Excerpt for Los Cronicos del Numero 12/Escape a Ixtlan by , available in its entirety at Smashwords

Los Crónicos del Número 12

Escape a Ixtlán


By Luciano S. Aldana, Sr.


Copyright 2018, Luciano S. Aldana, Sr.

Smashwords Edition

Book III is in process


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About this book

This story is the product, imagination, and skills of the author’s artistic talent (except for any occasional historical pictures), and based on true and altered events. The story has a copyright in the USA Copyrights archives; thus, protected under US Federal Government laws—World Rights reserved.


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In memory of

Heracleo, Abel, Jesús

Chabela, Sylvia




ÍNDICE


PRÓLOGO

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO 1—NUEVO COMIENZO

1957—Vida Nueva

CAPÍTULO 2—IXTLÁN

1957—Ixtlán

1957—Nuevo hogar

CAPÍTULO 3—RUFIANO Y PILLO SE CONOCEN

1957—Nueva escuela

CAPÍTULO 4—MÁXIMO

1957—Historias y fábulas

CAPÍTULO 5—LA AVENTURA PLÁTANO

CAPÍTULO 6—LA FIESTA

1958—El lío del gallo macho

CAPÍTULO 7—LA BICICLETA

CAPÍTULO 8—EL COCHE DE DJ

1958—No os ser el DJ?

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO 9—DESCONTÓN

1958—Descontón se eleva

CAPÍTULO 10—ALFREDO

1958—El encuentro

CAPÍTULO 11--RUMOROSA

1958—Réquiem

CAPÍTULO 12—¿Y AHORA QUE?

CAPÍTULO 13

1958—Deudas

CAPÍTULO 14—¡SÁQUENOS DE AQUÍ, PRONTO!

1958—El café

CAPÍTULO 15--ANGUSTIA

1958—Empresa burro

CAPÍTULO 16—CONTRA EL COYOTE

1958—Guachinango

CAPÍTULO 17—LALO

CAPÍTULO 18—BARCO NAUFRANGANTE

CAPÍTULO 19—LA GASOLINERA

CAPÍTULO 20—RUFIANO

1958—Comenzando el 4 grado

1958—Un tío misterioso

1959—La confrontación

1959—El Herrero

1959—El juego de béisbol

CAPÍTULO 21—EL OTRO LADO

CAPÍTULO 22—PASE LO QUE PASE

1959—Después del dentista

CAPÍTULO 23—EL AUTOMOVIL DE DJ

1959—El coche de DJ

CAPÍTULO 24—FIN DEL CAMINO

1959—La camioneta negra

CAPÍTULO 25—CÁRCEL DE TEPIC

CÁPITULO 26—PALACIO DE GOBIERNO

CAPÍTULO 27—TODO SE VA

CAPÍTULO 28—MARCANDO EL TIEMPO

1959—Terminando la escuela

CAPÍTULO 29

CAPÍTULO 30—RUMBO MEXICALI

CAPÍTULO 31—LA CARCEL DE MEXICALI

CAPÍTOLO 32—HOGAR DULCE HOGAR

1959—El día en que armó la gorda

CAPÍTULO 33—REDENCIÓN

1959—La aduana

1959—María en Mexicali

1959—Conspiración peligrosa

1959—Un atentado subrepticio

CAPÍTULO 34—HERMANOS EN GUADALAJA

CAPÍTULO 35—VENDIENDO LA CASA

CAPÍTULO 36—LA CARTA DE JOAQUÍN

TERCERA PARTE

CAPÍTULO 37—GUADALAJARA

1959—Los chinos310


PRÓLOGO


UNA INTRODUCCIÓN BREVE

Esta historia toma lugar en México desde 1957 hasta 1959, y trata sobre la vida de una familia de 14 hermanos.

Un año antes, DJ, el padre, había escapado de Mexicali para evitar cárcel después de ser falsamente acusado por el Fiscal de embarazar a la sobrina del mismo Fiscal. En una audiencia preliminar, el juez había impuesto un pago parcial de 10,000 pesos a los padres de la muchacha. DJ pagó 5,000 y se escapó de la ciudad.

Ixtlán, un pequeño pueblo en el estado de Nayarit, es donde DJ se fue a esconder. Seis meses después, su esposa, María, fue a reunirse con el llevándose a los dos hijos más pequeños de los 14 hijos. Otros tres niños permanecieron en Mexicali con el resto de los hermanos mayores para terminar el año escolar de la primaria.

La historia comienza con Lalo, Jacobo, Roberto y Rufiano viajando en un tren a Ixtlán. Yo soy el Hermano Número 12, y mi nombre es Rufiano. Lalo es Hermano Número 2, Roberto es el Hermano Número 11, y Jacobo es el Hermano Número 10. Lalo, uno de nuestros hermanos mayores, nos lleva a los tres a reunirnos con nuestros padres.

A través de la historia, seis hermanos mayores permanecieron en Mexicali para cuidar la casa de la familia, administrar la tienda y hacer cualquier negocio de construcción y carpintería para sobrevivir. Los otros tres hermanos mayores viven en los Estados Unidos.

En Ixtlán comienzo el tercer grado.


ACERCA DEL LIBRO

Este libro es la continuación del Libro I. Se basa en acontecimientos reales. Cuando escribí la primera versión de esta historia, la escribí en episodios con la idea que el lector pudiera abrir el libro en cualquier página y leer una historia corta.


PRIMERA PARTE

DEJANDO LA CASA



CAPÍTULO 1—NUEVO COMIENZO

Como padre y madre no se encuentran en el mundo, pero ilusiones donde quiera las hay.

En cualquier lugar que hay un hombre, es un campo de batalla


1957—Vida Nueva

Hubo un pitazo fuerte, un temblor, y un chillido de metal. Abrí los ojos y a través del vidrio de la ventana vi nubes de vapor desembuchándose hacia los matorrales y campos. Un creciente golpeo de vagones y un temblor inmediato comenzó adelante, pasó por nuestro coche, y continuó hacia el cabús.

Era un coloso tren negro. El interior de nuestro coche se miraba nuevo. La tapicería era de color roja con diseños triangulares, botones dorados, y el aroma placentero de baqueta fresca—viajábamos en primera clase.

Finalmente, el tren dio una sacudida y paró echando una última descarga de silbido feroz. Afuera, en un campo abierto, gente corría con canastas sobre sus cabezas. Sus canastas estaban cubiertas con trapos blancos y dejaban colas de vapor. A como se acercaron al tren, una nube de polvo se levantó y comenzó un barullo de voces. Vi pasajeros saltar de sus asientos y correr a las puertas y ventanas.

“¡Tacos! ¡Taquitos de carneeee!”

Los vendedores se echaron entre la gente con sus canastas como una caballería se lanza al campo de batalla. Poco después, la conmoción se apaciguó y los pasajeros regresaron a sus asientos con sus panzas calientes. Lalo también regresó con una carga chica de comida.

Otra vez, las ruedas de hierro comenzaron a rodar.

Una hora más tarde, nos bajamos del tren en un lugar solitario en el desierto de Sonora. Otra gente bajó de sus coches y el tren se fue. Nos dejó parados en la tierra próximos a una estación vieja. A través de una ventana polvorosa de la estación se veían dos personas adentro trabajando en silencio. Había tanto polvo y calor que la pintura en las paredes de la estación se escarapelaba y apenas tenia color. La estación aparentaba una cabaña.

Arriba, el sol estaba cerca del cenit y el clima era un horno; un grado más y la “cabaña” se hubiera derretido con los dos zombis adentro. Sin nada que ver, más que tierra árida y un pueblecillo viejo y muerto cerca de allí, parecía que habíamos caído al Purgatorio.

Alguna gente que había sido levantada en las paradas de pueblos se miraba diferente y estaban de cuclillas próximas a los rieles. Otras gentes estaban sentadas en la tierra, paralizadas.

Después de un rato en ese lugar extraño, comencé a sentirme melancólico con deseos de regresar a casa. Hasta parecía que estábamos allí por una eternidad.

