include_once("common_lab_header.php");
Excerpt for Sam Robinson y la Noche de terror en Hellstown by , available in its entirety at Smashwords





Sam Robinson

y la

Noche de terror

en Hellstown




















© 2017 D. D. Puche


Los derechos de propiedad intelectual y explotación de esta obra están protegidos por el Registro de la Propiedad Intelectual del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España, y son de aplicación internacional.


No está permitida la copia ni reproducción de ningún contenido extractado de la misma sin permiso expreso del autor. En caso contrario, éste se reserva el derecho a emprender las acciones legales oportunas.



Editado por GRIMALD LIBROS

grimaldlibros@gmail.com

1ª edición, Madrid, 2017

4ª edición, 2018

ISBN: 978-0463768679



Sam Robinson

y la

Noche de terror en Hellstown



Las Aventuras de Sam Robinson

~ Volumen 1 ~







D. D. PUCHE



Grimald Libros

Juvenil





Índice



Prólogo. Aclaración para mis jóvenes lectores


1. Una reunión nocturna

2. El tablero de ouija

3. La tienda de ocultismo

4. La vidente gitana

5. La desaparición

6. La biblioteca

7. El profesor Parker

8. El viaje al Otro Lado

9. Joe el taxista

10. La Oficina de Personas Perdidas

11. El antro de mala muerte

12. La mansión negra

13. Búsqueda en la noche

14. Scrat

15. La mazmorra

16. Funesto

17. La estación de autobuses

18. El pulidor de lentes

19. El hotelucho

20. Huida del lobo

21. El coche de las ruedas de fuego

22. Regreso a casa


Epílogo. Una serie de curiosas coincidencias




Prólogo. Aclaración para mis jóvenes lectores



Hola a todos. Me llamo Samuel, Samuel Adam Robinson, pero en casa siempre me han llamado Sammy, o sencillamente Sam (incluso hoy día mi mujer me llama Sammy cuando va a darme alguna mala noticia). Si ahora vengo a importunaros, aquí entre estas páginas, es porque creo que tengo alguna que otra buena historia que contaros. De hecho, tengo un buen puñado de magníficas historias; y no es que quiera presumir, ni dármelas de interesante, es que, de verdad, de verdad, son muy buenas.

Si me animo ahora a contaros ésta es porque dio inicio a una etapa maravillosa de mi vida, allá por mis diez o doce años. Por eso, y porque mis hijos tienen actualmente esa edad, concretamente trece y nueve; y me parece que dejarles por escrito mis aventuras infantiles puede interesarles, si no ahora, sí dentro de un tiempo, para que cuando lleguen a la madurez, como yo, sepan valorar con alegría y quizá algo de nostalgia esa fase de la vida que da pie a tantas cosas. Espero que a vosotros os interese mucho más que a ellos, que me consideran un carroza, un anticuado (sobre todo cuando me pongo a escuchar mis viejos discos de vinilo y ellos me dicen que todo en digital es mejor. ¡No saben lo que se pierden!).

¿Qué deciros de lo que os vais a encontrar en las siguientes páginas? Lo primero que debería explicaros es que los hechos se produjeron en el lugar donde yo vivía, en un barrio a las afueras de una gran ciudad de la costa este de Estados Unidos, llamada Hellstown. Pero no os preocupéis por ese nombre: quien se lo puso debía de ser algo dramático… En realidad, yo vivía en el típico barrio de clase media, formado por casas con su jardincito, su valla blanca, su garaje, sus árboles… con niños siempre jugando en las aceras o la calzada, los chicos subiendo por el tejado hasta la habitación de sus amigos o su novia, y sus largas horas de tiempo libre, sobre todo en verano, debido a las jornadas de nuestros padres.

Otra cosa que deberíais saber es que lo que voy a narraros sucedió cuando yo tenía una edad, digamos que… algo impresionable (como espero que os impresione a vosotros), y puede que alguno de los hechos que os cuento no fueran del todo como os los cuento. Pero si no puedo aseguraros que mi edad de entonces y mi memoria actual os narren todo tal y como fue, lo que sí puedo prometeros es que todo cuanto os cuento es esencialmente verdad.

¿Y qué más decir? No quiero aburriros con largas introducciones, así que lo único que quiero añadir es que todo esto sucedió allá por los años ochenta del siglo XX, y como todo el mundo sabe los ochenta fueron la década más prodigiosa de la historia de la humanidad. ¿Qué no podía ocurrir?




1. Una reunión nocturna



Todo comenzó una estupenda y soleada mañana de primavera. Recuerdo que era soleada porque yo iba con los pantalones cortos de jugar al fútbol, y como es normal en los niños de esa edad, llevaba de rodillas para abajo todo embarrado. Ese día salíamos los chicos algo antes de hora, ya que a mitad de mañana casi toda la clase salía de excursión hacia una fábrica de ordenadores. Las computadoras eran una cosa extraordinaria entonces, que servían para hacer cálculos, escribir y no sé qué más. Yo no tuve mi primer ordenador hasta mucho después, pero ya entonces era algo importante. Como casi todo el curso iba, los niños que no fuimos pudimos salir antes, para que no diéramos más clases que el resto (y sospecho que porque los profesores no querían cuidar de los pocos gamberretes que quedábamos).

Yo estaba con mi inseparable amigo Frog. Por supuesto ése no era su nombre, pero todos le conocíamos así desde siempre. Tenía mi amigo una cara y una mirada curiosa, como la de alguien que descubre constantemente cosas nuevas a su alrededor. Era un chico inventivo, que siempre o casi siempre llevaba una gorra y una mochila a la espalda; pero no la mochila del colegio (pues siempre dejaba todo el material escolar en la taquilla) sino una mochila donde solía llevar “sus cosas”, como veréis. Todo lo que puedo contaros de mi amigo Frog es poco, y con sólo deciros que éramos uña y carne os lo digo todo. De hecho, no teníamos ninguno de los dos muchos más amigos, por lo menos no tan buenos, así que pasábamos juntos casi todo el tiempo que nos dejaban nuestras obligaciones familiares y, claro, los deberes de la escuela (si no hacíamos los deberes podíamos pasar más tiempo haciendo el tonto, pero eso tenía desagradables consecuencias al día siguiente).

