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DESPUÉS DEL

RAPTO





















Rubén Bayona







Libro: Después del Rapto.



Autor: Pr. Rubén Bayona.



2º Edición Renovada 2014.



Ciudad de Córdoba – Argentina.



1. Novela.





Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio, sin permiso escrito del autor y la editorial.



Hecho el depósito que marca la Ley 11.723.



Libro de edición argentina.



INDICE



Reconocimientos Pág.4

Prólogo Pág.5

Capítulo Uno Pág.7

Capítulo Dos Pág.23

Capítulo Tres Pág.33

Capítulo Cuatro Pág.47

Capítulo Cinco Pág.61

Capítulo Seis Pág.67

Capítulo Siete Pág.73

Capítulo Ocho Pág.79

Capítulo Nueve Pág.87

Capítulo Diez Pág.97

Capítulo Once Pág.105

Capítulo Doce Pág.111

Capítulo Trece Pág.123

Capítulo Catorce Pág.129

Reflexión Final Pág.136





RECONOCIMIENTOS





Deseo agradecerle a mi hermana Elizabeth Somoza que por su valiosa gestión este libro es hoy, realidad. A mi esposa Teté y mi hija Cindy que incansables trabajaron en copiar el manuscrito. Al director editorial, Claudio Roldán, que con dedicación hizo la revisión como redactor.





























PRÓLOGO


Sin duda, los tiempos en que vivimos nos sorprenden y alarman por lo cambiante que son. El reloj de la historia nos pone en el tercer milenio. Los eventos que experimentamos cada día nos hacen percibir la inquietud mundial. Todo esto debería hacernos reflexionar.

La crisis acosa al mundo entero. La economía mundial, la confusión de los gobernantes, el aumento de la violencia y los delitos, la inseguridad en las ciudades, la prostitución y el uso de drogas. Todo esto nos abruma.

A esto se suma la disolución de la familia, la rebelión de los adolescentes y la degradación de los valores cristianos y la ética bíblica.

En medio de todo esto, parte de la Iglesia parece estar enfrascada en crear un efecto invernadero espiritual, entreteniéndose en programas que tienden a hacer soñar con un estado ideal de vivencias centradas en la bendición personal.

El propósito de esta novela es que usted piense en el evento más extraordinario que la humanidad experimentará: El rapto de la Iglesia.

Pablo le escribe a los tesalonicenses: «Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras» (1 Tesalonicenses 4:16-18).

¿Temblaremos ante este acontecimiento? ¿Nos llenaremos de temor? Todo lo contrario. Formaremos una iglesia victoriosa y preparada como una novia para recibir a su amado Jesucristo.

Mi deseo es que al leer este libro, usted obtenga una visión distinta del mundo, de la iglesia, de la salvación de los perdidos y del reino venidero.

La venida de Cristo está muy cerca.

Rubén Bayona

































CAPÍTULO UNO


Con el rostro sudoroso, el joven empleado ubicó el pesado bulto sobre el transporte.

El envío de la planta de agroquímicos sería el último de la jornada.

Limpiándose la frente con un pañuelo decidió subir los peldaños de la escalera hacia la oficina de su jefe.

Abriendo la puerta y a su ingreso, este le preguntó:

-¿Querías hablarme Alexis?

-Señor Costa, disculpe usted la molestia, necesito darle un mensaje de mi madre. El caso es que ella es muy insistente y me pidió que le diga que sería muy grato para ella que pase por casa a saludarla cuando le quede cómodo.

Sonriendo Allen contestó: Dile a doña Ofelia que pasaré en algún momento.

-Le agradezco su atención- añadió el muchacho al retirarse.

A la semana siguiente, abriendo la portezuela trasera del coche, retiró la compra del supermercado y se encaminó hasta la puerta de la humilde vivienda de Ofelia.

Ella misma abrió para encontrarse con Allen.

-¡Señor Costa cuanto me alegra que haya venido hasta mi casa.

-Tú sabes que de tanto en tanto me llego a verte.

-Es verdad,… ahora, pase por favor- respondió la anciana reflejando una sonrisa enmarcada en el rostro curtido por los años, fruto de una vida sacrificada y dura.

Ya sentados en la mesa Ofelia recibía gozosa las provisiones a tiempo que servía con esmero una taza de café.

La charla aunque breve se hizo amena y pasado un tiempo Allen se aprestó a partir. Entonces la anciana preguntó:

-¿Cómo se comporta mi hijo en el trabajo?

-Muy bien. - respondió Allen- se gana muy merecidamente el sueldo.

-Siempre estaré agradecida por haberlo empleado.

-Para la empresa ha sido también beneficioso.

Cambiando el tono a una sabia sutileza, añadió. - Sabe, señor, mi hijo menor está en edad de trabajar y hace tiempo está buscando, disculpe el atrevimiento, pero solo necesito pedirle que si sabe de algún trabajo donde pueda desempeñarse me haga este nuevo favor de avisarme. ¡Cuánto más estaré agradecida!

-Bueno- respondió el empresario pensativo, agregando: si encuentro algo se lo haré saber por medio de su hijo Alexis.

Abrazó a la anciana amiga y comenzó a retirarse.

En ese preciso momento se abrió la puerta entrando un mozo de buen aspecto.

-Este es mi hijo menor del que estábamos hablando, y dirigiéndose al joven le habló: Salude al señor Costa, hijo.

Así lo hizo el muchacho extendiendo la mano.

-¿Cómo te llamas?

-Gustavo

-Bien Gustavo veré que puedo hacer respecto al pedido de tu madre.

-Gracias señor.

A posterior se retiró.

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UNIVERSIDAD NACIONAL DE CÓRDOBA- ARGENTINA


Siendo algo más de las 21.00 hora Allen y su socio el ingeniero Rino Leonetti trabajaban en el laboratorio de la gran facultad de Química. Hacía tiempo ponían todos sus conocimiento y esfuerzo para lograr arribar a la fórmula de un fertilizante para soja.

La relación del dúo había comenzado años atrás cuando el profesor Leonetti dictaba cátedra en el último año de la facultad y Allen era el alumno más aventajado.

Después de unos exámenes tomando un café, profesor y discípulo, en el comedor de la universidad, la charla giró en una idea de investigar sobre fertilizantes para cereales transgénicos.

De ahí en adelante resultaron ser socios de una planta de agroquímicos y después de la jornada de trabajo de cada uno, la cita en el laboratorio pasó a ser de tres noches por semana.

Aquel día sintieron estar cerca del objetivo.

Allen notó que a medida que avanzaban en el proyecto Leonetti se distanciaba cerrándose y guardando intervalos de silencio que empezaron a ser significativos para Allen.

-¿Tienes algo que decirme? -le preguntó a Rino mirándolo a través de una probeta.

-No,…creo que no- respondía este sin levantar la mirada mientras escribía algo.

Un rato después Leonetti se retiraba.

Allen apoyó los brazos en la mesa, frotó sus ojos y sintió esa presión en las sienes aviso inconfundible del cansancio, no solo tocando a la puerta sino ya invadiéndolo como un intruso en todo el cuerpo.

Ordenó todo y apagando las luces del laboratorio se retiró, aquel largo día había concluido.

