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Excerpt for Mi voluntad by , available in its entirety at Smashwords

Jorge Luis Préndiz Bonilla

MI VOLUNTAD

Prólogo

Esta es una historia de sobrevivencia que refleja una extrema fuerza de voluntad física y mental por parte del autor para lograr un propósito que al final se convertiría en su propia superación personal. Tarde o temprano nos encontramos ante situaciones difíciles de superar; entre más adversas y complicadas sean, más fuerte formarán nuestro carácter que nos harán mejores seres humanos persistiendo en los buenos principios y valores heredados.

Me sorprende la memoria de Jorge, sus detalles son tan precisos, su forma narrativa es excepcional, su memoria es capaz de darnos detalles precisos, no se involucra en querer formular en el lector ideales políticos o de otra índole, su intención es el entretenimiento narrativo, dando a conocer lo que él pasó desde su reclutamiento militar y por supuesto, nos presenta un panorama que los jóvenes vivimos en la década de los 80 en Nicaragua, así como una perspectiva familiar con algunas anécdotas de su niñez y comentarios de profundo amor y respeto a toda su familia.

La lectura de estos relatos, que los considero muy equilibrados y con muchos pormenores, es una opción de enterarse de cómo fue esa parte de nuestras vidas desde que fuimos reclutados al Servicio Militar en 1988, entrenados en una base escuela en el municipio de Condega en Estelí y luego incorporados al BLI Pedro Altamirano (BLI-PA) en Nueva Guinea, Zelaya Central, hasta el triunfo de la UNO (Unión Nacional Opositora) en 1990 con Violeta Barrios de Chamorro como presidenta de la República.

Personalmente me resulta interesante haber encontrado a mi amigo Jorge, después de más de 15 años sin verlo, y digo “me resulta interesante” porque yo también había decidido escribir mis memorias de lo que viví en el Servicio Militar Patriótico (SMP), fue hasta ahora en el 2016, y gracias a las redes sociales, que nos reencontramos, al reunirnos nos dimos cuenta de las coincidencia, no solo en recordar esos acontecimientos memorables; sino de la intención de dejarlos en la perpetuidad y que sean útiles como una manera para que la juventud comprenda lo que nuestra generación tuvo que sufrir, sobreponiéndose a las adversidades y salir adelante marcando la historia, muchas veces actuando por nuestra propia voluntad. Han transcurrido casi 30 años y su memoria nos recrea una gran parte de nuestras vidas en la montaña.

Agradezco a Jorge la oportunidad de tomarme en cuenta para escribir el prólogo y que además ayudara con la edición, ya que participé o fui testigo en casi todos los sucesos que él aquí les relata, esta etapa fue también para mí, una de las más trascendentales de mi vida y sus memorias son complementos de las mías y seguramente él pensará lo mismo con respecto a mis memorias que ya tuvo la oportunidad de leer.

Al introducirme en la lectura y poder echar mano a sus escritos, ha sido para mí una forma diferente e intensa de leer un libro ya que además de ser un personaje dentro de la narrativa, he sido también, en algunos casos, el editor. Al mismo tiempo me ayudó a recordar sucesos que ya no recordaba, por lo menos no con tantos detalles.

Seguramente a todos aquellos jóvenes que vivieron en esa época en Nicaragua les resultará familiar y a algunos no tan agradable recordar toda esas vivencia, también podría resultarles interesante a los que tuvieron que emigrar a otros países, así mismo a los que sus padres pudieron capearlos de una u otra manera del SMP.

Mauricio Valdez



Introducción

Es mi deseo que el momento que hayan escogido para leer estas memorias, se encuentren gozando de salud y sosiego al lado de sus seres queridos, esa tranquilidad debe de ser el escenario para preparar su mente y puedan transportarse a un panorama de reflexión sobre lo leído. Para otros, estas anécdotas no serán de mucho interés, pero el arte de revivir algo de nuestro pasado, se encuentra en la forma de escribir lo que recordamos. Dicen –que uno vive de los recuerdos– pero de lo que debemos estar seguros es que nada fija más un recuerdo que la intensidad del deseo de olvidarlo, es con este fundamento que mi principal intención es que conozcan la verdadera historia que albergué en mi interior durante tanto tiempo. Existe mucha posibilidad de que algunos minutos, horas y tal vez días, pude haber olvidado en estos relatos; pero de lo que sí estoy seguro que con los recuerdos, pude estructurar períodos de tiempos que reviven las diferentes historias de esta obra, lográndolas proteger de las garras del olvido. Tendrán la oportunidad de leer muchos detalles intensos que se transforman en extraordinarios y prácticos recuerdos, todos ellos fueron sucesos reales, narraciones ajustadas a la transcripción de mi memoria. En este ejercicio mental, aparecieron como fantasmas algunos acontecimientos que decidí no escribirlos, cada vez que profundizaba en algún suceso, los detalles me despertaban sentimientos encontrados que es mejor no recordar, así que, por prudencia a quienes participamos de las acciones encomendadas por los altos mandos de nuestra unidad militar, omití esos hechos.

En el caso de algunos personajes que aparecen ocasionalmente en el libreto, de forma discrecional hago uso de sus apellidos para no caer en una mala interpretación. El método que utilizo en esta obra es la narrativa que ocasionalmente me provocó problemas al describir sucesos donde uno mismo es el personaje central, procurando evitar caer en el sensacionalismo o egolatría hacia mí mismo, procuré ser lo más sensato posible y darle objetividad, claridad y protagonismo a quienes se lo merecen. El texto puede ser interesante para el lector al recrearse con estas vivencias, que les aseguro no son parte del guión de alguna película de guerra hollywoodense, simplemente sucedieron. Las ganas de escribir nacen de una necesidad en mi espíritu y un buen ejercicio mental al recordar hechos acontecidos hace algunos años que en su gran mayoría no he olvidado y difícilmente olvidaré el resto de mi vida.