Frog, cuyo verdadero nombre era… ¡uf!, ahora no recuerdo, porque siempre le llamábamos todos así, incluidos los maestros o sus padres (aunque al principio le molestaba pronto se sintió a gusto con su apodo como si fuera su verdadero nombre), era el tipo más impredecible que uno pudiera imaginarse: siempre aparecía de pronto, sin avisar, por mi casa, entrando por la ventana de mi cuarto, trayendo el último invento, la última noticia, o el último disco, película, o por supuesto cómic que apareciese, antes de que nadie más se enterara. Siempre estaba al cabo de todo, de un modo que para mí era inexplicable, pero ciertamente entretenido. Casi podría decirse que toda mi información acerca del mundo procedía de él. En ese sentido yo era más soñador.

Pues como os decía, salíamos juntos del colegio, y debíamos esperar allí a que nos recogiera mi hermana mayor, Chloe. Ella venía del instituto que estaba a espaldas del colegio, y realmente le reventaba tener que recogerme para acompañarme a casa; pero es que estaba a un buen trecho de distancia, y mis padres así se lo habían ordenado (no porque temiesen que a mí fuera a pasarme algo, sino al contrario, para evitar que Frog y yo hiciéramos alguna trastada a algún incauto vecino). Si yo tenía un amigo inseparable, lo mismo podía decirse de mi hermana, que siempre estaba con su amiga Laura, una chica con gafas, más bien tímida, que en realidad encajaba poco con ella, pero se querían un montón. No es que a mí Laura me cayera mal; lo que no entendía es cómo cuando llamaba por teléfono a mi hermana podían estar tanto, tanto hablando sin parar. ¿Qué tendrían que contarse, si se veían todos los días? Ahora que tengo una hija sucede lo mismo, pero por fortuna tiene un teléfono móvil.

Mi hermana era muy tonta y repelente. No, os miento. Era una chica encantadora, muy maja. Hoy sigue siendo una gran mujer. Pero por aquella época yo tenía unos diez años, así que mi relación con ella, a la que a menudo le tocaba ser la autoridad sobre mí cuando no estaban papá y mamá (y no porque le hiciera ninguna gracia esa situación), la convertía en el perfecto blanco de mis bromas, como esconderle las cosas, pintarle la ropa, o chincharla en general y sin motivo alguno. Ahora entiendo que eso eran tonterías de niño pequeño. Supongo que yo quería llamar su atención de alguna manera, y ésa era en cierto modo mi forma de mostrarle mi amor (una forma muy, muy rara). En cualquier caso, aquella mañana ella iba por los pasillos del instituto con su amiga Laura en dirección a su taquilla cuando unos chicos les dijeron…

Un momento, esperad. Acabo de caer en la cuenta de algo. Os preguntaréis cómo sé yo lo que pasó o lo que dijo no sé quién en un sitio en el que yo no estaba… Veréis, hago este pequeño paréntesis para explicaros que muchas veces, aunque cuente algo de alguien o de una situación en la que no estaba presente es porque después, preguntando, he podido más o menos reconstruir de forma fidedigna cómo sucedieron las cosas. De verdad, os aseguro que no me lo estoy inventando. Hecho este pequeño paréntesis, puedo volver por donde iba. ¿Y dónde era? Ah, sí…

…Un grupo de tres chicos, apoyados en sus taquillas, con sus cazadoras del equipo de fútbol americano, les sonrieron al pasar, y el más guapo de ellos, Jesse, que era precisamente el que gustaba a mi hermana, le dijo:

‒Oye, Chloe, ¿sigue en pie lo de esta noche?

−No sé, Jesse, me da un poco de miedo…

−Vamos, no seas así. Iremos los tres; si pasa algo os protegeremos a Laura y a ti.

−No sé si fiarme… Y a Laura no le caen nada bien tus amigos.

−¿Es verdad eso, Laura?

Laura sólo torció el gesto. Eso era un sí.

−Bueno, no te preocupes por ellos –siguió Jesse−, lo importante es pasar un rato divertido, ¿no?

−Sí, supongo…

−¿Eso es un sí?

−Supongo… −a mi hermana no costaba mucho convencerla de hacer algo que ella quería hacer.

−¡Estupendo, nos vemos a las nueve! –y cada uno siguió su camino, mi hermana con Laura hacia la puerta del colegio para recogerme, y Jesse con sus amigos adonde fuera.

Eso que querían hacer esa noche era jugar a la ouija… si a eso se le puede llamar jugar. Debido a lo que pasó después yo os recomendaría no tocar para nada esas cosas, porque entrañan ciertos peligros que no comprendemos bien. Y cómo no, esos peligros dieron lugar a los acontecimientos que en seguida os narraré; pero no adelantemos acontecimientos. En cualquier caso, la ouija no es un juguete.

Pues sí, aquella noche nuestros padres estaban fuera de casa. Habían tenido que ir a un congreso de negocios a otra ciudad, y dejaron a mi hermana a mi cargo, lo que significaba que nada bueno podía pasar. Y lo que inevitablemente tenía que pasar era que Frog viniera a pasar la tarde y a dormir. Además, no teníamos apenas deberes, con lo que pudimos cazar bichos en el jardín, jugar con su último invento (un lanzapatatas, con el que una lámpara muy querida por mi madre salió mal parada), y hacer experimentos en el horno con mis soldaditos de plástico, entre otras muchas cosas. Laura llegó más tarde, ya para la cena. Laura siempre llegaba en el momento justo en el que la pizza llegaba a casa, y yo siempre sospeché que tenía controlado de alguna manera al repartidor, pues aparecía para zampar como un reloj.