La gramilla y los árboles desprendieron fragancias típicas en la primavera cordobesa.

El manto extendido sobre el césped del parque Sarmiento y compartir con Ana unos bocadillos la tarde de aquel domingo, tenían un efecto terapéutico. Estar con ella reanimaba su espíritu y lo repotenciaba para encarar con ímpetu la semana.

La frescura y hermosura de su novia fungía como bálsamo y lo disfrutó muchísimo.

-¿Sabes Ana? - y pensativo continuó- observo que Rino se comporta algo raro últimamente.

-¿Que podrá ser? respondió ella.

-Sospecho algo, pero no estoy seguro, y a veces siento que soy yo el mal pensado.

-El problema, mi amor es que siempre estás al límite con tantas ocupaciones.

Mira nuestro noviazgo nomás, casi no nos vemos en toda la semana, piensan mis amigas que soy de otro planeta llevar lo nuestro así, faltando tan poco para la boda ¡que será entonces el matrimonio!

Ambos rieron.

-Es verdad, pero sabes que pronto arribaremos al resultado entonces la fórmula será un hecho, y como lo prometí, todo será diferente en adelante.

-Hola Roberto, hola amigo ¿Cómo estás? - se oía la voz de Allen por el teléfono.

-Bien, celebro escucharte después de tanto tiempo sin saber de ti, ¿Qué se te ofrece, "Desaparecido en acción"?- Respondió Roberto, Gerente de la empresa se seguridad más grande de la zona.

-Te hablo por un joven conocido que puede serte muy útil en tu negocio-

-No se te ve nunca y cuando llamas es para pedir un favor ¡oh, esto sí que es el colmo, después de esta me deberás uno de esos asados que sabes hacer muy bien! - dijo en tono de bromas.

-Correcto amigo, lo tendrás, te debo algo así.

-Bien, envíame al chico, Adiós.

-Si, adiós y gracias.

El asado a las brasas sabía exquisito y los comensales disfrutaban a pleno.

Las familias reunidas conversando alegremente, niños corriendo por doquier, risas, música, no faltaban ningún ingrediente para celebrar esa noche el cumpleaños de Ana.

Con un vaso con bebida y hielo conversaban Allen y Roberto:

-¿Cómo se está desenvolviendo el muchacho que te recomendé?

-Bastante bien para ser un novato, aunque cumple tareas menores y asistidas por otros con experiencia, sabes que las agencias de seguridad suelen encontrarse con situaciones difíciles.

-De acuerdo, ahora escucha amigo, te haré un pedido más, y disculpa el atrevimiento.

-Bueno, dime.

-Necesito que lo envíes a las guardias que estás tomando en la empresa.

-Escucha Allen no creo que tenga la experiencia necesaria todavía para hacer guardias nocturnas en tu planta, quizás en un par de meses podría…

-Necesito tenerlo allá ahora- interrumpió Allen - por favor, amigo.

-Está bien, al fin y al cabo, es tu empresa, vos sabrás lo que haces

-Te lo agradezco nuevamente.

-Bien, de acuerdo - y levantando el vaso vacío agregó- necesito más combustible.

Riendo se sumaron al grupo. La fiesta continuó.

La mesa y tres pocillos de café era el centro de la conversación recién comenzada.

Allen tomó la iniciativa:

-Los cité porque tengo un asunto que resolver.

Atentos y en silencio Alexis y su hermano menor Gustavo oían cada palabra de su jefe.

-Mira- dijo dirigiéndose a Gustavo- ya con Alexis estuvimos investigando algo. Creo que mi socio está tramando algo y la conclusión es que lo está llevando a cabo después del turno de trabajo. A partir de ahora necesito contar contigo por la noche que es tu turno como sereno. ¿Estás de acuerdo?

-Si señor - contestó el joven.

-Correcto, cualquier situación fuera de lo normal me lo informarás al instante a mi celular.

-Como usted diga - respondió.

-Supe señalarle que hay irregularidades en las entregas cuando usted se ausenta - apuntó Alexis.

-Correcto, pero sospecho que es mucho más que eso.

Sigan adelante, estén con los ojos y los oídos bien abiertos, cuento con la lealtad de ustedes.

Los jóvenes le extendieron la diestra y se retiraron de la habitación.

Pensando en qué habría de acabar todo aquello, apuró el café y se fue.

Dormía soñando estar nadando en un lago placenteramente de pronto el sonido de un zumbido le inquietó no alcanzaba a ver de dónde provenía, el sentimiento de una embarcación a motor lo embestiría lo alteró y ahora nadaba de manera desesperada, el sonido se hacía más fuerte percibiéndolo a sus espaldas. Sintió morirse y a punto de sentirse perecer se despertó todo sudado.

Despierto ya, aquel zumbido continuaba, procedía de su mesa de luz junto a la cama y el causante resultó ser el zumbido del teléfono celular llamando.

Rápidamente atendía al momento que de reojo registraba la hora

Eran las 3 de la madrugada y quién llamaba resultó ser Gustavo, el joven guardia nocturno

-Señor Costa le advierto que están ocurriendo movimientos raros aquí en su planta, su socio y personas extrañas ingresaron hace más de media hora. Creí conveniente avisarle a pesar de la hora.

-Hiciste bien, trataré de llegar lo antes posible, sigue observando y espérame en la puerta lateral, y que nadie te descubra.

Los neumáticos chirriaban en las calles oscuras y ausentes de movimientos, en la madrugada.

Cada segundo su indignación mezclada con rabia le impulsaba a levantar la velocidad, y cada kilómetro le parecía una eternidad.

De repente un camión recolector de basura avanzando en sentido contrario ocupó toda la arteria.

Impactaron con gran fuerza, el estruendo de los metales pareció espectacular en contraste con el silencio de la noche.

Salió del desvanecimiento sintiendo voces alarmadas y las bolsas de aire presionando su cara asfixiándole.

Intentó moverse, pero no le fue posible, nuevamente cayó en la inconsciencia, estaba herido y choqueado.

Tres meses después se hallaba aún en un hospital, con un brazo y el tobillo izquierdo enyesados.

El dolor de las contusiones y heridas, aún requería calmantes.

-Ojalá hubiera calmantes para las heridas del alma- pensó mirando a través de los cristales de la vieja ventana de la sala.

Pensando en todo lo perdido y su condición, se sintió desolado.

______________


SIETE AÑOS DESPUÉS

El resplandeciente sol avanzó sobre las copas de los imponentes robles, proponiendo un nuevo día de verano en la ciudad de Los Cóndores.

Una brisa bienhechora permitía apreciar fragancias con diversos perfumes; desde lejos las desprendidas por los sembrados, y más cerca, la de los jardines vecinos. «Una mañana espléndida» –balbuceó Ana y abrió de par en par las ventanas de la cocina.

Pasados unos minutos, el exquisito aroma del café recién hecho, como un néctar mágico, inundó la casa. A la invitación del aroma tentador, respondían desde los dormitorios singulares ruiditos como presagio de una actividad que comenzaba.

El almanaque en la pared indicó que era domingo y lo corroboraba la quietud ufana mostrada por la ciudad. Sin embargo, lo vivido en el interior de la casa de Allen Costa era de un contraste notable.

