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Elementos de un vitalismo trascendental

Felipe A. Matti

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Copyright 2018 Felipe A. Matti

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Indice:

Cita



Prólogo



Elementos



Disposiciones -o cómo se conjugan los elementos-



Es contemplado



Apéndice



Referencias











“La naturaleza entonces no debe ser sino obedecida para ser vencida: Y aquello que en la contemplación está como causa, está en la operación como regla.”
Francis Bacon

Prólogo

Estimado lector: Aquí se busca presentar no un sistema para todo vitalismo, sino solamente dar a conocer los elementos que comprenden lo que se ha de llamar vitalismo trascendental.



Podría defenderme de quienes me han exhortado a recapacitar sobre si realmente merezco llamarme vitalista considerando que gran parte de mi vida no he pisado más que adoquines y pavimento tan solo haber salido escuetamente de Buenos Aires en viajes espurios e incipientes. Pues ya ahora acallo aquellas voces que en mi plena solitud difuminan mi juicio y atosigan exorbitantemente mi espíritu. No es de aquella manera como pienso al vitalismo trascendental.

De modo temprano se escindió en mí una perspicaz y aguda búsqueda por comprender la naturaleza, desde pequeño frente a mí una pugna entre la imposición de dominar la tierra y el ser uno con el equilibrio promulgó en mi joven cuerpo la necesidad de liberarse de aquél letárgico sueño en la ignorancia y comprender a qué se debían esas diferentes posturas dispuestas. Tan solo en pacientemente observar mi patio pude percibir ese suave eco, el cual ajeno al ludibrio de nuestras representaciones, se permeaba a través de mis ojos.

Un joven estudiante comenzaba a engendrar la concepción de una gran orquesta de la cual somos parte, un ritmo trepidante y elusivo que se desmigaja y atenúa en cuanto lo queremos poner en dicción alguna. Sin embargo mi pequeña y febril mente rondaba fantaseando soledad y una delirante pena, la cual mi ineficaz e ensordado espíritu no podía aun atañer.

Adormecida mi consciencia continuamente me regocijaba ante el llamado tenebroso L’appel du vie, una luz amarillenta y agonizante penetraba y encadenaba el resquicio de mi cordura. Flemática, mi mente pululaba en un ambiente obscuro producto de ella, en donde comencé a perpetuar la imagen que me encontraba en un sendero completamente incoloro donde mi luz generaba sombras, la cual sostenía con mi mano derecha como si se tratase de una antorcha, al alumbrar objetos que se encontrabas íntegros en mí, una ennegrecida lontananza se efectuaba y finalizaba en el horizonte en una montaña donde estipulaba que al llegar allí, perdería una suerte de barro que cubría mis ojos y la ceguera finalmente sería extirpada. Sin embargo no sabía qué era aquello, ni tampoco cómo ir hacia allí.

Diezmado permanecía constantemente en un soliloquio del cual no podía salir. Creyéndome por siempre un obsoleto estúpido, nadaba en pequeñas cosas que me generaban un placer el cual me era adventicio; como el blanco vapor que escapaba de mi boca por las noches de invierno.

De esa manera descendí hasta encontrarme con una temerosa soberbia y necitud que terminó por soltarme en un acantilado inescapable el cual me golpeó de lleno. Temí morir. Tieso, petrificado y anonadado. Sudoroso y asustado lloraba por las noches maldiciendo nuestra gran deuda que llevamos por vivir. Una suerte de existencialismo ocluía mi pensar. Como un niño, un infante, teorizaba sobre escapes reconfortantes que me permitieran frenar la opresión en el pecho que esta pesadumbre me causaba. Me rehusaba a querer hostigarme. Sin embargo poco y nada me costaba alcanzar la concepción que infinito sería el tiempo que pasaría muerto; finito era el tiempo que estaría vivo.

De pronto aquél sufrimiento logró ser cómodo para mí, veía la debilidad como algo tan común en mí como el hecho de requerir comer. Lentamente dejé de buscar una escapatoria a ello ¿Por qué una persona víctima de la ceguera buscaría encender una luz?

En ese momento, por algún motivo comencé a recapacitar sobre aquello que sabía. Encontré mi espíritu en un dilema, pues no había abandonado mi fe en Dios, sino lo había hecho en cuanto a mi capacidad de conocer. No había nombre para expresar lo que sentía, como tampoco una respuesta a qué o cómo es que uno debe prepararse para la exacerbada cuestión que nos plantea la macabra razón ¿Qué si luego todo es un puro negro? ¿Qué si el sueño profundo y oscuro es la muerte?

“Ya estás muerto” pensaba. En el momento que has nacido, has muerto. No sos más que una moneda que se inclina lentamente y se posa sobre la caleatura y pronto se desplomará y allí permanecerá.

Inevitablemente y de modo apresurado comencé a por fin descender en la depresión. Acogedora y cálida, en cuanto te recibe su hogar se vislumbra como ningún otro. Ornamentado, luminoso, fogoso y jovial. No reparamos nunca cuando allí nos encontramos, sin embargo, en los pequeños detalles que ella esconde, simplemente nos dice todo aquello que queremos escuchar y sin más aceptamos sus propuestas. Nos arrojamos desnudos a sus brazos, permitiendo que nuestro espíritu se blinde de una arcilla construida al fragüe por una razón débil y falaz que no hará función de sostenerla y solo dejará que se seque y quiebre.

En ese estado me encontraba, rehén de mi estulticia y atormentado de mis silenciosos gritos, desplegado a la necesidad de mi muerte. Sin embargo por alguna razón no podía rendirme de completo. Acobijado en esa suerte de abrigo retroalimentativo, no me era posible tomar acción alguna. El frenesí se disipaba y ya tres años eran los que mi mente se había ocupado de acallar y vivir en el murmuro.

Siendo únicamente mi propio locutor llegué a comprender que ya nadie me hablaba. Había encontrado la pura soledad, y ciertamente me aterraba vivir en esa libertad. No había palabra alguna que valiera y mi voz interior era incipiente. Incluso llegué a preguntarme cómo es que debía hablarme. Por qué incluso querría hacerlo, me sentía incómodo, sin embargo sabía de alguna manera que vacío no estaba. Mi cuerpo al menos era incapaz de no cumplir con las necesidades básicas y mi espíritu cumplía con el deber de permitirme comunicarme con las demás personas. Sin embargo, más que ello no hacía. Como un autómata vagaba sin reflexión alguna.

