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HÉROES DE CAJÓN



PIPER VALCA


© Piper Valca, 2018.

©de la portada: Tania Hernández. @laChirimoyo.
Edición del texto: L. M. Mateo.

Todos los derechos reservados

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del autor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley.

Agradezco a Jehová, mi amigo y guía.

A Luna Paniagua, Roberto Caldera, L. M. Mateo y Jessamine Seeley. Sin sus opiniones y consejos esto no habría podido ser.

A Claudia y Juanes, por su infinita paciencia para con este desordenado.

PRÓLOGO





¡El Escuadrón de Guerreros Legendarios lo hizo de nuevo!



Por quinta ocasión en lo que va corrido del año, el equipo de superhéroes, con el Capitán Colombia a la cabeza, frustró un atentado terrorista. El centenar de bombas ubicadas en las bases de las esculturas del parque Botero, en Medellín, no han sido reclamadas por ningún grupo activista, pero las pérdidas humanas y materiales habrían sido incontables de haber detonado.

Aceptémoslo, este grupo de héroes, también llamados alfahumanos, han llegado para quedarse. Lo que empezó como una serie de apariciones esporádicas se ha convertido en un salvavidas para el Estado, que, incapaz de contenerlos, se limita a observar cómo se roban todos los aplausos.

Desde el Amazonas hasta la Guajira, desde el Chocó hasta Guainía, estos misteriosos individuos con habilidades extraordinarias envían un mensaje claro a los colombianos: «Duerman tranquilos, ciudadanos. Nosotros cuidaremos de sus sueños».

Sin embargo, por muy paradisiaco que parezca el panorama, este servidor no deja de preguntarse: ¿Cuántos hay? ¿De dónde provienen? ¿Desde cuándo están entre nosotros? Y lo más importante, ¿cuáles son sus verdaderas intenciones?

No lo sabemos, solo podemos empezar este reportaje diciendo que en nuestro país ha nacido una nueva minoría: la de los alfahumanos.



Ampliación de la noticia en la página 3…

Sueños Rotos
28 de abril de 2013



Magno, o Dóberman, como se autodenominó luego de que alguien lo comparara con un perro callejero, descendió del taxi pasadas las diez de la mañana. Era, quizás, el día más frío del año en Bogotá, cuyo promedio de temperatura es de catorce grados centígrados. Había tardado casi una hora en tomar el taxi y unas dos más en el recorrido desde su casa hasta la plaza de Bolívar. No era fácil convencer a los taxistas de que lo llevaran, pues la mayoría lo miraba de arriba abajo y se negaba a prestarle el servicio. No por nada era apodado el Gigante de la Plaza. Medir más de dos metros y tener la figura de un trol no ayudaba demasiado cuando se trataba de subir en ascensores, cruzar puertas, sentarse en sillas de madera o viajar en el transporte público. De todas formas, Dóberman ya estaba acostumbrado a que las personas de su alrededor levantaran la cabeza y lo señalaran en la calle. Agradecía que, al menos, cada parte de su rostro estuviera en el lugar correcto.

Al descender del coche, este se balanceó y tardó unos segundos en volver a su posición normal, mientras el conductor refunfuñaba sobre el cobro extra por el esfuerzo del motor. Dóberman lanzó el billete por la ventana y, en tres pasos, fue engullido por la multitud de la plaza.

La sinfonía de bocinas empeoró su resaca infernal. Lorena, su compañera desde hacía tres años, criticaba a diario la decisión de presentarse a la convocatoria para pertenecer al Escuadrón de Guerreros Legendarios. Esta vez Dóberman se encargó de no pasar un mal rato: llegó a casa borracho después de la medianoche, durmió en el sofá del salón y se escabulló por el patio antes de que su mujer despertara. No estaba para cantaletas.

Suspiró. No le agradaban las multitudes y el bullicio taladraba su cerebro. Supuso que, con seguridad, don Bernardo estaría preguntándose por el muchacho encargado de descargar la papa; ese que hablaba poco y que podía «montarse hasta diez bultos en cada viaje». Al diablo don Bernardo, hoy era su día. Lo sabía. Lo sentía en sus descomunales y poderosos bíceps. El país recordaría para siempre la mañana en que Dóberman, un miserable salido de la nada, fue escogido para ser parte del Escuadrón de Guerreros Legendarios. Negó con la cabeza y escupió sobre la acera. Tenía sed.

Observó a su alrededor. Nunca en su vida había visto a tanto superhéroe reunido en un mismo lugar. Desde mejorados y mutantes hasta justicieros y simples humanos con habilidades extraordinarias, cada uno de ellos esperaba ocupar aquella anhelada vacante. Pertenecer al Escuadrón era el equivalente a obtener un ascenso en cualquier empleo. Dóberman lo arriesgaba todo por esa oportunidad, podría perder el trabajo de su vida y a la mujer de sus sueños.

Avanzó entre capas, trajes multicolores y antifaces, evitando cualquier tipo de contacto. Le sorprendió ver que no era el único gigante del lugar y que, al parecer, su descomunal figura aquí no llamaba la atención. Dóberman era un solitario y un guerrero incomprendido, nunca tuvo un compañero o siquiera un amigo. No los necesitaba ni los deseaba. Lo único que lo motivaba a postularse era la ventaja que ser miembro conllevaba: un techo decente, alimentación, prestigio, respeto y un futuro para él y Lorena. No tendría que soportar más los insultos de don Bernardo ni se escondería de doña Alba, la casera. Incluso podría darse el lujo de pensar en tener hijos.

Había música y los altavoces no paraban de aclamar al Escuadrón de Guerreros Legendarios. Una irritante voz de soprano empezó a enumerar los logros que los integrantes habían cosechado durante su carrera y Dóberman imaginó el momento en que sería «coronado».

Gracias a su contextura, abrirse a empujones no fue difícil. Se detuvo a unos pasos de la tarima, separada de la multitud por una pared de vallas de metal con el logo de la Alcaldía de Bogotá. Sobre esta, un hombrecillo de cabello dorado animaba la velada y era el responsable de la insoportable voz. Dóberman cruzó los brazos descubiertos y se aferró a la esperanza de una nueva vida. Sería un Guerrero Legendario.

No había palomas en la plaza, como era usual; solo una densa neblina, pesada y absorbente, que luchaba por no morir entre tanto globo y guirnalda. La bandera con los colores de Colombia ondeaba allí donde dirigiera la mirada y todos reían, parecían felices. Menos él. Dóberman no era feliz.

—¡Y qué podemos decir de la ocasión en que el Capitán Colombia evitó la muerte del congresista Ramírez! —bramó el parlante ubicado a su derecha, y Dóberman frunció el ceño; quizás por la resaca, quizás porque ninguna bitácora, periódico o juglar mencionaría jamás las veces en que él defendió la plaza de mercado de los extorsionistas, o la noche en la que se enfrentó, completamente ebrio, a casi cincuenta buscapleitos en la taberna de Checho. No, esos triunfos se los llevaban los hijos de papi, los nacidos en cuna de oro, como el maldito Capitán Colombia. El sujeto al que todos querían y adoraban. La envidia del mundo de los superhéroes.