Razones sobraban porque, en media hora, debían acudir a la capilla para el culto matutino.

Durante el desayuno la familia comentó entusiasmada el hecho que después del servicio dominical, saldrían de vacaciones por dos semanas.

Entraron al templo apresurados, abriendo las puertas y en el interior se hallaban Walter y Noemí, ambos pastores de la iglesia, que de manera casi automática, cada uno desplegó los postigos de cedro permitiendo así la luz brillante del sol colarse a través de las cortinas de lino.

Intercambiaron saludos y entusiasmados, ayudaron en la actividad de preparar todo lo previo a la reunión

La iglesia construida con buen gusto, en un prolijo estilo inglés, se hallaba plantada en medio del terreno. Adornada con cipreses y canteros con flores, la rodeaba una vereda hasta la entrada rematando en un pequeño atrio con pérgolas. Pintada de blanco con el techo cubierto de tejas coloniales de color rojo, este edificio se constituyó con el tiempo, en el lugar de adoración para un puñado de residentes del pueblo y vecinos de las regiones circundantes.

Los primeros fieles llegaron faltando unos minutos para las diez. Los Costa, sin embargo, tenían todo preparado. Aún así Allen revisó cada detalle a la vez que saludaba a los recién llegados, en tanto que Ana, responsable de la música, ensayaba los acordes en el teclado.

Los niños vivían este día con aceleración especial, para ellos el culto no tenía importancia alguna; transportados en pensamientos a las montañas, tan solo este serviría para probar sus paciencias.

Impecablemente vestida, Alicia, la hija mayor, se ubicó en el asiento de costumbre. Muy quieta y cumplida, aunque algo nerviosa, miró repetidas veces a su mamá con la intención de transmitirle que todo iría bien. No obstante Ana, desde el teclado dirigiendo los cánticos, no dejó cual guardiana fiel de controlar cada movimiento de sus hijos.

Rolando, el más movedizo, a pesar del control, les comentó a los otros jovencitos las programadas vivencias de los próximos días en las montañas.

Timoteo, el más pequeño, sentado al lado de su padre, sacudía los pies que no le llegaban al suelo, mientras jugaba entretenido con una brújula; trofeo obtenido en la revuelta del depósito, cuando sus hermanos sacaron a la luz (después de casi un año) los elementos para el campismo.

Posterior a los cánticos, los últimos acordes ejecutados por Ana en el órgano preparaban el ambiente. Una distendida quietud se produjo momentos previos al mensaje.

De camino hacia el púlpito, el pastor experimentó cierta sensación de nerviosismo y regocijo a la vez. Sabía que su vocación suprema, para lo cual vivía, consistía sin lugar a dudas en hablarle al pueblo lo recibido de Dios, no obstante, ese día percibía una sensación extrema.

Esa mañana, sintió fuerte y nítida, la majestuosa presencia divina moverse a su alrededor. De frente al rebaño saludó inclinándose, luego, con frases breves saludó a la congregación, y procedió a entrar de lleno en el sermón preparado para esa mañana.

Ordenó los pensamientos mientras contemplaba el auditorio colmado de asistentes.

En la primera parte del mensaje, se refirió a la esperanza de los hijos de Dios en aquella hora gloriosa que el mundo experimentará cuando Cristo vuelva. Siguió luego señalando la preparación previa que Dios, por medio de su Palabra, aconseja adoptar a los íntegros y fieles.

Emocionado, Allen notó como las palabras de Walter fluían con un calor especial y parecían golpear su pecho y la conciencia.

El silencio de los oyentes en el recinto era notable, con una concurrencia casi total, los presentes le escuchaban muy atentos y en el aire se percibía una santa presencia.

A medida que fueron transcurriendo los minutos, Allen se sentía más y más invadido por una presencia divina especial rodeándole.

Al concluir el sermón, todos se levantaron espontáneamente de sus asientos, y en aquella pequeña congregación rural se notaba que la gloria de los cielos había descendido. Ana entonó una canción.

El resto le imitó hasta formar un gran coro. Muchos lo hacían con mucha emoción. Los ojos humedecidos por las lágrimas y la ternura que les invadió, hizo del momento algo muy especial.

El culto llegó así a su fin. Allen, impresionado y pensativo por lo ocurrido, se sintió emocionado.

Sabía hacía tiempo ya, que debía definir en su corazón y dar un paso de fe de entrega definitiva a Dios

Su mente reflexionaba. Por un lado, repasó cada momento de la reunión; y al mismo tiempo atendía a los saludos recibidos, que también ese domingo serían especiales debido a su partida.

Con demostraciones de cariño y afecto, les desearon con sinceridad que disfrutasen de sus merecidas vacaciones.

Acompañando a los últimos hermanos hasta la parte exterior, estrecharon la mano a uno y otro.

Saludando especialmente a sus pastores, bajó los escalones del portal, pero sintió el impulso de volverse a mirar desde allí el interior del recinto. Por algunos segundos se detuvo a pensar en aquello que hizo arder el corazón.

La urgencia implícita en el reclamo de sus hijos, lo hizo volver de la meditación.

Sabía que en el corazón aún guardaba rencores del pasado apretándole en momentos como una garra en su interior.

Los sentimientos encontrados produjeron una lucha interior, no obstante, como vino sucediendo desde hacía tiempo supuso otra vez que habría tiempo para aquello y decidió posponer todo el asunto para más adelante.

Las horas siguientes se fueron en preparativos. Bultos de todo tamaño como: asientos plegadizos, colchas, bolsas de dormir, canastos con alimentos, valijas, maletas, carpas, elementos para juegos, hasta los tres salvavidas inflables y una serie de elementos más que desparramados por el suelo de la casa, daba la sensación de que haría falta un remolque, pero la víctima era sin duda la camioneta de Allen, a la que le había revisado cada detalle para una feliz partida.

El ruido del motor era parejo y el vehículo comenzó a trepar por la ruta. Dejando atrás la ciudad, pasaron por el cordón que circunvala a la misma.

Con quintas y granjas prolijamente agrupadas a uno y otro lado de la carretera, podía verse la zona más importante de la comarca. Los laboriosos agricultores le proporcionaban sin duda, vida y solidez a la ciudad.

Mirando aquello Ana suspiró.

¡Qué experiencia aquella! - haciendo una pausa prosiguió- Frente a lo extraño y desconocido me sentí insegura. No olvidaré los momentos de nerviosismo que pasé a causa de nuestra mudanza desde una ciudad imponente a este pequeño poblado.

Han pasado siete años desde aquel día.-dijo él.

El tiempo ha pasado veloz –susurró Ana mientras se acomodaba satisfecha en el asiento.

En un viaje tranquilo y placentero, de vez en cuando, avistaron en las casonas a los granjeros que disfrutaban del merecido descanso dominical. Con rumbo a las montañas, prosiguieron la marcha. Ana se volvió para observar a los niños que amodorrados viajaban recostados sobre los bultos.

Allen en cambio, retrocedía en su memoria hasta los comienzos referidos por Ana. Recordó cuando su pastor le habló sobre la posibilidad para ellos de radicarse en el interior de la provincia.

