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Excerpt for El Amigo de Dios by , available in its entirety at Smashwords

El Amigo

de Dios

Una relación especial para

la conquista de la Tierra






Rev. Rubén Bayona












Libro: El Amigo de Dios.



Autor: Rubén Bayona.



1º Edición 2014.



Ciudad de Córdoba – Argentina.



1. Relato Histórico.







Publicado en Diciembre, 2014.



Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio, sin permiso escrito del autor y la editorial.



Hecho el depósito que marca la Ley 11.723.



Libro de edición argentina.

ÍNDICE


PREFACIO Pág.


CAPÍTULO 1 Pág.


CAPÍTULO 2 Pág.


CAPÍTULO 3 Pág.


CAPÍTULO 4 Pág.


CAPÍTULO 5 Pág.


CAPÍTULO 6 Pág.


CAPÍTULO 7 Pág.


CAPÍTULO 8 Pág.


CAPÍTULO 9 Pág.


CAPÍTULO 10 Pág.


CAPÍTULO 11 Pág.


CAPÍTULO 12 Pág.


CAPÍTULO 13 Pág.


CAPÍTULO 14 Pág.


CAPÍTULO 15 Pág.


CAPÍTULO 16 Pág.


CAPÍTULO 17 Pág.


DEDICATORIA Pág.






PREFACIO


En las páginas del libro trato de desarrollar el contenido de la vida de Abraham, por cierto con tremenda insuficiencia.

Siendo uno de los personajes más grandes de la historia, lo hallamos viviendo un cumulo de experiencias que comienza junto a su peregrinaje, y estas implican una relación creciente con su Creador.

El desafío de cada creyente, tiene que ver con su salvación y el avance del reino de los Cielos. Hoy, el cometido de llegar hasta el último territorio, ha crecido notablemente como visión a tomar. Es notable entonces -en Abraham- que la conquista sea por la fe, y esta se genera en una creciente experiencia de vida junto a Dios, concluyendo en una gloriosa comunión, definiéndose como la prioridad en la vida.

El pueblo de Dios, que es consciente del tiempo de la historia que vive, se propone llevar la verdad del evangelio hasta lo último de la Tierra. Deteniéndonos en las vivencias del patriarca, descubriremos la estrategia revelada por Dios para alcanzar los territorios extendidos por delante.

A lo largo del libro, propongo desarrollar la secuencia victoriosa cimentada en una comunión y sumamente rica en visión, amor, sujeción y armonía.

Las pruebas, caídas y adversidades no lo hicieron volver de la senda propuesta por su Señor. Y al fin, ante Dios, y adorando sobre la cumbre del monte del sacrificio, vio su sueño hecho realidad.

Cierto es que Abraham es el símbolo de la fe que ha trascendido por las edades, no obstante, como galardón, fue llamado con gloria y altura: “El amigo de Dios”.



Rev. Rubén Bayona

Capítulo 1

La Salida










Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. (Génesis 12:1)

Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba.”

(Hebreos 11:8)


Un día se vio a Abram volver, su paso era firme y apretado, algo agitado, inquieto. Pasó la puerta de Ur y apenas saludó a los ancianos sentados a la entrada de la ciudad. Estos, extrañados, devolvieron la atención. Prácticamente saludaban las espaldas del caminante. No era su costumbre. Claro, no lo era, siempre solía detenerse y saludar con amabilidad. Pero esta vez pasó tan rápido como pudo. Los ancianos mirándose, sonrieron y dialogaron:


-Cualquier persona suele tener uno de esos días -dijo uno-.

-Por supuesto, conozco a Abram, él es muy gentil y correcto.

-Sin duda es así, -agregó un tercero- debe estar pasándole algo.

Abram cruzó el patio, era media tarde y buscó el asiento más quieto y fresco de la casa. Luego se lavó los pies y las manos, y suspiró abandonándose sumergido en sus pensamientos.

Las voces de las mujeres parecían danzar tintineando por la galería:

-¡Qué arduo trabajo es hilar la lana! Comentó Sara a su criada.

Llevando en los brazos una canasta con ovillos de lana entró, inadvertida de la presencia de su esposo, a la sala.

- ¡Oh, mi señor que sorpresa, siempre suele llegar más tarde!

Abram solo asintió en silencio. Se levantó y acercándose la besó cariñosamente.

-¿Deseas algo esposo mío, tienes algún malestar?

-No, estoy bien. Respondió él.

-¿Ha ocurrido algo en el campo con el ganado?

-No, nada, en el campo todo está bien....pero...a quien le ha sucedido algo extraño es a mí.


Ella había comenzado a tranquilizarse después de las primeras respuestas. No sucedió nunca que su marido llegara a casa tan temprano y añadido a eso lo hallara en un rincón tan callado y absorbido por los pensamientos. Pero en ese instante, con la última respuesta y confesión de Abram, otra vez la tensión volvió por completo.

Abriendo aún más los enormes y hermosos ojos negros, quedó con un gran interrogante dibujado en el rostro.

Él le sonrió, sabiendo que la alarmaba, entonces, tomándola de la mano la sentó.


-Seré directo, sé que pasando el tiempo verás todo más claro -acomodando la voz, prosiguió-. Estando en el campo, Dios me habló. No sé cómo explicarlo, pero era el Todopoderoso. Su voz sonó muy clara y potente. Sara, no sé si logras creerme pero la verdad es que Dios me habló personalmente.


Ella todavía sin pestañear seguía en silencio. Abram se esforzó aún más y con muchas palabras y gesticulando intentó relatar su experiencia un par de veces más.

Se hizo una pausa.

Luego con algo de temor le preguntaba: -¿Me crees?

-Sí, si te creo. Siempre te he creído.

Él suspiró, y echando la cabeza hacia atrás siguió repasando en la mente el suceso experimentado en las colinas al norte de Ur.


Suavemente, Sara, tarareó una vieja canción. Su sabia inocencia puso la nota feliz. Abram relajándose descansó en su regazo.


Abram se dispuso a compartir lo que le había sucedido con su gente de confianza, en este caso, sus parientes, los principales de cada casa de su parentela, a los cuales estimaba y en los cuales confiaba como para recibir consejo.


La carne preparada sabía exquisita. Los cuatro varones frente a Abram comían en silencio. Era la costumbre. Además, aguardaban lo que el anfitrión tenía para decirles después de finalizado el agasajo.

Un siervo con dos doncellas levantó la mesa y dejaron el lugar.

La conversación se inició comentando algunas trivialidades. Fue a posterior que Abram habló a sus invitados:

-Es privilegiado el mortal a quién Dios da un mensaje.