Que estuviera ella allí nos dio un motivo adicional para chinchar. Sobre todo a Frog. Lo que os voy a contar es un pequeño secreto, no lo digáis por ahí… pero la verdad es que a Frog le gustaba un poco Laura. Ella, con sus gafitas redondas, sus jerséis de punto, y su aire a la vez sabio y despistado, resultaba encantadora. En cualquier caso, Frog no tenía nada que hacer, pues mi hermana y ella nos sacaban varios años, y como todo el mundo sabe a las chicas les gustan los chicos mayores que ellas, no los menores. Sin embargo, Frog no perdía la esperanza de conquistarla, o al menos de impresionarla algún día. En cualquier caso, como le gustaba, y éramos unos niños, su única forma de demostrarlo era molestándola todo lo posible, reírse de ella, de sus gafas, sus andares, su ropa, su forma de hablar, su pelo, o lo que fuera. Sí… los niños son muy raros.

Y en esas estábamos:

−¡Laura se va a comer toda la pizza! –me quejé, indignado−. ¡Así está de gorda!

−Yo noztoy godda, ibécil− dijo con la boca llena de pizza.

Aunque mi hermana era más guapa que ella, Frog nunca prestó la menor atención a Chloe, por lo que se libró de que le disparara miguitas de pan mojadas con la pajita de refresco.

−¡Estate quieto, cerdo! –le gritó mi hermana dándole un manotazo en el hombro. Y tú, Laura, deja de comerte la pizza, que aún no han venido los chicos y es para todos…

−Sólo la estaba probando… −le contestó a la vez que tragaba.

En ese preciso instante, y mientras Frog estaba a punto de hacer alguna otra travesura, sonó el timbre (pese a que en las típicas teleseries la gente siempre entra por la puerta sin llamar, así, sin más, yo os aseguro que las puertas de las casas suelen estar cerradas y la gente tiene que llamar al timbre si quiere entrar).

Al parecer eran los chicos, que ya llegaban. En cuanto el timbre sonó, a mi hermana se le iluminó la cara, y esbozó una amplia sonrisa de oreja a oreja, dando palmas y todo y corriendo a la puerta. En ese momento yo no entendí por qué. “Si sólo son unos chicos, son como nosotros…”, pensé mirando extrañado a Frog, que en ese momento tenía un bote de nata montada en una mano y uno de sirope de chocolate en la otra.




2. El tablero de ouija



Mi hermana se recompuso, se atusó el pelo, y abrió la puerta.

−Pasad, chicos. Hola Jesse −dijo algo sonrojada.

−Hola, Chloe –contestó él, sonriente, al pasar−. Traemos unas cervezas que le he cogido a mi padre.

−¡Genial! −contestó de forma inesperadamente alegre Laura, desde la cocina.

Pasaron al salón, donde se pusieron cómodos, y naturalmente mi hermana nos echó de allí. Pero como no teníamos otra cosa mejor que hacer, les espiábamos desde el pasamanos de la escalera que subía al piso de arriba, intentando desentrañar su extraño comportamiento. Sonreían mucho, mi hermana no dejaba de tocarse el pelo, Laura tenía cara de pocos amigos (aunque después de beber dos tragos de cerveza eso fue cambiando), y los otros dos chicos, que eran gemelos, se turnaban para intercambiar frases con ella, que pasaba de ambos olímpicamente.

Nos dejaron a Frog y a mí dos trozos de la pizza familiar, y todo el batido de chocolate que pudiéramos desear (con la intención, claro, de que no molestáramos). Al rato, ya caída la noche, sacaron la ouija, que era un tablero plegable, lleno de letras y números, y algunas palabras simples, como “si” o “no”, “verdadero”, “falso”, etc. Ni Frog ni yo sabíamos entonces qué era aquello de la ouija, aunque hubiésemos oído alguna vez mencionarla. Pensábamos que sería alguna cosa divertidísima y curiosísima, pero después de ver que no era nada más que un cartón con letras nos desilusionamos un poco (“¿encima hay que leer?”, preguntó Frog). Pero aun así seguimos curioseando, buscando la forma de entretenernos, y si fuera posible, de arruinarles la noche a todos, como corresponde a un buen hermano pequeño.

−Está bien, creo que podemos comenzar –señaló Jesse.

−¿Estás seguro de esto? −preguntó mi hermana, algo temerosa−. Quizá podríamos simplemente escuchar música y charlar…

−¡Ni hablar! Vamos, será divertido. Podremos hablar con un espíritu.

−Yo podría traer algo de picar de la cocina –indicó Laura.

−Necesitaremos un vaso –señalaron a la par los gemelos.

Aquí debo hacer una aclaración a todos los jóvenes e incautos lectores que pueda tener. Pese a que en muchos sitios se afirma que los gemelos hablan a la vez, o que incluso si pinchas a uno al otro también le duele, aunque esté muy lejos, eso sencillamente es una tontería. Los gemelos son individuos distintos, y en general, aunque si quisieran podrían, no les gusta hablar a la vez, ni que les confundan entre sí. No obstante, Brad y Chad, que así se llamaban, sí hablaban a la vez, y les gustaba confundirse entre sí, sobre todo a la hora de los exámenes (pues a Brad se le daban bien las letras, y a Chad las ciencias, o al revés, no me acuerdo), y se interesaban además por la misma chica (esa noche le tocó a Laura ser objeto de sus atenciones). Así que ya sabéis, los gemelos no hablan a la vez, aunque estos dos chorlitos sí. Sigamos.

Apagaron la luz de la lámpara, dejando la de la cocina encendida, la cual daba algo de luz al salón; pero éste quedó medio en penumbra, dando algo de misterio a la escena. Pusieron el tablero en el centro de la mesa, el vaso encima, y se sentaron alrededor.

−¿No hay que cogerse de las manos ni nada? –preguntó Laura.

−No, tenemos que tener todos un dedo sobre el vaso para poder preguntar algo –le respondió Jesse.

−¡Genial! Así podré seguir comiendo ganchitos con la otra mano −añadió ella, contentísima.