Pronto comencé a hacer algo a lo que ahora agradezco y fue no más que un gran punto de inflexión. Por las tardes, llegado de la escuela me fue encomendado pasear a mi perro Milton. Por necesidad formamos una mutua comprensión lo cual permitió que me acercase a un objeto foráneo y comenzase a depender de él tanto como él de mí, abandonando aquella libertad en la cual siquiera dependía de mí mismo. Dado que no era objeto de mi reflexión. Repentinamente se rompió mi silencio; de manera cotidiana le relaté, llegados de la caminata mientras lo limpiaba y le quitaba el barro de sus patas, todas mis peripecias. De más está decir que no podía él sino escuchar todo lo que decía a modo de método para invocar la somnolencia y echarse a dormir. La mayoría de las veces naturalmente se abollaba a mi lado y otras con su doraba cabeza reposaba sobre mis pies.

Tan librador me era aquél desapego de mí mismo, que mis monólogos comenzaron a escandalizarse en llantos, poesía recitada e improvisada y de suma una parva de idioteces las cuales me ruborizan tan solo pensarlas ahora, como también me apeno que mi pequeño perro haya tenido que tolerarlas. Sin embargo fue en ese entonces cuando tempranamente, incursioné en la metodológicamente imposible duda de todo. El mundo y cada uno de sus seres eran una cosmológica representación en mi mente, una poderosa sinécdoque que creía crear. Obviamente carente de esas definiciones era. Todo lo observaba y a todo le preguntaba por qué ha de ser así. Su eficiencia luchaba con su finalidad. Mis incurrencias metafísicas me llevaban a la nada, pero ante todo me convirtieron en amigo de la naturaleza. Con agrado acepté que Milton, como los horneros, o las liebres, comprendían la realidad más que lo que podía yo percibir, y fui devoto a observar cada porción de ese canto en el acto.

Atemorizado luego me acerqué a mi padre a quien le comenté mis ocurrencias. De lo más incidente y acertado fue su consejo, el cual atesoro con honestidad e intento dar uso a lo que queda de mis descoloridos recuerdos de él: “Hay que siempre hacer algo para no perder el orden, mantener la mente ocupada”; en práctica lo puse y no más fui libre sino preso del perpetuo hacer. Y fallé, inevitablemente, pues no vislumbraba aún que el hacer y el no hacer no es polaridad suficiente para dirimir aquello a que llamamos libertad. De la misma manera, obsoleta fue mi incursión en las ciencias económicas en donde también debido a mi vagancia y asedia no prosperé en absoluto en los estudios de dicha ciencia. Sin embargo frente a esto mi padre no se acongojó, ni le carcomió la culpa por no haberme guiado mejor y previsto mi equivocación. Me encomendó leer, reflexionar y escribir en un papel aquello que creía eran mis virtudes y defectos como también pensar qué me gustaba y qué no me gustaba tener que hacer; en qué sitio del pensamiento era mayor mi bienestar. Por supuesto escapaba a esa interioridad, debido a que temía en ella perderme como antes lo había hecho; temía generar una nueva ausencia de mi consciencia como de mi espíritu. Poco entonces era capaz de discernir correctamente cada parte de mí, pues el sentido común intuye como bien lo hace pero no fundamenta por qué ha de hacerlo.

Di un último paso y me decidí arrojar al raudal de la filosofía. Fue allí el momento que comencé a poder ordenarme y lograr expresar con rectitud mis ocurrencias. Un torrente fluvial descendió sobre mí, e inútilmente intenté capturarlos a todos los autores que se me presentaban. Pasmado quedé ante la antigüedad, laudo de mis pensamientos caí sobre London desde una nueva mirada en tanto me enfrenté a autores como Nietzsche, Schopenhauer o Hobbes. Tantos autores que gritaban y escupían a mis oídos “Aquí estamos y hemos sufrido al igual que tu estrépita mente”. Entusiasmado me ahorqué en el cupio del saber, todo me era gustoso, y el todo quería yo aprehender. Mis votos eran renovados cada minuto, cada libro era para mí razones por las cuales querer comprender más qué era lo que antes yo ocultaba en mi intuición.

Cerca de finalizar mi primer año de estudios en filosofía mi padre enfermó. Bajo el encanto del estoicismo intenté prevalecer fuerte ante el gran padecimiento que sufrió mi familia entera. No culpo ni aborrezco a nadie como tampoco creo necesario retratar injustamente mi perspectiva de aquellos meses.

Sin embargo, he aquí donde comenzó a formularse lo que en estos momentos recapacito y llamo vitalismo. La primera vez que oí a mi padre decirme algo en completa confidencia una vez internado fue un apabullante discurso el cual comenzó “Nunca creí que me iba a morir de cáncer”. Pues bien él sabía que analizaría aquellas palabras por el resto de mis días, y creo que su gran enseñanza meritoriamente ha de quedar impresa aquí. Ante mi pequeña estulta y rehusada mente discurrí que debía él voluntariamente batallar y dar un esfuerzo por permanecer con vida. Todo creía en ese entonces era voluntad de poder, sin razonar que hay siempre en esa dialéctica una porción que se verá vencida.

Mi padre ya rendido estaba ante su último suspiro y es hoy que creo comprender aquello que me dijo. Su voz se quebraba ante el lamento de no poder ver a sus hijos crecer, ni poder ayudar en compañía a mi madre. Invadido por la ira arremetía contra mi almohada toda noche, todo reflejo lunar me ardía y el calor de verano me sofocaba. Me hallaba en distorsión y un dolor que no podía expresar. No había entonces arcilla que me refugiara de esto.

No fue entonces sino ahora que comprendo lo sucedido. Se hallaba mi padre libre, purgado y curado. Su espíritu no hacía más que expresar ya su libertad, rendido a reflexionar y hacer. Hacer en tanto como un ave es libre de emigrar cuando lo dicta la necesidad. Su discurrir era tan solo una manifestación que sin razón sus oídos entremezclaban simetría y vida. La naturaleza se apoderó por completo y no comprendía entonces la lucha de voluntades. Pues expectante de una cosa estaba él, sin embargo su cuerpo permanecía en viva discordia de dicha volición; imponía entonces dar contra partida y continuar subsistiendo [1].