El bullicio se convirtió en euforia y la euforia en un cataclismo. Los integrantes del Escuadrón de Guerreros Legendarios se encontraban en la tarima y saludaban a los asistentes con exagerada felicidad.

El Capitán Colombia era su líder. Un hombre de piel color marrón clara, calvo, de ojos pequeños y pómulos pronunciados, No le llegaba a Dóberman a los hombros, pero poseía una fuerza descomunal y una barbilla casi perfecta. Dóberman lo había observado levantar una volqueta con una mano y guiñar el ojo a sus admiradores, todo al mismo tiempo. No existía ciudadano que no conociera las aventuras del Capitán, desde sus andanzas rescatando secuestrados por cuanta selva existía en Colombia hasta su participación como juez en concursos locales de belleza y reinados nacionales. Ahí estaba al que consideraba su mayor rival, vestía su típico traje amarillo que marcaba cada músculo de su cuerpo, con la letra C grabada en el pecho, botines azules y capa roja. Dóberman nunca usaría disfraz.

Los otros cuatro integrantes del equipo poco le importaban a excepción de Lady Cartagena, la mujer más hermosa que había visto en su vida. Estaba seguro de que todos los hombres del país fantaseaban con aquella dama. También estaban Brazo Mortal, Meteorito y Cianuro. Aunque ese día Brazo Mortal se despedía del Escuadrón para dedicarse a la medicina y su ausencia dejaba abierta una vacante. Esa era la razón de tan concurrido evento.

Dóberman no concebía que Brazo Mortal prefiriera una monótona y aburrida vida de civil a los placeres que ser superhéroe conllevaba.

El hombrecillo de cabello dorado entregó el micrófono al Capitán.

—Para mí es un honor encontrarme hoy aquí, con ustedes, para tan solemne momento. —Sus movimientos y gestos eran coordinados, como si los hubiera ensayado con anterioridad—. Hemos venido a decirle adiós a un hermano y dar la bienvenida a uno de ustedes. Hoy, aquí, ante el Palacio de Justicia y el Capitolio Nacional, el Escuadrón de Guerreros Legendarios pasará a llamarse Los Grandes Guerreros y comenzará la Etapa Dorada de los superhéroes.

Una exclamación de júbilo se elevó por sobre aquel cielo encapotado y se escucharon los juegos pirotécnicos.

—Ahora, el momento que todos ustedes esperan. —El silencio se hizo tan rápido que la pólvora pareció detener su arsenal, expectante—. El nombre del nuevo integrante de Los Grandes Guerreros es…

Por primera vez en su vida, Dóberman escuchó su propio palpitar y tembló. No un leve movimiento parkinsoniano, no; su cuerpo vibró anhelante y suplicante. Cuatro palomas, que acababan de posarse sobre los altavoces, estiraban el cuello, curiosas. El tránsito, intimidante hasta hacía unos segundos, ahora era una fotografía. Ese día el tiempo se detuvo.

—… Garra.

No hubo gritos ni aplausos, tan solo gigantescos signos de interrogación que descendieron como bloques de hielo en medio de la plaza. Se miraron los unos a los otros. Dóberman permaneció con los brazos cruzados y la mirada perdida en la tarima.

—¿Qué es una Garra? —escuchó.

—¿Ese quién es? —preguntaban muchos

—¿Se equivocó el Capitán? —dudaban otros.

Eso esperaba Dóberman. En cualquier momento el Capitán se excusaría, quedando en vergüenza para su deleite, y admitiría que él era el verdadero seleccionado. Nunca ocurrió, pues una joven, de piel mucho más oscura que la del Capitán Colombia y cabello rizado y abundante, saltó a la tarima brincando como si hubiera ganado la lotería. Corrió de un lado a otro, al parecer desorientada, y, finalmente, cayó en los brazos del Capitán, que la levantó riendo. Eran los únicos que reían, sin importarles en lo más mínimo que su felicidad contrastara con el sentir de sus compañeros y de la multitud.

La tal Garra, que usaba una chaqueta roja brillante, vaqueros desgastados y botines rojos, aulló de forma incomprensible por el micrófono, lloró y gritó de nuevo. Todo mientras giraba cual trompo.

Dóberman dio la vuelta y emprendió el regreso hacia la avenida dando pasos lentos y pesados. Pensaba en Lorena y en que tendría que rogarle al señor Bernardo que lo dejase retomar su trabajo mal pagado en la plaza de mercado. Sin embargo, se detuvo, giró su cuello y en una reacción catártica gritó:

—¡Racistas!

Betty Belén
7 de junio de 2016



Llanto.

Gritos.

Él está enojado. Ella grita.

Me repudian.

Me odian.

Los defraudé.



—Betty… Betty… Te has quedado estancada.

Continúo con los ojos cerrados, incapaz de eliminar esas sensaciones de mi cuerpo.

—Betty. Escúchame. —La voz de Carolina, mi terapeuta, retumba contra la puerta de mi cerebro, pero me niego a dejarla entrar. Estoy tan cerca—. Debes dejarte guiar por mí. No te dejes llevar por tus recuerdos. Despierta.

Decepción.

Decepción.

Rechazo.

Dolor.

—Auch… ¿Me ha abofeteado? —Ahora sí estoy totalmente despierta y de seguro con un hematoma en el rostro. Los párpados me pesan, pero ya no tiene sentido mantenerlos cerrados. He regresado a la cruda realidad.

—Tenía que hacerlo. Sacarte del trance se ha vuelto cada vez más difícil, chica. Al paso que vas tendré que recurrir a otro tipo de terapia… Quizás el electrochoque.

¿Soy yo o acaba de decir electrochoque?

Debo darme la vuelta sobre el sillón para lograr verle el rostro y me pregunto por qué todos los terapeutas tienen esa manía de ponerse a la cabecera del paciente. Quizás tenga que ver con el control y esas cosas. En fin, aquí estoy, cumpliendo con mi dosis semanal de terapia impuesta por el juez.

La doctora Carolina Hernández es una profesional bastante joven y exitosa, aunque en su pared no cuelgan diplomas ni certificados; tal vez su humildad no le permite regodearse en sus logros ante amas de casa deprimidas y tontos con baja autoestima. Vive en otro mundo, respira otro aire, lo puedo olfatear. Ella forma parte de ese reducido grupo de personas que transpiran éxito, como esos niños lindos que son millonarios y para colmo resultan buenos cantantes. Además, usa lentes que cambian según la intensidad de la luz. Yo no podría conseguir unos de esos ni acostándome con un optometrista. Con el pasar de las sesiones he llegado a convencerme de que ella es mi antítesis. Carolina igual a éxito, Betty igual a fracaso.

—¿Obtuvo algo? —pregunto evitando parecer ansiosa.

—Nada. Continúas repitiendo lo mismo. —Revisa algunas hojas de la libreta y su rostro confirma sus palabras—. Tus recuerdos van y vienen sin un orden aparente, por lo que no he logrado obtener nada… Lo siento.