-Sí lo es. Respondieron los varones.

-Pues bien, parientes míos, los he hecho venir porque hace cinco días estando yo en mis quehaceres en el campo, vino palabra de Dios sobre mí. Para contarles esto, les he obsequiado gustosamente este banquete.


-Oh -exclamaron- ¿De veras Dios te habló?

-Pues entonces dinos de una vez que te ha dicho el Altísimo.


-En medio de mis labores Él dijo: “Vete de tu tierra a la que te mostraré”.

-¡Increíble! -Adelantó uno-.

-Sí, fue tan claro que conmovió por completo mi ser. Todos estos días estoy en extremo inquieto, y como ustedes son mis parientes, quise compartírselos.

Los cuatro príncipes de la familia solo guardaron silencio por un momento. Luego, uno de ellos le dedicó una bendición para él, su esposa y todos sus bienes; agradecieron el banquete, y sin decir más se retiraron.


Al tiempo…

Se encontraba Abram negociando con los mercaderes en las afueras de la ciudad. Una vez acabado, dio el pago a los pastores del ganado que con él estaban. Alzando la mirada vio llegar a los varones jefes de la familia, y con ellos, a su suegro. Saludaron inclinándose según acostumbraban hacerlo, dos de ellos palmearon a Abram sonriéndole. Era buena señal.

Su suegro inició el comentario:

-Estaremos todos tus parientes en tu casa y haremos fiesta antes que partas.

-El hecho de que Dios disponga hacer una nación grande de ti -añadía otro- nos llena de emoción y orgullo.

-Ciertamente -exclamó un tercero- Dios se acordó de esta humilde familia de ganaderos para engrandecer tu nombre. ¡Es hermoso en gran manera!

El día festivo llegó, la casa de Abram fue adornada y las mesas extendidas. Desde temprano los criados de las familias llegaban con platos preparados y bebidas. Tanto Abram como Sara, sentían los efectos del ajetreo. Preparar todo para la partida y tener una fiesta para la parentela requería de un esfuerzo supremo.


Al promediar el banquete todo marchaba a la perfección, comían, bebían y abundaron las risas alegres. El matrimonio permanecía sentado en el centro de la mesa principal.

Entre bocados saludaron a los que se acercaban a cumplir con las reverencias de usanza. En eso llegó hasta ellos su primo Geter; ubicó su asiento frente de los dos y dio inicio a la charla:

-¡Primo, gusto de verte, la fiesta es espléndida!

-Gracias primo Geter.

-¿Así que Dios te ofrece comenzar una nación de tus lomos? ¡En verdad es grandioso!

-Sí, lo es.

-Espero que te acuerdes de tu primo Geter cuando estés reinando. Puedo ser tu ministro y acuñar monedas de tu nación, llevará tu esfinge.

-Claro, lo haré -contestó Abram sonriendo sorprendido por tan audaz propuesta-.

-Sabes, nunca te arrepentirás, seré tu fiel tesorero.

-Por supuesto, de cierto no habrá otro como tú.

Estirándose, el pariente hacia delante, casi acostado sobre la mesa y arrimando una mano al costado de su boca para crear una escena de suma confidencia; preguntó:

-Ahora dime primo, ¿Dónde se encuentra ese país tuyo? Por supuesto, es para poder llegar hasta ti.

-No lo sé aún. Contestó casi por reflejo.


Hasta ese punto de la conversación, Abram pensaba cuanto había de serio en lo dicho por el primo Geter. Y este, a su vez, calculaba cuanto llevaba de broma lo contestado por Abram.

La respuesta de Abram, su seriedad y tono de franqueza dejaron inmóvil al ambicioso comerciante. La risa se transformó en una mueca, por un instante permaneció medio boquiabierto y petrificado.

Acomodándose nuevamente en su lugar, fingió distraerse por un momento y luego se retiró.


Abram, sin presumir en las consecuencias, meditó en la transcurrida conversación entablada con su pariente. Se distrajo unos instantes observando a los músicos que con flautas y tamboriles animaban la fiesta.

Fue entonces cuando vio, en el extremo opuesto algunos comensales agrupándose apresurados. Pensó en el probable comentario de Geter y sus delirios de riquezas.

Sonriendo pensó para sí: -Mientras la música continúe y los demás festejen, todo pasará desapercibido.

Pero al segundo siguiente debía cambiar de parecer cuando veía en el centro del círculo desplomarse a la madre de Sara.

Comenzó entonces a cambiar todo el panorama, los músicos hicieron silencio, invitados corrieron a socorrer a la mujer caída.

Abram dio un brinco en el asiento al momento que Sara llevando ambas manos a la boca soltaba un chillido de asombro.

Mientras algunas mujeres daban aire a la desvanecida, el suegro de Abram avanzó furioso hasta la mesa mientras este volvía al asiento esperando lo peor.

Todos miraban los acontecimientos inmóviles. El silencio y una densa expectativa ganaron el recinto por completo.


-¡Conque ahora sales con esto! -Le espetó apuntándole con el índice a centímetros de su nariz-. Levantado en cólera prosiguió: -¡Nos hiciste tragar todo este asunto y ahora dices que no sabes a dónde vas!

La suegra, algo repuesta, con voz temblorosa, pero lo suficientemente fuerte como para ser oída por todos dijo:

-¡Qué será de mi Sarita ahora!


Esto actuó como detonante para el aumento de presión del suegro. Mirando ahora a su hija vociferó: -¡Debí hacer caso a tu madre cuando se negaba a darte en casamiento! Hoy te digo que este marido tuyo además de no lograr darte hijos,... ¡Ahora también se volvió loco!


Poniendo ambos puños en la mesa, acercó su cara a la de su yerno y prosiguió:

-Nos has avergonzado a todos, eres un chiflado y embustero. Dices que Dios te ofrece tierras nuevas y una nación ¡Y no sabes dónde! ¡Esto es el colmo!


Tan voluminoso como violento dio media vuelta y buscó la salida.


Detrás del patriarca le siguieron con la misma prisa todo el clan. Algunas mujeres jóvenes manotearon apresuradas sus niños que resistían abandonar el banquete.

Los últimos, al irse, lanzaban miradas desafiantes mezcladas de incomprensión y tristeza.

El músico principal se acercó y realizando una reverencia formal se retiró con el grupo.

Al fin quedaban completamente solos, rodeados de comida y bebida como para tres meses. Pero guardaron silencio.


Los criados de Abram permanecieron inmóviles y confundidos en sus puestos. Su amo siempre fue hasta ese día muy generoso, no había otro de bueno como él...pero... ¿Si realmente se volvió loco? Las miradas parecían clamar por una respuesta. Solo esperaron.