Dejar esos hechos en este testimonio, que muchos logramos recordar pero seguramente no queremos contar, para mí es un alivio subjetivo, el compartir esas experiencias militares, pero mayormente físicas y mentales de cómo sobreviví en las montañas del centro atlántico de nuestro país, en condiciones adversas y en un medio ambiente hostil, con largas horas de aburrimiento, controlando el estrés de la soledad, y extenuantes días de caminatas que terminaban en nada, absolutamente en nada, sin saber en qué día ni fecha nos encontrábamos, superando la desconfianza e imponiéndome a la adversidad para borrar de la mente lo mal que estaba viviendo y asumir con carácter positivo lo que me estaba sucediendo, traduciendo los datos que mi mente interpretaba como una estrategia de convivencia mínima entre las personas que me rodeaban, superando el agotamiento corporal provocado por el escarmiento de la intemperie y la condena de una naturaleza sin límites, ni perdón, marcándonos con el paso de sus minutos a horas, formando días eternos y noches agobiantes, creando en nuestras conciencias reductos de valentía, para calmar nuestras desesperaciones al pasar del tiempo, acumulando en nuestros “odómetros” genéticos, kilómetros de mala vida, que en algún momento debía terminar. Desde ese tiempo, hay un principio natural con el que he vivido; “Todo pasará y se terminará”. Todas esas experiencias de vida, jamás quiero volver a repetirlas y mucho menos deseo que las vivan mis hijos: Andreu y Dieck.

De todo lo que mi decisión provocó, el daño más relevante del que hasta hoy me siento culpable, es del sufrimiento de mis padres, y en especial de las travesías y humillaciones que mi padre (Agustín Préndiz Cuéndiz) sufrió en cada base o centro militar donde estuvo buscándome trasladándome su fe para superar lo que estaba viviendo, en alguno de esos lugares pudo estar conmigo, con la humildad que lo caracterizó en su vida, siempre pidiendo por mí. Estos relatos, son para recordarlo y si me permiten llamarle libro, es para dejar un recuerdo de lo que vivimos, mi padre, mi madre, mis hermanos y yo, en esa difícil época. Acontecimientos que llevo recordando desde hace un tiempo, procurando que cada relato tenga los mayores detalles posibles para describir de forma entretenida, con la suprema intención de que el lector pueda trasladarse mentalmente a esa época no muy grata para muchos.

Debo aclarar que aunque doy detalles fieles de muchos acontecimientos, en algunos momentos introduzco un poco de ficción como método de enlazar de forma semántica y coordinada aspectos importantes de los mismos. Pido disculpas por no transcribir muchos de estos acontecimientos que no se le escapan al “alzhéimer” que a todos nos condena, hechos que es mejor dejar en el olvido.

No pretendo establecer ningún criterio político sobre este tema, mi único propósito es recordar lo que viví. Pienso que soy uno de esos pocos afortunados, que cierra los ojos para recordar momentos de la vida con el deseo de valorar lo realmente inolvidable y describirlo como una experiencia de vida o sobrevivencia personal, debo decir con claridad que en mi prudente juicio, todos estos hechos sirvieron para mal o para bien, formar el mal carácter que poseo, convirtiéndome en el hombre egoísta y frío que soy, pero que de alguna forma he tratado de rehabilitarme, buscando la paz interna que a todos nos embarga en algún momento de nuestras vidas.

Este relato de anécdotas, debe de servir para recordar a esos jóvenes varones y mujeres que de forma voluntaria o forzada, engrandecimos las filas de los llamados Batallones de Lucha Irregular (BLI) por lo que, es mi obligación expresar respeto al recordar a ese gran contingente de jóvenes que dentro de la historia de nuestro país, algunos sirvieron con voluntad revolucionaria, pero; la gran mayoría fue forzada a cumplir un Servicio Militar que nadie en este país quiere recordar. Aunque estoy consciente que por haberse tratado de una Ley de la República era un deber su cumplimiento. Este modelo de pensamiento o el intento de pensar diferente al sistema, para algunos grupos de jóvenes de hoy, que no tienen idea de lo que aconteció en esos tiempos, es llamado deslealtad a la patria. Para los que vivimos esa cruda realidad en esa etapa de juventud, nada es igual, todo es diferente, los tiempos pasan y las personas cambian. Que esto sirva para recordar a esos héroes y no héroes desconocidos, anónimos, chavalos que pasaron rápidamente de ser civiles a ser militares, con poco o nada de entrenamiento para encontrarse con la soledad, la incertidumbre, la nostalgia... y en muchos casos la muerte.

Estas anécdotas, pueden ser útiles como una lectura de aventura, al darse una mínima idea, de la vida que tuvimos que afrontar algunos en cumplimiento del deber o simplemente sobrevivir el día a día y sientan la necesidad de corregir los errores que muchos cometimos y que algunos fuimos capaces de corregir, con el perdón a tanto sufrimiento que nos causaron, sin perder el horizonte del pasado que nos enseña a vivir el futuro. Es de humanos evolucionar, mejorando nuestro comportamiento de vida, sirviendo a la sociedad desde lugares más productivos, estando al servicio de nuestro pueblo de forma correcta moralmente, aprovechando el tiempo para educarnos, profesionalizarse y desarrollar una sociedad con mayores valores que los que hoy poseemos, fundamentalmente con los que nos rodean, nuestros padres, esposas e hijos. En base a esos principios cristianos, familiares, de buenas costumbres y tolerancia que fueron los fundamentos de mi educación y que en algún momento de la narrativa se contradicen, dedico este conjunto de párrafos, que he decidido llamar “Mi voluntad”, a la memoria de mi padre, Miguel Agustín Préndiz Cuéndiz, por el valor que me mostró en esos tiempos tan difíciles, por las agallas que tuvo para enfrentar tantas humillaciones y enfrentarse a la intemperie, por el coraje que siempre mantuvo pidiendo mi libertad civil y por el profundo amor de padre que se desbordaba cuando nos sentábamos a comer en el monte bajo la sombra de algún frondoso árbol los alimentos que preparaba mi madre Daysi Bonilla López, y que él con mucho cuidado intentaba trasladar hasta donde estuviera. Dedico estas historias, a las lágrimas que miré caer de los ojos de ese hombre cuando me miraba demacrado, desnutrido y enfermo, seguro que al regresar a casa, en su interior se transformaron en llanto junto a mí madre, ese hombre siempre estuvo a mi lado, mi Papá.