—No lo siente. No sea mentirosa. ¿Cuántas sesiones llevamos, doctora? ¿Veinte? ¿Treinta? No sé qué estoy haciendo mal, pero parece que perdemos el tiempo. Maldición. —Vuelvo a recostarme en el sillón y me concentro en la gigantesca lámpara dorada que cuelga del tejado—. No me agrada esa lámpara.

—No me interesa…

—¿Qué clase de terapeuta es usted? ¿En dónde quedó eso de que el cliente siempre tiene la razón? Si le he dicho que no me agrada esa lámpara tendrá que cambiarla. Sepa usted que también soy una suicida potencial.

—Primero, no eres mi cliente, Betty. —Sé que se ha levantado sin necesidad de voltearme a verla—. Estás aquí porque te obligan. Y segundo, se te ha terminado el tiempo. Nos vemos la próxima semana y, por el amor de Dios, cámbiate de chaqueta.

La sesión siempre termina pasadas las nueve de la noche, por lo que pocas veces me topo con otros pacientes o con alguien diferente al guardia de seguridad de la entrada, que observa la televisión, embelesado, y se despide con un movimiento de cabeza. Quizás, por lo avanzado de mi problema, soy la última paciente de la doctora. Lo único que tengo seguro después de esa hora es un hambre de locos.

Introducir la llave en mi amada Vespa es casi orgásmico. ¿Que cómo conseguí hacerme con una motocicleta italiana original? Esa es otra historia.

Desde el parqueadero, con el casco bajo el brazo, regreso una mirada al moderno edificio, en el cual se encuentra el consultorio de la doctora Carolina, y suspiro al pensar que tardaré toda una semana en conversar con alguien que no me juzgue. Cada sesión es lo mismo: ella intenta con insistencia rescatar eso que ni yo misma sé dónde diablos se encuentra y mi cabezota se niega a colaborar. Es como si un maldito agujero negro se hubiese instalado en mi cerebro y hubiera absorbido algunos de mis recuerdos. Y cuando digo que lo ha intentado con insistencia me refiero a que ya hemos agotado la mayoría de las técnicas tradicionales, y las éticamente cuestionadas, sin éxito; desde el masaje oriental hasta la acupuntura y eso que te hacen con las abejas, pero que no es acupuntura. Aún me duele la punta del codo con solo recordarlo. Eso sí lo recuerdo.

¿Que cambie de chaqueta dijo?

Por cierto, soy Betty Belén, una alfa, como muchos en Colombia, y poseo todas las habilidades de un felino. No las de esos adorables gaticos que salen por National Geographic, no. Cuando me convierto soy toda una pantera capaz de hacer que el mismo Guepardo de los Hombres X se orine en los pantalones. En conclusión, soy una de las mejores superheroínas y un orgullo para la población negra del país.

A quién quiero engañar, soy todo un fiasco, y si en verdad fuera exitosa no tendría por qué asistir a una terapia psicológica impuesta.

Volviendo al tema de mi chaqueta, ¿qué tiene de malo? ¿Acaso yo voy por la calle diciéndole a la gente qué ponerse? Bogotá no es precisamente la capital de la moda y sus calles no brillan por ser una pasarela. Sin embargo, no es la primera vez que alguien se burla de mi ropa. Recuerdo que Peter Pan, un ladronzuelo volador de barrio bajo, un día dijo algo así como:

—Oye, chica gata, ¿vas a hacer una nueva versión de Thriller, de Michael Jackson?

La paliza que le di fue tal que ese mequetrefe de Peter Pan quedó para no molestar nunca jamás. Sonrío y enciendo la Garramóvil. Solo yo la llamo así. Dejemos a un lado los formalismos. Para ti, querido lector, soy Betty, para el mundo entero soy Garra.

Conduzco casi a cien kilómetros por hora exponiéndome a una multa, y no dejo de pensar en lo irónico que puede llegar a ser el cerebro humano. Al menos en mi caso. Por alguna extraña razón sufro de lagunas mentales que se agudizan cada vez más, aunque suene a historia cliché.

Puedo recordar a la perfección el día en que obtuve mis poderes felinos; en cambio, no recuerdo por qué decidí abandonar la secundaria. También recuerdo la noche en que perdí mi virginidad, pero he olvidado mi primer beso. Aquí entre nos: considero extraño que una profesional tan capacitada como Carolina no haya logrado dar con mi problema. O estoy demasiado loca y sin cura, o debo cambiar de profesional. Miento, no puedo darme el lujo de pagar por un psicólogo. No en mi condición. Apenas puedo comprar el combustible que me ha traído hasta el norte de la ciudad; además, Carolina tiene la capacidad de hacerme sentir como si la conociera de antes; es bastante afectuosa, linda y huele muy bien. Como a fresas. Si fuese lesbiana ya le habría clavado la uña, en sentido literal.

Esquivo a un par de carros repartidores de pizza y el olor a queso exacerba mi urgencia alimenticia.

¿Queso, Betty? Eres un gato, no un ratón.

Tras abandonar la zona rosa de Bogotá me siento cómoda. Soy más del estrato medio y las calles perfectas del norte me provocan escalofríos. Me detengo en un callejón y oculto la Garramóvil detrás de un par de contenedores de basura. Con lo peligrosa que está la capital en estos días no puedo arriesgarme a perderla. Las ratas, a mi paso, huyen despavoridas mientras camino hasta la calle principal, la típica avenida de expendios de comida y locales de dudosa reputación e insalubridad. Sin embargo, me gusta estar aquí, rozar a personas extrañas que van y vienen huyendo de la misteriosa noche mientras los anuncios de neón prometen alegrar sus miserables vidas. Hay prostitutas y chulos, consumidores y jíbaros, distraídos y carteristas. Esta es la vida real, no la del norte, y si en algo debería envidiarme la doctora Carolina es en no sentir el temor de que la roben al caminar por la acera. En tu cara, fantástica y curvilínea terapeuta.

La longitud de la fila alcanza la esquina y algunos inadaptados se pelean por un cupo para entrar en La Liga del Hambre, el más popular bar restaurante del centro, donde puedes alimentarte de manera aceptable sin quedar en quiebra, y enterarte de los últimos chismes del mundo de los superhéroes.

Al llegar a la entrada, un simio con rocas en vez de músculos se cruza en mi camino.

—Detente, niña. —Siento vergüenza al notar lo mucho que debe encorvarse para mirarme a la cara—. Esto no es el Bienestar Familiar.

Poseer el olfato de un animal no ayuda demasiado cuando alguien te habla tan cerca.

—Y mucho menos un zoológico, simio. —El gigante tiene algo de razón: mi rostro y cuerpo aún se debaten entre hacerle frente a la madurez de los veinte o continuar en la pubertad.

Continúa observándome sin pestañear y no puedo evitar carcajearme.

—Rocamán, eres un tonto. —Mi suave puño acaricia su quijada de acero. Él sonríe.

—Ya, Garra. Hablando en serio. Sabes que no puedes entrar al restaurante. La última vez que estuviste nos tocó remodelar la zona junto al baño, y Alicia no quedó muy contenta. Amenazó con despedirme, y la situación no está para quedarse sin empleo. Menos aún a mi edad. ¿Recuerdas a Leviatán Rosa? Ahora el pobre levanta automóviles en un semáforo para vivir. —Su cuerpo se endereza, por lo que debo mirar hacia arriba para no hablar con su ombligo.

