga muchas cosas y nos indique cosas concretas por donde debemos orientar y realizar nuestro ministerio.


Revestirte de ropas extrañas para los cánones de la moda de cada tiempo.


Dentro de ese Plan ya preestablecido, se te indica qué ropas y de qué color deben ser. Es cierto que puedes y debes aportar tu propia creatividad y marcar tu propio estilo en ello. No se anulan tus grandes cualidades, pero habrá de limitarse a poner tu peculiar manera de que sean limpias y dignas, que estén bien cuidadas, que el diseño y el arte que las adorne sean catequéticas, pedagógicas, artísticas … Has de asumir, además, que todos los días se te indicará qué color debes elegir: unos días deben ser de color blanco o rojo, o morado o verde. El pueblo de Dios lo sabe, y tú debes respetar y cuidar la sabiduría que la Iglesia va acumulando y cargando de sentido espiritual a lo largo de los siglos.


El alba, el cíngulo, la estola, la casulla… todo te viene indicado y has de desaparecer en el Plan Redentor del Padre, que lleva a cabo Cristo, conducido por el espíritu Santo que guía a la Iglesia. Hasta en ese detalle habrás de descubrir la esencia del amor extremo que consiste en doblegar tu amor propio, para dejar paso al Amor de Cristo, olvidarte de tu yo, para que brille “El Camino, la Verdad y la Vida”, en Cristo (cf. Jn 14,16). Vuelve a ser aquello de San Pablo de: “ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).


Esas vestiduras con las que habrás de revestirte, no son las que marcan las modas de cada tiempo del mundo. El mundo no marca las pautas. Las marca, la autoridad de Cristo que ha recibido la Iglesia, para hacer presente la Salvación de ese mismo mundo, que siempre está tentado de divinizarse a sí mismo hasta sustituir al mismo Dios.


En la procesión de entrada.


En el camino hacia el altar, hacia Jerusalén, en todos los caminos de tu vida, que tarde o temprano acabarán en la via sacra, habrás de tender a colocarte siempre el último. O habrás de colocarte, perdido en una procesión de ministros donde el último lugar le será reservado al ministro que tenga gracia especial de Orden, para ser el administrador específico de ese tramo concreto de la Historia de la Salvación.


Las palabras del Señor que dicen: “cuando te inviten a un banquete, no vayas a ocupar los primeros puestos” (cf. Lc 14,8-11); son palabras dichas literalmente para ti al disponerte a celebrar la Eucaristía. Conviene que estas palabras te las apliques como norma habitual de tu vida en todo. Siéntete atraído, por tendencia espiritual, siempre al último lugar, al más bajo. La Providencia será la que te coloque en el lugar y el modo que Dios quería y necesitaba para ti, y de ti, en ese momento. Déjale a Dios, que conoce todos los caminos, que sea Él el que te vaya llevando y colocando en tu lugar. Sigue siendo cierto el dicho popular de que “Dios escribe derecho con renglones torcidos”.


Y como apreciación mía personal te sugiero que, en esto de buscar el último lugar, te esmeres especialmente. Te lo digo porque lo habitual será que tengas que presidir casi siempre las Eucaristías que celebres; y esto, sin quererlo quizá, puede acostumbrar demasiado a tu persona a ocupar los lugares de presidencia. Sabemos que el Pecado Original no desperdicia nada y aprovecha todo lo vistoso y sensible para inyectar su virus dañino. Aunque también es cierto, que si celebras cada Eucaristía como Dios quiere, no correrás este peligro; porque la costumbre de celebrar bien, acostumbrará a tu alma a estar muy en sintonía con Cristo, que siempre tiende a situarse en su lógica de “exinanivit”.


Jerusalén, Jerusalén…


El dicho popular que afirma que “todos los caminos conducen a Roma”, quizá sea mejor traducirlo por: “todos los caminos conducen a Jerusalén”. Todos los caminos son “Via Sacra” que conduce a Jerusalén. Algunos sacerdotes sí que son llamados a Roma. A Roma llegan primero sus nombres; y algunos vuelven cargados del carisma del episcopado. Otros van a Roma a vestirse de rojo cardenalicio y, de tiempo en tiempo, un obispo va a Roma a ser vestido de blanco. Pero en esto también se cumplen las palabras de que, gracias a Dios, muchos son los llamados y pocos los escogidos.


Un sacerdote, siempre habrá de estar unido espiritualmente al Obispo de Roma, visite o no alguna vez la ciudad eterna; pero lo propio suyo es que oriente todos sus pasos hacia el misterio de la Ciudad Santa, Jerusalén. Todos tus pasos serán sacerdotales. Has de ser consciente de que, vayas donde vayas, has sido colocado en la via sacra, que cada día llega a Jerusalén, al monte Calvario, al presbiterio, al altar.


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