-Tengo un amigo pastor que los recibirá gozoso, pues necesita de ayuda en aquel lugar donde está sirviendo. -fueron las palabras de aquel anciano sabio refiriéndose a Walter.

Resultó difícil al principio tomar una decisión, muchas cosas tuvieron que pasar hasta reconocer sin ninguna duda, que el lugar para empezar una nueva etapa y servir en la iglesia era este.

Sin embargo, no les quedaba otra alternativa, debido a los hechos, era imperante salir de la ciudad.

Durante siete años aprendieron a amar y trabajar con dedicación en aquella comunidad.

Cuando llegaron no encontraron nada para entusiasmarse.

Empezar de nuevo y reconstruir desde cero el negocio y adaptarse al medio, tanto el matrimonio, como los niños, resultó extenuante.

La relación con Walter dio comienzo en momento de hallarse la capilla a medio construir requiriendo muchas horas de trabajo y debido al hecho de no contar aquella ciudad con un pastor durante varios años, los pocos creyentes estaban dispersos y desanimados.

Con los sentimientos heridos, los hermanos demostraron actitudes de mucha desconfianza; guardaban un lógico temor a ser dejados como les ocurrió en el pasado. Nunca imaginaron –pensó Allen–, que producían-más de una vez en los noveles residentes del pueblo-, el deseo de abandonar el lugar.

Los días aquellos consistían en trabajar duro y animarse uno al otro, obteniendo como resultado una amistad destacada en fidelidad y amor fraternal.

Hoy las cosas habían cambiado. Establecidos en el lugar, con un negocio prosperando cada día y experimentando junto a Walter y Noemí la satisfacción de ver la capilla terminada y la congregación unida con lazos de amor fortalecidos, después de batallar por varios años con pruebas y luchas.

Sí –se dijo para sus adentros Allen–, ¡Dios es fiel!

En la calurosa tarde de verano, Allen condujo por las sierras de la provincia de Córdoba según el tiempo previsto. Atravesó las primeras montañas hacia el valle que hace de marco al gran lago. Divisó el sitio para acampar a la derecha de la ruta, entró en la senda de tierra, obligado a disminuir la velocidad, y continuó el resto del camino a marcha lenta. Advertidos, los niños pegaron las narices a la ventanilla mirando, riendo y dando grititos de alegría.

Arribaron al fin al lugar donde se establecerían, estacionaron junto a un pequeño mirador bajo dos paraísos. Adelante, el lago les regaló una vista maravillosa, obligándolos a contemplar gustosos por un momento aquella belleza semejante a una postal. «Instalaremos el campamento en el mismo sitio que el año pasado» –dijo Allen.

A pocas horas para finalizar el día, terminaron de acomodar todo antes que oscureciera. Ana y los chicos bajaron los bultos, mientras él buscó la manera de trabar las ruedas de la camioneta.

¡No puede ser! -gritó sorprendido Rolando a su mamá.

¿Qué sucede? –respondió el padre mientras cargaba una piedra de regular tamaño.

Amor –interrumpió Ana – dejamos las carpas en casa.

¿Qué dices?… ¡Oh no! –Se lamentó - tendré que volver a buscarla.

Menudo problema.

Mientras aseguraba una rueda con la piedra, todos hicieron silencio y observaron los movimientos del jefe de familia.

Está bien –se enderezó y suspirando dijo, -sigamos descargando el equipo. Esta noche dormiremos en la camioneta y mañana volveré por las carpas. Según veo, no queda otra salida.

–¿Cómo nos arreglaremos? –preguntó Ana.

–Tú con los niños dormirán atrás y yo me acomodaré en la parte delantera.

–Dormirás encogido en el asiento –dijo ella.

No te aflijas, es sólo una noche –y agregó - Con todo lo trajinado hoy ni lo voy a sentir.

Un alero con un fogón y asador, una mesa chica y la pileta con agua caliente y fría, sería la cocina comedor por los siguientes días. En el centro, una mesa con asientos fijos construidos de cemento fue arreglada para la cena.

Ana estiró el mantel, los demás pusieron sobre él los cubiertos, los platos y también los alimentos.

–Somos casi los únicos en todo el campamento –dijo Alicia con asombro.


Allen ya sentado a la mesa bebiendo un refresco dijo:

Irán llegando más los próximos días –después de un sorbo añadió – Esto se llena de gente en plena temporada.

–Pero a mí me gusta así –repuso la niña.

De manera que así no tendré a otros niños con quien jugar –comentó preocupado Rolando.

Está bien, está bien... ahora lávense las manos para comer –en tono de orden les dijo la madre y añadió. - no te preocupes tanto hijo, en estos días te cansarás de jugar, ¿verdad?

–Eso espero mamá.

Cenaron mientras charlaban ruidosamente. Concluido el ágape, Ana sirvió sendas tazas de café, alcanzando una a su esposo y otra para ella.

Mientras oían la voz del padre, Ali y Rolando se dirigieron al vehículo–dormitorio: «Bueno, es hora de dormir y todavía hay que preparar lugar para todos.»

Allen y Ana, con el pequeño Timoteo dormido en los brazos, reposaron en las sillas bajo la noche fresca y agradable.

La parte trasera del vehículo pasaba por la metamorfosis de convertirse en el lugar de descanso de Ana y los chicos.

La caja de carga de la camioneta contaba con una cúpula con compuerta trasera, dos ventanillas a los costados y el interior iluminado. Las bolsas de dormir, colocadas una al lado de la otra, cubrieron por completo el piso interior.

Él lavó algunos utensilios, siendo el último en arrimarse a la camioneta, donde amontonados, se aprestaban a dormir los demás.

Abriendo la compuerta trasera, miró a su familia y con una sonrisa dijo: «Felices sueños tribu.»

De rodillas y ya vestida para dormir, Ana le extendió una frazada y su almohada. Algo nostálgica se despidió con un beso.

–Buenas noches, amor.

–Claro... buenas noches a todos...

Detrás de Ana, los chicos entre brincos y risitas besaron a su papá y se despidieron de él.

Cargando la ropa, enfiló hacia la cabina después de cerrar la compuerta.

–No dejen mucho tiempo la luz prendida, se agotarán las baterías –les advirtió.

Nooo –contestaron a coro.

Estirado sobre el asiento, la cabeza le quedó a centímetros del volante. Encogido de piernas, podía solamente permanecer de costado. Sin duda no será una noche muy placentera –pensó resignado.

Amanecía y Allen durmió sólo a ratos. Sin darse cuenta, rozó con el hombro el tablero de instrumentos y sin quererlo encendió la radio. El ruido lo sobresaltó y lo sacó de la modorra. Como pudo apagó el transmisor lo más rápido posible. Miró el reloj que señalaba las cinco y cuarenta y cinco de la mañana. Tenía las piernas entumecidas, entonces accionó con un pie la manija de la puerta y con el otro la empujó para abrirla. Libre para estirarse, sintió un alivio enorme. Colocándose de espaldas, se relajó y sin darse cuenta quedó dormido de nuevo.