—Sabes que no fue mi culpa. Ese tonto del Hechicero fue quién empezó todo.

—Desapareció tu plato, ya me lo has contado cientos de veces. Veamos… Niña, te dejaré entrar, pero si te encuentran dirás que te colaste por la puerta trasera o que aprovechaste el momento en que apareció Funesto y me atacó en la fila…, no sé, di una mentira, pero no me quedaré sin trabajo por tu culpa.

Alcanzo a vislumbrar una sonrisa…, o una mueca…, o le duele la tripa. —¿Entendido?
—Sí, señor. —Realizo un saludo militar mientras que la fila se queja con Rocamán por mi entrada ilícita.

La Liga del Hambre es un bar restaurante creado por Rocamán y Doctor Mente, dos alfahumanos que supieron sacarle provecho a la desgracia del gremio. Rocamán tiene la piel de piedra y Doctor Mente…, pues ya me entenderán. El lugar es un antro bastante agradable, con cálidas luces blancas emergiendo del piso y recortes de logros heroicos enmarcados en las paredes. No pregunten ni busquen, en ninguno de esos recortes estoy yo.

Aunque en un principio el restaurante fue creado ante la negativa de los establecimientos a vendernos comida, con tan solo un par de meses en el negocio, decidió ampliar su oferta a la población civil, y está dando excelente fruto. El lugar está repleto. En una esquina, junto a una planta azul, Lord Arena intenta beberse una sopa, pero transpirar arena no le ayuda mucho. También están Flecha Roja, que lanza flechas… rojas; Extremán, que puede hacer explotar su cuerpo, y su hermano, que vende churros en la esquina.

Como decía, si algo se está hirviendo en el mundo de los héroes, pásate por La Liga del Hambre y te enterarás. Y si no te enteras de nada por lo menos te embutes una exquisita arepa de huevo y una cerveza bien fría.

De pronto, cuando ya estoy cómoda en la barra, la presiento. Es ella. El vello erizado y cierto escozor en mi espalda la delatan. La veo al otro extremo del salón, junto al baño de mujeres. Es Alicia norecuerdosuapellido, me observa mientras conversa por dos teléfonos celulares al mismo tiempo. No entiendo cómo lo hace, pero parece poseer un radar antifelino, o los comentarios acerca de que es una bruja son ciertos. Ya deja de mirarme, Marilyn Monroe colombiana y permíteme comer tranquila. No la mires, Betty. No la mires. Si no la miras seguro que… ¡Viene hacia aquí! ¡Viene hacia aquí! Tranquila, tranquila, actúa como si no sucediera nada. Eres una heroína y no buscas problemas. Debo tener comida entre los dientes, es la ley de la vida.

—¡Alicia, que sorpresa! —Sonrío y casi extiendo los brazos hacia ella, pero recapacito a tiempo—. ¡No te había visto! ¡Como dicen los abuelos, la vida es un pañuelo! ¿Qué haces por aquí? ¿Quieres comer algo? Estas arepas están para mmm… chuparse los dedos.

¿Me estoy chupando los dedos? ¿Estoy gritando y todos me miran?

—Ya dejate de estupideces, Garra. Vos no sos bienvenida en La Liga del Hambre y lo sabés muy bien —dice con su marcado acento antioqueño, intentando reponerse al hecho de que somos el centro de atención—. Bajá la voz y salite ahora mismo o llamaré a vigilancia.

Alicia no es alfahumana, vigilante, ni nada por el estilo. Al contrario, es una civil común y corriente, solo que es adinerada al extremo, perfeccionista alocada y ambiciosa como Judas. Estar cerca de ella me pone nerviosa, pues si ha sido capaz de controlar a Rocamán y al Doctor Mente no me imagino qué puede hacer conmigo.

—Espera, Alicia. Espera. No he venido a causar problemas, te lo juro. —Levanto las manos demostrando inocencia e intento poner los ojos como El Gato con Botas, ese de la película—. Solo terminaré mi cerveza y me iré, te lo juro.

Uno de los teléfonos de Alicia empieza a sonar y se aleja con su peor mirada. Respiro, se ha distraído. Quizás es el diablo que la llama para disculparse por las pocas almas que ha atrapado en estos días. Maldición, la cerveza se ha calentado.

El murmullo de las conversaciones se extiende como la lluvia sobre el tejado, creando un agradable ambiente citadino. Observo a mi alrededor y la constante es que no hay nadie solo. Nadie, nadie. Bajo la cabeza y pido otra cerveza. Calculo el valor de esta cena y me castigo pensando en que tendré que sacrificar la bolsa de leche para el desayuno. Suspiro.

De repente los civiles se ponen de pie y corren emocionados hacia la entrada del restaurante como si de llegar allí dependieran sus vidas, mientras que los alfahumanos presentes apenas levantan la cabeza de sus alimentos. La ráfaga de flashes indica que entró alguien importante y por el olor a fresa tengo muy claro quién es. Lady Cartagena, mi excompañera en Los Grandes Guerreros.

Cartagena posee ese tipo de belleza que envidio, con facciones duras pero perfectas, cabello liso sobre los hombros y unos profundos ojos negros. Si yo hubiera sido ella, no me llamaría Lady Cartagena, sino Pocahontas. Es tan imponente que…

¡Viene hacia acá! Esta no es mi noche, primero Alicia y ahora Cartagena. Bebe tu cerveza y haz como si no la has visto. ¿Por qué me pasan estas cosas si soy tan buena persona?

Se sienta justo en la silla a mi lado y pide una cerveza. La observo de reojo, vaya que es alta. No la mires, no la mires.

—Betty —dice con la mirada fija en el cantinero, que le sonríe con picardía.

—Lady —respondo engrosando la voz.

—Ha pasado mucho tiempo. —Bebe de la cerveza.

—Demasiado. —No tengo ni idea de qué decir y solo sigo la corriente. Nunca le caí bien y lo dejó claro durante los juicios del Día O, cuando testificó en mi contra y criticó hasta mi hábito de no lavarme los dientes.

—Peter. —El cantinero apoya el codo sobre la barra—. Anota en mi cuenta todo lo que Betty pida. ¿Entendido?

—Claro, no hay problema, Cartagena —responde Peter y le guiña un ojo.

—No hay rencores, Betty —susurra Cartagena, aunque continúa sin verme a la cara—. El pasado es pasado. Salud.

Acerca la botella a mi rostro.

—Salud.

El choque de las dos botellas produce un sonido agradable. Veo que ella lo superó. Dejó atrás todo ese odio que destilaba cuando estábamos en Los Grandes Guerreros y me considera su amida. ¡Tengo una amiga! ¡Espera a que le cuente esto a Carolina! ¡Se va a morir de la…!

Un leve toquecito sobre mi hombro me obliga a girar la cabeza.

—Oye, ¿eres Garra? —Un joven parecido a Légolas me habla. Hace mucho que alguien de atractivo aceptable no me dirige la palabra, por lo que no tengo ni idea de qué debo hacer.