Desde su muerte el 12 de enero del año 2007, me he dedicado a recordarlo en muchas de sus facetas, el mejor recuerdo que tengo es su talento como trabajador, su instinto de protección, sus lágrimas y sus arribos a todos esos sitios que recordaré e intentaré transcribir de la mejor manera posible transportándolos a esos territorios agrestes de nuestra Nicaragua.

Al desarrollar la lectura, podrán distinguir las diversas etapas que viví como soldado. Así mismo espero que el lector pueda comprender el origen del título “Mi voluntad” para mi historia. Sin entrar al campo político y menos a la ontología del por qué nuestro país se encontraba en tan difícil situación, decidí correr el riesgo y sortear las profundas grietas de esa coyuntura que identifica una época de nuestra vida nacional, evitando caer en apasionamientos ideológicos. Con esa premisa me senté a recordar los momentos difíciles que superé, aventurándome a escribirlos como recuerdos extraordinarios que merecen ser compartidos, con la sana intención de perpetuar lo que logré vivir y puedo contar.

“Mi voluntad”

Lunes 9 de mayo de 1988

Eran los nada placenteros años 80, para mí, al igual que a criterio de muchos, fue la época más difícil que hayamos vivido los nicaragüenses. Tiempos de escasez, una etapa de altos y bajos con muy pocas esperanzas de un buen futuro o de una mejor vida, sin muchas alternativas para desarrollarse en lo personal o profesionalmente. Fue un período de mucho sufrimiento, de abandono personal y moral. Esa mañana de mayo del año 1988, amanecí como de costumbre en casa de mis padres, mi madre, una profesora de secundaria y mi padre un sastre de profesión, reconocido en la ciudad por sus magníficos diseños y hechuras en ropa para hombre, pero a consecuencia de los efectos desbastadores que provocó la famosa Operación “Bertha”, él había perdido la emoción de confeccionar pantalones y trajes para los ciudadanos rivenses, en ese suceso que consistió en la desmonetización de nuestra moneda golpeando sin piedad a toda la nación y en especial a los sectores productivos, mi padre perdió los ahorros de su vida y todo lo que poseía, ese cambio del valor monetario del córdoba (moneda nacional) fue planificado militarmente por el silencio y el factor sorpresa en el intento de golpear el apoyo financiero a la contrarrevolución, con resultados dramáticos, prueba de eso fue la afamada “Sastrería Préndiz”, era una muerte anunciada, jamás volvió a ser la pequeña empresa que mi padre había desarrollado con el esfuerzo de su ingenio, dedicación y habilidades, como siempre lo he dicho; “Al mejor estilo de París”. Mi madre por su parte salía todos los santos días al Instituto de Rivas, para ofrecer y dar el pan de la enseñanza, algo que de alguna forma heredé, por el interés de impartir clases al concluir mis estudios universitarios, ejercicio que me satisface hacer desde que me gradué de abogado en la Universidad Centroamericana, en Managua, actividad que me actualiza en el ámbito del derecho, y que ejerzo como docente activo de la prestigiosa Facultad de Ciencias Jurídicas de la UCA la que considero mi alma mater.

Esa mañana, a diferencia de cómo me siento hoy, estaba decepcionado de cómo llevaba mi vida, reflexionando creo que se juntaron varias dificultades; La primera se trataba del hecho de no encontrar un trabajo que sustentara mis gastos a esa edad, la segunda y era una cuestión de actitud se trataba del consumo constante de licor, la última y más concluyente era el hecho de no poder salir de la casa con libertad y si lo hacía tenía que ser a altas horas de la noche para visitar a mi novia, una bella muchacha de un barrio cercano. Adicional a eso, cuenta mi madre de la existencia una señora de apellido Robles, que pertenecía a la llamada Seguridad del Estado, dedicada a ubicar muchachos que tuvieran o rondarán los 18 años de edad, dicha mujer, acechaba nuestra casa periódicamente en mi búsqueda, me imagino que era una persona con problemas por su fanatismo, es probable que no tuviera hijos varones, la verdad nunca la miré, solo los comentarios de mis padres en referencia al fantasma de esa mujer. Solo espero que en su vida le vaya bien. Todas estas situaciones coincidieron y en mi inexperta juventud, a eso hay que agregarle, la rebeldía que muchos experimentamos, la única decisión madura y razonable que se me cruzaba por la mente era salir de casa, a pesar de haber escuchado todos los desafíos y lo malo que debía enfrentar, la decisión de irme como voluntario al Servicio Militar Patriótico (SMP) era impostergable. El Decreto – Ley Nº 1327 de octubre del año 1983 creaba el SMP que consistía en una Ley de obligatorio cumplimiento, para defender por medio de las armas la soberanía nacional en tiempos de guerra, el espíritu de la Ley instituía que el Servicio proporcionaría avanzadas técnicas militares para fortalecer a la juventud su disciplina y moral revolucionaria, eso señalaba el texto de la Ley.

Para esos tiempos, mi conciencia estaba formada por la historia reciente, la lucha contra la dictadura somocista, las historias de la lucha clandestina, el triunfo de la Revolución Popular Sandinista en julio de 1979, y la forma en cómo los nicaragüenses debíamos defender las conquistas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), convertido en un partido político, a esas historias se le suma los libros que leí en alguna ocasión sobre la Revolución Cubana, y los movimientos guerrilleros del Ché (Ernesto, Che Guevara), hasta su muerte en Bolivia.

Este tipo de pensamientos o planteamientos políticos son los que residían en mi indefensa conciencia, ideas que no difundía de forma activa, pero apoyaba por ser parte de una clase media-baja, con dos padres dedicados al trabajo, esperanzados en una revolución de cambios que mejoraría sus condición económica para que sus hijos tuviesen la oportunidad de educarse y superarse. -Ilusión de la que mis padres ya no eran parte-. Para esta fecha no había otra opción dentro de mi asombrosa y razonable decisión, en mi sano juicio no había margen para la duda, el sentarse a meditar quedaba para otra ocasión. Debía reconocer mi situación, solo quería cumplir esa misión que debíamos entender como patriótica. Esa mentalidad debía de pasar por el simple hecho de aceptar que la Ley del SMP, obligaba a todos los jóvenes nicaragüenses varones entre los 18 y 25 años de edad, a prestar su Servicio Militar con lealtad, distinción y especialmente con voluntad, bajo los principios revolucionarios de las luchas de Sandino, Carlos Fonseca y muchos otros héroes y mártires que de alguna forma dieron sus vidas por liberar al país de la dictadura de la familia Somoza.