Agachando la cabeza, Abram no quería hablar, ni siquiera mirar a su esposa.

Meter el dedo en la salsa fue instintivo, cuando a menudo lo hacía, Sara solía regañarle. Con el dedo todavía en la boca, sonrió mirándola de reojo y para su asombro, ella también reía. Las carcajadas de ambos se prolongaron por unos instantes. Los criados cambiando miradas de asombro supusieron lo peor. Volviéndose a Sara y aun sonriendo, Abram afirmó:

-Pero, amada mía... ¡Es cierto que me habló! ¡Dios me habló! Fue algo maravilloso, su voz no es como la de los hombres. Además, esposa querida, la cuestión no es la tierra o los bienes, sino el estar junto a él. Dios nos espera para mostrarnos el territorio. ¿Puedes imaginarlo? Andaremos días tras días viajando junto a Él, seremos su compañía, pasaremos nuestra vida al lado del Altísimo. Lo deseo con todo mi corazón.

Pensativo hizo una pausa y agregó: -Sin duda será maravilloso caminar con Dios como si fuese un compañero; un amigo.


Al siguiente día:

-¡Debemos partir de inmediato! Ordenó Abram como reaccionando de un sueño.

-¡Si, lo haremos esta misma noche! Hacerlo de día sería terrible, mañana tendríamos a toda la ciudad en nuestra contra. Podrían hasta golpearnos; son muy crueles cuando caes en desgracia, y nosotros después de lo acontecido hoy, no tenemos posibilidad alguna de mejorar nuestra situación.


Avanzó la pequeña caravana compuesta de algunos camellos cargando lo necesario para el viaje. Irían primero a las cabañas de los pastores del ganado y de allí seguirían todos juntos.

La ventisca molesta e irritable soplaba agresiva levantando polvo y arena, persistente, caía sobre los viajeros para seguir su danza traviesa formando remolinos a lo largo de la calle.

Casi sin tener visión, Abram cubría el trayecto por instinto, puesto que conocía bien la salida de la ciudad.

Ambas hogueras a los lados de la puerta principal señalaron el último tramo del camino. Las sombras deformes de la tropa parecían enormes duendes deslizándose por los muros.


-Sale usted muy temprano hoy, Abram.

Señaló el jefe de la guardia mientras empujó una de las pesadas hojas del portal.

Abram solo saludó con la mano en alto a tiempo que ordenaba a sus camellos avanzar. Echó un vistazo de reojo para asegurarse que todos pasasen sin problemas el control.

Todavía les quedaba cruzar las tiendas de los mercaderes.

Estos, venidos de tierras lejanas con cargamentos variados para comerciar acampaban a las afueras de la ciudad. En su mayoría eran hombres fieros e imprevisibles.

Un perro enorme gruñó atado a un árbol, otro ladró frenético. Abram sin detener la marcha tomó una de las riendas de la cabalgadura de Sara, no quería sorpresas. El momento fue tenso.


Al fin se alejaron de la zona. El viento nocturno corría las nubes aprisa produciendo intermitencia a la pálida luz de la luna. A corta distancia como a tiro de piedra, vio algo moverse detrás de unas palmeras. Pasó la mano sobre los ojos esforzándose para ver mejor, instintivamente tanteó la espada y continuó con mucha cautela. Al acercarse descubrió una figura de pié frente a su montura.

-¡Somos nosotros! –Se oyó.

-¡Padre mío! –Dijo sorprendido Abram en cuanto logró distinguir de quien se trataba.


Detenido ya, saltó a tierra y corrió al encuentro. Ellos entonces hablaron: -Queremos ir contigo, tu sobrino Lot también ha venido.

-¿Podemos?


-¡Qué grata sorpresa, por supuesto que pueden venir!

La caravana siguió adelante, las primeras luces del día acabaron con la ráfaga nocturna venida del mar.


-Fue muy difícil anoche. Dijo Taré, su padre.

-Se enojaron en gran manera, todo terminó mal. Respondió.

-Supuse que saldrías de noche. Lo tuyo fue casi una huida.

-¿Será así el camino de la fe? Susurró Abram.

-¿Qué es fe? Preguntó el joven Lot.

-Es algo así como creer en algo bueno.

-¿Creer en qué?

-En Dios. Repuso Abram.

-¿Pero si no traes contigo ninguna imagen familiar que lo personifique? Advirtió su padre.

-No, Él no es así, no quiere ninguna imagen.

-¡¿Entonces?!

-Es tener fe en lo que dijo. ¡Eso, es creer en su palabra!


Sonrieron, y juntos partieron hacia el poniente.


Los llamados de Dios siempre son caros, difíciles, tocan intereses profundos y suelen poner bajo presión de manera especial.

La vida de Abraham es por excelencia la aventura de vivir una larga trayectoria junto a Dios. Es la historia de un solitario que deseaba la amistad, dar amor a su esposa e incluir el de un pequeño hijo, este último, en el plano natural y con el transcurso del tiempo, le resultaría imposible. También en lo profundo del corazón anheló darse en beneficio a favor de una sociedad que vivía a oscuras y bajo una idolatría llena de tinieblas.

Cuando todos estos sentimientos inundaron el corazón, Dios en su enorme amor, depositó sus ojos en el hombre de Ur, y lo llamó.


El andar de Abraham con Dios se contrasta al de su antecesor Enoc. Con este, Dios decide trasladarlo y así pasar a formar parte de la familia celestial. En cambio, con Abraham, Dios deseó que parte de sí tuviera inicio en la tierra, y comenzar una descendencia santa, amada e íntima.


Dos mil años después, el lamento de Jesús nos trastoca profundamente cuando con dolor dice mirando a la ciudad santa: ...” ¡Cuantas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!”.

¿Será este el resumen de la historia del hombre, donde Dios, usando todos sus recursos, obra para tener comunión con sus criaturas las cuales constantemente le dan las espaldas?

Pero no fue así con Abraham. Tampoco con los aquellos que son sus hijos por la fe.


Podemos hacer grandes cosas para Dios y la humanidad, alinear nuestra fugaz existencia en aquellas cosas que a nuestros ojos son dignas. Al final permanecerá tan solo nuestro rótulo póstumo que sintetice nuestros logros en vida. En el caso del peregrino de Ur es definitivo; en su andar como extranjero en medio de un territorio hostil concluyó siendo llamado: “El amigo de Dios”.


Ojalá el reflejo de nuestra vida esté muy ligado a la experiencia del patriarca. Que al Señor no le sea tan difícil llevarnos afuera de nuestro común vivir y de nuestras relaciones en su intento de entablar una amistad tan privilegiada.