—Sí. Lo soy. —Qué respuesta tan estúpida. Además, estoy segura de que continúo con comida entre los dientes. Solo deseo que Cartagena esté viendo esto. Sonrío de manera coqueta. Eso espero, ojalá no crea que estoy sufriendo una convulsión—. ¿Tú eres…?

—¡Sí, es ella, muchachos! —La carcajada de un trío de hombres retumba en una mesa cercana y me señalan. Ahora creo que los que convulsionan son ellos—. ¡La mismísima Garra! ¡En verdad eres patética como dicen en la televisión! ¿No te da vergüenza salir a la calle?

Escucho risas escondidas procedentes de otras mesas y observo los rostros de desaprobación, decepción o rechazo de los héroes que alguna vez fueron amigos. Aprieto la botella y me pregunto si la doctora Carolina manejará turno nocturno.

—¡Vamos, niña! ¡Haz algo! ¡Maúlla o…!

—¿Te molesta si destrozo una botella sobre tu cabeza?

El chico se desploma y las esquirlas vuelan por sobre la barra. Las personas se levantan de sus asientos creando un cerco, dispuestas a disfrutar del espectáculo. Alicia intenta acercarse pero la muralla de curiosos se lo impide. Lo siento, chica dorada; ellos han empezado. No sé qué ha sido con Cartagena.

Uno de los tres amigos, que llamaré Elfo Papá, se lanza contra mí, pero de un salto trepo sobre la barra y le doy una patada en el rostro haciéndolo volar contra una mesa. El segundo, que más bien parece un hobbit, tiene los puños levantados y me observa con rabia, pero por su pose asumo que nunca ha peleado en su vida, mientras el tercero… ¿Qué se ha hecho el tercero?

Poseer la visión de un gato tiene sus ventajas y descubro a Elfo Ejecutivo corriendo hacia la salida, pero tropieza con una silla y se va de bruces contra el suelo. En tres saltos, de mesa en mesa, llego a su lado y, antes de que pueda aflojarse la corbata, lo tomo por las piernas y lo lanzo contra un grupo de mirones. Esto es lo que llamamos daño colateral. Solo queda el hobbit. Lo veo, agita los brazos chillando como una rata. Sigues tú.

—¡Ya basta! —Me levantan de la chaqueta. Es Rocamán, conozco su estilo.

Mi adrenalina regresa a sus niveles normales y vuelvo a verlo todo como un ser humano. Todos me juzgan, me señalan, me culpan por haberles destrozado una velada perfecta. El que pensaba proponerle matrimonio a su prometida deberá guardarse la argolla para otra ocasión. El cumpleaños de la abuela deberá celebrarse en casa, nietos tacaños, incapaces de pagar un sitio mejor. Aceptémoslo, la chica gata ha arruinado la velada.

Observo hacia la barra y en el asiento donde se encontraba Cartagena está ahora una mujer de cabello rojo y un largo gabán negro. Sin embargo, aún percibo ese inconfundible olor a fresa. En fin, lo he echado todo a perder, como de costumbre.

Rocamán me lleva hasta el almacén del bar restaurante y me obliga a esperar sentada en un rincón, como una niña regañada. No me observa y eso en verdad me duele.

—Lo siento…

Es lo único que puedo decir antes de que la puerta se abra y Doctor Mente aparezca. Lleva el delantal de cocinero y es el encargado de crear las nuevas recetas, con las que han arrasado en poco tiempo en el negocio culinario del centro. Es lo menos que puede hacer una persona con un cerebro prodigioso.

—Garra…, Garra… ¿Otra vez?

—Yo no empecé, Mente. Fueron ellos.

—No me digas, se burlaron de ti. Pequeña, tienes que entender que se burlan de nosotros ¡todo el tiempo! ¡Ya no somos importantes para los civiles! ¡No necesitan a los superhéroes! ¡Nos dieron la espalda! ¡Confían en su sistema judicial y debemos aprender a seguir con nuestras vidas! ¡Reacciona de una vez por todas! —Respira—. Ya, ya, ya. Mira, escucha, perdón por gritarte. Lo que sucede es que Alicia pensaba informar al Ministerio de Defensa de lo que acaba de ocurrir, pero logré persuadirla para que no lo hiciera, aunque no sé hasta cuándo. La conoces, cuando algo se le mete en la cabeza no hay poder humano que se lo saque. Esa mujer está loca, pero nos está yendo muy bien con el negocio desde que la hicimos socia, y si el Ministerio se entera de tus desórdenes, te encierran junto a los otros. Están manejando tolerancia cero con los alfahumanos. En serio. Garra, sé lo extraño que puede oírse esto, pero debes integrarte en la vida normal, ya ha pasado un año del…

—¿Día O? —Baja la cabeza al notar mi rostro consternado.

—Lo siento… —Da media vuelta y se encamina hacia la puerta, pero se detiene como si recordara algo, al fin y al cabo es el Doctor Mente. Si yo lo olvido todo, él lo recuerda todo—. Hace unos minutos alguien preguntó por ti. No sé si es del Sindicato pero te quieren para un trabajo. No es gran cosa, pero te puede servir para ganar algo y distraerte. Date un respiro.

—¿Un trabajo? ¿Para mí? ¿Será que finalmente puedo ser Hello Kitty?

—Ponte seria. —Extrae del delantal un volante—. Es para algo de seguridad privada. Aquí tienes toda la información que necesitas. En dónde recoger a tu compañero y la dirección. En verdad lo siento. Lo del Día O no fue tu culpa.

Hago como si el tema no fuese importante y pestañeo. ¿Seguridad privada? Los ojos de Rocamán se desencajan y no puedo evitar preguntar algo antes de que Mente se vaya.

—¿Me traes el casco? ¿Por favor?



Se estarán preguntando a qué se refirió Doctor Mente cuando mencionó el Día O y por qué razón parece que soy la paria o la cloaca del universo, cuando hasta hace un par de años tocaba la cima del mundo con Los Grandes Guerreros. Podría extenderme todo el camino de regreso a casa, pero la verdad es simple: no lo recuerdo y mataría a una monja por saberlo. Lo único cierto es que, al final de ese fatídico día, llegaban mensajes que pedían no sé cuántos millones por la liberación de Michell, Malia Ann y Natasha Obama.

En pocas palabras, dicen las malas lenguas que me dormí durante la guardia y permití que secuestraran a la familia, nada más y nada menos, del presidente de los Estados Unidos.

Cuando llego a casa de mi madre, ya es más de medianoche y deseo, necesito, un buen baño caliente para recapacitar sobre lo que acaba de ocurrir, ya que hoy es un día extraño. No lo digo por la pelea del bar restaurante, lo extraño sería que hubiese salido de allí por mi propia cuenta y sin destrozar un par de mesas. Me refiero al hecho de poseer la certeza de que mañana despertaré temprano y no daré vueltas por la ciudad o esperaré sentada en un banco del parque, sino que trabajaré y recibiré un pago por ello. No más subsidio del Estado, no más mendigar por una comida. Prepárate, La Liga del Hambre, no más arepa con huevo, mañana será hamburguesa doble.