Voluntario AL SMP

Esa mañana no tenía ganas de nada, me bañé y con la costumbre de todos los días me alisté, con algo más de la pereza habitual en mi rostro, me miré al espejo y fue el momento de decir: «Me iré», sin mucho preámbulo, llamé a mi madre y le dije; «Me voy al Servicio, no tengo nada más que hacer aquí, soy uno más del montón, las cosas aquí no mejoran y creo que por mis capacidades podría ser que me dejen en alguna base militar cercana a Rivas, como le sucedió a algunos amigos, no llore estaré bien».

Mi madre, sin mediar palabras se desató a llorar, llamando a mi padre, para que intentara convencerme de lo contrario. Mi padre habló un rato conmigo, explicándome las dificultades que viviría, me manifestaba que aunque no estábamos bien económicamente, estábamos juntos y sin correr riesgos innecesarios, me dio muchos consejos que nunca escuché, su tarea de convencerme no funcionó, la decisión estaba tomada, desde ese momento mi suerte me acechaba. Acto seguido, pasé bebiendo un vaso de agua por el refrigerador, tragué profundo hasta saciar mi sed y salí de casa rumbo al hospital de Rivas donde había una convocatoria para los jóvenes que tenían la edad para cumplir el Servicio Militar, llamado patriótico por unos y obligatorio por muchos. Eran momentos históricos y complejos que el país atravesaba.

Esa rara mañana, todo el hospital se vestía de verde olivo, actualmente las instalaciones llevan el nombre de “Gaspar García Laviana”, en honor al religioso de nacionalidad española que se había involucrado en la guerrilla sandinista, por la lucha de liberación en contra de la dictadura, cayendo en combate cerca del Municipio de Cárdenas, jurisdicción del Departamento de Rivas, mi ciudad natal. Esta instalación, fue donada por el Gobierno de Suecia por medio de su Primer Ministro; Olof Palme, que pocos años después fue asesinado en Estocolmo, por un grupo extremista Chileno, a causa de su apoyo a gobiernos de izquierda, como el que teníamos en Nicaragua desde el 19 de julio de 1979.

El hospital tenía una visita poco usual, una cantidad indeterminada de efectivos permanentes del EPS (Ejército Popular Sandinista). Los militares se encontraban por todas las áreas, estratégicamente resguardando salidas y entradas del edificio. Recuerdo haber llegado al portón principal solo, los militares que custodiaban ese punto me dejaron entrar como a mi propia casa, habían algunos jóvenes conocidos, entre ellos Eddy Valdez que recién había cumplido sus dos años de Servicio Militar en la Marina de Guerra y ahora acompañaba a su hermano menor Mauricio que al igual que yo, acudía a ese chequeo médico. Mauricio era un joven de poco hablar, de tez blanca, pelo color castaño y murruco (encrespado), hablaré de él con mucha frecuencia en el transcurso de la narración ya que se convertiría en mi casi inseparable compañero de lucha.

Mi estrategia era clara, su efectividad dependía de la astucia y determinación en la que diera respuesta a las preguntas formuladas por los oficiales militares que realizaban una entrevista supuestamente técnica para catalogar las habilidades de los diferentes jóvenes y optimizar sus esfuerzos de forma estratégica en beneficio de la institución armada, previa a la calificación de “APTO”. El tiempo avanzaba, y mi turno se acercaba, no estaba nervioso, mi seguridad se sobreponía a cualquier efecto adverso que mi mente quisiera formular como la ansiedad, sudoración o algo de esos malestares que dan al ser humano sometido al estrés. En mi mente existían dos probabilidades; la primera que me declararan no apto, algo que nunca sucedió y la segunda, que por mis estudios de Geología en la hermana República de Cuba, por estrategia y seguridad nacional, me ubicaran en una base de mucha importancia cerca de Rivas, en ese listado podía ser el único que poseía ese nivel de conocimientos, esa esperanza se fundaba en dominar que a varios de mis compañeros de colegio de secundaria y educación técnico-superior como; Jairo Antonio, Julio Ricardo y Francisco Martín y otros que al determinar su utilidad para el ejército los ubicaron cerca de Rivas y en muchos de los casos fueron reubicados en bases en zonas no peligrosas. Al llegar mi turno y ser indagado, mis opciones fueron derribadas poco a poco, ninguno de los efectivos que levantaban los datos generales de los jóvenes convocados y menos de los que estaban haciendo el supuesto chequeo médico, me dijo alguna cosa parecida. Ninguno de los nuevos reclutas, fue catalogado como no apto, el formulario de las preguntas de rigor consistía en: si teníamos algún impedimento físico en especial, si éramos pies planos o si teníamos deficiencias al mirar. Y si las respuestas eran positivas, nos pasaban a otra área donde se presumía evaluarían esas limitaciones o dolencias expuestas.

Al final uno a uno fuimos saliendo con la etiqueta de “MUY APTO”; en el segundo de los casos que presumía, era la opción más fuerte que cargaba, representando mi última esperanza para cumplir un servicio sin riesgos. Al entregar la copia de mi título, las preguntas de rigor fueron: nivel académico, si podía manejar máquina de escribir, si podía conducir vehículos. Respiré profundo y en todas respondí: «Si, claro que puedo». El oficial permanente, me observó detenidamente por unos segundos, al retornar su mirada a mis documentos, a su juicio apreció lo contrario. Al verlo poco amigable, le hablé con serenidad sobre mis estudios en Geología, para provocar en él algún sentimiento que lo forzara a preguntarme más sobre ese tema que dominaba, resultando todo lo contrario, mi intervención audaz no causó ninguna impresión, el hecho que me haya graduado en la hermana República de Cuba, más la información de que hacía unos tres meses había regresado para brindar mis servicios profesionales donde la revolución me lo indicara, alegato que tampoco lo inmutó, reaccioné y recuerdo haberle dictado un orgulloso y efusivo discurso sobre la revolución con el argumento, de lo útil que podía ser al ejército de mi país en una posición estratégica, y nada, absolutamente nada lo hizo cambiar de parecer, la verdad es que su actitud era cerrada como la de un excelente guardia que de forma disciplinada cumple órdenes dentro de una misión, la única palabra que él entendía y debía cumplir a cabalidad, era: Reclutar. Sí, él estaba obligado a reclutar la mayor cantidad de jóvenes posibles que sirvieran para reforzar a los batallones de combate en zonas de guerra.