Todo estaba lejos, lejos. La estación del tren y las familias desparramadas a lo largo de los rieles daban la extraña apariencia de un tiempo suspendido—una escena sin cambio desde la Revolución Mexicana. Allá a lo lejos, entre las olas calientes, los rieles se juntaban, retorcían, bailaban, flotaban, y desaparecían. Del cielo abierto, el sol descargaba sus rayos sin misericordia.

De repente, hubo un chillido lento viniendo del noroeste. La gente salió de su trance y saltó a sus pies. Todos miraron hacia el desierto infinito. Luego hubo un segundo, un tercero, y siguió haciéndose más fuerte. A la lejanía comenzó aparecer lo que parecía un gusano arrastrándose en el plano de arena caliente.

Por fin, un tren viejo salió del desierto dando un pitazo ensordecedor. Como trueno, salió de las olas del calor asiendo al suelo retumbar. Un viejo, corroído, montón de metal negro, salpicado de balas, pasó frente a mis ojos. Mis pulmones parecían romperse y mis dientes soltarse cuando dio un ultimo poderoso pitazo. Un vapor blanco sopló de las ruedas hacia mis piernas al tiempo que el tren paró.

La maquina del viejo tren quedó a una corta distancia de nosotros silbando y disparando columnas de vapor hacia arriba que se desvanecían en el calor.

Lo primero que noté al subir este tren fue que en lugar de los lujosos asientos en que viajábamos antes, ahora teníamos bancas de madera. También, estos pasajeros vestían simples camisas, y pantalones de Ropa de Manta, o sea, ropa blanca hecha de sábana gruesa que parecían pijamas atadas en la cintura. Para zapatos, usaban huaraches con suelas hechas de llantas de automóvil. Las mujeres usaban largos vestidos, flojos y ajuntados a la cintura. Alguna gente, además de equipaje, subía con gallinas colgándoles de los hombros con un cordón de ropa atado a las patas. Otros traían pájaros, animales, y gallinas en jaulas.

Una vez que todos los pasajeros subieron y se sentaron, soldados entraron yendo de vagón a vagón. Con el tiempo me daría cuenta que estos soldados eran común de verse en el interior de México, pues tenían pasaje libre en todos los trenes; era una manera del gobierno de mantener ley y orden en el país al fin de la Revolución. Cargaban rifles en los hombros y vestían uniformes verdes y planchados con tanto almidón que les brillaban como la sal y se podrían sostener solos.

Me senté en una banca de madera y crucé los brazos. Incertidumbre y anticipación corrieron por mi mente. Traté de adivinar como sería nuestro destino: ¿Sería este el principio de donde iba a vivir? ¿Sería un lugar seco con bastante nopal, yerbas rodando en la tierra, gente vestida de ropa de manta, animales en jaulas o colgando de los hombros, y soldados tiesos como sus uniformes y cargando rifles?

¿Qu-e-é fue eso? Una animal negro se lanzó al pasillo, saltó sobre gente que ya dormía en el suelo, corrió bajo las bancas, y se perdió en el equipaje. ¡Era una rata del tamaño de un gato! Pero nadie la notó. Tal vez teniendo una rata de compañía no era gran cosa. Para ellos, había cosas más importantes en sus vidas que preocuparse por una rata flaca y apestosa. Así parecía. Pues ellos muy poco hablaban y se perdían en sus propios pensamientos.

Horas más tarde, Roberto y Jacobo comenzaron a correr en el pasillo de arriba abajo, hasta que un hombre viejo y gordo saliendo del escusado los detuvo fríamente. —Este tren no es un parque de juego para niños —les gritó—. ¡Regresen a sus asientos y quédense allí!

Lalo muy apenas abrió un ojo, y continuó durmiendo.

Cuando llegó mi turno de usar el escusado, tuve otra gran sorpresa. Entré a un compartimiento chico al fin del vagón y miré un asiento sin fondo—muy abajo del hoyo, los barrotes de los rieles pasaban y traqueteaban a gran velocidad.


DESPUÉS DE TRES DÍAS Y NOCHES, temprano en la maña el portero anunció: —Próxima parada, Ixtlán, Nayarit. Para mi sorpresa, este lugar no era desierto. Al contrario, el tiempo era fresco, sereno, y neblinoso. El aire cargaba los aromas placenteros de hierbas y vegetaciones. Diferente a Mexicali, aquí junio era el principio de las lluvias. Era pacifico sin el ruido de automóviles. En lugar de carros, había caballos, mulas, y burros en yardas y corrales. Había muchos árboles verdes con pájaros cantando en las ramas altas.

Tan pronto como pisamos suelo, vi una persona de 63 años mirando atentamente en nuestra dirección. Pronto reconocí su vestuario—pantalones y camisa caqui, sombrero Stetson, zapatos con cintas bien puestas, todo de café claro. Su mirada era fija y penetrante. ¿A quien se le iban a olvidar esas facciones peculiares?

La vista de mi madre era como siempre—solemne y fatigada. Su cara muy apenas dio una sonrisa.

No hubo besos o abrazos—ni siquiera un estrecho de manos. Así crecimos. A la manera de nuestro padre. DJ nunca demostró afección. Tal vez así creció el mismo, en un lugar rodeado de violencia durante el tiempo dificultoso y tumultuoso de La Revolución. Después de un corto intercambio de palabras sobre el viaje, caminamos a dirección sur. Pasamos un corral de vacas, y continuamos en un camino estrecho entre matorrales y árboles. Había bastantes maizales y cerros altos alrededor. Había árboles con frutas que nunca habíamos visto. Cerca de cien yardas a la derecha había una carretera. Al otro lado, pocas casas desparramadas con largos terrenos baldíos a sus lados.

Caminamos tres kilómetros y llegamos a la orilla de la carretera. Al otro lado había tres casas con lotes baldíos a los lados y una plantación de cañas más atrás. También había un ingenio azucarero a poca distancia rumbo sur. Nuestra choza estaba a la derecha del taller de un herrero.

El siguiente día, Lalo tomó un camión Greyhound de regreso a Mexicali.


CAPÍTULO 2—IXTLÁN

1957—Ixtlán

ES enorme y feo con plumas negras, un largo pico curveado, y una cabeza roja y desnuda. Tiene arrugas y granos en el pescuezo. Da vueltas en el cielo. Cinco mil pies abajo es un paisaje verde de montañas, cerros, rocas, arroyos, frondosos árboles de fruta, cactus, y campos de maizal. El pájaro feo aletea sus alas extensas de seis pies y vira hacia el sur. Una estatua blanca y colosal en lo alto de un cerro se estira hacia el cielo. El pajarraco le pasa por arriba y sigue al este a darse un festín de carroña hinchada.

La estatua es El Cristo Rey, y el cerro es El Cerro de Cristo. Cristo Rey tiene sus brazos extendidos y mira al valle abajo. Su cara es llena de gracia y compasión por las 12,600 gentes del pueblo.

El cielo se oscurece con nubes, las montañas verdes se hacen opacas, y el cielo explota. Los dioses aztecas Tezcatlipoca, Tonatiuh, Tlaloc, Huehueteotl, Huitzilopochtli, y Quetzalcoatl han despertado. Los vientos fuertes juntan las nubes y hay fricción, electricidad, truenos, y lluvia. Miles de voltios alumbran el cielo y parten los árboles. Noche es día, día es noche.

Tormenta y viento hacen mutilación en los techos. Tejas vuelan y se despedazan en el suelo. Campesinos bajan de los cerros con impermeables de carrizos y sombreros de palma: Parecen pájaros enormes montados en burros.

El arroyo que divide el norte y sur del pueblo carga corrientes poderosas que llegan al borde. Las aguas feroces se miran inocentes, como si fueran de chocolate, y crean remolinos poderosos que arrastran árboles, basura, desperdicio humano, y animales muertos e hinchados.