Al entrar de puntillas me encuentro con que mi madre se ha dormido esperándome y ha dejado la televisión encendida en un programa sobre animales. Ella se preocupa por mí, y confieso que no he sido la mejor de las hijas del mundo. Apago la tele y cubro a mamá con una cobija. Verla allí exacerba el sentimiento de culpa que me persigue desde hace algún tiempo. En alguna ocasión me comentó algo sobre unas tejas rotas y me digné a contestarle con un ajá, como si no me importase en lo más mínimo, cuando en verdad siento que pude haberla ayudado en su momento, pues durante mi estadía con Los Grandes Guerreros recibí jugosos premios y mucho, mucho dinero, que pensé que nunca se terminaría. Cuando el velo de aquella fantasía cayó, fue demasiado tarde. No tenía ni un centavo. Si hubiera sido un corredor de bolsa me hubieran tenido que recoger del asfalto tras saltar desde un edificio.

Entro a la habitación, un intento de mi madre por imitar mi cuarto de adolescente, con los mismos afiches de Ricardo Arjona y Alejandro Sanz en los mismos lugares, el armario de madera en un rincón y la misma cama rechinante. Suspiro y me dejo caer, no sobre la cama, sino sobre una nube de patético autocompadecimiento, mientras me repito una y otra vez que soy una perdedora.

Maldito hobbit. Te escapaste.

A pesar de que mamá preservó cada detalle de mi habitación, no puedo evitar sentirme como una extraña, ya que ella volvió a saber de mi existencia cuando milité en Los Grandes Guerreros, casi diez años después de separarnos. Ahora que he tocado fondo regreso con el rabo entre las patas. Bien dicen en la calle: «Los gatos siempre vuelven a casa».

—Betty, llegaste tarde —dice mamá desde el otro lado de la puerta. Se ha despertado—. ¿Vas a cenar? Te guardé lo que te gusta, atún con arroz.

—Mamá. Sabes que siempre ceno en el trabajo—. El estómago me recrimina la mentira.

—La comida precocinada no es buena para la salud. Debes hablar con tu jefa para que te permita salir más temprano—. Siento lástima por ella. Es demasiado buena persona para mí—. Si quieres mañana la visito y hablo con ella. Mira que voy para la casa de tu tía Blanca y me queda de paso. Cuando uno le habla a la gente con argumentos es imposible que le rechacen.

—Mamá, no vayas por allá. No me hagas pasar vergüenza con los compañeros. Déjame hablar con Doña Laura y te juro que estaré temprano para cenar.

—Sí, Betty. Estoy cansada de sentarme sola a la mesa. —Su voz parece haberse entristecido y suspira. Con seguridad tiene la mano en la perilla de la puerta—. Bueno, amor, que descanses. Mañana saldré temprano porque quedé en ayudar a la señora Magda a sacar la basura y, además, hay reunión de profesores.

—Bueno, mamá. —Me es imposible continuar con la farsa—. Que duermas bien.

La carga de culpa y vergüenza se mezclan con el sueño y, aunque lo intento, no alcanzo a quitarme ni los zapatos.

El dúo dinámico
8 de junio de 2016



—¿Un hogar geriátrico? ¿En serio? —Son las diez de la mañana de un día frío y soleado en Bogotá, de esos irónicos.

Leo, por cuarta ocasión, la dirección en donde debo recoger a mi compañero y no puedo creer que Francotirador (así dice el volante que me entregó el Doctor Mente) viva en un ancianato. Suspiro y dejo la motocicleta junto al único arbusto decente de un improvisado jardín. No me sorprende que la vegetación del ancianato esté marchita, pues todo parece haber envejecido para no desentonar.

El asilo está ubicado en una calle ciega no muy transitada, por lo que el asfalto ha tomado una tonalidad negruzca y, en algunos tramos, se han abierto diminutas grietas en las que crece maleza reseca que amenaza con tragárselo todo. La vivienda más cercana está a casi doscientos metros, algo comprensible para un asilo. Estos sitios me dan escalofríos.

El viento frío hace que guarde las manos en la chaqueta. Ya, Garra. No creo que todo sea tan malo como parece.

Sí lo es. El interior es peor de lo que imaginaba: el cielo raso se cae a pedazos, las luces parpadean a medida que atravieso un aterrador pasillo, hay un penetrante olor a orina ochentera y veo sospechosas manchas marrones en las paredes que me hacen renegar, nuevamente, de mi olfato aumentado. ¿Qué es esto? ¿El asilo del terror?

Llego hasta una estación, donde una enfermera, con rostro de pocos amigos y que ni se preocupa por levantar la vista de su revista de chismes, me da una calurosa bienvenida.

—Dígame. —¿Soy yo, o esta mujer imita la actitud y la voz de Hulk a las mil maravillas?—. A quién necesita.

—Busco a Telésforo Marcial, por favor.

La mujer tarda una eternidad en dejar a un lado la revista e indicarme, con sus dedos rechonchos, la sala principal.

La sala a la que me dirige recrea a la perfección el manicomio de la película Doce monos. Esa con el churro de Brad Pitt y el otro calvo no tan churro que aparece más. La única diferencia es que en la película el lugar está infestado de dementes, mientras que aquí los reclusos suman en edad más de un milenio.

—¿Eres tú, María? —Un hombre sin dientes se cruza en mi camino.

—Te estaba esperando, Carmelita. —Una mujer me toma de la chaqueta.

—Abraza a tu abuelita, Zoraida —sonríe una señora en pijama y caminador.

—Toma mil pesitos para que te tomes alguito, Lolita… Cómo has crecido. —Un hombre de piel amarilla aprieta mis pómulos.

—Gracias, abuelo —respondo al pellizcador.

Tras esquivar con verdadera destreza la oleada de ancianos que me confunden con sus familiares, alcanzo a un grupo sentado junto a una radio. Por lo menos ahora llevo mil pesos de más en el bolsillo. Al parecer, el grupo al que me dirijo es la élite, pues la mayoría luce buenos cuerpos (teniendo en cuenta la edad, claro) y el resto de internos no osan atravesar un círculo imaginario trazado alrededor de ellos.

Los integrantes de este grupo selecto ríen ante un joven alto y fornido que va vestido con vaqueros, camisa a cuadros perturbadoramente ajustada, botas de cuero negras y un sombrero que resalta a la perfección su mandíbula griega. Cálmate, Betty, que no se te note el hambre. Si un hombre vestido a lo wéstern no es Francotirador, yo no me llamo Betty Belén.

Intento pasar desapercibida y me ubico junto a un hombre que no me ve como a una nieta.

Pervertido.

—Y le he dicho: «Aquí tienes a tu chica, pum, pum, pum». —El joven vaquero hace ademán de disparar y todos se agachan como si las balas invisibles pudiesen terminar con sus ajadas vidas.

