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Excerpt for Abilene Jenkins y la Espada del Edén by , available in its entirety at Smashwords


Abilene Jenkins

y la espada del Edén



Parte I



Bastian St. Claire



Copyright © 218 Bastian St. Claire

Todos los derechos reservados


ÍNDIce











ACLARACIÓN




La saga de “Abilene Jenkins” es una serie de novelas de fantasía, aventuras y misterios. Están creadas sobre la base del cristianismo; sin embargo no son novelas netamente cristianas. Al ser ficción me he permitido inventar paisajes, situaciones, mundos y todo tipo de personajes del mundo espiritual. Ciertos hechos se corresponden con lo escrito en la Biblia, pero muchos otros no. Son simplemente licencias artísticas que me tomé.


La idea de esta saga es que los jóvenes puedan leer ficción, entretenida y con buena dosis de fantasía, pero basada en valores cristianos.


Cada libro de la saga contiene historias que se pueden leer de dos maneras, el lector común encontrará una entretenida trama de ficción y los que tengan instrucción espiritual verán un mensaje diferente y más profundo.

Sea cual sea el tipo de lector, espero que este trabajo sea de su agrado.


DEDICATORIA




Si llegaste a esta página es porque tuviste la amabilidad de abrir el libro y leerlo así que la primera dedicatoria va para ti, querido lector o lectora. Sin tu complicidad mi trabajo no tendría sentido.


Además dedico esta serie de novelas a Dios y a mi familia, en especial a mi madre y a mi hermano Gustavo. A los que confiaron en mí y a los que se burlaron creyendo que no podía.

No me puedo olvidar de Ileana Fernández que hace las veces de correctora y traductora al idioma inglés. Sin ella mi esfuerzo tendría menos calidad.

A los que no nombro, pero están. A todos.



CAPÍTULO I

ABILENE ANTIQUES




Lo poco que quedaba en la mente de aquel hombre estaba en blanco. Bah, blanco, gris o algún tono particular de su pantone psicológico. El tipo la miró, ella también y en uno o dos instantes el hombre cayó como si la gravedad lo llamara a golpearse contra el parquet. Ella intentó levantarlo con otra persona que circunstancialmente visitaba la casa de antigüedades; sin embargo, su excesivo peso conspiró para que la gravedad lo mantuviera en el lustrado piso.

Una señora que estaba presta a entrar a la tienda hizo media vuelta en el lugar y se dio a la fuga inmediatamente. Era comprensible, el gordo parecía fusilado en el piso.

Cuando ya se le estaban marcando pequeñas improntas con las juntas del parquet el gordo se incorporó pegando un salto que no le hacía honor a su peso. La inesperada agilidad sorprendió a todos. Se colocó unos curiosos lentes y volvió a analizar con más detalle ese reloj de mesa Atmos Jeager Le Coultre que lo hizo desmayar.

Eso es mío. ―Dijo con tono suave, pero firme el obeso cliente de unos cincuenta años.

Señor este es un empeño y no lo trajo usted. ―respondió Abilene acostumbrada a clientes de todo tipo.

Pero es el mío. ―volvió a insistir el cliente.

Entiendo que no es común, pero no es el único ni es el suyo. ―dijo ella y su dulce mirada cambio a una más amarga. El cliente dio media vuelta y se marchó refunfuñando.

Si bien estaba acostumbrada, eso no le impedía cansarse de aquellas situaciones. Cada tanto se hartaba de clientes que creían poder manejarla por la sencilla razón de tener tan solo diecisiete años. Es que su aspecto físico conspiraba para ganarse el respeto de los mayores, más que todo por su belleza angelical y su gran colección de vestidos de flores que solía utilizar. También ayudaba su tez de porcelana, ojos grises y un extenso cabello rojizo, gentileza de su madre irlandesa. Tenía una apariencia frágil, de ahí que intentaran timarla constantemente en su trabajo.

Albert, su padre, la había dejado a cargo del negocio ya que él padecía una enfermedad incurable. Era la tienda de antigüedades más importante de Statera City y a más de uno le daba envidia ver a una joven detrás del mostrador. Eso le producía cierta tristeza ya que era una chica tímida, alegre y amante de las bromas, pero allí, en su tienda, tenía que parecer una mujer dura.