Se debía entender que como política de Estado, todos aquellos que tuvimos la oportunidad de viajar a países que tenían convenios de educación con la Revolución Sandinista, era para profesionalizar a determinada cantidad de jóvenes que se comprometieran a formar parte de una nueva visión dentro de una sociedad productiva, fortaleciendo los cimientos de la revolución. Ese era el compromiso de todos los que viajamos a Cuba y al regresar como profesionales, debíamos ayudar al país a superar las dificultades económicas y sociales desde los distintos sectores de producción, sirviendo a la revolución en su desarrollo con nuevos profesionales para proyectar a una revolución joven, programa que a mí no me funcionó, si el ejército en esa época fuera el de hoy, nunca hubiesen dudado en captarme como un buen elemento para fines estratégicos militares por mis conocimientos, pudiendo ubicarme en una comandancia tal vez no cerca de Rivas, pero si, en lugar seguro.

Al terminar la entrevista, me trasladaron a un cuarto de espera, donde ya estaban algunos de los convocados. Poco a poco el pequeño espacio fue llenándose de jóvenes nerviosos, con un futuro incierto y el semblante fingido, eran rostros que no poseían ninguna expresión real, éramos solo unas almas vacías. Aproximadamente a las 4 ó 4:30 de la tarde, varias voces provenientes de efectivos permanentes del ejército con palabras de autoridad, gritaban; «¡Arriba, arriba, arriba!, salimos en cinco minutos, hagan fila y todos sin salirse, caminen hacia los camiones que están afuera». Desde ese instante comprendí que mi decisión no tendría buen suceso, además de los daños colaterales que causaría, situación de la que aún no estaba consciente. Al pasar del tiempo, esas voces de mando se convertirían en mi guía, convirtiéndose en las voces más odiadas de mi vida, exclamaciones que estaban destinadas a ser parte de mi conciencia moldeando mi voluntad de cómo debía aprender a vivir, convivir, comportarme, ubicándome en cada decisión que enfrentaría en toda esta aventura que había decidido tomar. El dolor, el riesgo y la obediencia serian mis mejores aliados, debía prepararme para ese futuro inmediato que cambiaría por completo cualquier justicia que Dios hubiese tenido preparado para mi forma de vida anterior a esa decisión.

Al subir a los camiones, nos ubicaron en el piso de madera, cada vehículo tenía su propia escolta bien armada. Se dio la orden de salir, los jefes del operativo no querían ninguna sorpresa, la misión estaba bien trazada. Nosotros carecíamos de información, nuestro rumbo era desconocido, informar no era parte de las órdenes que les impusieron los jefes intelectuales de la misión a estos militares de menor rango. Cada unidad móvil estaba cubierta con toldos de lona verde olivo para ocultarnos de los curiosos, como si se tratara de mercancía de contrabando.

Las máquinas rugieron y los camiones comenzaron a moverse rodando por el adoquín interno del hospital, salimos por el portón principal a alta velocidad, se podía escuchar y apenas ver una inmensa cantidad de familiares, gritando desesperadamente: «Adónde se los llevan, dígannos a dónde van, queremos saber a dónde se los llevan», expresiones acompañadas de sus respectivos apelativos en contra de los efectivos del ejército que simplemente cumplían con su deber. Voces y llantos que nunca olvidaré por el efecto desgarrador que albergaban, preguntas que nunca tendrían respuestas, unos decían que por estrategia militar, pero la verdad no tenía ni la más mínima importancia para los efectivos militares, el operativo era tan seguro que nunca se nos permitió el roce con nuestros familiares.

Para la salida del convoy militar, era necesario aplicar los principios militares, la determinación y rapidez del escape era de alta precisión, se jugaban el hecho de que el tumulto de gente que se componía de los familiares de los jóvenes reclutados, no les hiciera un complot o detuviera el ritmo del operativo, la sorpresa fue fundamental siendo parte de una estrategia nacional por la cantidad de efectivos involucrados, la rapidez de movilización que no dio tiempo de nada, al salir las llantas de los camiones rechinaban sobre el adoquín, y en un intento de sobrevivencia levanté mi cabeza con la esperanza de ver a mi gente, pero fue en vano, mi vista chocó con un mar de gente que no permitió identificar a nadie.

Unos años después mi padre me contó, que él se encontraba en esa manifestación, con el corazón destrozado y con la desilusión de no poder hacer nada por mí, con la incertidumbre de verme otra vez, vivo o no. En esa ocasión con lágrimas en sus ojos me comentó, algunas anécdotas que el pasó en esa época. Él era consciente de lo que pasaría, sabía más de lo desafortunada que había sido mi decisión y el sufrimiento que causaría a mi madre y a él. Después de tanto tiempo desentraño, que ese amargo momento transformó a mi padre en un hombre de mucho coraje y determinación en la búsqueda de mi libertad, mi padre recorrió muchos caminos de Nicaragua, muchas veces solo para verme por ratos, cada vez que me traslado en el tiempo, renacen sentimientos no deseados que hacen mucho daño. Al despertar de ese letargo, reaparece en mí la posibilidad de que la enfermedad que padeció fue a causa de mi decisión, el estrés que le provoqué pudo desencadenar su padecimiento, ese sentimiento de culpa todavía ronda en mí ser.