Volvió a despertarse a las seis y treinta y estirando los brazos en dirección a los pies, se desperezó. Por algunos segundos permaneció quieto, sin percibir movimiento alguno detrás. Entonces decidió levantarse y dejarlos dormir un rato más; creyó que lo necesitaban, la jornada anterior sin duda había sido agotadora.

Saltó de la cabina después de calzarse los tenis, atrapado por el paisaje de hermosa quietud, aspiró profundo y decidido a ganar tiempo preparó el desayuno. Sabía de sobra que el viaje en busca de las carpas le llevaría gran parte del día.

«Cuando bajen a desayunar, entonces podré partir»
–balbuceó.

Lo preparó todo y sentado gozó del momento. Mientras saboreaba el café, disfrutaba embelesado del paisaje.

Se regaló aquel episodio prolongándolo en el tiempo, aún así nadie se movía en el interior del vehículo. Saliendo del éxtasis, dejó la taza y se dispuso a oficiar de despertador. Su familia, al parecer con sueño tan pesado como de marmotas, no daba señales de vida. Abrió la portezuela llevándose la sorpresa que nunca hubiese imaginado. Con asombro y consternación se quedó viendo el interior: ¡NADIE ESTABA ALLÍ!

«¡No puede ser!» –se dijo. Alzó la vista para ubicar los sanitarios y duchas no lejos de donde estaba. Pero ¡qué raro! –pensó mientras caminaba hacia ese lado.

Avanzó tratando de ordenar sus pensamientos. Apresuró el paso mientras miraba para ambos lados con la esperanza de ver algún indicio de la presencia de Ana y sus hijos.

«¿Hay alguien aquí?» –gritó parado en la puerta de los tocadores. La voz retumbó en el recinto vacío sin hallar respuestas.

«¡Ana, Alicia, Rolando!» –volvió a gritar más fuerte y en todas direcciones. «Algo extraño pasa aquí. ¡Esto no puede ocurrir! ¡Ah mi Dios!, ¿Qué ha sucedido?» Las expresiones fueron el fiel reflejo de su dramática preocupación.

Volvió de prisa y se encaramó a la camioneta. Hizo funcionar el motor y puso marcha atrás para salir rápidamente, olvidando que él mismo la había trabado la noche anterior. Esto comenzó a ponerlo más nervioso todavía. Saltó de la camioneta, quitó la piedra y al arrojarla miró alrededor con desesperación. Salió hacia atrás con violencia, luego aceleró hasta la administración. Con un golpe empujó la puerta, el encargado se encontraba allí frente a un televisor encendido. Corrió hasta el mostrador para encontrarse del otro lado junto al hombre, con la misma sorpresa y asombro que él. Pareció por un instante que ambos, con la misma expresión, se miraban en un espejo.

¡Mi familia desapareció anoche! –exclamó desgarrado Allen.

Bueno... bueno –dijo el hombre mientras se rascaba la cabeza- Al parecer amigo, usted no es el único –y señaló al televisor mientras decía: Desde temprano están informando que hay miles de desaparecidos al igual que su familia.

¿Qué? ¿¡Qué dice!? –fue el grito de asombro de Allen.

Vea, vea –dijo el encargado, con una invitación a acercarse a la pantalla.

Los informes se sucedían unos a otros sin parar. Al mirar absorto la televisión, Allen que permanecía parado sintió que las piernas le temblaban en tanto que el administrador encendía un cigarrillo tras otro.

¡Esto es increíble –dijo mientas soltaba una bocanada de humo-, por todo el mundo hay desaparecidos! ¡No entiendo nada! ¿Será real esto o es una broma pesada? Posiblemente un grupo comando asaltó el canal y por eso está pasando todo esto.

Los locutores son los mismos de siempre y no parecen fingir –observó Allen y añadió. - Bueno, adiós, tengo que irme –y salió disparado.

Se subió al vehículo y salió a toda velocidad hacia la ruta. A la vez prendió la radio.

«Dios Santo, dime ¿qué pasó? No entiendo, pero...»
–rogó.

La emisora local también bramaba con informes. Mientras intentaba mantener la camioneta en la calzada yendo a gran velocidad, Allen escuchaba las noticias.

«El día amaneció sofocante en la ciudad –decía la voz. La ciudad está despierta desde la madrugada y conmovida. Hay desolación y tumultos con personas muy nerviosas por todos lados. Un rumor comienza a incrementarse. Muchas desapariciones se están registrando minuto a minuto. Muchas ausencias comienzan a notarse. Voces de angustia – agregó y sorpresa en la gente.

»Las casas literalmente vomitan a sus moradores. Sin embargo, para otros es como si nada hubiese acontecido; no obstante, se suman como curiosos observadores a los grupos que con desesperación buscan respuesta a todo este fenómeno.»

Cada instante transcurrido lograba ponerlo más ansioso y ya era un bólido que descendía de las montañas, haciendo chirriar las gomas en cada curva.

Divisó un auto estrellado en el lado opuesto, aminoró con intenciones de auxiliar. Estando cerca advirtió que no había nadie dentro.

«¡No puedo creerlo! –dijo mientras aceleraba a fondo nuevamente. -Tengo que llegar a la ciudad cuanto antes.»

«Siguen llegando noticias –prosiguió la voz en la radio – Esta mañana los niños han faltado a las escuelas de verano y es multitudinaria la denuncia de sus desapariciones. En las fábricas y negocios se notaron las ausencias de obreros, tanto de mujeres como de hombres. Poco a poco los rumores siguen creciendo y lo que parecían hechos aislados, ahora es general.

»Tenemos conexión con nuestros móviles en la calle.»

El reportero entrevistaba a dos jóvenes repartidores de refrescos.

¡El camión está sin chofer!

¿Cómo es eso?

–Este... no sé... el que conducía desapareció ante nuestros ojos. ¡Es increíble!

¿Cómo describiría lo acontecido?

–Así como se lo digo: en un instante desapareció.

El reportero ahora habla con un hombre que todavía viste pijamas.

–¡Desapareció mi esposa! Dormíamos en la misma cama y de repente no estaba.

–¿Usted vio algo raro? –interrogó el periodista.

No,… bueno sí... ocurrió en un instante, como si la absorbieran desde el techo...

Un tercero informó: «Me hallaba en el banco, haciendo cola para abonar algunas boletas y la persona parada delante de mí se esfumó, lo mismo sucedió con el cajero.»

Los informes se sucedían continuamente. También en el mismo tono comenzaban las noticias a nivel internacional.

«No queda ninguna duda de que algo tremendamente extraño ha sucedido en el mundo entero.»

Unos pocos kilómetros restaban para llegar a la ciudad. Miró el reloj, era la una de la tarde. El camino en aquel último tramo tenía menos pendiente y sin pensar en el peligro, condujo al máximo de velocidad.

En la radio comenzaron a llegar las primeras precisiones.

«Se ha comprobado que cerca del treinta por ciento de los habitantes desaparecieron de manera misteriosa. Se están investigando las causas. Parece ser que este hecho se ha repetido en todas las ciudades; estamos en conexión permanente y seguiremos informando minuto a minuto.»