Terminando mi segundo año di entrada a mi vida a R. W. Emerson, quien a cuenta gotas finalmente otorgó todo aquél vocabulario que desertaba en mí para expresar la fuerte intuición que se acrecentaba; junto a Agustín de Hipona y una oleada de estoicismo romano comencé a formular lo que ya antes había desorganizadamente pensado; pero pocas veces establecido como base axiomática a la realidad que acaecía a mis ojos.

Con sus quince años Milton requirió de un gran amor y cuidado. Vacío y estupefacto observaba su gran voluntad por vivir, más allá de sus convulsiones, o las supuras de sus tumores, siempre él gozaba de un sano juego y nunca faltaron las tres caminatas por días las cuales con ansia esperaba. Incluso madrugando antes que yo para caminar todos los fines de semana, irremediablemente a las seis de la mañana.

Fue en enero del año entrante que falleció, y es ahora que miro todo minuto que puedo y busco expresión alguna del impulso que lo llevó a vivir cada minuto. Como también tomar esa extraña decisión de dejar de hacerlo, simplemente permitirse descansar en el pasto largas horas y no recibir ninguna comida que se le era ofrecida. Quién opta, cómo opta, y por qué lo hace. Qué es ese juego tan adentrado en la naturaleza misma de toda substancia que le permite o no actuar deliberadamente así, aun cuando el propio cuerpo contraría esa acción. Qué anclaje subsiste más allá de todo.

¿Un hombre que teme a la muerte no aprecia entonces la vida? El vivir bien puede sernos un infierno, un susto constante que realmente nos hace cuestionar la nómina que se predica de vivir como “bien”.

Pero frente a mí observé cómo puede atenuarse ese impulso, en tos, fiebre, esfuerzo por mantener el espíritu dentro de aquél refugio que mismo se ha construido. A su vez toda reacción es intentar purgarse y continuar viviendo.

Sin embargo hay también un punto de aceptación y total libertad del impulso que creo ahora yo que es esa la disolvencia de nuestra razón y la total escucha de aquél silbido perpetuo de la gran madre que gozamos en el escueto y atenuado oído externo.

El regocijo entonces con el que el mundo celebra la muerte me presenta la estricta separación de nuestra volición a con lo que hemos de percibir en él. Una disección de la somos su beneplácito creador y la cual mantenemos impresa en nuestra dicción.

¿Por qué huimos de la muerte y luego la aceptamos de modo imperioso? Veo en el mundo un movimiento pendular entre presa y caza. La vida se retroalimenta, necesariamente debe consumirse a ella misma para subsistir. Así como Minerva nos muestra el camino sensato y conciso para hacer algo, el Fauno nos implora que no olvidemos la belleza que nos rodea. Siempre hay un impulso vital, el alma que en su porción de lo que sabe y encarcelada por la razón busca subsistir acorde a las necesidades básicas que su casa necesita.

Hay dos voluntades de las cuales una siempre es líder, pero necesariamente depende de la otra. Una danza eterna que fulgura, únicamente dispersándose las tinieblas cuando una de las voluntades necesariamente se alza victoriosa. Ahora bien, no solo eso me persuade a querer vislumbrar las razones por las cuales creo que el vitalismo debe considerarse al menos como una postura a tener en cuenta.

Reiteradas veces en mi falta de sueño me he encontrado con un espantoso problema. Es cuando recostado percibo el tren de las cuatro de la madrugada que llega a la estación y emite un estrepitoso sonido anunciándose ¿Cómo sé con certeza que aquél es el tren? Automáticamente me indico que solo consta de una cosa, ir allí y constatar realmente que es el tren que ha llegado a la estación. Pero no es eso lo que discurre en mí.

¿Cómo sé que es éste sonido aquél que percibo ahora mismo el correspondiente al motorman que toca el claxon cuando el tren llega a la estación a las cuatro? ¿Tengo alternativa a rendirme ante el propio pensamiento y dudar con avaricia plenamente que aquello que oigo solamente lo puedo concebir en mi espíritu como “es un sonido”? Sin embargo ¿Cómo es que de modo inmediato había yo conectado, unido aquél sonido con el tren y todo lo que le atribuyo a él? ¿Qué hay en mí que provoque una tendencia a querer aceptarlo como real y concreto?

No es más que un sendero visitado y donde no estaré solo éste que atisbo. Sin ir más lejos, qué simple es tan solo arrojarme desnudo por el acantilado de las representaciones sin nada más que mi sola persona y aquello que ésta es, un pensamiento quien es el único que me salve de estrellarme violentamente contra algo que no podrá sentir. Tan fácil es remitirme a ello, abandonar todo mundo lejano y foráneo, abrazar mi propio discernir como la verdad absoluta y objetiva.

¡Qué poco sensato que habría de ser! Tener sensación de algo y percibir un objeto no son sino diferentes, en lo que respecta a que el uno es recibir información y el otro creer y formar una representación de lo que siento. Me abstengo de negar ambas posturas. Sería solamente algo austero y engañador de mi parte no concebir en mi espíritu que la realidad no es más que una sinécdoque donde: O conocemos lo que percibimos de algo o conocemos lo que es y a lo que la percepción refiere. Encadenado en el Cáucaso, sin poder mirar atrás para no caer en las brasas eternas; una tenue música penetra mis oídos ¿Es aquél tren real? Si ¿Es mi idea que el tren de carga de las cuatro es aquél que produce el sonido que continúa mi desvelo? Si ¿Cómo podría saberlo? Me dirijo al lugar y lo constato, lo verifico, lo pruebo.

Obsoleto sería pensar que no hay causa entre el sonido emitido y mi idea de él; como tampoco que el tren y el conductor a quien asocio con el efecto sonoro; pues no habría impresión que cause mis ideas. Saber que puedo constatar mis erróneas sensaciones, es decir, mis percepciones (aquello que creo fervientemente que siento) con estima me permite vislumbrar que no puedo despojarle su cuota de realidad a aquello que siento.