Abilene creció en ese mundo de antigüedades y reliquias, por lo tanto, sus diecisiete años eran más que suficientes para administrar el negocio. De hecho llevaba su nombre, Abilene Antiques ya que su padre tenía en mente heredárselo. De ninguna manera dejaría que alguien se llevara algo a un precio que no era justo ni permitiría ser embaucada porque su padre dejó la vida allí, era su deber respetar eso.

Albert era un hombre que no había logrado tener una gran educación, sólo hizo la primaria y lo enviaron a trabajar en el campo, de ahí que valorara tanto el negocio. Había aprendido los secretos de su trabajo de las maneras más curiosas. Igualmente su estilo de llevar aquella pequeña empresa tenía algunas fallas y una de ellas era que no poseía inventario, al menos en papel. Albert recordaba todos y cada uno de los productos, ella, en cambio, no tenía esa suerte. Por ello se dispuso a limpiar a fondo el salón por dos razones: porque su padre, aquejado por su salud, en los últimos años no aseaba seguido y porque a ella le serviría para conocer todos los productos a la venta.

Le gustaba realizar el aseo con el sonido de un viejo y aparatoso televisor Talent a todo volumen. Era uno de esos aparatos de los 80 que no contaban con control remoto sino que tenían sólo trece canales y había que cambiarlos manualmente. No era de ver tanto la TV sino que la utilizaba de radio. Cuando no estaba limpiando escuchaba una y otra vez un antiguo disco de vinilo de Charleston ya que tiempo atrás le habían obsequiado un Winco 2020 color crema y solía utilizarlo mucho, más ese día encendió el televisor todo el día.

Una extraña noticia la obligó a dejar de limpiar unos minutos. En el norte de Irak, en la zona donde se creía se ubicaba el jardín del Edén de la Biblia, un equipo internacional de arqueólogos encontró una pirámide. El periodista destacaba que en la misma habían encontrado un féretro de aproximadamente 3 metros de altura. Aquel antiquísimo ataúd, al parecer, estaba realizado en un material del que la humanidad no tenía ni noticias. A Abilene le cautivaban ese tipo de noticias, pero esa mañana tenía mucho trabajo que hacer y dejó de prestarle atención a aquel programa para centrarse en sus propios tesoros y reliquias.

Luego de tanto limpiar encontró un polvoriento bolso pequeño color negro. Lo abrió y dentro halló una antigua cámara “Paillard Bolex de 16 mm. Ese hecho la sobresaltó porque justo anoche había soñado con una cámara de cine, aunque curiosamente no había visto nunca una. Se dio cuenta que era una cámara al relacionar su sueño con el aparato que tenía en sus manos.

Las imágenes que produjo su mente eran borrosas y no le dio importancia, por lo que había olvidado el sueño, claro, hasta ese momento. También recordó que su amigo Daniel Colt le dejaba las orejas hinchadas de tanto comentarle que andaba detrás de una cámara como la que ella tenía y lo llamó por teléfono.

Daniel, adivina que encontré. ―ella no terminó de pronunciar la frase y Daniel contestó.

―¡Una cámara de cine!

Siiii. Y se ve en buen estado estético, aunque no sé si funciona. De hecho nunca había visto una antes.

―Ahí voy, en un rato llego.

―Buenísimooooo.

Daniel era un chico de la misma edad que Abilene, algo distraído y risueño, pero de buen corazón. Su cara regordeta lo hacía objeto de bromas. Siempre estuvo enamorado de Abilene, pero ella como que vivía en otro mundo. De todas maneras, Daniel aprovechaba para verla todas las veces que podía. Por eso, cuando llegó a la tienda, se bajó raudo del entusiasmo y entró sin atar con cadena su bicicleta.

Buenasssss, hola Abi, ¿dónde está la cámara? ―Por las vidrieras del local ella observó como un ladrón robaba la bicicleta de Daniel.

―¡Daniel, la bici!

¿Qué? No te entiendo. ¿Y la cámara? ―continuó preguntando Daniel distraído y a los gritos sin haber escuchado a Abilene porque el salón de la tienda de antigüedades era muy grande, como de cuarenta metros de largo, y ella estaba en una pequeña oficina al fondo.