Sin ningún retraso el convoy se escapaba de la presión que provocaba el calor humano dentro de la multitud de cuerpos con sus espíritus destruidos, despertando el odio al sistema y el rechazo a los métodos que utilizaban para satisfacer sus necesidades. Al final de esa desafortunada tarde que recuerdo con muchos detalles, los familiares no podían hacer nada, únicamente querían saber nuestro destino final, probablemente, en todos los casos, simplemente deseaban darnos un abrazo de despedida antes de partir, pudimos haber aprovechado ese instante para pedir se nos incrustara en la frente la cruz simbolizada en el culto religioso de ser persignados de manos de ellos y sentir la bendición de la fe en Dios todo poderoso, pidiendo su protección divina, para terminar cumpliendo con el deber patriótico de ir a la guerra, muchos sin comprender por qué existía y otros por qué debíamos asumir nuestros desaciertos. Todo ese momento de intercambio y fraternidad familiar quedaba haciendo una pausa, a la espera de nuestro posible regreso, algunos lo lograríamos, otros pasarían a ser parte de las estadísticas que hoy después de algunos años ni se dominan, y menos que le interesen a alguien, solo el recuerdo de los familiares es lo único que quedaría de esa odisea. En cuestión de segundos y con la velocidad de la fuga, ya no estábamos a la vista de ellos, pertenecíamos al ejército, al mando de militares operativos de bajo rango.

La vida hay que vivirla en toda su capacidad y esplendor, cada instante que pasa se pierde, cada acción debe de representar algo y disfrutar lo que hagamos, todo se debe de vivir de forma honesta, y lo más transparente posible, si uno aspira a vivir de esa forma no dejaremos nada al destino, solo intentemos hacer las cosas lo mejor que podamos evitando hacerle daño al prójimo, nuestro quehacer debe estar inspirado por la decencia, eso es lo que realmente vale la pena para acercarse a una vida plena. Mi decisión me traería problemas pero debía iniciar a vivirla y acostumbrarme a la idea de un cambio radical de vida.

En el camino nadie hablaba, tirados sobre el piso del camión, unos nos recostábamos a otros, las miradas de los chicos no denotaban ninguna expresión de inconformidad, discordia ni de ansiedad eran rostros sin emociones. Las llantas de los camiones rodaban demarcando una ruta estratégicamente definida, haciendo escala por varios municipios de la zona, recolectando a más jóvenes. Como a las 7:30 u 8 de la noche, llegamos a nuestro primer destino, una finca de café en la jurisdicción de Carazo, se sentía algo de frío con bastante humedad en la zona, al bajar de los camiones, no logré tener un panorama claro de donde estábamos, nos formaron a punto de gritos, pasando de inmediato a un enorme galerón, su puerta principal estaba sometida por un trozo de madera a cargo de dos militares armados, el sitio se encontraba bien custodiado en todos sus lados por más efectivos militares fuertemente armados, como si se tratara de un contingente de delincuentes de alta peligrosidad. Dentro del galerón, se encontraban unos 300 a 350 jóvenes hacinados, con hambre, sin bañarse, sin asearse, sin derecho a nada, indagando un poco, algunos de ellos tenían hasta tres días ahí, todos los movimientos de los militares delataban la magnitud del operativo los niveles de seguridad eran extremos, más noche fueron llegando más y más grupos de jóvenes que el ejército creía, estaban dispuestos a sacrificarse por una revolución.

La misión era recolectar la mayor cantidad de jóvenes reclutas para el Servicio, después de casi siete años de guerra civil, el desgaste era notorio, por ambos bandos. El ejército, había sufrido la mayor cantidad de bajas entre heridos y muertos de su historia, esos datos hasta hoy nadie los domina con precisión, ni era prudente militarmente darlos a conocer, la verdad sobre la cantidad de efectivos activos, era harina de otro costal, esa información se compartía de forma muy privilegiada. Han pasado tantos años y seguirá pasando el tiempo hasta que esto sea considerado como parte de la historia, una historia con muchos cabos sueltos sin resolver. Hasta hoy, los datos son simplemente estimaciones. Para esta época la cantera de jóvenes aptos para el SMP estaba agotada, la gran mayoría había emigrado con sus familias a otros países y otra parte estaba en cumplimiento de la Ley en posiciones de bajo perfil cerca de las ciudades y otros tantos lo cumplíamos en zonas hostiles de alto rendimiento físico y mental.

Una de las acciones más importantes con resultados poco dominados fue la famosa operación “DANTO 88”, las pérdidas humanas fueron cuantiosas. Por estrategia el ejército debía presentar una imagen de una institución fuerte y organizada, la única forma de mostrar fortaleza era reclutando a la mayor cantidad de jóvenes para rellenar esos espacios dejados por los que ya habían terminado su dos años como la Ley establecía, las baja sufridas en los diferentes operativos, y los cupos que dejarían aquellos que estaban por cumplir su período. El acoso de los medios de comunicación nacionales y extranjeros que cubrían los Acuerdos de Sapoá, ratificados por los Presidentes de la Región Centroamericana conocidos como “Esquipulas I” y “Esquipulas II o Acuerdos de Paz”, era constante y se debía tener una respuesta integral a ese problema, sumar más efectivos en los campos de batalla. El problema que enfrentaban era el método poco amigable que empleaban para cumplir con sus objetivos.

El reclutamiento y traslado de efectivos frescos y fuertes de infantería a las zonas de guerra era una prioridad. Técnicamente, del 100% de los jóvenes reclutados, aproximadamente el 30% y hasta el 25% de ellos llegaba a graduarse de Militar Básico o cachorro de Sandino, denominación que se utilizaba para aquellos que lográbamos sobrevivir a las prácticas y condiciones de entrenamiento forzado en un pequeño período de 45 días, muy poco tiempo para ser considerados como tropas especiales de combate lo que en lenguaje militar se conoce como efectivos de infantería militar, para el ejército los tiempos de adiestramiento eran innecesarios, al salir de esas bases según su manual ya éramos capaces de integrar los Batallones de Lucha Irregular conocidos como BLI, más adelante me comprenderán por qué era difícil y complejo llegar a ser un cachorro de Sandino.

