Excerpt for Maruja by , available in its entirety at Smashwords



MARUJA





Manuel Barrero

Copyright © 2018 Manuel Barrero

All rights reserved.

ISBN: 9781980760863

Sello: Independently published



Tabla de contenido

Prologo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Bocetos

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

ACERCA DEL AUTOR


DEDICATORIA



A mi amada madre, donde quieras que estés, a ti te debo todo en la vida, lo que fui, lo que soy y quién seré, todos los días de mi vida pienso en ti y doy gracias a Dios por darme el inmenso honor de ser tu hijo.



A mi adorada esposa Jholett por su amor, su paciencia y por apoyar siempre todos mis proyectos, a mis hijas Karen y Sasha por ser tan maravillosas, esperando que esta obra les sirva de mucha inspiración en sus vidas.

EXPRESIONES DE GRATITUD


Todos los días de nuestras vidas, debemos agradecer a Dios, primero por habernos bendecido con ese gran regalo que es la vida, luego por todo lo que tenemos, lo que no tenemos, lo que disfrutamos y también los obstáculos, ellos nos enseñan a superarnos y nos fortalecen.


A mi hija Karen Barrero, quien lleva consigo desde temprana edad, la pasión por el diseño y una gran admiración por su abuela MARUJA, ella nunca llegó a conocerla, pero esto forma parte de esos grandes misterios de la vida, MARUJA siempre soñó con tener una nieta a quien enseñar su arte y conocimientos, varias décadas después, su nieta, sin ninguna influencia nuestra, cambió los juguetes comunes de cualquier niña como pudieron ser las muñecas, por telas, dibujos de vestidos y ahora a penas a sus quince años, su primera máquina de coser, sin dudas, Karen ha sido mi mayor estimulo para escribir esta novela, a ella se la dedico muy especialmente esperando que alcance sus sueños así como lo hizo su abuela, sus dibujos están incluidos en esta obra.



PROLOGO

La presente novela relata la vida de una mujer real, de carne y hueso, es la historia de Maruja, una mujer madrileña que nace en 1931, una época llena de conflictos por la guerra civil española, ella comienza su vida llena de dificultades, en un hogar bien constituido, con mucho amor y sólidos valores, pero muy pocos recursos económicos. Pronto se da cuenta que sueña con un futuro distinto, triunfante y escoge para lograrlo aquello que le enseñó su madre con tanto amor, la costura y el diseño.


Maruja es el reflejo de muchas mujeres, que desde niñas crecen pensando en formar una familia, traer al mundo a sus hijos y darles a ellos un futuro mejor que el que ellas tuvieron, su transcurrir estuvo lleno de vicisitudes que nos enseñan el valor de la esperanza, la fe y la constancia, fue una mujer muy valiente que no se aplacó o derrumbó ante los grandes problemas que debió superar.


En esta novela podrás meditar sobre la vida, el amor, la relación de pareja, el valor de la familia y la felicidad personal, esto último que más allá de un simple concepto o entelequia difícil de alcanzar, es posible que ya la tengas a tu lado y no te des cuenta.


Venimos al mundo desde el vientre de una mujer, ella, como la vida, la tierra y tantas cosas, nos sumergen en el plano de lo femenino, esta obra se la dedico a todas las mujeres y que su historia personal les sirva de ejemplo de superación.


EL AUTOR


Capítulo 1


Nací en un hogar muy humilde y en una época muy difícil, la Guerra “oficialmente” había terminado, sin embargo, aún vivíamos muchas de sus calamidades, las dificultades para conseguir comida por la falta de abastecimiento, la ciudad destruida por los efectos de las bombas, los disparos de las armas, las explosiones y lo más extraño, mi papa.

Mama me dijo que ese señor que entró a la casa ayer es mi papa, a mi me da miedo, se ve raro, tosco, muy delgado, quizás como todas las personas por aquí, si no se come bien, no se puede engordar, ese señor además habla poco, duerme mucho, parece que nunca había dormido y estuviese recuperando todo el tiempo que perdió sin dormir.

Mi hermana Ana, si lo recuerda, ella estaba más grande cuando dicen que él se fue al comienzo de la guerra, mi mama me dice que él no pudo regresar, que no había paso para la ciudad, eso es extraño, los soldados con sus armas si llegaron.

¡Ah! No me he presentado, me llamo Maruja, tengo 6 años y soy madrileña, aunque no he salido mucho de la casa, tal parece que llegue a un mundo muy difícil y violento, allá afuera la gente anda siempre asustada, caminan viendo para todas las direcciones y de repente, se escucha una explosión, un tiro y ¡zas! A correr todos, hay que meterse en algún edificio, alguna casa o bajar corriendo al metro.

Pronto debo ir a la escuela, solo estamos esperando que arreglen las cosas en ella, antes practicábamos leer y escribir en la casa, en el metro y en otros sitios donde estaba el maestro o la maestra, la escuela debe ser diferente, me dice mi mama que allí hay otros chavales, que vamos a aprender muchas cosas útiles y además podremos jugar y conocer a otros niños.

A mí lo que más me gusta es ver a mi mama coser, ella le arregla la ropa a nuestra vecinas y sus amigas, yo quiero aprender a coser y hacerme mis vestidos, mientras hago unos dibujos muy chulos, con faldas largas, mangas ajustadas, así como los deben usar las princesas, la gente por aquí se viste muy sencillo, quizás por ser humildes como nosotros o quizás porque acaba de terminar la guerra y no deben tener mucha ropa.



La escuela está en construcción.

Beatriz: !Maruja! apúrate que llegaras tarde el primer día de escuela.

Maruja: si mama, ya voy, necesito un vestido.

Beatriz: que maniática eres niña, vas a la escuela, no vamos de fiesta ni de visita.

Maruja: no quiero ponerme ese –señalando un vestido sobre su cama- yo quiero el azul.

Beatriz: pues ven, vamos a ponerte el azul para que dejes el tema.


La escuela se encuentra cerca, en el mismo barrio, la guerra civil la dejó prácticamente destruida, dentro de ella se alojaban combatientes, una vez que concluye la toma de Madrid por el ejército y las instalaciones son desalojadas, ya no quedaba casi nada en su interior, pasaron unos meses mientras los vecinos se ponían de acuerdo para colaborar en su restauración, luego de eso buscar maestros.



Beatriz: anda camina rápido, tengo que llevarte a la escuela, te dejo allí y sigo para el mercado a ver qué consigo.

Ana: ¡mama! Maruja me está tirando de la falda.

Maruja: cállate, yo no estoy haciendo nada.

Ana: te voy a dar –amenazando con la mano a su hermana-.

Maruja: pues toma –dándole una cachetada- a ver si te sigues metiendo conmigo.

Beatriz: ¡niñas! A las dos les voy a dar yo, me tienen harta que se la pasan peleando, ustedes son hermanas.

Ana: -sollozando- ella comenzó.

Beatriz: ¡cállense! Ya vamos llegando y ustedes van a entrar a la escuela con este lío, debería darles vergüenza, tú Ana, te quedas en este salón, ya sabes, a la salida estoy aquí buscándolas, no se te ocurra salir de la escuela con nadie, Maruja, vamos a tu salón.

Maruja: mama, ¿para que venimos a la escuela?.

Beatriz: pues primero porque todos los niños vienen, así como los ves a ellos –señalando los niños dentro de los salones de clases-, segundo porque necesitas aprender cosas que te servirán en tu futuro, ven vamos llegando al salón, ¡hola! Buen día doña Josefina.

Josefina: ¡caramba! Mira que niña tan bella esta aquí –abriendo sus brazos con una gran sonrisa- mira que vestido tan bello te pusieron.