¡Que rápido llegaste! Es esta mira.

¡Uy que bueno! Una Bolex h16. ¡Y con tres lentes! He visto una en internet, pero sólo venía con uno.

¿Cómo funciona? ―preguntó ella.

Por empezar no tiene sonido, no hay micrófonos ni nada, así que es un tema menos para explicar. ―respondió Daniel entusiasmado.

¿Y con la imagen? ―preguntó Abilene interesada en aprender lo más posible de aquel aparato.

Daniel sacó de un bolsillo un rollito con un metro de película de cine de un documental que su profesor le regaló.

―Mira, aquí traje un trozo de cinta ya rebelado para probar el mecanismo. Me lo regalaron en el workshop de cine que hice.

Daniel quitó una tapa del costado de la cámara y cerró sus ojos, al tiempo que se contorsionaba como bailando. Abilene no entendía esa actitud.

―¿Qué haces, Daniel?

―Practico algo que me enseñaron, enebro la cinta con los ojos cerrados. Es como si estuviese en un cuarto oscuro.

―¿Pero en los cuartos oscuro no hay una luz roja? ¿Cómo cuando revelan los rollos fotográficos?

Y sí, pero mi cuarto es muuuuuy oscuro. ―respondió Daniel sin dejar de bailar. Ella miró al cielo como no pudiendo creer lo que hablaba Daniel, pero él no se dio cuenta y siguió.

Mira cómo trabajan mis manos, soy un profesional del cine. ―terminó de hablar y se le cayó la cámara al suelo con un estruendoso ruido y un carrete de cinta se fue girando casi hasta la puerta del negocio. Ella lo miró y meneó la cabeza como resignada.

No pasa nada, Abi, no pasa nada. Busco el carrete, lo pongo acá y queda como nueva.

Genial. ―respondió Abilene algo molesta. ―Recién te pregunté cómo funciona, pero no me explicaste.

Ah sí, corres esta tapa, luego aquí ―señalando un carrete de cinta―, enganchas la película y luego la pasas por aquí y por allá…

Mejor no me expliques tanto, no por mala onda sino porque ni aunque me expliques lo entenderé. ¿Crees que funcione? ―preguntó ella tratando de ir al grano.

Sí, sé que funciona. En esta parte ―señalando un costado de la cámara― las más nuevas traen un motor, pero esta es a cuerda. Con esta manivela cromada le das vuelta muchas veces y listo, no necesitas electricidad. ―explicó Daniel sonriendo y viéndole el lado positivo a todo.

―Bien ¿y la cuerda cuánto dura?

Veamos. ―respondió Daniel y comenzó a darle vueltas a la manivela cromada de la cámara. Cuando ya no podía girar más, presionó el botón para grabar y probó el sistema contando el tiempo mentalmente. A los pocos segundos la cámara dejó de grabar.

Y… más o menos unos veinte segundos.

¿Veinte, nada más? ―se sorprendió ella.

Y… así son estás cámaras. ¿Cuánto vale? ―Abilene abrió el cuaderno donde ella estaba haciendo el inventario y que además funcionaba como lista de precios, pero no encontró aquella cámara en la lista.

―Mira, justo de este producto no sé el precio y me da vergüenza no saberlo, pero recién me acabo de enterar que teníamos esto en el negocio. ¿Te propongo algo? Llévala y luego vemos.

¡Genial! La voy a probar en el recital La iglesia canta. ¡Está saliendo todo como esperaba! ―comentó Daniel alegremente.

Uy que buen lugar para probarla... Te iba a proponer que grabes en “Lollapalooza”, pero “La iglesia canta” es mucho mejor… ―respondió ella con ironía.

Si bien hacía dos meses que asistía a la Iglesia Bautista de Statera City, ella no entendía casi nada porque su iglesia había perdido a su pastor titular y ahora contaba con uno algo mediocre que llegó al puesto pisando las cabezas de los demás postulantes. Además, en dos meses, había asistido solamente en tres ocasiones.

Abilene se agachó para guardar el cuaderno de inventario en un cajón. Recién ahí cayó en la cuenta de la frase de Daniel.