Francotirador se ha percatado de mi presencia y clava sus ojos rasgados en este necesitado cuerpecito de chocolate. Lo observo con timidez, intentando no recordar lo sucedido anoche con los elfos en el restaurante del Doctor Mente. ¿Qué debo hacer en estos casos? ¿Sonrío? ¿Me muerdo el labio? Maldición, qué duro es esto del coqueteo. Ya viene, ya viene, párate derecha, Betty. Debí cambiarme la chaqueta.

Francotirador huele a hombre, pero no a sudor ni esas cosas. Son las feromonas masculinas. Como esos sujetos de los comerciales que conducen automóviles convertibles y hablan por teléfonos celulares. Huele como… el Capitán Colombia.

—Perdón, señorita… ¿no me escucha? —Sus carnosos labios—. Señorita…

—¡Sí! ¡Hola! —Maldición, estoy gritando—. ¡Soy Garra! ¡Tu compañera de misión!, Francotirador.

Él ríe y mi día parece mejorar.

—Cuánto lo siento, me confunde. No soy Francotirador.

¿Qué diablos?

—El señor Marcial está allí. —Señala a un anciano sentado en un sillón frente a un televisor apagado—. Yo soy Bernardo, el enfermero.

—¿Estás seguro? —pregunto sin volverme a mirar al hombre del sillón—. No… tienes porqué fingir conmigo… Soy Garra… Mírame bien… La de Los Grandes Guerreros. ¡Vamos!

No sé por qué he dicho eso, y por su mueca de desprecio creo que me reconoce a la perfección, pues da media vuelta y se excusa con sus fanáticos diciendo que necesita ir al baño o algo así. Lo último que recuerdo de él es la mirada de repulsión antes de abandonar la sala. La misma mirada que recibo de todos desde hace un año.

Telésforo Marcial, o Francotirador, es un hombre viejo. Es tan blanco que parece brillar y su cabello plateado es más escaso a cada minuto, como si el tiempo en él transcurriera a una velocidad mucho mayor que en el resto de la humanidad. Ojos ocultos entre patas de gallo, nariz larga como la de Popeye el Marino y una boca que bien podría ser otra arruga hacen del hombre el compañero ideal. Usa una bata semitransparente, que deja entrever detalles íntimos, y una bolsa amarrada a la cintura. No me concibo salvando al mundo a su lado. ¿Es algo así como el karma? ¿Será por esa vez que me escondí de la abuela en un baño para no tener que saludarla? ¿O serán los mil pesos que le he robado al abuelo que me ha confundido con Lolita?

—La estuve esperando toda la mañana, jovencita —dice tan suave que casi no lo escucho y debo acercarme a su rostro—. ¿No le enseñaron a ser puntual?

Imagínate si no. Soy la hija de una maestra de escuela.

No respondo. Me he despertado casi a las nueve de la mañana porque un obsesivo vendedor de biblias se ha pegado al timbre como si de esa venta dependiera su rinconcito en el paraíso. Debido a su afán he omitido la ducha y llevo la ropa de ayer.

Le ayudo a subir una escalera que se cae de la mugre y puedo percibir el aire embriagado de envidia. Por lo visto, la tercera edad y estar a una vuelta del cementerio no son impedimento para que se mantenga la mala competencia. Hay miradas de desprecio por parte de otros ancianos. Saludos no correspondidos. Somos el chisme del momento: Telésforo tiene visita. Se han acordado de él.

Espero afuera de su habitación por casi una hora. Bernardo, el enfermero que no es vaquero, pasa por mi lado cientos de veces y en ninguna de ellas se voltea a verme. Ha cambiado su ropa y, sin embargo, no puedo negar que con ese uniforme blanco también se ve supersensual.

Francotirador, o el ancestro de Clint Eastwood, pronto llega a mi lado. Sombrero negro, camisa roja desteñida, vaqueros un tanto anchos y zapatos de baile de salón. Todo un vaquero digno de respeto.

—Lo siento, joven. No es fácil encontrar a Carolina en estos días. —Señala una Colt en su cinturón, pero no puedo dejar de ver la bolsa de orina que cuelga del otro lado—. ¿Esto? Es una sonda vesical. Venga, le explico. Dicen que la próstata me ha empezado a fallar y han tenido que ponerme esta sonda. Desde hace años el urólogo dice que va a operarme, pero, hasta el día de hoy, nada de nada. Cosas de la EPS. ¿Le molesta?

—¿Tiene que llevarla a todos lados?

—Cuánto lo siento, señorita… Guante —responde sin levantar la mirada de la bolsa.

—Garra, soy Garra.

—Eso, eso. Perdóneme, ya la memoria no es la misma de hace unos años.

Ni que lo diga, no tengo que envejecer para hablar de pérdida de memoria, abuelo.

—Ojalá pudiera quitármela para no incomodarla, pero…

La enfermera Hulk ni se entera cuando su inquilino estrella abandona el edificio.

Minutos más tarde, zigzagueo por la avenida con Francotirador aferrado cual koala a mis senos, mientras lucha por no perder la caja de dientes y su sombrero en cada giro. Me gusta la velocidad y vamos tarde a nuestro primer día de trabajo. Si es que aún es nuestro.

Después de conducir casi media hora llegamos a una especie de fábrica abandonada, ubicada a las afueras de la ciudad, como quien va para Chingaza o para el maldito fin del mundo. Atrás quedaron los edificios grises y fríos, ahora solo hay montañas a nuestro alrededor, que se levantan recordándome que en cualquier momento las plantas carnívoras tomarán el poder.

Estamos parqueados a un lado de la carretera, frente a la casa del terror. Inhalo. Así que esto es lo que la gente llama oxígeno. Todo es muy tranquilo cuando has abandonado la metrópoli. No hay humo, no hay congestión ni gente haciéndote el feo.

—¿Es aquí? —pregunta Francotirador—. ¿Está segura, joven?

No contesto. Cubro mis ojos con las manos para ver mejor, pues el desgraciado solecito, que se ha puesto sobre nuestras cabezas, está cada vez más insoportable. Observo por quincuagésima ocasión el volante que me entregó el Doctor Mente, lo arrugo entre mis manos y lo guardo en el bolsillo de la chaqueta.

La estructura es un gigantesco edificio de paredes grises y gruesos ventanales en los pisos superiores, desde donde, con seguridad, puede verse todo a kilómetros. La única entrada es una oxidada reja de unos diez metros de ancho asegurada con un candado del tamaño de una sandía. Algunos cuervos se han apoderado del lugar y nos observan en silencio. Puedo apostar a que nadie ha puesto un pie adentro en años.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunta el viejo mirando hacia arriba. Quizás las cataratas de sus ojos lo protegen de los rayos ultravioleta—. Yo creo que ya se fueron y no nos van a pagar. ¿Lo ve, joven? ¿Ve por qué tiene uno que ser puntual?

—Ya. No se porte como mi mamá, viejo —contesto mientras camino de un lado a otro, pensativa—. No pierda el poco respeto que le tengo.

No, no, no, no. No puedo haber perdido mi única oportunidad de lograr algo. Camino hasta la pared del edificio y le doy un puño.

—No se mortifique, joven.