Maruja: me lo hizo mi mama –abrazando a la maestra y dándole un beso en el cachete-.

Josefina: que dulce es esta niña, ven, vamos a sentarte aquí de primera, vamos a pasarla muy bien en la escuela.

Beatriz: hasta luego, yo regreso a recogerla.

Josefina: vaya tranquila.


Los republicanos, las milicias, los socialistas o comunistas, como se quiera llamar a quienes simpatizaron con la segunda republica española o seguramente los más radicales de ellos, además de quemar conventos y cometer otras atrocidades, en Madrid, quemaron libros, los pocos textos que sobrevivieron eran un tesoro. ¿Por qué hay personas que queman libros?, ¿Qué se logra con eso y quien se beneficia de eso?, en un breve análisis, podríamos decir que se quiere acabar con la historia, con el pasado, con algún conocimiento y evitar que otras personas logren aumentar su capital intelectual, si nos ponemos a reflexionar sobre eso, podemos llegar a concluir que quemando libros (nada más abominable), quien o quienes realizan dicha acción, tratan de evitar que otras personas los superen en conocimientos, que esas otras personas se superen intelectualmente y finalmente, dominarlos por su ignorancia.



Beatriz: buen día don Alfredo, ¿que tiene hoy?.

Alfredo: buen día doña Beatriz, tengo manzanas, fíjese que están muy frescas, llegaron hoy temprano, tengo higos, nueces, peras, todo está muy fresco, llegaron hoy y lo demás lo ve usted allí –señalando el mostrador-.

Beatriz: póngame dos manzanas y dos peras por favor.

Alfredo: mire –señalando las nueces-, lleve unas nueces, están hermosas.

Beatriz: no puedo don Alfredo, no llego a eso, además, necesito comprar otras cosas, de aquí voy a la mercería.

Alfredo: bueno, aquí tiene las frutas, pero le regalo estas nueces para las niñas, van por cuenta mía.

Beatriz: muchas gracias, saludos a su esposa, si van a encargar otra torta avísenme.

Alfredo: seguro, en dos meses cumple años el mayor de mis hijos.


España después de la guerra, vivía una gran depresión económica, las personas debían ingeniarse de varias formas para lograr obtener recursos, así, mientras los hombres estaban trabajando en las fabricas, en la construcción de viviendas, edificios, recuperando calles, carreteras y muchas otras cosas más, sus valientes mujeres no se quedaban tranquilas en sus casas, ellas además de atender, criar y educar a los niños, hacían otros trabajos, elaboraban prendas de vestir, hacían arreglos de vestidos, cocinaban por encargo, elaboraban manualidades, cortinas, cojines y otras trabajaban medio turno en alguna fabrica de la localidad, una nación podemos decir sin equivocarnos, se levanta con el esfuerzo de sus mujeres y España no es la excepción.



Beatriz: buen día doña Amalia.

Amalia: ¡hola! ¿Como estas y las niñas?.

Beatriz: en la escuela, hoy comenzaron las clases.

Amalia: ¡claro! Eso es muy bueno, ya decía yo que era extraño verte sin ellas.

Beatriz: tu sabes que no tengo quien me las cuide, desde que se murió mi hermana, prácticamente me quede sola, mi esposo anda en su trabajo y a veces viene los fines de semana.

Amalia: así ando yo, Paco anda para Galicia, por allá le salió un trabajo y tú sabes cómo están las cosas, hay que moverse e ir donde está el trabajo o no comemos.

Beatriz: es cierto, no podemos hacer otra cosa.

Amalia: ¿supiste lo de Alfonsina?.

Beatriz: ¡no! ¿Qué le ocurrió?.

Amalia: si recuerdas, ella se había divorciado cuando estaban mandando los republicanos, eso fue tremendo lío, la familia de ella le quito el habla, creo que hasta los vecinos, sabes que la gente es muy odiosa y se creen más que los demás, sobre todo si tienen dos pesetas más que tu, en fin, luego viene Franco y echan atrás todo eso de los divorcios.

Beatriz: ¡yo sé!, ese lío lo tuvimos en el edificio también con la del segundo piso.

Amalia: el bruto del marido llegó borracho, echó la puerta abajo porque no le querían abrir y entró diciendo que esa era su casa, allí se armo la de padre y señor nuestro, una batalla campal, cuando el marido de una de las vecinas entró, ya la estaba asfixiando con sus manos apretándole el cuello.

Beatriz: ¡dios mío! Cuando se acabará la violencia en los hogares.

Amalia: creo que nunca, cuando son novios, son una maravilla, llegan a tu casa bien bañados, bien vestidos, hablan bonito, pero después que se casan, hay los que se transforman, llegan tarde, beben, no se bañan y andan cochinos, no son galantes y hasta te ponen los cuernos.

Beatriz: cada quien sabe lo que se busca, eso hay que pensarlo antes de casarse.

Amalia: eso es una lotería, lo que nos hace falta son leyes que nos protejan, hay mujeres que son mártires en vida, viven llevando golpes, maltratos y vejaciones, no merecen vivir así.

Beatriz: el matrimonio es la base de la familia, hay que saberlo llevar, para seguir queriéndose, se debe conversar mucho, ceder, acordar, tener paciencia y ser responsables con los hijos.

Amalia: si, definitivamente, paciencia, te casas con un extraño que no se crió contigo y sin saber que mañas trae, te vas a vivir con él para toda la vida, algún día deberían permitir que vivas al menos un año con esa persona para conocerla primero.

Beatriz: ¡calla mujer! Jajaja eso es pecado.

Amalia: si, es pecado jajaja pero más pecado es terminar viviendo con una bestia gorda y cochina jajaja.

Beatriz: jajaja a ver, a lo que vine, dame un hilo blanco, uno negro y unas agujas.

Amalia: tengo estos –señalando los que están en el mostrador-, escoge, ¿vas a arreglar o hacer algo nuevo?, si es de arreglos, te recomiendo este, si es de algo nuevo, este que es más fuerte.

Beatriz: si, me llevo estos, Maruja me tiene mal, me agarra todo, ya me está dejando sin hilos, cree que son juguetes de ella.

Amalia: eso es muy bueno, déjale unos viejos que no uses, quizás le guste la costura, no todas las niñas son iguales.

Beatriz: le gusta verme cosiendo, se me sienta al lado y quiere coser ella también.

Amalia: toma, llévale este retazo de tela, te lo regalo, no me sirve, dáselo a la niña para que juegue a coser.

Beatriz: gracias amiga, me voy, debo cocinar el almuerzo y salir a buscar a las niñas a la escuela.


En la escuela transcurría el primer día de colegio de Maruja, siempre esa primera oportunidad está cargada de muchas ansiedades, conocer a la maestra, saber si es simpática, bondadosa, estricta, para todo niño es un gran impacto de pronto tener frente a sí, una nueva figura de autoridad, normalmente aquello de “no hagas esto, no hagas lo otro”, es cosa de los padres y algunos familiares cercanos, con lo cual, se siente muy extraño que un adulto desconocido comience a ponerte en cintura, en este punto, hay niños que se deprimen, echan de menos a su mama o papa, necesitan sus juguetes, su cuarto e incluso lo más difícil es lo más sencillo, ir al baño.