−Esto no me gusta –dijo mi hermana.

−Tranquila, ya verás cómo no pasa nada –le habló cálidamente Jesse acercando su rostro al de ella, con lo que los ojos de mi hermana hicieron chiribitas−. Está bien. Tenemos que empezar con un saludo respetuoso a los seres del Otro Lado, y después preguntemos lo que queramos. Pero mejor si planteamos preguntas sencillas de responder, con un sí o un no, o con una sola palabra.

−¿Así que no podré preguntarles dónde perdí las llaves de casa? –preguntó Laura.

−No, no creo –respondió él.

−¿Y si Elvis está realmente muerto? –preguntaron los gemelos.

−Eso creo que sí –señaló.

−A mí me gustaría hablar con mi abuela –dijo mi hermana, algo melancólica−. Se fue de repente y no pude despedirme. La quería mucho.

−Podemos intentar hablar con ella –le dijo un atento Jesse, cogiéndola de la mano. ¡Cogiéndola de la mano!

−¡La está cogiendo de la mano! –le dije por lo bajo a Frog, a mi lado.

−¡Bah! Eso no es nada: yo cojo mucho a mi hermanita de la mano al cruzar la calle…

−Eso no cuenta –repliqué.

−Ya verás cómo antes de que acabe la noche cojo de la mano a Laura. Apuesta lo que quieras.

−Jamás tocaría a un mono como tú. Si quieres me apuesto mi balón de fútbol contra tus prismáticos.

−¡Dalo por hecho!

Abajo seguían a su rollo, y Jesse inició la sesión:

−Lengua de gato, aliento de dragón, nos presentamos esta noche con respeto y devoción…

−¿De dónde has sacado esa tontería? –preguntó burlona Laura, que no creía para nada en aquello.

−Estaba escrito detrás de la caja… −respondió Jesse, no muy convencido−. Dejadme seguir.

Se puso seriote otra vez, en un tono así como trascendente:

−Ala de murciélago, ojo de serpiente, contestadnos ahora y os ofreceremos un presente.

−¿Un presente? ¿Qué presente? –dijo extrañada mi hermana.

−Aquí dice que puede ser cualquier cosa de buena fe, como una flor, o una taza de cacao. Quizá les podríamos dejar el trozo de pizza que ha sobrado…

−¡Eso sí que no! –replicó Laura indignada.

−Nosotros tenemos una chocolatina –indicaron los gemelos.

−Bueno, eso servirá. ¿A quién no le gusta el chocolate?

−A mí me gusta mucho… pero es que me salen granos… −dijo mi hermana relamiéndose al ver la deliciosa chocolatina, como deseando cogerla y devorarla en aquel mismo momento.

−Bueno, ¿y qué vamos a preguntar? –dijo Laura.

−La verdad, no lo había pensado mucho… −contestó Jesse−. Podríamos preguntar si aprobaremos el examen de matemáticas de la señora Patinkin.

−¡Ésa sí que es una vieja bruja! –exclamaron los gemelos.

−No digas tonterías, no se le puede preguntar eso a los espíritus… Se podrían enfadar –señaló con buen tino mi hermana−. Déjame a mí –y tras decir esto puso su dedo sobre el vaso, en el centro del tablero. Los demás hicieron lo mismo. Laura tuvo que rechupetearse el dedo antes de colocarlo allí, porque lo tenía sucio de meterlo en la bolsa de ganchitos.

−Ya verás −me dijo Frog, y bajó las escaleras mientras yo seguía mirando estupefacto.

−Abu, soy yo, Chloe. Abuela, ¿estás ahí? ¿Puedes oírme?

Todos se quedaron de pronto en silencio, mirando al vaso, ahí, en mitad del tablero, en mitad de la mesa, en mitad del salón, en mitad de la casa. Pero no pasaba nada. Entonces se miraron entre ellos, sólo con los ojos, sin girar el cuello.

−Vuelve a intentarlo –dijo Jesse.

−Está bien. Abuela, si estás ahí sólo quería decirte que te echo mucho de menos, y que me gustaría que no te hubieses ido y que estuvieras aquí, y que siguieras haciendo esas tartas de cereza tan ricas como antes, y que me leyeras viejas historias como solías, e ir al campo contigo y observar los pájaros y los peces del lago, y verte coser calcetines y bufandas y gorros para el invierno. Abuela, si estás ahí, ¿podrías decirnos si me has oído?

Todos se quedaron mirando el vaso, inmóvil. Entonces tembló un poco.

−¿Lo estáis moviendo?

−Yo no –dijo Laura.

−Yo tampoco −dijo Jesse.

−Nosotros tampoco –dijeron Chad y Brad.

De repente, para asombro de todos, y sobre todo mío, que observaba desde las escaleras con la boca abierta, el vaso comenzó a moverse, al principio muy despacito, y luego más rápido.

−“Hola” –dijo la ouija.

−¡Ha dicho hola! –dijo una súbitamente convencida Laura.

−Espera, calla –le interrumpió mi hermana−. Abuela, ¿hay algo que quieras decirme?

−Entonces el vaso comenzó a deslizarse velozmente por el tablero:

“B”, “e”, “s”…

−Mi hermana aguardaba expectante la respuesta, a la vez que intentaba formar las palabras. Yo también estaba expectante, pues al fin y al cabo era mi abuela, y yo también la quería, aunque no hubiera pasado tanto tiempo con ella. Mi hermana siguió leyendo:

−“Besa… Besa a Chad y a Brad”. ¡Besa a Chad y a Brad!

Chad y Brad rieron como idiotas.

−Jajajaja…

−¡Sois unos imbéciles! –les gritó ella, y metiendo la mano en la enorme bolsa de panchitos de Laura, se los arrojó con furia a la cara.

−Vamos, chicos, no os comportéis como niños… −les indicó Jesse, algo avergonzado por su comportamiento, sobre todo de cara a mi hermana.

−Todo esto sólo ha servido para desperdiciar comida –murmuró Laura.