Finalmente, Tonantzin sonríe y la lluvia se amaina. Los dioses aztecas van a descansar a las ruinas que los indios construyeron hace siglos al otro lado del cerro. Arroyos vírgenes llevan corrientes cristalinas, brillantes, y bajas. Ranas en las lagunas cantan. La tierra es rica y fértil. Una cornucopia de frutas florece. Palmas de plátano y árboles de guayaba crecen a las orillas. El aire tropical es fresco y placentero.

Gente baja a los mercados donde encuentran puestos llenos de frutas, vegetales, y condimentos de todas clases. Entre el aroma omnipresente de tierra húmeda, vegetación, y rosas, hay plátanos, maíz, calabazas, coco, elotes, churros, guamúchiles, guayabas, mangos, manzanillas, papayas, piñas, pinole, quelites, rábanos, azúcar de caña, camotes, tamarindos, tunas, tomates. Con la abundancia, el precio es bajo.

La gente viene a pié, a caballos, o en burros. En lugar de Fords o Chevrolets, pedalean bicicletas británicas Raleigh.

La carretera 15 interestatal corta a través del centro del pueblo. Pasa por el distrito central mercantil donde los negocios prosperan. La carretera es fundamental para la economía del pueblo; lo mantiene vivo y amistoso y lleva al turismo al centro del pueblo, la plaza, el cine, el mercado, la librería, y la farmacia. Por ultimo, le da al viajador paz, conformidad, y armonía con la vista impresionante de la iglesia, El Cerro de Cristo, y una vista perdurable de las ruinas antiguas. De allí les da salida a Guadalajara.

En los sábados por las tardes, un replique de campanadas de la iglesia llenan el aire y la gente se congrega en el parque. Los hombres visten pantalones de pliegues, camisas de color, y sombreros de paja. El tipo de calzado es asunto personal: huaraches, zapatos, y botas. Las mujeres visten blusas y vestidos de colores lucientes y calzan zapatos o sandalias rojas, blancas, o verdes.

Mujeres de pelo café o rubio usan su pelo luciente hasta los hombros, o también usan trenzas. Ellas se miran hermosas con sus joyas, anillos, aretes, amuletos, y piedras brillantes. Sus cachetes les radian como durazno. Los hombres, para impresionarlas, usan sus sombreros inclinados hasta estar casi perpendiculares al suelo. Los vaqueros toscos prefieren impresionarlas con sus camisas desabrochadas para demostrar una alfombra gruesa de pelo negro en sus pechos.

El sol se pone en el horizonte, y una banda comienza a subir el quiosco. Primero, un hombre gordo y chaparro aparece con una tuba enorme, toma asiento al lado de la barandilla, y posiciona el instrumento entre sus piernas. Luego, un hombre alto y flaco sigue con un gran tambor colgándole de los hombros y sobrepuesto en su barriga, toma su lugar favorito. Después, otro hombre sube con dos discos brillosos de bronce. Y así la procesión de los miembros de la banda continúa con guitarras, trompetas, y acordeones.

Con los sentaderos plantados en la silla, el chaparrito posiciona un dedo en cada llave de su tuba. Toma una gran bocanada de aire, presiona la boquilla contra los labios, sus cachetes se le hinchan como sapo, y suena una larga nota del bajo. Luego el flaco estrella los discos, y todos los instrumentos de la banda comienzan a tocar. Hasta la medianoche, la banda toca una variedad de baladas pasadas de generación a generación—muchas son valses y tonos de la Revolución.

Abajo del kiosco, la gente camina alrededor del parque—también un ritual que ha durado a través de las generaciones—con bastantes vendedores estacionados aquí y allá vendiendo elotes, tamales y dulces. Las mujeres caminan el circulo al sentido derecho y cerca al centro; los hombres en dirección opuesta.

Los niños—criaturas traviesas—corren entre la gente sin importarles reglas, costumbres, etiquetas y rituales. Algunos son inaguantables: Miran un compañero entre la gente, y se arrancan, alcanzan al amigo por detrás, saltan en el aire, y le forjan la cabeza al muchacho hacia sus nalgas. En pleno aire echan un gran tronido de flatulencia en la cara del chico. La gente los regaña, pero son rápidos y no los oyen. Van corriendo y riendo dentro y fuera de círculos con sus victimas persiguiéndolos. Ellos echan a perder el pan a las parejas jóvenes que tratan de entablar una relación seria.


***


1957—Nuevo hogar

Nuestro nuevo hogar era simple. No había agua ni electricidad. Era una morada con un cuarto sin ventanas. La cocina era una especie de extensión de la casa, con cuatro paredes, una puerta con tela de alambre hacia el patio trasero y un techo inclinado de hojas de palma y troncos. Las paredes eran hechas de ladrillos de adobe, fuertes y gruesos. Mis hermanos—Jacobo, Roberto, Mario, y Manolo—y yo dormíamos en el cuarto. Papá y mamá dormían en la cocina en un pequeño espacio dividido por una pared hechiza de barrotes y lona. Teníamos una yarda apenas con espacio para un gallinero, un pozo de agua contiguo a la propiedad del propietario, y un excusado contra el cerco trasero, lo cual no era más que un pequeño cubierto con lonas.

Los muebles tampoco no eran mucho—una mesa y cuatro sillas. La mesa era hecha de troncos, y las sillas de hojas de palmas y palos. Para camas usábamos petates, los cuales eran alfombras hechas de hojas de palma. En la noche, los desenrollábamos en el piso, y los enrollábamos en la mañana. Ni siquiera teníamos que hacer nuestras camas: recargábamos los cuatro rollos en una esquina. Aunque papá y mamá tenían cama, era una estructura hechiza compuesta con un colchón viejo y barrotes de madera para soporte. Para iluminar nuestro cuarto y la cocina, en la noche usábamos dos lámparas de petróleo. Para agua potable, hacíamos viajes a pie al pueblo con un bote de lata para obtenerla de una pipa de agua en una esquina. Para lavar trastes, usábamos agua del pozo.

El dueño del jacal era nuestro vecino. El tenía una esposa y dos hijas. La mayor era de 11 años (edad de Roberto) y la más joven tenia algunos 9 años (la misma edad que yo). Sus nombres eran Rosario (Chayo), y Nicolasa (Nicol). Nuestras casas estaban separadas por un cuarto de almacenamiento en medio.

Hacia el lado sur, después de la casa del dueño, un lote baldío separaba la casa del herrero de las nuestras. El herrero tenía esposa, tres hijos, y dos hijas. La hija mayor se llamaba Lupe, y tenía algunos 12 años (un año menor que Jacobo). La hija menor, a la que llamaré Diana, era cerca de un año menor que Nicol. Los hijos eran Gilberto (el mayor), Porfirio (de mi edad), y Gregorio (edad de Mario). Juntos formaban la Familia Lara. Al otro lado de la carretera había lotes expansivos, y más allá estaban cerros altos con árboles, nopales, maizales, y arroyos.

El día de nuestra llegada, Mario me habló de nuestros vecinos y algunas peculiaridades que pronto notaría en el pueblo. Dijo que la gente tenía un acento chistoso, lo cual quería decir que usaban un dialecto típico del pueblo que comenzaba con voz baja y luego subía en la última palabra. La última palabra casi siempre terminaba en “Vale,” lo cual era coloquio para decir “Amigo.” Esto, sin embargo, nomás era notable en la gente pobre, porque los rancheros y vaqueros toscos hablaban alto y no les importaba si echaban una palabrota.


CAPÍTULO 3—RUFIANO Y PILLO SE CONOCEN

UN DOMINGO en la mañana me estaba aclimatando a mi nuevo hogar y pueblo. Estaba en compañía de Mario, Manolo, Nicol, Diana, Porfirio, y Gregorio. Jugábamos en una pila de arena en el cuarto de almacenamiento. El aire se sentía agradablemente fresco con el aroma de tierra húmeda por las fuertes lluvias de los días anteriores. Como era la primera vez que miraba a los muchachos del herrero, noté algo diferente en sus ropas. Le pregunté a Mario: —¿Quienes son esos dos chicos?