Luego viene el contacto con los demás compañeritos del salón de clases, allí viene de todo, el que es tremendo, que quiere estar corriendo todo el día por el salón, la que es llorona porque le hace falta su mama, el niño violento y agresivo que desde temprana edad quiere imponerse sobre los demás por los golpes, los juguetones, los que no paran de hablar, aquel gordito que le metieron en su bolso para la escuela un sándwich de tortilla o quizás algo mas fuerte con chorizo, el que nunca lleva comida pero que siempre tiene hambre y le pide a los demás, el que se apropia de los lápices ajenos, la niña que se orina en su pupitre, definitivamente, llegando al salón, te consigues con una muestra de la vida y la sociedad que te rodea, muchas veces los niños son reflejos de sus padres y sus personalidades, de aquellos hogares donde hay amor, donde hay problemas, donde siempre están trabajando y nunca juegan con ellos o no les prestan atención.

En ese grupo heterogéneo de niños, apareció Clementina, una niña muy bella, de cabellos largos y ondulados, con dos moños agarrados en sus cabellos y sendos lazos rojos decorándolos, simpática, de sonrisa amplia, cariñosa, de voz muy dulce, estaba sentada al lado de Maruja, con su libreta abierta, sus lápices a un lado y haciendo rayas sobre el papel, ocasionalmente volteaba para mirarla y le regalaba una gran sonrisa, incluso le ofreció prestarle uno de sus lápices.



Clementina: ¡hola!, yo me llamo Clementina –le dijo con voz suave y serena a Maruja- mi mama se llama Victoria.

Maruja: ¡hola! Yo me llamo Maruja y mi mama se llama Beatriz, hace unas tortas muy sabrosas.

Clementina: mi mama cocina muy sabroso también.

Maruja: yo ayer me comí una torta.

Clementina: yo me comí una tortilla y estaba muy sabrosa.

Maruja: ¡mira! Estoy dibujando.

Clementina: ¿Qué haces?.

Maruja: un vestido como los que hace mi mama, yo la ayudo a coser y ella le cose a nuestras amigas.

Clementina: yo también quiero coser.

Josefina: ¡niñas! A ver qué están haciendo, están hablando mucho.

Maruja: yo estoy haciendo un vestido.

Clementina: ¡maestra! Yo también quiero hacer un vestido.

Josefina: ¡aja! Esta no es una escuela de costura niñas, aquí se viene a aprender letras y números, eso lo dejan para sus casas, a ver –dijo acercándose a observar de cerca el dibujo que tenía Maruja sobre su mesa-, ¡mira qué bonito pintas!, ¿Qué vestido es ese?.

Maruja: es un vestido elegante, de señoras elegantes.

Josefina: ¡te felicito!, está muy bellos, pero guárdalo, vamos a hacer otras cosas.

Pedro: ¡anda! Las niñas haciendo dibujitos jajaja –dijo el brabucón del salón en tono burlón- mientras se asomaba a ver el dibujo.

Clementina: ¡calla! No seas necio.

Pedro: tu cállate –le dijo empujándola-.

Maruja: con ella no te metas –empujándolo para defender a su amiga-.

Josefina: tú me tienes harta –le dijo a Pedro con una enorme regla de madera en la mano, muy parecida a un garrote medieval-, toma –dándole con la regla por las nalgas-, ve a tu puesto a sentarte o conocerás al director.


Martín, el director del colegio, era un hombre muy serio, siempre callado, de pocas palabras, su figura era esbelta, alto, no muy corpulento, le gustaban los deportes, especialmente el futbol, motivo por el cual, siempre llegaba al patio en los recesos con un balón en sus manos y se ponía a jugar con los muchachos más grandes, su voz era muy fuerte y gruesa, mientras se daban las clases, ocasionalmente se escuchaba retumbar su voz en los pasillos “allá, ¿Qué haces fuera del salón?, regresa y entra a clases antes que te ponga a hacer líneas”, se mantenía muy alerta de que los alumnos no anduvieran deambulando por los pasillos, que estuvieran bien presentados, los varones con el cabello corto y las niñas con el cabello recogido, cuando había alguna pelea, él aparecía de la nada repartiendo coscorrones para disolverla, si lograba agarrar a alguno de los contendientes por la camisa, se lo llevaba a la dirección y allí comenzaba lo peor y lo más terrible, le mandaba miles de líneas, a transcribir centenares de páginas de algún libro o a sacar cuentas y cálculos matemáticos infinitos, sumas de veinte o más dígitos, con el adicional de citar a sus padres, quien caía en esas garras, además de los coscorrones y las líneas, después de salir de la dirección con su padre bien enojado, lo esperaba una paliza segura en su casa.



Pedro: yo no voy a ir a ningún lado.

Josefina: entonces ve y siéntate, te aseguro que no vas a querer conocer la dirección –en ese momento sonó un timbre que indicaba el fin de las clases-, niños, recojan sus cosas que ya se van para sus casas.

Maruja: ¿quieres llevarte el dibujo? –Le dijo a su nueva amiga señalándole el dibujo del vestido-, te lo presto.

Clementina: si, gracias, yo te presto uno de mis colores, mañana me lo traes.

Maruja: y mañana hacemos otro dibujo, hasta mañana –dándole un beso en la mejilla a Clementina-.

Beatriz: ¡vaya! Ya tienes una nueva amiga –le dijo entrando al salón de clases-, veo que se llevan bien.

Maruja: si mama, ella se llama Clementina.

Clementina: hola –dándole un beso a Beatriz-, soy Clementina y mi mejor amiga es ella –señalando a Maruja-.

Beatriz: ¿y como se ha portado mi hija? –Le dijo a la maestra-, ella es algo inquieta.

Josefina: muy bien, es muy inteligente, se distrae algo, fíjese que se puso a dibujar un vestido, tuve que decirle que no se distraiga.

Beatriz: ella es así, le encanta verme coser y ponerse a dibujar vestidos, me imagino que de grande le gustara la costura, bueno, yo ayudo a mi marido cosiendo por encargo, si usted necesita algo, avíseme, estoy a la orden.

Josefina: muchas gracias, lo voy a tomar en cuenta, creo que en mi casa tengo una falda que necesita meterle un poco, si la consigo se la traigo, ¿Cuánto cobra?.

Beatriz: nada, tráigamela, usted es la maestra de Maruja, se la arreglo y después vemos como nos arreglamos.

Josefina: encantada, llévese a la niña.


Comenzando de nuevo.

La compañía del ferrocarril se encontraba casi en las ruinas, se requería arreglar las vías del tren, recuperar locomotoras, remodelar las estaciones y poner en funcionamiento algunas rutas que quedaron destrozadas por los efectos de la guerra y el abandono, además, muchos de sus trabajadores ya no estaban, la empresa estaba reclutando personas para ponerse de nuevo en marcha.

El dinero de la conserjería no alcanzaba para nada, la vida estaba muy cara, todo se gastaba en comida y dando gracias a Dios que nadie en la casa se enfermaba, los trabajos por encargo de Beatriz tampoco dejaban mucho, ella tenía un corazón demasiado bondadoso y en ocasiones no le cobraba a sus amigas o conocidas por coserles un vestido o solo cobraba los materiales de alguna torta.

Era necesario que Valentín regresara a trabajar en algo a parte de sus deberes en el edificio, así que pensó en lo que estaba haciendo antes de la guerra, retomar su puesto de maquinista en el tren.



Valentín: hola, buenos días.

Empleado: buen día, que se le ofrece.

Valentín: vengo a buscar empleo, yo trabajaba aquí antes de la guerra, soy maquinista.

Empleado: dígame su nombre a ver si lo consigo aquí en la lista de empleados antiguos.

Valentín: Valentín Ibáñez, yo trabajaba de maquinista en el expreso del norte.

Empleado: bien, aquí lo tengo en la lista, usted dejó de trabajar con nosotros hace unos años, según esto –mirando la lista- empezando la guerra.

Valentín: si, así es.

Empleado: espere sentado allí en frente –señalando unas sillas en el pasillo-, voy a pasar su caso al jefe de personal y él lo llamará en unos minutos, siéntese allí.