Pero mi hermana ya se había metido en aquello demasiado; había puesto sus esperanzas en ese estúpido juguete (bueno, recordad que no es un juguete, chicas y chicos), y quería intentarlo otra vez, esta vez en serio. Así que se puso firme, muy solemne, e incluso encendió una velita y la colocó sobre la mesa; y puso también frente a sí una foto de la abuela que cogió de la repisa de la chimenea.

−Abuela… abuela, si de verdad estás ahí, si puedes oírme… me gustaría que me dijeras si estás bien, o si estás disgustada por algo que yo haya hecho.

Aquel estúpido vaso de vidrio regalado en el McDonald’s no se movió en absoluto, pero la luz de la cocina se apagó de pronto, y todo quedó en oscuridad total, salvo por la vela.

−¡Ah! –gritó Laura asustada.

−Tranquilos, habrá sido sólo un corte de luz –intentó tranquilizar Jesse, con un tono de voz (esperemos que no lea esto) algo tembloroso. Por lo que pude saber después, mi hermana le aferraba fuertemente de la mano.

Entonces, para sorpresa de todos ellos, y más aún mía, empezó a oírse un leve sonido como de aire o viento, que luego se fue intensificando y se sintió claramente como una respiración, o un aliento. Acabó siendo una voz.

−Niiiñooos…. ¡Niiiñooos!

−¡Aaahhh! –se le escapó a Laura, abrazándose a mi hermana. Los gemelos hicieron lo propio entre sí.

El fantasma continuó:

−Niiiñooos… Me habéis despertado de mi eterno descanso…

−¡Oh no! –exclamó mi hermana.

−Me habéis hecho enfadar… ¡Me vengaré! −siguió el lúgubre fantasma. La verdad, mi abuela era muy amable y me extrañaba tanta mala leche, pero en aquel momento, con la oscuridad y el ambiente… como que me quedé helado.

−¿Qué podemos hacer? No queríamos molestarte… −replicó mi hermana.

El fantasma pareció pensárselo, porque hubo una pausa.

−Dejadme la chocolatina, y el último trozo de pizza…

−¡Oh, Dios mío! –exclamó nerviosa Laura −. ¡Ya me lo he comido!

−Un momento… mi abuela odiaba la pizza –dijo mi hermana recuperando el sentido común.

Entonces se levantó y encendió la luz, y fue al lugar del que procedía la voz, que parecía ser la cocina. Allí, tras la pared, estaba agachado Frog con un cono de cartón en la boca, haciendo una voz fantasmal y tomándonos el pelo a todos.

−¡Maldito idiota! –le gritó mi hermana furiosa, y le dio tal capón que se oyó desde donde yo estaba. Pocos segundos después aparecía Frog en el salón, masajeándose la cabeza, dolorido…

El caso es que aquello de la ouija había sido un fracaso, no funcionaba.




3. La tienda de ocultismo



Todos quedamos un poco decepcionados después de que esa cosa no hubiera servido para nada. Yo me uní al grupo y noté a mi hermana algo triste.

−Podríamos ir a la tienda de ocultismo del centro −dije−. Allí seguro que saben hacer que funcione.

−Tonterías −contestó mi hermana antes de dar tiempo a los demás de decir nada−. Además, está muy lejos, y a estas horas…

−A mí no me parece mala idea: tenemos toda la noche −contestó Jesse−. Además, hemos venido en el coche de mi padre. Podemos ir allí, echar un vistazo, pedir consejo, y estar aquí para las doce.

−Estará ya cerrado –indicó Laura.

−¡Qué va! –interrumpí yo−. Si ese sitio sólo abre de noche… ¿No ves que la gente que necesita amuletos y ungüentos mágicos y objetos para ahuyentar los malos sueños va de noche a estos sitios? Forma parte de su encanto.

−Sí, yo necesito un amuleto para ahuyentar a las brujas que dan capones… −dijo Frog, rascándose la coronilla, aún dolorido. Mi hermana le sacó la lengua: acababa de llamarla bruja.

−Además −continué−, la gente que quiere que le lean la mano, o le adivinen su futuro en las cartas o en la bola de cristal, va de noche. ¿No veis que van de noche? Yo no iría de día, así no tiene gracia. Y también quien necesite un hechizo de amor…

−Hechizo de amor… −repitieron sonrientes los gemelos, dirigiéndose a Laura, arqueando las cejas como intentando resultar insinuantes.

Laura les sacó el dedo.

−A mí me parece buen plan −decidió por todos Jesse, que al fin y al cabo era el mayor y (algo como) el líder natural del grupo−. Pongámonos en marcha. ¡La fortuna recompensa a los valientes!

−Pues yo no me siento muy valiente, pero bueno, vamos… −añadió mi hermana, dejándose llevar.

−¿Podremos parar por un helado? –añadió por su parte Laura, preocupada por haberse quedado sin postre.

−Eso sí, esos dos enanos se quedan aquí −soltó Jesse de sopetón.

−¿Nosotros? –respondieron a coro los gemelos.

−Vosotros no, imbéciles. Sam y Frog. Ya han dado bastante la lata.

−¡De eso nada! –contesté yo, indignado−. ¡Además, la idea ha sido mía!

−¿Y cómo podríais estar más seguros que conmigo? –añadió Frog.

Jesse puso cara de pocos amigos. Era normal que no quisiera ir con dos pequeñajos por ahí, de noche. Y menos aún con Frog, que siempre se las arreglaba para estropear hasta las situaciones más sencillas. Pero fue mi hermana quien al final concluyó que, si iba Jesse, ella iría con él, y por tanto Laura con ella, y los gemelos también iban a acompañar a Jesse, así que…

−Esos dos no pueden quedarse aquí. Podrían quemar la casa o algo. Vienen con nosotros.

−¡Max también viene! –exclamé.