—Ese es Porfirio, le dicen Pillo —dijo Mario—. El otro es Gregorio, y le dicen Gollo.

Pillo nos oyó y orgullosamente se paró para estrechar las manos. Yo lo miré de arriba abajo. ¿Dónde encontró esa ropa tonta con zapatos de suela de llantas de automóvil? Ni siquiera usa calcetines y sus dedos están de fuera. ¿Ba? ¡Que tonto!

Pillo usaba la ropa regional, que era un tipo de pantalones caqui de pliegues y huaraches. Como era domingo, usaba sus mejores ropas limpias como era costumbre del pueblo. Sonriente, esperaba ser presentado—el nos iba dar la bienvenida como quien dice. De repente, noté algo muy extraño. ¿Qué le pasa con sus ojos? ¿Está cruzando un ojo? Voltee a Mario y dije a mi estilo de Mexicali: —¡Ese bato parece güitalolo! —.

Pillo oyó y su sonrisa se hizo fría. Pero no me importó; volteé a mi juguetes sin darle la mano que el esperaba.

Pillo estaba que echaba humo. Me miraba con su buen ojo, a través de la pila de arena, sin parpadear. Le eché una mirada, y lo que vi me estremeció. Su ojo-cruzado izquierdo le dio vuelta como el pomo de una puerta abriéndose lentamente. Me asusté y pronto le di la espalda.

Pillo seguía mirándome. No iba a olvidar. Tenía tanta rabia que yo parecía sentir su buen ojo picándome la espalda. Aun todavía preferí ignorarlo pensando que haciéndolo así se iría. Luego oí una voz gruesa.

—¡Mario! Ven aquí.

Mario fue y regresó. — Pillo dice que si te agarras a las trompadas con el.

Las muchachas quedaron boquiabiertas y con ojos grandes.

Aunque nunca antes había oído el coloquio “trompada”, había oído la palabra “trompa” referirse al hocico de un animal, y algunas veces usada en broma para referirse a la boca de alguna gente. Pero esto era diferente. El quería una pelea de machos. Lo entendí, pero preferí burlarme de el.

—¿Pelear a trompadas? ¿Ba? ¡Pues ni que fuera vieja! ¡Solamente las viejas pelean con sus bocas! ¿Qué piensa que so yo?

Pillo quedó confuso y tomé la oportunidad de parlotearlo la Mexicali: —Yo peleo a trancasos. ¡En mi pueblo peleamos con los puños!

—¿E-e-e? —dijo Pillo.

Insultado y humillado, decidió no escuchar mi retórica sin sentido. Levantó sus juguetes y se fue con su hermano. Aunque había ganado mi primera batalla en un pueblo nuevo, le había meneado las brazas a un muchacho indígena.


LUNES EN LA MAÑANA, papá me llevó a familiarizarme con el pueblo. —Tienes que tener cuidado cuando camines al pueblo por la carretera —dijo al tiempo que apuntaba a una cruz al lado del camino—. Aquí la gente muere golpeada por los coches. Especialmente en la noche.

En el camino, pasamos un cañaveral y un molino viejo. —Aquí es donde hacen la panocha. El azúcar de la caña se extrae con poderosos compresores y se hierve en calderones enormes para hacer los piloncillos.

A nuestra izquierda, pasamos por una gasolinera, después un estrecho de tres casas a la derecha, y más campos verdes. Finalmente, llegamos a un puente angosto—la entrada al lado sur del pueblo—y lo cruzamos. De allí, las banquetas se hacían de diferentes vistas y tamaños. Las calles eran limpias, con excepción del estiércol ocasional de caballos, burros, y vacas. La carretera era la única calle pavimentada, las demás eran de piedra.

—Buenos días —dijo el oficial patrullero al tiempo que limpiaba su Harley Davidson.

—Buenos días —respondió papá.

—¿Otro de sus hijos, Don Jesús?

—Si, y hay trece mas.

—¡Válgame Dios!

Enseguida pasamos por una escuela primaria bien cuidada. Me sorprendió lo bien mantenida que estaba; tenía cortes de voleibol y un campo largo. Papá tal vez detectó lo que pasaba por mi mente y dijo: —Es para muchachas solamente. Los chicos van a otra escuela—no tan bonita come esta—. Las casas en el centro estaban construidas pared a pared. En la próxima manzana pasamos una huarachería, una tortillería en una esquina, y pocas cuadras después, llegamos al centro.

Un muchacho al otro lado de la calle gritaba a un amigo a una cuadra de lejos: —¡OYE! ¡OYE! ¡OYE! —. El otro muchacho no le hacía caso y seguía caminando. — !Parece que no oyes! —decía en voz vaja y luego comenzaba de nuevo—. La gente alrededor rió, y yo sonreí.

Los edificios comerciales del centro tenían paredes gruesas de adobe, ladrillo, o roca. Las puertas y ventanas eran enormes y alineadas a lo largo de corredores de arcos altos. Los cielos eran profundos con vigas fuertes a lo largo.

Como treinta minutos después de haber salido de casa, llegamos al pueblo.


1957—Nueva escuela

En mi primer día de escuela, estaba nervioso. Para calmar mi miedo, mi madre me dijo que tan orgullosa estaba que había pasado mis primeros dos grados y ahora comenzaba el Tercero. Dijo que ella nomás había ido al Primero. También dijo que aunque papá nomás había ido al Segundo, el tenía buena caligrafía y era muy listo porque se había enseñado el solo leyendo libros.

—¿Porque no terminaron la primaria, mamá?

—Nuestras tiempos eran diferentes, hijo —dijo ella—. Los niños iban uno o dos años de escuela nomás para aprender lo bastante para leer y escribir. Después de eso, teníamos que trabajar para poner comida en la mesa. Pero hoy no hay guerras civiles… y es un requerimiento del gobierno que los niños terminen la escuela primaria.

Le dije que había oído a Leonardo hablar de una revolución y le pregunté que sabía de eso. —No recuerdo mucho de ello —me contestó—. Apenas había nacido cuando la Revolución comenzó. Sin embargo, tú papá—siendo dieciséis años mayor que yo—vivió durante ella. Pero si recuerdo la Guerra de los Cristeros. Yo tenía diez. Lo recuerdo porque uno de mis hermanos murió en ella.

Le pedí que me lo contara.

—Pues, los soldados entraron al pueblo buscando los revoltosos, que era como miraban a los Cristeros. Como no los pudieron encontrar, entraron a la iglesia del pueblo en sus caballos y comenzaron a quebrar estatuas. Un soldado a caballo comenzó a rociar las estatuas con gasolina. Alguien le dijo a mi hermano lo que pasaba. Enojado, se arremató a la iglesia y jaló del caballo al soldado de la gasolina. En la lucha mi hermano se roció con gasolina. Por fin, le quitó el bote al soldado y saltó al caballo. Pronto le metió las espuelas hacia la salida, pero antes que saliera alguien le aventó una antorcha. Su brazo y hombro agarraron fuego. Cuando estaba a punto de salir la iglesia, el bote le explotó, y se volvió una bola de fuego. Horas después murió. Fue una muerte horrible.

Quedé atónito y mudo.

—Pero tú continúa tú escuela, mijo —me dijo—. Quédate en la escuela y as bien. Algunos de tus hermanos no fueron afortunados para quedarse en la escuela después del segundo grado. Pero, vamos a mantenerlos en la escuela a ti y a tus hermanos mientras puédanos. Tan pobre como somos, tú papá está determinado en hacerlo. Ojala termines tus seis años de escuela primaria, y luego Dios decidirá.


AUNQUE la historia trágica de mi tío me estremeció, y la compasión que sentí por mis hermanos mayores de no haber tenido el privilegio de ir a la escuela me entristeció, me dio bastante ánimo para caminar los 30 minutos a través del pueblo hacia la escuela. Una manzana antes de llegar, sin embargo, sentí una repentina aprensión. Déjà vu. Era como comenzar el primer grado otra vez y tener miedo de entrar a un lugar extraño. Llegué a la entrada, y quise correr a casa—a Mexicali. Yo no pertenecía en este lugar. Era un intruso en sus ojos. Había mirado como los chicos se hacen dueños de la escuela en los primeros días, toman aires de superioridad, y demuestran desden contra los nuevos. ¿Me pasaría lo mismo?