¿Cómo que todo está saliendo como esperabas? ―preguntó ellacuriosa. Daniel dejó la cámara y le hizo un ademán para que Abilene se sentara.

―Mira Abi, siéntate.

Se sentaron y Daniel comenzó a contar las experiencias vividas.

―He tenido sueños extraños desde hace un tiempo atrás. No sé exactamente cuándo empezó porque al primer sueño no le presté atención, pero cuando fueron recurrentes y cada vez con más detalles, comencé a estar atento. De ahí viene mi entusiasmo por las cámaras de cine.

―¿Por eso fue? No lo sabía, pensé que te empezó a gustar el tema porque sí.

No, fue por esos sueños. Por ellos también me inscribí en el workshop de cine. Y no sólo eso. ―Daniel hizo una pausa entre misteriosa y asustada.― En ese workshop el profesor me dijo que tenía que filmar algo importante y me regaló tres minutos de cinta virgen. ¿Entiendes? Aun sabiendo que no tenía cámara y que éramos treinta, el profesor me regaló película virgen solo a mí.

Por ahí tu profesor es gay. ―bromeó ella.

―Abi…

Perdón, la verdad es que todo es muy extraño. ―dijo ella algo asustada.

―Y aparte soñé que filmaba algo mañana en el evento.

Ay Dios, ¿eso también lo soñaste?

Sí, Abi, no sé si son sueños o visiones, pero yo ya sabía que me ibas a dar una cámara para filmar mañana. No sabía cómo ni qué cámara, pero sabía que me darías una para filmar mañana. Como tú sabes, mis padres no tienen buena posición económica. Yo no tengo dinero para pagarla, pero sabía que me la ibas a prestar. ¿Tener dinero para comprar la película de cine? Menos aún ya que son latas con película para quince minutos y se dejaron de fabricar hace como veinte años. Son inconcebibles.

No te creo, demasiadas coincidencias para ser verdad. ―comentó ella sorprendida.

Es así. Por eso llegué rápido al negocio. Me he pasado todas las tardes desde hace una semana a dos cuadras de aquí, en la plaza Stewart, esperando que me llamaras para venir.

El dulce rostro de Abilene cambió a uno aterrorizado y se le puso la piel de gallina, pero el semblante de Daniel era todo lo contrario, su mirada transmitía paz. Y con esa paz pronunció una frase que dejó perpleja a su amiga.

―Algo grande pasará mañana.


CAPÍTULO II

LA FILMACION




Daniel y Abilene se despidieron y prometieron encontrarse en el recital, pero ella no podía dejar de reflexionar en lo que su amigo le confesó. Por alguna razón lo relacionó con la noticia de la televisión. Por eso, cuando cerró su tienda, decidió que al llegar buscaría en internet noticias al respecto.

Ya en su casa, saludó a su padre, le preparó cena y cuando Albert se durmió, ella se dedicó a investigar el extraño hallazgo de Irak sin ninguna distracción. En internet encontró la teoría de un periodista que alertaba que una fuente confiable le había dado la información que el hallazgo de esa pirámide y del féretro, en realidad había sido el año pasado, pero que salió a la luz tarde. Además el periodista explicaba que, mediante equipamiento de última generación que poseía una empresa estadounidense, habían clonado con éxito al ser dentro del féretro. Eso la llenó de temor, no sabía por qué, mas así era.

Su mente se disparaba para lugares insospechados. No entendía por qué razón querían clonar a aquel hombre de la antigüedad. Hubiese preferido no saber la respuesta; en la web oficial del equipo de arqueología indicaban que las pruebas de carbono 14 dieron como resultado que ese ser de tres metros de alto tenía una antigüedad de 8000 años.

Por la presión de la prensa el equipo arqueológico terminó confesando que habían realizado un convenio con una entidad gubernamental de USA para clonar aquel ser. Pero lo más jugoso vino después cuando el vocero de la empresa informó:

La radiografía al cráneo del ser nos mostró lo que parece ser una lengua bífida similar a la de las serpientes de la actualidad. Creemos que puede ser el eslabón perdido de la cadena evolutiva de Darwin.