—Ya deje de decirme así. Soy Garra, abuelo. Ga… rra… —Me volteo hacia Francotirador, que permanece junto a la moto, observándome con esos ojos viejos—. No se imagina lo mucho que soñé con este día. Era mi oportunidad de mostrarle a todos esos que me critican que todavía soy una superheroína. Aunque yo no creo que usted entienda… Qué va a entender si se la pasa todo el día viendo un televisor apagado. El superplan del día. ¡Mírenme! ¡Soy Francotirador y tengo una sonda y una pistola vieja que se llama…! ¡Que se llama…!

—Carolina —interrumpe acariciando el revolver en su cinturón—. Y no tiene por qué ser grosera. Lo de mi sonda es muy común.

—Uy, sí, no me diga. —Me acerco a él y le señalo el rostro—. ¡Si no nos hubiéramos demorado tanto con usted en el ancianato ese, habríamos logrado el trabajo!

—Pero si usted fue la que llegó tarde…

—¡No es momento de buscar culpables ni de señalarlos! ¡No entiendo qué quiere demostrar a sus años!

Cuando creo que voy a explotar, un automóvil se detiene a unos metros de nosotros, junto a la carretera. Es la policía.

—¿Ve lo que ha hecho? —susurro respirando con tranquilidad, y le lanzo una mirada de hablamos más tarde. Como esas que hace mi mamá.

¿Mendoza y Galvis? ¿Qué hacen ellos aquí? Son policías del centro de Bogotá, no de las afueras.

—Policías corruptos. —Ellos se acercan sonrientes.

En más de una ocasión, el Capitán se enfrentó a los diferentes alcaldes que ha tenido la capital para pedir la renuncia de este par y de otros más, pero al parecer poseen fuertes contactos políticos. Suspiro. Algunos automóviles pasan por nuestro lado y hacen sonar la bocina.

—Garra… —saluda Mendoza, que tiene cabeza de cebolla y grandes orejas—. No esperábamos verte por aquí.

—Lo mismo digo —respondo y guardo las manos en la chaqueta—. Este no es su territorio. Si mal no recuerdo ustedes son de otro cuadrante.

—Nos avisaron de un robo en esta fábrica —responde Galvis, sonriente. Casi puedo olfatear su asqueroso perfume barato—. Hemos venido lo más pronto posible. ¿Has visto algo?

—Pues para estar a casi una hora del pueblo son muy eficientes. —Pateo una piedra y me acerco a ellos—. Digan la verdad, peleles. Quién los envió y por qué.

—De qué hablas, Garra —contesta Galvis. Se observan. Han caído ellos solos y me encuentro lo bastante cerca como para desarmarlos—. Solo cumplimos con nuestro deber.

—No me digan. Ahora resultaron ser los superpolicías. ¿Quién los llamó? ¿El dueño de esta fábrica? ¿Por casualidad se llama Willy Wonka?

—¡Está armado! —grita Mendoza, y ambos desenfundan sus armas. Me doy la vuelta y veo a Francotirador apuntando su revólver en nuestra dirección—. ¡Suelte esa arma, abuelo! ¡Suéltela ya!

Maldición. Esta es la cereza que le faltaba a la torta. Estar en medio de una balacera.

—¡Garra! ¡Dile que baje el arma o dispararemos!

Levanto ambas manos, giro y, muuuuy despacio, regreso hacia donde se encuentra Francotirador. A medida que me acerco puedo notar sus músculos tensos y la mano con la que sostiene a Carolina vibrando de forma casi imperceptible. Sé que poseo la agilidad de un gato, pero no sé si seré capaz de esquivar balas; además, en estos momentos tampoco estoy segura de que ambos policías estén apuntando a Francotirador o si soy yo el blanco. Su sola presencia en este sitio es dudosa. Empiezo a sudar y no por el calor.

—Francotirador, conseguirás que nos maten —susurro con las manos en alto—, estos tipos no lo pensarán dos veces antes de volvernos un colador.

—Joven Garra, usted dijo que eran corruptos. Y no hay nada más asqueroso que los policías corruptos. No se preocupe, antes de que ellos se den cuenta, Carolina se encargará de hacer el trabajo. Mejor póngase detrás de mí, no vaya y sea…

—No me preocupa Carolina…

—¡Qué están hablando! —grita Galvis.

Puedo olfatear el nerviosismo de lado y lado. ¿O es mi nerviosismo lo que huele tan mal?

Un par de automóviles se detienen a un lado de la carretera y las personas nos graban con sus teléfonos móviles, lo cual garantiza que, por lo menos, Galvis y Mendoza lo pensarán dos veces antes de intentar algo contra mí. Dispararle a alguien por la espalda no está muy bien visto en Colombia.

Llevo las manos detrás de mi cabeza. Ahora estoy a menos de dos metros de Francotirador y no le quito la mirada a Carolina. Su tembloroso dedo en el gatillo no dudará en disparar, pues el hombre es más obstinado que un cadáver. Respira, Garra. Sabes qué sucederá si te desesperas y no quieres causar mala impresión al lector. Respira. Si vas a hacer algo, es ahora o nunca. Empiezo a contabilizar los segundos y a controlar mi respiración. Debo tener la cabeza fría para ser capaz de moverme a una velocidad superior.

La respiración y el parpadeo de Francotirador también se han coordinado a un solo ritmo. Sus pupilas grises están contraídas, pero su mano continúa temblando. Es enfermedad de Párkinson.

—¡Vamos, dispárale, oficial! —gritan desde uno de los automóviles parqueados, y la interrupción me saca de mi estado de alerta. Gracias por tu cooperación, ciudadano ejemplar. Solo espera a que vea tu rostro y me aprenda la matrícula de tu auto—. ¡Es Garra! ¡No se pierde nada!

La carretera está bloqueada en ambos sentidos por la caravana de curiosos que abandonan sus vehículos para gozar del espectáculo. Como curiosidad, el capítulo de hoy tiene de actriz principal a la famosa e inconfundible Negra de Oro. Sobra decir, en este momento de tensión, que poseo el récord del vídeo con más visitas en YouTube.

Aunque no tengo ojos en mi espalda, intuyo lo que los policías están haciendo: han dado unos pasos al frente y, cada dos por tres, se observan entre ellos. Sus manos también tiemblan. ¿En qué momento terminé así? Sé que puedo desarmarlo, sé que puedo desarmarlo, sé que…

Todo sucede demasiado rápido. Dos estallidos retumban, cierro los ojos, me cago. Abro los ojos. Si estoy muerta este es el paraíso, pues frente a mí está el mismísimo Capitán Colombia con la mano empuñada.

Hay gritos de júbilo y de abucheo. Población promedio sedienta de sangre.

—¿Roberto?

—Capitán Colombia —responde; abre la mano y dos balas caen al suelo. Me doy la vuelta. Los policías están inconscientes, no creo que hayan muerto. Es una pena el estricto código moral del Capitán que le impide «hacer cositas de más».

Hoy es un día de contrastes, y Roberto simboliza la mitad feliz que le hacía falta. En dos pasos me aferro a su hermoso cuerpo de acero y me derrito entre sus pectorales como si fuera un bebé buscando los senos de su mamá. Perdón por esta comparación, pero, por si no lo he dejado claro, lo amo.


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