Valentín: muchas gracias.


Pasaron unos minutos mientras lo llamaban, permanecía atento mientras fumaba un cigarro, un vicio que le quedó de sus días en el cuartel, aquellos turnos de servicio en las noches eran difíciles de sobrellevar sin un pocillo de café negro y un buen cigarro, allí sentado se acordó de Juanjo, aquel buen amigo del servicio militar, culpable de enseñarle a fumar y quien después la vida lo convirtió en familia, ya que la prima de Juanjo terminó siendo esposa de Valentín, Beatriz, él los presentó. También le salvó la vida en aquellos años duros de prisión durante la guerra ¿Qué será de su vida? Pensaba allí sentado.

La estación del tren lo invadía de recuerdos, aquellos viajes de noche acompañado de Gerardo, su ayudante de maquinista, sus largas conversaciones, ¿Qué será de la vida de Gerardo? ¡Pobre hombre! ¿Lo habrán fusilado, estará vivo?, era un buen muchacho, algo atolondrado, cosas de jóvenes, la verdad que la Guerra dejo todo hecho un verdadero desastre, todo parecía que radicaba en comenzar de nuevo, allí sentado esperando que lo llamen, con mucha ansiedad, ¡necesitaba ese trabajo!, ¿Qué le dirían?, acaso recordarían o estaría anotado en alguna parte aquel episodio de la guerra.



-“Valentín Ibáñez”, se escuchó desde la oficina frente a él-.

Valentín ¡soy yo, aquí estoy!.

Oficinista: ¡pase!, por favor siéntese.

Valentín: muchas gracias.

Oficinista: aquí tengo su ficha, a ver, usted trabajo con nosotros antes de la guerra, fue maquinista en el expreso del norte, vive en Madrid, casado… aquí hay otra cosa.

Valentín: dígame.

Oficinista: según nuestros registros usted estaba en un tren que fue detenido por el ejército con un cargamento de armas para las milicias republicanas, ¿eso es cierto?.

Valentín: fíjese que sí, es así, alguien monto esas armas en uno de los vagones de carga sin que los supervisores se dieran cuenta, en el turno nocturno, yo llegue a la estación en la mañana y no me percate de nada.

Oficinista: entiendo según lo que me dice que usted no tuvo nada que ver con ese incidente.

Valentín: nada, a pesar de eso pase toda la guerra preso.

Oficinista: imagino que si ya salió, todo quedo aclarado.

Valentín: si, todo aclarado.

Oficinista: ¿usted es republicano? ¿socialista? ¿comunista?.

Valentín: nunca me ha gustado la política, de esas cosas lo que saque fue estar preso, dejar de ver a mi familia varios años, si me pregunta más, un terreno, como muchos otros campesinos, alguien se acordó de nosotros.

Oficinista: le voy a recomendar algo, trate de olvidar las cosas, olvídese de esa página del pasado, si va a trabajar aquí de nuevo, no le recomiendo que hable de política y mucho menos de comunismo.

Valentín: mire, yo necesito el empleo, así será, no hablaremos de nada.


Después de la guerra, los roces políticos en la sociedad no desaparecieron, cada familia tenía un muerto de alguno de los dos bandos, algún desaparecido, algún preso, herido, mutilado, torturado o quizás, con mala suerte una combinación de varias de las opciones anteriores.

Ya de regreso a su casa…



Valentín: hola amor, ya regresé.

Beatriz: que bien amor, cuéntame cómo te fue, ¿te dieron el trabajo?.

Valentín: no, aun no, debo regresar la próxima semana y me darán respuesta.

Beatriz: pensé que necesitaban gente.

Valentín: si necesitan, pero hay mucha tensión con la política, se están cuidando mucho de no meterse en problemas con los militares, imagino que ya los visitaron y les habrán dicho que no contraten socialistas.

Beatriz: ¿les dijiste que eres socialista?.

Valentín: no les dije nada, ellos en mi expediente, tienen anotado que era el maquinista del tren que detuvo el ejército con las armas.

Maruja: hola papa.

Valentín: ven acá niña, siéntate aquí –colocándola en sus piernas-, ¿Cómo te fue en la escuela?.

Maruja: muy bien, conocí una nueva amiga, a la maestra, hicimos dibujos y mira, me regalaron un color.

Beatriz: ¿de dónde sacaste ese color?.

Maruja: me lo presto Clementina, mi amiga de la escuela.

Beatriz: no debes andar con colores ni cosas de los demás, eso no se hace.

Valentín: ¿te lo prestaron o lo agarraste?.

Maruja: me lo prestaron.

Beatriz: mañana mismo lo regresas, si descubro que no te lo prestaron, tú y yo vamos a tener problemas, ¿me entiendes?.

Ana: ella se trajo eso sin permiso –dijo señalando a su hermana-, yo la vi agarrarlo.

Valentín: tu mañana arreglas eso Beatriz, si alguna de las dos miente, al llegar a la casa lleva correa.


La educación en el hogar de los Ibáñez, era muy ortodoxa, casi feudal, Valentín se esforzaba por que las niñas tuviesen disciplina y orden, ellas por su parte parecían perros y gatos, esa es una edad en la que las hermanas discuten y se pelean por todo, en realidad luchan por determinar su puesto y ascendencia dentro del grupo familiar, además de comenzar a formar su carácter.

La personalidad de Ana, su hermana mayor, era un tanto mezquina, difícil y poco condescendiente hacia Maruja, se llevaban solo tres años de edad, quizás, los primeros años sola, fue muy mimada, consentida y recibió mucho afecto, lo cual cambió al llegar su hermana menor, eso suele pasar. Se le puede agregar un ligero sentimiento de culpa que sentía Valentín por no pasar los primeros años de vida al lado de su segunda hija y el impacto que tuvo aquel encuentro al regresar a casa después de la guerra.



Ana: ya verás bandida, mama irá a la escuela a ver si es cierto lo del color que trajiste a la casa, si lo tomaste por tu cuenta, te van a dar una paliza jajaja.

Maruja: no hay problema, yo sé que me lo prestó mi amiga Clementina, ya verás, cuando se sepa que estas mintiendo para que me peguen, la paliza será para ti, mentirosa.


Entre tanto, en la casa de Clementina, se desarrollaba una conversación muy similar.



Victoria: necesito que me digas que has hecho con los colores que llevaste a la escuela, aquí falta uno, ¿Dónde está?.

Clementina: mama, déjame hablar.

Victoria: mira, ven, te voy a enseñar a cuidar tus cosas –correa en mano-, lo que te damos nos cuesta mucho sacrificio.

Clementina: déjame decirte.

Victoria: toma –y sin mediar mas palabras, le soltó un correazo por las piernas-.

Eulogio: ¿que está pasando en la sala?.

Victoria: nada, que la niña esta fue a su primer día de clases y ya no sabe que hizo las cosas que se llevó.

Eulogio: Clementina –le dijo en tono muy grave-, a nosotros nos cuesta mucho lo que tenemos en la casa, di la verdad, ¿que hiciste con el color?.


En ese momento, la pobre niña, con esa presión sobre ella tan grande, no sabía que decir, por un lado, si decía que el color se lo prestó a su nueva amiga, la paliza iba segura (pensaba ella), por no darle valor ni importancia a las cosas que le compraban con tanto esfuerzo, por otro lado, si decía que lo había extraviado, también recibiría su buena dosis de nalgadas, por ser descuidada, ante tal indecisión y tratando de salvarse de irse a dormir bien sacudida, optó por aquello que le pareció más sencillo.