Abilene se quedó con la boca abierta. Clonar un ser es una cosa, que tuviese lengua de víbora le ponía la piel de gallina. Continuó leyendo por varias horas hasta que el sueño hizo de las suyas y la tumbó sobre el teclado de su computador.

Ya en la mañana, la alarma de su móvil, la encontró durmiendo sobre su computadora. Se estiró un poco y le dolía la espalda. Igualmente se vistió rápido y se encaminó al recital donde se reuniría con Daniel.

Ella fue de las primeras en llegar. Sobre el escenario había un gran cartel en donde se podía leer con luces de neón La Ciudad Canta.

Si bien se consideraba cristiana, no era una ferviente fiel ya que había empezado a asistir hacía unos pocos meses y faltó a los cultos en muchas ocasiones. En su hogar había recibido algo de instrucción religiosa, mas muy básica. Por todo eso, quedaba claro que no era un gran amor a Dios lo que la movía a llegar con anticipación sino la charla que tuvo con Daniel.

Como su iglesia estaba en la organización, saludó a algunos hermanos, pasó detrás del escenario y allí se quedó.

Le fascinó el movimiento que había detrás de escena, todos trabajando acelerados, algunos iban al trote de un lado al otro. Cualquiera que no conociera pensaría que estaban locos; sin embargo, en ese aparente caos cada uno tenía una función.

El estadio comenzó a llenarse paulatinamente. Abilene miró la hora en su reloj. Faltaban diez minutos para el comienzo del evento y Daniel no aparecía. El que sí estaba era el pastor Darrell Jones, un hombre al que le faltaba gracia y le sobraba grasa. El obeso pastor daba todo tipo de órdenes para que el evento saliera como él quería.

Maquíllame bien querida, debo verme espléndido sino van a pensar que los servidores de Dios la pasamos mal. Llámame al sonidista, por favor. ―le pidió a su amable esposa que no paraba de trabajar y correr de un lado al otro cumpliendo las órdenes y caprichos del pastor. .

Señor sonidista, no recuerdo su nombre, necesito un poco de reverberación en mi voz. Tiene que sonar poderosa, como si el mismo Dios hablara por mí. ―La esposa del pastor bajó la vista avergonzada.

Abilene escuchó eso y se le revolvió el estómago. Tal soberbia no estaba bien ni dentro de la iglesia ni fuera de ella.

Había aprendido a mirar a las personas que entraban a su tienda a comprar, por lo que tenía talento para leer el semblante de sus clientes. Albert le había explicado que las personas decían más con sus gestos que con sus palabras. Ese mismo concepto aplicó con el pastor y se dio cuenta que era un falso servidor de Dios porque con su boca predicaba de una manera, pero sus acciones eran otras.

Cinco minutos antes del comienzo del evento apareció Daniel, caminaba como paseando con su antigua cámara en la mano.

¿Qué pasó, Daniel? ¿Y la bici? ―preguntó Abilene sabiendo de antemano lo que había ocurrido. ―Ayer me bajé rápido en tu tienda y, al salir, ya no estaba. Igual no la voy a necesitar. ―contestó él sin preocuparse demasiado por ello.

Ella iba a preguntarle por qué decía eso, pero los interrumpió el pastor Darrell. Lucía un traje carísimo y se manejaba con una arrogancia impropia para un ministro de Dios.

―Bendiciones chicos, linda cámara. Algo viejita, pero hermosa.

―Sí, es bastante vieja, pero sirve.

No es por nada, pero con tantos avances tecnológicos, ¿por qué filmas con eso? Porque viniste a filmarme ¿no?

―Sí, claro. Vine a filmar el evento.

Pero deberías usar una de esas cámaras profesionales como aquellas, de alta definición. ―señalando a sus camarógrafos profesionales.― En eso Abilene que sabía lo ambicioso que era su pastor le hizo una pregunta provocativa.

Pastor, disculpe ¿cuánto le paga a los camarógrafos? Contratar profesionales debe ser costoso, aparte los seguros por si se accidentan, en fin.

¿Pagar? Nooo, lo que hacen es un servicio para Dios. ―respondió el pastor levantando las manos y mirando al cielo.