Tampoco me es posible suprimir alevosamente a las representaciones como efecto directo de la realidad misma. Entonces ¿Cómo es que concibo aquello real? Si un perro comenzase a ladrarle al tren, estando éste primero cerca de mí más allá de saber qué o qué no es; al haber oído el sonido en sí su reacción se vuelve una respuesta a lo mismo que yo me represento. Bien justo sería pensar entonces qué fundamenta al ladrido mismo del perro. Entonces comenzaría a descender nuevamente bajo el borrascoso precipicio que implica solamente la representación de la realidad como lo objetivamente cognoscible que hay en el mundo. Lo cual nuevamente carece de fundamento para explicar de dónde surgiría todo lo que surge, o cómo explicar entonces el fuerte arraigo que tenemos a vivir en el cuerpo como lo hacemos y satisfacer sus necesidades.

Hay un anclaje el cual no puedo permitirme considerar ora obsoleto ora inexistente. Dado que observo la realidad, tan concreta como diluida y fantasmal en mis representaciones.

Lo veo todo, lo escucho todo, mi olfato se percata de todo y me rozan todas las cosas. Sin embargo amerita a mi limitación el observar o mirar algo, oír algo, oler algo y tocar algo. Lo cual es causa directa de aquello a lo que remiten mis ideas.

¿Cómo es que concibo en mi espíritu, o entendimiento, aquellas facultades por las que y en las que justamente he de concebir y percibir que no soy solo un pensar, y por ende la realidad es una extensión del acto propio de mi mente? Soy dos oídos, sendos escuchan el todo y algo. Una hermosa música en uno, completa y equilibrada; una porción de la misma en otro. Tan solo tapar uno de ambos significaría la muerte como tal del otro ¿Qué los une? Mi alma. Sería absurdo si tan solo pensando lo hiciera. Entonces no sería yo quien percibe lo perfecto como tal, quien añade ese adjetivo y a todo lo califica y enjuicia; debido a que únicamente estaría realzando lo propuesto por la naturaleza misma. O más bien, me crearía a mí mismo, pero entonces por qué me habría hecho un ser imperfecto y concebir lo ilimitado y perfecto está en mí.

El anclaje que poseo es el impulso vivificante el cual participa del todo y todo en él puede subsistir bajo sus propios límites. Un conocimiento que no ha de poder contener la realidad misma que rebalsa en su escueto continente, entregada por un ser supremo más allá de todo que otorga en la realdad misma la función propia de cada ser que completa su unidad y simpleza. Todo siempre viviendo y dirigiéndose hacia el mismo lado. Cualquier contracorriente no hace más que otorgarle razones para que su infinita fuerza arrebata contra aquel pequeño traspié; únicamente existente en función de lo que quiere oponer, no siendo realmente libre.

Así como me represento ineficazmente todo lo que veo, debajo está el alma que me permite no abandonar la naturaleza, pues no vivo más que tras de ella y exhortarla y abandonar la realidad sería desligarme de todo lo que en mí participa de la naturaleza y el mundo; y su dicción que rectifica mis conceptualizaciones erróneas, librándolas. No permitiéndoles divagar en un cuarto oscuro, no pudiendo ver sus propios confines, lentamente mermándolas y dándoles muerte, al igual que ellas se aniquilan retroalimentándose falacias y desdén. Pues todo lo que me es posible pensar y formular, en tanto lo percibo, lo veo expresado en una realidad que constata mi existencia así como la veracidad de lo que he llegado a pensar.

Y no es más que el alma viva que me impulsa permite concebir aquella expresión que vivifica la realidad que siento. Más allá que esté limitado a solo percibir parte de ella.



Elementos:

I. Como naturaleza es concebida la unidad completa de la realidad, de la cual todo participa en tanto subsiste en ella.

II. Como naturaleza de algo se concibe aquél atributo que posee una cosa, el cual participa de la realidad a la que la cosa corresponde.

III. Sentir es la directa recepción que se tiene de la naturaleza y el todo que la constituye.

Debe decirse: Aquí no se refiere en única instancia a la realidad material, sino a todo lo que constituye la naturaleza y, por ende, a Dios; esto incluye entonces tanto lo material como lo que subyace en la realidad misma. Lo cual sea únicamente percibido o no, forma parte del uno que se siente y de la fracción que se percibe.

IV. Percibir es la impresión, o lo que es lo mismo, la verosímil creencia que se conjetura de una parte de la naturaleza. La cual se postula como real y objetiva.

V. Por alma se entiende aquello que es referido por la naturaleza de algo y participa acorde a su función tanto de Dios como de la naturaleza misma.

VI. Por espíritu se entiende la facultad inmaterial que tiene como función la capacidad de percepción y el acto de concebir.

VII. Por substancia se entiende aquello que es en sí y la concibo como tal dentro de la naturaleza y Dios, así como despojada de sus cualidades o modos de percepción.

VIII. Por representación se entiende el modo en el que algo es concebido, el cual que me remite a una participación que la cosa representada posee en su misma naturaleza.

IX. Por ley se entiende aquello que refiere a la función de la naturaleza, de la que toda la realidad participa y necesariamente es regida, ya sea en la naturaleza de algo como la representación de la realidad.

X. Libertad es el instante previo a la elección misma que constituye un acto, fundamentado en la naturaleza que aquello que actúa posee.

XI. Por eternidad se entiende la cualidad atemporal de algo, lo cual no puede ser percibido -o lo que es lo mismo- representado como modo alguno; dado que es tan simple como in-disgregable.

XII. Dios es la causa concebible como suma, infinita, ilimitada y perfecta; así como también percibe absolutamente buena y causa de la naturaleza (la cual participa de éste).

XIII. Por voluntad se entiende el deseo que posee algo acorde al impulso vital, regido por su misma naturaleza; como también el poder con el que algo se determina a obrar de una o tal manera.

XIV. Por órgano se concibe aquello cuyas partes son tan necesarias en sí mismas como en función de aquello de lo que forman parte.



Disposiciones
-o cómo se conjugan los elementos-



I. De concebir un efecto necesariamente se sigue que, mínimamente, se conciba en el espíritu una causa más perfecta y más simple.

II. De percibir una causa se seguirá la percepción de un efecto, y viceversa.

III. La participación necesariamente es la fracción de un uno más simple que aquello que participa de él.

IV. Un efecto nunca puede ser causa de algo más perfecto que él, a saber, un efecto no puede ser causa de aquello simple de lo cual nace.

V. El poder de una causa es siempre más perfecto que el de su efecto, del mismo modo, lo más simple tiene más poder sobre lo complejo.