Clementina: mama, yo estaba haciendo un dibujo cuando tu llegaste a buscarme, míralo –señalando el papel del dibujo que en realidad le prestó Maruja-, aquí esta.

Victoria: ¡que dibujo tan bello!, ¡vaya!, mira Eulogio, la niña hoy en la escuela hizo un dibujo precioso –levantando el papel y enseñándoselo a su esposo-, es un bonito dibujo de un vestido.

Eulogio: si, muy bonito y el color ¿Dónde está?.

Clementina: se me debe haber quedado encima de la mesa, allá debe estar, seguro mañana lo encuentro al regresar.

Victoria: vamos a esperar a mañana, el dibujo está muy lindo, vamos a pegarlo en la pared de tu cuarto.


Las mentiras cuando salen por primera vez al aire, sin que las personas se den cuenta, comienzan a generar muchas más mentiras alrededor de ellas, al no tener fundamento, se requiere mentir para justificarlas, una mentira, genera otra mentira y esa otra a su vez, otra y otra, sin que nos demos cuenta nos vamos envolviendo en una nebulosa de falsedades, especie de burbuja gris y oscura que flota envolviéndonos y que con cada pregunta o comentario sobre el tema, va creciendo más y más hasta que un ápice de verdad, la toca y explota, dejándonos sucios a la vista de los demás, con las manchas vergonzosas e indelebles de la falsedad.

Esa noche la asustada Clementina se debatía entre decir la verdad o sostener su mentira, quizás con un poco de suerte, a su madre se le olvidara el episodio del color y durante la mañana, ella pudiera arreglar las cosas con Maruja, era una de esas noches de luna llena, por la ventana de su cuarto entraba la luz blanca y tenue, hacía calor, mucho calor, estaba en la cama casi sin arroparse y sudaba copiosamente, ya sus padres estaban durmiendo, no se escuchaba ningún ruido, a lo lejos, muy suave, parecía escucharse un gato, ¿de alguna vecina?, ¿callejero?, la ventana estaba abierta.



debería cerrar la ventana –pensaba mientras la observaba-, si la dejo abierta se puede meter el gato, maúlla muy fuerte, debe ser callejero, salvaje, ¿y si entra y me muerde?, ¡uf! Que calor –le corrían gotas de sudor por la frente, por la espalda-, si cierro la ventana me asfixio, ¡dios mío! Ayúdame, mañana me matan de una paliza si no me salen las cosas bien en la escuela”.


El gato se escuchaba cada vez más cerca de su ventana, el animal se sentía inquieto, posiblemente otro animal lo asechaba, resoplaba, maullaba con sonidos largos y fuertes.



debe estar rabioso, debe ser enorme, casi un tigre, se escucha que es un animal muy agresivo, feroz, ¡voy a cerrar la ventana!”.


La muy asustada niña, se levantó de su cama lentamente, no quería despertar a alguno de sus padres, sobretodo su padre Eulogio, trabajaba muy duro, regresaba a casa muy cansado y de mal humor, quizás por el poco descanso que lograba o por la impotencia de no lograr un trabajo o método de ganarse la vida que le permitiera tener más horas libres, él trabajaba desde las cinco de la mañana, hasta llegada la noche en una panadería.

La niña con pasos suaves y vacilantes, se acercó a la ventana para cerrarla.



voy a cerrar la ventana, esa fiera está muy cerca”.


Cerró la ventana suavemente y se aseguró de colocarle el seguro para evitar que una ráfaga de viento la abriera, luego, lentamente regresó a su cama, la cabeza aún le daba vueltas pensando en su gran enredo por un color prestado y lentamente fue conciliando el sueño.

De repente, sintió que “algo” la estaba mirando, volteó, miró hacia la ventana… allí estaba, era él, el gato, su pelo era absolutamente negro, tan negro como una sombra, solo resaltaban sus enormes ojos verdes, brillantes, ella quedó paralizada, trataba de moverse pero no podía, hacia grandes esfuerzos por mover los brazos, miraba alrededor del cuarto y solo veía las paredes en la oscuridad y la puerta cerrada.



-¡ya se! Tengo que gritar, gritaré muy fuerte para que se despierte mi padre o mi madre-.


Pensando en eso, escuchó algo que producía un ruido escalofriante, volteó de nuevo hacia la ventana y pudo ver, que el gato, ese enorme gato negro, estaba pasando sus uñas por el vidrio y mientras lo hacía, abría sus fauces para enseñarle sus enormes colmillos.



-¡no puedo!, ¡no puedo!.


Trataba de gritar, pero el miedo, el terror que sentía, además de paralizarla, le hizo un nudo en la garganta, casi no pasaba el aire por ella, mucho menos podía gritar, al intentarlo, solo conseguía que saliera de su boca aire, sin fuerzas, estaba agotada, bañada en sudor, paralizada, aterrada, de pronto, todo acabo.



Victoria: despierta niña, tienes que ir a la escuela.

Clementina: ¡el gato! –Gritó sentándose en la cama y volteando hacia la ventana- ¿Dónde está?.

Victoria: ¿Cuál gato? Aquí no tenemos gatos, ni los vecinos, no he visto ninguno, ¡niña! Mira como estas de sudada, estas empapada, ¿Quién cerró la ventana?, casi te asfixias aquí encerrada en tu cuarto.

Clementina: había un enorme gato negro afuera, la cerré para que no entrara.

Victoria: ¡calla! Debes estar viendo cosas, no he visto ni escuchado nada, ven, vamos a ayudarte a vestirte, no queremos llegar tarde.


Clementina recordó que en la escuela la esperaba el gran dilema del color prestado.



Beatriz: a ver Maruja, termina de arreglarte, Ana, apúrate, vamos saliendo para la escuela.

Ana: si mama, ya estoy lista.

Maruja: terminando de ponerme los zapatos, casi estoy lista.

Beatriz: apúrense niñas.


Al llegar a la escuela, ambas familias coincidieron en la puerta del salón de clases, entrando casi juntas.



Beatriz: buen día doña Josefina, aquí le traigo la niña.

Josefina: ven aquí artista.

Beatriz: ¿artista? Jajaja, ¿Qué hizo ayer?.

Josefina: dibujó un vestido precioso.

Victoria: mi hija llevó un dibujo de vestido también para la casa, ¿estuvieron dibujando ayer?.

Josefina: ¡niña! ¡Cuidado!.



La maestra y ambas mujeres voltearon hacia Clementina, estaba de pie detrás de ellas y a sus pies había un gran charco de liquido, aun se podía observar algo bajar entre sus piernas, ella, al ver que todas la observaban, rompió en llanto.



Clementina: ¡no puedo más! Yo no hice ningún dibujo ayer, ella –señalando a Maruja- me lo prestó, el dibujo es de ella y yo le presté uno de mis colores.

Victoria: ¡que horror!, eres una mentirosa, me dijiste que el dibujo era tuyo, ya verás, al llegar a la casa arreglamos esto.

Josefina: por favor, vamos a calmarnos, a veces nosotros los adultos somos los culpables de las situaciones en los niños, ellos no aprenden ni saben mentir, lo hacen por miedo a ser castigados o a pasar por un mal momento como este, mire como esta esa niña, ven aquí corazón.


La maestra extendió sus brazos y cobijo en ellos a Clementina, esa niña había sido muy valiente, sabiendo que en su casa sería reprendida muy fuerte por su indecisión en decir la verdad, prefirió hacerlo antes que se vieran perjudicadas otras personas, las mentiras tarde o temprano nos perjudican y alcanzan bajo sus sombras a quienes nos rodean. Finalmente ambas madres ya aclarada la desagradable situación, se retiraron, la maestra las mando a sentarse y la mama de Clementina quedo en traer en el transcurso de la mañana una muda de ropa para su hija.