Pero lo suyo también es un servicio para Dios y cobra. ¿Sino con qué dinero se compró su BMW? Cambia el auto todos los años.

Ese vehículo es la bendición del Altísimo por mi trabajo. No juzgues para que no seas juzgada, hermana Abilene. ―contestó el pastor tratando de disimular su molestia. Dejó de hablar con ella y siguió la charla con Daniel.

Tu cámara, la conozco de mi juventud y sé que no capta sonido ¿cómo grabarás mi mensaje?

Yo me las arreglo pastor, no se preocupe.

Además graba poco tiempo, te volverás loco para filmar un evento de tres horas.

No se haga problema, pastor, para lo que vine a filmar alcanza y sobra. ―Darrell lanzó una pequeña risita, los bendijo por compromiso y se fue con la excusa de seguir organizando el evento.

Justo en ese instante alguien al micrófono saludó al público y comenzó el recital. La gente aplaudió feliz, gritaban como en un partido de futbol. Daniel y Abilene miraban todo desde atrás del escenario, pero él pidió que fueran hacia un costado. Ella, que no era experta, se dio cuenta de algo obvio.

―Daniel desde aquí no se ve nada, estamos al costado del escenario.

Pero él no había ido a disfrutar ni a escuchar al soberbio pastor, tenía otros planes. Cerró sus ojos y su boca se movió como orando en vos baja. Abilene lo observaba sumamente sorprendida. En eso él abrió los ojos, miró con inmenso amor a Abilene y le dijo:

―Fue un gusto conocerte, que Dios te bendiga grandemente, Abilene.

Ella se quedó muda y como congelada con esa especie de despedida mientras Daniel sacaba un pequeño trípode y acomodaba en él la pequeña Bolex. Le dio vueltas y vueltas a la cuerda de su antigua cámara y se preparó.

Comenzó a sonar la primera banda de rock, pero a Daniel no le importó. Hizo un encuadre de tal manera que enfocaba algo del público y mucho del cielo. Cerró sus ojos una vez más, sus labios pronunciaron amén, pero sin sonido. Inmediatamente después presionó el botón de filmar. Lo hizo una milésima de segundo antes que se oyera un gran estruendo. Abilene se derrumbó en el pasto del estadio y se quedó allí un buen tiempo. Silencio.

Al rato un griterío despertó a Abilene que continuaba tendida en el pasto del estadio. Levantó su vista e intentó hacer foco en algo o en alguien, pero no pudo ya que estaba encandilada. Se incorporó lentamente mientras trataba que el griterío no la afectara. Cuando logró mirar las piernas se le aflojaron del miedo. ¡Las ocho mil personas del evento habían desaparecido! Quedaba algo de público caminando a la deriva aturdido, pero no eran más de cincuenta. Ella dirigió su vista al escenario y vio al pastor que se ponía de pie, al tiempo que se limpiaba el traje y preguntaba a los gritos por su esposa. En ese instante se acordó de Daniel, lo buscó donde lo había visto por última vez, pero solo la cámara estaba.

Instintivamente tomó la cámara y corrió fuera del estadio. Grande fue su sorpresa cuando entendió que aquel extraño hecho que ocurrió no era solo en el estadio de Statera City sino en toda la ciudad.

Dejó de correr y se fue a su casa caminando. Su corazón casi se infartó al ver buses chocados contra otros y vehículos sin conductores. Levantó su vista al cielo como pidiéndole una explicación a Dios, pero, en cambio, divisó una avión de gran porte que estaba por estrellarse. Corrió y se resguardó junto a un árbol mientras, algo inútil por el tamaño del aparato. Por suerte el avión cayó arremetiendo contra vehículos y personas en la calle, pero lejos de ella. La ciudad se incendiaba y ni ella ni nadie entendía lo que acontecía.

Intentó llamar desde móvil a su casa, pero no tenía batería. Lo curioso es que ella lo había cargado para grabar imágenes en el estadio. Se acercó a un teléfono público y tampoco había energía. Una mujer, visiblemente fuera de sí, la empujó bruscamente, le quitó el teléfono e intentó utilizarlo. ¡Todos estaban locos! Había personas que se tomaban a golpes de puños en las esquinas. Algunos semáforos apagados volvían a la vida, pero electricidad casi no había.