A los últimos datos periodísticos le siguió un momento musical, esto permitió que Allen volviese a sus propios pensamientos: Es el rapto, no hay duda. Ana y los niños fueron llevados a la presencia del Señor. Pero entonces ¿Cómo es que yo estoy aquí? No entiendo. Dios mío, ¡dime, por favor, que esto no es real! ¡Qué angustia! ¡Quisiera morir!

Adelante se divisaban las primeras granjas en las inmediaciones de la ciudad de Los Cóndores.

«¡La granja de los Morales!» –Exclamó como si llevase un acompañante que lo escuchara. Cristianos y miembros muy queridos de la iglesia, la familia Morales eran agricultores de la zona. ¡Cómo anhelaba hablar con ellos! Ya no soportaba sentirse solo y aislado del mundo que de pronto se encontraba convulsionado por un acontecimiento increíble y sin precedentes.

Recorrer los kilómetros restantes le parecía una eternidad. En la zona de las granjas, vio para más asombro, que algunos hacían las tareas del campo como si nada aconteciera.

Por la mano contraria varios camiones que volvían del mercado en fila. Un automovilista quiso adelantárseles y lo obligó a tirar la camioneta a la cuneta. Pisó esta con las ruedas derechas, a tiempo que con estridencia sonaron los bocinazos. Con mucho trabajo logró subir otra vez a la calzada. « ¡Faltó poco!» –susurró.

Después del percance, distinguió la entrada a la granja de Morales. Levantó el pie del acelerador, pero entró lo bastante fuerte como para levantar mucho polvo. Paró violentamente y descendió tropezando por la prisa.

La perra guardiana de la casa, atada, no cesaba de ladrarle. Este recibimiento no le atemorizaba porque la conocía; más bien aumentó su tensión nerviosa y preocupación. Corrió hasta la vivienda y comenzó a llamarlos por sus nombres. Nadie le contestó, tan solo el recinto le devolvía el eco de la voz. Titubeando, avanzó hacia el interior y sintió la misma sensación que arriba en las montañas. Con cierta resignación se dio cuenta de que se encontraba completamente solo en aquella casa.

Como si fuese el protagonista de una pesadilla, aceleraban los latidos de su corazón con cada minuto que pasaba. Se desplomó en el sillón de la sala sin saber qué hacer. Casi instintivamente prendió el televisor que tenía frente a él. El aparato parecía una continuación de la radio y las noticias seguían martillando su cabeza segundo a segundo.

La mujer en la pantalla, entregaba noticias que decía eran informes especiales fuera de programación.

«Se está corroborando este dato –decía la cronista – pareciera que todos los bebés y niños se dan por perdidos.

»Hemos consultado –afirmaba – a diversas autoridades sin obtener respuesta alguna, pero se ha observado que en las altas esferas se percibe el mismo fenómeno. Reina inquietud en toda la población, tanto en lugares de trabajo –continuaba informando mientras mostraban vistas fílmicas, tanto como de lugares de esparcimiento, vecindarios y medios de transportes- Se informa gran cantidad de desapariciones de personas sin que se conozca el paradero.»

Al mismo tiempo, el canal de televisión se enlazaba con otras agencias noticias y mostraban lugares de todo el mundo. La voz seguía relatando.

«Vemos imágenes sorprendentes en todas las naciones. Tanto en poblaciones rurales como en las grandes ciudades hay desaparecidos. No se asocia el fenómeno a factores políticos o sociales. Se está tratando de elaborar una opinión concluyente sobre la base de los testimonios.

Nos llega el caso de un pastor de cabras y ovejas en las afueras de Grecia que observó una gran cantidad de luces elevarse al cielo. Así también en las afueras de Roma, un transeúnte vio perplejo que la tierra comenzaba a encenderse, como si una ciudad subterránea cobrara vida. Seguidamente, aquellas luces brotaron sobre la superficie para desaparecer en el infinito. El mismo lugareño siendo conocedor del lugar, dijo que el terreno era un antiguo cementerio del siglo primero.

»También se consideran diferentes hipótesis –seguía el periodista con evidentes muestras de que las noticias eran recientes, diferente al procesamiento habitual debido a la urgencia – Algunos dicen que debe de ser una potencia oriental que está succionando a las personas para experimentos genéticos. Otros señalan que están tratando de dominar la Tierra con nuevas armas. También se dice que podría tratarse de una traslación a otro planeta.

»Un grupo de políticos sociólogos y los adelantados de la Nueva Era, se han reunido para investigar las causas de este increíble fenómeno mundial. También se están estudiando antiguos manuscritos para tratar de descubrir algo y así dar alguna explicación.

»Nos llegan cables de todo el mundo que expresan con insistencia que ninguno de los países denominados potencias es responsable de lo que está sucediendo.

Tampoco –agregó intentando dibujar una sonrisa – se ha notificado el inicio de una nueva guerra a excepción de las ya registradas en el planeta.»

Esto era suficiente para Allen, quien apagó el televisor. Quedó quieto y pensativo por varios minutos. El reloj indicó que eran pasadas las cuatro de la tarde.

Se levantó lentamente como si el cuerpo le pesara una tonelada, buscó leche fresca y se la llevó a la perra que la devoró con rapidez. Allen la desató y dijo: «Bueno mi amiguita, tendrás de ahora en adelante que arreglártelas solita.»

Lucy movió algo la cola y salió disparada para la casa, entró en ella lloriqueando y olfateándolo todo. Después, sentada en la sala de estar, aulló de forma lastimera. Allen sollozó conmovido al observarla.

Fue con la camioneta hacia el granero, la guardó allí, se despidió de Lucy y se encaminó a la salida.

Con mil pensamientos prensados en la cabeza caminó tambaleándose debido al shock y la confusión y habiendo andado un trecho por la ruta advirtió detrás de él a un autobús interurbano aproximándose.


CAPÍTULO DOS


El transporte lo trajo a la ciudad a ritmo cansino. Con pocos pasajeros, el chofer no dejó de hablar con una mujer de edad, sentada en el primer asiento, sobre lo ocurrido.

Llegaron a la terminal a las seis de la tarde. Hubiese preferido viajar hasta el infinito. ¿Qué haré ahora? –pensó al descender del autobús.

Se desplazó con cuidado por la estación evitando las personas. Sintió horrores al solo pensar que podría ser descubierto. Salió a la calle un poco más liberado, caminó con la cabeza baja y subida la solapa del abrigo para ocultar el rostro lo más posible. Por suerte nadie reparaba en ese sujeto de zapatillas y pantalones vaqueros, y que en realidad se trataba de él, un miembro reconocido de la iglesia de la calle Urquiza.

Precisamente hacia allí se dirigía. Sintió mucha curiosidad de pasar y, de todos modos, cerca se encontraba su domicilio. Afligido se resistía llegarse hasta la casa. ¿Qué haría en ella después de todo?

Al aproximarse descubrió frente a la capilla a un grupo de personas agrupadas cerca de la entrada. El corazón le dio un vuelco al crecer su miedo de ser reconocido. Rápidamente dio vuelta por la puerta de atrás y se coló por un patio, luego se introdujo al fondo de la iglesia saltando una tapia.