He leído muchos libros sobre el tema de la oración, la mayoría son excelentes, inspiradores, nos ayudan a estimular y apuntalan el magno oficio en el cual siempre me he sentido deficiente. ¡Cómo aprecio los testimonios de siervos ungidos en sus comentarios de su dedicación a orar! Al leer en las Escrituras la maravillosa historia de Abraham veo algo superior y es una vida que es una relación sin límite ni horarios, sin interrupciones ni lapsus, supera los estados de ánimos y las circunstancias difíciles.

Porque en la verdadera amistad con Dios no existen los momentos especiales, las citas acordadas, o devocionales planificados, solo una relación continua y creciente con el eterno Dios.


Y se fue Abram, como Jehová le dijo” (Gen. 12: 4)


Él sabía que se hallaba involucrado en una nueva relación, sin embargo, no podía identificar ni definir el concepto del término fe, sencillamente porque esta sería el resultado de responder al llamado y así conocer al que sería su único Dios.

Nuestro modo de pensar ha cambiado significativamente al respecto, de manera que para sentirnos seguros buscamos definiciones; luego les ponemos nombre y las clasificamos. Por ejemplo: Nosotros llegamos a identificar bien las frases encontradas en Hebreos 11:1. “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.”

La extraemos para apropiarla, luego con ella en nuestro poder la aplicamos a cosas: salud, un automóvil, el cielo o nuestro negocio o ministerio, y así podría llenar una lista interminable.

Con Abraham, me imagino entonces, siendo él para nosotros, el padre de la fe, debiera encontrar dicha sustancia como un don desarrollado de manera privilegiada. Sin duda lo está, pero de ningún modo se manifiesta en relación a cosas, sino todo se centra en un vínculo poderoso con su Creador.

No era consciente del don de fe, ni definió una doctrina definida y versátil, pero se relacionó con Dios al punto tal que movió su corazón. Ganó el afecto y consideración del Eterno como ninguno. ”Y Jehová dijo: ¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer?” (Gen. 18:17)


La vida es así, una cosa por la otra. El buscar las cosas de arriba donde está Cristo sentado a la diestra de Dios (Col 3.1), nos separa dignamente de una existencia normalizada por los conceptos de este mundo.


“Y se fue Abram... y salió sin saber a dónde iba”. Así leemos las Escrituras, en medio de estas profundas decisiones ocurren alrededor cosas extrañas, porque nadie, con excepción del ser llamado divinamente, escuchará y se moverá de acuerdo a la revelación recibida. Es ahí, entonces, cuando el entorno nos califica de locos o fanáticos, aún de extravagantes.

Charles Finney, el gran evangelista, dijo en una ocasión: “Si tienes al Espíritu de Dios en gran medida, no será extraño que muchos te crean demente. Debes preparar tu mente para ser así juzgado, tanto más cuando vives por encima del mundo, y andas con Dios.”


Sucede entonces que muchos se apartan de ellos desilusionados porque no los comprenden. A decir verdad, el mundo nunca logra entender los designios del Altísimo Dios. Por lo tanto el comienzo del éxodo es difícil, únicamente el carácter producido por un encuentro con Dios puede prevalecer.

Sin embargo, para sorpresa, con el paso de los años, este tipo de creyentes son los que marcan los senderos de victoria y dan pautas sobre las cuales muchos extraen provechosas conclusiones y beneficios. Cuando son ellos los primeros en sufrir la soledad, rechazo, incomprensión, con el tiempo pasan y se alejan, entonces, son miles los que viven bebiendo de sus experiencias con Dios.

Ya sea el comienzo de una obra, o el sentir de un campo misionero, visión, empresas y cuantas cosas más.


¿Acaso podemos esperar que todos nuestros amigos, parientes y demás creyentes lo aprueben?

La iglesia hoy necesita hombres así, sabedores de andar más cerca de Dios que de sus semejantes. Hoy el Señor busca corazones dependientes del Espíritu. El Salvador inició su ministerio sobre la base de dos mensajes directos y sencillos pero poderosos. El primero se resume en la palabra “arrepentíos”, para todos aquellos que quisieran escucharlo por toda Galilea, a causa de que el Reino se había acercado.

El segundo caía directamente sobre corazones preparados y como un desafío les oían decir: “Venid en pos de mí”, o tan solo: “Sígueme”.


La iglesia actual parece prescindir del llamamiento directo. Nuestra suficiente inteligencia natural hace del llamado algo excepcional. Es entonces cuando limitamos la obra de Dios a una salvación del infierno, sumándole a esta, bendiciones convenientes, sueltas y ocasionales para hacer la vida algo beneficiosa y llevadera con cierto beneplácito personal.

No obstante el ministerio de Jesús es el mismo en todo tiempo, y Él busca por doquier su palabra llegue a creyentes para vivir una vida de comunión cada vez más intensa con Él.

El llamado tiene que ver con escuchar más allá de lo convencional. Consta en suprimir todas las otras voces que resuenan al mismo tiempo; desde las razonables, hasta las demandantes y afectivas. Desde lo sugerido como lógico, hasta aquellos que por relación piensen tener prioridad sobre otros, aún sobre Dios.

Lo vemos a diario en nuestra vida, muchas veces pasamos por senderos de los enunciados, consejos ortodoxos y reclamos desde las diversas fuentes de afecto que sugieren lo razonable y lógico en la vida. Desde la niñez, quizás, habrá una madre que desea ver a su hijo abogado o médico, y levanta su voz reclamando con presumido derecho.

A medida que crecemos recibiremos infinidad de recomendaciones para orientar y condicionar nuestras decisiones futuras. Estas vendrán de personas bien intencionadas, muchas de ellas posiblemente pueden ser útiles..... SOLO HASTA QUE DIOS HABLA.


Al fiel creyente Dios lo llama, y siempre el llamado será para emprender un viaje por la vida que será único y valdrá la pena caminarlo junto a su amorosa presencia.

No solo se da eso en Abraham y su descendencia, sino en cada uno de sus hijos que viven por fe, “porque estos son también hijos de Abraham”.

El llamado a buscar a Dios es inherente a la vida de cada cristiano verdadero. No es tan solo para algunos seres especiales, es para todos. La salvación es para todos. El bautismo es para todos. La promesa del Espíritu Santo es para todos.

Por lo tanto, el llamado es para todos.


Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.

Porque a los que antes conoció, también LLAMÓ; y a los que LLAMÓ a estos también justificó, y a los que justificó, a estos también glorificó”

Entonces agrega el apóstol Pablo preguntando: ¿Qué pues diremos a esto? Si Dios es por nosotros ¿Quién contra nosotros? (Romanos 8:28-31) (énfasis del autor)


Termina entonces usando la palabra “nosotros” para mostrar como el Señor incluye a los que llama, justifica y por último glorifica.


Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.”(Efs.2: 10).


Solo viviendo el proceso del llamado es como descubrimos aquellas obras preparadas de antemano.


Abraham nunca hubiese sabido el propósito para el cual fue creado si no hubiera respondido a la voz de Dios.

Por su disposición a poner la voluntad de Dios por encima de la suya propia, descubrió claramente el propósito de Dios.

Dios sabe qué hacer con cada uno de sus hijos que se entregan en sus manos.

El peregrinaje desarrollado por Abraham viviendo como extranjero en tierra extraña, logró que Dios pudiera elaborar su hechura, su confección perfecta. Tratando en el transcurso del tiempo con sus temores, tentaciones, inclinaciones culturales y apetitos; siendo formado muchas veces de manera dura y crítica en extremo. No obstante, llegó a ser más que vencedor.

La base de haberlo logrado (tanto él como cada uno de los hijos de Dios), es la concesión voluntaria para que Dios sea Señor y Soberano y decidir vivir continuamente de esta manera.

¿Qué es entonces el llamado?

¿Es un arduo éxodo dejando terruño y toda vida social pasada?

No precisamente tendrá que ser así, no obstante, nuestra experiencia en el nuevo pacto tiene que ver con algo semejante, pero en un plano diferente.

La Palabra dice así:

el cual (el Padre) nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quién tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.” (Colosenses 1: 13-14)


El traslado es espiritual, pero por serlo no es inferior, o de una versión diluida al pedido del Señor a Abraham.

Israel fue trasladado en el éxodo desde Egipto a Palestina. El creyente también es trasladado, si bien en otra esfera, desde las tinieblas al reino de Jesús.

Pero sí existe, es real y lo experimenta cada cristiano que ama y busca su amistad. También es personal y profundo. Es lanzarse por fe al pacto, al compromiso porque es entonces donde descubrimos el trayecto a las obras preparadas de antemano en los cielos.


¿Puedes percibir que Cristo Jesús está inquietando tu espíritu a inquirir en los cielos? ¿Podrás desoír tal voz, o correrás a su presencia por las respuestas divinas y eternas?


Por cierto, se nos advierte que hay un precio a pagar, a veces elevado y muy costoso, pero ¡vale la pena pagarlo por completo!

Podemos llegar a ser honrados y considerados por los hombres, o ser casi nada, pero estar escondidos en las manos de Dios para alcanzar el aprecio de Aquel que se entregó por nosotros y participar de su glorioso propósito.


“Nunca serás más delante de los hombres de lo que eres delante de Dios.” Roberto Mac Cheyne.


Lo interesante es que mirando la vida de Abraham podrás descubrir como Cristo puede lograrlo también en ti.

Los pasos a dar en dirección a un encuentro con Cristo tienen que considerarse en varios aspectos:

Primero: El estudio de la palabra de Dios.

No solamente extrayendo de ella las bendiciones o promesas que son favorables para luego adosarlas a una vida ya programada, sino involucrarse en toda ella. Uniéndose al Espíritu, el cual se mueve desde el principio al fin, logrando encontrarse en el Palabra.


David dice:

Entonces dije: He aquí vengo; En el rollo del libro está escrito de mí;

El hacer tu voluntad Dios mío, me ha agradado.

Y tu ley está en medio de mi corazón” (Sal 40: 7-8)


Es sin duda una verdad eterna que estas palabras tremendas son una profecía sobre el Mesías, pero también David se refiere a sí mismo, y por lo tanto, es para nosotros también.

El rey David dice que leyendo con el deseo que Dios nos hable por la palabra, encontraremos nuestra vida en ella. Descubrimos la omnisciencia de nuestro amado Maestro en la palabra.


David dice:

He aquí vengo”. Es la actitud necesaria para encontrar la respuesta correcta para nuestra vida. Es la expresión de entrega y obediente expectativa indispensable para toda revelación personal.


En el rollo está escrito de mí”. La palabra escrita, allá en el tiempo, encierra por el Espíritu todo el poder creador suficiente para hacer en el creyente lo que él desea. ¡Dios puede levantar muchos otros “Abraham” hoy!


El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado¨. Esta expresión demuestra el fruto de un corazón ministrado por el Espíritu, el resultado de una entrega perfecta y completa. Lograr el gozo solo en hacer la voluntad del Padre.

Y tu ley está en medio de mi corazón”. Las palabras escritas en las páginas de la Biblia ahora están en medio del corazón; cuando esto sucede es entonces que el cristiano nacido de nuevo sabe para qué está en el mundo, cual es el propósito de Dios en él, cual es su misión, su rol, su protagonismo, su labor y trabajo en el reino.


En segundo término, es necesaria la oración.

Esta es simplemente para comunicarse con el Padre. No es solo un hábito, mucho menos una disciplina religiosa, sino una relación de amor.

Significa pasar por la experiencia de amar y ser amado.

Un amor poderoso que produce transformación, sanando el alma.

Es también la transformación en la bendita gloria de su presencia, formando al Hijo en el corazón; y sanidad de toda herida o llaga que la vida o que el mundo pueda haber producido.

El temor de que la oración no sea respondida se diluye ante la gloria de su presencia.


En tercer término: la adoración.

Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra.

Y edificó allí altar a Jehová, e invocó el nombre de Jehová”

Luego se pasó de allí a un monte al oriente de Bet-el, y plantó su tienda, teniendo a Bet-el al occidente y Hai al oriente; y edificó allí altar a Jehová, e invocó el nombre de Jehová, (Gen 12:7-8)


Notamos que por dos veces se menciona que Abram “edificó allí altar a Jehová, e invocó el nombre de Jehová.

Podríamos decir que dos cosas hacía Abraham en su peregrinar y estas eran; armar su tienda y seguidamente levantó un altar y allí sacrificaba para orar y adorar.

La adoración espontánea es primordial en una vida de comunión. La adoración y la alabanza es resultado del sacrificio del Cordero de Dios. Es la expresión suprema de pureza y santidad. La gran revelación de adorar ante el “cordero” sacrificado. Concentra toda expresión de vida a partir de la cruz de Jesús. En ella se conjuga nuestro corazón, nuestra alma, mente y fuerza para amar y agradecer a Dios.

Es la mejor actividad y expresión de devoción y reverencia, consideración y agradecimiento.