Pensó que el hecho había sido producido por algún tipo de corte eléctrico fruto de un meteorito o algo parecido. No había muchas más cosas que pudiesen provocar que el sistema eléctrico de toda la ciudad colapsara. Las baterías de los móviles personales tampoco tenían energía. En ese lapso, a ella se le cruzaron las ideas más locas que había para tratar de entender los hechos que estaba viviendo.

No había servicio de transporte así que, luego de una hora y media, llegó casi agotada a su vivienda ubicada en las afueras de la ciudad. Inmediatamente fue a la habitación de Albert en el primer piso. Subió las escaleras saltando de a dos peldaños con sus últimas fuerzas.

El estruendo del acontecimiento había dañado el corazón de su padre y respiraba con dificultad. Lo abrazó con el más tierno sentimiento.

―¿Papá que ha ocurrido?

Ya te explico, enciende el televisor.

Papi oigo rara tu voz. ¿Estás bien?

Sí hija, solo enciende la televisión.

Colocó un canal de noticias y allí se enteró de lo que había sido según ellos: un pulso electromagnético. Los periodistas que todos los días necesitaban noticias para rellenar una grilla de veinticuatro horas, ahora tenían material de sobra y elucubraban ideas locas de todo tipo. Ella fue cambiando canales y se sorprendió.

Papá, esto es un lío. Acá afirman que son alienígenas, en Canal 55 que fue un pulso electromagnético, en el 13 que fue un meteorito y en Noticias Hoy aseguran que fue algo perpetrado por terroristas. ―Albert, casi que no escuchó lo que hablaba Abilene porque estaba preocupado por otro tema.

Abi…hija ¿estuvo Daniel en el estadio? ―Ella giró y lo observó sorprendida.

¿Cómo sabías que Daniel iría al recital? O sea, ¿cómo lo conoces? Si ha venido una o dos veces y no recuerdo habértelo presentado.

Albert estaba ensimismado en sus pensamientos, pero sabía que algo debía explicarle a su hija porque eran demasiadas preguntas extrañas para ella. Además también era su deber contarle lo importante y su corazón no le daba demasiado tiempo para perder.


Mira, hija, las cosas son así. Todo comenzó un día de enero, cuando eras pequeña. Un mes después que tu madre falleciera. Una mañana llegó un hombre. Me llamó la atención porque era alto y pálido. Su voz también era extraña, sonaba bella, pero extraña. Dijo que venía con una misión y que debía dejar una cámara de cine en nuestro negocio. No le presté mucha atención y sin mirarlo le pregunté su nombre para llenar el formulario y si quería vender o empeñar.

Albert detuvo un momento su discurso, sus pupilas se volvieron brillosas. Recordó que aquel extraño cliente se acercó, le clavó la mirada fijamente, pero con ternura y, antes de dejarle la cámara, respondió una frase que no olvidaría jamás.

Las bendiciones no se venden ni se empeñan, amigo Albert, sino que se dan porque sí, sin pedir nada a cambio. Me transmitió más con su mirada que con sus palabras y fue así que oculté la cámara en la tienda y no la anoté en el cuaderno. Era algo que no teníamos que vender.

―No es por nada, pero que tú no quieras vender algo…

Hija, no sé cómo, pero sabía que había una buena razón para no vender la cámara. Y hace unos días tuve confirmación de ello.

―¿Confirmación? ¿Cómo es eso?

―Tuve un sueño en donde tu amigo Daniel usaba la cámara para tener evidencia de que las profecías de Dios son verdaderas.

¿Cómo verdaderas? ―En ese preciso momento Albert sufrió un ataque al corazón. Abilene entró en pánico.

―¡Papá no te mueras! ¡Aguanta que ya llega la ambulancia!

Hija, no puedo estar mejor. No te olvides de ver la película de Daniel. ―terminó de pronunciar esa frase y fue la última en la vida de Albert. Falleció con una sonrisa.

Ella se recostó sobre su pecho y lloró amargamente por varias horas. Lloró y gritó, incluso lanzó un florero contra la ventana destrozando cristales, pero nadie de sus vecinos se percató de ello. Tuvo que enfrentar esa tragedia completamente sola.