VI. De que algo sea limitado se sigue que existe en la realidad un algo más perfecto lo cual lo limite y sea, ora limitado por otro ser, ora en su naturaleza ilimitada.

VII. Todo aquello que participa de algo, por inferencia, recibe parte de las propiedades de aquello participable.



Es contemplado



I. De todo aquello que se siente necesariamente se sigue una percepción menos perfecta

Es evidente en tanto que los sentidos son causa de la percepción. Así como también por los axiomas I y III.

II. Toda percepción es menos perfecta que lo sentido

Se sigue de los axiomas III y IV.

III. De la representación se infiere la naturaleza de algo la cual permite el conocimiento de la causa

Pues si concibo algo en mi espíritu, lo cual da lugar a la creación de la representación de aquello que siento; se sigue como efecto el concebir el modo con el que percibo la naturaleza de algo (por las solas definiciones de cada uno de los términos). Es necesario entonces que la naturaleza de algo, al ser efecto del todo que es la naturaleza y participar de ella, infiere el todo que es la naturaleza.

IV. La naturaleza no puede ser más que postulada

Dado que solamente concibo en mi espíritu los modos y atributos de la naturaleza, en forma de representación, no puedo más que entender que debe ser efecto de una causa más simple y perfecta que aquello que percibo. Por lo tanto, al representarme el modo de una cosa (éste entonces es atributo de la cosa misma que participa en cierta manera de un todo que siento) doy por concluido que necesariamente hay un todo simple en donde no solo es capaz que exista la parte que percibo sino también la causa simple de aquello que disecciono con mi entendimiento.

Corolario: Pues entonces muchas veces se obliga a uno explicar cómo es que con certeza sé que existe aquello que siento y no solamente lo que percibo. Eso último habría de ser absurdo. Dado que no hay manera entonces de saber si realmente o no existe algo fuera de mí; por lo tanto no solo se difuman y fulguran de éste pensamiento flemáticos y detrimentarios conceptos morales (no prácticos) sino también acaece una carencia absoluta de fundamento para realizar juicio alguno. No hay método para, ora verificar que la realidad existe ora verificar que mis conocimientos son ciertos más allá de lo que pienso. Dado que pensar no solo me da la existencia, sino es la única fuente de verdad existente en tanto toda verdad objetiva fuera de mí carecería de razones para percibirla como tal.



V. El espíritu participa del espíritu común realizado en su plenitud en Dios

Se sigue de nuestra limitación espiritual (en tanto solamente nos representamos los modos acorde a los límites mismos que poseemos en nuestro ser) que ésta ha de ser efecto y participante de un espíritu común. Este al necesariamente ser más perfecto que aquello que participa de él, concibe de manera perfecta.

Ante las objeciones: De no ser así, no habría límite alguno en nuestra capacidad de concebir por ende seríamos capaces no solo de sentir puramente sino que la percepción se volvería obsoleta. Lo cual daría lugar a que, por un lado, fuéramos nuestras propias causas y participar de nosotros mismos; lo cual sería absurdo. Por otro lado no permitiría a que nos equivoquemos en juicio alguno, la percepción sería perfecta e inmutable desde el primer momento que emitimos un juicio. Lo cual también sería absurdo.



VI. La realidad de Dios es solo postulable

Lo que se puede llegar a saber de Dios nace tan solo del conocimiento que se tiene de nuestra propia limitación como también de la funcionalidad bajo la cual la naturaleza existe. Pues querer percibir lo ilimitado y simple no está en las posibilidades de nuestro espíritu.



VII. El alma de todas las cosas participa del alma común

Por la sola definición del término se entiende que el alma es limitada a una función por participar del alma de la naturaleza, la cual se efectúa por el espíritu de Dios.



VIII. El alma común es el impulso vital y voluntad por excelencia

Pues al hombre tener naturaleza, y por ende voluntad, se sigue que en su participación de la naturaleza, ésta necesariamente ha de tener un impulso vital más perfecto y simple que el hombre mismo.



IX. Al participar del alma común se recibe el ordenamiento del impulso vital

Por el axioma VII y la sola definición de voluntad.

Ante las objeciones: Por ende se busca establecer lo fútil que es el impulso vital propio como también el obsoleto poder que posee el hombre. Lo cual es sumamente comprensible, pues se encuentra uno con que es regido por su propia funcionalidad la cual uno no tiene siquiera noción de cuál es. Asimismo se percibe uno mismo como sujeto completamente libre de accionar, así como también de moverse. Lo cual es cierto, en tanto uno se percibe así. Dado que la percepción no ha de poder ser superior al sentimiento, objeto que ante todo necesariamente uno está, a modo al menos mínimo, de sobrevivir. Esto último lo hace uno de modo funcional y sin más no perceptible. En cuanto se genera una representación de aquello que entendemos como la función de nuestro cuerpo y alma, diluimos toda capacidad de discernir realmente el órgano que es nuestro propio ser, compuesto por nuestra naturaleza como por nuestro espíritu.

Sin más, nuestro poder reside en la suma capacidad de subsistir ante aquello que busca vivir a cuestas de nuestra propia supervivencia. Esa voluntad, escindida por el deseo absoluto de cumplir nuestra mera función de libre albedrío espiritual y vivencia, se superpone con el impulso vital y poder para disuadir y mermar todo intento de suprimir nuestra existencia.

Corolario ante lo anterior expuesto: Empero, en tanto se esgrime la preposición “El acto más libre del hombre es el suicidio” uno no debe sino objetar que la única libertad que allí existe se da en otorgarle a la naturaleza de la cual participamos un uso para nuestro cuerpo lo cual solo es percibido como libertad absoluta, sin embargo seguimos cumpliendo alguna manera de una función. Más allá de eso, percibir ese tipo de actos como libre es embrujador y absurdo. Todo aquello que sea actuado en orden a ir en oposición o contrariar la absolutización de un poder no puede extenderse más allá de estar reprimido por aquello que uno quiere romper. Si, por ejemplo, en el sitio donde vivo es una imposición llevar el pelo cortado en un estilo concreto y por ende me corto el pelo de diferente manera; lo único de libre que posee ese acto es el satisfacer el deseo de no hacer lo que me han dicho. Por ende, bajo esto dicho es tan libre entonces desear cortarse el pelo como me es impuesto como también no hacerlo. Lo cual no tiene sentido, dado que en sí, mi sola acción se ve con ese criterio condicionada por algo que me fue impuesto lo cual no es realmente libre.