Sí, Max. Hasta ahora no os había hablado de él. Max era mi perrito adorado de entonces. Bueno, y de ahora… Pero eso ya es otra historia. Quizá os la cuente algún día. Era un perro mezcla de golden con pastor de no sé dónde… el caso es que no era de raza pura, ni falta que hacía. A mí eso me daba exactamente igual: era el can más leal del mundo, y si Frog era mi inseparable compañero de aventuras, de Max podría decirse que era como mi sombra. Siempre solía estar por medio en nuestras travesuras, nuestras exploraciones por el bosque cercano, observando cómo poníamos en práctica nuestros inventos, o, la mayoría de las veces, huyendo con nosotros cobardemente cuando hacíamos alguna trastada. Ciertamente, no podía decirse que fuera el chucho más valiente del mundo, y la mayor parte del tiempo se lo pasaba durmiendo, o mirándonos con asombro; pero era una compañía que venía muy bien, sobre todo si hacía falta olisquear algo o hacer que algo de comida que no me gustaba desapareciera. Un gran compañero, en suma.

Pues eso, que nos metimos todos en el coche, como en el famoso gag de los payasos dentro de un escarabajo. Jesse y mi hermana iban delante, los gemelos y Laura detrás (no le hizo ninguna gracia sentarse junto a ellos, pero bueno) y Frog, Max y yo en la parte de atrás de la ranchera, de modo que el viaje era para nosotros más divertido todavía.

Después de que Jesse tirara el cubo de basura al salir del jardín (alegando que no sabía muy bien ir marcha atrás), lo que produjo gran estrépito y asustó al gato del vecino que estaba por allí merodeando (y que salió huyendo y bufando como alma que lleva el diablo), el viaje transcurrió durante algo más de media hora sin mayores incidentes. La tienda no estaba, por supuesto, en el centro-centro, ni siquiera más allá del río; se encontraba en uno de los distritos periféricos de la ciudad, tan grande, que parece que sea una ciudad que se haya comido a otras cinco. Era, en cualquier caso, una zona de edificios y comercios mucho más céntrica que nuestra zona residencial, que era de casitas individuales, justo en los límites de la ciudad.

Todos conocíamos esa zona perfectamente, y muchas veces había ido yo allí con mi familia o con Frog a comprar petardos o cosas por el estilo; pero de noche los comercios habituales estaban cerrados, y todo estaba oscuro, y era frío y amenazador, y salía un vapor bastante siniestro de las alcantarillas, y había algunos bares de mala muerte abiertos por las esquinas, y personajes poco de fiar deambulando por allí.

Buscando la calle de la tienda de ocultismo, que estaba en un callejón lateral a la principal en que estábamos, Jesse fue avanzando con el coche despacito, lo más cerca que pudo, y aparcó. Todos teníamos la sensación de tener miradas indiscretas clavadas sobre nosotros, y la verdad, sería mentir si dijera que no estábamos todos un poco acongojados.

−Quizá… quizá deberíamos volver –dijo Laura, con voz temblorosa.

−Bueno, ya estamos aquí… −señaló Jesse−. Sería una tontería irnos ahora.

−¿Estás seguro de esto? −preguntó mi hermana a Jesse−. Quizá sería mejor volver a casa y olvidarnos de esa tontería de la ouija. Yo ya lo he olvidado.

−Nosotros también votamos por irnos –dijeron los gemelos, asustados como estaban−. Somos mayoría.

−Está bien, está bien –contestó Jesse−; si es lo que queréis, entonces…

−¡Genial! –gritó, por el contrario, y sin hacer caso de lo que decían los demás, un entusiasmado Frog, que había permanecido ausente para ellos hasta entonces−. ¡Bajemos de una vez!

Y sin dar opción de responderle, abrió el portón de atrás y salió escopetado a la oscura calle, con un inquieto Max corriendo tras él. Ahora que Frog había decidido por todos, nos bajamos del coche y nos encaminamos a la oscura bocacalle, donde se anunciaba la tienda de ocultismo con un pequeño cartel de neón y una flecha que indicaba el sitio, adentrándose en las sombras. Íbamos formando un grupo cerrado, muy cerca unos de otros.

Íbamos a doblar la esquina del callejón cuando de pronto salió del otro lado un tipo de aspecto muy siniestro, dándonos un susto de muerte:

−¡Ey, chicos! ¿Queréis caramelos? Tengo de todas las clases.

Yo no entendí que hacía un tipo de esa edad, a esas horas de la noche, vendiendo caramelos, que además llevaba en los bolsillos interiores de su chaqueta. El caso es que con el susto que nos dio nos costó reaccionar, pero al cabo de unos instantes Jesse respondió:

−Eh… no gracias, señor –dijo sin más.

No sabíamos si eso iba a contrariar al tipo, o si sería un psicópata y sacaría un cuchillo para hacernos pedazos, pero resultó no serlo:

−Ah, bueno, está bien. Que paséis buena noche −dijo, y siguió su camino por la calle, tranquilamente.

Por fin, nos dirigimos hacia la tienda, que estaba a pocos metros de la esquina, bajando un pequeño tramo de escaleras, y con apenas un pequeño cartel que rezaba “Antigüedades y adivinación”.

No sabía yo qué tenía que ver una cosa con la otra, pero en cualquier caso estaba abierto, a juzgar por la mortecina luz que traspasaba el cristal de la puerta. Así que la cruzamos, con Jesse en primer lugar, mi hermana agarrada de su brazo, Laura del de ella, y los gemelos como ocultándose tras ambas chicas, con más miedo que vergüenza.

Nosotros íbamos los últimos del grupo, pero en cuanto entramos, Frog se metió tan tranquilo por delante de todos, seguido por Max, que iba meneando el rabo y curioseando por ahí. Allí dentro olía mucho a incienso, y en el aire flotaba un extraño vapor o niebla, lo que daba a todo el lugar un ambiente sumamente extraño, como si fuera un sueño.