Así que hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. (Romanos: 12-1)


El amor en el santo oficio del sacrificio vivo, va creciendo en profundidad. Esto determina el nivel de aceptación de parte del Señor.

para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado (Efesios 1:6)


¿No es esto acaso en extremo maravilloso?

La expectativa de transitar un camino así puesto delante, atrapa el espíritu que está sediento de Dios.

Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía.

Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios? (Sal42:1-2).


La alabanza y la adoración son la expresión de una vida que va siendo transformada, y al mismo tiempo su sed y deseo por la vida de Dios aumenta sin detenerse.


En Abraham encontramos un poder oculto.

Es una existencia detrás del velo o muro que separa lo natural y cotidiano con lo espiritual y eterno.

Si los hombres comprendieran esta segunda realidad se expresarían en adoración igual a los Salmistas hijos de Coré. (Sal. 42).

La realidad de una comunión con nuestro Dios viviente, cambia la vida y las circunstancias por completo y nos va preparando para la conquista.

El reflejo de la ministración a Dios, trasciende a la vida y todo lo que se realice. La consecuencia se cristaliza cuando experimentamos estar en el propósito divino.


Al final: ¡La tierra prometida como galardón!

La conquista de la tierra está implícita desde el llamado, lo importante es salir tomando el desafío y no volver atrás nunca.

Lo veremos más adelante en Abram.


















Capítulo 2



EL DESCENSO A EGIPTO









Hubo entonces hambre en la tierra y descendió Abram a Egipto para morar allá; porque era grande el hambre en la tierra. (Gen.12:10) ”


Hay momentos difíciles cuando decidido sigues fielmente al Señor no obstante las fuerzas se terminan. Momentos donde el pensamiento de volver atrás golpea la mente. El desánimo, fiel visitante en ocasiones muy particulares; cuando las fuerzas se acaban, cuando todo sale mal y Dios guarda silencio. ¿Has pensado, entonces, capitular? ¿De renunciar? ¿Sientes que dejar todo es lo mejor?


Es el pensamiento de dejarse llevar en lo peor de la crisis. Estar en zona de peligro, de deslizarse (véase Hebreos. 2:1). De lo contrario debemos seguir escalando llegando hasta el desgarro. Pensaras ¡Ya es insoportable! En el interior surgen mil voces gritando: ¡No lo soporto más! Entonces cuando nos rendimos, la alternativa es Egipto (que es figura del mundo). Hacia allá vamos. Lo mismo le sucedió a Abram; ¡Aunque cueste creerlo!


La jornada hacia el sur fue lenta y ardua. Llegar a la llanura del Neguev consistía en la última esperanza. Todo el ganado recorría el trayecto inquieto, muchos bramaban olfateando con desesperación por agua y pastos. Al llegar a la región, el corazón de Abram le dio un vuelco, muy poca pastura, los arroyos frescos y abundantes en otrora, aparecían ante sus ojos transformados en charcos malolientes, abarrotados de animales salvajes y aves de carroña.


-¿Qué haremos señor? Preguntó respetuosamente su mayordomo.

-Acamparemos y descansaremos dos días, después decidiré que hacer.


Por supuesto que confiaba en Dios. Por supuesto que levantó el altar allí. Por supuesto que ofrendó el mejor cordero y aunque con dolor, adoró a Jehová Dios. Puso toda su esperanza en el Todopoderoso, ¡Pero nada pasó!


Al día siguiente divisó la figura de su empleado, y encogido por la tensión aguardó de pié.


-Es necesario que me acompañe señor, debe evaluar usted mismo la situación.


Marcharon en silencio.

La manada cubría toda la llanura, quietos, boquiabiertos y otros muchos echados, conformaban un cuadro lamentable.


-Hoy murieron ocho, no hubo nada que hacer. -Dijo el mayoral.

Sin contestar, Abram se agachó tocando la tierra. Parecía la pared de un horno.

Alzando un puñado, pensó un momento. Todo se hizo silencio. Arrojó con angustia el polvo estéril y reseco, y volvió sobre sus pasos.

-Prepara todo, nos vamos a Egipto. Exclamó apesadumbrado.

¿Acaso quedaba otra salida? El dolor de ver morir a su ganado lo traspasaba, no podía esperar más.


Y aconteció que cuando estaba para entrar en Egipto, dijo a Sarai su mujer: He aquí, ahora conozco que eres mujer de hermoso aspecto; y cuando te vean los egipcios, dirán: su mujer es; y me matarán a mí y a ti te preservarán la vida.

Ahora pues, di que eres mi hermana, para que me vaya bien por causa tuya, y viva mi alma por causa de ti.

Y aconteció que cuando entró Abram en Egipto, los egipcios vieron que la mujer era hermosa en gran manera.

También la vieron los príncipes de Faraón.

E hizo bien a Abram por causa de ella; y él tuvo ovejas, vacas, asnos, siervos, criadas, asnas y camellos.

Más Jehová hirió a Faraón y a su casa con grandes plagas, por causa de Sarai mujer de Abram.

Entonces Faraón llamó a Abram, y le dijo: ¿Qué es esto que has hecho conmigo? ¿Por qué no me declaraste que era tu mujer?

¿Por qué dijiste: Es mi hermana. Poniéndome en ocasión de tomarla para mí por mujer? Ahora, pues, he aquí tu mujer; tómala y vete.

Entonces Faraón dio orden a su gente acerca de Abram; y le acompañaron, y a su mujer, con todo lo que tenía. (Génesis 12: 11-20)


Egipto fue la aparente salvación y posibilidad de subsistencia. Eso sí, se pierden algunas cosas. Casi de inmediato los cambios de vida son inevitables. Por agua y comida; mentira, fraude, miedos, falta de amor... y así continua el tobogán.

Abram el visionario ahora convertido en un pillo egoísta y sin escrúpulos. Cambiando a su esposa por la vida. Llamado a ser un grande, se agazapaba entre las sombras tratando de pasar inadvertido, temblando por salvar su pellejo. De la libertad descendió a la dependencia. Siendo llamado por su nombre por el Altísimo, pasó a un plano inferior donde abundan los mediocres.

Todo lo hacía mal, pero Dios en fidelidad infinita, solo respondería con bien.

Con el tiempo vio los frutos que ofrece el mundo. ¡Si el mismísimo faraón simpatizó y lo llenó de bienes!

En el sur de palestina se angustió al extremo viendo como perdía el ganado. Ahora recibiendo riquezas y prosperando, era traspasado por perder a Sara.

Es que en Egipto (que es figura del mundo), todo tiene su precio, y aún más para los que son llamados por Dios. Una verdad que es introducida una y otra vez en los mortales a fuerza de golpes. En la Biblia lo vemos repitiéndose.