X. El impulso vital sigue a una ley percibida como constitutiva de la voluntad de la naturaleza

Dado que ya sea disertado acerca de lo que se entiende como voluntad, así como también de lo que es la naturaleza de algo y por ende el modo que uno percibe de ella en su representación (concebida en el espíritu). Toda funcionalidad se ve contemplada en una ley que es percibida, esto es, un modo que concibe nuestro espíritu como constitutivo de la naturaleza de la cual el alma participa. De ese modo, no es nuestra libertad de acción (o poder con el que se impone la propia volición del alma acorde a la voluntad y el deseo del alma común) sino la disposición que se tiene a actuar acorde a lo que dicta nuestro propio impulso vital, el cual participa directamente de la naturaleza y todo el organismo que ella comprende.



XI. Por sustancia se entiende entonces la unidad postulable entre lo percibido y la fuente -o causa- de aquello

Dado que solamente se percibe una parte -como se puede concebir en el espíritu la propia existencia de una causa tan grande e ilimitada como el espíritu común residente en Dios- como también se siente un impulso vital que participa directamente de la naturaleza de algo. Y entonces de la naturaleza en sí, la cual a su vez es remitida por un modo representado en el espíritu. Se sigue que, como mínimo, ambas partes constituyen (en tanto es permitido por nuestra propia limitación) el organismo que subyace cualquier cosa; esto es, la substancia o sustrato, el cual no puede ser negado por ningún juicio.

XII. Todo predicado que se le otorgue a la realidad, Dios, o la naturaleza es únicamente postulable

Por el hecho que se parte de la percepción y luego le atribuyo a esa representación un predicado. Es decir, es solamente algo propio de quien lo percibe el emitir un juicio de que en el espíritu se concibe a cualquier hecho o porción de la realidad. Ya sea éste bueno o malo; entre otras cosas. Sin embargo, empero, es constatable que tras las definiciones y postulaciones de la naturaleza y Dios, habiendo comprendido al impulso vital, solamente se concibe válidamente como bueno todo aquello que busque preservarlo [2].

Creo necesario indicar:

Ante esto se debe argüir contra la objeción ¿Cómo entonces se realiza la unificación entre aquello que se percibe, es decir, una parte siendo todo lo que acaece y se concibe en el espíritu y la otra, lo que se siente o comprende como alma o impulso vital? ¿No es entonces un ciclo retroalimentativo infundamentado, en donde cada vez que se busque entender algo se forman percepciones de aquello que se siente, es decir del todo que se encuentra en los sentidos, las cuales generan que uno jamás sea realmente capaz de ver el todo, o sin más, de realmente entender aquél pilar que funciona como la base de toda percepción?

En tanto que algo se percibe -esto es- se concibe en el espíritu juicio alguno de aquello que se siente, necesariamente se debe dar algo bajo lo cual se formula o postula el juicio emitido. Dicho eso, nada más símil a lo perfecto es el alma, lo cual participa directamente de la naturaleza cuya realidad en suma se ve como efecto de Dios. Sin embargo, es correcto estipular que el espíritu se ve en un ciclo vicioso del cual no ha de poder salir, a lo sumo en tanto concibe, ya que es necesario por su sola definición que emita juicio alguno de lo que es sentido. Sin embargo aquellos juicios, aunque limitados, refieren directamente a Dios quien es causa de la naturaleza (como ya fue postulado). Sin ir más lejos, se comprende que la realidad es de suyo un organismo, por lo cual sin importar digresión que se haga, así como tampoco juicio de cada parte concebida, es realmente en su totalidad una concepción completa de lo que es el todo.

Toda formulación que busque allanar y expresar lo que se es percibido tanto en la naturaleza como en el espíritu común del cual nace todo, se emite un juicio a base de percepción que por el solo hecho de serlo necesariamente fluctúa entre dos dicotomías: 1) Que sea erróneo, dado que solamente nace de una parte del todo que se ve 2) Que no llegue a expresar más que una función útil para la propia limitación del espíritu que la concibe.

Pues pensar ya sea: Que todo tiene una finalidad como también que todo tiene una eficiencia, son ambos un juicio. De la misma manera, atribuirle calificación alguna como modo a un ser más allá de nuestra percepción el cual solamente es postulable -por el solo hecho de ser nuestra argumentación fruto u efecto de tal simpleza- sigue siendo algo únicamente valioso para el espíritu que lo concibe. Ahora bien, también necesariamente lo que se le atribuye a una sustancia como tal, nace de lo que se percibe tanto en el impulso vital y cómo se lo ha definido, así como de igual manera se ha hecho con todo lo que subyace a la comprensión de la voluntad natural. Es por lo tanto no más que algo contaminado lo que se utiliza para definir como substancia y se entiende por ende que aquí se presenta un nuevo problema: Ya resuelta la explicación de la realidad y exiliado uno del solipsismo, no se puede ahora argumentar con eficacia realmente el surgimiento de toda definición que exceda nuestras solas concepciones; o productos directos de nuestro espíritu.

A aquello se responde con la sólida base que surge del vitalismo. Pues no es necesario explicar, como emitir juicio, para sentir o saber (sin necesidad de representar o concebir) que existe una estirpe de la cual el hombre no puede retirarse a la cual pertenece. Participa el hombre directamente, como animal y ser vivo, de todo lo que es el alma común residente en la naturaleza; lo cual es visible en sus actos más primitivos como sus necesidades básicas que sí o sí tiene que satisfacer para sobrevivir. No es entonces necesario emitir juicio o concebir realmente lo que refiere a aquello, tan solo es útil en tanto una sistematización que representa una fácil manera de explicar lo que el vitalismo es y hacia dónde se dirige como explicación del todo.





Apéndice

“‘I hope I am learning to talk,’ he stammered. ‘There seems to be so much in me I want to say. But it is all so big. I can't find ways to say what is really in me. Sometimes it seems to me that all the world, all life, everything, had taken up residence inside of me and was clamoring for me to be the spokesman.

I feel- oh, I can't describe it- I feel the bigness of it, but when I speak, I babble like a little child. It is a great task to transmute feeling and sensation into speech, written or spoken, that will, in turn, in him who reads or listens, transmute itself back into the selfsame feeling and sensation. It is a lordly task.