Maruja: ¡oye amiga! Vaya problema tan grande tenías.

Clementina: es que mi papa y mi mama son muy difíciles, por todo me regañan y si se enojan, me pegan, ayer casi me dan unas nalgadas antes de acostarme.

Maruja: ¿pero que te paso?.

Clementina: nada que primero mi mama vio que me faltaba el color, luego vio el dibujo y la verdad no supe cómo explicar tantas cosas.

Maruja: mi mama tiene un refrán muy bueno que siempre nos lo repite “por la verdad murió Cristo”, es mejor siempre decir la verdad.

Clementina: pero yo no quiero morir.

Maruja: jajaja nadie va a matarte, es un decir, pero lo mejor es siempre es decir la verdad, cueste lo que cueste, sino llegará el día que nadie te creerá nada, de todas formas, fuiste muy valiente y vi que no quisiste meterme en problemas, vamos a ser buenas amigas.

Clementina: ¿y me enseñas a dibujar?.

Maruja: ¡claro!, en el descanso dibujamos algo muy bonito.


Ambas niñas se abrazaron y se sentaron una al lado de la otra, el resto de los niños iban llegando al salón de clases brincando sobre el charco de orina que dejó Clementina a la entrada del salón.



Josefina: a ver niños, habrán sus cuadernos, vamos a comenzar con las sumas.

Paquito: jajaja aquí hay alguien que se orinó.

Pedro: si, alguien se orina encima todavía.

Josefina: cállense, el que siga gritando eso, además de darle con la regla lo pongo a limpiar el orine del piso.

Clementina: -mirando a Maruja le dijo- si saben que fui yo no podré pasa el día tranquila.

Maruja: calla, nadie tiene que saberlo, estábamos de primeras y nadie había llegado.

Josefina: a callarse todos, vamos a comenzar la clase.


Paquito era hijo de doña Amalia, la dueña de la mercería, un niño muy bien vestido, bien peinado, de cabellos negros lisos y cortos, se notaba de lejos que su madre se esmeraba en mantenerlo bien arreglado, era un niño tranquilo, nunca violento y degustaba mucho jugar el futbol cuando salían al patio de la escuela en los momentos libres.



Llegando la mitad de mañana de ese día, los niños salieron al patio a relajarse un rato de receso.



Clementina: muchas gracias de nuevo amiga.

Maruja: de nada, no te preocupes, de ahora en adelante tú y yo seremos buenas amigas ¿Cómo te sientes?.

Clementina: bien, ya mama me trajo la muda de ropa y se llevó la otra, estoy mejor.

Pedro: ¡las niñas y sus chismes! –dijo el bravucón del salón- señalándolas a las dos.

Maruja: chismoso serás tú.

Pedro: yo no, yo juego futbol con los varones.

Maruja: y ¿Qué te crees? Que darle patas a esa pelota te hace una maravilla.

Pedro: si te crees tan buena porque no vienes y le das unas patadas tú a ver si puedes.


Con tal reto encima, Maruja le dijo a su amiga que se quedara tranquila en el sitio donde estaban y comenzó a caminar hacia el centro del patio, en donde estaban los varones de su salón de clases jugando con la pelota.



Maruja: ¡a ver chicos! –dijo sobándose las manos- veamos que tan bien juegan ustedes aquí.

Pedro: ¡dale Paquito! Pásale la pelota a la niña, vamos a divertirnos.


Sin esperar más, Paquito le dio una patada al balón que llego con fuerza donde estaba parada Maruja, ella, lo detuvo con su pie, le dio un punta pies y comenzó a correr detrás del balón entre los niños, mientras corría, con el pie, lo desviaba entre ellos hasta que llego a una improvisada arquería y le dio una patada con todas sus fuerzas, el balón salió por el aire y pasó silbando cerca de la oreja del portero, anotándose un gol, todos los niños en el patio estaban atónitos viendo la escena, una niña, a la vista delicada, en falda, se había anotado un gol, no se hicieron esperar los silbidos, los aplausos y los vivas de parte de los espectadores.



Paquito: ¡vaya niña! ¡Se las trae!, mira que gol hizo.

Pedro: estoy sorprendido, ¡oye! Ven aquí niña –le dijo a Maruja-, tenemos que hablar.

Maruja: quédense tranquilos, yo hoy no juego, no quiero ensuciarme el vestido, será otro día que venga más cómoda, sigan juzgando ustedes.

Clementina: ¡amiga! No dejas de sorprenderme.

Maruja: jajaja es que donde vivo a veces juego con los chicos de la vecindad, eso no es nada, ven, vamos a sentarnos y los vemos jugando.

Pedro: cuando gustes jugar con nosotros puedes hacerlo.

Maruja: ¡vale!.


Ella desde temprana edad dejó asomar lo que sería en su futuro, nunca se conformó con cumplir con los paradigmas sociales de su época, siempre fue autentica y luchó por alcanzar sus metas.


Clementina: tengo que contarte algo amiga, me paso una cosa muy extraña.

Maruja: dime, ¿Qué te pasó?.

Clementina: verás, anoche, no sé si con tanta presión por lo del color, estaba muy nerviosa, me acosté a dormir y me pasó algo muy extraño.

Maruja: ¿será que tuviste una pesadilla?.

Clementina: eso es lo extraño, yo juraría que estaba despierta, todo comenzó con un gato que maullaba en la calle cerca de mi casa, cada vez se escuchaba más cerca.

Maruja: aquí en Madrid hay gatos por todos lados, no tiene nada de extraño.

Clementina: lo extraño es que cuando el gato se colocó en mi ventana, me dejó paralizada, no podía moverme, se que estaba despierta, pero por más esfuerzo que hice por levantarme de la cama, no pude hacerlo.

Maruja: eso es muy extraño, a mi no me ha pasado nunca.

Clementina: no vayas a pensar que estoy loca.

Maruja: pero, ¿eso te ha pasado otras veces?.

Clementina: otras veces no, la verdad es la primera vez y me asuste mucho.

Maruja: no te preocupes más por eso, seguro fue una pesadilla, yo a veces las tengo.

Clementina: ¿y cuál has tenido tú?.

Maruja: la más fea que he tenido es que me voy por un barranco, no sé porque pero es horrible, esa sensación de vacío que tienes al caer, ¡uf! No quiero ni acordarme, ese día me desperté gritando.

Clementina: si, debe ser que todos en alguna oportunidad tenemos una pesadilla.


Vivir en recesión.

La vida en Madrid después de la guerra no era nada fácil, a las carencias que dejó el conflicto en materia de producción y abastecimiento, se le unía la crisis social posterior, cada familia tenía su propio luto o tragedia, por una parte estaban los que perdieron algún familiar del bando sublevado que en este momento eran los del gobierno, ya que alcanzaron el poder con su victoria militar y la otra cara de la moneda, eran los del bando republicano, con sus familiares caídos en combate, desaparecidos y muchos continuaban presos después del conflicto.

Ya en esta etapa incipiente, en que a penas la sociedad se despertaba del horror vivido, comenzaba algo que podríamos llamar la “cacería de brujas”, por ponerle un nombre a las acciones que se impulsaron, apoyaron o simplemente se permitieron desde el alto gobierno. Dicen siempre los analistas, que la historia la escriben los vencedores, esta ocasión no fue muy distinta, si los llamados “socialistas” o “comunistas” quemaron libros en algunos casos radicales, los recién llegados al poder, no perdieron tiempo en trabajar fuerte con el fin de eliminar de toda memoria lo que alguna vez dijo llamarse “Segunda Republica Española”.