De igual manera le sucedió a la familia de Noemí. ¿Te sientes mal en la era? ¡Sentirás horror en Moab! (Rut 1:21).

También lo vemos en el valiente David, cuando descendiendo hasta Gaza, cohabitó junto a los filisteos. ¿El cansancio de huir en el desierto ha llegado al colmo? El llegar a filistea será un trabajo tan pesado que creerás volverte “loco”, al igual que el ungido de Dios. (1º Sam. 21: 10-13)

¡Cuántos son hoy los que piensan que con Dios no les va bien!

Muchos creyentes cansados por las pruebas miran ansiosos hacia la frontera atisbando las tierras de Egipto. Se olvidan quizás lo que sufrieron allí, como sucumbían desesperando en el lodo cenagoso, en la condenación del pecado.

¿Cuál es el problema entonces? Pues bien, este se centra en las pruebas que pasamos.

Quizás porque tenemos aferrado a lo más íntimo de nuestro ser la creencia que con Dios todo debe ser espléndido.

¿Pero acaso no fue lo que alguien nos enseñó? ¿No vemos también como en la iglesia muchos creyentes y ministros exitosos, se pasan todo el tiempo hablando de éxito y profetizando bienes y prosperidad?

Algo puedo entender en este tiempo y es que por más que la iglesia cambie el mensaje a tan solo una arenga de bendiciones y pensamientos positivos, Dios seguirá abocado a sus hijos en edificar su fe. Una santa fe que será sometida a prueba, por cuanto es más preciosa que el oro, se prueba en el fuego, para que después sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo. (1º Ped.1:7).


Hoy muchos se encuentran en el horno calentado siete veces, filistea, Moab o Egipto, por eso su fe ha decaído. También se ha perdido aquella dulce comunión con el Señor. Aún Abram perdió de vista a su Eterno amigo celestial.

¿Ha notado que la Biblia no menciona que Abram haya sacrificado holocausto en Egipto? Pues claro está que es imposible estando en tierra extraña.

En situaciones así no se encuentran tales sacrificios de alabanza (Hebreos. 13: 15), a causa de que la lengua se pegará al paladar y las manos pierden la destreza. (Sal. 137)

Pero al igual que el noble varón de nuestra historia, volverán a la senda únicamente por la gracia de Dios.

El pan en su boca sabía amargo, al igual que el vino irritaba su paladar por lo rancio y agrio. Es que no podía atender a todo en la casa. Asimismo, el ambiente se vestía de tristeza y soledad. El aire traía el olor de los ácaros asentados en los muebles.

La casa perdió definitivamente el encanto que poseía cuando Sara entraba y salía de ella.

Entonces, golpearon la puerta. Abrió, y ante él, formada, se halló la guardia de Faraón. Serios y preocupados invitaron a Abram a acompañarlos.


Ya en lo del monarca, casi no hubo preámbulos. Faraón dijo: -¿Qué es esto que has hecho conmigo? ¿Por qué no me declaraste que era tu mujer? ¿Por qué dijiste: Es mi hermana, poniéndome en ocasión de tomarla para mí por mujer?

Ahora pues, he aquí tu mujer, tómala y vete (Gen. 12: 18,19)


¿Cuántos han sido exhortados alguna vez por alguien impensado? ¡Cómo nos golpea duro en nuestro orgullo! ¿No es verdad?

En mi caso personal me tocó más de una vez. Puede ser el vecino, una niña, una carta, una burra que habla, Faraón o Natán; todos ellos mensajeros, queriéndolo o no, de Dios, que en su gran misericordia los pone en nuestro errado camino, para que volvamos a su tierra, a su comunión, a su voluntad.

Si té ha ocurrido esto a ti, no te pongas mal con ellos, tan solo son instrumentos en las manos de nuestro amado Dios. Solo espera, porque cuando pase un poco de tiempo y entiendas que detrás está la mano amorosa del Señor, ¡los bendecirás!

Sin embargo, en momentos así sentimos en nuestro interior la clásica mezcla de enojo y vergüenza. Bueno....más bien vergüenza.

Así encontramos a Abram saliendo de Egipto, en extremo avergonzado.


La caravana regresaba en silencio, atrás la guardia egipcia barría la retaguardia, asegurándose que la orden de su rey se llevara a cabo.

Al llegar a la frontera, se formaron los soldados permaneciendo inmóviles, mientras Abram, su familia con sus ovejas, cabras, siervos, criadas, asnas y camellos siguieron hasta perderse de vista.

Deteniéndose Abram, sentía la necesidad de descargar tanta presión y sentimientos adversos.

-¡Es increíble, nos han sacado del territorio como si fuéramos malvivientes!

Esta vez, Sara habló:

-Nunca debimos haber entrado allí, mi señor.

El interior de Abram era una tormenta. Sacudió la vara, pateó el polvo y se sintió a punto de estallar. Pero volviendo en sí, se acercó a la cabalgadura de su esposa y posando la mano le dijo:

-Lo siento amada mía, lo siento de veras.


Aliviado, anduvo unos pasos para darse cuenta que Dios quería hablarle nuevamente. No con palabras, sí con el paisaje extendido ante sus ojos.

Frente a él se mostraba la fidelidad de quién lo llamó, los llanos del Neguev rebozaban de frescos y verdes pastos. Sin dudar un momento volteó hacia la manada y con mirada experta buscó el mejor cordero, tenía que sacrificar a Aquel que lo amó y le fue fiel ¡Siempre!


Volviéndose atrás, nunca las cosas podrán andar bien. Desandar el camino nos produce tristeza, y el supuesto remedio es peor que la prueba.

El viajero de Ur no encajaba ya en el mundo secular. Viviendo fuera del circuito del mundo se encontró desubicado, ajeno, a contra pie. ¡Si hasta faraón lo sufrió!


“Más Jehová hirió a Faraón y a su casa con grandes plagas, por causa de Sarai mujer de Abram. (Vs. 17)


Volver a Dios es la decisión acertada.

El vivir en luz como creyente comprometido siempre llevara a diversas pruebas, sin embargo, estas son para establecer una comunión más fuerte.


Si estás pasando algo así, toma resoluciones que te vuelvan a sus brazos eternos.












Capítulo 3



INVOCANDO EL NOMBRE




Subió, pues, Abram de Egipto hacia el Neguev, él y su mujer, con todo lo que tenía y con él Lot.