¿Me aceptarían?

¡Pero que sorpresa! No lo que esperaba. Sin comparación a la escuela de niñas al cruzar el puente, nuestra escuela era una fortaleza. En un tiempo habría sido un cuartel. La entrada mayor era puerta doble de leños gruesos con grandes clavos de acero—muy grande puerta para niños de primaria. La gente les decía “zaguanes”, probablemente por su gruesa resistencia a los tiempos, ni una bola de cañón podría penetrarlas. Sin duda, era prueba de los vestigios de la guerra durante las invasiones extranjeras, incluyendo la Revolución Mexicana.

Las paredes eran gruesas y las ventanas tenían barras de hierro como una prisión y eran tan grandes como las puertas. El centro de la escuela tenía un gran patio con una fuente rodeada de cuartos, techos sobre los pasillos, pilares, arcos, y un árbol fortalezco.

Nuestro cuarto tenía un techo alto (como el resto de la escuela), una ventana chica a lo alto de la puerta, y poca luz. En contraste a los cuartos de Mexicali donde cada estudiante tenía un mesabanco, aquí los estudiantes se sentaban en grupos alrededor de mesas largas alineadas de pared a pared.

Finalmente, después de un día largo de ojos mirándome, la campana sonó y salí volando. Hice la caminada de 30 minutos en 20. Durante el almuerzo, mamá me preguntó: —¿Como estuvo la escuela hijo?

—Estuvo bien —le dije a secas—. Durante la primera mitad, tuvieron problemas porque había muchos estudiantes y no bastante espacio. Así que nos mandaron algunos al otro lado de la calle a la escuela de parvulitos. Me pusieron en la misma clase con Manolo.


—¡Maravilloso! ¿Y te gustó?

—A mi si, pero no a la maestra y nos mandaron para atrás.

—Pues ha de ver sido muy bueno terminar en tu propia clase.

—No fue… no me gustaron los excusados. Durante el recreo tuve que aguantarme hasta la hora de la salida.

—¡Uuu yu yui! Muy fino para la vida del pueblo, ¿eh?

—No es eso. Aquí los chicos han de estar acostumbrados al campo porque se agachan arriba de los asientos y no la hacen al hoyo.

Roberto levantó un ceja, y dijo: —Como se ve, todavía no has tratado el trono royal de Su Majestad, ¿eh?... ¿los campos abiertos? —

Le di una mirada fría.

—No le pongas atención, hijo —dijo mamá— En estas regiones, el campo hace hombres a los chicos. Dale tiempo y te acostumbrarás.

—Prefiero esperar a que suene la campana.

Cuando terminamos nuestros platos calientes de frijoles de la olla, arroz, y tortillas, mamá dijo —Esperen muchachos. No se muevan. Ahora les tengo una sorpresa—. Se fue al cuartito hechizo y salió con una caja vieja de cartón. —Manolo, Mario, y Rufiano vengan aquí—. Los tres nos juntamos a su alrededor preguntándonos que había en la caja misteriosa—ya hacía tiempo que la cuidaba, y ahora iba a revelar sus contenidos.

—Esto es algo que su papá y yo habíamos guardado para esta ocasión especial—. La abrió y sacó tres camisas blancas y tres suéteres.

Me tomó segundos para que un recuerdo me agolpara la memoria a un tiempo en que había mirado esas ropas. Eran las que papá compró en Calexico en 1953. Las habíamos probado, pero estaban poco grandes. Después de eso, nunca más las miramos otra vez. Ahora estaba claro: las había guardado para el día cuando los tres más chicos estuviéramos en la primaria. Eran suéteres del tipo de universidad—las de dos líneas alrededor del brazo derecho, una letra grande al frente del lado izquierdo, y hechas de algodón fino.

—Mañana usaran estos suéteres.

El próximo día, despertamos cuando el gallo anunció un nuevo amanecer. Enrollamos nuestros petates, comimos nuestros desayunos, y salimos a comenzar nuestra caminata de 30 minutos a la escuela. A como el sol subía los altos cerros del este, yo brillaba de orgullo con mi suéter nuevo. Me hizo sentir inteligente y estudioso.

—¡Santa María Madre de Dios! —dijo Doña Guadalupe, la esposa del herrero, persignándose. Estaba afuera despachando a Pillo y Gollo a la escuela. Luego, apuntó con tono de ironía —¡Ave Maria Purísima! Ustedes chicos van a la primaria… ¡no a la universidad!


¿De qué hablaba?

La ignoramos y continuamos nuestro camino. Apenas habíamos caminado pocas yardas cuando oí el sonido de huaraches atrás de mí—¡Cuáz! ¡Cuáz! ¡Cuáz! Ha de ser Pillo con sus zapatos tontos y sus dedos de fuera, pensé. ¡Bah! ¡Que tarugada! De repente recordé el día después de nuestra llegada cuando jugábamos en el cuarto de almacén en una pila de arena. El me miraba, rabiosamente. Ese día había visto algo extraño en sus ojos que me espantó y me dio escalofríos.

Casi tropecé cuando los chanclazos se acercaban y se hacían más frecuentes. Me alcanzaba. Casi sentía el polvo levantándose tras de mi y oía su resuello en mi cuello. Bruscamente salió a mi izquierda y volteó a mirarme. Me pasó. Pensé que tal vez iba de prisa en llegar a la escuela.

Después de unos pasos rápidos, puso los frenos. Confundido, paré también.

Pillo se puso una mano en la quijada y me estudió de pies a cabeza. Ya estuvo, pensé. Ahora si van a llover trompadas. Quiere terminar el negocio que dejamos en la pila de arena. En eso entré en visión de túnel. Recordé una ocasión antes de una pelea en Mexicali cuando todo alrededor se desvaneció menos yo y otro chico quedando cara a cara. Ahora éramos Pillo y yo, al lado de la carretera, mirándonos fijamente. El viento de los automóviles en la carretera me empujaba y hacía remolinos alrededor de nosotros.

Vi a Pillo abrir sus manos y los libros caer al suelo, y pensé en tirar el primer golpe. ¿A que parte del cuerpo le pego primero? Hizo un movimiento rápido, y solté mis libros. Ahora voy a saber que es una “trompada”, y el sabrá lo que es el “trancazo”.


PILLO soltó un grito ensordecedor que me puso los pelos de punta. Luego se sostuvo el estómago y apuntó un dedo a mi suéter amarillo. Su risa me confundió. Bailó, pateó, y saltó haciendo pantomimas.

—¿Donde encontraste esas ropas de güitalolo? —dijo usando mi idioma de Mexicali—. Pareces payaso.

Avergonzado, quise correr a casa.

—¡Ya vasta! —dije.

Paró. Me miró. Luego continuó riéndose otra vez con la saliva colgándole de la boca.

Di un paso adelante con el puño levantado, y dije: —¿Te vas a callar?

Paró, y vi la oportunidad de tirar el primer puñetazo. Pero luego miré su ojo torcido dar vuelta espeluznante que me asustó.

Manolo, Mario, y Gollo estaban a poca distancia mirándonos, sin saber que estaba pasando.

—Está bien, vale —dijo Pillo—. Qué dices, si estamos a mano.

—Muy bien —dije, todavía no seguro.

Pillo escupió la palma de su mano y me ofreció un apretón. La saliva tibia y pegajosa se desparramó en nuestras manos. Satisfecho, el sonrió.