Con extrema cautela se deslizó junto a la pared, acercándose hasta el frente; pretendía escuchar las versiones de los vecinos. El gentío concentrado y atento crecía con la constante llegada de los curiosos. Allen, al necesitar acercarse más aún para lograr escuchar con claridad, de manera audaz corrió hasta un árbol junto a la reja de la iglesia. De un salto trepó y ya en el follaje movió algunas hojas hasta ver a la perfección el escenario. En una posición privilegiada, escuchándolo todo, podía ver los rostros sin que a la vez pudiera ser descubierto.

El tema convocante de la población, por supuesto, se debía a los acontecimientos acaecidos desde las primeras horas de la mañana. Todos visiblemente preocupados, se arremolinaban procurando recibir respuestas concretas con relación a la inmensa cantidad de desapariciones ocurridas en el mundo entero.

Avanzó la hora y concluía así aquella jornada de trabajo tan convulsionada. La población abandonaba sus lugares e iba a la calle; la mayoría sin ningún interés de retornar a sus casas. El núcleo de los convocados discutía entre sí de manera apasionada. En tanto, otros escuchaban la radio, y hasta una mujer portando un televisor portátil que observaban todos con atención. Cada uno aportaba lo suyo y nadie podría dudar que el asunto fuera para largo rato.

El asombro de Allen fue mayúsculo cuando entre la gente pudo distinguir a varias caras conocidas, algunas de ellas incluso asistentes asiduos a las reuniones de la iglesia. Eran estos los que más participaban, y hasta varios de ellos portaban Biblias.

La de mayor elocuencia era María Ester. Una mujer de algo más de cincuenta años, delgada, algo nerviosa en sus gestos, y que abría sus ojos al hablar mientras sostenía la Biblia abierta contra su pecho.

« ¡Ha ocurrido el rapto! – Decía – Así lo enseñaba el pastor. Yo lo leí varias veces aquí en la Biblia, se los aseguro. ¡Está escrito! Lo sé. Nada más que ahora no encuentro donde. Este...bueno... Sucede que yo nunca fui fanática.»

Otro hombre a su lado comentó: «La desaparición de personas se está comprobando que corresponde principalmente a congregaciones cristianas. ¡El porcentaje de desaparecidos es altísimo!»

«Es verdad –añadió un tercero – Se está llegando a la certeza de que los desaparecidos son niños y cristianos, es decir, gente que había hecho de la fe en Jesús su forma de vida.»

Entre los reunidos participó un gordo uniformado. Era el subjefe de la policía local. Se veía algo nervioso. Su esposa e hija eran miembros de la misma iglesia a la que pertenecía Allen y para entonces –aún por el departamento de policía - consideradas como desaparecidas. Él agregó: «Casi toda la gente desaparecida se conocía en la localidad como comerciantes y vecinos de buen testimonio. Algunos de ellos mostraron un evidente cambio en sus vidas al abrazar la fe en Jesucristo.»

Otra vez habló la mujer delgada: « ¿No les digo? El fanatismo los llevaba a creer que este libro –señaló con su índice huesudo la Biblia – era la única revelación de Dios.»

El subjefe policial añadió: «Mi esposa siempre me advirtió que, si no creía, un día podría ser demasiado tarde. Y me decía –tiró su gorra hacia atrás e hizo un gesto en la cara esforzándose por recordar, que Jesús explicaba, no sé dónde, los acontecimientos del fin del mundo.»

De repente un jovencito que Allen reconoció, irrumpió en la escena: «Acá está. ¡Aquí lo tengo!» –alarmado mientras se abría paso hasta llegar al centro del círculo de reunión. En una Biblia, indicaba con el dedo la cita.

–Léelo –le dijeron.

Está en Mateo capítulo veinticuatro. Dice: «Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre. Entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo en un molino; la una será tomada, y la otra será dejada. Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor.»

La multitud que superaba ya a los quinientos, quedó por un momento en un silencio sepulcral.

El joven añadió: «Esta Biblia era de mi abuela. Ella falleció hace dos meses y siempre pedía que en su velorio se leyera lo escrito en la contratapa.»

Allen pensó: Sin duda su abuela debe tratarse de Olguita.

–¿Qué dice? ¿Qué dice? –vociferó nervioso el policía.

«Y los muertos en Cristo resucitarán primero –carraspeó el muchacho para aclararse la voz - luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire.»

¡Ay Dios! –dijo una mujer persignándose –. ¿Será lo que está ocurriendo en todo el mundo?

La mujer que Allen identificó como María Ester volvió a intervenir.

–¡Por supuesto! ¿No se los decía yo?

¿Y por qué te quedaste? –preguntó un hombre con voz insultante desde la multitud.

¿Qué es lo que pasa? – Preguntó el policía- nada de agresiones, ¿entendido?

Entonces sin importarles la presencia del oficial de policía, comenzaron los entredichos y también abundaron los insultos.

En vez de aclarar esto como se debe –vociferó un muchacho encaramado en la reja, están empezando otra vez con esas estupideces. ¡Maldición!

Los ánimos se empezaron a caldear. Otra mujer acalorada fijó la mirada en María Ester.

Lo que dijo ese señor es verdad. Si eras de esta iglesia –le dijo mientras le apuntaba con el dedo –, ¿me puedes decir por qué te quedaste?

Sí, usted es una murmuradora y una chismosa –añadió otra mujer –. A decir verdad, quizás yo hubiera venido a esta iglesia, pero gente como usted me hizo pensar que no valía la pena.

No comiencen a agredirse –advirtió el policía -. Seamos personas educadas. Yo verdaderamente no quise rendirme a Dios –con aquella declaración comenzaron a calmarse hasta apagarse las voces casi por completo –. Mi esposa Betty y mi hija eran maravillosas, muchas veces me hablaron y yo no quise escucharlas. A veces me burlaba o les ordenaba que se callaran. ¡Cuántas veces les prohibí venir a este templo! No sé, estaba molesto. Quizás por este trabajo en las calles, con frecuencia tan sucio... ¡Qué sé yo!

Asegurándose la gorra se abrió paso entre el grupo para ir hacia la patrulla. Tenía los ojos enrojecidos.

Señora –le dijo un anciano a María Ester –, usted estuvo cerca pero no lo alcanzó. ¿Qué piensa de todo esto?

El tono era amable. El anciano posó la mano sobre el hombro de ella. La mujer entonces comenzó a sollozar, pero fue en aumento hasta ser un llanto lastimero que trató de apaciguar tomándose el rostro con ambas manos.

El gentío se dispersaba poco a poco.

Quedaron algunos rodeando a los que tenían radio y a la mujer del televisor, mientras los comentarios seguían.

Allen se deslizó con cuidado del árbol, abandonando así aquel lugar estratégico de observación. Temblaba de la cabeza a los pies. Si supieran que estoy aquí –pensó aterrorizado.

Como un autómata se encaminó hacia su casa.

El sol caía lentamente, las sombras alargadas y multiformes se proyectaban como manchas oscuras sobre la vereda. Allen, destruido por dentro, prácticamente se arrastraba por la calle. El cuerpo parecía pesarle una enormidad.