Y Abram era riquísimo en ganado, en plata y en oro. Y volvió por sus jornadas desde el Neguev hacia Bet-el, hasta el lugar donde había estado antes su tienda entre Bet-el y Hai, al lugar del altar que había hecho allí antes; e invocó allí Abram el nombre de Jehová (Gen. 13:1-4)


Es difícil pensar que Abram pudo caer tan bajo estando en Egipto. Nos sorprende su falta de principios. Usó del engaño y la mentira, despreció a su esposa exponiéndola al adulterio, y además recibió dones, bienes y obsequios a causa de su ardid.

Pero si somos honestos, debemos reconocer que en las mismas condiciones cualquiera hubiese procedido de igual o peor manera.

En primera instancia, la consecuencia de entrar en Egipto (que es el mundo), es la pérdida total de la cobertura divina sobre nosotros. No puede obrar en tales condiciones el que “nos libra del mal”; quien nos cuida como “la niña de sus ojos”.

La protección del Señor se hace efectiva cuando vivimos en ciertos espacios que tienen que ver con nuestra obediencia y santidad.

El que habita al abrigo del altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente.

Diré yo a Jehová: Esperanza mía, castillo mío; Mi Dios, en quien confiaré,

Él te librara del lazo del cazador, De la peste destructora. Con sus plumas te cubrirá,

Y debajo de sus alas estarás seguro; Escudo y adarga es su verdad. (Sal 91: 1-4)


Solo en el cielo podremos llegar a enterarnos de cuantos males Dios nos libró.

¡Qué protección tan privilegiada tenemos! ¡Si aún a sus ángeles envía para ayudarnos en nuestro andar cristiano!

Pues a sus ángeles mandará cerca de ti. Que te guarden en todos tus caminos,

En las manos te llevarán, Para que tu pie no tropiece en piedra. (Sal 91:11-12)


Abram comprobaría una y otra vez en el futuro, la fidelidad del Señor. ¡Pero al entrar al territorio del enemigo todo cambia!


Cuando cedemos al mundo, perdemos todos los privilegios que tenemos como ciudadanos del reino de los cielos.

Poseemos una moral y ética asistida por el poder celestial.

Cuando un cristiano “desciende al mundo”, es porque pierde de vista lo que es.


Así sucedió con Abram, pero lo valorable es que supo volver. Sí, volver a Bet-el, volver a Dios, volver a los pies del altar. “Y volvió por sus jornadas”

No solo pasó la frontera de Egipto, sino que volvió “hasta el lugar donde había estado antes su tienda”.

Pisó otra vez el lugar donde tuvo comunión con Dios. Aquel lugar donde fue cubierto, amado y comprendido.

Estando allí se acercó sin demora al altar, y allí, Abram “invocó a Jehová”.

Su comportamiento en Egipto no lo diferencia de cualquier pecador, pero su vuelta sin rodeos demuestra tener esa clase de estirpe de un hijo de Dios.

Es seguramente lo que Dios esperaba de él, es también lo que espera de nosotros en iguales circunstancias.

Por cada tramo transitado en la inconsciencia, lo desanduvo para presentarse delante de su Hacedor.

No se escondió, ni tampoco dilató el regreso. Tampoco puso su confianza en que al pasar los días todo volvería a la normalidad, como solemos pensar cuando el orgullo no nos permite reconocer nuestros errores.

Caminó de vuelta aquellas jornadas, contrito y humillado. Tomó la responsabilidad de enfrentar la realidad de su equivocación, caminando en línea recta hacia el altar.


Ten piedad de mí, oh Dios; conforme a tu misericordia;

Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.

Lávame más y más de mi maldad, Y límpiame de mi pecado.

Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi pecado está siempre delante de mí.

Contra ti, contra ti solo he pecado. Y he hecho lo malo delante de tus ojos;” (Sal 51:1-4).

Entonces Abram fue hasta el altar y allí reconociendo sus faltas, invocó el nombre de Dios:

Señor abre mis labios, Y publicará mi boca tu alabanza.

Porque no quieres sacrificios, que yo lo daría;

No quieres holocausto,

Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado;

Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios. (Sal 51:15-17)


Los sacrificios sobre el altar tenían dos etapas. La primera es la muerte y el derramamiento de la sangre de la víctima, y posteriormente la “invocación”, que consistía en oraciones y adoración.

Así procedió Abram. Toda carga por su falta y su sentimiento de angustia lo ubicó ante la pequeña víctima, contrito y humillado.

La muerte y derramamiento de la sangre del cordero escogido de la manada era el precio para acercarse a su santa presencia a rogar sobre el altar, el perdón y la absolución.

Las experiencias más importantes de nuestra vida son llegar con frecuencia a los pies de la cruz. El clamor por piedad conforme a su misericordia para borrar nuestras faltas es una necesidad imperiosa para avanzar en la búsqueda de Dios.

El pecado nos despoja, nos insume en un sentido de muerte y destrucción, más el clamar parados ante la víctima inocente nos devuelve a la vida espiritual con el Señor. El que es creyente no puede permanecer cerca de Él habiendo fallado, ni manifestarse cuando está involucrado en los hechos de la carne. Porque: El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua del mal, y sus labios no hablen engaño; apártese del mal, y haga el bien; busque la paz y sígala. Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones, pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal. (1º Pedro. 3:10 12). (Énfasis del autor)


Cuando el rostro del Señor está en contra de aquellos que hacen el mal, solo hay un camino, solo hay una manera, ese camino es Cristo, ese camino comienza a los pies de la cruz de Jesús. Él es el Cordero que quita el pecado, la Ofrenda del altar, el Mediador entre Dios y los hombres.

Entonces, cuando “volvemos por las jornadas” y nos rendimos delante de Él y clamamos por su perdón, su amor se renueva, la gracia nos cubre y la comunión se restaura.

Él vuelve su rostro hacia nosotros y descubrimos sus ojos llenos de ternura y compasión.

Siempre que se falla existe una invitación del Espíritu para volver a la cruz.

¿Cómo se vuelve a la cruz? Se vuelve reconociendo la caída sin justificarse uno mismo. Llegando a sus pies y siendo restituidos por la fe en su amor y misericordia.


Andar con Cristo en el Espíritu no quiere decir que no habrá caídas, por cierto, que las habrá. La virtud consistirá en reaccionar cuando el Espíritu redarguye y nos señala, y convence en nuestro corazón. Estaremos dispuestos a humillarnos, a reconocer el error, la debilidad, y pedir perdón.

Cuando aplicas en tu carácter la capacidad y fuerza de voluntad de “volver por tus jornadas”, volver al lugar del altar del sacrificio de Jesús, hallarás que experimentarás una nueva vida con mayores victorias sobre las debilidades, y las derrotas y dominio de la vieja naturaleza humana serán cada vez menos frecuentes, más débiles y estériles.

Capítulo 4



ABRAM Y LOT



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