See, I bury my face in the grass, and the breath I draw in through my nostrils sets me quivering with a thousand thoughts and fancies. It is a breath of the universe I have breathed. I know song and laughter, and success and pain, and struggle and death; and I see visions that arise in my brain somehow out of the scent of the grass and I would like to tell them to you, to the world.

But how can I? My tongue is tied. I have tried, by the spoken word, just now, to escribe to you the effect on me of the scent of the grass. But I have not succeeded. I have no more than hinted in awkward speech. My words seem gibberish to me. And yet I am stifled with desire to tell.’

Oh!-‘ he threw up his hands with despairing gesture- ‘it is impossible! It is not understandable! It is incommunicable!’”
Jack London.





Usualmente me he enfrentado a que el pensamiento vitalista ha carecido de lo que muchos llaman “sistema” -o bien una puesta en común de los términos a lo que éstos se refieren-. Crítica muchas veces expuesta para derogar y mostrar fallas argumentativas como también contradicciones presentadas y promulgadas por ésta, por así decirlo, escuela.

Uno entonces debe remitirse a aquellos quienes lo convencieron o inspiraron para adentrarse en un pensamiento, cualquiera fuere, para corroborar y ser autocrítico de lo que realmente era postulado en aquél entonces cuando uno decidió cometer tal acto.

En lo que lo anteriormente mencionado respecta, realmente han sido autores los cuales en cuanto se los incluye o se intenta dirimir en un sistema, realmente comienza uno a encontrar huecos. Muchos de los cuales lisa y llanamente son saltos argumentativos, como también falta de demostración en varios pensamientos.

Pues el vitalismo como tal no ha podido ser escrutado de modo sistemático más que unas pocas veces. Lo cual creo principalmente que se debe a que la sola querella que se intenta esbozar nace de la inspiración, así como quien insufla un saber esparcido y tras asimilarlo provoca en el espíritu una sensación de trascendencia. Para describir ello entonces uno se ve compelido a hacer uso de lo que comúnmente se piensa ornamento, pero realmente no es más que una necesidad que conlleva a promulgar aquello que se siente a través del justo uso de la retórica.

¿Cómo es que de la mansedumbre y el goce de la naturaleza, como de la realidad sentida, se llega a la conjetura que uno es participante de una voluntad y alma rectoras?

Claramente es un brinco argumentativo, difícilmente explicable. Sobre todo cuando se lo ha querido exponer de modo sistemático ha prevalecido -usualmente- una orientación al materialismo empírico; como por ejemplo en la larga escuela que se forma a partir de De Lineis, angulis et figuris, surgiendo de allí una impronta tan fuerte como lo es la filosofía natural a modo geométrico y científico. Creo incipiente el solamente quedarse de lleno en el sensismo; pues el orden analizado no debe olvidarse que a su vez nos somete, formamos parte de él y abstraernos provocaría el desligarnos por completo de las firmes bases que nos permitieron formular lo que ocurre delante nuestro.

¿Por qué es que reconocemos esa participación a partir de la observación?

De suyo que se espera del hombre lo siguiente: En la pureza que lo constituye en tanto comienza su existir, como la pureza con la que adviene, es gobernado solamente por su voluntad. Nada más que aquello percibe. El querer apoderarse y apropiarse de todo es lo que se espera, aun cuando la misma voraz volición no ve más allá de su inagotable deseo; y así el hombre vaga por el prado considerando suyo todo. Dispersa así como aleja toda creatura de sí, las cuales sospechan de él. De sobremanera se intenta imponerse como dominante, y lejos está de considerar sacro lo foráneo o aquello que le es ciertamente inútil. Sin reparar en lo que acaece para su solo autoabastecimiento y subsistencia; pronto se ve por algún motivo castigado.

Una fuerza superior lo derroca en un juego despótico. Ante esto, al ser por siempre preso de su alevoso e infatigable impulso deseoso, intentará tomar y privar a aquella fuerza -la cual inasequible es para el mismo hombre- de nuevamente mitigar su hambre.

Pero algo trasciende en él al momento que su solo objetivo es contemplar y percibir. De pronto surge un fulgor, el cual busca organizar y en la acción de ello clamorosamente en exaltación deduce la causa y la simetría de la realidad que percibe. Una misiva le ha sido correspondida, donde se explica todo el mundo que atrae y evoca su discurso. No siendo más que un bardo encantado por una gran musa como sería Gea misma, corre el hombre pasmado y gritando que ha descubierto una razón de la cual somos parte; así como una ley, un orden que rige en todo ser y por ello el doblegado ha de actuar como lo hace. Sin embargo, la compatibilidad de ambas ocasiones pocas veces se ha pensado posible; y ello se debe a la fuerte crítica de que hacerlo no generaría otra cosa que un pensamiento infundamentado.

De ser solamente la ley existente en el estamento material, se critica la carencia de fundamento metafísico del cual parten los mismos axiomas. De lo contrario, se hace uso de la realidad sentida de modo inexorable como índice de nuestra existencia para denotar que no podría ser explicada la misma (es decir, la realidad).

Inferir la contradicción y sin sentido es una travesía peligrosa. Ya que se pierde la prevalencia de la unidad y organismo como base para poder explicar aquello que ensambla la realidad misma, la cual podemos de algún modo dividir. Un móvil cuyo frente se dirige hacia atrás y su parte trasera lo hace hacia delante permanece quieto, inhabilitado por sus propias intenciones locomotrices. Imposible sería que siquiera haya progreso alguno.

Con modestia considero a la tendencia como soga que nos sujeta al puerto de los sentidos, aunque percibamos una contradicción. La eficiencia como la teleología de la realidad se desarrollan contrapuestas; y es quizás la concepción de organismo en el cual cada pieza ha de cumplir una función (la cual harmónicamente se presenta en el objeto) uno de los pocos denominadores comunes que han de poseer [3].

Tanto una máquina como una substancia funcional poseen un equilibrio, una homeostasis que se comprende como el punto de equilibrio en donde todo acaece de manera correcta. Inscripta éste ya sea en la volición de sus actos como en el sino que constituya el actor. Orgánicamente se dirigen siempre hacia eso de modo tendencioso.