Afuera era todo locura y la sinrazón, la tristeza y la desesperanza habían ganado las calles. Un poco de ese cóctel negativo también había embriagado la vida de Abilene ya que, en un mismo día, había perdido a su mejor amigo, a vecinos y a su padre.

Después del funeral, ella regresó a la casa donde había vivido toda su vida y lo primero que vio en el living fue la cámara Bolex de Daniel Colt. Vinieron a su memoria las últimas palabras de su padre y un temor irrefrenable se adueñó de ella.

La observó fijamente por cuarenta minutos, giró en círculos alrededor de ella varias veces y, luego de reflexionar, se decidió a ver lo grabado.

Hizo memoria para recordar dónde había tocado Daniel para quitar la tapa del costado donde iba la película. En un primer momento pensó que debía sacarlo como un DVD.

Cuando se disponía a quitar la tapa recordó la prueba que intentó hacer Daniel, la charla del cuarto oscuro y sus manos se frenaron inmediatamente. Supo que arruinaría la película si quitaba la tapa sin revelar la cinta ya que la expondría a la luz.

En un primer momento tuvo la idea de llevar la película a una de las tantas casas de fotografía de Statera City, pero sintió que no era lo ideal porque no era un rollo fotográfico sino una película de cine y podrían dañarla. Asimismo estaba latente la posibilidad de que, si había grabado algo sensible, aquellos fotogramas fuesen la única evidencia de lo ocurrido en la ciudad. No había que ser un genio para saber que la filmación representaba un documento único y, como tal, podía tocar intereses de gente poderosa. Todo ello convertiría aquel material en imágenes muy deseadas, para bien y para mal.

La idea de ser el único documento en imágenes de aquel hecho no era una hipótesis alocada porque prácticamente nadie habría filmado en las condiciones que lo hizo Daniel ya que utilizó una cámara de setenta años de antigüedad, que no usaba electricidad y que además tenía que ser cargada con película de cine de 16 mm que hacía décadas no se fabricaba. Y, en el caso que lograra filmar algo, tampoco existían empresas de revelado que hicieran tal trabajo. Por todo ello, Abilene no se atrevió a entrar en ningún tipo de conflicto ni se arriesgó a que le copiaran la cinta. Sabiamente decidió que sería ella misma la encargada de realizar el trabajo. El pequeño gran inconveniente era que no tenía ni la menor idea de cómo hacerlo; de hecho, tres días atrás ni siquiera sabía lo que era una cámara de cine analógica. A pesar de todo, ella poseía la confianza necesaria para vencer todo obstáculo así que, con tranquilidad, se propuso investigar el tema para no cometer errores.

Estudio a conciencia decenas de tutoriales en internet y, luego de quemarse las pestañas viendo videos, armó un pequeño cuarto oscuro en una de las habitaciones de su casa y se dispuso a realizar el trabajo.

Ya en él, quitó la cinta a revelar y de los tres minutos, dejó dos en la cámara ya que no sabía qué hacer con ello.

Sumergió la película en el químico revelador, hizo el revelado con sumo cuidado y se tomó un merecido descanso. En el fondo no estaba cansada física sino mentalmente por todos los hechos vividos, y nerviosa por el proceso fotográfico que acababa de realizar. La sola idea de haber arruinado la película le helaba la sangre y se autopresionó inconscientemente. Creía tener idea de lo contenido en los fotogramas, pero no lo sabía fehacientemente y la posibilidad de haber grabado algo diferente a lo que vio ella en el estadio la ponía nerviosa. De ahí tanta preocupación que la invadía.

Más tarde acomodó la cámara en un rincón del living, en el mismo lugar donde la había dejado días antes del evento, y se sentó cómodamente en el sofá a ver televisión. Allí se enteró que lo ocurrido no había sido ni en el estadio ni en su ciudad. ¡Era una calamidad mundial! Abilene entendió que era algo que la superaba y si cometía un error con la cinta no se lo perdonaría nunca.

Durante el resto del día ella consumió todos los canales de noticias posibles para informarse de lo que había pasado. Creyó que así estaría más tranquila para ver la película revelada porque no habría sorpresa en ella. Que equivocada estaba…



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