Esa noche no logré dormir, para esas pocas horas de mi aventura, en mi interior mantenía la esperanza que podía ser escogido y dar mi servicio en un lugar seguro. La noche era fría y húmeda estaba entrando el invierno, la oscuridad era más fuerte que unos pequeños bombillos que reflejaban una tenue luz amarilla a lo largo del galerón, las horas pasaban y aprovechamos para socializar un poco. Algunos fumaban, la mayoría dormía, conversé largo rato con Mauricio, el chico murruco que conocía muy poco, hablamos de nuestra niñez y lo que hacíamos hasta ese día, era y sigue siendo un tipo muy agradable. Llevaba con sigo una mochila algo grande de tela verde oscuro, me contó que su hermano se la había preparado con pinol, azúcar, pan, una colcha y otras cosas más que le podrían servir si era reclutado, a mi parecer también lo había preparado psicológicamente para poder enfrentar de mejor manera las situaciones difíciles que le esperaban. De pronto, de su abultada mochila, sacó un lápiz de grafito y dos hojas de papel y de forma natural empezó a dibujar, habilidad extraordinaria que poseía, dibujó a una Virgen y un Jesús crucificado, de su voluntad me entregó la imagen del Cristo y él se quedó con la imagen de la Virgen, en ese preciso instante sentí que pasaríamos juntos esta odisea de nuestra vidas sin tener una idea clara de lo que se nos avecinaba, de las dificultades y malos momentos que enfrentaríamos, del riesgo y las decisiones extraordinarias que podían determinar la vida o la muerte para nosotros y los que nos rodeaban.

El tiempo continuó enterrando los cadáveres de los minutos reviviendo las horas, parafraseando un poco una canción de Ricardo Arjona, hasta que logramos descansar un rato, las ganas de orinar y defecar se nos aplacaron dentro del mismo galerón, algunos pedían permiso para salir pero se les negaba, por suerte solo se me antojó orinar, lo hice en una esquina, los que tenían más tiempo de estar ahí la designaron como letrina. Recuerdo que a Mauricio se le antojó hacerle una visita a tan desagradable lugar, me preguntó dónde quedaba el “baño” –seguí el tufo– le dije indicándole la mal oliente esquina, en donde había una cantidad de excremento que podía llenar un barril de 100 libras, decidí acompañarlo, la verdad es que yo no he sido de los que le afecten los olores desagradables, afortunadamente logré asimilar ese tipo de fetideces y con ellos transcurrió la noche hasta su muerte por el amanecer.

A primeras horas de la madrugada, nos levantaron a punto de gritos, imponiendo las orientaciones muy claras y bajo advertencias estrictas; «No provoquen problemas, no hagan movimientos bruscos que pudieran ser interpretados como intentos de fuga van a desayunar». Con esas órdenes iniciamos el día, la recepción de los militares estaba preparada, nos ordenaron hacer fila, para disfrutar del desayuno, el buffet era restringido, que por cierto sería la comida más conocida por nosotros en nuestra vida militar, frijoles, queso y una taza de café chirre (ralo), ese fue el menú que disfrutamos, no tuvimos opción de escoger, era eso o nada, así que a comer, mejor dicho a tragar.

Estábamos bien vigilados por una cantidad indeterminada de efectivos permanentes del ejército, sobre los cuatro puntos cardinales habían postas, nos ubicaron cerca de un pozo de agua, comimos el poquito de comida en un plato y vaso plástico, y fue en ese momento que tuve otra esperanza, al levantar la mirada observé a un militar bastante joven, muy delgado, me le acerqué y lo pude ver mejor, lo reconocí, era el vecino de mi primo Francisco “Paco”, que vivía en el barrio Buena Vista de Rivas, por cierto nunca entendí del por qué ese nombre del barrio, tal vez porque está en una loma, desde donde se puede apreciar bien los dos volcanes que componen la Isla de Ometepe: El Concepción y El Maderas, lugar que hoy es un punto de referencia del turismo nicaragüense y extranjero. Pues sí, era el hermano de un conocido que le decíamos de sobrenombre –cochinada–, al verlo, lo consideré como un posible contacto con mi familia. Mis ojos se humedecieron, la garganta se me bloqueó por la alegría, casi rogándole le pedí que avisara a mis familiares, que dijera que estaba en ese lugar y que me llegaran a ver, le agradecí que lo hiciera y le recomendé que dijera que estaba bien, en realidad de forma general así era. Pero él liquidó toda posibilidad de contacto conmigo, simplemente me dijo que no, porque hasta el otro fin de semana salía de turno y que era muy probable que se dieran cuenta por otra persona ya que nos iban a trasladar a otro lugar. La franqueza de su comentario no se hizo esperar, en pocos minutos, varios efectivos iniciaron la selección de reclutas que solo ellos sabían a qué lugares nos enviarían. Fue así que a gritos a la mejor forma militar (dando órdenes), nos formaron por nombres y procedencia e iniciaron la selección, haciendo grupos, el grupo más grande fue en el que yo quedé, estructuraron pequeños grupos de 20 a 25 reclutas, ahí fue donde me di cuenta la cantidad de jóvenes que habían sido reclutados y capturados. Era oficial desde ese instante teníamos la denominación de RECLUTAS.

Nuestro grupo tenía una cantidad aproximada de 500 a 550, todos entre las edades de 17 a 20 años, no éramos muchos los que teníamos un poco más de 17, cuando nos separaron de otros grupos, a nuestras espaldas, empiezan a llegar una cantidad de camiones casi nuevos marca ZIL-130 de la fábrica Likhacheva, de manufactura rusa, muy conocidos en esa época, con sus toldos bien tensados, de la misma manera las órdenes seguían imponiéndose con fuerza a cada grupo se nos fue ubicando en cantidades aproximadas de 25 a 30 reclutas por camión, era un operativo increíble, hoy me pregunto; ¿Cuánto se gastaba para ir a la guerra? después de varios años reflexiono sobre el gasto del Estado, era extremadamente elevado, gran parte del presupuesto estatal era para el adiestramiento de reclutas jóvenes que serían utilizados para defender la soberanía nacional por medio de un discurso revolucionario por el que muchos jóvenes estaban dispuestos a sacrificarse, pero la mayor cantidad que llegaba a las bases de entrenamiento del SMP, estaban en contra de su voluntad, esa vivencia fue increíble e inolvidable, sin dudas, una aventura única. Esas estructuras estatales y partidarias sabían cómo manejar a las masas y más cuando se trata de jóvenes que en su mayoría estaban en contra de su voluntad a excepción de mí, pues, al igual que unos pocos, me había enrolado voluntariamente, sin medir los efectos colaterales de esta aventura, y que poco a poco se transformaría en una lucha mental y física.