APENAS hablé el resto de la caminata. Doña Guadalupe y Pillo habían plantado una semilla en mi cabeza haciéndome pensar que me miraba ridículo. Llegué a la escuela y entré a mi clase discretamente. Vi a mis compañeros dibujando caricaturas, revisando tareas y hablando entre ellos. Pensé que podría llegar a mi asiento sin ser percibido, pero la distancia a mi mesa era agonizante. Llegué al banco, y me sentí seguro. Al tiempo que me sentaba, un chico levantó la vista y me vio. Rápidamente, le dio un codazo a un chico a su lado. Eso comenzó una reacción en cadena yendo de una mesa a otra. Ahora todos me miraban.

—¿Quién es ese? —alguien preguntó con rostro sin expresión.

Quise deslizarme abajo de la mesa para esconderme.

—No se —dijo otro.

—A de ser un Gringo —dijo el tercero.

El cuarto explotó de risa.

—No —dijo un tal Pablo—. ¡Es el nuevo estudiante menso! Mírenle su ropa—. Pablo descargó un puñetazo en la mesa. —Oye, vale, ¿donde te encontraste esa ropa? ¿La traías puesta cuando llegaste del Norte?

Los estudiantes comenzaron a golpear las mesas y burlarse de mí.

La maestra entró y todos callaron. Rápido nos paramos como soldados. Pasó la mirada a través del cuarto media confusa.

—Siéntense, niños —nos ordenó—.

La maestra, la cual era joven y hermosa, no tomó mucho en notar mi ropa. El resto de la mañana no faltaba una mirada que le escapara en mi dirección.


LA CAMPANA SONÓ y comencé la caminata de 30 minutos. Otra vez, la hice en 20 minutos.

—¿Cómo estuvo la escuela, mi’jo?

—No preguntes, mamá.

Después del almuerzo, decidí darle un mal servicio a mi suéter. Ese día, y todos los días, corrí a través de arbustos espinosos, monté burros, caí y rodé sobre la tierra y trepé las colinas. En un golpe de gracia, lo arrojé al suelo, puse semillas en él, y dejé que las gallinas le dieran el último castigo. Ellas entraron en acción con frenética devoción: la picotearon y arañaron hasta que hubo tantos agujeros que ya no se parecía un suéter universitario, sino los restos de una bandera balaceada con metralleta y balas de cañón.


LLEGAMOS DE LA ESCUELA un día cuando papá anunció: —Ya es tiempo que ustedes muchachos se vistan como los de este pueblo—. Dejó caer dos largas bolsas de papel en suelo. —Jacobo, Roberto, Mario, Manolo y Rufiano, vengan aquí—. De una bolsa sacó cinco pares de huaraches, y de la otra cinco sombreros estilo vaquero. Había diferentes tamaños para cada uno de nosotros.

Desafortunadamente, mi sombrero no quedó bien en mi cabeza oval. Estaba apretado, y me sentí incómodo. No pensé que mi cabeza estuviera hecha para sombreros. Desde ese día, dejamos el uso de zapatos y usamos huaraches. También comencé a usar el Trono Royal de Su Majestad. Pronto me di cuenta que no estaba mal. El aire fresco de los arroyos fue refrescante—me estaba acostumbrando a la vida del pueblo.

Hasta tenía un amigo en el pueblo—Pillo. Nos pusimos nuestros sombreros y montamos burros en los campos abiertos pretendiendo ser vaqueros. Con mi sombrero, mis huaraches, y un burro, me estaba haciendo nativo de Ixtlán Del Rio Nayarit.


CAPÍTULO 4—MÁXIMO


VINIENDO de la escuela un día, Máximo nos sorprendió cuando lo vimos sentado en la cocina—un primo nuestro que era conductor del Greyhound lo trajo de aventón en su ruta a Guadalajara. Nos saludó con una cálida sonrisa. Fue una bendición tener a nuestro hermano reunido y traernos noticias de Mexicali. Papá también estaba contento. Al día siguiente, persuadió a la directora de la escuela a admitirlo para terminar el sexto grado y obtener su Diploma de la escuela primaria. Le dijo que ya se lo había ganado, pero en nuestra salida de Mexicali, perdió el último mes. La directora estuvo de acuerdo con una condición.

Como papá había mencionado que Máximo estuvo en la banda de marcha y había dominado el tambor y trompeta, esto deleitó a la directora. Vio que podía beneficiar a la escuela si el les enseñaba a los del sexto a tocar los tambores y trompetas y los preparaba para la marcha del venidero día festivo. Máximo aceptó la oferta, y con eso ya hubo seis hermanos matriculados en la escuela, desde el primero hasta el sexto grado.


Carta de María a Julián en Los Estados Unidos

1957, septiembre 15

Señor Julián Adelante mi estimado hijo con todo gusto te escribo estas cuantas líneas para saludarte deseando que estés de completa salud son nuestros mejores deseos pues aquí con nosotros un poco bien sea por Dios Hijo después de saludarte paso a lo siguiente Ayer salió tú papá para Guadalajara Llevó a operar a Roberto de la apéndice Pídele a Dios que salga bien Hijo dime como te encuentras… si ya terminaste de pagar tú carro… porque tenemos muchas ganas de que vengas a pasar unos meses … dime porque no has escrito o estas sentido conmigo no se cual sea el motivo Hazme el favor de escribirme y platicarme todos tus sufrimientos tus hermanos en Mexicali han tenido algunos disgustos… a la vez Lalo se casó… y Joaquín y Alma tuvieron una hija Bueno es todo por ahora Te saludan todos tus hermanos y de mi parte que seas muy feliz te desea tú mamá que verte desea mejor que escribirte.


SIENDO NIÑOS, no sabíamos nuestra situación financiera. Vivíamos felices comiendo arroz, frijoles, y tortillas, y subiendo cerros, y montando burros. Sin embargo, nuestro ingreso venía de un negocio inestable en Mexicali. Últimamente, nuestros hermanos en Mexicali habían escrito a nuestros padres que la razón por la cual nos enviaban menos dinero era porque los renteros fallaban en los pagos diciendo que no podían sostener a sus familias, y la tienda quebrando porque los clientes no pagaban sus deudas. La construcción estaba despacio también porque la economía estaba en recesión. Hasta culpaban a Alfredo por el mal negocio de la tienda—y a papá por haberlo hecho cargo. Decían que a Alfredo le gustaba gastar dinero en fiestas y mariachis. Por consecuencia, nuestros padres tuvieron que aceptar la realidad de que las rentas y la tienda ya no más podían mantenernos a flote. A como el dinero se hacía escaso, papá comenzó a comprar a crédito de la tienda de nuestro primo José en el centro. José era pariente por parte de nuestra madre.

Un día comprendimos nuestra situación cuando llegamos de la escuela y encontramos una caja grande en el suelo.

—¡Mira! —dijo Jacobo—. Papá nos trajo regalos de Tepíc.

—¿De veras? —dijo Roberto, incrédulamente—. Papá nunca compra regalos.

Él tenía razón. A papá solo le preocupaba tener comida en la mesa. Aún así, necesitábamos saber qué había en esa caja. Jacobo levantó un extremo de las solapas, y vio algo que lo hizo retroceder.

—¡Hijole! —exclamó con horror—. ¡Son para niñas!

—¿Ropa de niñas? —dijimos a un mismo tiempo.

Mario, según el muy macho, dijo, — Déjame ver. Mu’vete.

Miró adentro. Eran ropas de muchachas. De todo tipo. Para señoritas también. Roberto se sintió valiente y se adelantó. Sintiéndose ser mayor—con excepción de Jacobo—y el más listo entre nosotros, dijo: —¡Muévanse!

Levantó un brasier, y lo puso en su pecho. —Obviamente, nada de esto es para nosotros —dijo haciendo un gesto.

Arrojó el brasier pronto a la caja como si le fuera a pegar la roña. Todos sonreímos.

Luego, con aprensión y cautela, nos reunimos alrededor de la caja y comenzamos a examinar prendas. Había vestidos y calzones. —¿Papá se ha vuelto loco? ¿Por qué compró esto? —pregunté levantando una falda con la punta de los dedos. Mis hermanos hicieron lo mismo. Roberto todavía tenía curiosidad con los brasieres acojinados y los apretaba. Estábamos tan ocupados inspeccionando los contenidos que no notamos a alguien atrás mirándonos.