Aparentemente no había nadie. Se trataba de un local amplio, aunque estaba tan sumamente lleno de artilugios de toda clase que realmente no había mucho espacio libre, ni siquiera para pasar. Todas las paredes estaban repletas de enormes estanterías de madera hasta el techo, llenas de libros, cacharros misteriosos de uso desconocido para todos nosotros, calaveras, candelabros, antigüedades extrañas (como una esfera del mundo claramente desfasada, por la forma que tenía el continente), armas medievales, y cosas así. Aunque había una horripilante lámpara de araña colgando del techo, ésta apenas daba luz, y había velas por todas partes, derramando su cera fundida sobre cualquier superficie en la que las hubieran puesto, aparentemente al azar. No se podía decir que la limpieza fuera el fuerte de aquel lugar: el polvo y las telarañas lo cubrían todo, sin que nadie se preocupara por ello. No hace falta decir que a Frog y a mí aquel lugar nos dejó con la boca abierta, completamente fascinados: era lo más parecido al paraíso para unos niños curiosos e impresionables. Los demás no parecían compartir nuestro entusiasmo.

Max se internó hasta el fondo del local, que casi ni veíamos debido a la espesa niebla que cubría todo, dando un aire fantasmal a la tienda (si es que aquello era realmente una tienda: parecía que nadie hubiera entrado jamás allí a comprar nada). Pero, de repente…

−¿Quién anda ahí? –oímos gritar desde el fondo, y se nos heló la sangre. Pensábamos que aparecería lo más parecido en el mundo a una bruja piruja, pero en lugar de eso vino hacia nosotros una chica no mucho mayor que mi hermana, y que además me pareció bastante guapa, morena, de raza gitana probablemente. Llevaba agarrado a Max del collar, que se dejaba llevar sin rechistar.

−¡Max, ven! –exclamé yo, y él respondió al momento metiéndose entre mis piernas.

−Aquí no se admiten perros, ¿no habéis visto el cartel de la puerta? –dijo la chica, muy seria−. Tampoco se admiten niños. Marchaos.

Todos nos quedamos parados un momento. Fue mi hermana quien habló.

−Verás, nosotros veníamos a preguntar… Bueno, es que esta noche hicimos la ouija, y como no pasó nada, pues…

−Sí, muñeca, enséñanos a usar la ouija y puede que te deje darme un beso –interrumpió Frog de forma impertinente.

La chica le miró con desprecio, pero no le respondió. Sí se dirigió sin embargo a todos nosotros:

−Sois unos niñatos tontos que no saben lo que hacen ni dónde se meten. Será mejor que os vayáis antes de que sea demasiado tarde.

Aquello sonó como una amenaza, pero tampoco nos lo tomamos muy en serio. Al fin y al cabo, ¿qué iba a hacer? ¿Echarnos un mal augurio? ¿Convertirnos en sapos? A Frog no le hubiera preocupado mucho, desde luego…

−Sólo queremos consejo sobre qué hacer. Verás, compraré un ungüento de éstos si quieres, o alguna infusión de esas que tienes en el mostrador –dijo Jesse, agarrando un saquito de los que estaban en el mostrador bajo el rótulo de “pócimas y fórmulas magistrales”.

La chica dudó un momento de si hacernos caso o no, ya que pareció interesarle vendernos lo que fuera (quizá el negocio no fuera muy boyante); pero entonces llegó de detrás de unas cortinas aterciopeladas una voz como de otro mundo:

−Estrella… ¿quién es?

−La chica se atribuló un momento. Parecía no querer que la dueña de esa voz, fuera quien fuera, nos oyera.

−No son nadie, abuela −dijo dirigiéndose en voz muy alta al otro lado de las cortinas−. Sólo son unos niños, ya se van.

Hubo una pausa de unos segundos, durante la que nadie supo lo que hacer; esa clase de silencios que se pueden cortar con un cuchillo.

−Diles que pasen –dijo sencillamente la voz desde la otra habitación.

La chica se quedó dubitativa un momento, como preocupada. Sin duda quería evitar esa situación.

−No tendríais que haber entrado aquí –nos dijo.

Nos llevó hacia las pesadas cortinas con borlas que separaban el local de la parte trasera de la tienda, levantando una de ellas para dejarnos pasar. Estaba más oscuro aún al otro lado. Era como entrar en la casa del terror del parque de atracciones. Pasamos de uno en uno, exactamente como en el túnel del terror. Yo iba el último, con Max (a quien se notaba que no quería atravesar aquel umbral, fuera por lo que fuera. Y es que dicen que los perros tienen un sexto sentido). Al ir a cruzar yo al otro lado, la chica posó sus profundos y bellos ojos negros en los míos, y me dijo:

−Tus ojos. Veo un misterio en ellos. Y un fuego que te traerá problemas.

Yo no dije ni mu, impactado como estaba por aquellas palabras, y también un poco enamorado de la chica gitana.

Crucé aquellas cortinas y a partir de ese momento empezó de verdad para mí el acceso a un mundo nuevo.




4. La vidente gitana



La estancia estaba muy oscura, apenas iluminada por velas. El suelo, cubierto por una o varias espesas alfombras, era realmente mullido. Había cojines repartidos por doquier y colgaban de techo y paredes todo tipo de telas y cortinajes. No parecía un sitio muy seguro para estar iluminado por velas… o eso pensé yo. También había algunos pequeños muebles con todo tipo de frascos y objetos extraños.

Enseguida nos percatamos de que había varios gatos sueltos por allí, aunque en la tienda no habíamos visto ninguno. Sobre una especie de diván había tumbado uno negro como la noche, con los ojos entornados, mirándonos pasar lentamente. Aquí debo hacer otro paréntesis. Pese a que en muchos sitios se dice, debido a ciertas tradiciones, que los gatos negros traen mala suerte (aunque en otros sitios el folclore del lugar dice lo contrario, que cruzarse con ellos trae buena suerte), lo cierto es que los gatos, ya sean negros o de cualquier otro color, no otorgan ningún tipo de suerte en absoluto. Lo único vagamente relacionado con la suerte y los gatos es que uno te arañe, cosa que nunca hacen si les tratas bien y no les molestas. Es más, si les das un cuenco de leche, seguro que te lamen amistosamente. Lo que sí puedo atestiguar, y es algo que entonces no sabía, aunque mis investigaciones y experiencias posteriores me han hecho darme cuenta de ello con toda certeza, es que donde hay gatos negros, es muy probable que se hallen también puertas o accesos al Otro Lado; y puede que incluso otras cosas o personajes de carácter inusual (aunque su presencia no es ni mucho menos garantía de tal cosa: la mayoría de las veces sólo son… ya sabéis, gatos).