Todo lo vivido en ese momento coincidía con lo que alguna vez pensó que pasaría: la Iglesia toda estaría de fiesta en los cielos con el Señor. Pero había algo que jamás se imaginó: QUE, A LA HORA DE LOS ACONTECIMIENTOS, ÉL ESTARÍA CAMINANDO POR ESA CALLE COMPLETAMENTE SOLO; SIN SU QUERIDA FAMILIA, SIN AMIGOS, SIN LOS HERMANOS EN LA FE A LOS QUE HABÍA APRENDIDO A AMAR TODA LA VIDA.

Pensando de esta manera, a una cuadra de su domicilio, se detuvo tras un cartel. Quería entrar sin ser visto, por lo que elaboraba un plan. Decidió al fin entrar a través del cerco de arbustos.

Rolando usó el hueco entre las plantas más de una vez cuando llegaba más tarde de lo permitido por su madre.

Dando un salto dentro del jardín, permaneció por un momento espiando entre las plantas. Parecía que no se advertía a nadie en las cercanías.

Como era el fin de jornada, los hombres regresaban de sus respectivos lugares de trabajo. Precisamente en ese momento, su vecino estacionó el auto a la entrada del garaje y como de costumbre, pasadas las siete de la tarde, entró a la casa con un maletín en una mano y el periódico en la otra.

Acabado el episodio, Allen se deslizó hasta el patio. En la galería, Ana supo colgar una campanilla que usaba a veces para llamar a los chicos para la cena. Dentro y atada con una liga de goma, escondía bien disimulada una llave de repuesto. La tomó y pasó a la entrada lo más rápido posible. Miró para todos lados, y abrió. Por fin entraba de forma furtiva a su casa. Las penumbras en el interior engendraron sentimientos peores aún.

Avanzó con cuidado a oscuras por la sala y de pronto tropezó con algo. A tientas descubrió las carpas olvidadas el día anterior. No aguantó más y lloró amargamente mientras abrazaba uno de los bultos gimiendo desconsolado. Pasó más de una hora así. Terminó con un agudo dolor de cabeza y los ojos recargados. Totalmente deprimido le pareció por momentos desfallecer. Desconcertado y sin saber qué hacer, dolorido inclusive por estar tanto tiempo postrado en el piso, creyó que iba a enloquecer.

Se acordó que en todo el transcurso del día no había comido nada, salvo el desayuno en las montañas. Sacó del refrigerador algo para una cena fría y al cerrar la puerta descubrió, fijada con un imán con forma de un osito panda, una nota de Ana: EL DOMINGO DESPUÉS DEL CULTO COMIENZAN NUESTRAS VACACIONES.

Comió mientras divagaba en confusos pensamientos. El ruido del agua hirviendo sobre la hornilla le hizo volver en sí. Mientras acababa una taza de té, guardó los restos de la cena en el refrigerador. Ocupado en lavar la vajilla se sintió mal. En el estado de nervios y aflicción que se encontraba, lo ingerido, le cayó tan pesado como una piedra. Se secó las manos y corrió al baño. Sin nada ya en el estómago, repugnado terminó en el sillón de la sala, apretándose el vientre con un almohadón. Poco a poco fue superando el trance. En medio de un silencio cómplice de su pesadilla, decidió prender el televisor.

Creyó huir a la realidad que asombrado vivía, pero el aparato insistió insensible en profundizar sus preocupaciones.

El desarrollo del programa consistió en entrevistas. Paneles compuestos por personalidades que vertían diversos conceptos sobre el tema. La imagen se centró en una dama de espléndida figura, que hablaba gesticulando.

Bueno, creo que en este momento debemos ser positivos –decía con una sonrisa fabricada – porque esta gran desaparición, en un sentido, es beneficiosa. Descomprimiéndose así la población mundial, nos espera un futuro espléndido, donde las condiciones de vida del resto de los habitantes serán mucho mejor.

¡Pero señora! – Dijo el conductor del programa-. Tengamos en cuenta que son millones. Además, literalmente el mundo se ha quedado sin niños. ¿Esto a usted no le importa?

Digamos entonces para hacer honor a toda verdad –dijo – ya se han producido en el mundo un sin número de nacimientos en condiciones completamente normales; y ecológicamente hablando, el planeta se encuentra intacto. Verificamos que los elementos para la vida, como el aire, el agua y todo lo demás, no han variado en nada.

»Por lo tanto –siguió hablando y a la vez moviendo las manos, mientras cruzaba las piernas y estiraba su minifalda – no tenemos porque temer, y sí enfrentar la vida con entusiasmo.

»¿No les parece a ustedes? –dijo a la cámara con los ojos exageradamente abiertos y una sonrisa en los labios.»

¿Qué opina doctor? –siguió el interrogatorio del periodista.

El hombre enfocado por el lente, era de una barba muy prolija. La nívea cabellera mostraba un cuidado perfecto. Tenía lentes con marco de oro. Mientras se acomodaba en el asiento, este señor indicó su elocuente perorata con aire de intelectual.

–Nosotros no descartamos un hecho de esta naturaleza.

–¡Sí!, ¿verdad? –dijo el reportero.

Evidentemente, nuestros cálculos apreciaban la necesidad de una reducción entre el veinte y el veinticinco por ciento de los habitantes; de lo contrario, en pocos años el planeta llegaría a un completo agotamiento.

–Bien, entonces ¿cómo explica el fenómeno de hoy?

Verá usted joven, no tengo en este preciso momento una respuesta exacta. Pero estoy completamente seguro de que la ciencia nos dejará satisfechos a todos, y en solo unos días estaremos totalmente conformes –se acomodó los anteojos decidido a proseguir – Aún así, existen variadas hipótesis que estoy considerando. Todo indica, si bien contamos con muchas preguntas sin responder, que se ha comprobado una gran energía brillante en extremo operando en el espacio inferior. Se calcula más precisamente sobre el límite de la atmósfera terrestre y el espacio. Esto nos lleva a concretar la atención de la ciencia y la tecnología en el cosmos.

Siguió con su análisis aseverando que los eventos del tercer tipo y el hecho de que existen seres de otro planeta, con tecnología mucho más avanzada a la nuestra, ya están pasando a ser algo sin discusión.

Además –continuó – lo ocurrido hoy nos muestra que estamos a merced de ellos.

–O sea doctor: ¿Esto puede volver a ocurrir?

Esperemos que no, pero el análisis realizado nos hace pensar que entre los males imaginables, como podría ser un ataque devastador con naves espaciales, lo ocurrido es beneficioso, puesto que, como señaló la señora, el planeta se halla intacto.

¿No será –preguntó el conductor del programa – que desean quedarse con la Tierra?

La pregunta quedó sin respuesta.

El tercer penalista era un rabino de unos cuarenta años.

–Tiene la palabra –le señaló el periodista. Estirado sobre la mesa con las manos entrecruzadas, se dispuso a dar su opinión.

En los minutos concedidos trataré de explicar lo que interpretamos de todo lo acontecido –dijo con voz pausada, dando a entender que poseía bastante argumento – Como primera medida, confieso no estar de acuerdo con lo expresado por el doctor, sin ánimo de ofender, por supuesto. Esto es inadmisible, dado que no existen pruebas concretas para tal hipótesis. En cambio, tenemos antecedentes en la historia de hechos semejantes, en alguna medida, a los vividos hoy.


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