—Comenzando mañana —oímos una voz ronca— todos ustedes van a comenzar a vender ropas por las calles.

¿Q-u-e? ¿Vender eso por las calles? ¿Se ha vuelto loco? Que ridículo y repugnante sonaba. Pero no estaba bromeando. Lo decía en serio.

—Todos reúnanse aquí —dijo con su voz dominante—. Acérquense para que me oigan bien. Van a vender esta ropa a los precios que tengo marcados en las etiquetas. No desvíen del precio indicado, pero si alguien les ofrece uno o dos pesos menos, véndanlas—pero no menos—¿entienden?

Asentimos con las cabezas y caras estoicas.

El próximo día después de la escuela, salimos de casa con vestidos, brasieres y calzones en ganchos. Fue un despertad rudo el darnos cuenta que la comida en la mesa se tenía que ganar. ¡Pero lo más ridículo fue que eran puras prendas de mujer que teníamos que cargar por las calles! Ahora comprendimos que el dinero no crece en los cerros, o en los árboles, o jugando a los indios y vaqueros. Era un nuevo comienzo en nuestras vidas. El trabajo para sobrevivir apenas comenzaba.


PASANDO por la casa del herrero, Máximo aumentó el paso.

—¿Que pasa? —le pregunté.

—Shhh. ¡Cállate! —dijo bruscamente—. No quiero que me miren los herreros cargando ropa de mujer.

El primer día tocamos puertas y vendimos dos prendas. El segundo día Máximo prefirió visitar a Tía Cuca, quien vivía a pocas cuadras del puente. Ella nos alentó con sus historias de la Revolución. Hasta nos entretuvo con la historia de los Federales. Dijo que fue cierto que ella le había arrancado un oído de una mordida a un soldado que se atrevió a atacar a ella y a sus hijas. Cuando regresamos a casa, papá quedó decepcionado, pues habíamos regresado con la misma carga de ropa. —Nos fue mal —dijo Máximo, y no más.


LA VIDA estaba cambiando, y nosotros aprendíamos a adaptarnos a una nueva realidad. Había días buenos y días malos. Algunos días vendíamos un par de prendas, otros días nada y terminábamos en la casa de Tía Cuca. El día culminante de nuestro negocio fue cuando llegamos de la escuela y encontramos a papá afuera con un grupo de señoritas. Dejamos caer nuestras mochilas al suelo y corrimos a la puerta. Papá estaba en su mejor buen humor demostrándoles prendas de mujer. —Estas ropas las van a hacer verse bonitas en las fiestas de los sábados —les decía con sonrisa.

Era difícil no reír mirando la manera en que manejaba los calzones de seda y los brasieres acojinados. Las señoritas estaban llenas de sonrisas y coqueteo, poniendo a papá bajo encanto.

—O, Don Jesús, estos brasieres están maravillosos —dijo una al tiempo que estremecía su cuerpo—. Pero que lástima...

—¿Porque?

—No traje dinero.

Otra muchacha puso una blusa contra su pecho y con un labio colgando hizo una cara triste. Aún otra corrió los dedos a través de los calzones de seda al momento que suspiró.

—O, señoritas… por favor… deténganse —dijo papá—. No se preocupen—pueden pagarme después.

—¡Ay! ¡Don Jesús! ¡Ay Dios! ¡Don Jesús! —decían—. ¿Dice que podemos comprar a crédito?

—Seguro. Me han deleitado mucho por un día. Así que les doy crédito. Después voy a sus casas a colectar.

—¡SI! —gritaron, estremeciendo sus senos.

Desde la puerta, nos miramos uno a otro. —¿Crédito? —dijo Máximo—. El nunca nos dijo nada de “crédito”.


POCOS DIAS ANTES DE NAVIDAD, Julián (Hermano Número 3) al fin escribió. Contenta, María pronto le respondió dándole las gracias por recordar a sus viejitos y los $25 dólares que mandó. También le dijo de la ropa que papá había vendido pero que algunos compradores todavía le debían dinero y pagaban cada ocho días.

No teníamos más que un peso y estábamos sacando comida a crédito… Ya tú has de comprender que siempre el gasto es pesado para tú papá solo… le pido a Dios que te socorra y te aumente tú suerte y la Divina Providencia te acompañe….llo no se porque es tan costoso esta chapulinera quando no les duele una muela lla les duele una pata asi es que es puro gasto en ellos sea por Dios.

Al colmo de las dificultades de sobrevivir, otra desgracia había pasado: Tuvieron que sacar a Jacobo de la escuela porque movía mucho la cabeza a causa de la neuropatía que lo aquejaba—una enfermedad de los nervios en su cuello—y los alumnos de su clase se reían y burlaban de el. Y para arrematarlo, el maestro recomendó que lo sacaran diciendo que “los estudios lo están empeorando.”

está rematado… Dios quiera que puedamos bender alguna cosa para curarlo es triste que pueda llegar a ombre en ese estado…

Con el corazón roto, deseaba que sus hijos en Mexicali pudieran vender algún equipo de la tienda para llevar a Jacobo a Guadalajara a curarlo de una vez. Luego, para añadir a su angustia, le dijo que Roberto estaba anémico, pero que ahora ya estaba mejor.


Hijo no dejes de estarnos escribiendo no te de pena aunque no nos mandes nada nos da mucho gusto resibir cartas de ustedes mira quida mucho tu dinero i no lo malgastes… Y dile a Esteban que le escribi tres cartas y no me an contestado…

Y les deseó a los tres hijos en EEUU una Feliz Navidad y Prospero Año Nuevo.

Papá estaba lleno de preocupaciones porque ahora éramos una familia de ocho en una pequeña morada, y con un negocio en Mexicali que se hundía; el futuro de la familia no era seguro.

—La única salida de esta situación —dijo a mamá—, es vender la propiedad en Mexicali y movernos a Sonora.

Pero a mamá no le gustaba la idea. En sus cartas les lamentaba a sus hijos como extrañaba la vida en Mexicali cuando la familia estaba junta, y tenía esperanzas de regresar algún día. Sin embargo, papá le dijo que no pensaba regresar.

—No miro que clase de negocio podamos hacer allá. Mira, todos los mayores ya se casaron, y esto nos ha atrasado para el soporte de los menores.

Mamá no tenía otra más que aceptar.


***


—¡Buenos días niños!

—Buenos días señorita Irene —contestamos.

—Traigo un anuncio para la clase. Hoy el gobierno comienza los Desayunos Escolares, y se nos han dado instrucciones de admitir estudiantes de familias necesitadas del primer grado al tercero a media hora de desayuno gratis antes de la clase. Tres veces por semana, a las ocho de la mañana, estos estudiantes irán a la administración a recoger sus paquetes gratis de desayuno. Luego regresaran a sus cuartos a comer hasta las ocho y media. El resto de la clase usará su tiempo repasando la tarea y viniendo a mí si necesitan ayuda. ¿Hay algunas preguntas?

—¿Qué hay en los desayunos, Señorita Irene? —un estudiante preguntó.

—Un cartón de chocomil, un sándwich de huevo, y pan dulce.

—¿Qué necesitamos para comer los desayunos gratis, Señorita? —otro preguntó.

—Solamente esos que han calificado en el pasado pueden levantar sus paquetes. Esos que no están en el programa tendrán que traer una carta de sus padres explicando la razón por la cual deben calificar. Ahora, esos que estuvieron en el programa el año pasado, levanten la mano —media clase levantó la mano—. Ustedes pueden ir ahora.

Sabiendo que yo era un recién llegado, Señorita Irene me dijo: —¿Sabes si tú calificas para los desayunos escolares?

—Este-e-e —. Estaba a punto de hablar cuando Pablo metió su cuchara. —No, Señorita Irene. El no califica. Su familia tiene mucho dinero. Ellos venden ropa en la calle. Yo los e mirado en las esquinas vendiendo ropa nueva.