La salvedad reside en lo siguiente: El designio -divino o no- providencial genera que de modo necesario ocurra algo; mientras que el impulso permanece allí como resquicio del ser el cual provoca el continuo movimiento hacia un fin [4].

Sin embargo, eficiente o no, trasciende en todo ser una moción silente e implantada la cual implica la capacidad de ser aceptada o no en tanto se actúa. El hombre puede ser avasallado por su voluntad; el querer poseerlo todo. Pero aun así es trascendente en él aquella ley, la cual le da su función y valor en tanto participa de una comunidad la cual penetra y subyace en toda acción que comete. Esta misma ley ha de concebirla en su espíritu en tanto reconoce la posibilidad de limitar su voluntad al oponerla contra aquella alma común. Qué tan más rica es nuestra vida si desobedecemos a lo que como seres vivos necesariamente se espera que hagamos.

¿Es seguro que si un escarabajo adquiriese consciencia y dejase de polinizar a la magnolia, puesto que ahora por percepción ha de desear otra cosa, no solo sería más feliz sino que la plata fuera víctima de la extinción? O más bien en ese caso sin más la flor se despojaría de sus carpelos y desharía de sus tépalos para al fin y al cabo formar sépalos ¿Habría de ser la mariposa si el gusano dependiese del espíritu privador del reconocimiento de su alma, al conocer lo que luego habría de suceder tras su metamorfosis, desearía realmente arrojarse a la nada misma esperando ser el producto de esa confianza ciega? La servidumbre que otorga la vivencia a través del alma común no degenera en absoluto el propio espíritu.

¿Es únicamente posible aquello para mi espíritu en cuanto concibe esos modos de contingencia? Las reglas comprendidas bajo las cuales puede explicarse una parte de la realidad no puedo doblegarlas y volverlas a mi merced. No puedo ir más allá de lo que formulo y replico de la naturaleza. Me perdería sino en conjeturas, las cuales me enceguecerían y no permitirían realmente asegurar que no es para el escarabajo necesario el liberarse de esa prisión constituida por la sola locución anímica ¿Por qué lo es entonces para nosotros? ¿Acaso no hemos sido también prisioneros de una hambruna que por su sola insatisfacción ha aniquilado especies enteras? ¿A qué debe tal acto y qué tan obsoleto e inocuo sería llamarlo estulto?

Tanto alguien quien se desglose en la causa eficiente como final, habría de juzgar que de algún modo será porque así debe ser ¿Por qué no entonces ponderar que hemos de ser no solo sostenidos por ella sino a su vez íntegros partícipes de una unidad?

La sola facultad de percepción propaga la participación de un espíritu común ilimitado, que en nuestro propio confín somos incapaces de automáticamente discernir que aquello es uno con nuestra alma. Estamentos que hemos de otorgar circunferencias afines que delimitamos y subrayamos, sin embargo se diluyen en una esfera por demás concéntrica con todo e inconcebible como definida. A lo que pertenece nuestra voluntad, febril y rimbombante tanto como persuasiva, participa del alma común la cual es efecto del espíritu común.

Nuestra diferenciación no es más que fabricada por nuestras fábulas y efervescentes ganas de conglomerarnos como seres superiores a todo, autónomos y completamente poseedores de un obsequio el cual a nadie más que nosotros fue dado por nadie más que nosotros y nuestro espíritu facultativo.

Diezmado me enfrento a la posibilidad que quizás otro ser vivo no requiera de ello; y lo reconoce a uno como participe de su mundo cuando, producto de la pasividad y mansedumbre, se acopla al impulsivo gobierno natural, mitigando su propia volición concebida por sus propias percepciones. Entonces ser trascendido por la rectora ley vitalicia.



Referencias

1. Esto fue analizado en el ensayo titulado “Sobre el sufrimiento” publicado en el libro Semillas y Soliloquios.

2. En instancias morales, se debe comprender que uno busca siempre el beneplácito de una sociedad. Siendo éste solamente posible a través de la exhortación a la vida en libre comunidad y el mandato a que todos busquen el bien no -ocluyendo su propio bienestar contrariando la vida de otro ser indebida o innecesariamente-. Es postulable a su vez el impulso vital mismo que trasciende a la comunión entre los hombres y las especies, donde sin esgrimir en argumentos de qué es y qué no es bueno o malo, toda acción se ve subyugada a las leyes naturales mismas que incitan una acción u otra. Sin ir más lejos, es necesaria la noción de qué es bueno y qué es malo para lograr una justa comunión entre los hombres. Quitando, netamente, el hecho que no incide en cómo sea la realidad o no; dado que esto sería innecesariamente ir más allá de lo que se puede concebir en el espíritu. Se sabe, que la realidad, la naturaleza, o Dios, son. Sin embargo, puramente útil es entonces concebir qué es bueno y determinar qué no lo es. Dado que a través de ello se consigue establecer punto de referencia alguno para promulgar las justas y necesarias leyes. Las cuales deben fundarse, al tenerse en cuenta del alto contenido perceptivo que es el predicar lo bueno y malo (como cualquier otro predicado) en contenido más allá de lo empírico. Lo cual nunca deja de ser trascendido por el alma y la noción de ley natural.

3. Comprendo de sumo que por lo general se utilice el término tensión (o en su defecto intensión) para explicar el aspecto teleológico de la realidad. Sin embargo, el mecanicismo escinde con una suerte de alevosía esa tendencia. Un reloj bien diseñado de suyo que posee homeostasis. No ampara posibilidad alguna que sea perdida. De todas maneras el solo artificio, creado, al ser sostenido en su esencia y existencia, es necesariamente requerido a estar en homeostasis. Sea el artesano o el artefacto mismo, ese deseo de ser así está. Por más que sea producto de participar de un efecto, está aquella cualidad que me amarra a considerar que la tendencia sigue estando como subyacente de ambos pensamientos.

4. Claro está que por definiciones: Al ser Dios perfecto no podría ni ser ni otorgar un fin, como siquiera desear algo, pues aquello sería el cúmulo de lo absurdo si el atributo de Dios es por excelencia ser simple, lo cual por ende no requiere de nada fuera de sí, como al ser perfecto tampoco pues significaría la dependencia de algo hacia lo que se inclina por carencia. Propongo la tendencia como aquello que por necesidad promueve el sostenerse en la existencia, el que no haya malfunción que provoque la pérdida del estado equilibrado y orgánico que la máquina contiene.


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