Hasta ese momento, se podía asegurar que ninguno de nosotros sabía hacia dónde nos dirigíamos y más aún, algunos de ellos ya habían pasado por esto en alguna o varias ocasiones, sucede que al iniciar los entrenamiento muchos de ellos ya sabían cómo disparar y a qué iban a ese lugar, porque en alguna etapa de su juventud, ya habían pasado por el ciclo de entrenamientos siendo sus historias muy diferentes a la de algunos que llegamos de forma legítima para cumplir con ese deber que se nos imponía. Estos eran unos reclutas que habían escapado y el ejército los clasificaba como desertores al compromiso o evasores de la Ley del SMP, para mala suerte de ellos regresaban al sistema debían cumplir todo el proceso otra ves y esta ocasión eran parte de este contingente de jóvenes novatos.

Otros fueron atrapados en las calles de sus comunidades, llevados a la fuerza por los militares que conformaba la llamada –Prevención-, estos denominados paramilitares eran parte del mismo operativo, los comandos de prevención pertenecían a un grupo de asalto que a bordo de vehículos militares marca Ulyanovsky Avtomobilny Zavod más conocidos por sus siglas (UAZ) de fabricación rusa, se desplegaban por las calles de las ciudades de forma rápida, cayendo de sorpresa, detenían a cada muchacho con características para cumplir el Servicio, los montaban de cualquier forma al vehículo, en muchas ocasiones utilizando la fuerza, si corrían con suerte eran sometidos a una investigación en referencia a su edad para cumplir con la Ley. Este tipo de paramilitares imponían el terror en los jóvenes; recuerdo muy bien, que antes de cumplir los 16 años, salí a eso de las 8 am a pedalear en mi bicicleta y cuando bajaba por la avenida muy conocida de mi pueblo, llamada -Calle de los Millonarios-, de forma violenta un UAZ maniobra para arrinconarme en la cuneta de la calle, en eso saltan tres militares fuertemente armados, me agarraron por la espalda y sin mediar palabra alguna me subieron al vehículo trasladándome al municipio de Belén, en donde tenían ocupada una casa de un señor de apellido Argüello, ahí me retuvieron hasta cerca de las 4 pm. No recuerdo de qué manera mi padre se dio cuenta en donde estaba y de forma súbita llegó, presentó mi partida de nacimiento y me dejaron ir. Así operaban esas fuerzas de prevención al margen de la Ley, su modus operandis era la sorpresa aplicando la fuerza, eran muy eficientes en su objetivo.

Regresando al tema; otra gran cantidad de jóvenes que se encontraban en ese lugar, conmigo, fueron legalmente convocados, pasando con excelentes calidades físicas el chequeo médico, y notables calificaciones la entrevista para ser catalogados como aptos para esta misión.

Lo que a continuación escribo en este pequeño párrafo ya lo saben pero recordemos un poco: Al final todas estas acciones y métodos de reclutamiento, la situación económica, el aislamiento del país a causa de la guerra civil, desembocaron en un caos, en la desesperación de las familias nicaragüenses, saliéndose de control y llevando a la nación a una mayor confrontación, situación que pudo evitarse, con un mejor manejo de la política interna. Lo bueno y por la voluntad de Dios, acá estoy, como dicen: contando el cuento.

45 DÍAS PARA GRADUARNOS

Cuando uno cree que las cosas pueden mejorar, todo sale mal. Esa mañana con el radiante Sol de las 9 am, después de abordar los camiones salimos girando a la izquierda, mientras el otro grupo de camiones se desvió a la derecha, sin poder apreciar bien el panorama o características de esa zona. Habíamos recorrido unos 5 km, cuando sentí que dejábamos el camino de tierra para abordar el pavimento, consideré que podría tratarse de la carretera panamericana, no estaba seguro. El convoy se movía a una velocidad aproximada entre los 60 y 80 km/h. Pasó un buen rato cuando una cantidad de jóvenes comenzaron a pedir que se detuvieran para orinar y otros para algo más que eso, los cuatro escoltas que viajaban con nosotros solo respondían -en su momento-, así sucedieron las cosas; como a la media hora nos detuvimos, pero antes de bajarnos se nos ordenó no movernos y fue como a los cinco minutos que nos dan la orden clara que; «Están siendo escoltados, no hagan movimientos bruscos, no corran, hay orden de disparar a quien haga alguna maniobra rara, hagan rápido lo que van hacer y de regreso al camión». Me llamó mucho la atención todo ese parapeto, nos dan la orden de bajar y cambien la orden solo para que orinemos, al bajar del camión, el brillo del Sol me golpeó los ojos, poniéndome las manos sobre mis cejas, poco a poco la retina de mis ojos asimilaban la poderosa luz solar penetrando el interior de mis cavidades oculares llevando a mi cerebro las imágenes en tiempo real del despliegue del EPS, era increíble y llamativo, teníamos una escolta de aproximadamente 80 efectivos eran más de 15 camiones verde olivo, todos casi nuevos, cuando estaba orinando pude observar efectivos armados en las colinas y sitios de posibles salidas o fugas, todo el operativo me tenía impresionado, la pregunta era: ¿entonces, a quien vigilaban?, yo les quería gritar; «Si yo vengo voluntario, no voy a ningún lado, solo quiero terminar este asunto y regresar a casa,» simple e inofensiva verdad, pero no era tan así, en el contingente además de jóvenes de buenas costumbres y educados venían una cantidad de delincuentes que fueron recogidos de las calles y otros que estaban en prisión por delitos menores y para salir proponían que la pena fuera cumplir el Servicio y así cumplirían con la sanción, todas esas sorpresas en información fueron saliendo a medida que pasaba el tiempo en la escuela militar.


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