Señorita Irene me miró. —Si piensas que calificas, mañana trae una carta de tus padres explicando porque habías de calificar.

La interrupción ruda de Pablo me dejo atónito.

Minutos después, Pablo regresó y se sentó al otro lado de la mesa para comer su paquete de desayuno enfrente de mí. Me miró y masticó ruidosamente. Cada vez que llenaba la boca con el sándwich de huevo, masticaba con la boca abierta, y me miraba. Cuando sorbió su leche con chocolate, me di cuenta de lo que estaba haciendo y volteé a otro lado.


En la casa le dije a mamá lo que la maestra dijo. —Mamá, ella dijo que todo lo que se necesita es una carta de mis padres explicando porque había de calificar.

—No se, mijo —dijo mamá—. No pienso que deba hacer esa carta. Tenemos propiedad en Mexicali… aún así vivimos pobre y apenas tenemos para comprar comida. Pero, no creo que debíamos pedir comida. No somos limosneros. Es mejor dejarlo a los más necesitados.

Después de un plato de frijoles y arroz, fui al campo de maíz al lado de nuestra choza. Allí encontré soledad y tranquilidad. Era después de la cosecha, y el campo estaba abandonado. Era el lugar perfecto para jugar mi juego favorito: correr entre las hileras de plantas secas de maíz pretendiendo estar en una batalla de caballeros como el famoso Don Quijote. Las plantas secas de maíz eran mi enemigo. Mi espada era un palo largo con el que podía eliminarlos a diestra y siniestra corriendo arriba y abajo. Cruzando los surcos, los derribaba sin misericordia.


VIMOS a la directora entrar y rápidamente nos pusimos de pie a un al lado de nuestros asientos. En un gesto de respeto a su autoridad superior, la señorita Irene se paró al lado de su escritorio.

—¡Buenos días niños! —dijo la directora—.

—Buenos dias, Señora Directora —contestamos al mismo tiempo.

—Veo que están establecidos después de la inconveniencia que los pusimos al principio del año. Ahora tienen su propio cuarto. ¿Están listos para el nuevo año escolar?

—Si, Señora Directora.

—No voy a tomar mucho del tiempo de la maestra. Hoy dos caballeros visitan nuestra escuela. Son algo así como… un show ambulante—. La directora hizo una seña hacia la puerta y dos jóvenes entraron del corredor. —Estos jóvenes están viajando a través de la nación —dijo al tiempo que los visitantes hacían seña y sonreían—. Están visitando escuelas y entreteniendo estudiantes.

—Buenos días, clase —dijo uno de ellos.

—Buenos días —le contestamos.

—Siéntense, niños —dijo la directora.

—Gracias, Señora Directora.

—Yo soy Adolfo y este es mi compañero —dijo el joven.

—¡Hola! Me llamo Gustavo —dijo el otro—. Me da mucho gusto estar visitando esta escuela tan hermosa. Este es un pueblo fantástico, sin duda—y que maestra tan hermosa tienen aquí—. La maestra se puso colorada. —Estamos aquí para entretenerlos con un juego nuevo. ¿Cuantos de ustedes han visto un yoyo? —Nadie levantó la mano—. Muy bien, así lo pensé. Pero no se preocupen. Después de hoy, todos ustedes van a ser campeones.

Tan pronto como la ultima palabra salió de su boca, echó un grito: —¡HAY UN DUELO! —. Los dos jóvenes pronto se desapartaron, y los yoyos comenzaron a volar. Los objetos redondos iban y venían de sus manos. Se iban a lo largo del hilo orbitando, girando, desenrollando, enrollando, yendo, y viniendo en círculos oblicuos. Después de unas vueltas, los objetos regresaron a sus manos, los dos jóvenes voltearon hacia nosotros, e hicieron reverencia. Nosotros quedamos boquiabiertos y con los ojos grandes.

Ahora los lanzaron abajo y los hicieron patinar sin tocar el suelo colgando de los hilos atados al dedo medio. —¡Estamos paseando al perro! —dijo Gustavo—. Los yoyos hicieron contacto con el piso y soltaron corrieron con los dos hombres siguiéndolos. Luego, les dieron un ligero estirón a los hilos y los yoyos regresaron a sus manos.

Esta vez lanzaron sus yoyos al frente y alrededor de ellos yendo en círculos como una rueda. —¡Llegó la hora de la Rueda de la Fortuna! —dijo Adolfo—. Después de unos ciclos, los yoyos regresaron a sus manos. Quedamos cautivados y deseando uno de esos juguetes.

—¡Y para el gran final—dijo Gustavo—el columpio! —. Lanzaron sus manos hacia abajo con gran fuerza. Los yoyos descendieron a gran velocidad, y cuando llegaron al final del hilo, quedaron patinando y zumbando dos pulgadas arriba del concreto. Rápido, Gustavo y Adolfo comenzaron a jalar los hilos en secciones para cruzarlos metódicamente entre los dedos. Una vez hecho, los yoyos quedaron balanceándose como un péndulo en el centro de un triangulo entrelazado. Después de unos segundos los dejaron caer y para nuestra sorpresa, los maravillosos doble-discos subieron por los hilos hasta caer en las manos de sus maestros. Era magia. —¡Yo quiero uno de esos! —dijo un estudiante a otro—.

—Esto concluye nuestro show —dijo Gustavo con gran placer—. Queremos dar las gracias a la Directora por habernos permitido que los entretuviéramos… y a su hermosa maestra por el tiempo—. Le cerró un ojo y ella se puso colorada. —Hoy, vendemos estos yoyos en el pasillo. Después, ustedes los pueden comprar en las tiendas del centro. Gracias niños.

Cada muchacho en el pueblo tenía un yo-yo. No tomó mucho tiempo para que nos hiciéramos expertos y pudiéramos hacer lo que esos jóvenes nos habían demostrado.


1957—Historias y fábulas

La Directora, una mujer templada en sus 40s, se había superpuesto como la Madre Gansa de la escuela. Tenía la afinidad y prerrogativa de visitar nuestras clases sin anunciarse. Sus visitas, sin duda, eran cautivantes. Además de darnos lecturas de historia que parecían cuentos de hadas, gozaba deleitándonos con fábulas.


HUBO UNA VEZ un herrero con un hijo. Su hijo, además de ser muy fuerte, era un muchacho imprudente y de poco pensamiento. El herrero se preocupaba del futuro de su hijo. No importa que tanto tratara de enseñarle el negocio, todo el tiempo hacia las cosas al revés.

En el mismo pueblo vivía un rey quien también se preocupaba por su hija. La princesa era una niña incorregible. Era tan malcriada que el temía el día cuando fuera a heredar el trono. No importaba que tanto tratara de enseñarle buenas costumbres y liderazgo, tenía la maña de hacer bromas tontas e inmaduras a la gente.

Un día, puso a propósito un balde de agua en el camino donde el mozo hacía sus tareas. Cuando el mozo venia con una charola con caldo y té para el rey, se tropezó sobre el balde. La charola voló al aire, el sirviente calló con las nalgas en el suelo, la taza de caldo calló sobre su cabeza, y un pie quedó enganchado en el balde.

La escena fue tan cómica que la hija del rey rió y rió hasta que le dio hipo.

Las horas pasaron y su hipo continuó por días y días sin parar. Esto alarmó al rey y llamó al doctor. El doctor le dio toda clase de yerbas, pero no podía curarla. Finalmente, el doctor dijo: —La única manera de curarla es hacerla reír otra vez.

De inmediato, el rey mandó traer los mejores bromistas desde lugares tan lejos como el Asia—pero ninguno podía hacerla reír. Al contrario, sus hipos continuaron sin que nadie pudiera hacer algo por ella. Resignado, el doctor le dijo al rey: —Prepárese para lo peor. Ella puede morir cualquier momento de un ataque al corazón.

Mientras tanto, al otro lado del pueblo, el herrero le dijo a su hijo: —Hijo, ve al cerro y trae leña para el horno.

—¿Cómo, pa’?

—Llévate al burro y le cargas la leña en la espalda.


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