Estas labores de borrado social de la izquierda, se hicieron sentir desde el principio a pesar que en los discursos del nuevo Jefe de Estado, llamaba a la conciliación nacional, sus subalternos diariamente perseguían a sus opositores, se los llevaban detenidos, los encarcelaban, los desaparecían y hasta algunos vecinos simpatizantes de la derecha, ayudaban aportando nombres a las autoridades que ejecutaban estas persecuciones, lógicamente, como siempre pasa, en alguna que otra ocasión, por rabia o venganza, daban el nombre de alguien que no querían ver más en el vecindario, fuese socialista o no, igual lo vendían como tal.



Maruja: ¡mama! ¿Qué haces?.

Beatriz: cosiéndole una falda a una de las vecinas ¿no me ves?.

Maruja: ¡yo quiero coser!.

Beatriz: ¡anda! No me fastidies que estoy ocupada.

Maruja: déjame ayudarte con algo, anda, déjame.

Beatriz: vale, hagamos algo, ayúdame enhebrando esta aguja, toma el hilo, toma la tijera y la aguja, ¡cuidado te pinchas!.

Maruja: ya verás, esto es fácil.


La niña tomó en sus manos aquellos utensilios de costura y comenzó por estirar un tramo de hilo del carrete.



Beatriz: no saques tanto, mira –le dijo enseñándole el que tenía en sus manos-, este es el largo, un poco más.

Maruja: yo quiero aprender a coser como tú y hacerme mis vestidos.

Beatriz: para eso te falta mucho, no pretendas correr si aún no sabes caminar, comienza por lo más simple, aprende a meter el hilo en la aguja.

Maruja: ¿corto aquí? –Enseñándole el hilo entre sus manos-.

Beatriz: sí, córtalo allí con la tijera.

Maruja: ¿y no es más fácil si lo rompo estirándolo con mis manos?.

Beatriz: pues no, fíjate, si lo rompes de esa forma, se le forman unas pelusas en la punta, después no podrás meterlo por el pequeño orificio en la cabeza de la aguja, debes cortarlo con la tijera y la punta del hilo quedará recta, será más fácil pasarlo por la aguja.

Maruja: mira mama, ya lo hice, es muy fácil ¿y ahora?.

Beatriz: debes hacerle un nudo abajo en el otro extremo, así cuando vayas a comenzar a coser, el hilo quedará allí y no se saldrá de la tela.

Maruja: listo mama, aquí te la pongo –colocando la aguja encima del sillón donde estaban sentadas.

Beatriz: cuidado niña, es muy peligroso dejar las agujas donde te sientas, si se te olvidan te puedes pinchar o peor aún, te pasa lo que le ocurrió a una vecina del pueblo en Asturias.

Maruja: ¿Qué le pasó?.

Beatriz: pues se puso a coser sentada en su cama, se le olvidó o se le calló una aguja del costurero y no se dio cuenta, en la noche se acostó a dormir y la aguja se le enterró, las agujas a diferencia de los alfileres –enseñándole ambos objetos en su mano- no tienen cabeza ¿lo ves?, ella al día siguiente sintió que tenía algo enterrado y se acordó de la aguja, mira, casi se muere, la aguja ya le había recorrido parte de su cuerpo, al moverse ella, la aguja se movía, dicen que las agujas siempre buscan el corazón, la de ella se la sacaron cerca de su pecho.

Maruja: ¡uf! Vaya historia, ¿Dónde la pongo?.

Beatriz: aquí –señalándole una almohadilla- ellas cuando estas usándolas van colocadas allí, después que termines de coser, guardas todo, tijeras, agujas, hilos, botones, lo que hayas dejado de usar, en el costurero, el secreto de esto es ser ordenada.

Maruja: ¡yo te ayudo!, tienes muchas cosas en tu costurero.

Beatriz: si, aquí nada se bota, si una camisa o vestido ya no sirve, la tela se aprovecha para una funda o remendar otra prenda, los cierres cuestan caros, se le quita y se guardan aquí, igual los botones, si ahora no sirven, más adelante, puedes cambiarle el aspecto a una blusa con solo ponerle otros botones.

Maruja: muy divertido todo esto, mama, yo veo que hay señoras muy elegantes en la calle cuando paseamos los domingos y también las veo en la misa, ¿ellas se hacen sus vestidos?.

Beatriz: no creas eso, las señoras ricas, van a tiendas finas o los encargan a costureras para que se los hagan a la talla, con telas importadas muy costosas.

Maruja: me imagino que los pagan bien, tú deberías hacerles vestidos a las señoras ricas.

Beatriz: yo no tengo tiempo para eso, aquí cocino, lavo, plancho, las llevo a la escuela, atiendo a tu papa, atiendo la conserjería, hago tortas y comidas por encargo jajaja, eso lo hacen costureras que no tienen tanto trabajo como yo, a mí solo me alcanza para arreglar algunas cosas que me traen y esas personas que me encargan arreglarles la ropa, a veces tienen tan poco dinero como nosotras aquí.

Maruja: yo quiero ser costurera fina mama y que tengamos dinero para que no trabajes tanto.

Beatriz: seguro que si amor, mientras anda a estudiar, comienza por las letras y sobre todo los números, para que aprendas a sacar cuentas y sepas sumar el dinero que te ganes jajaja, mira viene llegando tu papa.

Valentín: hola ¿como están las mujeres de mi casa?.

Maruja: hola papa.

Beatriz: todo bien, yo cosiendo un arreglo que me encargaron; Maruja viéndome y Ana en su cuarto estudiando, ¿Cómo te fue en al ferrocarril?.

Valentín: bien, me entrevistaron y me dijeron que pasara la próxima semana para darme respuesta, estos militares tienen el país hecho un desastre, no sé que podría ser peor, la guerra o ellos.

Beatriz: ¿Por qué dices eso? Mira mi primo Juanjo, le va muy bien, lo que tienes es que olvidarte de todas esas ideas raras que te metieron en la cabeza los republicanos y trabajar, nos hace mucha falta ese dinero.

Valentín: claro, es lo que hago, pero en la entrevista me sacaron lo de las armas en el tren, tienen un expediente completo de todos los que tuvimos algo que ver con los republicanos y hasta me sacaron lo de la cárcel.

Beatriz: pues me parece algo lógico que se cuiden, ya está llegando el momento de poner orden en España, ya basta de tanta violencia.

Valentín: me preocupa que pasará con el terreno que nos dieron en Oviedo los republicanos, ¿Qué pasará con eso?, andan diciendo que nos van a quitar las tierras de nuevo.

Beatriz: ve preparándote para que el golpe no sea tan duro, fíjate lo que le pasó a la vecina, luego que se había divorciado de la bestia esa que tenía de marido, ahora echaron atrás lo de los divorcios y fíjate, así me parece que irá ocurriendo con todo, lo que hayan hecho los republicanos, esta gente lo va a eliminar.

Valentín: y como siempre nosotros los más pobres salimos perjudicados, sin tierras y explotados por los que tienen el capital, trabajando como burros.

Beatriz: déjate de esas cosas, el que trabaja, gana dinero y sale adelante, lo que pasa es que tu no estuviste aquí con nosotras en la guerra, los aviones pasaban lanzando cajas con comida y los milicianos nos las quitaban de las manos para llevárselas y comérselas ellos, no les importaba si habían mujeres y niños, no tenían piedad con nadie.

Valentín: pues yo viví del otro lado, todos los días fusilaban a alguien en la cárcel donde estábamos y mira –enseñándole el dedo de una de sus manos- si Juanjo no se aparece, me arrancan los dedos y me fusilan.