Por supuesto, éste sí era el caso, pues al fondo de la habitación, observándonos fijamente con una mirada penetrante y una sonrisa indescifrable, se encontraba sentada a una mesa una vieja gitana de edad incalculable y apariencia extravagante.

−Pasad, chicos, pasaaaad…

Ese “pasaaaad…”, alargando la “a” del final, nos indujo a todos una desconfianza y un miedo electrizante, aunque en realidad no había allí nada que tuviera que darnos miedo alguno.

La vieja gitana estaba vestida con extrañas ropas de telas muy coloridas, y llevaba el pelo medio cubierto con una especie de redecilla de la que colgaban pequeñas borlas y cuentas, en torno a su prominente moño. Nos hizo, con un amable gesto, señal de sentarnos a la mesa en la que ella se encontraba, para lo cual tomamos algunos cojines amplios y nos sentamos sobre ellos; Jesse y mi hermana tomaron un par de sillas que había.

Max estaba algo confuso, ya que estar en una habitación rodeado de gatos no era precisamente su idea de pasarlo bien, pero se quedó quieto y no molestó en absoluto (en parte porque yo le tenía bien sujeto para que no saliera huyendo).

−Sé por qué estáis aquí, chicos…

−¡Es una verdadera adivina! –exclamó Laura.

−Estáis aquí porque habéis jugado con la ouija, y no ha funcionado…

−Es verdad que venimos por eso, ¿cómo puede saberlo? –preguntó mi hermana.

−Porque os he oído decírselo a mi nieta.

−Ah… −salió de todas nuestras bocas.

−¡La ouija no es un maldito juego! –gritó de pronto, dejándonos helados−. A través de sus oscuros misterios podéis provocar hechos inenarrables que dejarían al más valiente muerto de terror; podéis convocar espíritus malignos y demonios que atrapen vuestra alma y se la lleven al mismísimo infierno; podéis ser testigos de fenómenos más allá de vuestra imaginación…

Todos permanecimos con la boca abierta.

−Bien, son diez dólares la predicción, y quince el amuleto de la buena suerte. Os lo dejo en veinte si os lleváis las dos cosas.

Nos miramos unos a otros mientras sacábamos la calderilla que llevábamos y la sumábamos.

−Sólo tenemos once dólares con noventa −dijo Jesse.

−Servirá −acordó la vieja−. Estrella, té.

La vieja puso las manos sobre su bola de cristal, que ocupaba el centro de la mesa, y al instante apareció la chica con una tetera de cerámica y unas tazas con sus correspondientes platitos y azucarillos, que puso a nuestra disposición.

Nos servimos el té, que era muy fuerte y que yo no pude sino escupir, pues no estaba acostumbrado a aquella bebida. Mientras, la vieja mascullaba entre dientes como si invocara a algo… Estuvo así un buen rato, hasta que vimos que empezaba a bajar la cabeza y cerrar los ojos…

Finalmente, su barbilla cayó sobre el pecho y oímos su pesada respiración. Mirándonos unos a otros, comprendimos que se había dormido.

−Oiga… ¿señora? ¿Señora? –le repitió mi hermana, tocándole en el brazo.

−¡Sí! –gritó la vieja de pronto, abriendo enormemente los ojos y dando un respingo, asustándonos a todos−. Sí, como iba diciendo… Veo… veo…

−¿Qué ve? –preguntó Laura, ansiosa.

−Veo… a alguien perdido… a unos chicos en un lugar que no es el suyo… −decía la vieja como mirando al infinito.

−¡Ah! ¿Seremos nosotros? –dedujo perspicazmente mi hermana.

−¡Oh no! –gritó de pronto la vieja dándonos otro susto de muerte, agarrando fuertemente de la mano a Laura. Entonces torció su cuello hacia ella y la miró fijamente a los ojos, hablando como en trance:

−He visto un demonio… un horrible demonio con el que los niños debéis tener cuidado… Y tú, jovencita, tú debes tener más cuidado que nadie. Para ti debe ser el amuleto.

Entonces rebuscó en su refajo y sacó una especie de piedrecita con un agujero por el que pasaba un cordel, y se lo colgó al cuello a Laura.

−Esto te protegerá de los malos espíritus.

Ni que decir tiene que Laura estaba muy impresionada, con la boca abierta y a puntito de llorar.

−Gra… gracias –acertó a decir.

−Me duermooo… −añadió burlonamente Frog, sacándonos a todos del ánimo que tan eficazmente nos había contagiado la adivina.

−¡Tú, niño! ¿No sabes respetar la magia?

−¿Qué magia? Si se lo está inventando… −y entonces puso los ojos en blanco y las manos sobre la bola, fingiendo estar en el mismo trance que la gitana, y poniendo una voz de alucinado−. Veo… el futuro… veo que me voy a comprar una hamburguesa doble con el dinero que me han dado estos chicos idiotas…

Yo le dije que se callara.

−Cállate Frog.

Pero era tarde, y la vieja adivina se había enfadado. Ninguno sabía qué mágicos portentos podría obrar sobre nosotros, pero desde luego no nos apetecía que nos convirtiera en ratón o algo por el estilo… Eso pensé yo entonces que podría hacernos.

−Niño maleducado, ¿te atreves a burlarte de una poderosa hechicera como yo? ¿Acaso quieres que te eche una maldición? ¡Puedo maldecirte de mil formas diferentes para que el infortunio jamás abandone tu vida!


Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-31 show above.)