Beatriz: está bien, tenemos claro que todos hemos pasado penurias en este país durante la guerra, ahora solo nos ha quedado el hambre y los rencores, sería muy bueno que lográramos superar los malos momentos vividos y volver a nuestras vidas normales.

Valentín: claro, pobres y explotados.

Beatriz: mira cariño, tú trata de no hablar en la calle ni en el trabajo, si alguien se pone a hablar de política, vete de allí, así evitas problemas y no nos das ningún disgusto a nosotras.

Maruja: papa, ¿Por qué estabas preso?.

Valentín: cállate, no preguntes esas cosas, solo te diré algo, me metieron preso por querer que saliéramos de la pobreza.

Maruja: entonces, ¿es malo querer tener más dinero?.

Beatriz: no es malo hija, lo malo es meterse en cosas de la política, los políticos mandan a los demás a matarse y ellos luego disfrutan del poder y de sus negocios, a nosotros solo nos queda el sufrimiento.

Valentín: tú –dirigiéndose a Maruja-, preocúpate por estudiar.

Beatriz: y tú –dirigiéndose a Valentín- no hables más en esta casa de tus ideas locas sobre la política, eso solo trae sufrimientos.


La vida de la familia Ibáñez siguió transcurriendo en medio de la gran crisis económica de España, la identificación de Franco con Hitler y Mussolini y su apoyo a los fascistas durante la guerra, fueron condenados por los aliados, la nación estaba prácticamente aislada internacionalmente y él ejercía su poder de manera muy autoritaria, con mano muy dura, castigando severamente a quienes se pudieran oponer a su régimen de facto.

Todo dictador utiliza miles de artimañas de propaganda y discurso para mantener a las masas tranquilas y doblegadas a su mandato, dicen ser nacionalistas, pero no les importa el sufrimiento de la población, más allá de eso, piden “esfuerzo y sacrificios” por el bien del país, se toman fotos en familia, con niños, cargan bebes y abrazan dulces ancianas para dar la imagen de humanismo y ternura, sin embargo, dan órdenes de encarcelar, perseguir y acabar con cualquier disidencia, sin piedad, sin importar si enlutan familias enteras con sus caprichos, piden austeridad, para ahorrar y hacer más eficiente la gestión pública encargada de mantener escuelas, hospitales, vías públicas, obras de desarrollo, pero él y sus familiares directos viven rodeados de lujos, sentados en mesas donde se exhiben fastuosos banquetes, bailes de gala, viajes millonarios a otros países, pagan artistas para que los visiten y les canten en sus fiestas privadas.

Finalmente, se pierde la esencia de un Estado, servir a sus ciudadanos y administrar el dinero público para darles calidad de vida, solo dan opresión y en España, no sucedió nada diferente en esa época sombría, miles, centenas de miles de españoles comenzaron a pensar en migrar de su adorada España.



Capítulo 2

Y así el tiempo transcurrió, los años pasaron, aquella dulce niña cargada de sueños llego a ser adolescente.


Maruja: ¡mama! Voy saliendo, me voy a ver con Clementina y estaremos con unos amigos en su casa.

Beatriz: cuídate mucho hija, no hables con extraños por el camino, fíjate lo que andan diciendo, una muchacha la violaron en un callejón el otro día, camina por donde haya más personas.

Maruja: si mama estaré pendiente, besos.


Maruja y Clementina mantuvieron una bonita amistad a través de los años, siguieron estudiando juntas y ya estaban por terminar sus estudios de educación media.


Maruja: hola amiga, ¿llegue tarde? –Entrando a la casa de Clementina-, vine caminando rápido, mama me metió miedo con un cuento antes de salir de la casa.

Clementina: ¿Cuál cuento? –Saludándola y dándole un beso- ¿ha pasado algo?.

Maruja: dice que le contaron sobre un violador, que supuestamente agarró una muchacha en un callejón en la ciudad y la violó.

Clementina: eso es muy extraño, aquí hay policías y mirones del gobierno en todas las esquinas.

Maruja: no me dio los detalles, me imagino que hace sus fechorías de noche.

Clementina: ¡uf! Yo con mis pesadillas nocturnas tengo suficiente.

Maruja: ¿aún sigues con esas cosas imaginarias?.

Clementina: ya no se qué pensar, mi mama me llevo el otro día a donde un cura, a ver si se trataba de algo del más allá, lo cierto es que el médico no me dice nada y el cura me mando a rezar todas las noches antes de irme a dormir tres rosarios, casi que se me quita el sueño con eso, llego a la cama, comienzo y cuando termino el último rosario ya no tengo ganas de dormir, me duermo muy avanzada la noche.

Maruja: ¿y eso te ayuda en algo?

Clementina: si, algo, ya no tengo mis pesadillas tan recurrentes, pero sigo con ellas al menos una vez al mes.

Maruja: bueno, hagamos algo más agradable, vamos a la feria.

Clementina: me parece una idea fantástica, ¡mama!, ¿me das permiso para ir a la feria con Maruja?.

Victoria: si, las estaba escuchando, tengan cuidado, esa historia del violador yo también la escuche por unas vecinas.

Clementina: no te preocupes, vendremos temprano.


Habiendo pocas oportunidades para divertirse y poco dinero también, las ferias en Madrid son el sitio ideal para despejar la mente sanamente, luego, para un par de jovencitas como ellas, representa un mundo de emociones y nuevas personas por conocer.


Maruja: mira que bella esta la feria este año, hay de todo, muchos puestos de comida, ¡mira! Allá van unas muchachas vestidas de traje típico, que bellas se ven, también hay muchos chicos guapos jajaja.

Clementina: jajaja si, mira aquel –señalándole con los ojos- se ve muy esbelto. De repente salimos de aquí con novio, me vine bien bella a ver si pescamos a alguien

Maruja: con la suerte que tenemos quizás pescamos un resfriado jajaja.

Clementina: vamos a la carpa de los gitanos.

Maruja: ¿para qué? Hay cosas mejores que ver.

Clementina: no se, siempre me ha llamado la atención eso de las cartas, tengo ganas que me lean la suerte.

Maruja: eso es mentira, te inventan una cantidad de cosas y sales de allí con la cabeza inflada, pensando en todas esas tonterías.

Clementina: ¿vas a venir conmigo o tengo que ir sola?.

Maruja: vamos, tenemos que andar juntas.


Con la emoción por lo desconocido y la gran inocencia propia de su edad, las dos amigas se fueron caminando directo a la carpa de los gitanos, allí en la entrada, había varios carteles que decían:


lectura de la mano, lectura de cartas” “ven y conoce tu futuro” “tablao flamenco a las 3pm” “comidas típicas”.


Clementina: allí está, lee, ese letrero dice, lectura de cartas, ¿Qué será mejor, las cartas o la mano?.

Maruja: me da igual gafa, yo no creo en esas cosas.

Clementina: vamos, entremos a la lectura de cartas –le dijo a su amiga ya pasando una cortina tras la cual, ambas pudieron ver una anciana sentada en una mesa- ¡buenas tardes! ¿aquí leen las cartas, el futuro?.

Gitana: si chicas, yo misma soy, ¿Qué quieren saber dos hermosas niñas como ustedes?.

Clementina: pues, saber que nos depara el destino.

Gitana: entonces llegaron al sitio indicado, ¿vienen juntas?.

Maruja: si, andamos juntas, pero solo ella se va a leer las cartas.

Gitana: ¿y tú, no quieres saber tu destino o no crees en esto?

Maruja: digamos que ambas cosas, prefiero ir descubriendo lo que me pase, así no me atormento desde ahora.

Gitana: hagamos algo, por el mismo precio, le leo las cartas a las dos.

Clementina: ves Maruja, hasta vas a salir gratis, anda, anímate.


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